Rosas
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jueves, 19 de septiembre de 2024
miércoles, 31 de agosto de 2022
SARMIENTO CONTRA URQUIZA ¿PORQUE ASESINÓ A CHILAVERT?
Carta de YUNGAY....SARMIENTO SINCERO....LE PREGUNTA AL TRAIDOR ¿PORQUE ASESINÓ A URQUIZA? ¿PORQUE COLGÓ A CIENTOS DE SOLDADOS EN PALERMO DE SAN BENITO?
jueves, 30 de septiembre de 2021
Urquiza, el Jefe Traidor a la Confederación Argentina según Domingo Faustino Sarmiento
Por el Prof. Jbismarck
La carta de Yungay, así llamada, es una de las más famosas de Sarmiento en contra de Urquiza y forma parte del gran ataque que llevó a Alberdi. Desnuda a sus enemigos sin piedad, convencido de sus verdades y arrastrado por algunos errores, posiblemente no intencionales. Urquiza se calló, pues tenía cosas más importantes que hacer. En su carta. Sarmiento recordaba a Urquiza cómo había tratado de asegurarse el dominio de Buenos Aires y del Congreso. En efecto: había hecho nombrar diputados a Leiva, "su ministro de Entre Ríos; a Elias, a quien hacía morder con el perro Purvis para divertirse y vejarlo; al muchacho Seguí, a su edecancito, Huergo, y extraño no ver a Laguitos y a don Diógenes, y el resto de la familia en lugar de Guido, García. Anchorena. Arana, Pacheco, hombres de respeto y consideración, ya que Alsina, Pórtela. Veloz, Domínguez, Tejedor, Sarmiento y tantos otros podrían ser tachados de unitarios salvajes".
Urquiza había insinuado a Sarmiento, en Gualeguayehú, que, no bien libertada la república, se retiraría a su casa. En vez de hacer esto había dejado dos batallones correntinos en custodia de la ciudad al mando de Piran. Los antiguos sostenedores de Rosas —Anchorena. Arana, Costa, Lagos y otros— no estaban diispuestos a servir a Urquiza. "¿Qué son los hombres —preguntaba Sarmiento a Urquiza— bestias de posta, indiferentes al que las ha de ensillar?. Los intereses de Buenos Aires unían a rosistas y antirosistas frente al enemigo común que era Urquiza. Sarmiento le aconsejaba, sabiendo' que no lo haría, disolver el Congreso que había reunido, alejar a "sus sirvientes Elias , Seguí, Leiva, Huergo, Gorostiaga, que están diciendo a gritos lo que hay en el fondo", y convocar un nuevo congreso en el cual debían entrar "los señores Alberdi, Guido, Alsína, Anchorena, López, Domínguez, Mitre, Lagos, Vélez, Carril, Pilco, los generales Pacheco, Pinto y Oro, Aberastain, Mármol, Sarmiento, hombres de saber, de prestigio, de autoridad, de conocimientos".
Sarmiento no olvidaba la muerte de Chilavert y de los cientos de la división Aquino, "degollados o fusilados en Palermo, a doscientos pasos de la puerta de su habitación, y cuya putrefacción apestaba el aire. Yo fui a ver el cadáver de Chilavert, hinchado, desfigurado, comido, supurando, diez días después de su ejecución". El mariscal Márquez, el jefe brasileño, estaba espantado. "¿Por qué mató, general, a Chilavert al día siguiente de la batalla, después de la conversación que tuvieron? " Todo el ejército se quedó asombrado, sin saber por qué causa secreta, pues aparente no había, se deshacía de Chilavert. Muchos días después, contemplando con Mitre su cadáver desfigurado, ¿a quién habrá degollado el general en este pobre Chilavert?, me debía. No sé por qué me parece, replicábale yo, que es al artillero científico, a fin de que su Piran no tenga rival". Chilavert se había pasado a Rosas, pero no lo había servido en la mazorca ni en las expoliaciones.
La alianza con el Brasil había hecho mucho daño a Urquiza. Este lo sabía y había alejado a los brasileños en todos los sentidos. Sólo había admitido su dinero. El enviado del emperador, Carnoiro Leao, había expresado ante Sarmiento: "iSí, los millones con que hemos tenido que comprarlo para derrocar a Rosas! ¡Todavía después de entrar a Buenos Aires quería que le diesen los cien mil duros mensuales mientras obscurecía el brillo de nuestras armas en Monte Caseros para atribuirse solo los honores de la victoria!". Las provincias revivían sus ataques a los" porteños. Olvidaban que si Buenos Aires habían aniquilado a las provincias "ha sido por la mano de los provincianos Benavidez. Virasoro, López, Urquiza, sus ciegos instrumentos, sus vendidos verdugos". Urquiza era el que más prisioneros había degollado. La piel de Berón de Astrada, con la cual se hahía hecho una manea, la había sacado un muchacho que servía a la mesa de Urquiza. Nadie ignoraba que este gobernador había sido rosista hasta que comprendió que Rosas jamás iba a reunir un Congreso ni permitir la navegación en los ríos. Urquiza se rodeaba, según Sarmiento, de hombres "obscurísimos, como Elias, Seguí, Huerguito y tanto otro badulaque que ha mandado al Congreso, y el clérigo Peña, ¿hay algo más obscuro y despreciado?".
La carta de Yungay causó sensación. Sarmiento era diputado por San Juan, Continuó sus reflexiones políticas en otros escritos. ¿Quiénes habían impedido que se constituyese el país? los caudillos: López, Bustos, Quiroga. Urquiza no había querido tocar a los caudillos del tiempo de Rosas. La Constitución debía ser "un arreglo cntre los propietarios feudales". En veinticuatro horas, con las piezas fraguadas en Palermo, se llegó al Acuerdo de San Nicolás. Este arreglo hecho entre los lobos levantó las protestas de cinco de las diez provincias convocadas. San Juan depuso a Benavidez; Tucumán, a Gutiérrez; Córdoba, a López; Corrientes, a Virasoro, y Buenos Aires, a López
El Congreso debía reunirse en Santa Fe , que no tenía prensa, correos, ni casi población. Urquiza había traído el Congreso frente a su casa. Sarmiento analizó todios los defectos del tratado de San Nicolás. le escribe Sarmiento a Mitre:
«No deje cicatrizar la herida de Pavón. Urquiza debe desaparecer de la escena, cueste lo que cueste. Southampton o la horca.»
