Rosas

Rosas
Mostrando entradas con la etiqueta Olaza Pallero Sandro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Olaza Pallero Sandro. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de julio de 2023

LA MUERTE DEL GENERAL JUAN LAVALLE

Por Sandro Olaza Pallero
El Dr. Ricardo Quirno Lavalle, descendiente del general Juan Galo de Lavalle, pronunció una conferencia sobre la muerte del prócer en el Instituto Popular de Conferencias, en el Salón del diario La Prensa, el 9 de octubre de 1981. En esa ocasión se opuso a la tesis del suicidio de su antepasado esgrimiendo varias razones, entre ellas que no había fuentes documentales o testimoniales que expresaran el suicidio del general:
“Durante 126 años se tuvo por verdad inconcusa, con arreglo a los documentos históricos disponibles, que el Gral. Lavalle había sido muerto por una bala federal, la cual habría atravesado por el ojo de la cerradura o perforado la puerta, cuando, súbitamente, en el año 1967, aparece un opúsculo titulado: “El cóndor ciego”, donde su autor, el Sr. José Maria Rosa, sostiene que el Gral. Lavalle se suicidó. Textualmente dice allí “que Lavalle se eliminó a sí mismo para cumplir su juramento de vencer o morir en la demanda, y no caer vivo en poder del enemigo”.
“La leyenda de su muerte accidental –sigue sosteniéndose en la obra precitada- la crearon sus amigos que se juramentaron en los Tapiales de Castañeda para guardar el secreto de la verdad de su muerte, y todos guardaron celosamente el juramento, y la apoyó con firmeza Juan Manuel de Rosas, amigo de su familia”. Como queda dicho se efectúa, por consiguiente, en “El cóndor ciego”, una triple aseveración: 1°) La de que Lavalle se suicidó; 2°) La de que sus amigos se juramentaron para ocultar la verdad del suicidio; 3°) La de que Juan Manuel de Rosas apoyó la versión de la muerte accidental, y encubrió la del suicidio, por amistad con la familia de Lavalle. No hay más, pues sino que analizar la triple sobredicha aseveración; y proyectamos verificarla a la luz de los preceptos pertenecientes a ciertas y determinadas ciencias que, a buen seguro, nos allanarán la ruta para esclarecer el enigma planteado. Para entrar en materia, conviene dejar registrados algunos hechos incluidos en la psicología que gravitan sustancialmente en este problema. Y a primera vista, el carácter peculiar del Gral. Lavalle, luchador, impulsivo, intrépido, temerario y romántico, rasgos que lo hacían sobremanera poco proclive a confesarse vencido, y a eludir, consecuentemente, la lucha eliminándose por propia mano. De esta suerte, viene a resultar asaz inconcebible la presunción del suicidio, cuando Lavalle era considerado, al unísono, hombre de morir peleando, como lo probó en múltiples batallas, pero señaladamente, en Famaillá, donde conduciendo personalmente a la caballería correntina al combate, expuso su vida una y mil veces. Súmese a esto otro detalle singularmente importante: el hondo sentimiento católico de Lavalle, su acendrada fe, que le vedaba concluyentemente, tomar en sí y por sí, la tremenda determinación, anatomizada por la Iglesia, de quitarse el preciado don de la vida dado por Dios, y que, para un católico, solo Dios puede quitar…¡En esto no hay excepción! Añádase que a la inversa es, igualmente cierta ya que no se conoce ningún escrito, ni unitario ni federal, contemporáneo o algo posterior al suceso, que afirme la realidad del suicidio”.
  
El doctor Quirno Lavalle agrega a su fundamento una fuente científica: la Medicina Legal, donde diferencia el suicidio del homicidio de fuego. "Pero hete aquí que ha llegado hasta nosotros un testimonio más preciso, más fidedigno, y por eso, más valioso: el del doctor Gabriel Cuñado, médico español que había combatido con los ejércitos realistas durante nuestra independencia, y que se había radicado, luego, en Jujuy. Este facultativo entró en la casa por la puerta delantera, y contempló el cadáver tendido en el zaguán. Dejó asentado, antre otros pormenores, "que luego de pisar el umbral de la puerta de calle, notó cerca de ésta tres gotas de sangre y un gran charco de la misma al llegar al arco del zaguán, donde estaba el cadáver en decúbito dorsal, con una herida, al parecer de bala, en la base del esternón. Este testimonio cobra insuitado valor, porque el doctor Cuñado no intervino en las guerra civiles, y por eso, no revistaba ni como unitario ni como federal. Además era médico, y tampoco pudo participar en el supuesto juramento formulado por los amigos de Lavalle, ya que ni conocía a éste ni a sus compañeros. Por esa causa, su referencia -localizando el orificio de entrada del proyectil- posee singular valía, puesto que de ella una inferencia capital puede ser extraída...Procurando suministrar sustento científico a cuanto antecede requerimos la opinión del profesor titular a cargo de la cátedra de Medicina Legal de la Universidad de Buenos Aires médico forense de la Justicia Nacional doctor Víctor Luis Poggi, quien, accediendo con gentileza a nuestro requerimiento, nos informó que nunca hasta hoy en su ya dilatada experiencia, le ha tocado ver un suicida con orificio de entrada del proyectil adosado a la horquilla esternal. En resolución, la situación del orificio de entrada del proyectil que dio muerte a Lavalle se revela incompatible con la presunción del suicidio. Adiciónese a esto otro detalle, igualmente señalado por el profesor Poggi: la particularidad de que todo disparo perpetrado a muy corta distancia -como lo habría sido en este caso, si hubiera ocurrido, efectivamente, suicidio- y aún más con las pólvoras negras, ricas en carbón, azufre y salitre que en esa época se usaban, habría originado, indefectiblemente, un extenso chamuscamiento y tatuaje de la piel circunvecina, contingencia que si hubiera existido, el doctor Cuñado, por ser médico, y por lo llamativo, no hubiera omitido seguramente señalar...Tercera contradicción de El cóndor ciego".
El acta médica de los restos de Lavalle firmada por Juan José Montes de Oca, Francisco Javier Muñiz y Alejandro Araujo en Buenos Aires el 25 de enero de 1861, -cuando retornaron de Potosí- certificó que “el esqueleto contenido era de adulto, y los huesos, deficientes en número, por su longitud, solidez y buena proporción, así como por las asperezas que dieron implantación a los músculos y tendones de ciertas regiones, denotan haber pertenecido a un hombre de alta talla y de fuerte constitución. El cráneo elevado y el ángulo facial de 80 grados; traducen la majestad y la belleza antigua, que tuvo en su cabeza y cara el general Lavalle”.
Según el historiador Julio A. Benencia, el general Lavalle en plena retirada, el 8 de octubre de 1841, acampaba sobre la ciudad de Jujuy llevando unos escasos doscientos hombres, último resto de la Legión Libertadora con la cual había iniciado la campaña de 1840. Enfermo, acompañado de su secretario Félix Frías, el teniente Celedonio Álvarez y ocho hombres de su escolta, se aposentó en una casa de la ciudad que antes había ocupado Elías Bedoya. Poco después se le unía el comandante Lacasa, descansando allí todos hasta las primeras horas de la madrugada del día 9 de octubre. La voz del centinela hizo salir al comandante quien al observar una partida detenida frente al alojamiento, a unas veinte varas, dio orden para el apresto de los suyos. “Lavalle se asomó en ese instante y al entrever el peligro apresuró el de las cabalgaduras, dispuesto a abrirse paso a viva fuerza. Varios tiros partieron del grupo enemigo y el guerrero, respetado por la muerte en cien combates, cayó atravesada la garganta de un balazo”.
El ayudante Pedro Lacasa, dijo que una bala atravesó la garganta de Lavalle poco después que éste ordenara ensillar para abrirse paso frente a las partidas federales: “el tiro de un cobarde al través de una puerta vino a robar a la patria una de sus más bellas esperanzas; no podía ser de otro modo”. Este relato coincide con lo afirmado por el historiador Benencia. La versión oficial de la muerte de Lavalle menciona que fue ultimado después de haber sido intimado a rendirse por las tropas federales: “Corrió este salvaje unitario para adentro de la casa, y en el acto salió el traidor salvaje unitario Lavalle, abrochándose la cartera de la camiseta, y habiéndole gritado el señor comandante Blanco –“Date a preso salvaje unitario y ríndete” cerró dicho salvaje unitario de golpe la puerta, y en el acto mandó el enunciado señor comandante que echasen la puerta, lo que efectuaron los cuatro tiradores a balazos, errando fuego una tercerola de uno de ellos, pero que él tuvo la sin igual gloria de haber dirigido su tiro por la cerradura de la puerta con cuya bala hirió mortalmente al salvaje pegándole por debajo de la barba en el pescuezo” (Clasificación del soldado José Bracho, Santos Lugares de Rosas, 14/XI/1842).
José María Rosa.

