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jueves, 30 de enero de 2020

EL GENERAL SAN MARTÍN EN 1843


Por Juan Bautista Alberdi
París, 14 de septiembre de 1843
El primero de septiembre, a eso de las 11 de la mañana, estaba yo en casa de mi amigo, el señor don M. J. de Guerrico, con quien debíamos asistir al entierro de una hija del señor Ochoa (poeta español) en el cementerio de Montmartre. Yo me ocupaba, en tanto que esperábamos la hora de la partida, de la lectura de una traducción de Lamartine, cuando Guerrico se levantó exclamando: «¡El general San Martín!».
Me paré lleno de agradable sorpresa, a ver la gran celebridad americana que tanto ansiaba conocer. Mis ojos, clavados en la puerta por donde debía entrar, esperaban con impaciencia el momento de su aparición. Entró, por fin, con su sombrero en la mano, con la modestia y apocamiento de un hombre común. ¡Qué diferente le hallé del tipo que yo me había formado, oyendo las descripciones hiperbólicas que me habían hecho de él sus admiradores en América! Por ejemplo: yo le esperaba más alto y no es sino un poco más alto que los hombres de mediana estatura. Yo le creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado; y no es más que un hombre de color moreno, de los temperamentos biliosos. Yo lo suponía grueso, y, sin embargo de que lo está más que cuando hacía la guerra en América, me ha parecido más bien delgado; yo creía que su aspecto y porte debían tener algo de grave y solemne, pero le hallé vivo y fácil en sus ademanes, y su marcha, aunque grave, desnuda de todo viso de afectación. Me llamó la atención su metal de voz, notablemente gruesa y varonil. Habla sin la menor afectación, con toda la llanura de un hombre común.
Al ver el modo cómo se considera él mismo, se diría que este hombre no había hecho nada de notable en el mundo, porque parece que él es el primero en creerlo así. Yo había oído que su salud padecía mucho, pero quedé sorprendido al verle más joven y más ágil, que todos cuantos generales he conocido de la guerra de nuestra independencia, sin excluir al general Alvear, el más joven de todos. El general San Martín padece en su salud, cuando está en inacción y se cura con sólo ponerse en movimiento. De aquí puede inferirse la fiebre de acción de que este hombre extraordinario debió estar poseído en los años de su tempestuosa juventud. Su bonita y bien proporcionada cabeza, que no es grande, conserva todos sus cabellos, blancos hoy casi totalmente; no usa patilla ni bigote a pesar de que hoy los llevan por moda hasta los más pacíficos ancianos. Su frente, que no anuncia un gran pensador, promete, sin embargo, una inteligencia clara y despejada, un espíritu deliberado y audaz. Sus grandes cejas negras suben hasta el medio de la frente, cada vez que se abren sus ojos, llenos aún del fuego de la juventud. La nariz es larga y aguileña, la boca pequeña y ricamente dentada es graciosa cuando sonríe; la barba es aguda.
Estaba vestido con sencillez y propiedad, corbata negra atada con negligencia, chaleco de seda negro, levita del mismo color, pantalón mezcla celeste, zapatos grandes. Cuando se paró para despedirse, acepté y cerré con mis dos manos la derecha del grande hombre que había hecho vibrar la espada libertadora de Chile y el Perú. En ese momento se despedía para uno de los largos viajes que hace en el interior de la Francia en la estación del verano.
No obstante su larga residencia en España, su acento es el mismo de nuestros hombres de América, coetáneos suyos. En su casa habla alternativamente el español y francés, y muchas veces mezcla palabras de los dos idiomas, lo que le hace decir, con mucha gracia, que llegará un día en que se verá privado de uno y otro, o tendrá que hablar un patois de su propia invención. Rara vez, o nunca, habla de política. Jamás trae a la conversación, con personas indiferentes, sus campañas de Sud América; sin embargo, en general le gusta hablar de empresas militares.
Yo había sido invitado por su excelente hijo político, el señor don Mariano Balcarce, a pasar un día en su casa de campo, en Grandbourg, como seis leguas y media de París. Este paseo debía ser para mí tanto más ameno cuanto que debía hacerlo por el camino de hierro en que nunca había andado. A las once del día señalado, nos trasladamos con mi amigo el señor Guerrico al establecimiento de carruajes de vapor de la línea de Orleans, detrás del Jardín de Plantas…
A eso de la una de la tarde, se detuvo el convoy en Ris; de allí a la casa del general San Martín hay una media hora, que anduvimos en un carruaje enviado en busca nuestra por el señor Balcarce. La casa del general San Martín está circundada de calles estériles y tristes, que forman los muros de las heredades vecinas. Se compone de un área de terreno igual, con poca diferencia, a una cuadra cuadrada nuestra. El edificio es de un solo cuerpo y dos pisos altos. Sus paredes blanqueadas con esmero, contrastan con el negro de la pizarra que cubre el techo, de forma irregular. Una hermosa acacia blanca da su sombra al alegre patio de la habitación. El terreno que forma el resto de la posesión está cultivado con esmero y gusto exquisito; no hay un punto donde no se alce una planta estimable o un árbol frutal. Dalias de mil colores, con una profusión extraordinaria llenan de alegría aquel recinto delicioso. Todo en el interior de la casa respira orden, conveniencia y buen tono. La digna hija del general San Martín, la señora Balcarce, cuya fisonomía recuerda con mucha vivacidad la del padre, es la que ha sabido dar a la distribución doméstica de aquella casa, el buen tono que distingue su esmerada educación. El general ocupa las habitaciones altas que miran al norte. He visitado su gabinete, lleno de la sencillez y método de un filósofo. Allí, en un ángulo de la habitación, descansaba impasible, colgada al muro la gloriosa espada que cambió un día la faz de la América occidental. Tuve el placer de tocarla y verla a mi gusto; es excesivamente curva, algo corta, el puño sin guarnición; en una palabra: de la forma denominada vulgarmente moruna. Está admirablemente conservada: sus grandes virolas son amarillas, labradas, y la vaina que la sostiene es de un cuero negro graneado semejante al del jabalí. La hoja es blanca enteramente, sin pavón ni ornamento alguno. A su lado estaban también las pistolas grandes, inglesas, con que nuestro guerrero hizo la campaña del Pacífico.
