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viernes, 29 de julio de 2022

14 DE MARZO DE 1877: FALLECE EL RESTAURADOR.

Por Mario César Grass

“…el miércoles 14 de marzo de 1877, en el amanecer de uno de esos días gélidos y brumosos, tan comunes en el invierno inglés, la vida del fundador de la Confederación Argentina se extinguía, dulcemente, en su humilde residencia de Swanthling.   La presencia de la hija amada en sus instantes supremos, debió hacerle inmensamente feliz y una sonrisa plácida, reveladora de la conformidad interior selló, para siempre, aquellos labios finos y enigmáticos.  “¡Te aseguro que ha muerto como un justo! –escribía Manuelita a su marido, a la sazón en viaje a Buenos Aires, describiéndole los últimos momentos de su progenitor– ¡No ha tenido agonía, exhaló su alma tan luego que me dirigió su última mirada! ¡Ni un quejido, ni un ronquido, ni mas que entregar quietamente su alma grande al Divino Creador! ¡Que él lo tenga en su santa gracia!”.   Faltábanle pocos días para cumplir los 84 años siendo así uno de los próceres argentinos a quienes Dios concedió más larga vida. Entre nuestras grandes figuras, sólo Mitre, que falleció a los 85, le superó en longevidad.    Trabajó, sin desmayos y con su ahínco habitual, hasta pocos días antes de su muerte. La neumonía que lo llevó al sepulcro la contrajo el jueves 8 al dejarse sorprender por la noche, recorriendo el campo, como tenía costumbre, sin reparar en los riesgos de la estación, que en la zona de Southampton, azotada por los vientos del mar, es singularmente fría y húmeda.

 
La carta en que Manuelita relata a su marido los pormenores de la muerte de Rosas a que hice referencia, es un documento de extraordinario valor emotivo e histórico, e insustituible, por su claridad y precisión, para quienes desean conocer el epílogo de una existencia tan apasionadamente combatida. Por ello he querido transcribirla en su integridad.

 Burgess Street Farm.

Southampton, marzo 16 de 1877

 Mi Máximo:

 Cuando recibas ésta estarás ya impuesto de que mi pobre y desgraciado padre nos dejó por mejor vida el miércoles 14 del corriente.   ¡Cuál es mi amargura tú lo alcanzarás pues sabes cuanto te amaba, y haber ocurrido esta desgracia en tu ausencia hace mi situación doblemente dolorosa! Es realmente terrible que tan pronto como nos hemos separado, desgracia semejante haya venido a aumentar el pesar de estar tan lejos uno de otro, pero queda seguro, no me abandona la energía tan necesaria en estos momentos que tanta cosa hay que disponer y atender, todo con mi consentimiento, y que sobrellevo tan severa prueba con religiosa resignación acompañandome el consuelo de haber estado a su lado en sus últimos días, sin separarme de él.    El lunes 12 fui llamada por el doctor Wibblin, quién me pedía venir sin demora. El telegrama me llegó a las cinco y media y yo estuve aquí a las diez y media, acompañada por Elizabeth. El doctor me esperaba para explicarme el estado del pobre tatita. Sin desesperar del caso, me aseguró ser muy grave, pues que, siendo una fuerte congestión al pulmón, en su avanzada edad era de temerse que le faltase la fuerza una vez debilitado el sistema. Al día siguiente (martes) el pulso había bajado de 120 a 100 pulsaciones pero la tos y la fatiga le molestaban mucho, a más de surgir un fuerte dolor en el pulmón derecho. Este desapareció completamente en la tarde… la espectoración, cada vez que tosía, era con sangre, y éste, para mí, era un síntoma terrible, como también la fatiga. Esa noche del martes supliqué al doctor hablarme sin ocultarme nada, si él lo creía en peligro inmediato; me contestó que no me ocultaba su gravedad y que temía no pudiera levantarse más, pero que no creía el peligro inmediato, ni ser necesario consultar otros médicos, y como su cabeza estaba tan despejada y con una fuerza de espíritu que ocultaba su sufrimiento, embromando con el doctor, hasta la noche misma del martes, en que hablábamos, víspera de su muerte. El doctor, como yo, convinimos no ser prudente ni necesario todavía hacer venir al sacerdote, pues su presencia pudiera hacerle creer estar próximo su fin y esperaríamos hasta ver cómo seguía el miércoles. Esa noche estuve con él hasta las dos de la mañana con Kate, pues Mary Ann me reemplazaba con Alice, haciendo turnos para no fatigarnos. Antes de retirarme, estuvo haciendo varias preguntas entre otras cuándo recibiría tu carta de San Vicente y me recomendó irme a acostar, para que viniera a reponer a Mary en la mañana. Todo esto, Máximo, dicho con fatiga, pero con tanto despejo, que, cuando lo recuerdo, creo soñarlo! Cuando a las seis de la mañana entró Alice a llamarme porque Mary Ann creía al general muy malo, salté de la cama, y cuando me allegué a él lo besé tantas veces como tú sabes lo hacía siempre, y al besarle la mano la sentí muy fría. Le pregunté “¿cómo te va tatita?” su contestación fue, mirándome con la mayor ternura: “no sé, niña”. Salí del cuarto para decir que inmediatamente fueran por el médico y el confesor; sólo tardaría un minuto pues Atche estaba en el corredor; cuando entré al cuarto había dejado de existir!!! Así, tú ves, Máximo mío, que sus últimas palabras y miradas fueron para mí, para su hija tan amante y afectuosa. Con esta última demostración está compensado mi cariño y constante devoción. ¡Ah Máximo, qué falta me haces! ¡Si tú estuvieras aquí yo sola me ocuparía de llorar mi pérdida, pero no te tengo, y es preciso que yo tome tu lugar, lo que hago con una fuerza de espíritu que a mi misma me sorprende, desde que he estado acostumbrada que, en mis trabajos y los de mi padre, tú hicieras todo por nosotros! Pero Dios Todopoderoso, al mismo tiempo que nos da los sufrimientos, nos acuerda fuerza y conformidad para sobrellevarlos. ¡Te aseguro que ha muerto como un justo! ¡No ha tenido agonía, exhaló su alma tan luego que me dirigió su última mirada! ¡Ni un quejido, ni un ronquido, ni más que entregar quietamente su alma grande al Divino Creador. ¡Que él lo tenga en su santa gracia! ¡Mary estaba a su lado cuando murió, y esta pobre mujer se ha conducido con él, hasta su última hora, con la fidelidad que tú conoces siempre le ha servido! ¡Pobre tatita, estuvo tan feliz cuando me vió llegar el lunes! Las dos muchachas están desoladas. Madre e hija demuestran el cariño que tenían a su patrón. Tus predicciones y las mías se cumplieron desgraciadamente, cuando le decíamos a tatita que esas salidas con humedad en el rigor del frío le habían de traer una pulmonía. Pero su pasión por el campo ha abreviado sus días, pues, por su fortaleza pudo vivir muchos años más.    En uno de los días de frío espantoso que hemos tenido, anduvo afuera, como de costumbre, hasta tarde; le tomó un resfrío y las consecuencias tú las sabes. ¡Pobre tatita! Estoy cierta que tú le sentirás como a tu mismo padre, pues tus bondades para él bien probaban cuánto le amabas! A Rodrigo, que ruegue a Dios por el alma de su abuelito, que tanta predilección hacía de él, y que no le escribo porque no me siento con fuerzas, ni tengo más tiempo que el que te dedico.    El doctor Wibblin es mi paño de lágrimas en estos momentos en que necesitaba una persona, a quien encargar las diligencias del funeral. Kate con Manuel, fueron a ver al Undertaker, al padre y demás, y todo está arreglado para que tenga lugar el martes 20, y como el pobre tatita ordenara en su testamento que sólo se diga en su funeral una misa rezada, y que sus restos sean conducidos a su última morada sin pompa ni apariencia, y que el coche fúnebre sea seguido por uno fúnebre con tres o cuatro personas, los preparativos no tienen mucho que arreglar y su voluntad será cumplida, y en éste último irán el doctor, Manuel y el sacerdote, y tal vez venga el esposo de Eduardita García, pues he tenido un telegrama pregúntándome cuándo tendría lugar el funeral, porque quiere asistir a él. Eduarda me ha dirigido otro, diciéndome pone a mi disposición dos mil francos, si necesito dinero. Esto es un consuelo en mi aflicción.   Por supuesto que se lo he agradecido, contestando que, si necesito algo, a ella mejor que a nadie ocurriría, pero que, al presente, no lo necesito.   También ordena tatita que su cadáver sea enterrado dos días después de su muerte, pero esto ha sido imposible cumplirlo pues el undertaker dijo que no tenía tiempo, porque siendo el pobre tatita tan alto era preciso hacer el cajón y el de plomo, donde está ya hoy colocado; mañana vendrá el de caoba, decente solamente, y aunque deseaba fuese el funeral el lunes no puede ser, por ser día de San José, y así será el martes 20. ¡Dios nuestro Señor le acuerde descanso eterno! En fin, no serán las cosas dispuestas como si tú estuvieras ocupado en ellas, pero haremos cuanto podamos, yo por llevar mi deber filial y el doctor el tan sagrado de amistad. Pobre Manuel, no sabe cómo complacerme y consolarme.

