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jueves, 3 de agosto de 2023

EL REVISIONISMO NACIONALISTA CATÓLICO

 Por el Prof. Julio R. Otaño

La crisis económica mundial, el auge del fascismo en Europa y el triunfo yrigoyenista en las elecciones de 1928 se conjugan para provocar el debilitamiento del pensamiento liberal -conservador en los sectores dominantes-. Ello facilita el avance, al primer plano, del nacionalismo católico y elitista. Aparece y se desarrolla de una nueva corriente: antiliberal, conservadora, corporativista.  Carlos Ibarguren, se constituya en el iniciador de esta corriente historiográfica. Lo siguen, en esta tarea, Julio Irazusta y Ernesto Palacio.  Carlos Ibarguren partidario de las jerarquías sociales, la tradición y el catolicismo, Ibarguren en 1930 participa del golpe militar y publica "Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama, su tiempo”, punto de partida del revisionismo nacionalista católico. "Es verdad que Rosas no actuó en contra del movimiento separatista de España, pero no pudo ocultar su protesta contra el desorden social y político producido por la revolución”. Privilegia el orden y la tradición: "Su acción pública se aplica enérgicamente para defender el orden y la disciplina... (Rosas) Representa en nuestro pasado la encarnación más eficaz y potente del espíritu realista y conservador”.. "Fiel a su visión medioeval y reaccionaria, consecuente con las convicciones que siempre Rosas fue el arquetipo del patrón” “El patrón era caudillo, gobernante, diplomático y guerrero. Debía comprender a los paisanos e interpretar su alma para dominarlos, administrar hasta la extrema minucia para obtener el mayor provecho de la explotación, observar profundamente a las gentes y a los ganados, mirar a los ganados como si fueran hombres y manejar a los hombres como si fuesen ganado”El Rosas que le interesa y al cual brinda su elogio es el Rosas Dictador. No el LíderJefe de la Confederación que resiste a las mayores potencias del mundo en 1838 y 1845.

Julio Irazusta Es junto con Pepe Rosa y Galvez los mayores reivindicadores de Rosas…cada uno con características propias. Escribe "Vida política de Juan Manuel de Rosas, a través de su correspondencia” 30 años de estudios y 8 tomos. Es incorporado a la Academia Nacional de la Historia gracias a su antiperonismo y a su relación con Victoria Ocampo.  Irazusta rescata la labor del Restaurador evitando la disgregación territorial con el Pacto Federal y sobre todo la Política Exterior nacionalista y americanista. Buscando la reconstrucción del antiguo virreinato. También su defensa de la soberanía que originará la legación del Sable sanmartiniano.  El 5 de agosto de |1938 se crea el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, con la participación de los hermanos Irazusta, Alberto Ezcurra Medrano, Manuel Gálvez, Díaz de Vivar, Carlos Steffens Soler, Ramón Doll, Ernesto Palacio, Carlos Ibarguren, Vicente Sierra etc. Son muy importantes Manuel Gálvez, quien en su biografía sobre Rosas realizada en 1940 alcanza las 50 ediciones y considera a Rosas como un “César Democrático” es decir un líder popular. Vicente D. Sierra (1893-1982) Se trata de otra importante figura de aquel revisionismo. De posición marcadamente católica, Historiador laborioso, Sierra ha publicado una "Historia de la Argentina” en 10 tomos. Se ataca el apoyo francés a los unitarios en su lucha contra Rosas y en especial, la relación del Gral. Lavalle con los jefes invasores, la violencia desplegada por los unitarios en diversas circunstancias, especialmente después del golpe del 1° de diciembre de 1928, quebrando el mito de que la violencia era patrimonio exclusivo de los federales, la heroica defensa de la soberanía en la Vuelta de Obligado, por parte de los soldados de la Confederación , ante la invasión anglo-francesa en 1845, la honestidad de Rosas en el manejo de los fondos públicos, la amistad entre Rosas y San Martín, así como la decisión del Libertador de legar su sable al Jefe de la Confederación. 

En general, la línea histórica sustentada por el revisionismo católico es: Saavedra (Mayo lo hizo el ejército y no el pueblo), San Martín (conservador y alineado junto al nacionalismo ganadero de Rosas) y Rosas (expresión de orden y nacionalismo).

viernes, 14 de enero de 2022

Julio Irazusta y la condición antinacional de la oligarquía

 Andrés Kozel

No es excesivo sostener que La Argentina y el imperialismo británico, libro publicado por Rodolfo y Julio Irazusta en 1934, contribuyó de un modo decisivo a la fijación de una nueva clave para interpretar la historia argentina.  Afirmar esto significa reconocer el rol fundamental de Rodolfo en la formación de las ideas de Julio; interrogarse sobre cómo fue que ambos llegaron al “momento 1934” -para lo cual será necesario considerar su origen social y su utillaje intelectual y cultural, así como la cambiante coyuntura política en torno a 1930—; y entender la obra posterior de Julio, mayormente historiográfica, como una extensa variación del argumento expuesto en aquel libro liminar.  Desde una perspectiva sociológica, es importante atender al hecho de que, contrariamente a lo que los Irazusta podrían haber deseado en su juventud, en cierto momento que cabe fijar justo en tomo a la coyuntura en que fue concebido La Argentina y el imperialismo británico quedaron descolocados en el campo político, y no les resultó posible recentrarse después. Historia de un historiador a la fuerza es el subtítulo de las Memorias dadas a conocer por Julio. Hay, desde luego, una pista importante en esa fórmula. Quien por origen social, preparación intelectual y disposición vocacional pudo haberse sentido preparado para ser, por ejemplo, canciller de un gobierno “a la altura de las circunstancias”, debió aceptar como destino personal la “condena” de volverse historiador. No cualquier historiador, sino uno consagrado a mostrar a sus compatriotas el camino recto para un país que, en una fase determinable de su pasado, había comenzado a recorrer la senda que eventualmente lo llevaría a la grandeza y que luego, por razones que los Irazusta buscaron desentrañar, extravió el camino.  Este entramado hipotético no aspira a ser original ni mucho menos definitivo. Se ha dicho, y es cierto, que la Argentina es un país que está abundantemente “escrito”; desde luego, también lo está su historia ideológico-cultural. Ocupando un lugar central en dicha historia, la figura de Julio Irazusta, y las corrientes ideológico-intelectuales con las que usualmente se la asocia -el nacionalismo, el revisionismo histórico-, han sido visitadas con recurrencia por analistas de distinta orientación, varios de los cuales serán mencionados en lo que sigue.

 Así, al “Irazusta histórico” se le han ido sobreponiendo otros, emergentes de sucesivos asedios, que no necesariamente componen una figura única, ni siquiera una galería armoniosa de retratos. En esa dinámica se han ido desplegando, como una galería de espejos a la que periódicamente se le van agregando secciones, renovados afanes de actualización, bajo los signos distintos de la admiración, el rechazo, la recuperación parcial, a veces inconfesa. En tales condiciones, sería ingenuo pretender ofrecer una imagen despojada de toda mediación, y ahora sí “verdadera”, de un pensador como Irazusta. 

Rodolfo y Julio Irazusta nacieron en Gualeguaychú, Entre Ríos, en el seno de una familia ganadera tradicional. No por consabidas estas coordenadas dejan de tener importancia, enseguida veremos por qué. Rodolfo vivió entre 1897 y 1967; Julio, entre 1899 y 1982. En el tramo final de la década del diez, ambos comenzaron estudios de derecho en Buenos Aires. Más atraídos por la literatura, la filosofía y -sobre todo Rodolfo- por “la política práctica”, ninguno llegó a concluir dichos estudios. En los años veinte ambos estuvieron en Europa. Según deja saber Julio en sus Memorias, fue Rodolfo quien lo puso en contacto con la obra de Charles Maurras. Además de seducirlo estéticamente, la prosa de Maurras despertó en Julio “un interés por las cosas de la práctica” que hasta ese momento no había experimentado. Julio aclara, sin embargo, que su acuerdo con las ideas políticas de Maurras nunca fue total. Siempre tendió a pensar que era más lo que les debía a las enseñanzas de Benedetto Croce y de Jorge Santayana: desde temprano, estas lecturas lo situaron en la tradición del realismo político, a distancia de la ideología liberal.

