Por
Jorge Oscar Sulé
Buenos Aires, Septiembre de 2005.-
Sr. Norberto Galasso
De mi mayor consideración:
Una gran amiga, Ana Lorenzo, me acercó su libro
“La larga lucha de los argentinos” con un subtítulo
“Y como la cuentan las diversas corrientes historiográficas”.
Su libro, en medio del retroceso historiográfico que se registra, es
un paréntesis que nos permite asegurar que nuestra lucha no ha sido del
todo en vano y que nos alienta a seguir en la misma, no obstante los
silencios, las aparcerías monopólicas dominantes y la farándula
mediática y editorialista que persigue el escándalo para llegar al
mercado consumista de nuestras clases medias
“bobas”.
Esta es una primera reflexión. A continuación van otras que me
atreveré a explicitar en el transcurso de estas líneas. Porque Ud. es un
hombre del Pensamiento Nacional por lo que sabrá evaluarlas dentro del
mismo encuadramiento axiológico, aunque con frecuencia sean
decididamente críticas.
El Revisionismo Histórico nació por la necesidad de efectuar una
revalorización sobre la figura y trayectoria de Rosas: éste fue su
inicio y su signo (y sigue siéndolo en gran parte dada la obstinación
antirrosista que perdura y que tiene todas las ventajas mediáticas y
docentes).
Todavía no se ha llegado al
“igualá y largamos como en las carreras cuadreras”, genial y pedagógica expresión de Jauretche.
El Revisionismo Histórico nunca fue un pensamiento ideológico
homogéneo. Antes bien, en él se expresan tendencias que suelen ser en
algunos aspectos antitéticas pero coincidentes en un punto: la
resistencia al imperialismo como potencia disgregadora de lo propio.
Y esto lo vio el mismo Hernández Arregui en su notable libro
“Imperialismo y Cultura” en el que señala lo difícil que resulta en la Argentina
“hacer
justicia por la rivalidades de campanario, o por la pasión de la lucha,
a todos los que han bregado por el país. Estos hombres -continúa
Hernández Arregui-, aunque no les guste verse en la misma lista, representan por igual la conciencia histórica de la comunidad nacional”.
Y a continuación hace desfilar los nombres de Scalabrini Ortiz y de
FORJA en la que destaca el talento de Jauretche, con prédicas paralelas
en la labor intelectual de Torres, Doll, Cooke; listado en el que no
excluye y por el contrario señala por sus aportes esclarecedores a Julio
y Rodolfo Irazusta, Carlos Ibarguren, Ernesto Palacio, Alberto
Baldrich, Federico Ibarguren, José María Rosa, Castellani, Anzoátegui y
otros nacionalistas como Soler Cañas, Fermín Chávez y Giménez Vega, sin
olvidar los procedentes de la izquierda marxista o no marxista como M.
Ugarte, Puiggros, Astesano y Abelardo Ramos, entre otros. La lista es
larga y excelsa y en ese listado (aunque no esté escrito dado los
espacios cronológicos) está Ud. mismo
“aunque no le guste verse en la misma lista”.
Muchos de los nombrados pertenecieron al Instituto de Investigaciones Históricas
“Juan Manuel de Rosas”
y otros se acercaron e intimaron con la institución o con sus
integrantes, tal el caso de Jauretche como el de Scalabrini Ortiz.
Es que la figura y trayectoria de Rosas puede unificar a las LLAMADAS
izquierdas-centro-derechas (categorías o axiologías equívocas en
nuestro universo político argentino).
Es por esta conjunción heteróclita que el Revisionismo rosista
condensa toda su vitalidad y Rosas sigue siendo la LLAVE DE BÓVEDA para
la interpretación de la historia argentina del siglo XIX. El liberalismo
decimonónico y sus epígonos historiográficos no nos han dado las claves
de la interpretación de la historia y por el contrario cambiaron los
naipes en el juego hermenéutico, llevándolos, con frecuencia adrede, a
la confusión y a la incomprensión. Ud. lo analiza correctamente. Tampoco
lo ha hecho la interpretación dialéctica hegeliana o marxista de la
historia. También Ud. ha sido claro. Al respecto, Spilimbergo también
esclareció este punto. A la corriente nueva llamada
“Historia Social”
Ud. le ha puntualizado sus devaneos y sus falsas posturas
pseudocientiíficas, aunque ha sido bastante indulgente con ella: esta
corriente que incluye a los llamados
“progresistas” y que
monopolizan las cátedras y los instrumentos mediáticos, expresa en su
mayoría los desechos marxistas en extinción, o marxistas domesticados
por las
“leyes del mercado”, o como los calificaría don Arturo son
“mitromarxistas”, que por esa conjunción pueden ser parte del
“régimen”. En cuanto a los otros enfoques de análisis que Ud. hace me expediré más adelante.
Pero por lo que vengo reseñando ya le estoy adelantando algo, y avizorando mis disidencias.
Yo milité en el peronismo de joven. Cuando quise darle racionalidad a
mis nacientes intuiciones políticas me encontré con el Revisionismo
Rosista que dio luces y sustentación definitiva a mis emociones
peronistas.
He aquí una de mis conclusiones: al Pensamiento Nacional, en mi caso a
través del Peronismo, se llegó a través del Revisionismo Rosista.
Y hago otra afirmación: se ha exagerado bastante el papel que el
nacionalismo conservador ha tenido en la configuración del Revisionismo
Histórico (y acá usted vislumbrará otra crítica a su trabajo).
Aquel agitador estudiantil entre anarco y socialista que se llamó
Lugones, abandonó ese camino cuando ya esclarecido por el Revisionismo y
después de la imbecilidad uriburista comprobó la significación de la
“década infame”,
que no la completó porque no pudo digerirla del todo al suicidarse en
1938. Aquel Gálvez que vino apoyando al grupo literario de Boedo, en el
que se dieron cita Elías Castelnuovo, Leónidas Barleta y el mundo
ácrata, cuando encontró las claves de una interpretación nacional
contribuyó a la configuración del Revisionismo Rosista y una vez volcado
en él dio al género historiográfico sus insuperables biografías de
Irigoyen, Rosas y Sarmiento: ninguna pluma partidaria (Gabriel del Mazo,
Luna, etc) ha podido ni siquiera acercarse al nivel de excelencia
histórico-literiaria que atesora la biografía del líder radical escrita
por Gálvez.
