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martes, 28 de febrero de 2017

200 años del Combate de Chacabuco - 1ra Parte


Por el Prof. Jbismarck
El 12 de enero de 1817 iniciaba desde distintos puntos de la provincia de Cuyo la expedición mandada por el General don José de San Martin para cruzar la cordillera de los Andes con el fin de liberar el territorio de Chile. Las columnas del centro comandadas por San Martin y Las Heras se volvieron a juntar el 10 de enero en la Villa de Santa Rosa.  El 11 de febrero, San Martín abandonó la villa de Santa Rosa, y dio orden de continuar adelante. Sólo la cuesta de Chacabuco separaba ya a los combatientes. La jornada de ese día fue corta. San Martín se empleó en estudiar el terreno y en coordinar su plan de ataque.
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Hizo que sus dos ingenieros, don Antonio Arcos y don José Antonio Álvarez, le levantasen un croquis de la cuesta y sus cercanías, y cuando poseyó todo los datos, adoptó su partido y aguardó tranquilo que llegase el momento de la ejecución.  La zona donde se daría la batalla, explica el historiador Ornstein, era la comprendida entre el valle del río Aconcagua, donde había acampado el Ejército de los Andes, y la Hacienda de Chacabuco. Allí esperaba el ejército comandado por Rafael Maroto. Por esta zona, de norte a sur, cruzaba el camino principal que va de Santa Rosa de los Andes a la ciudad de Santiago.  Tras pasar el río Aconcagua, el lado sur del valle limitaba con una cadena de cerros. Estos ascendían unos 15 kilómetros y terminaban en la cresta de la serranía de Chacabuco, cuya altura máxima es de 1.280 metros.  Luego del paso de la cresta, el camino empezaba el descenso hacia el sur (rumbo a la Hacienda de Chacabuco), que está a unos 10 kilómetros.   El camino de bajada, entre la serranía y la hacienda, iba por un cajón llamado Quebrada de la Ñipa. Terminaba en un bañado, el Estero de las Margaritas. 
Según los distintos autores el número de hombres de los ejército varían, en el lado patriota de 3000 a 4000 hombres siguiendo los informe de Ornstein el número da aproximadamente 3300 hombres, del lado de los realista es aún más confuso con un número que oscila entre 1000 a 3000 hombres, siguiendo los datos del mismo autor alrededor de 3500 hombres.  Estado Mayor del ejército
General José de San Martín, comandante en jefe del ejército
Ayudantes de campo: Coronel Hilarión de la Quintana Teniente coronel Diego Paroissien Sargento mayor José Antonio Álvarez Condarco

1º División
Comandante General Miguel Estanislao Soler
Infantería
Batallón Nº 1 de Cazadores Comandante, teniente coronel Rudecindo Alvarado; Sargento Mayor, José García de Zequeira; 27 oficiales y 543 de tropa
Batallón Nº 11 de Línea Comandante, coronel graduado Juan Gregorio de las Heras; Sargento Mayor Ramón Guerrero; 26 oficiales y 579 de tropa.
Compañías de Granaderos y Volteadores del Batallón nº 7
Compañías de Granaderos y Volteadores del Batallón nº 8
Caballería
Escuadrón de escolta de Granadero a Caballo del General San Martín comandante Coronel Mariano Necochea
Escuadrón IV de Granaderos a Caballo comandante Teniente coronel Manuel Escalada
Artillería: 2 piezas de artillería.
Aproximadamente 1.300 hs. (1257)
2º División
Comandante General Bernardo O’Higgins
Infantería
Batallón Nº 7 de Línea Comandante, teniente coronel Pedro Conde; Sargento Mayor, Cirilo Correa; 26 oficiales y 741 de tropa
Batallón Nº 8 de Línea Comandante, teniente coronel Ambrosio Crámer; Sargento Mayor, Joaquín Nazar 26 oficiales y 767 de tropa.
Caballería
3 escuadrones de Granaderos a Caballo comandante Coronel José Matías Zapiola
Escuadrón I, Teniente coronel José Melián
Escuadrón II, Teniente coronel Manuel Medina
Escuadrón III, Mayor Nicasio Ramallo
Artillería: 2 piezas de artillería.
Aproximadamente 2000 hs.
 

Tropa Realista
Comandante General Rafael Maroto Ysems
Infantería
Batallón Valdivia (560 hs). Comandante Pinuer
Batallón Talavera (660 hs). Comandante Maroto
Batallón Chilloé (560 hs). Comandante Arena
Caballería
Carabineros de Abascal (300 hs). Comandante Quintanilla
Húsares de Abascal (330 hs). Comandante Baraño
Artillería 400 Artilleros. Comandante Cacho
Aproximado 2800 hs.

