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lunes, 29 de febrero de 2016

Combates de Venta y Media (20 de octubre de 1815) y Sipe Sipe (29 de Noviembre de 1815)


Por Vicente D. Sierra
Por oficio de 26 de setiembre el Jefe del Ejército del Norte José Rondeau informó desde Ayohuma que, a raíz de la retirada de Pezuela a Sora-Sora, había considerado conveniente dirigir sus fuerzas rumbo a chayanta, hacia donde había enviado las divisiones de Arenales y del comandante Camargo, compuestas por fuerzas de caballería, más el cuerpo de Dragones y los N° 1 y 7 de infantería, con el “objeto de apurar a los conflictos del enemigo, cuanto para descubrir el plan que se ha propuesto, obrando según lo exijan las circunstancias”. Pezuela había tenido noticias de movimientos e intenciones de los patriotas, los que le indujeron a suponer que preparaban un acordonamiento por Yocalla a Paria, por Macha y chayanta, con el objeto de privarlo de recursos, atacar a Oruro y llevar más tarde una ofensiva general. 

 
En previsión de que tal fuera el plan de Rondeau, resolvió amenazar a chayanta y paralizar los movimientos de Arenales mediante una fuerte columna que al mando de Olañeta envió a Venta y Media, mientras emprendía una retirada hacia Sora-Sora, a fin de cubrir a Oruro, la Paz y la línea del Desaguadero. Según los partes del capitán de avanzada Gregorio Aráoz de La Madrid, la fuerza enemiga de Venta y Media no pasaba de trescientos hombres, información que confirmó el coronel Diego Balcarce tras un breve reconocimiento. En consecuencia, Martín Rodríguez, como jefe de la vanguardia patriota propuso a Rondeau llevarle un ataque, al que fue autorizado con la prevención de no arriesgar nada si la fuerza del enemigo excedía de la cifra calculada. La división patriota con que Rodríguez se dispuso para la sorpresa se integró con trescientos cincuenta hombres del batallón de cazadores, al mando del mayor Rudecindo Alvarado, y doscientos del regimiento de Dragones, a las órdenes del mayor José María Paz, porque su jefe, el coronel Balcarce, los esperaba en la avanzada junto a Lamadrid, quien se incorporó con su compañía. El general García Camba, en su crónica de esta guerra, dice que la columna al mando de Olañeta se componía de dos batallones: el de partidarios y el de cazadores, además, de un escuadrón. Rodríguez se puso en marcha en la madrugada del 19 de octubre y al anochecer llego al lugar ocupado por la avanzada, a cuatro o cinco leguas de Venta y Media.   En la noche del 20, avanzó sobre el enemigo. El General Paz describió en sus Memorias las indecisiones de Rodríguez en aquel instante, no atreviéndose a atacar hasta que, en medio de la inmovilidad y perplejidad del general, se oyó un tiroteo a corta distancia; provenía del ataque que Lamadrid, que se hallaba muy avanzado con su compañía, había llevado sobre la unica avanzada que tenía el enemigo. Ochenta o cien hombres de la guardia fueron acuchillados, salvándose pocos de sus integrantes, entre ellos el alférez José María Valdez quien pudo dar cuenta al cuerpo de vanguardia de lo que ocurría. Se dio orden de combate pero dentro de un desorden tal que Paz, viendo al coronel Balcarce, no pudo menos que decirle: “Coronel, la Patria reclama que usted tome el mando, ¡Hágalo, que todos le obedeceremos!” Balcarce, movido por un sentimiento de desesperación, contestó “¿Dónde está el general?, que si me da providencias yo las tomaré.” Alcanzó Rodríguez a oír estas voces y pudo Balcarce informarle del desorden que reinaba en las líneas por informaciones contradictorias . Entre tanto, prevenido Olañeta pudo organizar sus fuerzas y recibir a los