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viernes, 30 de abril de 2021

MANUEL GALVEZ

 Por Miguel Angel Scenna

Santafecino de familia tradicional, primo de Scalabrini Ortiz, Gálvez era contemporáneo de la tercera generación historiográfica y hasta bien pasado el medio siglo de vida no se le ocurrió incursionar por la historia. Novelista de profesión, su máxima aproximación a ese campo tuvo lugar a raíz de la trilogía de novelas que escribió sobre la Guerra del Paraguay en la década del veinte, y que figuran entre lo mejor de su producción. Las tres fueron estudiadas y documentadas como para componer un libro de historia, logrando un marco rigurosamente veraz de la terrible contienda. Ello dio indudablemente a Gálvez el entrenamiento previo, cuando aún no pensaba abandonar el terreno de la ficción.    Fervoroso católico, se plegó a las filas del nacionalismo, y tras la revolución del 30 sufrió la misma decepción que los demás nacionalistas, y como ellos indagó causas en el pasado. Pero a la inversa de otros, comenzó por el pasado inmediato. Aunque poco simpatizante con el radicalismo y la figura de Yrigoyen en tiempos de auge del caudillo, es innegable que Gálvez poseía una especial sensibilidad hacia lo popular que lo distinguía de otros nacionalistas. Por ello su primera preocupación fue averiguar quién había sido ese “Peludo” tan violentamente odiado y tan profundamente amado. 

De ese modo, apenas muerto don Hipólito, el novelista pasó a ser su primer biógrafo. La obra apareció en 1938 con el título “Vida de Hipólito Yrigoyen. El hombre del misterio”. Las cosas no fueron fáciles y el ambiente poco propicio. El mismo autor ha dicho: “Escribí... trabajando reciamente, no de oídas, como dijeron algunos conservadores. Realicé una obra importante, y con imparcialidad. Tuve que luchar, para escribirlo, contra toda mi familia y contra la mayoría de mis amigos. Y contra esos incapaces que nada hacen pero intentan estorbar que otros hagan y algunos de los cuales me decían ser prematuro o perjudicial para el país escribir la vida de Yrigoyen”. Repudiado por conservadores y radicales, el libro resultó empero un éxito de librería, pues había verdadera sed popular por conocer la vida del caudillo, que Gálvez supo presentar con honestidad no exenta de equilibrio. No es el gran libro que Gálvez creyó hasta el fin de sus días que era, pero por muchos años constituyó la única reconstrucción historiográfica de la trayectoria de don Hipólito.  Yrigoyen llevó de la mano a Gálvez hasta Rosas. Estudiando los antecedentes familiares del jefe radical y sus primeros años, se encontró con los últimos del Restaurador. Formado en los preceptos de la historia liberal, Gálvez se entusiasmó con lo que fue encontrando, al punto de verse arrastrado por el urgente deseo de escribir una biografía de don Juan Manuel. Trabajando con encarnizamiento —según sus propias palabras- permaneció dos años recluido en archivos y repositorios, cumpliendo horario full time. “Trabajaba desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche. Para mí no hubo domingos ni días de fiesta. Y en los dos últimos meses llegué a trabajar diez y seis horas diarias. Era el que primero entraba en el Archivo General de la Nación... Permanecía hasta las cinco. Tomaba el té, rápidamente, por ahí cerca, y volaba a la Biblioteca Nacional... Los periódicos los recorría en la Biblioteca Nacional o en la del Museo Mitre. Revisé en el Archivo, hoja por hoja, los ciento treinta y cuatro legajos y archivos que allí se encuentran. También trabajé en el Archivo Nacional de Montevideo, y en el de la Universidad de La Plata”.   Agrega un comentario altamente sabroso: “Créase o no, pero durante los largos años en el Archivo y en las bibliotecas, rara vez vi a los ases de la historia oficial y mentirosa. Nunca encontré a Ricardo Rojas. A Levene lo vi en dos o tres ocasiones en la Biblioteca Nacional, lo mismo que a Capdevila. A quienes hallé bastantes veces fue a Gandía y Roberto Levillier. Y muchas, muchísimas veces, a José Luis Busaniche, que no pertenecía a la historia oficial y que verdaderamente sabía historia. Hace poco, un joven investigador me dijo que en la totalidad de los legajos de la secretaría de Rosas sólo figuraban como firmantes Ravignani, Julio Irazusta y yo”.  

