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domingo, 31 de octubre de 2021

Los Capiangos de Facundo Quiroga

 Por el Prof. Jbismarck

Según Adolfo Saldías el general Facundo Quiroga era, un hombre “valeroso hasta la temeridad, sagaz hasta lo increíble, fecundo en expedientes singulares, tremendo en las victorias, más tremendo todavía en las derrotas, y con chispas de genio para sacar provecho de las dificultades que le suscitasen”. Producto seguramente de la mezcla de una personalidad singular con el momento histórico de los enfrentamientos intestinos y el paisaje agreste de su tierra en los que le tocó actuar, “un espíritu sacudido por el frenesí de las luchas estupendas, en las cuales se agrandaba como se agranda un turbión cuando más recia es la borrasca que lo levanta”.   Paz era en cambio, según la pluma del mismo autor, un general “rígido y grave”, un hombre culto y correcto sin afectación, dueño de una timidez que “llegaban al punto  de que se ruborizaba en el trato con las gentes”, “parco en la palabra”, al que le faltaba un brazo, y que no sabía montar a caballo, “lo que era un fenómeno tratándose  de un general argentino”

José María Paz,  en sus Memorias póstumas escribió:  “En las creencias populares, con respecto a Quiroga, hallé también un enemigo fuerte a quien combatir; cuando digo populares, hablo de la campaña, donde esas creencias habían echado raíces en algunas partes, y no solo afectaban a la última clase de la sociedad. Quiroga era tenido por un hombre inspirado; tenía espíritus familiares que penetraban en todas partes y obedecían sus mandatos; tenía un célebre caballo moro (así llaman al caballo de un color gris), que a semejanza de la sierva de Lertorio, le revelaba las cosas más ocultas, y le daba los más saludables consejos; tenía escuadrones de hombres, que cuando los ordenaba se convertían en fieras, y otros mil absurdos de este género. Citaré algunos hechos ligeramente, que prueban lo que he indicado.

Conversando un día con un paisano de la campaña, y queriendo disuadirlo de su error, me dijo: “Señor, piense usted lo que quiera, pero la experiencia de años nos enseña que el señor Quiroga es invencible en la guerra, en el juego, y bajando la voz, añadió, en el amor. Así es que, no hay ejemplar de batalla que no haya ganado; partida de juego, que haya perdido; y volviendo a bajar la voz, ni mujer que haya solicitado, a quien no haya vencido”. Como era consiguiente, me eché a reír con muy buenas ganas; pero el paisano ni perdió su seriedad, ni cedió un punto de su creencia.

Cuando me preparaba para esperar a Quiroga, antes de la Tablada, ordené al comandante don Camilo Isleño, que trajese un escuadrón a reunirse al ejército, que se hallaba a la sazón en el Ojo de Agua, porque por esa parte amagaba el enemigo. A muy corta distancia, y la noche antes de incorporárseme, se desertaron ciento veinte hombres de él, quedando solamente treinta, con los que se me incorporó al otro día. Cuando le pregunté la causa de un proceder tan extraño, lo atribuyó al miedo de los milicianos a las tropas de Quiroga. Habiéndole dicho que de qué provenía ese miedo, siendo así que los cordobeses tenían dos brazos y un corazón como los riojanos, balbuceó algunas expresiones, cuya explicación quería absolutamente saber. Me contestó que habían hecho concebir a los paisanos, que Quiroga traía entre sus tropas cuatrocientos capiangos, lo que no podía menos que hacer temblar a aquellos. Nuevo asombro por mi parte, nuevo embarazo por la suya, otra vez exigencia por la mía, y finalmente, la explicación que le pedía. Los capiangos, según él, o según lo entendían los milicianos, eran unos hombres que tenían la sobre-humana facultad de convertirse, cuando lo querían, en ferocísimos tigres, “y ya ve usted”, añadía el candoroso comandante, “que cuatrocientas fieras lanzadas de noche a un campamento, acabarán con él irremediablemente”.   Tan solemne y grosero desatino no tenía más contestación que el desprecio, o el ridículo; ambas cosas empleé, pero Isleño conservó su impasibilidad, sin que pudiese conjeturar si él participaba de la creencia de sus soldados, o si sólo manifestaba dar algún valor a la especie, para disimular la participación que pudo haber tenido en su deserción: todo pudo ser.  Un sujeto de los principales de la Sierra, comandante de milicias, Güemes Campero, había hecho toda la campaña que precedió a la acción de la Tablada, con Bustos y Quiroga; vencidos estos, se había retirado a su departamento, y después de algún tiempo que se conservó en rebeldía, fue hecho prisionero y cayó en mi poder. Un día estando comiendo, algunos oficiales tocaron el punto de la pretendida inteligencia de Quiroga con seres sobre-humanos, que le revelaban las cosas secretas, y vaticinaban el futuro. Todos se reían, tanto más, cuanto Güemes Campero, callaba, evitando decir su modo de pensar. Rodando la conversación, en que yo también tomé parte, vino a caer en el célebre caballo moro, confidente, consejero, y adivino de dicho General. Entonces fue general la carcajada y la mofa, en términos, que picó a Güemes Campero, que ya no pudo continuar con su estudiada reserva; se revistió, pues, de toda la formalidad de que era capaz, y tomando el tono más solemne, dijo: “Señores, digan ustedes lo que quieran, rían cuanto se les antoje, pero lo que yo puedo asegurar, es que el CABALLO MORO se indispuso terriblemente con su amo, el día de la acción de la Tablada, porque no siguió el consejo que le dio, de evitar la batalla ese día; y en prueba de ello, soy testigo ocular, que habiendo querido poco después del combate, mudar caballo y montarlo [el general Quiroga no cabalgó el moro en esa batalla), no permitió que lo enfrenasen por más esfuerzos que se hicieron, siendo yo mismo uno de los que procuré hacerlo, y todo esto, era para manifestar su irritación por el desprecio que el General hizo de sus avisos”. Traté de aumentar algunas palabras para desengañar aquel buen hombre, pero estaba tan preocupado, que me persuadí de que era por entonces imposible.

