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martes, 29 de noviembre de 2016

ROSAS, ESE LIMOSNERO DE SOUTHAMPTON (contestación a Ruiz Moreno y Sáenz Quesada)

por Fermín Chávez



“Rosas quebró y anuló la actitud reservada y despectiva de Buenos Aires hacia el resto del país, que tantas suspicacias y enconos había provocado. De todos los porteños, Rosas fue el menos porteñista”  Carlos Sánchez Viamonte, 1930.

“Nuestro mayor varón sigue siendo don Juan Manuel de Rosas: un gran ejemplar de la fortaleza del Individuo, gran certidumbre de saberse vivir..."  Jorge Luis Borges, 1926.

La inauguración del monumento a don Juan Manuel de Rosas en Palermo de San Benito ha servido para mucho. Pero a mi juicio ha servido especialmente para que algunos amargados, sin poder aguantar el chaguarazo, salieran a la palestra para repetir algunos “aforismos sin sentido” en torno al personaje. Reculando mucho vuelven a las andadas y revelan algo lamentable: este menospreciar el camino andado y la luz que se ha echado en la parte sumergida del témpano flotante. Este ignorar que la verdad está en el hecho completo y no en una parte del mismo.  

Es explicable el rencor de algunos parientes de Urquiza, como uno que publicó el 7 de noviembre una carta en el diario La Nación que le hizo decir este disparate: “Rosas... cerró colegios, quitó los subsidios y la vida a la Universidad de Buenos Aires..." calla que el mismo decreto del 27 de abril de 1838 por el cual se suprimen los sueldos a los maestros de las escuelas públicas debido al conflicto bélico con Francia- , dispone que Ios padres de los alumnos costeen los pagos, para librar al erario del gasto. No se cerró colegio alguno, ni primario, ni secundario, ni la Universidad. Si no, ¿dónde se graduaron más de 100 médicos entre 1838 y 1851? ¿Y los 60 y tantos abogados recibidos entre esos mismos años?

El fervor  antirrosista lleva a hacer incurrir en inexactitudes grandes como elefantes a historiadores serios —en otros temas— como Isidoro J. Ruiz Moreno, quien en su artículo de La Nación del 8 de noviembre (“La historia juzga”), repite la distorsión por la cual Rosas aparece entregando las Malvinas a los Ingleses, para pagar los intereses adeudados. Quien esto escribe ha Investigado en archivos dicha cuestión y el asunto es otro. La “transacción pecuniaria” de que hablan las Instrucciones dadas a Manuel Moreno aparece bien aclarada en el documento que Felipe Arana envió al cónsul argentino en Londres, Jorge F. Dickson, el 23-XII-1842, para que “demande del gobierno de S.M. Británica una indemnización por el derecho a las Malvinas y que entre en ésta el empréstito y sus rentas vencidas y por vencer...”. En suma: no existió ninguna oferta de venta.

Frente a  quienes han elogiado la conducta de Rosas en el exilio, nuestro amigo Ruiz Moreno lo hace aparecer como un limosnero “sin grandeza”. Si hasta Hipólito Yrigoyen —siempre tan parco— destacó como ejemplo la conducta del desterrado

Por su parte, María Sáenz Quesada se desfoga y desboca contra los “revisionistas de la década de 1930, como si no hubiesen existido antes Juan Bautista Alberdi, Ernesto Quesada, Adolfo Saldías, Dermidio T. González, Dardo Corvalán Mendilaharsu y otros, que aportaron luces para descubrir el témpano en su parte sumergida. Y se queda con José Mármol, el frustrado pretendiente de Manuelita Rosas que nunca fue perseguido por Ciríaco Cuitiño u otro “mazorquero”.

