Rosas

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lunes, 29 de febrero de 2016

Recordando a Pancho Zeballos

Por el Prof. Jbismarck
Soldados gauchos fueron los que pusieron el pecho a las balas, los primeros en padecer la derrota y los últimos en tener el reconocimiento del triunfo, solamente reservado a los jefes u oficiales que los mandaban.    Apenas algún relato los ha salvado de la sombra póstuma:  ¿Por qué habría de sostenerse que Juan Bautista Cabral fue “sargento” cuando en verdad era un simple soldado de raza negra que se jugó por su jefe, el Teniente Coronel José de San Martín, en la batalla de San Lorenzo en 1813?  ¿Quién se acuerda del gaucho Lorenzo López que salvó la vida de Juan Martín de Pueyrredón cuando las Invasiones Inglesas, en la batalla de Perdriel.  

En la época de Rosas, sobresale nítidamente Francisco Zeballos, el captor del general unitario José María Paz ;  Sin embargo, no hay certezas sobre su fecha de nacimiento, ni de aspectos de su vida.   El tiro de boleadoras que le propinó a Paz el 10 de mayo de 1831, en el paraje El Tío, provincia de Córdoba, es casi la única referencia de este gaucho que modificó, con un acto criollísimo, buena parte de los acontecimientos políticos de la primera mitad del siglo XIX.  En efecto, el General Paz con su preparado ejercito intento sorprender a los federales y atacar al Gobierno de Santa Fe.  Francisco Zeballos se había incorporado como soldado en el ejército santafecino del brigadier general Estanislao López, federal, aliado y amigo del general Rosas, revistando en un Escuadrón que estaba bajo las órdenes del capitán Esteban Acosta, hombre éste de la División del comandante Reynafé.    
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Durante el año 1831, Zeballos fue parte de la avanzada de los ejércitos federales que se adentraron en la provincia de Córdoba para expulsar y, en lo posible,terminar con el peligro del ejercito unitario del Manco Paz.  En las proximidades de El Tío (Córdoba), se producen enfrentamientos entre avanzadas, al escuchar los tiros, el General Paz quiso saber qué estaba pasando, se aproximó al lugar de combate, compañado por un ayudante, un ordenanza y un vaqueano.  Cuando caían las últimas luces del día se vieron rodeados por un grupo de hombres con la divisa blanca y Paz creyó en todo momento que eran hombres de sus tropas y avanzó hacia ellos, pero era una trampa.  Sorpresivamente, Paz dio media vuelta a su caballo y se dirigió al galope hacia su propio ejército.  Al mismo tiempo, un certero tiro de bolas a las patas del caballo termina por dar por tierra con el jinete, el que se rinde al verse rodeado. 
 El estratega cayó ante la picardía del soldado Zevallos que le boleó el caballo.  En sus Memorias, Paz se refiere al momento en que su caballo fue boleado, antes de ser tomado prisionero:  “El ordenanza que mandé no volvió, y la causa fue que, habiendo dado con los enemigos, fue perseguido por éstos y escapó, pero tomando otra dirección, de modo que nada supe.  Mientras tanto seguía yo la senda, y viendo la tardanza del ordenanza y del oficial que había mandado buscar, e impaciente, por otra parte, porque se aproximaba la noche y se me escapaba un golpe seguro a los enemigos, mandé al oficial que iba conmigo, que era el teniente Arana, con el mismo mensaje que había llevado mi ordenanza, pero recuerdo que se lo encarecí más, y le recomendé la precaución.  Se adelantó Arana y yo continué tras él mi camino; ya estábamos a la salida del bosque; ya los tiros estaban sobre mí; ya por bajo la copa de los últimos arbolillos distinguía a muy corta distancia los caballos, sin percibir aún los jinetes; ya, al fin, los descubrí del todo, sin imaginar siquiera que fuesen enemigos y dirigiéndome siempre a ellos.  En este estado, vi al teniente Arana que lo rodeaban muchos hombres, a quienes decía a voces: allí está el general Paz, aquél es el general Paz, señalándome con la mano; lo que robustecía la persuasión en que estaba de que aquella tropa era mía.  Sin embargo, vi en aquellos momentos una acción que me hizo sospechar lo contrario, y fue que vi levantados, sobre la cabeza de Arana, uno o dos sables, en acto de amenaza.  Mil ideas confusas se agolparon en mi imaginación; ya se me ocurrió que podían haber desconocido los nuestros; ya que podía ser un juego o chanza, común entre militares; pero vinieron en fin, a dar vigor a mis primeras sospechas, las persuasiones del paisano que me servía de guía, para que huyese, porque creía firmemente que eran enemigos.  Entretanto, ya se dirigía a mí aquella turba, y casi me tocaba, cuando, dudoso aún, volví las riendas a mi caballo y tomé un galope tendido.  