Rosas

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miércoles, 2 de diciembre de 2020

Breve semblanza personal de Don Julio Irazusta 1ra Parte

JORGE C. BOHDZIEWICZ

 Hace más de una década emprendí la tarea de compilar la bibliografía de don Julio Irazusta. Tarea ciertamente dificultosa porque sus artículos, alrededor de 600, aparecieron dispersos en numerosas publicaciones periódicas, algunas de muy difícil ubicación. Dificultosa pero necesaria, según estimamos entonces, para cualquier emprendimiento que se propusiese el estudio responsable y profundo de su trayectoria intelectual, su obra historiográfica o su pensamiento político.  Fue aquél un sencillo reconocimiento al maestro que me prodigó su amistad en sus años postreros. Tiempo después, a pedido de unos amigos de su Gualeguaychú natal, escribí una breve semblanza. Era el texto de una conferencia que formaría parte de una jornada de charlas en su homenaje con motivo de haber transcurrido veinticinco años de su fallecimiento. Confieso que debí vencer mis propios reparos para emprender su redacción. ¿Qué podría decir yo, el más modesto de sus discípulos y acaso el último de sus jóvenes amigos sobre una figura de la talla de Irazusta, don Julio, como lo llamábamos coloquialmente quienes tuvimos la suerte de disfrutar de su magisterio en animadas tertulias y numerosos encuentros, ocasionales o provocados, en mi caso a lo largo de casi una década que jamás podré olvidar? Si depuse los escrúpulos, fue bajo el estímulo de la sensación penosa de que sería una ingratitud de mi parte, en tanto amigo y deudor intelectual, no prestarme al justísimo homenaje a su querida memoria que aquellos jóvenes se habían propuesto. Homenaje que hoy se reitera junto con el debido a otros grandes intelectuales que honraron nuestras letras.

 
Comenzaré diciendo que muchos emocionados recuerdos se me agolparon cuando tracé las primeras líneas de esta breve semblanza. Se permitirá entonces que me aparte de las formas usuales en esta clase de rememoraciones. Haré, en cambio, una muy breve referencia a don Julio Irazusta únicamente a través de mis vivencias personales, que me involucran necesariamente como actor, descontando el conocimiento que seguramente tiene la audiencia sobre su obra y acaso también sobre su figura. El propósito es, pues, modesto. Dicho de otra manera: quiero deja aquí un breve, sencillo y entrañable testimonio, centrado más en la dimensión humana del personaje y la extraordinaria influencia que ejerció sobre mí, que en su fantástica obra como crítico literario, historiador, pensador y político. Sobre las profundidades de estas vertientes de su inagotable intelecto se han ocupado con pulso firme y encomiable versación Enrique Zuleta, Mario Guillermo Saraví, Jorge Comadrán Ruiz y Enrique Díaz Araujo. Más recientemente lo ha hecho Juan Fernando Segovia en un hermoso libro, riguroso y preciso. Ello me exime de la nada original tarea de repetir lo que esos amigos han divulgado con acierto.   
Cuando conocí a don Julio, ya había leído parte importante de su vasta obra. Lo vi por primera vez en ocasión de su incorporación a la Academia Nacional de la Historia, cuando esta institución desarrollaba sus actividades en el Museo Mitre. Recuerdo la impresión que me produjo su figura corpulenta y su talante señorial, su rostro sereno y su voz de tono bajo y apacible. Jamás pensé que al poco tiempo quedaría ligado a su persona con lazos de amistad tan profundos; jamás pensé que ese hombre marcaría para siempre mis predilecciones literarias y confirmaría mi vocación por la historia patria y mi orientación política. Recuerdo también, a modo de confesión tardía, mi desconcierto ante su discurso de recepción: De la crítica literaria a la Historia a través de la política. Esperaba, como la mayoría de los jóvenes rosistas que acudimos a esa cita, un alegato reivindicativo de la figura a la que le había consagrado varias décadas de lecturas infatigables y meditaciones profundas en el seno mismo donde la falsificación de nuestro pasado había adquirido formulación canónica. No fue así. Mas no tardé mucho en advertir que lo que nos había obsequiado en esa ocasión, sin que yo lo advirtiera, era la síntesis más preciosa que jamás haya leído sobre el itinerario intelectual de un humanista de raza, auténtico y casi sin parangón en nuestro medio.   Permítaseme que evoque brevemente ese itinerario que comenzó, según él mismo nos lo cuenta, con el estudio crítico de poetas, novelistas y ensayistas franceses, ingleses y argentinos. Sin abandonar nunca su lectura, pero consciente de la necesidad de ensanchar las bases filosóficas de su formación, don Julio pronto orientó sus afanes hacia los clásicos de todos los tiempos, pero muy especialmente a los filósofos políticos denominados “reaccionarios”, como Burke, Rivarol, De Maistre, Maurras y tantos otros que dejaron un sedimento perceptible en su propia teoría política, sin mengua de su concepción, que fue original.    Y sin solución de continuidad, antes bien, de modo simultáneo y a uno con la praxis política, don Julio se consagró al estudio sistemático del pasado argentino para dar respuesta a los interrogantes que con insistencia le planteaban el presente y el porvenir de su Patria, que parecía resistirse en su clase dirigente a emprender el camino de la grandeza, perdida en la aciaga jornada de Caseros. Es así que se convirtió, según expresión con que subtituló sus Memorias, en un “historiador a la fuerza”. La clave del acierto con que emprendió sus trabajos encuentra su explicación tanto en su inteligencia privilegiada y en su cultura general incomparable, como en la aplicación de las categorías filosóficas del realismo político al examen del pasado. Recuerdo aquí un consejo suyo que utilizó para sí como guía para su formación autodidacta: compensar una cultura general, la mayor posible, con el estudio erudito de un tema hasta tocar sus profundidades. Así evitaba los riesgos de la falta de una perspectiva abarcadora tanto como la tendencia a la dispersión.

