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domingo, 3 de julio de 2022

DOÑA ENCARNACIÓN EZCURRA DE ROSAS, HEROÍNA DE LA SANTA FEDERACIÓN

Por Melissa Mendoza
Una de las figuras femeninas más vigorosas de la historia argentina ha sido doña Encarnación Ezcurra y Arguibel de Rosas, esposa del Ilustre Restaurador de las Leyes don Juan Manuel de Rosas. Firme brazo político del esposo, hizo algo más que servirlo con ciega obediencia y lealtad. A menudo su afán de imitación del maestro la llevó a superarlo, organizando astutos planes políticos que tenían un exclusivo fin: la consagración del cónyuge en la cúpula del poder.
Desde un principio doña Encarnación tuvo que vencer agudas resistencias. Desde que había conocido al veinteañero Juan Manuel, poco después de la Revolución de Mayo.
Porque, en efecto, el noviazgo de Juan Manuel y Encarnación encontró la dura oposición de Agustina López Osomio, la madre de aquél. “Encarnación, por su parte, no iba a la zaga, en cuanto a carácter, de madre e hijo. Había jurado casarse con el heredero de don León Ortiz de Rosas y para conseguirlo echó mano de una estratagema que sólo su voluntad firmísima pudo fraguar para vencer a su tremenda enemiga: se fingió encinta y escribió a su presunto amante, con quien había combinado la treta, a los efectosde que la carta cayera con toda premeditación en poder de la madre.  El recurso fue decisivo: unos días después, 13 de marzo de 1813, Juan Manuel de Rosas y Encarnación Ezcurra contraían enlace.  Para algunos, la oposición de la madre de Rosas al casamiento de su hijo radicaba en la temprana edad de ellos, apenas veinte años. “No es creíble -apunta escépticamente Antonio Dellepiane—; más bien parece haber residido pobreza de la novia y la posición aún incierta de su prometido, quien no poseía caudal propio y se hallaba por entonces al servicio de sus padres en la estancia que administraba”.
No se conocen demasiados detalles sobre los primeros años del matrimonio. Pero a partir de 1830, con el ascenso de la estrella del futuro dictador, se perfila nítidamente el papel de la esposa.
En 1832 la Sala de Representantes eligió gobernador a Juan Ramón Balcarce, según algunos bajo la influencia de Encarnación, quien propició su nombre por no ser. precisamente, “muy avispado”, pero garantizado por sus antecedentes federales. La garantía no iba a ser muy duradera, porque las relaciones se enfriaron pronto. A fines del año siguiente, Juan José Viamonte era elegido nuevo gobernador. Tampoco fue de la simpatía del matrimonio Rosas, ante su tenacidad en resistir las órdenes de la pareja.  una noche refiriéndose a una reciente en la cual se había llevado a cabo una violenta razzia contra los enemigos patrulló Viamonte, y yo me reía del susto que se había llevado; de esas resultas le escribió una carta Viamonte a don Enrique (Enrique Martínez Jefe militar unitario) diciéndole que no respondía de su vida si se obstinaba en no salir del país”.  Implacable en la vigilancia de la pureza práctica del rosismo, doña Encarnación no perdonaba a nadie que se apartara del Restaurador, aunque ese alguien fuera su propio cuñado. Ocurrió, en efecto, que al reunir Viamonte en su persona a varios elementos federales que no comulgaban con los métodos de Rosas, captó las simpatías del hermano de don Juan Manuel, Gervacio Rosas. Encamación se apresuró a denunciar el hecho al cónyuge: “A Gervacio le ha entrado una defensa particular por Viamonte, como si fuera su mejor amigo (.. .). Cuánto me alegraría que le echaras una raspa. . .” veces, la indiscreta prueba de un papel firmado se convierte en pista sugerente de un carácter. En carta del 22 de octubre de 1833 dirigida a un amigo, firme sostenedor del rosismo, Encamación le confiaba: “Ya le he escrito a Juan Manuel que si se descuida conmigo, a él mismo le he de hacer una revolución, tales son los recursos y opinión que he merecido de mis amigos”.
