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miércoles, 19 de julio de 2023

LA MUERTE DEL GENERAL JUAN LAVALLE

Por Sandro Olaza Pallero
El Dr. Ricardo Quirno Lavalle, descendiente del general Juan Galo de Lavalle, pronunció una conferencia sobre la muerte del prócer en el Instituto Popular de Conferencias, en el Salón del diario La Prensa, el 9 de octubre de 1981. En esa ocasión se opuso a la tesis del suicidio de su antepasado esgrimiendo varias razones, entre ellas que no había fuentes documentales o testimoniales que expresaran el suicidio del general:
“Durante 126 años se tuvo por verdad inconcusa, con arreglo a los documentos históricos disponibles, que el Gral. Lavalle había sido muerto por una bala federal, la cual habría atravesado por el ojo de la cerradura o perforado la puerta, cuando, súbitamente, en el año 1967, aparece un opúsculo titulado: “El cóndor ciego”, donde su autor, el Sr. José Maria Rosa, sostiene que el Gral. Lavalle se suicidó. Textualmente dice allí “que Lavalle se eliminó a sí mismo para cumplir su juramento de vencer o morir en la demanda, y no caer vivo en poder del enemigo”.
“La leyenda de su muerte accidental –sigue sosteniéndose en la obra precitada- la crearon sus amigos que se juramentaron en los Tapiales de Castañeda para guardar el secreto de la verdad de su muerte, y todos guardaron celosamente el juramento, y la apoyó con firmeza Juan Manuel de Rosas, amigo de su familia”. Como queda dicho se efectúa, por consiguiente, en “El cóndor ciego”, una triple aseveración: 1°) La de que Lavalle se suicidó; 2°) La de que sus amigos se juramentaron para ocultar la verdad del suicidio; 3°) La de que Juan Manuel de Rosas apoyó la versión de la muerte accidental, y encubrió la del suicidio, por amistad con la familia de Lavalle. No hay más, pues sino que analizar la triple sobredicha aseveración; y proyectamos verificarla a la luz de los preceptos pertenecientes a ciertas y determinadas ciencias que, a buen seguro, nos allanarán la ruta para esclarecer el enigma planteado. Para entrar en materia, conviene dejar registrados algunos hechos incluidos en la psicología que gravitan sustancialmente en este problema. Y a primera vista, el carácter peculiar del Gral. Lavalle, luchador, impulsivo, intrépido, temerario y romántico, rasgos que lo hacían sobremanera poco proclive a confesarse vencido, y a eludir, consecuentemente, la lucha eliminándose por propia mano. De esta suerte, viene a resultar asaz inconcebible la presunción del suicidio, cuando Lavalle era considerado, al unísono, hombre de morir peleando, como lo probó en múltiples batallas, pero señaladamente, en Famaillá, donde conduciendo personalmente a la caballería correntina al combate, expuso su vida una y mil veces. Súmese a esto otro detalle singularmente importante: el hondo sentimiento católico de Lavalle, su acendrada fe, que le vedaba concluyentemente, tomar en sí y por sí, la tremenda determinación, anatomizada por la Iglesia, de quitarse el preciado don de la vida dado por Dios, y que, para un católico, solo Dios puede quitar…¡En esto no hay excepción! Añádase que a la inversa es, igualmente cierta ya que no se conoce ningún escrito, ni unitario ni federal, contemporáneo o algo posterior al suceso, que afirme la realidad del suicidio”.
  
El doctor Quirno Lavalle agrega a su fundamento una fuente científica: la Medicina Legal, donde diferencia el suicidio del homicidio de fuego. "Pero hete aquí que ha llegado hasta nosotros un testimonio más preciso, más fidedigno, y por eso, más valioso: el del doctor Gabriel Cuñado, médico español que había combatido con los ejércitos realistas durante nuestra independencia, y que se había radicado, luego, en Jujuy. Este facultativo entró en la casa por la puerta delantera, y contempló el cadáver tendido en el zaguán. Dejó asentado, antre otros pormenores, "que luego de pisar el umbral de la puerta de calle, notó cerca de ésta tres gotas de sangre y un gran charco de la misma al llegar al arco del zaguán, donde estaba el cadáver en decúbito dorsal, con una herida, al parecer de bala, en la base del esternón. Este testimonio cobra insuitado valor, porque el doctor Cuñado no intervino en las guerra civiles, y por eso, no revistaba ni como unitario ni como federal. Además era médico, y tampoco pudo participar en el supuesto juramento formulado por los amigos de Lavalle, ya que ni conocía a éste ni a sus compañeros. Por esa causa, su referencia -localizando el orificio de entrada del proyectil- posee singular valía, puesto que de ella una inferencia capital puede ser extraída...Procurando suministrar sustento científico a cuanto antecede requerimos la opinión del profesor titular a cargo de la cátedra de Medicina Legal de la Universidad de Buenos Aires médico forense de la Justicia Nacional doctor Víctor Luis Poggi, quien, accediendo con gentileza a nuestro requerimiento, nos informó que nunca hasta hoy en su ya dilatada experiencia, le ha tocado ver un suicida con orificio de entrada del proyectil adosado a la horquilla esternal. En resolución, la situación del orificio de entrada del proyectil que dio muerte a Lavalle se revela incompatible con la presunción del suicidio. Adiciónese a esto otro detalle, igualmente señalado por el profesor Poggi: la particularidad de que todo disparo perpetrado a muy corta distancia -como lo habría sido en este caso, si hubiera ocurrido, efectivamente, suicidio- y aún más con las pólvoras negras, ricas en carbón, azufre y salitre que en esa época se usaban, habría originado, indefectiblemente, un extenso chamuscamiento y tatuaje de la piel circunvecina, contingencia que si hubiera existido, el doctor Cuñado, por ser médico, y por lo llamativo, no hubiera omitido seguramente señalar...Tercera contradicción de El cóndor ciego".
El acta médica de los restos de Lavalle firmada por Juan José Montes de Oca, Francisco Javier Muñiz y Alejandro Araujo en Buenos Aires el 25 de enero de 1861, -cuando retornaron de Potosí- certificó que “el esqueleto contenido era de adulto, y los huesos, deficientes en número, por su longitud, solidez y buena proporción, así como por las asperezas que dieron implantación a los músculos y tendones de ciertas regiones, denotan haber pertenecido a un hombre de alta talla y de fuerte constitución. El cráneo elevado y el ángulo facial de 80 grados; traducen la majestad y la belleza antigua, que tuvo en su cabeza y cara el general Lavalle”.
Según el historiador Julio A. Benencia, el general Lavalle en plena retirada, el 8 de octubre de 1841, acampaba sobre la ciudad de Jujuy llevando unos escasos doscientos hombres, último resto de la Legión Libertadora con la cual había iniciado la campaña de 1840. Enfermo, acompañado de su secretario Félix Frías, el teniente Celedonio Álvarez y ocho hombres de su escolta, se aposentó en una casa de la ciudad que antes había ocupado Elías Bedoya. Poco después se le unía el comandante Lacasa, descansando allí todos hasta las primeras horas de la madrugada del día 9 de octubre. La voz del centinela hizo salir al comandante quien al observar una partida detenida frente al alojamiento, a unas veinte varas, dio orden para el apresto de los suyos. “Lavalle se asomó en ese instante y al entrever el peligro apresuró el de las cabalgaduras, dispuesto a abrirse paso a viva fuerza. Varios tiros partieron del grupo enemigo y el guerrero, respetado por la muerte en cien combates, cayó atravesada la garganta de un balazo”.
El ayudante Pedro Lacasa, dijo que una bala atravesó la garganta de Lavalle poco después que éste ordenara ensillar para abrirse paso frente a las partidas federales: “el tiro de un cobarde al través de una puerta vino a robar a la patria una de sus más bellas esperanzas; no podía ser de otro modo”. Este relato coincide con lo afirmado por el historiador Benencia. La versión oficial de la muerte de Lavalle menciona que fue ultimado después de haber sido intimado a rendirse por las tropas federales: “Corrió este salvaje unitario para adentro de la casa, y en el acto salió el traidor salvaje unitario Lavalle, abrochándose la cartera de la camiseta, y habiéndole gritado el señor comandante Blanco –“Date a preso salvaje unitario y ríndete” cerró dicho salvaje unitario de golpe la puerta, y en el acto mandó el enunciado señor comandante que echasen la puerta, lo que efectuaron los cuatro tiradores a balazos, errando fuego una tercerola de uno de ellos, pero que él tuvo la sin igual gloria de haber dirigido su tiro por la cerradura de la puerta con cuya bala hirió mortalmente al salvaje pegándole por debajo de la barba en el pescuezo” (Clasificación del soldado José Bracho, Santos Lugares de Rosas, 14/XI/1842).
José María Rosa.

