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jueves, 3 de octubre de 2024

lunes, 24 de agosto de 2020

El paso del Coronel José de San Martín por el pago de los "Santos Lugares" (hoy día General San Martín) yendo a San Lorenzo....

 Por el Prof. Julio Otaño

La historia del Regimiento de Granaderos a Caballo, comienza juntamente con la aparición de San Martín en el escenario americano (1812) Con fecha 16 de marzo el gobierno superior provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, con las firmas de Chiclana, Sarratea y Rivadavia, expide el nombramiento efectivo de José de San Martín como Teniente Coronel de caballería y “Comandante del Escuadrón de Granaderos que ha de organizarse”.  Para la concreción del mismo, San Martín había expuesto la necesidad de formar un cuerpo modelo, donde privara la calidad humana de sus integrantes sobre la cantidad, núcleo de un ejército disciplinado y moderno, capaz de combatir con todas las probabilidades de éxito contra las veteranas fuerzas del rey.

Formaron en el núcleo inicial de aquel escuadrón: En la plana mayor como Comandante el Teniente Coronel don José de San Martín; el Sargento Mayor don Carlos María de Alvear; el Ayudante Mayor don Francisco Luzuriaga, el Capitán don José Zapiola, el Teniente don Justo Bermúdez, el Alférez don Hipólito Bouchard,  y el Alférez don Mariano Necochea.  Dijo Espejo  “los soldados educados en la escuela de San Martín eran entonces y han sido después un modelo digno de ser imitados, por su gallarda apostura, sus airosos movimientos y su arrogante despejo, tanto en las funciones militares cuanto en las civiles y sociales. ¿Y qué diremos acerca del aseo personal y la uniformidad del traje. No se toleraba una manchita en el uniforme, ni un botón no bien limpio. El Jefe del Regimiento de Granaderos estableció un código de honor cerrado y eficaz”.  Con fecha 11 de setiembre de 1812 se crea, por decreto, el segundo escuadrón, y el 5 de diciembre de ese mismo año, con las firmas de Rodríguez Peña, Alvarez Jonte y de Tomás Guido como secretario interino de Guerra, se dispone la formación del tercer escuadrón. Y un decreto asciende a Coronel a San Martín, con fecha 7 de diciembre de 1812, al mismo tiempo que se establece su cuartel definitivo en la zona del Retiro, denominado luego de la Revolución de Mayo, como “Campo de Marte.”

 

El Regimiento “que nunca fue rechazado y cubrió de laureles a la Patria, había hecho honor a las palabras de su glorioso Jefe “de lo que mis Granaderos son capaces sólo yo sé; quien los iguale habrá, quien los exceda no”.

En ese año y en los posteriores de la lucha por la inde­pendencia, en los reclutamiento realizados para integrar los ejércitos de la Patria, fueron incorporados muchos ve­cinos de Santos Lugares, como por ejemplo Francisco González, incorporado a fines de 1812.

En 1813 también fueron reclutados numerosos escla­vos que habitaban esos parajes para integrar el regimiento de libertos.   Cinco días antes de la batalla de San Lorenzo, el 29 de Enero de 1813, a las doce de la noche, cruza los caminos dormidos y polvorientos de Santos Lugares al frente de su flamante regimiento de granaderos a caballo, el genio mili­tar de la Independencia Nacional.   El bizarro y valiente hombre, entonces Coronel San Martín, que había de llegar a ser el prócer máximo de la nacionalidad, no pensaba al pisar esas tierras que con el andar del tiempo, sobre esa desolaba llanura con pequeños y humildes caseríos, se levantaría la industriosa y pu­jante población que llevaría su nombre.  Comisionado por el Gobierno para que iniciara la cam­paña de vigilancia de las costas del Paraná, había salido del Cuartel del Retiro el 29 de enero en dirección a la posta de los San­tos Lugares, (ubicada donde se encuentra el “Urbión” según el historiador Barbera) donde debía hallar 250 caballos para que mon­taran sus granaderos.

El guía que le acompañaba extravió el camino, lo cual le hizo llegar tarde a la posta, donde comprobó con sorpresa, que el Maestro de la misma, Pedro Coronel no había recibido orden para tener pronta la caballada, tanto para los granaderos como- para el Regimiento 2 de Infantería.

EI futuro Libertador hizo las sucesivas etapas de su viaje en horas de la noche, no solo para evitar el cansancio de los caballos y la tropa que de día hubieran debido soportar el intenso calor estival, sino también para eludir la vigilancia de los espías enemigos que todavía abundaban en el Plata.


El coronel San Martin se alojó unas horas ese 29 de Enero, en la casa del coronel Jose Manuel de la Serna y de su mujer y prima Doña Manuela Gomez de la Serna, ubicada en la calle Rivadavia y Caseros,cuyos dueños de casa eran amigos de la familia Escalada.  A la madrugada parte, dejando la infantería que no había conseguido montar, y adelanta un oficial para que avise a las demás Postas, tuvieran la ca­ballada lista a fin de evitar inconvenientes tan graves y perjudiciales para su avance. Este antecedente histórico vincula a la posta de Santos Lugares con el combate de San Lorenzo (3 de febrero de 1813).  El 9 de febrero volvió a pasar el coronel San Martín por Santos Lugares de retorno a Buenos Aires, triunfador de su primer combate en tierras americanas, al frente de su caballería, conduciendo los dos cañones, el estandarte y demás pertrechos tomados al enemigo.  Cabe finalmente destacar que el viaje acaballo de ida y vuelta a San Lorenzo desde Buenos Aires, aproximadamente cuatrocientos cincuenta kilómetros, sin contar entonces con puentes y taludes para salvar los ríos, cañadas y bañados, hoy resultaría una extraordinaria hazaña.  Mientras se suceden los acontecimientos de nuestra gesta emancipadora, Santos Lugares sigue su monótona vida de caserío de campaña, interrumpida de vez en vez por las noticias contradictorias de los acontecimientos bélicos.

