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jueves, 5 de julio de 2018

Corrientes y el artiguismo: Genaro Perugorria


Por María Leoni
El imaginario de la barbarie que atravesaba la cultura rioplatense incluía la memoria del movimiento artiguista a ambas orillas del río de la Plata: el artiguismo había sido un movimiento bárbaro,  encerrado en su estrecho localismo. La sociología positivista argentina debatió sobre el papel de las masas en la historia rioplatense y aportó conclusiones negativas al respecto. Así, José María Ramos Mejía, en Las multitudes argentinas  (1893), sostiene que la barbarie rural comenzó con el levantamiento artiguista, con el que se impuso una sociedad indígena y bárbara; la sociedad correntina fue invadida y dominada por la horda guaraní, sin conciencia política ni social. Por su parte, Francisco Ramos Mejía, en El federalismo argentino (1887), si bien rescata a Estanislao López y a Francisco Ramírez como expresión de la defensa de la autonomía dentro de la nación, acusa a Artigas de intentar destruir la unidad nacional (De Lucía, 2001). 
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Las vinculaciones del pasado correntino con el uruguayo se centraron en la acción de José Artigas, lo que obligó a los historiadores de aquella provincia a explicar la adhesión al caudillo oriental, al mismo tiempo que demostrar la voluntad permanente de Corrientes de permanecer unida a la “nación argentina”. Esta situación se observa ya en el temprano diálogo encarado con la historiografía uruguaya, la cual inicialmente estuvo marcada por la influencia de la historiografía argentina de matriz unitaria.  La autonomización de la disciplina en Uruguay fue lenta, ya que comenzó con la fragmentación del espacio historiográfico rioplatense al finalizar la guerra de la Triple Alianza y se desarrolló durante la “modernización” (entre las décadas de 1870 y 1920). La oligarquía gobernante recurrió a los historiadores para crear una historia nacional que contribuyera a afirmar la viabilidad del Estado uruguayo. Francisco Bauzá, político conservador adscripto a la tradición política del coloradismo y destacado historiador, en la Historia de la dominación  española en Uruguay creó uno de los primeros relatos de los orígenes de la nueva nación. Aportó los referentes fundamentales de la “tesis independentista clásica”, que se transformó en “historia oficial”.  Una de las primeras vinculaciones entre la historiografía uruguaya y la correntina se produjo con la polémica entre Francisco Bauzá y Ramón Contreras a través de las páginas del periódico El Siglo de Montevideo, en 1870.   Bauzá, en su artículo “José Artigas (Estudio histórico)”, del 4 de septiembre, admite, en relación con los crímenes atribuidos a Artigas, que Perugorría fue fusilado pero lo justifica argumentando que era un traidor.  Contreras contesta en el mismo periódico que Corrientes se inclinaba a la unión con la Banda Oriental pero que Perugorría entendió que “no podía adherirse a esa unión a trueque de renunciar a los sentimientos que la ligaban con las otras provincias del Virreinato con carácter no menos importante”, por lo que rescata su perfil de héroe.   Mantilla no dejó de concentrarse en este tema. Tanto en los Estudios Biográficos como en su posterior Crónica  Histórica,  para la reconstrucción del período artiguista utilizó las memorias del abuelo de su esposa, Fermín Félix Pampín, al que consideraba un informante clave. Sobre Andrés Guacurarí y Artigas, el general artiguista de origen guaraní que invadió Corrientes en 1818, sostiene: “Es bien sabido, por tal, pública, la rebajada como escandalosa conducta del Gral. Dn. José Artigas y por lo tanto se deja conocer la moralidad que al lado y en la escuela de aquel patriarca de la anarquía, se imprimía en el alma de Dn. Andrés, y que elevado éste al rango de jefe de las Misiones, se le harían familiares el asesinato, el robo con descaro, la tiranía y la despotiquez, la desdeñosa y soberbia altivez,  la embriaguez consumada, la vida disoluta y escandalosa”. (Mantilla, 2004: 126)  Mantilla no expone dudas sobre la validez de los testimonios de quien considera un “historiógrafo competente”,  con opinión autorizada por su educación y posición social, pero fortalece su reconstrucción del período apoyándose además en el testimonio del comerciante inglés J. P. Robertson, que es coincidente en sus apreciaciones. No obstante, ignora las cartas de las hermanas Postlethwaite, también publicadas en Cartas de Sudamérica, en las cuales una de las jóvenes inglesas describe la experiencia de su familia en Corrientes durante el período en que Andrés Artigas ocupa la capital. En ellas se ofrece una imagen más favorable del líder guaraní, que podía compensar la descripción absolutamente negativa que aportaba Mantilla: “(...) Campbell hizo decir a mi padre que era conveniente llevarnos a la plaza para presenciar la entrada de los indios, porque Andrés lo vería con agrado, como una atención hacia él y quedaría reconocido. Fuimos, pues, a la plaza, según se nos indicó, no sin cierta aprensión, realmente inmotivada. La entrada del ejército indígena se efectuó en calma y buen orden. Formó el ejército en la plaza y después se fueron los soldados a sus cuarteles. El general y los oficiales asistieron a una misa que se cantó en la iglesia de San Francisco. La buena conducta de los indios era de agradecer porque habían sufrido muchas penalidades (...)” (Robertson, 1950: 107)  Mantilla percibía el artiguismo como un período anómalo en la historia correntina, que había interrumpido el desarrollo natural de sus instituciones y de los rasgos de su sociedad. Este curso natural se retomaría en 1821, año en que la elite urbana de Corrientes recuperó el manejo de sus instituciones y logró ingresar en la etapa de organización que condujo a sus primeros ensayos constitucionales.   