A vista de lo que acabo de decir, (…) fácil es comprender cuánto se hubiera robustecido el prestigio de este hombre no común, si hubiese sido vencedor en la Tablada. Las creencias vulgares se hubieran fortificado hasta tal punto, que hubiera podido erigirse en un sectario, ser un nuevo Mahoma, y en unos países tan católicos, ser el fundador de una nueva religión, o abolir la que profesamos. A tanto sin duda hubiera llegado su poder, poder ya fundado con el terror, cimentado sobre la ignorancia crasa de las masas, y robustecido con la superstición, una o dos victorias más, y ese poder era omnipotente, irresistible. Adviértase que esa victoria que no obtuvo, le hubiera dado una gran extensión a su influencia, y que si antes, además de la Rioja, la ejercía en algunas provincias solamente, entonces hubiera sido general en todo el interior de la República. …..”

martes, 26 de enero de 2021

Los "Civilizados" Generales José María Paz y Lamadrid y su trato al "Bárbaro" Gral. José Félix Aldao

 Por el Prof. Jbismarck

El 25 de febrero de 1830, el unitario Gral. Paz atacó y venció al Federal juan Facundo Quiroga, en Oncativo, Córdoba.  El riojano estaba convencido de que la batalla se produciría varios días más tarde, tiempo que permitiría la llegada del general José Benito Villafañe, quien ya había entrado por el norte de Córdoba con unos mil quinientos hombres para sumarse a sus fuerzas. Pero por esa misma razón habría decidido Paz, lanzar el ataque sin demora, sorprendiendo y venciendo otra vez a Facundo.  Por su parte Lamadrid quiso dejar expresa constancia en sus Memorias de cómo y cuándo fue tomado prisionero el Fraile Aldao: “Para un más exacto conocimiento, quiero referir cómo fue tomado el Fraile-General. Cuando yo me dirigí a los dos hombres de la escolta de Quiroga, que mandé lancear, mi fuerza pasó en la persecución de la caballería enemiga, y a las dos o tres cuadras de haberme yo separado, conoce mi ya referido soldado al general Aldao [había sido prisionero suyo poco tiempo antes] y embístelo con su lanza, gritando: ‘¡Aquí está el fraile Aldao!’, y le tira una lanceada. ”Al dicho del soldado de ser aquel el general Aldao, paran todos sus caballos y se dirigen sobre él a registrarlo para quitarle cuanto tenía. Cuando el teniente Navarro acudió al punto de la reunión, ya el FraileGeneral estaba desplumado y cuando le preguntaron por Quiroga, les dijo: ‘Ese que iba a mi lado con el caballo cansado, ese era Quiroga’. ¡Era ya tarde! Había tomádole el caballo a un soldado o sargento de los suyos y dádole tres onzas de oro. Cuando siguieron en su alcance, tomaron y mataron al que había recibido las tres onzas, pero el general se había puesto en salvo. Mi deseo de que me los hicieran conocer a aquellos dos hombres de su escolta que por librar a su general me engañaron, fue lo que salvó a Quiroga de caer en mis manos y al fraile de ser allí mismo lanceado. ”Sería yo un infame si disfrazara la verdad. Si yo estoy presente, hago lancear al fraile general, pero después que me hubiese enseñado a Quiroga; a este le habría conservado la vida porque ese era mi intento, pues había ofrecido en todos los cuerpos un premio al soldado que me lo entregara vivo, con la mira de obtener una gracia de mi general. La gracia que yo quería obtener respecto a Quiroga era la de cuidarlo en una jaula para hacerlo conocer en los pueblos que tanto había ultrajado, y hacer que cada uno de los individuos que él había azotado o abofeteado lo azotara y abofeteara también”. 



La versión de Paz (1892), dice: “En uno de estos enviones fue que cayó prisionero el segundo general del ejército enemigo, el fraile Aldao. Me sería imposible describir la sensación que experimenté a su vista y los impulsos de que se vio combatido mi corazón. Triunfaron como siempre, las ideas generosas, y concluí por decirle algo de consolante y entregarlo a mi ayudante Campero, para que lo condujese, tratándolo con consideración. Estaríamos ya a cuatro leguas del campo de batalla cuando esto sucedió”. Aldao fue llevado a Córdoba como trofeo. Lo exhibieron públicamente, atado y sobre una mula, para escarnio del público que insultó y apedreó al “monstruo”. 

En prisión se enteró de la muerte de su hermano José y del ex gobernador Juan Corvalán, bárbaramente asesinados por quienes se arrogaban la representación de la civilización. Oncativo tuvo consecuencias determinantes en la escena política nacional: quienes creían en la posibilidad de alcanzar acuerdos con los unitarios fueron desplazados por el furor de quienes consideraron confirmada su convicción de que sólo se imponía la guerra, sobre todo tras las noticias de los degüellos masivos de oficiales y soldados federales que habían seguido al combate. 