 
El plan de San Martín
San Martin había previsto dividir el ejército en dos divisiones, la primera al mando del general Miguel Soler que descendería por la Cuesta nueva y la segunda comandada por el general Bernardo O’Higgins que descendería por la Cuesta Vieja.
El plan consistía a enviar a O’Higgins por el camino más corto hasta el morro de las Tórtolas Cuyanas, atraer las tropas de Maroto y ofrecer combate de forma defensiva, el objetivo era “entretener” las tropas realistas aferrado en esa posición hasta la llegada de la división de Soler, que al tomar el camino más largo tardaría al menos dos horas más, una vez en el llano sus unidades atacaría por la retaguardia realista
El plan realista
El general realista Rafael Maroto esperaba poder disponer de dos días más para recibir refuerzos, pero se vio obligado a moverse en la madrugada del 12 desde las casas de Chacabuco.
Colocó su línea de batalla a cinco kilómetros hacia el este, al pie de la Cuesta Vieja. El objetivo final era esperar a las fuerzas patriotas en la cumbre de la cuesta de Chacabuco.
La marcha anticipada del ejército patriota, sumado a lo rápido y bien combinado de la maniobra del primer ataque, no le dieron tiempo a los realistas para ocupar dicha la cumbre como lo había proyectado su general.
Ni siquiera para poder proteger a su vanguardia que, al ver a la luz de la luna -explica Ornstein- el movimiento de avance de los patriotas, decidió abandonar sus posiciones. Descendió en fuga, pero ordenada, perseguido por los granaderos de la caballería argentina.
Comienza el movimiento de las tropas patriotas
Al ejército patriota se le repartieron las municiones a razón de 70 cartuchos de bala por hombre. Además, los soldados abandonaron sus mochilas con los bagajes para marchar al combate sin peso en las espaldas. A las 2 de la mañana del 12 empezaron a ascender la montaña en la forma de columna sucesiva por lo estrecho del terreno. Esto es: los hombres formados en columnas, más largas que anchas, y una columna marchando a distancia de la otra. Al llegar a la bifurcación en los dos caminos, la división del general Miguel Estanislao Soler debía tomar el de la derecha (la Cuesta Nueva), a la cabeza de la columna iba el batallón de Cazadores de los Andes.
En tanto, la división o columna del general Bernardo O'Higgins debía hacerlo por el camino de la izquierda (la Cuesta Vieja), ambos caminos iban rumbo sur, pero la Cuesta Nueva, como se dijo, daba una vuelta más larga abriéndose primero hacia el sudoeste para doblar luego y volver hacia el sur.
San Martín marchaba a retaguardia de las dos columnas con su estado mayor y la bandera de los Andes, custodiada por el resto del batallón de artillería, cuyos cañones de batalla (la artillería pesada) no habían llegado aún. El Libertador decidió no esperarlos e iniciar el avance.
La división de Soler avanzó en silencio por los desfiladeros de la derecha, protegida por una larga cerrilíada -formada por los cerros ya mencionados-, que lo ocultaban de la vista del enemigo.
Mientras las tropas de Soler marchaban sin contratiempo las de O’higgins tuvieron dos situaciones imprevistas la primera un encuentro sorpresivo con las tropas de avanzada realistas y la segunda el observar que las tropas de Maroto se encontraban en la posición que debían detenerse para presentar combate.
Una vez descubierta la avanzada realista, la división de la izquierda (este), la de O'Higgins, trepó hasta llegar a la Cuesta Vieja formada en columna. Una guerrilla desplegada del batallón N" 8 de Libertos cubría su flanco izquierdo por un sendero paralelo separado por una quebradilla. Tenían como objetivo llamar la atención de los realistas y distraerlos, reconocer la posición enemiga y a la vez estar prevenidos ante un posible ataque de flanco.
Un piquete de caballería de Granaderos exploraba los rodeos del camino a fin de ahuyentar las posibles emboscadas en los recodos y descubrir si se habían construido fortificaciones o atrincheramientos. La guerrilla flanqueadora se posesionó de unas breñas (tierra quebrada y poblada de malezas) inmediatas a la cumbre y rompió el fuego, que fue contestado por otra guerrilla realista que salió a su encuentro. Apenas habían cambiado algunos tiros cuando de repente, para sorpresa de los realistas, apareció la cabeza de la columna de O'Higgins dando vuelta un recodo a tiro de fusil, tocando los tambores a la carga. La vanguardia realista no esperaba el ataque. Recién había visto a la columna de la derecha argentina asomar por su flanco izquierdo al término de la cerrillada, que hasta entonces la ocultaba. Y de golpe se vieron acometidos al mismo tiempo por el flanco y la retaguardia. Abandonaron rápidamente la posición sin siquiera pretender hacer resistencia. La cumbre de la serranía de Chacabuco fue coronada por los patriotas atacantes con las primeras luces del alba al son de músicas militares. Desde la altura pudieron divisar a la vanguardia realista que se retiraba en formación y ordenadamente cuesta abajo. Más lejos, al final de la cuesta, vieron al ejército enemigo formado en la planicie de Chacabuco.
El primer obstáculo estaba vencido -señalan Mitre y Ornstein- y la batalla se daría punto por punto, con algunas variantes imponderables, según las previsiones de San Martín.

