Rosas
domingo, 30 de abril de 2023
USOS Y COSTUMBRES EN 1823
El ingeniero Santiago Bevans llegó a Buenos Aires durante la administración del coronel Martín Rodríguez, quien lo designó ingeniero jefe del Departamento de Ingenieros Hidráulicos que se había creado recientemente por iniciativa de aquel gobernante. Unos meses después de hallarse en Buenos Aires, el 29 de junio de 1823, Bevans dirige una carta a sus hijos —John, de 11 años, y Thomas, de 9—, que habían quedado estudiando en un colegio de Londres. En esa extensa carta —de la que extraemos los párrafos de mayor interés— el ingeniero Bevans describe características de Buenos Aires y algunas costumbres del país donde reside. Debemos señalar que los subtítulos no aparecen en el original de la carta, y que el ingeniero hidráulico Santiago Bevans (1777-1832) será, con el correr de los años, abuelo materno del doctor Carlos Pellegrini, presidente argentino y político de vasta actuación.
“Aquí nos sorprendió el hallazgo de familias inglesas, en tal número que no tratamos con otras. El álbum de vistas bonaerenses que teníamos allí es casi perfecto. Las casas de Buenos Aires son amplias, de varios patios; sus paredes de ladrillo, muy gruesas, blanqueadas o enyesadas. Con el criterio inglés sobre edificación, parecerían destinadas a oficinas públicas. Algunas poseen ventanas al frente, con rejas exteriores de hierro. Las habitaciones dan a patios internos y son cómodas. El clima, algo excesivo en el verano, impone la siesta después del almuerzo, siendo esta costumbre tan generalizada que, cuando alguien está fuera de su casa y anda por el campo a caballo, ata el animal a un árbol o poste o simplemente lo para y se echa a dormir a la sombra de la planta o de la bestia. Los comercios cierran sus puertas de una a cuatro de la tarde. Durante el verano, las tormentas son continuas y refrescan la atmósfera, pero el calor reaparece pronto, hasta que otra tormenta nos libera de él. Cuando llegamos era el tiempo de las frutillas, que son mucho más grandes que las Inglesas, aunctue sin su rico sabor. Las naranjas se producen en este país, pero la variedad dulce es escasa y cara. La otra clase es muy abundante y pueden obtenerse 8 ó 9 naranjas por un medio. La fruta más aceptada es el durazno, de los que hay muchos árboles de especies salvajes, apreciados más que por su fruta por su leña, utilizada aquí para quemar y que es traída de las quintas en carretas tiradas por bueyes. No tenemos otro carbón que él de Inglaterra y a precios muy altos. Los habitantes de este país carecían de estufas hasta la llegada de los ingleses, los que las han generalizado en muchas fincas, aunque con algunas dificultades, pues en varios casos los propietarios han exigido su retiro al desocupar la casa. Yo he mandado hacer una estufa para mi salón”.
“Mi empleo me obliga a viajar continuamente. Se reirían Uds. al verme salir de casa en un coche arrastrado por cuatro caballos que manejan tres hombres: dos montados en los animales delanteros y el otro, en el pescante. En llegando a una posta, hay que esperar el cambio de las bestias, las que unas veces están sueltas y otras guardadas en un corral. En este último caso, se evita que el encargado del cambio saiga al campo y tire el lazo» (suerte de tirilla de cuero con una argolla en un extremo), sobre la cabeza del animal elegido, repitiendo la operación hasta juntar todos los que necesita.
