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sábado, 4 de noviembre de 2023

El trágico origen del Cementerio de la Chacarita

Por Adrián Pignatelli
Hace 150 años una violenta epidemia obligó a las autoridades a buscar tierras para abrir un nuevo cementerio. Así nació el 14 de abril de 1871 el Cementerio del Oeste, que la costumbre popular rebautizó como “de la Chacarita”. El poeta Carlos Guido Spano era uno de los miembros de la Comisión Popular de Salud Pública, creada en la Plaza de la Victoria el 13 de marzo de 1871 en las urgencias que exigía la epidemia de fiebre amarilla, que azotaba a la ciudad desde fines de enero. Esa comisión tuvo la desagradable misión de desalojar a las personas que vivieran en lugares afectados, quemar sus pertenencias y clausurar las viviendas.  Grande fue el impacto de Guido Spano cuando en la noche del 12 de abril, en las interminables recorridas que hacía por la ciudad encontró en una casa el cuerpo sin vida de María Luisa Díaz Vélez, 69 años, viuda del general Gregorio Aráoz de La Madrid, héroe de las guerras de la independencia y protagonista de las guerras civiles de nuestro país.
La colocó en un féretro y esa misma noche la llevó al Cementerio del Sud, situado en lo que hoy es el Parque Florentino Ameghino, en el barrio de Parque Patricios. En esas tierras, que en otro tiempo pertenecieron a los Escalada, en 1867 se había abierto un cementerio provisorio para enterrar a las víctimas de la epidemia del cólera que sufrió Buenos Aires entre 1867 y 1868 y los que fallecieron a causa de la fiebre tifoidea en 1869. Allí la inhumó, con la ayuda de Carlos Munilla, el administrador del cementerio.
Durante la fiebre amarilla, se llegó a enterrar a 700 personas por día. Cuando se pasaron los 18 mil cuerpos, se lo cerró y se buscó otro lugar. De esta manera se cumplía lo dispuesto por el gobernador Emilio Mitre que creaba el “Enterratorio General de Buenos Aires”. Había elegido terrenos en la Chacarita de los Colegiales. En quechua, “chácara” significa “tierra de cultivo”. Y Colegiales hacía referencia a los alumnos del que sería el Colegio Nacional de Buenos Aires que, desde mediados del siglo XVIII hasta 1870 pasaban sus vacaciones de verano en esas 2700 hectáreas. Hoy es el Parque Los Andes, en el barrio de Chacarita. Allí, en el sector noroeste, se eligió una extensión de unas cinco hectáreas, en donde ya funcionaba un antiguo enterratorio que pertenecía a los jesuitas desde los tiempos en que Hernando Arias de Saavedra se los había otorgado.  Se expropiaron tierras pertenecientes entonces al partido de Belgrano (aún no existía la Ciudad de Buenos Aires) y se sumaron tierras del italiano Agustín Comastri. El aspecto del lugar es inimaginable para el porteño actual: huertas, montes de frutales, tierras sembradas con trigo y cada tanto un rancho. El gobernador también ordenaba la construcción de un camino para acceder al cementerio y una vía férrea.