Bibliografía:
Academia Nacional de la Historia, Partes de batalla de las guerras civiles 1840-1852, Buenos Aires, 1977, t. III.
BENENCIA, Julio A., “Los restos del general D. Juan Galo de Lavalle”, en Historia n° 39, Buenos Aires, 1965.
QUIRNO LAVALLE, Ricardo, “La muerte del general Lavalle”, en Publicaciones del Instituto de Estudios Iberoamericanos, Buenos Aires, 1981, vol. II.
QUIRNO LAVALLE, Ricardo, “La muerte del general Lavalle”, en Investigaciones y Ensayos n° 31, Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, Julio-Diciembre 1981.

domingo, 9 de octubre de 2022

GALO (1797-1841), sus dos caras: de granadero bizarro a fusilador

Por el Dr. Julio R. Otaño
“Todo estaba en su mano y lo ha perdido/ Lavalle, es una espada sin cabeza. / Sobre nosotros, entretanto, pesa / su prestigio fatal, y obrando inerte / nos lleva a la derrota y a la muerte! / Lavalle, el precursor de las derrotas. / Oh, Lavalle! Lavalle, muy chico era / para echar sobre sí cosas tan grandes”. Esteban Echeverría
Juan Galo Lavalle nació en Buenos Aires el 17 de octubre de 1797. Era el cuarto hijo de Manuel José de la Valle y Mercedes González. Lavalle ingresó como cadete en el Regimiento de Granaderos a Caballo en 1812. La influencia del General San Martín en la modelación espiritual de los jóvenes oficiales habría de ser de decisiva gravitación. 19 generales salieron de sus filas, sus escuadrones lucharon en San Lorenzo, Montevideo, Tucumán, Chacabuco, Talcahuano, Maipú, Río Bamba y Ayacucho. Los Granaderos a Caballo fueron en sí mismos, una epopeya en su dimensión Americana. En mayo de 1813 pidió al general Alvear ser enviado al frente. Ascendido a teniente en 1813, pasó en 1814 al ejército sitiador de Montevideo, a órdenes de Alvear. Luchó contra Artigas, y al mando de Dorrego combatió en la batalla de Guayabos. 
En 1816, con su regimiento, ingresó al Ejército de los Andes que San Martín preparaba en Mendoza. Allí, en uno de los convites organizados por Remedios de Escalada de San Martín, la joven esposa del Libertador, Lavalle conoció a su futura esposa, María de los Dolores Correas. El 4 de febrero de 1817, tuvo destacada actuación en Achupallas donde una patrulla de Granaderos venció a fuerzas realistas superiores que trataban de impedir la marcha de las tropas argentinas. En Chacabuco fue ascendido a capitán. En Maipú mandó una compañía de Granaderos que con los regimientos de Zapiola y Freire pusieron fuera de combate a la caballería realista. Combatió en el sur contra los restos del ejército español. En Nazca, Perú, el 15 de octubre de 1820, al frente de la caballería patriota avanzó a todo galope sobre el campo realista, causando una completa sorpresa. En 1822, Bolívar se halla con sus fuerzas detenido y en inactividad, 4.000 realistas se encuentran desplegados en el área general de Quito, Cuenca y Pasco, entre aquél y las fuerzas de San Martín, a su mando está el nuevo Virrey de Nueva Granada, el General Juan de Cruz Mungeón, compañero de San Martín en la Batalla de Bailén. En tales circunstancias el Libertador refuerza con una división a Sucre, permitiéndole de esa manera iniciar operaciones hacia el Norte, a fin de facilitar el acceso de Bolívar, desde esa dirección. Dicha división fue puesta al mando del Coronel Santa Cruz en reemplazo del Coronel Arenales a la sazón enfermo. La integraron con el Batallón II Trujillo, a las órdenes de Olazábal, el Batallón IV Piura, a las órdenes del Teniente Coronel Villa; dos escuadrones de Cazadores a Caballo bajo el mando del Teniente Coronel Antonio Sánchez; y un escuadrón de Granaderos a caballo a las órdenes del Comandante Juan Lavalle. En total 1.500 hombres a las órdenes de jefes argentinos. Es el 21 de abril de 1822, que se inicia el drama de la acción de Río Bamba. Los 96 Granaderos al mando de Lavalle atravesaron sin inconvenientes la Villa de Río Bamba y al alcanzar una altura al norte de ésta, descubren caballería enemiga avanzando hacia el Sud en amplio frente. Esa fue, la oportunidad en la que Lavalle lanza sus granaderos a la carga y sorprende y bate totalmente a los enemigos que encabezaban el franqueo del callejón, los que al huir desorganizan y arrastran en la fuga a las propias fuerzas que le seguían en el pasaje. Lavalle y sus granaderos los persiguen sable en mano hasta las posiciones que ocupa en la retaguardia, la infantería realista, a cubierto de la cual el enemigo en derrota buscó reunirse y reorganizarse. Lavalle regresó con sus fuerzas al trote hacia Río Bamba. Durante el trayecto se le reunieron 30 Dragones de Colombia, a los que destacó como seguridad en el flanco. La caballería realista ya reorganizada y animada por la comprobación de los escasos efectivos patriotas avanza ahora sobre los Granaderos. Lavalle fría la sangre y firme el corazón, continúa al trote con sus fuerzas. Ahora, cuando ya ha alejado a los realistas de la protección de su Infantería y están a menos de cien metros de distancia manda: GRANADEROS, vuelvan caras y luego... ¡¡ a la carga!! El choque con los Húsares y Carabineros reales fue terrible y el entrevero sangriento. Empero la suerte se inclina rápidamente en favor de los Granaderos de Lavalle. La caballería enemiga huyó en desorden, abandonando en el Campo de Combate 92 jinetes muertos o heridos; los Granaderos por su parte sufrieron 22 bajas, de éstos 20 heridos. En Pasco, el 6 de diciembre, cargó poniendo en fuga a la caballería enemiga. En Jauja se le entregó prisionero el teniente coronel Andrés de Santa Cruz, futuro presidente de la Confederación peruano- boliviana. Intervino en Pichincha, en el desastre de Torata y en la retirada de Moquegua, donde con 300 Granaderos contuvo a un ejército varias veces superior. Juan Lavalle retornó a las Provincias Unidas en 1823, y tras un breve paso por Mendoza, donde visitó a su prometida, emprendió la marcha hacia la capital del antiguo Virreinato. El gobierno de Martín Rodríguez lo recibió con honores. Lavalle cumplió su promesa y regresó a Mendoza, donde contrajo matrimonio con María de los Dolores en abril de 1824. Regresó a Buenos Aires junto con su esposa y fue nombrado jefe del Cuarto Regimiento de Infantería, cuyo objetivo era cubrir la frontera sur del río Salado, con el fin de avanzar sobre el territorio dominado por los indígenas, un problema que comenzaba a inquietar fuertemente al gobierno. Se pretendía demarcar una nueva línea de frontera que debía estar comprendida entre las costas del mar y las orillas del río Las Flores, pasaría por Balcarce y Tandil y avanzaría hacia el oeste, hacia el límite con Santa Fe. Allí trabajó codo con codo con Juan Manuel de Rosas. En febrero de 1826, Bernardino Rivadavia fue designado presidente de las Provincias Unidas, por una farsa de congreso dirigido por la Logia Unitaria y desconocido por las provincias. En tanto, comenzó a destacarse entre los opositores la figura de Manuel Dorrego, que desde las páginas del diario El Tribuno hostigaba continuamente al poder Ejecutivo representado por Rivadavia y criticaba su proyecto de ley electoral en estos términos: «…Y si se excluye a los jornaleros, domésticos asalariados y empleados también, ¿entonces quién queda? “ Juan Lavalle fue enviado a integrarse al ejército en la guerra con el Brasil, donde nuevamente se destacó por sus dotes militares. En febrero de 1827 venció a una columna de 1.200 hombres en Bacacay. En ltuzaingó, en audaz y calculaba maniobra, arrolló a las fuerzas del general Abreu, siendo ascendido a general
