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lunes, 31 de octubre de 2022

Banderas de Vuelta de Obligado - Relato de GLORIA ETERNA

 Extraido de la página del Museo Histórico Nacional Dirigido por Gabriel Di Meglio (de lo mejor del Halperindonghuismo y del romerismo)

"De lanilla azul y blanca. Lleva tres franjas en sentido horizontal. En la franja superior dos gorros frigios, de color rojo, uno a la derecha y otro a la izquierda. En la franja central sobre fondo blanco, un círculo color rojo que lleva en el centro una cara circundada por ocho haces de rayos. La franja inferior es exactamente igual a la superior”.

“Otro hecho interesante que nos ha sugerido aquella información es la existencia en el Museo Histórico Nacional de una bandera argentina de la época de la Confederación, recogida por la escuadra anglofrancesa al pie de las baterías de obligado en el año 1845 y devuelta muchos años más tarde en forma privada por uno de los oficiales de la marina británica que intervino en aquel combate. (…) El almirante Sullivan intervino en el combate de Obligado en calidad de capitán y refería que en aquél homérico encuentro todos sus compañeros de armas, quedaron admirados de la bravura demostrada por el jefe de una batería argentina, emplazada en la costa y batida cruelmente por el fuego cruzado de los formidables cañones de todos los barcos ingleses y franceses. Era, según se supo después, el coronel Ramón Rodríguez, con el Regimiento de Patricios de Buenos Aires. Forzado en paso y posesionados los anglo franceses de la batería, batallaron entre los cadáveres ensangrentados de los defensores, una bandera de la Confederación, semejante a nuestra enseña nacional actual pero con emblemas rojos dentro de las franjas. El capitán Sullivan la llevó consigo y pasando los años, siendo ya almirante, enteróse un día de que una dama argentina había devuelto a un regimiento inglés una bandera conquistada en la invasión de 1807". (¿quien será la dama argentina? me pregunto yo. Julio R. Otaño...¿Mariquita Sánchez la afrancesada? ¿la perichona?)
“Deseoso de seguir ese ejemplo- escribió entonces el almirante Sullivan- quiero restituir al coronel Rodríguez si vive, o sino al Regimiento de Patricios de Buenos Aires si aún existe, la bandera bajo la cual y en la noble defensa de la patria cayeron tantos de los que en aquella época lo componían.  Si el coronel Rodríguez ha muerto y si el Regimiento no existe ya, yo pediría a cualquiera de los miembros sobrevivientes de su familia que la acepten en recuerdo suyo y de la muy brava conducta de él, de sus oficiales y de sus soldados en Obligado”.
Esta es la historia de la bandera argentina que un día pudo ser trofeo de guerra de una poderosa nación, y que hoy es todo un símbolo de heroísmo que se contempla con verdadera emoción en el sagrado recinto del Museo Histórico”.
FUENTE: La Razón, 18 de agosto de 1928.
Esta bandera es de lanilla, de 2m 90 por 4m 50 , tiene en el centro de la banda blanca un sol rojo, pero carece de gorros; asimismo no tiene leyendas federales.
“De acuerdo con los escritos de Martiniano Leguizamón y de Evaristo Ramírez Juárez, las cinco banderas que se encontraban en la capilla St. Louis, detrás de la tumba de Napoleón, en el Hotel de los Inválidos de París (en la actualidad Museo del Ejército), no constituyen trofeos militares de los franceses, quienes las tomaron en la batalla de Obligado, el 20 de noviembre de 1845.
La fundamentación de esto se debe a que las mismas son consideradas por Argentina como banderas mercantes, ya que son parte de las que se encontraban en los barcos con los cuales se mantenía la cadena a todo lo ancho del río Paraná, para impedir el paso de la escuadra anglo francesa. Por otra parte así lo estableció el parte de batalla de los vencedores que ratificaron el hecho, al decir que dichas banderas estaban “...varios pabellones argentinos tomados sobre las baterías y en los navíos que formaban la estacada”, es decir, los barcos unidos por las grandes cadenas que se utilizaron en ese evento.
Otro detalle de estas banderas mercantes es que no tenían las leyendas federales y algunas de ellas tampoco los cuatro gorros frigios en los cuatro ángulos de las enseñas. No eran por lo tanto las reglamentarias del ejército o de la armada de Rosas. De esas cinco banderas, exhibidas y muy mal conservadas durante muchos años, una fue devuelta en marzo de 1997 y está depositada en el Museo Histórico Nacional, y dos aparentemente fueron perdidas durante la ocupación de París durante la segunda guerra mundial y fueron dadas de baja en el inventario del Museo francés.
Actualmente existe una bandera argentina sin sol ni gorros frigios en los ángulos ni leyendas, colgada de la nave central de la capilla de St. Louis”.
FUENTE: PEÑA, Juan Manuel y ALONSO, José Luis; “Las Banderas de los Argentinos. Doscientos años de historia”, Aluar-Fate, Bs As, 2009, p 138.

“En la última etapa de su visita oficial al Cono Sur, el presidente Jacques Chirac entregó al presidente Carlos Menem una de las cinco banderas argentinas depositadas, desde 1846, en un santuario de la identidad nacional francesa: el Hotel des Invalides. El peso simbólico de esas banderas tomadas por el capitán de navío Francois Thomas Trébouart, el 20 de noviembre de 1845, recorrió la memoria colectiva argentina a lo largo de varias generaciones: interesó, ocupó, preocupó y llegó a veces a obsesionar, no sólo a historiadores y ensayistas, sino a diplomáticos, diputados, ministros, embajadores, militantes políticos y hoy incluso a dos presidentes electos democráticamente. El imponente emblema que ayer regresó al país es de color azul intenso, mide 2,90 X 4,50 metros, posee un sol rojo punzó en la banda blanca central, y acaba de ser restaurado, gracias a las técnicas más modernas y exquisitas de preservación de reliquias, por el personal especializado del Atelier de Restauration Textille du Musée des Invalides”.