Abrió el 14 de abril de 1871 y ocupaba un área delimitada por la avenida Dorrego, Jorge Newbery, Corrientes y Guzmán. Estaba rodeado por un modesto cerco de troncos, alambre y arbustos y su entrada, de ladrillos y portón, se encontraba sobre Corrientes.  Los primeros en ser enterrados fueron el albañil Manuel Rodríguez, de 50 años y Concepción Ferreira, de 30. A medida que pasaban los días y la epidemia castigaba a la población, los féretros se acumularon en la puerta del cementerio, esperando su turno. Esa espera podía durar hasta una semana. Porque también morían los enterradores.  Le encomendaron al Ferrocarril del Oeste tender una vía que, desde el centro de la ciudad recorriese los seis kilómetros por la calle Corrientes hasta el cementerio. Así nació el “tranvía fúnebre” o el “tren fúnebre”, que partía de Corrientes y Ecuador, en la Estación Bermejo, donde se había construido un enorme galpón en el que se cargaban los féretros.  Tenía dos paradas, la primera en Medrano y la otra en Ministro Inglés, hoy Scalabrini Ortiz, donde estaba la quinta de Alsina. En cada una de ellas, levantaba una carga de cadáveres.  El tendido de las vías estuvo a cargo del ingeniero francés Augusto Ringuelet quien, en tiempo récord, al mando de 700 obreros, finalizó la obra el martes 11 de abril, dos días después de Pascua, en los que hubo 72 muertos. La inversión fue de dos millones de pesos. Ringuelet llegaría a ser gerente de ferrocarriles desde 1872 a 1882.   La locomotora usada fue La Porteña que, cuando los féretros escaseaban, arrastraba vagones con cuerpos apilados y tapados por una gruesa lona negra. Cerraba la formación un vagón de pasajeros, donde iban los familiares de los muertos, para darles el último adiós. Hacía dos viajes diarios a Chacarita, solo de ida.  El maquinista se llamaba John Allan, un inglés nacido en Liverpool quien, junto a su hermano Thomas, había sido el primero en conducir La Porteña en su viaje inaugural en 1857. Al tercer día como conductor pasó a engrosar la lista de víctimas de la fiebre amarilla. Tenía 36 años.  A fin de abril Munilla alertó que no daban abasto en las inhumaciones. Tenía más de 600 cuerpos aún sin enterrar. Varios integrantes de esa Comisión Popular de Salud Pública decidieron llevar adelante esa tarea, auxiliados por algunos policías.  En ese primer cementerio de la Chacarita -que se dejaría de enterrar en 1886- fue el destino final de 3423 personas.
Se lo conoció popularmente como Cementerio Viejo, colmó rápidamente su capacidad y fue clausurado. A partir de 1887, las inhumaciones comenzaron a realizarse en el cementerio que hoy conocemos. En 1884 bajo la gestión del intendente Torcuato de Alvear fue aprobado el proyecto diseñado por el ingeniero francés Enrique Clement y sería fundado el 9 de diciembre de 1886. El 30 de diciembre de 1896 se lo bautizó Cementerio del Oeste, pero como todavía era llamado “De la Chacarita”, una ordenanza del 5 de marzo de 1949 lo renombró de esa forma.  En 1880 el Cementerio Viejo reabrió provisionalmente para enterrar a los muertos del combate de los Corrales, ocurrido el 22 de junio de ese año en el marco de la disputa por la federalización de Buenos Aires. En 1897 los restos que descansaban allí fueron depositados en el osario común del de la Chacarita y el lugar se transformó en el Parque Bernardino Rivadavia; posteriormente le cambiaron el nombre por el de Florentino Ameghino.  En el día de los santos inocentes de ese año fatídico para nuestro país, murió Sofía Hynes González, la esposa de Guido Spano. Su cuerpo fue depositado en la bóveda familiar en la necrópolis de Recoleta. Distinto destino corrió los despojos de la viuda de La Madrid, los que no habrían sido trasladados al nuevo cementerio de la Chacarita, y que aún descansarían, olvidados, en algún rincón del Parque Ameghino.