Durante sus investigaciones, Gálvez realizó un importante descubrimiento: los originales de la proclama de Napostá, de la que muchos historiadores dudaban que fuera realmente obra de Rosas. En 1940 estuvo impresa la obra, “Vida de don Juan Manuel de Rosas”, el mejor trabajo histórico de Gálvez, donde sin ocultar su simpatía y admiración por el protagonista, logra un cuadro más completo y mejor fundado que el anterior ensayo de Ibarguren. Hecho para el gran público, fue un éxito de librería que alcanzó gran difusión. Lamentablemente, el autor despojó a su obra de todo aparato erudito. El mismo explicó las razones: “Como yo no pretendía ser historiador «de oficio», sino enterarme, no organizaba mi documentación. No hice un fichero. Tampoco estudiaba los papeles después de copiarlos. Ni se me ocurrió copiar un documento por entero... La desgracia era que, por olvido o por prisa, no escribía en cada trozo el número del legajo en donde estaba. He aquí por qué mi documentación, tan rica de pormenores, no puede ser utilizada por nadie, ni por mí mismo. .. Puede, pues, darse por perdida mi documentación. Es cosa de llorar a gritos.. La explicación de este descuido, o como Quiera llamárselo, reside en Que no me propuse escribir una obra para eruditos. Vacilé mucho antes de decidirme por el tipo de biografía que iba a realizar. Opté por un libro para el pueblo, sin notas ni citas que entorpecieran el relato”. La franqueza no justifica proceder tan ahistórico.   Gálvez persistió en el género con una serie de biografias de dispar valor, la mejor de las cuales es “Sarmiento el hombre de la autoridad”, aparecido en 1945. esta vez con una correcta bibliografía separada por capítulos. Consideramos que esta obra es superior a la que sobre e mismo tema publicó Ricardo Rojas casi en la misma época También se nos aparece basta claramente una evolución a lo largo del libro Comenzado como una biografía “en contra” destinada a desenmascarar al sanjuanino en los últimos tramos se trasunta la creciente simpatía del escritor por el personaje, aunque sin cejar un momento el tono crítico. En la última página tocando el final escribió: “Lo he tratado, pues como él deseaba que se le tratase... ”

sábado, 27 de marzo de 2021

Exhumación de los restos del General Lamadrid: las heridas de "El Tala"

 Por Miguel Angel Scenna

Falleció en Buenos Aires el 5 de enero de 1857 a los 61 años. Fue sepultado en la Recoleta, en la bóveda del general Díaz Vélez, su cuñado.

Pasaron los años. Al llegar 1895 se cumplía el centenario del nacimiento de Lamadrid. Gobernaba Tucumán don Benjamín Aráoz, de la copiosa parentela de don Gregorio, quien propuso trasladar los restos del general a la ciudad natal. Con permiso de los descendientes se procedió a cumplir ese propósito. Una comisión especial, acompañada de buen número de personalidades, exhumó el cadáver de Lamadrid. Al abrir el féretro apareció el esqueleto del general, sobre el que se veían restos del uniforme y las insignias del grado. Pero lo verdaderamente impresionante fue el momento en que se extrajo el cráneo. Sobre él se veían con perfecta nitidez los hachazos de El Tala, sesenta y nueve años atrás. Otro instante de suspenso se vivió al divisar entre las costillas una bala, que fue retirada por Adolfo P. Carranza, director del Museo Histórico Nacional, con el fin de guardarla en esa institución.  Los huesos fueron lavados con una solución de cal y depositados en una urna con la inscripción


GENERAL G. A. DE LAMADRID

1795 - 1857 – 1895

En esa urna los restos fueron trasladados a Tucumán donde descansan.

Un autor, no historiador, notable por sus rotundas afirmaciones sin sombra documental y por su ignorancia de documentos editados, ha dudado de la veracidad de las quince heridas de sable y el balazo de El Tala. Deja entrever la sospecha de que todo no pasa de un simple macaneo de la historia liberal para propaganda de sus proceres.