Brown Arnold, Corvalán Mendilaharzu, Diego Luis Molinari, los
Oyhanarte, y Ricardo Caballero, entre otros, proceden de ese tronco
radical que enaltecieron a Rosas antes de la caída de Irigoyen; y hasta
Ravignani, alvearista no yrigoyenista, empezó a comprender la historia
argentina cuando encontró a Rosas y no completó su ciclo como Molinari,
por el corsé de su propio partido que no se supo o no quiso sacarse. De
él son estas expresiones “Rosas fue una personalidad que se acrecentó
firmemente merced a su vinculación con los intereses y necesidades del
país. Llegó un momento en que dominó por completo el escenario del país y
su acción trascendió los límites de la Argentina. Negarlo o ignorarlo
sería absurdo...Rosas tuvo amigos entre gente importante y entre los
humildes. Mas su prestigio, como hombre, lo afirmó en estos últimos;
entre los importantes se incubaron sus enemigos como Maza y los
estancieros del sur....A los federales del interior (sic) los envolvió
en una trama amistosa, tan fuerte y tan sutil que sin su conocimiento,
haría inexplicable la acción política desplegada. Con Estanislao López y
Juan Facundo Quiroga estructuró la Confederación a partir de 1831 sobre
la base de un íntimo entendimiento..... Supo ser, así, un político
práctico. En la correspondencia sostenida con uno y con otro y los
respectivos actos de conducta, aparenta dos ecuaciones personales
diferentes, fruto de una conciencia política proteiforme. Es un príncipe
criollo”. (Aconsejo la lectura de
“La Vuelta de Juan Manuel” de F. Chávez).
La procedencia de José María Rosa es demoprogresista, Vicente Sierra y
hasta Jordán Bruno Genta se iniciaron en el marxismo: Recordemos los
posteriores acercamientos de Puiggros, Astesano, Ramos y otros.
El rosismo fue un lugar de encuentro y el Revisionismo Histórico obtendrá la adhesión intelectual de muchos hombres de
“izquierda”. Este singular triunfo no será el primero ni el último de su larga historia.
Arturo Jauretche le señaló a Félix Luna este triunfo del Revisionismo
Histórico en el campo académico y su proyección en el campo de la
conciencia popular y el Director de
“Todo es Historia” tuvo que admitirlo, aunque a regañadientes.
A fines del siglo XIX, Saldías iniciaba la valorización de Rosas.
Algunos fogonazos habían partido de Alberdi. Quesada dio el erudito
enmarque sociológico. Distintos historiadores radicales y nacionalistas
de distinto signo siguieron iluminando más intensamente el camino
antes de la caída de Irigoyen.
Luego el Revisionismo Histórico tomó vertiginosidad porque había que
explicarse tantas frustraciones y en 1934 salió un libro con el título
“La Argentina y el imperialismo británico”,
cuyos autores, Julio y Rodolfo Irazusta, aceleraron la marcha del
esclarecimiento país-colonia. Dos años después Scalabrini Ortiz daba a
luz su
“Política británica en el Río de la Plata”. En 1938 se
creaba el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas,
semillero de historiadores e investigadores que continúa dando sus
frutos.
Ud. es un hombre de ese Pensamiento, un revisionista: su bagaje
cultural y la fuente de sus conocimientos los ha tomado de publicaciones
de autores revisionistas. No importa quien ha llegado primero al
esclarecimiento, lo que importa es que la prédica haya germinado, es por
ello que cuando Ud. ensaya determinados enfoques para diferenciarse del
revisionismo rosista, o directamente lo descalifica, resulta
desconcertante. No creo que lo haga como táctica política para ingresar
al purgatorio de donde se saldrá para percibir los beneficios del
paraíso de la publicidad editorialista o en la repartija de las cátedras
universitarias digitadas por el “progresismo”. No lo veo de esa
catadura. También me cuesta creer que lo haga como una alarde de
imparcialidad o como parte de aquella pose o gesto de
“ecuanimidad” que F. Luna le reclamó
“zonzeramente” a Jauretche.
Me inclino a creer que tironeado por algunos residuos metodológicos
que quedan de viejos enfoques economicistas, incurre en algunos
desaciertos en cuanto alguna interpretación en sí, y en errores o
carencias de información histórica concreta que deslucen su
emprendimiento historiográfico.
Iré al grano. En pág. 14 cuando se intenta categorizar al
“revisionismo histórico rosista” se afirma que
“aparece hacia 1930”.
Por lo que he desarrollado en páginas anteriores se advierte que
estamos en presencia de un error. Saldías, no obstante ser un liberal,
es uno de los primeros historiadores rosistas que se sublevó contra esa
visión totalitaria liberal que como una lápida pesaba sobre la
conciencia de los argentinos. En su obra abundan los adjetivos
ponderativos hacia Rosas: remarcó el entusiasmo y la devoción que
despertó en el pueblo, señaló la energía y la inteligencia de su
persona, el insobornable patriotismo al enfrentar gallardamente las
agresiones imperialistas y descalificó a sus enemigos llamándolos
“traidores” varias veces ¿Esto no es rosismo? Su tono descriptivo, nada estrepitoso, amortiguó la apología y enmascaró la denuncia.
Bernardo de Irigoyen, que guardaba veneración por el Restaurador, lo
puso en la pista del archivo de Rosas. Se trasladó a Londres y Manuelita
le dio acceso a los cajones llenos de documentos oficiales, todos
cuidadosamente clasificados por año y por materia en sus
correspondientes legajos y así cambió fundamentalmente el concepto de
una época y de un hombre.
La publicación de su obra produjo un escándalo, luego el silencio: la
reprimenda de Mitre, la afonía del periodismo, el enmudecimiento de los
críticos y el distanciamiento de los amigos fueron las consecuencias de
haber enaltecido a Rosas. Un profesor en la Biblioteca de Groussac lo
llamó directamente
“panegirista” del tirano: era lo que todos pensaban.
Es ilustrativo el hecho de que la obra se llamó originariamente
“Historia de Rosas” pero por sugerencia del prudente Don Bernardo y para
aligerar la presentación y hacer digerible su recepción y lectura el
título se cambió por el de
“Historia de la Confederación Argentina”.
Manuel Bilbao en su libro
“Vindicación y Memorias de Antonino Reyes”, no solamente escribe la vindicación del secretario personal de Rosas sino del mismo Rosas, y todavía estamos en el siglo XIX.
El enmarcamiento histórico-sociológico de lujo lo realizó Ernesto
Quesada, casado en primeras nupcias con una nieta de Angel Pacheco,
confidente y primera espada de Rosas hasta horas antes de Caseros.
Por ella Quesada heredó muchos papeles del jefe rosista y del mismo
Rosas: esa documentación, más el copioso archivo de su padre y los
documentos que fue reuniendo durante gran parte de su vida, le permitió
poseer uno de los más importantes repositorios particulares que luego
trasladó a Europa.
Sus aportes son más importantes que los de Saldías, siendo
“La Época de Rosas. Su verdadero carácter histórico” su obra fundamental.
Además de sus trabajos siempre eruditos, no se cansó de enjuiciar a la historiografía liberal.
“Varias
generaciones se han educado oyendo repetir la misma leyenda y han
concluido por creer en ella a pie juntillas, jurando “in verba
magistri”....“Pero esta mistificación histórica desaparece ya...”.
Le fue peor que a Saldías. El mundo culto sabía de la erudición de
Quesada, pero lo silenció y lo desplazó a simple título de rosista.