En tanto, en Buenos Aires en 1826, las gestiones diplomáticas para concluir la guerra con Brasil, nada favorables para las Provincias Unidas, y la sanción de una Constitución unitaria y centralista, pusieron en jaque al gobierno de Rivadavia, quien debió renunciar. El fracaso unitario facilitó la llegada a la gobernación de Buenos Aires del federal Manuel Dorrego, lo cual produjo una fuerte inquietud en el círculo oligárquico de la ciudad, que apoyaba al sistema unitario. Así escribía el unitario Julián Segundo de Agüero a Vicente López en ocasión de la asunción de Dorrego: «No se esfuerce usted en atajarle el camino a Dorrego: déjelo usted que se haga gobernador, que impere aquí como Bustos en Córdoba: o tendrá que hacer la paz con el Brasil con el deshonor que nosotros no hemos querido hacerla; o tendrá que hacerla de acuerdo con las instrucciones que le dimos a García, haciendo intervenir el apoyo de Canning y de Ponsonby. La Casa Baring lo ayudará pero sea lo que sea, hecha la paz, el ejército volverá al país y entonces veremos si hemos sido vencidos.». Dorrego tuvo que firmar la paz con Brasil aceptando la mediación inglesa que impuso la independencia de la Banda Oriental. Así nacía la república Oriental del Uruguay en agosto de 1828. La derrota diplomática de la guerra con el Brasil y el descontento de las tropas que regresaban desmoralizadas fueron utilizados como excusa por los unitarios para conspirar contra el gobernador Dorrego. El 1º de diciembre de 1828, un golpe de estado encabezado por el General Lavalle derrocó a Dorrego. Salvador María del Carril le escribía a Lavalle el 12 de diciembre de 1828: «La prisión del General Dorrego es una circunstancia desagradable, lo conozco; ella lo pone a usted en un conflicto difícil. La disimulación en este caso después de ser injuriosa será perfectamente inútil al objeto que me propongo. Hablo del fusilamiento de Dorrego. Hemos estado de acuerdo en ella antes de ahora. Ha llegado el momento de ejecutarla. Prescindamos del corazón en este caso. La Ley es que una revolución es un juego de azar, en la que se gana la vida de los vencidos cuando se cree necesario disponer de ella. Nada queda en la República para un hombre de corazón.”  La nefasta influencia de Del Carril se aprecia en esta carta de Lavalle a Brown: «Desde que emprendí esta obra, tomé la resolución de cortar la cabeza de la hidra…….y al sacrificar al coronel Dorrego, lo hago en la persuasión de que así lo exigen los intereses de un gran pueblo. Estoy seguro de que a nuestra vista no le quedará a vuestra excelencia la menor duda de que la existencia del coronel Dorrego y la tranquilidad de este país son incompatibles».  
Por su parte Brown y Díaz Vélez escriben a Lavalle interesándose por Dorrego: aquél da su opinión de aceptarle la fianza ofrecida y desterrario a Norteamérica; Díaz Vélez, que algo sabe de lo tramado en la logia, dice a Lavalle “estoy persuadido, mi amigo, que Dorrego no debe morir”. Lavalle contesta a Brown con palabras que toma a Carril: “Yo, mi respetado general, en la posición que estoy colocado no debo tener corazón” (“¡Desdichado! —acota Irazusta—, se privaba de lo único qne tenía”).
EL general Lavalle decide fusilar a Dorrego el 13 de diciembre. El gobernador derrocado se despedía de sus seres queridos: «Mi querida Angelita: En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir; ignoro por qué; más la Providencia Divina, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí. De los cien mil pesos de fondos públicos que me adeuda el Estado, sólo recibirás las dos terceras partes; el resto lo dejarás al Estado. Mi vida, educa a esas amables criaturas, sé feliz, ya que no has podido ser en compañía del desgraciado».
Lavalle para evitar toda reacción federal, impone el terror (ocultado por los escribas de la historia oficial liberal, que es totalmente “tuerta” al analiza esta época). El Pampero aconsejaba a Lavalle "degollar por lo menos cuatro mil federales”. Una locura homicida se apoderó de los más dignos militares. Dorrego fue fusilado por orden de Lavalle el 13 de diciembre; Juan Apóstol Martínez, un héroe de la Independencia, recorre la campaña matando gauchos a los que hace cavar sus propias fosas; Estomba, otro héroe, mata tantos federales que acabará enloquecido, dejándose morir de hambre en el manicomio. "Comisiones especiales" de civiles se encargan de eliminar a la chusma federal. Era el general don Juan Lavalle el tipo del soldado caballero, que se había creado fama singular con su sable corvo de granaderos a caballo, batallando por la independencia de América desde las riberas del Paraná hasta las montañas de Ecuador. Distinguíase por el orgullo que tenía de su valor, y por la altivez. El entusiasmo fácil se apoderaba de su espíritu impresionable, y se diría que actuaba como un explosivo. Cuando Bolívar estaba en el apogeo de su gloria, Lavalle, mayor entonces, osó replicarle con entereza. “Estoy habituado a fusilar generales insubordinados”, díjole colérico el libertador. “Esos generales, exclamó Lavalle, no tenía espada como ésta.” En la persecución de Chacabuco, trabóse en singular combate con un arrogante granadero español; y en Río Bamba, repelido tres veces por un enemigo muy superior, llevó todavía otra carga hasta quedar vencedor. Tal era el hombre que, utilizado por la logia unitaria, por primera vez en su vida debía mandar a sus gloriosos soldados a derramar sangre de los hermanos y a morir a manos de éstos.     Son tantos los crímenes ese año trágico, que 1829 es el único en la demografía de Buenos Aires donde las defunciones superaron a los nacimientos: hubo 4.658 muertes, cuando en 1827 fueron 1.904 y en 1828, 1.788. La expresión salvajes unitarios no fue antojadiza. Pero la reacción unitaria fracasa. Los unitarios tratan vanamente que San Martín, que está en Montevideo, acepte el gobierno y los cubra con una amnistía. "En el estado de exaltación a que han llegado las pasiones – explica el general a O'Higgins – ... no queda otro arbitrio que el exterminio de uno de los dos partidos".