Más acá del autodeslinde con respecto a Maurras, no deja de ser cierto que el “sentido” de la empresa historiográfica de Julio guarda una profunda relación de analogía con la orientación general de la empresa maurrasiana. En la sección que sigue veremos en qué sentido y cuán hondamente. Los autores mencionados no agotan las lecturas juveniles de Julio. En su evocación de aquella etapa nombra a “los clásicos”, a Walter Pater y a Charles Gide; también, a los “hispanistas extranjeros” Francisco García Calderón y Carlos Pereyra.  Habiendo sido, al igual que su padre, simpatizantes de la Unión Cívica Radical, en el tercio final de la década de 1920 los Irazusta fueron animadores de la campaña favorable al derrocamiento del presidente Hipólito Yrigoyen, caudillo de aquella agrupación política. Esta paradójica disposición se vehiculizó en las páginas de La Nueva República, periódico publicado entre fines de 1927 y principios de 1932. Según refiere Julio, su participación en aquella aventura tuvo algo de inesperado; hasta entonces, daba la impresión de que sus inquietudes lo llevarían a transitar terrenos más relacionados con la cultura que con la política. La Nueva República cultivó una prédica tradicionalista, conservadora e incipientemente nacionalista. Como ha establecido Enrique Zuleta Alvarez, las principales referencias del periódico eran varios pensadores clásicos y modernos leídos en clave tradicionalista y contrarrevolucionaria, los conservadores españoles decimonónicos, la también española generación del 98 y Maurras y sus seguidores.   Dentro de la experiencia neorrepublicana, cabe distinguir dos grandes etapas, separadas entre sí por una breve fase transicional ubicable en torno al golpe de Estado de septiembre de 1930. Tal como ha indicado Fernando Devoto, si hasta mediados del año 1930 la prédica incipientemente nacionalista parecía una variante específica dentro de la más amplia sensibilidad conservadora antiyrigoyenista, a partir de ese momento se constata su radicalización, consonante con la creciente efervescencia del campo político, aunque con particularidades.6 Consideremos esto con algún detalle.  Antes del golpe, los neorrepublicanos reivindicaban la tradición liberal y la Constitución de 1853. Sin embargo, no sucedía lo mismo con la democracia; de hecho, exigían la reforma de la Ley Sáenz Peña. El matiz liberalizante distinguía al grupo de prédicas afines aunque más exaltadas, como las de Leopoldo Lugones y Benjamín Villafañe.

Después del golpe, los neorrepublicanos no sólo intensificaron su antiyrigoyenismo -disposición pronto rectificada-, sino también la ruptura con el mundo liberal-conservador. Si esta propensión era clara en el momento del golpe, se profundizó poco después, al tomarse evidente que el gobierno de José Félix Uriburu no estaba dispuesto a enfrentarse a aquel mundo -el mundo de la oligarquía- con la radicalidad solicitada por los neorrepublicanos.  Sobre ese telón de fondo ha de situarse el “viraje” de Rodolfo Irazusta, protagonista central de la experiencia neorrepublicana. Oportunamente destacado por Zuleta, dicho viraje es clave para comprender la gestación y el sentido del libro de 1934.  El hito puede fijarse en octubre de 1931, cuando en las páginas de La Nueva República apareció el artículo titulado “La filiación histórica”. Todo aparece ahí “patas arriba”. Llaman la atención el encono con Uriburu, la recuperación de la figura de Yrigoyen, la condena del liberalismo y de la Constitución de 1853. Sobresale asimismo la incitación dirigida a los dirigentes radicales para que asuman frontalmente su verdadera tradición política. Zuleta tuvo razón en destacar la hondura del viraje, aun si quizá -como lo advirtió Cristian Buchrucker- tendió a sobreestimar su significación desde el punto de vista de la historia ideológico- cultural general. Como sea, antes del viraje de Rodolfo, y más allá de alguna excepción específica recordada por Zuleta, no se aprecia en la prédica neorrepublicana huella alguna de que se estuviera fraguando una reivindicación de la figura de Juan Manuel de Rosas ni, todavía menos, una nueva mirada sobre el pasado nacional. Todo sería diferente después de “La filiación histórica”.

TEMA PRINCIPAL. EN EL NOMBRE DEL PADRE  En sus Memorias, Julio Irazusta inscribe la aparición de La Argentina y el imperialismo británico en un clima más amplio, “especie de eclosión de conciencia nueva sobre la realidad nacional”. Se creaba la comisión para repatriar los restos de Rosas; Ernesto Palacio daba a conocer Catilina. La revolución contra la plutocracia en Roma; se gestaba la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA); tenía lugar la investigación sobre el comercio de carnes que acabaría en la tragedia de julio de 1935. Así, junto con otras fuentes, el testimonio retrospectivo de Julio ha alimentado una imagen generalmente aceptada por los especialistas, según la cual la emergencia del revisionismo histórico argentino ha de inscribirse en el clima de desazón e incertidumbre que siguió a la crisis económica y política de 1929-1932.  Julio recuerda que el proceso concreto de gestación del libro se inició en el Café Royal de Gualeguaychú, en una de cuyas mesas, la noche del 3 de mayo de 1933, Luis Doello Jurado, Rodolfo y él mismo conversaron animadamente sobre las estipulaciones del acuerdo angloargentino conocido como “Pacto Roca-Runciman”.  Había transcurrido apenas un año y medio entre el viraje de Rodolfo y la ideación del libro. Varias cosas se movieron en ese lapso. Una tiene que ver con los avatares del Frigorífico Gualeguaychú. Esa experiencia, vivida con intensidad dado el origen social de los Irazusta, les permitió advertir que, si “los dos radicalismos” -el de Alvear y el de Yrigoyen- habían favorecido a aquella entidad con el crédito oficial, los conservadores no hicieron lo mismo: enemigos del monopolio extranjero cuando eran oposición, terminaron sirviéndolo abyectamente desde el gobierno. Los nombres de Mariano Fragueiro y Raúl Scalabrini Ortiz se daban cita en esos pasajes: “A la luz de estas comprobaciones se nos aclaró el pasado local y nacional”.

Otro cambio alude a lecturas y ajustes interpretativos. Al parecer, fue en ese mismo lapso que los Irazusta tomaron contacto con la obra de Adolfo Saldías sobre Rosas, así como con la correspondencia de José de San Martín. Enriquecidos por la experiencia del frigorífico y provistos de este instrumental interpretativo, pudieron ajustar su apropiación de las ideas de Charles Maurras, tomándola más consistente. No porque se volviesen monárquicos como el ideólogo de la Action Frangaise, sino porque, aplicando el criterio maurrasiano de la “grandeza nacional” para juzgar la experiencia histórica, quedaron “listos” para identificar el tramo histórico en el cual el país había estado más cerca de realizarse cabalmente: la “experiencia feliz” de la Argentina había sido la época de Rosas. Otros temas clásicamente maurrasianos pasaron a integrar el ensamblaje: destacan entre ellos el rechazo de la plutocracia y el énfasis en la soberanía del Estado.

La Argentina y el imperialismo británico recibió elogios de Manuel Gálvez, Ramón Dolí, Enrique Larreta, Eduardo Mallea y Emilio Ravignani. Ramiro de Maeztu le dedicó un comentario en España. Según Julio Irazusta, no alcanzó a obtener el premio municipal de 1934 debido a la intervención directa del intendente Mariano de Vedia y Mitre, quien lo consideró “potencialmente subversivo”.

El libro se divide en tres partes. Una está dedicada a la misión Roca; otra, al tratado; la última, a la oligarquía argentina vista en perspectiva histórica. De acuerdo con los Irazusta, el resultado de la misión Roca había sido reforzar la dependencia del país respecto de Gran Bretaña. Varias eran las razones por las cuales los autores diferían del criterio seguido por los enviados argentinos en la negociación. En primer lugar, consideraban que el país podía haber negociado no como lo hizo, sino desde una posición de relativa fortaleza. En segundo, intuían que Gran Bretaña no estaba en condiciones de prescindir de las carnes argentinas. Finalmente, juzgaban innecesarias las concesiones discursivas que se realizaron (ejemplo conspicuo fue el de la sobrevaloración del papel desempeñado por Gran Bretaña en la independencia hispanoamericana) . Para los Irazusta, el acuerdo obturaba el único camino disponible para contrarrestar la dependencia. Ese camino era la industrialización, un motivo que venían cultivando, desde la década anterior, entre otros, Alejandro Bunge y Leopoldo Lugones. De este modo, el pacto resultó ser un arreglo contrario al interés nacional.

A los ojos de los Irazusta, las causas de los errores, del miedo y de la frustración de los enviados debían buscarse no en alguna deficiencia personal, sino en la historia de la oligarquía argentina. ¿Qué enseña la versión irazustiana de esa historia, concebida, en lo primordial, por Rodolfo? Ante todo, tematiza el carácter antinacional de la oligarquía argentina. Sin embargo, esto no se vincula a un cuestionamiento a la dominación oligárquica en tanto tal. Para los Irazusta hay, conviene recordarlo, “oligarquías benéficas”. La objeción es de carácter histórico: el problema es esta oligarquía en particular, tal como quedó conformada a lo largo de un proceso concreto. De acuerdo con los Irazusta, la oligarquía argentina se constituyó ‘como tal” tras el triunfo de una de las facciones del viejo partido de la independencia sobre la otra. Si en el origen ese triunfo fue provisional (1826), un cuarto de siglo después resultó definitivo (1852):

[Rivadavia] pertenecía [...] a la facción que podría llamarse del progreso, en oposición a la que podría llamarse de la independencia. El principio de esta era “patriotismo sobre todo”; el de aquella, “habilidad o riqueza”. Admitamos que motivos personales movieron a López (el del “Himno”), que llega a hablar de revolución y contrarrevolución, a establecer aquella nomenclatura de los partidos argentinos de 1810 a 1830. Los hechos la confirman.  Este crucial pasaje muestra de qué manera los Irazusta se apropiaron de la interpretación del siglo XIX argentino que late en una carta de Vicente López y Planes a San Martín, fechada el 4 de enero de 1831. La tributación es evidente; también lo es que los corresponsales de 1831 concordaban en que la causa del partido del patriotismo era cualitativamente superior a la de la riqueza. Más allá, la puesta de relieve de la disposición favorable del Libertador hacia Rosas formaría parte del corazón de la economía discursiva del Julio Irazusta historiador; en esta línea, la cuestión de la cesión testamentaria del sable jugaría un papel central. Toda la empresa de revisión de la experiencia nacional quedó fundada, así, bajo la mirada aprobatoria del Padre de la Patria.

