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domingo, 30 de abril de 2023

USOS Y COSTUMBRES EN 1823

Por A. J. Pérez Amuchástegui
El ingeniero Santiago Bevans llegó a Buenos Aires duran­te la administración del co­ronel Martín Rodríguez, quien lo designó ingeniero jefe del Departamento de Ingenieros Hidráulicos que se había creado recientemente por iniciativa de aquel gober­nante. Unos meses después de hallarse en Buenos Aires, el 29 de junio de 1823, Be­vans dirige una carta a sus hijos —John, de 11 años, y Thomas, de 9—, que habían quedado estudiando en un colegio de Londres.  En esa extensa carta —de la que extraemos los párra­fos de mayor interés— el in­geniero Bevans describe ca­racterísticas de Buenos Ai­res y algunas costumbres del país donde reside. Debemos señalar que los subtítulos no aparecen en el original de la carta, y que el ingeniero hidráulico Santia­go Bevans (1777-1832) será, con el correr de los años, abuelo materno del doctor Carlos Pellegrini, presidente argentino y político de vas­ta actuación.
“Aquí nos sorprendió el ha­llazgo de familias inglesas, en tal número que no trata­mos con otras. El álbum de vistas bonaeren­ses que teníamos allí es ca­si perfecto. Las casas de Bue­nos Aires son amplias, de varios patios; sus paredes de ladrillo, muy gruesas, blan­queadas o enyesadas. Con el criterio inglés sobre edifica­ción, parecerían destinadas a oficinas públicas. Algunas poseen ventanas al frente, con rejas exteriores de hie­rro. Las habitaciones dan a patios internos y son cómo­das. El clima, algo excesivo en el verano, impone la siesta des­pués del almuerzo, siendo esta costumbre tan generali­zada que, cuando alguien es­tá fuera de su casa y anda por el campo a caballo, ata el animal a un árbol o poste o simplemente lo para y se echa a dormir a la sombra de la planta o de la bestia.  Los comercios cierran sus puertas de una a cuatro de la tarde.  Durante el verano, las tormentas son continuas y re­frescan la atmósfera, pero el calor reaparece pronto, has­ta que otra tormenta nos li­bera de él.  Cuando llegamos era el tiem­po de las frutillas, que son mucho más grandes que las Inglesas, aunctue sin su rico sabor. Las naranjas se pro­ducen en este país, pero la variedad dulce es escasa y cara. La otra clase es muy abundante y pueden obtener­se 8 ó 9 naranjas por un medio. La fruta más acepta­da es el durazno, de los que hay muchos árboles de es­pecies salvajes, apreciados más que por su fruta por su leña, utilizada aquí para que­mar y que es traída de las quintas en carretas tiradas por bueyes. No tenemos otro carbón que él de Inglaterra y a precios muy altos.  Los habitantes de este país carecían de estufas hasta la llegada de los ingleses, los que las han generalizado en muchas fincas, aunque con algunas dificultades, pues en varios casos los propietarios han exigido su retiro al des­ocupar la casa. Yo he man­dado hacer una estufa para mi salón”.
“Mi empleo me obliga a via­jar continuamente. Se reirían Uds. al verme salir de casa en un coche arrastrado por cuatro caballos que manejan tres hombres: dos montados en los animales delanteros y el otro, en el pescante. En llegando a una posta, hay que esperar el cambio de las bes­tias, las que unas veces es­tán sueltas y otras guarda­das en un corral. En este úl­timo caso, se evita que el encargado del cambio saiga al campo y tire el lazo» (suerte de tirilla de cuero con una argolla en un extre­mo), sobre la cabeza del ani­mal elegido, repitiendo la operación hasta juntar todos los que necesita.
Varias veces he comido en estas postas. La comida es siempre la misma. Cuando llega el carruaje, sale un mu­chacho corriendo al campo y trae un cordero que ha dego­llado y desollado en pocos minutos y cuya carne sujeta a un «asador», que es un hierro clavado en tierra, a poca distancia del fuego; és­te se hace con troncos de madera, hojas secas u otro combustible. Cocinada la car­ne, es servida en una fuente de gran tamaño y la comida es suficiente como para sa­tisfacer el hambre de cuatro o cinco personas. Lo curioso es que el dueño de la posta nunca acepta el pago del almuerzo.  En ocasiones, nuestro coche es tirado por seis mulas a la vez, en lugar de los cuatro caballos que generalmente se utilizan, y esto resulta muy divertido,  Felizmente, pronto gozaré de más comodidades. Se está construyendo un carruaje su­ficientemente largo como pa­ra que pueda ir yo acostado en su interior. Tengo a mi servicio dos oficiales de po­licía, que el gobierno ha des­tinado a ese efecto. Estos oficiales viven en nuestra casa y cuando salgo me si­guen y cuidan”.  "Es muy curioso ver un arria de mulas procedente del in­terior. Suele estar formada hasta de noventa animales, cada cual cargado con dos cascos de vino. La tropilla lleva adelante una yegua, con una campana atada al pes­cuezo. Muy interesante resul­ta, también, ver una tropa de carretas que suele ser de doce a treinta ¡untas, tirada cada una por seis bueyes y transportando las más varia­das mercancías. La salida de estas caravanas de carre­tas constituye un aconteci­miento en la ciudad, y al arrancar levantan grandes nu­bes de polvo y producen un gran ruido. Cada carreta lle­va una gran tinaja de agua en la parte trasera.  Entre las cosas que llegan al mercado, olvidé mencio­nar los melones, que abun­dan pero que hay que co­merlos con discreción.  En este país son muy nume­rosas las hormigas, siendo los árboles sus principales víctimas. Se les protege con una piletita que se coloca a su pie y que se mantiene con agua para que estos in­sectos no puedan atacarlos. Un amigo nuestro que tenía en su casa muchas hormigas, echó en el hormiguero una buena cantidad de sublimado corrosivo mezclado con azú­car y por este medio se vio libre de ellas.  Las ratas abundan y ocasio­nan grandes molestias. Ma­má, al llegar a este país, se alarmaba mucho por ellas y una noche pisó una, involuntariamente, y la mató, pe­ro quedó muy impresionada”.
"En el mes de mayo, que es el de la independencia de este país, me encargaron de la iluminación de la plaza principal. Aunque el término que me dieron era de diez días, iluminé con gas la casa de la Policía, realizando el trabajo con elementos impro­visados, pues aquí no hay fundiciones y se carece de todo. Hice hacer letras con caños de fusil, para formar la frase: ¡Viva la Patria! Proyecté e hice dos fuentes de agua, cuyos chorros iluminé; espectáculo que gustó mu­cho al pueblo y al gobierno. Tengo encargo de alumbrar a gas las principales calles de la ciudad y de construir un local para Mercado. Algu­nos se han resentido por mi éxito en la iluminación y he visto estropeadas, por tres veces, mis máquinas, lo que desmejoró algo el alumbra­do, que constó de trescientas cincuenta luces.  La ciudad empieza a desarro­llarse y progresar. La policía es la encargada del barrido público, cobrando dos reales por puerta, siendo muy po­cas las que tienen umbral de mármol. Las veredas son de ladrillo y muy angostas; las hay de piedra y están rodea­das de postes, para evitar que suban a ellas caballos o pa­sen carros. Es sensible que sean tan angostas e incómo­das para andar dos personas a la par, como solemos ha­cerlo los ingleses. Los nati­vos tienen la costumbre de marchar de uno en fondo y cuando una familia va a la iglesia, el hijo menor enca­beza la fila y así, sucesiva­mente, hasta el mayor, luego la madre y detrás el esclavo o sirviente que lleva una al­fombra, sobre la cual se arro­dillará la familia en el tem­plo. Los hombres pocas ve­ces acompañan a sus espo­sas en estas ocasiones; van solos a misa, que hay cada media hora, desde las seis de la mañana a la una de la tarde. 
He pedido a un amigo en Inglaterra haga una torta pa­ra Uds. y la acompañe a es­ta carta, con la que irán, tam­bién, unos pocos chelines’'.
1) N. de la R.: Realmente extraordi­naria era la cantidad de plantas de durazno que se hallaban en esa época en los alrededores de Buenos Aires. Estas plantas, aunque muy apreciadas por sus frutos —que en esa zona de la provincia suelen ser de sabor y tamaño excepcionales— eran utiliza­das especialmente para- el suministro de leña. En un comentario aparecido en el periódico El Argos del 2 de junio de 1821, se atribuye la proliferación de esos árboles al “bloqueo que los españoles pusieron a los puertos de Buenos-Ayres en los primeros años de la revolución, para los buques que se llamaban nacionales, y las per­secuciones que sufrían los leñateros en sus faenas por los Paranaas.. Como consecuencia de ese bloqueo, que impedía traer leña de la Banda Oriental y de otras regiones, expli­ca el comentarista que “de un mo­mento a otro se elevaron por todas partes considerables montes de leña”. Al respecto resulta elocuente leer en la sección avisos de aquel perió­dico algunas ofertas de venta de quintas o campos, donde se mencio­nan los árboles que poseen. Así, por ejemplo, en la edición de El Argos (NÍ1? 41), del 8 de junio de 1822, leemos en la primera página tres avisos. Uno de ellos ofrece una cha­cra a “tres cuartos de legua” de! puente de Barracas, con “42.059 plantas de durazno en el mejor or­den para plantas de leña”; otro anuncia la venta de una quinta si­tuada “delante de los Corrales de Miserere”, que tiene “8.000 plantas de durazno comunes”; un tercer avi­so informa que don Juan Antonio de Santa Coloma vende su campo “como a tres leguas de la ciudad” en ia costa de Quilmes, con “90.000 plan­tas de durazno”.

jueves, 2 de diciembre de 2021

"Ideología y acción de San Martín" de Antonio Pérez Amuchástegui

 Por Rodrigo Hugo Amuchástegui

En este libro, se interesa Pérez A. en el aspecto político del pensamiento de San Martín, es decir, “se trata de hallar el plan de acción que fue forjándose San Martín a lo largo de su actuación, como respuesta al acondicionamiento del ambiente físico, social, económico, cultural e ideológico, a fin de comprender cabalmente sus intenciones, convicciones, esperanzas, temores y obras positivas”. Veamos rápidamente los elementos destacados de la formación ideológica de San Martín.