sábado, 14 de marzo de 2020

La Fiebre Amarilla de 1871: actitud del Presidente Domingo Faustino Sarmiento

Por el Prof. Jbismarck
La fiebre amarilla había llegado anteriormente a Buenos Aires en los barcos que arribaban desde la costa del Brasil, donde era endémica. ​ No obstante, la epidemia de 1871 se cree que habría provenido de Asunción del Paraguay, portada por los soldados argentinos que regresaban de la Guerra de la Triple Alianza;​ ya que previamente se había propagado en la ciudad de Corrientes. ​ Algunas de las principales causas de propagación de esta enfermedad, transmitida por el mosquito Aedes aegypti,: la provisión insuficiente de agua potable; la contaminación de las napas de agua por los desechos humanos; el clima cálido y húmedo en el verano; el hacinamiento en que vivían en los conventillos los inmigrantes europeos, los saladeros que contaminaban el Riachuelo -límite sur de la ciudad-, el relleno de terrenos bajos con residuos y los riachos -denominados «zanjones»- que recorrían la urbe infectados por lo que la población arrojaba en ellos.  La plaga de 1871 hizo tomar conciencia a las autoridades de la urgente necesidad de mejorar las condiciones de higiene de la ciudad, de establecer una red de distribución de agua potable y de construir cloacas y desagües.  En 1871 convivían en la ciudad de Buenos Aires el Gobierno Nacional, presidido por Domingo Faustino Sarmiento, el de la Provincia de Buenos Aires, con el gobernador Emilio Castro, y el municipal, presidido por Narciso Martínez de Hoz.  Situada sobre una llanura, la ciudad no tenía sistema de drenaje, la situación era muy precaria en lo sanitario y existían muchos focos infecciosos como el Riachuelo convertido en sumidero de aguas servidas y de desperdicios arrojados por los saladeros y mataderos situados en sus costas. 
Un episodio de fiebre amarilla en Buenos Aires. Juan Manuel Blanes ...
Dado que se carecía de un sistema de cloacas, los desechos humanos acababan en los pozos negros, que contaminaban las napas de agua y en consecuencia los pozos, que constituían una de las dos principales fuentes del vital elemento para la mayoría de la población.​ La otra fuente era el Río de La Plata, de donde el agua se extraía cerca de la ribera contaminada y se distribuía por medio de carros aguateros, sin ningún saneamiento previo.  La ciudad crecía vertiginosamente debido principalmente a la gran inmigración extranjera: para esa época vivían tantos argentinos como extranjeros, y estos últimos sobrepasarían a los criollos pocos años más tarde. El primer censo argentino de 1869 registró en la Ciudad de Buenos Aires 177 787 habitantes, de los cuales 88126  eran extranjeros; de estos, 44 233 -la mitad de los extranjeros- eran italianos y 14 609 españoles.   Desde principios del año 1870 se había tenido noticias en Buenos Aires de un recrudecimiento de la fiebre amarilla en Río de Janeiro. En el mes de febrero —y nuevamente en marzo— se logró evitar el desembarco de pasajeros infectados que llegaron en dos vapores desde esa ciudad. No obstante, el presidente Sarmiento vetó el proyecto de extender la cuarentena a todos los buques procedentes de esa ciudad y en una oportunidad ordenó autorizar el desembarco de los pasajeros de dos buques provenientes de Río de Janeiro y la prisión del médico del puerto de Buenos Aires por haberlo impedido.  
Durante la guerra, la ciudad de Corrientes había sido el centro de comunicación y abastecimiento de las tropas aliadas, incluidas las brasileñas, de modo que no es seguro que la enfermedad haya llegado desde el Paraguay. En esta ciudad de 11 000 habitantes, murieron de fiebre amarilla alrededor de 2 000 personas entre diciembre de 1870 y junio del año siguiente.  Soldados que regresaron de la guerra transportaron el virus; se da como fecha de iniciación de la epidemia en Buenos Aires el 27 de enero de 1871 con tres casos identificados por el Consejo de Higiene Pública de San Telmo Las mismas tuvieron lugar en dos manzanas del barrio de San Telmo, lugar que agrupaba a numerosos conventillos. La epidemia prosperó en los conventillos humildes de los barrios del sur, muy poblados y poco higiénicos.  Recién el 2 de marzo de 1871, cuando el carnaval llegaba a su fin, las autoridades encabezadas por Martínez de Hoz prohibieron su festejo: la peste ahora azotaba también a los barrios aristocráticos. Se prohibieron los bailes y más de la tercera parte de los ciudadanos decidió abandonar la ciudad. 