Vista la espada, se venía naturalmente el deseo de conocer el trofeo con ella conquistado. Tuve, pues, el gusto de examinar muy despacio el famoso estandarte de Pizarro que el Cabildo de Lima regaló al general San Martín, en remuneración de sus brillantes hechos. Abierto completamente sobre el piso del salón, lo vi en todas sus partes y dimensiones. Es como de nueve cuartas nuestras de largo; y su ancho como de siete cuartas. El fleco de seda y oro ha desaparecido casi totalmente. Se puede decir que del estandarte primitivo se conservan apenas algunos fragmentos adheridos con esmero a un fondo de seda amarillo. El pedazo más grande es el del centro, especie de chapón donde sin duda estaba el escudo de armas de España, y en que hoy no se ve sino un tejido azul confuso y sin idea ni pensamiento inteligibles. Sobre el fondo amarillo o caña del actual estandarte se ven diferentes letreros, hechos con tinta negra, en que se manifiestan las diferentes ocasiones en que ha sido sacado a las procesiones solemnes por los alféreces reales que allí mismo se mencionan.
¿Quién si no el general San Martín debía poseer este brillante gaje de una dominación que había abatido con su espada? Se puede decir con verdad que el general San Martín es el vencedor de Pizarro: ¿a quién, pues, mejor que al vencedor tocaba la bandera del vencido? La envolvió a su espada y se retiró a la vida oscura, dejando a su gran colega de Colombia la gloria de concluir la obra que él había casi llevado hasta su fin…
No hay ejemplo (que nosotros sepamos) de que el general San Martín haya facilitado datos ni notas para servir a redacciones que hubieran podido serle muy honrosas; y difícilmente tendremos hombre público que haya sido solicitado más que él para darlas… Se me ha dicho que cuando la aparición de la Memoria sobre el general Arenales, publicada por su hijo, un hombre público de nuestro país escribió al general San Martín solicitando de él algunos datos y su consentimiento para refutar al coronel Arenales en algunos puntos en que no se apreciaba con la bastante latitud los hechos esclarecidos del Libertador de Lima. El general San Martín rehusó los datos y hasta el permiso de refutar a nadie en provecho de su celebridad.
El actual Rey de Francia, que es conocedor de la historia americana, habiendo hecho reminiscencia del general San Martín, en presencia de un agente público de América, con quien hablaba a la sazón, supo que se hallaba en París desde largo tiempo. Y como el Rey aceptase la oferta que le fué hecha inmediatamente de presentar ante S. M. al general americano, no tardó en ser solicitado con el fin referido; pero el modesto general, que nada tiene que hacer con los reyes, y que no gusta de hacer la corte, ni de que se la hagan a él, que no aspira ni ambiciona a distinciones humanas, pues que está en Europa, se puede decir, huyendo de los homenajes de catorce repúblicas, libres en gran parte por su espada, que si no tiene corona regia, la lleva de frondosos laureles, en nada menos pensó que en aceptar el honor de ser recibido por S. M. y no seré yo el que diga que hubiese hecho mal en esto.
Antes que el señor marqués Aguado verificase en España el paseo que le acarreó su fin, hizo las más vehementes instancias a su amigo el general San Martín para que le acompañase al otro lado del Pirineo. El general se resistió, observándole que su calidad de general argentino le estorbaba entrar en un país con el cual el suyo había estado en guerra sin que hasta hoy tratado alguno de paz hubiese puesto fin al entredicho que había sucedido a las hostilidades: y que en calidad de simple ciudadano le era absolutamente imposible aparecer en España, por vivos que fuesen los deseos que tenía por acompañarle. El señor de Aguado, no considerando invencible este obstáculo, hizo la tentativa de hacer venir de la corte de Madrid el allanamiento de la dificultad. Pero fué en vano porque el gobierno español, al paso que manifestó absoluta deferencia por la entrada del general San Martín cómo hombre privado, se opuso a que lo verificase en su rango de general argentino. El Libertador de Chile y el Perú, que se dejaría tener por hombre oscuro en todos los pueblos de la tierra, se guardó bien de presentarse ante sus viejos rivales, de otro modo que con su casaca de Maipo y Callao: se abstuvo, pues, de acompañar a su antiguo camarada. El señor de Aguado marchó sin su amigo y fué la última vez que le vió en la vida. Nombrado testamentario y tutor de los hijos del rico banquero de París, ha tenido que dejar hasta cierto punto las habitudes de la vida inactiva que eran tan funestas a su salud. La confianza de la administración de una de las más notables fortunas de Francia, hecha a nuestro ilustre soldado por un hombre que le conocía desde la juventud, hace tanto honor a las prendas de su carácter privado, como sus hechos de armas ilustran su vida pública. El general San Martín habla a menudo de la América en sus conversaciones íntimas, con el más animado placer: hombres, sucesos, escenas públicas y personales, todo lo recuerda con admirable exactitud. Dudo, sin embargo, que alguna vez se resuelva a cambiar los placeres estériles del suelo extranjero por los peligros e inquietos goces de su peligroso país. Por otra parte, ¿será posible que sus adioses de 1829, hayan de ser los últimos que deba dirigir a la América, el país de su cuna y de sus grandes hazañas?
J. B. ALBERDI.