Casado en segundas nupcias con una dama alemana y viéndose marginado en
su patria, resolvió exilarse y en Berlín se ligó a la Universidad donde
su talento y erudición fueron reconocidos. Hace unos años Fermín Chávez
se trasladó a Europa haciendo un valioso relevamiento del Instituto
Iberoamericano de Berlín, formado por el repositorio llevado por Quesada
y que aquí anteriormente ofreció a Alvear: éste se negó a incorporarlo a
la Facultad de Filosofía y Letras, destino solicitado por Quesada,
perdiendo el país por este sectarismo antirosista una impresionante masa
documental.
La pléyade rosista antes de 1930 es larga y excelsa y en su mayoría
de origen radical: es evidente que la han ocultado pero Ud. no la puede
ignorar: van algunos:
Dermidio T. González (nació circa 1875 y falleció en 1940) escribió
“Rosas y la posteridad” (1894),
“El hombre” (1906);
Dardo Corvalán Mendilaharzu (1888-1959) escribió
“De la época de Rosas” (1913),
“El Chacho” (1914),
“Sombra Histórica” (1923),
“Rosas” (1929);
Adolfo Korn Villafañe (1894-1954),
“Irigoyen y Rosas” (1922);
Prudencio Arnold (1809-1896);
“El soldado argentino”
(1893). Este último fundador del radicalismo santafecino, se llegó a
cartear con Rosas durante los últimos días del exilado. En una carta
escrita en octubre de 1875 desde San Nicolás le dice
“Su retrato de bulto (grande) es el único que hay en la salita de mi casa en esta ciudad frente a las ventanas de la calle” y en su libro expresa con orgullo
“...fui
el último de los capitanes que mandaba fuerzas de los ejércitos
argentinos (en Caseros) que obedecían a este Señor General (Rosas) y el
único que no presentó armas al general vencedor” (Urquiza). A estos se suman los Oyhanarte, Diego Luis Molinari (1889-1966) y otros.
Desde Saldías, pasando por Quesada y siguiendo por la línea radical
mencionada (hay otros), llegando a José María Rosa y Fermín Chávez (por
supuesto me incluyo) todos vindican a Rosas aunque haya distintos
grados, temperatura o modalidad en la vindicación rosista: son matices
de la misma melodía (por supuesto que en la actualidad con mayor
documentación).
El otro error que se advierte en pag. 15 referido al Revisionismo Rosista es que sería de
“concepción reaccionaria que aspira a resucitar la época colonial, son sobre todo hispanófilos” (Por supuesto de la España de Primo de Rivera y de F. Franco y no de la España anarquista).
No fue necesario Franco para hacer dicha revalorización. Y cuando
alguien idealizó la conquista española; es el caso de Sierra; no lo hizo
por la España de Primo de Rivera sino por la catolicidad de la empresa
española en el siglo XV y XVI. Por otra parte, otro revisionista como
Ernesto Palacio aclaró que si bien hay que descartar la
“leyenda negra” no hay que caer en la
“leyenda rosa o celeste”.
Tan zafio es su cargo que no pudiera ubicar a Saúl Taborda: reformista
en 1918, defensor de la república española y defensor de la hispanidad
enraizada en lo latinoamericano.
Usted puede aborrecer el catolicismo, es un problema suyo: pero lo
que no puede negar es que el catolicismo es un elementos esencial y
fundante junto con otros, de la nacionalidad argentina. Es el elemento
tradicional que junto a la lengua y las razas predominantes y
confluyentes, constituyó el trípode generador de la Argentina.
El tomar al catolicismo como elemento básico de la Nación no implica
necesariamente ir a misa todos los domingos ni ser chupacirios sino
aceptar las normas y la concepción cristiana de la que el catolicismo es
custodio. El declararse católico implicaba hacerse sospechoso de
fanatismo, de cerrazón mental, de oscurantista, como lo afirmaban los
liberales positivistas propulsores teóricos de la oligarquía, concepción
que han heredado los llamados
“progresistas” contemporáneos en sus dos versiones: la de Juan José Sebreli que tiene columna editorial en
“La Nación”
y la de Felipe Pigna, figurita mediática con recepción abierta en las
editoriales plutocráticas. No deseo para Ud. este destino: me
decepcionaría.
En las páginas 39/40 se expresa que el
“revisionismo socialista o federal provinciano ofrece una versión totalmente distinta de las otras corrientes historiográficas”.
Para ello Ud. tiene que hacer simplificaciones, generalizaciones y
hasta deformaciones para intentar ofrecer un producto distinto. No todos
los liberales juzgan a Mayo como movimiento separatista, ni todos los
que participan de la llamada Historia Social omiten la consideración del
“Plan de Operaciones” ni mucho menos -y esto es una inexactitud de bulto, que
“el revisionismo rosista juzga a Mayo como expresión de la Revolución Francesa”.
Justamente el aporte del revisionismo histórico consistió en liquidar
el viejo concepto que hacía de Mayo un flatus de la revolución francesa.
El revisionismo histórico ha demostrado que todos los protagonistas
de mayo explicitaron no querer ser súbditos de la Nación francesa. Tanto
el grupo carlotino de Castelli y Belgrano que quisieron una salida
monárquico-constitucional con Carlota Joaquina de Borbón de Braganza,
como el grupo alzaguista que tuvieron como referente al poderoso
comerciante y a sus pares pero también a criollos como Mariano Moreno y
Julián de Leiva que quisieron
“Junta”, tal es así que fue llamado el
“partido de las Juntas”.
Como el otro que se reunía en el Regimiento de Patricios de Saavedra
que hablaban en nombre del pueblo (ninguno habló de democracia que es un
concepto posterior), todos estos grupos previos a la Revolución de Mayo
conspiraron para evitar el afrancesamiento que una España dominada por
Francia proyectaría inevitablemente, y estalló cuando fue evidente que
las tropas napoleónicas barrían con los últimos vestigios de la
resistencia española. Este proceso lo han explicado detalladamente Diego
Luis Molinari (varios libros), Enrique Corbellini (2 tomos), Roberto
Marfany (varios libros), Federico Ibarguren (varios tomos), José María
Ramallo (varios....), Fermín Chávez y Enrique Mayocchi entre otros. De
allí que haya sido el Revisionismo Histórico el primero que sostuvo que
Mayo no fue una ruptura, ni mucho menos una expresión antihispanista.
En los últimos renglones de la pag. 40 de su libro hace suyo
conceptos tomados del Revisionismo Histórico, y como dije antes no
importa quien ha llegado antes. Para aclarar bien el punto le informamos
que el Cabildo Abierto del 22 de mayo, para fundamentar la ilegitimidad
del virrey Cisneros, o la carencia de legalidad (Disolución de la Junta
Central de Sevilla y dispersión del Consejo de Regencia) y disponer de
la vacancia que ello significaba, se recurrió a un propio argumento
español esgrimido por Francisco Suárez en su tratado
“De Legibus” (Tratado de las Leyes), traducido por Castelli en aquella expresión feliz
“reversión de los derechos de soberanía al pueblo” en ausencia de príncipe, concepto suareciano, no iluminista ni contractualista rousseoniano.
Con el afán de singularizarse Ud. comete otro error al afirmar que el Revisionismo Rosista al referirse a San Martín
“prevalece la idea de que el caudillo o el gran político nace de las Fuerzas Armadas y rechaza...” etc, etc.