A estos compatriotas les convendría leer el discurso de Alberdi de 1837, en el Salón de Marcos Sastre; su carta a Máximo Terrero del 14 de agosto de 1864 (‘‘Nada más público y notorio que la honorabilidad con que lleva el General Rosas su vida de refugiado en el país de los libres”); o su texto de 1847 La República Argentina 37 años después de la Revolución de Mayo. Veía en la cabeza de Rosas “la escarapela de Belgrano”. Y repasar las páginas del general Ignacio H. Fotheringham, publicadas en 1902. O las de Domingo F. Sarmiento en su Bosquejo de Biografía de Don Dalmacio Velez Sársfield, de 1875.  Escuche María Sáenz Quesada: “Rosas era un republicano que ponía en juego todos los artificios del sistema popular representativo. Era la expresión de la voluntad del pueblo...”. Claro que ella puede responder con las palabras que utilizó Leopoldo Meló, tras su derrota por Yrigoyen: “Hemos sido víctimas de la encrucijada aleve y traidora del cuarto oscuro”. O con el miedo de Mariquita Sánchez.

Más cuerdo es el artículo, en la misma edición de La Nación, del doctor Pacho O’Donnell, sobre las relaciones de Rosas y San Martín. Aquí ya no se repite el ligero diagnóstico de quien dijo que el legado del sable se debió a que el Libertador estaba chocho, y por eso testó como lo hizo.

Una llamativa nota fue brindada esta vez por el diario Página 12, siempre muy liberal y bien informado: no se enteró de la inauguración del monumento, ni siquiera para explotar el hiperrevisionismo del Presidente, con su versión sobre Facundo Quiroga, vivo después de Caseros y generoso con el limosnero de Southampton.

Quizá a estos muchachos progresistas del diario les convendría leer las Memorias del general húngaro Juan F. Czetz, a quien Sarmiento nombró primer director del flamante Colegio Militar, al que organizó entre 1870 y 1874. Czetz dice del exiliado cosas muy interesantes: las atenciones que don Juan Manuel tuvo para con él, hasta el punto que lo llevó en tílbury hasta la estación ferroviaria de Londres. “También —dice— me entregó tres ejemplares de su protesta contra la confiscación de sus bienes dirigida al capitán general Justo J. de Urquiza, el cual se había demostrado con él bastante noble y generoso en su destierro, palabras testuales de Rozas”. Claro que Sarmiento no sabía que nombraba a un simpatlzante de don Juan Manuel.

¿Dónde andará Ciríaco Cuitiño? ¿Por las orillas del Zanjón del Hospital? en una de ésas es convocado por Ruckauf, como lo sugiere al final de su nota Maria Sáenz Quesada. Por favor, Ciríaco, no te escondas en la Iglesia de la Concepción.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Las falacias de Banegas Lynch (h) sobre Rosas