El combate
Defensa realista
  El general Maroto apoyó el ala derecha de su ejército en el barranco, usándolo como posición invulnerable. Allí colocó dos piezas de artillería que podían cañonear diagonalmente la boca dé la quebrada de los cuyanos, por donde debía, según sus cálculos, asomar el ala izquierda argentina.
Su propia ala izquierda, la puso en un mamelón (una saliente alta y escarpada) que coronó de infantería. Entre estos dos extremos formó sus batallones desplegados en columnas cerradas, intercalando ente ellas las tres piezas de artillerías que le restaban.
Finalmente, la caballería realista fue colocada en la retaguardia sobre el franco izquierdo, y parte de ella dispersada en guerrillas, para proteger la retirada que estaba efectuando la vanguardia.
De esta manera esperó con decisión y firmeza el ataque de los patriotas. Así fue -dice Mitre-, pese al desaliento visible de su tropa, del cual él mismo participaba por verse en una complicada situación.
Maroto aún no sospechaba del movimiento de la columna patriota del oeste que venía por la Cuesta Nueva, la que debía tomarlo por el flanco izquierdo y la espalda, cerrándole la única retirada posible hacia el valle.
En tanto San Martín, desde la altura de la serranía de Chacabuco, observaba que no era la fuerza principal de Maroto a la que había hecho retroceder. Sólo era el destacamento de vanguardia. Alcanzó a ver con su catalejo -dice Omstein- al ejército de Maroto, ubicándose en la meseta al norte de la hacienda. Esta primera parte de la operación fue nítidamente diferenciada de la batalla por el propio San Martín en su informe, explica el historiador Omstein. En uno de los párrafos expresa: "El resultado de nuestro primer movimiento fue como debió serlo, el abandono que los enemigos hicieron de su posición sobre la cumbre; la rapidez de nuestra marcha no les dio tiempo de hacer venir las fuerzas que tenían en las casas de Chacabuco para disputarnos la subida. Este primer suceso era preciso completarlo; su infantería caminaba a pie. Tenía que atravesar en su retirada un llano de más de cuatro leguas y aunque estaba sostenida por una buena caballería, la experiencia nos había enseñado que un solo escuadrón de Granaderos a Caballo bastaría para arrollarla y hacerla pedazos; nuestra posición era de las más ventajosas".
A pesar de la variación de la situación estratégica producida por el movimiento de los realistas, el plan de San Martín no necesitaba modificaciones sustanciales. Se trataba ahora de perseguir al destacamento de vanguardia enemiga y ampliar la maniobra de cerco encerrando a toda la división realista. La misma geografía del terreno le estaba indicando cuál era la maniobra más adecuada.
  San Martín dispuso que O'Higgins continuara con la persecución del enemigo, que se retiraba. Y mandó desprenderse de la división de Soler el tercer escuadrón de Granaderos a Caballo para que pasara a la división del general chileno.
Pero le ordenó a O'Higgins que no pasara del morro de las Tórtolas Cuyanas. Le recalcó que allí sólo debía “entretener” al enemigo sin comprometerse a ninguna acción seria, hasta que apareciera la división de Soler. Este venía por la cuesta nueva hacía la vieja, para atacarlo por el franco.
San Martín instaló su cuartel general en lo alto de la cuesta desde donde podía ver la retirada de la vanguardia realista y la persecución de O'Higgins.  También podía ver cómo se internaba la columna de Soler por la Cuesta Nueva hasta que vio desaparecer al último hombre tras la cerrillada que ocultaba el camino.
Por su parte, luego de tocar la cumbre y pasar al otro lado el ala izquierda argentina, los tres escuadrones de Granaderos a caballo comandados por el coronel José Matías Zapiola se habían lanzado a picar la retirada de la vanguardia realista, sosteniendo fuertes tiroteos.
Lo escabroso del terreno impedía que la caballería maniobrara con ventaja. Su avance fue lento, de modo que sólo pudo llegar a la boca de la quebrada, cerca del morro de las Tórtolas cuyanas, a eso de las 10 de la mañana.
A esa misma hora, la división de O'Hliggins estaba aún a media cuesta. Pero una hora antes, a las 9, la vanguardia realista, en fuga pero ordenada y no deshecha, había alcanzado la planicie y se unía al resto de sus fuerzas.
La boca de esta quebrada da acceso a la parte más estrecha del valle de Chacabuco -dice Mitre-, y desde allí se transforma en un suave plano inclinado al tocar el llano, y está flanqueada por un elevado cerro al este, Los Halcones, y por un morro destacado al oeste, que desde entonces se llamo de las tórtolas cuyanas. Si los españoles hubiesen ocupado esta fuerte posición -explica el historiador Ornstein-, habrían dificultado la marcha de e O'Higgins; pero el avance de los Granaderos no les dio tiempo. En un principio destacaron una guerrilla sobre el morro del oeste o de las Tórtolas, que son como caminos cubiertos. La maniobra fue evitada por una compañía de tiradores patriotas.
Mientras, un escuadrón de granaderos impedía que tomaran el cerro del este.
Los dos escuadrones restantes de granaderos ocupaban el espacio intermedio en espera de la llegada de la infantería de la columna de O'Higgins.
En esos momentos los dos cañones realistas del ala derecha rompieron un vivo fuego. Por lo que el coronel Zapiola, al considerar innecesario exponer a sus hombres, tomó una posición más segura hacia la retaguardia. Eran las once de la mañana. En ese momento llegaba el ala izquierda, con O'Higgins a la cabeza.
Al arribar el general chileno ordenó ocupar a paso de trote la boca de la quebrada al costado del morro de las Tórtolas cuyanas y desplegó en línea de masas sus batallones dejando detrás como reserva a los granaderos plegados en columna.
De esta forma se colocó en posición de amenazar a los realistas y tenerlos aferrados, como lo había previsto San Martín.
Maroto, al ver como se desplegaba las unidades patriotas decide desplaza al fogueado batallón de Talavera junto al de chiloé, con parte de la artillería en medio de ellos, en su flanco derecho. Los Carabineros quedaron en el centro, de frente al camino de la Cuesta Vieja. El batallón Valdivia quedó como ala izquierda y, detrás de ellos, la caballería de los Dragones de la Frontera y los Húsares.