jueves, 1 de agosto de 2019

La Mazorca y el Orden Rosista

Por Gabriel Di Meglio

El Gobierno preparó cuidadosamente la fiesta del 25 de mayo de 1838 para que fuera una demostración pública de la fidelidad general a la causa y graficara la popularidad del Restaurador.  La concurrencia fue muy numerosa y Rosas usó la ocasión para reforzar sus vínculos hacia abajo: invitó a las Sociedades Africanas a organizar un baile en la Plaza de la Victoria como número fuerte de la celebración. La plaza principal ocupada por los negros era un gesto político muy claro; podemos deducir cuán importante debió ser el evento para ellos. En cambio, para varios integrantes de la elite la medida fue revulsiva. El poeta unitario Juan Cruz Varela, exiliado en Montevideo, publicó unos versos sobre la cuestión, en los que expuso: “Sólo por escarnio de un pueblo de bravos / bandas africanas de viles esclavos / por calles y plazas discurriendo van. / Su bárbara grita, su danza salvaje, / en este día meditado ultraje / del nuevo caribe que el Sud abortó”. Simultáneamente, el Restaurador cuidó el orden en la campaña. En julio tuvo conocimiento –según los emigrados por la denuncia de “un mulato”– de que se preparaba un  levantamiento entre las tropas que custodiaban la frontera sur. Se detuvo a su comandante, Zelarrayán, y se lo ejecutó apelando a que supuestamente había querido fugarse.
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 Ese mismo mes, el Gobierno solicitó a la Legislatura que se expresara sobre la situación con los franceses y obtuvo una rotunda victoria; por si acaso, los miembros de la Sociedad Popular se hicieron presentes en la barra de la Sala para asegurar que los diputados no dudaran. La decisión de la Legislatura fue festejada en algunos barrios, que mostraron así su fidelidad federal. El juez de paz de La Piedad solicitó cien faroles para iluminar la iglesia homónima en un Tedeum que se organizó “…en acción de gracia al Ser Supremo por el beneficio que ha otorgado a la Republica en el pronunciamiento de la Honorable Sala de esta Provincia al aprobar la conducta de Nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes, Encargado de las Relaciones Exteriores de la Nación, en la cuestión promovida por el Vice-Cónsul y Contra-Almirante Franceses”. Nuevas muestras de adhesión federal se expresaron en octubre, cuando murió Encarnación Ezcurra (a partir de entonces llamada “la heroína de la confederación”).  Los funerales fueron masivos y durante varios meses todas las iglesias de la ciudad realizaron misas en su memoria. Buenos Aires se mostraba fiel, pero la crisis no hacía más que comenzar.  En la última parte de 1838 la situación se clarificó: Corrientes, el Estado Oriental y los agentes franceses acordaron una alianza para “…remover del mando de la Provincia de Buenos Aires y de toda influencia en los negocios políticos de la Confederación Argentina, la persona de don Juan Manuel de Rosas”.   A ese trío se agregó el apoyo de los emigrados que se encontraban en Montevideo. Para activarlos fueron importantes los líderes de la Asociación de la Joven Argentina, que decidieron pasar de una tarea propagandística clandestina a una acción política más directa, en la cual iban a mostrarse enérgicos, en particular Juan Bautista Alberdi.   Al iniciarse 1839, entonces, el rosismo enfrentaba el mayor desafío que había tenido hasta entonces. El control se volvió más obsesivo y los sospechados de ser desafectos al sistema empezaron a mostrarse cada vez menos en público.  La guerra empezó bien para los rosistas, que vencieron a Corrientes y recibieron la buena noticia de que la derrota de la Confederación peruano-boliviana a manos de los chilenos ponía fin a la guerra que las provincias del norte venían librando contra ella. Las victorias hicieron que el Restaurador mostrara algunos gestos de distensión, como liberar al general José María Paz. Además, el 25 de mayo firmó un tratado con Gran Bretaña prohibiendo el tráfico de esclavos, accediendo a un pedido que los británicos venían realizando hacía tiempo y al que se había negado hasta entonces. Así buscaba reforzar su relación con la mayor potencia como contrapeso a los franceses y la medida le servía también para afianzar aún más su vínculo con los negros porteños. De hecho, nuevas demostraciones de apoyo público por parte de esa comunidad siguieron al anuncio. Pero, cuando la tensión en la ciudad parecía disminuir, el Gobierno fue avisado de que allí mismo se conspiraba en su contra.  Quienes estaban descontentos habían empezado a reunirse al menos desde marzo, pese a la vigilancia del régimen. Muchos eran jóvenes de la elite que habían sido influenciados por la prédica de la Asociación de la Joven Argentina. Un resultado fue la formación del “Club de los Cinco”, una pequeñísima sociedad secreta. Sus objetivos no eran muy definidos en cuanto a posiciones políticas: “…no se trataba por el momento de federación ni unidad, sino de concluir con Rosas”, diría años más tarde uno de ellos, Carlos Tejedor.  Primero proyectaron simplemente asesinarlo, pero luego el círculo del club se fue ampliando y empezó a planearse la realización de un levantamiento militar para apoderarse de la ciudad, que sería acompañado por un alzamiento en el sur de la provincia, donde estaban en comunicación con varios notables de la campaña, y por una invasión de Lavalle. Sabían muy bien, por sus contactos en Montevideo, que desde abril se preparaba allí una “Legión Argentina” para luchar a las órdenes de dicho jefe contra Rosas. Los conjurados porteños encontraron un líder en otro joven: el coronel Ramón Maza, hijo de Manuel, el dirigente rosista.  Los involucrados confiaban en obtener un apoyo masivo: “…el pueblo está sumamente aburrido de la miseria y la esclavitud”, escribió un implicado en mayo y “…las contribuciones, lo que empieza a exigirse, aumentarán el descontento”.
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Se refería a la Contribución Directa, impuesto cuyo cobro, que antes se hacía de acuerdo a lo que declaraba el que pagaba, empezó a ser calculado por el Estado. Además, decía, “…todo está a más del doble de antes”. Ramón Maza empezó a buscar el apoyo de los comandantes de los batallones del ejército regular para asegurar el éxito del levantamiento. La trama no fue guardada con precaución y según el general Paz, quien fue enterado de ella, “…el secreto de la conjuración estaba en miles de bocas”. Uno de los que fueron convocados a unirse delató todos los planes a Rosas, quien inmediatamente hizo prender a Maza. Ese mismo día, 24 de junio, otros pocos conspiradores también fueron arrestados, entre ellos Tejedor.  La escasa cantidad de detenidos y las leves penas que sufrieron parecen llamativas. Es probable que el Gobernador no haya dispuesto de todos los nombres de los implicados, pero además es posible que haya juzgado que no era conveniente descubrir una gran conspiración, lo cual evidenciaría la existencia de muchos descontentos. Prefirió entonces concentrar la atención en Maza, que fue acusado de haberlo querido asesinar. Otro personaje fue incriminado en el asunto: el padre de Ramón, Manuel Maza, quien seguía ocupando el cargo de presidente de la Sala de Representantes. ¿Sabía de la conspiración? Es posible, aunque no hay ningún dato cierto acerca de si participó o no en su organización. Cuando ocurrió la instalación del bloqueo, Manuel Maza se había mostrado partidario de negociar, pero nada indicaba que se pasaría a la oposición abierta. Sin embargo, Rosas estaba convencido de que él era parte, puesto que tenía en su poder correspondencia que su antiguo camarada había mantenido con algunos emigrados.  