En 1897finalizó la elaboración de su obra culminante, la Crónica Histórica de la Provincia de Corrientes que, a raíz de su frustrada publicación en esosaños, sería editada en 1928 por sus descendientes. En ella mantiene inalterable la imagen negativa del artiguismo que había ensayado en los Estudios Biográficos y que impregnó fuertemente la tradición historiográfica local que su obra inauguraba. En Mantilla, la provincia muestra un desarrollo paralelo al surgimiento de la  nacionalidad; su personalidad  histórica se configura en un largo proceso que arranca en los tiempos coloniales, tanto en el aspecto territorial como en los rasgos peculiares de su sociedad: el pueblo correntino es un pueblo heroico e indómito, capaz de realizar los mayores sacrificios y de sobreponerse a las grandes adversidades. Iniciado el período revolucionario, el primer error que Mantilla adjudica al gobierno central, al que califica de nacional, fue el haber colocado las milicias correntinas bajo las órdenes de Artigas, dando legitimidad al caudillo peligroso.   Cuando el gobierno central le retiró su confianza, ya había sido sembrada  la semilla de la anarquía. La política “egocéntrica” de los gobiernos centrales, que sólo atendía los intereses inmediatos de Buenos Aires, arrastró a las provincias como Corrientes a reiterados sacrificios, que derivaron en la tendencia a la autonomía que, vista como “solución salvadora”, facilitó el camino a la dominación artiguista (Mantilla, 1972).  Frente al artiguismo, asociado a la barbarie y la opresión, se elevó una elite de sentimientos nacionalistas que pretendía sustraer a la provincia de esa ominosa dominación. Mantilla no utiliza los calificativos de segregacionista y antinacional, comunes en las obras de Vicente Fidel López, pero sostiene que al ser declarado traidor, Artigas precipitó sus planes y avanzó sobre el litoral sin importarle la suerte de la patria, abrumada entonces por las exigencias de las guerras de independencia. Dentro de la elite correntina apareció la figura de Genaro Perugorría, quien decidió combatir al artiguismo desde sus propias filas, desarrollando la arriesgada estrategia de simular su adhesión al caudillo. Para Mantilla, Perugorría y José Simón García de Cossio  compartían el pensamiento de los que creían que “la federación institucional, o cuando menos una independencia local moderada, que pusiese a los pueblos en el mismo pie de igualdad y de injerencia constante en los negocios nacionales, era la forma de gobierno conveniente al país” (Mantilla, 1972).  La derrota y muerte de Perugorría devolvió a la provincia al dominio artiguista e inauguró la etapa de la anarquía, en la que ciudad y campaña se vieron sometidas a la voluntad de los caudillos Blas Basualdo y Andrés Artigas, que la sumieron en “plena barbarie”. Es precisamente a través de la actuación de sus lugartenientes que Mantilla juzga la “barbarie” de Artigas, apropiándose de la tradición oral que conservaban las familias de la elite que habían experimentado laacción de sus subordinados, pero que no habían entrado en contacto con el caudillooriental. Este período es percibido como una etapa de opresión en la que los hombres de Artigas no solamente alteraron el orden social, sino que además usurparon las instituciones de la provincia y la sustrajeron del cuerpo de la nación (Mantilla, 1972). La imagen que aporta Mantilla de los caudillos Francisco Ramírez y Estanislao López no está muy lejos de la que proporcionara la historiografía tradicional. Engreídos, aventureros y ambiciosos, pretendieron heredar el poder de Artigas, “invocando generosos anhelos de libertad para los pueblos, pero con el fin menguado de suplantarlo en el despotismo sobre las pprovincias encadenadas por el caudillo oriental”. Advierte una continuidad entre la etapa artiguista y la república entrerriana, aunque en la comparación el dominio de Ramírez aparece como un “mal menor” y le reconoce “ciertos ímpetus de bien público que hicieron más llevadera su omnipotencia” (Mantilla, 1972). Esta caracterización negativa le impide asociar el caudillismo con el origen de las ideas federales; aspecto en el cual tiende a exaltar la figura de jurista de José Simón García de Cossio y la de estadista de Pedro Ferré.  No obstante su inalterable posición frente al artiguismo, coincidente con las opiniones que habían postulado Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López, y su enojo ante el tratamiento de “patriarca de la federación” (Mantilla, 1884: 15) que le otorgaban por entonces algunos autores, Mantilla no entró en polémicas con los historiadores del a región, a quienes parece ignorar, a pesar de la presencia cercana de un temprano defensor de Artigas en territorio entrerriano –Benigno Tejeiro Martínez- y de la
