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domingo, 23 de julio de 2017

Hoy cumpliría 111 años Pepe Rosa: el Historiador del Pueblo

Por Eduardo Rosa 
Primera historia: ¿Quién es Pepe?
Empezamos estas líneas llamándolo “el viejo maestro”, y esto viene de lejos. Al final de su vida a Pepe Rosa le halagaba que lo llamen así y como todo lo de él es historia vamos a historiarlo: Rosa, reunido con Perón, le hace un comentario sobre los cursos de estrategia militar en la escuela superior de guerra; que tuvo oportunidad de leer y le dice que es un excelente profesor. “Yo seré buen profesor, pero usted... usted es un maestro”, le contesta.   Perón tambien había leído a Pepe, pero su admiración venía de algo más personal. A Perón, militar de alma, el presidente Lanusse le había quitado, junto a su grado, el derecho a usar uniforme. Perón tomó esto como de quién viene y contestó a un periodista que lamentaba la decisión: “No podré usar el uniforme del país que amo, pero puedo usar el uniforme paraguayo que es el ejército más glorioso de América”. Lanusse asombrado se indigna, diciendo que esas palabras eran poco menos que una traición. Pepe Rosa recoge el guante y sale al cruce y le recuerda a Lanusse que la calificación de los paraguayos como El ejército más glorioso de América, fue hecha por el General Gelly y Obes en plena guerra del Paraguay, admirado del coraje y la bravura de sus adversarios. Y que casualmente Juan Andrés Gelly y Obes era tío abuelo de Lanusse.   Polemista temible, hacía de la polémica un deporte y no medía consecuencias. Preso a los pocos días de la autodenominada revolución libertadora por dar refugio en su casa a un compañero buscado es finalmente llamado a declarar ante un poco equilibrado personaje que se hacía llamar “Capitán Ghandi”, y este sedicente juez libertador le hace preguntas sobre historia (ese era su delito).
-“¿Y usted me ha tenido preso e incomunicado tantos días para preguntarme sobre historia?; ¿No hubiese sido más fácil invitarme a su barco y conversar sobre historia - (aún Rosa no sabía que el “capitán” no era capitán de la marina sino maestro de escuela). - O tal vez comprar mis libros; de esta forma yo hubiese ganado algo”.  “¡Usted es un mercader de la historia!”, se indignó Ghandi. –“¿Y usted de que vive?, pregunta Rosa, porque supongo que será mercader de algo”. En un momento que tocan el tema de la agresión franco británica a la Argentina de 1838 y 1845 y Ghandi minimiza el conflicto… “ah, dice , los bloqueos...” ¡pero no bombardearon Buenos Aires! … no, dice Rosa... Buenos Aires no fue bombardeada... por marinos... Extranjeros. Ghandi no se da cuenta de la sutileza hasta que unos jóvenes que observaban le pasan un papelito. Esa imprudente bravuconada le costó meses de cárcel, pero Pepe Rosa, polemista impenitente no se pudo callar.
¿Quién era este hombre?
El 20 de agosto de 1906 una guardia de Granaderos a caballo escoltaba una visita en dirección a la casa rosada. Era el arribo de Mr. Elhiu Root, embajador extraordinario de los Estados Unidos, que estaba recorriendo “el patio trasero”. Mr. Root, como la mayoría de sus compatriotas, no le quedaba dudas sobre el “destino manifiesto”, que era (o es) la creencia que ellos tenían derecho primero a “civilizar y educar” a toda América, y luego, naturalmente, a gobernarla. Era presidente por entonces en ese país Teodoro Roosvelt, a quien Rubén Darío cantara:
Eres los Estados Unidos,
eres el futuro invasor
de la América ingenua que tiene sangre indígena,
que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.
(oda a Roosvelt – Rubén Darío)
Mr. Root se ufanaba de haber sido uno de los artífices de la enmienda Platt, que luego de la guerra hispano-norteamericana aseguraba la inclusión yanqui en el Caribe “hasta su anexión definitiva”. Esa mañana fría de 1906 se cruzaron esos dos destinos opuestos.
Al pasar la comitiva por la puerta de la casa, estaba naciendo José María Rosa, cosa que impresionó tanto a su padre, que en la pila bautismal incorporó el “Elhiu”.  Pero fue llamado Pepe, y este sobrenombre también viene de la historia. Retrocedamos a 1806. Liniers ha llegado a Colonia, cuyo puerto estaba bloqueado por los ingleses, siempre bien informados por sus numerosos espías y por sus logias masónicas. Liniers no se movía; esperaba un aliado, decía. Finalmente el aliado llegó, era la sudestada, temible tormenta que acumulaba las aguas marrones en la orilla oriental pero producía bajantes en la otra costa. Y los ingleses sabían muy bien que el Río de la Plata era mayoritariamente bajo, navegable solo por secretos canales que pocos prácticos conocían.
Liniers entonces cruza el río pasando entre los asustados ingleses que no se atrevían a soltar amarras. Lo hace con los barcos que habitualmente trasbordaban desde Colonia o Montevideo las mercaderías de los buques de ultramar. Uno de estos prácticos era un pintoresco catalán llamado José Pons a quién apodaban “Pepe el Mahonés”.
En 1807 encontramos a Pons incorporado al regimiento de Miñones al mando de un pelotón peleando en Alsina y Perú. En el fragor de la lucha los Miñones le sacan un cañón a los ingleses y tal vez por no tener munición lo clavaron, -operación irreversible en el campo de batalla- y lo guardaron en una casa vecina. Al finalizar el combate fueron a buscar su cañón y... ¡no estaba!, ¡Se lo habían llevado los Patricios!. Hubo un largo reclamo judicial y finalmente devolvieron el cañón. Pocos días después se depone el virrey y ¿quién asume?: ¡el odiado jefe de los Patricios!. Pepe no lo soportó y cruzó a Montevideo para ponerse a las órdenes de Elío; nuevo virrey nombrado por la junta de Cádiz. Para eso armó dos de sus barquitos con un cañón cada uno impulsados por diez remeros (una chalupa armada en guerra, que solían usarse para policía de los puertos). A uno de ellos lo bautizó “La Podrida”, y, para ganarse la vida sacó patente de corso. En los registros de Montevideo se consignan varias capturas de buques “de Buenos Aires” realizadas por La Podrida.
Cuando el sitio de Montevideo, en 1813 en la primera batalla naval contra las fuerzas “de Buenos Aires” (Argentina todavía no existía), el único barco hundido fue el “San Luis”. Lo hundió “la movediza podrida” según los anales de la historia naval argentina.
Pasó aquella época; la política fue reemplazada por las cosas cotidianas y Pepe el Mahonés retomó sus habituales fletes. En 1829 llegó de España un conocido de la familia, que como tantos otros inmigrantes comenzó a trabajar en la casa de comercio de su connacional y como tantos otros terminó casándose con una de sus hijas; era Vicente Rosa. A uno de sus hijos le pusieron José María tomando el nombre de pila de ambos suegros (José y Josefa) heredando también el sobrenombre Pepe, y este pasó a su hijo y luego a su nieto y bisnieto y tataranieto.