sábado, 4 de mayo de 2019

El Combate de San Lorenzo visto por viajeros británicos

Por JUAN PARISH ROBERTSON y GUILLERMO P. ROBERTSON.
No habían corrido muchas horas cuando desperté de mi profundo sueño a causa del tropel de caballos, ruido de sables y rudas voces de mando a inmediaciones de la posta. Vi confusamente en las tinieblas de la noche los tostados rostros de dos arrogantes soldados en cada ventanilla del coche.
No dudé estar en manos de los marinos. «¿Quién está ahí», dijo autoritariamente uno de ellos. «Un viajero», contesté, no queriendo señalarme inmediatamente como víctima, confesando que era inglés. «Apúrese», dijo la misma voz «y salga». En ese momento se acercó a la ventanilla una persona cuyas facciones no podía distinguir en lo obscuro, pero cuya voz estaba seguro de conocer, cuando dijo a los hombres: «No sean groseros: no es enemigo, sino, según el maestro de posta me informa, un caballero inglés en viaje al Paraguay».
Los hombres se retiraron y el oficial se aproximó más a la ventanilla. Confusamente, como pude entonces discernir sus finas y prominentes facciones, combinando sus rasgos con el metal de voz, dije: «Seguramente usted es el coronel San Martín, y, si es así, aquí está su amigo míster Robertson».
El reconocimiento fué instantáneo, mutuo y cordial; y él se regocijó con franca risa cuando le manifesté el miedo que había tenido confundiendo sus tropas con un cuerpo de marinos. El coronel entonces me informó que el gobierno tenía noticias seguras de que los marinos españoles intentarían desembarcar esa misma mañana, para saquear el país circunvecino y especialmente el convento de San Lorenzo. Agregó que, para impedirlo, había sido destacado con ciento cincuenta granaderos a caballo, de su regimiento; que había venido (andando principalmente de noche para no ser observado) en tres noches desde Buenos Aires. Dijo estar seguro de que los marinos no conocían su proximidad y que dentro de pocas horas esperaba entrar en contacto con ellos. «Son doble en número», añadió el valiente coronel, «pero por eso no creo que tengan la mejor parte de la jornada».
«Estoy seguro que no», dije; y descendiendo sin dilación empecé con mi sirviente a buscar a tientas, vino, con qué refrescar a mis muy bienvenidos huéspedes. San Martín había ordenado que se apagaran todas las luces de la posta, para evitar que los marinos pudiesen observar y conocer así la vecindad del enemigo. Sin embargo, nos manejamos muy bien para beber nuestro vino en la obscuridad y fué literalmente la copa del estribo; porque todos los hombres de la pequeña columna estaban parados al lado de sus caballos ya ensillados, y listos para avanzar, a la voz de mando, al esperado campo de combate.
No tuve dificultad en persuadir al general que me permitiera acompañarlo hasta el convento. «Recuerde solamente», dijo, «que no es su deber ni oficio pelear. Le daré un buen caballo y si ve que la jornada se decide contra nosotros, aléjese lo más ligero posible. Usted sabe que los marineros no son de a caballo». A este consejo prometí sujetarme y, aceptando su delicada oferta de un caballo excelente y estimando debidamente su consideración hacia mí, cabalgué al costado de San Martín cuando marchaba al frente de sus hombres, en obscura y silenciosa falange.
Justo antes de despuntar la aurora, por una tranquera en el lado del fondo de la construcción, llegamos al convento de San Lorenzo, que quedó interpuesto entre el Paraná y las tropas de Buenos Aires y ocultos todos los movimientos a las miradas del enemigo. Los tres lados del convento visibles desde el río, parecían desiertos; con las ventanas cerradas y todo en el estado en que los frailes, atemorizados, se supondría lo habían abandonado en su fuga precipitada pocos días antes. Era en el cuarto lado y por el portón de entrada al patio y claustros que se hicieron los preparativos para la obra de muerte. Por este portón San Martín, silenciosamente, hizo desfilar sus hombres, y una vez que hizo entrar los dos escuadrones en el cuadrado, me recordaron, cuando las primeras luces de la mañana apenas se proyectaban en los claustros sombríos que los protegían, la banda de griegos encerrados en el interior del caballo de madera tan fatal para los destinos de Troya.
El portón se cerró para que ningún transeúnte importuno pudiese ver lo qué adentro se preparaba. El coronel San Martín, acompañado por dos o tres oficiales y por mí, ascendió al campanario del convento y con ayuda de un anteojo de noche y por una ventana trasera trató de darse cuenta de la fuerza y movimientos del enemigo.