Primeros combates Su ejército estaba apoyado sobre los cerros que dan a la hacienda de Chacabuco.  Apenas la columna de infantería patriota pisó el último plano de la Cuesta Vieja, O'Higgins desplegó su línea sobre la boca de la quebrada que se abría. Enseguida se adelantó hasta el llano, entre los cerros de las Tórtolas y los Halcones. Buscaba campo para desplegarse. Durante más de una hora se combatió a tiro de fusil.  A las primeras descargas entre las posiciones, cayó muerto el coronel Ildefonso Elorriaga, de largos servicios al Rey en Chile. Mandaba el ala derecha del ejército realista, con el Talavera y el Chiloé, y que constituía su nervio.
Los patriotas, por su parte, sufrieron algunas pérdidas sensibles. Ahora la acción estaba parcialmente empeñada, y el ataque de aferramiento o concurrente se convertía de golpe en el ataque principal pero sin obtenerse un resultado ni favorable ni inmediato, como señaló Mitre.
Lo que en ese momento percibieron los patriotas de la división de O'Higgins era que el ala izquierda de la posición realista no terminaba en el cerro Victoria. Del otro lado del arroyo y la quebrada, a la altura del cerro del Chingue, que separaba la Cuesta Vieja de la Cuesta Nueva, se habían colocado los restos reagrupados de la vanguardia realista al mando del mayor Antonio Marquelí.
Estaban en un morro y atacaban el flanco derecho de la infantería patriota que avanzaba, dejándola encerrada entre dos fuegos, de frente y de costado.
Igualmente se vio de pronto -como señala Leopoldo Ornstein- que delante de la posición realista había una grieta insalvable al pie de la meseta donde se parapetaban.
También se vio que entre el Chingue y el Victoria, el arroyo formaba un pantano (el Estero de las Margaritas), con lo que el ala izquierda enemiga -pese a no estar formada por el mejor batallón realista-, era la más fuerte y su posición era una trampa para quien quisiese atacarla.
La situación era crítica, pues si la retirada tenía peligros, este avance en inferioridad era heroico, pero por demás temerario, a la par de innecesario aunque se ganase la posición.

O`Higgins desobedece
Si se seguía el plan combinado de San Martin, los realistas estaban perdidos. Habían tomado una posición defensiva y aceptado la batalla dentro de un recinto del que ignoraban que no tenían retirada posible.  Por ello -juzgan Mitre y Ornstein-, era innecesario arriesgar a las tropas patriotas de antemano en tal ataque frontal.   Mitre llega más lejos y señala que si el general Maroto hubiese tenido iniciativa, en vez de permanecer a la defensiva hubiera podido aprovechar la situación y llevar en aquel momento un ataque ventajoso.
Pero sólo se limitó a amagar débilmente por los flancos de la columna de O'Higgins, con despliegue de guerrillas que fueron rechazadas, sosteniéndose pasiva y defensivamente a fuego de fusilería y de cañón.  Cuando se dio cuenta y trató de pasar a la ofensiva, ya era tarde.
De pronto -apunta el historiador Leopoldo Ornstein-, como si se hubiera propuesto conquistar la victoria por sí solo, O'Higgins hizo a un lado las instrucciones dadas por San Martín.
Prescindió de Soler y de su maniobra envolvente. Se lanzó al ataque contra la fuerza principal enemiga nada más que con 1.300 hombres, mientras que el comandante realista Rafael Maroto tenía 2.800 hombres, seis cañones y ocupaba una fuerte posición defensiva en el borde de un barranco escarpado.

viernes, 17 de junio de 2016

"Sables que dividen una cabeza como un melón"...granaderos

Por Eduardo B. Astesano

SABLES QUE DIVIDEN UNA CABEZA COMO UN MELÓN
La práctica de los primeros encuentros militares probó la superioridad del sable sobre la lanza con que se armó a los primeros escuadrones de granaderos que marcharon al norte. De allí surgió la preocupación de San Martín por enseñar su manejo, sus actitudes y su teoría. El efecto que produjo el sable de los granaderos desde su primer encuentro en San Lorenzo fue terrible, elevó la moral de ellos; deprimiéndola en los realistas, ya por sus cargas disciplinadas como por la pujanza de sus brazos, que muchas veces y en tantas ocasiones comprobaron la veracidad de las palabras de San Martín, que con esa arma formidable, podían cortar la cabeza de los godos como si fueran melones, y así lo hicieron. Digno ejemplo para el soldado fue el formidable tajo que, montado en pelo, da el capitán Necochea al soldado realista que se adelantó al escuadrón del comandante Vigil en el Tejar. La impresión que a las tropas realistas había producido el sable de los granaderos a caballo, los había transformado en prudentes, con la sola aparición de un pequeño grupo de éstos.  Cuanto se tuvo que hacer para alcanzar esta superioridad técnica en las grandes batallas de la liberación de Chile y Perú podrá adivinarse en la descripción de los primeros pasos. El teniente Manuel Hidalgo, enviado en 1813 a Santa Fe con 38 granaderos, llevaba sólo machetes como única arma, “impropia para esta clase de soldados”. Sólo cuando llegaron a Concepción del Uruguay lograron reunir “28 sables de latón de varios paisanos”.   En este aspecto técnico se enfrentaron la técnica inglesa y la española. 
Con motivo de la batalla de Chacabuco, uno de los jefes españoles, el general Quintanilla, envió un informe a España en el cual aclara la importancia del sable para la caballería: “Los sables y tercerolas que tenía la caballería realista eran malísimos pues por el prurito o sea la aversión de no comprar sables ingleses; así como armas de fuego extranjeras, se fabricaban en el parque de artillería de Santiago, y eran inútiles y de tal temple que los más fueron hecho pedazos en la carga anterior así como las tercerolas que se descomponían con la mayor facilidad. Esta ventaja de la caballería patriota hacia innumerable su superioridad sobre la realista”.    Las dificultades para armar tantos soldados en tan corto lapso y la imposibilidad de resolver el problema por la vía de la importación originó el nacimiento de la fabricación local, nativa, de sables y espadas, que se inicia probablemente en los talleres de la maestranza del Parque de Artillería, situado detrás del cuartel de Retiro hasta el año 1813, en que fueron trasladados a la casa de don Antonio García en la plaza del Temple.   En realidad, la primera manufactura (“fábrica”, como se decía entonces) de armas blancas que pudo alcanzar tal nombre, fue organizada como una exigencia de las necesidades del ejército del Alto Perú en la población de Caroya, situada a unos 50 kilómetros al sur de la villa de Jesús María, elegida por las acequias que, viniendo del arroyo Ascochingas, proveían de agua al acueducto que las llevaba al taller. En 1812 Belgrano escribe a Bs As pidiendo 200 espadines, espadas o sables para los sargentos y recomienda la fabricación de los mismos en el propio Buenos Aires. Meses más tarde solicitaba ya que se enviara a Tucumán a don Manuel Rivera, para encargarlo de la fá­brica de armas que se proyectaba. No existen muchos antecedentes sobre el tal Rivera. Parece que era un español que pertenecía durante la colonia al Real Cuer­po de Artillería, donde actuaba como maestro mayor de armeros. La cuestión fue que llegó de Buenos Aires seguido luego por un cargamento con las instalaciones.   Así nació en Córdoba el taller levantado en el con­vento jesuítico de Caroya, en donde subsisten todavía restos del pozo de temple y acueductos del agua. El mismo se desarrolló como una verdadera manufactu­ra, contando con la labor de 16 herreros, 46 peones, 6 carpinteros, 6 albañiles, 6 bronceros, además de otras especialidades. Con este plantel humano se puso en movimiento la empresa, que funcionó hasta el año 1817, fecha en que sus elementos técnicos se concentraron en Buenos Aires.   “De Caroya salieron espadas, sables y lanzas para los ejércitos de San Martín, Belgrano y Rondeau, que se utilizaron en todas las batallas de aquella época, en el Perú, Chile, la Banda Oriental y en la República mis­ma; sables —para volver a citar las palabras de San Martín: «capaces de dividir una cabeza enemiga como un melón»—, iguales en temple y poder cortante a los mejores de España.”