La noticia de la conspiración corrió rápidamente por Buenos Aires y causó conmoción. El 26 de junio se reunió la Sociedad Popular Restauradora y un grupo se dirigió a la quinta del presidente de la Sala y la asaltó buscando a su propietario, quien no estaba allí. Al día siguiente, Maza se hizo presente en la Sala, mientras los jueces de paz urbanos encabezaban una movilización que presentó una petición para que se removiera al presidente de su cargo, por ser culpable de una revolución para entregar al país “…a la execrable tiranía de los asquerosos franceses, con cuyo oro ha sido corrompido el expresado infame traidor”. Al caer la noche, dispersada la multitud, Maza se sentó en su despacho a firmar su renuncia. Súbitamente ingresaron tres personas emponchadas: eran los mazorqueros Manuel Maestre, Manuel Gaetán y Félix Padín, que lo apuñalaron. Horas después, al llegar la mañana, su hijo Ramón fue fusilado por orden del Gobernador.   Es muy probable que los asesinos tomaran la decisión por sí mismos o que lo hiciera la Sociedad Popular. Los rosistas temían y no únicamente su líder.  Si bien el Gobernador ejercía un poder autocrático y supervisaba lo más posible las acciones de sus seguidores, eso no implica que los manejara como títeres. Por más que los federales netos, como se autoproclamaban, solían obedecerlo ciegamente, también tenían iniciativas propias y hacían sus interpretaciones de las órdenes que bajaba el gobierno. El rosismo no se reducía a Juan Manuel de Rosas.   
El asesinato de Maza fue el primero que hizo la Mazorca desde el inicio de la crisis.  Habían existido fusilamientos, pero eso era diferente. El Gobernador los definía usando las atribuciones dictatoriales de las que había sido investido.  Las adhesiones a su persona se explicitaron más fervorosamente y las amenazas de violencia se volvieron cotidianas. Por ejemplo, en agosto La Gaceta Mercantil publicó una carta que Cuitiño y Parra dirigieron al Gobernador, en la cual afirmaban que: “…el único sentimiento, Excelentísimo Señor, que les queda a los que firman, es que estos indignos traidores y reos criminales de lesa Patria y América, no hayan probado de nuestras manos el puñal que desnudo conservamos para sostener la ilustre persona de Vuestra Excelencia a costa de nuestra propia sangre, como del mismo modo el nombre santo de la Federación, que hemos jurado sostener con nuestras propias vidas”.  Aseguraban que estaban listos para “ver la sangre argentina de los desnaturalizados unitarios derramada por las calles de Buenos Aires, como vemos correr el agua del Río de la Plata”. No eran los únicos: unos días más tarde otros empleados de la policía enviaron a su vez una felicitación al Gobernador, en la que destacaba cómo los conspiradores, “…ni a un solo hombre del Ejército de línea y milicia, ni en la clase de tropa ni en la de Jefes y oficiales pudieron comprar” y concluían con una terrible aseveración: “…es tal la irritación de los federales que si Su Excelencia no estuviera de por medio habrían amanecido y aún amanecerían hoy mil de aquellos degollados”. Hasta ese momento, ninguno de los considerados unitarios había sufrido un degüello en la ciudad, pero en el discurso ya asomaba esa sombría perspectiva. No sólo las autoridades ejercieron más control sino que las denuncias de particulares acerca del supuesto unitarismo de otros se hicieron cada vez más habituales.  En septiembre de 1839 parecía que la tensión descendía, pero a fines de octubre, en Dolores y Chascomús se alzaron en armas muchos de los antiguos soportes de Rosas. El levantamiento no llegó a durar dos semanas y con él se fue el último intento realizado en Buenos Aires de terminar con Rosas hasta 1852.  La oposición había quedado muy debilitada, aunque el Gobierno sabía que mientras continuara el bloqueo francés y Lavalle estuviera en campaña, tendría un aliciente para conspirar.  Buena parte de la población, la elite en particular, tendió a encerrarse. Además, la actividad mercantil, eje de la economía porteña, estaba casi paralizada por el persistente bloqueo. “La fisonomía del pueblo de Buenos Aires había cambiado enteramente”, diría más tarde el cordobés general Paz recordando esos días, “…sus calles estaban casi desiertas; los semblantes no indicaban sino duelo y malestar […] todo se resentía del acerbo pesar que devoraba a la mayor y mejor parte de aquel pueblo que yo había conocido tan risueño, tan activo, tan feliz en otra época”. Por convencimiento o para no ser molestados, muchos mostraban explícitamente su adhesión al régimen.  Lavalle estaba al mando de un ejército en Entre Ríos, Fructuoso Rivera había vencido en el Estado Oriental una invasión rosista, Corrientes había vuelto a expresarse contra el Restaurador y las provincias del norte habían desconocido su manejo de las relaciones exteriores y habían formado una liga. Y el bloqueo francés, asfixiante, proseguía.
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En abril de 1840, un grupo de desafectos había logrado fugarse en una embarcación y recalar en Montevideo. Entre ellos estaban Somellera y el prestigioso general Paz. La noticia enfureció a Rosas, quien ordenó que se evitaran a toda costa acciones de ese tipo. La noche del 4 de mayo, Isidro Oliden, Francisco Lynch, José María Riglos y Carlos Mason procuraron hacer el mismo viaje. Todos tenían antecedentes de oposición al régimen (Mason, por caso, fue uno de los que gritaba mueras en 1837 contra la persona que vivaba al Restaurador de las Leyes). Los traicionó su guía: cuando iban a embarcarse en la costa a la altura de San Telmo, fueron atacados por una partida a caballo que dirigía Cuitiño. Intentaron resistirse pero fueron degollados. El episodio fue uno de los que más impresión causó en la época entre los porteños y los emigrados.  En agosto de 1840 Lavalle inició su demorado ataque a Buenos Aires. En el norte de la provincia consiguió varias adhesiones, pero comenzaron a hacerse más escasas a medida que se aproximaba a la ciudad. Aunque allí se generó una gran expectativa, no se detectó ningún movimiento a favor del ejército invasor (o libertador, dependiendo de quien lo juzgara). ¿Por qué?  Éste trató de ocultar lo más posible el impopular apoyo francés, y sostuvo que no venía a representar a una forma de gobierno, para así evitar chocar con el preponderante federalismo; la lucha era contra la “tiranía” de Rosas.
Sin embargo, esas precauciones no surtieron efecto. En el caso de aquellos que seguían siendo desafectos al régimen, su pasividad ante la invasión tuvo que ver con el temor a las represalias si la expedición fracasaba. La Gaceta Mercantil explicitó que no había neutralidad posible: “¡O nosotros o ellos!”.
Rosas delegó el mando en Felipe Arana y salió de la ciudad. Se instaló en santos Lugares, donde preparó un ejército para esperar a Lavalle. El 29 de agosto éste se detuvo en Merlo, a menos de veinte kilómetros de las fuerzas de Rosas. Acampó allí y aguardó.  En los días venideros se enteró de que nada ocurría en la ciudad y de que el general Oribe venía de Entre Ríos con refuerzos, debido a lo cual decidió eludir una batalla que presagiaba poco favorable y emprendió la retirada hacia Santa Fe. En la primera semana de septiembre la noticia se supo en la ciudad, que al principio reaccionó con cautela. Rosas, que permaneció en Santos Lugares, se movió con energía: el día 25 publicó un decreto por el cual se confiscaban las propiedades y los bienes de los unitarios. Simultáneamente llegó la noticia de que un enviado del Rey de Francia había llegado a Montevideo para negociar con el Gobernador porteño. Lo peor de la crisis parecía estar superado para el régimen. En ese clima se desencadenó el terror contra los sospechados de unitarios. Según el ministro Mandeville, en carta a su gobierno del 15 de octubre de 1840: “…los excesos cometidos en Buenos Aires por la gratificación de venganza pública y privada, han llegado a un punto tan alto rara vez registrado en los anales de la historia. Durante los últimos tres meses, hasta los últimos días no pasó una noche, salvo en dos o tres ocasiones, sin que dos o tres asesinatos no tuvieran lugar”.  