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sábado, 19 de marzo de 2022

DHH y posguerra: una deuda pendiente

Por  Francisco José Pestanha

Debemos reconocer que —transcurridos cuarenta años— el abordaje sobre algunos aspectos de la posguerra continúa tornándose dificultoso, pero aún así, por su importancia coyuntural y estratégica, nos desafía a seguir involucrándonos en ellos. Sobre el conflicto bélico acontecido en 1982 y sus consecuencias, convergen opiniones, tensiones y disputas que aún no han sido debatidas con la profundidad que merecen. En este breve ensayo hemos de referirnos, entonces, a ciertos tópicos vinculados a la posterioridad del conflicto, a algunos efectos disruptivos derivados del dispositivo conocido como «desmalvinización» y al modo de asimilación por parte de nuestra comunidad de los efectos de una confrontación bélica acontecida durante uno de los períodos más complejos de nuestra historia.  Honestidad mediante —y a efectos de precisar adecuadamente las reflexiones que hemos de volcar más adelante— debemos confesar que la interpelación que ha marcado una huella profunda en nuestra labor de los últimos años fue suscitada a raíz de una demanda —cordial pero impactante— realizada hace más de una década por un contingente de familiares de soldados caídos en Malvinas.

En el contexto de un encuentro informal promovido por el escritor don Enrique Oliva y el veterano César González Trejo —uno de los pensadores más importantes de la cuestión Malvinas—, acompañados en aquella oportunidad por Ernesto Ríos, el pedido se dio en el marco de una muestra-homenaje a FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) —basada en un material inédito perteneciente a la colección de Francisco Capelli, último secretario general de la organización— a la que habían sido invitados los integrantes de la Comisión de Familiares, representados aquel día por Delmira Hasenclever de Cao, Dalal Abd y su esposo, Osvaldo Massad.  En aquella oportunidad, concluido el acto inaugural del encuentro en el teatro Verdi de La Boca y durante un conversatorio que se llevó a cabo después, tomó la palabra Delmira quien expresó casi de modo textual: «Muchas gracias por ayudarnos a tratar de entender un poco más la historia argentina y sobre todo el sentido que tuvo una organización como FORJA en ese período específico, nosotros venimos a ustedes para que nos ayuden en esta batalla que estamos librando por recuperar el sentido por el cual murieron nuestros hijos».  De aquel trascendente encuentro de 2009 participó la Dra. Ana Jaramillo —rectora de la Universidad Nacional de Lanús, única institución universitaria que brindó su apoyo—, por cuya iniciativa se crearía tiempo después el Observatorio Malvinas, proyecto educativo y de investigación nacido del trabajo común entre la Universidad y la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur.

Aún llevamos impregnada en nuestras conciencias y corazones aquella afanosa petición realizada por los familiares; esta nos indujo —concluidas las jornadas de homenaje— a involucrarnos de inmediato en la cuestión Malvinas, en especial, en lo que atañe a las distintas circunstancias atravesadas por quienes protagonizaron las vicisitudes de posguerra y, aún más, a examinar cómo la superestructura cultural, académica y comunicacional abordó el universo de los veteranos de guerra, el de los caídos, el de los héroes y el de sus familiares.  Si coincidimos en la percepción de que uno de los métodos por el que puede examinarse el devenir histórico de un país es a través de las herramientas mediante las que —la comunidad que lo integra— afronta un acontecimiento traumático, la posguerra per se constituyó para nosotros un discurrir atrayente para hacerlo. Siguiendo esa línea de razonamiento pusimos manos a la obra con el inestimable apoyo de la Universidad y la Corporación Buenos Aires Sur, presidida por aquel entonces por el Dr. Enrique Osvaldo Rodríguez.  Comenzamos nuestra labor llevando a cabo una serie de entrevistas a veteranos de todo el país, a sus familiares, a sus amigos y a representantes destacados de las organizaciones libres del pueblo. Debemos reconocer que, a partir de las primeras impresiones, fueron cobrando vigor dos ideas principales nutridas mediante una tarea académica y cultural incansable —en la que tuvo una participación destacada el artista y documentalista Julio Cardoso— y que consisten, por una parte, en aquella que denominamos «de quiebre» y que sostiene que en el seno de nuestra comunidad se produjo una ruptura no explícita entre la actitud de la población en general[1] y la sostenida por las élites vernáculas. Por otra parte, encontramos aquella que denominamos «fuga» y que, merced a la actitud persistente de estas élites en tal ruptura —lejos de coadyuvar con un adecuado procesamiento—, contribuyó a dilatar indefinidamente los efectos traumáticos de la guerra. La desmalvinización, cuyo concepto había circulado a partir de escasas referencias teóricas, cobró así cuerpo ante nuestros propios ojos con una luminosidad meridiana.  La primera referencia al término fue aquella emanada —no casualmente— por Alain Rouquié quien, en marzo de 1983, sugirió al sector político la idea de la «desmalvinización», con el propósito de que las Fuerzas Armadas no utilizaran el argumento para recuperar su prestigio ético en la sociedad.