Carlos Ibarguren ha hecho de ella este retrato obgviamente exagerado y discutido: “Era más fea que agraciada, hombruna, exaltada; su carácter, inflamado de pasión, la llevaba algunas veces a la violencia. En su espíritu, lleno de malicia y suspicacia, no predominaban rasgos femeninos ni tiernos, y en su correspondencia no hay un estremecimiento de mujer, ni un latido suave, ni una emoción delicada de vida interior”.
Apodada “la mulata Toribia” por la oposición proverbial por entonces su lucha, no sólo peleo también contra otra esposa brava: Tiburcia Mansilla. la mujer de Balcarce, quien hablaba de Encarnación en cuanto corrillo se formaba. Decía de que estaba sumida en los vicios y que el Restaurador sentía más que una total indiferencia por la esposa. Lo que era todas luces falso.  Juan Manuel y Encarnación fue el matrimonio político perfecto del siglo XIX
Encarnación se reía de estas habladurías. Su preocupación era preparar y asegurar el camino de al poder. Se ocupaba con febril pasión de tales preparal Hablaba con todos, manejaba hilos sutiles y trampas, se hacía amiga de la gente baja, intrigaba, escribía cartas estaba siempre alerta. Enterada que un unitario había llegado al campamento del marido para obsequiarle un barata de aceitunas, ella le advirtió a Juan Manuel: “no las cornal hasta que otro coma primero. . Su prestigio, siempre fue en ascenso, le granjeaba amistades poderosas. El doctor Manuel Vicente Maza, por ejemplo, le servía a menudo como secretario.   El 23 de noviembre de 1833 Rosas le escribió a la esposa, desde su cuartel general: “Ya has visto lo que vale te amistad de los pobres y por ello cuánto importa sostenerte y no perder medios para atraer y cautivar voluntades. No"-’ cortes pues sus correspondencias. Escríbeles con frecuencia; mándales cualquier regalo, sin que te duela gastar en esto. Digo lo mismo respecto de las madres y mujeres de los pardos y morenos que son fieles. No repares, repito, en visitar a las que lo merezcan y llevarlas a tus distracciones rurales, pomo también en socorrerlas con lo que puedas en sus desgracias. A los amigos que te hayan servido déjalos que jueguen al billar en casa y obséquialos con lo que puedas”.
El 29 de abril de 1834 ella le garabateó a Rosas: “Tuvieron muy buen efecto los balazos que hice hacer el 29 del pasado (se refería a los ya citados atentados contra los generales Tomás de Iriarte y Félix de Olazábal), como te dije en mía del 28, pues a eso se ha debido se vaya a su tierra el facineroso canónigo Vidal.  Ernesto H. Celesia, ha escrito la siguiente opinión de Encamación: “Ante la discordia, que se insinúa entre los apostólicos (nombre con que eran conocidos los rosistas en su primera etapa), la acción decidida, indiscutiblemente hábil, de doña Encarnación, agregada al prestigio natural que le da su condición de esposa y compañera del caudillo, circunstancias que la señalan ante la masa como su representante más fiel, la consagran como la dirigente de los apostólicos, y todos, amigos y adversarios, vieron en ella la expresión de la voluntad de don Juan Manuel de Rosas. Todos lo repiten: ella fue el alma de la resistencia a la acción de los cismáticos, la organiza y dirige. Con ella y por ella triunfan los restauradores”.
Pero no disfrutaría demasiado del poder y la gloria que ella había ayudado a conquistar con tanta paciencia y astucia. Sólo compartió con Juan Manuel sus primeros tres años de mandatario, porque murió el 20 de octubre de 1838, a los 43 años de edad.