domingo, 21 de agosto de 2016

200 años del nacimiento de Merceditas de San Martín

Por Julio R. Otaño

"Esa mujer me ha mirado para toda la vida" (San Martín en carta a su amigo Mariano Necochea)   Poco después, y con solo quince años, Remedios de Escalada se casa con San Martín, casi veinte mayor que ella, en la Catedral de Buenos Aires. Disfrutan de una corta luna de miel pues los compromisos militares de su esposo los obligan pronto a separarse. Mientras San Martín marcha junto a los Granaderos a San Lorenzo, Remedios permanece en casa de sus padres. Es el comienzo de una corta vida en común.   No fue hasta dos años después que se reúnen en Mendoza, siendo su esposo gobernador de la provincia de Cuyo. Se integra con prontitud a las actividades políticas  Al poco tiempo una noticia le causó inmensa alegría al gobernador intendente de Cuyo, José de San Martín. Remedios, su esposa, le comentó sin rodeos que sería padre. Aquel hombre olvidó todas sus preocupaciones y con una sonrisa se puso a soñar.   El matrimonio San Martín esperaba ansioso la llegada de su primer hijo en la casa que habitaban desde 1814 y que pertenecía a la familia Alvarez (hoy Corrientes 343, Mendoza). El 24 de agosto de 1816, Remedios dio a luz a una niña. Cuenta la tradición, que doña Josefa “Pepa ”Álvarez, fue llamada con urgencia para asistir el parto de Remedios. La “Pepa ” estaba en su casa amasando y entró por una puerta trasera que comunicaba ambas casas. Cuando llegó recibió a la recién nacida con sus manos blancas de harina.
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La pequeña fue bautizada con el nombre de Mercedes Tomasa por el presbítero Lorenzo Güiraldes. Fueron sus padrinos: el sargento mayor don José Antonio Álvarez Condarco y la señora doña Josefa “Pepa” Alvarez.  En la madrugada del 25 de enero de 1817, San Martín, se despidió de su esposa Remedios y de “Merceditas ” como él la llamaba. Cuatro meses tenía Mercedes cuando su padre, el General San Martín, partió para realizar la campaña libertadora. Días después, madre e hija partieron hacia Buenos Aires y se alojaron en la casa de sus abuelos José Escalada y Tomasa Quintana.

