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martes, 30 de agosto de 2022

Es acción "Santa" matar a Rosas: los Maza

 Por el Dr. Julio R. Otaño

La “Comisión Argentina” de Montevideo obró en nombre de Lavalle. Buscó contactos con los antirrosistas de Buenos Aires para un desembarco sorpresivo, y trató de ganar el mayor número de jefes militares en actividad que se le plegarían.   El enlace de la Comisión y Lavalle con Buenos Aires lo hacían los jóvenes Félix Frías y Avelino Balcarce. Su juventud (tenían alrededor de 20 años) los ponía a cubierto de toda sospecha. Tampoco la policía de Rosas era en 1839 tan eficiente como fue después.  Las cartas iban a nombres ingleses: George H. Brougham. las destinadas a Montevideo, y John Percy las de Buenos Aires cuando se confiaban al correo. La logia de los Caballeros Liberales, de viejos unitarios, quedó desorganizada en 1838 cuando Alvear, su Venerable, aceptó, con desconcierto de sus correligionarios, la legación en Norteamérica. No eran los viejos unitarios los indicados porque les faltaba entusiasmo y convicción; la mayoría, aunque disconformes con el auge del pueblo, habían concluido por resignarse con el hecho Rosas, y casi todos creían que no era decorosa una revolución apoyada en los franceses.  Los unitarios de Buenos Aires no eran hombres de arriesgarse; el deán Zavaleta, firme en sus convicciones (había votado contra Rosas en el plebiscito), era persona reposada; como el doctor Dalmacio Vélez Sarsfield y Echagüe lo tenía de candidato a gobernador para Córdoba. Con los militares no se podía contar: Lamadrid no salía de Palermo, usaba la divisa federal y hacía brindis por el ilustre Restaurador y el aplastamiento de los inmundos franceses, y Paz, en Luján rehuía las conversaciones políticas.    Frías y Balcarce debieron dirigirse a los dispersos de la Asociación de Mayo: Rafael Jorge Corvalán, Carlos Tejedor, o Jacinto Rodríguez Peña, que trabajaron, gustosos. No consiguieron comprometer a los jefes del grupo, que no eran de temperamento revolucionario: ni Echeverría ni Juan María Gutiérrez.   Además la prominente situación federal de sus padres (Corvalán era hijo del edecán de Rosas, Tejedor del alcaide de la cárcel e íntimo amigo del gobernador) les permitirían desenvolverse sin riesgo.  Lavalle da instrucciones a Frías de acercarse a jefes militares. Tres jefes le interesan: los coroneles Lagos y Corvalán (hermano del general y edecán de Rosas) y teniente coronel Maza (hijo del presidente de la Junta), aunque no ‘‘esté seguro de la sinceridad” del último.  El general Paz cuenta en sus Memorias que “se obraba con tan poca reserva que he oído en un estrado delante de dos señoras, hacer mención de los puntos más reservados sin la menor precaución” Entran los estancieros, cuya oposición era grande porque el bloqueo arruinaba la exportación dé cueros; los más enojados son los mismos amigos de Rosas que lo apoyaron en 1829 y 1835 como ‘hombre de orden” y les resultaba factor de desorden;  Diego Arana, próximo pariente -del ministro de relaciones exteriores, Gervasio Rosas, hermano del gobernador, Félix de Álzaga, Mariano Lozano, apostólicos hasta ayer. Pero daban -una adhesión verbal a la conspiración o cuando más con unos cuantos pesos para gastos, porque no tenían pasta de revolucionarios. Pedro Castelli, estanciero de Dolores los apoyó.  En mayo los jóvenes consiguen por José Lavalle, hermano del general, la adhesión de un militar en actividad: el teniente coronel Ramón Maza, hijo del presidente de la Junta y segundo jefe del regimiento que mandaba en Dolores el coronel Narciso del Valle. Maza ha llegado a Buenos Aires con licencia, y para prorrogarla adelanta su casamiento con Rosa Fuentes Arguibel, sobrina política de Rosas y cuñada de su hijo varón.  Ramón Maza era un ingenuo. Como no quería saber nada con franceses, se le mintió que Lavalle vendría a Buenos Aires por sus propios medios.  Habló con los jefes de guarniciones de la capital: el coronel Vidal de patricios y el coronel Rolón de la Guardia Argentina, les aseguró que Lavalle desembarcaría en Buenos Aires “sin franceses”. Los dos subordinaron su actitud a que se plegase el general Agustín de Pinedo, inspector general de armas. Maza tuvo contactos con el general Manuel Guillermo Pintos, que le prometió participar si Félix Álzaga los acompañaba, y el coronel Hilario Lagos que exigió el apoyo de 2.000 nombres para pronunciar su regimiento. Se limitarían a no entrar en acción cuando desembarcase Lavalle. De los regimientos de campaña suponía levantar el suyo a pesar del efectivo rosismo del coronel del Valle, e inmovilizar al coronel Granada, también muy adicto a Rosas.  Faltaba una fuerza esencial para el desembarco de Lavalle: la artillería de marina al mando de su primo Mariano Maza, convencido federal.    Sin saber que por su torpeza, Rosas estaba al tanto de la conspiración, a mediados de junio Balcarce y Maza creyeron terminados los trabajos. Maza sublevaría en la campaña los regimientos de del Valle y Granada apoyándose en los peones reclutados por Castelli y los estancieros; mientras los grupos de la ciudad matarían a Rosas y tratarían de pronunciar los regimientos urbanos. Manuel Vicente Maza, padre de Ramón, tomaría el gobierno como presidente de la junta. Entonces Lavalle desembarcaría en San Nicolás para asegurar y recoger la victoria.

El plan fue aprobado. Cuesta creer que el doctor Maza, que tanto le debía a Rosas y gozaba de su íntima amistad, se comprometiese en la aventura. Esto, negado por Vicente Fidel López, está afirmado por dos testigos de primera agua: Carlos Tejedor, en una carta escrita a Saldías, y el conspirador que firma en clave con la letra B., que al dar cuenta a Frías de su muerte el 27 de junio, dice “era uno de nuestros hermanos’. Por influencia de su hijo el presidente de la Junta se había prestado a la conspiración.   A mediados de junio, por cartas de Alsina a su suegro que la policía consiguió interceptar, el gobernador estaba al tanto del complot. Quiso salvar al doctor Maza, suponiendo que la debilidad con su hijo lo había arrastrado: escribe a su socio y amigo Juan Nepomuceno Terrero una reservadísima*. “Vuelvo a repetirte lo que ya te he manifestado, que es absolutamente necesario que el doctor Maza salga del país. Tremendos cargos pesan sobre él... y el gobierno no puede salvarlo. Que no insista en una vindicación inútil.. ..Dile que hoy, con su presencia, provoca; y que es preciso que se aleje. Este es mi consejo y quizá muy pronto sea tarde”, Ramón no quiso suspender los trabajos, por encontrarse seguro del éxito y suponer próximo el arribo de Lavalle. Manuel Vicente le creyó. Ya no pudieron salvarse el padre y el hijo.    El Dr. Maza no tomó contacto directamente con los civiles, fuera de Alsina: “Interrogado Ramón por mí —dice Tejedor en carta a Saldías— si su padre el doctor Maza conocía nuestros trabajos, contestó que sí; y que se pondría a la cabeza de una revolución análoga en la legislatura luego que el movimiento hubiese tomado formas”. ’  Nicolás Martínez Fontes resolvió delatar la conspiración. Lo hizo Martínez Fontes (padre) al general Corvalán revelando los nombres de Ramón Maza y de un Jacinto Rodríguez Peña.  Corvalán, sin saber que su hijo Rafael Jorge era uno de los completados, dio estado público a la denuncia y procedió personalmente al arresto de Ramón Maza que fue a la cárcel bajo la custodia de Antonio Tejedor, el padre de Carlos.