 
Y permítaseme decir aquí algo, muy poco, en relación con su obra como historiador. Sabido es que el camino de la investigación histórica parte del análisis de las fuentes para recrear los hechos y dirigirse, en sus mejores cultores, a la síntesis interpretativa, que es la culminación de su quehacer. Sin embargo, creo advertir que don Julio recorrió, al ocuparse de Rosas, un camino curiosamente inverso, inusual y, por lo mismo, asombroso. En 1935, cuando contaba con apenas 36 años, edad en la que en la mayoría se presenta lejana aún la madurez intelectual, don Julio publicó su Ensayo sobre Rosas en el centenario de la suma del poder, obra que parece culminar la parábola de un historiador y no comenzarla. Pero fue exactamente al revés. El lector podrá encontrar en esa obra, en acto o en potencia, perfectamente definidas o apenas insinuadas, en admirable síntesis, todas las ideas sobre el significado de la dictadura de Rosas en la historia argentina a la luz de la historia universal, que es la que le da inteligibilidad y sentido profundo al fenómeno. Síntesis que tendrá años después su despliegue analítico y comprobación fáctica en su Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia. Obra erudita hasta lo inverosímil y modelo de historia política en su sentido más cabal, cuyo primer volumen apareció seis años más tarde, en 1941, y completa treinta años después, en 1970.

 Vuelvo a las evocaciones. Fue en aquel mismo recinto, la Academia Nacional de la Historia, trasladado al cabo de poco tiempo a la calle Balcarce, que entablé con don Julio mi primer diálogo, en oportunidad de habérseme adjudicado una distinción insignificante, creo que en 1973. Fue para mí la “ocasión dorada”, según expresión que le era muy propia y tomo prestada. Y claro que no la desaproveché: temeritas est florentis aetatis, dice Cicerón. Después le escribí algunas cartas -eran consultas puntuales sobre temas históricos- que nunca dejó de responder. Y enseguida vinieron los primeros encuentros.

 Era yo muy joven entonces y, como tal, desbordaba de proyectos, entre ellos el de editar una revista de historia que concebía como expresión de un revisionismo de riguroso carácter científico, pero combativo a la vez. Nada que ver con la actual caricatura de ese movimiento intelectual, alentada desde el poder político. Dios quiso que pudiera concretar ese proyecto y en su número primero aparecieron dos trabajos de don Julio que le pedí especialmente: un ensayo crítico sobre Los “Apuntes” de Antonio Cuyás y Sam-pere y una extensa reseña sobre un autor de origen hebreo que tuvo la tentación de ocuparse del revisionismo histórico con escaso bagaje informativo y abundantes prejuicios ideológicos, propios de los historiadores autodenominados “progresistas” cada vez que abordan alguna expresión del Nacionalismo argentino, por supuesto que para descalificarlo. Tarea ardua le resultó -me consta- descifrar el estilo arrevesado del autor, quien finalmente quedó demolido por los razonamientos de nuestro maestro, cuya capacidad como polemista implacable pero de formas siempre amables y urbanas brilló en esas páginas no menos que en las que se ocupó de Ricardo Rojas o Ernesto Celesia.

 No pasó mucho tiempo desde aquel mi estreno como director de la revista, que se llamaba Historiografía entonces y luego Historiografía Rioplatense, cuando decidí darle personería jurídica al Instituto Bibliográfico “Antonio Zinny” luego del fallecimiento del Padre Guillermo Furlong, bajo cuya inspiración lo habíamos fundado de hecho en 1970. Instituto que aún sobrevive con el auxilio de la Divina Providencia y pese a los embates del izquierdismo, adueñado imperativamente de todos los resortes financieros en el ámbito de la ciencia y de la cultura. Don Julio fue su Presidente Honorario hasta su fallecimiento.