Cada momento transcurrido daba prueba más clara de su intención de desembarcar; y tan pronto como aclaró el día percibimos el afanoso embarcar de sus hombres en los botes de siete barcos que componían su escuadrilla. Pudimos contar claramente alrededor de trescientos veinte marinos y marineros desembarcando al pie de la barranca y preparándose a subir la larga y tortuosa senda, única comunicación entre el convento y el río.
Era evidente, por el descuido con que el enemigo ascendía el camino, que estaba desprevenido de los preparativos hechos para percibirlo, pero San Martín y sus oficiales descendieron de la torrecilla, y después de preparar todo para el choque, tomaron sus respectivos puestos en el patio de abajo. Los hombres fueron sacados del cuadrángulo, enteramente inapercibidos, cada escuadrón detrás de una de las alas del edificio.
San Martín volvió a subir al campanario y deteniéndose apenas un momento, volvió a bajar corriendo, luego de decirme: «Ahora, en dos minutos más estaremos sobre ellos, sable en mano». Fué un momento de intensa ansiedad para mí. San Martín había ordenado a sus hombres no disparar un solo tiro. El enemigo aparecía a mis pies, seguramente a no más de cien yardas. Su bandera flameaba alegremente, sus tambores y pitos tocaban marcha redoblada, cuando en un instante y a toda brida los dos escuadrones desembocaron por atrás del convento, y flanqueando al enemigo por las dos alas comenzaron con sus lucientes sables la matanza que fué instantánea y espantosa. Las tropas de San Martín recibieron una descarga solamente, pero desatinada, del enemigo; porque, cerca de él como estaba la caballería, sólo cinco hombres cayeron en la embestida contra los marinos. Todo lo demás fué derrota, estrago y espanto entre aquel desdichado cuerpo. La persecución, la matanza, el triunfo, siguieron al asalto de las tropas de Buenos Aires. La suerte de la batalla, aun para un ojo inexperto como el mío, no estuvo indecisa tres minutos. La carga de los dos escuadrones instantáneamente rompió las filas enemigas, y desde aquel momento los fulgurantes sables hicieron su obra de muerte tan rápidamente que, en un cuarto de hora, el terreno estaba cubierto de muertos y heridos.
Un grupito de españoles había huido hasta el borde de la barranca; y allí, viéndose perseguidos por una docena de granaderos de San Martín, se precipitaron barranca abajo y fueron aplastados en la caída. Fué en vano que el oficial a cargo de la partida les pidiera se rindiesen para salvarse. Su pánico les había privado completamente de la razón, y en vez de rendirse como prisioneros de guerra, dieron el horrible salto que los llevó al otro mundo y dió sus cadáveres, aquel día, como alimento a las aves de rapiña.
De todos los que desembarcaron volvieron a sus barcos apenas cincuenta. Los demás fueron muertos o heridos, mientras que San Martín solamente perdió en el encuentro ocho de sus hombres.
La excitación nerviosa proveniente de la dolorosa novedad del espectáculo, pronto se convirtió en mi sentimiento predominante; y quedé contentísimo de abandonar todavía el humeante campo de la acción. Supliqué a San Martín, en consecuencia, que aceptase mi vino y provisiones en obsequio a los heridos de ambas partes, y, dándole un cordial adiós, abandoné el teatro de la lucha, con pena por la matanza, pero con admiración por su sangre fría e intrepidez.
Esta batalla (si batalla puede llamarse) fué, en sus consecuencias, de gran provecho para todos los que tenían relaciones con el Paraguay, pues los marinos se alejaron del río Paraná y jamás pudieron penetrar después en son de hostilidades.
J. P. Y G. P. ROBERTSON.
(La Argentina en la época de la Revolución. Trad. de Carlos A. Aldao).
JUAN PARISH ROBERTSON y GUILLERMO P. ROBERTSON. — Dos hermanos ingleses, comerciantes, que viajaron por asuntos de negocios en el Río de la Plata, de 1811 a 1815. Estuvieron en Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes, y sobre todo en Asunción donde conocieron muy de cerca al dictador Francia. Juan visitó a Artigas en Purificación, 1815. Francia los expulsó del Paraguay ese mismo año. Tuvieron también negocios en Chile y Perú. Juan volvió a Inglaterra en 1830 y Guillermo en 1834. Publicaron en ese país Letters on Paraguay (2 vol.) 1838; Francia’s Reign of Terror (1839) y Letters on South America (1843). El ilustre escritor inglés Carlyle se ocupa de los Robertson y de sus libros en su folleto sobre el doctor Francia. El señor Carlos A. Aldao ha traducido los dos volúmenes de Letters on Paraguay, y seis cartas (o capítulos) de Francia’s Reign of Terror, en un volumen con título general de La Argentina en la época de la Revolución.
Las Cartas de Sud América, traducidas por José Luis Busaniche, han sido publicadas por la Editorial Emecé en tres volúmenes.