Domingo F. Sarmiento
jueves, 28 de febrero de 2019
Martiniano Chilavert
Asi
cayó. Encomendando
Su
alma a Dios y carajeando a sus matadores:
porque
de vez en cuando
conviene
sacudirse del cuerpo los rencores.
Y
nada para eso,
nada
más oportuno
que
aprovechar el último suceso:
cuando
le da a la muerte por meterse con uno.
Cayó
de frente, herido de un tiro entre los ojos, y el corazón partido
por
el fierro ciruja, mendicante, de quemas y despojos.

Porque
él había jurado ante la Patria rota
morir
así, de frente, sosteniéndola, por su honor de soldado, la vista a la derrota.
Contra
él nada pudo,
sino
matarle el odio brasilero.
(A
Dios se le hizo un nudo
en
la garganta, cuando vio el desafuero.)
Pero
él murió de frente, como tenía
calculado
morir, mientras de repente se le acabó la pólvora de su batería.
La
perrada extranjera
exigía
el tributo
de
su sangre, para que fuera
mayor
el deshonor, mayor el luto.
(Porque
usted, Coronel,
era
la Patria; la Patria que, de borbotón en borbotón, estrujando un clavel
entre
las manos, pisaba el último escalón.)
Ignacio
Anzoátegui
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Anzoátegui Ignacio,
Chilavert Martiniano
jueves, 20 de octubre de 2016
Don Manuel Oribe y "Arroyo Grande"
Por el Profesor Jbismarck
Manuel Oribe había nacido en Montevideo en 1792. Su vida estuvo estrechamente vinculada a la Argentina, como que en su territorio transcurrieron 10 de los 45 años de su vida pública.
El Segundo Jefe de los Treinta y Tres Orientales participó de un sinnúmero de combates y batallas: el Cerrito, Sarandí, El Cerro, Embú, Bacacay, Ituzaingó, Sauce Grande, Quebracho Herrado, Famaillá. Pero ninguna tan importante como Arroyo Grande. En Arroyo Grande se alinearon, de un lado, el Ejército Unido de la Confederación Argentina, integrado por Orientales y Argentinos, y del otro lado el Ejército Aliado comandado por Fructuoso Rivera, también integrado por Orientales y Argentinos (El ejército correntino de 2500 hombres, las fuerzas Santafesinas de "Mascarilla" López, de 1.000 hombres y las entrerrianas de Hornos, unos 1500).
Es decir que en Arroyo Grande no se enfrentaron Argentinos y Uruguayos, como puede desprenderse de una interpretación con pautas contemporáneas, sino dos bandos -Federales y Unitarios o Blancos y Colorados-, que encarnaban proyectos distintos, que eran como dos visiones contrapuestas de la patria. Por una parte el sentimiento americano, el país hispano criollo, alimentado por la tierra y las tradiciones nacionales, defensor del crecimiento autonómico, y por otra parte el unitarismo centralista, porteño, con sus modismos europeos, apoyados por las escuadras inglesa y francesa andadas en el Plata. Sin esta aclaración no se entiende nada. La historia todavía era una y la vida de nuestros pueblos estaba entrelazada. Oribe, como Rosas, y al igual que San Martín, Bolívar y Artigas, nacieron y se criaron en el espacio hispánico, poseían una visión continental. Sin embargo, 1a fragmentación de América en una veintena de repúblicas terminó por encerrar a estos héroes de la Patria Grande en sus países de nacimiento. Y así, San Martín es un Argentino a secas; Bolívar, un venezolano solamente; y Artigas, un Uruguayo y nada más. Lo mismo pasó con Oribe, convertido en héroe Uruguayo, cuando es un prohombre americano. Oribe llegó a Buenos Aires en 1838 después de ser desalojado del poder en la República Oriental por una Alianza de Unitarios y Colorados acaudillada por Lavalle y Rivera y respaldada por la intervención francesa; que en 1839 llega a Entre Ríos y reorganizó sus fuerzas expatriadas al servicio de la Confederación y su causa; que en 1840 Rosas lo designó Comandante en Jefe Interino de Ejército Unido de Vanguardia de la Confederación Argentina; que durante ese año 1841 persiguió a Lavalle hasta Jujuy, donde muere el Jefe unitario, quedando pacificado el interior; y que, en 1842, ante el estallido de otra intentona revolucionaria en el litoral a manos del General Paz, que triunfa sobre Echagüe en Caaguazú, retorna a estas tierras y sorprende a Rivera, al frente ahora de la formidable coalición unitaria, y que en 1843 pone sitio en Montevideo para reconquistar su gobierno. Oribe recorrió más de 1000 leguas en esta campaña, más de 500 km. a caballo, a pie, en carro... del Plata a Los Andes, de Buenos Aires a Tarija en los confines con Bolivia, de Tucumán a Arroyo Grande, de Jujuy a Montevideo ... Verdadera epopeya épica. Desde las campañas de la Independencia no se asistía a semejante esfuerzo, que se puede explicar únicamente porque aquellos varones poseían una visión continental y consideraban a América como su Patria. l general José María Paz se puso al frente del ejército correntino y venció al gobernador entrerriano, brigadier Pascual Echagüe en la batalla de Caaguazú. A continuación invadió Entre Ríos y, mientras su nuevo gobernador, brigadier Justo José de Urquiza, se refugiaba en Buenos Aires, se hizo nombrar gobernador. Pero el gobernador correntino, brigadier Pedro Ferré se negó a apoyarlo y se marchó a Corrientes. El presidente Rivera invadió Entre Ríos, pero se quedó junto al río Uruguay. Mientras tanto, el gobernador de la provincia de Santa Fe, brigadier Juan Pablo López, se pronunció contra Rosas y enfrentó (sin ayuda exterior alguna) la invasión de Oribe. Fue derrotado y huyó hacia Entre Ríos. Falto de apoyo, Paz se retiró hacia el este y puso su pequeño ejército a disposición de Rivera, yendo después a Montevideo. Rivera se puso al mando de una alianza entre el gobierno uruguayo, el de Corrientes, el expulsado de Santa Fe, y el de Paz en Entre Ríos. Como se puede ver, la participación de Paz y de López era simplemente nominal, fuera de unos pocos oficiales emigrados.
