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jueves, 14 de julio de 2022

Perón entre la sangre y el tiempo: los días previos al golpe de 1955

Por Facundo Giampaolo
A principios de 1955, la caída del gobierno constitucional que presidía el general Juan Domingo Perón era impensada. La prensa internacional se hacía eco de la situación argentina y el diario estadounidense The New York Times comentaba en su editorial del 5 de febrero de 1955 que los opositores a Perón tenían nulas chances de poder sacarlo del gobierno como tanto anhelan. El líder justicialista contaba, en primer término, con gran apoyo popular en los sectores obreros y de clase media y también controlaba el Ejército, el Poder Legislativo, el Poder Judicial y la mayoría de la prensa oral y escrita, analizaba el prestigioso diario. Además, unos meses antes, en abril de 1954, Perón había propuesto por primera vez en la historia que se eligiera por votación el cargo de vicepresidente, que había quedado vacante dos años antes con la muerte de su compañero de fórmula Hortensio Quijano, que no llegó a asumir. El candidato peronista a la vicepresidencia fue Alberto Teisaire y el candidato opositor fue el radical Crisólogo Larralde. El resultado fue contundente: el peronismo arrasó en las urnas con el 64% de los votos contra el 32% de Larralde. Se trataba de un formidable respaldo al gobierno en las primeras elecciones sin Evita, fallecida en 1952. 
En materia económica, los salarios de los trabajadores eran los mejores de la historia argentina y la inflación, que había tenido un pico fuerte en 1953, logró ser dominada con una fuertísima campaña contra el agio y la especulación. Sin embargo, a finales de 1954, desde el Vaticano habían ordenado la creación del partido Demócrata Cristiano en diversos países de América Latina, incluido en la Argentina. En esta circunstancia, Perón entendió que el Vaticano y la jerarquía católica argentina querían crear un partido opositor para derrocarlo. Por aquellos días, el presidente mantuvo una reunión con el cura jesuita Hernán Benítez, quien le dijo que no le diera importancia al nuevo partido político porque no tenía chances electorales y que se trataba de una provocación de los obispos. Perón no tomó en cuenta los consejos del antiguo confesor de Evita y el gobierno entró en un conflicto con la curia católica, que se fue acrecentando mes tras mes.  La oposición, que no tenía chances de ganarle electoralmente al peronismo, aprovechó el conflicto y se hizo más católica que nunca y, junto a los obispos, comenzaron a incitar a sectores de la Fuerzas Armadas para que derrocaran al gobierno constitucional. En abril de 1955, varios funcionarios peronistas abandonaron el gobierno, en disidencia con la postura de Perón con el clero. Uno de ellos fue el joven ministro de Comercio, Antonio Cafiero, que cambió al presidente por la Iglesia y se fue del gobierno. Desde los púlpitos de las iglesias se llamaba a derrocar al gobierno mientras que desde los sindicatos se convocaba a defenderlo hasta el último aliento. El 11 de junio de 1955, la escalada de enfrentamiento llegó a su punto máximo cuando la Iglesia convirtió la tradicional procesión de Corpus Christi en un acto opositor, en el que reunió 50 mil católicos. En la marcha, grupos de la Acción Católica llegaron al Congreso y quemaron la bandera argentina, al mismo tiempo que izaron la bandera del Vaticano y arrancaron una plaqueta en homenaje a Eva Perón.