Otra fiebre amarilla, la de 1871, tuvo al presidente Sarmiento en ...
Los hospitales no dieron abasto y se alquilaron otros privados.  El puerto fue puesto en cuarentena y las provincias limítrofes impidieron el ingreso de personas y mercaderías procedentes de Buenos Aires.  Miles de vecinos se congregaron, en la Plaza de la Victoria para designar una «Comisión Popular de Salud Pública». Al día siguiente, tal agrupación nombró como presidente al abogado José Roque Pérez y como vicepresidente al periodista Héctor Varela; además, la conformaron, entre otros, el vicepresidente de la Nación Adolfo Alsina, Adolfo Argerich, el poeta Carlos Guido y Spano, el sacerdote irlandés Patricio Dillon.   La población negra, vivir en condiciones miserables los transformó en uno de los grupos poblacionales con mayor tasa de contagio. Según crónicas de la época, el ejército cercó las zonas donde residían y no les permitió emigrar hacia el Barrio Norte, donde la población blanca se estableció y escapó de la calamidad. Murieron masivamente y fueron sepultados en fosas comunes.  Entre las víctimas, estuvieron Luis José de la Peña, el ex diputado Juan Agustín García, el doctor Ventura Bosch y también murieron los doctores Francisco Javier Muñiz, Carlos Keen y Adolfo Argerich. El 24 de marzo, falleció el presidente de la Comisión Popular, José Roque Pérez, quien ya había escrito su testamento cuando asumió el cargo ante la certidumbre de que moriría contagiado.  Mientras tanto Sarmiento decidió huir. No sólo eso, sino que además empezó a promulgar la necesidad del éxodo: no debía quedar alma en la Buenos Aires infectada, todo el mundo debía marcharse hasta que desapareciera la peste.
Para dar el ejemplo, se subió a un tren puesto especialmente para él y la comitiva oficial de 70 autoridades, tanto del Gobierno como del Poder Judicial y del Congreso, incluido el vicepresidente Adolfo Alsina. Y se fue a Mercedes, a poco más de 100 kilómetros del delirio de tanta mortandad.   Fue una decisión que al Maestro de América no sólo le costó tomar, sino que además a partir de entonces le acarreó un precio altísimo, y de la que se arrepintió poco tiempo después, cuando volvió a la ciudad infectada todavía en medio de las críticas, pero cuando el pico epidémico ya había pasado.   Los ecos de mayor resonancia por la partida de Sarmiento y de buena parte de la dirigencia nacional aparecieron en el diario La Prensa, propiedad de José C. Paz, un rico estanciero y encumbrado diplomático que enarbolaba a ultranza los valores del conservadurismo de la época. Los dardos al sanjuanino se volvieron muletilla. "Hay ciertos rasgos de cobardía que dan la medida de lo que es un magistrado y de lo que podrá dar de sí en adelante, en el alto ejercicio que le confiaron los pueblos", decía el diario en su edición del 21 de marzo de 1871.
Cuando la fiebre amarilla castigó a Buenos Aires y el presidente ...
El progreso de la epidemia, el abandono de la ciudad de unos 62.000 habitantes, que habían huido presas del terror, la feria declarada a las actividades administrativas, con excepción de los indispensables organismos del estado, la clausura de las escuelas y de las iglesias, el cierre del puerto, transformaron a Buenos Aires en una gran aldea silenciosa. Los médicos no sabían que el mosquito era el vector de la enfermedad, algo que no sería descubierto hasta una década más tarde.