“Complicidad en el error”, “complicidad en el crimen”, “traición a la patria”, tales los cargos que los Irazusta le dirigen a la oligarquía. La era de Rosas fue, a su juicio, un paréntesis afortunado. Sus triunfos delinearon el espectro, insoportable para Inglaterra, de “una gran potencia sudamericana”, y dejaron al país en una situación auspiciosa. Sin embargo, todo se perdió con la caída del dictador. El desenlace de 1852 fue trágico, pero no definitivo: “Nos quedaría lo suficiente para libertarnos del todo cuando lo queramos”.

Sobre el período post-Rosas, el libro perfila una valoración global negativa. Sin embargo, dentro de lo ominoso del cuadro despuntan matices, algunos importantes: Urquiza, Mitre, Roca no salen tan mal parados del juicio. La crisis de 1890 y los gobiernos radicales son vistos como reacciones de la sociedad o como pasos espontáneos hacia la liberación. El golpe de Estado de 1930, al que ellos habían apoyado y promovido poco antes, es redefinido ahora como “lo más parecido que darse pudiera a una restauración de la oligarquía” —que, habría que agregar, es, en el caso argentino, una oligarquía antinacional—. Así fue como, del procesamiento franco de una decepción política -con Uriburu, con lo que le siguió, con la experiencia del frigorífico- y de la incorporación de nuevas referencias y de los ajustes interpretativos derivados, surgió, un par de años después del “viraje” de Rodolfo, una clave nueva para interpretar la historia del país. Se trata además, como vemos, de una clave que se “sobrelegitima” al hallar respaldo en la voz y en los gestos del Libertador.

En 1935 Julio Irazusta dio a conocer su Ensayo sobre Rosas y la suma del poder. Prolongación directa de aristas ya comentadas, el Ensayo presenta tres ideas principales.

La primera señala que la dictadura de Rosas no fue una aberración, sino una consecuencia de las circunstancias. La segunda consigna que, en su tiempo, Rosas vino a llenar el ideal del buen gobierno: su política restauradora y empírica habría asegurado la unidad del país en un trance delicadísimo. La tercera sostiene que la caída de Rosas acarreó consecuencias nefastas para el país, sumiéndolo en una concatenación de desgracias que evitaron que se convirtiera en potencia mundial. El punto de fuga abierto por la tematización explícita de lo contrafáctico desempeña un papel crucial aquí. Aunque objetable, esta propensión, sumada a la no menos objetable disposición a enjuiciar a todos los actores históricos en clave moral, otorga a los desarrollos irazustianos un vuelo interpretativo que es a la vez singular y clásico.  Señala Irazusta que la caída de Rosas se explica primordialmente por la “soledad intelectual” del dictador. La imagen empalma con la del carácter antinacional de la prédica de dos generaciones de intelectuales emigrados. Argumentalmente se combina con otros motivos, como el de la falta de genio militar del dictador y el del carácter desfavorable del espíritu del siglo -nacionalista en Europa, extranjerizante en Sudamérica, liberal en todas partes—. No todo es completamente nuevo aquí. Varios de los elementos mencionados habían aparecido en las obras de Adolfo Saldías y de Ernesto Quesada, así como en las elaboraciones de Carlos Ibarguren y Emilio Ravignani. Por lo demás, zonas fundamentales de la argumentación enlazan con el “Discurso sobre la dictadura”, de Juan Donoso Cortés, lectura irazustiana predilecta.

Recuerda Julio que, tras leer su Ensayo sobre Rosas, Manuel Gálvez lo instó a escribir una obra de mayor aliento sobre Rosas y su época.19 En 1938 Julio participó, junto a Ernesto Palacio, Ramón Dolí, Manuel Gálvez, José María Rosa, Vicente Sierra y otros, de la fundación del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas (IIHJMR), que acabaría siendo, por largos años, el “cuartel general” del revisionismo histórico argentino. El caso de un país con dos grandes versiones de la historia, cada una con variantes y subvariantes, quedó así formalizado institucionalmente: ¿es excesivo pensar que se expresa allí un imaginario escindido, fracturado?

En los primeros números de la Revista del IIHJMR se publicó el ensayo de Julio Irazusta sobre Alberdi. En sus páginas se profundiza el tratamiento asignado en 1934 y 1935 a la coyuntura de 1838, en particular, al papel jugado en ella por los jóvenes intelectuales. Para Irazusta, el viraje alberdiano de 1838 prefiguró la coalición definitiva de 1851-1852.

Noriko Mutsuki puso de relieve que, en algunas contribuciones breves dadas a conocer por Julio iniciada la Segunda Guerra Mundial, aparecen dos elementos novedosos. El primero es la idea según la cual había que ver en el eventual colapso británico una oportunidad emancipatoria. El segundo es el perfilamiento de la contraposición entre los orbes protestante y católico, motivo que, üempo después, le sería útil para asignarle mayor densidad a la reivindicación de la figura de Rosas. Poco después, elementos tomados de la obra de Amold J. Toynbee se integrarían a la trama hispanizante. Julio Irazusta se detuvo en el tratamiento de estos temas en su ensayo sobre Tomás Manuel de Anchorena, pieza clave. Frente al golpe de Estado de 1943, la actitud de los Irazusta fue análoga a la que manifestaron en 1930 y a la que desplegarían en 1955: transcurrido un tiempo, su entusiasmo inicial se trocó en decepción. Enseguida, y a diferencia de varios de sus compañeros revisionistas, no se sintieron atraídos por el peronismo.

La obra mayor de Julio Irazusta es Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia, compuesta por ocho volúmenes publicados entre 1941 y 1969. Desconozco si Vida política colmó las expectativas de Gálvez, aunque es, sin duda y por múltiples razones, una obra notable. En términos generales, puede caracterizarse como un largo contrapunteo polémico con la “leyenda roja antirrosista”. Según Irazusta, dicha leyenda fue foijada por los antirrosistas contemporáneos del dictador (Florencio Varela, Sarmiento, Alberdi, Echeverría, Rivera Indarte, Lamas, etc.), para ser desarrollada luego por la “historiografía oficial subvencionada de cuño liberal” (en parte, Vicente Fidel López; más nítidamente, José María Ramos Mejía y Paul Groussac; más cerca, el doctor Celesia). A lo largo de miles de páginas, Irazusta dispone rigurosamente, enhebrándolas con lúcidos comentarios, incontables voces rescatadas de los archivos. El coro es numeroso, y varios “solistas” van alternándose para acompañar la voz principal, que es, obviamente, la del propio Rosas. Pero en el ensamblado es crucial el papel desempeñado por San Martín. El constante apoyo que el dictador recibiera del Padre de la Patria, en aquellos años radicado en Francia, es ilustrado y puesto de relieve con resolución. Sin ser demasiadas, las intervenciones de San Martín poseen un “peso específico” muy considerable desde el punto de vista retórico.

Se aprecia en ello, sin duda, un explícito afán de robustecimiento del gesto de invocación al Padre que habíamos detectado al analizar el libro de 1934. La voz del Libertador es una “carta” de valor especialísimo; esgrimiéndola, parece que el autor puede sobreponerse a las vacilaciones, puede superar las escabrosidades, puede, en suma, salir victorioso en todos los contrapunteos polémicos.  Vida política es el aporte mayor de Julio Irazusta, aunque no es el único. En estudios de menor extensión abordó otras figuras y momentos de la historia del país. Ya mencionamos la importancia de su ensayo sobre Anchorena. Insistamos en que, vistos de cerca, sus juicios sobre las etapas que siguieron a la caída de Rosas no constituyen una “condena en bloque”, sino que dejan apreciar matices.

En 1950 Julio dejó de pertenecer al IIHJMR. De acuerdo con Quattrocchi, el paso se explica por su disgusto frente a la “creciente peronización” de la entidad, así como por su desacuerdo con la adopción de ciertos “métodos de divulgación popular” del conocimiento. En 1956, Julio dio a conocer Perón y la crisis argentina, áspero enjuiciamiento de la década y del caudillo.

