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jueves, 23 de febrero de 2023

Falucho ¿existió?.....su estatua.

Por el Prof. Jbismarck
Durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX, Falucho –nombre de guerra del soldado afrodescendiente Antonio Ruiz, mártir del Ejército de los Andes– era uno de los héroes militares más honrados por el pueblo argentino. En 1897, se le realizó una estatua en Buenos Aires. Al presente, pocos argentinos reconocen su nombre. La “desaparición” afroargentina se suele explicar mediante diversas hipótesis. Entre las principales explicaciones de la supuesta inexistencia afro en el país se encuentran la muerte a gran escala como resultado de las diferentes epidemias de las últimas décadas del siglo XIX, la utilización de los afrodescendientes como “carne de cañón” en las guerras de ese siglo, el mestizaje o el bajo índice de masculinidad de la población afro. La figura de Falucho está indisociablemente ligada a la de Bartolomé Mitre (1821-1906). Quien plasmó por vez primera la historia del héroe. Mitre publicó por primera vez la crónica de la muerte heroica de Falucho en 1857. Según su relato, Falucho era un soldado negro que habría muerto el 7 de febrero de 1824 durante la sublevación del Callao (Perú), cuando suboficiales y soldados se amotinaron debido al atraso en los pagos de salarios, lo que derivó en la recuperación del sitio por parte del ejército español. En esas circunstancias, Falucho se inmoló por el honor del “pabellón argentino” al romper su fusil y gritar de rodillas frente a los traidores “¡Viva Buenos Aires!”, por lo que fue inmediatamente fusilado. Recordado porque “prefirió morir como héroe y con honor antes de hacer traición a su bandera”
Promocionar a Falucho era simultáneamente elogiar a Mitre. Esa es la historia que siempre se conoció. Sin embargo, otras investigaciones dudan de que ese soldado negro asesinado en El Callao haya sido Antonio Ruiz. Afirman que en ese regimiento sólo había un soldado con ese nombre quien, en 1819, ya era cabo segundo, lo que hace imposible que, en febrero de 1824 (cuando ocurrió el asesinato en la torre) ese hombre estuviera en el puesto de guardia. Y también mencionan que no hubo tal fusilamiento sino que el soldado fue muerto a bayonetazos. Y para agregar más polémica a la cuestión citan un testimonio del general Miller quien, en 1830, dijo que el Negro Falucho se paseaba aún por las calles de Lima. Lo más probable es que el soldado negro que dio su vida en El Callao haya sido otro Falucho y no Ruiz. Es que en el ejército libertador de San Martín hubo unos 1.500 negros criollos quienes, agradecidos porque la revolución les había dado la libertad, se integraron a esa campaña, tanto en el Ejército del Norte que comandó Manuel Belgrano como en el de Los Andes, que lideró José de San Martín. La leyenda del Negro Falucho atravesó la historia. Los intelectuales afroporteños eran conscientes de que Falucho era el héroe negro con mejores posibilidades de ser monumentalizado. Ejemplo de ello es que iniciativas posteriores para erigir un monumento a Barcala no prosperaron a pesar de que se tratara de un militar elogiado por Sarmiento en su Facundo. Ese mismo año de 1889 surgieron voces contrarias al proyecto de monumento. Adolfo P. Carranza y Manuel F. Mantilla publicaron dos artículos en la Revista Nacional indicando la posibilidad de que Falucho no hubiera existido, o de que la identidad del soldado no hubiera estado bien comprobada por Mitre.
La estatua de Falucho, realizada en bronce por el escultor Lucio Correa Morales, fue inaugurada el 16 de mayo de 1897. La inauguración de la estatua fue un evento que atrajo a gran cantidad de gente y se pronunciaron varios discursos que culminaron con el de Mitre, se ejecutó la marcha sinfónica Falucho, compuesta por el músico afroporteño Zenón Rolón, se colocaron tres placas de bronce y se distribuyeron medallas conmemorativas. La ubicación elegida también resaltaba su importancia. El monumento se erigió frente a la estatua ecuestre del General San Martín, ubicada aún sobre su sencillo pedestal original, en la plaza que lleva su nombre. La misma había sido realizada por el escultor francés Louis Joseph Daumas e inaugurada en 1862. Hoy está presente un monumento en su honor entre las avenidas Santa Fe y Luis María Campos, en la ciudad de Buenos Aires Está allí desde el 23 de mayo de 1923 y es la primera obra íntegramente realizada por artistas argentinos. Hecha en bronce fundido también en talleres argentinos, la obra fue iniciada por Francisco Cafferata (1861-1890), quien se suicidó a los 29 años. La continuó su discípulo Lucio Correa Morales. De este modo, Falucho es, sin duda, un gesto de reconocimiento en la memoria nacional del aporte militar de los negros, pero su carácter anónimo y “raso” es también una forma de anunciar la desaparición de los negros. Falucho es la cabeza visible que emerge como mito que consolida el relato de la desaparición de la población negra.,,,