Bibliografía:
Academia Nacional de la Historia, Partes de batalla de las guerras civiles 1840-1852, Buenos Aires, 1977, t. III.
BENENCIA, Julio A., “Los restos del general D. Juan Galo de Lavalle”, en Historia n° 39, Buenos Aires, 1965.
QUIRNO LAVALLE, Ricardo, “La muerte del general Lavalle”, en Publicaciones del Instituto de Estudios Iberoamericanos, Buenos Aires, 1981, vol. II.
QUIRNO LAVALLE, Ricardo, “La muerte del general Lavalle”, en Investigaciones y Ensayos n° 31, Academia Nacional de la Historia, Buenos Aires, Julio-Diciembre 1981.

sábado, 4 de enero de 2020

José María Rosa

por Sandro Olaza Pallero
Historiador, abogado, diplomático y catedrático, nació en Buenos Aires el 20 de agosto de 1906 y falleció en esa misma ciudad el 2 de julio de 1991. Dedicó su vida y su talento para hacer triunfar la verdad histórica, maestro insigne de varias generaciones de argentinos, quienes aprendieron de él a sentir el orgullo de un pasado heroico que es la única sustentación posible de nuestro porvenir como nación.   Era nieto del Dr. José María Rosa, ministro de Hacienda del general Julio A. Roca en su segunda Presidencia. Se doctoró en derecho en la Universidad de Buenos Aires y después fue catedrático en el Litoral, La Plata y Buenos Aires.   Fue un decidido militante de la causa nacional y popular en todos los terrenos.
Resultado de imagen para JOSE MARIA ROSA
Porque también desde la intelectualidad, nuestra Argentina –la cristiana, la hispana, la gaucha- fue acechada por dos corrientes supuestamente antagónicas, pero coincidentes en puntos fundamentales: el liberalismo y el marxismo con su particular visión de la historia. Rosa siguió los sabios consejos del Papa León XIII quien afirmó: “Es necesario que los hombres probos doctamente versados en esta clase de estudios apliquen sus aptitudes a escribir la historia con el propósito y la intención de mostrar lo cierto y lo justo”.   En su primera obra “Interpretación religiosa de la Historia” destaca que: “La interpretación materialista de la Historia buscó en la Economía el espíritu de la sociedad. La racial en la Etnografía. Pero ni una ni otra explicaron satisfactoriamente el proceso histórico. Es que la sociedad era antes que nada un vínculo religioso, y no debía encontrarse en la Etnografía ni en la Economía, sino en la Historia de las religiones la clave del lenguaje ignorado en que se escribió la Historia...La nación es siempre un culto religioso. Un culto supone la dirección del misticismo social hacia un objeto, una idea o un hombre” (pp. 11-115).     Años más tarde en el libro “Conversaciones con José María Rosa”, su autor Pablo J. Hernández le pregunta a Rosa qué persona lo indujo a tomar posición por Juan Manuel de Rosas. Y el maestro le responde: “Otro que influyó mucho en mi rosismo fue el gobernador Iriondo, que había sido en su juventud secretario de don Bernardo de Irigoyen. Iriondo, como todos los hombres de otra generación, tenía el arte de conversar del que antes le hablaba. Después de comer, los jóvenes íbamos a su casa a tomar café. Oír sus recuerdos en tiempos de las revoluciones liberales de Luciano Leiva y Patricio Cullen contra su padre, sus anécdotas de don Bernardo, sus tiempos de ministro de Figueroa Alcorta, era un embeleso. Sobre todo cuando hablaba de don Bernardo y contaba que, como aspiraba a ser presidente de la República, no podía defender a Rosas. Yo soy muy rosista, pero antes que nada soy hernandista. En la intimidad se ponía chaleco colorado y divisa punzó. No pudo ser presidente porque Mitre se opuso porque no había renegado de lo que debía renegarse, como otros rosistas. Pero don Bernardo, pese a sus ambiciones, era demasiado íntegro para renegar de Rosas”. 

Destacó en el “El Revisionismo responde” la mala fe de la oligarquía en condenar a Rosas: “La oligarquía no condenó a Rosas por tirano, lo condenó por la defensa de la soberanía, y porque representó auténticamente a las clases populares”.   José María Rosa fue presidente del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas en 1951, al cual se acercó en 1941 y colaborador de la revista de dicha institución y de las publicaciones “Santo y seña”, “Mayoría”, “Patria Libre” y “Línea”. Tras la victoria de la Revolución Libertadora en 1955 y el fracaso del movimiento de los generales Valle y Tanco, al año siguiente debió asilarse en Uruguay y en España. Fue en el destierro que investigó en archivos y bibliotecas extranjeros y halló los documentos reveladores de la trama de acontecimientos decisivos de nuestra historia que traidores y falsarios nos escamoteaban. Ningún historiador con honestidad intelectual puede hoy negar que ignora los trabajos de Rosa, ni repetir impávido las versiones que antes recitaban los textos escolares y aparecían consagrados en los grandes diarios y en las academias.
En la Memoria del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas (Revista Nº 17, pp. 102-103) se hace una aclaración preliminar sobre la detención de Rosa y la persecución a esta entidad por parte de la llamada Revolución Libertadora: “Debe decirse que le fue prohibido al Instituto la realización de sus conferencias, que las pocas que pudieron llevarse a cabo fueron atentamente controladas por la policía y que en determinados momentos se tuvo la sensación, la certeza casi, de que la entidad podría ser intervenida o clausurada. Cabe mencionar aquí la prisión a todas luces injusta de que fue objeto el presidente, Dr. Rosa, y que –como se desprende de lo públicamente declarado con posterioridad por él, fue motivada exclusivamente por su posición personal en materia histórica…a partir de los últimos días del año 1955, las actividades del Instituto quedaran prácticamente reducidas a la sola atención del público y despacho de la correspondencia”.
En noviembre de 1972 formó parte de la comitiva que acompañó al general Juan Domingo Perón en su regreso a su patria. Tras la victoria electoral justicialista de 1973 fue nombrado embajador en Asunción del Paraguay y después en Atenas. Entre sus obras más destacadas se encuentran: “Interpretación religiosa de la Historia” (1936); “Defensa y pérdida de nuestra independencia económica” (1943); “ La misión García de 1815 ante Lord Strangford” (1951); “El cóndor ciego” (1952); “Nos los Representantes del Pueblo” (1955); “La caída de Rosas” (1958); “Del municipio indiano a la provincia argentina” (1958); “La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas” (1954); “Rivadavia y el imperialismo financiero” (1964) y su célebre “Historia Argentina” (1964-1980) en 13 volúmenes.
En la Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas escribió entre otros artículos: “Don Bernardo de Irigoyen” (Nº 15-16); “Los heterodoxos argentinos: Pequeña biografía de Salvador María Del Carril” (Nº 15-16, este artículo fue escrito por él con el seudónimo de Martín Pincén) y “Rosas y la República Independiente de Río Grande (1836-1845)” (Nº 17). Dictó varias conferencias en esta institución como: “Aniversario de la suma del poder público” y “Los jefes del partido popular: Soler 1815-1820, Dorrego 1820-1828 y Rosas 1829-1852” (1950) y “¿Por qué fue condenado Rosas?” (1954).
En el sepelio de Rosa dijo José María Castiñeira de Dios, por ese entonces subsecretario de Cultura de la Nación: “Pudo decir que él no defendía a Rosas. Porque Rosas se defiende solo…Vivió el reconocimiento en vida. No importa si los grupúsculos académicos desoyeron la seriedad profunda de sus papeles. Lo escuchó el pueblo, y el pueblo lo supo y lo sabe intérprete real de la realidad histórica de nuestra tierra”. Entre otras personalidades de la cultura que brindaron su homenaje al insigne maestro se destacaron: Marcelo Sánchez Sorondo, Francisco Hipólito Uzal, Fermín Chávez, Cristina Minutolo de Orsi, Jorge Oscar Sulé y Jorge Ocón.