Manuel Oribe había nacido en Montevideo en 1792. Su vida estuvo estrechamente vinculada a la Argentina, como que en su territorio transcurrieron 10 de los 45 años de su vida pública.
El Segundo Jefe de los Treinta y Tres Orientales participó de un sinnúmero de combates y batallas: el Cerrito, Sarandí, El Cerro, Embú, Bacacay, Ituzaingó, Sauce Grande, Quebracho Herrado, Famaillá. Pero ninguna tan importante como Arroyo Grande. En Arroyo Grande se alinearon, de un lado, el Ejército Unido de la Confederación Argentina, integrado por Orientales y Argentinos, y del otro lado el Ejército Aliado comandado por Fructuoso Rivera, también integrado por Orientales y Argentinos (El ejército correntino de 2500 hombres, las fuerzas Santafesinas de "Mascarilla" López, de 1.000 hombres y las entrerrianas de Hornos, unos 1500).
Es decir que en Arroyo Grande no se enfrentaron Argentinos y Uruguayos, como puede desprenderse de una interpretación con pautas contemporáneas, sino dos bandos -Federales y Unitarios o Blancos y Colorados-, que encarnaban proyectos distintos, que eran como dos visiones contrapuestas de la patria. Por una parte el sentimiento americano, el país hispano criollo, alimentado por la tierra y las tradiciones nacionales, defensor del crecimiento autonómico, y por otra parte el unitarismo centralista, porteño, con sus modismos europeos, apoyados por las escuadras inglesa y francesa andadas en el Plata. Sin esta aclaración no se entiende nada. La historia todavía era una y la vida de nuestros pueblos estaba entrelazada. Oribe, como Rosas, y al igual que San Martín, Bolívar y Artigas, nacieron y se criaron en el espacio hispánico, poseían una visión continental. Sin embargo, 1a fragmentación de América en una veintena de repúblicas terminó por encerrar a estos héroes de la Patria Grande en sus países de nacimiento. Y así, San Martín es un Argentino a secas; Bolívar, un venezolano solamente; y Artigas, un Uruguayo y nada más. Lo mismo pasó con Oribe, convertido en héroe Uruguayo, cuando es un prohombre americano. Oribe llegó a Buenos Aires en 1838 después de ser desalojado del poder en la República Oriental por una Alianza de Unitarios y Colorados acaudillada por Lavalle y Rivera y respaldada por la intervención francesa; que en 1839 llega a Entre Ríos y reorganizó sus fuerzas expatriadas al servicio de la Confederación y su causa; que en 1840 Rosas lo designó Comandante en Jefe Interino de Ejército Unido de Vanguardia de la Confederación Argentina; que durante ese año 1841 persiguió a Lavalle hasta Jujuy, donde muere el Jefe unitario, quedando pacificado el interior; y que, en 1842, ante el estallido de otra intentona revolucionaria en el litoral a manos del General Paz, que triunfa sobre Echagüe en Caaguazú, retorna a estas tierras y sorprende a Rivera, al frente ahora de la formidable coalición unitaria, y que en 1843 pone sitio en Montevideo para reconquistar su gobierno. Oribe recorrió más de 1000 leguas en esta campaña, más de 500 km. a caballo, a pie, en carro... del Plata a Los Andes, de Buenos Aires a Tarija en los confines con Bolivia, de Tucumán a Arroyo Grande, de Jujuy a Montevideo ... Verdadera epopeya épica. Desde las campañas de la Independencia no se asistía a semejante esfuerzo, que se puede explicar únicamente porque aquellos varones poseían una visión continental y consideraban a América como su Patria. l general José María Paz se puso al frente del ejército correntino y venció al gobernador entrerriano, brigadier Pascual Echagüe en la batalla de Caaguazú. A continuación invadió Entre Ríos y, mientras su nuevo gobernador, brigadier Justo José de Urquiza, se refugiaba en Buenos Aires, se hizo nombrar gobernador. Pero el gobernador correntino, brigadier Pedro Ferré se negó a apoyarlo y se marchó a Corrientes. El presidente Rivera invadió Entre Ríos, pero se quedó junto al río Uruguay. Mientras tanto, el gobernador de la provincia de Santa Fe, brigadier Juan Pablo López, se pronunció contra Rosas y enfrentó (sin ayuda exterior alguna) la invasión de Oribe. Fue derrotado y huyó hacia Entre Ríos. Falto de apoyo, Paz se retiró hacia el este y puso su pequeño ejército a disposición de Rivera, yendo después a Montevideo. Rivera se puso al mando de una alianza entre el gobierno uruguayo, el de Corrientes, el expulsado de Santa Fe, y el de Paz en Entre Ríos. Como se puede ver, la participación de Paz y de López era simplemente nominal, fuera de unos pocos oficiales emigrados.
De todos
modos, Rivera dominaba el este de la provincia de Entre Ríos, y hacia allí se
dirigió Oribe. Poco antes de que Oribe comenzara a moverse, las vanguardias de
ambos ejércitos chocaron sobre un paso del río Gualeguay, quedando los
entrerrianos de Urquiza vencidos por los santafesinos emigrados de Juan Pablo
López.