sábado, 30 de julio de 2022

Los Degolladores

Por Juan Manuel Vigo

Como se degollaba, don Pascasio?
Esta pregunta se la oímos hacer hace medio siglo a don Pascasio Rivas, un cordobés que anduvo en muchas y que también vio muchas ,
—Y... lo más fácil. Se le metía el cuchillo debajo de la oreja, detrás de la carretilla y se lo hacia bandear al otro lado. Después no había más que cortar p’adelante. Igual que a las ovejas.
El famoso gaucho alzado Ledesma, un temible asesino que, por el destino, fue a morir en duelo criollo a manos de un pobre agente de policía (allá por mil ochocientos noventa y tantos), contaba en los fogones de las islas de Verde, frente a Saladero Cabal:
—Yo he degoyau de todo y a veces por curiosidá. M’entretenia hasta con loj perroj y cualisquier bicho. Y dispuej loj soltaba pa ver ande iban a parar. El que va a cáir maj le Jo ej el cristiano'*.
En nuestra historia del siglo pasado abundan los casos de degüellos, tal vez porque fuimos durante ese lapso un pueblo eminentemente ganadero. La mayor industria que tuvimos en el litoral, por no decir la única importante, el saladero, era una verdadera orgia de sangre. Al animal se lo enlazaba, desjarretaba y degollaba en medio de una batahola de gritos y perros, y entre charcos de sangre y pisando achuras y residuos. La muchachada de la ciudad y de los pueblos iba a los saladeros y mataderos a entretenerse viendo degollar reses. Se simulaban yerras, y naturalmente se “degollaban reses”, para lo cual no faltaban los que se prestaban a ser novillos y los que la oficiaban de “degolladores”.
Alguna vez oimos a nuestras abuelas referirse a los tiempos en que eran niñas: —“Teníamos que esconder las muñecas porque los muchachos las degollaban para jugar”.
Cuando habla que sacrificar un animal no se pensaba sino en degollarlo, aunque se tratase de un caballo de carrera que habla sufrido una quebradura incurable. El dueño lo mandaba degollar, porque asi lo determinaba la costumbre. Y no se le ocurría abreviarle a la pobre bestia los sufrimientos pegándole un tiro, aunque estuviese con el revólver en el cinto y los ojos llenos de lágrimas.
Un tal Argumedo, hijo de un comandante entrerriano, contaba.
—“Mi padre me enseñó a degollar. La primera volada me la dio cuando tenia catorce años. Al principio cuesta y uno se embadurna entero. Pero después se hace baquiano”.
Ha sido precisamente un pintor entrerriano, Cesáreo Bernardo de Quirós, quien ha dejado uno de los documentos más dramáticos de esos tiempos. Se trata de los cuadros “Los degolladores y “El matadero’, que se exhiben en el Museo Nacional de Bellas Artes. El de “Los degolladores”, sobre todo, horroriza por su tremendo realismo, acentuado por el violento colorido, con predominio del rojo, como casi toda la obra de ese artista. Allí se ve también una manta extendida sobre los pastos, donde se han ido arrojando las prendas de plata quitadas a los condenados. Era el pago que a veces recibían los degolladores para cumplir su oficio.
Cesáreo Bernaldo de Quirós tuvo buenos motivos de inspiración en su tierra natal, sobre todo con los procedimientos de don Justo José de Urquiza, que, según la tradición, mandaba degollar a los ladrones. Se cuenta que hubo quien perdió la cabeza por haberle robado una sandía. A Santa Fe fue a parar uno que se escapó arañando de que don Justo lo hiciese degollar por uno de estos delitos. Cayó a la ciudad de Estanislao López ostentando un gran claro sobre la frente, donde no le había quedado sino uno que otro pelito. Tomado firmemente de los cabellos, en el momento en que le arrimaron el cuchillo dio un tremendo cabezazo hacia atrás y escapó. El frustrado degollador se quedó bramando de indignación con el mechón entre los dedos, mientras el otro ganaba el monte con tan buenas ganas de disparar que no lo alcanzaron ni con perros. “Jamás volveré a degoyar sin haberlos maneado antes”, fue el amargo comentario del burlado...
No es para extrañarse de que aquél dejase el jopo en manos de su presunto degollador. En trance de morir, el ser humano suele adquirir fuerzas descomunales. Cuando degollaron en Cayastá, siglo pasado, al conde Tessieres de Bois Bertrand con toda una numerosa familia, en uno de los hechos más dramáticos que es posible imaginar, un muchacho de catorce años, en un descuido de los asesinos que habían cerrado todas las puertas de la residencia para no dejar uno vivo, escapó a través de una sólida reja doblando los hierros. Cuando después se hizo la reconstrucción del crimen, el pobre chico no pudo hacer pasar siquiera la cabeza por el sitio por donde él mismo había escapado en un momento de desesperación.
Muchas veces, por circunstancias especiales —venganzas personales, odios políticos profundos, etc.-— los degolladores prolongaban el suplicio. Tal es lo que ocurrió en Tucumán con el doctor Marco Avellaneda. Dicen que lo ultimaron con un cuchillo desafilado y mellado, y como el degollador, probablemente a propósito, demoraba la faena, el doctor Avellaneda le gritó: “Apure, apure. ”