EL BENEFICIO DEL SALITRE
En carta enviada por el Libertador a Pueyrredón se pone en primer plano el problema de las balas y la pólvora en el esquema general de sus campañas: “Reducido a municiones todo el plomo y la pólvora venido a esta capital, sólo tenemos la existencia de trescientos sesenta mil cartuchos de fusil a bala. Ahora, pues, necesitándose por un cálculo ínfimo seiscientos ochenta mil tiros a razón de doscientos por hombre para tres mil infantes y ciento ochenta por ochocientas plazas de caballería, nos resulta un déficit de trescientos veinte mil cartuchos en solo esta clase de municiones”. Los puertos o el país si aquéllos fallaban, tenían que resolver el problema antes de iniciar las campañas. La producción de pólvora fue encarada desde el primer momento de la revolución, ordenándose en noviembre de 1810 la instalación de una fábrica en la ciudad de Córdoba bajo la dirección del teniente coronel don José Arroyo, hasta principios de 1812, en que fue nombrado en su reemplazo don Diego Paroissien, quien redactó por ese tiempo unas instrucciones que fueron revisadas por Monasterio para que sirvieran a “los particulares que ya sea por especulación o por patriotismo quieran ocuparse en hacer o beneficiar el salitre.  En la renovación manufacturera de Cuyo producida durante el tiempo en que se preparaba el ejército libertador, la fábrica mejor organizada fue, evidentemente, la de pólvora y salitre establecida por el Mayor D. José Álvarez Condarco, cuya producción alcanzó un rendimiento suficiente para cubrir las necesidades.    “La elaboración interesantísima de la pólvora, no puede tener los progresos que piden nuestras apuradas circunstancias por carecer la fábrica de competente número de brazos. V. S. que distingue esa necesidad y la exigencia con que ha de repararse: espero se sirva proveer a ella, sacando de entre el vecindario diez peones por vía de un repartimiento, los cuales deberán entregarse al director de élla, sargento mayor don José Antonio Alvarez.”  San Juan y La Rioja aportaban el plomo. Una carta del gobernador de San Juan revela este otro aspecto de la fabricación de municiones: “El gobierno tiene remitidos a usted todos los útiles necesarios para la extracción del plomo. Tan imperiosa es la urgencia de este artículo, que sin él se harían inútiles nuestros esfuerzos para la reconquista de Chile”.   La minería riojana ocupó también su lugar. “El ejército en estas provincias debe aprontarse de todo si ha de abrirse la próxima campaña sobre Chile, en este concepto y necesitándose cincuenta quintales de plomo para balas y trescientas suelas para monturas y carruajes; y otros artículos que sólo esa provincia nos puede servir con el mejor efecto”.  En cuanto a las cantidades de piedras de chispa utilizadas se anotan también en los documentos 20.000 piedras de chispa se necesitan en Mendoza, 60.000 piedras de chispa” en el cuartel de Santiago de Chile, 4.000 piedras de chispa para fusil, 2000 piedras para carabina” en Mendoza, “300.000 chispa de toda arma”.