La mirada de Julio Irazusta sobre la historia del país desarrolla en múltiples planos el boceto delineado por su hermano Rodolfo a fines de 1931 y reafirmado por ambos en el libro seminal de 1934. Sus ejes vertebradores son el de la “condición antinacional de la oligarquía” (condición debida, a sus ojos, al triunfo de una facción sobre otra y, en última instancia, a la deficiencia cultural de la facción triunfante), y el de la época de Rosas como “edad feliz” de la historia argentina.

Un razonamiento simple aunque atendible indicaría que, al ser la deficiencia de índole cultural, asociada, en particular, a un déficit de comprensión histórica, es natural que la propuesta de remediación busque situarse precisamente en ese registro, el de la (re) escritura de la historia. El propósito último de la empresa sería no tanto ganar voluntades mayoritarias (para que se movilicen o sufraguen de una determinada manera) cuanto crear las condiciones de aparición, ascenso y perduración de un gran estadista de visión preclara. Se trataría, en suma, de producir algo así como un nuevo Rosas.

De inspiración primordialmente maurrasiana, la labor de reescritura emprendida por Julio Irazusta sólo en principio quedó circunscripta al ámbito de la historia nacional. Pronto, el tópico del fracaso argentino se expandió y pasó a abarcar nuevas esferas. Interpretado desde una clave hispanista, no desprovista de algún matiz toynbeeano incorporado más tarde, el fracaso del país pasó a ser pensado como la causa eventual de un fracaso civilizatorio global que, conceptuado de manera algo borrosa, es punto de fuga y, a la vez, non plus ultra de sus planteamientos. Por esta vía, las deficiencias de la oligarquía argentina figurarían entre las razones de los desbalances geopolíticos del mundo de mediados del siglo XX. En virtud de este tipo de remisiones, autores como Irazusta, o como el mencionado Carlos Pereyra, pueden ser leídos, no sólo como prototípicos o ilustrativos de una sensibilidad iberoamericanista derechizante, sino además en clave “civilizacional”.

La figura retórica que tal vez mejor condensa la “naturaleza última” de la ecuación irazustiana es la de la proliferación de encrucijadas mal resueltas en el pasado. En efecto, en la obra de Julio, los dirigentes argentinos desaprovechan, vez tras vez, las oportunidades doradas que se les presentan, optando ineludiblemente por seguir las alternativas más distantes del verdadero interés nacional. El acento en la proliferación y en los matices no debe conducir a perder de vista que, para Irazusta, el fracaso argentino es, en lo fundamental, consecuencia de las resoluciones desfavorables de las encrucijadas de 1838 y 1852.

Intelectuales más o menos contemporáneos a los Irazusta, como Benjamín Villafañe o Leopoldo Lugones, también cultivaron la figura de la encrucijada. Sin embargo, las disyunciones tematizadas en sus elaboraciones no se situaban en el pasado, sino en el presente de la enunciación e, incluso, en ese momento, tan difícil de apresar, en que el presente se desgrana para tomarse futuro. La disposición de Julio Irazusta a hacer visibles encrucijadas mal resueltas en el pasado singulariza sus elaboraciones, dotándolas de una definida coloración decadentista y melancólica

Es, como mínimo, tentador postular una conexión entre la experiencia de descentramiento político y la disposición decadentista/melancólica. Sin embargo, y pese a ostentar tan marcadas disposiciones pesimistas, Julio Irazusta no permitió que su pluma se deslizase hacia planteamientos fatalistas. Lejos de ello, en ningún momento dejó de concebir el futuro como algo dependiente de la voluntad y de la actividad humanas y, en consecuencia, como algo abierto. Tampoco llegó a abandonar del todo la imagen del “destino de grandeza” que supuestamente le aguardaría a la Argentina. Esto obliga a matizar, o a pensar más a fondo, la conexión postulada, así como las imputaciones de inhistoricidad y de clausura que hemos insinuado.

En casos como este, el sentido de evocar una imagen como la del destino de grandeza es ambivalente: por una parte, permite que discurran ciertas filtraciones optimistas en un cuerpo de pensamiento que es característicamente de signo contrario; por la otra, al operar más como un “deber ser” de muy difícil acceso que como un desenlace necesario y tranquilizador, contribuye a poner de relieve, por la vía del doble contraste -con la época valorada y con el futuro deseable (que, pese a todo, no es descartado como posibilidad)-, las tremendas insuficiencias del presente. Establecer los efectos que una operación así puede tener sobre unos lectores más o menos empáticos es difícil y rebasa los alcances de este aporte; no deja de constituir, sin embargo, un fascinante horizonte de indagación.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Década de 1930: Nacionalismo y Revisionismo Histórico Argentino

Por el Prof. Jbismarck 

Los nacionalistas que algunos autores llamarán nacionalismo «de derecha», «clerical», «aristocrático», «oligárquico» (para compararlos con los nacionalistas “populares” “democráticos” etc) se afianzan en los tiempos previos al golpe de setiembre de 1930. Entre los nombres importantes estarán el poeta Leopoldo Lugones, lejos de su socialismo de principios de siglo, y Carlos Ibarguren, y una influencia externa a destacar será la del francés Charles Maurras.  Ibarguren, hombre de confianza de Uriburu al igual que Juan E. Canilla (otro nacionalista septembrino de trayectoria inusitada), ha dejado en sus memorias testimonios valiosos sobre los nacionalistas. Así, con respecto a la herencia del movimiento encabezado por Uriburu, Ibarguren manifiesta: «La revolución significó un salto detenido por la acción de los grupos políticos que impidieron se realizara el programa que su jefe quiso darle, lo que no se pudo alcanzar por la falta de una poderosa fuerza cívica organizada y coherente que apoyara el nuevo orden proclamado por el general Uriburu. Pero esta revolución engendró una consecuencia fundamental: la corriente ideológica nacionalista que consiguió marcar, diez años después, una línea nueva en la evolución histórica argentina. El jefe de la revolución de setiembre lo vaticinó como un presentimiento, cuando se retiró del gobierno, al periodista señor Espigares Moreno: “Yo creo y espero —dijo— que el germen de la revolución no se perderá y que irá a la historia, más allá de los intereses puramente políticos”». (Extraido de “La Historia que he vivido”)

 

Existe una crítica dura al Estado liberal y a los partidos tradicionales. «los partidos políticos no representan los valores nacionales y que se apoderan del Estado por intermedio del sufragio universal ciego e irresponsable” La influencia de Mussolini, y luego de la guerra civil española también la de Franco son evidentes.   Marcelo Sánchez Sorondo dice: «Así, nuestra convicción comenzó siendo religiosa. Después, fuimos fascistas, acérrimos fascistas”.  Por supuesto fundamental la formación católica, y resulta conocida la actitud adoptada por la Iglesia Católica —después del pacto de Letrán— frente al fascismo de Mussolini: encíclica Quadragesimo anno, Acción Católica, etc.   Para Jorge Abelardo Ramos: «Poseídos de un fervor ultramontano, los nacionalistas condenaban al liberalismo agonizante en nombre del feudalismo sepultado». Algunos se incorporarán al peronismo donde de alguna manera se diluirá su «nacionalismo» de élites. Alguno de ellos, como el historiador Ernesto Palacio, llegará a diputado nacional por la conjunción de fuerzas triunfantes en 1946.  Otros como el gran historiador Vicente D. Sierra ocupan cargos fundamentales en cultura y educación.

La Nueva República organo principal del nacionalismo contó con Rodolfo Irazusta como director, Ernesto Palacio como jefe de redacción y Juan E. Carulla, Julio Irazusta, Mario Lassaga, César Pico y Tomás Casares como colaboradores. También desde la revista Criterio, que se lanzó en 1928 con la dirección de Atilio Dell’ Oro Maini, se expresaron las plumas nacionalistas católicas. A los citados Casares, Pico y Palacio, se agregaron Ignacio Braulio Anzoátegui, Manuel Gálvez, Enrique Pedro Osés, y los sacerdotes Leonardo Castellani y Julio Meinvielle, entre otros.  Las consecuencias del Pacto Roca-Runciman, no pasaron desapercibidas para el revisionismo católico. Al año siguiente a la firma del Pacto se editó La Argentina y el imperialismo británico, de Julio y Rodolfo Irazusta. Allí se analizaban las características coloniales del acuerdo y cómo se repetía la dependencia desde la época de Rivadavia. Del lado de los clérigos revisionistas se destacaron los sacerdotes Guillermo Furlong y Leonardo Castellani, notable escritor, quien tuvo presente a Rosas en sus cancioneros y escritos periodísticos. Pero hubo sacerdotes y laicos cuya preocupación se centró más en la amenaza del comunismo, la Guerra Civil Española, el III Reich y la cuestión judía.  Los más representativos fueron los sacerdotes Julio Menvielle y Virgilio Filippo y el escritor Gustavo Martínez Zuviría, en sus novelas El kahal (1935), Oro (1935), y 666 (1942), abordó la revisión de la influencia judía en nuestro país.

