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domingo, 31 de octubre de 2021

Fundamentos Argentinos sobre la Soberanía de las Islas Malvinas

 Por Ruth Martínez

A lo largo de la historia, la Argentina ha intentado de diversas formas recuperar las Islas Malvinas. Los argumentos soberanía son varios y legítimos, sin embargo las grandes potencias occidentales suelen desacreditarlos como inválidos. Uno es el geográfico, y se basa tanto en la pertenencia de las islas a la plataforma continental argentina como en su cercanía al continente americano. Las Islas Malvinas son un archipiélago ubicado en una de las regiones más australes del Atlántico Sur, formado por más de cincuenta islas (las dos más grandes son la Gran Malvina y la Soledad) y un centenar de islotes de menor tamaño.    En términos geológicos se habla de que estas Islas son una prolongación sudoriental del continente americano y la cordillera de los Andes, conformando “un arco que comienza en la primera de estas islas y que concluye en las tierras de San Martín”. Asimismo, la cercanía geográfica entre las islas y la Argentina es notoria. La Isla de los Estados, próxima a Tierra del Fuego, se encuentra a tan solo 345 km de la Gran Malvina; Río Gallegos, a 760 kilómetros de Puerto Argentino; y la Ciudad de Buenos Aires se distancia, aproximadamente 2000 kilómetros.

La herencia del territorio insular de la Corona española fue (y es) el argumento sobre el cual se ha respaldado mayormente el Estado argentino. Este está amparado por tres puntos: la atribución del  descubrimiento a navegantes al servicio de España, las bulas pontificias del siglo XV, el tratado de Tordesillas de 1494, y la ocupación efectiva de estas.  El descubrimiento de las Islas representa un hecho controversial para la historiografía mundial, ya que tanto Portugal (Vespucio en 1501/1502) como España (Esteban Gómez -Magallanes, en 1520; Alonso de Santa Cruz en 1540), Inglaterra (Davis, en 1541; Hawkins, en 1594) y Holanda (Sebald de Weert, en 1600) se disputan esta hazaña. Sin embargo, resulta casi imposible determinar con exactitud quién fue su verdadero descubridor.   Durante la Edad Media, según postulaba San Agustín, el mundo era propiedad de Dios, y el Papa —su representante en la tierra— era el encargado de administrar sus posesiones. Por ello, Alejandro VI —por medio de la Inter Caetera de 1493—, concedió a Castilla y a Portugal el derecho a conquistar y a colonizar todas las tierras y las islas que descubrieran, fijando como límite entre ambas potencias una línea imaginaria trazada a 100 leguas al oeste de Cabo Verde y las Islas Azores —trasladada posteriormente 270 leguas más hacia el oeste con el Tratado de Tordesillas—, sumado a que ambas partes se comprometían a no entrometerse en el territorio del otro.  La legitimación papal comenzó a ser cuestionada en el contexto de la reforma, debido a que los príncipes no católicos desconocieron la validez de las bulas y se opusieron al monopolio hispanoportugués sobre el  continente americano. Así, la necesidad de colonizar estos territorios se convirtió en un nuevo argumento legitimador de soberanía.   Actuando en función de esta nueva doctrina, Francia establece la primera colonia en las Malvinas de la mano de Bougainville, quien, el 17 de marzo de 1764, fundó Port Louis, en nombre de (y en honor a) Luis XV. La colonia y sus treinta habitantes, establecidos en la Isla Soledad, quedaron a cargo de Nerville, mientras que Bougainville emprendió un viaje de regreso a Francia para volver, al año siguiente, con refuerzos para la colonia.   Ante este suceso España respondió diplomáticamente con una indemnización al empresario francés; así, la corona hispana logró, en 1767, hacer efectivo su dominio sobre Malvinas. A partir de ese momento, ejerció administración absoluta e ininterrumpida del archipiélago hasta febrero de 1811, momento en que se decidió el traslado a Montevideo de los españoles instalados allí, con el objetivo de concentrar fuerzas militares para combatir la revolución rioplatense.  Con el nombramiento del primer gobernador de Malvinas, representante de la Corona hispana, “las Islas fueron declaradas dependientes y subordinadas a la Capitanía General de Buenos Aires, lo cual significa su integración al territorio del Río de la Plata”.   En 1765, el inglés John Byron arribó a las islas, las declaró propiedad del rey de Inglaterra y fundó Port Egmont en la isla Saunders (isla Trinidad, para la Argentina), sin establecer ninguna colonia. Al año siguiente, los representantes ingleses formaron una colonia en Port Egmont que convivió en las Islas con la colonia francesa durante un corto período.  Cuando la noticia de la presencia inglesa llegó a España, Carlos III ordenó al gobernador porteño su expulsión, para lo cual el funcionario español envió una carta a Hunt —que desde 1767 se encontraba al mando de los colonos británicos—, que le advertía que debía retirarse de las Islas. La respuesta inglesa resultó negativa y estuvo acompañada de la exigencia a la población hispana de abandonar el asentamiento. Luego de varios enfrentamientos, ambas potencias acordaron en Londres (en 1770) volver al statu quo, reafirmando cada una su derecho sobre las islas. El abandono, finalmente, se produjo en 1774 cuando la corona inglesa, sin tentativas de volver a establecerse y excusándose en que la colonia le generaba muchos gastos, decidió retirarse dejando en cercanías del fuerte una placa con una leyenda que alegaba que “the Falkland islands” se mantenían bajo su pertenencia. Tras el abandono británico de las Islas, quedó consolidado el dominio efectivo e indiscutido español sobre estas, desde 1767 hasta 1810.