Varias veces he comido en estas postas. La comida es siempre la misma. Cuando llega el carruaje, sale un muchacho corriendo al campo y trae un cordero que ha degollado y desollado en pocos minutos y cuya carne sujeta a un «asador», que es un hierro clavado en tierra, a poca distancia del fuego; éste se hace con troncos de madera, hojas secas u otro combustible. Cocinada la carne, es servida en una fuente de gran tamaño y la comida es suficiente como para satisfacer el hambre de cuatro o cinco personas. Lo curioso es que el dueño de la posta nunca acepta el pago del almuerzo. En ocasiones, nuestro coche es tirado por seis mulas a la vez, en lugar de los cuatro caballos que generalmente se utilizan, y esto resulta muy divertido, Felizmente, pronto gozaré de más comodidades. Se está construyendo un carruaje suficientemente largo como para que pueda ir yo acostado en su interior. Tengo a mi servicio dos oficiales de policía, que el gobierno ha destinado a ese efecto. Estos oficiales viven en nuestra casa y cuando salgo me siguen y cuidan”. "Es muy curioso ver un arria de mulas procedente del interior. Suele estar formada hasta de noventa animales, cada cual cargado con dos cascos de vino. La tropilla lleva adelante una yegua, con una campana atada al pescuezo. Muy interesante resulta, también, ver una tropa de carretas que suele ser de doce a treinta ¡untas, tirada cada una por seis bueyes y transportando las más variadas mercancías. La salida de estas caravanas de carretas constituye un acontecimiento en la ciudad, y al arrancar levantan grandes nubes de polvo y producen un gran ruido. Cada carreta lleva una gran tinaja de agua en la parte trasera. Entre las cosas que llegan al mercado, olvidé mencionar los melones, que abundan pero que hay que comerlos con discreción. En este país son muy numerosas las hormigas, siendo los árboles sus principales víctimas. Se les protege con una piletita que se coloca a su pie y que se mantiene con agua para que estos insectos no puedan atacarlos. Un amigo nuestro que tenía en su casa muchas hormigas, echó en el hormiguero una buena cantidad de sublimado corrosivo mezclado con azúcar y por este medio se vio libre de ellas. Las ratas abundan y ocasionan grandes molestias. Mamá, al llegar a este país, se alarmaba mucho por ellas y una noche pisó una, involuntariamente, y la mató, pero quedó muy impresionada”.
"En el mes de mayo, que es el de la independencia de este país, me encargaron de la iluminación de la plaza principal. Aunque el término que me dieron era de diez días, iluminé con gas la casa de la Policía, realizando el trabajo con elementos improvisados, pues aquí no hay fundiciones y se carece de todo. Hice hacer letras con caños de fusil, para formar la frase: ¡Viva la Patria! Proyecté e hice dos fuentes de agua, cuyos chorros iluminé; espectáculo que gustó mucho al pueblo y al gobierno. Tengo encargo de alumbrar a gas las principales calles de la ciudad y de construir un local para Mercado. Algunos se han resentido por mi éxito en la iluminación y he visto estropeadas, por tres veces, mis máquinas, lo que desmejoró algo el alumbrado, que constó de trescientas cincuenta luces. La ciudad empieza a desarrollarse y progresar. La policía es la encargada del barrido público, cobrando dos reales por puerta, siendo muy pocas las que tienen umbral de mármol. Las veredas son de ladrillo y muy angostas; las hay de piedra y están rodeadas de postes, para evitar que suban a ellas caballos o pasen carros. Es sensible que sean tan angostas e incómodas para andar dos personas a la par, como solemos hacerlo los ingleses. Los nativos tienen la costumbre de marchar de uno en fondo y cuando una familia va a la iglesia, el hijo menor encabeza la fila y así, sucesivamente, hasta el mayor, luego la madre y detrás el esclavo o sirviente que lleva una alfombra, sobre la cual se arrodillará la familia en el templo. Los hombres pocas veces acompañan a sus esposas en estas ocasiones; van solos a misa, que hay cada media hora, desde las seis de la mañana a la una de la tarde.
He pedido a un amigo en Inglaterra haga una torta para Uds. y la acompañe a esta carta, con la que irán, también, unos pocos chelines’'.
1) N. de la R.: Realmente extraordinaria era la cantidad de plantas de durazno que se hallaban en esa época en los alrededores de Buenos Aires. Estas plantas, aunque muy apreciadas por sus frutos —que en esa zona de la provincia suelen ser de sabor y tamaño excepcionales— eran utilizadas especialmente para- el suministro de leña. En un comentario aparecido en el periódico El Argos del 2 de junio de 1821, se atribuye la proliferación de esos árboles al “bloqueo que los españoles pusieron a los puertos de Buenos-Ayres en los primeros años de la revolución, para los buques que se llamaban nacionales, y las persecuciones que sufrían los leñateros en sus faenas por los Paranaas.. Como consecuencia de ese bloqueo, que impedía traer leña de la Banda Oriental y de otras regiones, explica el comentarista que “de un momento a otro se elevaron por todas partes considerables montes de leña”. Al respecto resulta elocuente leer en la sección avisos de aquel periódico algunas ofertas de venta de quintas o campos, donde se mencionan los árboles que poseen. Así, por ejemplo, en la edición de El Argos (NÍ1? 41), del 8 de junio de 1822, leemos en la primera página tres avisos. Uno de ellos ofrece una chacra a “tres cuartos de legua” de! puente de Barracas, con “42.059 plantas de durazno en el mejor orden para plantas de leña”; otro anuncia la venta de una quinta situada “delante de los Corrales de Miserere”, que tiene “8.000 plantas de durazno comunes”; un tercer aviso informa que don Juan Antonio de Santa Coloma vende su campo “como a tres leguas de la ciudad” en ia costa de Quilmes, con “90.000 plantas de durazno”.