 Ramón se confesó único culpable y no dijo los nombres de sus cómplices.   trascendido el descubrimiento del "complot” los federales exaltados se lanzaron a la calle.  Fue agredida por civiles la casa del doctor Maza.  Maza se había refugiado en lo de Juan Nepomuceno Terrero, que le había hecho llegar el consejo de Rosas de abandonar el país.  Maza temió presentarse- ante el amigo traicionado, y pidió que Terrero se adelantase, esperando sus noticias en la legislatura. Pediría por la vida de Ramón y la suya. Terrero vio a Rosas, que se negó a salvar la vida de Ramón, pero aceptó que el doctor Maza se fuese al extranjero inmediatamente para salvarlo del furor de la multitud. Estaban hablando Rosas y Terrero, cuando supieron que Manuel Vicente Maza había sido asesinado por unos emponchados al entrar a su despacho de la junta.  El crimen se atribuyó, en un primer momento, a los comprometidos en la conjura que temieron ser delatados por el doctor Maza para salvar la vida de su hijo. Rosas escribió a Juan Pablo López que el doctor Maza fue víctima de la exaltación de unos federales que lo vieron entrar a la legislatura. Ramón fue fusilado al amanecer del día siguiente a pesar de los ruegos de Manuelita y la nuera de Rosas (cuñada del sentenciado). “Hubieron muchas lágrimas en casa —dirá Rosas años después— pero si veinte veces se presentara el mismo caso, lo haría; no me arrepiento”.  Era que, por orden de Rosas, se había ejecutado al teniente coronel Ramón Maza. Pocas horas después, los cadáveres de padre e hijo recibían sepultura en el Cementerio del Norte, sin ninguna solemnidad. Es una leyenda haberse conducido los cadáveres de padre e hijo en “un carro de basura” y arrojarse al foso común. Fueron entregados a su familia, que los hizo inhumar recatadamente para evitar posibles agravios en esos momentos tumultuosos. Como lo dice Manuel Gálvez, estuvieron en la bóveda de la familia de Alsina y fueron incinerados en 1926.  No pasaron muchos días sin que la justicia individualizara a uno de los asesinos del doctor Maza. Al mismo tiempo se levantaba el sumario sobre el complot del que resultó que estaban implicados en la tentativa de sublevación algunos funcionarios públicos, altos empleados administrativos, militares y sacerdotes principales y federales y unitarios de significación. A esta altura de las actuaciones, Rosas hizo suspender el proceso, archivar el sumario y fusilar al asesino del doctor Maza, sin tomar ninguna medida contra los implicados en la revuelta, ni siquiera la separación de sus cargos. No podía pensarse en el impulso personal de los ejecutores materiales, porque éstos, según estableció la policía, eran delincuentes profesionales varias veces procesados y en el hecho que perpetraron no hubo propósitos de robo ni de venganza, pues no conocian al doctor Maza sino de lejos.   El mismo Rosas, años después y desde el destierro, confirma esta interpretación, diciendo en una carta: “Los autores del asesinato del doctor Manuel Maza fueron de los primeros hombres del partido unitario. Cuando supieron se preparaba a descubrirme, con los documentos que tenia, todo el plan de la revolución, sus autores y cómplices se creyeron perdidos si no hacían desaparecer al doctor Maza”. Por su parte, los unitarios culparon a Rosas del crimen, afirmando que, en ocasión de la declaración de los Martínez Fontes y Medina Camargo. había exclamado en presencia de varios federales, refiriéndose al doctor Maza: “iTraidor! Merecía que lo matasen”, y que de esto se valieron los más fanáticos para matarlo en seguida.  Una tercera interpretación, menos apasionada que las otras, pero Igualmente conjetural. atribuye el crimen a la voluntad, fanatismo y responsabilidad de la Sociedad Popular Restauradora, mejor conocida por “La Mazorca” que, ansiosa de librar a Rosas del conflicto de conciencia entre la seguridad del Gobierno y el recuerdo de una amistad afectuosa y temiendo, quizá, que el Restaurador cediese a los sentimientos antes que a la satisfacción de sus partidarios, se apresuraron a dar muerte al doctor Maza.   Tejedor fue soltado con una nota infamante para un conspirador; “Póngase en libertad al joven Carlos Tejedor, entregándoselo a su padre a quien se le prevendrá cuíde que su hijo no se relacione con salvajes unitarios.

Bibliografía:

Gálvez Manuel "Vida de Don Juan Manuel de Rosas"

Ibarguren Carlos, "Rosas, su vida, su drama, su tiempo"

Irazusta Julio "Vida Política de Juan Manuel de Rosas a traves de su correspondencia"

Levene Ricardo, "Historia Argentina"

Pelliza Mariano "La Dictadura de Rosas"

Pérez Amuchástegui A. J. "Crónica Histórica Argentina"

Rosa José María "Historia Argentina" 

Sierra Vicente, "Historia Argentina"

varios "32 escritores a favor y contra Rosas" autores varios

viernes, 30 de abril de 2021

La conspiración de "los Maza"

 Por el Prof. Jbismarck

Fines de junio de 1839. Rosas descubre una conjuración para derrocarle y quitarle la vida. Iniciada por los jóvenes de la Asociación de Mayo, iba a dirigir el movimiento militar el teniente coronel Ramón Maza. Su padre, el doctor Manuel Vicente de Maza, ocu­paría el gobierno, provisionalmente. Los conspiradores han con­tado con un desembarco de Lavalle, quien, dedicado a preparar su instalación en Martín García, no se decidió.  Mediante la presencia del joven Félix Frías, embarcado en el navio francés Sapho frente a la rada porteña, los conjurados mantenían informado a Lavalle en Montevideo de sus progresos.   Rosas tenía noticias del movimiento desde meses atrás. Una gran parte de la sociedad distinguida conspiraba. 

En abril, en que pasa unos días en Palermo, él solo, con un empleado, escribe ince­santemente. El general Paz dice: “se obraba con tan poca reserva que he oído en un estrado, delante de dos señoras, hacer mención de los puntos más reservados, sin la menor precaución. un secreto que rolaba entre nubes de depositarios”. Pero Rosas no tiene la certeza de la conjuración y los nombres de sus enemigos hasta que uno de los conspiradores los delata.  