Sin embargo, para Fernando Cangiano —veterano de guerra y académico— la desmalvinización estuvo orientada hacia la deshistorización de «la guerra hasta degradarla al nivel de un capricho de un puñado de oficiales, a quienes se figuró impulsados por una enfermiza sed de poder y de gloria. Deliberadamente se desligó el conflicto de una reivindicación nacional histórica de 150 años contra una de las potencias coloniales más crueles y agresivas de los últimos tres siglos». Sostiene Cangiano, además, que «un pilar fundante del dispositivo desmalvinizador fue la victimización e infantilización del exsoldado combatiente. El héroe mutó en víctima ciega e impotente. No fuimos argentinos valientes que luchamos por la soberanía de nuestra patria, aclamados por el pueblo argentino y latinoamericano que se solidarizó con la Argentina más allá de la dictadura, (…) fuimos chicos ignorantes nos dicen, sometidos a todo tipo de escarnios, no por los que nos bombardeaban, sino por los que decían estar de nuestro lado combatiendo».  Cabe aclarar que, en estos años, han proliferado cuerpos analíticos sobre este fenómeno y que suelen incorporar otros tópicos, pero el análisis de Cangiano nos alcanza para enmarcar el sentido de este texto reconociendo, además, su doble condición de veterano y académico de la Universidad de Buenos Aires.  Como decíamos, en la medida que avanzábamos en nuestras indagaciones, la desmalvinización descripta por Cangiano ante nuestra mirada dejó de ser una especulación teórica para mostrarse en toda su patética desnudez, en el marco de un trabajo intelectual que, asumimos, no está exento de pasiones y de sentimientos entrecruzados. No obstante aquello, fuimos arribando a algunas conclusiones que —a cuarenta años de vista— pueden constituir un aporte más para el debate.  Resulta interesante resaltar cómo durante el transcurrir de nuestro itinerario epistemológico fueron visibilizándose desde el poder diferentes tácticas relacionadas con el tratamiento de los combatientes. En ese sentido, solo nos bastó relevar una porción del conglomerado simbólico producido por la superestructura política, militar, mediática y académica, y de aquellos artilugios que se concentraban en los veteranos y sus familias. La desmalvinización, que en principio se había materializado discursivamente como «deshistorización»[2] del conflicto, comenzó a extender sus redes hacia el universo de sus protagonistas.  Debemos recordar que, en una primera fase desmalvinizadora, la dictadura intentó por todos los medios restringir el recibimiento popular y el contacto con los combatientes —cabe recordar aquí los acontecimientos de Puerto Madryn— conduciéndolos autocráticamente a sus respectivas circunscripciones militares para realizar lo que en jerga castrense se denomina «el engorde» acompañado por mecanismos de acción psicológica para su «readaptación». Una vez cumplidas estas condiciones, los combatientes fueron autorizados a reintegrarse a la vida civil con sus familias. Debe recordarse, además, que los soldados debieron suscribir un acuerdo de confidencialidad que consistía en evitar expresiones públicas, reservando bajo juramento los detalles de lo ocurrido a meras anécdotas del campo de operaciones. Observamos aquí cómo la desmalvinización comenzó a ser puesta en marcha por la misma dictadura. Acordemos que la inmensa mayoría de ellos eran compatriotas que habían sido convocados a las armas por la existencia de un servicio militar obligatorio y ninguna relación los unía a los objetivos dictatoriales.  A la desmalvinización iniciada por la dictadura y ya en tiempos de la democracia, le sobrevendría una segunda etapa de ocultamiento mucho más sutil. Comenzó a recurrirse a una nueva categorización de los veteranos como partícipes de un hecho traumático por el que se encontraban limitados a reincorporarse con plenitud a la vida civil. Surgirán así —no sin pátina de marginalidad y estigma— «los locos de la guerra»: muchachos de rostro taciturno y sufrido que, en estaciones de tren u otros medios públicos, distribuirían estampitas a cambio de monedas, impedidos de insertarse en la actividad pública o privada. Lo enunciado vincula a la construcción, a la naturalización de un imaginario destinado a limitar o menoscabar sus expresiones; esta circunstancia no impidió que muchos veteranos se incorporaran casi de inmediato a su discurrir ciudadano.

