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viernes, 19 de agosto de 2022

El Restaurador en el exilio: LEALES Y MISERABLES...la Confiscación de sus bienes.

Por el Profesor Jbismarck
Su principal colaboradora epistolar es Josefa Gómez, y los temas claves su indignación por la confiscación de sus bienes en Buenos Aires; su situación de pobreza económica, falto de recursos, y su necesidad de ayuda departe de sus amigos; Pepita era ama de llaves de Felipe Elortondo y Palacio, deán del Cabildo Eclesiástico. En 1843, nace una hija, Juana Josefa (Pepita), a la que le pone el apellido de su difunto marido y hace figurar como adoptada.  La confiscación de los bienes de Rosas Por Decreto del gobernador provisional de la provincia de Buenos Aires, presidente del Superior Tribunal de Justicia, Dr. Vicente López y Planes, nombrado por el general vencedor en Caseros, Justo J. de Urquiza, y su ministro Valentín Alsina, ordenan la confiscación de todos los bienes del general Rosas declarándolos de propiedad pública. 
Inmediatamente, varios de los amigos de Rosas, Juan N. Terrero, Josefa Gómez y José M. Roxas y Patrón, le escriben al general Urquiza, quien somete esta cuestión a diversos estudiosos Tomás Guido, analizando el origen social y legal del gobierno de Rosas, opina que: Si el general Rosas ha hecho mal uso de la suma del poder […] sería responsable no sólo el general Rosas, sino la Junta de Representantes y toda la provincia, que expresa o individualmente le confirió ese poder, y toda la nación que lo sostuvo con su propia fuerza y aún lo estimuló con vivos y prolongados aplausos.   
Salvador María del Carril, aquel que aconsejó al general Lavalle el fusilamiento del gobernador Dorrego en 1828, dijo: Opino por la devolución de los bienes detenidos a don Juan Manuel de Rosas porque aun cuando él ha aturdido a la generación contemporánea con sus horribles crímenes, no debe olvidarse que estaba investido del mando supremo e irresponsable de esta nación sobre la que ha imperado un cuarto de siglo, dominándola con sus propios elementos y recursos y sujetándola con las fuerzas físicas y morales que ella encierra. 
Urquiza ordena, con fecha de 7 de agosto de 1852, la devolución de los bienes del general Rosas a su apoderado Juan N. Terrero y nombrar como defensor de oficio a Tiburcio de la Cárcova, antiguo partidario del general. Rosas le escribe a Urquiza el 3 de noviembre de 1852 agradeciendo su consideración. Pero esto no se concretaría. El 4 de septiembre de 1852, Urquiza delega el gobierno de la provincia en el general José Miguel Galán, con el objeto de ocuparse de los preparativos del Congreso Constituyente que se llevaría a cabo en la ciudad de Santa Fe. En su ausencia, estalla la revolución del 11 de septiembre de 1852, conducida por Valentín Alsina (inmundo unitario), quien asume como gobernador y separa a la provincia de Buenos Aires de la Confederación hasta el 23 de septiembre de 1860. El nuevo gobierno de Buenos Aires, por ley del 21 de septiembre de 1852, deja sin efecto todas las disposiciones que se habían tomado bajo el gobierno de Urquiza. Con fecha de 18 de diciembre de 1853, Rosas eleva, al nuevo gobierno, su reclamo, que no fue considerado ni contestado. 
El 12 de abril de 1854 Buenos Aires promulga su Constitución, por medio de la cual Pastor Obligado (ex secretario de Ciriaco Cuitiño) fue elegido gobernador y en 1857 nuevamente V. Alsina. En 1856, el gobierno de Buenos Aires decide someter a proceso público a Juan Manuel de Rosas. El 28 de julio de 1857 se sanciona la ley por la cual se declara a Rosas reo de lesa patria por la tiranía sangrienta que ejerció sobre el pueblo durante el período de su dictadura y traidor a la independencia de su patria, se le vuelven a confiscar todos sus bienes, los cuales fueron declarados de propiedad pública. Desde este punto de vista, las tierras se venderían en pública subasta y los inmuebles de la ciudad, incluida la Quinta de Palermo, pasarían al poder municipal. En la vereda de los acusadores se encontraban tanto antiguos partidarios del Restaurador como sus enemigos de siempre. De la mano del Dr. Rufino de Elizalde, se lo enjuicia en ausencia, condenándolo en rebeldía a la pena de muerte en calidad de aleve. Rosas redacta su defensa en tres idiomas (español, inglés y francés). Considera que ese juicio solo compete a Dios y a la historia. “No hay Ley anteriór que prescríba, ni la sustáncia del juício, ni las fórmas que déban observarse. Porqué no pueden constituírse en jueces, los enemigos, ni los amígos de Rósas, las mísmas víctimas que se dícen, ni las que pueden ser tachádas de complicidad en los delítos” (Carta de J.M. de Rosas a J.M. Roxas y Patrón) Ante la falta de tribunales de apelación y revisión, a Rosas solo le quedan las cartas para protestar contra los actos de deshonor, las acusaciones y el despojo de sus bienes. Los defensores de Rosas en Buenos Aires Josefa Gómez, Juan N. Terrero y José María Roxas y Patrón se convierten en los defensores del honor, los derechos y la protesta del general Rosas en Buenos Aires. En 1857 reanuda el intercambio epistolar con Urquiza y le manda