LA MANUFACTURA DE FUSILES Y CARABINAS
Excede a los límites de este trabajo determinar exactamente la cantidad de armas de fuego portátiles utilizadas en las distintas campañas por los ejércitos libertadores. Anotamos solamente para dar una previa visión de conjunto las cantidades fijadas en los inventarios que reproducimos“2.000 fusiles con sus fornituras que llevó sobradamente el ejército de los Andes”, “siete mil aujetillas de fusil”, “cinco mil fusiles con bayonetas completas y cinco mil fornituras completas”, en Chile, “fusiles nuevos encajonados, 300”, en Curimón, “fusiles, 1.200” en Santiago, “trescientos fusiles, cien llaves de fusil, antepuesto de piezas para quinientos fusiles” en Mendoza, “cien fusiles de primera con bayonetas, cien fusiles de segunda con bayonetas, cien carabinas” en Mendoza.
Para cubrir tales cantidades se contó siempre con el aporte venido del exterior y que aparece continuamente en la correspondencia militar de San Martín. Así, por ejemplo, citamos la siguiente nota:
“En carretas de don Juan Francisco Delgado han llegado los nuevecientos fusiles y demás artículos de guerra que de superior orden se sirvió usted remitir a este ejército e indica la razón inclusa en su oficio del 24 del próximo pasado, a que contesto en que también acompaña el conocimiento del poderista de Delgado.”
Sin embargo, no es este aspecto el que deseamos destacar. Nos interesa, sobre todo, poner aquí de relieve el esfuerzo nacional orientado por San Martín para suplir también en este aspecto, sobre la base de una organización manufacturera, las necesidades de fusiles y pistolas, contando con los pocos elementos técnicos y humanos que la sociedad de entonces podía ofrecer. Consideramos por eso que el paso más difícil de esa incipiente industria metalúrgica apenas desprendida de la labor manual de artesanía fue el de la fabricación de fusiles iniciada en los primeros días de octubre de 1810, fecha en la cual se midió “el hueco de Zamudio” situado probablemente en la esquina de las actuales calles Lavalle y Libertad en Buenos Aires, para edificar allí una fábrica de fusiles, encargando al diputado por Santa Fe, don Francisco Tarragona, su construcción y organización, contando quizás con su experiencia industrial adquirida en su fábrica de jabones de su ciudad natal.  “La planta de la fábrica fue modesta en su iniciación, Tomás Heredia, el primer operario fundió cazoletas y construyó llaves de fusil, no tenía donde colocar sus herramientas en «una pieza estrecha que habían edificado para cocina con todo el techo cayéndose ... », pero a partir de la designación de Matheu empezó a ser objeto de atención.. En febrero de 1813 se construyó un edificio de 15x4 1/3 varas para los maestros alemanes.
Holmberg, con su acostumbrada energía, durante su corto paso por la fábrica impuso una férrea disciplina de trabajo y realizó interesantes mejoras. Aumentó el número de fraguas de ocho a veinte, utilizando, para accionar sus fuelles a «veinte de los malos presidiarios».  Construyó un un edificio de «catorce varas de cuadro» para una nueva instalación de la máquina de taladrar cañones de fusil y tubos de bayonetas, a fin de poder moverlas con mulas, trabajo que hasta entonces realizaban los  esclavos.    La empresa marchó desde sus comienzos como una verdadera manufactura formada con el aporte de los pocos armeros, plateros, herreros, carpinteros, hojalateros, fundidores y artesanos radicados en la ciudad, quienes laboraban en los comienzos las distintas piezas con arreglo a tarifas determinadas.
Luego fue tomando cuerpo aumentándose el personal de la fábrica. Trabajan a jornal: 5 oficiales de fragua, 12 llaveros y compositores, 5 llaveros, 12 limadores, 2 bronceros, 7 cajeros, 1 carpintero, 1 banquetero, 6 mojadores, 4 en la máquina de taladro y 8 esclavos. Además pertenecían a la misma 1 maestro mayor, 1 mayordomo y 1 contador. En total 67 personas con un gasto semanal en sueldos y jornales de 568 pesos; en septiembre del mismo año trabajaban 144 y se invertían 1.104 pesos.
Se contrataron también especialistas en Inglaterra, entre los cuales estaban Juan Jorge Frye, Fernando Lamping, Carlos Persis y Jaime Chic. Los dos primeros, maestros alemanes con carta de ciudadanía inglesa, “fabricantes de armas y maquinistas” establecidos en Londres, llegaron a Buenos Aires en enero de 1813 para establecer una fábrica de armas en la capital y otra en Tucumán; sin embargo, fueron empleados como simples maestros hasta noviembre del mismo año, en que se les expidió despacho de maestros armeros principales.  Hasta agosto de 1811 la producción fue variada: 17 alabardas, 827 baquetas, 705 bayonetas, 2 carabinas, 238 chuzas, 826 pares de estribos, 12 fusiles, 6 pistolas y todas las herramientas y máquinas necesarias para montar la fábrica, pero a partir de esa fecha se fue acrecentando la fabricación de fusiles, carabinas, tercerolas, pistolas, bayonetas y baquetas, llegando en 1813 a producir una media mensual de 10 fusiles y 170 bayonetas.   La manufactura nacional se amplió en este aspecto a los diversos elementos componentes del arma, como lo revela una nota: “Siendo demostrada la necesidad de cubrellaves para la conservación del armamento, especialmente en un país lluvioso como Chile (si vamos a él) y no pudiendo construir aquí el grueso de los que se necesitan, así por la escasez de materiales, falta el numerario, como de artistas para la multiplicación de labores, que cargan la maestranza, he creído oportuno se sirva V. S. hacerlo así presente al gobierno para que se digne disponer la construcción en esa capital de tres mil de ellos por el modelo que dirijo a Y. S. en inteligencia que los restantes se construirán en esta ciudad.” 
Cerramos este análisis anotando que no debian ser tan inferiores las armas de fabricación nacional, elaboradas con materia prima y bajo la dirección de técnicos extranjeros, cuando corresponde a ellas producir el obsequio con que el Superior Gobierno de Buenos Aires premiaba a San Martín por uno de sus triunfos.