Lavalle acaba por capitular con Rosas, a quien las circunstancias han convertido en jefe del partido federal porteño. Quedará en el poder Viamonte, apolítico, para llamar a elecciones. A partir de entonces, la situación de Lavalle en Buenos Aires se volvió insostenible y debió exiliarse en la Banda Oriental. Allí lo encontró la noticia del ascenso de Rosas a la gobernación, como consecuencia de una fuerte campaña de prensa en la cual Don Juan Manuel hablaba de Manuel Dorrego como un mártir de la patria y de Lavalle como un salvaje asesino. Éste desde Colonia, promovió dos fracasadas insurrecciones en Entre Ríos. Tomó partido por Rivera en su campaña contra Lavalleja, sublevado, y rechazó el nombramiento de brigadier general diciendo que "no había dejado ni dejaría de ser general argentino. En 1839, con apoyo de los emigrados unitarios y de los franceses, pasó con una división a Entre Ríos, donde combatió con suerte varia. Derrotado por Echagüe en Sauce Grande, cruzó el Paraná en embarcaciones francesas y con 1.100 hombres estuvo en 15 días en Luján. Rosas había organizado un ejército de 12.000 hombres, y Lavalle, sin apoyo, se retiró, tomando a Santa Fe en setiembre de 1840. Perseguido por tres ejércitos, trató de reunirse con La Madrid. A marchas forzadas Oribe lo alcanzó el 28 de noviembre en Quebracho Herrado, en donde quedó liquidado el ejército de Lavalle. Trató de organizar la guerra de partidas. Fracasó y, con menos de 1.000 hombres para contener a los 5.000 de Aldao, se dirigió a Chilecito, tratando de atraer sobre él a los federales, dando así tiempo a La Madrid para organizarse en Tucumán. Lo consiguó por algunos meses, y el 10 de junio de 1841, ante la proximidad de Aldao, buscó a La Madrid en Catamarca. Pasó luego a Tucumán, uniéndose a Marco Avellaneda, gobernador allí desde marzo de 1841, marchando ambos a Salta. Oribe, desde Río Hondo, amagó entonces sobre Tucumán. Marco Avellaneda había sido el primero en iniciar el desbande, había ido con su fuga más pronto hacia la muerte, porque su misma escolta acabó por traicionarlo entregándolo a los federales.  Lavalle, con un puñado de hombres, se dispuso a vender cara la derrota. Reorganizó sus efectivos, abandonó Tucumán, donde había llegado, pero donde no podía sostenerse, y cuando la prudencia le aconsejaba retirarse se decidió por la ofensiva, atacando al poderoso ejército de Oribe. En la noche del 19 de setiembre de 1841 cruzó el río Famaillá, amaneciendo formado en batalla a espaldas del enemigo. Después de una hora de combate, el ejército de Lavalle se desbandó. La derrota de Famaillá concluyó con la coalición del norte, y Lavalle regresó a Salta, pensando aún en resistir. Su plan consistía en atraer a Oribe, alejarlo de su teatro principal de operaciones para que, en su ausencia, desarrollaran libremente su acción los generales Paz y La Madrid.
El general Juan Esteban Pedernera, dejo unas memorias muy interesantes “Han pasado más de 40 años de los hechos que voy a referir, y con todo siento gran pena en declarar hoy, libre de todo prejuicio, que a Lavalle se le había pasado el momento. No es lo mismo mandar que obedecer: una cosa es maniobrar con una Compañía, con un Escuadrón, con un Cuerpo de un arma combatiente, y otra cosa es mandar una División, y aún más difícil es organizar y mover un cuerpo de Ejército; y las dificultades son aún mayores si a esto se agregan los trabajos de la preparación de una campaña, en la que se deben tener presentes factores muy diversos y cada uno con sus menores detalles, cualquiera de los que desatendidos, fácilmente puede conducirnos a un terrible fracaso. Aquel «León que se debía tener en la jaula y soltarlo el día del combate» ya no era el mismo, ya no era el joven impetuoso y ágil de los tiempos pasados. Todo había cambiado: esa estrella se hallaba en el ocaso. Durante nuestro viaje, o retirada de La Rioja, Córdoba, Catamarca, Santiago del Estero, en diferentes pequeñas acciones de las avanzadas, como finalmente en los preparativos para el Combate de Famaillá, se cometieron errores muy graves que yo no detallaré pues no quiero censurar desde el borde de la tumba la memoria de mi querido Jefe y amigo. La disciplina estaba olvidada en la tropa y no se guardó el respeto debido a los moradores de la campaña atravesada. Después del desastre, mientras nos dirigíamos a Jujuy, en una rinconada del río Juramento, Lavalle sintió silbar las balas sobre su cabeza, pero las miraba tranquilamente con desprecio, pues jamás perdió ni decayó su valor legendario.” En Salta abandonarían a Lavalle sus viejos compañeros, los comandantes Ocampo y Hornos ya resueltos a cruzar el Chaco e ir a Corrientes para ponerse a las órdenes de Paz. Fue el “sálvese quien pueda” para los unitarios de Salta. El poderoso Ejército Libertador había quedado reducido a doscientos hombres: Lavalle dejaba Salta para intentar una imposible resistencia en las quebradas de Jujuy. Lavalle no quería dejar la guerra mientras Paz luchaba en Corrientes y Lamadrid en Mendoza (nada sabía, nada supo jamás de la completa derrota de éste en Rodeo del Medio): “debemos de ser los últimos en abandonar la tierra Argentina” Félix Frías, su secretario. cuenta que el natural taciturno de Lavalle, y melancólico después de la retirada de Buenos Aires, cambió súbitamente al acercarse a Jujuy. “Me llamó varias veces para reírse de algunas ocurrencias de esos días. Esta alegría tan extraña en esos momentos tan críticos, era para mí el anuncio de una grandísima desgracia”. Cabalgaba triste y abatido al frente a sus hombres, que no llegaban a 200. Estaba enfermo de paludismo y lo atacaban vómitos de sangre que los provocaba el polvo de corteza de quina que tomaba para esa enfermedad. La tradición oral asegura que lo acompañaba Damasita Boedo, una joven de 23 años de ojos azules que había abandonado el hogar federal solo para seguirlo. Era sobrina de Mariano Boedo, congresista de Tucumán y su hermano, el coronel federal José Francisco Boedo, había sido fusilado en Campo Santo por orden del propio Lavalle. Se piensa que decidió acompañar al general solo para encontrar la oportunidad de vengar la muerte de su hermano pero que terminó enamorándose de él. El 7 de octubre de 1841 a la altura del río del Sauce, hizo adelantar al comandante Lacasa, su ayudante de campo, para que le comunicase al gobernador de su llegada. Pero Lacasa volvió con la novedad de que todas las autoridades y militares habían huido a Bolivia ante la proximidad de los federales. Le insistieron rumbear directamente hacia la Quebrada de Humahuaca, sin detenerse en la ciudad. Era demasiado peligroso. Pero Lavalle insistió y se hizo acompañar de su secretario Félix Frías, su ayudante de campo Pedro Lacasa y de ocho hombres al mando de Celedonio Alvarez a la ciudad a buscar una casa para pasar la noche.  