copia de su protesta. Lo mismo hace con Juan Bautista Alberdi. Urquiza le contesta a Rosas el 24 de agosto de 1858 en donde vierte importantes conceptos. Allí le dice que recibió algunos ejemplares de la protesta que publicó en Europa respecto a “las injustas y violentas medidas tomadas contra sus propiedades y las de sus hijos, por el Gobierno Irregular de Buenos Aires”. Urquiza se compromete a enviarle anualmente y mientras pueda 1.000 libras para su socorro. Si bien él mismo contribuyó a su caída, sin embargo no olvida la consideración que se le debe en razón del servicio que hizo en defensa de los derechos de soberanía e independencia nacional. Rosas nunca dejó de agradecer este reconocimiento, además de su ayuda. Él mismo relata en estos términos su situación actual: No fumo, no tomo rapé, vino ní lícor algúno, no asísto a comídas, no hago visítas, ni las recíbo, no paséo, ni asisto a teatros, ni a diversiones de clase algúna. Mi rópa es la de un hombre común. Mis mános y mi cara son bien que mádas y bién acredítan cuál y como es mi trabajo diario incesante, para en algo ayudarme. Mi comída es un pedazo de carne asáda, y mi mate, Náda mas En la granja que arrendaba, instaló un tambo, con vacas, caballos y útiles, que subarrendaba, y lo producido semanalmente por ésta le servía para costear el cultivo del resto de la chacra.  Informa que en su testamento dejó claras instrucciones sobre cómo tiene que ser su funeral, sin pompa ni aparato, y dónde deben descansar sus restos. Posteriormente en 1873 agrega en un condicilio, que sería “hasta que en mi patria se reconozca y acuerde por el gobierno la justicia debida a mis servicios”.Pide que sus restos sean repatriados a Buenos Aires y puestos a la par de los restos de su compañera Encarnación y los de sus padres.
Rosas sufre EN EL EXILIO LA MISERIA DE LOS HOMBRES A QUIENES ENCUMBRÓ Y LE comenta a Josefa Gómez la iniciativa de su yerno, Máximo Terrero, y de su amigo y consuegro, Juan N. Terrero, de hacer una suscripción en Buenos Aires para ayudarlo en el destierro. “Así se sabrá si tengo o no tengo amigos, y si los tengo, quienes, y como son […] porqué se sabrá ó empezará ya también á conocer que los que se decían mis amigos, al morir, ni antes, nada, absolutamente nada, me han dejado” (Carta de J.M. de Rosas a J. Gómez, Southampton, 22/05/1866) Aquí se refiere a Nicolás Anchorena, quien nunca le escribió ni pagó los más de 60.000 pesos fuertes metálicos que le debía. Tampoco su esposa, Estanislada Arana, ni sus hijos se hicieron cargo de la deuda. También menciona a sus cuñados, María Josefa y José María Ezcurra, y a su hermano, Gervasio Rozas, que murieron sin pagar sus deudas. En su auxilio no solo acudió el general Urquiza y José María Roxas y Patrón, sino también Juan N. Terrero y su esposa, Juanita Rábago, quienes le enviaban 500 libras anuales (Carta de J.M. de Rosas a J. Gómez, Southampton, 20/09/1866). Rosas le envía a Josefa Gómez los nombres de algunas personas que puede contactar, entre ellos, Margarita y Juanita Ezcurra, Petrona Ezcurra de Urquiola y Mariquita Ezcurra, Andrés Costa Arguibel (sus sobrinos), Alejandro Baldez (su sobrino), Dolores Fernández de Quiroga, Federico Terrero (hijo de Juan N. Terrero), Mateo García de Zúñiga, Antonino Reyes, hijos del coronel Santiago Villamayor. Quienes fueron respondiendo uno a uno con envíos de letras a nombre del general Rosas. Otros se sumaron voluntariamente a medida que se enteraban como el coronel Prudencio Arnold, Leonardo Pereyra, Gregorio y Marcelino Rodríguez, Carlos Ohlsen (secretario de Urquiza). Su compromiso era devolver el dinero una vez que el gobierno de Buenos Aires le reintegrara sus propiedades. Dentro de este grupo es necesario señalar la incondicionalidad de las hermanas Ezcurra, a quienes Rosas consideraba como suyas propias- Lo mismo puede decirse de los Terrero, ya que a la muerte de Juan N. Terrero, su viuda, Juanita Rábago, seguía auxiliándolo; cuando esta fallece en 1872, lo hacen sus hijos. La misma actitud vale encontrar en Roxas y Patrón, quien deja una cláusula en su testamento de continuar socorriendo al general Rosas en el destierro hasta su muerte o hasta cuando este lo indique. También es importante resaltar la presencia de Petrona Villegas, quien formaba parte del círculo íntimo de Manuelita Rosas junto a Juanita Sosa, Pepita Gómez y Rosa Arana, con quienes mantuvo una asidua correspondencia. El grupo que compartía veladas de cabalgatas y guitarreadas en Palermo se componía además de Micaela y Juana Cascallares; Máxima González; Dolores, Mercedes y Rosa Fuentes; Carmen Zelaya; Telésfora Sánchez; Marica Mariño y Sofía Frank. Muchos otros no contestaron, como Laureano Ramírez, Andrea Ortiz de Rozas de Saguí (quien fallece en 1868), Isabel Fuentes de Ezcurra (su ahijada). En este punto, hace referencia a su nuera Mercedes Fuentes y a la indiferencia con que educó a su único hijo, llamado también Juan Manuel y que jamás recordó a su abuelo. Manifiesta sentir la indiferencia de muchas personas. También se siente apenado por la ausencia de su amigo Mateo García de Zúñiga, hasta que se entera que había sufrido