naciente historia tradicional uruguaya —Carlos María Ramírez, Clemente Fregeiro, Francisco Bauzá, Juan Zorrilla de San Martín, entre otros—, que dedicara todos sus esfuerzos a lograr la redención del caudillo que permitía fundar los orígenes de la nacionalidad en el Estado oriental (Frega, 1998).  La alusión de Mantilla hacia los tempranos defensores de Artigas podría aludir tanto a los historiadores uruguayos como a Benigno Tejeiro Martínez, precursor de la historia entrerriana, que desde 1881 rebatía con vehemencia la imagen negativa de Artigas creada por la tradición liberal, especialmente los calificativos que consideraba ofensivos, utilizados por Vicente Fidel López. Su reivindicación de la figura de Artigas, y en general de todos los caudillos del período, resulta una de las más tempranas que podría registrar la historiografíarioplatense. En su defensa de la figura del caudillo oriental, Tejeiro Martínez argumenta que los hechos del pasado argentino fueron “adulterados por la pasión partidista” de historiadores del Río de la Plata que dieron “demasiada importancia (...) a la tradición pasionista propalada y transmitida de padres a hijos con todo el rencor y el odio profundo engendrados en aquellas titánicas luchas entre el elemento urbano que pretendía absorber las funciones del estado y el elemento popular, rural, diremosasí, tan amante de suyo de la libertad absoluta (...)”.   La forma en que presentan los hechos estos historiadores sólo había servido, desde su punto de vista, para enaltecer a unos y denigrar a otros (Martínez, 1902: 121-122).  La explicación de los  acontecimientos que proporciona Martínez pretende corregir a los historiadores porteños y fundamentar que Artigas siempre adhirió al pensamiento revolucionario. Los problemas entre éste y los gobiernos centrales se debieron, según este autor, a la inclaudicable defensa de la autonomía y de la idea de federación que ejerció Artigas y a la postura hegemónica e intransigente que sostuvo Buenos Aires. Por eso, la causa de la guerra civil tiene menos que ver con las posibles actitudes separatistas de los caudillos que con los intentos reiterados de Buenos Aires por imponer su voluntad. Artigas fue la cabeza visible de la resistencia contra el poder de Buenos Aires, encarnó la idea federativa a partir de 1811, siguiendo la brecha abierta por el arreglo al que había arribado la Junta con Paraguay, y desde entonces los gobiernos centrales se empeñaron en contrariar esa tendencia.  La acción de Artigas, según Martínez, pretendió devolver a la revolución sus orígenes democráticos desvirtuados luego por Buenos Aires, razón por la cual su influencia trascendió a todo el litoral y Córdoba, y no fue resultado de un intento de subyugarlas. Esta interpretación le permite reclamar para la actuación del caudillo oriental un análisis desapasionado que considere el medio y las circunstancias en las que actuó; sólo en este contexto se podría evitar que todos los males ocurridos entre 1812 y 1820 fueran adjudicados a la personalidad de Artigas. Si bien no encarnaba las aspiraciones “argentinistas” de Ramírez y López, sino más bien las tendencias orientales que llevarían de la autonomía en la federación a la independencia, no fue el único responsable de la separación definitiva de la provincia oriental: “conviene dejar sentado que los caudillos no habían soñado jamás en la independencia absoluta y si la República Oriental llegó a obtenerla no fue tan solo por el esfuerzo de Artigas, de Rivera, ni de Lavalleja, sino por un hecho accidental, la guerra entre la Argentina y el Brasil”. Para Martínez, el Directorio tuvo su responsabilidad al permitir a los portugueses apoderarse de la Banda Oriental por “simple odio a Artigas” (Martínez, 1902: 267, 280-281). En el primer tomo de su Historia de la Provincia de Entre Ríos, Martínez intenta un diálogo con la obra de Mantilla, a quien considera un “panegirista entusiasta” de Perugorría (Martínez, 1902: 241). Allí rebate la imagen de “mártir” del joven correntino construida por Mantilla y sostiene que sus acciones constituyeron un acto de traición hacia Artigas, bajo cuya protección se había colocado el gobierno legal de Corrientes. Mantilla culmina la Crónica en 1897 y, a pesar de que se dedica a corregirla hasta 1909, año de su muerte, no polemizaría al respecto. Tampoco se hizo eco de los múltiples defensores que ya por entonces tenía Artigas en el Uruguay, por lo que el diálogo entre ambas historiografías iniciado tempranamente con la polémica Bauzá-Contreras no tendría continuidad.

domingo, 1 de julio de 2018

La fundación de Corrientes

Por María Leoni
El tema de la fundación de Corrientes encerraba una serie de cuestiones controvertidas, como la individualización de su verdadero fundador, la determinación del lugar preciso en que se trazó la ciudad y la autenticidad del Milagro de la Cruz, hecho sostenido por la tradición y fuertemente arraigado en la sociedad. Lapolémica tuvo como protagonistas a Manuel Florencio Mantilla y Ramón Contreras en el contexto de la celebración del Tercer Centenario de la ciudad, en 1888. 