Al separarse las Provincias Unidas del Río de la Plata de España, y respaldadas por normas internacionales, estas se constituyeron en herederas de todos los derechos y obligaciones que la Madre Patria tenía respecto de estas tierras. En 1820, luego de casi diez años de la partida de los españoles que habitaban las islas, las Provincias Unidas del Río de la Plata enviaron una fragata al mando del Cnel. Jewett, quien logró formalizar la posesión en nombre del gobierno rioplatense el 6 de abril de ese mismo año. El acto se fundamentó en el principio de uti possidetis, según el cual la soberanía se define sobre la base de los antiguos límites administrativos coloniales. Sin embargo, el establecimiento efectivo en las Islas no se realizó hasta 1826, de la mano de Vernet.  La irrupción inglesa no se produjo sino hasta 1833, cuando el comandante Onslow enarboló la bandera británica y obligó a los argentinos establecidos en Malvinas a abandonar suelo isleño. Seis meses después de este episodio, un grupo de criollos que trabajaban en la zona se sublevó en desacuerdo con la nueva situación: su líder era el mítico gaucho Antonio Rivero. Luego de varios meses, la rebelión fue sofocada y sus protagonistas, juzgados.   El año 1833 marcó el inicio de una ininterrumpida presencia británica en las Islas del Atlántico Sur, reforzada por una política de colonización del espacio por medio del transplante de población. 

De forma estratégica, el establecimiento de ciudadanos ingleses en territorio malvinense se convirtió en el principal argumento de Inglaterra para legitimar su derecho sobre las Islas, orientado posteriormente hacia la idea de “autodeterminación”.    El transplante de población puede resultar un arma de doble filo para la potencia europea, debido a que, por el simple hecho de ser habitantes no originarios de Malvinas, queda descartado un posible reclamo de Autodeterminación, reclamo que resulta más ilógico si tenemos en cuenta que tanto los órganos gubernamentales —administrativos y legales— como la salud y la economía del archipiélago están claramente influenciadas por las decisiones que toma el Parlamento. La autodeterminación queda descartada porque  quienes habitan las islas no son parte de una etnia ya que de las 3000 personas, si bien la mayor parte son ingleses —2500—, existe un gran número de chilenos y, en menor medida, de uruguayos; sumado a que, una buena parte de los habitantes de cultura británica una vez que se jubilan deciden continuar su vida en el sur de Inglaterra por lo cual no se puede decir que exista una cultura malvinense.  El intento de lograr la autodeterminación es una estrategia clásica empleada por las metrópolis para lograr imponer un neocolonialismo sobre sus colonias ya independizadas.

miércoles, 18 de abril de 2012

Antonio "el gaucho" Rivero

Por José María Rosa

Había nacido en Entre Ríos, y el destino lo llevó a las Malvinas. Fue pastor y esquilador de ovejas en Puerto Soledad. Presenció impotente el atropello de los norteamericanos de la Lexington, el 28 de diciembre de 1831, y como consiguió ocultarse con algunos compañeros, no fue secuestrado como la mayoría de los colonos. Fueron un puñado, apenas, para mantener la soberanía de las islas, hasta octubre de 1832, en que llegó la goleta Sarandí, con un nuevo comandante de las islas, el mayor Mestivier, y una colonia de confinados por delitos comunes.
Era dura la vida en las soledades del Sur, y pesada la mano del mayor Mestivier. Los confinados se sublevaron, aprovechando que el capitán José María Pinedo se había ido con la Sarandí a alejar a algunos pescadores norteamericanos; Mestivier fue muerto, y se cometieron muchos desmanes. Pero el regreso de Pinedo restableció el orden.
Por poco tiempo. El almirantazgo británico quiso aprovechar el desamparo que la Lexington produjo en Soledad, y ordenó al comandante J. J. Onslow, de la corbeta Clío, que se apoderase de las Malvinas. El 2 de enero, Onslow se presentó en Soledad, y Pinedo no tuvo un gesto de heroica locura; dejó arriar el pabellón argentino porque “las instrucciones que tenía –dice en su informe– me prohibían hacer fuego a ningún buque de guerra extranjero, y sí sólo defender mi buque”.
Onslow organizó la nueva colonia británica. El piloto inglés de la Sarandí, Mateo Brisbane, fue hecho “delegado”; otro inglés, Dickson, encargado de izar la Union Jack; un francés, Jean Simon, capataz de trabajos. No faltaron –era inevitable –algunos argentinos que se plegaron al orden triunfante. Pero también era inevitable que otros no aceptaran el dominio inglés.