Ramón Maza está muy vinculado al Restaurador: se ha casado el 3 de junio con una íntima de Manuelita y cuñada de Juan Rosas y Ezcurra. Cuatro meses antes, don Juan Manuel le ha dicho unas palabras irónicas que pudieron hacerle comprender cómo sospechaba de él. Ramón Maza ha de comprometer a su padre, a quien no ha de halagar tanto el ser gobernador —ya lo ha sido— como para traicionar a su gran amigo Rosas. Probablemente su hijo le ha hablado del movimien­to cuando ya era tarde para aconsejarle que lo suspendiera. El doctor Maza debe haber pasado días de trágica desesperación: no puede denunciar a su hijo y tampoco quiere traicionar a su amigo. Pero no cabe duda de su culpabilidad.  Todo concluyó el 24 de junio, fecha en que Ramón Maza fue detenido y aprisionado. La represión contra los demás implicados comenzó de inme­diato.  ¿Qué había sucedido? Dos de los iniciados, el coronel retirado Nicolás Martínez Fontes y su hijo el Capitán del mismo nombre, lo delataron, siendo apoyados en sus declaraciones por los capitanes Nicolás y Paulino Medina Camargo, los cuales fueron ascendidos un grado y recompensados por $ 60.000 entre todos, según informaba La Gaceta Mercantil el 1 de enero de 1840, “por un servicio de importancia rendido a la causa de la libertad y honor del Con­tinente Americano”. Días antes, el 11 de diciembre de 1839, el Gobernador Rosas había nombrado al coronel Martínez Fontes, edecán de la Legislatura Provincial, en reemplazo del que falleció.

¡Conjuración descubierta contra la vida del Restaurador! el pueblo que está exasperado por la alianza de los unitarios con los franceses y con Rivera, experi­menta una conmoción. La Sociedad Popular Restauradora, reunida en sesión permanente, pide el castigo de los asesinos. Esa misma noche es asaltada la quinta de Maza. Son tan violentas la indignación del pueblo y su furia por vengarse, que Rosas no puede contenerlas.  Entonces le ofrece a su amigo, por medio del cónsul norteame­ricano y de otras personas, la posibilidad de huir. A Terrero le escribe el 26 de junio: “Vuelvo a repetirte lo que ya te he mani­festado, que es absolutamente necesario que el doctor Maza salga del país. Tremendos cargos pesan sobre él, y la opinión pública, lo señala conspirando contra el Gobierno. El Gobierno no puede salvarlo: Dile que es preciso que se aleje: éste es mi consejo y quizá muy pronto sea tarde”. Pero Maza, se dirige a la Legislatura y allí, en su despacho de presidente, mien­tras firma su renuncia, es muerto a puñaladas por dos sujetos.  Mientras tanto, Manuelita trata de salvar a Ramón. “Hubo muchas lágrimas en casa -dirá Rosas varios lustros más tarde—, pero si veinte veces se presentara el mismo caso lo haría; no me arrepiento”. El 28 a la madrugada, Ramón Maza es fusilado. 

Carta del Brigadier general Juan Manuel de Ro­sas, al coronel Vicente González, jefe del Regimien­to 3 de Campaña acantonado en Monte. Datada el Io de julio de 1839 desde su “quinta en Palermo de San Benito”, escribió:"Ya habrá Ud. sabido de la maldad inaudita feroz sin ejemplo de los vándalos reos asesinos Ramón y Manuel Maza. Yo todo lo sabía, como también el proyecto de casamiento con la Rosita Fuentes para asegurar mejor el loco infernal golpe, que sólo podía caber en cabezas deslumbra­das y embriagadas por disposición de Dios para que así paguen con una muerte trágica sus enormes inmundos procedimientos de ingratitud y de traición.Al fin llegó el caso de asegurar al Ramón. Luego se hizo trascenden­tal el motivo a los federales, y como ya estaban en sospechas, creció a tal punto su irritación que esa noche fueron a la quinta del padre en tumul­to, la asaltaron para sacarlo y degollarlo, y no encontrándolo pasaron a lo de la Salomé [Maza], mujer de Guerrico, la que también hablaba de Encarnación, de mí y de los federales con tanta libertad como el padre, el hermano y la madre, acaso con licencia o gusto del marido, o sea como sea; el hecho es que era una condenada en contra nuestra y de la Santa Causa Americana que sostenemos. Allí en la casa de la Salomé hicieron otro tanto, pidiendo la cabeza del padre, así como gritaron deseando la cabeza del hijo.Por supuesto que nadie se animó a contener un tumulto semejante, desde que era tan justificado el motivo, y yo callaba por la misma razón.Corrió, en fin, esa noche, y a! siguiente día ¿qué le parece a Ud. que haría el tal doctor Maza? Se le hizo sin duda que aún era chanza, que hasta entonces estaban creyendo los unitarios salvajes que los fedérales luego son desarmados en buscándolos por la misericordia. Mas como a los federales es Dios nuestro Señor quien los dirige, naturalmente cansa­do este Ser Supremo de tolerar tanta iniquidad, quiso imponerles silencio por un ejemplar castigo.El Doctor, pues, en vez de esconderse se fue al día siguiente a La Cá­mara, y después a la Junta. Varios federales se entraron a las salas de aquella, sacaron el retrato de dicho Maza y lo patearon, rompieron y que­maron públicamente. Era singular la irritación de los federales, desde que vieron a clara luz que el plan era asesinarme, vendido al oro francés. Co­mo no quedó uno de los que vieron para el plan, de los que eran federa­les, que no se me presentase a comunicarme todo y entregarme el dinero que le habían dado, Todo era ya tan sabido que naturalmente la irritación era tremenda entre los que aman nuestra Santa Causa. En fin, el resultado es que esa noche a las siete y media encontraron muerto al doctor Ma­za en la Casa de Representantes con dos tremendas puñaladas que le ha­bían dado en el corazón. El Ramón estaba en la cárcel con dos baRRas de grillos, ya convicto y confeso: lo mandé fusilar al día siguiente porque así era de justicia y porque no podía ser de otro modo en desagravio de la vin­dicta pública, y a los federales que se sacrifican por el honor y libertad de América. Así han terminado esos dos asesinos singulares en su ferocidad y ru­deza. Mas la irritación de los federales contra los unitarios sigue, y si no se descuidan, la sangre de ellos ha de correr, no ya en conversaciones si­no con hechos"

Rosas ordena levantar un su­mario, que no da luz alguna. Más tarde, preso uno de los asesinos por otra causa se le descubre su culpabilidad y se le fusila.  Los conjurados y sus cómplices son innumerables. Rosas encar­cela a muy pocos: Carlos Tejedor, Santiago Albarracín, Avelino Balcarce y algún otro. Procede con ellos con magnanimidad extraordinaria, y que la pasión política le ha desconocido. Per­dona a todos, salvo al relojero francés Félix Tiola, ex sargento mayor de Napoleón, a quien fusilará en agosto por reincidente, pues ha aconsejado a alguien comprar caballos para Lavalle. “Póngase en libertad al joven Carlos Tejedor, entregándolo a su padre, a quien se le prevendrá cuide de que su hijo no se relacione con salvajes unitarios”. A Balcarce y a los demás, les da la ciudad por cárcel. El Historiador liberal Isidoro Ruiz Moreno dice que los restos de los Maza fueron llevados al cementerio en un carrito y arrojados en la fosa común. El tiempo, que suele complacerse en deshacer las calumnias, los des­mentirá. Los restos de los Maza, conservados en la bóveda de don Valentín Alsina, en una sola urna en la que sus nombres se leían con perfecta claridad, fueron incinerados.E! brigadier Miguel Estanislao Soler habló en la “función federal” celebra­da en la parroquia de la Concepción, con motivo de la misa y te deum por ha­ber salvado la vida de Rosas "del alevoso puñal del salvaje bando unitario, vendido al inmundo y asqueroso oro de los rastreros franceses. Si los federales tuviésemos que sufrir la fatalidad de perder a nues­tro Héroe Porteño el señor general Rosas en la lucha que dignamente sos­tiene contra los pérfidos unitarios y asqueroso guarda cerdos Luis Felipe el anarquista, brindo porque el feliz sucesor de aquel tome el apelativo de Rosas, y con él nos dirija hasta morir o vencer a nuestros enemigos. ¡Vi­va la Federación!'¡Viva el porteño Rosas! iMueran los salvajes unitarios! iMueran los anarquistas de Luis Felipe guarda sucios! iMuera el mulato Rivera y su sirviente Juan Lavalle!