La CGT llamó a un paro general para el 14 de junio en apoyo al gobierno y a un acto en la Plaza de los dos congresos, en desagravio al panteón nacional y a Eva Perón. La situación en la República Argentina hacía presagiar el inminente estallido de una rebelión contra Perón, que tenía como objetivo derrocarlo y aniquilar todas las conquistas sociales que el peronismo había logrado para los sectores más humildes. El 16 de junio de 1955 a las 12:40, 34 aviones de la Marina de Guerra iniciaron el bombardeo y ametrallamiento sobre Plaza de Mayo con el único objetivo de matar al presidente, el general Perón. Si bien no lograron su cometido, este brutal ataque dejó un saldo de más de 350 muertos y más de 1.000 heridos. Una vez fracasada la asonada golpista, Perón analizó la situación con sus generales leales, Franklin Lucero, Arnaldo Sosa Molina, José Embrioni y el gobernador de Buenos Aires, Carlos Aloé. A ellos se sumaron más generales y coroneles que exigieron la pena de muerte para los sublevados. Perón se negó terminantemente a que hubiera más sangre en la Argentina y también se negó a aplicar la pena capital a los responsables de los bombardeos. Pero no solo eso: ordenó al jefe de la Policía Federal, Miguel Gamboa, llenar la ciudad de cientos de policías para que no hubiera más incidentes y controlar a los miles de peronistas con sed de venganza. El presidente no solo no fusiló a nadie, sino que en un discurso radial por cadena nacional pidió por la paz y la unidad nacional, y manifestó, entre otras cosas, que la revolución peronista había finalizado. “Comienza ahora una nueva etapa que es de carácter constitucional, sin revoluciones porque el estado permanente de un país no puede ser la revolución. Yo dejo de ser el jefe de una revolución para pasar a ser el presidente de todos los argentinos, amigos o adversarios”, expresó.  Sus adversarios eran los mismos que habían inundado la Plaza de Mayo con cadáveres, que se envalentonaron cuando vieron a un Perón débil y continuaron conspirando, ya que entendían que el presidente estaba muy debilitado. El General promovió un recambio ministerial influido por sus camaradas de armas, quienes le solicitaron ministros más moderados. Renunciaron Ángel Borlenghi, Armando Méndez San Martín, Jerónimo Remorino y Raúl Apold, entre otros. La pacificación que planteaba Perón dio lugar a que los principales dirigentes opositores se expresaran en radio, por cadena nacional. Las voces del radical Arturo Frondizi, el conservador Vicente Solano Lima y el socialista Alfredo Palacios aparecieron en todas las radios argentinas y no hubo condena alguna al magnicidio del 16 de junio y, por el contrario, culparon al presidente de lo sucedido y exigieron su renuncia. Durante agosto de 1955, los comandos civiles antiperonistas continuaron con los actos de sabotaje contra el gobierno y no aceptaron ninguna tregua. Perón, sintiéndose acorralado por una oposición violenta y golpista que no le aceptó la tregua, hizo una de sus jugadas favoritas. El 31 de agosto presentó ante la CGT y el partido peronista su renuncia a la primera magistratura del país. Inmediatamente, la CGT decretó el cese de actividades y la movilización a Plaza de Mayo. Cerca de las 18 horas, millares de trabajadores se habían reunido en la histórica plaza para que Perón permaneciera en la presidencia. Allí, en un durísimo discurso, el General rompió la tregua y decidió continuar en el gobierno. El 7 de septiembre, la CGT ofreció reservas voluntarias para defender la legalidad, Perón rechazó formar milicias obreras, un hecho que hubiera cambiado el curso de la historia argentina del siglo XX.