Además, debe reconocerse que —salvo honrosas pero erráticas excepciones— las políticas estatales dieron la espalda a estas situaciones durante un largo período. No obstante, el Estado, en sus diferentes jurisdicciones, se transformaría con el tiempo en facilitador de políticas para su reinserción en determinados organismos.  En forma paralela y destacable —rasgo característico de la Argentina— los veteranos no esperaron para organizarse. Se creará una federación que no solo se topará con profundos impedimentos para constituirse: lo que es peor, deberá enfrentar la incomprensión y la indiferencia de gran parte del sistema político, de los estamentos académicos y la infiltración por parte de diversos organismos de inteligencia.  Tiempo después, ante la imposibilidad de demostrar y sostener que un universo de más de diez mil combatientes había regresado en un estado de alienación psíquica —circunstancia que, de ser cierta, hubiera demandado la  generación de instrumentos estatales y privados para subsanarla—, sobrevoló una visión más asociada con la victimización de la comunidad respecto de la dictadura y, a consecuencia de ella, el nuevo mote de «los chicos de la guerra», concepto apuntalado por fuertes expresiones artísticas —incluso de tenor cinematográfico— donde se intentó colocar a este universo como víctima de una circunstancia fuera de todo control.  Se sostiene que los procesos de victimización colectiva suelen converger en torno a un eje principal: la «desubjetivación». La victimización del universo de veteranos y sus familias se caracterizó durante décadas por un devenir signado por la tentativa de privación de su subjetividad, eliminando sobre todo la dimensión épica que los había atravesado en su conjunto. Imaginemos por un momento a un joven civil que ingresó —en cumplimiento de la ley— a un servicio militar obligatorio; imbuido en una identidad solidaria a la defensa de su patria y en el espíritu de recuperación de un territorio usurpado por una potencia colonial. Repensemos luego su experiencia concreta, a la postre de la derrota y, a su regreso, dispositivos mediante, la pérdida del sentido por el cual había peleado. Imaginemos también a sus padres, familiares y amigos.  La adopción acrítica del dispositivo desmalvinizador de la victimización y sus secuelas —a extremos del suicidio— fue, tal vez, uno de los recursos más siniestros para afrontar los traumatismos subsiguientes a la guerra en una comunidad que —a la vez de «laboratorio de almas» al decir del poeta Marechal— carecía de un ethos guerrero provisto por su historicidad para reformularlos. Aunque aún no hemos encontrado estadísticas precisas o mejores, los datos resultantes de nuestra investigación revelan que gran parte de los conflictos psicológicos que sufrieron los veteranos estuvieron más relacionados con este aspecto de la desmalvinización, que con su participación en el conflicto.  Las consecuencias de la desmalvinización no solo recayeron sobre los veteranos sino en sus familias, quienes debieron asumir la responsabilidad de elaborar muchas veces en soledad todos los procesos. La desmalvinización y la posterior victimización extendieron sus retículos innumerables a aspectos de la existencia material y espiritual de los veteranos, y a sus entornos cercanos. Algunos de los soldados que participaron en la guerra y que se quitarían la vida después, pertenecían a familias católicas —sus padres en especial—. Como sabemos, el suicidio es condenado doctrinalmente en la cristiandad —un pecado de gravedad extrema— y por lo tanto las madres, que fueron perdiendo a sus hijos en circunstancias de suicidio, se vieron privadas de uno de los derechos humanos básicos, como el derecho a la confortación espiritual.  En un acontecimiento inédito dado a instancias de la rectora[3] de la Universidad Nacional de Lanús, ocurrido el suicidio de uno de nuestros héroes, se organizó una convocatoria a la que asistieron varias familias cuyos hijos, veteranos, se habían quitado la vida. Fueron convocados religiosos de diferentes credos —en especial del católico— y se incluyó la presencia de un obispo para brindar sosiego espiritual a esas madres que no solo habían perdido un hijo sino que, además, no encontraban la paz espiritual por la forma en que habían padecido sus extemporáneas partidas. Lamentablemente y hasta donde sabemos, esta actividad no fue imitada por ninguna otra institución de la que hubiéramos podido dar cuenta.  Este ejemplo constituye apenas una muestra que señala la extensa telaraña desplegada por la desmalvinización y sus consecuencias; podemos acreditar que, a través de tal dispositivo, se han repetido una serie de violaciones a los derechos humanos que —todavía y salvando alguna excepción— no se encuentran en la agenda de los organismos pertinentes. Si bien los mismos han cumplido un rol extraordinario en nuestro país con respecto al juzgamiento del terrorismo de Estado y de los militares que cometieron delitos de guerra en el campo de operaciones, hechos instrumentales para cualquier paradigma civilizatorio y humanista —sobre el universo de combatientes y sus familias—, existen aún numerosas deudas pendientes.  El derecho a una reinserción material y espiritual en una comunidad que en su mayoría acompañó la recuperación transitoria de las islas; el derecho a la salud integral; el derecho al consuelo espiritual; el derecho al reconocimiento por su participación en una batalla contra el colonialismo; el derecho de madres, padres y hermanos al reconocimiento de la labor de los caídos; la necesaria investigación judicial a los británicos que conminaron a nuestros soldados a desactivar minas antipersonales y el reclamo de memoria, verdad y justicia por el crimen de guerra cometido contra el crucero ARA General Belgrano; entre tantos otros, son demandas permanentes que continúan hasta hoy insatisfechas.

Pasadas cuatro décadas —el promedio de edad entre los veteranos ronda los sesenta años— signadas por la lucha y el sufrimiento, pero también por la profunda convicción, el pueblo argentino —a contrario sensu de la superestructura cultural y que es también política, académica y comunicacional— fue construyendo con lentitud un sentido común contrahegemónico, tensando al dispositivo desmalvinizador, obligándolo a dar la vuelta sobre sus propios pasos. Malvinas en sus protagonistas es, también, territorio semántico en disputa y —en rigor de los hechos— dueña de una vigencia vibrante, como nos ha hecho comprender la sensata constancia reivindicadora del ejercicio popular. De una tentativa de privación de los estados de conciencia, nos encaminamos a la recuperación de la conciencia nacional a través del ejemplo de los veteranos y sus familias.

Si las élites no resuelven, si no asimilan las enseñanzas de la remalvinización —actualizada a diario por los sectores populares—, será muy difícil recrear una conciencia no solo del hecho colonial: será óbice también para la generación de estrategias que nos permitan recuperar aquello de lo que fuimos desposeídos y de lo que corremos riesgo de perder: la insularidad austral y su proyección sobre el continente antártico.

Las organizaciones de derechos humanos deberán aceptar el reto, incorporando en sus agendas otros vectores que, sin duda, enriquecerán el lugar en la historia que ya ocupan y tienen bien ganado, pero que aún sigue exigiéndoles nuevos desafíos.


[1] Resulta sugestivo que, en cada rincón del país, en cada pueblo, todas las representaciones culturales vinculadas a Malvinas manifiesten de diversos modos la necesidad de reconocerlos como sujetos históricos de heroísmo; el combatiente no es un loco, no es un niño y, sin duda, no es una víctima: es un sujeto protagonista.

[2] Según Cangiano, la deshistorización constituyó un artificio orientado a la «circunscripción del conflicto con los británicos a la guerra, cuando en realidad la disputa por Malvinas se extiende muy hacia atrás en el tiempo. Deshistorización, además, que encontró un hito muy fuerte en la concentración de los análisis de Malvinas vinculados al contexto histórico, político y económico de la dictadura militar. La mayoría de los textos de historia reciente que refieren a la derrota en Malvinas como suceso propicio para la recuperación de la democracia institucional. La deshistorización que podría quedar restringida a una estrategia coyuntural de la comunidad para tratar de colocar a la dictadura en su real dimensión, estuvo acompañada de un proceso mucho más profundo que tuvo que ver con el tratamiento de los veteranos de esa guerra durante estos años». 

[3] La Dra. Ana Jaramillo es autora, entre otros, del libro El enigmático suicidio editado por EdUNLa en el año 2003.

domingo, 31 de mayo de 2015

RECORDANDO AL "PEPE" ROSA

Por Francisco José Pestanha
 
La resultante de los antagonismos y convulsiones que naturalmente acontecen en el devenir histórico de los pueblos, no suele manifestarse únicamente a través de cambios institucionales o modificaciones en las orientaciones políticas y geopolíticas de una comunidad o Estado determinado.
 