bibliografía

Gálvez Manuel  "Vida de don Juan Manuel de Rosas"

Ibarguren Carlos "Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama su tiempo

Irazusta Julio "Vida de Rosas a través de su correspondencia"

Levene Ricardo "Historia Argentina"

Ruiz Moreno Isidoro "Campañas Militares" T2

jueves, 1 de agosto de 2019

La Mazorca y el Orden Rosista

Por Gabriel Di Meglio

El Gobierno preparó cuidadosamente la fiesta del 25 de mayo de 1838 para que fuera una demostración pública de la fidelidad general a la causa y graficara la popularidad del Restaurador.  La concurrencia fue muy numerosa y Rosas usó la ocasión para reforzar sus vínculos hacia abajo: invitó a las Sociedades Africanas a organizar un baile en la Plaza de la Victoria como número fuerte de la celebración. La plaza principal ocupada por los negros era un gesto político muy claro; podemos deducir cuán importante debió ser el evento para ellos. En cambio, para varios integrantes de la elite la medida fue revulsiva. El poeta unitario Juan Cruz Varela, exiliado en Montevideo, publicó unos versos sobre la cuestión, en los que expuso: “Sólo por escarnio de un pueblo de bravos / bandas africanas de viles esclavos / por calles y plazas discurriendo van. / Su bárbara grita, su danza salvaje, / en este día meditado ultraje / del nuevo caribe que el Sud abortó”. Simultáneamente, el Restaurador cuidó el orden en la campaña. En julio tuvo conocimiento –según los emigrados por la denuncia de “un mulato”– de que se preparaba un  levantamiento entre las tropas que custodiaban la frontera sur. Se detuvo a su comandante, Zelarrayán, y se lo ejecutó apelando a que supuestamente había querido fugarse.
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 Ese mismo mes, el Gobierno solicitó a la Legislatura que se expresara sobre la situación con los franceses y obtuvo una rotunda victoria; por si acaso, los miembros de la Sociedad Popular se hicieron presentes en la barra de la Sala para asegurar que los diputados no dudaran. La decisión de la Legislatura fue festejada en algunos barrios, que mostraron así su fidelidad federal. El juez de paz de La Piedad solicitó cien faroles para iluminar la iglesia homónima en un Tedeum que se organizó “…en acción de gracia al Ser Supremo por el beneficio que ha otorgado a la Republica en el pronunciamiento de la Honorable Sala de esta Provincia al aprobar la conducta de Nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes, Encargado de las Relaciones Exteriores de la Nación, en la cuestión promovida por el Vice-Cónsul y Contra-Almirante Franceses”. Nuevas muestras de adhesión federal se expresaron en octubre, cuando murió Encarnación Ezcurra (a partir de entonces llamada “la heroína de la confederación”).  Los funerales fueron masivos y durante varios meses todas las iglesias de la ciudad realizaron misas en su memoria. Buenos Aires se mostraba fiel, pero la crisis no hacía más que comenzar.  En la última parte de 1838 la situación se clarificó: Corrientes, el Estado Oriental y los agentes franceses acordaron una alianza para “…remover del mando de la Provincia de Buenos Aires y de toda influencia en los negocios políticos de la Confederación Argentina, la persona de don Juan Manuel de Rosas”.   A ese trío se agregó el apoyo de los emigrados que se encontraban en Montevideo. Para activarlos fueron importantes los líderes de la Asociación de la Joven Argentina, que decidieron pasar de una tarea propagandística clandestina a una acción política más directa, en la cual iban a mostrarse enérgicos, en particular Juan Bautista Alberdi.   Al iniciarse 1839, entonces, el rosismo enfrentaba el mayor desafío que había tenido hasta entonces. El control se volvió más obsesivo y los sospechados de ser desafectos al sistema empezaron a mostrarse cada vez menos en público.  La guerra empezó bien para los rosistas, que vencieron a Corrientes y recibieron la buena noticia de que la derrota de la Confederación peruano-boliviana a manos de los chilenos ponía fin a la guerra que las provincias del norte venían librando contra ella. Las victorias hicieron que el Restaurador mostrara algunos gestos de distensión, como liberar al general José María Paz. Además, el 25 de mayo firmó un tratado con Gran Bretaña prohibiendo el tráfico de esclavos, accediendo a un pedido que los británicos venían realizando hacía tiempo y al que se había negado hasta entonces. Así buscaba reforzar su relación con la mayor potencia como contrapeso a los franceses y la medida le servía también para afianzar aún más su vínculo con los negros porteños. De hecho, nuevas demostraciones de apoyo público por parte de esa comunidad siguieron al anuncio. Pero, cuando la tensión en la ciudad parecía disminuir, el Gobierno fue avisado de que allí mismo se conspiraba en su contra.  Quienes estaban descontentos habían empezado a reunirse al menos desde marzo, pese a la vigilancia del régimen. Muchos eran jóvenes de la elite que habían sido influenciados por la prédica de la Asociación de la Joven Argentina. Un resultado fue la formación del “Club de los Cinco”, una pequeñísima sociedad secreta. Sus objetivos no eran muy definidos en cuanto a posiciones políticas: “…no se trataba por el momento de federación ni unidad, sino de concluir con Rosas”, diría años más tarde uno de ellos, Carlos Tejedor.  Primero proyectaron simplemente asesinarlo, pero luego el círculo del club se fue ampliando y empezó a planearse la realización de un levantamiento militar para apoderarse de la ciudad, que sería acompañado por un alzamiento en el sur de la provincia, donde estaban en comunicación con varios notables de la campaña, y por una invasión de Lavalle. Sabían muy bien, por sus contactos en Montevideo, que desde abril se preparaba allí una “Legión Argentina” para luchar a las órdenes de dicho jefe contra Rosas. Los conjurados porteños encontraron un líder en otro joven: el coronel Ramón Maza, hijo de Manuel, el dirigente rosista.  Los involucrados confiaban en obtener un apoyo masivo: “…el pueblo está sumamente aburrido de la miseria y la esclavitud”, escribió un implicado en mayo y “…las contribuciones, lo que empieza a exigirse, aumentarán el descontento”.
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Se refería a la Contribución Directa, impuesto cuyo cobro, que antes se hacía de acuerdo a lo que declaraba el que pagaba, empezó a ser calculado por el Estado. Además, decía, “…todo está a más del doble de antes”. Ramón Maza empezó a buscar el apoyo de los comandantes de los batallones del ejército regular para asegurar el éxito del levantamiento. La trama no fue guardada con precaución y según el general Paz, quien fue enterado de ella, “…el secreto de la conjuración estaba en miles de bocas”. Uno de los que fueron convocados a unirse delató todos los planes a Rosas, quien inmediatamente hizo prender a Maza. Ese mismo día, 24 de junio, otros pocos conspiradores también fueron arrestados, entre ellos Tejedor.  La escasa cantidad de detenidos y las leves penas que sufrieron parecen llamativas. Es probable que el Gobernador no haya dispuesto de todos los nombres de los implicados, pero además es posible que haya juzgado que no era conveniente descubrir una gran conspiración, lo cual evidenciaría la existencia de muchos descontentos. Prefirió entonces concentrar la atención en Maza, que fue acusado de haberlo querido asesinar. Otro personaje fue incriminado en el asunto: el padre de Ramón, Manuel Maza, quien seguía ocupando el cargo de presidente de la Sala de Representantes. ¿Sabía de la conspiración? Es posible, aunque no hay ningún dato cierto acerca de si participó o no en su organización. Cuando ocurrió la instalación del bloqueo, Manuel Maza se había mostrado partidario de negociar, pero nada indicaba que se pasaría a la oposición abierta. Sin embargo, Rosas estaba convencido de que él era parte, puesto que tenía en su poder correspondencia que su antiguo camarada había mantenido con algunos emigrados.  