​  De modo que, aparte de expulsar a los habitantes de los conventillos, tarea de la que se encargaba la Comisión Popular, los médicos sólo podían actuar sobre los síntomas. ​ Estos se desarrollaban en dos períodos: en el primero el paciente tenía repentinos dolores de cabeza con escalofríos y decaimiento general. Luego seguía el calor y el sudor, la sed se intensificaba y el paciente se debilitaba,  sus miembros se agitaban fuertemente. En este punto la enfermedad a veces podía ser vencida naturalmente y el paciente se hallaba mejor al día siguiente con tan solo dolores de cabeza y debilidad en el cuerpo, y al poco tiempo se recuperaba. Pero si los síntomas y signos se agravaban, se llegaba entonces al segundo período de la enfermedad: la piel del paciente tomaba color amarillo, los vómitos se volvían sanguinolentos y finalmente negros. La orina disminuía hasta suprimirse completamente. Se producían hemorragias en las encías, lengua, nariz y ano. El paciente carecía de sed y a veces tenía hipo, su pulso se debilitaba. Llegaba entonces el delirio, seguido de la muerte.  El clero secular y regular permaneció en sus puestos, asistiendo en sus domicilios a enfermos y moribundos. Las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, también conocidas como Hermanitas de la Caridad, cerraron sus establecimientos de enseñanza para poder dedicarse a trabajar en los hospitales.  El cura Eduardo O'Gorman,​ párroco de San Nicolás de Bari, se preocupó por las necesidades de numerosos niños desamparados y huérfanos y en abril fundó el Asilo de Huérfanos, del que se hizo cargo personalmente.  Fallecieron durante la epidemia más de 50 sacerdotes y el propio arzobispo Federico Aneiros estuvo muy grave.  La ciudad contaba solamente 40 coches fúnebres, de modo que los ataúdes se apilaban en las esquinas a la espera de que coches con recorrido fijo los transportasen. Como eran cada vez más los muertos, y entre ellos se contaban los carpinteros, dejaron de fabricarse los ataúdes de madera para comenzar a envolverse los cadáveres en trapos. Por otra parte, los carros de basura se incorporaron al servicio fúnebre y se inauguraron fosas colectivas.  El gobierno municipal adquirió entonces siete hectáreas en la Chacarita de los Colegiales  y lo llamó Cementerio del Oeste. Los decesos disminuyeron en mayo, y a mediados de ese mes la ciudad recuperó su actividad normal; el día 20 la comisión dio por finalizada su misión. El 2 de junio, por primera vez, ya no se registró ningún caso. 
El diario inglés The Standard publicó una cifra de víctimas fatales por la fiebre que se consideró exagerada y provocó indignación a los porteños: 26 000 muertos. Es difícil establecer con exactitud la cantidad correcta, pero los datos de las fuentes más serias la cifran entre los 14000 y los 15000.  La mayor parte de las víctimas vivían en los barrios de San Telmo y Monserrat (el centro de Buenos Aires) y en los barrios situados en proximidades del Riachuelo, bajos y húmedos, aptos para la proliferación de mosquitos.​
 Del total de muertos, un 75 % del total fueron inmigrantes, especialmente italianos.
A partir de la epidemia, las autoridades y la población de la ciudad tomaron conciencia de la urgencia de establecer una solución integral al problema de la obtención y distribución de agua potable. El Ingeniero Bateman dirigió —a partir de 1874— la construcción de la red de aguas corrientes, que hacia 1880 proveyó de agua a la cuarta parte de la ciudad. En 1873 se inició la construcción de obras cloacales. En 1875 se centralizó la recolección de residuos al crear vaciaderos específicos para depositarlos.  En 1884, temiendo la aparición de un nuevo brote, los doctores José María Ramos Mejía, director de la asistencia pública, y José Penna, director de la Casa de Aislamiento (actual Hospital Muñiz), se decidieron por cremar el cuerpo de un tal Pedro Doime, que había sido afectado de fiebre amarilla. Esta se convirtió en la primera cremación realizada en Buenos Aires.  ​ La sociedad fue dejada a su suerte por sus dirigentes políticos encabezados por el Presidente de la Nación, quienes tenían la responsabilidad de sostener la función indelegable del Estado ante una emergencia como la de 1871. Quizás, no se hubiera logrado, por la ausencia del conocimiento científico de entonces, salvar más vidas. Pero sí, la tragedia hubiese tenido menos ribetes inhumanos.   Nunca tuvo tanta pertinencia el pensamiento del Dr. Ramón Carrillo al afirmar que “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas.”