jueves, 2 de diciembre de 2021
"Ideología y acción de San Martín" de Antonio Pérez Amuchástegui
Por Rodrigo Hugo Amuchástegui
En este libro, se interesa Pérez A. en el aspecto político del pensamiento de San Martín, es decir, “se trata de hallar el plan de acción que fue forjándose San Martín a lo largo de su actuación, como respuesta al acondicionamiento del ambiente físico, social, económico, cultural e ideológico, a fin de comprender cabalmente sus intenciones, convicciones, esperanzas, temores y obras positivas”. Veamos rápidamente los elementos destacados de la formación ideológica de San Martín.
1. San Martín era antibonapartista y participó en España e Inglaterra –donde estuvo cuatro meses antes de venir a la Argentina– en diversas logias “en las que se formaban neófitos con alma de apóstoles para llevar adelante la maravillosa obra de regeneración de los pueblos”. Las logias –que apuntaban a la liberación de toda Latinoamérica– tenían intereses concurrentes con los de los ingleses, es decir, el interés económico de éstos se conciliaba con la necesidad de apoyo independentista para los latinoamericanos.
2. Rivadavia era contrario a la idea de unidad latinoamericana ya que sus intereses eran más localistas y porteñistas. Ese grupo tenía el poder. San Martín fue reconocido al llegar como teniente coronel por sus antecedentes y se le encomendó la formación de un cuerpo de caballería modelo. Organizó aquí una filial de la logia inglesa, la Logia Lautaro para “la independencia de la América”, que hizo una revolución pacífica sacando a Rivadavia. A partir de ese momento la situación estuvo en manos del partido hispanoamericano, aunque hubo algunas derrotas militares como le ocurrió a Belgrano.
3. Su gobierno en Mendoza –ya definido el proyecto de ataque a Chile– fue militarmente ejemplar. Allí se encargó de enrolar a todo aquel que pudiese llevar armas “so pena de ser condenado por traición a la patria” (1814). “San Martín hizo de Cuyo algo así como un país distinto, sin conflictos internos, con un ordenamiento económico planeado militarmente para asegurar el abastecimiento según las producciones locales de época y un régimen impositivo peculiarísimo en el que alternaban el donativo y la confiscación de dinero y de los efectos más diversos; la opinión pública era guiada políticamente por obra de una Misión patriótica, y hasta el clero debía contribuir al fortalecimiento de la conciencia cívica”. Pérez A. dice que aunque las medidas eran de estricto rigor, terminó generando el afecto y respeto del pueblo mendocino, que lo mantuvo como gobernador, a pesar de la oposición del Director Supremo, Carlos de Alvear, que fue depuesto también. En ese momento los bloques políticos fueron: 1. el alvearismo depuesto, pero que seguiría conspirando. 2. el artiguismo federalista, que era republicano y antibrasileño. 3. los integrantes de la logia, con apoyo militar y buena opinión general. Aunque “coincidía con el artiguismo en la decisión de constituir el Estado, prefería una solución monárquica e hispanoamericana, dejando en paz a Brasil para no desafiar a Inglaterra. A este último grupo estaba adscrito San Martín”
Corresponde notar que a esta altura, aunque él reconocía la autoridad central tenía su propia autonomía y, por lo tanto, era un referente político inevitable. El congreso de Tucumán, y es algo que se olvida y se hizo olvidar, proclamó el 9 de julio de 1816 la independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica respondiendo a los objetivos de la Logia Lautaro y por lo tanto fijando el plan de operaciones de San Martín. Dice Pérez A.: “El texto del acta de Tucumán fue, probablemente, uno de los más significativos triunfos de la logia Lautaro” La continuidad de su plan de acción se mantuvo a pesar de que por los problemas internos de la Argentina las autoridades se desinteresaron de la continuidad de la campaña sanmartiniana, y por esto tuvo que desplegar una importante actividad para mantenerla y mantener su ejército independientemente de los cambios de gobierno en Buenos Aires y el fracaso de la constitución unitaria. Ante la acefalía, San Martín renunció y fue elegido jefe por una junta de oficiales (esta sería una segunda renuncia, que sus mismos allegados –o el pueblo– rechazan) convirtiéndose en jefe sin discusión “de un ejército pequeño pero maravillosamente organizado, que tenía por misión irreversible libertar a la América del sur”. San Martín entonces está continuamente mostrando con sus acciones su ideología y su plan de acción (recordemos entonces los principios que fundamentan la concepción de la historia de Pérez A. que vimos en el apartado anterior) que debe obviamente estar continuamente acomodándose a las circunstancias. “Para él no había más partido que el ‘americano’ ni más objetivo político que la unificación nacional de Sudamérica independiente. Todo