Un día –el 26 de agosto de 1833–, los matreros, en número de ocho y encabezados por Rivero, volvieron a Soledad y dieron muerte a Brisbane, a Dickson, a Simon y a algunos más. La academia de Historia, en mérito a documentos ingleses, dice que el móvil de Rivero y sus compañeros (“entre los cuales había algunos confinados”, recalca), al desertar primero y caer más tarde en plan de guerra sobre Soledad, era porque Brisbane les pagaba los salarios en billetes de papel, y ellos querían metálico. Me parece una explicación demasiado materialista para una reacción tan excesiva, y no comprendo qué diferencia hacía a los gauchos los billetes o el metálico en las soledades del archipiélago. Preparados para perder la vida, quisieron hacerlo bajo la bandera argentina, y arriaron el pabellón británico.
¿También por metálico?
Hasta enero de 1834 estuvieron las Malvinas bajo el control de los gauchos de Rivero. Las familias de los colonos ingleses fueron confinadas en un islote y alimentadas por los dueños de la situación. En octubre llegaron algunas balleneras inglesas, pero no se atrevieron con los facciosos: debió esperarse a enero de 1834, en que una goleta de guerra consiguió imponerse, y Rivero y los suyos cayeron presos. Se les hizo un proceso en el buque Spartiate, de la estación naval británica de América del Sur. Tan inicuo, que el almirante inglés no se atrevió a convalidarlo, y prefirió desprenderse del asunto desembarcando a Rivero y los suyos en la República Oriental del Uruguay. El cabecilla fue dado de alta en el ejército argentino por Rosas, para morir, como era su ley, el 20 de noviembre de 1845 peleando contra los ingleses en la Vuelta de Obligado. 
Esa fue la vida del gaucho Rivero. Nuestros académicos entienden que “sus antecedentes no son nada favorables para otorgarle títulos que justifiquen un homenaje”. Basándose en interrogatorios en inglés del curioso proceso, nos aclaran que era un gaucho peleador, tal vez de malos antecedentes, y que se juntaba con antiguos confinados.  Pero también Martín Fierro era un gaucho peleador, de malos antecedentes, y que se juntaba con matreros como él.