martes, 30 de agosto de 2016

ALBERDI Y LA GUERRA DEL PARAGUAY

POR EL PROFESOR JBISMARCK

Se cumplen 216 años del nacimiento de uno de los intelectuales mas brillantes y discutidos de la Historia Argentina: Juan Bautista Alberdi.  Vamos a hacer referencia a un aspecto no tan conocido de su pensamiento: el referente a una de las páginas más tristes de la Historia Americana: la llamada “Guerra del Paraguay”.
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El 29 de agosto de 1810 nacía en San Miguel del Tucumán Juan Bautista Alberdi, hijo de Salvador de Alberdi, comerciante próspero de la región y vecino respetable, y de Josefa de Aráoz, quien pertenecía a una familia tradicional y aristocrática del noroeste argentino. A los pocos meses del nacimiento de Juan Bautista muere su madre, y cuando él tiene 10 años, su padre. Recibe la instrucción primaria en una de las escuelas que Belgrano donara a su provincia natal y luego estudiará Derecho en la Universidad de Buenos Aires.
A los 25 años Juan Bautista Alberdi, formaba parte de Asociación de Mayo; jóvenes románticos, idealistas y liberales, obnubilados por las nuevas corrientes filosóficas y encandilados los “las luces” de Europa, creen poder convencer al Restaurador Rosas de sus ideas. Alberdi lo llama “el Gran Rosas”. Pronto, al ver que Rosas no está en camino de aplicar las libertades ni filosofías de la Revolución Francesa, serán sus enemigos. Alberdi publica artículos en “La Moda” de crítica costumbrista, con el seudónimo de Figarillo. Este grupo de jóvenes afrancesados se sienten en cierta forma amenazados y Alberdi, temeroso, pide audiencia a Rosas: “Más tolerante que sus consejeros, me dispensó de ella, mandándome palabras calmantes por medio de Mariño” confesará Alberdi.  Emigrado en Montevideo (1838), junto a otros jóvenes se dedicará a combatir a Rosas.   Alberdi reconoce que emigran espontáneamente, sin ofensas ni odios y sin motivos personales, y solo por combatir la “Dictadura”. Desde “El Nacional” predica la alianza entre los emigrados y la escuadra francesa que bloquea y ataca. A la confederación. Cuales son los argumentos: “nosotros no somos hijos de nuestra tierra sino de la Humanidad” (...) “para los espíritus vastos y serios que saben no estacionarse en el círculo estrecho de la Nación, la patria es la Humanidad”.dice Alberdi.  En 1847 desde Chile, publica La Republica Argentina luego de 37 años después de la revolución de Mayo” donde dice ..”Rosas es un mal y un remedio a la vez”... “Bolívar no ocupó tanto el mundo con su nombre como el actual gobernador de Buenos Aires “...”el nombre de Washington es adorado en el mundo, pero no más conocido”...”los Estados Unidos, a pesar de su celeridad, no tienen hoy un hombre público más expectable que el General Rosas” ...”se habla de él popularmente de un cabo al otro de América”...”no hay lugar en el mundo donde se ignore su nombre...” “Cual es la celeridad parlamentaria de esta época que no se haya ocupado de él”...  A pesar de ser un enemigo político de Rosas, honestamente ...”Si se pidiesen títulos de Rosas a la nacionalidad Argentina, yo contribuiría con un sacrificio no pequeño al logro de su rescate”....”El primer partido de América que haya repelido a los estados de Europa, es el de Rosas”.
A la caída de Rosas surgen las disensiones entre los emigrados Las intenciones constituyentes de Urquiza pondrán en funcionamiento el genio de Alberdi, dando origen a las Bases y puntos de partida para la organización nacional. La lucha política no atrae a Alberdi; pero se convierte en un decidido defensor de la política urquicista.   En 1854 Urquiza es designado presidente de la República y Alberdi es nombrado encargado de negocios ante los gobiernos de Francia, Inglaterra y España. Sin hacer escala en Buenos Aires, se embarca para Europa a bordo del "Lima".  El gobierno de Mitre lo remueve de su cartera diplomática. Publica en 1869 una serie de folletos denunciando el carácter de la guerra, reunidos bajo el títuloEL CRIMEN DE LA GUERRA 
En 1863 una revolu­ción fraguada en Uruguay contra el presidente uruguayo Pereyra (Blanco) por el coronel Venancio Flores (colorado), que había formado en las filas de los liberales mitristas que avasalla­ron el interior argentino, le dio ocasión al imperio de Brasil para algo de mayor alcance.    El gobierno paraguayo solicitado por el de Mon­tevideo en sus apuros, intervino en el conflicto ante la amenaza que para el equilibrio de la Amé­rica Austral, comportaba la descarada intromisión imperial Brasileña en el Plata. Lo cierto es que el Paraguay de Francisco Solano López resistió durante cinco años  a la Argentina de los liberales mitristas, al Uruguay de Venancio Flores y al Imperio del Brasil en la denominada “Guerra de la triple alianza” que algunos historiadores llaman de la “Triple Infamia”
Estos le llevaron guerra de exterminio. Esa guerra que resultó de la injerencia argen­tino-brasileña en el Uruguay; se inició con el bom­bardeo de Paysandú por la escuadra imperial, mandada por el almirante Tamandaré el 2 de ene­ro de 1865.
El asedio de la plaza por los revolucionados orientales en tierra y por los marinos brasileños en el agua, duró tanto que los pertre­chos de guerra de la escuadra imperial se agotaron.  Y entonces el arsenal de Buenos Aires suministró las bombas que faltaban a los atacantes para con­tinuar el bombardeo. Mostrando su beligerancia.
Solano López (Presidente Paraguayo) solicitó permiso para cruzar territorio correntino y atacar la ciudad Brasileña de Uruguayana; Mitre le contesta que no porque ÄRGENTINA ERA NEUTRAL” entonces Solano López ataca a Corrientes (previa de­claración de guerra) el 13 de abril de 1865; Provincias enteras se mostraban apáticas ante este ataque.
El gobierno nacional debió constantemente dis­traer tropas del ejército en guerra con el Paraguay, a cuidar su retaguardia en el interior. En la lucha fratricida las fuerzas de los dos países her­manos (Argentina y Paraguay) hicieron prodigios de valor y de heroísmo sin ninguna ventaja para ninguno de ellos, sino únicamente para el Brasil,   
Mitre, aliado a Brasil y al gobierno impuesto por este, declarara la Guerra al Paraguay, como de costumbre, con frases célebres: “Tres días en los cuarteles, tres semanas en campaña, tres meses en Asunción”. La guerra duraría cinco penosos años, y Mitre, como no podía ser menos, fue general de todos los ejércitos. No gana ni una batalla y los brasileros lo reemplazan. Una guerra injusta, un genocidio del pueblo paraguayo