Remedios estaba muy preocupada al no tener noticias de su esposo y de lo que ocurría en Chile, pero en la tarde del 26 de febrero, su hermano, el capitán Escalada, llegó a su casa trayendo la noticia de que se había vencido a los realistas en los llanos de Chacabuco y que Chile era libre. Tres meses después, el Libertador llegó a Buenos Aires, pero solamente pudo estar con su familia unos veinte días. Luego partió hacia Chile para proseguir con la campaña.

En el año 1818, San Martín llegó a la capital porteña y partieron los tres rumbo a Mendoza. Ya en la Chacra de Barriales, Merceditas celebró su segundo año de vida en su tierra natal. San Martín y Remedios pasaron juntos sus últimos días. Al agravarse la salud de su esposa tuvo que retornar con la niña a Buenos Aires, y el militar regresó a Chile para proseguir la campaña hacia el Perú.

La madre de Mercedes estaba muy enferma, la niña fue atendida por sus abuelos y luego por su tía María Eugenia, a quien Mercedes quería mucho y quien falleció al poco tiempo. Con Remedios muy enferma, la abuela Tomasa tuvo que encargarse del cuidado de la niña.   El 3 de agosto de 1823, su madre Remedios falleció de tisis.  Meses después, el General San Martín regresó a Buenos Aires sigilosamente (ya que Rivadavia, ministro de Rodríguez lo odiaba)  y ambos se reunieron en la casa de la familia Escalada. Mercedes amaba a su abuela Tomasa y no fue fácil separarla de ella y convencerla de viajar al viejo continente;  José de San Martín  no ha visto en siete años: pero considera que de quedarse con su abuela materna, será una malcriada consentida ("¡Que diablos!, la chicuela era muy voluntariosa e insubordinada, ya se ve, como educada por la abuela".)   Por eso se dedica, en una forma casi obsesiva, a supervisar su educación.  Estuvieron unidos a través de una relación signada por el cariño y el respeto. Más allá de las batallas y de las enfermedades, José Francisco de San Martín y su hija Mercedes Tomasa permanecieron cerca, aunque distara entre ellos cientos de kilómetros.  
Para el Libertador, la educación de su hija era una de sus principales prioridades y al llegar a Londres eligió uno de los mejores colegios: el HampsteadCollege. Finalizados sus estudios (se destacó en dibujo y música), la infanta mendocina partió hacia Bélgica, en donde se radicaron por un tiempo, y luego se establecieron en Francia.   La siempre agitada tarea del General no fue excusa para desentenderse de la educación de su única hija. Si bien se preocupó por formar a una “tierna madre y buena esposa”, no se olvidó de estudiar en detalle qué conocimiento se le impartía a la niña.  “Esta amable Señora con el excesivo cariño que le tenía me la había resabiado (como dicen los paisanos) en términos que era un diablotín. La mutación que se ha experimentado en su carácter es tan marcada como el que se ha experimentado en su figura”.  
El Libertador no se cansaba de repetir que “sin educación no hay sociedad”, y este concepto se lo transmitió a su hija durante toda su vida. Además, no faltaron las enciclopedias, las obras de Geografía, Derecho, Literatura, Bellas Artes y Agricultura en sus estantes. La educación que recibió Mercedes fue la que también le transmitió a sus dos hijas, María Mercedes y Josefa Dominga BalcarceLas máximas

Resultado de imagen para mercedes tomasa de san martin En su tranquilo retiro belga, en 1825, San Martín escribe las doce máximas relativas a la educación de su hija. Su intención fue que sirvieran de guía para la formación de su “infanta mendocina”.

1. Humanizar el carácter y hacerlo sensible aún con los insectos que no perjudican. Stern ha dicho a una mosca, abriéndole la ventana para que saliese: “Anda, pobre animal, el mundo es demasiado grande para nosotros dos”.