Fuentes:
-JOSE MARIA ROSA, Interpretación religiosa de la Historia, Buenos Aires, 1936.
-JOSE MARIA ROSA, El Revisionismo responde, Buenos Aires, 1964.
-PABLO J. HERNANDEZ, Conversaciones con José M. Rosa, Buenos Aires, 1978.
-Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas Nº 15-16, Buenos Aires, 1951.
-Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas Nº 17, Buenos Aires, 1958

viernes, 1 de noviembre de 2013

ACERCA DE LOS DERECHOS EXISTENCIALES DESPUÉS DE LA BATALLA DE CASEROS (1852-1872)

por Sandro Olaza Pallero
 
“Queda abolida para siempre la pena de muerte por causas políticas”
(Art. 18 de la Constitución Nacional)
 
  1. INTRODUCCIÓN
    El 3 de febrero de 1852 en los campos de Caseros, vecinos a la ciudad de Buenos Aires, era derrotado Juan Manuel de Rosas, siendo obligado a renunciar a los cargos que venía ejerciendo (1). Buenos Aires presenció horrorizada los grandes fusilamientos de Urquiza en Palermo, las muertes inicuas de Chilavert y Santa Coloma, el asesinato del médico-poeta Claudio Mamerto Cuenca mientras atendía a los heridos federales, y la lista de grandes crímenes que en nombre de la pedagogía civilizadora ensangrentaron el resto de siglo, para imponer al  país y las provincias el fraude, la entrega, el unicato del Régimen.
    Después de Caseros se reagrupan las fuerzas políticas y las del pensamiento. Con el vencedor entraron en Buenos Aires, Mitre, Sarmiento... Europa. En este breve trabajo se hará un análisis de hasta qué punto fueron respetados los derechos existenciales en Argentina en el período 1852-1872(2). Decía Jauretche: “El protagonista de la historia no pierde nada como hombre cuando se lo baja del pedestal; ni siquiera como ejemplo. Por el contrario, gana al humanizarse con su carga de aciertos y errores” (3).
    Recordemos la vigencia de la Constitución desde 1853 y lo que establecen sus arts. 16 (igualdad de los habitantes); 18 (abolición de la pena de muerte por causas políticas); 14 (defensa del derecho de propiedad); etc. Es interesante analizar el pensamiento de los más destacados exponentes de la elite dirigente respecto de la defensa de los derechos existenciales, quienes fueron consecuentes con su actitud simiesca en cuanto a las doctrinas racistas y climáticas que profesaba la parte de Europa que para ellos representaba la civilización.
    La Carta Magna de 1853 establecía la organización y la constitución del país en la tan ansiada unidad nacional. Hay evidentes diferencias con el régimen político rosista; el cambio formal, teórico, es muy brusco. Se puede apreciar, que después de la caída de Rosas se forma, en realidad, la conciencia política argentina en esto que se llama la democracia.
    Los hechos que surgen en estos tiempos son los que determinarán el porvenir de nuestro pueblo y de nuestra nación. Los hombres señeros de esos acontecimientos, Sarmiento más que nadie, serán los acreedores –si los hechos son para bien- o los culpables –si son para mal-, para las generaciones sucesivas (4). Los dirigentes que nutrían su mente con teorías económico-políticas europeas, tomaron las riendas del poder y civilizaron el país encauzándolo por la senda del progreso.
 
  1. LA AURORA DE LA LIBERTAD
     El 3 de febrero de 1852, en el Palomar de Caseros, se desbandó el ejército de Rosas, derrumbándose su gobierno. De allí que no hubo mayor lucha por la defección de muchos regimientos rosistas. El Ejército Grande Aliado de la América del Sud quedó vencedor. Escenas de sangre se sucedieron en el campo de batalla (5).
    Las tropas del coronel oriental Palleja, dieron muerte en la casa de Caseros al médico y poeta Claudio Mamerto Cuenca por el solo delito de atender a los heridos federales; al atardecer Martín Santa Coloma era tomado prisionero en el camino de Santos Lugares y degollado por orden de Urquiza (6). Chilavert, que entregó su espada en su batería, será llevado ante Urquiza que lo reclamaba; después de una conversación a solas, Urquiza descompuesto de ira ordenó que lo fusilaran por la espalda (7).
    En los caminos de Palermo cada día hay más hombres colgados de los árboles y diariamente el olor es más fétido. Espectáculo de barbarie jamás dado en esa magnitud (8).
    Los colgados son federales. Los integrantes de la infantería rosista, que eran orilleros y menestrales, fueron apresados en número de 10.000 y retenidos prisioneros hasta después del desfile de los vencedores (9). La “aurora de la libertad y la civilización” titulaba Valentín Alsina su última editorial en el Comercio del Plata...
    Testigo de estos sucesos fue el general uruguayo César Díaz: “A la fusilación de Chilavert siguieron muchas otras. Un bando del general en jefe había condenado a muerte al regimiento del coronel Aquino sublevado en el Espinillo; y todos los individuos de este cuerpo que cayeron prisioneros en Monte Caseros, fueron pasados por las armas. Se ejecutaban todos los días de a diez, de a veinte y más hombres juntos, sin otra formalidad que la de justificar la identidad de las personas, para lo cual se consideraba suficiente la denuncia de los mismos prisioneros. Las ejecuciones tenían lugar en los campamentos, es decir, en medio de las quintas o a las orillas de los caminos más frecuentados; y los cuerpos de las víctimas quedaban insepultos en los mismos parajes en que habían sido privados de la vida, cuando no eran colgados en algunos de los árboles de la alameda que conduce de la ciudad a Palermo” (10).
    Otro protagonista nos relata los sucesos, en este caso es el sobrino de Rosas, Alejandro Baldez Rozas, ayudante y sobrino político del general Lucio Mansilla, teniente 2º de la 2º compañía de fusileros del 2º batallón de Patricios: “Se oían muchos tiros, era que los soldados sueltos de Urquiza, se ocupaban de saquear; almacenes, tiendas, joyerías, etc.; algunos extranjeros que estaban prevenidos les tiraban y mataban o herían a muchos. Por ejemplo Mr. Bazuil, que tenía sombrerería en la esquina de Victoria y Perú, les tiró con su rifle a unos  que saqueaban la joyería allí enfrente (donde está ahora la tienda de Londres) y volteó algunos” (11).
    La barbarie, el salvajismo, se ponían de manifiesto con sus expresiones más repulsivas, pese a que el Ejército Grande Aliado de Sudamérica se titulaba ejército de la civilización (12).

  1. EL PROCESO A ROSAS
     Después de Caseros, los unitarios se instalan firmemente en el gobierno de Buenos Aires, e inician de inmediato los actos ejecutivos, legislativos y finalmente judiciales en contra del depuesto Restaurador (13). Por decreto del 16 de febrero de 1852 se confiscan todos los bienes de Rosas, siendo acusado de malversación de caudales públicos (14). En su exilio inglés, Rosas no llevó dinero ni oro, sino sólo cajones de documentación, en la seguridad de que la principal tarea en su futuro sería la de defenderse de graves acusaciones. El odio de los vencedores hacia los derrotados no sólo acabó con muchas vidas sino que hasta la actualidad se verifica lo que O’Donnell llama una “purga histórica” (15). En la capital argentina, ninguna de sus calles lleva el nombre de Juan Manuel de Rosas ni tampoco de caudillos federales como Francisco Ramírez, Juan Felipe Ibarra, Juan Bautista Bustos, Angel Vicente Peñaloza, Felipe Varela, varios de ellos con destacada actuación en las guerras de la Independencia. Meses después, el 7 de agosto, Urquiza, en su carácter de Director Provisional, dicta un decreto anulando la confiscación dispuesta por la provincia de Buenos Aires y ordena la entrega de los bienes de Rosas en la persona de su apoderado (16). El Gobierno porteño seguía en poder de los bienes de Rosas, incluso en aquellos de propiedad  de sus familiares, haciendo actos de disposición sobre ellos, jurídicamente nulos ante la derogación del decreto que había determinado la confiscación.
    El ingenioso Jauretche ha mostrado bien estos hechos: “La confiscación de bienes queda abolida para siempre del Código Penal argentino (art. 17 de la Constitución Nacional). Esta zoncera se estableció en la Constitución Nacional sancionada en 1853. La Provincia de Buenos Aires se segregó, como hemos visto en otra parte, y sancionó su propia Constitución que contenía las mismas Declaraciones, Derechos y Garantías. Como antecedente de esta garantía se había procedido a confiscar los bienes de Juan Manuel de Rosas y sus amigos. Yo no sé si don Juan Manuel, allá en Southampton, creyó en la zoncera del art. 17. Me imagino que no, porque conocía el paño, era bastante desconfiado y además no era abogado recién recibido” (17).
    Es así que el  Poder Judicial se dirige al Ejecutivo señalando la oportunidad de iniciarle juicio a Rosas y aplicar sus bienes en obras públicas. Entre esas propiedades declaradas bienes públicos se encuentra una  casona de la calle Potosí (hoy Alsina), ubicada a pocos pasos de la iglesia de San Francisco, y que don Juan Manuel ha heredado de doña Agustina López Osornio de Ortiz de Rozas. Es la casa paterna de los Ortiz de Rozas que un decreto del gobernador López del 17 de febrero de 1852 convierte en residencia del gobierno provincial, ya que el viejo Fuerte –sede anterior del Poder Ejecutivo- debe ser reparado y refaccionado para estar en condiciones de acogerlo.
    El 29 de julio de 1857 es promulgada por el Gobierno porteño la Ley sobre enjuiciamiento a Juan Manuel de Rosas. Se inicia así el proceso criminal al Restaurador que lo declara “reo de lesa patria por la tiranía sangrienta que ejerció sobre el pueblo y por haber hecho traición a la independencia de su patria” (18).
    Los más entusiastas rosistas de otrora resultan los más enconados detractores de Rosas, entre ellos Rufino de Elizalde y Emilio Agrelo, que alguna vez habían empujado con fervor las ruedas del carruaje de Manuelita Rosas, según testimonio de Benito Hortelano. Pero, ironía del destino, el unitario Félix Frías, ex secretario de Lavalle, se pronunciaría en contra del proyecto. Otros apóstatas rosistas, que se muestran duros con don Juan Manuel fueron Francisco de Elizalde, Juan Bautista Peña y el doctor Vélez Sársfield (19).
    Ha de recordarse lo manifestado por Alberdi en carta del 8 de septiembre a Frías, donde le dice: “Le doy mil parabienes por su noble conducta con la oposición hecha al frío, rencoroso y triste proceso contra Rosas. A usted, secretario de Lavalle, soldado en tantos combates contra el tirano caído, le tocaba el alto rol de respetarle en el rol de vencido que ha llevado hasta aquí con silencio y resignación loables.” Cabe destacar que el Fiscal de la causa, Dr. Emilio Agrelo, sería a su vez procesado por imputársele graves delitos, entre los cuales se destacaban el apropiarse de depósitos judiciales. El fallo de última instancia condena al Restaurador, en rebeldía, a la pena de muerte con la calidad de aleve.
    En su protesta Rosas afirma: “¡El juicio del general Rozas! Ese juicio compete a Dios y a la historia; porque solamente Dios y la historia pueden juzgar a los pueblos. Porque no hay ley anterior que prescriba ni la sustancia del juicio, ni las formas que deban observarse. Porque no pueden constituirse en jueces los enemigos ni los amigos del general Rozas; las mismas víctimas que se dicen, ni los que pueden ser tachados en los delitos” (20).