Su afirmación no se encuentra en ningún texto del Revisionismo Rosista ni directa ni indirectamente.
Rosas, como Quiroga, Ramírez y casi todos los caudillos vienen de la
clase de estancieros que administran personalmente sus estancias:
trabajan a la par de sus gauchos-peones, visten igual, usan su lenguaje y
vocabularios: no será extraño entonces su identificación con la masa de
la que son jefes naturales.
El instrumento de la llegada al poder fue la Milicia Rural , no las
Fuerzas Armadas, o sea, el ejército de línea que había fracasado como
factor de dominación interna en Arequito, en Cepeda, en Puente Márquez y
Vizcacheras. La mayoría de los caudillos no proceden de las Fuerzas
Armadas. Después se les otorgaba el grado militar ya que de todas
maneras tenían don de mando y consenso popular.
No se confunda Galasso. La
“crema militar” fue antirrosista ¿y
sabe porqué? No solamente por su formación liberal sino porque Rosas,
al que se le otorgó el grado de Brigadier General, no fue militar y
valido de su grado hizo entrar al escalafón militar a muchos
“cabecitas negras”
de su época, mestizos e indios de sus estancias y de los fortines que
hicieron carrera escalafonaria en el ejército, y esto era un hecho
revulsivo en lo más granado de nuestras F.F.A.A.
Tampoco es exacto que el Revisionismo Rosista no haya manifestado
interés por lo caudillos del interior. Si ha llegado el interés por el
estudio de los caudillos es justamente porque el Revisionismo, al
revalorar a Rosas, hizo advertir la presencia de esta categoría de
liderazgo y abrió la tranquera. Ud. adjudica a una corriente
historiográfica llamada
“Revisionismo Socialista Federal Provinciano” este mérito.
Confieso desconocer a dicha corriente. Ignoro sinceramente a sus
integrantes y sus trabajos. Lo que no ignoro es que Diego Luis Molinari
fue el primero que estudió a Ramírez y lo plasmó en su
¡Viva Ramírez! Allá por la década de 1930: después se lo repitió.
Antes, el entrerriano, Dardo Corvalán Mendilaharzu, en el cuarenta
aniversario del asesinato de Angel Vicente Peñaloza, daba a luz un
opúsculo que tituló
“El Chacho: Gral. Angel Vicente Pañaloza”, después de Hernández era la segunda vindicación del llanero riojano: y estamos en 1914.
Alen Lascano, investigador santiagueño, fue el máximo reivindicador
de Felipe Ibarra. Después de sus trabajos se lo incorporó
definitivamente a dicho caudillo en el procerato santiagueño y nacional,
no antes: después se lo repitió. Es de hacer notar que este autor
santiagueño dio a luz un esclarecedor trabajo que tituló
“El General San Martín y sus relaciones con los gobernantes provinciales”. No conozco de la corriente a la que Ud. alude y dice pertenecer, algo semejante.
El historiador tucumano Orlando Lázaro fue el primero y más
importante historiador de Alejandro Heredia rescatándolo
definitivamente: después se lo repitió. El Presbístero Rosas Olmos,
catamarqueño, ha hecho lo mismo con Felipe Varela, quien demostró la
falsía de la letra de la zamba conocida: después se lo repitió. A
Quiroga, si bien lo encontró David Peña, la máxima reivindicación fue la
del rosarino Pedro de Paolis en su magnífico,
“Facundo. Víctima suprema de la impostura”:
después se lo repitió. Fermín Chávez con documentación más actualizada
rescató definitivamente al Chacho Peñaloza. También es de Chávez una
erudita biografía de López Jordán no superada. Norberto D’Atri, también
se dedicó a la revalorización de Peñaloza: después se los repitió a
ambos. Usted señaló con cierta fruición que el Chacho
“fue enemigo de Rosas”.
No explica la causa por la que un edecán de Facundo se enredó con los
unitarios asesinos de Dorrego en la Coalición del Norte y omite decir
que el Chacho, al poco tiempo de su exilio en Chile, pidió autorización a
Benavidez para regresar y este dio vista a Rosas autorizando su
regreso, cosa que el Chacho hace (le recomiendo la carta de la viuda de
Quiroga, doña Dolores Fernández que le envía al zarco Brizuela y por él a
sus amigos en la que le enrostró sus inexplicables alianzas con los
unitarios de dicha Coalición).
González Arzac tiene un estupendo trabajo que tituló
“Caudillos y Constituciones” y Carlos Tagle Achával hizo la reivindicación de Bustos y Atilio García Mellid escribió un estupendo libro que tituló
“Caudillos y Montoneras en la Historia Argentina”.
¿Y sabe una cosa Galasso?: Molinari, Corvalán Mendilaharzu, Alen
Lascano, Lázaro, Olmos, de Paolis, Fermín Chávez, D`Atri, González
Arzac, Tagle Achával son rosistas. Los que aún viven, de ésta nómina, se
han incorporado como académicos al actual Instituto Nacional de
Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas.
Y se da el caso que el máximo reivindicador de Estanislao López, fue
el santafecino Busaniche que siendo de extracción liberal terminó por
acercarse al revisionismo rosista: después se lo repitió.
La afirmación de que el Revisionismo Rosista no manifestó interés por los caudillos del interior no resiste el menor análisis.
Este es uno de los momentos menos felices de su trabajo.
Hay otros errores, por ejemplo cuando se afirma que el Revisionismo Rosista ignoró a Artigas. Dejando de lado la
“Historia Argentina”
de Palacios, de José María Rosa, Sierra, Chávez y otros en la que se
trata con claridad meridiana la actuación de Artigas, Ud. parece
desconocer el formidable trabajo de René Orsi
“La desmembración del Río de la Plata”
(Orsi, hombre de FORJA trabajó codo a codo con los rosistas de la
Cámara de Diputados de 1973 de la Provincia de Buenos Aires cuando el
cuerpo legislativo de esa provincia derogó la ley 134 y por ley 8134
reivindicó totalmente a Rosas). También parece desconocer los trabajos
de Matías de la Cruz, especialmente su último libro
“Los reinos de Indias”.
Vuelve a equivocarse cuando afirma que el rosismo no ha prestado atención a Dorrego. Al margen de las grandes
“Historias”
mencionadas ¿no recuerda el Dorrego de J. B Tonelli o el de Pavón
Pereyra, por no citar solamente a dos rosistas?. Sigue malgastando
pólvora cuando afirma que el Revisionismo Rosista no ha prestado
atención al período posterior a Caseros: ¿desconoce el
“Urquiza y Rosas. Su correspondencia” de
César Grass,
“Del 80 al 90” de
Norberto D’Atri,
“Un Proyecto olvidado” de
Chávez y sus biografías sobre personajes históricos post-Caseros, el
“Mariano Fragueiro” de
Díaz Araujo o los
“Heterodoxos del 80” -perdone que me incluya- como así también la
“Vida de Andrade”? y también perdón por seguir hurgando en mi cosecha.