Por un lado, Lamadrid habla abundantemente del asunto en sus Memorias, pero claro, puede decirse que son exageraciones de don Gregorio. Para salir de dudas, basta con recurrir a los diarios que dieron la noticia de la exhumación, que ofrecieron detalles. Pero mejor aún es acudir al acta de la misma, que ha sido publicada, por ejemplo en el apéndice de las Memorias que hemos consultado para este trabajo, página 388 del tomo segundo. Luego de su lectura, pocas dudas pueden quedar de la veracidad de Lamadrid:

“En la ciudad de Buenos Aires, a los diez y nueve dias del mes de noviembre de mil ochocientos noventa y cinco, reunidos en el cementerio del Norte los miembros de la comisión nombrada por el gobierno de Tucumán con fecha cinco del corriente, y compuesta de los doctores Próspero Mena y Luis F. Aráoz, y los señores Adolfo P. Carranza y Agustín Roca, a objeto de recibirlos restos del general Lamadrid para trasladarlos a su ciudad natal, encontrándose en el sepulcro de la familia Diaz Vélez, en presencia y con el consentimiento de sus deudos, la señora Josefa Aráoz de Lamadrid y doctor Marcelino Aravena, nuera y nieto del general, deudos, antiguos compañeros de armas y ciudadanos que hablan concurrido a presenciar el acto, se procedió a destapar un cajón que, por las señas de los deudos y constancia de los libros de la administración que dicen haberse sepultado en dicha tumba el seis de enero de mil ochocientos cincuenta y siete el general don Gregorio Aráoz de Lamadrid, fallecido el día anterior, y abierto que fue y reconocido por las insignias militares cuyo despojos se veían; los doctores Aravena y Cantón manifestaron que encontraban el esqueleto completo con excepción de los dientes, cuya caída se habla efectuado antes de su muerte. En el cráneo se notaban las siguientes cicatrices: una oblicua en la parte media y superior hueso frontal, otro en la sutura froatoperietaJ derecha, otra en la sutura temporoparietal, además dos cicatrices próximas una a la otra en parietal derecho; otra de grandes proporciones dirigida a la sutura latoidea, a cuatro centímetros de la sutura oc-cipitobipanetal. además dos cicatrices ulcerativas en el hueso occipital y en la sutura occipitoparietal derecha: notábase también vestigios de una cicatriz en los huesos propios de la nariz, y también se encontró en la séptima costilla una herida de forma ovalada que había dado paso a una bala de plomo de doce milímetros de forma esférica, que se alojó en la cara interna de la misma costilla, donde dio lugar a la formación de un proceso ulcerativo con trayecto fistuloso en la misma costilla. Esta costilla se había adherido por una brida cicatricial o sea con la costilla próxima inferior.

Cerrada a urna, los miembros de la comisión firmaron para constancia esta acta con los señores presentes que quisieron hacerlo.”

domingo, 31 de marzo de 2019

Los APODOS de los Presidentes (1862-1943)