Echaba la culpa de los actos a la Mazorca. La explicación es muy clara: la cantidad de muertes parece exagerada dado que los crímenes habían empezado un mes antes, pero es interesante que el impacto del hecho hiciera que el Ministro lo alargara. Los asesinatos documentados son menos de los que sugiere el británico: veinte.  Un testigo, Vicente Quesada, que era un niño en esa época, contó como una noche de ese mes terrible se sintieron golpes en la puerta de su casa. Su familia, aterrorizada, pensó que era la Mazorca, pero se trataba de la desesperada esposa de Gregorio Terry que pedía refugio: su marido acababa de ser capturado por mazorqueros en su propia vivienda y su hermano Manuel había escapado por la azotea. Terry fue azotado y luego liberado. Por su parte, José María Salvadores, que había sido oficial de policía, supo que lo perseguía la Mazorca y se escondió en un sótano que estaba oculto en su casa. Asistido por su esposa, se mantuvo allí durante doce años; salió a los pocos días de la batalla de Caseros “…con la barba crecida y larga hasta el estómago”.  Tras más de un mes de terror, Mandeville consideró que era demasiado y se quejó. Rosas le contestó que no era difícil contener el furor federal contra los enemigos, pero la matanza se suspendió esa misma noche.  Durante todo ese período, la Sociedad Popular Restauradora se reunía con regularidad, convocaba a misas por la Santa Causa y organizaba frecuentes guardias de honor para el Gobernador, en fechas como el comienzo de las sesiones de la Sala de Representantes. En marzo de 1841 hubo una nueva conmoción: Su hija Manuela abrió un paquete destinado a Rosas en el cual había un aparato que disparaba pistolas en todas las direcciones, cuyo dispositivo falló. El ardid había sido planeado en Montevideo, donde se publicaba el inflamado periódico Muera Rosas y los emigrados mantenían las esperanzas en que la muerte del Restaurador pudiera terminar con su sistema. Pero por el momento parecía más probable que el Gobernador porteño terminara con ellos.  A fines de octubre de 1840, el ministro Arana había firmado la paz con el barón de Mackau, enviado francés. La partida de los franceses dejó desamparados a sus recientes aliados. Rosas pudo volcar su consolidado poderío contra Rivera, contra Lavalle, contra Corrientes y contra la Liga del Norte; en todos los casos tuvo éxito. Sin embargo, cuando su victoria parecía total, en el Litoral las cosas volvieron a hacerse difíciles. Mientras el Interior colapsaba, el general Paz, al servicio del gobierno correntino, derrotó a los rosistas en la batalla de Caaguazú, en noviembre de 1841. Pasó seguidamente a Entre Ríos y en marzo de 1842 se hizo nombrar gobernador de esa provincia. La llegada de esa noticia a Buenos Aires volvió a generar un estallido de terror. La Mazorca ganó las calles y cometió varios crímenes: otra vez, al menos veinte personas fueron asesinadas. Si los ataques de 1840 habían sido nocturnos, algunos de los de abril de 1842 se cometieron a plena luz: el abogado José Zorrilla fue degollado un mediodía en su casa, ubicada a metros de la Plaza de la Victoria, y un tal Duclós fue asesinado en el mismo horario.  El horror se ciñó sobre la ciudad: Tomás de Anchorena, preocupado, le escribió a su primo Rosas el 19 de abril para decirle que se pasaba el día contestando cartas y recibiendo visitas, “…que bañadas en lágrimas, y llenas de angustia, horror y espanto vienen a suplicarme les de algún consuelo o consejo para salvar sus vidas, porque han sido avisados por diversos conductos de que cierta e indudablemente intentan matarlos”.  Las razones de este renacer de la violencia las explicó en medio de la matanza la mujer de Arana, Pascuala Beláustegui, en una carta del 16 de abril dirigida a alguien que hacía tiempo no estaba en la ciudad. “Aquí hemos tenido algunos de los sucesos de octubre”,  decía, haciendo referencia a lo ocurrido en 1840. “Yo lo previne ya porque sabía que en el campamento”, es decir la sede del ejército en Santos Lugares, “…había mucha exaltación contra los salvajes, pues decían que cuando habían pensado en retirarse a sus casas a descansar venían estos malvados a empezar de nuevo la guerra, que era preciso que no quedase uno para que ellos y el país disfrutasen de tranquilidad”. La opinión corría “…desde el Jefe hasta el último tambor, me dicen que es lo mismo que circula en el ejército”. Y sugería que las partidas eran numerosas: “…las reuniones federales que Usted ha visto aquí son tortas y papel pintado para las que hay ahora, el exterminio de los salvajes es lo único que se oye como único remedio a la terminación de la guerra pues ya han desesperado de que la moderación pueda jamás convencerlos”. 
Los asesinatos de 1840 fueron para Rosas una forma de descomprimir, a través de la acción de la Mazorca, la tensión que vivía la ciudad. Pero sobre todo fue una forma de aterrorizar a la elite porteña. No bastaba ya con usar la divisa punzó y mostrar una total neutralidad: la sospecha de alguna simpatía unitaria podía llevar la muerte a la propia casa de los implicados. Era una solución a la tradición de actividad política de la elite, una forma de terminar de disciplinarla. Y, sin duda, fue efectiva. En 1842, en cambio, la Mazorca parece haber actuado por su cuenta. El Gobernador estaba de nuevo en Santos Lugares. La Policía no se dedicó a detener las muertes pues seguramente no sabía bien qué indicaciones habían recibido la Sociedad Popular Restauradora y su brazo armado de parte de Rosas. Podemos inferir que la matanza no fue ordenada por el Restaurador, quien ahora no la necesitaba porque la ciudad ya se había aquietado y no estaba amenazada por ningún peligro inmediato, como sí sucedió en 1840. La masacre de abril de 1842 parece haber sido una venganza llevada a cabo por los federales extremos contra aquellos a quienes volvieron a indicar como unitarios, producida por el hastío de la guerra y en algunos casos, posiblemente, por el deseo de apoderarse de algunos bienes de las víctimas. Las muertes del terror no fueron tantas en comparación con las que provocaron los enfrentamientos bélicos y los fusilamientos. Hay poco más de ochenta casos de ataques mazorqueros en todo el período rosista. Es indudablemente un número muy significativo, pero lo que más horrorizó a la población afectada fue el método: asesinatos “a domicilio”, la sensación de total indefensión y de estar expuestos a gente capaz de todo. Los que habían sido víctimas de la violencia rosista aseguraban que los mazorqueros usaban un cuchillo afilado cuando querían matar a un enemigo, pero que usaban una sierra desafilada para degollar a los unitarios de primer rango social, para hacerlos sufrir más. 
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Ello contribuyó a eternizar el recuerdo de ese horror, más aún en una ciudad que nunca había vivido ese tipo de violencia política. En la campaña hubo represiones y fusilamientos que el Gobierno llevó adelante abiertamente, pero en general no hubo actividades importantes de grupos no oficiales como la Mazorca.  La crisis del sistema rosista iba a concluir durante 1842 con el rotundo triunfo rosista en Arroyo Grande. Los años subsiguientes mostraron a una Buenos Aires en calma. Al finalizar 1844, Juan Manuel Beruti escribió en su diario que el año “…ha concluido sin más novedad que la guerra que aún sigue con Montevideo; pero la ciudad muy tranquila, aunque muy pobres sus habitantes por la falta de gente del país que se halla emigrada y el comercio paralizado; pero gracias a Dios no ha habido insultos, embargos, confiscaciones ni degüellos ni se ha perseguido a nadie”. Es que ya no era necesario, la ciudad había sido disciplinada. En junio de 1846, la entonces innecesaria Mazorca dejó de existir.   Podría aventurarse que la década de 1840 fue políticamente la menos agitada de esa urbe durante todo el siglo XIX.