Degüello también por venganza fue el que ocurrió en La Cimbra (Santa Fe> con el hotelero suizo Antonio von Will, quien había venido de Nueva York para atender un negocio de su hermano, que debia viajar a Suiza. En esos días se produjo la revolución de 1893 y los radicales tomaron el pueblo de Helvecia, distante 16 kilómetros de Cayastá. El gobierno mandó tropas, a las que se agregaron varios cientos de irregulares y merodeadores. Von Will aprovechó que se detuvieron en las proximidades de Cayastá y corrió a avisar a Helvecia. Allí los revolucionarios esperaron prevenidos a sus adversarios y les hicieron treinta muerto, entre los que cayó el comandante de milicias Camilo Romero. Retomado más tarde el gobierno, su hermano Benito, también comandante, sacó una noche sigilosamente a von Will y lo hizo degollar junto a un arroyo. En venganza por la muerte de su hermano —y también, sin duda, por ser gringo y meterse en las cosas nuestras— ordenó al victimario:
—Degoyalo a lo chancho y removele el cuchiyo.
Es decir, que le clavara el cuchillo en la garganta, hacia abajo, y le hurgara la herida hasta verlo morir.
En condiciones también muy crueles —si es que se puede agregar mayor crueldad a un degüello— fue muerto el coronel Santa Coloma, apenas terminó la batalla de Caseros.
No bien cayó prisionero, fue llevado a presencia del traidor Urquiza, quien ordenó secamente:
—Deguellenló por la nuca. Asi paga las que ha hecho.
No era faena fácil eso de degollar por la nuca. Había que cortar primero los músculos de la parte posterior del cuello, para abrir camino hasta la columna vertebral. Alli, con el filo del cuchillo, se buscaba una articulación de las vértebras para seccionar la columna y llegar luego a la garganta. Si el degollador le erraba a la articulación en los primeros intentos o se ponia nervioso, como el verdugo que, según Maurois, decapitó a María Estuardo, el trabajo se prolongaba. Lo más probable entonces, era que se decidiese a cortar en cualquier parte hachando a machetazos el espinazo. La sección de la médula abreviaba la agonía.
En su historia de Corrientes, el doctor Florencio Mantilla relata las alternativas del degüello de Pago Largo, de acuerdo a lo que le refiriera un testigo. Dice que alinearon a los prisioneros y los fueron contando. Cada diez sacaban uno y lo degollaban. Cuando llegaron al otro extremo, comenzaron de nuevo en sentido Inverso. La oficialidad de las fuerzas entrerrianas presenciaba el espectáculo, festejando lo que le causaba gracia. También andaba entreverado el mayor Calventos, quien se paseaba sobando cuidadosamente una lonja de, piel fresca:
-Esta se la saqué del lomo a Berón de Astrada.. .
Se dice que con ella fabricó una manea que mandó a Rosas.
En el cuadro de Quirós los degollados aparece con las manos atadas a la espalda y los pies también amagados. Asi se los degollaba más fácil, pues los prisioneros —sobre todo si eran de agallas se defendían como podían.
Por ejemplo, el valiente coronel Chllavert, que murió atacando a sus verdugos a puñetazos y puntapiés, había sido jefe de la artillería rosista en Caseros. Pero Chllavert se resistió por un motivo distinto; Urquiza quiso hacerlo fusilar por la espalda. Cayó acribillado a bayonetazos, golpes de sable y culatazos. Pero no le dio a Urquiza, el gran traidor, el gusto de que lo vieran morir como un traidor, que nunca lo había sido y menos a su Patria. Todo lo que se acaba de relatar causa horror y no es para menos. Pero ello no ha sido algo exclusivo de los argentinos y menos de “los tiempos del rosismo”. Tampoco nuestros comandantes de campaña eran tan refinados cómo para inventar suplicios como los que los hombres de toga mandaron aplicar a Tupac Amarú, condenándolo a ser descuartizado atando sus miembros a cuatro caballos, mientras mandaron cortar la lengua y después degollar a su esposa, sus hijitos y todos los parientes más o menos cercanos. El caballero don Martín de Alzaga, héroe durante las Invasiones Inglesas, mandó aplicar tormento a un pobre infeliz acusado de difundir noticias de la Revolución Francesa. Rodeado de toda la aparatosidad legal y procesal de circunstancias, el verdugo le amarró las manos y le fue introduciendo cuñas de hierro debajo de cada uña. La sesión indagatoria se repitió dos veces. En la primera se le destrozaron las uñas de los dedos de una mano; en la segunda se le mutiló la otra. Encima resultó que el pobre prójimo era inocente.
El ambiente en que se vivió durante el siglo pasado en nuestro país bien pudo producir gente insensible y bárbara. Pero de alguna pasta muy buena debe estar amasado el espíritu de nuestro pueblo cuando, a pesar de ello, jamás permitió un linchamiento ni acepta la pena de muerte y ni siquiera admite que se realicen corridas de toros... No deja de ser alentador este largo camino recorrido por los argentinos desde la frecuentación de esos degüellos que hemos relatado y el respeto por la vida ajena que actualmente forma parte de nuestra modalidad nacional.