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martes, 17 de junio de 2014

Combate de San Lorenzo. 3 de Febrero de 1813

por Luis Maggi

      El Combate de San Lorenzo tuvo lugar el 3 de febrero de 1813, en la localidad homónima de la provincia de Santa Fe (Argentina), entre las fuerzas independentistas argentinas y las colonialistas españolas (realistas).
     La ciudad de Montevideo declarada por España capital provisional del Virreinato del Río de la Plata, era la principal base naval española en el Atlántico Sur; por tierra estaba sitiada por el ejército de José Rondeau, al que luego se sumaría José Gervasio Artigas. Los españoles tenían  la salida al mar y al Río de la Plata para abastecerse. Una escuadrilla realista salía de Montevideo en dirección al Paraná, y sus hombres merodeaban las costas robando los ganados.
       Una expedición compuesta de once embarcaciones, que había salido de Montevideo a fines de 1812, con el propósito indicado, fue seguida paralelamente por tierra por el coronel de caballería José de San Martín, al frente de 125 hombres de su Regimiento de Granaderos a Caballo, recientemente creado.
      Las fuerzas de San Martín se adelantaron, deteniéndose cerca de la posta de San Lorenzo, situada 26 kms al norte del Rosario. En ese lugar estaba el convento de San Carlos, donde — tras negociar la situación con el superior de los frailes franciscanos del convento, Fray Pedro García — San Martín ocultó a sus granaderos, de modo que la escuadrilla realista no pudo observarlos.
       Los españoles desembarcaron, subieron las barrancas y avanzaron hacia el convento, suponiendo que allí estaban depositados los principales bienes de la zona. Para sorpresa de los realistas, mientras aún estaba desembarcando y organizando la defensa en tierra,  fueron atacados por los granaderos a caballo sable en mano. Las tropas argentinas  realizaron un movimiento de pinzas que salían de la parte trasera del convento, la izquierda y la primera en moverse estaba encabezada por José de San Martín; la derecha, estaba encabezada por el Capitán Bermúdez.
        El desembarco no se produjo enfrente del convento, como había previsto San Martín, sino en dirección al centro de la actual ciudad. La columna de San Martín llegó antes que la de Bermúdez pudiera completar el movimiento. Por un momento, los españoles lograron defenderse: una bala hirió al caballo de San Martín, que rodó y apretó una de las piernas del coronel, inmovilizándolo. Un enemigo iba a clavarle la bayoneta, pero en el preciso instante se interpuso el Sargento Juan Bautista Cabral, quien salvó a San Martín de la muerte en combate.
       La llegada del grupo de Bermúdez, completó la victoria de San Martín, impidió que los realistas se reorganizaran  los obligó a huir apresuradamente. Algunos se arrojaron al río desde la barranca y perecieron ahogados. El combate duró 15 minutos aproximadamente. 
       El histórico combate constituyó el bautismo de fuego del Regimiento de Granaderos a Caballo y el único que desarrolló este regimiento en territorio argentino.
       El triunfo de las tropas criollas en esta batalla, tuvo consecuencias estratégicas determinantes, puesto que no hubo más campañas de los realistas de Montevideo hacia el Río Paraná, y aquella ciudad sitiada comenzó con los problemas de abastecimiento, lo que produjo su caída en manos de las tropas de Buenos Aires.
       San Martín al grito de: “Viva la Patria y ataque”, con su cabalgadura y sable en mano, se expuso al fuego enemigo a tal punto que en el combate casi perdió la vida. Este hecho, muestra que en esa época muchos de los oficiales principales encabezaban los combates para dar el ejemplo a sus subordinados; el otro motivo fue disipar las sospechas sobre la fidelidad de San Martín a su Patria, por su formación militar en España,  por acento peninsular, algunos sospechaban que fuera un agente realista. 
       Parte de notificación del combate 
      El Parte, o Carta del combate de San Lorenzo, suscripto por el coronel José de San Martín al superior gobierno decía:
"Exmo Señor. Tengo el honor de decir a V. E. que en el día 3 de febrero los Granaderos de mi mando en su primer ensayo han agregado un nuevo triunfo á las armas de la Patria. Los enemigos en número de 250 hombres desembarcaron a las 5 y media de la mañana en el puerto de San Lorenzo, y se dirigieron sin oposición al Convento San Carlos conforme al plan que tenían meditado en dos divisiones de a 60 hombres cada una, los ataques por derecha e izquierda, hicieron no obstante una esforzada resistencia sostenida por los fuegos de los buques, pero no capaz de contener el intrépido arrojo con que los granaderos cargaron sobre ellos sable en mano: al punto se replegaron en fuga a las bajadas y barrancas, dejando en el campo de batalla 40 muertos, 14 prisioneros de ellos, 12 heridos sin incluir los que se desplomaron, y llevaron consigo, que por los regueros de sangre, que se ven en las barrancas considero mayor número. Dos cañones, 40 fusiles, 4 bayonetas, y una bandera que pongo en manos de V. E. y la arrancó con la vida al abanderado el valiente oficial D. Hipolito Bouchard. De nuestra parte se han perdido 26 hombres, 6 muertos, y los demás heridos, de este número son: el capitán D. Justo Bermúdez, y el teniente Manuel Díaz Velez, que avanzándose con energía hasta el borde de la barranca cayó este recomendable oficial en manos del enemigo.
      El valor e intrepidez que han manifestado la oficialidad y tropa de mi mando los hace acreedores a los respetos de la Patria, y atenciones de V. E.; cuento entre estos al esforzado y benemérito párroco Dr. Julián Navarro, que se presentó con valor animando con su voz, y suministrando los auxilios espirituales en el campo de batalla: igualmente lo han contraído los oficiales voluntarios D. Vicente Mármol, y D. Julián Corvera, que á la par de los míos permanecieron con denuedo en todos los peligros. Seguramente el valor e intrepidez de mis granaderos hubieran terminado en este día de un solo golpe las invasiones de los enemigos en las costas del Paraná, si la proximidad de las bajadas no hubiera protegido su fuga, pero me arrojo a pronosticar sin temor que este escarmiento será un principio para que los enemigos no vuelvan a inquietar a estos pacíficos moradores.
Dios guarde a V. E. muchos años. San Lorenzo febrero 3 de 1813. Coronel José de San Martín". 
       Varios nombres y lugares, evocan este combate: 1º. El Monasterio de San Carlos, frente al campo de combate en la localidad de San Lorenzo, Provincia de Santa Fe. 2º. La  localidad del Gran  Rosario: Puerto General San Martín por el victorioso General Libertador jefe de aquella Batalla.3º. La localidad de Fray Luis Beltrán, por el  fraile del monasterio, que auxilió a los heridos del combate y luego fue uno de los jefes de arsenales y logística de las campañas sanmartinianas. 4º. La localidad de Capitán Bermúdez por un capitán del Regimiento de Granaderos. 5º. La localidad de Granadero Baigorria por un soldado de Granaderos. 6º.La localidad de Sargento Cabral, 60 kms. al Sur Oeste de Rosario,  por el soldado correntino que ofrendó su vida  y salvó la de San Martín. 7º. Una calle de Rosario se llama Bajada Sargento Cabral, cercana al Monumento a la Bandera, por el sargento Juan Bautista Cabral. 8º. La amplia  Avenida San Martín, atraviesa la Ciudad de Rosario de Norte a Sur hasta el Arroyo Saladillo..
        El Convento de San Carlos Borromeo, que puede visitarse,  conserva los restos mortales de los combatientes muertos en una urna. Funciona un Museo Histórico sobre el combate, con la celda ocupada por el General San Martín. En el exterior y frente a él, está el Monumento conmemorativo del combate, y el Campo de la Gloria[. ]Detrás del Convento, vive aún un viejo pino, bajo el cual San Martín redactó el parte de guerra referente al combate al Combate de San Lorenzo librado el 3 de Febrero de 1813. 
Las  Bajas patriotas.
GRANADERO
PADRES
EST.
ORIGEN
Juan Bautista Cabral
Francisco y Carmen Robledo
soltero
Saladas (Ctes.)
Feliciano Sylvas
Francisco Antonio y Florencia Navarro
Soltero
Corrientes
Ramón Saavedra
José Lorenzo y María Juana Díaz
casado
Stgo. del Estero
Blas Vargas
Martín y María de los Santos
soltero
La Rioja
Domingo Soriano Gurel
Juan Gil y Justa Herrera
soltero
Ciudad de la Rioja
José Márquez
Agustín y Juana Méndez
soltero
Córdoba
José Manuel Díaz
Juan Antonio y María Barroso
soltero
Tulumba (Cba.)
Juan Mateo Gelvez
Luís y Francisca Viezma
soltero
Cañada de Escobar (Bs. As.)
Juanario Luna
Crespín y Mónica Mayo
soltero
Renca de la Pta. De San Luís
Basilio Bustos
Granadero Lorenzo y Luisa Rodríguez
soltero
Renca de la Pta. De San Luís
José Gregorio Franco Fredes
Eduardo Franco y María L. Fredes
soltero
Partido de Renca de San Luís
Cabo Ramón Amador
Ramón y Francisco Sosa y Cabral
soltero
Montevideo (Uruguay)
Capitán Justo G. Bermúdez