“Después de las altas consideraciones a que tan dignamente se ha hecho Y. S. acreedor entre los amantes de la libertad en la gloriosa campaña que acaba de traernos la restauración de ese estado, he creído justo y necesario en prueba de la gratitud de este gobierno a las fatigas y esfuerzos heroicos de V. S., disponer la pronta construcción de un par de pistolas en la fábrica de esta capital, que se le remitirá oportunamente con un sable, para que a nombre del gobierno supremo lo ciña Y. S. en defensa de los sagrados derechos de la América del Sur, gloriosamente sostenidos en ese precioso suelo, por el honor y virtudes de V. S.” (Pueyrredón a San Martín)

lunes, 4 de abril de 2016

La Batalla de Junín

La batalla duró tres cuartos de hora. Fue breve y silenciosa. No se disparó un solo tiro. “Una batalla sin humo” dirá un historiador. Se inició a las tres de la tarde del 6 de agosto de 1824 y antes de las cuatro el resultado estaba decidido. Los hombres de ambos bandos pelearon como valientes. Las armas fueron el sable, la bayoneta y la lanza. Se dice que todos eran temibles con ellas. El triunfo de Junín preparó el desenlace final de las guerras de la independencia: Ayacucho, cuatro meses después.
Para 1824 la guerra estaba muy lejos de haberse resuelto. La declaración de la independencia en julio de 1821 había sido importante pero por si sola no resolvía la cuestión militar. San Martín se había retirado de Perú y el jefe máximo de los patriotas se llamaba Simón Bolívar. Las tropas realistas en esos momentos duplicaban a las criollas. Fueron sus disensiones internas, las frecuentes deserciones de la tropa y la intuición o presentimiento de que la causa español estaba políticamente derrotada lo que facilitó la victoria final.
No obstante el escenario que se ofrecía para mediados de 1824 no autorizaba a ser demasiado optimista. La batalla de Junín se libró en el lugar que se conoce como la pampa de Junín, muy cerca del lago que lleva el mismo nombre. El lugar no está muy lejos de Lima y se extiende al noroeste del valle de Jauja. Según los geógrafos se levanta a cuatro mil metros sobre el nivel del mar.
Las tropas españolas estaba a cargo del general José de Canterac un bravo y decidido jefe realista que ya le había dado sus buenos dolores de cabeza a San Martín. Bolívar será el jefe de las tropas criollas. En sus filas cabalgan soldados y oficiales argentinos. También peruanos, colombianos y venezolanos. Se trataba de un ejército americano.
Los historiadores indagan acerca de las causas que permitieron que la batalla se desarrollara en absoluto silencio o, por lo menos, sin que se oyeran disparos. No hay una sola respuesta al interrogante, pero la más creíble es la que sostiene que las desinteligencias con la infantería de Sucre en las filas patriotas explican que quienes hayan entrado en combate sean las caballerías de ambos bandos.
Más allá de los datos históricos impresiona la imagen de dos ejércitos lanzados a la carga armados con lanzas y sables. Impresiona la ausencia d estampidos, el ruido acerado de las armas, el jadeo de los combatientes, tal vez los gritos de guerra, esos gritos que dan los soldados para intimidar al enemigo y darse coraje ellos mismos. Un cronista dirá que a la distancia lo que más impresionaba era el silencio. El silencio que hacía más patética la muerte, tal vez más sigilosa.  La batalla es verdad que fue breve, pero al mismo tiempo debe haber sido eterna. Jorge Luis Borges plantea algunas hipótesis. Lo hace, entre otras, cosas porque el héroe de la jornada fue un bisabuelo suyo, el bravo coronel Manuel Isidoro Suárez inmortalizado en tres excelentes poemas que deberían leerse en las escuelas.  La victoria de Junín, las crónicas se la atribuyen a Bolívar. Una verdad a medias y para más de un historiador menos que una verdad a medias. Formalmente él dirigió a las tropas, pero la victoria se obtuvo gracias a un malentendido y una genial desobediencia. Si esto no hubiera ocurrido la suerte de las armas criollas habría sido la derrota. Bolívar no sólo no tuvo mucho que ver con la victoria sino que después se dedicó a intrigar contra los héroes de la batalla. Ciertos protagonismos el niño Simón no los perdonaba.  Se sabe que en un batalla, por lo menos en las batallas del siglo XIX, la elección del campo es tan decisiva como el posicionamiento de las tropas. Estas dos consideraciones parece que no fueron tenidas en cuenta por Bolívar. También se sabe que el despliegue de los soldados es importante. No hace falta ser Aníbal o Napoleón para admitir que las columnas deben desplegarse con amplitud, eludir las encerronas que a veces presenta la geografía. Nada de eso se le ocurrió hacer a Bolívar. Sus infantería estaba mal posicionada, y en el caso de Sucre retrasada. la caballería patriota se encerró a si misma o por lo menos entorpeció sus propios movimientos al ubicarse en una zona pantanosa que dificultaba futuros despliegues.  El que inició la primera carga fue Mariano Necochea. Fue una carga frontal. Seis escuadrones de granaderos lo seguían. Fue un encontronazo duro y sangriento donde las fuerzas criollas no salieron bien paradas. Necochea, un oficial que entonces no tenía treinta años, recibió catorce heridas, fue derribado y tomado prisionero. La misma suerte corrió José Valentín de Olavarría.
Para ese momento la suerte de las armas criollas estaba echada. Bolívar ya se preparaba para escribir el parte de la derrota y sus principales oficiales se esforzaban por transformar la previsible desbandada en una retirada más o menos prolija. En esas circunstancias el azar, la inspiración, o la mezcla de las dos cosas, es el único auxilio que puede asistir a un ejército. El soplo de los dioses en este caso lo rozó al mayor Andrés Rázuri del escuadrón de Húsares. Y es en ese momento en que Isidoro Suárez ingresa por la puerta grande de la historia encabezando una carga de caballería demoledora que habrá de paralizar a los realistas y luego hacerlos huir en desbandada.
Las batallas de entonces tenían esas cosas. En pocos minutos una derrota segura se transforma en una victoria cierta. El balance de la batalla no puede ser más elocuente: más de 250 españoles muertos contra 45 criollos caídos en combate. Suárez no sólo que con su arrojo da vuelta una batalla sino que rescata a Necochea, muy mal herido pero aún con vida.
Como para tener una idea aproximada de cómo en esas batallas los soldados se jugaban la vida, recordemos que Necochea sufrió catorce heridas y no precisamente livianas. Según los informes tenía cuatro sablazos en la cabeza, dos en el brazo izquierdo motivo por el cual debieron amputárselo, dos sablazos en el brazo derecho que le habrán de ocasionar la pérdida de tres dedos, dos heridas en la pierna derecha y dos sablazos en las costillas uno de los cuales le había perforado el pulmón.
A Necochea no le había llegado la hora. Va a morir veinticinco años después habiéndose dado el lujo de participar en esa otra gran batalla nacional que fue la de Ituzaingó. Como Cervantes, podía decir que estaba orgulloso de haber perdido el brazo en la jornada mas gloriosa que no verán estos tiempos ni los venideros. Para no irnos tan lejos, Necochea integrará junto con Paz -su compañero de batalla en Sipe Sipe- la pareja de mancos célebres de nuestra historia. Como se podrá apreciar, la historia argentina también ha tenido sus grandes mancos, me refiero, creo que es innecesario aclararlo a quienes perdieron el brazo en las guerras de la independencia, no a otros que sufrieron desgracias parecidas pero no en batallas donde se jugaba la independencia de la patria.
El otro héroe del Junín, es Olavarría. También se trata de un guerrero de la independencia que peleó al lado de San martín en Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú. Cuatro meses después, el 9 de diciembre de 1824, Olavarría participará en la batalla de Ayacucho, la última gesta patria contra la dominación realista.
Pero los grandes laureles de la jornada se los lleva el bravo coronel Isidoro Suárez. Sobre él las mejores páginas las ha escrito su bisnieto, Jorge Luis Borges. “Página para recordar al general Suárez vencedor de Junín” es un poema bellísimo donde Borges identifica a Junín con la patria, con el símbolo de todas las gestas nobles que hicieron la patria: ” Junín son dos civiles que en una esquina insultan a un tirano”, concluye. Para los curiosos o indiscretos que quieren saber de qué habla Jorge Luis, les recuerdo que el poema está escrito en 1953.
La batalla de Junín fue uno de los últimos enfrentamientos que sostuvieron los ejércitos realistas e independentistas en el proceso de la independencia del Perú el 6 de agosto de 1824.  El Escenario
Mapa de la batalla
La batalla se desarrolló en la pampa de Junín o Meseta de Bombón, situada en el centro del Perú en el actual departamento de Junín a orillas del lago llamado Junín o Chinchaycocha que está situado a 4000 msnm. La planicie está ubicada en la región natural de la puna o altoandina, entre los distritos de Junín, Ondores y Carhuamayo de la región Junín y el distrito de Ninacaca de la región Pasco.