Por el Dr. Edgardo Atilio Moreno

El economista liberal Alberto Banegas Lynch (h) escribió un articulo titulado “Juan Manuel de Rosas: perfil de un tirano”; que se publicó el 9 de febrero del 2012, en el blog del Centro Para la Prosperidad Global “The Independent Institute”, y en otros sitios de Internet como “libertadyprogresonline.org”.
La nota, de entrada nomás, se despacha con los típicos insultos a la figura del ilustre Caudillo. Con la misma mesura y honestidad de los unitarios del siglo XIX, Lynch considera a Rosas un tirano y un imitador de Caligula. A partir de semejante introito uno se da cuenta que nada serio y objetivo podrá encontrar en ese texto; no obstante ello, y desafiando lo aconsejable para estos casos, nos adentramos en su lectura.
¿Y que es lo que encontramos a continuación? Una trascripción de los argumentos en contra de Rosas que escribió el historiador Isidoro Ruiz Moreno en el diario La Nación del 8 de noviembre de 1999, y que fueron oportuna y prolijamente refutados por el Instituto Juan Manuel de Rosas, en su Revista Nº 57 de octubre/diciembre de 1999.
En aquella nota Ruiz Moreno decía que Rosas “se declaró enemigo de la gesta independentista de 1810 tal como él mismo lo especificó posteriormente en un discurso el 25 de mayo de 1837”.
Pues bien, si uno lee aquel famoso discurso del Restaurador, no tiene la menor duda de que este historiador liberal hace una pésima interpretación del mismo. A decir verdad hay que tener mala fe para encontrar allí una oposición a la gesta independentista; por el contrario, esta clarísimo que Rosas apoyó y reivindicó el Mayo que se desenvolvió fiel a nuestra tradición histórica, y que solo repudió al Mayo masónico y jacobino de los liberales.
Así mismo afirma que “cuando se produjeron las invasiones inglesas, Rosas se retiró a su estancia”. Esto de ser cierto no seria para nada condenable, atento a que por entonces don Juan Manuel era casi un niño; sin embargo es bien sabido, y esta perfectamente documentado, que no obstante su edad combatió en aquellas gloriosas jornadas, y lo hizo con bravura (ver: carta de Liniers a los padres de Rosas y lo dicho por Saldias).
Por otro lado, también le reclama a Rosas que “inició una guerra no declarada con Bolivia que descuidó de tal manera que se perdió Tarija”.  Otra extravagancia. ¿De donde tanta preocupación de un liberal por la perdida de territorios cuando sus principales ideólogos no se cansaron de predicar que el mal que aqueja a la argentina es la extensión, y en virtud de ello perdimos el Alto Peru, Paraguay, la Banda Oriental, las Misiones Orientales, el Estrecho de Magallanes, etc.?
Lo de la guerra con Bolivia se debió a que el dictador boliviano apoyaba a los unitarios de Salta y Tucumán, y pretendía además incorporar estas provincias a sus dominios. Por cierto que hay también ciertas razones de “pesos”, que extraña que los liberales las soslayen siendo que son tan afectos a las cuestiones crematísticas y desprecian como de un anacrónico nacionalismo todas aquellas que tengan que ver con la Unidad Nacional, la Soberanía y el Honor Nacional; nos referimos aquí a los perjuicios económicos que sufría nuestro país por culpa del gobierno de Santa Cruz, que gravaba con un impuesto del 40% las mercaderías destinadas a ultramar introducidas a Bolivia desde las provincias argentinas. (Ver por ejemplo carta de Heredia a Rosas del 21/01/1837).
Mas adelante, Ruiz Moreno nos recuerda que Rosas “en 1838 propuso ceder las Malvinas a los acreedores ingleses”. Viejo lugar común de la historia oficial explicado mil veces.
En realidad existen solo dos borradores confidenciales (que estrictamente hablando no tienen mucho valor como documentos pues no cumplen con los requisitos que exige la critica externa e interna) en los que se habla de indemnización y transacción respecto a las islas. Se trataría en todo caso de un proyecto de propuesta que no llegó a concretarse y que tenía como finalidad hacer reconocer a los ingleses que no eran propietarios de las Islas, pues eventualmente estarían dispuestos a comprarlas. Pensar de otra forma es creer que quien constantemente defendió nuestra soberanía en otras ocasiones, en esto actuaría en forma diferente. Solo el odio a Rosas puede mover a eso. 

Luego Ruiz Moreno toca el tema del bloqueo francés, y aquí nos muestra todo su patriotismo. Al igual que sus antepasados ideológicos se pone de lado de Francia, y dice que Rosas lo estimuló “para desviar la atención de los problemas internos”. La verdad de los hechos es que Francia buscaba hace tiempo una excusa para intervenir (Manuel Belgrano desde Londres ya lo advertía en 1833); por eso los agresores presentaron una nota inaceptable reclamando la libertad de unos franchutes delincuentes comunes, la destitución de quienes los arrestaron, la baja de dos milicianos franceses, y el trato de nación mas favorecida. Una insignificancia, al parecer, para el académico de marras; quien además nos informa que en “el tratado Makau-Arana se aceptaron los reclamos franceses”; aunque parece que los franceses y los unitarios no se enteraron de ello, ya que hasta el mismísimo Florencio Varela dijo: “Bochornoso es comparar el ultimátum de la Francia del 23 de septiembre de 1838 con lo que se ha conseguido”… “En una palabra, lo único que se ha conseguido es el reconocimiento de un principio que no hay que registrar en un tratado, porque el que perjudica a otro le debe indemnización”. Ironías aparte, no hay dudas que un historiador tiene que ser muy miope como para no ver todo lo que la Confederación Argentina obtuvo en ese Tratado. Claro que el animus injuriadi lo puede todo.
Así pues, Ruiz Moreno prosigue con su retahíla de falacias y a continuación  recurre al ya polvoriento reproche según el cual “Rosas firma el Pacto Federal por el que se comprometió a convocar a un Congreso Constituyente, lo cual nunca cumplió”. Bueno, habría que notificarle a este hombre que el Pacto Federal no habla para nada de un Congreso Constituyente, solo de una Comisión Representativa, e invita a las provincias a reunirse cuando esten en “plena libertad y tranquilidad”.
Por fin termina sus dichos con la cantinela de que Rosas  “gobernó al país bajo un régimen de terror, en un sistema unitario centralizado y que nunca visitó el interior del país, salvo una vez a Santa Fe”. ¿Que documentación aporta?, ninguna, solo sus propias palabras. Y ya sabemos que lo que gratuitamente se afirma, gratuitamente se niega.
A todo esto Banegas Lynch, para rematar su libelo, nos deja una truculenta serie de citas injuriantes al Restaurador proferidas por personajes como Mitre, Echeverria, Sarmiento y Levene; como si tuvieran algún valor probatorio los dichos sin fundamento de sus mas acérrimos enemigos; los cuales además fueron los responsables de la falsificación de nuestra historia. Hacer eso es querer probar una mentira citando a la propia mentira. 