pa­triotas que llegaban desordenadamente, de tal manera que la derrota fue completa, viéndose obligados a retrogradar hasta dar en un verdadero desbande, en algunos casos sin haber disparado un tiro Si el encuentro no termino en desastre fue porque Olañeta no tenía caballería para perseguir a sus enemigos que dejaron en el campo como cien muertos y otros tantos prisioneros, casi todos de las fuerzas de de infantería, con más de 300 fusiles salvando apenas la caballería. En este desgraciado suceso el mayor José María Paz fue herido, quedando manco para toda la vida lo que hizo que hasta su muerte fuera llamado "el Manco Paz", mientras que el brigadier Martín Rodríguez perdió para siempre toda reputación militar. Pezuela quiso aprovechar el éxi­to obtenido y movió su ejército en busca del patriota instalado en Chayanta. Felizmente para el ejército patriota una terrible nevada inutilizó el esfuerzo de Pezuela, y Rondeau pudo emprender una marcha de flanco hacia Cochabamba, objetivo tras el cual, en los primeros días de noviembre se movió Pezuela por la cuesta de Tapacarí, con intención de interponerse entre el ejército patriota y Cochabamba.
  Batalla de Viloma o Sipe-Sipe (29 de noviembre de 1815). Pezuela condujo el grueso de sus fuerzas por Sora-Sora, Sepulturas, Paria, Ventilla, Iruventilla, Japo, y el 19 de noviembre pernoctaba en la angostura de Chala; el 21 ocupó la quebrada de Tapacarí y el 24 continuó por ésta para cruzar al día siguiente las lomas del norte de la quebrada de Calliri y llegar el 26 a los altos de Charapaya, a dos leguas de Sipe-Sipe, ancha llanura bordeada de altas y escabrosas montañas, en cuyo centro se levantan algunas lomas aisladas al pie de un suave plano inclinado, que domina la planicie. Mediante una hábil maniobra Pezuela había dado alcance a Rondeau, haciéndole imposible una retirada hacia el Sur.   Por su parte, Rondeau hizo alto en la llanura de Sipe-Sipe a la espera del enemigo, considerándose en una posición inexpugnable.   Pezuela amagó un ataque por la quebrada, pero, encontrándola bien defendida, se corrió por su izquierda hasta coronar las altas montañas de aquella parte, que se consideraban impracticables y que se conocen con el nombre de Viloma, desde cuyas alturas pudo abarcar a todo el ejército patriota y advertir, por su colocación, que el plan de Rondeau era defender la boca de la quebrada, por donde se creía que solamente podía ser atacado. Por oficio de 22 de noviembre Rondeau explicó los motivos que le habían obligado a retirarse hacia Sipe-Sipe.   Dijo en él: “Entre los motivos que me decidieron a mover el ejército a esta provincia... fue uno de ellos (y acaso el principal) la necesidad de evadir una acción general a que se empeñó a disponer el enemigo desde el momento que obtuvo la pequeña ventaja de Venta y Media, reuniendo y acercando todas sus tropas a dicho punto con el decidido objeto de marchar a Chayanta. Con el movimiento indicado creí desde luego, a más de lograr las ventajas de mejorar de posición y clima, aprovechar los recursos de esta Provincia para la subsistencia de nuestras tropas y rehacer las cabalgaduras, procurando las que se necesitan para montar los escuadrones de caballería que, por falta de ellas, han tenido que hacer sus marchas a pie. .. Mas a pesar de mis esfuerzos creo que, informado el enemigo de que se acercaban las tropas auxiliares de esa Capital, o por alguno de los prisioneros que tomaron en Venta y Media, o por los avisos que, a pesar de mi vigilancia, no dejan de comunicarle sus ocultos parciales, se ha empeñado en perseguirnos en tal manera que no puedo ni tengo ya a dónde retirarme”. 
           