Que el revisionismo rosista embistió contra Sarmiento solamente por
su laicismo es otro error: ¿también desconoce la monumental obra del
mercedino
Roberto Tamango en su
“Sarmiento los liberales y el imperialismo inglés” o el
“Sarmiento” de
Marcos Rivas o el de Pedro de Paolis y el de otros que en sus críticas no toman ese enfoque? El mismo
Hernández Arregui en su notable libro
“Que es el ser nacional” afirmó del sanjuanino que
“fue antiamericano por definición”.
Como me resisto a creer que Ud. ensaye un escamoteo deliberado de ese
monumental aporte del revisionismo para adjudicárselo a otra corriente
historiográfica (sería una deshonestidad intelectual), me queda una sola
alternativa: advertir en Ud. una gran desinformación historiográfica.
Pero hay otras consideraciones no menos desafortunadas en su trabajo;
juzgarlo a Rosas como un simple hacendado y su gobierno como expresión
de los intereses de su clase. Esta equivocada caracterización de Rosas
coincide con la que hace el elemento
“progre” de nuestra
historiografía. Que ellos la hagan por ignorancia o por razones
ideológicas, allá ellos, pero Ud. no puede repetirlos, o por su
conocimiento o por simplemente haberlo leído a Jauretche que se expidió
sobre el tema. Rosas como hacendado que trabaja personalmente sus
tierras es PRODUCTOR. En otras palabras debe
“hacer la hacienda”
trabajando sistemáticamente. Hay que saber en que momento destetar el
ternero, en que época del año cambiar los animales de potrero, saber que
porcentaje de cojudos debe haber en una manada, y por lo tanto saber
capar a los restantes, en tiempo y momento oportuno, saber marcar, sobre
las diferencias de talaje que hay entre una vaca y un caballo para
disponer mejor de los potreros etc, etc.
Y en la agricultura saber manejar el arado convertir un novillo en
buey, saber que profundidad debe tener el surco en la primera pasada,
saber manejar el rastrojo.
Pero no solamente es PRODUCTOR. Como saladerista es empresario
industrial ya que transforma la materia prima en charqui o tasajo y el
producto resultante sirve para el mercado interno de entonces y para la
exportación como alimento en los países con población esclava (Brasil,
Jamaica, Cuba). A esto hay que agregar que dicha exportación la hizo con
flete propio eludiendo el flete inglés. Ningún país ha crecido sin
exportaciones que significa en el nuestro, ingreso de divisas.
Recordemos que todos estos trabajos requieren mucha mano de obra, por lo
que incorporó a sectores indigentes y menos calificados de la sociedad
acercándoles la escalera por la que se asciende a través de la cultura
del trabajo, adquiriendo los conocimientos que ella trae aparejada. Y
está claro que en toda escalera se asciende por el primer escalón y se
puede llegar al más alto. Pero hay segmentos sociales que miran con
anteojeras y ven a la escalera medio desprolija y enclenque y tampoco
les gusta quien se las alcanza y terminan por patear la escalera
derribándola: entonces no sube nadie. Es lo que ha pasado en materia de
pensamiento y acción política en nuestro país, en el siglo XIX y en el
siglo XX. Ud. lo sabe. Le recuerdo, y acá me entrometo en sus reglas
interpretativas, que el factor dinámico de la economía en el siglo XIX,
por lo menos en su primera mitad fue la estancia y el saladero, como la
industria manufacturera lo fue para el siglo XX. Si Ud. se queda con la
simple explicación de que Rosas es estanciero y representa solamente a
esos intereses deja como el iceberg, las ¾ partes de la explicación por
debajo de la línea de flotación.
¿Porqué Rosas estanciero reprimió a los estancieros del sur? ¿Porqué
no arregló inmediatamente con los franceses y con éstos y los ingleses
coaligados para desembarazarse de una guerra y un bloqueo que
perjudicaba sus intereses exportadores? ¿Porqué dictó una ley de Aduana
proteccionista si era más redituable el libre comercio y que por el
contrario beneficiaba a industriales, artesanos y agricultores que no
eran de su clase?
Un amigo marxista exclamó azorado que Rosas en esos aspectos era un
“verdadero enigma” marxísticamente hablando. Le resultaba incomprensible.
Y su importancia para explicarlo era fundada: no podía decir que Rosas actuaba por
“patriotismo”
porque la expresión lo remitía a un factor espiritual o si se quiere
psicológico y ese factor no estaba registrado como determinante en la
axiología marxista. Cubría el bache con la expresión
“enigma”.
Jauretche, que no tuvo prejuicio, se metió en la metodología marxista
sin serlo, y les dio una lección de marxismo cuando explicó que Rosas
era la expresión de la nueva etapa del capitalismo que se asomaba y no
era el retardatario de los liberales y marxistas, dejando desubicados a
los primeros y segundos y a los que calificaban al Restaurador y sus
seguidores de
“reaccionarios”,
“feudalistas”,
“anacrónicos”, oscurantistas, etc, etc. Usted que conoce algo de Jauretche no puede aceptar el retroceso historiográfico de los
“mitromarxistas” contemporáneos que lo requieren a Ud. en la medida que no explique a Rosas conrrectamente.
Con Ud. pasa algo parecido a lo de mi amigo marxista. Con un
agravante. Mi amigo hacía funcionar su ideología, pero cuando el hecho
histórico se le aparecía con su abrumadora presencia, no encajando en el
esquema, se detenía, paraba cautelosamente sus mecanismos de
explicación y se refugiaba en su expresión
“Rosas acá es un enigma”.
Ud. parece que no tiene tanta preocupación como mi amigo marxista que prefería detenerse y ampararse en
“el enigma”.
Ud. ahoga el hecho histórico en una exagerada simplificación
reduccionista que termina por hacerlo inexacto al hecho histórico o por
lo menos deformado, para que prevalezca la ideología.
Me estoy refiriendo a la explicación que Ud. hace en pag. 48 cuando
se reduce a la problemática a los siguientes términos: Buenos Aires que
monopoliza la aduana estableciendo el libre comercio permitiendo la
introducción de manufactura origina la quiebra de las provincias
artesanales cuyos talleres cerrados arrojarán a la calle a los
desocupados originando el fenómeno de la montonera y los caudillos que
se enfrentarán en conflicto dialéctico con Buenos Aires. ¡Perdón
Galasso! Si nos hubiese leído más detenidamente habría advertido que las
provincias artesanales como Catamarca, Tucumán o Salta no produjeron
montoneras ni caudillos contra Buenos Aires. Incluso Corrientes, la
única provincia del litoral con industrias y artesanías tampoco tuvo
montonera y Ferré, su gobernador, que era carpintero de rivera no fue
caudillo sino
primus inter pares de una oligarquía provinciana.
Por el contrario los caudillos y montoneras salen de La Rioja , Santa
Fé, Entre Ríos, Banda Oriental y la provincia de Buenos Aires, provincia
que no tuvo talleres artesanales de consideración, prevaleciendo en
ellos una base agropecuaria. Ni Artigas, ni Quiroga, ni Ramírez, ni
López, ni Rosas son jefes artesanales desocupados. Surgen de las
estancias de las milicia rural o de los ejércitos en disolución.