Acostumbra, además, inmiscuirse en otros campos como la cultura y las ciencias; en especial en aquellas cuyo objetivo es el abordaje de la sociedad en alguno de sus aspectos.
 
Tal es el caso de la derivación de las disputas entre unitarios y federales durante las primeras décadas del siglo XIX (aunque en rigor de verdad, algunos unitarios no fueron del todo unitarios; y ciertos federales, lo fueron tampoco).
 
Así las cosas, bien vale señalar que las contiendas de Caseros (1852) primero y luego de Pavón (1861) marcaron a fuego el transcurrir de una Argentina que visiblemente, y a partir del pensar y el obrar de una facción triunfante impregnada de una doctrina importada acríticamente —el iluminismo—  y de un liberalismo que se presentaba como “el motor conceptual del progreso”, imprimió al Estado surgente una cosmovisión que presuponía un modo específico de concebir e interpretar la historia y la ciencia histórica.
 
El triunfo de la entente heterogénea que enfrentó sucesivamente a Juan Manuel de Rosas y luego a Justo José de Urquiza, condujo inmediatamente hacia la consolidación de Bartolomé Mitre al frente de un Estado centralista, cuya matriz económica se fundó en el protagonismo de una oligarquía de base terrateniente, exclusiva beneficiaria de las pingües mercedes obtenidas de la renta de la tierra y cuya garantía principal estaba anudada a los términos de un intercambio determinado, casi exclusivamente, por el Imperio inglés.
 
La impronta fundacional impulsó un Estado que aspiraba a constituirse en el motor de la modernidad, lamentablemente condicionado por una falsa antítesis —Civilización vs. Barbarie— donde lo bárbaro representaba “lo propio” y lo civilizado, “lo ajeno”.
 
Conscientes de la importancia que el relato histórico posee en la construcción de rasgos identitarios comunes y dueños absolutos del poder político, los vencedores de las guerras civiles, conducidos por un estadista de dotes singulares, fueron concibiendo e integrando con científicos, intelectuales, y ensayistas una superestructura simbólica funcional al proyecto modernizador triunfante.
 
En forma paralela, a través de las instituciones educativas y académicas del país fue puesto en circulación un relato histórico acompañado por un “olimpo” de próceres a la medida de un modelo de Estado que se proponía —entre otros desafíos— repoblar el país a partir de la idea fuerza “gobernar es poblar”, rudimento que a la vez convocaría a nuestras costas millares de extranjeros empapados del “espíritu de la modernidad y del progreso”.
 
Si bien el régimen fundado hábilmente por el mitrismo pudo gozar de algunas décadas de estabilidad, ya a fines del mismo siglo XIX comenzaron a manifestarse las primeras expresiones críticas al orden instituido.
 
Algunas surgieron de los mismos inmigrantes que, junto a sus valijas cargadas de esperanzas, trajeron nociones e ideas que venían a cuestionar el régimen capitalista emergido a partir de la revolución burguesa.
 
En consecuencia, antes de concluir la centuria, comenzaron a brotar instancias de organización obrera bajo doctrinas anarquistas, socialistas, clasistas y, desde estas corrientes, fuertes impugnaciones al orden establecido.
 
Pero a la vez, desde lo más recóndito de la diáspora federal de los sectores criollos, de los contingentes desplazados por el orden oligárquico, comenzó a germinar un movimiento que —aunque contradictorio e inconexo— apelaría a estrategias insurreccionales y que, ya bajo la conducción de Hipólito Yrigoyen, obtendría en 1912 una reforma electoral de consecuencias impredecibles, para el régimen imperante.
 
El siglo XX encuentra a nuestro país inmerso en una serie de contradicciones dentro del mismo orden instituido y, además, nutrido de los antagonismos generados por los cuestionamientos mencionados, a los que se le irá adosando una creciente prédica anticolonialista que intentará desnudar los lazos ocultos que sujetaban a la Argentina a un régimen de dependencia consentida con la metrópoli inglesa.
 
Además, una profunda reacción antipositivista pondrá en cuestión los basamentos conceptuales e ideológicos sobre los que se sustentaba el régimen instituido y se irá generando una nueva escuela histórica a partir de profundas impugnaciones al relato difundido masivamente.
 
José María “Pepe” Rosa formó parte de una generación de la cual emergieron persistentes y perspicaces objeciones a dicho régimen: la historia fue el rudimento batallador elegido por este criollo nacido el 20 de agosto de 1906.
 
Nieto del Dr. José María Rosa, ministro de Hacienda del general Julio A. Roca en su segunda presidencia, Pepe se recibió muy joven de abogado, profesión que lo llevó a desempeñarse como juez de instrucción de la provincia de Santa Fe.
 
Ya en 1933 editó su primer libro, “Más allá del Código”, obra a partir de la cual describe sus vivencias como magistrado y donde, además, formula soslayadas criticas al orden normativo y judicial de la época.
 
Tres años después publica “Interpretación religiosa de la Historia”, texto recogido luego en su tesis doctoral y que recibe numerosas críticas por parte de los intelectuales alineados en el positivismo.
 
Con respecto a este texto señalamos que, según el autor, las posiciones encuadradas en el materialismo histórico creyeron encontrar en la economía el espíritu de la sociedad, así como muchos etnógrafos creían haberlo encontrado en las razas.
 
Para Pepe, este espíritu había que rastrearlo en la historia de las religiones; allí se encontraba el lenguaje ignorado en el que se escribió la historia: “La Nación es siempre un culto religioso.Un culto supone la dirección del misticismo social hacia un objeto, una idea o un hombre” .
 