lo demás era accesorio y secundario, incluso la forma de gobierno, que habría de resolverse sobre la marcha, aprovechando las facilidades y coyunturas que se presentaren”. Con respecto a los hechos históricos, el ejército de Bolívar había logrado sucesivas victorias y mantenía una excelente relación con los peruanos, que habían colaborado en sus últimas batallas (año 1821). Mucho escribió Pérez A. sobre el encuentro con Bolívar y su renunciamiento a continuar la campaña. San Martín sabía que Bolívar quería como él unificar Hispanoamérica y terminar las guerras internas. En esos momentos Artigas tenía un proyecto federal que San Martín, de todos modos, entendía que podía debilitar el proyecto americanista continental, aunque lo tenía en gran estima.
Recordemos que en estos momentos había un movimiento restaurador europeo, que había logrado un importante ejército. Aunque San Martín defendiese la idea monárquica-constitucional estaba dispuesto a defender la república si ésta apareciese como mayoritaria. El texto clave es La ‘carta de Lafond’ y la preceptiva historiográfica. tenía poca ayuda de Chile y nula de Buenos Aires y había intrigas contra él. De todos modos, destaca que los acuerdos de cooperación y defensa mutua entre Perú y Colombia daban cuenta de que la concepción hispanoamericana estaba firme. Es a través de la valoración que hace Pérez A. de esos acuerdos que podemos acercarnos a su propia concepción. Así, pues ellos “representan exactamente lo opuesto a la hoy tan defendida doctrina de la no intervención en los Estados hispanoamericanos. No se trataba, pues, de una lírica hermandad espiritual, sino de una confederación activa y ejecutiva” y ese pacto se quería hacer extensivo al resto de las naciones hispanoamericanas. El plan de acción de San Martín se mantiene incluso después de su salida de Perú. De hecho, hasta 1830, continúo activo políticamente. Su presencia en Mendoza despertó inquietud por sus posibles ambiciones (muchos lo veían a él como el único capaz de terminar con las disidencias internas) e incluso le llegaron noticias de que si fuese a Buenos Aires iba a ser detenido y juzgado por no haber obedecido en su momento las órdenes que se le había dado (en determinado momento de actuar contra el caudillo santafesino Estanislao López). El diario rivadaviano El centinela lo atacaba constantemente a él y a Bolívar principalmente por su ideología integradora, Pérez A., que rechaza las ideas de Rivadavia, lo nombra irónicamente como “el mejor intendente que tuvo Buenos Aires”. Mientras en Europa las monarquías estaban organizadas para terminar con la experiencia hispanoamericana republicana, al mismo tiempo apareció el apoyo inglés y el norteamericano (doctrina Monroe oponiéndose a intervenciones europeas en América, que en la práctica sirvió de poco y nada). Pero San Martín provocaba temor y se suponía que su viaje a Londres (con su hija) estaba destinado a buscar un príncipe para estas latitudes. Él decía que se iba a Londres para educar a su hija, pero nadie le creyó y tenían razón. En su exilio, siguió moviéndose políticamente y estaba informado de la situación argentina por sus múltiples contactos. Hay que tener en cuenta que la Santa Alianza estaba decidida a reponer la monarquía y que Inglaterra era el único país que podía frenarla, en particular en los países sudamericanos y San Martín sabía eso. La coherencia sanmartiniana se muestra en que hacía lo que a su juicio “tenía que hacer un libertador: contribuir a la destrucción de la santa Alianza para asegurar la paz exterior de Hispanoamérica y facilitar, así, la consolidación de los gobiernos independientes”. San Martín no fue estrictamente un demócrata, ya que “el escaso desarrollo intelectual y las precarias posibilidades económicas de los diversos Estados recientemente constituidos en la América Meridional obligaban a tener por la democracia un amor platónico… Para San Martín, la libertad era correlativa de la responsabilidad. Para ejercitar la libertad responsable era necesario, a su juicio, aprender antes a obedecer, pues solo quien supiera obedecer podría llegar a saber mandar”. A pesar de las diferencias, San Martín y Rivadavia coincidían en que las independencias hispanoamericanas no se podían sostener sin el apoyo de Gran Bretaña y ésta obviamente estaba interesada en mantener relaciones comerciales con estos nuevos países. Por último, Pérez A. termina su texto sanmartiniano presentando la relación Rosas y San Martín. El gesto de entrega testamentaria de su sable siguió siendo coherente con su propia ideología y su plan de acción. Dicha decisión fue por la satisfacción que le produjo “ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla” y no por su tarea como gobernador. La concepción de la historia de nuestro historiador encuentra en este breve texto su más clara demostración.