También simplifica cuando uniformiza el manejo de la aduana.
Fue centralista y absorbente durante la época de las luchas por la
independencia y, terminada ésta, durante el período directorial y
unitario. Si en el primer caso hubo una explicación obviamente
justificable, ya que Buenos Aires sobrellevó el peso de esa lucha, no lo
fue cuando terminada ésta en nuestro territorio, la aduana se puso al
servicio de los intereses mercantiles porteños. Y acá se advierte la
diferencia con el período rosista. Excluyendo la significación
integradora del proteccionismo aduanero a partir de 1835, los mecanismos
administrativos de la aduana también cambiaron sustancialmente con
respecto a etapas anteriores. El
homme colonial estableció el sistema llamado de
“devolución de derechos”. Una nave mercante con mercaderías importadas dirigidas en
“tránsito”
al interior por vía del Litoral de los ríos al pasar por Buenos Aires
pagaba un gravamen y se anotaba en una Guía que acompañaba a la
mercadería en tránsito. Desembarcada la mercadería y habiendo pagado los
correspondientes derechos de aduana en la provincia de destino, se
anotaba para su comprobación en la Tornaguía y así en todos los puertos
del litoral donde iba consignada la mercadería. Esa Tornaguía en la que
demostraba haber pagado los impuestos aduaneros provinciales, presentada
en Buenos Aires al regreso de esas naves de cabotaje interno, se
procedía a la devolución de los derechos retenidos en ésta. De este modo
la mercadería en tránsito hacia el interior a través de los ríos no
pagaba impuesto en la ciudad-puerto y la provincia en la que era
descargada obtenía ingresos de acuerdo a su propia ley de aduana.
Cuando no se conocen estos y otros mecanismos porque no se ha
estudiado la legislación y los sistemas de administración, el atajo lo
dan las frases altisonantes, muletillas y clichés que vienen del
liberalismo sin mayor exámen y repetidos por los ideólogos progresistas.
Y ahora Ud. cuando en la pag. 53 afirma que Rosas controló las rentas
aduaneras, o que se negó a distribuir las rentas aduaneras. ¡Actualícese
Galasso! siga leyendo a los autores revisionistas y no se pliegue al
coro
“progresista”.
Y para terminar de desnudar la insolvencia de los cargos contra Rosas
en esta materia ¿será necesario recordarle que sancionada la
constitución de 1853, argumento utilizado por Urquiza para derrocar a
Rosas, ni esa constitución, ni las sucesivas reformas constitucionales
del siglo XIX y posteriores determinó la redistribución de los ingresos
aduaneros a las provincias? Y por el contrario anularon las
disposiciones y normativas que lo habían permitido durante Rosas.
Ud. en la página 54 admite que Rosas sancionó la ley de aduana; pero
omite decir que fue para favorecer a las artesanías e industrias del
interior o sea a sectores ajenos a su clase social; agrega
inmediatamente después -no sea cosa de elogiar mucho Rosas- “de
aplicación temporaria”, recortando la intención integradora y nacional
de la medida, omitiendo explicar que:
1º) La supresión temporaria de la ley fue consecuencia del bloqueo imperialista,
2º) Cuando ésta concluyó se restableció la norma,
3º) La ley no solamente favoreció los intereses del interior y
argentinos en general, sino que también favoreció -conforme a la
política de solidaridad hispanoamericana práctica de mucha normativa
rosista de la época- a las producciones de la Banda Oriental y Chile no
considerándolas extranjeras.
A renglón seguido admite mezquinamente que dicha medida
“modera algunas penurias del interior” (no sea que resulte muy enaltecido Rosas) y remata diciendo que de todos modos
“al
no otorgarle recursos (¿subsidios?) se reinician los reclamos
provinciales (“el Chacho” se levanta tres veces contra Rosas...)”.
Entre mezquindades y tendencionalidades concluye con otra
inexactitud. En cuanto a las primeras, confieso mi impotencia en
desvanecerlas; en cuanto a la inexactitud que se afirma al final le daré
la información exacta para que no reincida.
Todas las provincias, unas antes, otras después, acusaron la benéfica política de Rosas. Salta votó una ley de homenaje a Rosas
“...ningún
gobierno de los que han precedido al actual de Buenos Aires, ni
nacional ni provincial han contribuido su atención a consideración tan
benéfica y útil a las provincias interiores”.
Tucumán dictó una ley análoga de gratitud hacia Rosas por haber
“destruido ese erróneo sistema económico...”.
Catamarca hizo los mismo al igual que Mendoza y el Zarco Brizuela de la Rioja rebautizó al Famatina con el nombre de
“Cerro del gran Rosas” y hasta llegó acuñar monedas con la efigie de Rosas. Ningún gobernador federal llegó a tanta obsecuencia.
Cuando la embestida imperialista de Francia que equipó al ejército de
Lavalle en su intentona de derribar a Rosas prometiendo el desembarco
de 3.000 efectivos franceses, pareció a muchos que la estrella del
Restaurador se apagaba para siempre. Alberdi, hombre de enlace en
Montevideo del Almirante francés, escribía a Tucumán el 28 de febrero de
1839
“...Aquí hay de todo: plata, hombres, buques... pidan lo que necesiten y se les mandará...”.
Con el bloqueo francés ahogando la economía, con 2.000 efectivos de
Lavalle, 3.000 efectivos franceses que serían llevados por el almirante
Baudín y el oro francés empujando, Rosas no podría resistir. Marco
Avellaneda sedujo a Brizuela designándolo Jefe de la Coalición del Norte
que reunió a las milicias provinciales para luchar contra López de
Córdoba, contra Ibarra de Santiago, Benavides de San Juan, el fraile
Aldao de Mendoza refractarios a la penetración foránea.
Brizuela arrastró consigo a muchos riojanos entre ellos al Chacho,
uno de los tantos subordinados suyos, sin significación política
entonces. Ninguno sabía los entretelones: tampoco el Zarco.
En octubre de 1840, los franceses, hartos de los excesivos gastos de
esa guerra colonial, incluso de la inoperancia de Lavalle y las
debilidades de la Coalición del Norte, en vez de mandar a Baudín con
3.000 infantes de desembarco, mandaron a René de Mackau para que en
nombre de rey de Francia firmase una paz honrosa: y así se hizo. Las
cosas se pusieron definitivamente feas para los coaligados. No llegó ni
la plata, ni los infantes y para colmo Lavalle con un ejército diezmado
huyó hacia el norte: se hospedó en la estancia de Brizuela en Hualfin y
no encontró nada más gracioso que tomarle la novia. Durante cinco días y
cinco noches se encamó con Solanita Sotomayor y además expulsó al jefe
de la Coalición del Norte.