 

El 16 de junio de 1938, se reunieron en el restaurante Edelweiss de Buenos Aires Alberto Contreras, Juan Bautista Ithurbide, Ernesto Palacio, los hermanos Irazusta, Evaristo Ramírez Juárez, Pedro Vignale, Alberto Ezcurra Medrano, Isidoro García Santillán, Raúl de Labougle y Roberto de Laferrere. Su idea era “provocar un movimiento de revisión histórica”, y para eso crearon una entidad destinada a investigar sobre el período rosista. Unas semanas después, el 6 de agosto, se creó el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, con el general Ithurbide como primer presidente. Fue un momento rutilante, con reediciones de obras de Carlos Ibarguren y difusión de la producción de Ernesto Palacio, Julio Irazusta, Vicente Sierra y Manuel Gálvez. Ernesto Palacio publicó Catilina (1935), La Historia falsificada (1939) y, muy posteriormente, su Historia de la Argentina (1954). Julio Irazusta, en paralelo, emprendió la edición de Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia, de ocho tomos, en 1941.  Vicente Sierra comenzó su producción revisionista con El descubrimiento de América ante la conciencia católica (1944), El sentido misional de la conquista de América (1942) y Rosas (1943). Manuel Gálvez, por su parte, se destacó con La vida de Don Juan Manuel de Rosas (1940), que llegó a ser un éxito de ventas.

En general los nacionalistas no se han referido a los obreros más que para ubicarlos en alguna concepción corporativa que permitiese a las élites un manejo más descansado de la cosa política. Por eso su rechazo al proyecto de Juan D. Perón «Las ideas que preocupaban a Perón eran, por una parte, constituir una gran fuerza política y, por la otra, atraerse a los sectores obreros dificil concebir que un coronel sin experiencia en la vida civil pudiera constituirse en leader de las masas proletarias” (Carlos Ibarguren op. Cit).  Los nacionalistas son «antimarxistas». Las críticas al liberalismo se trasladan al marxismo, y califican a cualquier idea o a cualquier persona de liberal-marxista sin distinciones ideológicas.   El «nacionalismo», pues, adviene formalmente apoyando a una revolución que muy pronto deja de ser suya (la del 6 de setiembre de 1930), y se desarrolla durante el período que va desde 1931 a 1943 multiplicando las publicaciones periódicas (algunos nombres: Baluarte, Nuevo Orden, Crisol, La Nueva República, Sol y Luna, Nueva Política, El Fortín, Nuestro Tiempo, Balcón, los diarios El Pampero y El Federal…) y desarrollando una eficaz campaña proselitista en algunos medios (militar, universitario). Para el 4 de junio de 1943, en ocasión del golpe castrense, los nacionalistas ven llegar su segunda oportunidad. Participan como ideólogos del movimiento contra Castillo, una vez que las tropas han derrocado al anciano presidente. Marcelo Sánchez Sorondo aconseja en el «Discurso a los militares»: “El cuatro de junio es la fecha decisiva de un año decisivo. Ya está jugado el país. O se logra la unidad nacional o nos consume la anarquía. Vosotros, militares, tenéis ahora todos los mandos. Vosotros, militares, que hacéis de vuestra vida profesión de honor, habéis hecho, el cuatro de junio, profesión de fe»

Los nacionalistas consolidarán sus posiciones en el campo de la enseñanza, la administración pública, las relaciones exteriores, los nacionalistas mantuvieron puestos claves en la administración y particularmente en la docencia. A ella habían entrado pisando fuerte.  Apoyaron las medidas de obligatoriedad de la enseñanza religiosa en las escuelas, la disolución de los partidos políticos y el mantenimiento de la neutralidad Hombres como Baldrich, Genta, Olmedo u Obligado, cuyas características eran la reivindicación de Rosas como “Señor de horca y cuchillo”, asi como los tiempos de la conquista y colonización hispánica y su respeto por valores tradicionales y religiosos.  También se formarán grupos de choque, dedicados a la acción directa, entre los que podemos mencionar a la Legión Cívica Argentina y a la Alianza Libertadora Nacionalista, uno en los primeros tiempos del período, el otro sobre los años cuarenta y cinco y siguientes.   La Legión Cívica Argentina llegó a contar con reconocimiento oficial de las autoridades (20 de mayo de 1931), y obtuvo además personería jurídica (11 de enero de 1932). Ibarguren, la vincula con Mariano Moreno, el Congreso de Tucumán, el Directorio y la Confederación, y rechaza con energía los presuntos orígenes mussolinianos. Según sus estatutos, la Legión Cívica estaba compuesta por «hombres patriotas» que condensaban «el espíritu de la revolución de setiembre y que moral y materialmente estaban dispuestos a cooperar a la reconstrucción institucional del país»; el gobierno autorizaba a sus integrantes para que «concurran los días domingos y feriados a los cuarteles a recibir instrucción militar y prácticas de tiro». El organismo fue denunciado públicamente en numerosas ocasiones por diversos sectores de opinión, lo mismo que otros grupos análogos de más reducido ámbito.

Ibarguren nos recuerda la existencia de otros nucleamientos: «Además de las agrupaciones existentes desde la revolución de 1930: “Liga Republicana”, “Legión Cívica” y “Legión de Mayo”, formáronse otras nuevas: “Acción Nacionalista Argentina”, dirigida por el destacado escritor y profesor Juan P. Ramos; “Guardia Argentina”, organizada por el poeta ilustre y gran patriota Leopoldo Lugones; “Legión Colegio Militar”. “Milicia Cívica Nacionalista” y muchas otras más. Estas distintas entidades no pudieron concertar firmemente un acuerdo que las unificara, a pesar de perseguir los mismos propósitos inspirados en idéntica ideología. La agrupación con mayor número de afiliados era, acaso la “Legión Cívica Argentina”, que derivó luego en “Alianza de la Juventud Nacionalista”, cuyo conductor inicial fue el general Juan Bautista Molina».[118] De ésta a la Alianza Libertadora Nacionalista —Juan Queraltó, más adelante Guillermo Patricio Kelly— hay sólo un paso.   La Alianza se constituirá en cierto modo como un grupo de choque del peronismo, actuará en el campo político y universitario, gozará del patrocinio oficial y se caracterizará en esa época como fuertemente xenófoba y racista. La A.L.N. fue precursora, a su modo, de «Tacuara» y otros núcleos activistas del nacionalismo desde fines del cincuenta.

 

Hernández Arregui, dice que el nacionalismo se apoyó en la historia pasada pero se anquilosó en la historia del presente. El presente como retorno a lo viejo, le cerró a la filosofía conservadora del nacionalismo el entronque con un porvenir que se despliega ante un mundo estremecido por la revolución.  En la década de 1940, la figura del coronel Juan Perón fue tomando distancia del resto. Los nacionalistas vieron en él a un defensor de la Doctrina Social de la Iglesia y a alguien emparentado con la obra de los sindicatos católicos. Aunque también notaban el pulso modernista, plebeyo y herético del peronismo. Ambas características estallarían con los años en un conflicto inusitado. 

 

Bibliografía

 

BUCHRUCKER, Cristian. Nacionalismo y Peronismo

 

DEVOTO Fernando - Barbero María Inés. Los Nacionalistas

 

HERNÁNDEZ ARREGUI Nacionalismo y Liberación

 

IBARGUREN, Carlos, La Historia que he vivido

 

IRAZUSTA, Julio, Balance de siglo y medio

 

NAVARRO GERASSI, Marysa, Los nacionalistas

 

PALACIO ERNESTO, Historia Argentina

 

RAPOPORT, Mario. Historia Económica, política y social de la Argentina

 

ROCK, David, La Argentina autoritaria

 

SÁNCHEZ SORONDO, Marcelo, La Revolución que anunciamos

 

ZULETA ALVAREZ, Enrique, El nacionalismo argentino

miércoles, 30 de junio de 2021

Rosas frente a Gran Bretaña y Francia

 Por Julio Irazusta

La paz con Francia no puso término a la guerra civil desencadenada por la intervención de ese país, ya que no resultó más que una tregua. Lavalle fue derrotado en Quebracho Herrado antes de reunirse con sus correligionarios del interior y los unitarios no pudieron sostenerse en Córdoba; desencontrados los jefes, se retiraron, los unos hacia el oeste y los otros hacia el norte. Los primeros, dirigidos por Lamadrid, fueron perseguidos por Pacheco y los segundos, comandados por Lavalle, lo fueron por Oribe, el que, como aliado de la Argentina, fue designado por Rosas general en jefe interino del ejército unido de vanguardia. Ambos jefes unitarios fueron derrotados a fines de 1841, en las batallas de Rodeo del Medio y de Famaillá, respectivamente. Lejos de terminarse, la contienda rebrotó en la Mesopotamia. El general Paz fue llamado a Corrientes, después de un nuevo pronunciamiento antirrosista y triunfo de Echagüe en la batalla de Caaguazú, el 28 de noviembre de 1841. Rosas ordena a sus fuerzas vencedoras en el interior regresar al litoral para hacer frente al peligro incesantemente renovado por la libertad que Rivera daba a los emigrados para seguir sus agresiones contra la Argentina. El Entre Ríos queda a medias ocupado por los ejércitos de Paz y de Rivera. Las ambiciones territoriales de éste alejan al general cordobés.  Y el usurpador del Uruguay es derrotado por su rival Oribe, presidente legal, en Arroyo Grande, al sur de Concordia.