viernes, 1 de abril de 2011

La Argentina en las Islas Malvinas

por Diego Luciano Mazzella

Antecedentes
El Tratado de las Tordesillas, firmado el 7 de junio de 1494, protegía los dominios de España al oeste de una línea situada a 370 leguas de las islas de Cabo Verde, meridiano que cruza prácticamente por la zona de la ciudad de San Pablo, Brasil. Es incuestionable, entonces, que Fernando de Magallanes, que se encontraba al servicio de España, fue el que explorando esas tierras le dio el nombre al Estrecho que se encuentra al extremo sur del continente sudamericano allá por 1520; y el que sin dudas descubrió las islas Malvinas en sus viajes de exploración. Algo más adelante, en 1578, los ingleses atribuirán a Sir Francis Drake el descubrimiento del Cabo de Hornos mientras que los holandeses dirán que fue descubierto por el holandés Le Maire en 1616. La segunda afirmación es la más aceptada: los holandeses fueron los que dieron con el cabo bautizándolo con el nombre de Hoorn, un pequeño pueblo de Holanda. En cuanto a las islas Malvinas, dirán los ingleses que en 1594 fue visitada por sir Richard Hawkins, y les dio el nombre de Maidenland en honor de su soberana. De haber sido así, esto habrá sido muy fugaz, porque los holandeses referirán que en 1598 ellos fueron quienes descubrieron las islas bautizándolas con el nombre de Sabal de West, en memoria del almirante que dirigió esa exploración. Y aún más, serán también los franceses los que se atribuirán el descubrimiento del archipiélago aludiendo que fueron unos buques que habían partido del puerto de San Maló, en los primeros años del siglo XVII, de donde parece que proviene el nombre de Malouinas o Malvinas.
No obstante el debate sobre el descubrimiento de las Malvinas, la primera ocupación es obra de los franceses. Luis Antonio de Bougainville, capitán de navío de la marina francesa, fue el primer fundador de una colonia en las islas por orden del rey Luis XV. La expedición partió del puerto de San Maló el 15 de septiembre de 1763, y llegó a las Malvinas el 4 de febrero de 1764, hallándolas completamente desabitadas y vírgenes. En la isla más oriental, a la que llamó Isla de la Soledad o Puerto Luis, hizo construir varias casas para los colonos, un pequeño fuerte y un obelisco debajo del cual enterró una medalla de oro en cuyo anverso llevaba la esfige de Luis XV. Tiempo después, el capitán Bougainville volvió a Francia en busca de recursos, y al regresar en 1765 encontró una colonia en funcionamiento. Cuando España tuvo conocimiento de esto, reclamó las islas Malvinas como suyas. Francia aceptó gracias a la alianza de sangre que había entre la corona de España y la de Francia, ya que ambos monarcas –borbones- eran primos entre sí. Inmediatamente se le dio la orden a Bougainville de realizar el traspaso del mando formal de las islas, el cual se hizo efectivo en 1767, tomando el control de las islas el brigadier Felipe Ruiz Puente, primer gobernador español de Malvinas. Pero he aquí que después de instalados los españoles en el dominio y posesión de Malvinas, mediante el reconocimiento más explícito y con la legalidad de una nación que acababa de concluir un arreglo perfecto, recibieron una intimación del comandante de un buque inglés de que desalojasen la isla por pertenecer ésta a la Gran Bretaña. A consecuencia de esos sucesos el gobernador de Buenos Aires, Francisco de Paula Buccarelli, envió de Buenos Aires una expedición al mando del comandante de marina don Juan Ignacio Madariaga, para desalojar a los ingleses que habían desembarcado en las islas, en un asentamiento que habían fundado llamándolo Puerto Egmont. El 10 de junio de 1770, Madariaga vence a los ingleses y éstos firman una capitulación por la cual deberían abandonar el archipiélago, hecho que se hizo efectivo recién en 1774 luego de idas y venidas diplomáticas entre España e Inglaterra. Sin embargo, los ocupantes dejarían en Puerto Egmont un placa en la que decían: “Sepan todas la naciones, que las islas Falklands, con su puerto, los almacenes, desembarcaderos, puertos naturales, habías y caletas a ellas pertenecientes, son de exclusivo derecho y propiedad de su más sagrada Majestad Jorge III, Rey de Gran Bretaña. En testimonio de lo cual, es colocada esta placa y los colores de Su Majestad Británica dejados flameando como signo de posesión por S. W. Clayton Oficial Comandante de las Islas Falklands. A.D. 1774”.