Por Miguel Angel Scenna
El hecho de ser el Presidente de la República el conductor y cabeza visible del Ejecutivo, lo expone en permanente escaparate frente a la atención pública. De allí que frecuentemente sea blanco del afecto o desdén de los ciudadanos, según simpaticen o no con su persona. Y una de las maneras más corrientes entre nosotros de expresar adhesión o repulsa, es colgar un mote al apellido legal. También se dan casos en que el sobrenombre laminar, de entrecasa, del Presidente, trascienda al círculo íntimo y se generalice en el ámbito nacional.  Recordemos algunos casos. Mitre fue llamado permanentemente Don Bartolo desde sus tiempos de coronel, con gran disgusto de su parte, que prefería el legítimo Bartolomé. En cuanto a Sarmiento, sabemos que fue El Loco por antonomasia, o Don Yo, y que nunca se resignó del todo a tales apodos. Avellaneda fue llamado Chingolo porque su baja estatura y altos tacones lo obligaban a caminar a pasos cortos, casi a saltitos como un pájaro. 
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Julio Argentino Roca fue Indiscutiblemente el Zorro como reconocimiento unánime a su Insuperada astucia, y él recogió el apodo con evidente placer. Juárez Celman, aborrecido por los porteños, fue para ellos El Burrito Cordobés. Carlos Pellegrini, con su apellido y hermosa estampa da Vercingetorix criollo, fue para amigos y enemigos El Gringo y por su parte nunca renegó del nombre que la dio el pueblo. Menos suerte tuvo Luis Sáenz Peña, El Pavo para la oposición, por su opaca personalidad, carente de decisión y energía. En cambio su Hijo fue Roque I por el fastuoso tren protocolar que impuso en la Casa Rosada A Victorino de la Plata lo llamaron El Coya por su innegable sangre India, no desmentida por una larga estadía de veinte años en Londres (dicen que hablaba Inglés con tonada salteña).
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Todos sabemos que a Yrigoyen lo llamaron El Peludo por su escasa propensión a mostrarse en público o exhibir dotes oratorias. Y tal vez haciendo juego de palabras, Alvear fue El Pelado, apodo que no necesita explicación mirando un retrato de don Marcelo. Posteriormente a su caída y hasta su muerte, Yrigoyen pasó a ser El Viejo, Al general Uriburu se lo conocía en los cuarteles como von Pepe por su devota admiración por el ejército alemán del Káiser; tras la revolución del 30. Los radicales lo llamaron de dos maneras; para unos era Ocho y Veinte por la dirección de las guías de su espeso bigote. Otros, jugando con su apellido, lo llamaron Arreburro.
 Años después, con la revolución del 43 y la emergencia al plano presidencial del general Ramírez, hizo que todo el país se enterara del apodo que sus compañeros de armas le endosaran desde sus tiempos de Colegio Militar; Palito, por la menuda y esquelética figura del mandatario. Para todo el mundo y sin disidencias, Farrell fue El Mono, y también en este caso basta ver una fotografía para explicárselo todo. En cuanto a Perón, en su segunda Presidencia vio resurgir un viejo sobrenombre de sus años juveniles, y como Pocho se lo conoció en el país entero.  Aramburu fue El Vasco, no sólo por el apellido sino por su rostro francamente euskera. Y Frondizi no pudo ser sino El Flaco por su magra silueta. Respecto a lllia, la blanca cabellera, los hombros caídos y modales pausados impusieron el apodo de El Viejo, sobrenombre que también aplicaron ahora los peronistas para referirse a su líder. Y terminemos esta rápida secuencia recordando el sobrenombre de Lanusse, Impuesto por sus camaradas de armas en gracia a que no se tiñe los cabellos: Cano.
 "EL GENERAL". — Síntoma preciso del ascendiente alcanzado por un Presidente, aún fuera del poder, es el reemplazo de su nombre y apellido por título o grado erigido en paradigma. Así. Desde principios de siglo hasta 1934, cuando se hablaba del Doctor, no hacía falta aclarar que se hacía referencia a Yrigoyen, puesto que en un mundo pululante de doctores, no había más "Doctor" que el jefe radical. Algo similar ocurre con los militares, y si tenemos en cuenta que desde Urquiza a Lanusse se han sucedido 36 Presidentes, 16 de los cuales fueron hombres de armas, no es extraño que siempre haya habido un General —y uno solo— para la expectativa pública.
 Desde 1860 a 1906 El General por antonomasia fue Bartolomé Mitre. A su fallecimiento, el titulo fue heredado por Julio A. Roca, que lo retuvo hasta su muerte. Al desaparecer el conquistador del Desierto en pleno auge de los gobiernos civiles y la profesionalización del Ejército, nadie recogió por el momento el galardón extraoficial, y ya no hubo un General en boca del pueblo, sino todos los generales del escalafón, que cumplían sus funciones en el anonimato.
 Las cosas variaron a partir de 1930. Pero ni Uriburu ni Justo alcanzaron a trascender con su grado más allá del circulo de adictos. Lo mismo ocurriría con Ramírez y Farrell, que tampoco lograron llegar al plano popular. La costumbre se reencendió con Perón y nuevamente hablar de El General significó referirse a un preciso y determinado personaje. Todavía hoy lo conserva entre la masa de sus adictos. Posteriormente, ni Lonardi. ni Ongania, ni Levingston —el primero y al último por su breve paso por el poder, el segundo por su escasa popularidad— ganaron mérito» suficiente» para lograr el título. Solamente Aramburu fue el General para buena parte de los argentinos. Resta Lanusse, que aun siendo teniente general, no es aún El General. Quien retome el tema en el futuro podrá aclarar el enigma y decir si lo consigue, así como si ese futuro nos depara todavía más Generales. ♦