Golpe de teatro: los agentes de Francia e Inglaterra, hasta entonces al parecer desacordes, se unen para intimar al gobierno argentino la orden de que el ejército unido de vanguardia no pasara el río Uruguay en persecución del anarquista Rivera. Rosas hace caso omiso de la intimación, pero no publica el documento y da por inexistente la pretensión europea. Al cabo de largas correspondencias diplomáticas entre Londres y Buenos Aires, Lord Aberdeen dice a Manuel Moreno que da la intimación de 1842 como non avenue. De todos modos, la coalición anglo-francesa contra la Argentina puede considerarse en formación desde aquel entonces. Se concretó en 1845, por las rivalidades que, en medio de un llamado acuerdo cordial, desgarraban a las dos grandes potencias conquistadoras que se repartieron el mundo ultramarino en el siglo XIX.

Oribe dominó la mayor parte de la campaña uruguaya y puso sitio a Montevideo. Cuando la escuadra de Brown iba a sellar la suerte de la plaza, se interpone el comodoro inglés Purvis, quien, reincidiendo en las pretensiones europeas, niega “a los puertos de Sud América el ejercicio de un derecho tan importante como el del bloqueo”. Purvis reabastece a Montevideo y, mientras sirve los planes de su gobierno, hace buenos negocios. Rosas se contenta con protestar ante Mandeville, sin enfrentar a las potencias marítimas a su medio. Pero mantiene en el Uruguay a los diez mil argentinos que eran auxiliares de Oribe, durante diez años. La declaración del bloqueo anglo-francés de 1845, la expedición de ambas potencias al Paraná, la derrota honorable que fue la Vuelta de Obligado seguida por un triunfal desquite al regreso de la expedición, las misiones Ouseley-Deffaudis, Hood, Howden-Walescki, Gore-Gros, se empeñan vanamente en lograr que Rosas retire aquel ejército de diez mil argentinos que, según los europeos y satélites locales, constituían amenaza para la independencia uruguaya, cuando en realidad la defendían de la codicia imperialista. Impotentes para alcanzar ese resultado, los europeos nos reconocen todos los derechos de soberanía que nos habían negado. Caso único en la época: la agresión conjunta anglo-francesa, no resistida en ningún punto del globo y que permitió a las potencias coaligadas abrir el África, la China, el Japón y crear dos de los mayores imperios conocidos, fracasó en el Plata. Bajo la dirección de Rosas, la Argentina mostró una fuerza sorprendente. La epopeya de la emancipación, sin ayuda de nadie, se repitió en la quinta década del siglo. Y San Martín escribió al caudillo que su lucha era de tanta trascendencia como la que se había librado contra los españoles.

En el fondo de la cuestión estaba el intento europeo por rehacer “por el comercio y la emigración, los lazos que sujetaban antes a la América del Sud bajo la exclusiva dominación de España”. Francia Quería participar urgentemente de tal empresa ya -que, hacia 1850, según Brossard (secretario de Walescki uno de los diplomáticos franceses) su país necesitaba del Plata como lugar para ubicar el excedente de su población sin trabajo, manteniéndolo bajo su jurisdicción política. Por eso dice claramente que su país era “arrastrado cada vez más hacia el Plata por la necesidad de expansión que trabaja a los pueblos en los períodos críticos de su vida social.

En definitiva, lo que las grandes potencias marítimas ambicionaban era retacear la soberanía argentina, tanto moralmente en la aplicación de las leyes como materialmente, y si podían en algo de lo material que era el territorio. El tono de la música lo había dado Purvis al negarnos el derecho de bloqueo. Las restantes misiones pretendían negamos el derecho de beligerancia contra un enemigo que nos había declarado la guerra.

“Bajo Rosas, en sus 17 años de dictadura, con un ejército al que Sarmiento consideraba capaz de conquistar el subcontinente, la Argentina ganó el pleito que le plantearon los anglo-franceses. A las generaciones posteriores les quedaba la tarea de sacar para el país los beneficios consiguientes”

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miércoles, 2 de diciembre de 2020

Breve semblanza personal de Don Julio Irazusta 2da Parte

 Por JORGE C. BOHDZIEWICZ

En el Instituto, en su pequeño departamento de la calle Chile y algunas veces en mi casa, la situación era distinta. Sin rivales, y depuestas las timideces iniciales, solía acosarlo con infinidad de demandas intelectuales y algún que otro atrevimiento. Tan generoso y benevolente era don Julio, que en una oportunidad me entregó los manuscritos de La política, cenicienta del espíritu para que se los comentara y le hiciera las acotaciones críticas que estimara convenientes. Comprenderán Ustedes que huí despavorido de semejante compromiso, completamente desproporcionado para mis modestos conocimientos de entonces. Claro que lo hice sin dejar de agradecer su nobilísima oferta, cuyo discreto sentido comprendí después. Pero así era él, no sólo conmigo, aclaro, porque no puedo decir que me distinguió especialmente, sino con todos los que tuvimos la fortuna de gozar de su proximidad y de su amistad.

 
Cuento que una vez sí me atreví a corregirle los manuscritos de un ensayo sobre Ramos Mejía que le había pedido para otro número de la revista. Claro que esas correcciones, que recuerdo avergonzado por llamarlas así, eran sólo sobre letras mal tipeadas u omisiones de palabras pensadas pero no escritas. Es que don Julio había redactado ese ensayo poco menos que de memoria, prácticamente ciego por las cataratas. Un hecho verdaderamente prodigioso. Guardo con celo ese tesoro entre mis papeles.

 Por supuesto, conocí Las Casuarinas, que visité en cuatro oportunidades por lo menos. Conservo intacta la imagen de la vieja casona rodeada de una frondosa arboleda y el infernal ruido de las cotorras. También de las noches apacibles en que solíamos conversar iluminados por el sol de noche, pero más por el destello inagotable y amistoso de su sabiduría. Poco importaba la comida, a veces incomible, que preparaba Rasputín, nombre que le dio la querida negra Barel a un pintoresco criado, medio “falto”, según decía con acierto y gracia.

 Tengo presente asimismo el escritorio y la gran mesa que lo acompañaba en la habitación en que tenía instalada su biblioteca. Había allí un caos fenomenal de papeles del cual emergían sus famosas carpetas, que fueron más de quinientas: un verdadero cosmos hecho de recortes y anotaciones manuscritas hilvanados y ordenados por su inteligencia. Supongo que quienes lo han conocido sabrán, porque él mismo lo contó muchas veces, que compraba tres ejemplares de cada uno de los libros que le interesaban: dos para recortar y pegar, y uno para conservar anotado. Alguna vez tuve esas capetas en mis manos, en el Instituto, donde las había depositado en tránsito porque allí había fijado su lugar de trabajo en sus años postreros, cuando el CONICET, conducido entonces por gente patriota, proba y abierta a la inteligencia, reconoció sus méritos, lo contrató y le permitió completar sus últimos trabajos. Uno de ellos, La curva ascendente de la economía argentina, permanece inédito y a la espera de su oportunidad editorial.

 En Las Casuarinas tuve también ocasión de recorrer asombrado sus Cuadernos de Notas, como había titulado a una serie de volúmenes manuscritos, bien encuadernados, donde había volcado los comentarios suscitados por los clásicos que había estudiado entre 1923 y 1927 (repárese que don Julio nació en 1899). Sus hojas atesoraban, en agraz y a la espera de su madurado desarrollo, numerosos artículos y libros. Uno de ellos, se recordará, fue su Tito Livio, editado en 1951, que nació de las anotaciones de esos Cuadernos. Pienso que de no haber acudido a otros intereses y reclamos superiores, habrían surgido de sus páginas muchos ensayos deliciosos, similares a los que dedicó al historiador romano, a Burke y a Rivarol.

 A principios de 1982 la salud de don Julio había declinado sensiblemente. Dejó entonces su residencia porteña y se instaló en una casa de la calle Palma, en la ciudad de Gualeguaychú. A principios de abril supe de su empeoramiento. No vacilé. Emprendí viaje ante el presentimiento de un pronto desenlace. Quería darle la despedida a mi maestro. Recuerdo que entré en la habitación en la que se hallaba postrado y le hice algún chiste gracioso que respondió con otro. Apenas si pude disimular las lágrimas que brotaban del fondo de mi alma. Llevaba un encargo de sus amigos: las páginas manuscritas del prólogo para una segunda edición de Perón y la crisis argentina que aquellos deseaban reeditar. Se las alcancé. No las leyó. No las podía leer, ni era necesario. Me contestó que no deseaba que el libro se publicara porque podía, en esos momentos, contribuir a dividir la opinión de los argentinos. Valga la anécdota postrera para demostrar su extraordinaria grandeza de espíritu, porque en esos precisos momentos -no haría falta que lo recuerde- nuestros fuerzas armadas estaban dando batalla en tierras malvinenses. Argentina había desafiado a un imperio, recuperado lo que le pertenecía en derecho y se le negaba hasta la humillación y le había hundido al enemigo la mitad de su flota, dando sus solados un ejemplo que la posteridad -me refiero a la Nación entera y no a un puñado de patriotas memoriosos- sabrá recoger y valorar debidamente cuando otros vientos soplen, lo suficientemente fuertes para arrasar con una dirigencia política como la que padecemos hoy, profundamente corrupta y antipatriótica

          Don Julio cerró los ojos antes de aquel fatídico 14 de junio, soñando con el triunfo sobre el usurpador británico. Con ese bello sueño entregó su alma al Creador un argentino de excepción, un 5 de mayo, en Gualeguaychú, la tierra natal que tanto amó.

