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miércoles, 30 de junio de 2021

Rosas frente a Gran Bretaña y Francia

 Por Julio Irazusta

La paz con Francia no puso término a la guerra civil desencadenada por la intervención de ese país, ya que no resultó más que una tregua. Lavalle fue derrotado en Quebracho Herrado antes de reunirse con sus correligionarios del interior y los unitarios no pudieron sostenerse en Córdoba; desencontrados los jefes, se retiraron, los unos hacia el oeste y los otros hacia el norte. Los primeros, dirigidos por Lamadrid, fueron perseguidos por Pacheco y los segundos, comandados por Lavalle, lo fueron por Oribe, el que, como aliado de la Argentina, fue designado por Rosas general en jefe interino del ejército unido de vanguardia. Ambos jefes unitarios fueron derrotados a fines de 1841, en las batallas de Rodeo del Medio y de Famaillá, respectivamente. Lejos de terminarse, la contienda rebrotó en la Mesopotamia. El general Paz fue llamado a Corrientes, después de un nuevo pronunciamiento antirrosista y triunfo de Echagüe en la batalla de Caaguazú, el 28 de noviembre de 1841. Rosas ordena a sus fuerzas vencedoras en el interior regresar al litoral para hacer frente al peligro incesantemente renovado por la libertad que Rivera daba a los emigrados para seguir sus agresiones contra la Argentina. El Entre Ríos queda a medias ocupado por los ejércitos de Paz y de Rivera. Las ambiciones territoriales de éste alejan al general cordobés.  Y el usurpador del Uruguay es derrotado por su rival Oribe, presidente legal, en Arroyo Grande, al sur de Concordia.

Golpe de teatro: los agentes de Francia e Inglaterra, hasta entonces al parecer desacordes, se unen para intimar al gobierno argentino la orden de que el ejército unido de vanguardia no pasara el río Uruguay en persecución del anarquista Rivera. Rosas hace caso omiso de la intimación, pero no publica el documento y da por inexistente la pretensión europea. Al cabo de largas correspondencias diplomáticas entre Londres y Buenos Aires, Lord Aberdeen dice a Manuel Moreno que da la intimación de 1842 como non avenue. De todos modos, la coalición anglo-francesa contra la Argentina puede considerarse en formación desde aquel entonces. Se concretó en 1845, por las rivalidades que, en medio de un llamado acuerdo cordial, desgarraban a las dos grandes potencias conquistadoras que se repartieron el mundo ultramarino en el siglo XIX.

Oribe dominó la mayor parte de la campaña uruguaya y puso sitio a Montevideo. Cuando la escuadra de Brown iba a sellar la suerte de la plaza, se interpone el comodoro inglés Purvis, quien, reincidiendo en las pretensiones europeas, niega “a los puertos de Sud América el ejercicio de un derecho tan importante como el del bloqueo”. Purvis reabastece a Montevideo y, mientras sirve los planes de su gobierno, hace buenos negocios. Rosas se contenta con protestar ante Mandeville, sin enfrentar a las potencias marítimas a su medio. Pero mantiene en el Uruguay a los diez mil argentinos que eran auxiliares de Oribe, durante diez años. La declaración del bloqueo anglo-francés de 1845, la expedición de ambas potencias al Paraná, la derrota honorable que fue la Vuelta de Obligado seguida por un triunfal desquite al regreso de la expedición, las misiones Ouseley-Deffaudis, Hood, Howden-Walescki, Gore-Gros, se empeñan vanamente en lograr que Rosas retire aquel ejército de diez mil argentinos que, según los europeos y satélites locales, constituían amenaza para la independencia uruguaya, cuando en realidad la defendían de la codicia imperialista. Impotentes para alcanzar ese resultado, los europeos nos reconocen todos los derechos de soberanía que nos habían negado. Caso único en la época: la agresión conjunta anglo-francesa, no resistida en ningún punto del globo y que permitió a las potencias coaligadas abrir el África, la China, el Japón y crear dos de los mayores imperios conocidos, fracasó en el Plata. Bajo la dirección de Rosas, la Argentina mostró una fuerza sorprendente. La epopeya de la emancipación, sin ayuda de nadie, se repitió en la quinta década del siglo. Y San Martín escribió al caudillo que su lucha era de tanta trascendencia como la que se había librado contra los españoles.

En el fondo de la cuestión estaba el intento europeo por rehacer “por el comercio y la emigración, los lazos que sujetaban antes a la América del Sud bajo la exclusiva dominación de España”. Francia Quería participar urgentemente de tal empresa ya -que, hacia 1850, según Brossard (secretario de Walescki uno de los diplomáticos franceses) su país necesitaba del Plata como lugar para ubicar el excedente de su población sin trabajo, manteniéndolo bajo su jurisdicción política. Por eso dice claramente que su país era “arrastrado cada vez más hacia el Plata por la necesidad de expansión que trabaja a los pueblos en los períodos críticos de su vida social.