jueves, 28 de febrero de 2019

La Diplomacia para Sarmiento: "La Victoria no da derechos"


Por Miguel Angel Scenna
El 2 de enero de 1868 falleció el vicepresidente argentino en ejercicio, Marcos Paz, y Mitre debió dejar definitivamente el mando al Marques de Caxias para regresar a Buenos Aires, encargarse del gobierno y encarar la inminente campaña de renovación presidencial. El retiro de Mitre prácticamente marcó el fin de la intervención argentina en la guerra.  El 19 de febrero la escuadra brasileña forzó el paso de Humaitá y bombardeó Asunción. Era el principio del fin para López, que inició un lento repliegue que sólo terminaría con el exterminio de sus fieles y su propia vida.    El 12 de octubre Mitre entregó las insignias del poder a su sucesor, Domingo Faustino Sarmiento. Tiempo después las tropas brasileñas entraron en Asunción, iniciando un prolijo saqueo.  Las fuerzas argentinas se abstuvieron de ocupar la capital, permaneciendo acantonadas a distancia. 
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Fue un hecho honorable en cuanto se mantuvieron apartadas de los tristes espectáculos que allí se vieron, pero al mismo tiempo dejó las manos libes al ocupante para otros fines trascendentes entre ellos los archivos históricos y diplomáticos que sólo serán devueltos debidamente expulgados.   El Barón de Rio Branco quedó dueño de la situación: Lo primero que hizo en Asunción fue juntar unas trescientas firmas de paraguayos debidamente seleccionados, pidiendo a los aliados el establecimiento de un gobierno "libre".  Con eso en mano Rio Branco se presentó a Varela (canciller de Sarmiento), y como éste no era rival para el ducho Paranhos, el 2 de junio de 1869 se firmó el protocolo pertinente que daba el triunfo al Brasil.   Bajo ocupación brasileña y sostenido por las armas imperiales, se estableció en Asunción un triunvirato formado por Cirilo Rivarola, Carlos Loizaga y José Díaz de Bedoya, como gobierno paraguayo.  Ni Loizaga ni Bedoya eran realmente residentes en Asunción. Bedoya vivía en Buenos Aires y al poco tiempo se cansó de jugar al triunviro. Sin despedirse dejó todo y volvió a sus negocios en la capital porteña. Poco después se eclipsó Loizaga, quedando solo Rivarola. El detalle carecía de real importancia, ya que el mandatario verdadero del Paraguay era Rio Branco, único que ordenaba y disponía en Asunción, al punto que en Río de Janeiro lo llamaron con razón Virrey del Paraguay. Ocupaba la cancillería argentina don Mariano Varela, hijo de aquel Florencio que viajara a Europa en nombre del gobierno colorado de Montevideo para pedir la intervención anglo-francesa contra la Argentina, a cambio de la independencia de la Mesopotamia. Don Mariano pertenecía a un compacto batallón de hermanos y parientes visibles y audibles de lejos, era acérrimo enemigo de Mitre y abominaba de la Triple Alianza. Más periodista que político y más político que diplomático, supeditarla toda la conducta externa de la Nación a su concepción partidista interna, con total prescindencia de las consecuencias y de los intereses del país.   En Brasil los gabinetes se sucedían, alternando liberales con conservadores, pero manteniendo siempre la línea política exterior dirigida a un único y exclusivo fin: el engrandecimiento territorial y la hegemonía continental del Imperio. En Argentina cada gobierno que accedía al poder se esmeraba en desautorizar y desvirtuar al antecesor: Urquiza despedazó la línea de Rosas, Mitre prescindió de la de Urquiza; ahora Varela se encargaría de pulverizar la de Mitre. 