Para unir
sus tropas a las correntinas, Rivera las trasladó hacia el noreste de la
provincia. Allí recibió un fuerte apoyo del ejército correntino, al mando del
general Manuel Ramírez, en el que figuraban el general José Domingo Ábalos y
los coroneles Joaquín y Juan Madariaga, Benjamín Virasoro y Manuel Hornos. El ejército aliado colorado-unitario estaba
formado por más de 7.500 hombres (2.000 infantes y 5.500 jinetes), orientales
en su mayoría y 16 piezas de artillería (14 cañones y 2 obuses). Sus soldados
provenían en su mayoría de las provincias argentinas de Corrientes (2.500-2.900
hombres), Santa Fe (1.000) y Entre Ríos (1.500). A los que se sumaban cerca de
2.000 orientales.7 Su jefe de estado mayor era el coronel Elías Galván. Por su parte, el ejército de Oribe estaba
compuesto por 9.000 hombres (2.500 infantes, porteños en su mayoría, 6.500
jinetes porteños y entrerrianos) y 18 piezas de artillería.2 De estos unos mil
eran orientales.
La
artillería de Rivera era ligeramente superior en número, pero caería
rápidamente en manos enemigas. La caballería de Oribe era bastante más
numerosa, mientras su infantería era casi el doble de la enemiga. El jefe de
estado mayor de Oribe era su sobrino, coronel Francisco Lasala, quien
reemplazaba al coronel mayor Eugenio Garzón, que se había separado del ejército
por desavenencias con el general en jefe. Rosas
llamó a su edecán Antonino Reyes y le dijo:
- “Dentro de poco vendrá Mr. Mandeville, usted entrará a darme cuenta de que las divisiones del ejército de Vanguardia están a pie, que no se ha empezado a pasar por el Tonelero los pocos caballos que hay, que por esto y la falta de armas el ejército no puede iniciar operaciones. Yo insistiré para que usted hable en presencia del Ministro". Media hora después entró Mr. Mandeville. Asegurábale a Rosas que se esforzaría para que terminase dignamente la cuestión entablada, cuando se presentó Reyes a dar cuenta de lo que, con carácter urgente, avisaban del ejército de Vanguardia.
- “Diga Ud. -ordenóle Rosas-, el señor Ministro es un amigo del país y hombre de confianza.”
Reyes habló, y Rosas se levantó irritadísimo, exclamando: -“Vaya Ud., señor, y dirija una nota para el jefe de las caballadas haciéndole responsable del retardo en entregar los caballos para el ejército de Vanguardia, y otra en el mismo sentido al jefe del convoy. Tráigame pronto sus notas, para firmarlas...” Y como Mr. Mandeville quisiera calmarlo, arguyendo que quizás a esas horas ya todo había llegado a su destino:
-“¡No señor, no puede haber llegado todavía!... y si el "pardejón" supiera aprovecharse... ¡así es como vienen los contrastes, así es como vienen!”, decía Rosas cada vez más agitado.
Mr. Mandeville pidió licencia para retirarse. Inmediatamente Rosas ordenó al capitán del puerto que vigilase los movimientos de la rada. Esa misma noche tuvo parte de que salía para Montevideo un lanchón en el cual iba un hombre de confianza de Mr. Mandeville. Transmitiría lo que el diplomático inglés había escuchado “de boca del Restaurador". la falsa información de Mendeville, Rivera eligió mal el campo de batalla. En las condiciones en que iba a luchar, debería haber anulado la diferencia numérica eligiendo un campo estrecho. Pero eligió un área bien abierta, donde la caballería pudiera maniobrar. Por otro lado, tuvo que luchar prácticamente con el río Uruguay a su espalda, ya que el gobernador Ferré había prohibido a sus fuerzas cruzarlo hacia el Uruguay, donde Rivera hubiera tenido amplias ventajas. Otro de sus errores fue dejar como reserva a la caballería correntina, la única que mantenía alta la moral, ensoberbecida después de Caaguazú. En la mañana del 6 de diciembre la caballería de Rivera se lanzó al ataque, siendo inmediatamente contenida por la artillería e infantería federales. El extremo derecho de la caballería federal, al mando del coronel Ignacio Oribe (hermano del general en jefe), rodeó a los unitarios que tenía enfrente, al mando del general Juan Pablo López, y apoyó el ataque del ala derecha federal, compuesta por las fuerzas entrerrianas del general Urquiza, gobernador de la provincia. Tras algunas indecisiones, el gobernador entrerriano logró llevar de nuevo sus hombres al ataque. En sus filas figuraban los futuros generales Miguel Galarza, José Miguel Galán y Ricardo López Jordán. Al mismo tiempo, la extrema izquierda federal, mandada por el coronel Servando Gómez, apoyó el avance del ala izquierda, mandada por el coronel José María Flores, contra las fuerzas orientales del coronel Pedro Mendoza. Si bien la caballería unitaria de este lado logró hacer retroceder a los federales, la herida y posterior muerte de Mendoza desorientó a sus hombres, que abandonaron el campo de batalla. En las filas de Flores estaban los coroneles porteños Cayetano Laprida, Vicente González, Nicolás Granada y el futuro caudillo federal Juan de Dios Videla. Si bien la caballería federal logró ventajas evidentes, fue el centro el que decidió la batalla. La infantería del general Ángel Pacheco atacó a la artillería oriental, mandado por el coronel Santiago Lavandera (sobrino de Rivera) y dividida en dos fracciones, al mando de los coroneles unitarios Martiniano Chilavert y José María Pirán. Las divisiones federales de los coroneles Mariano Maza, Pedro Ramos, Jerónimo Costa, Cesáreo Domínguez y Marcos Rincón avanzaron hasta los cañones a paso rápido y desplazaron a los artilleros. Este ataque estuvo apoyado por la artillería del coronel Juan Bautista Thorne y del teniente coronel José María Francia.