La caída de Hipólito Yrigoyen, la crisis del 30, la prédica anticolonialista de legendarios autores, la reacción antipositivista y, fundamentalmente, el Pacto Roca-Runciman que pone al desnudo el régimen asimétrico en el que se encontraba nuestro país respecto a la Gran Bretaña, son hitos que van marcando un derrotero intelectual y que lo encuentran militando en el Partido Demócrata Progresista (estructura política comprometida con el orden instituido) hacia las filas del campo nacional.
 
Junto a otros prestigiosos pensadores, 1938, funda el Instituto de Estudios Federalistas, el cual comienza a constituirse en un centro de producción historiográfica como crítica a las corrientes oficializadas institucionalmente.
 
Ya para 1943, su orientación nacional quedará plasmada en el libro “Defensa y pérdida de nuestra independencia económica”.
 
Las posiciones asumidas por Rosa le causan permanentes conflictos con la intelligentzia santafesina y lo llevan a radicarse en Buenos Aires.
 
Durante la década correspondiente al primer peronismo publica legendarios textos: “Artigas, prócer de la nacionalidad”, “Nos los representantes del pueblo”, “La Misión García ante Lord Strangford”, “El cóndor ciego”, entre otros.
 
La “Revolución libertadora” que desplazó ilegítimamente al peronismo del gobierno, lo priva de sus cátedras y lo encarcela por dar refugio a John W. Cooke.
 
Una vez liberado, apoya el levantamiento del general Valle en junio de 1956.
 
Fracasado el intento y perseguido por la tiranía, huye a Uruguay para luego radicarse en España, donde ejerce el periodismo y da conferencias.
 
Respecto al exilio, sostuvo Pepe: “Me he dado cuenta ahora lo que es el exilio. Es una sensación de ausencia definitiva, de muerte, de no ser nada, de estar olvidado” . 
 
De su correspondencia de la época surge nítidamente el espíritu de un hombre que “[…] no podía estar ausente de las circunstancias de su país.
 
Dedica hojas enteras, a veces hasta los márgenes, a especular sobre la situación política argentina.
 
También se intuyen los miedos de este memorioso: ‘Me choca que se me haya olvidado así.
 
Nunca mencionan mis libros’" , le confiesa a su entrañable amigo y discípulo Fermín Chávez.
 Vuelto al país en 1958, prosigue con su enorme producción: “El pronunciamiento de Urquiza” (1960), “El revisionismo responde” (1964), “Rivadavia y el imperialismo financiero” (1964), “La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas” (1965), “Rosas nuestro contemporáneo” (1979), “El fetiche de nuestra Constitución” (1984), “Análisis histórico de la dependencia argentina”.

 
En forma paralela, sus aportes a la resistencia peronista lo hacen respetado y querido por las bases peronistas y sus obras son difundidas de manera extraordinaria dentro del movimiento.
 
El 17 de noviembre de 1972 acompaña a Juan Domingo Perón en su regreso definitivo, integrando el chárter que lo trajo de vuelta al país.
 
Durante la presidencia peronista es designado embajador en Paraguay en reconocimiento por su contribución a la relación entre ambos Estados. Fallecido Perón —y a raíz de profundas diferencias con el canciller Vignes— es destinado a prestar servicios en Grecia.
 
En 1976 regresa a la Argentina y el bravío Pepe comienza a dirigir la revista “Línea” (“la voz de los que no tienen voz”).
 
La publicación se constituye en una verdadera tribuna de resistencia del pensamiento nacional contra la dictadura, y Rosa debe enfrentar el secuestro de las publicaciones, allanamientos y procesos en su contra.
 
Los chacales no se atrevieron a desaparecerlo.
 
Así como Pepe se había jugado la vida con Valle en el legendario levantamiento, sigue poniéndose en la línea de fuego mientras algunos dirigentes políticos actúan con una prudencia a veces rayana con la complicidad.
 
Cuenta Alberto González Arzac, su abogado: “…íbamos a las audiencias como quien va a la guerra, [lo recibía] un juez del Proceso que presentaba en todas sus paredes fotos de él codeándose con almirantes, generales y brigadieres. …
 
Y, ¿cuál era la reacción de Don Pepe? …no perdía el humor y decía ‘El gobierno del Partido Militar’ …
 
A mí me corría frío por la espalda y él ni se inmutaba… todavía desaparecían personas… y ¡Don Pepe, con ese par de pelotas que tenía, manifestándose allí de esa manera!” .
 
Su vida se apaga el 2 de julio de 1991. Al decir de Enrique Manson, su discípulo y biógrafo hasta el fin de sus días: “el Maestro continuó entregándose en cuerpo y alma a la causa de la felicidad del pueblo y la independencia de la Patria.
 
Así, ya viejo, no vaciló en los aciagos días del llamado Proceso en dirigir una revista de oposición, cuya lectura esperaban regularmente muchos que luchaban contra el desaliento que imponía el discurso único y la certeza de las mazmorras ocultas” .
 
Desde el punto de vista filosófico, el historicismo de Rosa lo llevó a compartir la idea de que un acontecimiento del pasado puede ser, desde el punto de vista histórico, más actual y más trascendente que uno del presente.
 
Para dar cuenta del historicismo en el que abrevó Pepe, puede coincidirse con el  filósofo Saúl Taborda en que para Rosa “…la vida de un pueblo es una realidad tejida de historia y de cultura.
 
La cultura acusa las direcciones espirituales al destino particular.
 
La elabora todo individuo tocado de la conciencia de la vida y del mundo y es, por eso mismo, personal e intransferible.
 
Personal e intransferible por más que sus productos necesiten verterse en la comunidad para aspirar la vigencia en el soporte que les asegura la perpetuidad con que el creador de valores supera existencialmente con ellos la finitud de sus días.
 
La historia se refiere a la voluntad de ser inherente a toda comunidad política.
 
Se expresa en hechos —en los hechos históricos, conviene recalcarlo—, pues es en ellos donde se exterioriza la dirección que ella asume y la continuidad que es su esencia” .
 