quebrantos económicos, como tantos otros que no pudieron aportar nada, o que tuvieron que interrumpir la ayuda o reducirla. También hubo decepciones, como Carlos Horne, en Montevideo, quien dudó ante Josefa Gómez de la letra y firma del general Rosas. En carta del 27 de noviembre de 1861, Roxas y Patrón comparte con Rosas la decepción por aquellos que en su momento fueron considerados amigos, hombres ricos como Nicolás Anchorena o Felipe Vela, cuyas fortunas fueron promovidas por la política económica, y en especial de tierras, de Rosas y, ante la desgracia y el infortunio, miraron hacia otro lado. Dn. Nicolas se declaró mi enemigo, y qdo. Se encontraba conmigo hombro á hombro en la calle, hacía la vista á un lado en señal de desprecio. Por último, es importante remarcar las ausencias. Entre las más importantes, la de su hijo, Juan Bautista Ortiz de Rozas, quien si bien partió con su padre y hermana hacia Southampton en 1852, a los tres años decidió regresar al Río de la Plata con su esposa, Mercedes Fuentes, y su hijo Juan Manuel. Primero se estableció un tiempo en Santa Catarina (Brasil) y en 1859 llega a Buenos Aires, donde se establece y fallece en 1870. Tampoco se sabe nada de su hermano Prudencio Ortiz de Rozas, quien había sido un estrecho colaborador de su gobierno, en donde tuvo una destacada actuación militar. Después de Caseros, Prudencio vende todas sus propiedades y emigra a España, instalándose en Sevilla, donde lleva una vida cómoda y holgada. Es muy extraño que no haya habido correspondencia entre los hermanos y que Prudencio, que se dedicó a viajar, jamás haya ido a visitar a Rosas en Southampton, Urquiza se pregunta “¿qué se han hecho los amigos del general Rosas, a quienes colmó de fortuna en su época? Entre los primeros que cambiaron de postura se encuentran los Anchorena. También el Dr. Rufino de Elizalde, rosista en su tiempo, asiduo concurrente de las fiestas de Palermo, compuso la “Canción Federal” que bajo tapas de terciopelo rojo le dedicó y entregó a Manuelita Rosas, fue diputado provincial, pero después de Caseros se pasó al bando contrario y fue fiscal de estado. Curiosamente, hombres que habían militado en las filas unitarias, como Salvador María del Carril, Félix Frías o el Dr. Carlos Tejedor, se opusieron al juicio contra Rosas. Para Frías, “a los hombres de principios no les es permitido todo contra los tiranos; no les es permitido imitarlos”. Para Tejedor, La lista de cómplices de Rosas es muy grande y supone castigar a un pueblo entero. De todos modos, la causa de Rosas pasó a la justicia ordinaria y los jueces ratificaron la condena, la cual debería ejecutarse en Palermo habida la ausencia de Rosas en el país e imponiéndole, además, la obligación de restituir lo robado al tesoro público. ¿Cuál no habrá sido la sorpresa del hombre de todos los poderes cuando vio que sus principales acusadores habían sido partícipes de sus veladas en Palermo? Algunos, incluso, integrantes de su gobierno; otros, agraciados con favores, vieron aumentadas sus fortunas y propiedades. Así sucedió con el Dr. Dalmacio Vélez Sarsfield, amigo. Honor, prosperidad y protección, Incluso, inician un intercambio epistolar, con afectuosas expresiones de amistad, hasta que esta se corta abruptamente al enterarse Manuela de que Vélez se había convertido en uno de los principales perseguidores de su padre y que llegó a acusarlo de la muerte del Dr. Maza. Por el intercambio epistolar entre ambas amigas, se sabe que cuando a Rosas le confiscaron sus bienes, el Dr. Vélez Sarsfield le pidió a Máximo Terrero poderes para iniciar la defensa judicial, algo que Terrero no podía otorgar. Ante esto, Manuela Rosas escribe a Josefa Gómez: “Si en 1852, y aún después, el señor Vélez creía justo defender nuestros intereses, yo no sé qué nuevas faltas pueden imputarse por nuestra parte para haber vuelto de uno que se decía amigo celoso, en un enemigo rencoroso, y lo que es peor aún calumniante a sabiendas, sin corazón y sin conciencia”.También se pregunta cómo es que “muchos de los personajes de la actualidad, frecuentaban mi sociedad, bailar y divertirse en ellas sin causarles horror las supuestas mutilaciones de las víctimas, cuya piel desollada, cuyas orejas curtidas, cuyas cabezas sangrientas servían de adorno en los salones del reo? A fe que tú misma veías a Elizalde y muchos otros visitar esos salones noche a noche y al mismo doctor Vélez, que tantas veces se llamó mi amigo”   Para Rosas, según le hace saber a su amiga Josefa Gómez en carta del 19 de enero de 1870,“Sabido es, que el Señor Doctor Velez, ha sido siempre mi enemigo, tanto más injusto, cuánto más alta ha sido su posición entre los hombres distinguidos que han ocupado, y ocupan el poder”.  Más allá de todo, en el interior de la pampa, seguían resonando los ¡vivas! a Rosas
Bibliografia
dellepiane, Rosas en el destierro
Fitte Ernesto Confiscación de los bienes de Rosas
Fradkin,Gelman "Rosas, la construccción..."
Irazusta Julio "Vida de Juan Manuel de Rosas"
Lynch John "Juan Manuel de Rosas"
Raed José "Cartas del exilio"
Reguera Andre "Testamento de Rosas"
Ternavasiao Marcela "Correspondencia de Rosas"