Muchos se opusieron a esa guerra infame, entre otros el autor del Martin Fierro, José Hernández y Juan Bautista Alberdi….éste entabla con Mitre una agria polémica publica en la que entre otras cosas, refiréndose al propio Mitre, le enrostró la siguiente frase: “Si al menos hubiera yo tomado una escarapela, una espadas, una bandera de otro país, para hacer oposición al Gobierno del mío, como en Monte Caseros lo hizo otro Argentino contra Buenos Aires, con la escarapela Oriental, como oficial Oriental, bajo la bandera oriental y alienado con los soldados de brasil..” y opinando luego además sobre la política del mitrismo agrega:  “Para gobernar a la República Argentina vencida, sometida, enemiga, la alianza del Brasil era una parte esencial de la organización Mitre-Sarmiento; para dar a esa alianza de gobierno interior un pretexto internacional, la guerra al Estado Oriental y al Paraguay, viene a ser una necesidad de política interior; para justificar una guerra al mejor gobierno que haya tenido el Paraguay, era necesario encontrar abominables y monstruosos esos dos gobiernos; y López y Berro han sido víctimas de la lógica del crimen de sus adversarios”. (Juan Bautista Alberdi)    
"En nombre de la libertad y con pretensiones de servirla, nuestros liberales, Mitre, Sarmiento y Cía., han establecido un despotismo turco en la historia, en la política abstracta, en la leyenda, en la biografía de los argentinos. Sobre la revolución de Mayo, sobre la guerra de la independencia, sobre sus batallas, sobre sus guerras ellos tienen un Alcorán, que es de ley aceptar, creer, profesar, so pena de excomunión por el crimen de barbarie y caudillaje”"

Juan Bautista Aberdi al hacer referencia a los Empréstitos y negociados para reconstruir el Paraguay luego de la guerra dice que “los empréstitos paraguayos tuvieron inspiraciones extranjeras al Paraguay”. Alberdi ve claramente esos episodios de vasallaje y extorsión financiera sobre Paraguay, y señaló los empréstitos como “un entuerto que por su origen e inspiración no fue paraguayo, sino exótico, y surgido desde fuera por gentes afiliadas desde mucho antes en la obra de destruir Paraguay, en el interés de un poder que aspira a absorberlo todo después de arrasado”, y dirá con razón: “López no dejó deuda exterior paraguaya. La tiranía no pensaba como el liberalismo de sus adversarios que han probado su ´patriotismo´ endeudando a su país en millones que su tesoro escaso no puede pagar. Hechos después de la guerra y como consecuencia suya, se diría que esos empréstitos han sido una prosecución de la campaña contra ese país, al coincidir sus efectos y condiciones desastrosas y el papel de sus inspiradores durante la celebre contienda”