     El 27 de noviembre las fuerzas de Pezuela comenzaron a descender las fragosidades de las cumbres de Viloma hacia el valle de Sipe-Sipe, bajo la protección de una batería colocada en la meseta a media cuesta. En ese ancho escalón de la montaña la tropa pasó la noche y al día siguiente continuó su descenso bajo el fuego de los batallones patriotas. hasta que consiguieron establecerse en el valle, sobre la boca interior de la quebrada, donde tendieron su línea casi paralelamente a la que ocupaba Rondeau. Este había coronado con artillería las lomas aisladas del centro de la llanura, y se había colocado al pie del suave plano inclinado que la domina, emboscado en las huertas de la hacienda del lugar y parapetado en parte por algunas tapias. A su derecha tenía el cauce seco de un río, de manera que un ataque frontal corría el riesgo de ser destruido. 
En la mañana del 29, Pezuela inició un movimiento de flanqueo fuera del alcance de la artillería, corriendo en columna sucesiva por su izquierda hasta formar cuadro.   Después de arengar a sus hombres, se desplegó en línea de batalla dando frente al cauce del río seco antes señalado.    Este movimiento, que lo colocó sobre la derecha de Rondeau, neutralizó en parte las ventajas de la posición de los patriotas, por lo que se dispuso un cambio de frente, de manera que la loma principal quedó colocada al centro, dominando el llano del otro lado del barranco o cauce seco, el cual fue cubierto con guerrillas de infantería apoyadas por la artillería que atacaba los despliegues de las columnas de Pezuela. Cubierta por los accidentes del terreno la infantería fue puesta a retaguardia, y la caballería entre ambos flancos, en actitud de cargar en el momento oportuno. Pezuela avanzó resueltamente, y desplegado en batalla sufrió el fuego de la artillería, pero logró desalojar a las fuerzas situadas en el cauce seco, lanzándose sobre la derecha de la posición, que fue tenazmente defendida, pero debió ceder al fin; a tiempo que la derecha de Pezuela se corría en desfilada a lo largo de dicho cauce, a la vez que amagaba la izquierda patriota. Rota la derecha y en inacción la izquierda batalla estaba perdida para Rondeau bien lo estaba aun antes de darse, pues lo suyo no pasaba de ser un ejército desmoralizado, sin dirección, sin nervio, con una posición puramente defensiva en lugar estimado como inexpugnable. Atacado por donde no se lo esperaba, se vio obligado a seguir los movimientos que le impuso la inacción del adversario.  
    
Fue un combate en el que los granaderos a caballo al mando de Lamadrid llevaron una de las cargas que honran al historial de la caballería argentina pero inútil, “pues ya el pavor se había apoderado de nuestros soldados infantes y no hacían sino huir desesperadamente”, dijo Rondeau en su parte de la batalla. La derrota de Sipe-Sipe fue el broche de una campaña mal dirigida, y el desastre más grande sufrido por las armas de la Revolución después del de Huaqui. El general español García Camba escribió “Fue tan mal organizada la marcha de Pezuela y tan desacertado su plan, que nuestra linea entro en batalla desordenadamente y haciendo fuego sin orden. Si Rondeau hubiese empleado su columna bien dirigida, es muy probable que el resultado hubiese sido distinto. Pero el General enemigo enemigo acreditó toda su insuficiencia, y la gente que mandaba, su inferioridad a la nuestra". Confirma esta opinión el general José María Paz al decir: “El ejército, [de Rondeau] estaba vencido antes antes de combatir, por la anarquía e insubordinación en que se hallaba. Reinaba tal desorden que nadie regía las marchas.”