sábado, 31 de julio de 2021
Antonio J. Pérez Amuchástegui (1921-1983): su interpretación del Congreso de Tucumán 1816
Por el Profesor Jbismarck
Antonio J. Pérez Amuchástegui (1921-1983), fue director entonces del Departamento de Historia de la Facultad de Filosofía de la UBA y responsable histórico de la obra.
domingo, 28 de febrero de 2021
EL ASESINATO DE DORREGO
Por A. J. PÉREZ AMUCHÁSTEGUI
Dorrego dio a los unitarios la oportunidad que les faltaba
para llevar a cabo sus proyectos de reivindicación. La figura del gobernador
había adquirido alto prestigio en todo el país. Tanto, que el deán Gregorio
Funes, representante de Bolívar en Buenos Aires, en carta al mariscal Sucre,
después de señalar la bien merecida influencia que ejercía Dorrego a raíz de
sus atinadas medidas de gobierno, apuntaba: “Es muy probable que, formalizada la Convención, suba a presidente de
la República”.
Esa perspectiva era gravísima para los unitarios, pues con
ella se aventaban absolutamente sus esperanzas de retomar jamás al poder. Como
ha señalado Tomás de Iriarte en sus Memorias, en la gobernación de Buenos Aires
no se comportó Dorrego como el muchacho alocado de otras horas, sino como un
estadista en toda la línea. Los primeros
sorprendidos fueron los unitarios, que advirtieron entonces que, para ellos, el
gobernador representaba un peligro permanente. Con él se acababan los turbios
negociados, las especulaciones financieras, las generosas “bonificaciones” de
inversores aprovechados, los “beneficiosos” préstamos de la banca extranjera.
Con él se quitaba de raíz el empaque culterano de quienes se creían, como dice
Saldías, “los únicos llamados a dirigir las cosas del gobierno, poseídos de
absolutismo y orgullo tradicionales”. Con él accedía al plano político la
multitud, es decir los jornaleros, los artesanos, los campesinos, esa chusma
que, para los hombres de levita, carecía de derechos para regir sus propios destinos.
Y la logia unitaria de rancia estirpe rivadaviana estaba dispuesta a todo antes
que a perder sus pretendidos privilegios. Dorrego la había desenmascarado, y
tendría que purgar ese “delito”.
Además, la ira de Ponsonby contra Dorrego se había aflojado ahora sensiblemente pues, a la postre, el representante inglés había logrado el objetivo que se había propuesto; y su reemplazante en Buenos Aires, Woodbine Parish, respetaba al gobernador. Entretanto, Rivadavia había caído en desgracia con sus antiguos compinches financistas de Londres, a quienes, tal vez muy a su pesar, llevó a la quiebra. Todo se daba a favor de Dorrego en la puja política que se avecinaba tras la paz. Y esos habilísimos maestros de la artimaña política sabían bien que con Dorrego estaban destinados al fracasó. Si la paz con el Brasil les daba la oportunidad inmediata para desacreditarlo y quizá, incluso, para hacerlo caer, era indudable que muy pronto su prestigio volvería a adquirir la relevancia que merecía su conducta de estadista, sobre todo porque, a pesar de las circunstancias, había logrado ya aliviar en alguna medida las estrecheces económicas a que el país había quedado constreñido a raíz de la guerra. No; la caída debía producirse de inmediato, y ser tan violenta que evitara su eventual resurgimiento. Y como no había alternativa posible, el grupo de Rivadavia dictó la sentencia: Dorrego tenía que morir...