2. Inspirarle amor a la verdad y odio a la mentira.

3. Inspirarle una gran confianza y amistad, pero uniendo el respeto.

4. Estimular en Mercedes la caridad con los pobres.

5. Respeto sobre la propiedad ajena.

6. Acostumbrarla a guardar un secreto.

7. Inspirarle sentimientos de indulgencia hacia todas las religiones.

8. Dulzura con los criados, pobres y viejos.

9. Que hable poco y lo preciso.

10. Acostumbrarla a estar formal en la mesa.

11. Amor al aseo y desprecio al lujo.

12. Inspirarle amor por la Patria y por la libertad.

 En 1831, Mercedes y su padre se enfermaron de cólera y fueron cuidados por el joven Mariano Balcarce, quien luego sería el esposo de la infanta mendocina.    Mercedes y Mariano se casaron el 13 de setiembre de 1832.

"Antes del nacimiento de mi Mercedes, mis votos eran porque fuese varón; contrariado en mis deseos, mis esperanzas se dirigieron a que algún día se uniese a un americano, hombre de bien, si posible, el que fuese hijo de un militar que hubiese rendido servicios señalados a la dependencia de nuestra patria. Dios ha escuchado mis votos, no sólo encontrando reunidas estas cualidades en su virtuoso hijo don Mariano, sino también coincidir en serlo de un amigo y compañero de armas”.

A excepción de dos años que pasa en Buenos Aires, la pareja residirá siempre cerca de San Martín. A pesar de que confiesa que quiso tener un hijo, es su hija Mercedes y las dos niñas que tendrá, quienes acompañan al General hasta su muerte.

"Aunque es verdad que todos mis anhelos no han tenido otro objeto que el bien de mi hija amada, debo confesar que la honrada conducta de ésta y el constante cariño y esmero que siempre me ha manifestado han recompensado con usura todos mis esmeros, haciendo mi vejez feliz." (San Martín, 1844)

Mercedes se transforma en la única compañía del Libertador en Europa. San Martín, sabiendo que Mercedes y Mariano Balcarce se aman, se regocija por la felicidad de su hija y escribe a la madre del futuro yerno: "La educación que Mercedes ha recibido bajo mi vista no ha tenido por objeto formar de ella lo que se llama una dama de gran tono, pero sí el de hacer una tierna madre y buena esposa; con esta base y las recomendaciones que adornan a su hijo de usted, podemos prometernos que estos jóvenes sean felices, que es a lo que aspiro".

 Esa hija y sus “dos nietecitas cuyas gracias no dejan de contribuir a hacerme más llevaderos mis viejos días”, vivirán, como su esposa Remedios, adorando a José de San Martín. Será Mercedes la custodia, tanto de los documentos y recuerdos del General, como de sus restos Después de la ceremonia, el General San Martín invitó a festejar a los novios en el restaurante ChezGrignon. Para la pequeña familia San Martín fue uno de los momentos más felices, después de tantos años de desdicha. Los recién casados viajaron a Buenos Aires, en donde tuvieron a su primera hija llamada María Mercedes y al regresar el matrimonio tuvo otra niña, Josefa Dominga.

El 28 de febrero de 1875, Mercedes Tomasa falleció en París a los 59 años de edad. Su esposo Mariano Balcarce murió en 1885 y su hija menor Josefa Dominga en 1924.

Sus restos, con los de su marido y María Mercedes, descansan desde 1951 en un mausoleo que hay en la Basílica de San Francisco, en la esquina de Necochea y España de Ciudad de Mendoza.  Niñita rebelde en la infancia , hija ejemplar en la adultez ... Mercedes fue el desvelo del General y la mayor razón de su existencia.

No es hasta después de su muerte, a los 58 años, que se permite que las cenizas de San Martín regresen A Buenos Aires, como él lo había deseado. Y es su nieta, Josefina Balcarce, única sobreviviente de la familia para el 1899, quien lega al Museo Histórico Nacional todos los muebles y objetos, guardados por ella en el mismo orden en que los tenía su ilustre abuelo.

Su única hija supo comprenderlo y cuidarlo con autentico cariño .Hasta su último suspiro estuvo a su lado, velando en sus enfermedades y ayudándolo a vivir una vejez tranquila y digna, tal como él se merecía.  Las máximas que en su momento San Martín escribiera para su pequeña hija y que aplicara en su educación tuvieron finalmente los frutos esperados.

Mas allá de su patriotismo profundo , San Martín nos guia en sus valores de vida, de hombría de bien, rectitud, honestidad, excelente paternidad.  Sólo los hombres que tienen esta actitud de vida reciben al final de la misma la mayor de las recompensas.     El 17 de agosto de 1850, el Cóndor Invencible levantó el vuelo a la eternidad. Había forjado en su retoño mendocino a la hija modelo.