Eligieron la vivienda que pertenecía a Ramón Alvarado y que la alquilaba el doctor Andrés Zenarrusa, quien ya había partido al exilio. Hasta el día anterior la había ocupado Elías Bedoya. Un centinela quedó en el portón de entrada. En las habitaciones se alojaron Frías y Lacasa y en el patio los soldados. Luego de la sala había otra habitación, que fue la que ocupó Lavalle. En el amanecer del 9 de octubre, el centinela sorprendió con un “quién vive” a una partida al mando del teniente coronel Fortunato Blanco. Eran cuatro tiradores y nueve lanceros. Al escuchar los gritos, el edecán Lacasa se asomó por la ventana. El jefe federal lo intimó a rendirse. Lacasa corrió hacia adentro gritando “¡Tiradores! ¡A las armas!”. Alertó a Lavalle de que los enemigos estaban frente a la casa. Cuando le dijeron que eran una veintena de paisanos, los tranquilizó. Mandó ensillar y se propuso abrirse paso. Lavalle no imaginó que en la calle un piquete de soldados enemigos, pie a tierra, apuntaban hacia la puerta. Y cuando cruzaba el primer patio hacia la calle, se produjo una descarga de fusiles. Fueron tres disparos contra la puerta, apuntando hacia la cerradura. Un proyectil que habría rebotado en el filo de la puerta o que ¿tal vez entró por el agujero de la cerradura? fue a dar a su garganta. Lavalle cayó al piso y trató de arrastrarse unos metros. Y quedó ahí. Sus acompañantes fugaron por los fondos de la casa. Su supuesto matador, José Bracho, entró a la casa, vio el cuerpo de Lavalle pero no lo reconoció. Volvió a salir para sumarse a buscar a los soldados que acampaban en las afueras. José María Rosa, el gran historiador revisionista, desarrolla una atrapante investigación sobre la muerte de Lavalle y contradice puntillosamente la versión oficial sobre la misma. En "El cóndor ciego" expone su análisis sobre las condiciones anímicas y políticas en las que Lavalle llegó a su hora suprema, y aventura su propia y sorprendente interpretación sobre lo ocurrido en la noche de Jujuy. Acosado por la culpa de sus desvíos Lavalle fue cayendo en un profundo estado depresivo. Pesaba sobre su alma el fusilamiento de Dorrego; también el haber conducido un ejército y matado compatriotas al servicio de los intereses de la logia de notables con el pretexto de luchar por la "libertad" (auxiliado por el Imperio Francés económica y bélicamente). Pero Lavalle, tan pronto ingresa al territorio argentino advierte que, a despecho de lo que le decía la Comisión Argentina en Montevideo, la opinión pública era favorable a Rosas y no iba a acompañar revolución alguna. Esta comprobación, el recuerdo de Dorrego y la humillación del dinero francés le atravesaron el alma. Fue por todo ello que, finalmente, en la jujeña casa de Zenarruza, el cóndor ciego plegó las alas y se dejó caer hacia la muerte, suicidándose. En el patio quedó el cuerpo del general, con su cabello rubio, rizado, barba larga y canosa. Sus ojos azules estaban abiertos. Sus soldados rescataron su cuerpo. Un grupo fue hasta la casa, donde muchos curiosos se habían acercado para contemplar al muerto. Le quitaron las botas, le taparon el rostro con un lienzo y lo subieron a un caballo, con la cabeza y los brazos colgando hacia un lado y las piernas al otro. 
Lo taparon con un poncho azul y se fueron del pueblo. Para evitar que su cadáver fuera profanado, sus compañeros de armas, al mando del general Juan Esteban Pedernera, decidieron proteger sus restos. El trágico cortejo, acechado y perseguido, esquivando y burlando a sus enemigos. Al cadáver lo subieron al tordillo de pelea de su jefe y lo cubrieron con la bandera argentina que las damas de Montevideo habían bordado. Con esa bandera soñaba Lavalle entrar un día a Buenos Aires. Sus restos comenzaron a descomponerse y el calor contribuyo a eso... Había que salvar lo que se podía salvar... Danel era un francés que había perdido un ojo -se lo conocía como “el tuerto”- y además de militar había estudiado medicina en su país. Llegó al Río de la Plata en la campaña de reclutamiento que hizo Bernardino Rivadavia para incorporar a oficiales europeos experimentados al ejército. En un rancho ocupado por la familia Salas pidió un cuero y salmuera, y solo con su cuchillo emprendió la tarea. Fue a orillas del arroyo Huancalera y mientras separaba carne y vísceras, el cabo Segundo Luna lavaba los huesos que acomodó en una caja con arena fina. La cabeza fue envuelta en un pañuelo blanco y su corazón fue puesto en un frasco con aguardiente. El 23 la urna con sus huesos, la cabeza y el corazón fueron sepultados en la catedral de Potosí. El general Oribe mandó una partida a perseguirlos. Quería el cadáver de Lavalle para hacerse del trofeo más preciado, su cabeza. Un mes después de su muerte, la noticia se supo en Buenos Aires y Rosas dispuso salvas de cañones disparados desde el Fuerte, repique de campanas de las iglesias y muchos vivas a la santa federación. El soldado José Bracho, el que dijo que lo había matado, tuvo su premio. Era un pardo soltero que vivía en Buenos Aires, en el barrio de La Piedad. El 13 de noviembre de 1842 Rosas lo declaró benemérito de la Patria en grado heroico, teniente de caballería de línea, con goce de 300 pesos mensuales y 3 leguas cuadradas de terreno, 600 cabezas de ganado vacuno y 1000 lanares. Rosas dispuso que el arma que usó fuera al museo de la ciudad, y no se sabe qué pasó con ella. Dicen que Damasita Boedo no pudo o no quiso regresar a su hogar. Vivió en distintas ciudades de Bolivia, Perú y Ecuador y cuando conoció a Guillermo Billinghurst, ministro peruano, fueron a vivir juntos a Chile. Finalmente regresó a Salta donde falleció el 5 de septiembre de 1880. Se fue con su historia de misterios, que comenzó cuando una bala -vaya uno a saber cómo- atravesó una puerta y mató a un general enfermo, triste y derrotado. El 19 de enero de 1861 fueron inhumados en el Cementerio de la Recoleta, en lo que fuera la bóveda de Bernardino Rivadavia, donde en 1950 se construyó el mausoleo donde descansa el Teniente General Pablo Riccheri en el centro del cementerio. Desde abril de 1918 sus restos descansan en su mausoleo en la parte final del cementerio, decorado con una escultura de bronce de un granadero, obra del escultor Luis Perlotti
   