sábado, 22 de febrero de 2020

Rosas hombre de Trabajo: Orígenes del Saladero "las Higueritas" y de la Estancia "los Cerrillos"

Por Adolfo Saldías
El primer negocio de Rosas y Terrero fué el de salazón de pescado y acopio de frutos del país. Pero la actividad y el constante afán de Rozas perseguían ventajas mayores que las que le proporcionaba este negocio. Su amigo  don Luis Dorrego, que conocía sus aptitudes, le ofreció su compañía y su dinero. Con esta ayuda, de Terrero, Rozas estableció el primer saladero que hubo en la Provincia, en el lugar denominado «Las Higueritas», partido de Quilmes. Su audacia emprendedora arrancaron al negocio pingües resultados; el tal punto que, en dos años, no solo se dobló el capital, sino que la casa Rozas, Terrero y Cia. se propició relaciones de primer orden en América, debido al comercio de exportación que directamente hacía con negociantes de Río Janeiro y de la Habana en particular.

Tan importantes eran estas transacciones, y tan vasta la esfera que abrazaban las faenas de carnes y demás frutos beneficiados en el saladero de Rozas, que algunos hacendados de poca monta y algunos particulares, creyeron ver en estos establecimientos la causa de la disminución de los ganados en la Provincia; é interpusieron su influencia cerca del Director Supremo para que se suspendieran los saladeros — « á fin de que no escasee la hacienda para el abasto público».
Charqui y tasajo, de la subsistencia a la gran industria - LA NACION