El primer José María, abuelo del Pepe Rosa fue un abogado de prestigio y un entendido en economía, siendo -pese a que su militancia lo encontró en los cantones Radicales del 80-, ministro de hacienda de Roca y más tarde de Sáenz Peña. Fue él quien “inventó” la convertibilidad creando la caja de conversión que canjeaba un peso por 0,44gr. de oro, ley que subsistió hasta que estalla la guerra del 14 y su propósito era evitar que el peso argentino siguiese subiendo, lo que imposibilitaba el nacimiento de nuestras industrias y abarataba las importaciones.
En sus memorias, (Pablo Hernández -Conversaciones con José María Rosa – 1978), nuestro Pepe le contaba que le gustaba ir los domingos a la casa de su abuelo, donde unos señores que dominaban el ya olvidado arte de la conversación, hablaban de “calles” (Sarmiento, Pellegrini, Mitre). También cuenta que la historia se vivía en su casa como chimentos vecinales y entre sus recuerdos relata que una de sus tía abuelas hablaba de la batalla de Rodeo del Medio, entre el tío Ángel y el tío Goyo. (Pacheco y Lamadrid).
Otro cuento histórico nos relata el espanto de una señora que contaba horrorizada el haber pasado por la quinta de Rosas y haber visto cientos de cadáveres colgando de los árboles. No le pareció a joven Pepe de buen gusto usar su propia quinta para algo tan desagradable, por lo que averiguó y encontró que era cierto lo que esta espantada señora había visto, pero no era un capricho del “tirano” sino que era cosa de Urquiza, que ejecutó a toda una división que se había sublevado y se había pasado al bando Argentino antes de Caseros colgando sus cadáveres en Palermo. Tal vez fue en esa temprana edad que Pepe supo que no existía objetividad para ver la historia, y los “malos” eran malos sólo por definición de diccionario.
Pepe fue un precoz lector que ya se asomaba como polemista. A los once años había caído en sus manos “El origen de las especies” de Charles Darwin y en la clase de religión el pequeño Pepe discutió con su profesor sobre la creación.
“¿Quién le ha dicho a usted eso? ¿Darwin? ¿Y ese Darwin cree saber más que la Biblia?. Vea jovencito, lo que ese Darwin dijera fue amplia y definitivamente rebatido por Cruvier, enterrando la ridícula teoría de las especies mutantes”.
Pepito; joven testarudo no se dio por vencido y buscó en la nutrida biblioteca de su casa argumentos que pudiesen confirmar a Darwin. No los encontró, pero al día siguiente volvió con algo que incuestionablemente ponía fin a la objeción de su maestro.
“Cruvier no pudo haber rebatido nada de lo que Darwin haya dicho, por la simple razón que Cruvier ya había muerto cuando Darwin publica El Origen de las especies”. Una mala nota para Pepito, tal vez precursora de los meses de cárcel ganados por no quedarse callado.
Según quienes lo conocieron de veinte años, Pepe les parecía un bicho raro. Su madre había muerto cuando él tenía solo 13 y seguramente su casa era regenteada por sus hermanas mayores, por lo que Pepe prefería hacer una vida de mesa de bar. Se lo podía encontrar con cuatro o cinco libros de los más variados temas, no estudiado (era un buen estudiante y se recibió de abogado a los 20 años), sino leyendo; conocía al dedillo la mitología, los libros de la literatura en boga, recitaba largos poemas con solo haberlos leído un par de veces, era sin duda uno de esos privilegiados que tienen permanentemente encendido el teatro de su imaginación.
De más está decir que su conversación fascinaba a sus interlocutores y en mayor medida a sus oyentes femeninos. Ha contado alguna vez que hasta Alfonsina Storni quedó tan impactada que le inspiró un poema. (3)
Nunca ejerció muy seriamente su profesión de abogado. Salvo algunos asuntos familiares el joven Dr. parecía más inclinado a la política y militaba activamente en el partido de Lisandro de la Torre, como casi todos los jóvenes estudiantes de su época. De la Torre, apreciando los quilates de su militante decide mandarlo a Santa Fe, ciudad donde su partido no era fuerte y el objeto era hacer que Rosa hiciese los dos años de residencia en la provincia para luego candidatearlo a algo. Por esto mandan al recién casado matrimonio Rosa (su joven esposa era Delfina Bunge), a esa ciudad con el conchabo de “Juez de Instrucción”. Un juez de instrucción es el juez de las comisarías, que debe actuar en primera instancia en los casos policiales (hurtos, prostitución, juego, peleas). Esto le da un contacto cotidiano con una realidad que para él seguramente era muy lejana.
Era el principio de los años 30; la crisis iniciada en el mundo capitalista también llegaba a la Argentina. Era la época que el tango cantaba: donde hay un mango, viejo, Gómez y que en el puerto aparecían ollas populares. Si eso pasaba en Buenos Aires, con todos sus recursos ¿qué le quedaba a Santa Fe? Tal vez la única forma de trabajo era agachar la cabeza y hacer cola en “La Forestal” para mendigar la inclusión en la “tarja”, ocupando el lugar dejado por algún díscolo que no sabía agacharse. Allí al menos se tenía cama y “provista” aunque de plata no hablemos.
Pepe volvió a ver allí a los molinos de viento. En su primer libro “Más allá del Código” (1932), nos relata como un juez debe administrar justicia tratando de sobrepasar las falencias del código. Esta actitud le trajo algunos problemas, sobre todo con lo que para algunos era el sagrado derecho de propiedad. Relata en el libro varios casos donde se absolvía de culpa a algún paisano que carneaba una oveja para dar de comer a su familia, dejando el cuero en el alambrado para no perjudicar en más al propietario.
Su relación con la historia tal vez haya comenzado al entrever en esa gente sencilla algo no escrito en los libros. En los paisanos, nietos o bisnietos de los que hicieron la patria aún quedaba el rescoldo de sus abuelos, aquellos hombres que sentían la patria “de la gente” y no entendían a las palabras huecas que hablaban de abstracciones, como libertad, civilización, progreso; palabras todas aplicables a una clase social que no era la de ellos. Y menos entendían que ellos debían ser excluidos de la patria que con su sangre habían ayudado a nacer.
Hubo entonces un primer compromiso con la verdad, a la que previamente habría que encontrar escarbando en el subsuelo de la Patria, separando escombros de mentiras ocultaciones y verdades a medias que tapaban aquel tesoro, antes que la muerte o los siglos los oculten y ya no podamos ser.
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miércoles, 14 de junio de 2017