En forma coincidente, Ana Jaramillo sostendrá que “la verdadera historia es historia contemporánea” .
 
A partir de esta perspectiva, Rosa se inmiscuyó de lleno en los temas nacionales, hecho que, entre otros grandes temas, lo llevó a indagar profundamente en el período rosista.
 
Los historiadores clásicos de tradición liberal —según su criterio— habían indagado este proceso con anteojeras eurocéntricas.
 
Para Pepe, la historia en manos de escritores europeizantes había sido guionada sobre los acontecimientos operados en el Viejo Mundo y, aplicación analógica mediante, ubicaba a tal o cual personaje en el campo reaccionario o en el progresista, sin darse cuenta de que más allá de las influencias exteriores, la historia de cada comunidad posee su propio flujo y reflujo.
 
Pepe Rosa asigna a Rosas una sensibilidad territorial que, a su criterio, compuso un tipo de estadista siempre alerta y celoso de las fronteras de su Patria.
 
Todo el gobierno de Rosas resultó, de esta forma, una adecuación  constante de la política a la estrategia.
 
No inventó enemigos: sus enemigos fueron los naturales.
 
Para Pepe, Rosas representó un tipo de jefatura política adaptada a la naturaleza, al terreno del país, a las fuerzas reales que operaban sobre la Patria.
 
En ese sentido, hablando de las cualidades estratégicas de Rosas, Pepe coincide con Raúl Scalabrini Ortiz en que: “Rosas usa los mismos métodos británicos: soborna, corrompe, atrae, ultima y extingue en una política incansablemente dirigida a la unidad, a la fuerza, al bienestar de la Nación.
 
Rosas tiene enfrente al político británico más cínico y más diestro.
 
Tiene enfrente a Lord Palmerston.
 
Pero todo lo que imagina, planea y arguye  Palmerston es anulado y contrarrestado por Rosas.
 
Por eso, este hombre que reunió lo que había disgregado la diplomacia británica; que procuró reaglutinar los fragmentos dispersos del viejo Virreinato, que desunidos eran presa fácil para la diplomacia británica; este hombre, a quien jamás la diplomacia británica pudo vencer ni doblegar, en la historia oficial, que enaltece solamente a los agentes británicos disfrazados de gobernadores y presidentes argentinos, pasa como un tirano sanguinario y egoísta.
 
La reconstrucción de la historia documental de las luchas francas y de las luchas encubiertas e invisibles que Rosas debió sostener con la diplomacia británica para defender al país, será uno de los puntos de apoyo más firmes para toda acción futura” .
 
Otra de sus grandes obsesiones fue la figura de Francisco Solano López.
 
Para analizar su postura bien vale recurrir al prólogo de la primera edición de “La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas”.
 
Plantea allí Pepe que la guerra del Paraguay fue un epílogo: “… el final de un drama cuyo primer acto está en Caseros en el año 1852, el segundo en Cepeda en el 59 con sus ribetes de comedia por el pacto de San José de Flores el 11 de noviembre de ese año, el tercero en Pavón en 1861 y las ‘expediciones punitivas’ al interior, el cuarto en la invasión brasileña y mitrista del Estado Oriental con la epopeya de la heroica Paysandú, y el quinto y desenlace en la larga agonía de Paraguay entre 1865 y 1870 y la guerra de montoneras en la Argentina de 1866 a 1868.
 
El ocaso de la nacionalidad podría llamarse, con reminiscencias wagnerianas, a esa tragedia de veinte años, que descuajó la América española y le quitó la posibilidad de integrarse en una nación; por lo menos durante un largo siglo que aún no hemos transcurrido.
 
Fue la última tentativa de una gran causa empezada por Artigas en las horas iniciales de la Revolución, continuada por San Martín y Bolívar al cristalizarse la independencia, restaurada por la habilidad y férrea energía de Rosas en los años del sistema americano, y que tendría en Francisco Solano López su adalid postrero.
 
Causa de la Federación de los Pueblos Libres contra la oligarquía directorial, de una masa nacionalista que busca su unidad, y su razón de ser frente a minorías extranjerizantes que ganaban con mantener a América débil y dividida; de la propia determinación oponiéndose a la injerencia foránea; de la patria contra la antipatria, en fin, que la historiografía colonial que padecemos deforma para que los pueblos hispanos no despierten del impuesto letargo.
 
Causa tan vieja como América.
 
Narrarla es escribir la historia de nuestra tierra, es separar a los grandes americanos de las pequeñas figuras de las antologías escolares” .
 
Con respecto de la obra de nuestro querido maestro, bien vale citar una referencia de un autor que si bien no compartió gran parte de las posiciones de Rosa, ponderó muy favorablemente su labor.
 
Para Félix Luna: “…no puede invalidarse el saldo general de la obra de Rosa, nutrida de una honda pasión nacional y estructurada con seductora coherencia.
 
Es el último ‘revisionista puro’… Rosa ha cumplido con su rol de vocero de la antítesis indispensable: aquella que debía enfrentar la tesis liberal ya indefendible.
 
Su obra significa una apertura hacia una nueva conciencia histórica del país, mantenida a través de una firme consecuencia ideológica” .
 
Conocí personalmente al Pepe en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, en una conferencia vinculada al plebiscito convocado con motivo del conflicto sobre el canal de Beagle durante la gestión de Raúl Alfonsín. Posteriormente concurrí a algunas de sus conferencias.
 
Desde hace casi una década conozco a sus hijos y nietos —en especial a Eduardo—, quienes me consta, no solamente realizan aún patrióticos esfuerzos para reivindicar la obra de su antecesor, sino que ellos mismos constituyen un ejemplo de compromiso con las cuestiones del país.
 