Concluyendo
Hubo al menos tres elementos, que no puedo analizar aquí por falta de espacio, que legitimaron y permitieron este accionar del rosismo: la sacralización de la causa federal (combatir a una causa santa demonizaba a quienes lo hacían y justificaba que se los eliminara); la identificación de Rosas como salvador y defensor de la patria ante la agresión extranjera; el “clasismo”. La adhesión federal le permitió a gente de inferior condición social acusar a miembros de la elite en igualdad de condiciones, como se puede rastrear claramente en el archivo policial. Esto era impensable en la década de 1820, en la cual el Estado intervenía mayormente a favor de los estratos más altos. No era que el rosismo buscara transformar la sociedad, sino que la entronización de la filiación política por sobre cualquier otra permitió que algunas tensiones sociales afloraran en el interior de la lucha contra los unitarios.   Los opositores a Rosas señalaron el apoyo plebeyo y el igualitarismo como uno de los rasgos clave del régimen. Mármol escribió que los plebeyos: “…osaban creer, con toda la clase a que pertenecían, que la sociedad había roto los diques en que se estrella el mar de sus clases oscuras, y amalgamándose la sociedad entera en una sola familia”. Otro contemporáneo comentó que en medio del período del terror “…era preciso aparentar la más indiferente serenidad, porque se había perdido la confianza, los criados podían ser espías; una palabra indiscreta podía comprometer la vida o la fortuna: no se podía ni reconvenirles ni mirarlos con severidad; la tiranía estaba en los de abajo”. Indudablemente, éstas –y varias otras vertidas en el mismo tono– no son sólo reconstrucciones de memorialistas rencorosos.  Había una identificación popular con el federalismo que contribuyó a que se viera la presión política ejercida sobre la elite como una suerte de revancha social. También Rosas aseguró que los momentos de terror fueron protagonizados por la plebe. La diferencia era que él la consideraba espontánea, mientras que sus enemigos, al igual que gran parte de los historiadores más tarde, se encargaron de enfatizar que fue el Restaurador el que dirigió la represión. De cualquier manera, esa apelación a que fue la furia popular la ejecutora de los ataques no debe ser considerada tan sólo como una afirmación de Rosas para justificarse ante sus opositores y los observadores extranjeros. También pudo ser usada para legitimarse ante la misma plebe y a la vez contribuir a su desmovilización real (fenómeno que ha advertido Tulio Halperin Donghi). Porque si la plebe rosista se consideraba en algún punto representada por las acciones de los mazorqueros, entonces Rosas también avanzaba en su principal objetivo: la construcción de un orden. Esto puede contribuir a explicar el porqué de una acción contra los opositores que devino en el terror. Mientras que a la plebe porteña se la vigilaba y disciplinaba con las pocas herramientas estatales existentes, fundamentalmente la Policía, a la elite disidente se la perseguía –y así también disciplinaba– apelando a grupos que de alguna manera se arrogaban una representatividad popular. En 1840 la elite tuvo miedo a la acción popular, pero ésta estaba en realidad, más que en ninguno de los episodios políticos con participación plebeya en Buenos Aires, controlada por las autoridades. El terror fue sólo parcialmente popular; se reivindicó como tal y quizás representó el deseo de muchos, pero de hecho quedó en pocas manos y se convirtió en una política de gobierno.
A través de las actividades de la Sociedad Popular Restauradora y, sobre todo, de la Mazorca, el régimen rosista desmovilizó cualquier posibilidad de acción colectiva de sus mismos partidarios plebeyos y fue moldeando una sociedad con una agitación política muy inferior a la que había dado lugar al ascenso del Restaurador. Y el terror fue urbano, fundamentalmente, porque en la ciudad se concentraba la elite en la Buenos Aires de la época.