jueves, 5 de julio de 2018

Corrientes y el artiguismo: Genaro Perugorria


Por María Leoni
El imaginario de la barbarie que atravesaba la cultura rioplatense incluía la memoria del movimiento artiguista a ambas orillas del río de la Plata: el artiguismo había sido un movimiento bárbaro,  encerrado en su estrecho localismo. La sociología positivista argentina debatió sobre el papel de las masas en la historia rioplatense y aportó conclusiones negativas al respecto. Así, José María Ramos Mejía, en Las multitudes argentinas  (1893), sostiene que la barbarie rural comenzó con el levantamiento artiguista, con el que se impuso una sociedad indígena y bárbara; la sociedad correntina fue invadida y dominada por la horda guaraní, sin conciencia política ni social. Por su parte, Francisco Ramos Mejía, en El federalismo argentino (1887), si bien rescata a Estanislao López y a Francisco Ramírez como expresión de la defensa de la autonomía dentro de la nación, acusa a Artigas de intentar destruir la unidad nacional (De Lucía, 2001). 
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Las vinculaciones del pasado correntino con el uruguayo se centraron en la acción de José Artigas, lo que obligó a los historiadores de aquella provincia a explicar la adhesión al caudillo oriental, al mismo tiempo que demostrar la voluntad permanente de Corrientes de permanecer unida a la “nación argentina”. Esta situación se observa ya en el temprano diálogo encarado con la historiografía uruguaya, la cual inicialmente estuvo marcada por la influencia de la historiografía argentina de matriz unitaria.  La autonomización de la disciplina en Uruguay fue lenta, ya que comenzó con la fragmentación del espacio historiográfico rioplatense al finalizar la guerra de la Triple Alianza y se desarrolló durante la “modernización” (entre las décadas de 1870 y 1920). La oligarquía gobernante recurrió a los historiadores para crear una historia nacional que contribuyera a afirmar la viabilidad del Estado uruguayo. Francisco Bauzá, político conservador adscripto a la tradición política del coloradismo y destacado historiador, en la Historia de la dominación  española en Uruguay creó uno de los primeros relatos de los orígenes de la nueva nación. Aportó los referentes fundamentales de la “tesis independentista clásica”, que se transformó en “historia oficial”.  Una de las primeras vinculaciones entre la historiografía uruguaya y la correntina se produjo con la polémica entre Francisco Bauzá y Ramón Contreras a través de las páginas del periódico El Siglo de Montevideo, en 1870.   Bauzá, en su artículo “José Artigas (Estudio histórico)”, del 4 de septiembre, admite, en relación con los crímenes atribuidos a Artigas, que Perugorría fue fusilado pero lo justifica argumentando que era un traidor.  Contreras contesta en el mismo periódico que Corrientes se inclinaba a la unión con la Banda Oriental pero que Perugorría entendió que “no podía adherirse a esa unión a trueque de renunciar a los sentimientos que la ligaban con las otras provincias del Virreinato con carácter no menos importante”, por lo que rescata su perfil de héroe.   Mantilla no dejó de concentrarse en este tema. Tanto en los Estudios Biográficos como en su posterior Crónica  Histórica,  para la reconstrucción del período artiguista utilizó las memorias del abuelo de su esposa, Fermín Félix Pampín, al que consideraba un informante clave. Sobre Andrés Guacurarí y Artigas, el general artiguista de origen guaraní que invadió Corrientes en 1818, sostiene: “Es bien sabido, por tal, pública, la rebajada como escandalosa conducta del Gral. Dn. José Artigas y por lo tanto se deja conocer la moralidad que al lado y en la escuela de aquel patriarca de la anarquía, se imprimía en el alma de Dn. Andrés, y que elevado éste al rango de jefe de las Misiones, se le harían familiares el asesinato, el robo con descaro, la tiranía y la despotiquez, la desdeñosa y soberbia altivez,  la embriaguez consumada, la vida disoluta y escandalosa”. (Mantilla, 2004: 126)  Mantilla no expone dudas sobre la validez de los testimonios de quien considera un “historiógrafo competente”,  con opinión autorizada por su educación y posición social, pero fortalece su reconstrucción del período apoyándose además en el testimonio del comerciante inglés J. P. Robertson, que es coincidente en sus apreciaciones. No obstante, ignora las cartas de las hermanas Postlethwaite, también publicadas en Cartas de Sudamérica, en las cuales una de las jóvenes inglesas describe la experiencia de su familia en Corrientes durante el período en que Andrés Artigas ocupa la capital. En ellas se ofrece una imagen más favorable del líder guaraní, que podía compensar la descripción absolutamente negativa que aportaba Mantilla: “(...) Campbell hizo decir a mi padre que era conveniente llevarnos a la plaza para presenciar la entrada de los indios, porque Andrés lo vería con agrado, como una atención hacia él y quedaría reconocido. Fuimos, pues, a la plaza, según se nos indicó, no sin cierta aprensión, realmente inmotivada. La entrada del ejército indígena se efectuó en calma y buen orden. Formó el ejército en la plaza y después se fueron los soldados a sus cuarteles. El general y los oficiales asistieron a una misa que se cantó en la iglesia de San Francisco. La buena conducta de los indios era de agradecer porque habían sufrido muchas penalidades (...)” (Robertson, 1950: 107)  Mantilla percibía el artiguismo como un período anómalo en la historia correntina, que había interrumpido el desarrollo natural de sus instituciones y de los rasgos de su sociedad. Este curso natural se retomaría en 1821, año en que la elite urbana de Corrientes recuperó el manejo de sus instituciones y logró ingresar en la etapa de organización que condujo a sus primeros ensayos constitucionales.   En 1897finalizó la elaboración de su obra culminante, la Crónica Histórica de la Provincia de Corrientes que, a raíz de su frustrada publicación en esosaños, sería editada en 1928 por sus descendientes. En ella mantiene inalterable la imagen negativa del artiguismo que había ensayado en los Estudios Biográficos y que impregnó fuertemente la tradición historiográfica local que su obra inauguraba. En Mantilla, la provincia muestra un desarrollo paralelo al surgimiento de la  nacionalidad; su personalidad  histórica se configura en un largo proceso que arranca en los tiempos coloniales, tanto en el aspecto territorial como en los rasgos peculiares de su sociedad: el pueblo correntino es un pueblo heroico e indómito, capaz de realizar los mayores sacrificios y de sobreponerse a las grandes adversidades. Iniciado el período revolucionario, el primer error que Mantilla adjudica al gobierno central, al que califica de nacional, fue el haber colocado las milicias correntinas bajo las órdenes de Artigas, dando legitimidad al caudillo peligroso.   Cuando el gobierno central le retiró su confianza, ya había sido sembrada  la semilla de la anarquía. La política “egocéntrica” de los gobiernos centrales, que sólo atendía los intereses inmediatos de Buenos Aires, arrastró a las provincias como Corrientes a reiterados sacrificios, que derivaron en la tendencia a la autonomía que, vista como “solución salvadora”, facilitó el camino a la dominación artiguista (Mantilla, 1972).  