 Tuya

 MANUELA DE ROSAS DE TERRERO

La edificante muerte del ex dictador, la magnífica serenidad con que se desprende del mundo, en plena lucidez mental, prueba a las claras, que en la hora suprema, no le conturba ningún remordimiento y que está en paz consigo mismo. Murió como un justo, proclama conmovida su hija que sabe cuanto le han difamado sus enemigos. Los que le han maldecido, augurándole una agonía horrible, acechada por los espectros vengadores de sus supuestas víctimas, han de haber quedado estupefactos al informarse que afrontó, sonriendo, el tránsito definitivo. ¡Farsa, histrionismo, simulación! –repetirán irreverentes–. No, la tranquilidad de conciencia no se finge en momento tan solemne, cuando el espíritu humano se desprende de su envoltura carnal y se eleva a Dios en demanda de su divina justicia. Quien sonríe ante la muerte es porque nada tiene de que excusarse. La tranquilidad de conciencia no es entonces una postura: es una convicción íntima, una conformidad suprema, que retempla el ánimo e ilumina el más allá.


Bibliografía

Grass Mario César "Rosas y Urquiza"

jueves, 4 de febrero de 2021

El Restaurador a 145 años de su fallecimiento: relato de su hija Manuelita....

 Por el Prof. Julio R. Otaño

“Southampton, marzo 16 de 1877 – Cuando recibas ésta estarás ya impuesto de que mi pobre y desgraciado padre nos dejó por mejor vida el miércoles 14 del corriente. ¡Cuál es mi amargura tú lo alcanzarás, pues sabes cuánto le amaba, y haber ocurrido esta desgracia en tu ausencia hace mi situación doblemente dolorosa!  Es realmente terrible que tan pronto como nos hemos separado, desgracia semejante haya venido a aumentar el pesar de estar tan lejos uno del otro, pero queda seguro, no me abandona la energía tan necesaria en estos momentos que tanta cosa hay que disponer y atender, todo con mi consentimiento, y que sobrellevo tan severa prueba con religiosa resignación acompañándome el consuelo de haber estado a su lado en sus últimos días, sin separarme de él.  El lunes 12 fui llamada por el doctor Wibblin, quien me pedía venir sin demora.  