El Zarco, perdida la honra y la hacienda se hizo quitar la vida en un
entrevero en Sañogasta. Como el resto de su gente, el Chacho, entre
idas y venidas acabaría en Chile desengañado, derrotado y pobre. Y tras
otra invasión quijotesca, no le costó comprender que no era ese su lugar
entre los
“intelectuales” exilados. Gestionó de Benavides el
regreso y éste dándole vista a Rosas lo autorizaron a regresar para
poder volver a servir a la causa federal. En 1863, sus antiguos
compañeros de emigración en Chile (Mitre, Sarmiento) lo sacrificaron en
holocausto de la libertad. De lo que resulta:
1º) Ninguna provincia se levantó por
“no otorgarle recursos”,
2º) La Rioja con Brizuela se levantó, no por alguna desilusión
económica, sino conquistado por los unitarios que le otorgaron grado y
jefatura de un ejército prácticamente inexistente, arrastrando a muchos
riojanos, entre ellos al Chacho, por entonces sin significación
política, a una aventura cuyas motivaciones desconocían.
En la pág. 52 nos acusa de que hemos invertido la historia oficial;
parecido argumento que utilizó Luna para intentar desacreditar a
Jauretche en nombre de la
“ecuanimidad”. Ud., que conoce la
polémica y es uno de los más importantes apologistas (y en buena hora)
del fundador de FORJA, se lo ve en esos párrafos de la pag. 52 emulando
lastimosamente los parecidos argumentos plañideros de Luna ¡Lamentable
Galasso!
¡Explíquelo bien a Rosas! Es claro, corre el riesgo de que lo
silencien como a Jauretche o como a Fermín Chávez. Pero además de ser un
honor el ser marginado por la escoria mediática, advertiría que Rosas
es la LLAVE DE BOVEDA de la interpretación de la Historia Argentina,
particularmente del siglo XIX. Por él se descubren los factores que
permanentemente
“dialectizan” o
“polialectizan” en el tramado de su desarrollo:
a) el factor externo que se proyecta sobre el país y generalmente no con fines benéficos,
b) Los pueblos que defienden el patrimonio nacional: económico,
cultural, geográfico, etc; encontrando en los momentos extremos a
aquellos jefes que los interpretan,
c) minorías que con poder económico, político, cultural y social juegan siempre de espaldas al provenir argentino.
Rosas pone al descubierto estos tres factores, de allí el inagotable odio que origina su esclarecimiento y reivindicación.
Quizás Carlyle haya exagerado cuando afirmó que la
“historia del mundo no es más que la biografía de los grandes hombres”
y es cierto que sin los jefes, sin los líderes, sin los santos, sin los
héroes y sin los reyes la historia puede resultar ininteligible. Hay
otros pensadores que advierten que las cosas vienen de
“abajo”
hacia arriba como el fuego que va caldeando la atmósfera: José María
Rosa era de esa opinión y llegaba a afirmar que hasta el lenguaje y la
religión en sus evoluciones son productos de la acción anónima de los
pueblos. Yo creo que no hay incompatibilidad. Los procesos históricos
pueden proceder
“de arriba” o
“de abajo”. Lo indudable es
que alguien en un momento dado se constituye en referente válido, en
intérprete y creador, en representante y generador, en escuchante y en
escuchado.
El desempeñarse como verdadero Jefe es el papel más difícil: recoge
las fuerzas que proceden del haz comunitario, la intención directriz de
la comunidad y le da direccionalidad correcta: es el caso de Rosas.
Argentina conoció su mejor momento ascencional en el siglo XIX. Sólo una
conjura internacional con cabecera de puente interno (y acá se ven los
tres factores) pudo interrumpir su marcha.
Que Rosas como Jefe estaba agotado: puede ser: el poder político es
el más desgastante. Pero admitido el hecho, no nos exime de analizar la
verdadera significación del período rosista y lo que vino después.
Reitero: Rosas es LA LLAVE DE BOVEDA de la interpretación de la
Historia Argentina , particularmente del siglo XIX. Sin Rosas, Argentina
hubiera sido otra cosa. De la misma manera que sin Napoleón, otra
hubiera sido la historia de Europa, particularmente de Francia. Sin
Lenin y Stalin, Rusia hubiera sido distinta. La Argentina del siglo XX
no se comprendería sin Perón. Cambiando de materia ¿Qué sería la
matemática moderna sin Einstein? Y cambiando el género sin De Caro,
Troilo y Piazzolla, el tango hubiera sido otro o desaparecido en los
cuartetos mistongos de la recova.
No seguiré adelante con otras observaciones. Es tiempo de un balance.
1) El análisis que hace sobre la historia oficial-liberal es
correcto. La nueva Escuela Histórica de principios del siglo XX y uno de
sus desprendimientos, el Revisionismo Histórico, le han dado a usted
material más que suficiente para el enjuiciamiento que hace.
2) El análisis que hace sobre la historiografía de la izquierda,
marxistas o no, acoplada al liberalismo y que Eneas Spilimbergo llamó el
“socialismo cipayo” y en el que Ud. coincide me parece correcto, crítica que también ya había efectuado el revisionismo histórico.
3) El análisis que hace sobre la corriente llamada “Historia Social”
coincide con mi percepción, aunque lo veo algo indulgente tratándose de
una corriente cuyos oráculos, Romero y Alperín Donghi, fueron instalados
en la Universidad de Buenos Aires y en otras universidades nacionales
por la
“revolución fusiladora” de 1955. Ellos cesantearon a más de 500 profesores
“flor de ceibo”
(peronistas y nacionalistas) entre ellos W. Cooke, Hernández Arregui,
Gabriel Puentes, José María Rosa, Atilio García Mellid y Joaquín Díaz de
Vivar. Y en el Ministerio de Educación de la Nación a más de 1.000
docentes (le adjunto mi primera cesantía para que lea sus fundamentos).
4) El parcelamiento que se hace del Revisionismo Histórico me parece
en algunos casos injusto, en otros, inexacto y en todos innecesario:
habría un revisionismo rosista, un revisionismo nacionalista
oligárquico, un revisionismo forjista, un revisionismo rosista
peronista, un
“revisionismo más popular” (sic), un revisionismo federal provinciano socialista o latinoamericano (sic), etc, etc.
La segmentación del revisionismo que se propicia se basa en los
matices culturales que colorean el pensamiento de algunos de sus
cultores. Esos particularismos no dan derecho a su atomización para
descalificar a todos y rescatar a uno.
Le aseguro que si yo pusiera en práctica esa metodología encontraría
muchos más: no me parece ni seria ni saludable su taxonomía
clasificatoria.
Se está en el Revisionismo Histórico cuando se han detectado 3 factores mencionados en páginas anteriores:
1) El factor externo proyectándose sobre nuestro país,
2) El pueblo que defiende sus patrimonios espirituales y materiales encontrando los jefes que lo interpretan,
3) Minorías que con poder económico, político o cultural juegan de
espaldas al porvenir argentino, al naipe de la traición y la entrega.