“La Gaceta Mercantil” publicó el lunes 22 de octubre de 1838 que “la digna esposa de Nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes, no existe ya sino por la memoria de sus virtudes. Ha sido arrebatada por la muerte a las dos horas de la mañana del día 20 del presente después de una grave y dilatada enfermedad que ha superado los recursos de la ciencia médica y los esfuerzos y cuidados de una esmerada y cariñosa asistencia”.
Este luto sea igual y conforme al que usa Nuestro Dustre Restaurador, que consiste en pañuelo o corbata negra, en una faja con moño negro en el brazo izquierdo y en tres dedos de faja negra en el sombrero, quedando en el mismo visible, abajo, a la cinta punzó, y si la persona lleva morrión o gorra militar, entonces el luto consistirá en el pañuelo o corbatín negro, y el luto en el brazo izquierdo”.
A lo largo de varios días se tiraron cañonazos cada media hora en el Fuerte. El decreto de honores era minucioso, pomposo, agotadoramente prolijo. Preveía la aparición de bandas de música, trompas, clarines y tambores, la formación del orden de batalla del ejército, la ubicación de las piezas de artillería, la colocación de cintas negras cortadas con un lazo punzó en banderas y estandartes, el luto de los clarines, etc.
El cadáver fue envuelto en paño de seda y terciopelo, previamente recostado sobre almohadones acolchados de raso blanco. Fue colocado en tres ataúdes. El primero, de incierta madera, forrado en raso blanco. El segundo, de plomo, cerrado a fuego. El tercero de caoba, cubierto de terciopelo negro y lujosamente bordado.
La “Heroína de la Santa Federación”, la “Heroína del Siglo”, FUE LA MUJER POLITICA MÁS EXTRAORDINARIA DEL SIGLO XIX

bibliografia
Celesia Ernesto "Rosas el tirano"
Dellepiane Antonio "Rosas"
Galvez Manuel "Vida de Don Juan Manuel de Rosas"
Gelman Jorge y Fradkin Raul "Rosas la construcción de un ideario político"
Ibarguren Carlos "Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama y su tiempo"
Lynch John "Juan Manuel de Rosas#

viernes, 22 de octubre de 2010

José de San Martín: “NO LO CONSEGUIRAN"...Lucio N. Mansilla "TREMOLA EN EL PARANÁ"

Por Melissa Mendoza
“Reproducimos a continuación una carta que el general José de San Martín dirigió al cónsul general de la Confederación Argentina en Londres, George Frederick Dickinson, con motivo de haberle solicitado este último su opinión sobre la intervención anglofrancesa en la República Argentina. En ella el Libertador aseguró que Francia e Inglaterra fracasarían en sus planes de agresión.
"Sr. D. Federico Dickson, cónsul general de la Confederación Argentina en Londres.
Napóles, 28 de diciembre de 1845.
Señor de todo mi aprecio:
Por conducto del caballero Jackson se me ha hecho saber los deseos de usted relativos a conocer mi opinión sobre la actual intervención de la Inglaterra y Francia en la República Argentina; no sólo me presto gustoso a satisfacerlo, sino que lo haré con la franqueza de mi carácter y la más absoluta Imparcialidad; sintiendo sólo el que el mal estado de mi salud no me permita hacerlo con ¡a extensión que requiere este interesante asunto.   No creo oportuno entrar a investigar la justicia o intenga un número de enemigos personales, estoy convencido que bien sea por orgullo nacional, temor, o bien por la prevención heredada de los españoles contra el extranjero, ello es que la totalidad se le unirán y tomarán una parte activa en la actual contienda: por otra parte, es menester conocer (como la experiencia lo tiene ya demostrado) que el bloqueo que se ha declarado no tiene en las nuevas repúblicas de América (sobre todo en la Argentina) la misma influencia que lo sería en Europa: él sólo afectará