ESCALÓN DE PODER

Por Eduardo Rosa
En su magnífico libro LA INSUBORDINACIÓN FUNDANTE, Marcelo Gullo nos dice que los países o tienen un proyecto como nación o están en el proyecto de otro país. Tal vez ya no existan los países como los conocimos hasta el siglo XX, ahora el dominador es mucho más poderoso, es el DUEÑO o mejor dicho son LOS DUEÑOS, residan donde residan y no son ya personas sino son corporaciones que allá, en la punta de la pirámide se dan codazos para desplazar a sus iguales pero, como los perros de chacra, cuando alguien se acerca se juntan todos contra el intruso. Otrora compraban y vendían; compraban trabajo esclavo o miserable y vendían lo producido primero por las máquinas y luego las máquinas no necesitaron casi operarios y la industria se ofreció en un mundo sin compradores porque el trabajo de los otros valía muy poco, las máquinas trabajaban casi solas.  Entonces acumularon PODER y su correlato DOMINACIÓN.  El mundo ya es de ellos y ya poco necesitan de los demás.  No les interesa, como en el siglo pasado vender lo que su industria produce, porque poco es lo que pueden recibir a cambio.  Lo que les interesa es ¡QUE NO MOLESTEN!. Si un país pobre tiene petróleo no tiene derecho a tenerlo, porque no necesitan tenerlo. 
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Su ideal es convertir los campos sembrados en canchas de golf, ya que los alimentos solo harán falta para pocos. Un mundo ideal es el que lo bueno, lo bello y lo cómodo sea usufructuado por un 15% de la población y que haya un 20 o 30% para servir.  El resto de la gente ocupa, ensucia, contamina y molesta. Como cosa muy urgente hace falta que no haya “INSUBORDINACIÓN”. Que  cada uno acepte su rol con humildad y agradecimiento, y que a los que les toca desaparecer lo hagan con control de la natalidad o con drogas estupidizantes.
Pero cuando hay señales de peligro, la policía mundial debe correr a apagar el incendio. No puede permitirse que en algún rincón del mundo la gente piense por su cuenta.  Diarios y TV contribuirán a la anestesia, por eso esos medios de difusión deben estar en manos confiables.  Si no estuviesen el grito “ATENTADO A LA LIBERTAD DE PRENSA” todavía es efectivo.  Tal vez luego habrá que pensar en algo más fuerte. Pero lo realmente peligroso es que haya grupos humanos, ya se llamen países o religiones que piensen otra cosa que las cosas que DEBEN PENSAR.
En 1970 se prendió la luz roja: ¡Brasil no debía producir tecnología de computación, no se podía permitir que crezca nada que pueda luego ser difícil de dominar. Le torcieron el brazo y se lo impidieron. En los años 80 el proyecto Condor II de la Argentina amenazaba la disciplina munduial…. Por suerte hicieron entrar en razón al débil gobierno. Un poco más tarde descubrieron que Bolivia había comprado SI PERMISO  misiles antiaéreos;  Complotaron con un grupo de militares fáciles y les quitaron los pocos misiles que tal vez hubiesen dificultado una expedición correctiva de los dueños del mundo. Hoy fué más fácil.  El nuevo gobierno argentino no quería ser FUNDANTE de una nación con criterios propios y fácilmente parece haber accedido a renunciar a sus pretenciones tecnológicas vendiendo su plan satelital de comunicaciones.¡Que tupé! Es necesario que los poderes grandes disciplinen a los pequeños dominios que están en los primeros escalones de la escala social.  Solo deben ascender los que poderes, llámense países o grupos sociales que hayan entendido cual es la ley del mas fuerte.  Los demás deben sentir el rigor de la dominación
¡QUE EMBROMAR!
 

domingo, 31 de mayo de 2015

RECORDANDO AL "PEPE" ROSA

Por Francisco José Pestanha
 
La resultante de los antagonismos y convulsiones que naturalmente acontecen en el devenir histórico de los pueblos, no suele manifestarse únicamente a través de cambios institucionales o modificaciones en las orientaciones políticas y geopolíticas de una comunidad o Estado determinado.
 
Acostumbra, además, inmiscuirse en otros campos como la cultura y las ciencias; en especial en aquellas cuyo objetivo es el abordaje de la sociedad en alguno de sus aspectos.
 
Tal es el caso de la derivación de las disputas entre unitarios y federales durante las primeras décadas del siglo XIX (aunque en rigor de verdad, algunos unitarios no fueron del todo unitarios; y ciertos federales, lo fueron tampoco).
 
Así las cosas, bien vale señalar que las contiendas de Caseros (1852) primero y luego de Pavón (1861) marcaron a fuego el transcurrir de una Argentina que visiblemente, y a partir del pensar y el obrar de una facción triunfante impregnada de una doctrina importada acríticamente —el iluminismo—  y de un liberalismo que se presentaba como “el motor conceptual del progreso”, imprimió al Estado surgente una cosmovisión que presuponía un modo específico de concebir e interpretar la historia y la ciencia histórica.
 
El triunfo de la entente heterogénea que enfrentó sucesivamente a Juan Manuel de Rosas y luego a Justo José de Urquiza, condujo inmediatamente hacia la consolidación de Bartolomé Mitre al frente de un Estado centralista, cuya matriz económica se fundó en el protagonismo de una oligarquía de base terrateniente, exclusiva beneficiaria de las pingües mercedes obtenidas de la renta de la tierra y cuya garantía principal estaba anudada a los términos de un intercambio determinado, casi exclusivamente, por el Imperio inglés.
 
La impronta fundacional impulsó un Estado que aspiraba a constituirse en el motor de la modernidad, lamentablemente condicionado por una falsa antítesis —Civilización vs. Barbarie— donde lo bárbaro representaba “lo propio” y lo civilizado, “lo ajeno”.
 
Conscientes de la importancia que el relato histórico posee en la construcción de rasgos identitarios comunes y dueños absolutos del poder político, los vencedores de las guerras civiles, conducidos por un estadista de dotes singulares, fueron concibiendo e integrando con científicos, intelectuales, y ensayistas una superestructura simbólica funcional al proyecto modernizador triunfante.
 
En forma paralela, a través de las instituciones educativas y académicas del país fue puesto en circulación un relato histórico acompañado por un “olimpo” de próceres a la medida de un modelo de Estado que se proponía —entre otros desafíos— repoblar el país a partir de la idea fuerza “gobernar es poblar”, rudimento que a la vez convocaría a nuestras costas millares de extranjeros empapados del “espíritu de la modernidad y del progreso”.
 
Si bien el régimen fundado hábilmente por el mitrismo pudo gozar de algunas décadas de estabilidad, ya a fines del mismo siglo XIX comenzaron a manifestarse las primeras expresiones críticas al orden instituido.
 
Algunas surgieron de los mismos inmigrantes que, junto a sus valijas cargadas de esperanzas, trajeron nociones e ideas que venían a cuestionar el régimen capitalista emergido a partir de la revolución burguesa.
 