  

1  Bibliografía del académico de número Dr. Julio Irazusta, en Boletín de la Academia Nacional de la Historia, v. LXI, Buenos Aires, 1988, p. 477-529.

 

2  Homenaje a Julio Irazusta en Gualeguaychú, en Cabildo, n. 65 (tercera época), Buenos Aires, 2007, p. 19-21.

 

3  Semblanza personal de Don Julio Irazusta a los 25 años de su fallecimiento, en Gladius, n. 69, Buenos Aires, 2007, p. 193-200.

 

 Un accidente en mi salud impidió que pudiera leer la conferencia preparada para la ocasión. De todos modos, a instancias de un colega, su texto se publicó de modo fragmentario en la revista Cabildo 2, y completo en Gladius 3. Ahora lo publico nuevamente, en este volumen, con algunas pocas quitas y agregados que no alteran en nada sustancial el texto original.

 Recuerdo que en 1975 le propuse a Julio Irazusta la reedición de su Urquiza y el pronunciamiento, libro por entonces difícil de hallar. También recuerdo que me propuso incluirle un prólogo motivado por el hecho de que muchos colegas amigos, según me dijo, le habían señalado que se había mostrado demasiado benevolente con la figura de quien, al fin y al cabo, era responsable de la mayor apostasía que había sufrido la Patria. Ningún inconveniente significaba incluir unas pocas páginas más. Antes bien, fueron oportunas toda vez que contribuyeron a disipar alguna perplejidad en el lector poco atento.

Hoy esa edición, que apareció con una pequeña variante en el título, ha desaparecido de las librerías, lo mismo que la que editó años después Dictio, que incluyó el prólogo. Por eso estimo muy oportuna esta nueva edición encarada por el director de la Biblioteca Testimonial del Bicentenario. Y un verdadero acierto incluir en el volumen otros cuatro trabajos de Julio Irazusta -dos ensayos y dos críticas bibliográficas- prácticamente desconocidos, escritos todos a instancias del firmante de esta noticia.

 Tal vez interese conocer las circunstancias en que fueron concebidos. En 1974, a poco de graduarme en la Universidad de Buenos Aires, pude realizar un proyecto soñado en mi época de estudiante: editar una revista de historia de orientación revisionista y de riguroso carácter científico. Así nació Historiografía, como órgano de un inexistente Instituto de Estudios Historiográficos. Puesto a la tarea de reunir material para el primer número, era lógico que apelara a quien era, sin dudas, al historiador de mayor enjundia dentro de la corriente revisionista.   

Breve semblanza personal de Don Julio Irazusta 1ra Parte

JORGE C. BOHDZIEWICZ

 Hace más de una década emprendí la tarea de compilar la bibliografía de don Julio Irazusta. Tarea ciertamente dificultosa porque sus artículos, alrededor de 600, aparecieron dispersos en numerosas publicaciones periódicas, algunas de muy difícil ubicación. Dificultosa pero necesaria, según estimamos entonces, para cualquier emprendimiento que se propusiese el estudio responsable y profundo de su trayectoria intelectual, su obra historiográfica o su pensamiento político.  Fue aquél un sencillo reconocimiento al maestro que me prodigó su amistad en sus años postreros. Tiempo después, a pedido de unos amigos de su Gualeguaychú natal, escribí una breve semblanza. Era el texto de una conferencia que formaría parte de una jornada de charlas en su homenaje con motivo de haber transcurrido veinticinco años de su fallecimiento. Confieso que debí vencer mis propios reparos para emprender su redacción. ¿Qué podría decir yo, el más modesto de sus discípulos y acaso el último de sus jóvenes amigos sobre una figura de la talla de Irazusta, don Julio, como lo llamábamos coloquialmente quienes tuvimos la suerte de disfrutar de su magisterio en animadas tertulias y numerosos encuentros, ocasionales o provocados, en mi caso a lo largo de casi una década que jamás podré olvidar? Si depuse los escrúpulos, fue bajo el estímulo de la sensación penosa de que sería una ingratitud de mi parte, en tanto amigo y deudor intelectual, no prestarme al justísimo homenaje a su querida memoria que aquellos jóvenes se habían propuesto. Homenaje que hoy se reitera junto con el debido a otros grandes intelectuales que honraron nuestras letras.

 
Comenzaré diciendo que muchos emocionados recuerdos se me agolparon cuando tracé las primeras líneas de esta breve semblanza. Se permitirá entonces que me aparte de las formas usuales en esta clase de rememoraciones. Haré, en cambio, una muy breve referencia a don Julio Irazusta únicamente a través de mis vivencias personales, que me involucran necesariamente como actor, descontando el conocimiento que seguramente tiene la audiencia sobre su obra y acaso también sobre su figura. El propósito es, pues, modesto. Dicho de otra manera: quiero deja aquí un breve, sencillo y entrañable testimonio, centrado más en la dimensión humana del personaje y la extraordinaria influencia que ejerció sobre mí, que en su fantástica obra como crítico literario, historiador, pensador y político. Sobre las profundidades de estas vertientes de su inagotable intelecto se han ocupado con pulso firme y encomiable versación Enrique Zuleta, Mario Guillermo Saraví, Jorge Comadrán Ruiz y Enrique Díaz Araujo. Más recientemente lo ha hecho Juan Fernando Segovia en un hermoso libro, riguroso y preciso. Ello me exime de la nada original tarea de repetir lo que esos amigos han divulgado con acierto.   
Cuando conocí a don Julio, ya había leído parte importante de su vasta obra. Lo vi por primera vez en ocasión de su incorporación a la Academia Nacional de la Historia, cuando esta institución desarrollaba sus actividades en el Museo Mitre. Recuerdo la impresión que me produjo su figura corpulenta y su talante señorial, su rostro sereno y su voz de tono bajo y apacible. Jamás pensé que al poco tiempo quedaría ligado a su persona con lazos de amistad tan profundos; jamás pensé que ese hombre marcaría para siempre mis predilecciones literarias y confirmaría mi vocación por la historia patria y mi orientación política. Recuerdo también, a modo de confesión tardía, mi desconcierto ante su discurso de recepción: De la crítica literaria a la Historia a través de la política. Esperaba, como la mayoría de los jóvenes rosistas que acudimos a esa cita, un alegato reivindicativo de la figura a la que le había consagrado varias décadas de lecturas infatigables y meditaciones profundas en el seno mismo donde la falsificación de nuestro pasado había adquirido formulación canónica. No fue así. Mas no tardé mucho en advertir que lo que nos había obsequiado en esa ocasión, sin que yo lo advirtiera, era la síntesis más preciosa que jamás haya leído sobre el itinerario intelectual de un humanista de raza, auténtico y casi sin parangón en nuestro medio.   Permítaseme que evoque brevemente ese itinerario que comenzó, según él mismo nos lo cuenta, con el estudio crítico de poetas, novelistas y ensayistas franceses, ingleses y argentinos. Sin abandonar nunca su lectura, pero consciente de la necesidad de ensanchar las bases filosóficas de su formación, don Julio pronto orientó sus afanes hacia los clásicos de todos los tiempos, pero muy especialmente a los filósofos políticos denominados “reaccionarios”, como Burke, Rivarol, De Maistre, Maurras y tantos otros que dejaron un sedimento perceptible en su propia teoría política, sin mengua de su concepción, que fue original.    Y sin solución de continuidad, antes bien, de modo simultáneo y a uno con la praxis política, don Julio se consagró al estudio sistemático del pasado argentino para dar respuesta a los interrogantes que con insistencia le planteaban el presente y el porvenir de su Patria, que parecía resistirse en su clase dirigente a emprender el camino de la grandeza, perdida en la aciaga jornada de Caseros. Es así que se convirtió, según expresión con que subtituló sus Memorias, en un “historiador a la fuerza”. La clave del acierto con que emprendió sus trabajos encuentra su explicación tanto en su inteligencia privilegiada y en su cultura general incomparable, como en la aplicación de las categorías filosóficas del realismo político al examen del pasado. Recuerdo aquí un consejo suyo que utilizó para sí como guía para su formación autodidacta: compensar una cultura general, la mayor posible, con el estudio erudito de un tema hasta tocar sus profundidades. Así evitaba los riesgos de la falta de una perspectiva abarcadora tanto como la tendencia a la dispersión.