Estas influencias no fueron vanas. El Director Pueyrredón, dando un plazo equitativo, ordenó la suspensión de los saladeros, á partir del 31 de mayo de 1817; y el de Rozas cerró en consecuencia sus trabajos, juntamente con otros dos que había en la Provincia. Con este motivo se originó una de las discusiones más singulares y prolongadas que jamás haya habido en Buenos Aires, por la clase de personas que la sostuvieron;  por el calor con que tomó parte en ella la prensa de todos los colores; y por las ideas económicas adelantadísimas que se ventilaron. En agosto de ese año, los hacendados más fuertes de la Provincia, amigos y comitentes de Rozas, representaron al Director del Estado sobre el «Restablecimiento de los saladeros, exportación libre de todos los frutos del país, arreglo del abasto de carnes, y otros puntos de economía política».    Esta Representación, redactada por el Dr. D. Mariano Zavaleta, es un documento importante en el que, con buenas razones, se alega la injusticia de privar á los hacendados el vender sus ganados con estimación á los saladeros « no dándoles otra salida que la muy mezquina del resero » ; se considera la infundada creencia de que esos establecimientos motivan la escasez de hacienda para el abasto público; y se refuta de paso un manifiesto publicado en esos días por don Antonio Millán, que fué uno de los principales agitadores contra los saladeros.  La prensa, por su parte, movida por los afanes de Terrero y Rozas, de Trápani y Capdevila (saladeristas también) tomó el partido de los hacendados; y haciendo mérito de la necesidad de dar amplitud y libertad á la industria ganadera, que era la principal de nuestro país, argumenta en contra de los ilusos: «para disuadirlos « del error económico que los llevaba á querer limitar el comercio de los frutos de esa industria, en nombre de « peligros tanto más imaginarios cuanto que era inmensa

la cantidad de ganado vacuno y yeguarizo que campeaba «en la Provincia.»  
El abandono en que estuvieron las dilatadas campañas de Buenos Aires durante dos siglos, á pesar de las grandes concesiones de tierras que se hicieron, aumentó de una manera prodigiosa los ganados.
Azara, agrega que « el espacio ocupado en aquellos tiempos por los ganados, casi todos cimarrones, pasaba de cuarenta y dos mil leguas cuadradas.» — Y multiplicando, en seguida, este número de leguas por el de 2.000 (que era. término medio, el número de cabezas de ganado que pacían cómodamente en una legua cuadrada, según los datos que le dieron ganaderos á quienes consultó al efecto). Azara deduce que había más de cuarenta y ocho millones de cabezas de ganado en el territorio de Buenos Aires.   


Estancia Los Cerrillos hacendado Ortiz de Rozas Juan Manuel de ...