El telegrama me llegó a las cinco y media y yo estuve aquí a las diez y media, acompañada por Elizabeth.  El doctor me esperaba para explicarme el estado del pobre tatita.  Sin desesperar del caso, me aseguró ser muy grave, pues que, siendo una fuerte congestión al pulmón, en su avanzada edad era de temerse que le faltase la fuerza, una vez debilitado el sistema.  Al día siguiente (martes) el pulso había bajado de 120 a 100 pulsaciones, pero la tos y la fatiga le molestaban mucho, a más de sufrir un fuerte dolor en el pulmón derecho.  Este desapareció completamente en la tarde…  La expectoración, cada vez que tosía, era con sangre, y éste, para mí, era un síntoma terrible, como también la fatiga.  Esa noche del martes supliqué al doctor hablarme sin ocultarme nada, si él lo creía en peligro inmediato; me contestó que no me ocultaba su gravedad y que temía no pudiera levantarse más, pero que no creía el peligro inmediato, ni ser necesario consultar otros médicos, y como su cabeza estaba tan despejada y con una fuerza de espíritu que ocultaba su sufrimiento, embromando con el doctor, hasta la noche misma del martes, en que hablábamos, víspera de su muerte.  El doctor, como yo, convinimos no ser prudente ni necesario todavía hacer venir al sacerdote, pues su presencia pudiera hacerle creer estar próximo su fin y que esperaríamos hasta ver cómo seguía el miércoles.  Esa noche estuve con él hasta las dos de la mañana con Kate, pues Mary Ann me reemplazaba con Alice haciendo turnos para no fatigarnos.  Antes de retirarme, estuvo haciendo varias preguntas, entre otras cuándo recibiría tu carta de San Vicente y me recomendó irme a acostar, para que viniera a reponer a Mary en la mañana.  Todo esto, Máximo, dicho con fatiga, pero con tanto despejo que, cuando lo recuerdo, creo soñarlo!.  Cuando a las seis de la mañana entró Alice a llamarme porque Mary Ann creía al general muy malo, salté de la cama, y cuando me allegué a él lo besé tantas veces como tú sabes lo hacía siempre, y al besarle la mano la sentí ya fría.  Le pregunté “¿cómo te va tatita?; su contestación fue, mirándome con la mayor ternura: “no se, niña”.  Salí del cuarto para decir que inmediatamente fueran por el médico y el confesor; sólo tardaría un minuto, pues Atche estaba en el corredor; cuando entré al cuarto había dejado de existir!!!  Así, tú ves, Máximo mío, que sus últimas palabras y miradas fueron para mí, para su hija tan amante y afectuosa.  Con esta última demostración está compensado mi cariño y constante devoción.  ¡Ah, Máximo, que falta me haces!  ¡Si tú estuvieras aquí yo sólo me ocuparía de llorar mi pérdida, pero no te tengo, y es preciso que yo tome tu lugar, lo que hago con una fuerza de espíritu que a mi misma me sorprende, desde que he estado acostumbrada que, en mis trabajos y los de mi padre, tú hicieras todo por nosotros!  Pero Dios Todopoderoso, al mismo tiempo que nos da los sufrimientos, nos acuerda fuerza y conformidad para sobrellevarlos.  ¡Te aseguro que ha muerto como un justo!  ¡No ha tenido agonía, exhaló su alma tan luego que me dirigió su última mirada!  ¡Ni un quejido, ni un ronquido, ni más que entregar quietamente su alma grande al Divino Creador!  ¡Que El lo tenga en su santa gracia!  ¡Mary estaba a su lado cuando murió, y esta pobre mujer se ha conducido con él, hasta su última hora, con la fidelidad que tú conoces siempre le ha servido!  ¡Pobre tatita, estuvo tan feliz cuando me vio llegar el lunes!  Las dos muchachas están desoladas.  Madre e hija demuestran el cariño que tenían a su patrón.  Tus predicciones y las mías se cumplieron desgraciadamente, cuando le decíamos a tatita que esas salidas con humedad en el rigor del frío le habían de traer una pulmonía.  Pero su pasión por el campo ha abreviado sus días, pues por su fortaleza pudo vivir muchos años más.  En uno de los días de frío espantoso que hemos tenido, anduvo afuera, como de costumbre, hasta tarde; le tomó un resfrío y las consecuencias tú las sabes.  ¡Pobre tatita!  Estoy cierta que tu le sentirás como a tu mismo padre, pues tus bondades para él bien probaban cuánto le amabas!  A Rodrigo que ruegue a Dios por el alma de su abuelito, que tanta predilección hacía de él, y que no le escribo porque no me siento con fuerzas, ni tengo más tiempo que el que te dedico.  El doctor Wibblin es mi paño de lágrimas en estos momentos en que necesitaba una persona, a quien encargar las diligencias del funeral.  Kate, con Manuel, fueron a ver al Undertarker, al padre y demás, y todo está arreglado para que tenga lugar el martes 20 y como el pobre tatita ordenara en su testamento que sólo se diga en su funeral una misa rezada, y que sus restos sean conducidos a su última morada sin pompa ni apariencias, y que el coche fúnebre sea seguido por un fúnebre con tres o cuatro personas, los preparativos no tienen mucho que arreglar y su voluntad será cumplida, y en éste último irán el doctor, Manuel y el sacerdote, y tal vez venga el esposo de Eduardita García, pues he tenido un telegrama preguntándome cuándo tendría lugar el funeral, porque quiere asistir a él.  Eduarda me ha dirigido otro, diciéndome pone a mi disposición dos mil francos, si necesito dinero.  Esto es un consuelo en mi aflicción.   Por supuesto que se lo he agradecido, contestando que, si necesito algo, a ella mejor que a nadie recurriría, pero que, al presente, no lo necesito.  También ordena tatita que su cadáver sea enterrado dos días después de su muerte, pero esto ha sido imposible cumplirlo, pues el undertarker dijo que no tenía tiempo, porque siendo el pobre tatita tan alto era preciso hacer el cajón y el de plomo, donde está ya hoy colocado, mañana vendrá el de caoba, decente solamente, y aunque deseaba fuese el funeral el lunes, no puede ser, por ser día de San José, y así será el martes 20.  ¡Dios nuestro Señor le acuerde descanso eterno!.    En fin, no serán las cosas dispuestas como si tú estuvieras ocupado de ellas, pero haremos cuanto podamos, yo por llenar mi deber filial y el doctor el tan sagrado de amistad.  Pobre Manuel no sabe lo que le pasa, ni cómo complacerme y consolarme.  Tuya – Manuela de Rosas de Terrero”