viernes, 15 de febrero de 2013

General José Rondeau

Por Luciano Alvarez


Hay protagonistas sigilosos que dejan su huella en la Historia. Son individuos astutos, pacientes y discretos -las eminencias grises- que ejercen su influencia detrás de los grandes personajes u organizaciones. En el extremo opuesto están quienes deslumbran con su presencia, protagonizan su tiempo y luego se apagan hasta perderse en las papeleras de la Historia.
José Rondeau, que vivió 71 años, entre 1773 y 1844, no encaja en ninguno de estos caracteres, pero merecería un lugar en la rara categoría de los protagonistas de omnipresencia borrosa. Me excuso por la expresión, seguramente pretenciosa, pero es la única que se me ocurre y espero justificarla. Durante casi cuarenta años participó -con cierta nombradía- de todos los eventos políticos y militares del Río de la Plata, sin olvidar la guerra contra Napoleón en España.
Nació en Buenos Aires, pero su familia se radicó en Montevideo cuando tenía 17 años. Era capitán del Regimiento de Blandengues durante las Invasiones Inglesas; cayó prisionero y fue enviado a Londres hasta 1808 cuando Gran Bretaña devolvió a España a todos los capturados en Montevideo, para combatir a los franceses. En 1810 fue destinado a Montevideo junto a otros 30 oficiales, pero desertó y pasó a Buenos Aires. La Junta revolucionaria de mayo le nombró jefe de operaciones en la Provincia Oriental. De los años siguientes, son bien conocidos sus enfrentamientos con Artigas, a nombre del gobierno de Buenos Aires.
Desde entonces tendría tantos cargos como fracasos. En su autobiografía escribe: "En el curso de mi carrera he obtenido cinco despachos de general de ejércitos de operaciones en distintas provincias y tres de comandante general de armas en diversos períodos..."
También fue nombrado dos veces Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, aunque la primera (1815) fue nominal y solo por un día, puesto que no se encontraba en Buenos Aires y la segunda (1819 - 1820) terminó abruptamente luego de la breve Batalla de Cepeda, cuando se abolió su cargo y aun el gobierno nacional. Pasó ocho años en discretos puestos hasta que, en 1828 la Asamblea General Constituyente y Legislativa del recién creado Estado Oriental le ofreció el puesto de Gobernador y Capitán General Provisorio. Una vez más Rondeau respondía a su perfil político: alternativa bonachona y provisoria, puesto que su nombramiento postergaba por un tiempo las pretensiones de Rivera y Lavalleja. De algún modo podría ser considerado nuestro primer presidente, por el breve lapso de un año y cuatro meses.
Bartolomé Mitre dice que el general Rondeau era "un soldado de buena escuela". Pero lo cierto es que fue un derrotado sistemático. Nuestra Historia Patria lo recuerda como el vencedor del Cerrito (31 de diciembre de 1812), donde venció a su viejo amigo Vigodet, pero su campaña con el llamado ejército del Norte fue un rosario de desaciertos que incluye enemistarse con otro caudillo, el valiente coronel Martín Miguel de Güemes, a quien declaró traidor y desertor, y terminó con la derrota de Sipe-Sipe (noviembre de 1815), un desastre total que detuvo la revolución en las fronteras del Alto Perú.
Durante su efímero gobierno como Director general de las Provincias Unidas pretendió que José de San Martín trajera el Ejército de los Andes a luchar contra los federales y le propuso a Lecor, gobernador portugués de la Banda Oriental, que invadiera Entre Ríos y Corrientes. Pero todo terminó en Cepeda, cuando su ortodoxo planteo militar fue arrasado en diez minutos por los caudillos López y Ramírez. 

El más tarde general José María Paz -oficial del ejército del Norte- escribió que "Rondeau era un perfecto caballero, adornado de virtudes y prendas estimables como hombre privado pero de ninguna aptitud para el mando militar principalmente en circunstancias difíciles".
También difunde que buena parte de los oficiales le llamaban "José Bueno" o "Mamita Rondeau" y que su "insignificancia personal" iba de la mano con "una refinada hipocresía". Hubo otros que no llegaron tan lejos, Aráoz de Lamadrid, escribió que si bien era un "jefe demasiado bondadoso, y hasta condescendiente con algunos, […] mas no por eso toleraba toda clase de excesos como Paz lo da a entender a cada paso". Mitre ha insistido en que "era un hombre de juicio recto, pero sin las luces de la inspiración, de porte grave y carácter algo apático, de alma serena, reconocido por todos como un patriota abnegado y virtuoso". No es otra la versión que recogerá Juan Zorrilla de San Martín: "Rondeau era un patriota, era un animoso capitán; pero era un conductor de soldados, no un conductor de hombres. Si tuvierais que modelar su estatua, os bastaría con plasmar la de un bizarro jefe impersonal, la de un noble uniforme."
En suma, es probable que su personalidad incluyera, en dosis no precisas, todos esos rasgos que hacían de su personaje borroso y manipulable una pieza nada despreciable en el ajedrez del poder.
Rondeau pasó la última parte de su vida en Montevideo ocupando cargos en los gobiernos de Rivera y Oribe. Durante la Guerra Grande, fiel a su tradición unitaria, participó en el bando de la Defensa. Murió el 18 de noviembre de 1844. Dos días antes había llamado a su ahijado, el joven oficial de artillería Bartolomé Mitre y le entregó su espada, "Vencedora en el Cerrito y derrotada con dignidad en Sipe-Sipe", le dijo.
Fue enterrado con honores en el Panteón Nacional. En 1891 Argentina solicitó la repatriación de sus restos, pero el gobierno de Julio Herrera y Obes se negó argumentando que sus cenizas debían permanecer en el suelo al que había servido como patria propia. Es probable que la posteridad haya sido avara con José Rondeau: un pueblo de la provincia de Buenos Aires, algunas calles y avenidas en Argentina y Uruguay, apenas un retrato que no lo favorece y una brevísima bibliografía que incluye sus escuetas memorias de 59 páginas y un "boceto biográfico" de 336 escrito por Jorge A. Ferrer, publicado discretamente en 1997.