 1. San Martín era antibonapartista y participó en España e Inglaterra –donde estuvo cuatro meses antes de venir a la Argentina– en diversas logias “en las que se formaban neófitos con alma de apóstoles para llevar adelante la maravillosa obra de regeneración de los pueblos”. Las logias –que apuntaban a la liberación de toda Latinoamérica– tenían intereses concurrentes con los de los ingleses, es decir, el interés económico de éstos se conciliaba con la necesidad de apoyo independentista para los latinoamericanos. 

2. Rivadavia era contrario a la idea de unidad latinoamericana ya que sus intereses eran más localistas y porteñistas. Ese grupo tenía el poder. San Martín fue reconocido al llegar como teniente coronel por sus antecedentes y se le encomendó la formación de un cuerpo de caballería modelo. Organizó aquí una filial de la logia inglesa, la Logia Lautaro para “la independencia de la América”, que hizo una revolución pacífica sacando a Rivadavia. A partir de ese momento la situación estuvo en manos del partido hispanoamericano, aunque hubo algunas derrotas militares como le ocurrió a Belgrano. 

 3. Su gobierno en Mendoza –ya definido el proyecto de ataque a Chile– fue militarmente ejemplar. Allí se encargó de enrolar a todo aquel que pudiese llevar armas “so pena de ser condenado por traición a la patria” (1814). “San Martín hizo de Cuyo algo así como un país distinto, sin conflictos internos, con un ordenamiento económico planeado militarmente para asegurar el abastecimiento según las producciones locales de época y un régimen impositivo peculiarísimo en el que alternaban el donativo y la confiscación de dinero y de los efectos más diversos; la opinión pública era guiada políticamente por obra de una Misión patriótica, y hasta el clero debía contribuir al fortalecimiento de la conciencia cívica”. Pérez A. dice que aunque las medidas eran de estricto rigor, terminó generando el afecto y respeto del pueblo mendocino, que lo mantuvo como gobernador, a pesar de la oposición del Director Supremo, Carlos de Alvear, que fue depuesto también. En ese momento los bloques políticos fueron: 1. el alvearismo depuesto, pero que seguiría conspirando. 2. el artiguismo federalista, que era republicano y antibrasileño. 3. los integrantes de la logia, con apoyo militar y buena opinión general. Aunque “coincidía con el artiguismo en la decisión de constituir el Estado, prefería una solución monárquica e hispanoamericana, dejando en paz a Brasil para no desafiar a Inglaterra.  A este último grupo estaba adscrito San Martín” 

Corresponde notar que a esta altura, aunque él reconocía la autoridad central tenía su propia autonomía y, por lo tanto, era un referente político inevitable. El congreso de Tucumán, y es algo que se olvida y se hizo olvidar, proclamó el 9 de julio de 1816 la independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica respondiendo a los objetivos de la Logia Lautaro y por lo tanto fijando el plan de operaciones de San Martín. Dice Pérez A.: “El texto del acta de Tucumán fue, probablemente, uno de los más significativos triunfos de la logia Lautaro” La continuidad de su plan de acción se mantuvo a pesar de que por los problemas internos de la Argentina las autoridades se desinteresaron de la continuidad de la campaña sanmartiniana, y por esto tuvo que desplegar una importante actividad para mantenerla y mantener su ejército independientemente de los cambios de gobierno en Buenos Aires y el fracaso de la constitución unitaria. Ante la acefalía, San Martín renunció y fue elegido jefe por una junta de oficiales (esta sería una segunda renuncia, que sus mismos allegados –o el pueblo– rechazan) convirtiéndose en jefe sin discusión “de un ejército pequeño pero maravillosamente organizado, que tenía por misión irreversible libertar a la América del sur”. San Martín entonces está continuamente mostrando con sus acciones su ideología y su plan de acción (recordemos entonces los principios que fundamentan la concepción de la historia de Pérez A. que vimos en el apartado anterior) que debe obviamente estar continuamente acomodándose a las circunstancias. “Para él no había más partido que el ‘americano’ ni más objetivo político que la unificación nacional de Sudamérica independiente. Todo lo demás era accesorio y secundario, incluso la forma de gobierno, que habría de resolverse sobre la marcha, aprovechando las facilidades y coyunturas que se presentaren”. Con respecto a los hechos históricos, el ejército de Bolívar había logrado sucesivas victorias y mantenía una excelente relación con los peruanos, que habían colaborado en sus últimas batallas (año 1821). Mucho escribió Pérez A. sobre el encuentro con Bolívar y su renunciamiento a continuar la campaña. San Martín sabía que Bolívar quería como él unificar Hispanoamérica y terminar las guerras internas. En esos momentos Artigas tenía un proyecto federal que San Martín, de todos modos, entendía que podía debilitar el proyecto americanista continental, aunque lo tenía en gran estima. 

Recordemos que en estos momentos había un movimiento restaurador europeo, que había logrado un importante ejército. Aunque San Martín defendiese la idea monárquica-constitucional estaba dispuesto a defender la república si ésta apareciese como mayoritaria.  El texto clave es La ‘carta de Lafond’ y la preceptiva historiográfica.  tenía poca ayuda de Chile y nula de Buenos Aires y había intrigas contra él. De todos modos, destaca que los acuerdos de cooperación y defensa mutua entre Perú y Colombia daban cuenta de que la concepción hispanoamericana estaba firme. Es a través de la valoración que hace Pérez A. de esos acuerdos que podemos acercarnos a su propia concepción. Así, pues ellos “representan exactamente lo opuesto a la hoy tan defendida doctrina de la no intervención en los Estados hispanoamericanos. No se trataba, pues, de una lírica hermandad espiritual, sino de una confederación activa y ejecutiva” y ese pacto se quería hacer extensivo al resto de las naciones hispanoamericanas.  El plan de acción de San Martín se mantiene incluso después de su salida de Perú. De hecho, hasta 1830, continúo activo políticamente. Su presencia en Mendoza despertó inquietud por sus posibles ambiciones (muchos lo veían a él como el único capaz de terminar con las disidencias internas) e incluso le llegaron noticias de que si fuese a Buenos Aires iba a ser detenido y juzgado por no haber obedecido en su momento las órdenes que se le había dado (en determinado momento de actuar contra el caudillo santafesino Estanislao López). El diario rivadaviano El centinela lo atacaba constantemente a él y a Bolívar principalmente por su ideología integradora, Pérez A., que rechaza las ideas de Rivadavia, lo nombra irónicamente como “el mejor intendente que tuvo Buenos Aires”. Mientras en Europa las monarquías estaban organizadas para terminar con la experiencia hispanoamericana republicana, al mismo tiempo apareció el apoyo inglés y el norteamericano (doctrina Monroe oponiéndose a intervenciones europeas en América, que en la práctica sirvió de poco y nada). Pero San Martín provocaba temor y se suponía que su viaje a Londres (con su hija) estaba destinado a buscar un príncipe para estas latitudes. Él decía que se iba a Londres para educar a su hija, pero nadie le creyó y tenían razón. En su exilio, siguió moviéndose políticamente y estaba informado de la situación argentina por sus múltiples contactos. Hay que tener en cuenta que la Santa Alianza estaba decidida a reponer la monarquía y que Inglaterra era el único país que podía frenarla, en particular en los países sudamericanos y San Martín sabía eso. La coherencia sanmartiniana se muestra en que hacía lo que a su juicio “tenía que hacer un libertador: contribuir a la destrucción de la santa Alianza para asegurar la paz exterior de Hispanoamérica y facilitar, así, la consolidación de los gobiernos independientes”. San Martín no fue estrictamente un demócrata, ya que “el escaso desarrollo intelectual y las precarias posibilidades económicas de los diversos Estados recientemente constituidos en la América Meridional obligaban a tener por la democracia un amor platónico… Para San Martín, la libertad era correlativa de la responsabilidad. Para ejercitar la libertad responsable era necesario, a su juicio, aprender antes a obedecer, pues solo quien supiera obedecer podría llegar a saber mandar”.  A pesar de las diferencias, San Martín y Rivadavia coincidían en que las independencias hispanoamericanas no se podían sostener sin el apoyo de Gran Bretaña y ésta obviamente estaba interesada en mantener relaciones comerciales con estos nuevos países. Por último, Pérez A. termina su texto sanmartiniano presentando la relación Rosas y San Martín. El gesto de entrega testamentaria de su sable siguió siendo coherente con su propia ideología y su plan de acción. Dicha decisión fue por la satisfacción que le produjo “ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla” y no por su tarea como gobernador. La concepción de la historia de nuestro historiador encuentra en este breve texto su más clara demostración.

sábado, 31 de julio de 2021

Antonio J. Pérez Amuchástegui (1921-1983): su interpretación del Congreso de Tucumán 1816

Por el Profesor Jbismarck

Antonio J. Pérez Amuchástegui (1921-1983), fue director entonces del Departamento de Historia de la Facultad de Filosofía de la UBA y responsable histórico de la obra.