Frente al artiguismo, asociado a la barbarie y la opresión, se elevó una elite de sentimientos nacionalistas que pretendía sustraer a la provincia de esa ominosa dominación. Mantilla no utiliza los calificativos de segregacionista y antinacional, comunes en las obras de Vicente Fidel López, pero sostiene que al ser declarado traidor, Artigas precipitó sus planes y avanzó sobre el litoral sin importarle la suerte de la patria, abrumada entonces por las exigencias de las guerras de independencia. Dentro de la elite correntina apareció la figura de Genaro Perugorría, quien decidió combatir al artiguismo desde sus propias filas, desarrollando la arriesgada estrategia de simular su adhesión al caudillo. Para Mantilla, Perugorría y José Simón García de Cossio  compartían el pensamiento de los que creían que “la federación institucional, o cuando menos una independencia local moderada, que pusiese a los pueblos en el mismo pie de igualdad y de injerencia constante en los negocios nacionales, era la forma de gobierno conveniente al país” (Mantilla, 1972).  La derrota y muerte de Perugorría devolvió a la provincia al dominio artiguista e inauguró la etapa de la anarquía, en la que ciudad y campaña se vieron sometidas a la voluntad de los caudillos Blas Basualdo y Andrés Artigas, que la sumieron en “plena barbarie”. Es precisamente a través de la actuación de sus lugartenientes que Mantilla juzga la “barbarie” de Artigas, apropiándose de la tradición oral que conservaban las familias de la elite que habían experimentado laacción de sus subordinados, pero que no habían entrado en contacto con el caudillooriental. Este período es percibido como una etapa de opresión en la que los hombres de Artigas no solamente alteraron el orden social, sino que además usurparon las instituciones de la provincia y la sustrajeron del cuerpo de la nación (Mantilla, 1972). La imagen que aporta Mantilla de los caudillos Francisco Ramírez y Estanislao López no está muy lejos de la que proporcionara la historiografía tradicional. Engreídos, aventureros y ambiciosos, pretendieron heredar el poder de Artigas, “invocando generosos anhelos de libertad para los pueblos, pero con el fin menguado de suplantarlo en el despotismo sobre las pprovincias encadenadas por el caudillo oriental”. Advierte una continuidad entre la etapa artiguista y la república entrerriana, aunque en la comparación el dominio de Ramírez aparece como un “mal menor” y le reconoce “ciertos ímpetus de bien público que hicieron más llevadera su omnipotencia” (Mantilla, 1972). Esta caracterización negativa le impide asociar el caudillismo con el origen de las ideas federales; aspecto en el cual tiende a exaltar la figura de jurista de José Simón García de Cossio y la de estadista de Pedro Ferré.  No obstante su inalterable posición frente al artiguismo, coincidente con las opiniones que habían postulado Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López, y su enojo ante el tratamiento de “patriarca de la federación” (Mantilla, 1884: 15) que le otorgaban por entonces algunos autores, Mantilla no entró en polémicas con los historiadores del a región, a quienes parece ignorar, a pesar de la presencia cercana de un temprano defensor de Artigas en territorio entrerriano –Benigno Tejeiro Martínez- y de la
naciente historia tradicional uruguaya —Carlos María Ramírez, Clemente Fregeiro, Francisco Bauzá, Juan Zorrilla de San Martín, entre otros—, que dedicara todos sus esfuerzos a lograr la redención del caudillo que permitía fundar los orígenes de la nacionalidad en el Estado oriental (Frega, 1998).  La alusión de Mantilla hacia los tempranos defensores de Artigas podría aludir tanto a los historiadores uruguayos como a Benigno Tejeiro Martínez, precursor de la historia entrerriana, que desde 1881 rebatía con vehemencia la imagen negativa de Artigas creada por la tradición liberal, especialmente los calificativos que consideraba ofensivos, utilizados por Vicente Fidel López. Su reivindicación de la figura de Artigas, y en general de todos los caudillos del período, resulta una de las más tempranas que podría registrar la historiografíarioplatense. En su defensa de la figura del caudillo oriental, Tejeiro Martínez argumenta que los hechos del pasado argentino fueron “adulterados por la pasión partidista” de historiadores del Río de la Plata que dieron “demasiada importancia (...) a la tradición pasionista propalada y transmitida de padres a hijos con todo el rencor y el odio profundo engendrados en aquellas titánicas luchas entre el elemento urbano que pretendía absorber las funciones del estado y el elemento popular, rural, diremosasí, tan amante de suyo de la libertad absoluta (...)”.   La forma en que presentan los hechos estos historiadores sólo había servido, desde su punto de vista, para enaltecer a unos y denigrar a otros (Martínez, 1902: 121-122).  La explicación de los  acontecimientos que proporciona Martínez pretende corregir a los historiadores porteños y fundamentar que Artigas siempre adhirió al pensamiento revolucionario. Los problemas entre éste y los gobiernos centrales se debieron, según este autor, a la inclaudicable defensa de la autonomía y de la idea de federación que ejerció Artigas y a la postura hegemónica e intransigente que sostuvo Buenos Aires. Por eso, la causa de la guerra civil tiene menos que ver con las posibles actitudes separatistas de los caudillos que con los intentos reiterados de Buenos Aires por imponer su voluntad. Artigas fue la cabeza visible de la resistencia contra el poder de Buenos Aires, encarnó la idea federativa a partir de 1811, siguiendo la brecha abierta por el arreglo al que había arribado la Junta con Paraguay, y desde entonces los gobiernos centrales se empeñaron en contrariar esa tendencia.  La acción de Artigas, según Martínez, pretendió devolver a la revolución sus orígenes democráticos desvirtuados luego por Buenos Aires, razón por la cual su influencia trascendió a todo el litoral y Córdoba, y no fue resultado de un intento de subyugarlas. Esta interpretación le permite reclamar para la actuación del caudillo oriental un análisis desapasionado que considere el medio y las circunstancias en las que actuó; sólo en este contexto se podría evitar que todos los males ocurridos entre 1812 y 1820 fueran adjudicados a la personalidad de Artigas. Si bien no encarnaba las aspiraciones “argentinistas” de Ramírez y López, sino más bien las tendencias orientales que llevarían de la autonomía en la federación a la independencia, no fue el único responsable de la separación definitiva de la provincia oriental: “conviene dejar sentado que los caudillos no habían soñado jamás en la independencia absoluta y si la República Oriental llegó a obtenerla no fue tan solo por el esfuerzo de Artigas, de Rivera, ni de Lavalleja, sino por un hecho accidental, la guerra entre la Argentina y el Brasil”. Para Martínez, el Directorio tuvo su responsabilidad al permitir a los portugueses apoderarse de la Banda Oriental por “simple odio a Artigas” (Martínez, 1902: 267, 280-281). En el primer tomo de su Historia de la Provincia de Entre Ríos, Martínez intenta un diálogo con la obra de Mantilla, a quien considera un “panegirista entusiasta” de Perugorría (Martínez, 1902: 241). Allí rebate la imagen de “mártir” del joven correntino construida por Mantilla y sostiene que sus acciones constituyeron un acto de traición hacia Artigas, bajo cuya protección se había colocado el gobierno legal de Corrientes. Mantilla culmina la Crónica en 1897 y, a pesar de que se dedica a corregirla hasta 1909, año de su muerte, no polemizaría al respecto. Tampoco se hizo eco de los múltiples defensores que ya por entonces tenía Artigas en el Uruguay, por lo que el diálogo entre ambas historiografías iniciado tempranamente con la polémica Bauzá-Contreras no tendría continuidad.