El presente volumen incluye cuatro obras: “Defensa y pérdida de nuestra independencia económica” (1954), “Rivadavia y el imperialismo financiero” (1964), “Rosas, nuestro contemporáneo” (1970) y “Análisis histórico de la dependencia argentina” (1974).
 
Pero antes de concluir cabe enfatizar que la obra de José María Rosa no se limita a los textos publicados ni tampoco a los citados en este prólogo.
 
Se extiende a más de una treintena de libros entre los que se incluyen sus ya épicos tomos de Historia Argentina y una infinidad de artículos y conferencias que aún hoy, a pesar del ostensible ocultamiento de su producción, siguen enriqueciendo a nuevas generaciones de argentinos.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Sobre el revisionismo y el Instituto Dorrego

Por » Lo Social
 
Pestanha
Entrevista a Francisco José Pestanha.
- ¿Cual es su perspectiva respecto a la situación actual del revisionismo histórico en nuestro país?
Observamos que, hace aproximadamente veinte años, comenzó un proceso de revitalización de esta corriente, que se inició con un conjunto de ensayos y de investigaciones extra o para académicas con mayor o menor rigurosidad metodológica. No obstante ello, hoy puede visualizarse con nitidez la presencia, en algunos textos académicos, de la matriz revisionista. El revisionismo histórico argentino, más precisamente, el historicismo revisionista en nuestro país, posee a esta altura un vasto desarrollo, e indudablemente, ha efectuado aportes a la historiografía nacional de inagotable valor. En la actualidad esta corriente ha resurgido y se encuentra en un período de plena expansión.
Es importante destacar que dentro del revisionismo  conviven diversas perspectivas que no obstante enriquecerlo, lo complejizan. En ese sentido a un primer revisionismo surgido a fines del siglo XIX y vinculado al transcurrir del derrotero hispano criollo, le devendrá luego una nueva orientación vinculada a la irrupción de las masas en la política y a sus consignas de igualitarismo social. Este segundo revisionismo que denominamos “clásico” expresará una interpretación novedosa respecto al yrigoyenismo, al peronismo y a sus antecedentes históricos, y además, respecto a los movimientos emancipatorios, el tercermundismo y el antiimperialismo. Además algunas corrientes de origen marxista propondrán una versión específica que contendrá elementos revisionistas.  A ello me refiero cuando enuncio la cuestión de las diversas perspectivas.  
- ¿Cuáles son las razones por la que UD entiende que el revisionismo ha resurgido?
Las razones son múltiples y diversas. A simple vista una primera razón que motivó el resurgimiento es que aún en la actualidad persisten algunos de los motivos por los cuales emergió el primer revisionismo, allá por fines del siglo XIX. Como lo hemos señalado, esta corriente historiográfica emergió inicialmente como resistencia vital a un relato histórico dotado de aspiraciones hegemónicas que intentará imponerse al concluir las guerras civiles, más precisamente, con posterioridad a las batallas de Caseros y Pavón. Alguno de los prejuicios,  las alteraciones y las omisiones de aquel primer intento de relato aún se encuentran inmersas en los textos escolarizados y también en los académicos. Es por ello que hablamos de resurgimiento. Una segunda razón se encuentra vinculada a la necesidad de recuperar las historias locales y regionales. Allí existen cuantiosos textos elaborados y publicados en las últimas dos décadas que dan cuenta del pasado de las provincias y municipios, gran parte de ellos orientados a rescatar elementos del orden de lo identitario. Una tercera causa, radica en la exigencia de reivindicar la historia de las culturas nativas argentinas que durante muchos años estuvieron ausentes en los relatos o desnaturalizadas por visiones positivistas y/o euro centristas. Existen otras motivaciones, pero creo que estas son las principales.
- ¿Quienes son a su criterio los principales exponentes de la corriente o matriz revisionista?
Mis maestros me enseñaron a analizar procesos históricos y culturales y no itinerarios individuales. El historicismo revisionista presupone un sujeto colectivo y, colectiva es por lo tanto su matriz. Como enseñaba Hernández Arregui, aquí no se admiten ni “padrinazgos”, ni “mandarines” del saber. Además, a la par de revisionistas mas experimentados han surgido nuevos referentes, e inclusive pueden hoy observarse textos con contenidos u orientaciones revisionistas de autores que no se inscriben en esta corriente. 
- El Instituto Manuel Dorrego ¿constituyó una tentativa para aglutinar a los autores revisionistas?
En parte si, a pesar que en varios ensayos como uno que fue publicado por UPCN “El historicismo revisionista como fenómeno histórico cultural”, advertí que el revisionismo, como auténtico fenómeno histórico cultural, resulta de dificultosa institucionalización y, además, que cualquier tentativa podría devenir en una nueva  frustración. No obstante ello, acompañe y defendí a capa y espada la decisión presidencial y acepte participar en el Dorrego como miembro de número. Pensé que tal vez el Instituto podía reforzar el trabajo que espontáneamente venía realizándose hace décadas en todo el país sin recursos y con escasísima difusión. Desgraciadamente tales fines no fueron alcanzados y el Dorrego término, como advertimos oportunamente, prisionero de una microfísica político institucional que fue paulatinamente desnaturalizando sus objetivos. De allí la crisis por la que atraviesa.
- ¿Podría Ud. precisarnos un poco estos últimos conceptos?
Me resulta un poco doloroso hablar de esta cuestión ya que el Dorrego esta integrado por algunos colegas que respeto personal, intelectual y afectivamente. Básicamente, creo que alguno de los integrantes de su conducción no se encontraban realmente comprometidas ni mental ni espiritualmente con revisionismo. Hubo mucho oportunismo, cierta escatología, algo de divismo y por que no una cuota de politiquería de bajísima estopa. Personalmente me forme con revisionistas auténticos como, entre otros, Fermín Chávez y Ernesto Goldar. Ellos eran plenamente conscientes que, en términos croceanos (de Benedetto Croce), el historicismo revisionista argentino, se constituyó como un espacio de amplísima libertad especulativa. Las instituciones, y sobre aquellas que asumen características como las que le imprimió parte de la conducción del Dorrego, generalmente no constituyen espacios hábiles para este tipo de reflexión. Terminan, en términos de prácticas, prisioneros de modalidades plutocráticas.
- Pero Ud. suele sostener e insistir que un intelectual tiene que comprometerse.
En principio te aclaro que no suelo hablar de intelectuales sino de pensadores. La palabra intelectual presupone un estereotipo vinculado al liberalismo individualista que no comparto, el pensador reflexiona sobre lo colectivo como parte de ese colectivo. En ese sentido, el compromiso con lo colectivo es un componente vital en un pensador siempre y cuando este actúe con honestidad especulativa. El instituto debió erigirse como un ámbito contenedor de todas las experiencias revisionistas. Algunas acciones fueron direccionalas en ese sentido, pero otras, tal vez la mayoría, fueron impulsadas por otra lógica, la individualista. En el Dorrego hubo prácticas iluministas y otras de las que mejor ni hablar por que me generan pavor. Una acertada decisión de política de Estado, merced a algunos mediocres, termino prisionera de algunos oportunistas e  infundidos.   
- Pacho O´ Donnell denuncio la existencia de infiltrados.
Bueno habría que preguntarle a él respecto que se refiere con la palabra “infiltrados” ya que en parte tuvo la responsabilidad de la selección de los integrantes y ejerció además la conducción del instituto durante la primera etapa. Para concluir con esta cuestión quiero decir que dentro del Dorrego existen compañeros y compañeras de un vasto compromiso, de un prestigio incuestionable y de una honorabilidad irreprochable, pero como en la vida, ciertas veces esas voces son acalladas por quienes consideran que las instituciones son objeto de apropiación o cotos de caza.
Entonces, ¿encuentra alguna esperanza respecto al futuro del Instituto?
La esperanza, sostiene el dicho popular, es lo último que se pierde  (risa). Se que en el Dorrego hay gente de bien con mucha claridad. Si el gobierno interviene y promueve una reformulación de los criterios, las dinámicas y además un ordenamiento en la conducción, puede sea recuperable. Sino, seguirá la suerte de otros institutos similares.   
- ¿Y el revisionismo?
La matriz revisionista seguirá un desarrollo evolutivo afortunadamente creciente. Por un lado, nos consta la producción extra académica es cuantiosa y continua enriqueciendo el conocimiento de nuestro pasado. El revisionismo no es la única corriente historiográfica en el país. Convive y dialoga con otras que han realizado interesantísimos aportes. Y ese diálogo continuará. Por su parte, la aparición de contenidos e interpretaciones revisionistas en textos académicos resulta un fenómeno novedoso al que hay prestarle especial atención. El revisionismo seguirá aportando a la riqueza intelectual y cultural del país a pesar de aquellos que aún lo siguen negando, o de quienes se han incorporado a esta corriente, tal vez, con el ingenuo anhelo de destruirla desde adentro.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Vuelta de Obligado y la autoafirmación Nacional