- “Dentro de poco vendrá Mr. Mandeville, usted entrará a darme cuenta de que las divisiones del ejército de Vanguardia están a pie, que no se ha empezado a pasar por el Tonelero los pocos caballos que hay, que por esto y la falta de armas el ejército no puede iniciar operaciones. Yo insistiré para que usted hable en presencia del Ministro". Media hora después entró Mr. Mandeville. Asegurábale a Rosas que se esforzaría para que terminase dignamente la cuestión entablada, cuando se presentó Reyes a dar cuenta de lo que, con carácter urgente, avisaban del ejército de Vanguardia.
- “Diga Ud. -ordenóle Rosas-, el señor Ministro es un amigo del país y hombre de confianza.”
Reyes habló, y Rosas se levantó irritadísimo, exclamando: -“Vaya Ud., señor, y dirija una nota para el jefe de las caballadas haciéndole responsable del retardo en entregar los caballos para el ejército de Vanguardia, y otra en el mismo sentido al jefe del convoy. Tráigame pronto sus notas, para firmarlas...” Y como Mr. Mandeville quisiera calmarlo, arguyendo que quizás a esas horas ya todo había llegado a su destino:
-“¡No señor, no puede haber llegado todavía!... y si el "pardejón" supiera aprovecharse... ¡así es como vienen los contrastes, así es como vienen!”, decía Rosas cada vez más agitado.
Mr. Mandeville pidió licencia para retirarse. Inmediatamente Rosas ordenó al capitán del puerto que vigilase los movimientos de la rada. Esa misma noche tuvo parte de que salía para Montevideo un lanchón en el cual iba un hombre de confianza de Mr. Mandeville. Transmitiría lo que el diplomático inglés había escuchado “de boca del Restaurador". la falsa información de Mendeville, Rivera eligió mal el campo de batalla. En las condiciones en que iba a luchar, debería haber anulado la diferencia numérica eligiendo un campo estrecho. Pero eligió un área bien abierta, donde la caballería pudiera maniobrar. Por otro lado, tuvo que luchar prácticamente con el río Uruguay a su espalda, ya que el gobernador Ferré había prohibido a sus fuerzas cruzarlo hacia el Uruguay, donde Rivera hubiera tenido amplias ventajas. Otro de sus errores fue dejar como reserva a la caballería correntina, la única que mantenía alta la moral, ensoberbecida después de Caaguazú. En la mañana del 6 de diciembre la caballería de Rivera se lanzó al ataque, siendo inmediatamente contenida por la artillería e infantería federales. El extremo derecho de la caballería federal, al mando del coronel Ignacio Oribe (hermano del general en jefe), rodeó a los unitarios que tenía enfrente, al mando del general Juan Pablo López, y apoyó el ataque del ala derecha federal, compuesta por las fuerzas entrerrianas del general Urquiza, gobernador de la provincia. Tras algunas indecisiones, el gobernador entrerriano logró llevar de nuevo sus hombres al ataque. En sus filas figuraban los futuros generales Miguel Galarza, José Miguel Galán y Ricardo López Jordán. Al mismo tiempo, la extrema izquierda federal, mandada por el coronel Servando Gómez, apoyó el avance del ala izquierda, mandada por el coronel José María Flores, contra las fuerzas orientales del coronel Pedro Mendoza. Si bien la caballería unitaria de este lado logró hacer retroceder a los federales, la herida y posterior muerte de Mendoza desorientó a sus hombres, que abandonaron el campo de batalla. En las filas de Flores estaban los coroneles porteños Cayetano Laprida, Vicente González, Nicolás Granada y el futuro caudillo federal Juan de Dios Videla. Si bien la caballería federal logró ventajas evidentes, fue el centro el que decidió la batalla. La infantería del general Ángel Pacheco atacó a la artillería oriental, mandado por el coronel Santiago Lavandera (sobrino de Rivera) y dividida en dos fracciones, al mando de los coroneles unitarios Martiniano Chilavert y José María Pirán. Las divisiones federales de los coroneles Mariano Maza, Pedro Ramos, Jerónimo Costa, Cesáreo Domínguez y Marcos Rincón avanzaron hasta los cañones a paso rápido y desplazaron a los artilleros. Este ataque estuvo apoyado por la artillería del coronel Juan Bautista Thorne y del teniente coronel José María Francia.
La reserva
unitaria, formada por los correntinos del general Ramírez “chico”, tuvo que
lanzarse a la lucha muy temprano para defender las posiciones de las alas de
caballería, por lo que no pudo ser utilizada más tarde. La reserva federal, en
cambio, al mando del coronel Manuel Urdinarrain, tuvo la oportunidad de apoyar
alternativamente a Urquiza y a Gómez.
La
infantería y artillería de Rivera, separadas de las alas de caballería, se
retiraron lentamente, perdiendo en su marcha varios oficiales, como los coroneles
Francisco Sayós, Joaquín de Vedia, Bernardo Henestrosa y Nicolás Tedeschi,
quien se suicidó para no rendirse. Los
vencidos tuvieron 2.000 muertos y 1.400 prisioneros, perdiendo, además, la
artillería, la munición y 24.000 caballos.1 Toda la artillería y la infantería
cayeron en poder del enemigo; mientras los soldados se incorporaron al ejército
de Oribe. En particular, los blancos uruguayos se ensañaron con los colorados,
ya que los consideraban traidores por haber derrocado al gobierno legal con
ayuda extranjera. Las bajas de los federales sumaron 300 entre muertos y
heridos. La caballería vencida, en
cambio, logró retirarse sin demasiadas pérdidas. Por supuesto, se dividió entre
los orientales (y los santafesinos de López), que cruzaron el río hacia
Montevideo, y los correntinos que regresaron a su provincia. En el mando de los
primeros se destacaron los coroneles Anacleto Medina y Manuel Olazábal, que
reorganizaron relativamente las fuerzas.