Ya entrando en el siglo XIX, con los sucesos revolucionarios en el Río de la Plata, una junta celebrada en Montevideo resolvió reagrupar sus fuerzas y evacuar la lejana población de Malvinas. Para ello se envió al bergantín Gálvez, al mando del piloto Manuel Moreno. Pablo Guillén, último gobernador español de las islas, dio cumplimiento a sus órdenes para evacuar los 45 hombres de la dotación, embarcar cañones, armas, papeles de archivo, etc. También y como cosa a destacar, se construyó una placa de plomo que se colocó en el campanario de la Real Capilla de Malvinas, con la inscripción siguiente: “Esta isla con sus Puertos, Edificios, Dependencias y quanto contiene pertenece a la Soberanía del Sr. D. Fernando VII Rey de España y sus Indias, Soledad de Malvinas 7 de febrero de 1811 siendo gobernador Pablo Guillén”. Se colocó la misma leyenda en treintena de edificios. De todo esto se labró un acta firmada por el gobernador de las islas el 13 de febrero de 1811 en la Colonia de la Soledad de Malvinas. Ese mismo día, o el siguiente, zarparon las naves y abandonaron las islas. Esta herencia pasó a pertenecer a la Argentina. Desde 1767 hasta 1811, las islas Malvinas fueron españolas, con autoridades que gobernaron en forma continua. En la última fecha aquí nombrada, se las evacuó, pero sin renunciar a ellas. En esta dura misión histórica de poseer las Malvinas, los españoles tuvieron 20 ininterrumpidos gobernadores, los cuales cumplieron 32 períodos de gobierno; en ese mantenimiento del presidio, colonia y puerto, se basan nuestros derechos soberanos a las islas. Como vemos, nunca las Malvinas fueron inglesas.
El periodo argentino (1811-1833)
Nuestro país heredó de España sus derechos sobre todo el territorio del Virreinato del Río de la Plata, del cual formaban parte las islas Malvinas. Cuando los españoles evacuaron Malvinas, dejando a salvo los derechos de Fernando VII, los argentinos ya habían iniciado el camino de la Independencia, ejerciéndola de facto desde 1810. La guerra que este proceso provocó contra España y los problemas derivados de las luchas interiores impidieron hacer efectiva la ocupación de las islas, que permanecieron sin autoridades hasta fines de 1820. Durante ese prolongado período de tiempo los únicos visitantes fueron loberos y balleneros ingleses y norteamericanos, que visitaban las costas para cazar lobos marinos, hacer aguada o matar ganado vacuno que crecía libre en las islas.
Desde mayo de 1810, gravísimos problemas aquejaban a nuestros gobiernos: la guerra de Independencia, la búsqueda del rumbo político y de la forma de gobierno, los desencuentros entre Buenos Aires y el Interior. Era una lucha por la supervivencia y recién cuando las campañas sanmartinianas alejaron algo el intento de recuperación hispánica, cuando la revolución de Riego anuló la última y grande expedición a América, es cuando se pudo mirar el territorio con su integridad y pensar en Malvinas.
El izamiento del pabellón nacional en las islas Malvinas fue realizado por la fragata Heroína al mando del coronel David Jewett (marinero nacido en Estados Unidos que sirvió meritoriamente como corsario en las guerras de Independencia) y representó un acto de voluntad soberana sobre las islas que fue aceptado en su momento por las naciones del mundo, pues no hubo actos de protesta, ni reclamaciones. En este acto que tuvo lugar a fines de octubre de 1820, la fragata Heroína entró en la Bahía de la Anunciación de la isla Soledad y fondeó frente a las ruinas de la ex-capital española; en los alrededores se encontraban cincuenta cazadores de lobos marinos con sus naves. De esta manera, el 6 de noviembre, el coronel Jewett izó el pabellón celeste y blanco en las ruinas del Puerto Soledad (ex-Puerto Luis). Como se puede apreciar, la ocupación de las islas Malvinas se hizo con toda seriedad y precedida de una comunicación que Jewett remitió a los loberos y pescadores ingleses y norteamericanos, que usufructuaban de las islas en forma indiscriminada. Dicha comunicación decía: “Fragata del Estado Heroína, en Puerto Soledad, noviembre 2 de 1820. Señor, tengo el honor de informarle que he llegado a este puerto comisionado por el Supremo Gobierno de las Provincias Unidas de Sud América para tomar posesión de las islas en nombre del país a que éstas pertenecen por la Ley Natural. Al desempeñar esta misión deseo proceder con la mayor corrección y cortesía para con todas las naciones amigas; uno de los objetos de mi cometido es evitar la destrucción de las fuentes de recursos necesarios para los buques de paso, que, en recalada forzosa, arriban a las islas, y hacer de modo que puedan aprovisionarse con los mínimos gastos y molestias, dado que los propósitos de Usted no están en pugna y en competencia con estas instituciones y en la creencia de que una entrevista personal resultará de provecho para ambos, invito a usted a visitarme a bordo de mi barco, donde me será grato brindarle acomodo mientras le plazca; he de agradecerle –a si mismo- que tenga a bien, en lo que esté a su alcance, hacer extensiva mi invitación a cualquier otro súbdito británico que se hallare en estas inmediaciones; tengo el honor de suscribirme señor, su más atento y seguro servidor, firmado Jewett, coronel de la Marina de las Provincias Unidas de Sudamérica y comandante de la fragata Heroína”. La toma de posesión de las islas fue conocida en el exterior y la noticia fue publicada en varios medios europeos, de modo que todo el mundo ya sea por estos periódicos o por la información de los loberos que presenciaron la ceremonia, estaba enterado del acontecimiento. En 1823 el gobierno concedió a Jorge Pacheco (militar que se había destacado en el cuerpo de blandengues en las fronteras con los indios y luego como capitán de milicias en las épocas de independencia) una concesión para aprovechar el ganado vacuno y los lobos marinos de la isla Soledad; el mismo fue con un socio que tomará protagonismo más adelante, Luis Vernet.