jueves, 9 de febrero de 2012

Güemes y Rondeau

Por Don Singulario

«Excelentísimo Señor: Quando me empeñaba más en proporcionar al Exercito quantos aucillos ofrece esta probincia: quando apuraba los recursos por organizar una fuerza respetable, y contribuir al exterminio del tirano ominoso que intenta para siempre remacharnos las cadenas de la esclavitud, y serbidumbre; y quando eran mayores mis sacrificios por la felicidad de las armas de la patria; reparar la perdida de Sipe Sipe; y vindicar la sangre de nuestos hermanos de armas; llega a mis manos una carta que avisa haber lebantado, el general Rondeau, su campo del punto de Guacalera; y que se dirigia la pueblo de Salta con miras hostiles, arrastrando tras sí la muerte y el espanto.
«Dejo a la consideración de Vuestra Excelencia la sorpresa que me causó operación tan inaudita, y que no contarán las republicas de Grecia, Atenas y Roma; ni la reciente rebolucion de la Francia. La consternacion, y amarguras que cubrió a las que se creyan victimas del opresor; y el mobimiento ruydoso que se exitó en el pueblo y la campaña.
«Boy á representar á Vuestra Excelencia con la verdad, y sinceridad que me es característica, los hechos que se han sucedido unos á otros de una manera que al paso que deben exitar la execracion de las Provincias Unidas, y la justa indignacion de Vuestra Excelencia, exigen, las probidencias más circunspectas para remediar males, que si no se cortan de raíz, llebarán al sepulcro nuestra deceada libertad.
«Suspendiendo el juicio porque la medida tocaba en bisos de imposible; mandé a mi Secretario con el teniente coronel Quinteros para que me examinasen la causa de mobimiento tan estraño: representasen al señor General la conmocion popular; y mi disposición cinsera a los objetos que miran a la perfeccion de nuestra grande obra.
«Este paso de subordinacion, y respeto tubo por recompensa el desayre, y la ámenasa: manifestó furores domesticos: personales resentimientos; y un espiritu de bengansa contra el benemerito, é inocente pueblo de Salta.
«El Cavildo tomando una parte actiba por evitar los horrores de una guerra domestica mandó una diputación bajo los mismos principios de moderacion, y armonia: y no tubo otro efecto que haber conceguido un triunfo el que tubiese yo con el general una entrevista, ó conferencia que terminase personales diferencias. Con este aviso, descansando en la sanidad de mi conducta, y en el testimonio de mi conciencia me presté francamente, dirigiendole oficio con la tercera diputacion que se mando de tres individuos de merito y representacion [...].Aun no se separaron de su presencia mandó hacer fuego á su banguardia [...] a mis ábansadas, que por un principio de precaucion tenia puestas con las ordenes de retirarse hasta el punto de los Serrillos, dejandole el pueblo libre que ocupó sin opocicion el dia quince del corriente con tren guerrero [...]
«Con partidas bolantes tengo coronado el pueblo; entre pricioneros y pasados se hallan en mi campamento cerca de docientos hombres se les ha quitado quasi toda la caballada, y como docientas cabesas de ganado; he ordenado, a mis abansadas impidan la introduccion de biveres obstruyendoles todo aucilio y comunicación.
«Con esta guerra de recursos le hé hecho sentir á este Señor General todo el imperio de la razón, de la justicia, y de la inocencia, y que una probincia valiente y generosa save sacudir el yugo de sus opresores. [...] Ya toca el General el desengaño de sus exfuerzos impotentes: me há dirigido dos parlamentarios, y el segundo con el coronel Juan Bautista Bustos: me queda la satisfaccion de que han regresado combencidos, que un celo patriotico, que el honor, y el deceo de la publica felicidad rigen mis deliberaciones.
«Las propocisiones que me hace son ofencibles, y degradantes a mi persona, a mis comandantes, y á los inviolables derechos de mi probincia; Yo hé contestado lo que devía; sin embargo si este señor conoce sus crimenes, y los detesta: si sofocando particulares resentimientos, une sus votos con los que haspiramos desinteresadamente por las glorias de la patria; y si se le hace entrar en sus deberes; yo protesto en las respetables aras de la nacion correr un belo á la ofenza, y al ultraje: olbidar impostura, y perdonar injurias: recibir entre mis brasos a los mismos que los detestan, y correr con ellos al camino del honor, y la gloria, como lo tengo prometido a los parlamentarios, quienes han buelto al seno de su exercito con distinto espiritu del que los animaba [...]
«Mientras tanto: Vuestra Excelencia que es el asilo de tantos infelices victimas empeñe su respetable autoridad en dictar probidencias que pongan termino a la ruina que prepara una mano destructora: yo tomaré solo aquellas medidas que sugiere el amor a los hijos de una misma madre, y daré quenta oportunamente de todos los acontecimientos que succedan á esta desconocida lucha»
«Dios guarde á Vuestra Excelencia muchos años. Quartel General en los Serrillos, marzo 19 de 1816» Excelentisimo Señor Martín Gúemes (rubricado)»
-Don Singulario, en esa carta, parece que el caudillo salteño está rechivo contra el enviado porteño invadiendo su provincia, es patética en su contenido y muy pintoresca en el vocabulario y ortografía.
-Esas características del texto (todo sic), tomado de la “Revista del Archivo General de la Nación” año IV, Nº 4, Buenos Aires, 1974, pág. 68 y ss, fueron el motivo principal de la elección para compartirla en esta columna. Don Martín Miguel de Güemes (1785-1821) se queja ante el Director Supremo interino, Ignacio Álvarez Thomas (1787-1857), dando cuenta de la entrada del general José Casimiro Rondeau (1775-1844) en Salta al frente del ejército nacional el 15 de marzo de 1816. Recrimina su conducta, a la que califica con duros términos y solicita la intervención del gobierno de Buenos Aires.
-¿Es el que da nombre a la Av. General Rondeau que cruza la 18 de Julio en la Plaza Cagancha. Esa que tiene la Estatua de la Paz en Montevideo? Por allí nos reuníamos unos cuantos que rajamos después de la revolución fusiladora del ‘55…
-¿Usted estaba entre ellos? Rondeau, es considerado en nuestra hermana República Oriental del Uruguay como un prominente patriota por haber sido el primer Gobernador y Capitán General Provisorio cuando se creó el nuevo estado, prestando juramento el 22 de diciembre de 1828. Sin embargo en su larga trayectoria como militar adherido a la Revolución de Mayo –de cuyos presuntos méritos don Bartolo Mitre se cansó de lisonjear– tiene una foja muy floja, especialmente en su recorrido guerrero por la cantidad de batallas perdidas, especialmente en los desastres de Sipe-Sipe y Cepeda.
-Don, me dejó picando algo, Ud. dice que en el paicito vecino es muy importante, pero tengo entendido que tuvo algunos encontronazos con el caudillo máximo, don José Artigas, ¿es cierto?