El cortejo fúnebre salió de la iglesia católica de Saint-Joseph, en Bugle Street, era el 15 de marzo de 1877, se desvió lentamente hacia la catedral normanda de Saint-Michael, alcanzó la Calle Mayor y siguió rumbo al norte… Según narra Elsie Sandell, la historiadora oficial de la ciudad — iba el ataúd de roble, cubierto por una bandera argentina. Detrás, viajaban Manuela Rosas de Terrero, hija del muerto; Augusta Gordon, hermana del héroe de la campaña de China, y Elizabeth Adams, un ama de llaves que servía a Manuela desde su casamiento, en 1852. Las escoltaban quince jinetes, con las monturas tocadas por crespones; dos de ellos se acercaban a intervalos a las ventanillas del brougham y hablaban con las mujeres: eran Máximo Manuel y Rodrigo Thomas Terrero, de 20 y 19 años, nietos de Rosas. El féretro era de roble inglés, delicadamente barnizado y con hermosos adornos de bronce.  Servía de primer trofeo a su féretro el sable que acompañó en todas sus campañas al general San Martín, quien lo legó por testamento a Rosas. En una chapa de bronce colocada sobre la tapa, profusamente iluminada, se  leía la inscripción siguiente: “Juan Manuel de Rosas – Nació el 30 de marzo de 1793.  Falleció el 14 de marzo de 1877 (a los 83 años, 11 meses y 16 días)”.

El Hampshire Echo informa que un capellán tomó la bandera que abrazaba el féretro, la roció con agua bendita y la entregó a Manuela; la señora Sandell asegura que la bandera descendió a la fosa y que Máximo Manuel depositó sobre ella el sable corvo de las campañas de la Independencia que José de San Martín le había regalado a su abuelo. 

Según Tomás Eloy Martínez: a partir de 1880 empezó a crecer en torno de la sepultura el cementerio judío de la ciudad; Rosas descansa ahora (1973) en un vértice flanqueado por lápidas con ins­cripciones hebreas,  apenas separado de ellas por un cerco bajo y espinoso. Sobre el antiguo túmulo fue erigido un pedestal de mármol rojizo, coronado por una cruz. La cara frontal del monumento recuerda al brigadier general, «nacido en Buenos Aires el 30 de marzo de 1793, llegado a Inglaterra en 1852 y muerto en Southampton el 14 de marzo de 1877». Debajo de esa leyenda hay otra que conmemora a Manuela, «la amante hija». Detrás está Máximo, el yerno; hacia la izquierda, Rodrigo Thomas, que sobrevivió 60 años al abuelo. Treinta pasos hacia el norte, de espaldas a la capilla anglicana, asoma la sepultura de Manuel Máximo, «muerto en 1926 y nieto del Restaurador de la Argentina» 