casado
Montevideo (Uruguay)
Fallecido 14-2-1813
Julián Alzogaray
Vicente y Josefa Coria
soltero
Quillota  (Chile)
Sargento Domingo Porteau
Bernardo y Catalina Geseau
soltero
Saint Gaudens (Francia)
Teniente Manuel Díaz Vélez

casado
Buenos Aires. Fallecido y sepultado en Buenos Aires
         Cuarenta fueron las bajas producidas entre las tropas realistas, en tanto que las filas patriotas tuvieron catorce y fueron: Juanario Luna, José Gregorio y Basilio Bustos, de San Luis. Juan Bautista Cabral y Feliciano Silva, de Corrientes. Ramón Saavedra y Blas Vargas, de Santiago del Estero. Ramón Amador y Domingo Soriano, de La Rioja. José Márquez y José Manuel Díaz, de Córdoba. José Mateo Jelvez, de Buenos Aires. Domingo Pourteu, de los Pirineos en España. Julián Alzogaray, de Chile
        El Capitán Justo Germán Bermúdez, nacido en Montevideo,  falleció14 días después, en una sala del Convento de San Lorenzo, a consecuencia de las heridas recibidas en combate.
       
                La Marcha de San Lorenzo.- Letra: Carlos Javier Benielli; música:  Cayetano Alberto Silva
Febo asoma; ya sus rayos
iluminan el histórico convento;
tras los muros, sordos ruidos
oír se dejan de corceles y de acero.
Son las huestes que prepara
San Martín para luchar en San Lorenzo;
el clarín estridente sonó
y a la voz del gran jefe
a la carga ordenó.
Avanza el enemigo
a paso redoblado,
al viento desplegado
su rojo pabellón (bis).
Y nuestros granaderos,
aliados de la gloria,
inscriben en la historia
su página mejor (bis).
Cabral, soldado heroico,
cubriéndose de gloria,
cual precio a la victoria,
su vida rinde, haciéndose inmortal.
Y allí salvó su arrojo,
la libertad naciente
de medio continente.
¡Honor, honor al gran Cabral! (bis)

jueves, 9 de agosto de 2012

San Lorenzo: la Batalla olvidada

Por Dr. Gonzalo García

A 25 kilómetros al norte de Rosario, a la altura de la desembocadura del arroyo San Lorenzo se encuentra, en la ciudad del mismo nombre, el Convento de San Carlos. Allí puede advertirse que el imponente río Paraná que baña las altas barrancas se angosta notoriamente en ese paraje.

Desde la atalaya del Convento, el entonces Coronel San Martín pudo avistar el desembarco de los "godos" en la madrugada del 3 de febrero de 1813. Al mando del capitán vizcaíno Juan Antonio Zavala irrumpieron, en son de guerra, desplegando "su rojo pabellón" 250 soldados españoles con dos piezas de artillería creyendo que iban a enfrentar y escarmentar a unos pocos milicianos de la villa del Rosario.