En definitiva, lo que las grandes potencias marítimas ambicionaban era retacear la soberanía argentina, tanto moralmente en la aplicación de las leyes como materialmente, y si podían en algo de lo material que era el territorio. El tono de la música lo había dado Purvis al negarnos el derecho de bloqueo. Las restantes misiones pretendían negamos el derecho de beligerancia contra un enemigo que nos había declarado la guerra.

“Bajo Rosas, en sus 17 años de dictadura, con un ejército al que Sarmiento consideraba capaz de conquistar el subcontinente, la Argentina ganó el pleito que le plantearon los anglo-franceses. A las generaciones posteriores les quedaba la tarea de sacar para el país los beneficios consiguientes”

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jueves, 16 de mayo de 2019

El Bloqueo Anglo-francés: Alexander Walewski (hijo Natural de Napoleón Bonaparte)

Por Alfred de Brossard,

Acompañante del conde Walewski en la misión de 1847, nos ha dejado de don Juan Manuel este retrato muy al vivo y del natural y no del todo desfavorable a despecho de la inquina con que le trata el libro de que es autor.
EL DIPLOMATICO (1847): A su llegada monsieur Walewski hizo a Rosas una visita de cortesía y después mantuvo con él una larga conferencia. Habiéndome tocado asistir a estas diversas entrevistas, aprovecho la oportunidad para describir al jefe del gobierno argentino tal como se presentó ante nosotros.   El general Rosas es un hombre de talla mediana, bastante grueso y dotado, según todas las apariencias, de un gran vigor muscular. Los rasgos de su fisonomía son proporcionados; tiene la tez blanca y los cabellos rubios; en nada se asemeja al tipo español. Al verlo, diríase más bien un gentilhombre normando. Hay en su expresión una extraña mezcla de astucia y de fuerza; de ordinario mantiene su gesto apacible y hasta suave, pero por momentos la contracción de los labios le da una singular expresión de dureza reflexiva.
Se expresa con mucha facilidad y como un hombre perfectamente dueño de su pensamiento y de su palabra. Su estilo hablado es muy desigual; tan pronto se sirve de términos escogidos y hasta elegantes, como cae en la trivialidad. Es posible que entre por algo la afectación en esta manera de expresarse. Sus pláticas no son nunca categóricas, sino por el contrario, difusas y complicadas a fuerza de digresiones y frases incidentales. Pero esta prolijidad, es, sin duda, premeditada y calculada para desconcertar al interlocutor. En efecto, se hace muy difícil seguir al general Rosas en todos los rodeos de su conversación.

Sería imposible reproducir en todos sus aspectos esta conferencia que se prolongó por espacio de cinco horas. Rosas se mostró en ella, por momentos, como un perfecto hombre de estado y, según el caso, como un particular afable, y también infatigable dialéctico y orador vehemente y apasionado. Representó, a medida de las exigencias y con una rara perfección, la cólera, la franqueza y la bonhomía. Es comprensible que, visto cara a cara, pueda seducir o engañar… Dotado de una voluntad reflexiva y persistente, don Juan Manuel es un gobernante esencialmente absoluto; y aunque la fuerza —vale decir el principio de las gentes que carecen de principios — constituya la base de su gobierno; y a pesar de que en su política consulte sobre todo las necesidades de su posición personal, lo cierto es que gusta de pasar por hombre de razonamientos y de convicciones. Muestra gran horror por las sociedades secretas, las logias, como las llama.  Se indigna de que puedan suponer en él la menor afinidad con los revolucionarios enemigos del orden social y, como hombre de Estado, finge en sus máximas una gran austeridad que no guarda en su vida privada. «Yo sé muy bien, dice en sus conversaciones, que el ejemplo debe venir desde arriba».
Ha justificado hasta cierto punto sus pretensiones restableciendo el orden material en el país y en la administración; trabaja asiduamente de quince a diez y seis horas diarias en el despacho de los asuntos públicos y no deja pasar nada sin un riguroso examen. De tal manera, como él mismo lo repite, todo el peso y la responsabilidad del gobierno recae sobre él. Asi puede decirse que los principales resultados de su gobierno en el interior, han sido: 1.°) la seguridad pública; 2.°) una pasable justicia; 3.°) orden (aparente al menos) en las finanzas.