El aparato de los Halperín Donghi, Romero y secuaces de la llamada historia social borraron su nombre de la historiografía argentina y es difícil encontrar hoy muchas referencia biográficas, incluso en la biblioteca de Alejandría que es la Internet.

Fue el liberalismo, detrás del mito del antagonismo entre Bolívar y San Martín, para desvirtuar el carácter verdaderamente continental de la empresa revolucionaria y, además, para desvirtuar la profunda amistad que unía a San Martín con Bolívar, tema que aclaró tan luminosamente el profesor Pérez Amuchástegui, que fue director del Departamento de Historia de esta Facultad, quien curiosamente también goza del olvido intencional de las actuales autoridades del Departamento de Historia de la Facultad y esta actitud impide que los estudiantes lean obras historiográficas de Pérez Amuchástegui en donde se revelan, con una gran precisión de datos y con una aguda visión histórica, algunos episodios del pasado argentino que son puestos a la luz a partir de una documentación fidedigna y de un trabajo sistemático. Y Pérez Amuchástegui no puede ser ubicado dentro de la fogosa tendencia revisionista, como diría el Sr. Halperin Donghi; y, sin embargo, es desconocido y es denigrado cuando se lo menciona. En una universidad no deberían existir autores malditos y autores permitidos. Tendrían que estar todos en igualdad de condiciones. 
El profesor Antonio Pérez Amuchástegui no pertenecía ni a la cofradía liberal masónica de la Academia de la Historia, ni al nacionalismo- clerical, ni formó parte del sistema de prestigio de la izquierda cipaya. Se enfrentó a la rosca profesoral de Halperín Donghi, Romero e Hilda Sábato, monopolizadores del saber histórico académico durante los últimos cuarenta años. Ello significó su expulsión del parnaso oficial dice Fernández Baraibar.

Escribio Pérez Amuchástegui : En 1968, en coincidencia con la publicación de Historia de la Nación Latinoamericana de Jorge Abelardo Ramos, este profesor de historia, ex cadete del Colegio Militar de la Nación, hijo de militares, casado con la hija de un militar, escribía en una publicación de amplia difusión comercial, la siguiente interpretación del 9 de Julio de 1816. Adentrarse en su lectura será explicación suficiente del silencio que hay alrededor de su autor. Y será también un homenaje a los que en la soledad y la indiferencia constituyeron una visión que hoy es conciencia política en millones de compatriotas de la Patria Grande, entre ellos el Papa Francisco.

Los congresales de Tucumán no eran argentinos. Eran americanos y el continente era la Patria cuya Independencia proclamaban al mundo entero.
Desde los días mismos de la Independencia ha existido una duplicidad de criterios respecto de los contenidos específicos de la solemne declaración de Tucumán. Para unos, el 9 de julio de 1816 se quiso proclamar la emancipación rioplatense; para otros, la intención fue continental.El mismo 9 de julio firmó Pueyrredón en Tucumán una circular a los pueblos por la que comunicaba la buena nueva, y de allí, seguramente, nace la confusión, pues dice:

“El soberano Congreso de estas Provincias Unidas del Río de la Plata ha declarado en esta fecha la independencia de esta parte de la América del Sur de la dominación de los Reyes de España y su Metrópoli, según la Augusta resolución que sigue:
El Tribunal Augusto de la Patria acaba de sancionar en Sesión de este día por aclamación plenísima de todos los Representantes de las Provincias y Pueblos Unidos de la América del Sud juntos en congreso, la independencia del País de la dominación de los Reyes de España y su Metrópoli. Se comunica a V.E.esta importante noticia para su conocimiento y satisfacción, y para que la circule y haga pública en todas las Provincias y Pueblos de la Unión. Congreso en Tucumán a nueve de julio de mil ochocientos del diez y seis años. Francisco Narciso de Laprida, Presidente. Mariano Boedo, Vicepresidente, José María Serrano, Diputado Secretario, Juan José Passo, Diputado Secretario.
Lo comunico a V.E. para que determine la solemne publicación y celebración de este dichoso acontecimiento, y circule sus órdenes al mismo efecto a todos los puelos y Autoridades de esa Provincia”.

A la vista de esta circular y del Acta, resulta que “el congreso de estas Provincias Unidas del Río de la Plata” declaró la Independencia de “las Provincias Unidas en Sudamérica”; yalgunos  de allí han inferido rápidamente que la expresión continental tuvo valor de mera referencia, sin otra implicación de tipo político. Es del caso analizar el problema a la luz de estos y otros testimonios. Toda acción humana es intencionada, y la historiografía aspira, precisamente, a mostrar la realidad ocurrida con las intencionalidades que le proveen su peculiar significación. 
El 26 de marzo de 1816 se iniciaron las sesiones del Congreso con la presencia de las dos terceras partes de los diputados electos. El litoral y la Banda Oriental no enviaron representantes y quedaron, así, marginados de las Provincias Unidas cuya soberanía asumió el Cuerpo.
Buen número de diputados presentes pertenecían a la Logia Lautaro, o simpatizaban con ella en los propósitos de auspiciar la unidad política continental, comforme a los ideales postulados por la Gran Reunión Americana. Por lo mismo, veían con honda desconfianza las pretensiones localistas que enarbolaban las banderas federales.
Este federalismo estaba muy lejos de la ortodoxia doctrinaria que a su hora fijaron Hamilton, Madison y Jay. Tal vez Artigas haya tenido una conciencia clara de los puntos de vista que correspondían al federalismo. Los demás, solo sabían por mentas que el régimen federal respetaba las autonomías locales, y entendían a su manera el significado de federación. Y nada tiene de raro que ello ocurriera en toda Hispanoamérica, cuyas instituciones tradicionales eran básicamente distintas de las norteamericanas. Allá las autonomías han tenido desde los comienzos de la colonización una significación concreta tanto en lo político como en lo económico, mientras que en el Río de la Plata esas autonomías representaban regímenes patriarcales que procuraban defender los intereses económicos internos de la voracidad hegemónica de Buenos Aires.
Ante la experiencia vivida, la Logia entendía que la unidad continental que auspiciaba solo podía lograrse a través de una centralización del poder político, y estimaba -conforme al criterio imperante en la época de la Restauración- que la solución más adecuada se lograría mediante una monarquía constitucional. La otra alternativa era una dictadura fuerte que impusiera el orden homologando intereses y obtuviera la paz interior necesaria para el desenvolvimiento nacional. La monocracia se consideraba indispensable para la unidad continental, pues entendían que la indiscriminada deliberación de los pueblos iba a engendrar secesión.
Conforme a ese criterio, es claro que la monarquía temperada” resultaba inmejorable, ya que el afán parlamentario de los federalistas podía tener su salida en la representatividad de las Cámaras, mientras se aseguraba la concentración de la fuerza militar y el poder político e, incluso, se evitaba todo resquemor de los soberanos europeos por el establecimiento de repúblicas.
Por esos motivos, el Congreso de las Provincias Unidas del Río de la Plata extendió sus atribuciones para asumir la representatividad de las Provincias Unidas en Sudamérica. Quien recorra las páginas de El Redactor observará que de pronto, desde comienzos de julio de 1816, se eliminan las referencias a lo rioplatense y se comienza a ponderar lo sudamericano. Y el Acta de la Independencia, por supuesto, no está referida sólo al Río de la Plata, sino a todas las Provincias Unidas en Sudamérica.
No se trata, pues, de un accidente, ni de un error, ni de una simple referencia geográfica. El cambio de denominación -Sudamérica en vez de Río de la Plata- tiene su fundamentación en indudables propósitos de unidad continental. En el momento, esa aspiración política estaba respaldada por una concepción estratégica que apuntaba a asegurar la unidad continental mediante la fuerza militar. Ya el Director Supremo había aprobado, el 24 de junio, la célebre Memoria de Tomás Guido, en que mostraba las efectivas posibilidades de libertar a Chile y al Perú, y desde entonces la política directorial apuntó a consolidar la unidad sudamericana mediante la liberación de distritos oprimidos que pasarían a constituir con el Río de la Plata un solo cuerpo político. El Acta de la Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica hacía posible que cualquier distrito continental, con sólo adherir a la declaración y enviar sus diputados al Congreso soberano, quedara de hecho y de derecho comprendido entre las provincias independizadas. Y fuera acreedor al apoyo económico y militar de sus hermanas, pues todas constituían el mismo Estado. La campaña militar que se preparaba tenía la intención, ya enunciada por los jacobinos de la primera hora, de extirpar del cuerpo nacional todo enemigo de la causa, mediante una guerra de conquista que asegurara la tranquilidad exterior necesaria para el ordenamiento interno.
La proyectada guerra contra el Brasil se trocaba ahora en acuerdos dinásticos que tendían a la unidad y a la pacificación; y en cambio se llevaba la acción bélica contra el irreconciliable enemigo que había abortado la Revolución en todo el resto de Hispanoamérica. Porque es del caso tener en cuenta que, el único lugar no reconquistado para el imperio hispánico era el Río de la Plata. Y de allí, forzosamente, tendría que salir la fuerza capaz de iniciar la liberación del continente y de promover la unidad política sudamericana que, simultáneamente reclamaba Bolívar desde Kingston, en su famosa Carta de Jamaica del 6 de septiembre de 1815. En esa misma línea intencional se halla la designación de Santa Rosa de Lima como patrona de la América del Sur, la aprobación de la bandera celeste y blanca como símbolo de independencia y soberanía sudamericanas, y el cambio de designación del jefe del Ejecutivo que comenzó a firmar documentos públicos como Director Supremo de las Provincias Unidas de Sud América. Y por eso mismo San Martín, en cumplimiento de la circular que ordenaba hacerla conocer “en todas las Provincias y Pueblos de la Unión” envió a Chile el Acta de la Independencia que Marcó del Pont hizo incinerar en acto solemne.
Con estos antecedentes, que suelen omitirse no siempre por olvido, resulta muy coherente el proyecto de restablecer la dinastía incaica en el restaurado imperio sudamericano e, incluso, las peligrosas tramitaciones ante la Corte lusitana para coronar un emperador de la América del Sur que invulara la sangre de Braganza con la de los Incas
La anacrónica posición de algunos historiadores como Halperín, Romero o la señora Sábato, que creen poco “patriótico” señalar la similitud de contenidos intencionales de la Declaración de julio y la Carta de Jamaica, ha pretendido minimizar la importancia de la corriente continentalista. 