Luis Vernet, de ascendencia francesa, había nacido en Hamburgo el 6 de marzo de 1791. A los 14 años fue enviado por su padre a los Estados Unidos donde entró a prestar servicios comerciales a una casa alemana, donde se distinguió por su natural inteligencia y capacidad para el comercio. Después de viajar por Europa vino a Buenos Aires en 1817, donde empezó sus actividades comerciales, aunque con éxito variable, dedicándose entonces a comisionista, para lo que aprovechaba sus relaciones europeas. Vernet, llegado a las islas de la mano de su amigo Pacheco, realiza una acción colonizadora de primer orden al tiempo que establecía una tarea científica para el reconocimiento de las islas. Los estudios e informes de Vernet incluían noticias sobre los indígenas, posibles lugares de colonización y producciones, etc. Era el pionero que se interesaba en la exploración de la Patagonia, especialmente de la isla de los Estados.
El gobierno argentino, representado por el de Buenos Aires, que se encargaba de los asuntos patagónicos y de las islas, como lo habían hecho antes de la independencia, no podría ser ajeno a la acción colonizadora de Vernet, que al mismo tiempo que activaba zonas comerciales nunca utilizadas, confirmaba la soberanía argentina en esos territorios. En consecuencia resolvió perfeccionar los títulos de Vernet sobre las islas, nombrándolo Primer Comandante Político y Militar, reuniendo todas las atribuciones civiles y militares. El 10 de junio de 1829 se expide el siguiente documento oficial: “Cuando por la gloriosa revolución del 25 de mayo de 1810 se separaron estas provincias de la dominación de la Metrópoli, la España tenía una posesión material en las islas Malvinas, y de todas las demás que rodean al Cabo de Hornos, incluso la que se conoce bajo la denominación de Tierra del Fuego, hallándose justificada aquella posesión por el derecho del primer ocupante (...). Por esta razón, habiendo el Gobierno de la República en la sucesión de todos los derechos que tenía sobre estas Provincias la antigua Metrópoli (...), siendo necesario no demorar por más tiempo las medidas que se pueden poner a cubierto de los derechos de la República (...); el Gobierno ha acordado y decreta:
Artículo 1º.- Las islas Malvinas y las adyacencias al Cabo de Hornos en el Mar Atlántico, serán regidas por un Comandante Político y Militar, nombrado inmediatamente por el Gobierno de la República.
Artículo 2º.- La residencia del Comandante Político y Militar será en la isla de la Soledad, y en ella se establecerá una batería, bajo el pabellón de la República.
Artículo 3º.- El Comandante Político y Militar hará observar por la población de dichas islas las Leyes de la República, y cuidará en sus costas de la ejecución de los reglamentos sobre pesca de anfibios.
Artículo 4º.- Comuníquese y publíquese
Firmado: Martín Rodríguez (Gobernador interino de Buenos Aires). Salvador M. del Carril. Esto es una demostración de que la República Argentina no tenía ninguna duda de sus derechos soberanos, no sólo sobre las islas Malvinas, sino sobre las adyacentes al Cabo de Hornos, es decir la isla de los Estados, Nueva, Picton, Lennox y demás archipiélagos australes. El mismo día, el gobierno de Buenos Aires nombra a Luis Vernet gobernador de las islas Malvinas. Entre los primeros actos de Vernet, éste demanda al gobierno la construcción de un fuerte en las islas solicitando cañones para fortificarlo. También consideró necesaria la presencia de un buque de guerra para hacer respetar la Ley de Protección de pesca, y además un buque chico con un cañón para traer madera desde el Estrecho de Magallanes y para comunicarse con el río Negro y Buenos Aires en forma permanente. El gobierno aceptó darle lo solicitado, además de algunos instrumentos de herrería para instalar la herrería en la isla Soledad. Inglaterra, a pesar de todo esto, se llamó al silencio hasta 1829, cuando el Foreing Office comunicó al representante inglés en Buenos Aires, Woodbine Parish, que los actos del Gobierno de Buenos Aires afectaban la validez de los derechos de soberanía inglesa sobre las islas, los cuales resultaban de importancia creciente como punto de apoyo para el comercio, donde se abastecían los buques y lugar de carenado de las naves de guerra inglesas en el “Hemisferio Occidental” (sic). Parecía que Inglaterra desconocía o había olvidado qué: se había desentendido de las islas desde 1774; que había reconocido la soberanía española en 1771; que había abandonado Puerto Egmont en 1774; que Buenos Aires había sucedido a España en el dominio desde 1810; que había reconocido la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata (1816) y firmado un tratado de amistad y comercio con éstas (1826); y por último que desde 1820 tres comandantes militares argentinos y un gobernador representaban a las islas en el gobierno de Buenos Aires.