Juan Lavalle fue sólo el instrumento, por cierto que muy
bien elegido. Ese soldado valiente, decidido, corajudo, temerario, irreflexivo,
era proclive a ser convencido de que Dorrego habla traicionado al ejército de
operaciones negociando una paz infamante. Y tras ello, todo cuanto se le dijera
de Dorrego sería aceptado sin análisis por el ofuscado y tozudo general. La
sublevación del 1 de diciembre fue incruenta, pero de inmediato llovieron al
enardecido Lavalle los “sanos consejos” de quienes lo habían llevado a
subvertir el orden institucional.
Salvador María del
Carril, Juan Cruz y Florencio Varela, Agüero, Gallardo y algún otro “hombre de
bien” cursaron sendas cartas a Lavalle para convencerlo de la imperiosa
necesidad de fusilar al depuesto gobernador. A propósito, ha de señalarse que
del Carril no firmó la carta, aunque Lavalle conocía quién era el remitente;
Juan Cruz Varela fue más lejos, pues después de valerse del nombre del pueblo
para exigir la sentencia, agregó muy suelto de cuerpo: “Cartas como estas se
rompen11... Afortunadamente Lavalle no las rompió. Y allí han quedado, signados
por la infamia, los nombres de quienes, al decir de Saldías, “con una
convicción que abruma y una frialdad que aterra” convencieron a Lavalle de que
“todo quedará esterilizado si el gobernador Dorrego no sucumbe inmediatamente”
...
Lavalle confió al remanido “juicio de la historia” el
dictamen sobre su decisión. La historia
no juzga, ni condena, ni perdona: se limita a comprender. El juicio corre por
cuenta de cada historiador, es decir de quien investiga con seriedad hasta
conocer suficientemente las intencionalidades que sustentan los hechos. Sobre
esa base, y sin pretender que nuestro juicio sea “el de la historia” en tanto
negamos semejante pretensión, creemos, a
la luz de nuestro entendimiento, que Dorrego fue fusilado por el general
vencedor Juan Lavalle en virtud de una discutible, pero en la época usual,
decisión castrense. Pero esa decisión no fue un acto aislado ni contingente,
sino la cristalización formal de una sentencia de muerte decretada mucho antes
por la logia unitaria, que no hallaba otra solución para asegurar sus
aspiraciones al poder.
Y esa planificación fría, esa resolución calculada, esa
decisión categórica de quitar la vida al adversario que representa un obstáculo
insalvable, es un crimen político cuyos gestores no merecen otro nombre que el
de asesinos. Hora es ya, a nuestro modo de ver, de modificar las etiquetas a
que nos ha acostumbrado la historiografía interesada en salvar el insalvable
honor del grupo rivadaviano, y dejar de referimos al fusilamiento de Dorrego.
El plomo de los fusiles fue sólo el medio (como pudo haber sido el veneno o el
'puñal si Lavalle no se hubiera cruzado en el camino) por el cual la logia
unitaria llevó a cabo lo que sólo puede calificarse como asesinato de Dorrego.
lunes, 21 de septiembre de 2020
SIR WOODBINE PARISH Y EL MEGATERIO
Sir Woodbine Parish, primer cónsul británico en Buenos Aires (1824-1832), fue un entusiasta aficionado a las ciencias naturales. Durante su permanencia en el Río de la Plata, el funcionario inglés, al margen de sus tareas diplomáticas, trabajó activamente en la recolección de muestras minerales y de restos fósiles de la fauna prehistórica de las pampas, que envió posteriormente a su país, donde se conservan hoy en distintas sociedades científicas y museos.