La noticia de la conspiración corrió rápidamente por Buenos Aires y causó conmoción. El 26 de junio se reunió la Sociedad Popular Restauradora y un grupo se dirigió a la quinta del presidente de la Sala y la asaltó buscando a su propietario, quien no estaba allí. Al día siguiente, Maza se hizo presente en la Sala, mientras los jueces de paz urbanos encabezaban una movilización que presentó una petición para que se removiera al presidente de su cargo, por ser culpable de una revolución para entregar al país “…a la execrable tiranía de los asquerosos franceses, con cuyo oro ha sido corrompido el expresado infame traidor”. Al caer la noche, dispersada la multitud, Maza se sentó en su despacho a firmar su renuncia. Súbitamente ingresaron tres personas emponchadas: eran los mazorqueros Manuel Maestre, Manuel Gaetán y Félix Padín, que lo apuñalaron. Horas después, al llegar la mañana, su hijo Ramón fue fusilado por orden del Gobernador.   Es muy probable que los asesinos tomaran la decisión por sí mismos o que lo hiciera la Sociedad Popular. Los rosistas temían y no únicamente su líder.  Si bien el Gobernador ejercía un poder autocrático y supervisaba lo más posible las acciones de sus seguidores, eso no implica que los manejara como títeres. Por más que los federales netos, como se autoproclamaban, solían obedecerlo ciegamente, también tenían iniciativas propias y hacían sus interpretaciones de las órdenes que bajaba el gobierno. El rosismo no se reducía a Juan Manuel de Rosas.   
El asesinato de Maza fue el primero que hizo la Mazorca desde el inicio de la crisis.  Habían existido fusilamientos, pero eso era diferente. El Gobernador los definía usando las atribuciones dictatoriales de las que había sido investido.  Las adhesiones a su persona se explicitaron más fervorosamente y las amenazas de violencia se volvieron cotidianas. Por ejemplo, en agosto La Gaceta Mercantil publicó una carta que Cuitiño y Parra dirigieron al Gobernador, en la cual afirmaban que: “…el único sentimiento, Excelentísimo Señor, que les queda a los que firman, es que estos indignos traidores y reos criminales de lesa Patria y América, no hayan probado de nuestras manos el puñal que desnudo conservamos para sostener la ilustre persona de Vuestra Excelencia a costa de nuestra propia sangre, como del mismo modo el nombre santo de la Federación, que hemos jurado sostener con nuestras propias vidas”.  Aseguraban que estaban listos para “ver la sangre argentina de los desnaturalizados unitarios derramada por las calles de Buenos Aires, como vemos correr el agua del Río de la Plata”. No eran los únicos: unos días más tarde otros empleados de la policía enviaron a su vez una felicitación al Gobernador, en la que destacaba cómo los conspiradores, “…ni a un solo hombre del Ejército de línea y milicia, ni en la clase de tropa ni en la de Jefes y oficiales pudieron comprar” y concluían con una terrible aseveración: “…es tal la irritación de los federales que si Su Excelencia no estuviera de por medio habrían amanecido y aún amanecerían hoy mil de aquellos degollados”. Hasta ese momento, ninguno de los considerados unitarios había sufrido un degüello en la ciudad, pero en el discurso ya asomaba esa sombría perspectiva. No sólo las autoridades ejercieron más control sino que las denuncias de particulares acerca del supuesto unitarismo de otros se hicieron cada vez más habituales.  En septiembre de 1839 parecía que la tensión descendía, pero a fines de octubre, en Dolores y Chascomús se alzaron en armas muchos de los antiguos soportes de Rosas. El levantamiento no llegó a durar dos semanas y con él se fue el último intento realizado en Buenos Aires de terminar con Rosas hasta 1852.  La oposición había quedado muy debilitada, aunque el Gobierno sabía que mientras continuara el bloqueo francés y Lavalle estuviera en campaña, tendría un aliciente para conspirar.  Buena parte de la población, la elite en particular, tendió a encerrarse. Además, la actividad mercantil, eje de la economía porteña, estaba casi paralizada por el persistente bloqueo. “La fisonomía del pueblo de Buenos Aires había cambiado enteramente”, diría más tarde el cordobés general Paz recordando esos días, “…sus calles estaban casi desiertas; los semblantes no indicaban sino duelo y malestar […] todo se resentía del acerbo pesar que devoraba a la mayor y mejor parte de aquel pueblo que yo había conocido tan risueño, tan activo, tan feliz en otra época”. Por convencimiento o para no ser molestados, muchos mostraban explícitamente su adhesión al régimen.  Lavalle estaba al mando de un ejército en Entre Ríos, Fructuoso Rivera había vencido en el Estado Oriental una invasión rosista, Corrientes había vuelto a expresarse contra el Restaurador y las provincias del norte habían desconocido su manejo de las relaciones exteriores y habían formado una liga. Y el bloqueo francés, asfixiante, proseguía.
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En abril de 1840, un grupo de desafectos había logrado fugarse en una embarcación y recalar en Montevideo. Entre ellos estaban Somellera y el prestigioso general Paz. La noticia enfureció a Rosas, quien ordenó que se evitaran a toda costa acciones de ese tipo. La noche del 4 de mayo, Isidro Oliden, Francisco Lynch, José María Riglos y Carlos Mason procuraron hacer el mismo viaje. Todos tenían antecedentes de oposición al régimen (Mason, por caso, fue uno de los que gritaba mueras en 1837 contra la persona que vivaba al Restaurador de las Leyes). Los traicionó su guía: cuando iban a embarcarse en la costa a la altura de San Telmo, fueron atacados por una partida a caballo que dirigía Cuitiño. Intentaron resistirse pero fueron degollados. El episodio fue uno de los que más impresión causó en la época entre los porteños y los emigrados.  En agosto de 1840 Lavalle inició su demorado ataque a Buenos Aires. En el norte de la provincia consiguió varias adhesiones, pero comenzaron a hacerse más escasas a medida que se aproximaba a la ciudad. Aunque allí se generó una gran expectativa, no se detectó ningún movimiento a favor del ejército invasor (o libertador, dependiendo de quien lo juzgara). ¿Por qué?  Éste trató de ocultar lo más posible el impopular apoyo francés, y sostuvo que no venía a representar a una forma de gobierno, para así evitar chocar con el preponderante federalismo; la lucha era contra la “tiranía” de Rosas.
Sin embargo, esas precauciones no surtieron efecto. En el caso de aquellos que seguían siendo desafectos al régimen, su pasividad ante la invasión tuvo que ver con el temor a las represalias si la expedición fracasaba. La Gaceta Mercantil explicitó que no había neutralidad posible: “¡O nosotros o ellos!”.
Rosas delegó el mando en Felipe Arana y salió de la ciudad. Se instaló en santos Lugares, donde preparó un ejército para esperar a Lavalle. El 29 de agosto éste se detuvo en Merlo, a menos de veinte kilómetros de las fuerzas de Rosas. Acampó allí y aguardó.  En los días venideros se enteró de que nada ocurría en la ciudad y de que el general Oribe venía de Entre Ríos con refuerzos, debido a lo cual decidió eludir una batalla que presagiaba poco favorable y emprendió la retirada hacia Santa Fe. En la primera semana de septiembre la noticia se supo en la ciudad, que al principio reaccionó con cautela. Rosas, que permaneció en Santos Lugares, se movió con energía: el día 25 publicó un decreto por el cual se confiscaban las propiedades y los bienes de los unitarios. Simultáneamente llegó la noticia de que un enviado del Rey de Francia había llegado a Montevideo para negociar con el Gobernador porteño. Lo peor de la crisis parecía estar superado para el régimen. En ese clima se desencadenó el terror contra los sospechados de unitarios. Según el ministro Mandeville, en carta a su gobierno del 15 de octubre de 1840: “…los excesos cometidos en Buenos Aires por la gratificación de venganza pública y privada, han llegado a un punto tan alto rara vez registrado en los anales de la historia. Durante los últimos tres meses, hasta los últimos días no pasó una noche, salvo en dos o tres ocasiones, sin que dos o tres asesinatos no tuvieran lugar”.  