Entre multitud de voces que me gritaban que hiciera alto, oía con la mayor distinción una que gritaba a mi inmediación: párese mi General; no le tiren que es mi General; no duden que es mi General; y otra vez, párese mi General.  Este incidente volvió a hacer renacer en mí la primera persuasión, de que era gente mía la que me perseguía, desconociéndome, quizá, por la mudanza de traje.  En medio de esta confusión, de conceptos contrarios y ruborizándome de aparecer fugitivo de los míos, delante de la columna que había quedado ocho o diez cuadras atrás, tiré las riendas a mi caballo y, moderando en gran parte su escape, volví la cara para cerciorarme; en tal estado fue que uno de los que me perseguían, con un acertado tiro de bolas, dirigido de muy cerca, que inutilizó a mi caballo, me impidió continuar la retirada.  Este se puso a dar terribles corcovos, con que mal de mi grado me hizo venir a tierra.   En el mismo momento me vi rodeado por doce o catorce hombres que me apuntaban sus carabinas, y que me intimaban que me rindiese; y debo confesar que aun en este instante no había depuesto del todo mis dudas sobre la clase de hombres que me atacaban, y les pregunté con repetición quiénes eran y a qué gente pertenecían; mas duró poco el engaño, y luego supe que eran enemigos, y que había caído del modo más inaudito en su poder.  No podía dar un paso, ninguna defensa me era posible, fuerza alguna de la que me pertenecía se presentaba por allí; fue, pues, preciso resignarme y someterme a mi cruel destino”.    
  Primero, la felicitación del gobernador de Santa Fe, Estanislao López, quien en carta dirigida también a Rosas el mismo día que el Parte anterior, pone que “El Soldado Francisco Zeballos, a cuyo brazo debemos presa tan importante, remite como prueba de su estimación, aunque no tiene el gusto de conocerlo el fiador y manea que usaba el Protector (Paz), y las bolas con que le sujetó el caballo”.  Los objetos capturados al “manco” Paz son ahora reliquias históricas, lo mismo las boleadoras que le han dado caza.   Los Santafesinos lo trataron muy bien al General Paz  y en lugar del pelotón de fusilamiento (como el mismo Paz hacia cumplir con los prisioneros o jefes federales  capturados según lo explicado por Alberto Ezcurra medrano en las “Otras Tablas de Sangre”) lo envían detenido a Santa Fe, convirtiéndose en el preso más ilustre. El 15 de mayo de 1831, a las cuatro de la tarde -el Manco de Oncativo y La Tablada- ingresó a la prisión de la Aduana.  En la Aduana su habitación era la tercera ventana del segundo piso, su vida en prisión fue relatada por el mismo en sus Memorias Póstumas.  Paz estuvo preso en la Aduana de Santa Fe desde el 15 de mayo de 1831 hasta el 6 de septiembre de 1835, fecha en que fue trasladado a Luján (Bs As)  donde prosiguió su cautiverio.  Juan Manuel de Rosas ordena a las autoridades del Cabildo de Luján que le guarden consideración; le manda libros; le acuerda el grado de General de la Provincia de Buenos Aires, y le paga su sueldo íntegro, inclusive sus sueldos atrasados. Rosas, lógicamente, ha debido fusilar a Paz, así como Lavalle fusiló a Dorrego. Es la ley de los tiempos. Pero “el monstruo” no lo fusila y lo trata con la mayor humanidad y hasta con excepcional consideración.    En 1839 olvidando su promesa de no tomar las armas contra quien le perdona su vida, rompe su palabra de honor y abandona la ciudad y se pone al frente del ejército correntino, en contra de Rosas.                                                                                                                                                                             Zeballos fue ascendido al grado de capitán de la Caballería del Ejército Federal Confederado, que mandaba el general santafecino López.  Como buen patriota y gaucho no dejó la lucha por los honores, y por eso se halló dos años más tarde, el 14 de julio de 1833, en la batalla de Piedra Blanca, provincia de Córdoba, donde cayó muerto en combate.   Por entonces en las postas y pulperías se escuchaba: Viva ese soldado Zeballos  que al manco lo sujetó con un buen tiro de bolas contra la tierra lo dio. Viva ese gaucho Zeballos que al manco aprisionó, con un buen tiro de bolas a su caballo bolió.   

1 comentario:

  1. Es probable que a Paz le salvo la vida tambien el hecho que no haya ejecutado a Felix Aldao (llamado por los unitarios "el fraile apostata"), capturado en Oncativo. Desde Mendoza,el unitario Godoy Cruz lo reclamaba para juzgarlo, lo que hubiera significado la muerte de Aldao, cuyos dos hermanos fueron asesinados y no muertos en combate franco. Cabe recordar que "ese monstruo sediento de sangre segun Sarmiento", al ser gobernador de Mendoza, permitio la vuelta de Godoy Cruz, al cual no molesto en lo mas minimo.

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