Pero la sorpresa de los desembarcados fue grande cuando vieron la carga de caballería que se les vino encima como un rayo. Los 125 granaderos que estaban ocultos en el convento desde la noche anterior surgieron de las penumbras "como centauros" y la carga los arrolló en menos de tres minutos. Los españoles intentaron la resistencia vanamente pero 15 minutos después estaban reembarcados dejando en el campo sus 2 cañones, la bandera de guerra, 50 fusiles, 40 muertos y 14 prisioneros. Las fuerzas de la Patria naciente tuvieron bajas: 27 heridos y 15 muertos, entre ellos el Capitán Bermúdez y el Sargento Cabral.
"No fue San Lorenzo un combate de mérito extraordinario, ni San Martín le dio más importancia que el bautismo de fuego de su regimiento" afirma José María Rosa. Pero la fama de esa carga de sable y los pormenores heroicos del combate tuvieron gran trascendencia. Fue la primera y única batalla librada por el "Gran Capitán" en suelo patrio y terminó convirtiéndose en el combate más célebre de las guerras de la independencia.
Tal vez, la razón de su gloria la encontramos en el argumento que Ricardo Rojas expone con su personal estilo en el "Santo de la Espada": "El combate de San Lorenzo fue el punto de arranque de esa carrera triunfal en que palpita el generoso espíritu sanmartiniano".

Su recuerdo, en el Convento y en San Lorenzo
El turista o cualquier curioso que hoy quiera visitar el histórico convento encontrará un edifico remozado y muy bien mantenido, que contiene un interesante y completo museo recordatorio de la gesta sanmartiniana. Se trata del "Museo Histórico del Convento San Carlos", el cual posee varias salas de exposición. Estas incluyen la Capilla Antigua, con una muestra de arte religioso; el Cementerio Conventual, donde se encuentran las tumbas de los religiosos fallecidos; y una urna, señalada con el Escudo Nacional, que contiene los restos de los caídos en el combate de San Lorenzo.
Un dato histórico memorable es el hecho de que en uno de los aposentos del convento se alojó el coronel San Martín. Por último, también está la celda donde agonizó el Capitán Bermúdez por once días.
Frente al convento se hallan el Monumento a la Batalla de San Lorenzo y el Campo de la Gloria y en la parte posterior, sobre la avenida San Martín, aún crece el pino en cuya sombra el Coronel San Martín escribió el parte de la batalla.
Todos los años, los sanlorencinos se visten de fiesta para conmemorar el 3 de Febrero, la primera y única victoria al mando del General José San Martín en suelo argentino. Y de un tiempo a esta parte se le ha agregado a los actos centrales la realización emotiva de una carga de caballería y salva de artillería a cargo de la 1º sección del Regimiento de Granaderos a Caballos.


La batalla de 1846, la de la Guerra del Paraná
Retrocedamos nuevamente en el tiempo, detengámonos ahora en 1846, en el mes de Enero de ese año. Argentina era ya una Nación independiente, conducía la Confederación don Juan Manuel de Rosas y otras eran las banderas extranjeras que remontaban nuevamente el Paraná violando la soberanía nacional sobre los ríos interiores.
A mediados de 1845 la Confederación Argentina era invadida por una poderosa escuadra anglo-francesa al mando del almirante Hotham. Las dos más grandes potencias del mundo violentaban el territorio argentino a pedido de los comerciantes, banqueros e industriales ingleses que "urgían al gobierno británico para que conjuntamente con el de Francia, adoptase medidas para limitar las restricciones puestas al comercio en el Plata".
Así comienza lo que algunos autores han denominado "La Guerra del Paraná". Esta es una guerra nacional de resistencia que el gobierno de Rosas lleva a cabo contra la agresión imperial anglo-francesa.

La dimensión de la guerra
En previsión del propósito de forzar el Paraná por parte de los invasores, el ejército argentino monta, en diferentes y estratégicos parajes del río, las defensas para detener o al menos obstaculizar la navegación de la poderosa flota invasora.
Esta verdadera guerra fluvial no declarada comienza con el apoderamiento de los barcos argentinos de la escuadra de Brown en Montevideo en agosto de 1845 y termina cuando Gran Bretaña firmó con Rosas un tratado en 1849, por el cual Inglaterra se vio obligada a evacuar la isla Martín García, reconocer la soberanía argentina sobre los ríos interiores, los derechos de Oribe para ocupar la presidencia del Uruguay, devolver los barcos argentinos y saludar en desagravio el pabellón nacional con 21 cañonazos.
Con respecto a Francia, se convino que la Argentina retiraría las tropas de la Banda Oriental cuando Francia quite las guarniciones militares de Montevideo, abandone su posición hostil y celebre un tratado de paz. Francia debió ceder después de meses de negociar ante las exigencias de Rosas. En agosto de 1850, Francia concluyó con la Confederación un tratado de paz y amistad. Rosas exigió que se formule el desagravio al pabellón nacional con 21 cañonazos en forma inmediata a lo que los franceses accedieron.

Los respectivos tratados de paz marcaron una clara victoria de la firme y digna posición en defensa de nuestra soberanía nacional llevada a cabo con férrea voluntad por Juan Manuel de Rosas como encargado de las relaciones internacionales de la Confederación.