Entre estos materiales se destacan un fragmento de 1.200 libras de peso (560 kilos) del célebre meteorito del Chaco —que le fuera obsequiado por el gobierno de Buenos Aires— y los restos de dos grandes mamíferos antidiluvianos, el gliptodonte y el megaterio. Reproducimos del libro biográfico Sir Woodbine Parish, K. C. H. and eariy days in Argentina, publicado en 1910 por una nieta del cónsul, la descripción de los trabajos que realizó Parish para obtener los huesos fósiles del megaterio. “Su más importante contribución a la ciencia fue la colección de huesos fósiles del megaterio y el gliptodonte, que fueron entregados al Real Colegio de Cirujanos, y atrajeron una gran atención a causa de sus dimensiones poco comunes y su buen estado de conservación. Se realizaron calcos de los huesos y fueron obsequiados, en cumplimiento de /os deseos de sir Woodbine, al Museo Británico, a la Sociedad Geológica y a las Universidades de Oxford y Cambridge... Varios años antes de que esto ocurriera, Parish había entregado a la Sociedad Geológica algunos grandes huesos fósiles de mamíferos que habían sido encontrados en el valle de Tarija, en los confines de Bolivia. Ansioso por obtener otros ejemplares, Parish realizó una serie de averiguaciones que le permitieron comprobar que en la provincia de Buenos Aires habían sido hallados frecuentemente huesos y dientes de cuadrúpedos, especialmente en las cercanías del río Salado, y en los lechos de sus lagos y ríos tributarios.
Otros huesos fueron también descubiertos en la vecina provincia de Entre Ríos, y en la Banda Oriental se encontró un esqueleto casi intacto. Entretanto, Parish recibió la información de que algunos huesos de tamaño extraordinario habían sido hallados en el lecho del río Salado, y se los había transportado a Buenos Aires desde la estancia de don Hilario Sosa. Al inspeccionarlos, el cónsul comprobó a primera vista su semejanza con los restos del megaterio que en el siglo pasado fuera enviado al Museo de Madrid por el marqués de Loreto, y que también fueron hallados en la provincia de Buenos Aires. Los nuevos huesos, que eran de propiedad de don Hilario Sosa, constituían en una pelvis, casi intacta, varias vértebras, cinco o seis costillas v cuatro dientes. Después de mucho solicitarlo, Parish consiguió finalmente apropiarse de ellos y, con la esperanza de obtener el resto del esqueleto, envió al señor Oakley, un caballero norteamericano, a realizar las investigaciones necesarias.
El señor Oakley pronto descubrió
que en el fango del fondo del río se encontraban enterrados otros huesos, y
mediante el desvío parcial de la corriente logró rescatar una escápula, un
fémur, cinco vértebras cervicales, varios dientes y muchos otros huesos que
estaban demasiado deteriorados como para conservarlos. Además de estos
valiosos restos, el señor Oakley obtuvo partes de otros dos esqueletos de
megaterios, uno de ellos de un arroyo próximo a Villanueva, y el otro de las
orillas del lago Las Averías.
Aunque esta colección de
huesos del megaterio era menos completa que la que existía en el Gabinete Real
de Madrid, el hecho de que varios de los huesos enviados por sir Woodbine
Parish eran los que faltaban en el ejemplar español, fue de una gran ayuda para
los zoólogos empeñados en reconstruir el monstruo.”
Woodbine Parish, primer
cónsul británico en Buenos Aires. Aficionado a las ciencias
naturales, coleccionó fósiles en las pampas argentinas
domingo, 20 de septiembre de 2020
Baños en Buenos Aires en 1829 por Carlos Enrique Pellegrini
Por A. J. Pérez Amuchástegui
El ingeniero francés Carlos Enrique Pellegrini escribió en su cuaderno de apuntes la nota que transcribimos más abajo, fechada en Buenos Aires, en 1829, es decir, pocos meses después de su arribo a la ciudad donde permanecería hasta su muerte, acaecida en 1875.
Cabe señalar que el ingeniero
Pellegrini se convertiría poco después en retratista y pintor, llegando
a destacarse en estas actividades. El 11 de octubre de 1846, su esposa, María
Bevans, dio a luz a su hijo Carlos, futuro presidente de la Argentina
y político de vasta actuación. "...La policía de Buenos Aires ha
tomado la precaución de exigir para el mejor cuidado de sus mulas, que éstas
sean bañadas hasta la panza en invierno y hasta la grupa en verano. ¿Qué ha
dispuesto, en cambio, para el aseo regular de las gentes, a las que también
debe cuidar? ¿Qué ha hecho para proteger los pies de los bañistas en la rocalla
del río? ¿Qué por la infancia desvalida, tan necesitada de protección en este
siglo corrupto?