San Martín; coincidía plenamente con su pensamiento, expresado de manera categórica al diputados mendocino Tomás Godoy Cruz en carta del 24 de mayo de 1816, donde a propósito de las advertencias que él haría al Congreso si fuera diputdo, decía: 1°) Los Americanos o Provincias Unidas no han tenido otro objeto en su Revolución que la emancipación del mando de fierro Español y pertenecer a una Nación”. La conjunción o denota allí indudablemente idea de equivalencia, e indica que para San Martín era indistinto decir Americanos que decir Provincias Unidas; y esos americanos querían pertenecer a una sola Nación. Lo mismo pensaba Manuel Belgrano cuando auspiciaba coronar al Inca en el imperio sudamericano que tendría por sede el Cuzco; lo mismo también Güemes, que recibió alborozado el proyecto; lo mismo Acevedo, Serrano, Sánchez de Bustamante y, en fin, la inmensa mayoría de los diputados que apoyaron las gestiones tendientes a establecer una monarquía continental.

domingo, 28 de febrero de 2021

EL ASESINATO DE DORREGO

 Por A. J. PÉREZ AMUCHÁSTEGUI

Dorrego dio a los unitarios la oportunidad que les faltaba para llevar a cabo sus proyectos de reivindicación. La figura del gobernador había adquirido alto prestigio en todo el país. Tanto, que el deán Gregorio Funes, representante de Bolívar en Buenos Aires, en carta al mariscal Sucre, después de señalar la bien merecida influencia que ejercía Dorrego a raíz de sus atinadas medidas de gobierno, apuntaba: “Es muy probable que, formalizada la Convención, suba a presidente de la República”.

Esa perspectiva era gravísima para los unitarios, pues con ella se aventaban absolutamente sus esperanzas de retomar jamás al poder. Como ha señalado Tomás de Iriarte en sus Memorias, en la gobernación de Buenos Aires no se comportó Dorrego como el muchacho alocado de otras horas, sino como un estadista en toda la línea. Los primeros sorprendidos fueron los unitarios, que advirtieron entonces que, para ellos, el gobernador representaba un peligro permanente. Con él se acababan los turbios negociados, las especulaciones financieras, las generosas “bonificaciones” de inversores aprovechados, los “beneficiosos” préstamos de la banca extranjera. Con él se quitaba de raíz el empaque culterano de quienes se creían, como dice Saldías, “los únicos llamados a dirigir las cosas del gobierno, poseídos de absolutismo y orgullo tradicionales”. Con él accedía al plano político la multitud, es decir los jornaleros, los artesanos, los campesinos, esa chusma que, para los hombres de levita, carecía de derechos para regir sus propios destinos. Y la logia unitaria de rancia estirpe rivadaviana estaba dispuesta a todo antes que a perder sus pretendidos privilegios. Dorrego la había desenmascarado, y tendría que purgar ese “delito”.

Además, la ira de Ponsonby contra Dorrego se había aflojado ahora sensiblemente pues, a la postre, el representante inglés había logrado el objetivo que se había propuesto; y su reemplazante en Buenos Aires, Woodbine Parish, respetaba al gobernador. Entretanto, Rivadavia había caído en desgracia con sus antiguos compinches financistas de Londres, a quienes, tal vez muy a su pesar, llevó a la quiebra. Todo se daba a favor de Dorrego en la puja política que se avecinaba tras la paz. Y esos habilísimos maestros de la artimaña política sabían bien que con Dorrego estaban destinados al fracasó. Si la paz con el Brasil les daba la oportunidad inmediata para desacreditarlo y quizá, incluso, para hacerlo caer, era indudable que muy pronto su prestigio volvería a adquirir la relevancia que merecía su conducta de estadista, sobre todo porque, a pesar de las circunstancias, había logrado ya aliviar en alguna medida las estrecheces económicas a que el país había quedado constreñido a raíz de la guerra. No; la caída debía producirse de inmediato, y ser tan violenta que evitara su eventual resurgimiento. Y como no había alternativa posible, el grupo de Rivadavia dictó la sentencia: Dorrego tenía que morir...

Juan Lavalle fue sólo el instrumento, por cierto que muy bien elegido. Ese soldado valiente, decidido, corajudo, temerario, irreflexivo, era proclive a ser convencido de que Dorrego habla traicionado al ejército de operaciones negociando una paz infamante. Y tras ello, todo cuanto se le dijera de Dorrego sería aceptado sin análisis por el ofuscado y tozudo general. La sublevación del 1 de diciembre fue incruenta, pero de inmediato llovieron al enardecido Lavalle los “sanos consejos” de quienes lo habían llevado a subvertir el orden institucional.

Salvador María del Carril, Juan Cruz y Florencio Varela, Agüero, Gallardo y algún otro “hombre de bien” cursaron sendas cartas a Lavalle para convencerlo de la imperiosa necesidad de fusilar al depuesto gobernador. A propósito, ha de señalarse que del Carril no firmó la carta, aunque Lavalle conocía quién era el remitente; Juan Cruz Varela fue más lejos, pues después de valerse del nombre del pueblo para exigir la sentencia, agregó muy suelto de cuerpo: “Cartas como estas se rompen11... Afortunadamente Lavalle no las rompió. Y allí han quedado, signados por la infamia, los nombres de quienes, al decir de Saldías, “con una convicción que abruma y una frialdad que aterra” convencieron a Lavalle de que “todo quedará esterilizado si el gobernador Dorrego no sucumbe inmediatamente” ...

Lavalle confió al remanido “juicio de la historia” el dictamen sobre su decisión. La historia no juzga, ni condena, ni perdona: se limita a comprender. El juicio corre por cuenta de cada historiador, es decir de quien investiga con seriedad hasta conocer suficientemente las intencionalidades que sustentan los hechos. Sobre esa base, y sin pretender que nuestro juicio sea “el de la historia” en tanto negamos semejante pretensión, creemos, a la luz de nuestro entendimiento, que Dorrego fue fusilado por el general vencedor Juan Lavalle en virtud de una discutible, pero en la época usual, decisión castrense. Pero esa decisión no fue un acto aislado ni contingente, sino la cristalización formal de una sentencia de muerte decretada mucho antes por la logia unitaria, que no hallaba otra solución para asegurar sus aspiraciones al poder.

Y esa planificación fría, esa resolución calculada, esa decisión categórica de quitar la vida al adversario que representa un obstáculo insalvable, es un crimen político cuyos gestores no merecen otro nombre que el de asesinos. Hora es ya, a nuestro modo de ver, de modificar las etiquetas a que nos ha acostumbrado la historiografía interesada en salvar el insalvable honor del grupo rivadaviano, y dejar de referimos al fusilamiento de Dorrego. El plomo de los fusiles fue sólo el medio (como pudo haber sido el veneno o el 'puñal si Lavalle no se hubiera cruzado en el camino) por el cual la logia unitaria llevó a cabo lo que sólo puede calificarse como asesinato de Dorrego.


lunes, 21 de septiembre de 2020

SIR WOODBINE PARISH Y EL MEGATERIO

Por A. J. Pérez Amuchástegui

Sir Woodbine Parish, pri­mer cónsul británico en Bue­nos Aires (1824-1832), fue un entusiasta aficionado a las ciencias naturales. Du­rante su permanencia en el Río de la Plata, el funciona­rio inglés, al margen de sus tareas diplomáticas, trabajó activamente en la recolección de muestras minerales y de restos fósiles de la fauna prehistórica de las pampas, que envió posteriormente a su país, donde se conservan hoy en distintas sociedades científicas y museos. 