Uno de los dialoguistas, el general Tomás Guido, explica en una carta a su amigo San Martín por qué renunciaba al cargo de ministro del gobierno bonaerense: “La derrota de Quiroga [en Oncativo] rompió los diques que contenían al partido exaltado, y ya ni el señor Rosas, cuyo carácter es bien dispuesto, podía dejar de hacer concesiones, ni yo continuar en el despacho sin torcer el camino que había tomado”. Sustituyó a Guido un “duro”, Tomás de Anchorena, que publicó de inmediato un decreto contra los “decembristas”, es decir contra los participantes del movimiento del 1 de diciembre de 1828 que había derivado en el lamentable fusilamiento de Dorrego: “Todo el que sea considerado públicamente como autor, fautor o cómplice del suceso del 1 de diciembre o de algunos de los grandes atentados cometidos contra las leyes por el gobierno intruso [de Lavalle] será reo de rebelión, con las penas consiguientes”. 

 Cuando sorpresivamente Paz cayó prisionero de López, la Liga Unitaria se esfumó. Sus adeptos en Cuyo decidieron huir hacia Chile, llevando al fraile Aldao como rehén. Cuando todo presagiaba su asesinato, el triunfo federal en La Ciudadela significó también su libertad. Quiroga volvió a convocarlo para recuperar el dominio federal en Cuyo

viernes, 7 de febrero de 2020

El rencor unitario


Por Julio Irazusta
Las MEMORIAS de Paz es uno de los libros más atrayentes de la historiografía nacional. Está admirablemente escrito, pese a ligeros defectos de forma, muy explicables en quien no aspiraba a ser considerado experto en el oficio de literato, y sin duda no lo redactó pensando en la posteridad, sino en restablecer verdades que creyó desfiguradas por otros. Nadie escribió con más espontaneidad ni con menos preocupación por el estilo. De haber tenido conciencia de las dotes que tenía para la tarea que emprendió en sus MEMORIAS, y sospechado que el éxito le daría la fama que alcanzó su libro, no es improbable que antes de escribirlas habría producido algún trabajo notable sobre la cosa pública, en una época en que tantos incapaces se creían autorizados a fatigar las prensas con sus inepcias.
Pese a dicha espontaneidad, o tal vez a causa de ella, y sobre todo al inmenso talento que reveló el libro, sumado a la cultura recibida en los institutos educacionales de Córdoba, las MEMORIAS son de un interés prodigioso.  Es sabido que Paz fue sorprendido por el 25 de Mayo cuando estudiaba para recibirse de doctor y que su carrera militar debióse a la circunstancia histórica: la movilización general decretada por la Primera Junta, y la reiterada insistencia de Pueyrredón —enviado por el nuevo gobierno a la capital del interior, como el hombre de encargo para neutralizar la influencia de Liniers— en que abandonara los estudios civiles por la milicia; para que, según expresión mía, cambiara la instituta por la espada. Ciudadano hasta la médula, nada de lo que vio en las variadas regiones adonde lo llevaron las necesidades del servicio, según las vicisitudes de la guerra, escapó a su aguda observación.  Al punto de que sus observaciones parecen las de un campesino, cuando se refiere a las cosas de la campaña. Lo mismo ocurre cuando habla de la alta sociedad que agasajó a los vencedores, cuando lo fueron; y en muchos casos, aun después.  Una de las observaciones más agudas formuladas en las MEMORIAS del general Paz es la que atribuye el desapego permanente del Alto Perú hacia la metropoli que era capital de una gran parte de su país, al jacobinismo de Castelli, con sus aires de convencional en misión, quien miraba impasible a sus oficiales enlazar de los frentes de los templos, para arrastrarlas por las calles de la ciudad que atravesaban, las imágenes religiosas, en un estúpido despliegue de extemporáneo anticlericalismo.
Un extraño patriota - LA GACETA Tucumán
Otro pasaje de las MEMORIAS, aporte fundamental como el anterior a la hermenéutica de los sucesos, es lo que refiere sobre los prolegómenos de la revolución de diciembre de 1828: la injustificada jactancia de Lavalle, diciéndole a su colega cordobés en la Banda Oriental: “Con un escuadrón de coraceros, meteré a los caudillos en un zapato, y los taparé con otro". El autor del libro que comentamos dice no haber compartido tan descabellada ilusión. Y le podemos creer, puesto que él, con su soberana libertad de juicio, pese a su admiración por Belgrano y por todos los patriotas que habían contribuido a darnos primero libertad o gobierno propio, y luego una patria, no dejó de ver sus errores. Y había compartido el descontento de la oficialidad joven que se sublevó en Arequito en 1820, al ver que los dirigentes nacionales desguarnecían las fronteras del norte para meter a las fuerzas armadas en la guerra civil.  Movimiento parecido al de San Martín en su famosa desobediencia.
Para terminar, me permito citar una página que escribí sobre el general hace varias décadas: “Joven de veinte años al dejar sus estudios universitarios y tomar las armas en 1810, Paz fue contemporáneo de los hombres de la independencia y de las guerras civiles. Su inteligencia superior hace sumamente valioso el testimonio que nos da su libro sobre dos épocas decisivas de nuestra historia. El mérito artístico de su narración nos apasiona por los hechos del pasado, los revive en nosotros. Su ecuanimidad nos ofrece un hilo conductor para el laberinto de natural complicación. 
La narración es en las MEMORIAS amenísima. Se las lee como una novela. El escritor elige bien los detalles, reparte equitativamente el espacio entre los mayores, los medianos y los menores, y a todos los sitúa diestramente en la amplia perspectiva de reflexiones generales, pasando siempre a tiempo de la representación concreta de los hechos a su interpretación causal, y de ésta a aquélla, sin jamás perder el hilo de la narración. 
Las MEMORIAS es uno de los libros más desprovistos de egotismo (Afán de hablar una persona de sí misma). con que cuenta el género, egotista por excelencia. El autor apenas da noticias sobre su familia, su formación, sus gustos. Y los datos personales que no podían menos que aparecer en el libro no están destinados a explicar a Paz en cuanto tal, como personalidad de excepción, sino para explicar a Paz en cuanto protagonista de los sucesos que narra. 
Lo autobiográfico en las MEMORIAS es hermenéutica antes que panegírico".
Fue irreparable desgracia para su carrera, y para el porvenir nacional, que su participación en Arequito sellara su destino. Los directoriales, y sus herederos los unitarios, jamás se lo perdonaron. 
Habiéndose iniciado políticamente con los futuros caudillos, no supo perseverar en esa actitud. Los unitarios los arrastraron a la aventura de diciembre en 1828.  
Pero cuando Rosas, después de haber pensado que habría sido necesario ejecutarlo en 1831, y de tenerlo cinco años en la cárcel, lo dejó en libertad, lo incorporó a la plana mayor del Ejército, y después de su fuga, le mandó ofrecer una embajada cuando ya estaba refugiado en Montevideo; no supo aprovechar el momento estelar que se le ofrecía. Su alta estrategia, sumada a la política de Rosas, habría cambiado el destino de la nación. Tal vez Dios no lo quiso. Nosotros pagamos las consecuencias.
Clarín, Buenos Aires, 10 de marzo de 1977.