Bibliografia

Carranza Angel J. “El general Lavalle ante la justicia póstuma”

Levene Ricardo “Historia Argentina”

Palacio Ernesto “Historia Argentina”

Pasquali Patricia “Juan Lavalle. Un guerrero en tiempos de revolución y dictadura”

Quesada, Ernesto, Lavalle y la batalla de Quebracho Herrado

Rosa, José María. El cóndor ciego. La extraña muerte de Lavalle

Rosa José maría “Historia Argentina”

Sabato Ernesto “Sobre héroes y tumbas: romance de la muerte de Juan Lavalle”

Saldías Adolfo “Historia de la Confederación Argentina”

Sierra Vicente “Historia Argentina”

Sosa de Newton, Lily, “Lavalle”

miércoles, 28 de septiembre de 2022

La Batalla de Famaillá

por el general Juan Galo Lavalle
Juan Galo Lavalle (1797-1841)
La batalla de Famaillá fue el último gran combate que dirigió el general Lavalle y su pérdida significo el fin de la Coalición del Norte. El general Paz en sus memorias, cita las cartas que le envió el mismo general Lavalle y que fueron escritas seis días antes de su muerte desde Salta y llegadas por intermedio del contingente correntino que separado de Lavalle, había llegado a Corrientes vía el Chaco. Transcribimos aquí solamente el texto que describe la batalla de Famaillá librado al sur de la ciudad de Tucumán.
Señor general don José María Paz.
Cuartel General en Salta, octubre 3 de 1841.
"Mi querido amigo:
(...) "A las dos de la madrugada del 4 de septiembre, salí de la ciudad (de Tucumán) con mi pequeña fuerza, pasé por el flanco izquierdo del ejército enemigo, y reuniendo en esta marcha mis escuadrones, medio montados y medio a pie, pasé el río de Famaillá, quedé a retaguardia del ejército enemigo, el cual, suponiéndome bastante fuerte para batir a Garzón, que con setecientos hombres, de las tres armas, había quedado a su retaguardia, con su parque y bagajes, retrocedió rápidamente doce leguas. Entonces yo volví por el mismo camino sobre la capital, y pude respirar en cuatro días que el enemigo permaneció inactivo. 
Reunido Garzón, todo el ejército enemigo volvió sobre la capital, por le camino por donde yo había maniobrado. Mis escuadrones estaban ya montados, a caballo por hombre, y había reunido, además, trescientos milicianos del regimiento de la capital. A la aproximación del enemigo, por el camino de arriba, como ya he dicho, tomé yo uno de los dos de abajo, y caí a Monteros, doce leguas al sur de la capital. El enemigo, entonces, dejo en ella una guarnición de doscientos infantes, cuatrocientos hombres de caballería y tres piezas a las órdenes de Garzón, y con el resto de sus fuerzas, volvió a marchar hacía el sur, y campó en la orilla del río Famaillá. Yo mantuve mi campo a seis leguas del enemigo, y reuní entretanto quinientos milicianos más de los de Monteros, y otros departamentos. 
Mi fuerza ascendía entonces a mil trescientos hombres de caballería, y los infantes y cañones referidos. 
Dos días medité profundamente sobre mi situación, y me resolví a atacar al ejército enemigo, siéndome imposible caer sobre la parte más débil en número, que era la guarnición de la ciudad. Las razones porque me decidí a dar esta batalla tan desigual, las expondré si algún día se me hace cargo del resultado.
La batalla de Famaillá, significo el fin de las esperanzas unitarias en el norte argentino.
Durante la noche del 18 al 19 pasé el río de Famaillá, veinte cuadras del campo enemigo, aguas arriba, y dando vuelta sobre mi derecho; amanecí formado en batalla a la espalda del enemigo, y a una distancia de veinte cuadras aproximadamente. El enemigo dio vuelta y me tacó al instante. 
El éxito de la batalla dependía del combate entre mi izquierda y la derecha enemiga. Donde estaba lo selecto de la caballería de ambos. Mi derecha y la izquierda enemiga, compuestas de los santiagueños, esperaban el resultado del combate del ala opuesta, para huir o avanzar. 
La poderosa infantería enemiga estaba contenida y obligada a tenderse en el suelo, por el fuego de nuestros tres cañones, que habían tenido la fortuna de desmontar una pieza de a ocho, la más fuerte del enemigo.
la derecha enemiga atacó mi izquierda; mis primeros escuadrones fueron vencedores, y lancearon por la espalda más de cien enemigos; pero el escuadrón Libertador (compuesto todo de porteños), al que no tocaba sino un esfuerzo muy inferior al que habían hecho los otros escuadrones, huyó a treinta varas del escuadrón enemigo, que le tocó cargar, y la derrota de la izquierda empezó a pronunciarse. 
Lancé entonces mi escolta, que tomaba perfectamente por el flanco izquierdo de la derecha enemiga. En su primer ímpetu arrolló una parte de la fuerza enemiga que perseguía, pero no fue ayudada por los otros escuadrones, que debían haber vuelto caras inmediatamente, y huyó también. Mi derecha, que mandé en el acto cargar a la izquierda enemiga, se disolvió moverse, y entonces los santiagueños avanzaron, porque ya no tenían enemigos al frente
Debe usted inferir lo que harían mis pobres ochenta infantes, cuya mayor parte tenían fusiles descompuestos. 
Huyeron a salvarse en un bosque inmediato. Mis tres piezas fueron tomadas por el enemigo, que no persiguió a nadie, sino a mi sola persona, pues nuestra izquierda había salido del bosque con menos pérdida que el enemigo, el que siempre le respetó aun viéndola dispersa y en fuga.
Se perdió, pues la batalla de Famaillá, y a los once días llegué a esta ciudad, con la mayor parte de mi ala izquierda. Mi ala derecha era toda de tucumanos, que se fueron a sus casas (...)