 
Y permítaseme decir aquí algo, muy poco, en relación con su obra como historiador. Sabido es que el camino de la investigación histórica parte del análisis de las fuentes para recrear los hechos y dirigirse, en sus mejores cultores, a la síntesis interpretativa, que es la culminación de su quehacer. Sin embargo, creo advertir que don Julio recorrió, al ocuparse de Rosas, un camino curiosamente inverso, inusual y, por lo mismo, asombroso. En 1935, cuando contaba con apenas 36 años, edad en la que en la mayoría se presenta lejana aún la madurez intelectual, don Julio publicó su Ensayo sobre Rosas en el centenario de la suma del poder, obra que parece culminar la parábola de un historiador y no comenzarla. Pero fue exactamente al revés. El lector podrá encontrar en esa obra, en acto o en potencia, perfectamente definidas o apenas insinuadas, en admirable síntesis, todas las ideas sobre el significado de la dictadura de Rosas en la historia argentina a la luz de la historia universal, que es la que le da inteligibilidad y sentido profundo al fenómeno. Síntesis que tendrá años después su despliegue analítico y comprobación fáctica en su Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia. Obra erudita hasta lo inverosímil y modelo de historia política en su sentido más cabal, cuyo primer volumen apareció seis años más tarde, en 1941, y completa treinta años después, en 1970.

 Vuelvo a las evocaciones. Fue en aquel mismo recinto, la Academia Nacional de la Historia, trasladado al cabo de poco tiempo a la calle Balcarce, que entablé con don Julio mi primer diálogo, en oportunidad de habérseme adjudicado una distinción insignificante, creo que en 1973. Fue para mí la “ocasión dorada”, según expresión que le era muy propia y tomo prestada. Y claro que no la desaproveché: temeritas est florentis aetatis, dice Cicerón. Después le escribí algunas cartas -eran consultas puntuales sobre temas históricos- que nunca dejó de responder. Y enseguida vinieron los primeros encuentros.

 Era yo muy joven entonces y, como tal, desbordaba de proyectos, entre ellos el de editar una revista de historia que concebía como expresión de un revisionismo de riguroso carácter científico, pero combativo a la vez. Nada que ver con la actual caricatura de ese movimiento intelectual, alentada desde el poder político. Dios quiso que pudiera concretar ese proyecto y en su número primero aparecieron dos trabajos de don Julio que le pedí especialmente: un ensayo crítico sobre Los “Apuntes” de Antonio Cuyás y Sam-pere y una extensa reseña sobre un autor de origen hebreo que tuvo la tentación de ocuparse del revisionismo histórico con escaso bagaje informativo y abundantes prejuicios ideológicos, propios de los historiadores autodenominados “progresistas” cada vez que abordan alguna expresión del Nacionalismo argentino, por supuesto que para descalificarlo. Tarea ardua le resultó -me consta- descifrar el estilo arrevesado del autor, quien finalmente quedó demolido por los razonamientos de nuestro maestro, cuya capacidad como polemista implacable pero de formas siempre amables y urbanas brilló en esas páginas no menos que en las que se ocupó de Ricardo Rojas o Ernesto Celesia.

 No pasó mucho tiempo desde aquel mi estreno como director de la revista, que se llamaba Historiografía entonces y luego Historiografía Rioplatense, cuando decidí darle personería jurídica al Instituto Bibliográfico “Antonio Zinny” luego del fallecimiento del Padre Guillermo Furlong, bajo cuya inspiración lo habíamos fundado de hecho en 1970. Instituto que aún sobrevive con el auxilio de la Divina Providencia y pese a los embates del izquierdismo, adueñado imperativamente de todos los resortes financieros en el ámbito de la ciencia y de la cultura. Don Julio fue su Presidente Honorario hasta su fallecimiento.

 Para entonces nuestra amistad se había estrechado más y más, sin que pesara sobre ella la diferencia de edades. Contaba don Julio entonces con 76 años pletóricos de amplísimos e insondables conocimientos, 76 años adornados con su bondad natural, carácter sereno e imperturbable jovialidad. Es cierto que nos separaban algo más que cuatro décadas. Sin embargo, jamás puso una mínima distancia en el trato, que yo sintiera, ni pronunció una expresión que insinuara el abismo que existía entre su sabiduría y mi insignificancia. Don Julio sabía conversar animadamente con adolescentes y viejos, con gentes de refinada cultura y con gentes del común, que no la tenían. Y a todos escuchaba. Y a todos tenía siempre algo que decir sobre los motivos o intereses que los convocaban al diálogo. Y con todos derramaba generosamente su amistad, sabiendo adecuar la elegancia de su lenguaje oral, que era sencillo y exquisito, a la calidad del interlocutor ocasional.

 Con el correr de los años, mis encuentros con don Julio se hicieron cada vez más frecuentes. En la sede del Instituto conversábamos casi todos los días, de lunes a viernes. Y en una agradabilísima e interminable tertulia, en un sitio al que llamábamos el “campito”, ubicado en el entrecruce de dos ramales ferroviarios, en Palermo, todos los días sábados, salvo muy mal tiempo, y a veces con tiempo muy malo también. El “campito”, un pequeño lote con varias parrillas, una cancha de fútbol, buena arboleda y un edificio de construcción precaria, se me presenta hoy inseparable de la figura de don Julio. Allí se reunían -nos reuníamos- convocados por mi compadre Félix Fares y por Augusto Giménez, la mayoría de las inteligencias que expresaban a mi entender, en sus diversos matices y en esos tiempos -hablo de la década del setenta-, el pensamiento nacionalista. Recuerdo a Ernesto Palacio, entrañable amigo de don Julio, a Juan Pablo Oliver, a Jaime María de Mahieu, al Padre Raúl Sánchez Abelenda, a Jaime Gálvez, a Emilio Samyn Ducó, a Ricardo Curutchet y a tantos otros nombres que la memoria me traerá cuando me proponga exprimirla. Allí conocí a poetas como Calvetti y a editores como Taladriz. También a muchos viejos militantes de la Unión Republicana, partido que don Julio había fundado con su hermano Rodolfo para darle batalla al régimen. Allí se generaban largas y animadas charlas y algunas polémicas. Jamás una disputa agria porque el clima de los encuentros era tolerante y jocoso. No había espacio para el malhumor ni para las solemnidades. ¡Qué señores eran aquellos! Cualquier tema en el que intervenía don Julio, así fuese el más doméstico o trivial imaginable, alcanzaba con sus razonamientos alturas insospechables. Era asombroso y un deleite para el espíritu escuchar con qué facilidad se elevaba de la anécdota a la categoría, o verlo emprender el camino inverso.

 Incontable era la cantidad y calidad de ideas, relatos y anécdotas que se sucedían a lo largo de las 8 horas, no menos que 8 y a veces bastante más, que duraban esos encuentros. Ideas, relatos y anécdotas que encendía y potenciaba el buen vino, presentado con generosidad y trasegado con abundancia.

 Como podrán imaginarse, mi papel en esa tertulia de “grandes” no excedía el de un simple pero atento oyente. A veces, una tímida pregunta era todo mi aporte al lucimiento de los comensales. Mi interés era oír y aprender. Las respuestas de don Julio sin proponérselo eran todas lecciones magistrales, expresadas con naturalidad, sin el menor asomo de afectación. Podían comenzar con una referencia a Jenofonte o con la cita de una pasaje de La Eneida en latín, para transitar luego siglos y naciones en admirables comparaciones -don Julio manejaba la historia comparativa como nadie, valido de su memoria deslumbrante y de su capacidad asociativa- y concluir con una jocosa anécdota pueblerina, como la de aquel accidente que le pasó al vasco Iturbide durante una travesía, que no contaré. ¡Qué maravilloso buen decir tenía don Julio cuando narraba las cosas más sencillas! A propósito de La Eneida, recuerdo su cita, tomada del libro quinto, en el que Virgilio describe la competencia en que los rezagados en una regata terminan ganando: possunt quia posse videntur. Cita cargada de un significado inequívoco sobre el valor de la fe y la voluntad puestas tras un objetivo; cita que, cambiando los tiempos verbales para acercamos más a la idea que quería transmitir, se traduciría así: “pudieron porque creyeron poder”.

 En el “campito”, ese ámbito materialmente rústico y precario pero humanamente jerárquico y señorial, estaba instalada, lo mismo que en nuestro Instituto, la cátedra informal donde pude dar forma, rectificar y completar algo de la deficiente educación recibida en una Universidad estragada ya por el sectarismo ideológico y el apego a las modas, que revela siempre debilidad de espíritu. La cátedra que la Providencia me ofreció durante los años que evoco fue muy superior a las que conocí porque, entre muchas otras cosas, estaba abierta al conocimiento y debate de autores desterrados o deliberadamente ignorados por la “inteligencia” universitaria reformista.