De modo que frente a una política coherente y consecuente, como éra la de Río de Janeiro, la Argentina contraponía otra incoherente, balbuceante, imprecisa, de grandes palabras vacías y ningún objetivo concreto. En suma, no había conducta exterior ni frente al Imperio ni ante los demás países del mundo .    El primer paso de Brasil ya estaba dado, al establecer sólo la ocupación de Paraguay y la instalación de un gobierno obediente. Quedaba el segundo movimiento: impedir que Argentina anexara el Chaco boreal como lo fijaba la Alianza. El momento llegó cuando el gobierno de Sarmiento comenzó a librar concesiones para explotación maderera más allá del Pilcomayo. De inmediato el gobierno paraguayo, digitado por Rio Branco, elevó una protesta formal. Asombro en Buenos Aires ¿Qué es lo que estaba pasando? Rio Branco se diluyó moviéndose a favor de Paraguay y el ejército argentino, por si acaso, ocupó Villa Occidental, frente a Asunción, mientras el general Emilio Mitre declaraba que el Chaco boreal era argentino.
En esos precisos momentos, en que era previsible una áspera disputa diplomática con Brasil, al canciller Mariano Várela se le ocurrió lanzar a los vientos su famosa teoría de que "la victoria no da derechos". Era el 27 de diciembre de 1869, a horas apenas del Día de los Santos Inocentes. Entonces el asombro estalló en Río creando una tensión agresiva entre ambas cancillerías.   Varela no era un americanista que le interesara un metro más allá de la provincia de Buenos Aires. Era un porteño localista,  Un liberal en línea rivadaviana que en sus escritos y actitudes nunca se elevó por encima del vuelo de las rencillas lugareñas.
El error fue de Sarmiento, al llevar a la cancillería a un orador de barricada sin la menor experiencia diplomática, hecho a las frases estridentes y altisonantes, al efectismo primario que arrancaba los aplausos de la barra o de la plaza sin más consecuencias que una bala de fogueo. Pero convertir a una cancillería en plataforma de lanzamiento de tan vistosos artificios siempre ha sido peligroso y contraproducente. Frente a los silenciosos, cautos y astutos brasileños, diplomáticos duchos en la puja de medias palabras y penumbra, Varela obró con estrépito de una campaña electoral, poniendo en manos de los rivales un arma preciosa para volver contra la Argentina. El hecho era descalificar a Mitre, afrentar al Brasil y desautorizar a la Triple Alianza, pero todo en un plano de estricto consumo interno, ya que la bendita doctrina no venía acompañada de ningún contexto, fuera político diplomático o militar, para ser apoyada de coherencia. Fue una frase pronunciada con gesto heroico, pero una frase que nos costó muy cara.   Una circunstancia interna agravó sensiblemente la posición argentina, dejándola en posición delicada frente al Brasil. El 11 de abril de 1870 fue asesinado el general Urquiza en San José y asumió el gobierno de la provincia don Ricardo López Jordán. Aquello fue una verdadera bomba en Buenos Aires. ¿Qué se traían bajo el poncho en Entre Ríos? López Jordán era sobradamente conocido como irreductible antiporteño, tanto que podía llamar en su auxilio a los brasileños, sin contar con que se ignoraba hasta qué punto podía estar metido el Imperio en el asunto. Además la postura de don Ricardo podía reverdecer el viejo liderazgo del interior en contra de Buenos Aires al que renunciara Urquiza. De modo que aunque López Jordán fue elegido legalmente y no había motivos para intervenir la provincia, Sarmiento le echó el ejército encima con inusitada violencia Así comenzo y se desarrolló a través de todo 1870 la larga guerra de represión en una provincia fronteriza con el Imperio, que se sumó a las cada vez más deterioradas relaciones con Brasil.   Es posible que los hechos de Entre Ríos influyeran para que el 20 de junio de 1870 Varela completara su ciclo de errores firmando con Rio Branco un acuerdo "desastroso", por el que aceptaba que el problema del Chaco se convirtiera en un problema de límites común, donde Paraguay podría hacer valer sus derechos territoriales. De ese modo se anulaban los beneficios ganados con sangre, se colocaba a la Argentina en una posición incierta frente a Paraguay y Brasil quedaba como triunfador.   