  1. EL PROCESO A LOS MAZORQUEROS
    Pastor Obligado, elegido gobernador interino el 24 de julio de 1853, no respetó un decreto por el que se ofrecieron amplias garantías y seguridades para los vencidos y una amnistía otorgada por la mediación de los representantes extranjeros de Inglaterra, Francia y Estados Unidos. Es así que algunos civiles y militares que habían participado en el levantamiento federal de Lagos fueron desterrados, otros fueron encarcelados y ordenado su procesamiento.
    Por decreto del 11 de agosto, ordenó a los jueces del Superior y de 1º instancia Valentín Alsina, Juan José Cernadas, Alejo Villegas, Marcelo Gamboa y Dalmacio Vélez Sársfield, juzgar “con absoluta preferencia” las causas “pasadas por el ejecutivo”, pudiendo “acortar los términos y aun actuar en todas las horas del día y la noche y aun en los días festivos que se declaran hábiles” (21). Este decreto buscaba acelerar el proceso a los mazorqueros (22). Estos últimos fueron: Silverio Badía, Manuel Troncoso, Fermín Suárez, Estanislao Porto, Manuel Gervasio López, Manuel Leiva, Torcuato Canales, Ciriaco Cuitiño y Leandro Alén. A los reos se les imputaban las muertes de octubre de 1840 y abril de 1842, durante la época de Rosas (23).
    Otro procesado fue el antiguo edecán de Rosas, Antonio Reyes. Tuvo Reyes como sus defensores en el juicio a los doctores Miguel Estévez Saguí y Manuel María Escalada. El 4 de mayo de 1854 fue sentenciado, en primera instancia, a sufrir la pena de muerte en calidad de aleve. Obligado, a instancias del Presidente oriental Venancio Flores, pidió informes a la Cámara de Justicia y ésta acabó desaprobando el trámite del proceso incoado.
    Pero Reyes no esperó y el 6 de junio pudo fugarse de la cárcel porteña. Y así  fue que, en segunda instancia, el 30 de junio de 1855, la Cámara de Apelaciones revocó la sentencia de mayo de 1854 y lo absolvió, con el levantamiento del embargo de sus bienes. Con no mejor suerte Cuitiño aceptó la plena responsabilidad y libró de cargo a sus subordinados (24). Dijo que el gobernador le ordenó que con los serenos (era coronel de ese cuerpo), vigilantes y civiles de la Sociedad Popular Restauradora, tratara de contener a los más exaltados en esos momentos de efervescencia, y, necesariamente, empleó armas.
    El Fiscal se limitó a apuntar, con un laconismo remarcable en tratándose –como se trataba- de una cuestión jurídica tan compleja como la de la obediencia debida: “No es posible haya tranquilidad pública en Buenos Aires si se absuelve al asesino que alega en su defensa que asesinó porque lo mandaron asesinar.” El 13 de octubre, Obligado se recibe de gobernador permanente; y cuatro días después, el 17, son ajusticiados en la plaza 25 de Mayo los ex mazorqueros Manuel Troncoso y Silverio Badía, acusados de crímenes producidos entre los años 1840 y 1842 (25). Estos mazorqueros, un año antes, habían integrado las fuerzas premiadas por el gobierno liberal en mérito a su adhesión a la revolución del 11 de septiembre. El 28 de diciembre siguen igual suerte Ciriaco Cuitiño y Leandro Alén, ejecutados a las 9 de la mañana en la plaza de la Independencia, junto a los muros de la Concepción (26).

  1. EL PROCESO A LOS MONTONEROS
    A fines de enero de 1856 el general Jerónimo Costa desembarca en Zárate con escasos efectivos federales. Nos dice Arturo Jauretche: “Queda abolida para siempre la pena de muerte por causas políticas (Art. 18 de Constitución Nacional). También, como en el caso de la confiscación de bienes, esta garantía estaba incorporada a la Carta Magna y a lo que Buenos Aires se había dado con la segregación. Se supone que la prohibición de aplicar la pena de muerte por causas políticas rige para los casos extremos, como revoluciones, golpes de estados, etc., y no para los simples desacatos, interpelaciones parlamentarias o artículos periodísticos. Pues es precisamente, con las revoluciones o tentativas, cuando no funciona; se trata de otro paraguas para cuando no llueve” (27).
    La Constitución del año 1853 estableció en el papel la organización y constitución del país en la tan soñada unidad nacional. Sin embargo se siguió derramando sangre gaucha... y de la otra, en Buenos Aires, Cepeda, Pavón... hasta que en 1880 Buenos Aires se entregó al país, sujetándolo a su designio. Pero volvamos a Costa (28).
    Sin posibilidad de dar batalla, por la desproporción de las fuerzas, Costa se acercó a Buenos Aires, con la esperanza de recibir refuerzos que le habían sido prometidos si se acercaba a la ciudad. Situación que no se produjo (29). Los ejércitos se encontraron en Villamayor, paraje del partido de La Matanza, donde los federales se rindieron, pero haciendo honor al nombre de la localidad, sus oficiales fueron lanceados, no quedando ningún federal con vida, excediéndose los términos del Acuerdo firmado por Obligado, Alsina y Mitre que exceptuaba de la pena máxima a la tropa (30). Regía ya la garantía constitucional.
    No hubo ni siquiera juicio sumarísimo para el general Costa y sus compañeros de infortunio: la pena de muerte había sido establecida por Decreto y antes de ser habidos los inculpados (31). Sarmiento se alegró por la cobarde matanza, y escribió desde El Nacional: “Han muerto o han sido fusilados, en el acto de ser aprehendidos, Bustos, Costa, Olmos. Trofeos la espada de Costa ruin y mohosa. El carnaval ha principado. Se acabó la mazorca.” Después de Pavón hubieron unos años de respiro, turbados en parte por la guerra del Paraguay. Luego se impuso una batalla a muerte a quien se opusiese a la europeización del país: guerra a muerte a la barbarie, al gaucho, paso a la civilización.
    El gaucho tal vez se hubiese adaptado al progreso, si el exterminio no se hubiese predicado en su contra.  Aunque quizás se pensó que la altivez del gaucho, su espíritu de libertad y su soberbia, no hubiesen aceptado las condiciones esclavizantes que aceptaron los colonos extranjeros.
    Y quizás por eso, la frase de Sarmiento en la carta que le escribiera a Mitre: “No ahorre sangre de gauchos, es excelente para abonar la tierra”(32). O aquella otra escrita a propósito del asesinato alevoso del general Ángel Peñaloza (El Chacho): “Yo aplaudo la muerte del Chacho, precisamente, por la forma en que se llevó a cabo”, tuvieron cumplimiento inmediato y frío.
    En la tragedia de su clase oprimida y castigada, como es la gaucha, en nuestro caso, es donde está palpitante, como un corazón pleno de vida, la verdad histórica de nuestra tierra. Los ideales del liberalismo intransigente fueron los definidos por Sarmiento, con el beneplácito de sus opositores liberales, en aquel famoso discurso que pronunció en la logia Constancia, donde afirmó que había que imponer paulatinamente una sola lengua, y todo indicaba que debía ser la inglesa en razón de que esa potencia extendía su dominio por todo el mundo; había que desarraigar el hondo sentimiento religioso; había que destruir las tradiciones que sustentaban el  vínculo de cohesión nacional; y había que acabar con toda opinión política contraria al credo liberal.
    La montonera fue extirpada con energía, y los paisanos apresados marcharon a la frontera con el indio, que debía extenderse hasta el río Negro (33). Paralelamente, se intensificó el usual sistema de los contingentes armados mediante arreos de vagos "malentretenidos" en pulperías y enramadas.
La deserción se penó con la muerte por decreto de 1872 (34). Y, cuando los gauchos quisieron rebelarse en Loncohué, se ordenó diezmar a los insurrectos. Producida la guerra con el Paraguay a causa de las intrigas mitristas, y “cazados” los gauchos para formar los contingentes que debían marchar hacia aquella matanza, era natural que de las provincias salieran los caudillos que al frente de las “masas” –de las poblaciones- se opusieran, sublevándose, a la irrupción de las tropas mitristas (35).
    Por estas razones se sublevaron el Chacho (36), Felipe Varela, López Jordán, Chumbita,  Francisco Clavero y algunos otros.