lunes, 12 de septiembre de 2016

"Mis Olvidos" de Dalmiro Sáenz

Por Milcíades Bronstein

`La poesía no es otra cosa que la sublevación del hombre contra la razón. Por eso yo he dedicado mi vida a luchar contra la poesía, cosa nada fácil en este país en donde un hombre montado en un caballo moro puede levantar su lanza y hacer un firulete contra el cielo como si dibujara la rúbrica de su terrible nombre, Facundo Quiroga. Esos poetas de los gestos son los dueños de mi patria. El 18 de agosto de 1833 empezó mi cautiverio que duró ocho años, y durante esos ocho años escribí estas memorias. Cuando un mundo inmenso se reduce al espacio que cabe entre las cuatro paredes de una prisión, cada centímetro cuadrado adquiere la jerarquía del universo.` 
Los milicos, la mayoría, son todos cipayos, proimperialistas del imperialismo de turno…España, Inglaterra, Estados Unidos…Por lo que además de por genocidas deben ir en cana por traidores a la patria… Dalmiro Sáenz se mandó una novela sobre este pionero cipayo…El Manco Paz…
Recuérdese, el tipo era unitario, por los intereses de Buenos Aires—capital de cipayismo unitario del siglo 18---, en pos de las manufacturas extranjeras contra los artesanos y la industria argentina del interior…Es decir por la miseria de las mayorías y riqueza de unos pocos…Los famosos para uno oligarcas, cipayos y genocidas… Se puede decir que cuando el cipayismo unitario ganó fue el primer genocidio argento o el segundo—el de los federales y del interior--- después de las masacres de los pueblos originarios…
En esta novela no se aprende gran cosa del personaje…Es más bien un pretexto para la imaginación de Sáenz, un falso transgresor cuyo padre fue milico…Por lo tanto parece conocer bien a estos milicos…De marina además , de los más carniceros… Así que pinta a Paz como todo un racional contra los poetas…Dice que el enemigo es todo poeta, llama así a Facundo Quiroga…Poeta…Lo cual parece un delirio de Sáenz…Quiroga cuando se proponía fusilaba sin mucha consideración, lo que de la sensibilidad
de los poetas tiene poco y nada…Aunque Saénz parece decirlo a través de Paz en el ser populares, en el dejar buenos recuerdos, en el ser inmortales…Eso parece ser poetas para esta novela.  Por lo demás suelta su imaginación para achacar a Paz algunas cosas no tan creíbles…Por ejemplo que haya fornicado a una india, que se enamora de él porque la estimula lo suficiente para que no sea un garche mas…La hace acabar y todo…Esto parece más bien fantasía del autor…No se imagina a un milico así que sepa mucho de sexo, más bien lo contrario… El título del libro tiene su gracia…Basado en las “Memorias” de Paz—que uno no leyó ni piensa leer por ahora---, lo llama “Mis Olvidos”, y subtitula “Lo que no dijo el general Paz en sus memorias”, lo que tiene su gracia…Al comentarlo en una charla salen algunas breves risas, y además cuando se cuenta el argumento de la novela…Se puede saber—se dijo—más de la vida de este tipo más con un programa de tv cultural que leyendo esta novela…La imaginación del autor—en frases cortas, en primera persona, del personaje real
vuelto imaginario---, lo lleva hasta a escribir una frase muy suya, con su paradoja, que se muerde el orto: Sobre Belgrano escribe el general Paz, es decir Dalmiro Sáenz hecho milico:. No era lo suficientemente fuerte para permitirse ser débil”  Frase ingeniosa muy de Sáenz…No se la imagina en un milico…
Además lo pinta cuando tiene un sueño o fantasía homosexual…Esto si es creíble, estos tipos son tan homofóbicos que no sería raro que en el fondo les guste… A todo esto su metejón con una tal Margarita—a la que llenó de hijos cuando estuvo en cana de Rosas---, la muestra jóven, seduciendo, la muestra inteligente, a lo mejor fue lo mejor del tipo…Su mujer…Suele pasar que en las parejas uno de los dos se salve y el otro sea el condenado…Parece repetirse que son las mujeres las únicas que se salvan de todos estos turros…O hasta por ahí nomás…Ser escépticos. La mina que se casa con un milico ya debe tener mucho de serpiente, seguro…Familias de condenados por los dioses…La frase final del libro tiene otra vez el juego de contrarios tan típico de Sáenz---Dice que como todo poeta Quiroga va a ser “enterrado en muchas memorias”, en cambio él---el milico Paz—será “enterrado en muchos olvidos”  trece obvio en todos los milicos o casi todos, que sino se olvidan van en cana…Dalmiro Sáenz al tener un viejo milico debió conocerlos a todos estos, y seguro que lo sabe…Suena mucho a eso…
Sino son olvidados son el recuerdo de mucha razón para meterlos en cana, como la parte milica del mismo Perón: persecución a opositores, buchones por todas partes, ultraderecha en sus últimos años, y demás…Si uno quiere disfrutar de una ficción no está tan mal leer esta novela—de las llamadas históricas--- Ahora si se quiere informarse y estudiar algo mas a este personaje—se repite, pionero milico cipayo, que derrotó a Facundo Quiroga en un par de combates, que fue preso de Rosas y que extraña que no lo hayan fusilado, por lo menos, etc---,  para estudiar la parte de historia mejor ver un documental, o leer una biografía…
Si bien la ficción suele ser más real que la realidad, a veces los novelistas parece que cuando escriben se toman un par de vinachos y exageran un poco…Le meten lo que son ellos a otros personajes que no parecen ser ellos…Es otra parte de un goce de lectura en la ficción histórica, más ficción que historia, en la famosa y atrapante novela histórica…