un corto número de propietarios, pero la masa del pueblo que no conoce las necesidades en estos países, le será bien indiferente su continuación. Si las dos potencias en cuestión quieren llevar más adelante las hostilidades, es decir, declarar la guerra, yo no dudo un momento podrán apoderarse de Buenos Aires con más o menos pérdida de hombres y gastos, pero estoy convencido que no podrán sostenerse por mucho tiempo en posesión de ella: los ganados, primer alimento, o por mejor decir, el único del pueblo, pueden ser retirados en muy pocos días a distancia de muchas leguas lo mismo que las caballadas y demás medios de transporte; los pozos de las estancias inutilizados, en fin, formando un verdadero desierto de 200 leguas de llanuras sin agua ni leña, imposible de atravesarse por una fuerza europea, la que correrá tantos más peligros a proporción que ésta sea más numerosa, si trata de internarse. Sostener una guerra en América con tropas europeas, no sólo es muy costoso, sino más que dudoso su buen éxito para tratar de hacerla con los hijos del país; mucho dificulto y aun creo imposible encuentren quien quiera enrolarse con el extranjero. En conclusión: con 8.000 hombres de caballería del país y 25 ó 30 piezas de artillería, fuerzas que con mucha facilidad puede mantener el general Rosas, son suficientes para tener en un cerrado bloqueo terrestre a Buenos Aires, sino también impedir que un ejército europeo de 20.000 hombres salga a 30 leguas de la capital, sin exponerse a una completa ruina por falta de todo recurso; tal es mi opinión y la experiencia lo demostrará, a menos (como es de esperar) que el nuevo ministerio inglés no cambie la política seguida por el precedente.
LA VUELTA DE OBLIGADO
18 de noviembre de 1845, al atardecer. A la vista de la Vuelta de Obligado y fuera del alcance de las baterías allí instaladas por el general Lucio Mansilla, sobre la margen derecha del Paraná, se detienen los vapores que componen la vanguardia de la escuadra anglofrancesa. El capitán Charles Hotham, jefe de los barcos ingleses, queda a la espera de Trehouart, su colega francés, que avanza en la San Martin, buque argentino que junto con toda la flota de la Confederación ha caído en poder de los enemigos.
Mansilla toma un bote y en la oscuridad reconoce a los buques del agresor y regresa a su batería. A la mañana siguiente, el esperado ataque es diferido por los comandantes francés e inglés porque la lluvia impide distinguir con claridad el emplazamiento de las baterías. El 20, al amanecer, la niebla se disipa y los agresores ordenan el ataque. Trehouart avanzará por el centro del Paraná en la San Martín, seguido por el Cadmus, Pandour y Dolphin, con la misión de romper las cadenas que tendidas sobre una fila de lanchones bloquean el río. Por su izquierda avanzará el capitán inglés Sullivan con la Philomel, Expeditiva, Fanny y Procide para protegerlo, disparando de través a las baterías de la costa. Hotham quedará a retaguardia con los vapores Gorgon, Firebrand y Fuíton, a los que no se quiere exponer al fuego.
A las 8 y media se inicia el avance y Mansilla proclama a la tropa: "Alla los tenéis! ¡Considerad el insulto que hacen a la soberanía de nuestra patria al navegar, sin más título que la fuerza, las aguas de un rio que corre por el territorio de nuestro país. Pero no lo conseguirán impunemente! ¡Tremola en el Paraná el pabellón azul y blanco y debemos morir todos antes que verlo bajar de donde flamea!''.
Cuando la San Martín se pone a tiro de las baterías, Mansilla da la señal de fuego. Trehouart y Sullivan responden con sus 96 bocas de fuego, de mayor alcance y potencia que los pequeños y anticuados cañones argentinos.