sábado, 1 de diciembre de 2018

“ESPADA SIN CABEZA” la extraña muerte de Juan Lavalle.

Por José María Rosa
El general Paz cuenta en sus Memorias la impresión que le hizo Lavalle cuandolo vio en Punta Gorda; ya no era el atildado oficial de la escuela de San Martín. Su vestimenta y sus actitudes mostraban un cambio enorme: desaliñado, sin cuidar de sí ni de la disciplina de su ejército, daba la impresión de andar como dormido, de estar dominado por un escepticismo invencible. ¡Qué lejos de Río Bamba y de Ituzaingó! Lamadrid, que lo encontró en Córdoba poco después de la entrevista con Halley, le oye “atacar a los de frac” y contestar a Villafañe, que se quejaba de la falta de moralidad del ejército: “¡Deje usted que roben, que fusilen y que maten!” No había orden, no tomaba las precauciones más elementales, parecía no importarle ya nada: “¡Y éste es el gran general en que los pueblos todos antes de la coalición tenían fijas todas sus esperanzas!”, le dice Lamadrid a Villafañe. Tan orgulloso que era antes, acepta ahora callado las reconvenciones que le hace Lamadrid sobre su negligencia en la conducción del ejército: “¡Confieso que es la única vez que vi a este valiente y desgraciado general – comenta Lamadrid en sus Memorias –sufrir resignado y sin inmutarse un reproche semejante!” En el norte, durante el invierno de1841, Lavalle no ejecuta movimientos estratégicos ni planea operaciones de importancia. Abandona el ejército para ir a encerrarse en la hacienda de Gualfin, en Catamarca, con la hermosa Solana Sotomayor, mujer de Brizuela, “con la cual pasó cuatro días y cuatro noches sin levantarse de la cama, mientras se paseaban por los corredores, desesperados, sus jefes, oficiales y secretarios, y el grave y solemne Félix Frías decía siempre al asombrado Pedernera: La causa de la libertad, señor general, se pierde por las mujeres
 