Echaba la culpa de los actos a la Mazorca. La explicación es muy clara: la cantidad de muertes parece exagerada dado que los crímenes habían empezado un mes antes, pero es interesante que el impacto del hecho hiciera que el Ministro lo alargara. Los asesinatos documentados son menos de los que sugiere el británico: veinte.  Un testigo, Vicente Quesada, que era un niño en esa época, contó como una noche de ese mes terrible se sintieron golpes en la puerta de su casa. Su familia, aterrorizada, pensó que era la Mazorca, pero se trataba de la desesperada esposa de Gregorio Terry que pedía refugio: su marido acababa de ser capturado por mazorqueros en su propia vivienda y su hermano Manuel había escapado por la azotea. Terry fue azotado y luego liberado. Por su parte, José María Salvadores, que había sido oficial de policía, supo que lo perseguía la Mazorca y se escondió en un sótano que estaba oculto en su casa. Asistido por su esposa, se mantuvo allí durante doce años; salió a los pocos días de la batalla de Caseros “…con la barba crecida y larga hasta el estómago”.  Tras más de un mes de terror, Mandeville consideró que era demasiado y se quejó. Rosas le contestó que no era difícil contener el furor federal contra los enemigos, pero la matanza se suspendió esa misma noche.  Durante todo ese período, la Sociedad Popular Restauradora se reunía con regularidad, convocaba a misas por la Santa Causa y organizaba frecuentes guardias de honor para el Gobernador, en fechas como el comienzo de las sesiones de la Sala de Representantes. En marzo de 1841 hubo una nueva conmoción: Su hija Manuela abrió un paquete destinado a Rosas en el cual había un aparato que disparaba pistolas en todas las direcciones, cuyo dispositivo falló. El ardid había sido planeado en Montevideo, donde se publicaba el inflamado periódico Muera Rosas y los emigrados mantenían las esperanzas en que la muerte del Restaurador pudiera terminar con su sistema. Pero por el momento parecía más probable que el Gobernador porteño terminara con ellos.  A fines de octubre de 1840, el ministro Arana había firmado la paz con el barón de Mackau, enviado francés. La partida de los franceses dejó desamparados a sus recientes aliados. Rosas pudo volcar su consolidado poderío contra Rivera, contra Lavalle, contra Corrientes y contra la Liga del Norte; en todos los casos tuvo éxito. Sin embargo, cuando su victoria parecía total, en el Litoral las cosas volvieron a hacerse difíciles. Mientras el Interior colapsaba, el general Paz, al servicio del gobierno correntino, derrotó a los rosistas en la batalla de Caaguazú, en noviembre de 1841. Pasó seguidamente a Entre Ríos y en marzo de 1842 se hizo nombrar gobernador de esa provincia. La llegada de esa noticia a Buenos Aires volvió a generar un estallido de terror. La Mazorca ganó las calles y cometió varios crímenes: otra vez, al menos veinte personas fueron asesinadas. Si los ataques de 1840 habían sido nocturnos, algunos de los de abril de 1842 se cometieron a plena luz: el abogado José Zorrilla fue degollado un mediodía en su casa, ubicada a metros de la Plaza de la Victoria, y un tal Duclós fue asesinado en el mismo horario.  El horror se ciñó sobre la ciudad: Tomás de Anchorena, preocupado, le escribió a su primo Rosas el 19 de abril para decirle que se pasaba el día contestando cartas y recibiendo visitas, “…que bañadas en lágrimas, y llenas de angustia, horror y espanto vienen a suplicarme les de algún consuelo o consejo para salvar sus vidas, porque han sido avisados por diversos conductos de que cierta e indudablemente intentan matarlos”.  Las razones de este renacer de la violencia las explicó en medio de la matanza la mujer de Arana, Pascuala Beláustegui, en una carta del 16 de abril dirigida a alguien que hacía tiempo no estaba en la ciudad. “Aquí hemos tenido algunos de los sucesos de octubre”,  decía, haciendo referencia a lo ocurrido en 1840. “Yo lo previne ya porque sabía que en el campamento”, es decir la sede del ejército en Santos Lugares, “…había mucha exaltación contra los salvajes, pues decían que cuando habían pensado en retirarse a sus casas a descansar venían estos malvados a empezar de nuevo la guerra, que era preciso que no quedase uno para que ellos y el país disfrutasen de tranquilidad”. La opinión corría “…desde el Jefe hasta el último tambor, me dicen que es lo mismo que circula en el ejército”. Y sugería que las partidas eran numerosas: “…las reuniones federales que Usted ha visto aquí son tortas y papel pintado para las que hay ahora, el exterminio de los salvajes es lo único que se oye como único remedio a la terminación de la guerra pues ya han desesperado de que la moderación pueda jamás convencerlos”. 
Los asesinatos de 1840 fueron para Rosas una forma de descomprimir, a través de la acción de la Mazorca, la tensión que vivía la ciudad. Pero sobre todo fue una forma de aterrorizar a la elite porteña. No bastaba ya con usar la divisa punzó y mostrar una total neutralidad: la sospecha de alguna simpatía unitaria podía llevar la muerte a la propia casa de los implicados. Era una solución a la tradición de actividad política de la elite, una forma de terminar de disciplinarla. Y, sin duda, fue efectiva. En 1842, en cambio, la Mazorca parece haber actuado por su cuenta. El Gobernador estaba de nuevo en Santos Lugares. La Policía no se dedicó a detener las muertes pues seguramente no sabía bien qué indicaciones habían recibido la Sociedad Popular Restauradora y su brazo armado de parte de Rosas. Podemos inferir que la matanza no fue ordenada por el Restaurador, quien ahora no la necesitaba porque la ciudad ya se había aquietado y no estaba amenazada por ningún peligro inmediato, como sí sucedió en 1840. La masacre de abril de 1842 parece haber sido una venganza llevada a cabo por los federales extremos contra aquellos a quienes volvieron a indicar como unitarios, producida por el hastío de la guerra y en algunos casos, posiblemente, por el deseo de apoderarse de algunos bienes de las víctimas. Las muertes del terror no fueron tantas en comparación con las que provocaron los enfrentamientos bélicos y los fusilamientos. Hay poco más de ochenta casos de ataques mazorqueros en todo el período rosista. Es indudablemente un número muy significativo, pero lo que más horrorizó a la población afectada fue el método: asesinatos “a domicilio”, la sensación de total indefensión y de estar expuestos a gente capaz de todo. Los que habían sido víctimas de la violencia rosista aseguraban que los mazorqueros usaban un cuchillo afilado cuando querían matar a un enemigo, pero que usaban una sierra desafilada para degollar a los unitarios de primer rango social, para hacerlos sufrir más. 
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Ello contribuyó a eternizar el recuerdo de ese horror, más aún en una ciudad que nunca había vivido ese tipo de violencia política. En la campaña hubo represiones y fusilamientos que el Gobierno llevó adelante abiertamente, pero en general no hubo actividades importantes de grupos no oficiales como la Mazorca.  La crisis del sistema rosista iba a concluir durante 1842 con el rotundo triunfo rosista en Arroyo Grande. Los años subsiguientes mostraron a una Buenos Aires en calma. Al finalizar 1844, Juan Manuel Beruti escribió en su diario que el año “…ha concluido sin más novedad que la guerra que aún sigue con Montevideo; pero la ciudad muy tranquila, aunque muy pobres sus habitantes por la falta de gente del país que se halla emigrada y el comercio paralizado; pero gracias a Dios no ha habido insultos, embargos, confiscaciones ni degüellos ni se ha perseguido a nadie”. Es que ya no era necesario, la ciudad había sido disciplinada. En junio de 1846, la entonces innecesaria Mazorca dejó de existir.   Podría aventurarse que la década de 1840 fue políticamente la menos agitada de esa urbe durante todo el siglo XIX.