Los indios de Chile y de Corrientes, los vecinos de Mendoza, Tucumán, Santa Fe y todos cuantos se proponían hacerlo, declararon una verdadera guerra de exterminio á esos ganados; organizándose al efecto en caravanas, provistos de chuzas afiladas con las que desgarretaban á los animales, por el interés de los cueros y del sebo, que vendían después en gruesas cantidades á los contratistas de este género de comercio. 
Estos bárbaros, estimulados por la ganancia de un real por cada res desgarretada, y de un real por cada cuero, esperaban la primavera para entregarse á las correrías, precisamente cuando tiene lugar la parición del ganado vacuno ; « de donde resulta, agrega Azara, que los terneritos, no pudiendo seguir á las madres en una corrida tan dilatada, quedaban abandonados y perecían, y que las vacas preñadas abortaban con la fatiga... »  Los datos con que Azara explica la pérdida de cuarenta millones de cabezas de ganado, sacrificados en aras de la rapacidad y de la avaricia, están acreditados por la palabra oficial de los virreyes: « Siendo los ganados el principal nervio del comercio de este vecindario  decía don Pedro de Ceballos en su Memoria de 12 de agosto de 1778 á su sucesor (Vertiz). y refiriéndose á los de la otra banda del Plata: « se recela con Justísimos fundamentos que continuando « el desorden con que se ha procedido en la matanza de estas «especies, haya de llegar el caso de arruinarse enteramente este puso de manifiesto los principios liberales que la revolución había difundido en todas las clases sociales; así como las aspiraciones al engrandecimiento industrial, que esperaban realizarlo por medio del desenvolvimiento natural de las riquezas del país, al amparo de una libertad que no tuviera más límites que la propia concurrencia de todos los que llevaran sus esfuerzos á la obra comun.
Los políticos de ese tiempo, — recelosos de la energía con que condenaban la supresión de los saladeros los poderosos y activos hacendados de Buenos Aires, quienes habían comprometido sus fortunas y su porvenir para fomentar la que será siempre la principal riqueza del país.  —trataron de paliar la dificultad, proponiendo confidencialmente á los señores Rozas y Terrero que comisionaran cerca del Gobierno á una persona de cierta respetabilidad, para arbitrar un medio honorable de cortar esta cuestión, que ya se hacía demasiado enojosa. A este efecto, Rozas y Terrero, Trápani y Capdevila dieron pleno poder al señor don León Ortiz de Rozas, quien, á pesar de todo su empeño y de sus relaciones, no pudo obtener buen suceso, porque los saladeros no se toleraron sino después de la caída del Directorio. 
Entre tanto. Rozas. Terrero y Dorrego. compraron los campos de don Julián del Molino Torres en la Guardia del Monte, que era entonces la extrema frontera en esa dirección; y se asociaron para explotar el negocio de pastoreo. En estas tierras del interior y exterior del Salado se poblaron los primeros establecimientos de la sociedad  O cuya cabeza de lugar se llamó Los Cerrillos. Aquí comenzó Rozas á labrarse su influencia y su fortuna. Dando el ejemplo de la severidad de sus costumbres y de su amor al trabajo, llevaba, la vida común con sus empleados. Él atacaba el primero las faenas más rudas, como que pasaba por el jinete más apuesto y por el gaucho más diestro para vencer á fuerza de habilidad y de pericia las dificultades que entonces se presentaban diariamente á los que vivían en la Pampa, fiados en su propia fortaleza.   Sus estancias se convirtieron en verdaderos centros de población, sometidos á la disciplina rigorosa del trabajo que educa y ennoblece. Los gauchos y los que no lo eran, hacían méritos para trabajar en ellas, fiados en el módico bienestar y en la esperanza de mejora que alcanzaron cuantos se distinguieron por sus aptitudes y por su constancia. 
Su reputación de hombre de empresa y de trabajo; la confianza de que gozaba entre los principales hacendados así por la invariable rectitud de sus procederes, como por la serie de negocios felices que con ellos hacía; y la simpatía que despertaba entre los sencillos campesinos un trabajador opulento descendiente de los antiguos gobernadores del país, proporcionáronle á Rozas al cabo de algunos años la dulce satisfacción de ser el poderoso señor de la grande área de tierra donde había caído su incesante sudor, y, con esto, la facilidad de acometer en el sur de Buenos Aires cualquiera empresa, por magna que fuese, con mayores probabilidades de éxito que ningún otro argentino.