Las batallas de la guerra
En el transcurso de esta verdadera conflagración internacional se libraron sobre las costas de los ríos Uruguay y Paraná varios encuentros armados. Una de las batallas, la de "La Vuelta de Obligado", es recordada todos los 20 de noviembre como el "Día de la Soberanía Nacional". Tal vez se eligió este combate como ícono, debido a la feroz resistencia de las tropas argentinas comandadas por Lucio N. Mansilla, el alto valor simbólico de las cadenas cortando la navegación del río y la repercusión internacional que tuvo.
Pero hubo otras batallas, no menos significativas que ésta, tanto desde el punto de vista militar o por sus posteriores proyecciones políticas. La escuadra invasora fue también hostilizada y combatida en las barrancas de "Tonelero" y "Acevedo", en "Quebracho" y en la "Batalla Olvidada" de "San Lorenzo" a la que me refiero en esta nota.

La "Batalla olvidada"
En las barrancas de la costa comprendida entre el histórico convento de San Carlos y el lugar que se llama "Punta del Quebracho", el General Mansilla, comandante de las defensas, había dispuesto ocultar los cañones bajo la maleza junto con 250 carabineros y 100 infantes.
Al mediodía de 16 de enero de 1846, cuenta Saldías en su monumental "Historia de la Confederación Argentina", aparecieron el vapor "Gordon", la corbeta "Expeditive", los bergantines "Dolphin", "King" y dos goletas armadas. La flota montaba 37 cañones de grueso calibre y custodiaban la navegación de 52 barcos mercantes.
A la altura de la desembocadura del arroyo San Lorenzo, la "Expeditive" y la "Gordon" hicieron tres disparos de bala y metralla sobre la costa para descubrir la fuerza de Mansilla. Las tropas argentinas permanecieron, según el plan, ocultas en sus puestos. Cuando todo el convoy se encontraba en la angostura del río, Mansilla mandó a romper el fuego de sus baterías dirigidas por los capitanes José Serezo, Santiago Maurice y Álvaro de Alzogaray. "El ataque fue certero; los buques mercantes rumbeaban desmantelados hacia dos arroyos próximos, aumentando con el choque de los unos con los otros las averías que les hacían los cañones de tierra." (Adolfo Saldías).
Al comenzar la tarde el combate continuaba extremadamente recio todavía. Favorecidos por el viento de popa del atardecer, el convoy invasor llegó hasta el lugar llamado "Punta Quebracho" con grandes averías en los buques de guerra y pérdidas considerables de las manufacturas para comerciar que llevaban los buques mercantes. Murieron en combate 50 hombres de las fuerzas invasoras. El contraalmirante Inglefield en su parte oficial al almirantazgo británico dice que: "los vapores ingleses y franceses sostuvieron el fuego por más de tres horas y media y apenas un solo buque del convoy salió sin recibir un balazo".
La pérdida de las fuerzas nacionales fue insignificante: una sola baja. Mansilla pudo decir con propiedad que: "hábiale tocado el honor de defender el pabellón de su patria en el mismo paraje de San Lorenzo que regó con su sangre San Martín al conducir la primera carga de sus después famosos Granaderos a caballo".

¿Nadie recuerda esta batalla?
A mediados del año 2008 fui a visitar el convento de San Carlos en la ciudad de San Lorenzo. Estuve recorriendo todas las salas del bien conservado museo, crucé la avenida y me dirigí al Campo de la Gloria donde pude admirar los diferentes monolitos que recuerdan los caídos en el primer combate de San Lorenzo.
Pensaba también encontrar alguna referencia a "la otra batalla de San Lorenzo", la que conocía a través de mis lecturas de historia. Busqué al menos una mínima referencia, una placa conmemorativa, pero no encontré nada.
Con una cuota de ánimo inquieto y curioso mantuve una conversación con personal del museo por la cual me pude enterar de que estaban en conocimiento de la "otra batalla de San Lorenzo", pero me confirmaron que ninguna referencia se podía encontrar de ella, ni en el museo, ni en la ciudad. Evaluamos con el personal del museo, a los fines de encontrar alguna prueba histórica sobre la batalla de 1846, que sería posible hallar cierta información en los libros del convento, pero los documentos se encontraban bajo guarda y pronto a ser destinados a un merecido mantenimiento, por lo que estarían inaccesibles por un buen tiempo.
La lucha por la historia
Me dirigí luego a las barrancas -desde donde se puede contemplar en toda su inmensidad el río- e imaginé desde ese mirador natural a la flota imperial anglo francesa, tratando de proseguir rió arriba, mientras las huestes de Mansilla la cañoneaba incansablemente.
Reflexioné sobre los por qué de la carencia de un recuerdo de esta gesta en el lugar... No pude terminar de creer ni de convencerme de que hoy, sólo por la obra del "aparato cultural del sistema", profundamente antirrosista, se impida que se erija un recuerdo en memoria de esos héroes olvidados. ¿Será que tal vez los argentinos no tenemos espacio para recordar dos batallas que se produjeron en el mismo lugar? ¿O será que la épica fundacional de la batalla de San Lorenzo eclipsa cualquier otra?
Desconozco las razones, tal vez no las haya y sólo se trata de otra gloria más, olvidada por los argentinos...
Pero al final del camino del razonamiento, llegué a la conclusión de que la mejor forma de homenajear a los héroes y mártires es seguir recuperando la historia, apropiándonos de su relato, combatiendo contra los olvidos maliciosamente consumados por la historia oficial desde todos sus matices y desde todas sus corrientes. Sólo poniendo luz sobre la oscuridad y sacando del ostracismo y el olvido a los grandes luchadores y a las epopeyas nacionales puede el pueblo, y en especial mi generación, romper con un discurso histórico que nos condena a la dependencia y a la derrota.
La historia de un pueblo no admite recortes ni narraciones que cultivan la desmemoria. La vida de un pueblo es una continuidad que se entiende con una lectura completa. Solamente así se puede comprender nuestro presente y se encuentran las claves para el futuro.