- Don José Casimiro, unitario que fuera Director Supremo en Buenos Aires por dos veces, parece que tenía algunos rasgos elitistas y le molestaba lo que oliera a popular como también los caudillos en general. Tuvo problemas con Artigas, con Estanislao López, con Pancho Ramírez, con Güemes, con Bustos. En el norte despreció a los indios voluntarios y se perdieron las provincias del Alto Perú, su ejército derrotado entró en Salta declarando la guerra al gobierno local; recibió una lección de estrategia guerrillera, pasando hambre y sed, debiendo pactar un acuerdo que significó un triunfo para la Patria Grande, Güemes continuaría patrullando el norte y se podrá realizar al fin el Congreso de Tucumán para declarar la independencia.
-Es increíble que un ñato con ese curriculum así haya perdurado en la historia. Parecía que tenía más vidas que un gato.
-El escritor uruguayo Luciano Álvarez, en el artículo titulado “La borrosa omnipresencia de José Rondeau” * hace un recorrido por la vida pública de este unitario que ocupara tantos cargos en su extensa trayectoria y del que extractamos el siguiente párrafo:
«El más tarde general José María Paz -oficial del ejército del Norte- escribió que "Rondeau era un perfecto caballero, adornado de virtudes y prendas estimables como hombre privado pero de ninguna aptitud para el mando militar principalmente en circunstancias difíciles". También difunde que buena parte de los oficiales le llamaban "José Bueno" o "Mamita Rondeau" y que su "insignificancia personal" iba de la mano con "una refinada hipocresía"».

* http://www.elpais.com.uy/11/06/18/predit_573937.asp