La batalla
El 2 de agosto Simón Bolívar pasó revista a su ejército, compuesto por 7.900 soldados de infantería y 1.000 de caballería, en el llano de Rancas, dirigiéndole estas elocuentes palabras:
¡Soldados! Vais a completar la obra más grande que el cielo ha encomendado a los hombres: la de salvar un mundo entero de la esclavitud.  ¡Soldados! Los enemigos que vais a destruir se jactan de catorce años de triunfos. Ellos, pues serán dignos de medir sus armas con las vuestras que han brillado en mil combates.
¡Soldados! El Perú y la América toda aguardan de vosotros la paz, hija de la victoria, y aún la Europa liberal os contempla con encanto porque la libertad del Nuevo Mundo es la esperanza del Universo. ¿La burlaréis? No. No. Vosotros sois invencibles.
El entonces brigadier Andrés García Camba diría años más tarde que en Junín la brillante y engreida caballería del ejército real perdió todo el favorable prestigio y la ventajosa reputación que había sabido adquirirse en las gloriosas campañas anteriores.
El Ejército Unido obtuvo una importante victoria. El resultado de esta batalla fue de 254 muertos y heridos y 80 prisioneros para el bando realista y de 148 soldados muertos y heridos (145 según el parte oficial) para el bando independentista y que según parte del general Andrés de Santa Cruz, Jefe del Estado Mayor del Ejército Unido, se encontraban divididos de la siguiente manera:
Granaderos de Colombia: 13 muertos y 26 heridos.
Idem de los Andes: 8 muertos y 17 heridos.
Húsares de Colombia: 2 muertos y 9 heridos.
Primer Regimiento del Perú: 21 muertos y 46 heridos.
Muerto un oficial edecán del general Miller.
Total 45 muertos y 99 heridos.
En reconocimiento a la brillante acción de la caballería peruana, que tuvo el 46.5% de las bajas totales, el general Bolívar le cambió el nombre de Húsares del Perú por el de Húsares de Junín.
Todo el enfrentamiento duró aproximadamente cuarenta y cinco minutos a una altura de 4.100 metros sobre el nivel del mar. El triunfo en la Pampa de Junín haría renacer la moral entre el ejército unido.
 Primera parte de la proclama de Bolívar a los peruanos:
! Peruanos! La campaña que debe completar vuestra libertad ha empezado bajo los auspicios más favorables.El ejército del general Canterac ha recibido en Junín un golpe mortal, habiendo perdido, por consecuencia de este suceso, un tercio de sus fuerzas y toda su moral. Los españoles huyen despavoridos abandonando las más fértiles provincias, mientras el general Olañeta ocupa el Alto Perú con un ejercito verdaderamente patriota y protector de la libertad.
¡Peruanos! Bien pronto visitaremos la cuna del Imperio peruano y el templo del Sol. El Cuzco tendrá en el primer día de su libertad más placer y más gloria que bajo el dorado reino de sus Incas."
Cuartel General del Ejército Unido de Huancayo, 13 de agosto de 1824.