En Paraguay intentaban recomponer un gobierno propio. Rivarola convocó en agosto a una Asamblea Constituyente que se tomó en serio su papel. Dictó una constitución liberal químicamente pura, capaz de contentar al más exigente, y se nombró presidente de la República a Facundo Machaín. Todo iba sobre rieles, pero los entusiastas paraguayos se habían olvidado de Brasil. Hasta Rivarola, que entregó el mando y se retiró, creyendo terminada su misión. No opinaba lo mismo Rio Branco. Estaba contento con Rivarola y no le gustaba que le impusieran presidentes, por lo tanto Rivarola depuso por su orden a Machaín y se proclamó presidente "constitucional" como Flores había hecho en Uruguay, también bajo las bendiciones brasileñas: Fue el primero de una larga serie de golpes que vendrían: Rivarola presidente constitucional a fin de año sería cambiado antes de los seis meses por Salvador Jovellanos; Jovellanos al poco tiempo por Juan Bautista Gilí; Gilí asesinado por los amigos de Rivarola; Rivarola muerto por los amigos de Gilí. Y así por mucho tiempo. Pero el 18 de noviembre de 1870 había una constitución respetable que daba a Paraguay la democracia y la libertad." (J. M. Rosa).
En Buenos Aires el golpe de Estado produjo una deplorable impresión. Ya no estaba en la cancillería Varela, que enfrentado al callejón sin salida de su doctrina debió renunciar en agosto de 1870. Lo sucedió Carlos Tejedor, pero no ganamos mucho en el cambio. Tejedor, correcto jurista y lamentable político, se movía en el campo de la diplomacia en medio de una compacta cerrazón que le impedía ver las realidades, atenido férreamente a los grandes principios abstractos.  Fue el continuador de lo que Cárcano ha llamado "poesía política" que tan tremendas consecuencias nos ha acarreado. Y como creía en los grandes principios de Libertad, Democracia y Justicia, se enojó mucho con Rivarola, al que consideró "tirano" y "déspota", un mero subproducto de estos semisalvajes países, sin ver en ningún instante la mano brasileña detrás del asunto. No comprendió que era imposible que Rivarola obrara por cuenta propia, y que el verdadero golpista se llamaba Rio Branco. Un historiador de la talla e ideología de Cárcano ha descripto en estos términos al canciller Tejedor; "Escribe ideas generales, diserta en el vacío sobre la política internacional del Río de la Plata, cuenta con factores de que no dispone, desconoce la verdadera actitud de Brasil y se contradice al juzgarla, carece de pensamiento concreto y en un momento gravísimo, que requiera ideas hechas y resueltas, se abandona a la onda desconocida de los acontecimientos imprevistos."
Pero si la cancillería argentina ignoraba todo lo que se puede ignorar sobre los propósitos y proyectos brasileños, Rio Branco estaba perfectamente al tanto de lo que pensaba Tejedor. Con este tipo de diplomático queríamos combatir y neutralizar a Paranhos, uno de los más talentosos hombres de Estado que produjo Brasil. Y por supuesto, ocurrió lo que tenía que ocurrir: mientras Tejedor disertaba en torno a vaguedades, Rio Branco se dedicó a los hechos concretos, produciendo un acontecimiento imprevisto de los que dice Cárcano, que desubicó plenamente al gobierno argentino. El 15 de diciembre de 1870 y el 14 de enero de 1871 Paranhos firmó dos bonitos protocolos con el gobierno paraguayo, por los cuales Paraguay accedía a concordar sus límites con el Imperio unilateralmente, con prescindencia de la Argentina. Con este golpe de mano Brasil se apartaba de su aliado, se quedaba con los territorios en disputa, asentaba su protectorado sobre el vencido y mejoraba su posición para oponerse a las pretensiones argentinas. Ya Río de Janeiro había decidido cuál sería el límite norte de nuestro país: no pasaría de ningún modo del Pilcomayo.