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Por esos años, la provincia de Corrientes estaba gobernada por Juan Ramón Vidal, figura principal del partido autonomista que, alineado con el presidente Miguel Juárez Celman, formaba parte del Partido Nacional. En la prensa oficialista, la administración de Vidal era presentada como la más firme oportunidad de alcanzar el progreso anhelado por la elite correntina. Frente a estas renovadas expectativas, los liberales, desplazados del poder en 1880 y enrolados en la construcción de un frente político opositor a Vidal, a nivel provincial, y a Juárez Celman, en el orden nacional, utilizaban sus órganos de prensa para describir a ambos gobiernos como una etapa oscura ala que comparaban con los tiemposdel artiguismo y de la “tiranía” de Rosas. En este marco, a fines de 1887 comenzó a hablarse de la celebración del Tercer centenario de la ciudad, que se basaría, como las celebraciones anuales del Milagro de la Cruz, en la tradición recogida en los versos deldominico Zambrano, elaborados en 1730 en ocasión de la traslación de la Cruz desde la ermita al templo construido para conservarla. Los versos hablaban de 28 españoles enfrentados a 6.000 indios, que resistieron el asedio durante ocho días hasta que un rayo milagroso provocó la muerte de quienes intentaban quemar la cruz, a la que atribuían el poder de resistencia de los conquistadores. El rayo, la cruz incombustible y la rápida conversión de los infieles serían los elementos del referido milagro (Contreras, 1888).  Con el objeto de fijar un relato sobre la fundación, el gobierno encargó a Contreras la tarea de reconstruir los acontecimientos que rodearon al hecho fundacional, confiando en sus condiciones intelectuales y por el antecedente de su participación en la elaboración del Informe de 1877. Para ese momento, la obra más conocidade Manuel F. Mantilla era Estudios Biográficos sobre Patriotas Correntinos (1884), que nada decía acerca de la fundación de la ciudad y el período colonial.
La prensa, uno de los principales campos de batalla del enfrentamiento entre la administración autonomista y la oposición liberal, fue el ámbito elegido por Mantilla para la polémica, que inició con la publicación, en LasCadenas del 3 de abril de 1888, de un largo estudio titulado“La ciudad de Vera” . La intervención, en el día exacto en que la ciudad cumplía trescientos años, respondía a un objetivo tanto político como intelectual. Mantilla lo presenta como un obsequio a la ciudad y cuestiona, entre otros aspectos, que los actos centrales de la conmemoración estuviesen previstos para el día 3 de mayo,fecha en la cual se celebraba el episodio del Milagro de la Cruz.
El artículo critica que la celebración consolidara y prolongara la tradición vigente desde los tiempos coloniales, mientras que ofrece los resultados de sus indagaciones, que presenta como una verdad histórica. A ello se sumaba el proyecto de elevar una Nueva Columna en reemplazo de la que había sido construida en 1828,bajo el gobierno de Pedro Ferré, en homenaje a los fundadores de la ciudad. El monumento se hallaba en el sitio señalado por la tradición, al final de la Calle Ancha, a la que se planeaba nominar como Avenida 3 de Abril. Mantilla había decidido atacar la tradición y para ello planeó el momento de la publicación, previendo sus repercusiones y consecuencias. Sostuvo que el acto de fundación, presidido por el Adelantado Juan Torres de Vera y Aragón, se habría realizado en el sitio de las siete corrientes, donde se hallaba la ciudad; que el fuerte había sido construido con posterioridad al acto fundacional y que el ganado que llegó por tierra al sitio de la fundación había sido conducido por Alonso de Vera. La fundación de Vera —nombre original que rescató Mantilla— tuvo lugar el 3 de abril, como señala el acta original que Mantilla se enorgullecía en haber dado a conocer. Todas sus afirmaciones se sostenían en el análisis de este documento, que había obtenido a través de Vicente Quesada. Con evidente ironía hacía uso de él al sostener: “¿Qué se hizo el acta orijinal? (Sic).Nosotros la hemos buscado con interés en el Archivo de Corrientes y no hemos hallado más que fragmentos que nos han parecido partes de ella; los historiadores y cronistas de la conquista y de la colonia no la vieron. En estos últimos días, sin embargo, hemos cobrado la esperanza de conocerla, pues en el programa de las fiestas del centenario se anuncia, para el día segundo, la lectura pública del acta de fundación de la ciudad, y suponemos que otros más felices que nosotros hayan dado con ella; salvo que se trate de una copia igual a la que poseemos”. (Gómez,1973: 139) Ramón Contreras acusó el golpe en medio de los preparativos de las celebraciones previstas para los días 1, 2 y 3 de mayo, y respondió desde las páginas del periódico autonomista El Litoral . Su respuesta recibiría una nueva réplica de Mantilla, en víspera del inicio de la celebración, con “La Cruz del Milagro”. Ante estos hechos, Contreras se abocó a desarrollar sus argumentos, que daría a conocer en un folleto titulado Recuerdos históricos sobre la fundación de Corrientes en su tercer centenario” (1888), intento desesperado por sostener el programa de la celebración. La respuesta a este opúsculo llegaría una década después, en 1898, en el periódico La Libertad, bajo el título de “Antigüedades”, texto en el cual Mantilla se manifestaba como vencedor.  Contreras sostenía que antes de la llegada del adelantado Juan Torres de Vera y Aragón con el grueso de la expedición, Alonso de Vera había avanzado por tierra con fines de exploración, acompañado de un pequeño grupo de soldados. Esto lo infiere a partir de una serie de fuentes como Martín De Moussy, el padre Guevara y el Telégrafo Mercantil, y da crédito a la tradición contenida en los versos del padre Zambrano. El adelantado habría llegado sobre la fecha de la fundación, que se realizó en el sitio de Arazaty, alejado del emplazamiento en que posteriormente se trazó la ciudad. Según los mismos testimonios, en Arazaty se construyó un fuerte junto al cual se plantó la cruz que daría origen al episodio que la tradición consideraba milagroso. En este punto, Contreras recurre al hallazgo de los restos de lo que habría sido el fuerte, realizado por el padre Juan N. Alegre en 1857, como la prueba más fehaciente de su teoría. Con ella, desde una posición religiosa, se erige en defensor de la tradición: “es malo ir ligeramente contra las tradiciones populares porque estas generalmente tienen un núcleo de verdad” (Contreras, 1888).