En consecuencia, antes de concluir la centuria, comenzaron a brotar instancias de organización obrera bajo doctrinas anarquistas, socialistas, clasistas y, desde estas corrientes, fuertes impugnaciones al orden establecido.
 
Pero a la vez, desde lo más recóndito de la diáspora federal de los sectores criollos, de los contingentes desplazados por el orden oligárquico, comenzó a germinar un movimiento que —aunque contradictorio e inconexo— apelaría a estrategias insurreccionales y que, ya bajo la conducción de Hipólito Yrigoyen, obtendría en 1912 una reforma electoral de consecuencias impredecibles, para el régimen imperante.
 
El siglo XX encuentra a nuestro país inmerso en una serie de contradicciones dentro del mismo orden instituido y, además, nutrido de los antagonismos generados por los cuestionamientos mencionados, a los que se le irá adosando una creciente prédica anticolonialista que intentará desnudar los lazos ocultos que sujetaban a la Argentina a un régimen de dependencia consentida con la metrópoli inglesa.
 
Además, una profunda reacción antipositivista pondrá en cuestión los basamentos conceptuales e ideológicos sobre los que se sustentaba el régimen instituido y se irá generando una nueva escuela histórica a partir de profundas impugnaciones al relato difundido masivamente.
 
José María “Pepe” Rosa formó parte de una generación de la cual emergieron persistentes y perspicaces objeciones a dicho régimen: la historia fue el rudimento batallador elegido por este criollo nacido el 20 de agosto de 1906.
 
Nieto del Dr. José María Rosa, ministro de Hacienda del general Julio A. Roca en su segunda presidencia, Pepe se recibió muy joven de abogado, profesión que lo llevó a desempeñarse como juez de instrucción de la provincia de Santa Fe.
 
Ya en 1933 editó su primer libro, “Más allá del Código”, obra a partir de la cual describe sus vivencias como magistrado y donde, además, formula soslayadas criticas al orden normativo y judicial de la época.
 
Tres años después publica “Interpretación religiosa de la Historia”, texto recogido luego en su tesis doctoral y que recibe numerosas críticas por parte de los intelectuales alineados en el positivismo.
 
Con respecto a este texto señalamos que, según el autor, las posiciones encuadradas en el materialismo histórico creyeron encontrar en la economía el espíritu de la sociedad, así como muchos etnógrafos creían haberlo encontrado en las razas.
 
Para Pepe, este espíritu había que rastrearlo en la historia de las religiones; allí se encontraba el lenguaje ignorado en el que se escribió la historia: “La Nación es siempre un culto religioso.Un culto supone la dirección del misticismo social hacia un objeto, una idea o un hombre” .
 
La caída de Hipólito Yrigoyen, la crisis del 30, la prédica anticolonialista de legendarios autores, la reacción antipositivista y, fundamentalmente, el Pacto Roca-Runciman que pone al desnudo el régimen asimétrico en el que se encontraba nuestro país respecto a la Gran Bretaña, son hitos que van marcando un derrotero intelectual y que lo encuentran militando en el Partido Demócrata Progresista (estructura política comprometida con el orden instituido) hacia las filas del campo nacional.
 
Junto a otros prestigiosos pensadores, 1938, funda el Instituto de Estudios Federalistas, el cual comienza a constituirse en un centro de producción historiográfica como crítica a las corrientes oficializadas institucionalmente.
 
Ya para 1943, su orientación nacional quedará plasmada en el libro “Defensa y pérdida de nuestra independencia económica”.
 
Las posiciones asumidas por Rosa le causan permanentes conflictos con la intelligentzia santafesina y lo llevan a radicarse en Buenos Aires.
 
Durante la década correspondiente al primer peronismo publica legendarios textos: “Artigas, prócer de la nacionalidad”, “Nos los representantes del pueblo”, “La Misión García ante Lord Strangford”, “El cóndor ciego”, entre otros.
 
La “Revolución libertadora” que desplazó ilegítimamente al peronismo del gobierno, lo priva de sus cátedras y lo encarcela por dar refugio a John W. Cooke.
 
Una vez liberado, apoya el levantamiento del general Valle en junio de 1956.
 
Fracasado el intento y perseguido por la tiranía, huye a Uruguay para luego radicarse en España, donde ejerce el periodismo y da conferencias.
 
Respecto al exilio, sostuvo Pepe: “Me he dado cuenta ahora lo que es el exilio. Es una sensación de ausencia definitiva, de muerte, de no ser nada, de estar olvidado” . 
 
De su correspondencia de la época surge nítidamente el espíritu de un hombre que “[…] no podía estar ausente de las circunstancias de su país.
 
Dedica hojas enteras, a veces hasta los márgenes, a especular sobre la situación política argentina.
 
También se intuyen los miedos de este memorioso: ‘Me choca que se me haya olvidado así.
 
Nunca mencionan mis libros’" , le confiesa a su entrañable amigo y discípulo Fermín Chávez.
 Vuelto al país en 1958, prosigue con su enorme producción: “El pronunciamiento de Urquiza” (1960), “El revisionismo responde” (1964), “Rivadavia y el imperialismo financiero” (1964), “La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas” (1965), “Rosas nuestro contemporáneo” (1979), “El fetiche de nuestra Constitución” (1984), “Análisis histórico de la dependencia argentina”.

 
En forma paralela, sus aportes a la resistencia peronista lo hacen respetado y querido por las bases peronistas y sus obras son difundidas de manera extraordinaria dentro del movimiento.
 
El 17 de noviembre de 1972 acompaña a Juan Domingo Perón en su regreso definitivo, integrando el chárter que lo trajo de vuelta al país.
 
Durante la presidencia peronista es designado embajador en Paraguay en reconocimiento por su contribución a la relación entre ambos Estados. Fallecido Perón —y a raíz de profundas diferencias con el canciller Vignes— es destinado a prestar servicios en Grecia.
 
En 1976 regresa a la Argentina y el bravío Pepe comienza a dirigir la revista “Línea” (“la voz de los que no tienen voz”).
 
La publicación se constituye en una verdadera tribuna de resistencia del pensamiento nacional contra la dictadura, y Rosa debe enfrentar el secuestro de las publicaciones, allanamientos y procesos en su contra.
 
Los chacales no se atrevieron a desaparecerlo.
 
Así como Pepe se había jugado la vida con Valle en el legendario levantamiento, sigue poniéndose en la línea de fuego mientras algunos dirigentes políticos actúan con una prudencia a veces rayana con la complicidad.
 
Cuenta Alberto González Arzac, su abogado: “…íbamos a las audiencias como quien va a la guerra, [lo recibía] un juez del Proceso que presentaba en todas sus paredes fotos de él codeándose con almirantes, generales y brigadieres. …
 
Y, ¿cuál era la reacción de Don Pepe? …no perdía el humor y decía ‘El gobierno del Partido Militar’ …
 
A mí me corría frío por la espalda y él ni se inmutaba… todavía desaparecían personas… y ¡Don Pepe, con ese par de pelotas que tenía, manifestándose allí de esa manera!” .
 