domingo, 31 de enero de 2016

Ramón S. Castillo (20-10-1873/ 12-10-1944)

Por Miguel Angel Scenna
Menudo, pequeño, de ademanes reposados y hablar pausado, cabellos blancos como nieve, Castillo tenía el aspecto del jurista y profesor que en verdad era. Típico provinciano, procedía de una antigua familia catamarqueña que vivía pobre y dignamente. De sus primeros años de estrechez económica y del ejemplo familiar, le quedó una austeridad de costumbres y una sobriedad personal que no habría de perder jamás.

Tras brillantes estudios de abogacía, inició una carrera forense que lo llevó de “meritorio” en los tribunales porteños a juez en varias localidades bonaerenses, juez de Comercio en la Capital Federal, vocal en la Cámara Apelaciones en lo Criminal y Correccional primero y luego en la Comercial, al tiempo que desarrollaba una fecunda labor docente de más de veinte años en las Universidades de Buenos Aires y La Plata, donde ganó el incondicional respeto de los alumnos por su calidad de hombre y maestro.  De esa etapa de su vida quedó el Tratado de Derecho Comercial, verdadero clásico en el tema, magníficamente escrito y elaborado.  Pasados los cincuenta años de edad, todo parecía indicar que culminaría su vida apaciblemente jubilado, rodeado de general consideración, en la penumbra del semianonimato.  Aunque conservador y adversario del radicalismo nunca se había metido en política militante y es posible que jamás pensara hacerlo. Pero sobrevino la revolución del treinta y a Uriburu le recomendaron este profesor y jurisconsulto de excelentes antecedentes, que indudablemente prestigiaría al movimiento. Y el general lo mandó de interventor a Tucumán.  Castillo tenía 57 años cuando inicia inapropiadamente, una carrera que lo llevaría a los más altos honores. Primero al Senado, donde cumplió una destacada actuación.  Después Justo lo llamó como ministro de Instrucción Pública, para luego entregarle la cartera de Interior, cuando llegó la hora de las fórmulas presidenciales, su prestigio y la fuerza de los conservadores lo llevaron a segundo término de la fórmula que encabezó el antipersonalista Roberto M. Ortiz.  Nunca se llevó bien con el presidente, Había un abismo ente ambos, que se ensanchó cuando Ortiz quiso reimplantar la “pureza del sufragio”.   Para Castillo, el regreso de los radicales implicaba un verdadero desastre nacional. Entonces, jugó la suerte a través de la salud de Ortiz, que debió delegar el mando en el vice. En ejercicio de la presidencia, Castillo mostró nuevas facetas de su carácter.  El aspecto reposado y los modales suaves escondían un carácter firme, duro, autoritario. La ruptura con Ortíz fue total e irreversible, pero el enfermo mandatario ya no habría de volver y Castillo quedó como titular de la primera magistratura. Conservador convencido Don Ramón jamás estuvo mezclado con los negociados que matizaron la Década Infame, ni fue abogado de empresas extranjeras, ni estuvo ligado al capital foráneo. Su honestidad era plena, cabal, limpia. Como su nacionalismo, esencial, robusto, inconmovible. Y por eso su gobierno fue francamente nacional. 
Mantuvo la neutralidad argentina contra todas las presiones, inició el proceso de nacionalizaciones, dio un vigoroso impulso a la Marina Mercante del Estado. Pero su apego al liberalismo en el que se había educado lo perdió políticamente.   No comprendió que su poder estaba manchado de ilegitimidad, puesto que no provenía del consenso popular sino de la imposición del fraude.  No alcanzó a ver el aparato político en que se sustentaba, la Concordancia, era más una ficción que una realidad, y que en último término. El arbitro de su poder era el Ejército.  Un Ejército que ya toleraría más faudes. Ese fue el error de Castillo. Cuandi quiso imponer sucesor por fraude el ejército lo desalojó del poder y asumió directamente el gobierno. Ya depuesto, fue tratado con una consideración y el respeto que, como persona merecía. Falleció en el silencio del retiro en 1944, a los 70 años de edad