Entre tanto, Brizuela, director nominal de la Coalición del norte, buscaba consuelo en la bebida, y poco de
spués se dejaba vencer y matar en Sañogasta. Ya no se oyen sino reproches, merecidos o no, de sus compañeros de causa, Marco Avellaneda atribuye a su inercia el fracaso de Tucumán, y muy grave debió ser su resentimiento para abandonarlo después de Famaillá.
Esteban Echeverría le dice en versos:
“Todo estaba en su mano y lo ha perdido
Lavalle, es una espada sin cabeza.
Sobre nosotros, entretanto, pesa
su prestigio fatal, y obrando inerte
nos lleva a la derrota y a la muerte!
Lavalle, el precursor de las derrotas.
Oh, Lavalle! Lavalle, muy chico era
para echar sobre sí cosas tan grandes”.
El cóndor vuela aún llevado por su impulso de acero. No ha triunfado en una guerra que no podía concluir sino con la victoria o la muerte. Al partir de Montevideo había hecho el juramento, que Florencio Varela le recuerda con insistencia poco benigna, de “quedar tendido en las calles de Buenos Aires o libertar a su patria”.  No ha logrado ni lo uno ni lo otro. Varela insiste ante Frías en que no hay otra salida: el general debe comprender “que su nombre, su gloria, su porvenir, el de sus hijos, dependen del éxito de la empresa”. Al propio Lavalle advierte que si no triunfa, “si la revolución se perdiera por no seguir usted el buen camino (el buen camino eran los consejos militares de Varela), cargaríamos todos con las maldiciones de la patria”
El jefe del Ejército Libertador vivía como ausente, sin fuerzas para dar una orden,sin energía para aplicar un castigo. Lamadrid se entera con asombro de que en un pozo de la travesía los soldados se han dado de cuchilladas ante el propio general, que “se había tendido y los observaba indiferente”. Es tal la impresión que le produce la melancolía de Lavalle que “lo compadecía en extremo en mi interior, pues acabé de convencerme de que estaba agobiado por el peso de sus desgracias, siendo esta causa la que lo había reducido a dicho estado”.Diríase que buscaba los lances amorosos para aturdirse y olvidar. A Solana Sotomayor la reemplaza en Salta con Damasita Boedo, hermosa niña de veinte años, hija del congresal de Tucumán.  Damasita Boedo, prendada del héroe legendario y caballeresco, gallardo en sus cuarenta años, de mirada dulce y triste, abandona la casa paterna para compartir sus últimas horas. Pondrá un aliento de ternura en las melancólicas horas de la derrota final y estará junto a él en la mañana trágica de Jujuy.
“NI EL SEPULCRO LA PUEDEHACER DESAPARECER”
Ajeno a todo, revivía en el amor y en el combate. Al entrar en batalla sus ojos volvían a brillar de coraje y sus manos temblaban con la impaciencia de la acción. Más que nunca su famosa valentía se mostró en los últimos combates del norte. En Famaillá, una batalla de desesperación, en que pocos reclutas arremeten contra tropas de línea muy superiores en calidad, número y armamento, es tal el ímpetu de la carga de Lavalle que, por un momento (el único en toda la campaña), la victoria estuvo indecisa. Pero los suyos huyeron.  Diríase que buscaba la muerte, que no encontró porque el baqueano José Alico consiguió escamotearlo del entrevero por picadas desconocidas. Varios días estuvo perdido para el resto de su ejército, cuya salvación dejó a la prudencia de Pedernera, refugiado con Damasita para olvidarse, tal vez, que no había muerto en la batalla. Quiso consolarse de la derrota con lacertidumbre de que Lamadrid estaría victorioso en Cuyo, lo que atribuía a su acierto en dividir el ejército. Le había llegado la noticia de Angaco, en que Acha con quinientos hombres desbarató a tropas cuatro veces superiores. Pero tres días después tuvo un nuevo desengaño:
Benavídez, derrotado en Angaco, se había rehecho y en San Juan habíase cobrado un amplísimo desquite: ni Acha, ni su división, existían ya. Le quedó la esperanza, que angustiosamente transforma en certidumbre, de que Lamadrid habría de vencer en Mendoza. Nunca le llegó la noticia del completo descalabro de Rodeo del Medio –ocurrido a los pocos días del suyo en Famaillá – y que los deshechos de Lamadrid huían por la nieve de la Cordillera, cerrada en esa época del año. ¿Qué le quedaba?... Sus mejores regimientos acabaron por dejarlo, francamentesublevados, para irse por el Chaco hasta Corrientes. El no podía tomar ese camino: Corrientes lo había proscripto cuando cruzó el Paraná después de Sauce Grande, y Ferré lo había llamado desertor, y a su conducta, la más negra de las traiciones.  Lo seguían aún doscientos fieles: con ellos tomó el camino de Jujuy para defenderse en guerrillas por la quebrada. Tal vez en esos momentos el cóndor comprendió que había perdido la luz para siempre: “Pero lo que no puedo concebir es el que haya americanos que, por un indigno espíritu de partido, se unan al extranjero para humillar su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempos de la dominación española: una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”, escribía San Martín indignado por la conducta de los unitarios.
LA NOCHE DE JUJUY  El 8, al llegar a Jujuy, estaba en un estado “de alegría extraña”, que era para mí anuncio de una grandísima desgracia”, dice Frías (esta frase no tendría sentido si lamuerte hubiera sido casual). Y cuando todo y todos aconsejaban no entrar a la ciudad y tomar rápidamente el camino de Humahuaca, acampó la tropa en las orillas y se fue a buscar “una casa donde hubiera una cama”. ¿Quiso pasar una última noche de amor? No quería oír hablar de retirarse por el camino de Bolivia. Hasta el 6, en que se fueron Ocampo, Hornos y la mayor parte de la tropa, creyó en que aún podía defenderse en Salta. Después creyó, quiso creer, en la posibilidad de una “guerra popular”, a lo Güemes, disputando los pasos de la quebrada a las tropas de Oribe.  La huída de Alvarado y de Bedoya le desmoronó esta última esperanza: “la idea de Vd. de hacer guerra popular es inverificable – le decía Bedoya en la carta que le dejó en Jujuy –, tengo conciencia segura de que no se ha de hacer nada, absolutamente nada. Lo engañan, general, los comandantes que se lo prometen y antes de cuatro días los ha de ver Vd. capitular con la montonera”.   Por lo tanto... no quedaba nada más que el camino de la emigración, insistentemente reclamado por todos. Es decir, la derrota, el deshonor, la conciencia de una “felonía que ni el sepulcro puede hacer desaparecer”, que tan só1o acallaba con el ardor del combate. No habría de ser el suyo. Había buscado la muerte en Famaillá, y en tantos combates, sin encontrarla jamás. Cuando a la madrugada la presencia de la partida de Blanco dio la certidumbre de que había llegado el esperado final, quiso afrontarlo sereno abriéndose paso a través de los enemigos.
La huída de los suyos impidió este propósito y no quiso caer vivo en las manos enemigas, había repetido que “Rosas podría disponer de su cadáver, pero no de su vida”.  O quizá comprendió al
alejarse la partida, después de pretender descerrajar la puerta, que la muerte nunca vendría a buscarlo. Sin posibilidad de seguir la lucha y para caer en tierra Argentina, quiso salirle al encuentro,
arrogantemente, cansado de esperarla. Había dicho que sería el último en abandonar el suelo de su patria:había jurado vencer o que dar tendido. Cumplió su juramento.
LA LEYENDA
Sus compañeros convinieron en atribuir su muerte a la descarga que había hecho la partida contra la puerta. Debió ser un solemne juramento de honor que se prestó en los Tapiales de Castañeda, al abrigo de la tropa y ya pasado el desconcierto por la actitud del comandante Blanco. Esos últimos doscientos eran un puñado de amigos fieles, de lealtad probada. Sin duda fue Félix Frías, tan cató1ico, quien sugirió la piadosa mentira; tengamos en cuenta las modalidades de la época, pues los restos de un suicida no recibían sepultura y su nombre quedaba infamado y proscripto. Tal vez una consecuencia de ese juramento fue la actitud de recoger el cadáver para que los enemigos no advirtieran, por la índole de la herida, la verdadera causa de la muerte. Lavalle debió matarse en su habitación o en el segundo patio, “donde había ido tras Frías”.  Que el teniente López recogió el cuerpo “del zaguán donde estaba como tendido” es parte de la leyenda; lo recogió en algún lugar alejado del zaguán, pues tuvo que explicar a los vecinos “que no murió instantáneamente, que en las ansias del últimomomento se arrastró hacia su cuarto”. Medio Jujuy supo, por boca de quienes recogieron el cuerpo, que una descarga de los federales había concluido con el jefe de los unitarios. Los federales, al volver a la ciudad, oyeron con asombro, de boca de los vecinos, que Lavalle había caído por la descarga contra la cerradura. Debe descartarse que examinaron la puerta: Blanco nada dice de disparos que “atraviesan la puerta”, y Bracho se atribuye un tiro por el ojo de lacerradura. Ni creyeron ni dejaron de  creer que ellos habían terminado con Lavalle, pero desde luego no iban a desmentir una versión que les obsequiaban y que para ellos significaba ascensos y premios. por supuesto que al forjar la leyenda, ninguno de los amigos de Lavalle recordaba el cedro macizo dela puerta, su espesor, ni tampoco podían saber que los tiros no habían sido disparados con fusiles, sino con malas tercerolas. Todos guardaron celosamente el juramento. Frías escribe a Rafael Lavalle que le queda “el grato deber de defender el nombre glorioso del general” ; y al hablar – muy pocas veces – de la muerte de Lavalle no dejó de agregar “muerto por los soldados de Rosas”. La leyenda fue cuidada. Como los hombres siempre vemos lo que queremos ver, nadie ha visto la evidencia. Y quedó oculto el hondo motivo patriótico de la muerte del general Lavalle.