Entre estos materiales se destacan un fragmento de 1.200 libras de peso (560 kilos) del célebre meteo­rito del Chaco —que le fuera obsequiado por el gobierno de Buenos Aires— y los res­tos de dos grandes mamífe­ros antidiluvianos, el gliptodonte y el megaterio.  Repro­ducimos del libro biográfico Sir Woodbine Parish, K. C. H. and eariy days in Argentina, publicado en 1910 por una nieta del cónsul, la descrip­ción de los trabajos que realizó Parish para obtener los huesos fósiles del megaterio. “Su más importante contri­bución a la ciencia fue la colección de huesos fósiles del megaterio y el gliptodonte, que fueron entregados al Real Colegio de Cirujanos, y atrajeron una gran atención a causa de sus dimensiones poco comunes y su buen es­tado de conservación. Se realizaron calcos de los hue­sos y fueron obsequiados, en cumplimiento de /os deseos de sir Woodbine, al Museo Británico, a la Sociedad Geo­lógica y a las Universidades de Oxford y Cambridge... Varios años antes de que es­to ocurriera, Parish había en­tregado a la Sociedad Geoló­gica algunos grandes huesos fósiles de mamíferos que ha­bían sido encontrados en el valle de Tarija, en los confi­nes de Bolivia. Ansioso por obtener otros ejemplares, Pa­rish realizó una serie de ave­riguaciones que le permitieron comprobar que en la pro­vincia de Buenos Aires ha­bían sido hallados frecuente­mente huesos y dientes de cuadrúpedos, especialmente en las cercanías del río Sa­lado, y en los lechos de sus lagos y ríos tributarios. 

Otros huesos fueron también des­cubiertos en la vecina pro­vincia de Entre Ríos, y en la Banda Oriental se encontró un esqueleto casi intacto. Entretanto, Parish recibió la información de que algunos huesos de tamaño extraordi­nario habían sido hallados en el lecho del río Salado, y se los había transportado a Bue­nos Aires desde la estancia de don Hilario Sosa. Al ins­peccionarlos, el cónsul com­probó a primera vista su se­mejanza con los restos del megaterio que en el siglo pasado fuera enviado al Mu­seo de Madrid por el mar­qués de Loreto, y que tam­bién fueron hallados en la provincia de Buenos Aires. Los nuevos huesos, que eran de propiedad de don Hilario Sosa, constituían en una pel­vis, casi intacta, varias vér­tebras, cinco o seis costillas v cuatro dientes. Después de mucho solicitarlo, Parish con­siguió finalmente apropiarse de ellos y, con la esperanza de obtener el resto del esque­leto, envió al señor Oakley, un caballero norteamericano, a realizar las investigaciones necesarias.

El señor Oakley pronto des­cubrió que en el fango del fondo del río se encontra­ban enterrados otros huesos, y mediante el desvío parcial de la corriente logró resca­tar una escápula, un fémur, cinco vértebras cervicales, varios dientes y muchos otros huesos que estaban de­masiado deteriorados como para conservarlos. Además de estos valiosos restos, el señor Oakley obtuvo partes de otros dos esqueletos de megaterios, uno de ellos de un arroyo próximo a Villanueva, y el otro de las orillas del lago Las Averías.

Aunque esta colección de huesos del megaterio era menos completa que la que existía en el Gabinete Real de Madrid, el hecho de que varios de los huesos envia­dos por sir Woodbine Parish eran los que faltaban en el ejemplar español, fue de una gran ayuda para los zoólogos empeñados en reconstruir el monstruo.”

El megaterio  El megaterio (del Latín “megatherion”, donde mega es grande y therion es bestia), era el espécimen mayor de un grupo de mamíferos desdentados que pobló el continente americano, hace más de 60 millones de años y se extinguió hace algunos milenios. Parecido a los actuales perezosos, pero con 5 y hasta 6 metros de largo, se alimentaba con hojas y ramas de los árboles. En la Pampa es donde han aparecido los mejores fósiles de este animal, el primero de los cuales apareció en 1785. Fue enviado a España y estudiado por JUAN BAUTISTA BRU, disecador y pintor anatómico del Real Gabinete de Historia Natural, de Madrid.

Woodbine Parish, primer cónsul británico en Buenos Aires. Aficionado a las ciencias naturales, coleccio­nó fósiles en las pampas argentinas


domingo, 20 de septiembre de 2020

Baños en Buenos Aires en 1829 por Carlos Enrique Pellegrini

Por A. J. Pérez Amuchástegui

El ingeniero francés Carlos Enrique Pellegrini escribió en su cuaderno de apuntes la nota que transcribimos más abajo, fechada en Buenos Aires, en 1829, es decir, pocos meses después de su arribo a la ciudad donde permane­cería hasta su muerte, acaecida en 1875.

Cabe señalar que el ingenie­ro Pellegrini se convertiría poco después en retratista y pintor, llegando a desta­carse en estas actividades. El 11 de octubre de 1846, su esposa, María Bevans, dio a luz a su hijo Carlos, futuro presidente de la Argentina y político de vasta actuación. "...La policía de Buenos Ai­res ha tomado la precaución de exigir para el mejor cui­dado de sus mulas, que éstas sean bañadas hasta la panza en invierno y hasta la grupa en verano. ¿Qué ha dispues­to, en cambio, para el aseo regular de las gentes, a las que también debe cuidar? ¿Qué ha hecho para proteger los pies de los bañistas en la rocalla del río? ¿Qué por la infancia desvalida, tan ne­cesitada de protección en este siglo corrupto?

"Si saludable es el baño en los países fríos, más justifi­cado está en los climas cá­lidos. No es que la canícula nos corte la respiración, pero es que una multitud de in­sectos, estimulados por el calor de la sangre, suelen turbar el sueño, y para librar­se de ellos no hay más re­medio, en verano, que per­manecer en la ribera hasta más allá de la media noche.

"Ved a la caída de la tarde cómo llenan las calles gru­pos de porteñas, seguidas de sus sirvientes, que marchan agobiados bajo el peso del sillón, el farol, los vestidos, las sábanas y las golosinas. A medida que cada familia llega a la orilla del río, eli­ge un lugar cómodo; los ni­ños se sientan en el césped; su prudente madre ha volca­do su vigor en la poltrona y dirige el reflector de la lin­terna sobre el rostro del más curioso espectador. ¡Vana precaución! El observador de la belleza natural se indem­nizará al regreso de las ba­ñistas, cuando éstas desfilen con sus vestidos mojados, que esculpen las formas vo­luptuosas.

“Ahora las enaguas se sacan prestamente por la cabeza, escamoteando, bajo el corpiño ajustado, bustos admira­bles. Las largas trenzas, obras maestras de arte y pa­ciencia, se deshacen, y el peinetón, objeto de culto par­ticular, es colocado en un nido de musgo.

“De pronto, un grito anuncia la primera sensación de fres­cura, y luego, pasada la im­presión, se inician juegos re­tozones, que no son, desde luego, para el negrito sir­viente, que descansa y cuida las ropas de sus amas. La madre podría ejercer esa vi­gilancia, pero ella debe se­guir atenta el baño de sus hijas y fulminar con la mi­rada a los curiosos que pu­jan por ocupar los primeros puestos.

TODAS LAS CLASES SOCIALES

"Observemos otros grupos. He ahí un carruaje de dos ruedas, fatigado aún del ser­vicio de la Aduana, condu­ciendo a las notabilidades de la ciudad, que tienen buenas razones para no desvestirse en público. Más allá un fran­ciscano lucha con las olas y trata que el agua no apague su cigarro. Mas allá una mula­ta, con el auxilio de su negro jabón, procura verse total­mente limpia. Más distante, se creería ver a Venus, radiante de gloria en medio de un cortejo de tritones. Los matrimonios se abrazan en­tre sí, chillan los muchachos, los pobres se lavan, los pe­rros brincan contentos. To­das las clases de la sociedad están confundidas. Patrones y esclavos, hombres y muje­res, blancos y negros. ¡Edad de oro! La luna protege esta fiesta y los barquichelos, car­gados de las frutas primoro­sas del Paraná, colman de placer a la multitud con el jugo de refrescantes y sa­brosos duraznos salvajes. De pronto, una nube oscura se extiende rápidamente por el cielo; se levanta una brisa ligera y el pampero provoca remolinos de polvo. Nuestro grupo de ninfas corre a sus ropas y cada una pretende dar con la suya, pero el apu­ro aumenta el pavor y el desorden. Las fuertes dominan a las débiles; la oscu­ridad favorece el escándalo y el aire se puebla de gritos nerviosos. Hay lágrimas en el entrevero; los ladrones hacen su agosto.

“Una desarrapada volverá a su casa con tres polleras, en tanto que la hija del ma­gistrado llegará a la suya como una Eva.

“Mañana, a la hora del alba, algún gringo dará el último retoque a la escena, y pasea­rá su mirada experta sobre ese campo de hallazgos; llenará su chaqueta de abanicos rotos, peines, pantuflas y muchas otras prendas aban­donadas en la huida feme­nina.