"Todo se perdió", relata Díaz, "hasta el
honor." Engañado y completamente vencido, don Fructuoso Pardejón Rivera escapó
"arrojando su chaqueta bordada, su espada de honor y sus pistolas". Nadando…...
("Pardejón": Apodo dado por Rosas a Fructuoso Rivera. En La Gaceta
Mercantil del 22 de junio de 1843, se explicó el sentido del mote, tan conocido
por entonces, que Rosas aplicó al caudillo uruguayo. “Pardejón – dice el
redactor - , significa el macho toruno que llega a encontrarse en algunas crías
tan malísimo y perverso que muerde el y corta el lazo, se viene sobre él y
atropella a mordiscones y patadas, que jamás se domestica, y que si alguno de
ellos llega a ser amansado, a lo mejor traiciona y pega una o dos patadas al
jinete que lo carga, que lo ensilla o que lo monta. Así es que siendo tan de
malas mañas, para designar un hombre perverso lo llaman los paisanos pardejón”.
El 1° de noviembre de 1839, el comandante del Fuerte 25 de Mayo, José Maria
Plaza, le expresaba al coronel Corvalán, edecán de Rosas, en una nota: “Muera
el asesino agonizante parduzco pardejón Rivera, que se metió de puro bestia a
declararnos la guerra”)
Esta batalla
marcó el final de la guerra iniciada en la Argentina en 1839, y significó el
comienzo de la llamada Guerra Grande en Uruguay. En realidad, en la visión de
Oribe y sus partidarios, ésta fue la continuación de la que había desatado a
partir de 1836 Rivera contra Oribe. Sólo que, entre medio, habían pasado cuatro
años. Rivera se retiró rápidamente hacia
el sur, pensando que sería perseguido de cerca por Oribe. Algunos jefes
colorados mantuvieron la defensa durante algunas semanas en el norte del país,
pero fueron barridos hacia el sur. Esta batalla
venció y destruyó el plan del uruguayo Rivera, quien quería formar la llamada
«Federación del Uruguay, Uruguay Mayor» o «Estado Oriental del Paraná» anexando
al Uruguay las Provincias de Entre Ríos, Corrientes pertenecientes a Argentina
y la de San Pedro al Sur Río Grande que dependía del Imperio del Brasil y con
el tiempo anexar Paraguay, contando disimuladamente con el apoyo de Inglaterra
y Francia que pretendían el domino de los ríos Paraná y Uruguay. Oribe
comenzó la persecución con notable atraso, y perdió semanas solucionando
problemas menores lo que dió al gobierno colorado la oportunidad de reunir un
ejército de 5.000 hombres. Para cruzar el río con toda su infantería y
artillería tuvo que ser trasladado por las naves de la flota de Rosas. Sólo
después de completado este traslado, comenzó la lenta marcha hacia Montevideo,
al paso de los bueyes que trasladaban los cañones. Llegó el 16 de febrero de
1843 frente a la capital, donde la defensa había sido preparada por el general
Paz.
En lugar de
tomar la ciudad por asalto, cosa que hubiera causado grandes daños a la
población, decidió sitiarla. Tras varios choques en los alrededores, las
posiciones quedaron prácticamente fijas por los siguientes ocho años. La razón
de tan larga resistencia estuvo en el apoyo prestado a la ciudad sitiada por
las flotas francesa e inglesa (y después la brasileña) a los sitiados; una gran
cantidad de los defensores, incluso, eran franceses.
Además,
desde 1845 en adelante, las flotas europeas bloquearon el puerto de Buenos
Aires y atacaron el río Paraná. El sitio, con sus combates, y las operaciones
que hicieron los jefes colorados por el interior del país fueron lo que se
suele llamar la “guerra grande”.
El
gobernador Urquiza apoyó el cruce del río por Oribe y luego se lanzó, al frente
de 1.200 hombres, sobre Corrientes. La caballería correntina no atinó a ofrecer
una resistencia eficaz, y muchos de sus jefes huyeron al Brasil o se pasaron a
las fuerzas de Urquiza. Ferré abandonó el país hacia Paraguay, y como acababa
de terminar su período de gobierno, fue elegido en su lugar Pedro Cabral, jefe
del partido federal.
El
6 de diciembre de 2012 a 170 años de esa gloriosa contienda se hace un
distinguido acto patriótico donde se convocan las comunidades de San Salvador,
Gral. Campos y público general para revalorizar esta olvidada gesta de la
Patria.
Junto al monumento Histórico a los «Caídos de la Batalla de Arroyo Grande», erigido el 6 de diciembre de 1972 por el Centro de Estudios Históricos Regionales San Salvador.
Campo y Monumento Histórico Provincial por Decreto 4185/72, anhelando sea declarado Patrimonio Histórico Nacional.
Junto al monumento Histórico a los «Caídos de la Batalla de Arroyo Grande», erigido el 6 de diciembre de 1972 por el Centro de Estudios Históricos Regionales San Salvador.
Campo y Monumento Histórico Provincial por Decreto 4185/72, anhelando sea declarado Patrimonio Histórico Nacional.
jueves, 18 de julio de 2013
La patria traicionada y asesinada: Coronel Chilavert...
Por el Dr. Julio R. Otaño
El coronel Martiniano Chilavert fue una de las tantas victimas inmoladas por el otrora “degollador de Vences” y ahora “Libertador”. Conducido como un criminal desde el campo de Caseros donde entregó su espada y su batería, hasta Palermo, Chilavert se propuso morir como hombre ya que sabía que lo asesinarían. Su fiel asistente, el sargento Aguilar, se lo repitió en la misma acción de la batalla, suplicándole entre lágrimas que huyese en su caballo. "Pobre Aguilar le dijo Chilavert, te perdono lo que me propone tu cariño. Los hombres como yo no huyen. Toma mí reloj y mi anillo y dáselos a Rafael (su hijo); toma mi caballo y mi apero y sé feliz. Adiós"». Y rechazó la oportunidad segura de escapar a la venganza.