Su vida se apaga el 2 de julio de 1991. Al decir de Enrique Manson, su discípulo y biógrafo hasta el fin de sus días: “el Maestro continuó entregándose en cuerpo y alma a la causa de la felicidad del pueblo y la independencia de la Patria.
 
Así, ya viejo, no vaciló en los aciagos días del llamado Proceso en dirigir una revista de oposición, cuya lectura esperaban regularmente muchos que luchaban contra el desaliento que imponía el discurso único y la certeza de las mazmorras ocultas” .
 
Desde el punto de vista filosófico, el historicismo de Rosa lo llevó a compartir la idea de que un acontecimiento del pasado puede ser, desde el punto de vista histórico, más actual y más trascendente que uno del presente.
 
Para dar cuenta del historicismo en el que abrevó Pepe, puede coincidirse con el  filósofo Saúl Taborda en que para Rosa “…la vida de un pueblo es una realidad tejida de historia y de cultura.
 
La cultura acusa las direcciones espirituales al destino particular.
 
La elabora todo individuo tocado de la conciencia de la vida y del mundo y es, por eso mismo, personal e intransferible.
 
Personal e intransferible por más que sus productos necesiten verterse en la comunidad para aspirar la vigencia en el soporte que les asegura la perpetuidad con que el creador de valores supera existencialmente con ellos la finitud de sus días.
 
La historia se refiere a la voluntad de ser inherente a toda comunidad política.
 
Se expresa en hechos —en los hechos históricos, conviene recalcarlo—, pues es en ellos donde se exterioriza la dirección que ella asume y la continuidad que es su esencia” .
 
En forma coincidente, Ana Jaramillo sostendrá que “la verdadera historia es historia contemporánea” .
 
A partir de esta perspectiva, Rosa se inmiscuyó de lleno en los temas nacionales, hecho que, entre otros grandes temas, lo llevó a indagar profundamente en el período rosista.
 
Los historiadores clásicos de tradición liberal —según su criterio— habían indagado este proceso con anteojeras eurocéntricas.
 
Para Pepe, la historia en manos de escritores europeizantes había sido guionada sobre los acontecimientos operados en el Viejo Mundo y, aplicación analógica mediante, ubicaba a tal o cual personaje en el campo reaccionario o en el progresista, sin darse cuenta de que más allá de las influencias exteriores, la historia de cada comunidad posee su propio flujo y reflujo.
 
Pepe Rosa asigna a Rosas una sensibilidad territorial que, a su criterio, compuso un tipo de estadista siempre alerta y celoso de las fronteras de su Patria.
 
Todo el gobierno de Rosas resultó, de esta forma, una adecuación  constante de la política a la estrategia.
 
No inventó enemigos: sus enemigos fueron los naturales.
 
Para Pepe, Rosas representó un tipo de jefatura política adaptada a la naturaleza, al terreno del país, a las fuerzas reales que operaban sobre la Patria.
 
En ese sentido, hablando de las cualidades estratégicas de Rosas, Pepe coincide con Raúl Scalabrini Ortiz en que: “Rosas usa los mismos métodos británicos: soborna, corrompe, atrae, ultima y extingue en una política incansablemente dirigida a la unidad, a la fuerza, al bienestar de la Nación.
 
Rosas tiene enfrente al político británico más cínico y más diestro.
 
Tiene enfrente a Lord Palmerston.
 
Pero todo lo que imagina, planea y arguye  Palmerston es anulado y contrarrestado por Rosas.
 
Por eso, este hombre que reunió lo que había disgregado la diplomacia británica; que procuró reaglutinar los fragmentos dispersos del viejo Virreinato, que desunidos eran presa fácil para la diplomacia británica; este hombre, a quien jamás la diplomacia británica pudo vencer ni doblegar, en la historia oficial, que enaltece solamente a los agentes británicos disfrazados de gobernadores y presidentes argentinos, pasa como un tirano sanguinario y egoísta.
 
La reconstrucción de la historia documental de las luchas francas y de las luchas encubiertas e invisibles que Rosas debió sostener con la diplomacia británica para defender al país, será uno de los puntos de apoyo más firmes para toda acción futura” .
 
Otra de sus grandes obsesiones fue la figura de Francisco Solano López.
 
Para analizar su postura bien vale recurrir al prólogo de la primera edición de “La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas”.
 
Plantea allí Pepe que la guerra del Paraguay fue un epílogo: “… el final de un drama cuyo primer acto está en Caseros en el año 1852, el segundo en Cepeda en el 59 con sus ribetes de comedia por el pacto de San José de Flores el 11 de noviembre de ese año, el tercero en Pavón en 1861 y las ‘expediciones punitivas’ al interior, el cuarto en la invasión brasileña y mitrista del Estado Oriental con la epopeya de la heroica Paysandú, y el quinto y desenlace en la larga agonía de Paraguay entre 1865 y 1870 y la guerra de montoneras en la Argentina de 1866 a 1868.
 
El ocaso de la nacionalidad podría llamarse, con reminiscencias wagnerianas, a esa tragedia de veinte años, que descuajó la América española y le quitó la posibilidad de integrarse en una nación; por lo menos durante un largo siglo que aún no hemos transcurrido.
 
Fue la última tentativa de una gran causa empezada por Artigas en las horas iniciales de la Revolución, continuada por San Martín y Bolívar al cristalizarse la independencia, restaurada por la habilidad y férrea energía de Rosas en los años del sistema americano, y que tendría en Francisco Solano López su adalid postrero.
 
Causa de la Federación de los Pueblos Libres contra la oligarquía directorial, de una masa nacionalista que busca su unidad, y su razón de ser frente a minorías extranjerizantes que ganaban con mantener a América débil y dividida; de la propia determinación oponiéndose a la injerencia foránea; de la patria contra la antipatria, en fin, que la historiografía colonial que padecemos deforma para que los pueblos hispanos no despierten del impuesto letargo.
 
Causa tan vieja como América.
 
Narrarla es escribir la historia de nuestra tierra, es separar a los grandes americanos de las pequeñas figuras de las antologías escolares” .
 
Con respecto de la obra de nuestro querido maestro, bien vale citar una referencia de un autor que si bien no compartió gran parte de las posiciones de Rosa, ponderó muy favorablemente su labor.
 
Para Félix Luna: “…no puede invalidarse el saldo general de la obra de Rosa, nutrida de una honda pasión nacional y estructurada con seductora coherencia.
 
Es el último ‘revisionista puro’… Rosa ha cumplido con su rol de vocero de la antítesis indispensable: aquella que debía enfrentar la tesis liberal ya indefendible.
 
Su obra significa una apertura hacia una nueva conciencia histórica del país, mantenida a través de una firme consecuencia ideológica” .
 