“Los baños domiciliarios no son de menor simplicidad; se dirían antípodas de las termas de Dioclesiano. Cons­tituidos por la mitad de un tonel, que todavía exhala el aroma del «Medoc», se llena con el agua nitrosa de un pozo a balde o la turbia de la ribera. Ese estrecho re­ducto, cubierto, la más de las veces, por un paño blanco, tiene su sitio habitual a poca distancia de los desperdicios de la cocina o de la cuadra y en él se baña la familia de un propietario de diez mil vacas!”

viernes, 30 de agosto de 2019

MANUEL QUINTANA

Por A. J. Pérez Amuchástegui

"Fue dogmático y estoico ante el deber", dijo de él Carlos Ibarguren, que fue subsecretario de Agricultura durante su presidencia. "El señor senador —había dicho Avellaneda en un debate— tiene aquellos secretos que convierten la palabra en magia y la elocuencia en poder." Manuel Quintana, porteño, nació el 19 de octubre de 1835, hijo de un estanciero del sur bonaerense, Eladio de la Quintana, y de doña Manuela Sáenz de Gaona y Alzaga, ambos de arraigado linaje colonial. De tradición familiar unitaria, Quintana actuó después de Caseros en el partido de Mitre. Se doctoró en Derecho en los días anteriores a Cepeda y en vísperas de otra batalla. Pavón, ingresó a la Legislatura de Buenos Aires, en 1860. No tenía la edad establecida por la Constitución para ser diputado; quiso alejarse, pero la Cámara resolvió aceptar su diploma. Al producirse la reincorporación de la provincia de Buenos Aires a la Confederación, se contó errtre los diputados nacionales electos para el Congreso de Paraná. No pudo incorporarse a dicho cuerpo en razón de ser rechazados los diplomas de los representantes de Buenos Aires. Sin embargo, después de Pavón, y ya durante el gobierno de Mitre, tuvo sobresaliente actuación en la Cámara de Diputados de la Nación. 
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Después de actuar durante un tiempo en la Legislatura bonaerense, volvió en 1867 al Parlamento nacional y, desde 1868, presidió la Cámara joven. Dos años después fue elegido senador nacional, en la vacante dejada por Valentín Alsina. También tuvo sobresaliente desempeño en la Convención bonaerense elegida para reformar la Constitución provincial. "No hubo en el Congreso —dice Ibarguren— cuestión alguna de importancia, sea constitucional, política, administrativa, económica, financiera, jurídica o de cualquier otra naturaleza en cuya consideración él no participara aclarándola, objetándola y proponiendo una solución conforme a su saber y entender."
 En 1874, siendo senador, figuró entre los precandidatos para la futura presidencia de la Nación; pero la carencia de un partido que lo sostuviera hizo que su candidatura no prosperara. En 1878, a su regreso de un viaje a Europa, fue elegido diputado nacional por la provincia de Buenos Aires, y presidió la Cámara hasta 1880, en que se produjo su destitución por el Congreso de Belqrano, a raíz del apoyo brindado a Tejedor.   Junto con Roque Sáenz Peña desempeñó diversas misiones diplomáticas y se destacó en la Conferencia internacional Panamericana de 1889. Fue por dos veces ministro del presidente Luis Sáenz Peña, quien le confió la cartera del Interior.   Frente a los movimientos revolucionarios radicales del 93 actuó con singular energía, hasta que se alejó del ministerio en 1894. Se mantuvo desde entonces alejado de toda actuación pública —salvo una breve diputación—, hasta 1904, año en que fue elegido presidente de la República. Su último mensaje presidencial fue el de mayo de 1905. En la tarde del 12 de agosto de 1905, el coche de caballos que conducía al presidente de la República, doctor Manuel Quintana, marchaba al trote por la calle Santa Fe rumbo al sur. Eran las 14,25 de un día lluvioso y frío. El presidente se trasladaba desde su domicilio —Artes 1245— a la Casa Rosada, en compañía de su edecán, el capitán de fragata José Donato Alvarez. Al llegar a la esquina de Santa Fe y Maipú, frente a la plaza San Martín, un hombre bajó la escalinata del paseo y revólver en mano se adelantó a la calzada. Se aproximó al paso del coche, apuntó con el arma a la ventanilla y disparó, sin que saliera el proyectil. Corriendo junto al coche accionó repetidas veces el disparador, sin poder lograr su objetivo. De inmediato emprendió la fuga internándose en la plaza, seguido de cerca por el edecán del presidente y el comisario Felipe Pereyra, jefe de la custodia, quien viajaba en un coche detrás del cupé del doctor Quintana. El edecán resbaló en el húmedo empedrado, pero el comisario Pereyra logró apresar al fugitivo auxiliado por un subordinado. Quintana prosiguió su viaje dando muestras de absoluta tranquilidad.  El agresor fue identificado como Salvador Enrique Planas y Virella, español de veintitrés años, empleado en una imprenta de la Capital. Declaró haber procedido por propia iniciativa, ser anarquista, y haber pretendido dar muerte al presidente para lograr un cambio total en la conducción política. Para ello usó un revólver calibre 38, de cinco tiros, cuyos proyectiles se encontraban en mal estado. Se Instruyó sumario por tentativa de homicidio en la persona del primer magistrado; Planas y Virella confirmó sus declaraciones ante el doctor Servando E. Gallegos, juez de instrucción que actuó en el caso. Trece años de prisión le fueron asignados, lapso que fue reducido por la Cámara a diez.   Recluido en la ya demolida Penitenciaría Nacional, Planas y Virella emprendió tareas de auxiliar de tipógrafo en los talleres de Imprenta del establecimiento. No pasó mucho tiempo sin que los diarios se ocuparan nuevamente de este singular personaje. El 6 da enero de 1911, juntamente con otros doce presidiarios, fugó por un túnel practicado bajo los jardines que rodeaban al edificio. Nada se supo del autor de este primer atentado anarquista en la persona del primer magistrado.En diciembre de ese año, ya muy enfermo, siguió concurriendo a su despacho y atendiendo las tareas de gobierno. Alcanzó a gobernar 17 meses, en horas dramáticas y de gran agitación social Murió el 12 de marzo de 1906, a los siete meses de haber salvado su vida ante el atentado cometido por el anarquista catalán Planas y Virella. Era un hombre afable y en su conversación introducía frecuentes reflexiones y observaciones. "Cierta tarde de verano —cuenta Ibarguren—, mientras firmaba, molestábale una mosca con tanta insistencia que dejó la pluma para hacerme esta reflexión: «Mire usted lo limitado que es, en realidad, el poder de los hombres: ¡todo un jefe del Estado no puede con una mosca!»".


jueves, 6 de diciembre de 2018

Corrientes historiográficas argentinas (siglos XIX–XX)