Volviendo a Malvinas, la isla se convirtió en una especie de factoría cuya capital es Puerto Luis, en la isla Soledad. La producción era fundamentalmente ganadera aprovechando el ganado que vagaba salvajemente; para estas tareas cumplían un rol importante los gauchos y criollos. Las otras actividades se referían a la pesca y la caza de lobos marinos y de focas en todo el archipiélago, incluyendo la isla de los Estados. En cuanto a la población, ésta no era fija, pues aunque parte de la misma se había instalado en el lugar, había pescadores, cazadores, científicos y comerciantes que vivían por temporadas o cortos espacios de tiempo. Por aquellos años ya la población pasaba del centenar y A. Gómez Lengenheim cita a más de 120 personas. Los productos de las islas no sólo iban a Buenos Aires, por donde se vendían bien y consistían en cueros vacunos, carne salada, grasa, cueros de lobos marinos y hasta cueros de conejos. Otros productos eran también maderas y pescados en salmuera. Esto es un indicador del espíritu progresista de la colonia que había asentado Vernet. Algunos diarios de la época reproducían reportes de las islas como estos: “Domingo 25 de mayo de 1828 – Buen tiempo con algunos chubascos de granizo y viento S.O. Al salir el sol tiramos tres cañonazos y a la noche otros tres. Después de almorzar carne con cuero y tortas que se habían hecho a propósito, tiramos al blanco hasta entrar el sol, cuando la gente hicieron baile en el rancho del Tonelero, el cual duró hasta el día”; “Miércoles 9 de Julio. Nublado y lluvioso con viento del S.E moderado. Nuestra gente celebró la jura de la Independencia de Buenos Aires”. Como podemos comprobar por los testimonios y por los registros históricos, la colonia se desenvolvía feliz y progresista, hasta que la intervención extranjera desató la ruina y la desolación.
El control de la depredación y la destrucción de la riqueza lobera fue la causa que desató los acontecimientos de fines de 1831. Vernet recibía todo el tiempo informes sobre las acciones depredadoras de los loberos y había solicitado al gobierno un buque de guerra; igualmente, era casi imposible detener a las docenas de loberos que pululaban entre las islas, los puertos y los canales de la accidentada geografía malvinera. No pudiendo hacer otra cosa, Vernet le hacia llegar, no bien se arrimaban a las islas, una circular donde se informaba: “a todos los Capitanes de los buques ocupados en la pesquería en cualquier parte de la costa (...) les he de inducir a desistir, pues la resistencia los expondrá a ser presa de cualquier buque de guerra perteneciente a la República de Buenos Ayres (…)”. Ante el caso omiso, Vernet decidió actuar. De esta manera ordenó detener a tres naves que eran la Harriet, capitán Gilberto Davidson; la Brukwater, capitán Daniel Careu y la Superior al mando de Esteban Congar. Luego Vernet se embarcó junto con su familia rumbo a Buenos Aires para defender su proceder. El 21 de noviembre de 1831 Jorge Slacum, cónsul de los Estados Unidos, reclamó al Gobierno sobre el apresamiento de la Harriet, en base a las declaraciones de su capitán Davidson. El Ministro de Relaciones Exteriores de Buenos Aires, Tomás de Anchorena, le contestó que el asunto estaba a consideración del Ministerio de Guerra y Marina. En nota posterior, el cónsul norteamericano negaba el derecho de Vernet a apresar a los loberos y pescadores de su país en las adyacencias al Cabo de Hornos. En respuesta a esto Anchorena contesta a Slacum que no le reconoce, en su calidad de cónsul, capacidad ni poderes para tratar el asunto que correspondía a ambos gobiernos. Para agravar la situación, el capitán de Fragata Silas Duncan, comandante de la corbeta de guerra Lexington resolvió “proteger los intereses de los norteamericanos”; así, el 9 de diciembre de 1831 la corbeta zarpaba rumbo a las Malvinas, lo cual hizo que Anchorena alertara a Slacum que el gobierno haría respetarse ante cualquier atropello llevado adelante por la corbeta Lexington.
El 27 de diciembre de 1831, a media noche, entraba en la Bahía Anunciación y al día siguiente aparecía anclada frente a Puerto Luis. Pero la nave de guerra lo hizo no con su pabellón, sino con bandera francesa, un claro acto corsario para engañar a las autoridades. Desde tierra se le contestó con el pabellón argentino y en ese momento comenzó el atropello. Apresaron la goleta Águila y con la bandera norteamericana procedieron a desembarcar, ocupan los edificios, clavan los cañones, queman la pólvora y se apoderan de todo lo que el capitán Davidson cree suyo. Sus hombres destruyen barracas, rompen puertas, toman a 25 pobladores como prisioneros, los cuales luego liberan menos a 6 que consideraban los más importantes. El 21 de enero de 1831 la Lexington abandona dejando en ruinas y semidespoblada la colonia argentina rumbo a Montevideo. Llegada la nave al puerto oriental, el Gobierno Argentino toma conocimiento del ultraje. La indignación fue unánime calificando el hecho de “infracción al derecho de gentes” y “ultraje al pabellón argentino”. Nuestro gobierno suspendió toda relación con Slacum por considerarlo principal causante del atropello. Desde entonces la Confederación Argentina protestó enérgicamente contra los EEUU, protesta tomada también por algunos medios norteamericanos como el diario “El Redactor” de Nueva York que proclamó que la acción de la Lexington era una infracción al derecho de gentes. Vernet, como veremos, nunca volverá a las islas Malvinas y jamás fue repuesto en su cargo, así sería el triste final del hombre al cual le debemos un reconocimiento por el intento magnífico de colonizar y desarrollar las Malvinas.