Bajo este faro se realiza este homenaje a aquel 16 de Enero. A los héroes y al mártir de aquella "olvidada" batalla en la cual, en el mismo campo en que San Martín luchó por la liberación de nuestra patria, hubo otros argentinos que, casi 33 años después y siguiendo los principios del Libertador, lucharon sin cuartel contra el imperialismo, defendiendo nuestra soberanía nacional.

lunes, 16 de enero de 2012

Guerra del Paraná: Combate de San Lorenzo (16/01/1846)

Por Adolfo Saldías

Luego del combatir con la escuadra anglo-francesa en el Paso del Tonelero, Mansilla colocó ocho cañones ocultos bajo montones de maleza, 250 carabineros y 100 infantes en los barrancos de la costa comprendida entre el convento de San Lorenzo y la punta del Quebracho.
A mediodía del 16 de enero de 1846 aparecieron el vapor Gorgon, la corbeta Expeditive, los bergantines Dolphin, King y dos goletas armadas en la Colonia, los cuales montaban 37 cañones de grueso calibre y acompañaban 52 barcos mercantes. Al enfrentar a San Lorenzo, la Expeditive y el Gorgon hicieron tres disparos a bala y metralla sobre la costa para descubrir la fuerza de Mansilla. Los soldados argentinos permanecieron ocultos en su puesto, según la orden recibida. Cuando todo el convoy se encontraba en la angostura del río que se pronuncia en San Lorenzo arriba, Mansilla mandó romper el fuego de sus baterías dirigidas por los capitanes José Serezo, Santiago Maurice y Alvaro de Alzogaray. El ataque fue certero; los buques mercantes rumbeaban desmantelados hacia dos arroyos próximos, aumentando con el choque de los unos con los otros las averías que les hacían los cañones de tierra.

A las cuatro de la tarde el combate continuaba recio todavía, y el convoy no compensaba lo andado con sus grandes averías. Favorecido por el viento de popa y tras los buques que vomitaban sin cesar un fuego mortífero, se aproximó al Quebracho. Aquí reconcentró sus fuerzas Mansilla y batalló hasta la caída de la tarde, cuando desmontados sus cañones y neutralizados sus fuegos de fusil por el cañón enemigo, el convoy pudo salvar la punta del Quebracho, con grandes averías en los buques de guerra, pérdidas de consideración en las manufacturas y 50 hombres fuera de combate. El contralmirante Inglefield, en su parte oficial al almirantazgo británico dice que “los vapores ingleses y franceses sostuvieron el fuego por más de tres horas y media; y apenas un solo buque del convoy salió sin recibir un balazo”.

La pérdida de los argentinos fue esta vez insignificante, y Mansilla pudo decir con propiedad que habíale tocado el honor de defender el pabellón de su patria en el mismo paraje de San Lorenzo que regó con su sangre San Martín al conducir la primera carga de sus después famosos Granaderos a Caballo

jueves, 3 de febrero de 2011

Parte de notificación del Combate de San Lorenzo

Suscrito por el coronel José de San Martín al superior gobierno.
Exmo Señor. Tengo el honor de decir a V. E. que en el día 3 de febrero los granaderos de mi mando en su primer ensayo han agregado un nuevo triunfo á las armas de la patria.
Los enemigos en número de 250 hombres desembarcaron a las 5 y media de la mañana en el puerto de S. Lorenzo, y se dirigieron sin oposición al colegio S. Carlos conforme al plan que tenían meditado en dos divisiones de a 60 hombres cada una, los ataques por derecha e izquierda, hicieron no obstante una esforzada resistencia sostenida por los fuegos de los buques, pero no capaz de contener el intrépido arrojo con que los granaderos cargaron sobre ellos sable en mano: al punto se replegaron en fuga a las bajadas dejando en el campo de batalla 40 muertos, 14 prisioneros de ellos, 12 heridos sin incluir los que se desplomaron, y llevaron consigo, que por los regueros de sangre, que se ven en las barrancas considero mayor número. Dos cañones, 40 fusiles, 4 bayonetas, y una bandera que pongo en manos de V. E. y la arrancó con la vida al abanderado el valiente oficial D. Hipolito Bouchard. De nuestra parte se han perdido 26 hombres, 6 muertos, y los demás heridos, de este número son: el capitán D. Justo Bermúdez, y el teniente Manuel Díaz Vélez, que avanzándose con energía hasta el borde de la barranca cayó este recomendable oficial en manos del enemigo.

El valor e intrepidez que han manifestado la oficialidad y tropa de mi mando los hace acreedores a los respetos de la patria, y atenciones de V. E.; cuento entre estos al esforzado y benemérito párroco Dr. Julián Navarro, que se presentó con valor animando con su voz, y suministrando los auxilios espirituales en el campo de batalla: igualmente lo han contraído los oficiales voluntarios D. Vicente Mármol, y D. Julián Corvera, que á la par de los míos permanecieron con denuedo en todos los peligros. Seguramente el valor e intrepidez de mis granaderos hubieran terminado en este día de un solo golpe las invasiones de los enemigos en las costas del Paraná, si la proximidad de las bajadas no hubiera protegido su fuga, pero me arrojo a pronosticar sin temor que este escarmiento será un principio para que los enemigos no vuelvan a inquietar a estos pacíficos moradores.
Dios guarde a V. E. muchos años. San Lorenzo febrero 3 de 1813.
Coronel José de San Martín