  1. CONCLUSIONES
    Había caído Rosas, pero no la barbarie (37). Afirma Eliseo F. Lestrade que “después de la caída de Rosas el país presenció el asolamiento del interior y de la campaña de la provincia de Buenos Aires, realizado por los gobiernos que le sucedieron en la provincia y que desde ésta pretendieron subordinar todo el interior.”
    El poema Martín Fierro constituye un documento en cada uno de sus versos. Por otra parte, si los vencedores de Pavón hubieran deseado realmente pacificar el país, lo que correspondía al principio era ofertar la paz al interior, levantado en armas en defensa del gobierno constitucional de Derqui.
Es así que no se buscó un entendimiento pacífico con el interior. Se le presentó el hecho consumado de la guerra, prefiriendo conquistarlo, ejercer su dominio y aterrorizarlo. Con ese objetivo había que derramar mucha sangre argentina.
   Para terminar, diremos solamente que eso no importaba a los liberales que entonces detentaban el poder.
 
NOTAS
 
1) La noticia de la caída de Rosas significó un alza en los bonos del empréstito, que de 20 saltaron a 70 en la bolsa de Londres (Ferns) (ROSA, José María, Historia Argentina, Bs.As., Oriente, 1978 t. V, p 498).
2) Que la oligarquía haya creído un éxito definitivo su programa Civilización o Barbarie, es decir lo que llamó “el progreso” de la última mitad del siglo XIX, ha sido congruente con sus intereses económicos más que a la defensa de los derechos existenciales.
3) JAURETCHE, Arturo, Manual de zonceras argentinas, Buenos Aires, Peña Lillo, 1983, p 15.
4) DE PAOLI, Pedro, Sarmiento, su gravitación en el desarrollo nacional, Bs.As. Teoría, 1964, p 150.
5) Hasta el 19 de febrero los fusilamientos fueron continuos, a pretexto de desórdenes que se habían dejado de cometer el día 5 (ROSA, t. V, p 505).
6) Se dijo que Cuenca no era partidario de Rosas y en sus bolsillos se encontraron poesías contrarias a éste (ROSA, t. V, p 500).
7) El vencedor de Caseros habrá recriminado a Chilavert su defección del bando antirrosista. Pero don Martiniano le habría contestado que allí había un solo traidor: quien se había unido al extranjero para atacar su patria.
8) También todos los sobrevivientes del regimiento de Aquino fueron ahorcados sin juicio previo, a la vista de Urquiza mientras la gente aplaudía a medida que se cumplía con la bárbara sentencia (O’DONNELL, Pacho, Juan Manuel de Rosas. El maldito de nuestra historia oficial, Bs.As., Planeta, 2001, p. 267).
9) El 20 de febrero de 1852, aniversario de la batalla de Ituzaingó, el Ejército Libertador hace su entrada en Buenos Aires. Los brasileños han deseado que sea ese día: es un pequeño desquite que satisface su orgullo (DE PAOLI, p 125).
10) Gral. DÍAZ, César, Memorias: 1842-1852, Bs.As., Solar, 1943, p 268.
11) BENENCIA, Julio Arturo, Partes de batalla de las guerras civiles: 1840-1852, Bs.As., Academia Nacional de la Historia, 1977, t. III, p. 641.
12) Según Pedro de Paoli es después de Caseros que la Argentina toma perfiles de colonia británica, por la acción de los ex-exilados y sus descendientes. En efecto, desde entonces todo pasa al dominio inglés: ferrocarriles, puertos, agua corriente, gas, luz eléctrica, bancos, finanzas, etc. (DE PAOLI, Pedro, Facundo, Bs.As., Facundo, 1972, p. 7).
13) ZITO LEMA, Vicente, Juicio criminal a don Juan Manuel de Rosas, Bs.As., ed. del autor, 1973, p. 5.
14) “Juan Manuel de Rosas transformó los Presupuestos de Gastos –con exclusión de los cálculos de recursos del Estado Federal que gobernaba-, en instrumentos administrativos de suma eficacia, y los puso a alcance de todos los ciudadanos contribuyentes, deseosos de conocer el camino que seguían las inversiones públicas.” (FITTE, Ernesto J., Los presupuestos de Rosas, en Investigaciones y Ensayos, Bs.As., Academia Nacional de la Historia, 1978, Nº 25, p. 15).
15) O`DONNELL, p 275.
16) ZITO LEMA, p 6.
17) JAURETCHE, p 187.
18) PÉREZ AMUCHÁSTEGUI, Antonio J., Crónica Argentina histórica, Bs.As., Codex, 1979,  t. IV, p. 58.
19) Rufino de Elizalde, junto con Vélez Sársfield y otros abogados firmó, a fines de 1851, una ferviente adhesión a Rosas.
20) ZITO LEMA, p 97.
21) ROSA, t. VI, p. 127.
22) A Alén se le imputó un homicidio, que después se probó no había cometido (ROSA, t. VI, p. 127).
23) En correspondencia firmada por el edecán de Rosas, general Manuel Corvalán del 19 de abril de 1842, dirigida al coronel Joaquín María Ramiro, le manifiesta: “El infrascripto ha recibido orden del Excmo. Señor Gobernador de la Provincia Brigadier Don Juan Manuel de Rosas para decir a V.S. que ha mirado con el más serio profundo desagrado los escandalosos asesinatos que se han acometido en estos últimos días, los que aunque han sido sobre salvajes unitarios, nada, absolutamente nadie, está autorizado para semejante bárbara... licencia.” (ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN, Secretaría de Rosas, S. V, c. 30, A. 3, Nº 1; borrador de puño y letra de Rosas).
24) ROSA, t. VI, p. 127.
25) Estos mazorqueros fueron inmolados, más que por tales, por haber participado en el sitio del general Hilario Lagos a Buenos Aires, y quienes debieron cargar sobre sus pechos argentinos, las consecuencias de una política que sólo la Historia debió juzgar. (MONTEZANTI, Néstor Luis, Rosas y el terror, en Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Nº 43, Bs.As., 1996, p 37).
26) Cuitiño salió con paso firme, saludó por su nombre a los demás reos al pasar frente a sus calabozos, entre ellos a Reyes. Criollo de ley, al pasar frente a la casa de gobierno gritó repetidas veces con acento claro “¡Viva Rosas! ¡Muero por Rosas y su causa!”
27) Jauretche compara la matanza de Villamayor con los fusilamientos del 9 de junio de 1956 (p 192).
28) El general Jerónimo Costa nació en Buenos Aires en 1809, peleó en la guerra contra el Brasil, contra la Liga Unitaria y en la heroica defensa de la isla Martín García (1838) contra el ejército imperialista francés.
29) GONZALEZ ESPUL, Cecilia, Jerónimo Costa, héroe de Martín García, en Revista del Instituto Nac. de Inv. His. Juan Manuel de Rosas, Nº 47, Bs.As., 1997, p. 69.
30) JAURETCHE, p. 191.
31) Sin estar investido el gobernador Alsina de facultades extraordinarias (expresamente prohibidas por el art. 106 de la Constitución del Estado) ni declarar un estado de sitio no contemplado por el Código local, ordenaba el castigo de tan famosos criminales (ROSA, t. VI, p 156).
32) Cartas de Sarmiento a Mitre del 20 de septiembre de 1861 y 18 de noviembre de 1863 reproducidas completamente por PÉREZ AMUCHÁSTEGUI, pp XXXIV y XXXVIII.
33) El Martín Fierro de José Hernández “canta en su estilo nacional, sus aventuras, desdichas y tribulaciones de su vida nómade y del soldado en la frontera” (Diario LA REPUBLICA, Buenos Aires, 28 de noviembre de 1872).
34) Los contingentes de gauchos vuelcan en las unidades militares fronterizas a desgraciados que sólo tienen dos caminos: morir en la lucha contra el indio o ser sableados impunemente por la “autoridad” bajo la acusación de “vagos y malentretenidos”.
35) DE PAOLI, Pedro - MERCADO, Manuel G., Proceso a los montoneros y guerra del Paraguay, Bs.As., Eudeba, 1975, p 147.
36) El general Peñaloza devolvía a todos los prisioneros que había tomado, no faltaba uno solo, y no había uno solo entre ellos que pudiera alzar su voz para quejarse de violencias o malos tratamientos. Y, ¿dónde estaban los prisioneros que se habían tomado a él? (HERNÁNDEZ, José - SARMIENTO, Domingo F., Proceso al Chacho, Bs.As., Theoria, 1968, p 158).
37) EZCURRA MEDRANO, Alberto, Las otras Tablas de Sangre, Bs.As., Haz, 1952, p. 111.