domingo, 1 de julio de 2018

La fundación de Corrientes

Por María Leoni
El tema de la fundación de Corrientes encerraba una serie de cuestiones controvertidas, como la individualización de su verdadero fundador, la determinación del lugar preciso en que se trazó la ciudad y la autenticidad del Milagro de la Cruz, hecho sostenido por la tradición y fuertemente arraigado en la sociedad. Lapolémica tuvo como protagonistas a Manuel Florencio Mantilla y Ramón Contreras en el contexto de la celebración del Tercer Centenario de la ciudad, en 1888. 
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Por esos años, la provincia de Corrientes estaba gobernada por Juan Ramón Vidal, figura principal del partido autonomista que, alineado con el presidente Miguel Juárez Celman, formaba parte del Partido Nacional. En la prensa oficialista, la administración de Vidal era presentada como la más firme oportunidad de alcanzar el progreso anhelado por la elite correntina. Frente a estas renovadas expectativas, los liberales, desplazados del poder en 1880 y enrolados en la construcción de un frente político opositor a Vidal, a nivel provincial, y a Juárez Celman, en el orden nacional, utilizaban sus órganos de prensa para describir a ambos gobiernos como una etapa oscura ala que comparaban con los tiemposdel artiguismo y de la “tiranía” de Rosas. En este marco, a fines de 1887 comenzó a hablarse de la celebración del Tercer centenario de la ciudad, que se basaría, como las celebraciones anuales del Milagro de la Cruz, en la tradición recogida en los versos deldominico Zambrano, elaborados en 1730 en ocasión de la traslación de la Cruz desde la ermita al templo construido para conservarla. Los versos hablaban de 28 españoles enfrentados a 6.000 indios, que resistieron el asedio durante ocho días hasta que un rayo milagroso provocó la muerte de quienes intentaban quemar la cruz, a la que atribuían el poder de resistencia de los conquistadores. El rayo, la cruz incombustible y la rápida conversión de los infieles serían los elementos del referido milagro (Contreras, 1888).  Con el objeto de fijar un relato sobre la fundación, el gobierno encargó a Contreras la tarea de reconstruir los acontecimientos que rodearon al hecho fundacional, confiando en sus condiciones intelectuales y por el antecedente de su participación en la elaboración del Informe de 1877. Para ese momento, la obra más conocidade Manuel F. Mantilla era Estudios Biográficos sobre Patriotas Correntinos (1884), que nada decía acerca de la fundación de la ciudad y el período colonial.
La prensa, uno de los principales campos de batalla del enfrentamiento entre la administración autonomista y la oposición liberal, fue el ámbito elegido por Mantilla para la polémica, que inició con la publicación, en LasCadenas del 3 de abril de 1888, de un largo estudio titulado“La ciudad de Vera” . La intervención, en el día exacto en que la ciudad cumplía trescientos años, respondía a un objetivo tanto político como intelectual. Mantilla lo presenta como un obsequio a la ciudad y cuestiona, entre otros aspectos, que los actos centrales de la conmemoración estuviesen previstos para el día 3 de mayo,fecha en la cual se celebraba el episodio del Milagro de la Cruz.
El artículo critica que la celebración consolidara y prolongara la tradición vigente desde los tiempos coloniales, mientras que ofrece los resultados de sus indagaciones, que presenta como una verdad histórica. A ello se sumaba el proyecto de elevar una Nueva Columna en reemplazo de la que había sido construida en 1828,bajo el gobierno de Pedro Ferré, en homenaje a los fundadores de la ciudad. El monumento se hallaba en el sitio señalado por la tradición, al final de la Calle Ancha, a la que se planeaba nominar como Avenida 3 de Abril. Mantilla había decidido atacar la tradición y para ello planeó el momento de la publicación, previendo sus repercusiones y consecuencias. Sostuvo que el acto de fundación, presidido por el Adelantado Juan Torres de Vera y Aragón, se habría realizado en el sitio de las siete corrientes, donde se hallaba la ciudad; que el fuerte había sido construido con posterioridad al acto fundacional y que el ganado que llegó por tierra al sitio de la fundación había sido conducido por Alonso de Vera. La fundación de Vera —nombre original que rescató Mantilla— tuvo lugar el 3 de abril, como señala el acta original que Mantilla se enorgullecía en haber dado a conocer. Todas sus afirmaciones se sostenían en el análisis de este documento, que había obtenido a través de Vicente Quesada. Con evidente ironía hacía uso de él al sostener: “¿Qué se hizo el acta orijinal? (Sic).Nosotros la hemos buscado con interés en el Archivo de Corrientes y no hemos hallado más que