El gobierno envió un nuevo gobernador, el mayor Esteban Francisco Mestivier, con 25 soldados a bordo de la goleta Sarandí, heroica nave comandada por el almirante Guillermo Brown durante la guerra contra el Imperio del Brasil. La Sarandí llegó con el nuevo gobernador y lo desembarcó y 9 días después, el 24 de noviembre de 1832, zarpó para hacer una inspección. El 2 de enero de 1833, apareció fondada en Puerto Soledad la corbeta inglesa Clio, al mando del capitán Onslow. Como correspondía, se envió a un oficial en visita de cortesía a la nave inglesa y a cambio recibió una intimación para arriar el pabellón argentino y desocupar las islas, remarquemos que entre Argentina e Inglaterra no había estado de guerra. Se intentó organizar una resistencia, pero fue en vano.
A las 9 de la mañana del 3 de enero de 1833 los ingleses desembarcaron, primero izaron en un mástil que traían la bandera inglesa y luego arriaron la nuestra, la cual fue enviada al gobernador para que se la llevase. El 5 de enero el gobernador, con unos cuantos habitantes a bordo, abandonó las islas y puso proa a Buenos Aires. Antes de zarpar se nombró a Juan Simón, capataz de Vernet, Comandante Político y Militar de las islas. A partir de entonces comenzaron las reclamaciones argentinas, a las cuales los ingleses contestaron que “nunca habían renunciado a su soberanía a las islas Malvinas”. La autoridad real quedó en manos del capitán Onslow, de la Marina Real Británica y el nombramiento de Simón sólo tuvo un carácter nominal. Onslow, antes de zarpar nombró al escocés y hombre de Vernet, Guillermo Dickson, como encargado político y militar británico de las islas. Durante 1833, las Malvinas estuvieron la mayor parte del tiempo sin gobierno efectivo. Si no hubiese sido por las convulsiones que en esa época asolaban a la República, quizás algo podría haberse hecho para recuperarlas.
Debido a esta falta de gobierno, el 26 de agosto de 1833, dos gauchos y cinco indios charrúas mandados por Antonio Rivero, que trabajaban el ganado en el campo, llegaron a Puerto Soledad y porque Juan Simón les había negado el cambio de dinero metálico, en lugar de los vales que cobraban, realizaron un asesinato a mansalva de los hombres de Vernet, a saber: Juan Simón, encargado del gobierno argentino, Brisbane, hombre de confianza de Vernet, un alemán, un español y hasta el escocés Dickson cayó en la volteada. Tal fue el terror que se apoderó de Puerto Soledad que el resto de los habitantes criollos, loberos argentinos, ingleses, etc. huyó a un islote cercano para refugiarse. Desde allí se solicitó auxilio y una nave inglesa llegó, al mando del teniente de la Marina Henry Smith a poner orden, logrando rendir a los hombres de Rivero y por último a éste. Rivero fue llevado a Inglaterra y absuelto para luego terminar libre en Montevideo.
Inglaterra reconoció nuestra independencia en 1825 y firmó un tratado de amistad, navegación y comercio con nuestro país, el cual le traía ventajosas ganancias. Sin embargo, aprovechando las convulsiones internas que en ese momento atravesaba nuestra nación, atacó a un país amigo y le usurpó sus islas Malvinas. A partir de ese momento, en lo que fue la segunda gobernación de Juan Manuel de Rosas, Argentina se quejó año tras año en Londres por la ocupación de las islas a lo que estos contestaban que las “Falklands” eran inglesas; dichos reclamos cesaron luego de la derrota de Rosas en la batalla de Caseros. Durante casi 40 años el país no presentó reclamos formales, sólo recién cuando reorganizado definitivamente en 1880, a pedido del presidente Julio Argentino Roca se le solicitó al Instituto Geográfico Argentino un mapa donde figuraban las islas Malvinas como argentinas. Inglaterra protestó y el ministro Ortiz le aclaró que el archipiélago pertenecía a la República Argentina, y no a Inglaterra, que se las había usurpado ilegalmente a nuestro país, hecho que hasta el día de hoy ningún argentino olvida.

Fuentes:
Saldías, A. (1945). Cap. XIX «Las islas Malvinas (1832)». Historia de la Confederación Argentina, Tomo II La Guerra y la Política Internacional, Buenos Aires: Editorial Americana.
Destefani, Laurio H. (1982), Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur, ante el conflicto con Gran Bretaña, Buenos Aires: Editorial Edipress S.A.