En el artículo “La Cruz del Milagro” Mantilla busca desestimar el hecho milagroso y, dos días antes de los actos previstos, acusa a la Comisión del Centenario de sostener —a su juicio, de manera caprichosa— aquellas “tradiciones absurdas”: “Pudo tomar ese camino errado antes de conocer por nuestra publicación el acta de la fundación de esta ciudad, pues ajustaba sus actos a la falsa historia que de antiguo corría por cierta; pero después de leer aquel documento y conocer los datos nuevos que lo acompañan, cuya comprobación rigurosa se halla en el Archivo de Sevilla (...) la Comisión ha debido cambiar el programa de las fiestas en el sentido de la verdad histórica bien establecida (...) sin embargo, se ha aferrado a lo falso y, a causa de su incomprensible insistencia, las fiestas conmemorativas del tercer centenario tienen por base
fundamental la fábula”. (Gómez, 1973: 144)  Ambos contendientes intelectuales llevaron adelante una disputa de interpretaciones sobre los mismos testimonios. Contreras les dio crédito; Mantilla, con gran habilidad, intentó desacreditarlos. Las afirmaciones de éste tienen como base más firme el acta fundacional sobre la cual Contreras no se pronunciara y demuelen la fuente a la que su contendiente otorgara mayor crédito: el informe del Padre Juan Nepomuceno Alegre. En este aspecto, Mantilla, reproduce en “Antigüedades” el testimonio que obtuviera de Roberto Billinghurst, uno de los firmantes del acta suscripta en tiempos de Pujol, para dar cuenta del hallazgo de los restos que Alegre atribuyó al fuerte de la fundación. En él, su entrevistado sostiene: “Era un día de carreras en la Calle Ancha (...) nos encontrábamos en la cancha todos los de la ciudad,porque entonces no teníamos otra distracción. Allí se presentó Fray Juan Alegre y pidió a varios la firma en un acta por él hecha sobre cierta excavación practicada cerca de la barranca, algunos se la dimos por complacencia sin leer lo que suscribíamos (...) y resultó que habíamos convertido en fortaleza de la conquista el cerco de palo a pique de un antiguo poblador...” (Gómez, 1973: 156).  Contreras nunca respondió a esta tardía intervención de Mantilla, dando un tácito cierre a la polémica. Ya en el siglo XX, al cumplirse el centenario de la elevación de la Columna Conmemorativa, la polémica se reavivaría con otros protagonistas (Leoni, 1995).
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martes, 19 de julio de 2016

PEDRO FERRE

Por José María Rosa
¡Hombre difícil el calafate.' Llevaba gravados en su sangre catalana la independencia y el amor propio de los suyos. Se llevó mal con todo el mundo y su vida fue un continuo deshacer amistades. No hubo hombre con quien el testarudo Ferré no acertara a encontrar rozamientos o descubrir enconos : toda su larga carrera pública —de 1821 hasta su muerte en 1867— fue una polémica contra alguien: Rivadavia, Rosas, Lavalle, Paz, Rivera, Madariaga, Urquiza, Derqui o Mitre. 

Su terquedad era imbatible. Sería el único diputado echado del Congreso, por intemperante, a pesar de sus años y de sus grandes servicios a la causa antirrosista.
Corrientes no fue en la primera mitad del siglo XIX —como Santa Fe, Entre Ríos, Buenos Aires y el resto de la Confederación— una tierra propicia para caudillos. Su autonomía había sido la obra de los vecinos afincados de la ciudad, y las resistencias a Rosas preparadas en las casonas urbanas o en las estancias de la clase señorial. En Corrientes no hubo “pueblo” hasta bien entrada la mitad del siglo XIX, y por lo tanto faltó el caudillo que se hiciera intérprete del espíritu popular, seguido fanáticamente por los suyos y con igual exaltación odiado por los adversarios. Corrientes fue una oligarquía, porque no podía ser otra cosa dado el bajo estado económico y cultural de sus clases inferiores; y por eso resultó la, excepción en el mapa político de la Argentina.
Pedro Ferré fue el jefe de esa oligarquía. No el señor feudal a lo López o Ramírez sino el preboste entre sus iguales los demás señores de la sala capitular. Y eso que no era de familia con abolengo en la fundación de San Juan de Vera de las Siete Corrientes como los Lagraña o los Cossío, pues sus padres fueron catalanes modestos e industriosos. Pero en el medio enervado por la molicie de los hijos de familia que se quedaban en la ciudad, y la rudeza de aquellos que vivían en el campo, Pedro Ferré, dueño de un astillero y con inteligencia y hábitos de trabajo, debía necesariamente imponerse. La clase aristocrática correntina encontró en la honestidad del calafate la mejor conducción para la defensa de sus intereses.