 Para entonces nuestra amistad se había estrechado más y más, sin que pesara sobre ella la diferencia de edades. Contaba don Julio entonces con 76 años pletóricos de amplísimos e insondables conocimientos, 76 años adornados con su bondad natural, carácter sereno e imperturbable jovialidad. Es cierto que nos separaban algo más que cuatro décadas. Sin embargo, jamás puso una mínima distancia en el trato, que yo sintiera, ni pronunció una expresión que insinuara el abismo que existía entre su sabiduría y mi insignificancia. Don Julio sabía conversar animadamente con adolescentes y viejos, con gentes de refinada cultura y con gentes del común, que no la tenían. Y a todos escuchaba. Y a todos tenía siempre algo que decir sobre los motivos o intereses que los convocaban al diálogo. Y con todos derramaba generosamente su amistad, sabiendo adecuar la elegancia de su lenguaje oral, que era sencillo y exquisito, a la calidad del interlocutor ocasional.

 Con el correr de los años, mis encuentros con don Julio se hicieron cada vez más frecuentes. En la sede del Instituto conversábamos casi todos los días, de lunes a viernes. Y en una agradabilísima e interminable tertulia, en un sitio al que llamábamos el “campito”, ubicado en el entrecruce de dos ramales ferroviarios, en Palermo, todos los días sábados, salvo muy mal tiempo, y a veces con tiempo muy malo también. El “campito”, un pequeño lote con varias parrillas, una cancha de fútbol, buena arboleda y un edificio de construcción precaria, se me presenta hoy inseparable de la figura de don Julio. Allí se reunían -nos reuníamos- convocados por mi compadre Félix Fares y por Augusto Giménez, la mayoría de las inteligencias que expresaban a mi entender, en sus diversos matices y en esos tiempos -hablo de la década del setenta-, el pensamiento nacionalista. Recuerdo a Ernesto Palacio, entrañable amigo de don Julio, a Juan Pablo Oliver, a Jaime María de Mahieu, al Padre Raúl Sánchez Abelenda, a Jaime Gálvez, a Emilio Samyn Ducó, a Ricardo Curutchet y a tantos otros nombres que la memoria me traerá cuando me proponga exprimirla. Allí conocí a poetas como Calvetti y a editores como Taladriz. También a muchos viejos militantes de la Unión Republicana, partido que don Julio había fundado con su hermano Rodolfo para darle batalla al régimen. Allí se generaban largas y animadas charlas y algunas polémicas. Jamás una disputa agria porque el clima de los encuentros era tolerante y jocoso. No había espacio para el malhumor ni para las solemnidades. ¡Qué señores eran aquellos! Cualquier tema en el que intervenía don Julio, así fuese el más doméstico o trivial imaginable, alcanzaba con sus razonamientos alturas insospechables. Era asombroso y un deleite para el espíritu escuchar con qué facilidad se elevaba de la anécdota a la categoría, o verlo emprender el camino inverso.

 Incontable era la cantidad y calidad de ideas, relatos y anécdotas que se sucedían a lo largo de las 8 horas, no menos que 8 y a veces bastante más, que duraban esos encuentros. Ideas, relatos y anécdotas que encendía y potenciaba el buen vino, presentado con generosidad y trasegado con abundancia.

 Como podrán imaginarse, mi papel en esa tertulia de “grandes” no excedía el de un simple pero atento oyente. A veces, una tímida pregunta era todo mi aporte al lucimiento de los comensales. Mi interés era oír y aprender. Las respuestas de don Julio sin proponérselo eran todas lecciones magistrales, expresadas con naturalidad, sin el menor asomo de afectación. Podían comenzar con una referencia a Jenofonte o con la cita de una pasaje de La Eneida en latín, para transitar luego siglos y naciones en admirables comparaciones -don Julio manejaba la historia comparativa como nadie, valido de su memoria deslumbrante y de su capacidad asociativa- y concluir con una jocosa anécdota pueblerina, como la de aquel accidente que le pasó al vasco Iturbide durante una travesía, que no contaré. ¡Qué maravilloso buen decir tenía don Julio cuando narraba las cosas más sencillas! A propósito de La Eneida, recuerdo su cita, tomada del libro quinto, en el que Virgilio describe la competencia en que los rezagados en una regata terminan ganando: possunt quia posse videntur. Cita cargada de un significado inequívoco sobre el valor de la fe y la voluntad puestas tras un objetivo; cita que, cambiando los tiempos verbales para acercamos más a la idea que quería transmitir, se traduciría así: “pudieron porque creyeron poder”.

 En el “campito”, ese ámbito materialmente rústico y precario pero humanamente jerárquico y señorial, estaba instalada, lo mismo que en nuestro Instituto, la cátedra informal donde pude dar forma, rectificar y completar algo de la deficiente educación recibida en una Universidad estragada ya por el sectarismo ideológico y el apego a las modas, que revela siempre debilidad de espíritu. La cátedra que la Providencia me ofreció durante los años que evoco fue muy superior a las que conocí porque, entre muchas otras cosas, estaba abierta al conocimiento y debate de autores desterrados o deliberadamente ignorados por la “inteligencia” universitaria reformista.

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