por A. J. PÉREZ AMUCHÁSTEGUI.
Es demasiado común el ensayo historiográfico destinado a justificar o ponderar una doctrina política, una postulación económica, un punto de vista social. Ante ese fin, que estos ensayistas consideran supremo, no importa la verdad sino en cuanto ella conduzca a consolidar el respectivo criterio. La historia sirve para todo, y cada cual se las ingenia para llevar agua a su molino. La gente cree a unos o a otros, según la tesis sostenida satisfaga o no el prejuicio ya tenido respecto de lo ocurrido, y por eso es tan común oír, en charlas de café, olímpicos disparates, prenunciados en tono magistral, sobre el significado de un hecho histórico y sus concomitancias con la situación actual. Desde la escuela primaria nos han enseñado que la historia es “maestra de la vida”, que “no hay nada nuevo bajo el sol”, que es preciso obtener de la historia enseñanzas positivas para el comportamiento político y moral; que, en fin, la historia sirve y tiene que servir, por sobre todas las cosas, para satisfacer el fin enunciado hace casi 2.000 años por Cicerón: educar al ciudadano. Eso es, casi, un dogma de fe para todas las maestras normales, para la inmensa mayoría de los padres de familia y, todavía, para numerosos directores de la enseñanza que cuentan con el apoyo incondicional del periodismo.
¿Por qué, cabe preguntarse, si en el mundo entero, y también en nuestro país, hay una marcada inquietud por revisar los esquemas historiográficos, los círculos tradicionalmente llamados “intelectuales” siguen aferrados a esos esquemas, temerosos de su ruptura? La comprensión de este problema exige que hagamos una reflexión sobre lo que ha pasado en la Argentina, aunque tengamos que introducirnos un poquito en materia histórica. El 17 de setiembre de 1861 se produjo la batalla de Pavón, y el general Bartolomé Mitre, jefe del ejército de Buenos Aires, quedó dueño del campo mientras el ejército de la Confederación dirigido por el general Justo José de Urquiza, se retiraba aceptando la derrota. Esta victoria porteña aseguró el dominio político de la minoría intelectual que gobernaba Buenos Aires y se calificaba a sí misma de liberal. Ese mismo círculo, además de imponerse políticamente, estableció lineamientos muy firmes en el orden económico-social, y armó una “historia argentina” adecuada a los fines que perseguía. Esa “historia” ponía de relieve la obra de personajes relevantes que, con su acción y con su genio, habían fabricado (o querían fabricar) un país destinado a proveer a Europa de materias primas, para recibir el del Viejo Mundo las mercaderías industrializadas, asegurando el libre cambio. Sobre esas bases, y a imitación de Europa, esos personajes querían fijar normas definitivas e inmutables, sobre las cuales habría de formarse necesariamente el “ser nacional”. Esa historia mostraba principalmente los hechos políticos, pues entendía que los aspectos económicos, sociales, culturales, religiosos, en fin, eran sólo accidentes cuyo entendimiento estaba referido a la acción política realizada. Así, las normas políticas fijadas por los vencedores de Pavón debían superar todos los obstáculos económico-sociales, y las instituciones “liberales” asegurarían un futuro feliz al tiempo que extirparían la “barbarie” de las desiertas pampas, donde se instalaría, en reemplazo, la “civilización” europea.
Esta visión interesada de la historia se adecuaba bien al resto de la actividad política del grupo dominante que, sin duda con buen juicio, entendió que la ciudadanía debía ser educada en ese orden de ideas. Al efecto, organizó una enseñanza debidamente dirigida cuyo laboratorio fue la famosa Escuela Normal de Paraná, cuna de los maestros y profesores que tendrían en sus manos los niveles primario y secundario de la enseñanza. Los egresados de esa Escuela Normal y demás institutos que siguieron a ese establecimiento modelo, salían convencidos cabalmente de que los postulados sostenidos por los vencedores de Pavón eran, sin más vueltas, de valor universal e indiscutible, y de hecho se tornaban en propagandistas del régimen imperante, criterio que imponían, por las buenas o por las malas, en las escuelas. En cuanto hace a la historia, claro está, se seleccionó de la galería de episodios aquellos que concurrían a mostrar que la República Argentina, ya civilizada por haberse formado “a la europea”, es hija de un pasado glorioso, vive en un presente de triunfo y está destinada a un futuro de grandeza siempre y cuando se mantengan incólumes los principios “liberales” proclamados por el círculo dirigente. Romper esos principios equivalía, para esta manera de ver la historia, a traicionar el “ser nacional”, pues estaban convencidos de que los “grandes hombres” liberales habían fijado de una vez para siempre los lineamientos que convenían a la Argentina. De allí que la educación, por conducto de la historia, tenía que exaltar las obras de esos personajes y forzar la aceptación del modelo “liberal” como único posible y aceptable. Tanto fue así, que, para evitar interpretaciones distintas de la historia (para ellos necesariamente erróneas), en 1893 se creó la Junta de Historia y Numismática (que luego pasó a ser Academia Nacional de la Historia), destinada expresamente a defender la “historia liberal” y a condenar todo intento de revisión. En 1890 hubo una grave crisis económica que repercutió en muy diversos órdenes, y el gobierno no pudo frenar el desastre. En julio de ese año se produjo una revolución que, aunque vencida, dio por resultado la renuncia del presidente Miguel Juárez Celman y exigió la adopción de medidas proteccionistas reñidas con el sistema “liberal”.
Cuando apuntaba el siglo XX, el país no era lo que habían imaginado los vencedores de Pavón. La llegada de grandes masas de inmigrantes había cambiado el aspecto demográfico, sí, pero creado nuevos y arduos problemas. El doblamiento de las extensas pampas no había modificado la forma de distribución de las tierras y las riquezas; la concentración de habitantes en las ciudades iba haciendo más firmes las inquietudes y las demandas obreras; se había formado una numerosa clase media, integrada por hijos nativos de chacareros y comerciantes, que ahora aspiraban a intervenir en el manejo de la política y rivalizaba con la vieja clase dirigente. Cada día eran más violentas y más fundamentadas las críticas al régimen institucional; y cada día se dudaba más de la historia liberal, habían fijado definitivamente el destino nacional, al tiempo que se procuraba investigar sobre la supuesta perversidad de los condenados por el liberalismo.
Ya a fines del siglo XIX habían surgido dos corrientes historiográficas paralelas que bregaban por la revisión de la historia argentina. Una de ellas, representada por Juan Agustín García, se interesaba por los problemas económicos y sociales; la otra seguía centrada en lo político aunque con nuevos enfoques, estaba encabezada por Adolfo Saldías y Ernesto Quesada. Luego, en los primeros veinte años de nuestro siglo, hubo sucesos internos y externos que impulsaron esa revisión: en 1912 los chacareros de Alcorta (Santa Fe) levantaron la primera protesta colectiva por el régimen de arrendamiento rural; dos años más tarde, 1914, estalló en Europa la primera guerra mundial, que se extendió a lo largo de cuatro años. Durante esa guerra se fortificó provisionalmente la industria argentina, y con ello aumentó la concentración urbana junto con las demandas obreras. En 1916, el voto universal, secreto y obligatorio instaurado en 1912 por la Ley Sáenz Peña hizo posible la victoria del movimiento Radical, que representó el ingreso de la clase media en la dirección de los negocios públicos. En 1919, por fin, una huelga general, reprimida con gran energía, provocó la llamada “semana trágica”. Se establecieron condiciones minuciosas para la aprobación de los textos escolares por vía administrativa, asegurando así que esos textos respondieran a los lineamientos liberales ahora fijados por conducto de los académicos y los funcionarios del Ministerio. De tal manera se impuso formalmente una historia oficial que debía enseñarse obligatoriamente, con el objeto de justificar las instituciones creadas por el liberalismo y de presentarlas como “permanentes e inmutables”. Pero alrededor de 1930 comenzó a advertirse que ese sistema económico era, además de ineficaz, dañino. Ocupada ya la tierra productiva disponible tras las conquistas de la pampa y del Chaco, no era posible obtener mayor rendimiento con el régimen de explotación centrado en el latifundio, el arrepentimiento y la concentración de las exportaciones en unas pocas manos, con perjuicio del pequeño productor que, a fin de cuentas, trabajaba para beneficio de grandes terratenientes y de consorcios aprovechados. Además, cuando terminó la guerra (1918) volvieron a entrar al país mercaderías elaboradas por la industria europea que muy pronto se impusieron y, en consecuencia, quedó destruida esa incipiente industria nacional que, durante los años del conflicto, se había instalado para salvar las necesidades del abastecimiento interno. En el año 1929 se produjo en el mundo una crisis tremenda, iniciada en los Estados Unidos, que llevó a la quiebra a muchas instituciones bancarias e hizo tambalear a grandes industrias. Esa crisis afectó grandemente a la Argentina, en donde se advirtió que, por hallarse en dependencia económica de Europa, quedaba expuesta a ser arrollada por cada catástrofe que se produjera en aquel continente. En esa época aparecieron historiadores que se titularon “nacionalistas”, como Raúl Scalabrini Ortiz, quienes denunciaron esa dependencia económica en que se hallaba la Argentina, y exigieron la revisión de las creencias liberales que sostenían la identidad de intereses europeo-argentinos y, por lo mismo, consideraban indispensable la subordinación de la economía nacional a otra extranjera. Paralelamente, hubo en el Congreso ruidosos debates sobre la comercialización de las carnes, las concesiones de electricidad, la explotación del petróleo, etcétera; al tiempo que el movimiento sindical se organizaba en una central obrera (Confederación General del Trabajo) y comenzaba a adquirir conciencia de su fuerza. A la corriente nacionalista se sumó luego la interpretación materialista-histórica, que, con obras como la de Ricardo Ortiz, también denunciaba la dependencia económica. En definitiva, por distintos caminos y hasta con métodos antagónicos las nuevas corrientes historiográficas exigían una revisión profunda de esa “historia oficial” impuesta por el liberalismo y conservada por la Academia, pues ella no servía para entender la áspera realidad argentina que se estaba viviendo. La segunda guerra mundial, desatada en 1939, repercutió nuevamente en la conformación económico-social de la Argentina, donde se produjeron significativos cambios políticos. Así, aparecieron historiadores nacionalistas con vocación popular, quienes procuraron entender el momento histórico que estaban viviendo como culminación de un proceso arraigado en el pasado argentino. De allí la ponderación a todo intento de apoyo a la industria nacional habido a lo largo de los siglos, y de allí la exaltación del “caudillismo” como expresión auténtica del movimiento popular. La ya apelada historiografía académica de corte liberal sintió un feroz impacto; pues a la gente le comenzó a interesar más lo nacional que lo europeo, más lo social que lo individual, más los sentimientos populares que las ideas de hombres considerados como providenciales.