fragmentos que nos han parecido partes de ella; los historiadores y cronistas de la conquista y de la colonia no la vieron. En estos últimos días, sin embargo, hemos cobrado la esperanza de conocerla, pues en el programa de las fiestas del centenario se anuncia, para el día segundo, la lectura pública del acta de fundación de la ciudad, y suponemos que otros más felices que nosotros hayan dado con ella; salvo que se trate de una copia igual a la que poseemos”. (Gómez,1973: 139) Ramón Contreras acusó el golpe en medio de los preparativos de las celebraciones previstas para los días 1, 2 y 3 de mayo, y respondió desde las páginas del periódico autonomista El Litoral . Su respuesta recibiría una nueva réplica de Mantilla, en víspera del inicio de la celebración, con “La Cruz del Milagro”. Ante estos hechos, Contreras se abocó a desarrollar sus argumentos, que daría a conocer en un folleto titulado Recuerdos históricos sobre la fundación de Corrientes en su tercer centenario” (1888), intento desesperado por sostener el programa de la celebración. La respuesta a este opúsculo llegaría una década después, en 1898, en el periódico La Libertad, bajo el título de “Antigüedades”, texto en el cual Mantilla se manifestaba como vencedor.  Contreras sostenía que antes de la llegada del adelantado Juan Torres de Vera y Aragón con el grueso de la expedición, Alonso de Vera había avanzado por tierra con fines de exploración, acompañado de un pequeño grupo de soldados. Esto lo infiere a partir de una serie de fuentes como Martín De Moussy, el padre Guevara y el Telégrafo Mercantil, y da crédito a la tradición contenida en los versos del padre Zambrano. El adelantado habría llegado sobre la fecha de la fundación, que se realizó en el sitio de Arazaty, alejado del emplazamiento en que posteriormente se trazó la ciudad. Según los mismos testimonios, en Arazaty se construyó un fuerte junto al cual se plantó la cruz que daría origen al episodio que la tradición consideraba milagroso. En este punto, Contreras recurre al hallazgo de los restos de lo que habría sido el fuerte, realizado por el padre Juan N. Alegre en 1857, como la prueba más fehaciente de su teoría. Con ella, desde una posición religiosa, se erige en defensor de la tradición: “es malo ir ligeramente contra las tradiciones populares porque estas generalmente tienen un núcleo de verdad” (Contreras, 1888).
En el artículo “La Cruz del Milagro” Mantilla busca desestimar el hecho milagroso y, dos días antes de los actos previstos, acusa a la Comisión del Centenario de sostener —a su juicio, de manera caprichosa— aquellas “tradiciones absurdas”: “Pudo tomar ese camino errado antes de conocer por nuestra publicación el acta de la fundación de esta ciudad, pues ajustaba sus actos a la falsa historia que de antiguo corría por cierta; pero después de leer aquel documento y conocer los datos nuevos que lo acompañan, cuya comprobación rigurosa se halla en el Archivo de Sevilla (...) la Comisión ha debido cambiar el programa de las fiestas en el sentido de la verdad histórica bien establecida (...) sin embargo, se ha aferrado a lo falso y, a causa de su incomprensible insistencia, las fiestas conmemorativas del tercer centenario tienen por base
fundamental la fábula”. (Gómez, 1973: 144)  Ambos contendientes intelectuales llevaron adelante una disputa de interpretaciones sobre los mismos testimonios. Contreras les dio crédito; Mantilla, con gran habilidad, intentó desacreditarlos. Las afirmaciones de éste tienen como base más firme el acta fundacional sobre la cual Contreras no se pronunciara y demuelen la fuente a la que su contendiente otorgara mayor crédito: el informe del Padre Juan Nepomuceno Alegre. En este aspecto, Mantilla, reproduce en “Antigüedades” el testimonio que obtuviera de Roberto Billinghurst, uno de los firmantes del acta suscripta en tiempos de Pujol, para dar cuenta del hallazgo de los restos que Alegre atribuyó al fuerte de la fundación. En él, su entrevistado sostiene: “Era un día de carreras en la Calle Ancha (...) nos encontrábamos en la cancha todos los de la ciudad,porque entonces no teníamos otra distracción. Allí se presentó Fray Juan Alegre y pidió a varios la firma en un acta por él hecha sobre cierta excavación practicada cerca de la barranca, algunos se la dimos por complacencia sin leer lo que suscribíamos (...) y resultó que habíamos convertido en fortaleza de la conquista el cerco de palo a pique de un antiguo poblador...” (Gómez, 1973: 156).  Contreras nunca respondió a esta tardía intervención de Mantilla, dando un tácito cierre a la polémica. Ya en el siglo XX, al cumplirse el centenario de la elevación de la Columna Conmemorativa, la polémica se reavivaría con otros protagonistas (Leoni, 1995).
C