Cinco veces gobernador de Corrientes, su jefatura no entusiasmaba a nadie; pero era la única posible. Había laboriosidad, firmeza y sobre todo amor a la tierra en los actos del gobernante. Desgraciadamente este “primus ínter pares” tenía terquedades y enconos que sólo pueden permitirse los auténticos caudillos. Sus paisanos lo deponían, lo expatriaban, confiscaban sus bienes; pero a la larga volvían a llamarlo. Retomaba sin modificar uno solo de sus puntos de vista. Era una gran verdad que no había otro como Ferré: el viejo Atienza, con su bonhomía e ingenuidad, había sido envuelto en las habilidades de Rosas; y la falta de tino del joven Berón de Astrada traído el desastre de Pago Largo. Solamente el desconfiado Ferré era el hombre para Corrientes. ¡Pero qué inaguantable era! Paz cuenta la paciencia que debía acumular para su trato con él. Siempre quería salirse con la suya y la menor disposición del Manco encontraba los reparos más imprevisibles: sobre un reparto de aguardiente a la tropa anduvo rezongando días y días. Menos mal que las necesidades del gobierno no le dejaban pasarse la vida en el campamento pero entonces la polémica se hacía epistolar: “Nunca he escrito tanto en mi vida y sobre tantas minucias”, dice resignado el general.
No era hombre de confesarse vencido.  A Derqui, su asesor de gobierno, le sostuvo cotidianamente durante meses que el tratado con Inglaterra de 1825 no obligaba a Corrientes: al anochecer los argumentos de Derqui parecían abrumarlo y agachaba la cabeza, pero a la mañana siguiente volvía a la carga con nuevos bríos y los mismos argumentos. El calmoso Derqui acabó por ponerse en tal estado de nervios que la sola presencia del gobernador lo crispaba.  Las animosidades e intemperancias de Ferré quedaron famosas: a Lavalle, por cruzar el Paraná después de Sauce Grande lo calificará de traidor, desertor, malvado, cuyo nombre no manchará más a Corrientes, etc., en proclama que hizo repartir por toda la provincia; a Paz por haberse hecho gobernador de Entre Ríos, lo acusará de desertor retirándole el comando del ejército de Caaguazú.  A Rosas, Quiroga, López, Madariaga, a todos fustiga con duros términos cuando media un punto de amor propio rozado.   Hasta a Manuel Leiva, el más consecuente de sus amigos —que andando el tiempo lo haría elegir constituyente— trata en su Memoria, por haberle dado la razón a Paz en una discusión sin importancia, de traidor y de ingrato.
Estas reacciones violentas de su temperamento guiaron más la conducta pública de Ferré que sus propios ideales políticos. De ahí la paradoja de que sus actos tendieran precisamente a impedir el cumplimiento de sus propósitos. Patriota de noble integridad, tanto que en su  Memoria —escrita en su época de más fervoroso antirrosismo— reconoce a Rosas “la firmeza de su carácter en sostener los derechos de la Nación contra miras extrañas”; pero andaría (por estar contra Rosas) aliado a esas miras y extrañas de las que llegará a solicitar y recibir dinero.   Partidario de la protección industrial hasta el extremo de negarse a suscribir el Pacto de 1831 porque nada decía de la defensa de les talleres artesanales, su alianza con Rivera y con Francia fue precisamente la causa de la ruina de los obrajes correntínos, pues debió abrir la provincia a la producción extranjera mientras el resto de la confederación vivía un extraordinario florecimiento industrial por la ley proteccionista de Rosas.   Líder de la libre navegación de los ríos en 1830 y 1842, cuando Rosas no la quería, fue expulsado del Congreso por sus palabras contra los tratados de San José de Flores que la establecieron definitivamente. Partidario de una constitución en 1831, tal vez porque Rosas la tenía por inoportuna; se opuso a ella en 1852, quizá porque Urquiza la creía oportuna. Y provinciano, el más localista de nuestra historia —su Patria, con mayúscula, era Corrientes—, llegó por oposición a Derqui a colaborar en 1861 con la hegemonía porteña de Mitre que terminaría con las autonomías provincianas. Toda su vida anduvo a contramano, haciendo, por impulso de amor propio, lo opuesto a sus íntimas convicciones.
Hijo de catalanes establecidos en Corrientes, Pedro Ferré nace en 1780: su niñez transcurre entre los maderos de la carpintería de ribera de su padre y la escuela del convento' de San Francisco, donde aprende primeras letras.
Como todos los jóvenes sienta plaza en las milicias urbanas, que después de llevar Belgrano los veteranos al Paraguay, suplieron el orden en la ciudad y la vigilancia en las fincas rurales. Su carrera militar íntegra transcurriría en las milicias de reserva: será capitán en 1819, coronel en 1825 y brigadier general en 1833.    Defiende el orden contra las incursiones de los misioneros de Andresito y toma una parte decisiva en la revolución que quiebra la República Federal Entrerriana de que es parte Corrientes.  Su compañía de milicias es la mejor y más disciplinada y  poco después de la muerte del Supremo ocupará en 1821, en premio a su actuación, un escaño en el restablecido y señorial Cabildo de Corrientes. El hijo del calafate podía codearse con los hidalgos de sangre noble y actividad nula, que custodiaban los propios y distribuían justicia en la ciudad de las Siete Corrientes.