“Toda la prensa del General Mitre - escribió Alberdi – ha recibido la consigna de imputarme el folleto titulado “Les dissensions des Républiques de La Plata er les machinactions du Brasil”, como un acto de traición…Que el folleto precitado sea o no mío, es cuestión de poca monta, desde que todas sus ideas me pertenecen” (Alberdi: Los intereses argentinos en la guerra)

La campaña de los “liberales Mitre y Sarmiento” siguió personalizándose en Alberdi porque su voz era la mas respetable y resonante de todas las que habían logrado sucumbir de esa hecatombe.

El ilustre pensador no dejó de presentarles batalla. En 1867 sintetizaba la esencia del problema: “Luego yo he sido atacado esta vez, no por defender al Paraguay, sino por defensor de la República Argentina; no por aparaguayado como se dice en Buenos Aires, sino por argentino; es el patriotismo nacional argentino bien entendido”         
Todavía en 1879, en conversación que tuvo en Paris con el doctor Ernesto Quesada, Alberdi le decía:
“Para consolidar tal ´Redención´ y uniformar el país en ese sentido, los hombres de Buenos Aires se enfeudaron a la política brasilera, y fomentaron la revolución Oriental de Flores, el escándalo de Paysandú y terminaron con el tratado de la triple alianza para arrasar al Paraguay y obligar a las provincias, so capa de la guerra internacional y merced al estad de sitio, a someterse a la política porteña. Consideré tal guerra como el más funesto error histórico y la mayor calamidad para nuestra nacionalidad: por eso la combatí desde el extranjero, como lo hicieron Guido Spano y la mismo Navarro Viola, que como verdadero patriota, debía mostrar a nuestras provincias el abismo que conducía tan monstruosa guerra, contraria a los intereses verdaderos de Plata y que solo serviría al Brasil para debilitar a sus linderos del Sud, consolidar su influencia agresivamente imperialista y legalizar sus usurpaciones territoriales...”( Entrevista celebrada en Paria, el 6 de junio de 1879. Quesada: La figura histórica de Alberdi)

La estadía de Alberdi en Buenos Aires no po­día ser pacifica. Su sola presencia era un factor de beligerancia. Cuando el Presidente Julio A. Roca, admirador confeso del padre de la Consti­tución, envió un mensaje al Congreso (14 de no­viembre de 1880) solicitando una edición de las obras de Alberdi, Mitre y "La Nación" declararon abiertamente la guerra contra lo que constituía la reivindicación oficial de sus ideas sobre la or­ganización nacional, sobre la guerra del Para­guay y otros tantos temas.
Los mitristas habrían de oponerse también al nombramiento de Alber­di como representante diplomático en París, ne­gando al Presidente Roca el acuerdo del Senado.
El 8 de agosto de 1881, enfermo y amargado, Alberdi volvió a Europa, embarcándose en el Equateur. Roca lo nombró ministro en Chile, pe­ro la enfermedad de Alberdi, agravada su viaje a Europa, le Impedirla ya definitivamen­te regresar.
Su misión en la patria estaba cumplida. La patria le daba un mezquino agradecimiento para remediar sus angustias económicas: el Presidente Roca lo nom­bró Comisario de Inmigración, y aún el Congre­so le acordó una pensión. No era mucho; pero si mucho mas que lo que dio a otros grandes hom­bres. Murió en Nueilly-Sur-Seine, cerca de París, el 19 de junio de 1884.
Sus restos fueron repatriados en 1889 y descansan en la Casa de Gobierno de la provincia de Tucumán.

Bibliografía:
García Mellid, Atilio  “Proceso a los Falsificadores de la Guerra del Paraguay
García Mellad, Atilio “Proceso al liberalismo Argentino”
La Gazeta”.com
Quesada Ernesto “La figura histórica de Alberdi”
Rosa, José María “Historia Argentina”
Rosa, José María “La Guerra del Paraguay y las montoneras Argentinas”