Pero por eficaz que fuese la vigilancia y grandes los recursos de Rozas, sus estancias, situadas sobre la extrema frontera suroeste, no estaban á cubierto de las depredaciones de los indios; y eso que los viejos caciques le llamaban con orgullo «Juan Manuel», porque vivían gratos á don León y á su familia; y le recomendaban sus parientes para que les diese colocación en «Los Cerrillos», lo que digo, escribía D. Calixto Bravo, cincuenta y más años después (1882): «...puedo dar razón de todo lo que se ha hecho en esos establecimientos, pues yo fui en tiempo en que existían muchos de los « dependientes y capataces, de esos que hacían gala de haber asistido « á trabajos como no se han visto nunca en la República. Y es la « verdad: sesenta arados! funcionando al mismo tiempo, sólo se ha « visto en el establecimiento modelo « Los Cerrillos ». — Buenas fueron las lecciones que nos dejó el entendido y rígido administrador « (Rozas) y por eso progresaron todos los establecimientos que él « fundó. Lástima que haya muerto nuestro buen amigo el Sr. Manuel José de Guerrico, que él mejor que nadie sabía cuál era el orden que allí se observaba... » (M. S., original en mi archivo.)
Más expuestos que Rozas estaban los hacendados de las inmediaciones, que eran víctimas de robos frecuentes, ya por mano de los indios, ó por la de malhechores que vagaban por entonces en las campañas. Los principales hacendados se dirigieron á Rozas para que insistiese acerca de las medidas que éste había sometido á la consideración del Director Supremo, las cuales tendían á cortar esos males que amenazaban arruinar los grandes intereses de la Provincia.  Es de advertir que por ese tiempo se aprestaba en la Península la expedición de 25.000 soldados realistas con el objeto de ahogar la revolución en el río de la Plata; y que ante la inminencia del peligro, el Gobierno
del Directorio había nombrado á don Juan Manuel de Rozas para que en unión de don Juan José de Anchorena y el doctor Vicente Anastasio Echeverría, detallasen en una Memoria el modo y forma de realizar la internación á la campaña de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires, á los primeros amagos de aquella invasión.  Cuando simultáneamente las Provincias Unidas luchaban por desalojar á los realistas de sus posesiones del Pacífico, para no ser invadidos nuevamente por el norte, era obra de romanos eso de dar seguridades á la campaña de Buenos Aires y de ponerla en condiciones favorables como para que prosperaran sus riquezas abundantes.
Esta fué la obra que acometió don Juan Manuel de Rozas, circunscribiendo sus ideas al límite de los recursos con que se contaba. Con tal objeto Rozas elevó en febrero de 1819 una memoria al Directorio, en la que proponía la fundación de un establecimiento denominádo Sociedad de Labradores y Hacendados para el auxilio de la policía de campaña.
Esta memoria es un documento notable en su género. A fuera de hombre práctico que ha visto de cerca los males y estudiado sus causas, Rozas comienza diciendo que para asegurar la propiedad y la vida en la campaña, es indispensable, antes de todo, poner el sur al abrigo de los ataques de los perturbadores del orden y cuantos vagabundos recorren en unión de los indios «la gran zona de tierra comprendida entre la línea exterior del Salado, frente al fortín de Lobos y la sierra; ocupando el campo vacío entre la línea de las estancias y la de las Tolderías.» ,  «El contacto con las primeras, agrega, les hace fácil el pillaje: el contacto con las segundas, les facilita protección en cualquier caso adverso. Aquí está, pues, el punto donde debe desenvolverse el plan de operaciones, y es ese campo vacío el que debe acordonar el gobierno, formando defensas sobre la verdadera línea de frontera por ahora. » Y mostrando gráficamente su plan, que se realizó con el tiempo, Rozas proponía que en el centro del gran trapecio comprendido entre la línea de las estancias y la Sierra, se formase un establecimiento para acantonar las tropas, distribuidas convenientemente en fortines, en una extensión de sesenta leguas; y fijaba como puntos más aparentes, la laguna de Caquel, á veinte leguas de los Toldos; la laguna del Sermón, á la misma distancia de éstos, ó la laguna de los Hinojales. Para defender esta línea, Rozas creía que bastaban 500 soldados; y aseguraba que en cada acantonamiento se formarían centros, los cuales se convertirían en otros planteles de defensa, á la vez que en nuevas y más fuertes poblaciones. Y para costear los gastos del establecimiento, propuso la creación de un impuesto indirecto de cuya recaudación y administración se encargaría una Junta de Hacendados, nombrada por el Director del Estado. Las diíicultades de la situación postergaron la realización del plan con que Rozas iniciaba, en 1819, la obra que consumó en 1833-1834. La borrasca revolucionaria del año 20, que ha hecho época en la historia argentina, estaba ya encima: y pueblos y gobiernos se preocupaban principalmente de conjurar como pudieran los peligros interiores y exteriores que los amenazaban.  