Por Francisco José Pestanha


El notabilísimo pensador entrerriano Fermín Chávez supo percibir en la batalla de la “Vuelta de Obligado” un verdadero jalón de nuestra autoafirmación nacional. Para quienes no la recuerdan, dicha conflagración constituyó una de las más importantes de la epopeya independentista argentina, y tuvo lugar el 20 de noviembre de 1845 en un recodo del río Paraná a escasos 20 kilómetros de la localidad de San Pedro, Provincia de Buenos Aires. Protagonizaron la contienda por un lado las tropas de la Confederación Argentina liderada en aquél entonces por Don Juan Manuel de Rosas, y por el otro, las compuestas por la entente cordiale, una alianza entre Inglaterra y Francia, dos de las potencias mas aventajadas de la época. El enfrentamiento se prolongó por un lapso aproximado de 9 horas, logrando las tropas enemigas perforar las líneas de grandes cadenas que atravesaban el río. Muchos historiadores coinciden que las huestes al mando de Lucio N. Mansilla profesaron una perspicacia y un heroísmo dignos de subrayar, y que la estrategia militar adoptada por el restaurador fue brillante.
Los daños producidos a la “entente” en Obligado, y posteriormente en Tonelero, San Lorenzo y Punta Quebracho, obligaron a los enemigos a desistir de una “intervención en el Río de la Plata” que si bien estuvo orientada (aunque encubiertamente) a garantizar sus propios intereses comerciales, escondía alguna intención inducida “desde adentro” para independizar la Mesopotamia.
José de San Martín desde el exilio comprendió como pocos la importancia estratégica de este acontecimiento manifestando en alguna oportunidad: “Ya sabía la acción de Obligado; ¡que iniquidad! De todos modos los interventores habrán visto por este échantillon que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca”. El libertador a su muerte en reconocimiento a éstas y otras acciones, legará por disposición testamentaria a Rosas el sable con el que luchó por la independencia.
La autoafirmación es un mecanismo psicológico mediante el cual reforzamos las propias ideas, poderes, fortalezas y habilidades. En su faz colectiva, constituye un dispositivo de cohesión social mediante el cual nos reconocemos positivamente como parte de un todo entrelazado por la solidaridad. La autoafirmación es, en definitiva, un dispositivo de autovaloración.
Obligado en particular pero en especial el rechazo a un bloqueo impuesto por dos potencias coloniales, constituye un evento que habla nítidamente de una de una capacidad colectiva subyacente, y el Poder Ejecutivo Nacional comprendiendo su magnitud, acaba de decretar felizmente al 20 de noviembre como feriado nacional. Anhelamos que esta festividad constituya un espacio para la reflexión sobre ciertas potencialidades que efectivamente poseemos, pero que por alguna razón extraña, solemos ejercitar una vez cada tanto.