Pero el par de estos resultados honorables, hay otros que lo son mucho menos y que provienen de la situación del general Rosas y de la naturaleza de su educación y de su carácter.  Llegado al gobierno por medio de la astucia, el general Rosas ha visto violentamente atacada su administración y sólo ha podido mantenerse por la fuerza. Imperioso y vengativo por educación y por temperamento, se entregó al despotismo y ha hecho menosprecio de la libertad, después de haberla invocado tanto, como esos hombres descriptos por Tácito, que proclaman la libertad para derribar el poder y una vez en el mando la emprenden contra ella. De ahí esos favores exorbitantes que otorga a ciertos perdularios, atados a su destino por sus crímenes y sus vicios, individuos siempre listos para jugarse por él y cuya vida y bienestar es un insulto a la moral, y a la miseria públicas. De ahí, por fin, el sistema de opresión legal que hace pesar sobre todos sus enemigos y, hay que decirlo, sobre la parte más educada y esclarecida de la nación.
Hombre de campo. Rosas ha sido en efecto el jefe de la reacción del hombre del campo contra la influencia predominante de la ciudad. Imbuido de prejuicios de orgullo castellano, detesta en masa a los extranjeros, cuyos brazos y cuyos capitales podrían enriquecer el país, y apenas si les acuerda una mezquina hospitalidad. Agricultor por nacimiento, por educación y por tendencias, poco le importa de la industria. Esta predilección le ha inspirado algunas buenas medidas, porque predica con el ejemplo de sus propiedades que están perfectamente administradas y cultivadas. Ha fomentado el cultivo de cereales y lo ha mejorado cargando con un pesado derecho de importación a los trigos que Buenos Aires hacía traer hasta entonces de la América del Norte.
Educado en las máximas exclusivas del derecho colonial español, no comprende ni admite el comercio sino rodeado de tarifas prohibitivas y de rigores aduaneros. De ahí la estancación en el comercio y en la industria y el absoluto abandono de los objetos de utilidad material. Resultado de imagen para juan manuel de rosas agricultor
En contraposición a esto, el general Rosas se preocupa mucho por los medios que pueden servir a un gobierno para influir sobre el espíritu de los pueblos y acuerda gran importancia a la instrucción pública porque la instrucción pública y la religión son medios de influencia política.
Por ese mismo motivo interviene activamente en la prensa periódica; paga diarios en Francia, Inglaterra, Portugal, Brasil y Estados Unidos y él mismo dirige sus periódicos de Buenos Aires: La Gaceta Mercantil, El Archivo Americano y el British Packet. Los artículos de estos periódicos son escritos, dictados, y por lo menos corregidos, por el mismo general Rosas y cada uno se hace con vistas a la política de Europa o América, siempre con un objetivo bien preciso, y destinado a producir un efecto determinado.
La Gaceta Mercantil, destinada especialmente al interior de la Confederación, repite diariamente la misma polémica: «Las comunicaciones son tan difíciles —dice Rosas — que de treinta números, pueden perderse veintinueve. Es necesario que el número treinta enseñe a los lectores lo que no le han enseñado los veintinueve perdidos».
El Archivo Americano, revista redactada en tres idiomas (español, inglés y francés) por don Pedro de Ángelis, está destinada a Europa en general. El British Packet, diario escrito en inglés, como su nombre lo indica, sirve de órgano al gobierno argentino para dirigirse al comercio británico.
Si don Juan Manuel comprende muy bien la acción de la prensa, conoce asimismo muy bien el poder de la disciplina militar y se ocupa con especial cuidado del ejército, que constituye uno de sus principales sostenes. Por él arruina sus propias finanzas y se mantiene en amenaza contra los países vecinos.

Rosas se siente animado por pensamientos de ambición, tiene el instinto de las grandes empresas y es demasiado sagaz y avisado para no comprender que todo gobierno, por absoluto que sea, necesita algún apoyo de la opinión pública. Su aversión por los extranjeros, su desprecio por la industria y el comercio, su predilección por la agricultura, son sentimientos de que participa toda la facción que lo apoya y sobre los cuales ha sabido fundar su crédito y su popularidad. Ha ido más lejos; se ha exhibido como campeón de la independencia americana, amenazada, según él y sus parciales, por las costumbres e ideas europeas y por la ambición de los gobiernos del viejo mundo. Y este pensamiento, expresado con ardor, ha realzado singularmente su reputación, no solamente ante sus partidarios, sino ante los pueblos de más allá del Atlántico y de los Estados Unidos. Por eso sus admiradores lo saludan con el nombre de Gran Americano.
El general Rosas alimenta otra ambición muy a propósitos para halagar el orgullo de su pueblo; la reconstrucción del antiguo Virreinato de Buenos Aires, que supone la reunión en un solo haz, de todas las provincias argentinas, el sometimiento del Paraguay recalcitrante y recobro de la influencia, siquiera indirecta, sobre la Banda Oriental, como antes del tratado de 1828. Esto es, evidentemente, su programa.

Alfred de Brossard

(Traducción de José Luis Busaniche)