Conocí personalmente al Pepe en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, en una conferencia vinculada al plebiscito convocado con motivo del conflicto sobre el canal de Beagle durante la gestión de Raúl Alfonsín. Posteriormente concurrí a algunas de sus conferencias.
 
Desde hace casi una década conozco a sus hijos y nietos —en especial a Eduardo—, quienes me consta, no solamente realizan aún patrióticos esfuerzos para reivindicar la obra de su antecesor, sino que ellos mismos constituyen un ejemplo de compromiso con las cuestiones del país.
 
El presente volumen incluye cuatro obras: “Defensa y pérdida de nuestra independencia económica” (1954), “Rivadavia y el imperialismo financiero” (1964), “Rosas, nuestro contemporáneo” (1970) y “Análisis histórico de la dependencia argentina” (1974).
 
Pero antes de concluir cabe enfatizar que la obra de José María Rosa no se limita a los textos publicados ni tampoco a los citados en este prólogo.
 
Se extiende a más de una treintena de libros entre los que se incluyen sus ya épicos tomos de Historia Argentina y una infinidad de artículos y conferencias que aún hoy, a pesar del ostensible ocultamiento de su producción, siguen enriqueciendo a nuevas generaciones de argentinos.

viernes, 23 de agosto de 2013

JOSÉ MARÍA PEPE ROSA : EL HOMBRE QUE NOS ENSEÑO A REPENSAR LA HISTORIA

Por Brion, Daniel 
José María Rosa, “Pepe”, nació en Buenos Aires el 20 de agosto de 1906 Hijo de Lucila Cano y  José María Rosa.   
Fue la suya una familia tradicional, de inmigrantes, Vicente Rosa, llegado al país en 1829 era hijo de un relojero Veneciano que había naufragado allá por 1795 cerca de Barcelona, donde se casó con Ventura Carim, de lejana ascendencia mora.
Su abuelo, José María Rosa (padre), se desempeñó dos veces como Ministro de Hacienda de los presidentes Julio A. Roca (1898-1904) y Roque Sáenz Peña (1910-1914) y su padre, José María Rosa (hijo), se desempeñó como interventor federal de Mendoza..     En 1931 Pepe Rosa contrae matrimonio con Delfina Bunge, con quien tuvieron tres hijos y una hija: José María, Eduardo Manuel, Juan Ignacio y Lucila.   En 1954 contrae matrimonio con Ana María Rocca, con quien tuvieron un hijo llamado Vicente, que nació en Madrid y regresó a la Argentina luego del exilio de su padre.    Cuenta Eduardo, su hijo: “El nombre PEPE tiene su historia: 1807. En la esquina de Perú y Alsina,  hay un feroz combate.  Un cuerpo de Miñones, al mando de un marino de río llamado José Pons, al que le decían “Pepe el Mahonés”, peleaba en ese sitio y consigue sacarle un cañón a los ingleses.  Como o no supieron manejarlo o no tuvieron balas lo clavan y lo esconden.  Finalizado el combate los Miñones van a buscar su cañón ¡Y no estaba!  Se lo habían llevado los Patricios.  Hubo un juicio y finalmente lo recuperaron, pero al poco tiempo se produce la revolución de mayo y ¿Quién era el Jefe? ¡Nada menos que el odiado jefe de los Patricios!     Pepe, que tenía pequeños barcos con los que hacía el traslado de mercaderías de Colonia a Buenos Aires, arma dos de sus barcos con un cañón cada uno y a uno de ellos, una chalupa que se que se impulsaba  a remo lo bautiza “La Podrida” y se va a Montevideo a ponerse a las órdenes de Elío y en contra de la junta de Buenos Aires.
  Mientras espera entrar en acción, Pepe saca patente de corso y según consta en el puerto de Montevideo captura algunos buques “de Buenos Aires” (de algo había que vivir…)   Se produce la batalla naval de Montevideo y en ella el único barco patriota hundido es el San Luis, que lo hunde “la movediza Podrida”, según se describe en los anales de la historia naval Argentina. Unos años después, llega a la casa de comercio de José Pons, un joven españolito llamado Vicente Rosa, bis abuelo de mi padre, que se casa con la hija de Pepe el Mahonés.  Por eso siempre decimos que armar la podrida es cosas de familia.... El segundo hijo de Vicente, se llamará José por su suegro y le dirán Pepe.  Ese será el abuelo de mi padre.
 Mi padre siempre contaba que la historia se vivía en su casa como chismes de vecinos.
 Solía ir los domingos a la casa de su abuelo, que se reunía con señores que hablaban con familiaridad de gente con nombres de calles y se sentía fascinado con esos viejos que dominaban un arte hoy casi olvidado: “El arte de conversar”. 
La familia descendía más bien de unitarios, una de sus abuelas era hija del General Pacheco y recordaba de las viejas de la familia haber oído el relato de la batalla de Rodeo del Medio “Entre el Tío Goyo y el Tío Ángel” (Entre Lamadrid y Pacheco). 
Cuatro años tenía Pepe Rosa cuando el centenario. En sus primeros recuerdos está una noche de mayo de 1910 en que su madre lo llevó a la azotea para que viera el cometa Halley. Siempre contaba que su madre rezaba en silencio ¿Por qué rezas, mamá? – Rezo para que Dios te dé vida suficiente y puedas ver al cometa otra vez. En el año 86 apunté –continúa relatando Eduardo- mi telescopio al cometa, invisible a simple vista, se veía una pequeña bola naranja que se desplazaba lentamente entre las estrellas del fondo.  Lo hice ver a mi padre y este se quedó callado.... estaba enojado. ¿Qué te pasa?  ¡Me pasa que esperé 76 años para volver a ver al comenta y el cometa no me quiso ver a mi!”
  Ya desde  pequeño, José María Rosa era un gran observador y lector, hay una anécdota de aquellos años que lo pinta de cuerpo entero, como pensador y como sostenedor de sus propias teorías más allá de los costos que eso le implicara. El siempre quería saber el origen y finalidad de las cosas.  A los 11 años leyó “El origen de las Espacies” -de Darwin- , eso le costó un disgusto con su profesor de religión, quién decía a sus alumnos que Darwin había sido rebatido por Cuvier[1], demostrándose así la tesis bíblica de la creación divina.  Pepe Rosa, respetuosamente se calló, buscó datos en la nutrida biblioteca de su casa y al día siguiente le dijo a su profesor: “Cuvier es del siglo XVIII y ya había muerto cuando Darwin publicó su libro, de manera que mal pudo haberlo rebatido”… resultado: una mala nota, la primera - según él – y una reprimenda por pensar.  Luego vendrían muchas más por el mismo motivo, siempre por pensar y exponer sus pensamientos, más allá de cualquier especulación.
  A los 20 años se recibe de Abogado.
  Comienza en Santa Fe su verdadera vocación, la de Profesor, ejerciendo en la Universidad del Litoral y (ad-honorem) en La Plata.
  Una vez por semana viajaba en la dura segunda clase de los trenes desde Santa Fe a La Plata y en una ocasión que alguien le dijo que hacer eso era una locura, el le replicó: “¿Acaso los pescadores no hacen sacrificios mayores por su pasión? Bueno, mi alegría es dar clase y tal vez me cueste menos plata que la que gastan los pescadores.”
En esos viajes de tren, solía encontrase con Alfredo Palacios en la Estación Constitución que también viajaba a La Plata, ya que tenía clases más temprano que Pepe Rosa, pero no era excesivamente puntual, tanto que Pepe a veces lo cubría dando la clase de Palacios, quien lo estimaba mucho y, sabiendo que se había presentado para la titularidad de su cátedra, le dijo que lo iba a apoyar, ya que lo consideraba mejor que otros aspirantes pero que debía prometerle doctorarse, ya que mi padre -por su traslado a Santa Fé- no lo había hecho.  Cumpliendo con su promesa se doctoró con la tesis de “Origen místico del estado”.
En Junio de 1938, junto a un grupo de entusiastas fundan el Instituto de Estudios Federalistas[2].
  Solía decir que “aunque algunos pensaban que éramos un peligro; la prensa unánimemente calló nuestros boletines, manifiestos y conferencias”.   Empezó la "conspiración del silencio", fase primera de la lucha contra la verdad histórica, más tarde vendrán la tergiversación, la calumnia, la cesantía de profesores revisionistas, y hasta la cárcel. 
Ocurrió después de una conferencia de Rosa, donde los concurrentes apenas pasaban de una docena.  
  "No.   A esta gente, no - dijo don Alfredo Bello presidente del Instituto e iniciador del grupo -   eso mismo que usted ha dicho sobre Rosas repítalo en un asado popular que le voy a organizar en Coronda".  
  -¿Qué saben de historia argentina quienes asistirán al asado?".  
  -Nada, ni siquiera les ha quedado lo que se les enseñó en la escuela.   Pero son criollos y tienen corazón".  
  Organizaron el asado, y fue un estruendoso éxito, la policía debió intervenir porque los concurrentes salieron “a matar salvajes unitarios”, y tirarle piedras a los bustos de Sarmiento.
  Tiempo más tarde La llamada "Revolución Libertadora" lo deja cesante y lo encarcela en ocasión de la detención de su amigo John W. Cooke, a quién había dado refugio en su casa. Aunque parezca demencial, la acusación que le imputan es de corromper a la juventud con su "rosismo".  Luego de tenerlo una semana incomunicado, una noche lo llevan ante un extraño tribunal que lo interrogó sobre el gobierno de Rosas.
 -¡Pero esto es una locura! – le dice a su interrogador que se presentaba como “El Capitán Ghandi”[3]
  - Si usted quería saber mi opinión sobre Historia Argentina me hubiese invitado a su barco y no necesitaba traerme a punta de ametralladora; o al menos hubiese comprado mis libros así yo ganaba algo -dijo consternado Rosa.
  -¡Usted es un mercader de la Historia!, -acusa el interrogador.
  -¿Y usted de que vive? Porque supongo que será mercader de algo.
  Continúa el demencial interrogatorio hasta que se toca el teme de los bloqueos anglo/franceses.
  -El Capitán Ghandi no debe ignorar que un bloqueo es un acto de guerra, que hubo combates en Martín García, en Obligado....
  -Pero no bombardearon Buenos Aires – minimizó Ghandi
  Rosa – polemista de alma – no se pudo contener.
  -Es cierto, Buenos Aires nunca fue bombardeada por marinos... extranjeros.
  Eso le costó meses de cárcel. 
 La copia de este diálogo lo sacó la familia dentro de un termo y fue publicado tiempo más tarde, luego de varios meses de prisión sale para militar, ahora más activa y decididamente, enrolándose en el fallido y trágico intento del General Valle el 9 de junio de 1956.
 La asustada reacción del gobierno "gorila" de entonces lo buscó para fusilarlo pero consigue pasar a Montevideo, de allí viaja a España donde permanece hasta 1958, ejerciendo el periodismo y dando conferencias en distintos ámbitos.
  Desarrolla, entonces, su actividad en el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, entidad de la que fue presidente en varias oportunidades, pasa a ser muy conocido en el Paraguay, donde es invitado permanentemente a dar conferencias o asistir a eventos relacionados con el prócer máximo paraguayo. Mientras tanto participa activamente en lo que se llamó la Resistencia Peronista convirtiéndose en uno de sus referentes más respetados y queridos.
 