martes, 28 de febrero de 2012

Sarmiento, Quiroga y el día de los muertos.

Por el Dr. Sandro Olaza Pallero

Afirma Ernesto Romano que “el periodismo es fenómeno moderno, simpatiza y atenta contra el arte a un mismo tiempo; una nueva e híbrida forma de escribir y leer: premura, improvisación, citas erradas, cifras que se inventan, eco y ecolalia”. El periodismo es el género degenerado de Domingo Faustino Sarmiento, y su Facundo, por partida doble, la primera obra maestra de la literatura y periodismo americano. El culto de los muertos es para Sarmiento el origen de la civilización; los ancestros, sacralizados por la muerte, protegen desde su magra tumba la ciudad, son sus jefes y sus dueños. Hace suyo el oráculo de la Pitia: “Honra con culto á los jefes del país, los muertos que moran bajo la tierra”.
Según Ricardo Rojas, Sarmiento “sentía la devoción de los camposantos y en sus viajes visitaba los cementerios”. Iba a la Recoleta todos los años –ahí se encontraba su hijo Dominguito muerto valientemente en la guerra contra los paraguayos-, el día de los muertos y escribió artículos sobre ello, donde se puede apreciar un fondo religioso cristiano con reminiscencias egipcias y una cierta idea pagana de la gloria. Hay en el sanjuanino una concepción geológica del desenvolvimiento del espíritu en la historia, que abarca por analogía la estructura de la mente humana. Historia y alma crecen por sedimentación, por acumulación de capas sucesivas. Nada muere de manera absoluta, y todo perdura latente y dispuesto a ser invocado desde su oscuro sustrato. Tierra, hombre e historia comparten idéntica estructura terrena: la patria. El día 4 noviembre de 1885, en el periódico El Debate, Sarmiento escribió un artículo titulado “El Día de los Muertos”, interesante pieza literaria. Realiza una serie de meditaciones con ironías y se refiere a la diferencia de estaciones con Europa –allí es primavera cuando aquí es otoño- y dice: “Y entre las flores y los perfumes de la primavera, el día que vuelven alborozadas las ausentes golondrinas quisiéramos por tradición llorar a los muertos: pero la naturaleza que es nuestra guía, nos invita a sonreír y enjugar las lágrimas, como niño a quien los besos de su madre distrae de la efímera pena del momento. Honramos pues la memoria de los nuestros a la manera de los griegos, cuyo Dios Supremo sonreía y siempre jovialmente, es decir, divinamente, como Aquiles lloraba el cadáver de su amigo bailando desnudo en torno de la pira de Patroclo…Sabed que ese cementerio es la patria con cuerpo y alma, la patria de ahora, la patria de entonces, la patria de mañana. Allí volvemos a estar todos juntos…Por ahora los árboles dejan ver la galería que da entrada a la mansión de los muertos y cuya arquitectura nos lleva a los mejores tiempos de las Bellas Artes. Por entre sus columnas se divisan ya, antes de entrar, urnas cinerarias, sepulcros, columnas y sarcófagos y la bella estatua del Dolor, que vela gimiendo sobre la tumba de Facundo, a quien el arte literario más que el puñal del tirano, que lo atravesó en Barranco Yaco, ha condenado a sobrevivirse a si mismo y a los suyos, a quienes no transmiten las responsabilidades de la sangre. El Dante puede mostrar a Virgilio este león encadenado, convertido en mármol de Paros y en estatua griega, porque del otro lado de la tumba, todo lo que sobrevive debe ser bello y arreglado a los tipos divinos, cuyas formas revestirá el hombre que viene. He aquí, me decía un joven Arce, pariente de Quiroga, como yo llevo la toga y la clámide del griego y no la túnica ni dalmática del bárbaro. Podría decirle a mi vez que mi sangre corre ahora confundida en sus hijos con la de Facundo y no se han repelido sus corpúsculos rojos, porque eran afines. Quiroga ha pasado a la historia y revista las formas esculturales de os héroes primitivos, de Ayax y Aquiles”.

Fuentes:

“El Día de los Muertos. Un artículo periodístico de Sarmiento con reflexiones sobre el mausoleo de Quiroga en la Recoleta”, en Ambas Américas. Revista de Educación, Bibliografía y Agricultura n° 7, Buenos Aires, Septiembre de 1995.
ROJAS, Ricardo, El profeta de la pampa. Vida de Sarmiento, Buenos Aires, Editorial Losada, 1945.
ROMANO, Ernesto, “La commedia argentina”, en Proyecto Sarmiento. Obras Completas en Internet (http://www.proyectosarmiento.com.ar/ )
Publicado por Blog de Historia Argentina e Hispanoamericana en viernes, diciembre 25, 2009 0 comentarios
Etiquetas: Otra vez Sarmiento y Rosas, Quiroga y el día de los muertos, Sandro Olaza Pallero