martes, 30 de julio de 2019

Orígenes de la Mazorca

Por Gabriel Di Meglio
El origen de la Mazorca no estuvo ligado a una iniciativa gubernamental sino a una asociación política, la Sociedad Popular Restauradora, nacida a fines de 1833. Los datos de su surgimiento son oscuros. Según José Rivera Indarte –fanático rosista devenido en fanático antirrosista– uno de los miembros de la facción federal apostólica, es decir rosista, llamado Tiburcio Ochoteco le sugirió a Encarnación Ezcurra, quien la había dirigido exitosamente en la lucha contra la facción cismática, la formación de un club de adherentes de Rosas a semejanza de las sociedades patrióticas españolas que él había conocido en Cádiz durante el trienio liberal (1820-1823). Eran clubes que surgieron por toda España en 1820, algunos más radicales y otros más moderados, que reunían a sus adherentes en casas, tabernas o conventos desocupados; abogaban por la difusión del liberalismo y atemorizaban a sus enemigos. Estaban dirigidas generalmente por personas de buena posición social pero contaron con una importante participación popular, principalmente de artesanos. Una sociedad de ese tipo constituía una novedad en la escena política de Buenos Aires. Por un lado, porque era un club que se afiliaba abiertamente con una facción, algo que en las sociedades políticas porteñas se había intentando evitar explícitamente (dada la condena discursiva a las facciones en la prensa y en los debates parlamentarios desde 1810). A la vez, la Sociedad Popular tenía un importante elemento distintivo: la presencia entre sus integrantes de individuos que no formaban parte de la elite de Buenos Aires; “…muy pocas personas decentes se inscribieron como socios de la sociedad”.  Es decir que era la primera vez que la gente decente no era mayoría en una asociación política. Esto era claro en la adopción del término popular en el nombre de la organización. A partir de su edición de 1803, el diccionario de la Real Academia Española definía popular como “el que es del pueblo o de la plebe”; desde la década de 1820, en Buenos Aires se lo usaba cada vez más claramente para referirse a los que eran ajenos a la elite. La participación de ese tipo de personas en la Sociedad la asemejaba a los ejemplos españoles de principios de la década de 1820, pero su éxito obedeció a la existencia de una tradición de participación popular en Buenos Aires. Los momentos en que la intervención de la plebe y los sectores medios de la sociedad porteña en la política tuvieron más importancia fueron siempre aquellos en los cuales la elite estuvo más dividida. Tal el caso de la disputa entre federales cismáticos (o liberales) y apostólicos durante 1833, y la Sociedad Popular Restauradora fue una de sus consecuencias. 
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La actividad política rutinaria de la Sociedad consistía en reuniones de los miembros que se llevaban a cabo en una sede, que después de un tiempo resultó ser la pulpería de su presidente, Julián González Salomón. Los otros menesteres del club eran principalmente dar muestras de apoyo a Rosas en distintos contextos: gritaban a su favor en las calles, importunaban a sus enemigos, concurrían a la Sala de Representantes a presionar a los antirrosistas.  Una vez que Rosas volvió al gobierno en 1835, la actividad de la Sociedad, importante entre su aparición y ese momento, fue menor. Cuando estalló la crisis, Rosas comenzó a darle órdenes directas a su fiel club de adictos.   Las indicaciones eran principalmente vigilar a personas sospechadas de simpatías unitarias o de oposición al régimen. Las demostraciones de adhesión se hicieron más expresivas y la violencia llenó los discursos y de a poco fue ganando otra vez las calles. La tirante situación provocó un aumento de la membresía de la Sociedad Popular Restauradora y cambió su perfil social.  Cada vez más, eran individuos de lo más granado de la elite porteña los que solicitaban ser incorporados. Algunos de los nuevos adherentes debieron acercarse por su convicción en cuanto a las virtudes del gobierno o tocados en su fibra patriótica por la agresión extranjera. Pero, en la mayoría de los casos, la principal causa estuvo ligada seguramente a que, con el auge de los conflictos y el consiguiente aumento de la violencia en la ciudad, muchos miembros de la elite de Buenos Aires temieron por sus vidas y bienes y varios de ellos consideraron que una afiliación a la Sociedad Popular Restauradora podía ser un seguro contra cualquier duda acerca de su fidelidad federal y la gran posibilidad de sufrir una agresión. A esto apunta un pasaje de Amalia en el que se describe una supuesta reunión de la Sociedad Popular Restauradora. El héroe del relato se encuentra en el mitin; se trata de un personaje ficticio llamado Daniel Bello, al que José Mármol presenta como un antirrosista que se hace pasar por un fanático partidario del Gobernador para contribuir desde adentro a desestabilizarlo. Cuando en la asamblea, celebrada en la pulpería del presidente Salomón, se lee el listado de unos doscientos miembros de la organización pertenecientes a “todas las jerarquías sociales”, Bello dice para sus adentros que “en esta lista hay hombres por fuerza”. Ello fue explicitado también por el propio Salomón en una carta a Rosas escrita ese mismo año: “En las extraordinarias circunstancias que sobrevinieron, cuando el traidor asesino Lavalle pisó nuestra Provincia muchos ciudadanos se presentaron voluntariamente a inscribirse en la Sociedad”.  Por eso, cuando en 1841 La Gaceta Mercantil publicó una “Lista de miembros de la Sociedad Popular Restauradora”, una buena parte de ellos pertenecía a familias del patriciado porteño (como Riglos, Iraola, Pereyra, Unzué y Piñeyro, entre otros).  Algunos historiadores han tomado este listado para sostener que la Sociedad estaba compuesta tanto por integrantes de la elite como por otros que no pertenecían a ella, mientras que la Mazorca habría sido más plebeya. En cuanto a la primera afirmación, eso fue sin duda así a partir del período crítico. Pero 1840 no era 1833. En los inicios, los socios tenían un origen menos lustroso.  Los mazorqueros –si no todos, al menos sus líderes– eran originalmente miembros de la Sociedad Popular Restauradora; eran federales decididos. Lo que los convirtió en un ala ejecutora de ella, una entidad separada, fue la reaparición de la violencia política abierta. En 1833 y 1834, Encarnación Ezcurra le había encargado a la Sociedad que hiciera ataques contra las casas de algunos adversarios políticos, para intimidarlos y obligarlos a exiliarse.  Ese tipo de acciones desapareció hasta el establecimiento del bloqueo francés.   Ya en 1840 el año en el cual los degüellos surgieron en la ciudad, hecho que dio a sus ejecutores una macabra celebridad. He ahí lo que distinguió a los mazorqueros: ellos eran miembros de la Sociedad Popular Restauradora, pero los otros socios no mataban. Esto por momentos se hace confuso debido a que había integrantes de la Sociedad que podían realizar amenazas públicas de represalias contra los unitarios y los colaboradores de los franceses, que podían romper los vidrios de una casa o destruir algún objeto o vestuario de color celeste. Pero las muertes eran causadas por un pequeño grupo, que terminó siendo denominado la Mazorca, no sabemos si por sus mismos integrantes, por otros rosistas o por sus enemigos, aunque éstos parecen haber sido los que terminaron achacándole el nombre. ¿Cuántos eran los mazorqueros? No es posible saberlo. Seguramente no muchos más que tres decenas, aunque es altamente probable que no fueran un grupo monolítico sino que a un pequeño elenco estable se sumaran en diversas ocasiones otros individuos más periféricos e incluso ocasionales.   Lo que distinguió a los mazorqueros no fue que estuvieran dispuestos a llevar su fervor por Rosas hasta las últimas consecuencias sino que casi todos ellos eran a la vez parte de la Policía.  Mientras el jefe de la Policía entre 1835 y 1845, Bernardo Victorica, se encargó de manejar al cuerpo en sus funciones más habituales –seguridad urbana, control, denuncia de opositores al sistema, reclutamiento de vagos para el Ejército– los comisarios Ciriaco Cuitiño y Andrés Parra cumplieron esas tareas pero sumaron un mayor énfasis que ningún otro comisario en la vigilancia política.   Esa rama especial de la policía, las dos partidas volantes de Cuitiño y Parra, fueron las que devinieron en la Mazorca.   Silverio Badía, Manuel Troncoso, Leandro Alén y Fermín Suárez, los mazorqueros más famosos –que serían juzgados y ejecutados por eso en 1853– eran los dos primeros vigilantes de la partida de Parra y de la de Cuitiño los otros dos. ¿Cuándo dejaban de actuar como policías y se volvían mazorqueros? En los momentos en que procedieron por fuera de las disposiciones o la normativa del departamento de policía; sin órdenes o con indicaciones orales del Gobernador, algo que nunca llegó a dilucidarse.   El bloqueo dio inicio a una pesadilla para el rosismo. Varias provincias se mostraron poco proclives a evaluar positivamente lo actuado por el Gobernador de Buenos Aires. Allí mismo hubo resquemores: la hasta entonces pasiva Sala de Representantes escuchó opiniones favorables a tomar el camino de la transacción, incluidas las de algunos diputados que hasta entonces habían formado en las filas fieles del rosismo. Una mañana de mayo ocurrió un hecho también impensable tan sólo un mes antes: la ciudad se pobló de pasquines contra el gobierno.  La respuesta de Rosas al desafío interno fue medida. Rápidamente apeló a un recurso clave que ya le había dado éxito en otras ocasiones: el apoyo popular. La clásica animadversión hacia los extranjeros se incrementó rápidamente, en particular hacia los franceses.   Eso no lo inventó Rosas, fue un efecto inmediato del bloqueo. Para la plebe federal era claro que la antigua identificación que se había creado entre unitarios y extranjeros era completamente real; Rosas sabía que podía contar con un fuerte apoyo si buscaba abajo en la escala social. Lo que logró el Gobernador fue que el odio popular se encauzara no contra los franceses residentes en Buenos Aires (salvo pocas excepciones) sino en una crítica al rey Luis Felipe, a quien gritaban “mueras” por las calles, y sobre todo a los aliados rioplatenses de los bloqueadores, a los que se acusó de venderse al “asqueroso oro francés”. Una agresión contra franceses residentes en la ciudad hubiera dado una excusa perfecta para una intervención directa de Francia en el terreno militar, posibilidad que el Gobernador obviamente quería evitar. Era, por otra parte, una perspectiva que tampoco seducía a los franceses, quienes esperaban imponer su posición con un costo mucho menor:  apoyando a los enemigos de su enemigo. Los que deseaban que los federales se lanzaran sobre los franceses de Buenos Aires eran los opositores a Rosas, que también sabían que un hecho así podía marcar su caída (de hecho, el personaje de Amalia Daniel Bello intenta en la novela persuadir a los rosistas más exaltados de que cometan una acción por el estilo). Sin embargo, la reacción contra los extranjeros no pasó de amenazas verbales.   Cuando unos meses después de la instalación del bloqueo un francés pisoteó con su caballo a una morena en una calle de la ciudad, preguntando con soberbia al oficial que lo detuvo si eso era un delito, el comisario Andrés Parra le escribió a su superior: “Señor jefe, esta clase de extranjeros que no temen a la justicia, ni respetan las leyes del país, es preciso bajarles el cogote; para que aprendan a obedecer”. Pero no lo hizo.