Es en ese período que el movimiento Peronista, antes indiferente toma con entusiasmo las banderas revisionistas y las hace suyas. Rosa integraría la comitiva de notables que van a buscar a Perón en el famoso vuelo chárter del 17 de noviembre de 1972.
 
Para entonces ya se había publicado su HISTORIA ARGENTINA, obra en 13 tomos a los que luego de su muerte se le agregaron cuatro más, con la inestimable colaboración de uno de sus discípulos y amigos Enrique Manson quien, conjuntamente con Fermín Chávez, Juan Carlos Cantoni y Jorge Sulé, finalizó la obra con los tomos 14 a 17 (1946/1976).
 
El General Perón, dispone que se haga cargo de la embajada en Asunción, considerando que su prestigio en Paraguay pudiese ser positivo para los intereses nacionales dado que en ese tiempo se jugaban en las cotas de altura de la represa de Corpus, la factibilidad de construir Yaciretá.
 
Muerto Perón, tuvo desinteligencias con el canciller Vignes y optó por aceptar la embajada en Atenas, donde permaneció hasta el golpe militar de 1976.
 
Regresó a Buenos Aires, donde sus libros eran retirados de las bibliotecas y su nombre puesto en un "cono de silencio". Entonces fundó la revista "Línea" (por pretender abarcar a todo el pensamiento de la línea nacional), "la voz de los que no tienen voz".
 