jueves, 5 de marzo de 2020

En la tumba de Rosas, con nuestro embajador en Londres

Por Samuel "Chiche" Gelblung    Revista Gente OCTUBRE DE 1974
Junto a uno de los miembros más activos de la comisión pro repatriación de los restos de Juan Manuel de Rosas visitamos la tumba del discutido caudillo en Southampton. Allí pasó los últimos 20 años de su vida, administró una granja, bebió en sus tabernas y cabalgó por esa campiña que ahora es una pujante ciudad portuaria con 15.000 habitantes.  Esta fue la excusa para recomponer un tramo importante en la vida de uno de los personajes más conflictivos de la historia argentina.
Hace unas semanas George Everton, cuidador del cementerio de Southampton, comentaba: “Creo que si eso se produce voy a lamentarlo mucho… Rosas ya es casi una institución en la ciudad y especialmente aquí… pero dicen que así será y entonces, bueno…, quiero ser el último en ponerle una flor. . .”
Caminábamos hacia la tumba del brigadier general don Juan Manuel de Rosas. 
El grupo lo encabezaba Manuel de Anchorena, embajador argentino en Londres, un nombre ligado muy especialmente al revisionismo histórico que marca con Rosas un período trascendente de nuestro pasado. Rosas, uno de los hombres más discutido del siglo pasado, descansa en Southampton, donde pasó sus últimos años de vida. Anchorena hace frecuentes visitas. Instituyó un libro de visitantes donde argentinos anónimos y renombrados estampan su testimonio de visita, por curiosidad, respeto o admiración. En octubre de 1974 Anchorena dice: “Espero que éste sea el último año que vengo a la tumba de Rosas en Southampton. Creo que la repatriación de sus restos ya es un hecho”.
El 3 de febrero de 1852, a la medianoche —horas después de ser derrotado en Caseros— Juan Manuel de Rosas se embarcó en la fragata inglesa “Centaur”. Según algunos testimonios, su inglés era perfecto; según otros, Ibarguren, por ejemplo, comenzó a aprenderlo a bordo del barco. Ibarguren cuenta así esta parte del viaje: “Seis días estuvo Rosas en la fragata “Centaur” frente a la ciudad. Embarcóse también su hijo Juan con su familia. Pudo enterarse a bordo de las demostraciones con que celebraba su derrocamiento el pueblo porteño que hasta la víspera lo había glorificado. La situación no podía prolongarse por más tiempo, pues la proximidad a Buenos Aires hacía peligrosa la estadía del emigrado. 
El 8 de febrero, de acuerdo con la indicación que le formuló el almirante Henderson, Rosas dirigió a éste una nota en la que expresaba que “sin recursos para transportarse a Europa con sus amados hijos”, se ve obligado a solicitarle “se digne facilitarme en un buque de guerra de Su Majestad mi conducción a Inglaterra”.
“El almirante accedió al pedido y el 9 de febrero el buque salió río afuera, hasta Punta del Indio, donde los expatriados trasbordáronse al barco de guerra “Conflict”, de Su Majestad Británica, que zarpó al día siguiente rumbo a Inglaterra. (…). “El viaje fue largo y accidentado; la máquina del buque se descompuso, estalló una de las calderas despedazando a cuatro hombres, por lo que fue necesario navegar a vela con vientos contrarios; pero, como escribió Manuelita, todos estos inconvenientes «tuvieron sus recompensas en las consideraciones y respetos con que tan afectuosamente fuimos tratados por el señor comandante y toda a oficialidad ».
“El 23 de abril llegaron a Devonshire, donde desembarcaron. Forasteros en un mundo desconocido, ignorando el idioma inglés, que empezaron, padre e hija, a aprender a bordo; lo que más dolorosamente inquietaba el espíritu de los desterrados era la falta de recursos. Llevaban solamente setecientas cuarenta y dos onzas, doscientos pesos fuertes y veintidós reales, que habían podido juntar apresuradamente en Buenos Aires al huir, en los últimos instantes (…)”.
El Windsor Hotel de Southampton está igual que hace 100 años. Entramos con Anchorena al bar. El encargado advierte la presencia de argentinos y dispara con seguridad: “ustedes vinieron a la tumbade Rosas”. La tradición oral de esta ciudad-puerto relaciona todo lo argentino con los últimos años de vida de Rosas. El Windsor fue su primer alojamiento en la ciudad, después de enviarle una carta a la reina Victoria solicitándole autorización para alquilar una granja y poder trabajarla. Southampton tiene ahora apenas 5.000 habitantes más que en 1852. Nada quiebra sus costumbres ni sus ritos ortodoxamente ingleses. Silencio, colorido, humedad y adustez.