Concluyendo
Hubo al menos tres elementos, que no puedo analizar aquí por falta de espacio, que legitimaron y permitieron este accionar del rosismo: la sacralización de la causa federal (combatir a una causa santa demonizaba a quienes lo hacían y justificaba que se los eliminara); la identificación de Rosas como salvador y defensor de la patria ante la agresión extranjera; el “clasismo”. La adhesión federal le permitió a gente de inferior condición social acusar a miembros de la elite en igualdad de condiciones, como se puede rastrear claramente en el archivo policial. Esto era impensable en la década de 1820, en la cual el Estado intervenía mayormente a favor de los estratos más altos. No era que el rosismo buscara transformar la sociedad, sino que la entronización de la filiación política por sobre cualquier otra permitió que algunas tensiones sociales afloraran en el interior de la lucha contra los unitarios.   Los opositores a Rosas señalaron el apoyo plebeyo y el igualitarismo como uno de los rasgos clave del régimen. Mármol escribió que los plebeyos: “…osaban creer, con toda la clase a que pertenecían, que la sociedad había roto los diques en que se estrella el mar de sus clases oscuras, y amalgamándose la sociedad entera en una sola familia”. Otro contemporáneo comentó que en medio del período del terror “…era preciso aparentar la más indiferente serenidad, porque se había perdido la confianza, los criados podían ser espías; una palabra indiscreta podía comprometer la vida o la fortuna: no se podía ni reconvenirles ni mirarlos con severidad; la tiranía estaba en los de abajo”. Indudablemente, éstas –y varias otras vertidas en el mismo tono– no son sólo reconstrucciones de memorialistas rencorosos.  Había una identificación popular con el federalismo que contribuyó a que se viera la presión política ejercida sobre la elite como una suerte de revancha social. También Rosas aseguró que los momentos de terror fueron protagonizados por la plebe. La diferencia era que él la consideraba espontánea, mientras que sus enemigos, al igual que gran parte de los historiadores más tarde, se encargaron de enfatizar que fue el Restaurador el que dirigió la represión. De cualquier manera, esa apelación a que fue la furia popular la ejecutora de los ataques no debe ser considerada tan sólo como una afirmación de Rosas para justificarse ante sus opositores y los observadores extranjeros. También pudo ser usada para legitimarse ante la misma plebe y a la vez contribuir a su desmovilización real (fenómeno que ha advertido Tulio Halperin Donghi). Porque si la plebe rosista se consideraba en algún punto representada por las acciones de los mazorqueros, entonces Rosas también avanzaba en su principal objetivo: la construcción de un orden. Esto puede contribuir a explicar el porqué de una acción contra los opositores que devino en el terror. Mientras que a la plebe porteña se la vigilaba y disciplinaba con las pocas herramientas estatales existentes, fundamentalmente la Policía, a la elite disidente se la perseguía –y así también disciplinaba– apelando a grupos que de alguna manera se arrogaban una representatividad popular. En 1840 la elite tuvo miedo a la acción popular, pero ésta estaba en realidad, más que en ninguno de los episodios políticos con participación plebeya en Buenos Aires, controlada por las autoridades. El terror fue sólo parcialmente popular; se reivindicó como tal y quizás representó el deseo de muchos, pero de hecho quedó en pocas manos y se convirtió en una política de gobierno.
A través de las actividades de la Sociedad Popular Restauradora y, sobre todo, de la Mazorca, el régimen rosista desmovilizó cualquier posibilidad de acción colectiva de sus mismos partidarios plebeyos y fue moldeando una sociedad con una agitación política muy inferior a la que había dado lugar al ascenso del Restaurador. Y el terror fue urbano, fundamentalmente, porque en la ciudad se concentraba la elite en la Buenos Aires de la época.