Cuando el historiador o el investigador, detecta en el decurso de
nuestra historia el contrapunto de estos tres factores, indudablemente
está incursionando en el Revisionismo Histórico. Que algunos pongan el
acento en la identidad nacional (creencias, costumbres, religión,
tradición, etc). Que otros pongan el acento en la lucha de los pueblos
contra las oligarquías. Que otros señalen los aspectos económicos que
dieron posibilidad al país en la toma de decisiones propias o por el
contrario que fueron deprimentes o desdorosas a dicho fin. Que otros
estimen el acierto de jefaturas personalistas en la defensa del honor
nacional y sus patrimonios. Todos ellos y muchos más siempre y cuando,
adviertan los 3 factores mencionados ya están en el Revisionismo
Histórico, aunque ello no garantice un comportamiento político uniforme.
Que usted me corra por
“izquierda” me tiene sin cuidado porque
sé que ha detectado los 3 factores mencionados y Ud. a la recíproca no
debería sectarizar el análisis historiográfico simplemente porque un
historiador que también ha detectado a los 3 factores pone el acento,
por ejemplo, en lo religioso.
Personalmente no creo en el uso de las palabras
“izquierdas y derechas”. En otras palabras, no creo que tengan significación en nuestra cultura histórico-política.
Dichos conceptos proceden de los centros del poder mundial. Para
Europa y Norteamérica el peronismo fue un movimiento de derecha. En los
países
“semicoloniales” o
“emergentes” como el nuestro son categorías ininteligibles que han demostrado su vacuidad cuando no su fariseísmo.
Su empleo plagiario en los
“progresistas” o en los
“retardatarios”
de la semicolonia, al par de demostrar su colonización mental, les
sirve para simplificar esquemáticamente y esconder bajo la alfombra de
sus análisis, las escorias de sus claudicaciones. Perón se explayó
lucidamente al respecto.
Pero además las segmentaciones descalificadoras que se proponen en su
trabajo cercenan la vitalidad del Revisionismo Histórico al cortar
ciertas radículas y obliterar cierta capilaridad que lo han alimentado y
que lo siguen nutriendo en su rica y compleja diversidad argumental.
Definitivamente su taxonomía le quita convocatoria y solo rescata a un
grupo que Ud. llama Revisionismo federal provinciano socialista o
latinoamericano.
5) Veamos ahora que es el Revisionismo federal provinciano socialista o latinoamericano del cual Ud. nos da noticias.
Se afirma, que se ha desarrollado en las últimas décadas como consecuencia de la presencia
“alcanzada por los trabajadores en nuestras luchas políticas” y se lo ha llamado
“revisionismo federal provinciano”
al reivindicar a los caudillos provinciales. Como ya se habrá
advertido, todos los caudillos han sido rescatados por plumas rosistas.
Luego se los ha repetido. Y lo han sido en distintas épocas. A Ramírez
se lo ha revalorado en la
“década infame” en la que la presencia
de los trabajadores en el escenario político fue insignificante. A
Peñaloza se lo ha comenzado a revalorar a partir de 1914, estando en
vigencia el régimen oligárquico; ni que hablar de Quiroga cuya primera
reivindicación es de 1906, en la época
“regimentosa”, y para
colmo la reivindicación viene de un historiador liberal llamado David
Peña: las masas, los trabajadores, estaban aún muy lejos de tener
presencia protagónica. No seguiré con otros: ni los reivindicadores de
caudillos son originariamente de una supuesta corriente federal
provinciana, ni la simetría política que se ensaya es aplicable.
Pero enseguida Ud. también le hace un
“gambito” a esta supuesta corriente historiográfica y se diferencia de la misma diciendo que pertenece a un
“revisionismo socialista o latinoamericano” que
“niega la estrecha óptica de la patrias chicas”, y que
“rechaza el culto a los héroes” y
“explica
los acontecimientos en función del enfrentamiento entre las clases
sociales y considera a los sectores populares como protagonistas
principales...”.
A renglón seguido, para ejemplificar el concepto ideológico coagula
en San Martín y Bolívar; independientemente de lo controvertido de la
simetría, Ud. termina refugiándose en los héroes, cuyo culto había
rechazado en líneas anteriores. Luego habla del
“artiguismo” del
“morenismo” del
“dorreguismo” en la que los
“ismos” siempre denuncian una secuacidad elogiosa y se
“exalta a figuras claves de la lucha...”
etc, etc, ; por lo que el culto a los héroes que rechaza en los otros
parece que también lo afecta a Ud.: no es que esté mal, lo que está mal
son sus contradicciones.
Todo el resto referido a esta corriente son retazos más o menos
antiguos sacados del desván revisionista con algunos aderezos y no le
aconsejo a nadie que viva de los residuos acomodados a ideologías
modernas porque la descontextualización exigida por ella lo impele a la
simplificación del hecho histórico o a la expulsión de todo aquello que
no entra en el esquema.
6) Le disgusta que veamos a Rosas como a uno de los próceres magnos
de la Historia Argentina, particularmente del siglo XIX. Le informo que
alguien se nos adelantó
“...como argentino me llena de un verdadero
orgullo al ver la PROSPERIDAD , LA PAZ INTERIOR , EL ORDEN y el HONOR
restablecidos en nuestra querida patria y todos estos progresos
efectuados en medio de circunstancias tan difíciles en que pocos estados
se habrán hallado. Por tantos bienes realizados yo felicito a Ud.
sinceramente como igualmente a toda la Confederación Argentina. Que goce
usted de salud completa y que al terminar su vida pública sea colmado
del justo reconocimiento de todo argentino. Son los votos que hace y
hará siempre a favor de Ud. éste su apasionado amigo y compatriota.
Q.B.S.M” (Que besa sus manos). Firmado.
José de San Martín,
última carta del Libertador a Rosas del 6 de mayo de 1850. Entre la
opinión de San Martín y la opinión de las ideologías no es difícil la
elección.
7) Y hablando de ideologías le haré algunas reflexiones. Marx tuvo un
gran acierto cuando analizando los hechos económicos encontró la casual
económica, causas materiales en la infraestructura del flujo histórico.
Los marxistas ven individuos movidos por apetitos, nosotros vemos a
comunidades sociales guiadas por impulsos espirituales, las ideas de
PATRIA, DIOS, REY, etc, etc. ¿Qué importa si al analizar los hechos
históricos encontramos motivos o causas o factores económicos? ¿Qué
importa si al analizar el amor a la madre encuentran los freudianos un
impulso sexual subconsciente? Pero ni el amor a la madre se manifiesta
sexualmente ni los hechos históricos se exteriorizan en la forma de
impulsos materiales.
“Desconocer esos móviles materiales ocultos en las infraestructura
social fue el gran defecto de los historiadores anteriores a Marx. No
comprender que esos móviles dejan de ser materiales cuando se
exteriorizan en movimientos sociales fue a su vez el gran error de Marx.
O mejor dicho de los marxistas, porque su maestro algo habló del
“ENTUSIASMO CABALLERESCO” del “EXTASIS RELIGIOSO” en el Manifiesto
Comunista”. José María Rosa prodigó a un amigo marxista estas
acertadas observaciones que por lo que se vió después, resultaron
útiles. Mis reflexiones prodigadas al enjundioso biógrafo de Jauretche
puede que sean útiles.
Cordialmente.
Jorge Oscar Sulé