Las violentas polémicas entre “academicistas” y “revisionistas” llevaron a una lamentable confusión de términos, para acabar dando a “revisión” un significado muy particular: se aplicó el “revisionismo histórico” un matiz político tendiente a justificar un cambio institucional que rompiera los esquemas político-económicos establecidos por el liberalismo. La historiografía se politizó en grado sumo, y la renovación cayó en los vicios que combatía. A fin de cuentas, los revisionistas que querían imponer como “historia oficial” su propia versión de la historia, al tiempo que los “academicistas” querían conservar la oficialidad de la suya…
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Todo “ismo” representa, a la postre, una posición reñida con la seriedad científica, en tanto supone una toma de posición doctrinaria previa a la investigación. Los “istas” no investigan para conocer realmente lo ocurrido, sino que procuran armar una historia que les sirva para fundamentar la doctrina que defienden. En buena medida, algunos valiosos estudios de los “revisionistas” se malograron por obra de una tendenciosa interpretación puesta al servicio de intereses extra históricos. Y los “academicistas” hallaron allí un buen argumento para señalar la parcialidad del “revisionismo” y condenar toda nueva visión de la historia argentina que se alejara de las líneas liberales fijadas “oficialmente”.
Esto asusta y enerva a algunos penates de la historiografía liberal todavía supérstites, que siguen empeñados en ser los guardianes de la “historia oficial” en crisis. Un diario porteño, fiel representante de esa posición, decía a fines de 1969:
“La historia patria no puede ni debe ser utilizada al servicio de consignas ideológicas o partidistas de cada instante de la vida política, pues ello significa corrompen su alta misión, utilizar su bagaje con deshonestidad intelectual y sembrar la semilla de la discordia antes que la unidad nacional. Los libros y las publicaciones, o los docentes que aprovechan de su posición para exaltar las tendencias y posturas que niegan las tradiciones argentinas sobre las que se apoya indiscutidamente nuestra naturaleza política, originan un grave daño cuyas derivaciones resultan imprevisibles. Es por ello que en este terreno la preocupación por el perfeccionamiento didáctico de la enseñanza de la historia debe ir acompañado, inexcusablemente, de la observación atenta por parte de las autoridades y la sociedad toda para que las formas de vida republicanas nacidas en Mayo sean la única vía por donde transite nuestra niñez y nuestra juventud”.
Ese párrafo no tiene desperdicio. Se condena la utilización de la historia para beneficio de “consignas ideológicas o partidistas de cada instante de la vida política”, precisamente porque se considera que las “consignas ideológicas o partidistas” defendidas por el editorialista no pueden ser otras más que las suyas. Cualquiera otra posición queda tachada de “deshonestidad intelectual” porque niega pretendidas tradiciones argentinas que constituyen “indiscutidamente” el basamento de una utópica “naturaleza política”. Y se pretende que las autoridades, y aun la sociedad toda, vigilen esas desviaciones, para asegurar que los educandos (y a través de la enseñanza todo el mundo) no oigan otra voz que aquélla que postula “las formas de vida republicanas nacidas en Mayo”. Así, la historia que se enseña en las escuelas sólo podrá ceñirse a lo que la historiografía grata el articulista señala como “tradición nacional”, que por ello debe ser “indiscutida” a menos que medie “deshonestidad intelectual”. Y nadie podrá negarlo, porque hay una “naturaleza política” de raigambre republicana nacida en Mayo de 1810 y sustantiva en la nación misma.
En otras palabras, la historiografía, por las buenas o por las malas, tiene que defender la vapuleada y ridiculizada “línea de Mayo y Caseros” del orden institucional, aunque las instituciones, como sabe un chico de cuarto grado, nada tengan de “naturales” ya que son hechas por los hombres. Y habrá de insistirse en que esa corriente es “indiscutible”, aunque no aguante la menor crítica. Y habrá de sostenerse que los más conspicuos hombres que hicieron la revolución de Mayo eran repúblicos hasta la médula, aunque la mayoría de ellos se hayan volcado contra el régimen republicano para defender con firmeza el establecimiento de una “monarquía temperada”... Quien analiza sin prejuicios el editorial periodístico que hemos reproducido parcialmente, convendrá, seguramente, en que, al revés de lo que dice el articulista, “las autoridades y la sociedad toda” deben esforzarse en desarraigar las muy discutibles “tradiciones nacionales” impuestas coercitivamente por estos representantes de “consignas” liberales, que pretenden establecerlas como dogma religioso o ley natural.
Todas esas posiciones, “academicistas” (como la señalada) o “revisionistas” (como también existen), apuntan al conocimiento histórico como fin ético-político. Pero en la actualidad, el estudio serio de la historia está en otra cosa, y exige la consideración del saber histórico atendiendo al objeto científico de la investigación. Hoy la ciencia es menos pretenciosa, porque entiende que nada es definitivo ni irreversible en el saber, en tanto sabe que la verdad es algo que el hombre se propone alcanzar y, por lo mismo, siempre queda abierta la investigación a nuevas orientaciones, a nuevas inquietudes, a nuevas visiones. Revisar la historia no supone, pues, fabricar una verdad distinta para que se imponga de manera definitiva y se “oficialice”.
Revisar la historia equivale a indagar en la realidad buscando sin cesar una verdad que satisfaga las inquietudes de nuestro tiempo, y haga comprensible esta realidad presente en que nos hallamos viviendo. En eso consiste, básicamente, el compromiso del historiador con la sociedad en que vive. Nuestra sociedad actual advierte la complejidad multiforme del momento en que vivimos, y por eso mismo no acepta, por anacrónica, esa historiografía brillante que pretendía fijar fáciles y simples líneas del desenvolvimiento histórico universal. La historia, como dicen Vives, es fluctuación generalmente imprevisible, y el comportamiento histórico del hombre no puede entenderse a la luz de fines extra-históricos, sino adentrándose esa realidad viva y palpitante que es lo que vamos haciendo. Y el historiador de hoy no quiere ni pretende otra cosa.
Las más diversas expresiones culturales de nuestros días están, de alguna manera, impregnadas de conciencia social. Pintores, músicos, literatos, científicos, filósofos, deportistas, obreros, estadistas, agricultores, periodistas, industriales, economistas, comerciantes, juristas, arquitectos, todos, en fin, los que hacen cosas (y al hacer cosas crean cultura), saben que su obra no empieza ni termina en ellos, sino que trasciende, que se transfiere a la sociedad en que viven, la cual, a su vez, condiciona y limita la creación cultural al tiempo que incita a la acción. Incluso quienes pretenden jactarse de un egocentrismo rayano en la megalomanía advierten, siquiera en el fuero íntimo, que forman parte de una sociedad condicionada y condicionante de la que no pueden zafarse.
Hoy es imposible la vida de anacoreta que envidiaba Fray Luis de León en aquellos “pocos sabios que en el mundo han sido”. Ni el santo busca ya “huir del mundanal ruido”, porque ha cambiado radicalmente el medieval y ascético sentido de santidad, para trocarse, por injerencia de lo social, en actividad caritativa permanente y generosa. El ermitaño San Jerónimo y el contemplativo Budha tienen que ser emulados hoy, en sus respectivas culturas, por verdaderos revolucionarios como Juan XXIII y el Mahatma Ghandi.
El avance prodigioso del transporte y las comunicaciones ha achicado el mundo, poniendo en contacto a la humanidad entera. Por lo mismo, cada vez resulta menos aceptable la pretensión de una historia “nacional” de apariencia ultralocalizada, en tanto hasta los escolares advierten que, ayer como hoy, la historia de cualquier pueblo está demasiado ligada al resto del mundo, y sobre todo a aquellos países que detentan la hegemonía.
Antes se miraba al pasado para buscar el modelo sobre el cual habría de constituirse el futuro. Hoy, en cambio, se aspira a un futuro que mejore y supere los defectos del presente arraigados en el pasado. Ya no se recurre a la historia para extraer de ella leyes normativas. Hoy nos interesamos por el pasado porque el drama múltiple y conflictivo de nuestra vida presente nos impele a observar el cambio con el objeto de comprender los incesantes avatares de la realidad en que estamos inmersos. La empicada y pretenciosa “historia maestra de la vida” va siendo reemplazada aceleradamente por una “historia como comprensión de la vida”, es decir, una historia viva, dinámica, dramática, conflictiva, que nos permita entender la vida presente y aspirar al futuro morigerando las ingenuas esperanzas engendradas en las concepciones de un devenir necesario y feliz.
No es posible ninguna actividad humana marginada de la historia. Solo un necio o un tonto podría suponer que no hay diferencias entre el mundo psíquico medio de los artesanos o los siervos de la gleba del siglo XII y los obreros fabriles o los campesinos de nuestro siglo XX; tampoco podría compararse, ni someramente, las concepciones científicas de Newton y de Einstein, o las políticas de Pericles y Kennedy. Los contenidos psíquicos de cada uno de ellos son distintos, porque cada uno ha vivido en su tiempo histórico; y la llamada “herencia cultural” es hija de ese patrimonio cambiante y enriquecido que nunca se da por satisfecho y siempre es susceptible de modificarse, adecuarse, transformarse en función de nuevos intereses, de nuevas circunstancias, de nuevas creaciones. Ha entrado en crisis el aforismo salomónico de que “no hay nada nuevo bajo el sol”. Todos los días vemos cosas nuevas, y esas novedades obligan a desechar las presuntas “verdades eternas” y a sonreírnos ante los “principios inmutables” con relación al campo del saber. Cada momento de nuestra vida nos obliga a ubicarnos correctamente en la realidad histórica que vivimos, para consolidar una realidad futura sobre la base de la acción responsable en el presente.
Quien esté dispuesto a reconocer que en toda interpretación historiográfica puede haber enfoques que concurran a despejar dudas, y que el método de investigación permite y aun exige la apertura a las más diversas doctrinas; quien, en fin, quiera comprometerse radicalmente con la sociedad en que vive para experimentar internamente los afanes, los temores, las angustias y las esperanzas de esa sociedad, embárquese en la historia.
Y quien opte por dedicarse de lleno al profesorado de Historia debe cumplir las mismas condiciones, sumadas a una vocación docente que lo habilite para enseñar a sus alumnos a ubicarse en la realidad. Porque es hasta inhumano engañar al educando mostrándole una historia fácil y feliz. Con ello, cuando ese adolescente se enfrenta a la realidad, lo hace en la creencia de que podrá poner en obra las líricas e irrealizables ilusiones propias de su edad y de su desconocimiento de la realidad histórica circundante. Así, se halla como huérfano en su propia cultura en tanto desconoce su correcta ubicación y, por ende, sus posibilidades afectivas para la acción. Esos manidos “principios inmutables” que creía hallar gracias al falseamiento histórico no aparecen en la vida real, y se halla inerme y desamparado para la lucha por la vida. El profesor de historia, más que ningún otro docente, debe tener siempre en cuenta que, si se quiere desvirtuar el aforismo de Plauto (el hombre es un lobo para el hombre), sin duda no podrá lograrlo sin señalar, primero, la existencia efectiva de los lobos…

Buenos Aires, agosto de 1971.