La San Martín se apresta a cortar las cadenas, cuando de improviso el viento se calma totalmente. Obligada a echar anclas, queda adelantada y aislada del resto de los buques que, por falta de viento, no pueden avanzar para protegerla. Convertida en blanco de las cuatro baterías argentinas, la San Martín registra un oficial y 44 hombres fuera de combate, dos cañones desmontados y la arboladura próxima a caer. Una bala corta la cadena del ancla, la corriente la arrastra río abajo y deriva hecha una criba, atravesada por más de 100 cañonazos, hasta que queda fuera del alcance de las baterías. Trehouart la abandona y pone su insignia en la Ex- peditive. La acción es más difícil de lo que suponían los atacantes y también el Dolphin y el Pandour deben abandonar la línea de fuego a causa de sus muchas averías. Avanzan entonces los vapores. 
El capitán Tomas Craig, con el velero argentino Republicano, defiende la línea de lanchones que sostienen las cadenas. Ya sin municiones, Craig hace volar su barco para que no caiga en poder del enemigo.
A la una de la tarde los invasores no han logrado cortar las cadenas. Pero desaparecido el Republicano los vapores consiguen acercarse a los lanchones. Los veleros siguen inmovilizados por la falta de viento aunque desde sus posiciones acribillan a las baterías sin que el tiro de éstas pueda alcanzarlos. El vapor francés Fulton consigue aproximarse a las cadenas y por dos veces intenta cortarlas, respondiendo con sus cañones de 80 al fuego argentino que se concentra sobre él. Por fin, el vapor se retira, con el maquinista principal muerto, un cañón desmontado y averías. El Fire- brand lo reemplaza y consigue cortar las cadenas. Vuelve a soplar el viento y Trehouart cruza la línea rota de lanchones avanzando detrás del Firebrand y del Gorgon. Sus buques, la Expeditive, Cadmus y Procide destrozan la batería Manuelita, mientras Sullivan dispara sobre las otras tres.
A las tres de la tarde, los argentinos están casi sin municiones. Juan Bautista Thorne, en la destrozada batería Manuelita, rodeado de cadáveres, dispone solamente de 8 tiros. A las 5 hace el último disparo y una granada enemiga lo derriba. “No ha sido nada", dice al levantarse, pero ha quedado sordo para siempre. Las restantes baterías son sólo restos que cesan el fuego por falta de pólvora. Alvaro Alsogaray, en la Restaurador, ha disparado a las 4 su última andanada. Obligado ya no contesta al fuego del agresor.
Ha llegado el momento del desembarco. Hotham, mediante señales, pide apoyo a Trehouart. A las 5.50 los 325 infantes de marina de Sullivan llegan a tierra cerca del amarradero de la cadena. Los defensores disponen sólo de armas blancas, y Mansilla carga con ellos a la bayoneta desafiando las descargas de Trehouart que ha reemplazado las balas por metralla y diezma la infantería argentina. Pese a ello, los ingleses son arrollados y corridos hasta sus botes. Mansilla cae herido por un casco de metralla. Lo sustituye el coronel Francisco Crespo que mantiene el contraataque. Desenbarcan franceses de la Expeditive y la Procide en apoyo de los ingleses. Frente a las baterías mudas, los buques concentran fuego de metrallas y cohetes que resiste aún dos horas más. A las 8 de la noche, Crespo se repliega a las barrancas. Obligado ha caído Los únicos prisioneros son los heridos graves que recogen los ingleses y franceses para llevarlos a bordo.
Crespo con los sobrevivie tes acampa dos leguas al norte, sobre el camino a San Nicolás. Los agresores vuelven a sus buques dejarón centinelas en las ruinas con las baterías sembradas de cadáveres.
A la mañana siguiente, vencedores examinan los cañones caídos en su poder.  Ninguno es aprovechable algunos son clavados, otros arrojados al agua y los mas viejos, los de bronce, llevados como trofeos curiosos. También recogen algunas banderolas que han quedado en los ranchos, aunque no pueden considerarlas como trofeos de guerra. “No eran sino unas insignificantes telas —dirá Baldomero García en la Sala de Representantes de Buenos en 1848— pues la única * bandera de guerra que flameaba en las costas de Obligado, la bandera de la explanada, la bandera de mi patria, nunca fue rendida sino hechas pedazos."