En diciembre de 1824 lo hacen gobernador. El orgulloso. Congreso Provincial, nombre oficial de la legislatura, lo ha designado por las excelentes prendas de inteligencia y laboriosidad acreditadas en el cabildo. Reunía las dos condiciones de la carta de 1821 para el cargo: correntino de nación e “hijo de legítimo matrimonio ’ Pero es su incansable actividad y desinterés total, lo que mueve a los aristócratas a llevarlo al gobierno. Y gran laboriosidad fue la suya: funda Mercedes, Bella Vista, Empedrado, San Luis, San Cosme y veinte pueblos más.  Construye escuelas, trae una imprenta, impone disciplina en las anarquizadas milicias y díscolos cuerpos veteranos. No se contenta con los límites comunes de Corrientes y se anexa Misiones “donde no hay pueblos ni autoridades”. Con sobrada razón podrá decir años después: “¡Yo formé esta provincia!”.
Al tiempo de asumir Ferré el gobierno de Corrientes, en Buenos Aires se abrían las sesiones del Congreso Nacional. A Comentes la representa el doctor José Francisco de Acosta, nativo, pero vecino de vieja data de Buenos Aires y miembro importante del partido de los principios o de las luces que dentro de poco se llamará “unitario”.
Las “'luces” son las luces del siglo, los resplandores intermitentes que alumbraron en el siglo XVII las postrimerías del antiguo régimen en París y habían vuelto con los emigrados en las primeras horas de la Restauración, la fracción iluminada descreía de oscurantismo y esperaba todo de una Ciencia, escrita con mayuscula, elaborada entre las probetas de Fausto y los sortilegios de Cagliostro.   Los principios eran la Ciencia de la política  y tenían su nombre mágico de alquimia: se llamaban contituciones y harían la felicidad de los pueblos como el elixir de Bálsami la felicidad de los hombres.
Eran pocos los alumbrados argentinos que refractaban directamente las luces de París: el señor Rivadavia, por haber pasado seis años allí, entre ellos. Los demás fulguraban por reflejo oblicuo: destellaban las lumbres españolas de los últimos Carlos que, pese a Fernando VII, refulgieron nuevamente en las jornadas de Riego y la reverberación constitucional. Pero radiación directa o indirecta del resplandor ilustrado, los luminares criollos de 1824, como las lumbreras del XVIII, sólo sabían de palabras y de fórmulas para exorcizar la realidad.   Más tarde se llamaron “unitarios”: la palabra no significaba unión sino exclusividad; gobierno por un mayorazgo que no por una cabeza. No había luces en todas partes: de allí el predominio de los hombres de Buenos Aires o de algunas aldeas que refulgían con menor opacidad: San Juan, Salta, tal vez Tucumán. De ninguna manera Córdoba, foco de luz negra, o las conventuales Rioja o Catamarca. Menos, mucho menos, los aduares del litoral, como Corrientes, donde persistía el espíritu nativo de Artigas.
Ferré era el jefe de la oligarquía de Corrientes pero no se lo puede considerar un hombre de luces. Su espíritu era más dado a la reflexión que a las lecturas.
Contrastaba con Ferré, el diputado José Francisco de Acosta. Correntino de alto nacimiento, se había ido a vivir a Buenos Aires para rozarse con hombres, como dice en sus cartas, menguando el medio selvático donde naciera. Era el unitario típico del año 25, que Sarmiento sabía distinguir “entre cien argentinos”. Vestido severamente de negro, marchaba derecho, la cabeza alta sin darla vuelta “aunque se desplomara un edificio”, hablaba con desdén y sus gestos eran concluyentes. Razonaba, pero no oía razones. Leía a Voltaire y creía en el porvenir maravilloso. Se consideraba el “luminar” por antonomasia, aunque nacido en Corrientes, y tenía por gran mérito “vivir en Buenos Aires”.
De ahí que chocara con Ferré —discípulo del franciscano José de la Quintana, y testarudo en todas sus convicciones— para quien la Patria era Corrientes, y amaba el medio donde naciera. El motivo de la ruptura fue la designación de diputado por Corrientes del presbítero Pedro Ignacio Castro Barros, cuya elocuencia admiraba Ferré desde los días del congreso de Tucumán. El presbítero era enemigo de la logia gobernante en Buenos Aires: su elección, por supuesto, disgustó al partido de los principios; Narciso Laprida lo hace notar a Acosta:
“...¡Qué dolor, mi amigo, yo casi no lo creo! jEs cierto que Corrientes ha nombrado al doctor Castro Barros?... Prescindo del carácter fanático, aspirante, faccioso y turbulento del doctor Castro... sin duda en Corrientes no tienen el menor conocimiento de un hombre tan desacreditado... sin duda en Corrientes no saben que el doctor Castro es un enemigo declarado de los principios ... Hasta se ha atrevido con una insensatez maligna y ridícula a calumniar a don Bernardino Rivadavia, el hombre más acreditado de todas las provincias unidas...”.
Acosta retiene el diploma de Castro Barros. Envía a Ferré la carta del ex colega de Castro en Tucumán, y sin gramática pero gráficamente da orden al gobernador: “Hay que c... esa elección por inoperante”  Lo instruye en la manera de modificar el acta “teniendo la H. Representación en cuenta circunstancias que no tuvo presente al tiempo de la elección del doctor Pedro Ignacio de Castro Barros...”. Le pide reserva “para no comprometerlo”.  No sabía de la testarudez de Ferré; lo supo en seguida: “Es demasiado grande el interés que deben tener allí en desacreditar la elección del Doctor Castro Barros... Siento por esta vez el disgusto de no haber contribuido al mejor éxito de su ideal"  Mantiene al electo aun cuando no le guste a Acosta ni a Laprida, ni a los Cossío o Bedoya de Corrientes. 