lunes, 29 de febrero de 2016

Recordando a Pancho Zeballos

Por el Prof. Jbismarck
Soldados gauchos fueron los que pusieron el pecho a las balas, los primeros en padecer la derrota y los últimos en tener el reconocimiento del triunfo, solamente reservado a los jefes u oficiales que los mandaban.    Apenas algún relato los ha salvado de la sombra póstuma:  ¿Por qué habría de sostenerse que Juan Bautista Cabral fue “sargento” cuando en verdad era un simple soldado de raza negra que se jugó por su jefe, el Teniente Coronel José de San Martín, en la batalla de San Lorenzo en 1813?  ¿Quién se acuerda del gaucho Lorenzo López que salvó la vida de Juan Martín de Pueyrredón cuando las Invasiones Inglesas, en la batalla de Perdriel.  

En la época de Rosas, sobresale nítidamente Francisco Zeballos, el captor del general unitario José María Paz ;  Sin embargo, no hay certezas sobre su fecha de nacimiento, ni de aspectos de su vida.   El tiro de boleadoras que le propinó a Paz el 10 de mayo de 1831, en el paraje El Tío, provincia de Córdoba, es casi la única referencia de este gaucho que modificó, con un acto criollísimo, buena parte de los acontecimientos políticos de la primera mitad del siglo XIX.  En efecto, el General Paz con su preparado ejercito intento sorprender a los federales y atacar al Gobierno de Santa Fe.  Francisco Zeballos se había incorporado como soldado en el ejército santafecino del brigadier general Estanislao López, federal, aliado y amigo del general Rosas, revistando en un Escuadrón que estaba bajo las órdenes del capitán Esteban Acosta, hombre éste de la División del comandante Reynafé.    
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Durante el año 1831, Zeballos fue parte de la avanzada de los ejércitos federales que se adentraron en la provincia de Córdoba para expulsar y, en lo posible,terminar con el peligro del ejercito unitario del Manco Paz.  En las proximidades de El Tío (Córdoba), se producen enfrentamientos entre avanzadas, al escuchar los tiros, el General Paz quiso saber qué estaba pasando, se aproximó al lugar de combate, compañado por un ayudante, un ordenanza y un vaqueano.  Cuando caían las últimas luces del día se vieron rodeados por un grupo de hombres con la divisa blanca y Paz creyó en todo momento que eran hombres de sus tropas y avanzó hacia ellos, pero era una trampa.  Sorpresivamente, Paz dio media vuelta a su caballo y se dirigió al galope hacia su propio ejército.  Al mismo tiempo, un certero tiro de bolas a las patas del caballo termina por dar por tierra con el jinete, el que se rinde al verse rodeado. 
 El estratega cayó ante la picardía del soldado Zevallos que le boleó el caballo.  En sus Memorias, Paz se refiere al momento en que su caballo fue boleado, antes de ser tomado prisionero:  “El ordenanza que mandé no volvió, y la causa fue que, habiendo dado con los enemigos, fue perseguido por éstos y escapó, pero tomando otra dirección, de modo que nada supe.  Mientras tanto seguía yo la senda, y viendo la tardanza del ordenanza y del oficial que había mandado buscar, e impaciente, por otra parte, porque se aproximaba la noche y se me escapaba un golpe seguro a los enemigos, mandé al oficial que iba conmigo, que era el teniente Arana, con el mismo mensaje que había llevado mi ordenanza, pero recuerdo que se lo encarecí más, y le recomendé la precaución.  Se adelantó Arana y yo continué tras él mi camino; ya estábamos a la salida del bosque; ya los tiros estaban sobre mí; ya por bajo la copa de los últimos arbolillos distinguía a muy corta distancia los caballos, sin percibir aún los jinetes; ya, al fin, los descubrí del todo, sin imaginar siquiera que fuesen enemigos y dirigiéndome siempre a ellos.  En este estado, vi al teniente Arana que lo rodeaban muchos hombres, a quienes decía a voces: allí está el general Paz, aquél es el general Paz, señalándome con la mano; lo que robustecía la persuasión en que estaba de que aquella tropa era mía.  Sin embargo, vi en aquellos momentos una acción que me hizo sospechar lo contrario, y fue que vi levantados, sobre la cabeza de Arana, uno o dos sables, en acto de amenaza.  Mil ideas confusas se agolparon en mi imaginación; ya se me ocurrió que podían haber desconocido los nuestros; ya que podía ser un juego o chanza, común entre militares; pero vinieron en fin, a dar vigor a mis primeras sospechas, las persuasiones del paisano que me servía de guía, para que huyese, porque creía firmemente que eran enemigos.  