"Si saludable es el
baño en los países fríos, más justificado está en los climas cálidos. No es
que la canícula nos corte la respiración, pero
es que una multitud de insectos, estimulados por el calor de la sangre,
suelen turbar el sueño, y para
librarse de ellos no hay más remedio, en verano, que permanecer en la ribera
hasta más allá de la media noche.
"Ved a la caída de la
tarde cómo llenan las calles grupos de porteñas, seguidas de sus sirvientes,
que marchan agobiados bajo el peso del sillón, el farol, los vestidos, las
sábanas y las golosinas. A medida que
cada familia llega a la orilla del río, elige un lugar cómodo; los niños se
sientan en el césped; su prudente madre ha volcado su vigor en la poltrona y
dirige el reflector de la linterna sobre el rostro del más curioso espectador.
¡Vana precaución! El observador de la belleza natural se indemnizará al
regreso de las bañistas, cuando éstas desfilen con sus vestidos mojados, que
esculpen las formas voluptuosas.
“Ahora las enaguas se sacan prestamente por la cabeza,
escamoteando, bajo el corpiño ajustado, bustos admirables. Las largas trenzas,
obras maestras de arte y paciencia, se deshacen, y el peinetón, objeto de
culto particular, es colocado en un nido de musgo.
“De pronto, un grito
anuncia la primera sensación de frescura, y luego, pasada la impresión, se
inician juegos retozones, que no son,
desde luego, para el negrito sirviente, que descansa y cuida las ropas de sus
amas. La madre podría ejercer esa vigilancia, pero ella debe seguir
atenta el baño de sus hijas y fulminar con la mirada a los curiosos que pujan
por ocupar los primeros puestos.
TODAS LAS CLASES SOCIALES
"Observemos otros
grupos. He ahí un carruaje de dos ruedas, fatigado aún del servicio de la
Aduana, conduciendo a las notabilidades de la ciudad, que tienen buenas
razones para no desvestirse en público. Más allá un franciscano lucha
con las olas y trata que el agua
no apague su cigarro. Mas allá una mulata, con el auxilio de su negro
jabón, procura verse totalmente limpia. Más distante, se creería ver a Venus,
radiante de gloria en medio de un cortejo de tritones. Los matrimonios se
abrazan entre sí, chillan los muchachos, los
pobres se lavan, los perros brincan contentos. Todas las clases de la
sociedad están confundidas. Patrones y esclavos, hombres y mujeres, blancos y
negros. ¡Edad de oro! La luna protege
esta fiesta y los barquichelos, cargados de las frutas primorosas del Paraná,
colman de placer a la multitud con el jugo de refrescantes y sabrosos duraznos
salvajes. De pronto, una nube oscura se extiende rápidamente por el cielo;
se levanta una brisa ligera y el pampero
provoca remolinos de polvo. Nuestro grupo de ninfas corre a sus ropas y cada
una pretende dar con la suya, pero el apuro aumenta el pavor y el desorden.
Las fuertes dominan a las débiles; la oscuridad favorece el escándalo y el
aire se puebla de gritos nerviosos. Hay lágrimas en el entrevero; los ladrones
hacen su agosto.
“Una desarrapada volverá a su casa con tres polleras, en
tanto que la hija del magistrado llegará a la suya como una Eva.
“Mañana, a la hora del alba, algún gringo dará el último retoque a la escena, y paseará
su mirada experta sobre ese campo de hallazgos; llenará su chaqueta de abanicos rotos, peines, pantuflas y muchas otras
prendas abandonadas en la huida femenina.
“Los baños domiciliarios no
son de menor simplicidad; se dirían antípodas de las termas de Dioclesiano. Constituidos por la mitad de un tonel, que
todavía exhala el aroma del «Medoc», se llena con el agua nitrosa de un pozo a
balde o la turbia de la ribera.
Ese estrecho reducto, cubierto, la más de las veces, por un paño blanco, tiene su sitio habitual
a poca distancia de los desperdicios de la cocina o de la cuadra y en él se
baña la familia de un propietario de diez mil vacas!”
viernes, 30 de agosto de 2019
MANUEL QUINTANA

jueves, 6 de diciembre de 2018
Corrientes historiográficas argentinas (siglos XIX–XX)