domingo, 10 de septiembre de 2017

El saladero de Rosas, una reliquia historica

por José Luis Mignelli*

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En 1815, Juan Manuel de Rosas, quien por entonces  contaba  veintidós años de edad, se asoció con su primer amigo Juan Nepomuceno Terrero y con Luis Dorrego, bajo la razón social Rosas &  Terrero.  Esta tuvo por objeto comercial la explotación ganadera y el acopio de frutos del país, así como también la salazón de carnes y pescados. Dice Ibarguren (1) que esta última actividad fue desarrollada en un lugar denominado Las Higueritas,  cerca de la reducción de los Quilmes.
Otros historiadores, revisionistas o no, aportan en sus escritos semejante información, coincidiendo en que el primigenio establecimiento industrial  encontrábase  ubicado en el entonces vasto partido de Quilmes. (2)   Por tradición familiar y en razón de que mi bisabuelo materno poseyó hornos de ladrillos en Monte Chingolo, siempre supe que la industria de la  familia se encontraba ubicada en las inmediaciones de lo que había sido el saladero de Rosas.

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Pese a indicios y certezas, su ubicación no fue por todos  conocida, sino cuestión de iniciados. Así, Teófilo Hirox Funes, en su Ensayo Histórico sobre la Fundación de Lanús, alude al tema incidentalmente calificándolo como suficientemente documentado, al señalar que: “Alguien dice que don Juan Manuel de Rosas (siempre su nombre presente en esta rememoración lanusense!) fundó mucho más allá, y mucho tiempo antes, un saladero de activa vida industrial. La referencia parece cierta y documentada pero conviene situarla al margen de esta enumeración, ya que su ubicación precisa debió estar en las cercanías de Monte Chingolo…” (3)
En un trabajo publicado en 1989 por la Sociedad de Arquitectos de Lanús, puede leerse respecto a Las Higueritas que: “Junto al camino principal de acceso habían hallado restos de piletones de ladrillo vasco de 1.20 m de profundidad. En ese lugar no crecía nada debido al salitre que afloraba. Este hecho alimentó la idea de que allí había funcionado un saladero. En la década del treinta llegó una comisión buscando un sauce, un paraíso y un ombú que presumiblemente rodeaban una construcción en la que, a partir de 1815, funcionó un saladero perteneciente a la sociedad integrada por Dorrego, Rosas y Terrero…” (4).
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Faena en el saladero
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Por intermedio de mi madre, supe que una de las socias del Círculo de Docentes Jubilados de Lanús que ella preside, es la actual  propietaria de la casa del saladero, habitando en parte de la misma. Sus padres habían comprado la propiedad en 1922, ocupándola previamente en calidad de puesteros.    Debo a la gentileza de esta señora la oportunidad de visitarla, en vísperas de cumplirse  el 25 de Noviembre de 1991, el  176º Aniversario de la fundación de aquella industria. La casa habría sido construida en 1778 por el padre del General Wenceslao Paunero y consta de tres cuerpos contiguos de distintas alturas. Las paredes están asentadas en barro y conchilla. La fachada principal orientada hacia el Río de la Plata (SE) se encuentra hoy encerrada en el interior de la manzana y es pared de 0.90 m de espesor, asegurada con zunchos de hierro forjado consistentes en dobles eses (S), unidas por pernos que traban el conjunto.
Techos
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Razones de habitación y cambio en la explotación económica, hicieron que el edificio sufriera con el tiempo numerosas modificaciones en parte de su exterior e interior, conservándose la estructura general felizmente intacta. En el amplio salón donde presumiblemente funcionó la industria, todavía puede verse el techo de ladrillos con tirantería y alfarjías de madera (artesonado), vestigio de cegadas arquerías y ventanas coloniales con rejas de hierro forjado. Las azoteas, embaldosadas en rojo, ostentan la marca Pierre Sacomann *) de Marsella. La construcción necesariamente evocada en  frecuentes  páginas de historia, se yergue aún allí, en el número 940 de la calle Magdalena de Lanús Este, a una cuadra de la transitada Centenario Uruguayo y a 100 m. de las inactivadas vías del ex Ferrocarril Provincial. En su actual frente, placas oscurecidas por el tiempo recuerdan la importancia de aquel asentamiento industrial. Las más antiguas datan de 1938 y 1940 y dicen así:  “Homenaje al primer establecimiento industrial argentino de carnes, creado en el país por el Brigadier General Juan Manuel de Rosas. 25 noviembre 1815 – El Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas – 25 noviembre 1938”.
 “Al primer establecimiento industrial argentino de carnes creado en el país en 125º aniversario de su fundación. El Centro Comercial de Lanús. 1815 – 25 de noviembre – 1940”.

Placas conmemorativas en el frente actual
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Si consideramos la escasa atención que se ha dispensado en el pasado a la conservación de zonas y lugares históricos de nuestro país, puede concluirse que constituye un privilegio y motivo de  legítimo  orgullo para los bonaerenses de Lanús,  la permanencia de este edificio, con seguridad el más antiguo del partido. Cabe preguntarse al respecto si el Estado permanecerá  impasible,  o si por el contrario, dispondrá medidas tendientes a su restauración y conservación, apoyando económicamente en esta tarea a su propietaria (5), quien lo habita orgullosamente.  La casa del saladero merece y acredita razones valederas para ser preservada, por estar vinculada a la historia económica de la Provincia de Buenos Aires. Así lo exigen el respeto por la memoria de los que en el trabajo nos precedieron con visión, emprendimiento y esfuerzo, y el reclamo todavía inaudible de las generaciones que nos sucedan.
                                                                                                 Lanús, Noviembre de 1991
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*) Nota: Baldosas de esta marca “con sus características anclas en los extremos”, fueron también halladas en las excavaciones del Caserón de Rosas en Palermo, así como otras de reemplazo de la marca Dubosc de la ciudad francesa de Le Havre. (Ver Daniel Schávelzon y Jorge Ramos. Excavación Arqueológica en el Caserón de Rosas en Palermo. Informe de la segunda temporada de excavación (1988). Revista del instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Nro.26  correspondiente  a  Octubre  -  Diciembre de 1991).
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Referencias:
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1)      Carlos Ibarguren. "Juan Manuel de Rosas. Su vida, su drama su tiempo". Página 43 Editorial Theoría. Buenos Aires, 1972.
2)      Ernesto H. Celesia. "Rosas. Aportes para su historia". Páginas 37/38. Ediciones Peuser. Buenos Aires, 1954 y Juan A. Pradère. "Juan Manuel de Rosas. Su Iconografía". Tomo 1, Página 21.  Editorial Oriente. Buenos Aires, 1970.
3)      Teófilo Hirox Funes. "Ensayo Histórico sobre la Fundación de Lanús". Página 6. Lanús, 1963.
4)      Diana Borejko, Gloria Espinosa y C. Leonor Yañez.  "Lanús: De Rural a Urbano". Página 11. SAL. Sociedad de Arquitectos de Lanús. Sub-comisión de Preservación. Patrimonio Rural. Buenos Aires, 1989 (del testimonio de Doña Cleofé Oliva Faustina Rossetti de Roagna).
5)      Doña Leticia Roagna de Cristiano.