Entretanto, ya se dirigía a mí aquella turba, y casi me tocaba, cuando, dudoso aún, volví las riendas a mi caballo y tomé un galope tendido.  Entre multitud de voces que me gritaban que hiciera alto, oía con la mayor distinción una que gritaba a mi inmediación: párese mi General; no le tiren que es mi General; no duden que es mi General; y otra vez, párese mi General.  Este incidente volvió a hacer renacer en mí la primera persuasión, de que era gente mía la que me perseguía, desconociéndome, quizá, por la mudanza de traje.  En medio de esta confusión, de conceptos contrarios y ruborizándome de aparecer fugitivo de los míos, delante de la columna que había quedado ocho o diez cuadras atrás, tiré las riendas a mi caballo y, moderando en gran parte su escape, volví la cara para cerciorarme; en tal estado fue que uno de los que me perseguían, con un acertado tiro de bolas, dirigido de muy cerca, que inutilizó a mi caballo, me impidió continuar la retirada.  Este se puso a dar terribles corcovos, con que mal de mi grado me hizo venir a tierra.   En el mismo momento me vi rodeado por doce o catorce hombres que me apuntaban sus carabinas, y que me intimaban que me rindiese; y debo confesar que aun en este instante no había depuesto del todo mis dudas sobre la clase de hombres que me atacaban, y les pregunté con repetición quiénes eran y a qué gente pertenecían; mas duró poco el engaño, y luego supe que eran enemigos, y que había caído del modo más inaudito en su poder.  No podía dar un paso, ninguna defensa me era posible, fuerza alguna de la que me pertenecía se presentaba por allí; fue, pues, preciso resignarme y someterme a mi cruel destino”.    
  Primero, la felicitación del gobernador de Santa Fe, Estanislao López, quien en carta dirigida también a Rosas el mismo día que el Parte anterior, pone que “El Soldado Francisco Zeballos, a cuyo brazo debemos presa tan importante, remite como prueba de su estimación, aunque no tiene el gusto de conocerlo el fiador y manea que usaba el Protector (Paz), y las bolas con que le sujetó el caballo”.  Los objetos capturados al “manco” Paz son ahora reliquias históricas, lo mismo las boleadoras que le han dado caza.   Los Santafesinos lo trataron muy bien al General Paz  y en lugar del pelotón de fusilamiento (como el mismo Paz hacia cumplir con los prisioneros o jefes federales  capturados según lo explicado por Alberto Ezcurra medrano en las “Otras Tablas de Sangre”) lo envían detenido a Santa Fe, convirtiéndose en el preso más ilustre. El 15 de mayo de 1831, a las cuatro de la tarde -el Manco de Oncativo y La Tablada- ingresó a la prisión de la Aduana.  En la Aduana su habitación era la tercera ventana del segundo piso, su vida en prisión fue relatada por el mismo en sus Memorias Póstumas.  Paz estuvo preso en la Aduana de Santa Fe desde el 15 de mayo de 1831 hasta el 6 de septiembre de 1835, fecha en que fue trasladado a Luján (Bs As)  donde prosiguió su cautiverio.  Juan Manuel de Rosas ordena a las autoridades del Cabildo de Luján que le guarden consideración; le manda libros; le acuerda el grado de General de la Provincia de Buenos Aires, y le paga su sueldo íntegro, inclusive sus sueldos atrasados. Rosas, lógicamente, ha debido fusilar a Paz, así como Lavalle fusiló a Dorrego. Es la ley de los tiempos. Pero “el monstruo” no lo fusila y lo trata con la mayor humanidad y hasta con excepcional consideración.    En 1839 olvidando su promesa de no tomar las armas contra quien le perdona su vida, rompe su palabra de honor y abandona la ciudad y se pone al frente del ejército correntino, en contra de Rosas.                                                                                                                                                                             Zeballos fue ascendido al grado de capitán de la Caballería del Ejército Federal Confederado, que mandaba el general santafecino López.  Como buen patriota y gaucho no dejó la lucha por los honores, y por eso se halló dos años más tarde, el 14 de julio de 1833, en la batalla de Piedra Blanca, provincia de Córdoba, donde cayó muerto en combate.   Por entonces en las postas y pulperías se escuchaba: Viva ese soldado Zeballos  que al manco lo sujetó con un buen tiro de bolas contra la tierra lo dio. Viva ese gaucho Zeballos que al manco aprisionó, con un buen tiro de bolas a su caballo bolió.   