Urquiza mandó traerlo a su presencia. ¿Era para levantarse grande como la gloria que le discernían sus vencedores, alargándole su mano a ese militar caballero en la desgracia? ¿Quiso ver humillado al que una vez lastimó su amor propio de amante? ¿O qué en su presencia se agrandase su antigua querella para justificar de algún modo el tremendo desahogo que meditaba darle a su despecho? ¿Se propuso comprar con su perdón la adhesión ilimitada del prisionero que era reputado el primer artillero de la República?
Lavalle se resistió ver a Dorrego antes de hacerlo fusilar, también por su orden, y por siniestros consejos, que también mediaron respecto de Urquiza, a punto de presentarle la muerte de Chllavert como una necesidad, para quitarle de encima un enemigo implacable y declarado. De cualquier modo, y conocidos el temple y carácter de Chilavert, se puede presumir cuál seria su actitud, y la soberbia entereza con que al vencedor respondería. -Pase usted, coronel Chilavert. Tome asiento –dijo Urquiza en tono amable, señalando una silla.
-Estoy bien así, general –contestó Chilavert, manteniéndose de pie.
-Por fin nos conocemos, coronel. Me han hablado mucho de usted –dijo Urquiza con un dejo de ironía, mientras encendía un puro.
-Supongo lo que sus nuevos amigos le habrán dicho de mi.
-Cosas buenas y cosas malas coronel. Pero lo importante del caso es que usted se equivocó de tiempo y lugar…
-No hace mucho, ambos estábamos del mismo lado, general.
-La diferencia, coronel, es que no ha sabido adaptarse a estos tiempos que corren. Sabe bien usted, que de persistir con la política de Rosas, el país seguiría en este desorden, en estas miserias sujetas a la voluntad del hombre fuerte de turno. Sin constitución, coronel, jamás podremos organizarnos…
-Eso no le da derecho a que un ejército extranjero invada nuestro país –dijo Chilavert desafiante-. La constitución nos la podemos dar nosotros, sin esos brasileros esclavistas que tanto dinero le han prestado.
-Y usted. ¿quién es para decirme qué es bueno o malo para este país? –contestó Urquiza poniéndose de pie.
-Un soldado que lleva cuarenta años peleando por su país y que de ninguna manera aceptará que fuerza extranjera alguna pise ésta, mi patria, aunque traigan constitución, emperador y todo el oro del mundo… Mil veces he de morir, antes de sufrir el oprobio de vender mi patria –Chilavert gritó estas últimas palabras.
Urquiza se sentó nuevamente. Hacía calor en la habitación. Las ventanas abiertas no alcanzaban a atenuar la pesadez del clima. Menos aún este coronel insolente y testarudo. Por un instante miró al coronel Martiniano Chilavert de pie, desafiante aun en la desgracia. Indomable, irreductible, así se lo habían descrito. No tenía ni ganas ni tiempo para discutir con este hombre. Llamó al soldado que esperaba afuera.
-Soldado, acompañe al coronel –y mirándolo le dijo con voz cansada: -Vaya usted, nomás, coronel.
Chilavert giró sobre sus talones y marcando el paso salió de la habitación.
El Libertador...el General de la Constitución según algunos...le ordenó a su secretario que lo hiciese fusilar como a traidor por la espalda.
Hay tormentos crueles que soporta el hombre fuerte mientras la dignidad se siente en la propia sangre, y hasta el instante en que la vida se va.
Pero lo que no puede soportar el hombre que rindió culto invariable a la siempre grata religión del honor, es que se le quiera degradar en el recuerdo, condenándolo a muerte infame, mas infame todavía que la que las leyes escritas asignan a los parricidas y a los piratas.
Es lo que le sucedió a Chilavert.
Cuando el secretario del general Urquiza le notificó su sentencia, el viejo militar de Ituzaingó habría querido ahogarlo por sus manos, y morir siquiera presa de la tremenda ira de su honor ultrajado, un oficial quiso asirlo para ponerlo de espaldas.
Fue como un bofetón en la mejilla, como el contacto de la mano impura en el seno de la virgen, la herida traidora en el pecho del león rugiente.
El oficial fue a dar a tres varas de distancia, y Chilavert, dominando a los soldados, golpeándose el pecho, y echando atrás la cabeza, les gritó: «Tirad, tirad aqui, que asi mueren los hombres como yo»
Los soldados bajaron los fusiles. El oficial los contuvo. Un tiro sonó.
Chilavert tambaleó y su rostro cubrióse de sangre.
Pero se conservó de frente a los soldados gritándoles: «Tirad, tirad al pecho!» El prodigio de la voluntad lo mantenía de pie; que tampoco el hacha troncha de una sola vez la robusta encina.
El oficial y los soldados quisieron asegurar a la víctima. Entonces hubo una lucha salvaje, espantosa. Las bayonetas, las culatas y la espada fueron los instrumentos de martirio que postraron al fin a Chilavert. Pero su fibra palpitaba todavía.
Envuelto en su sangre, con la cabeza partida de un hachazo y todo su cuerpo convulsionado por la agonía hizo todavía un ademán de llevarse la mano al pecho.
Era el «itirad aqui! ¡tirad aquí!» que los soldados debieron oír con horror en sus noches solas, como es fama que Santos Pérez oía el lamento del niño que degolló".
Saldías, Adolfo “Historia de la Confederación Argentina”
López Mato, Omar – Caseros, las vísperas del fin – Pasión y muerte del coronel Martiniano Chilavert. Buenos Aires (2006).