No obstante la Ley Fundamental, proyectada por Acosta, el 7 de febrero de 1826 Rivadavia es elegido presidente “permanente” de las Provincias Unidas. Ferré aplaude el nombramiento del “benemérito y digno ciudadano que reanima las esperanzas de la patria”.
Esa buena concordia no podía durar mucho. Rivadavia llegaba poseído de la importancia de su cargo, y Ferré no-cedía en lo que respecta al suyo. “Aún no había calentado la silla” (la frase es de Ferré) cuando se produjo un grave rozamiento: el 11 de febrero Rivadavia delega en Ferré la comandancia de las milicias y fuerzas veteranas de la provincia, pero Ferré no acepta que le deleguen lo que él entiende es suyo.  No hubo arreglo. Tanto Rivadavia y Ferré estaban de acuerdo en que las tropas correntinas deberían estar bajo el mando del gobernador, pero la formalidad de que fuera por delegación o por derecho propio produjo el conflicto.
La ruptura final la hizo Acosta. Tuvo la poco feliz ocurrencia de tomar a Corrientes como ejemplo de la imposibilidad de las provincias para gobernar con sus hombres: dijo en el Congreso que el gobernador apenas si entendía de maderas, el cura asesoraba jurídicamente a los alcaldes del cabildo, el congreso provincial no estaba formado por gente instruida: “si no tiene hombres, démoselos” clamaba el ex correntino en el Congreso nacional... Con unos cuantos porteños de luces se alumbraría todo.    La indignación de Ferré fue apocalíptica. De un plumazo dejó cesante a Acosta: “Es deber de todo diputado —rugía el decreto— defender al pueblo que representa con la energía, la firmeza, el carácter y más que nada la integridad que requiere una comisión tan delicada. Habiendo faltado a estos compromisos sagrados el señor Acosta, olvidándose de su tierra natal, sofocando en su corazón todo sentimiento de honor, patriotismo, gratitud y lealtad... ha tenido la osadía de insultar groseramente a sus propios conciudadanos por quienes fue llamado a defenderlos...
Desde ese momento abandonó el partido de las luces y se adhirió al federalismo. Es cierto que la bandera punzó recordaba los años plebeyos de Andresito y Perrugorría, pero era preferible la hermandad con la chusma que el tutelaje presuntuoso de Rivadavia o Acosta. El 28 de noviembre (1826) Ferré llamó a plebiscito para rectificar el voto sobre sistema de gobierno: resultó casi unanimidad en favor de que ‘ ‘ Corrientes no admitía forma alguna de gobierno nacional que no fuera republicana federal”. Hubo solamente tres votos en disidencia: Angel Rolón, que reservó el suyo, Angel Mariano Bedoya que “lo subrogó al pronunciamiento del Congreso de Corrientes”, y José Ignacio Rolón, el único partidario de la unidad. Hasta el Dr. García de Cossío votó ahora por la forma federal “porque la solución en contrario sentido es impolítica y peligrosa en ocasión de la presente guerra”.
Corrientes retiró sus diputados del Congreso y no aceptó la Constitución de 1826. El 17 de mayo (1827) se. adhiere al convenio iniciado por Bustos (y apoyado por ledas las provincias) para:
“Desechar la constitución” (art. IV).
“Poner todos sus recursos para destruir las autoridades nacionales que están causando los males de que todo el país se resiente” (4’).
“Formar un nuevo congreso que constituyera el país bajo la forma federal”.
“Seguir la guerra contra el Imperio de Brasil”.
“Repartir entre las provincias los impuestos de aduana” (20)9.
En 1827 la nación apenas si existía como voluntad latente. Al Congreso y al presidente no los obedece nadie. Ferré asume el título de Gobernador, Intendente y Capitán General de Corrientes para expresar la totalidad de poderes de su cargo, y se maneja solo en la guerra con Brasil.   Rechaza la invasión que Bentos Manuel lleva a las Misiones Occidentales y se sitúa en Curuzú-Cuatiá a la expectativa de la reconquista de las Misiones Orientales que está haciendo Fructuoso Rivera. En julio le lleva la noticia de la paz a “todo trance” concluida por Manuel José García a nombre del Congreso y presidente in partibus. Hace declarar por la legislatura que el Congreso nacional (el presidente ya había sido desconocido):

“...no ha hecho otra cosa que activar el fuego devorador de la discordia, ha dado la lección terrible de la desorganización o insubordinación a las autoridades legítimamente constituidas (las provincias) para sostener el capricho o el engrandecimiento de una facción entronizada con ruina y menosprecio del bien público... no coopera sino autorizando los pasos rastreros, y anárquicos del presidente nominado de la república...” y no reconocerá por lo tanto ‘ ‘ acto alguno del congreso titulado nacional contraído con otro Estado o que contraiga en lo futuro Ya para entonces Rivadavia se había dado cuenta de que sus “servicios no pueden en lo sucesivo ser de utilidad alguna” y el 27 de junio renunciaba la Presidencia lamentando “no poder satisfacer al mundo los motivos irresistibles que justifican esta decidida resolución”. El Congreso la acepta obligado, por “el poder de acontecimientos singulares y la combinación extraordinaria de circunstancias”.