Combates de Venta y Media (20 de octubre de 1815) y Sipe Sipe (29 de Noviembre de 1815)


Por Vicente D. Sierra
Por oficio de 26 de setiembre el Jefe del Ejército del Norte José Rondeau informó desde Ayohuma que, a raíz de la retirada de Pezuela a Sora-Sora, había considerado conveniente dirigir sus fuerzas rumbo a chayanta, hacia donde había enviado las divisiones de Arenales y del comandante Camargo, compuestas por fuerzas de caballería, más el cuerpo de Dragones y los N° 1 y 7 de infantería, con el “objeto de apurar a los conflictos del enemigo, cuanto para descubrir el plan que se ha propuesto, obrando según lo exijan las circunstancias”. Pezuela había tenido noticias de movimientos e intenciones de los patriotas, los que le indujeron a suponer que preparaban un acordonamiento por Yocalla a Paria, por Macha y chayanta, con el objeto de privarlo de recursos, atacar a Oruro y llevar más tarde una ofensiva general. 

 
En previsión de que tal fuera el plan de Rondeau, resolvió amenazar a chayanta y paralizar los movimientos de Arenales mediante una fuerte columna que al mando de Olañeta envió a Venta y Media, mientras emprendía una retirada hacia Sora-Sora, a fin de cubrir a Oruro, la Paz y la línea del Desaguadero. Según los partes del capitán de avanzada Gregorio Aráoz de La Madrid, la fuerza enemiga de Venta y Media no pasaba de trescientos hombres, información que confirmó el coronel Diego Balcarce tras un breve reconocimiento. En consecuencia, Martín Rodríguez, como jefe de la vanguardia patriota propuso a Rondeau llevarle un ataque, al que fue autorizado con la prevención de no arriesgar nada si la fuerza del enemigo excedía de la cifra calculada. La división patriota con que Rodríguez se dispuso para la sorpresa se integró con trescientos cincuenta hombres del batallón de cazadores, al mando del mayor Rudecindo Alvarado, y doscientos del regimiento de Dragones, a las órdenes del mayor José María Paz, porque su jefe, el coronel Balcarce, los esperaba en la avanzada junto a Lamadrid, quien se incorporó con su compañía. El general García Camba, en su crónica de esta guerra, dice que la columna al mando de Olañeta se componía de dos batallones: el de partidarios y el de cazadores, además, de un escuadrón. Rodríguez se puso en marcha en la madrugada del 19 de octubre y al anochecer llego al lugar ocupado por la avanzada, a cuatro o cinco leguas de Venta y Media.   En la noche del 20, avanzó sobre el enemigo. El General Paz describió en sus Memorias las indecisiones de Rodríguez en aquel instante, no atreviéndose a atacar hasta que, en medio de la inmovilidad y perplejidad del general, se oyó un tiroteo a corta distancia; provenía del ataque que Lamadrid, que se hallaba muy avanzado con su compañía, había llevado sobre la unica avanzada que tenía el enemigo. Ochenta o cien hombres de la guardia fueron acuchillados, salvándose pocos de sus integrantes, entre ellos el alférez José María Valdez quien pudo dar cuenta al cuerpo de vanguardia de lo que ocurría. Se dio orden de combate pero dentro de un desorden tal que Paz, viendo al coronel Balcarce, no pudo menos que decirle: “Coronel, la Patria reclama que usted tome el mando, ¡Hágalo, que todos le obedeceremos!” Balcarce, movido por un sentimiento de desesperación, contestó “¿Dónde está el general?, que si me da providencias yo las tomaré.” Alcanzó Rodríguez a oír estas voces y pudo Balcarce informarle del desorden que reinaba en las líneas por informaciones contradictorias . Entre tanto, prevenido Olañeta pudo organizar sus fuerzas y recibir a los pa­triotas que llegaban desordenadamente, de tal manera que la derrota fue completa, viéndose obligados a retrogradar hasta dar en un verdadero desbande, en algunos casos sin haber disparado un tiro Si el encuentro no termino en desastre fue porque Olañeta no tenía caballería para perseguir a sus enemigos que dejaron en el campo como cien muertos y otros tantos prisioneros, casi todos de las fuerzas de de infantería, con más de 300 fusiles salvando apenas la caballería. En este desgraciado suceso el mayor José María Paz fue herido, quedando manco para toda la vida lo que hizo que hasta su muerte fuera llamado "el Manco Paz", mientras que el brigadier Martín Rodríguez perdió para siempre toda reputación militar. Pezuela quiso aprovechar el éxi­to obtenido y movió su ejército en busca del patriota instalado en Chayanta. Felizmente para el ejército patriota una terrible nevada inutilizó el esfuerzo de Pezuela, y Rondeau pudo emprender una marcha de flanco hacia Cochabamba, objetivo tras el cual, en los primeros días de noviembre se movió Pezuela por la cuesta de Tapacarí, con intención de interponerse entre el ejército patriota y Cochabamba.
  Batalla de Viloma o Sipe-Sipe (29 de noviembre de 1815). Pezuela condujo el grueso de sus fuerzas por Sora-Sora, Sepulturas, Paria, Ventilla, Iruventilla, Japo, y el 19 de noviembre pernoctaba en la angostura de Chala; el 21 ocupó la quebrada de Tapacarí y el 24 continuó por ésta para cruzar al día siguiente las lomas del norte de la quebrada de Calliri y llegar el 26 a los altos de Charapaya, a dos leguas de Sipe-Sipe, ancha llanura bordeada de altas y escabrosas montañas, en cuyo centro se levantan algunas lomas aisladas al pie de un suave plano inclinado, que domina la planicie. Mediante una hábil maniobra Pezuela había dado alcance a Rondeau, haciéndole imposible una retirada hacia el Sur.   Por su parte, Rondeau hizo alto en la llanura de Sipe-Sipe a la espera del enemigo, considerándose en una posición inexpugnable.   Pezuela amagó un ataque por la quebrada, pero, encontrándola bien defendida, se corrió por su izquierda hasta coronar las altas montañas de aquella parte, que se consideraban impracticables y que se conocen con el nombre de Viloma, desde cuyas alturas pudo abarcar a todo el ejército patriota y advertir, por su colocación, que el plan de Rondeau era defender la boca de la quebrada, por donde se creía que solamente podía ser atacado. Por oficio de 22 de noviembre Rondeau explicó los motivos que le habían obligado a retirarse hacia Sipe-Sipe.   Dijo en él: “Entre los motivos que me decidieron a mover el ejército a esta provincia... fue uno de ellos (y acaso el principal) la necesidad de evadir una acción general a que se empeñó a disponer el enemigo desde el momento que obtuvo la pequeña ventaja de Venta y Media, reuniendo y acercando todas sus tropas a dicho punto con el decidido objeto de marchar a Chayanta. Con el movimiento indicado creí desde luego, a más de lograr las ventajas de mejorar de posición y clima, aprovechar los recursos de esta Provincia para la subsistencia de nuestras tropas y rehacer las cabalgaduras, procurando las que se necesitan para montar los escuadrones de caballería que, por falta de ellas, han tenido que hacer sus marchas a pie. .. Mas a pesar de mis esfuerzos creo que, informado el enemigo de que se acercaban las tropas auxiliares de esa Capital, o por alguno de los prisioneros que tomaron en Venta y Media, o por los avisos que, a pesar de mi vigilancia, no dejan de comunicarle sus ocultos parciales, se ha empeñado en perseguirnos en tal manera que no puedo ni tengo ya a dónde retirarme”. 
           