El coronel Martiniano Chilavert fue una de las tantas victimas inmoladas por el otrora “degollador de Vences” y ahora “Libertador”. Conducido como un criminal desde el campo de Caseros donde entregó su espada y su batería, hasta Palermo, Chilavert se propuso morir como hombre ya que sabía que lo asesinarían. Su fiel asistente, el sargento Aguilar, se lo repitió en la misma acción de la batalla, suplicándole entre lágrimas que huyese en su caballo. "Pobre Aguilar le dijo Chilavert, te perdono lo que me propone tu cariño. Los hombres como yo no huyen. Toma mí reloj y mi anillo y dáselos a Rafael (su hijo); toma mi caballo y mi apero y sé feliz. Adiós"». Y rechazó la oportunidad segura de escapar a la venganza.

Urquiza mandó traerlo a su presencia. ¿Era para levantarse grande como la gloria que le discernían sus vencedores, alargándole su mano a ese militar caballero en la desgracia? ¿Quiso ver humillado al que una vez lastimó su amor propio de amante? ¿O qué en su presencia se agrandase su antigua querella para justificar de algún modo el tremendo desahogo que meditaba darle a su despecho? ¿Se propuso comprar con su perdón la adhesión ilimitada del prisionero que era reputado el primer artillero de la República?
Lavalle se resistió ver a Dorrego antes de hacerlo fusilar, también por su orden, y por siniestros consejos, que también mediaron respecto de Urquiza, a punto de presentarle la muerte de Chllavert como una necesidad, para quitarle de encima un enemigo implacable y declarado. De cualquier modo, y conocidos el temple y carácter de Chilavert, se puede presumir cuál seria su actitud, y la soberbia entereza con que al vencedor respondería. -Pase usted, coronel Chilavert. Tome asiento –dijo Urquiza en tono amable, señalando una silla.
-Estoy bien así, general –contestó Chilavert, manteniéndose de pie.
-Por fin nos conocemos, coronel. Me han hablado mucho de usted –dijo Urquiza con un dejo de ironía, mientras encendía un puro.
-Supongo lo que sus nuevos amigos le habrán dicho de mi.
-Cosas buenas y cosas malas coronel. Pero lo importante del caso es que usted se equivocó de tiempo y lugar…
-No hace mucho, ambos estábamos del mismo lado, general.
-La diferencia, coronel, es que no ha sabido adaptarse a estos tiempos que corren. Sabe bien usted, que de persistir con la política de Rosas, el país seguiría en este desorden, en estas miserias sujetas a la voluntad del hombre fuerte de turno. Sin constitución, coronel, jamás podremos organizarnos…
-Eso no le da derecho a que un ejército extranjero invada nuestro país –dijo Chilavert desafiante-. La constitución nos la podemos dar nosotros, sin esos brasileros esclavistas que tanto dinero le han prestado.
-Y usted. ¿quién es para decirme qué es bueno o malo para este país? –contestó Urquiza poniéndose de pie.
-Un soldado que lleva cuarenta años peleando por su país y que de ninguna manera aceptará que fuerza extranjera alguna pise ésta, mi patria, aunque traigan constitución, emperador y todo el oro del mundo… Mil veces he de morir, antes de sufrir el oprobio de vender mi patria –Chilavert gritó estas últimas palabras.
Urquiza se sentó nuevamente. Hacía calor en la habitación. Las ventanas abiertas no alcanzaban a atenuar la pesadez del clima. Menos aún este coronel insolente y testarudo. Por un instante miró al coronel Martiniano Chilavert de pie, desafiante aun en la desgracia. Indomable, irreductible, así se lo habían descrito. No tenía ni ganas ni tiempo para discutir con este hombre. Llamó al soldado que esperaba afuera.
-Soldado, acompañe al coronel –y mirándolo le dijo con voz cansada: -Vaya usted, nomás, coronel.
Chilavert giró sobre sus talones y marcando el paso salió de la habitación.
El Libertador...el General de la Constitución según algunos...le ordenó a su secretario que lo hiciese fusilar como a traidor por la espalda.
Hay tormentos crueles que soporta el hombre fuerte mientras la dignidad se siente en la propia sangre, y hasta el instante en que la vida se va.
Pero lo que no puede soportar el hombre que rindió culto invariable a la siempre grata religión del honor, es que se le quiera degradar en el recuerdo, condenándolo a muerte infame, mas infame todavía que la que las leyes escritas asignan a los parricidas y a los piratas.
Es lo que le sucedió a Chilavert.
Cuando el secretario del general Urquiza le notificó su sentencia, el viejo militar de Ituzaingó habría querido ahogarlo por sus manos, y morir siquiera presa de la tremenda ira de su honor ultrajado, un oficial quiso asirlo para ponerlo de espaldas.
Fue como un bofetón en la mejilla, como el contacto de la mano impura en el seno de la virgen, la herida traidora en el pecho del león rugiente.

El oficial fue a dar a tres varas de distancia, y Chilavert, dominando a los soldados, golpeándose el pecho, y echando atrás la cabeza, les gritó: «Tirad, tirad aqui, que asi mueren los hombres como yo»
Los soldados bajaron los fusiles. El oficial los contuvo. Un tiro sonó.
Chilavert tambaleó y su rostro cubrióse de sangre.
Pero se conservó de frente a los soldados gritándoles: «Tirad, tirad al pecho!» El prodigio de la voluntad lo mantenía de pie; que tampoco el hacha troncha de una sola vez la robusta encina.
El oficial y los soldados quisieron asegurar a la víctima. Entonces hubo una lucha salvaje, espantosa. Las bayonetas, las culatas y la espada fueron los instrumentos de martirio que postraron al fin a Chilavert. Pero su fibra palpitaba todavía.
Envuelto en su sangre, con la cabeza partida de un hachazo y todo su cuerpo convulsionado por la agonía hizo todavía un ademán de llevarse la mano al pecho.
Era el «itirad aqui! ¡tirad aquí!» que los soldados debieron oír con horror en sus noches solas, como es fama que Santos Pérez oía el lamento del niño que degolló".
Saldías, Adolfo “Historia de la Confederación Argentina”
López Mato, Omar – Caseros, las vísperas del fin – Pasión y muerte del coronel Martiniano Chilavert. Buenos Aires (2006).
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