Sigue Ibarguren:
“Rosas se alojó en Southampton, en el Windsor Hotel, consagrándose afanosamente al estudio del idioma inglés. La ciudad y la inacción le ahogaban y deprimían. La escasez de los recursos y la incertidumbre del futuro amargaban su espíritu. Su deseo era alquilar en el campo una casita con terrenos que pudiera cultivar, ganándose así, como labrador, la vida. Para eso, decía él, es para lo que soy aparente y sirvo.
“El casamiento de Manuelita con Máximo Terrero, celebrado el 23 de octubre de 1852, le dejó solo; pues su otro hijo, Juan, regresó, después, a Buenos Aires con su familia. “Ese matrimonio le entristeció profundamente, no porque tuviera objeciones que hacer a su yerno, a quien profesaba afecto, sino por egoísmo y por celos. El había mirado a su hija como algo propio, adherido a su vida; no había querido nunca ponerse en el caso de una separación; ella era su único hogar y consuelo, el amor entrañable de su existencia…”.  Mientras tanto, en Buenos Aires, Urquiza levantaba la confiscación sobre los bienes de Rosas, lo que le daba una seguridad transitoria. Esa actitud de su anterior adversario lo conmovió y desde Southampton le envió una carta de agradecimiento-
En el Pub Red Lion hay más testimonios. Aquí solía venir Rosas a tomar su cerveza semanal, los domingos, después de misa. Sus actuales dueños, descendientes de los fundadores de la taberna, muestran con orgullo un curioso recuerdo que pende en la pared principal del negocio: una cinta federal.
En una carta a Josefa Gómez, Rosas cuenta:
“Hay en este condado una floresta completamente desierta. Abundan en ella los ciervos, liebres y pájaros. Sus campos, arroyo, pastos y árboles son deliciosos. Allí, en esas  inalterables soledades y en ese no interrumpido silencio encuentro mis únicas distracciones, como que mi vida es completamente privada. Y porque a esta clase de retiro se reducen todas mis aspiraciones, elegí para mi refugio este lugar donde admirablemente se encuentra ese campo público”.
En otra carta decía:
“(…) No fumo, no tomo rapé, ni vino ni licor alguno, no hago visitas, no asisto a comidas ni a diversiones de clase alguna. Mi ropa es la de un hombre común. Mis manos y mi cara son bien quemadas y bien acreditan cuál y cómo es mi trabajo diario incesante. Mi comida es un pedazo de carne asada y mi mate. Nada más”.
Cuando Rosas vivía, desde la Burguess Farm se veía la magnífica llanura ondulada de la campiña. Granjas y establos que componían un paisaje de cuadro antiguo. Ahora cruza por la puerta una calle de doble mano y las construcciones populares avanzan sobre el paisaje. Hoy todo eso es ciudad. Ibarguren termina así su historia de Juan Manuel de Rosas:
“Un día húmedo y excepcionalmente glacial en el mes de marzo de 1877, Rosas, que llegaba a la edad de 84 años, quedó hasta muy tarde trabajando afuera, en el campo. Un enfriamiento evolucionó con rapidez en maligna neumonía. Manuelita, llamada con urgencia por el médico doctor Wibblin, llegó de Londres a Burguess Farm a la noche, encontrando a su padre moribundo. Al día siguiente, el enfermo mejoró con reacciones vitales que dieron esperanzas. Su hija le creyó salvado, estuvo acompañándole hasta las dos de la madrugada y conversando con él, quien dispuso que ella se retirara a descansar, conforme al turno que había reglamentado para los que le velaban. Pocas horas más tarde, en la mañana del miércoles 14 de marzo, una súbita agravación apuró la agonía. Manuelita se acerca al lecho de su padre y le besa «tantas veces como hacía siempre, y al besarle la mano la sentí fría. Le pregunté: ¿cómo te va, tatita? Su contestación fue mirándome con la mayor ternura: “No sé, niña”»
Octubre de 1974. Anoto en mi agenda: “Hay sol en Southampton. Acabo de visitar
la tumba de uno de los hombres más discutidos de la historia argentina”.