     El 27 de noviembre las fuerzas de Pezuela comenzaron a descender las fragosidades de las cumbres de Viloma hacia el valle de Sipe-Sipe, bajo la protección de una batería colocada en la meseta a media cuesta. En ese ancho escalón de la montaña la tropa pasó la noche y al día siguiente continuó su descenso bajo el fuego de los batallones patriotas. hasta que consiguieron establecerse en el valle, sobre la boca interior de la quebrada, donde tendieron su línea casi paralelamente a la que ocupaba Rondeau. Este había coronado con artillería las lomas aisladas del centro de la llanura, y se había colocado al pie del suave plano inclinado que la domina, emboscado en las huertas de la hacienda del lugar y parapetado en parte por algunas tapias. A su derecha tenía el cauce seco de un río, de manera que un ataque frontal corría el riesgo de ser destruido. 
En la mañana del 29, Pezuela inició un movimiento de flanqueo fuera del alcance de la artillería, corriendo en columna sucesiva por su izquierda hasta formar cuadro.   Después de arengar a sus hombres, se desplegó en línea de batalla dando frente al cauce del río seco antes señalado.    Este movimiento, que lo colocó sobre la derecha de Rondeau, neutralizó en parte las ventajas de la posición de los patriotas, por lo que se dispuso un cambio de frente, de manera que la loma principal quedó colocada al centro, dominando el llano del otro lado del barranco o cauce seco, el cual fue cubierto con guerrillas de infantería apoyadas por la artillería que atacaba los despliegues de las columnas de Pezuela. Cubierta por los accidentes del terreno la infantería fue puesta a retaguardia, y la caballería entre ambos flancos, en actitud de cargar en el momento oportuno. Pezuela avanzó resueltamente, y desplegado en batalla sufrió el fuego de la artillería, pero logró desalojar a las fuerzas situadas en el cauce seco, lanzándose sobre la derecha de la posición, que fue tenazmente defendida, pero debió ceder al fin; a tiempo que la derecha de Pezuela se corría en desfilada a lo largo de dicho cauce, a la vez que amagaba la izquierda patriota. Rota la derecha y en inacción la izquierda batalla estaba perdida para Rondeau bien lo estaba aun antes de darse, pues lo suyo no pasaba de ser un ejército desmoralizado, sin dirección, sin nervio, con una posición puramente defensiva en lugar estimado como inexpugnable. Atacado por donde no se lo esperaba, se vio obligado a seguir los movimientos que le impuso la inacción del adversario.  
    
Fue un combate en el que los granaderos a caballo al mando de Lamadrid llevaron una de las cargas que honran al historial de la caballería argentina pero inútil, “pues ya el pavor se había apoderado de nuestros soldados infantes y no hacían sino huir desesperadamente”, dijo Rondeau en su parte de la batalla. La derrota de Sipe-Sipe fue el broche de una campaña mal dirigida, y el desastre más grande sufrido por las armas de la Revolución después del de Huaqui. El general español García Camba escribió “Fue tan mal organizada la marcha de Pezuela y tan desacertado su plan, que nuestra linea entro en batalla desordenadamente y haciendo fuego sin orden. Si Rondeau hubiese empleado su columna bien dirigida, es muy probable que el resultado hubiese sido distinto. Pero el General enemigo enemigo acreditó toda su insuficiencia, y la gente que mandaba, su inferioridad a la nuestra". Confirma esta opinión el general José María Paz al decir: “El ejército, [de Rondeau] estaba vencido antes antes de combatir, por la anarquía e insubordinación en que se hallaba. Reinaba tal desorden que nadie regía las marchas.”