El propósito fue mantener viva la llama del pensamiento nacional y mostrar que subyacía otra Argentina llamada a renacer.
  No pudieron los militares acusar a Pepe Rosa de ser guerrillero solo porque su figura era demasiado visible y conocida. Pero buscaron todos los medios para acallarlo, desde el secuestro de la revista hasta los innumerables juicios entablados en su contra.
  Definamos un poco más el pensamiento de Pepe Rosa:
 Llega el siglo s.XX, que se ha definido como “el siglo de los pueblos”. El imperialismo se bate en retirada y el liberalismo no convence a muchos. Surgen en la Argentina nuevos movimientos populares (el Irigoyenismo de 1916 a 1932, el Peronismo de 1945 en adelante), que por ser populares son naturalmente nacionalistas. Se interrogó a la historia “oficial”, para saber por que no éramos dueños de nuestros destinos, y no se encontró respuesta.
 De ese impulso – a la vez académico y político – surgió el revisionismo histórico.
 Solía repetir que un auténtico nacionalista no es un anti: su verdadera posición es afirmativa y no negativa. En cambio un cipayo puede ser un anti: empieza por ser antipatriota, y sigue por oponerse a todo imperialismo que no sea el de sus preferencias. En tiempo de Rosas había unitarios anti británicos por pro franceses, o anti franceses por pro ingleses. Como hoy encontramos anti soviéticos, anti yanquis o anti británicos, por ser defensores de otro imperialismo foráneo.
  Un verdadero argentino no entiende esas oposiciones: combatirá con uñas y dientes al imperialismo que quiera mandar en nuestra tierra, exclusivamente por ese hecho y sin llevar la lucha más allá.
En “Rivadavia y el Imperialismo Financiero”, Pepe Rosa afirma con una actualidad casi visionaria: “Hay sus graduaciones: odian más los débiles, porque odiar es propio de impotentes; los fuertes no puede decirse que odian sino que ignoran. El que ignora al pueblo todavía está fuerte en su "patria" colonial; cuando empieza a odiarlo es que se sabe débil.
Y entonces - cuando se odia al pueblo - es que la oligarquía se sabe débil, y está cercana la hora de la liberación nacional.”
 Finalmente también hicieron llegar la consigna, decía Pepe Rosa, nos decían “hay que negar a Juan Manuel de Rosas”. La oligarquía no condenó a Rosas por tirano, lo condenó por la defensa de la soberanía, y porque representó auténticamente a las clases populares. Todo lo demás fue una leyenda mentida para cohonestar este odio; la leyenda de la mazorca, la de las ejecuciones, la del cierre de la universidad. Había que presentar a las futuras generaciones el peligro de los gobiernos populares: mostrar el oscurantismo y el terror que advendrían si volvían los gauchos y orilleros conducidos por un gran caudillo a regir los destinos de la Patria.
 No bastaba con la caída de Rosas, ni con las masacres de Pavón. Era necesario, imprescindible, dotar a la nueva Argentina de una idea de patria que no fuera la tierra, los hombres, la tradición, ... se enseñó que la Argentina eran las “instituciones” (las instituciones copiadas), la libertad, la civilización, o cualquier abstracción universal. Los argentinos tendrían al “amor a la libertad” (libertad para pocos) como el fundamento único de la argentinidad.
 Para finalizar reproduzco la respuesta que José María Rosa río a la pregunta sobre su opinión del “progresismo”[4]:
 Pregunta: Generalmente usted no responde cuando se le pregunta si es hombre de derecha o de izquierda porque considera – según lo declaró más de una vez – que esas son categorías propias de un liberalismo que rechaza. Veremos si tenemos la suerte de hacerle contestar mediante un camouflage. Para Mannheim, progresista es el que ve el presente como el comienzo del futuro, y reaccionario el que lo ve como la continuación del pasado. De acuerdo a este esquema, ¿cómo ve usted el presente?
 Respuesta: La gran dificultad de un reportaje consiste en que, a veces, reporteado y reporteador no hablan el mismo lenguaje, y las respuestas de aquél deben encogerse o estirarse a la medida de las ideas políticas o filosóficas de éste, cuando no adaptarse, simplemente, al valor que el reporteador da a las palabras. Hecha esta aclaración de que me someto voluntariamente a un lecho de Procusto, empiezo. Eso de progresista o reaccionario, dicho en términos absolutos, lo usan quienes creen en el avance de las sociedades hacia una meta determinada, como los liberales o los marxistas. Para mí, “progreso” y “reacción” son términos de física, que pueden aplicarse a la historia de las sociedades en relación con algo: el bienestar individual, el de una clase social, el de una comunidad nacional, o mi concepto personal del arte, del confort, de la moral, del derecho, etc. Entonces, sólo así podría decirle si hay progreso o regreso: en relación a ese “algo”. Y usted me podría catalogar, con Mannheim, según creyese que comienzo el futuro o continúo el pasado.
 José María Rosa pasó a integrar el comando celestial el 2 de julio de 1991.
 Recordémoslo con sus propias palabras como homenaje a una vida de convicción:
“…Tal vez no sea tan difícil la obra, en esta hora del despertar de los Pueblos. Porque llegará un momento en que los intelectuales, como grupo social, entiendan cuál es su misión y piensen, escriban y actúen en función de la sociedad, sin sentirse atados a extranjerismos ni divorciados de su Comunidad. Entonces se logrará la Liberación Nacional…”.[5]
 
 
 
* Miembro de Número del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego
 
 
 


[1] Georges Léopold Chrétien Frédéric Dagobert Cuvier (también llevó el apodo de Chrétien)1 barón de Cuvier, (Montbéliard, Francia, 23 de agosto de 1769 – París, Francia, 13 de mayo de 1832) fue un naturalista francés.
Fue el primer gran promotor de la anatomía comparada y de la paleontología. Ocupó diferentes puestos de importancia en la educación nacional francesa en la época de Napoleón y tras la restauración de los Borbones. Fue nombrado profesor de anatomía comparada del Museo Nacional de Historia Natural de Francia, en París.
[2] El Instituto fue presidido por el docente santafesino y presidente del Consejo de Educación local Alfredo M. Bello –a quien José María Rosa atribuyó su conversión al rosismo-, quien en ese carácter suscribió el diploma de miembro correspondiente en Salta del citado profesor Romero Sosa, investigador que participó por entonces -1938-, en representación de la Unión Salteña –Sociedad Provincial de Fomento fundada por Cristian Nelson y Agustín Usandivaras-, de las Jornadas de Estudios Históricos sobre el Brigadier General Estanislao López celebradas en Santa Fe y organizadas por la Junta de Estudios Históricos de aquella provincia que presidía el historiador, académico, profesor universitario y hombre público bonaerense radicado en Santa Fe, doctor Manuel M. Cervera, y cuya vicepresidencia desempeñaba Monseñor Nicolás Fasolino, después cardenal. Lo hizo con un extenso trabajo sobre “Relaciones políticas entre Salta y Santa Fe durante la administración del Brigadier General Don Estanislao López”, publicado en 1942, en el tomo II de los anales de dichas Jornadas.-
 
[3] Prospero German Fernandez Alvariño, sin ser militar se hacía llamar Capitán Ghandi, mientras los presos eran torturados en su lugar de detención, él junto a Perazzo y Naón, tras el golpe de 1955, exhibían en su escritorio dentro de un frasco con formol y durante los interrogatorios, la cabeza de Juan Duarte, también el comando civil –antecedente inmediato anterior de los “grupos de tareas”-  José María Rosa, lo sufrió en dos interrogatorios de la Revolución Libertadora, lo recordaba como un petiso paranoico medio ridículo, sólo famoso por haber profanado la tumba de Juan Duarte para cortarle la cabeza.
[4] Del libro “Historia del revisionismo y otros ensayos”) 1968
[5] El Revisionismo Histórico y la Liberación Nacional, José María rosa