miércoles, 26 de junio de 2019

Los Desertores

Por Gabriel Di Meglio
«A las diez de la mañana de este día ha sido pasado por las armas el húsar de la Unión Juan Bautista Quevedo, conforme a la sentencia pronunciada por la Comisión Militar». Era el 27 de enero de 1816 y el sumario fue enviado al director supremo, que había aprobado la condena. Así terminó el rápido juicio al soldado Quevedo: había desertado el 19 de diciembre anterior y lo apresaron cuatro días más tarde. La filiación de Quevedo —la ficha donde se volcaba toda la información militar sobre él— detallaba que había nacido en San Luis, era de piel morena, tenía veintiséis años, era soltero y su oficio era «del campo». No sabía firmar y por eso hizo la señal de la cruz al ser enrolado. Es decir, era un típico exponente de los soldados que pelearon la guerra de la independencia: joven, pobre y analfabeto. Había estado anteriormente en los Granaderos a Caballo y de allí pasó en 1814 a los Húsares. Al año siguiente lo condenaron a recibir 200 palos porque le robaron un caballo ensillado mientras estaba de centinela. A continuación desertó llevándose todo su vestuario militar, pero más tarde regresó y volvió a irse en diciembre. Además de esas dos deserciones, en una nota complementaria se aclaraba que había tenido otras más y que su conducta fue «siempre bastante mala». Su caso no era para nada extraño. Las deserciones eran enormes en todos los ejércitos de la
época y constituían una preocupación central para las autoridades y los oficiales.
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Las Provincias Unidas tenían en 1816 tres ejércitos principales: el Auxiliar del Perú, el de Cuyo que preparaba San Martín en Mendoza con intenciones de cruzar a Chile y el que operaba sobre Santa Fe desde Buenos Aires. Esos ejércitos «regulares» estaban integrados por hombres dedicados en tiempo completo a la vida militar. Los soldados ingresaban en los ejércitos de tres modos diferentes: los «enganchados» eran voluntarios que se alistaban a través de un contrato que detallaba el tiempo de servicio y cuánto cobrarían por él; es decir que tomaban un trabajo. Dependía del momento y del lugar, pero en los años revolucionarios alrededor de la mitad de los efectivos de los ejércitos eran voluntarios. En segundo lugar estaban los «destinados», los que eran obligados a alistarse o que directamente eran reclutados por la fuerza a través de las levas. Un trabajador que era detenido por una patrulla y no podía mostrar ni domicilio fijo ni papeleta de conchabo era considerado «vago» y llevado contra su voluntad al «servicio de las armas». Muy pocos tenían papeleta de conchabo, una prueba de relación laboral, porque era habitual la movilidad de un trabajo a otro buscando mejor paga o condiciones más ventajosas, especialmente en la región pampeana; por lo tanto, había muchos hombres que podían ser perseguidos por los reclutadores. Entre 1812 y 1815, las levas habían sido particularmente intensas y buena parte de la población ya estaba hastiada, por lo que las autoridades fueron más cuidadosas al respecto después de la caída de Alvear. Una tercera cantera de soldados eran los «rescatados», esclavos enviados al ejército. En las Provincias Unidas, muchas veces los reclutas eran enviados primero a Buenos Aires para entrenarse y desde allí partían a los distintos frentes. La estructura militar se completaba con la milicia, una organización que reunía a los adultos con un domicilio fijo para defender su ciudad o región. Era fundamental en la época, y en la guerra iniciada en 1810 el papel de las milicias fue importante como complemento de los ejércitos. Incluso eran mayoritarias en algunas fuerzas, como las de Güemes en Salta y también en la Liga de los Pueblos Libres, aunque allí también había destacamentos regulares. En todos lados los milicianos estaban protegidos de las levas y defendían celosamente su diferencia con los «veteranos», como se llamaba a los soldados del ejército. En teoría, las milicias no marchaban al combate lejos de su territorio, pero durante la guerra hubo ocasiones en que sí fueron movilizadas a grandes distancias y, cuando eso ocurría, también había deserciones entre sus miembros. Entre todos los motivos de enjuiciamiento de los integrantes de las tropas —es decir, soldados, cabos y sargentos— desde la revolución, la deserción era el más recurrente. Los soldados desertaban por distintas razones: desde algunos que cobraban su primer sueldo o recibían el uniforme y se marchaban —la ropa era muy cara en esos tiempos en los que aún no había industria— hasta quienes lo hacían por hartazgo con las malas condiciones cotidianas en el ejército, la carencia de vestuario, los atrasos en los pagos de sus sueldos, los malos tratos de los oficiales. Cuando los desertores eran capturados, estos últimos motivos eran tomados como grandes atenuantes por los jueces si podían probarlos. Aunque sabían que era un delito, muchos soldados consideraban que era justo desertar si no recibían lo que les correspondía y de hecho eran numerosos los desertores reincidentes.
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 Por dar solo un caso: el soldado montevideano Juan Castro, que había ingresado al ejército como voluntario en 1806, llevaba ocho deserciones una década más tarde… También podía ocurrir que quienes desertaban lo hicieran porque no estaban convencidos de una misión que les encomendaban o que simplemente quisieran volver a sus hogares. Un ejemplo es el de Andrés Muñoz, quien desertó en la expedición de Belgrano a Santa Fe en marzo de 1816 y regresó lentamente hacia Buenos Aires, «trabajando disfrazado» en el campo. Pero eran sociedades pequeñas y cuando llegó a la Capital fue reconocido y terminó en la cárcel. Con el correr de los años las deserciones fueron en aumento, pero eso no quiere decir que quienes las efectuaban no apoyaran la causa de la revolución. Aunque es difícil saber qué pensaban políticamente los soldados porque eran mayoritariamente analfabetos y no dejaron testimonios escritos, hay indicios de que la adhesión a la causa antiespañola era mayoritaria, si bien en algunos lugares se había enfriado un poco después de la efervescencia de los primeros años y debido al malestar de muchos trabajadores que habían entrado al ejército, por culpa del abuso de las autoridades. Las deserciones mostraban que muchos de los más pobres se oponían a tener que ser ellos los que llevaran lo peor del conflicto. Y sus mujeres e hijos sufrían las largas ausencias o la muerte de los combatientes, que dificultaban su supervivencia (por eso muchas peticionaban frecuentemente ante los gobiernos para atenuar su miseria). Para 1816 había un gran cansancio con la guerra en el mundo popular.  