jueves, 30 de diciembre de 2010

Juan Bautista Cabral

Por Jorge Deniri
Sobre Juan Bautista Cabral, como ya puntualicé en mi nota anterior, todas mis pesquisas han venido a rematar, una vez más y como tantas veces sucede con la Historia de Corrientes, en las aseveraciones y documentos de nuestro historiador epónimo: Manuel Florencio Mantilla, quien tan temprano como el año 1905, se prestó a una requisitoria periodística biografiando al héroe de San Lorenzo.
Reseñando lo actuado, dijo que había nacido en la estancia de su tío abuelo Luis Cabral en Saladas, que era hijo “legítimo de criados”, que su apellido se originaba en la costumbre de la época de tomar el de los patrones y que lo llamaban “Bautista” a secas.  De interés para este escrito, considero agregar que se habría presentado voluntario “para servir a la Patria”, que lo hizo con permiso de su patrón y de sus padres, y que así se incorporó a los “granaderos montados”, como se llamaban entonces.  En aquellos comienzos del siglo XX, preocupaba sobre todo el sitio de enterramiento de Cabral, y a eso, Mantilla respondió que “…Fue enterrado en el “Campo Santo de San Lorenzo con los otros que murieron por la Patria…sin ninguna señal particular”, y por esa causa, “…Nadie (sabe) ahora, ni es posible saber, cuál es el lugar del humildísimo cementerio común de 1813 donde se hizo el entierro”. Esa es una incógnita que hoy no se mantiene como tal. Inclusive, últimamente, hasta hubo aspiraciones de identificar los restos de Cabral, someterlos a los manejos de la moderna antropología forense, y rematar trasladándolos a su localidad de origen.
También resumí la que considero “versión canónica” de los sucesos del combate de San Lorenzo asociados a Cabral, tal como Mantilla los presenta en notas al pie de su “Crónica”, donde agrega que su padre se llamaba “Francisco” y su madre “Carmen Robledo”. En lo demás, resalta el parte de San Martín destacando que Cabral, “…atravesado el cuerpo con dos heridas no se le oyeron otros ayes que los de ¡Viva la patria! muero contento por haber vencido al enemigo…”.
Por último, el historiador Arturo de Carranza, a lo ya expuesto agrega que “…en la ficha de Juan Bautista Cabral se le anota como padre a Francisco Cabral y como madre a Carmen Robledo que luego se reitera en el parte con las bajas del combate de San Lorenzo”.
Más adelante, Carranza afirma que “Carmen”, una “criada” de “don Eugenio Tomás Cabral de Alpoin…dio a luz un niño al que se bautizó con el nombre de Juan Bautista…y concibió a su hijo con el indio Francisco, peón de la familia”.
A diferencia de Mantilla, que no aclara la raza de los padres de Cabral, Carranza afirma que “…Eran indios guaraníes bautizados, que habían recibido el apellido de sus respectivos amos o patrones”.
Tanto Mantilla como Carranza, afirman que los padres de Cabral eran “criados”, en apariencia con el sentido de darlos como integrantes de la casa de familia de sus patrones desde muchos años antes. Asimismo coinciden en que se lo llamaba “Bautista” a secas, y así figura en la lista de reclutas correntinos. También lo citan al padre como “peón”, pero en ningún caso se dice que fueran esclavos. Por lo tanto, aunque sus afirmaciones lo den como hijo de “originarios”, estos autores no dan pie para sostener que Cabral era negro
¿De dónde arranca entonces la aseveración de que Cabral era un “zambo”, vale decir hijo de indio con negra?
En apariencia, el primero en explicitar esa especie, - sin compartirla, objetándola -, es el mismo Arturo de Carranza, que en el año 1995, en su nota titulada “Nuestro Cabral”, afirma que “…Otra versión que se ha difundido es que Juan Bautista Cabral era hijo natural de un hermano de don Luis Cabral habido en “la negra Carmen”. Tal afirmación se funda en una carta sin fecha que contiene varias falsedades...”.
Al año siguiente, en 1996, Antonio Emilio Castello publica una “Historia ilustrada de Corrientes” donde explicitando sus propias pesquisas afirma: “Y ahora nos referiremos a los presuntos padres de Juan B. Cabral, un asunto que hasta el día de hoy no pudo ser debidamente aclarado por falta de informes fidedignos”. Luego, Castello menciona a Carranza, pero sostiene que “El historiador y genealogista Arturo de Carranza ha buscado en los archivos correspondientes la fe de bautismo sin poderla hallar…”. Se detiene allí y no menciona el resto de la extensa publicación de Carranza, que analiza incluso las “varias falsedades” de ese escrito sin fecha ni lugar de origen. En cambio, centrándose en su propia investigación, escribe que “…el doctor Héctor Boó, en la ciudad de Corrientes, tuvo la gentileza de facilitarnos, y autorizarnos a publicar su transcripción, un documento de su archivo personal que es una especie de testamento hológrafo (sic), o disposición / hológrafa (sic) de don Luis Cabral – hijo de don Eugenio Cabral de Melo – Robledo y de doña María Teresa de Soto Robledo – a nombre de su esposa doña Tomasa de Casajús. No tenía fecha y decía lo siguiente:
“”Después de mi muerte
“Señora Tomasa de Casajús
“Amada esposa mía
“¨Por la dignidad de la familia Cabral y por el respeto de la tuya, guardarás el secreto que te voy a decir:
“Juan Bautista es hijo de mi hermano José, el cura, y de nuestra negra llamada Carmen Robledo por eso no quiero que lo bauticen hasta después de mi muerte y dale 25 vacas,…caballos y 5 onzas de oro.
“Tu afectísimo esposo
Luis Cabral”
Castello agrega que “José Cabral era cura de Saladas y en esta zona tanto los Casajús como los Cabral tenían campos”.
Remata, concluyendo que “Sin duda este documento arroja luz sobre los padres naturales de Juan Bautista Cabral – una importante novedad como dijimos al comienzo de esta reseña biográfica – y creemos que será muy difícil avanzar mucho más allá de lo que él dice. El humilde y secreto origen del héroe…”.
Asevero sin embargo, que es posible investigar sobre lo ya publicado, y al respecto, lo primero que hago es reiterar que “…el original de esa “carta sin fecha” que menciona este historiador, lo localizamos con Gustavo Sorg, en la tarde del miércoles 21 de septiembre, en uno de los legajos de “Documentos Históricos”, del Fondo Manuel Florencio Mantilla, en el Archivo General de la Provincia…”.
Como se puede ver de la imagen misma, ese documento no proviene de un archivo personal sino del acervo del Archivo General correntino, incluso lleva el sello del repositorio. Del mismo modo, puede observarse que en el texto, de modo perceptible a simple vista, dice “…en nuestra negra Carmen” y no “…de nuestra negra llamada Carmen Robledo”, que es algo muy diferente. También, reiteradamente, lo llama “Juan Bautista”, siendo que familiarmente sólo se usaba el segundo nombre.
Destaco que ese singular documento, es Mantilla mismo quien lo tenía guardado en su archivo. Luego, por una donación que hizo la familia Mantilla, todos sus papeles, pasaron a ser patrimonio del Archivo General. Sin embargo, el propio Mantilla nunca lo tomó en cuenta ni lo mencionó en sus escritos.
En otras palabras, nada lo valida, por el contrario, su naturaleza justifica reinterpretarlo como apócrifo, de autor anónimo, y, como dice Carranza, “…Tal vez para obtener una pensión como pariente del mártir. O simplemente para figurar socialmente en la familia de quien se sacrificó por la gloria de nuestra Patria”, aunque esto último es materia de especulación y no una conclusión indubitable de valor histórico.
Lo relevante, es que a partir de la publicación de Castello, los que cabría englobar como “reconstructores” o “deconstructores” de la Historia de Cabral, han bordoneado sobre esa última versión, a un punto tal que da como para internarnos en la faceta “ideológica” enunciada para su “misión” en Angola, por la ex Presidente Cristina Kirchner en el año 2012, y, en la década transcurrida, han usufructuado tiempo sobrado para catequizar a la doxa sobre la “negritud” de Juan B. Cabral, dejando a un lado, podría decirse, sus posibles raíces guaraníes.