viernes, 28 de octubre de 2011

Cayetano Bruno

Por el Dr. Sandro Olaza Pallero


Cayetano Bruno, SDB, sacerdote, historiador, docente y jurista argentino. El padre Cayetano Bruno no sólo ha prestigiado a las letras nacionales. Fue uno de los artífices de la nación culta y próspera que hizo del nuestro uno de los pueblos más elevados del continente. Pero sobre todo fue un ejemplar galardón de la Iglesia Católica en la Congregación Salesiana. Nació en la ciudad de Córdoba el 23 de julio de 1912, en el seno de un hogar de inmigrantes italianos conformado por sus padres Gaetano y Epifanía Bruno y otros siete hermanos. Bautizado en la parroquia del Pilar y confirmado en el Colegio Salesiano “San Pío X” de la misma ciudad, hizo allí el ciclo primario.
Ingresó al aspirantado Vignaud de su provincia natal en 1924, haciendo profesión perpetua en 1933. Estudiante de Teología y Filosofía del Instituto Villada, se ordenó en la iglesia cordobesa de María Auxiliadora el 29 en noviembre de 1936 y al año siguiente viajó a Roma para estudiar Derecho Canónico en la Pontificia Universidad Lateranense de esa ciudad. Catequista y profesor de Derecho y Liturgia en el Instituto Teológico Internacional Villada del que había sido alumno, en 1953 se hizo cargo de la cátedra de Derecho Canónico en la Universidad Salesiana de Turín, de la que fue decano en 1957 cuando aquella se trasladó a Roma. De regreso en la Argentina pasó a integrar la Editorial Salesiana Don Bosco, que publicaría la mayoría de sus trabajos. Efectuó varios viajes de investigación para consultar archivos en el exterior, especialmente en Roma, a la que se trasladó en 1978 y 1982, siendo asiduo consultor del “Archivo Secreto del Vaticano” abierto por S. S. Juan Pablo II. En 1975 el padre Bruno fue incorporado como miembro de número a la Academia Nacional de la Historia y ese mismo año pasó a integrar también la Junta de Historia Eclesiástica. En 1978 recibió el premio “Consagración Nacional” por la amplia difusión de su obra. Historiador e investigador fecundo, el padre Bruno sacó a la luz trabajos de notable trascendencia, dieciocho de los cuales fueron publicados por Ediciones Didascalia entre 1991 y 2000, dedicadas a la acción evangelizadora de la Iglesia Católica en tierras de Hispanoamérica. Sus libros más importantes fueron: Bases y concordato entre la Santa Sede y la Argentina (1947), La Virgen Generala. Estudio fundamental (1954), Para una reforma católica de la Constitución Argentina (1956), Historia Argentina (1976), Las florecillas de San Francisco Solano (1976), Las florecillas de San Martín de Porres (1981), Historia de las manifestaciones de la Virgen, Los salesianos y las Hijas de María Auxiliadora en la Argentina (1981), La religiosidad del General San Martín (1978), Iglesia y Estado en las Indias (póstumo) y su monumental Historia de la Iglesia en la Argentina, doce tomos editados por los salesianos en 1981. Si a ellos agregamos sus estudios especializados, es de observar que estamos frente a un eminente erudito que mereció haber tenido una trascendencia universal, digno de ser comparada con los célebres Teodoro Mommsen o Ludwig Von Pastor [1].
El Padre Cayetano Bruno no solo ha prestigiado a las letras nacionales. Fue uno de los artífices de la nación culta y civilizada que hizo del nuestro uno de los pueblos más elevadosdel continente. Pero sobre todo fue un ejemplar galardón de la Iglesia Católica en la Congregación Salesiana.
Poseyó el don de ciencia y la sabiduría de aquellos que, fieles al Señor y su Santísima Madre, Auxilio de los Cristianos, creen para entender y entienden para creer aún más firmemente. El notable salesiano encontró en la meditación de los sagrados misterios trinitarios “la Verdad, el Camino y la Vida”, lo que demostró en cada instante de su vida sacerdotal.
Su piadosa devoción al Santísimo Sacramento y al Santo Rosario le permitieron ahondar en la complejidad de los problemas del alma, lo que supo aprovechar en el sacramento de la Reconciliación durante sus incontables años como confesor en la Basílica de María Auxiliadora.
Su negro talante, desteñido por los años de infatigable celo apostólico, pastoral y docente, fue su más preciada condecoración. Partió de estas tierras a engrosar las huestes de su único Rey y Caudillo, bajo la maternal mirada de su Madre y Señora, el 13 de julio del año 2000.

Notas

1- Recordamos, entre otras, su tesis De caucis maioribus et præcipue de causis episcoporum, histórico-jurídica disquisitio, (1941); Lectura de los libros prohibidos (1954), El Derecho Público de la Iglesia en la Argentina (1956), El derecho de los salesianos y de las Hijas de María Auxiliadora (1957), Prontuario di diritto salesiano (1962), La suora di vita attiva nello spirito di San Giovanni Bosco (1966) y El Derecho Público de la Iglesia en Indias. Estudio histórico-jurídico (1967).

miércoles, 9 de febrero de 2011

Ricardo Levene

Por el Dr. Sandro Olaza Pallero

Ricardo Levene nació en Buenos Aires el 7 de febrero de 1885. Estudió en el Colegio Nacional obteniendo el título de bachiller y se graduó como doctor en Jurisprudencia y Leyes en la Universidad de Buenos Aires en el año 1906.
Fue Profesor de Historia en el Colegio Nacional Mariano Moreno (1906-1928), alternando la actividad docente con la de publicista. Hacia 1911 inició su labor como docente universitario en la Facultad de Filosofía y Letras como profesor suplente de Sociología en la Cátedra de Ernesto Quesada.
A partir de entonces dictará clases en distintas universidades argentinas, como la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires y la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata. En la primera casa de altos estudios se había incorporado como profesor adjunto en Introducción al Derecho, cátedra del doctor Carlos Octavio Bunge y a la muerte de éste lo reemplazó.
A lo largo de su vasta trayectoria profesional desempeñó numerosos cargos en diversos congresos, instituciones y certámenes científicos. Desde 1915 fue miembro de número de la Junta de Historia y Numismática Argentina y Americana resultando elegido presidente de la misma entre 1927-1931 y 1934-1938. A partir de ese momento le tocó presidir la transformación de la Junta en Academia Nacional de la Historia, cuya presidencia ejerció hasta el momento de su fallecimiento por un ataque al corazón en Buenos Aires el 13 de marzo de 1959.
Participó en la gestión de proyectos culturales que hasta ahora sobreviven como la fundación del Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires que actualmente lleva su nombre o la creación de la Comisión de Museos, Monumentos y Lugares Históricos que presidió desde 1939 hasta 1946. Junto con Rómulo D. Carbia, Emilio Ravignani y Diego L. Molinari, fue protagonista de la renovación historiográfica de la Nueva Escuela Histórica Argentina. En su bibliografía, Ricardo Levene concatenó la aspiración a la verdad científica con la inquietud por la formación de la “cultura histórica” de los argentinos.
Fue Director del Instituto de Historia del Derecho desde su fundación, que él mismo promovió a fines de 1936, y profesor titular de Introducción al Derecho. Señala Mariluz Urquijo que Levene en su Historia del Derecho Argentino, iniciada en 1945 y concluida poco antes de su fallecimiento, “a diferencia de la Introducción que había surgido casi de la nada, su Historia recoge tanto las investigaciones propias como los resultados de la labor ajena, realizada en buena parte merced al estímulo del mismo Levene. Así como la Introducción marcó un punto de partida, la Historia señala la madurez de un impulso que los muchos discípulos de Levene están obligados a no dejar declinar”.
En enero de 1945, las autoridades surgidas del golpe del 4 de junio de 1943 lo designaron Vocal de la Comisión del Consejo Nacional de Estadísticas y Censos para la realización del IV Censo Nacional. En junio del mismo año, una resolución del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública lo nombró vocal-representante de esa dependencia para el Consejo Superior del Instituto Sanmartiniano. La llegada al poder de Juan Domingo Perón no modificará esta situación, pues Levene no sólo conservó sus cargos –excepto la Presidencia de la Comisión de Museos, Monumentos y Lugares Históricos-, sino que fue convocado para participar en diversas funciones ejecutivas.
En su función de Presidente de la Academia Nacional de la Historia, compartió la Comisión Nacional de Honor de ese congreso con el Presidente Perón; el Vicepresidente Quijano; el Ministro del Interior Borlenghi y el gobernador bonaerense Mercante. Según Martha Rodríguez, el gobierno peronista “por lo menos durante el decenio 45-55 mantuvo una clara posición frente a los orígenes históricos y culturales del país, que no difería demasiado de la que en sus investigaciones históricas proponían R. Levene y el resto de los miembros de la ANH.
Al intento del peronismo de asociar los símbolos y mitos patrios –que eran los que rescataba también la ANH- con su movimiento, se agrega su revalorización de lo hispánico. Es posible encontrar entonces, ciertas similitudes entre los resultados de las investigaciones históricas de Levene y varios de sus colegas en la academia, y la usina intelectual del peronismo, de la que emana la posición oficial del régimen”.
En esa época se creó una comisión para revisar la actuación política de Juan Manuel de Rosas, que tuvo un gran debate en el gobierno peronista, especialmente a través del revisionismo representado entre otros por el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, lo que resultó en una consulta del Ministerio de Educación a la Academia Nacional de la Historia. Este proyecto que de aprobarse hubiera provisto un importante soporte institucional al revisionismo histórico, fue elevado a la Academia, quien aprobó el siguiente dictamen: “Los miembros de la mesa directiva que suscriben consideran que las instituciones dedicadas a los estudios históricos existentes en el país vienen realizando una intensa labor de investigación y crítica histórica de todas las épocas del pasado argentino, que es el alto objetivo de toda verdadera revisión histórica. Las publicaciones que se llevan a cabo (…) y entre ellas la “Historia de la Nación Argentina” que edita esta Academia, son muestra inequívoca de la constante preocupación científica y patriótica de los historiadores argentinos (…) Tales investigaciones se llevan a cabo sin pasión sectaria y con amor a la verdad histórica…”.
Cuando se produjo el fallecimiento de Levene, el decano Francisco P. Laplaza por resolución n° 2938/59 del 13 de marzo de 1959 dispuso realizar homenajes a su memoria, entre ellas una comisión que estaría presente en su sepelio e integrada por los profesores doctores Ricardo Zorraquín Becú, Samuel W. Medrano, Mario C. Belgrano, Federico Torres Lacroze, Julio César Cueto Rúa, Fernando L. Sabsay, Fernando N. Barrancos y Vedia, Genaro R. Carrió, Remo F. Entelman, Carlos E. Alchourrón y María Isabel Azaretto de Vázquez. Zorraquín Becú en su oración fúnebre al maestro Levene destacó sobre su vocación docente: “Esa vocación se nutría de un gran amor a la cultura, a las instituciones y a la juventud. Sabía ayudar, promover y suscitar el entusiasmo y la consagración de otros, y llevaba en su corazón ese deseo de servir a la patria difundiendo y alentando los estudios”.