En la mayoría de los casos, desertar era una decisión tomada por pequeños grupos o individualmente. Era más raro que hubiera deserciones de grandes contingentes, que en general tenían que ver con descontentos masivos. Las unidades del ejército regular solían reunir a personas que provenían de distintas provincias, con gran diversidad étnica, a las que no era fácil conducir: los oficiales exitosos eran aquellos que, además de asegurar la disciplina, conseguían garantizar ingresos a la tropa. Pero si los oficiales no eran queridos, no eran capaces de asegurar los suministros o no mostraban mucha preocupación en evitar las fugas, las deserciones se multiplicaban.
En marzo de 1816, conducidos por algunos sargentos y soldados, desertaron cerca de Córdoba unos doscientos miembros del Regimiento de Dragones que había sido enviado para reforzar al Ejército Auxiliar del Perú, en una expedición que había ido perdiendo hombres por el camino desde Buenos Aires. Los miembros de la comisión militar a cargo del sumario culparon al comandante, a causa del malestar que había mostrado cuando le ordenaron ponerse en marcha. Pero los desertores —que se beneficiaron con un indulto y volvieron a la Capital— dieron otras razones. Baltasar Altamirano dijo que reaccionó al maltrato de sus tenientes, que «los conducían con el mayor rigor como si fueran presos, pues no les daban licencia para pedir agua, comprar pan, tabaco, y otras cosas que se les ofrecían». Cuando se acercaban a las casas por agua o alimento, sostuvo Altamirano, un teniente les pegaba con las riendas. En los fogones nocturnos los soldados comentaron esos hechos y él decidió desertar y aprovechó la promulgación de un indulto para presentarse otra vez en Buenos Aires. El soldado Joaquín Manuel dio como justificativo de su deserción que «iba en pelota»; Felipe Ochoa, que «el amor de sus hijos lo puso en el caso de desertarse»; otros sostuvieron que lo hicieron por imitación a desertores previos. El soldado Miguel Rodríguez contó que en Córdoba un sargento dijo: «Muchachos, yo me voy, el que quiera seguirme voluntariamente que me siga», y varios se plegaron llevándose sus armas. El caso no era para nada excepcional: habitualmente en los trayectos desde Buenos Aires al norte pasaban cosas similares. Por eso, poco después de esta deserción surgió una propuesta formal para modificar lo que en la práctica era común: se trataba de evitar el largo traslado desde la Capital, haciendo los reclutamientos en el norte, a donde debían remitirse armas y vestuario.  A veces los desertores regresaban a la zona en la que vivían y se refugiaban en casas de familiares o conocidos. Otros se marchaban con los indígenas del otro lado de las fronteras pampeana o chaqueña para evitar ser capturados. Podían también dirigirse a territorio enemigo —y en el caso del litoral, pasarse al bloque revolucionario rival— o sumarse a las partidas de bandidos que crecieron a lo largo del conflicto. También podían esperar un tiempo hasta que las autoridades sancionaran un indulto.  Preocupados, los sucesivos gobiernos y las autoridades militares fueron implementando premios por delación y por la captura de los desertores. Pero una vez que apresaban a uno, no había una política uniforme de qué hacer con él. Según la reglamentación colonial, quien reincidiera debía ser condenado a muerte; la norma se cumplía pocas veces porque los ejércitos necesitaban brazos permanentemente y los jueces preferían recargar el tiempo de servicio o castigar a los que hallaban culpables con tareas como limpiar un cuartel cargando cadenas durante algunos meses, para luego devolverlos al frente. En algunas ocasiones había penas más duras, como años de presidio o sufrir golpes con un palo. A la vez, los gobiernos promulgaban indultos de tanto en tanto para permitir que los desertores volviesen a ser soldados activos. Un desertor, entonces, no podía conocer las reales consecuencias de su acción, aunque al alistarse les leyeran las penas formales, porque ellas siempre cambiaban. Juan Bautista Quevedo, el soldado ejecutado en enero de 1816, tuvo por lo tanto la peor de las suertes. De hecho, en el mismo mes que Quevedo cayó preso también lo hizo el soldado Juan Ocampo, desertor del Regimiento de Dragones. Tenía veintidós años y era porteño, soltero, blanco y albañil. Su causa se agravaba porque había resistido su arresto con el cuchillo en la mano, de lo que se excusó afirmando que estaba ebrio. El sumario se fue dilatando por meses y finalmente quedó en libertad al ser incluido en un indulto general.  ¿Por qué en cambio Quevedo fue fusilado? Él sostuvo que desertó por miedo a un castigo, porque al llevar «a cuatro reclutas a lavar su ropa se le escaparon». No lo habían maltratado sus superiores ni le había faltado dinero o comida, es decir que no tenía atenuantes. Era puntano, sabemos que pobre, y excepto el abogado defensor —de oficio— nadie más respondía por él en Buenos Aires. Su jefe en los Húsares sostuvo que se había hecho «digno de todo el rigor» y aplicarlo serviría para detener «la frecuencia y confianza con que se hacen las deserciones. Ya se hacen sin el menor rubor, sin miedo». El 30 de septiembre de 1815 se había decidido otra vez aplicar la pena de muerte a los desertores, y él fue el elegido para escarmentar a otros. Pero las deserciones, por el contrario, aumentaron, y pronto volverían los indultos. Ya era tarde para Quevedo.