martes, 6 de noviembre de 2018

Organizaciones secretas en Buenos Aires (1839-1840)


Por Ignacio Zubizarreta
El Club de los Cinco:
las organizaciones secretas se extienden en Buenos Aires (1839-1840).  En 1835, el escritor Marcos Sastre, procedente de Uruguay, abría en Buenos Aires la Librería Argentina. Algún tiempo después comenzó a funcionar allí, con cierta asiduidad, una tertulia literaria que contó con la participación de Miguel Cané (padre), Juan Bautista Alberdi, Vicente Fidel López, Esteban Echeverría y Juan María Gutiérrez, dando inicio a la célebre Generación del 37.   Si bien en un principio los vivos debates que se suscitaron en ella correspondían a temáticas literarias, culturales y artísticas, gradualmente se fue constituyendo una asociación cuyo eje central se basó en concebir una profunda renovación política.  Dos años más tarde del inicio de la tertulia, Esteban Echeverría fundó la Asociación de Mayo, inspirado en las agrupaciones carbonarias y en la Joven Italia de Giuseppe Mazzini.  También presentó el Dogma Socialista a la Juventud Argentina, una suerte de preámbulo para inspirarles a sus destinatarios las ideas de fraternidad, igualdad, libertad y asociación. 
 
En un primer momento, parte del entorno rosista no vio a la agrupación como una amenaza a su poder. Algunos de sus integrantes sentían simpatía por Rosas, e incluso llegaron a pensar que podrían colaborar en su política de gobierno.  Se equivocaron pues Rosas imposibilitó la continuidad de una agrupación que podía cuestionar su conducta, por lo que la tertulia se disolvió, y gran parte de su elenco partió al exilio. El Estado Oriental se convertía ahora en el epicentro de la resistencia a l rosismo.  No todos los seguidores del movimiento se cobijaron en suelo extranjero. Entre ellos, existían algunos que sin haber tenido una destacada actuación previa, e, incluso, integrados al engranaje estatal rosista, aprovecharon su emplazamiento en el poder para conformar una agrupación secreta que se denominó el Club de los Cinco. Este movimiento tenía por objeto auxiliar dentro de Buenos Aires a todos los proyectos que, por fuera de ella, tuvieran por finalidad derrocar a Rosas.  Debe recordarse que por ese entonces Rosas se enfrentaba paralelamente al bloqueo de la flota francesa y temía una invasión unitaria por los puertos argentinos.  Por si eso hubiese sido poco, debía hacer frente a la Coalición del Norte —sublevación alentada por unitarios y otras facciones antirrosistas de las provincias del norte— y la revolución de los Libres del Sur.  Este último movimiento constituyó un levantamiento de los hacendados de la parte meridional de la provincia de Buenos Aires, que se rebelaron contra las condiciones económicas imperantes consecuentes del propio bloqueo francés. La célebre “conspiración de Maza” también se transformaría en el corolario de todos los movimientos secretos que se sucedieron en Buenos Aires para despojar a Rosas del mando, una tentativa promovida por dos grupos.   Uno de ellos más próximo al propio círculo del gobernador bonaerense, y liderado por Ramón Maza —hijo de Manuel V. Maza, legislador en ejercicio, amigo y consejero de Rosas—, y otro más cercano al veterano y ex rivadaviano Diego Alcorta.  De la primera agrupación surgió el Club de los Cinco, que estaba compuesto por Enrique Lafuente, un funcionario de la Secretaría de Rosas; Santiago Albarracín —quien financiaba los gastos del complot—, Carlos Tejedor, Jacinto Rodríguez Peña y Rafael Corvalán —hijo de Manuel Corvalán, edecán de Rosas—. Por el grupo de Alcorta, Juan Thompson, Avelino Balcarce, Valentín San Martín, Valentín Gómez Gervasio Rosas, Diego Arana, entre otros. Unos pocos meses antes de esos sucesos, Florencio Varela recibió una carta en la que le aseguraban que en Buenos Aires no faltaban hombres que “trabajan cuanto se puede en medio de la vigilante astucia del despotismo, y están dispuestos a todo, aunque son débiles y pocos”.    Lavalle, guiado por la experiencia, recomendaba a Frías que exhortara a sus aliados y amigos en Buenos Aires para: “evitar toda reunión, y constituir otro medio de entenderse […] por ejemplo, cartas bajo una clave especial, depositadas en lugares convenidos, sin escribir en ellas ni una sola letra común, y en el sobre el signo del hermano a quien es dirigida. Que eviten entrar en las casas de los jefes y demás amigos con quienes estén de acuerdo […] Mucho vale el dinero. Sin él, todo es embarazo, pero es más prudente afrontar estos, que extender el secreto entre muchos, por multiplicar los contribuyentes”.   Lavalle conocía bien cómo la falta de discreción y de credulidad en los hombres que comparten una empresa en el secreto podía llevar a su completo fracaso; de allí sus constantes consejos. No fueron en vano, pero tampoco efectivos. El célebre unitario José María Paz, que había llegado de Santa Fe hacía poco tiempo y que tenía toda la extensión de Buenos Aires por cárcel —pues había sido capturado por una partida federal en 1831 y desde entonces estaba cautivo—, asegura en sus memorias “que el secreto de la conjuración estaba en miles de bocas”, y que, sin embargo, como les había sucedido antes a los movimientos unitarios, sólo contaban con el apoyo “en lo general de la gente pensadora, acomodada e ilustrada”.  El joven Ramón Maza, sin dudas uno de los principales conjurados, de relevante importancia política, fue fusilado en la cárcel; su padre, Manuel Vicente, presidente de la Sala de Representantes, fue también asesinado.  Paz advierte que el gran defecto del que adoleció el movimiento fue justamente el haber carecido de un centro fijo de dirección, pues “marchaba con el día y según las deliberaciones de la noche antes; deliberaciones que variaban según los círculos en que se hacían”. Esto sucedía porque debían coordinar distintas facciones (la de Maza y la de Alcorta) con los potenciales colaboradores, que se plegarían sólo en caso de que la conjura se mostrara exitosa, pero además, con las directivas de Lavalle y los exiliados. De este modo, la empresa no sólo era muy riesgosa, sino de muy difícil concreción, demostrándose así con su trágico desenlace.  La postura elitista de los integrantes de las logias unitarias no sólo se desprende de los intentos por manipular a la “plebe” con el fin de deslegitimar la visión que ésta poseía de Rosas, sino que, a su vez, era consustancial con la idiosincrasia propia y los antecedentes de esa facción política. Los unitarios que fueron descubiertos en la conjura sólo fueron deportados a las costas de Santa Catalina, y el complot desarticulado en Buenos Aires dejara como saldo varias ejecuciones y el libre accionar de La Mazorca.  Sin embargo, la fortaleza de las asociaciones secretas que actuaron en suelo porteño, como contrapartida, radicaba en que tenían un plan que se sostenía en una estructura revolucionaria, que contaba con muchos adeptos fuera de la ciudad y con ejércitos muy poderosos que se pertrechaban y aumentaban su influjo cada día —como los de Lavalle o Lamadrid—. Las logias unitarias, en cambio, se enmarcaban en un contexto externo mucho más endeble. La connivencia con los federales doctrinarios no les aseguró en lo más mínimo un apoyo de los gobiernos federales del Litoral, mientras que aquellos planes de configurar una triangulación con Alvear en Buenos Aires y el mariscal Santa Cruz en Bolivia se transformaron pronto, dada su compleja trama, en meros castillos de naipes.