Fuentes:
MARILUZ URQUIJO, José M., “Ricardo Levene y la Historia del Derecho”, enRevista del Instituto de Historia del Derecho n° 10, Buenos Aires, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, 1959.
RODRÍGUEZ, Martha, “Cultura y educación bajo el primer peronismo. El derrotero académico institucional de Ricardo Levene”, en PAGANO, Nora y RODRÍGUEZ, Martha (Comp.), La Historiografía Rioplatense en la Posguerra, Buenos Aires, Editorial La Colmena, 2001.

sábado, 10 de julio de 2010

Juan Francisco Borges

Por el Dr. Sandro Olaza Pallero

Nació este militar y caudillo en Santiago del Estero, el 24 de junio de 1766. Sus padres fueron María Josefa Urrejola y Peñaloza y Manuel Pedro Borges, un oficial de distinguida familia del ejército real. Su esposa fue Catalina de Medina y Montalvo, con la que tuvo un hijo: Juan Francisco Segundo Borges, que años más tarde llegaría a ser gobernador de su provincia. En 1781, Borges era ayudante mayor de infantería de los ejércitos del rey y estaba a las órdenes de su padre en la ciudad de La Paz cuando fue asaltada dos veces por las fuerzas rebeldes de Túpac Catari. Herido al tratar de romper el sitio, fue tomado prisionero pero logró evadirse. Su padre murió en combate contra los insurgentes. El 15 de febrero de 1783 fue ascendido a capitán del ejército real y en 1790 se asoció en La Paz con José María de Iriondo y Benito Blas de Abarlega para exportar la cascarilla o quina que curaba las fiebres. Debido a un problema con el intendente de esa ciudad, fue procesado y enviado a Buenos Aires en 1796. Por intervención del virrey marqués Rafael de Sobremonte fue absuelto y dejado en libertad en 1798. Pero al año siguiente tuvo un conflicto con Domingo A. Achával, por lo que nuevamente fue arrestado y después de ser liberado regresó a Santiago del Estero. En 1801 hizo una campaña al Chaco, buscando el casi mítico "mesón de fierro", un enorme meteorito muy conocido por los indígenas, pero cuya ubicación se había perdido. Viajó en 1802 a España, donde fue seleccionado como miembro de la “guardia de corps” de Carlos IV y le fue conferido el título de caballero cruzado de la Orden de Santiago, mérito singular para un criollo que tuvo el honor de nacer en la provincia cuyo santo patrono era precisamente el apóstol Santiago. En 1807 el rey le otorgó un privilegio económico por sus servicios a la Corona. En la madre patria conoció a otro futuro revolucionario argentino, el salteño José Moldes. Retornó al virreinato del Río de la Plata en 1808 y se dirigió a su tierra natal. Al año siguiente apoyó las conspiraciones independentistas de Moldes. El gobernador de Salta del Tucumán le confirió el mando militar de la ciudad de Santiago del Estero en 1810, aún cuando sabía que formaba parte de los independentistas. Producida la Revolución de Mayo, la noticia de la misma llegó a Santiago del Estero el 10 de junio de 1810. Adhirió inmediatamente a ella y, junto con Lorenzo Lugones, presionó al cabildo local para que reconociera la autoridad de la Primera Junta, lo que recién ocurriría el día 29 de junio. Esto impidió que el ex virrey Santiago de Liniers tuviera el apoyo santiagueño a la contrarrevolución y que fracasara su plan contra la Junta de Buenos Aires. Borges ascendido a teniente coronel, se le encargó la formación de un regimiento de patricios santiagueños, integrado por tres compañías, al frente del cual se incorporó al Ejército del Norte. A causa de un incidente que tuvo en Jujuy con Francisco Ortiz de Ocampo, Juan José Castelli lo despidió del ejército el 28 de noviembre en Potosí y Borges retornó a Santiago del Estero. Se enfrentó al cabildo de su provincia por la elección del diputado Juan José Lami, a la Junta Grande hecha el 2 de julio, que no se había hecho por un cabildo abierto. El 15 de julio se dirigió a la Junta, pidiendo la anulación de la elección y solicitando armas. Fue el primer reclamo de representatividad de los cuerpos colegiados que se conoce en la historia de la Revolución. La Primera Junta ordenó practicar una nueva elección. No obstante, el 20 de diciembre, Castelli y Ortiz de Ocampo lograron imponer sus candidatos en la elección de capitulares. El Cabildo protestó y nombró a Borges el 4 de febrero de 1811, como su apoderado ante la Junta para reclamar sus derechos electivos. Una nueva elección fue realizada el 15 de marzo de 1811, resultando elegido Pedro Francisco de Uriarte, a lo cual Borges nuevamente presentó una protesta. Ante estos gestos, al caer la Junta y ser elegido el Primer Triunvirato, su secretario Bernardino Rivadavia lo hizo arrestar y procesar en Buenos Aires. Durante su prisión, fue elegido miembro del cabildo de Santiago del Estero en 1812 y recuperó su libertad. Regresó a su ciudad natal el 8 de diciembre de ese año y fue elegido diputado a la Asamblea del año XIII, pero la Logia Lautaro vetó su nombramiento tal cual hizo con los diputados orientales. El diputado por Santiago fue electo por el cabildo de Buenos Aires. Nada de esto podía dejar contento a un autonomista como Borges, que rápidamente se fue definiendo como federal y que enfrentó a la logia que por una parte negociaba con los portugueses y por otra claudicaba con el poder realista. En 1815 era gobernador de Tucumán, Bernabé Aráoz, de la que dependía Santiago del Estero. Borges dirigió una carta al Director Supremo interino, Ignacio Álvarez Thomas, reclamando la separación de su provincia de la del Tucumán. El Director le contestó que sus conflictos serían solucionados por el Congreso que se reuniría próximamente en San Miguel de Tucumán. El 4 de septiembre de 1815, Borges arrestó al teniente de gobernador y se hizo nombrar gobernador independiente del de Tucumán, declarando a Santiago del Estero como Pueblo Libre, en sintonía con José Gervasio de Artigas. Contaba con el apoyo de la milicia provincial y de buena parte del pueblo. Pero Aráoz reaccionó rápidamente: sólo cuatro días después, un contingente de milicias tucumanas tomaba la ciudad por asalto y Borges fue herido. Lo dieron por muerto y sus hombres se dispersaron. Cuando volvió en sí fue arrestado y enviado preso a Tucumán. Fue perdonado por el Congreso y poco después escapó de la prisión domiciliaria en que se hallaba y se asiló en Salta, bajo la protección del gobernador Martín Güemes. Participó en los desórdenes que llevaron a la autonomía salteña, y firmó el tratado por el que el Director Supremo José Rondeau reconocía la autoridad de Güemes. El 10 de diciembre de 1816 regresó a Santiago del Estero y volvió a deponer al gobierno. Proclamó la autonomía absoluta de su provincia y se autoproclamó gobernador en rechazo a medidas anti-autonomistas tomadas por el Congreso de Tucumán. Por orden del Congreso, en que la influencia de los locales era decisiva (al menos en asuntos domésticos), el general Manuel Belgrano envió tres regimientos a reprimir la revolución. El coronel Lamadrid derrotó al coronel Borges en el Combate de Pitambalá. Se refugió en Guaype, en casa de los Taboada (abuelos de los futuros caudillos unitarios de Santiago), pero éstos lo entregaron a La Madrid. Fue fusilado en el cementerio del Convento de Santo Domingo, cerca de Santiago del Estero, a donde había sido llevado para confesarse, el 1° de enero de 1817, por orden de Belgrano, cumplida por Lamadrid.
Se dijo que media hora después le llegó un indulto decretado por Belgrano, ordenando no ejecutarlo. Santiago del Estero se separaría de Tucumán en 1820. Muchos años más tarde, sus habitantes lo reconocieron como el precursor de su autonomía, y lo consideraron uno de sus héroes. Dijo José María Paz en sus Memorias: “Murió con entereza al pie de un frondoso algarrobo y atado a una silla de baqueta, protestando contra la injusticia de su sentencia y la inobservancia de las formas, pero con sentimientos religiosos y cristianos”.

Fuentes:
ALÉN LASCANO, Luis C., Juan F. Ibarra y el Federalismo del Norte, Buenos Aires, Ed. Peña Lillo, 1968.
ALÉN LASCANO, Luis C., Historia de Santiago del Estero, Ed. Plus Ultra, Bs. As., 1991.
UDAONDO, Enrique, Diccionario biográfico colonial argentino, Ed. Huarpes, 1945.