Inclusive mete en esa misma bolsa putrefacta al general San Martin citando una supuesta carta a Gregorio Gomez del 21 de septiembre de 1839 en la que este desaprueba cierta actitud persecutoria de Rosas respecto de algunas personas de las cuales el Libertador tenia buen concepto; carta que tal como ha sido probado por el historiador Eros Nicola Siri es apócrifa, y que además aunque no lo fuera, esta totalmente descontextualizada.
Si se quiere saber realmente lo que pensaba San Martín de Rosas, hay numerosos documentos al alcance.  En ellos se puede constatar que el Libertador aprobaba “con placer” el gobierno “firme” de Rosas (carta a Tomas Guido del 6 de abril de 1830), y consideraban que no había otra forma de “cortar los males que por tanto tiempo han afligido a nuestra desgraciada tierra, que el establecimiento de un gobierno fuerte, o más claro, absoluto, que enseñase a nuestros compatriotas a obedecer” (carta a Guido del 17 de diciembre de 1835).
En esas cartas que la historia oficial trató de ocultar esta clarísimo no solo que el Libertador apoyaba la obra de Rosas sino que condenaba a los unitarios que se unían a las potencias extranjeras. En efecto en una carta del 10 de junio de 1839 decía: “lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su Patria… una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”. En otra, del 2 de noviembre de 1848, se alegraba por los triunfos del Restaurador diciéndole: “a pesar de la distancia que me separa de nuestra Patria, usted me hará justicia de creer que sus triunfos son un gran consuelo pa mi achacosa vejez”.
Están también –obviamente- las cartas en las que San Martín apoya la forma en que Rosas defendió nuestra soberanía. En ellas además se puede ver la confianza que tenia en el Restaurador. En una decía por ejemplo: “yo estoy tranquilo en cuanto a las exigencias injustas que puedan tener estos gabinetes, por que todas ellas se estrellaran contra la firmeza de nuestro don Juan Manuel” (carta a Guido del 27 de diciembre de 1847).
Y tenemos sobretodo el Testamento del Libertador; en el cual dispone que: “El sable que me ha acompañado en toda la Guerra de la independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina Don Juan Manuel de Rosas, como prueba de satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido, el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que tratan de humillarla”. Este acto jurídico de gran trascendencia aventa cualquier duda al respecto y constituye el mayor halago y tributo que argentino alguno pueda haber recibido.
Y una cosa más. San Martín al final de su vida le dirá a Rosas lo siguiente: “...como argentino me llena de un verdadero orgullo al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor, restablecidos en nuestra querida patria: y todos esos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles en que pocos estados se habrán hallado. Por tantos bienes realizados, yo felicito a Ud. Sinceramente… Que goce Ud. de salud completa y que al terminar su vida pública sea colmado del justo reconocimiento de todo argentino. Son los votos que hace y hará siempre a favor de Ud. éste su apasionado amigo y compatriota que besa sus manos” (6 de mayo de 1850).
Que sigan pues los liberales con sus injurias, falacias, y ocultamientos. Nosotros en tanto seguiremos cumpliendo los deseos postreros del general don José de San Martín: colmando a don Juan Manuel del “justo reconocimiento” que se merece.