La Marina de Guerra, que tres meses atrás había bombardeado la Casa de Gobierno, siguió conspirando y, ante el temor de que Perón formara las milicias obreras y que la institución naval fuese desmantelada, buscó poner fecha a un nuevo levantamiento militar contra el presidente. Sin embargo, antes se aseguraron de sumar miembros del Ejército al complot, como los generales Eduardo Lonardi, Pedro Aramburu y el converso Videla Balaguer. La fecha elegida para el levantamiento militar fue el 16 de septiembre de 1955 con Eduardo Lonardi y el contraalmirante Isaac Rojas como los jefes del golpe, al que llamaron Revolución Libertadora. En las primeras horas del 16, los golpistas se habían hecho fuertes en la provincia de Córdoba, donde tomaron varias guarniciones militares de la provincia, radios y, después de arduos combates con la policía cordobesa, tomaron la Casa de Gobierno y diversas instalaciones gubernamentales. A pesar de lo que sucedía, el panorama para el gobierno era alentador y, salvo Córdoba, el resto de las guarniciones militares se mantenían leales al gobierno. En Corrientes, Aramburu quiso sublevar la guarnición de Curuzú Cuatiá y fue reprimido por los suboficiales peronistas. Por el otro lado, las tropas leales a Perón eran comandadas por el general Lucero, que entre el 17 y 18 de septiembre encargó al general Ángel Miguel Iñíguez cercar a los rebeldes de Córdoba y al general Juan Eriberto Molinuevo encargarse de los marinos. Los golpistas se sintieron acorralados y amenazaron con bombardear la destilería de petróleo de Dock Sud y bombardear Mar del Plata. Perón tenía presente los recientes recuerdos del bombardeo naval de junio y sabía que no iban a titubear en masacrar de nuevo a la población civil. El presidente llegó al ministerio de Ejército el 19 de septiembre a las 5:30 y se reunió con los generales Lucero, Molina, Whirth y el gobernador de Buenos Aires Aloé, a quienes les anunció que renunciaría al cargo presidencial si fuese necesario para alcanzar la paz y la concordia nacional. Los generales leales le explicaron el panorama favorable en el plano militar y le informaron que el general Iñiguez se encontraba en Alta Gracia, dispuesto al asalto final sobre Córdoba. Perón les agradeció su lealtad, pero les expresó que no quería la muerte de miles de inocentes y la destrucción de costosísimas obras si se producía el anunciado bombardeo de la marina rebelde. Además, les recordó a sus generales el miedo a una guerra civil como la española, que terminó con una España pobre y devastada, y el miedo a un nuevo bombardeo indiscriminado contra una ciudad abierta, sometida a la acción de cañones navales y bombas aéreas. Perón les recordó que en “la doctrina justicialista, primero está la patria, segundo el movimiento y, por último, los hombres”. “Es hora de cumplirla”, dijo. El ministro de Ejército, Lucero, convocó a una junta de generales, a los que les comunicó que, ante la amenaza del bombardeo a la Ciudad de Buenos Aires, el general Perón renunciaría al cargo de presidente de la República y les daría la potestad de negociar un cese de hostilidades con los sediciosos. Dicha junta de generales aceptó la dimisión de Perón. Lamentablemente, muchos militares leales a la constitución creyeron en un pacto de honor entre militares y, al poco tiempo de llegar sus camaradas al gobierno, se dieron cuenta del gravísimo error de entregarle el gobierno a Lonardi y Rojas. Perón se asiló en la embajada del Paraguay prácticamente solo dado que la CGT y el partido peronista, comandado por Alejandro Leloir, no convocaron a una huelga general. Tampoco hicieron una manifestación en apoyo al presidente, dejándolo en un estado de soledad absoluta.     “Mire mi hijo, entre la sangre y el tiempo, prefiero el tiempo. Si he sido malo no volveré, pero si he sido bueno voy a volver”, manifestó Perón asilado en la embajada paraguaya a su ayudante, el mayor Cialceta.
Finalmente, Perón no estaba equivocado y retornó al país el 17 de noviembre de 1972. Casi un año más tarde, el 12 de octubre de 1973 asumió por tercera vez la presidencia de la República, con un mensaje para las generaciones futuras argentinas: “Para un argentino, no hay nada mejor que otro argentino”.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Carta del Gral Franklin Lucero al Almirante Rojas...

Por Rubén Gionnanini
Así perseguían a los peronistas durante 18 años. “Para los Peronistas ni justicia”
29 de diciembre de 1955 se priva del uso del uniforme al Gral. Franklin Lucero.
En represalia a una esclarecedora carta que había enviado al almirante Isaac Rojas, a la sazón vicepresidente de facto de la autodenominada Revolución Libertadora, ministro de Guerra del derrocado Juan Perón, fue despojado de su grado y uniforme militar, en castigo por su participación en el gobierno popular. Recobró su grado durante el tercer gobierno de Perón, en 1974, para morir dos años después.
Antiguo Albun Ejercito Ar, Foto Peron Y D Franklin Lucero ...
Señor Contralmirante
Isaac Rojas
Casa de Gobierno S/D

Tengo el deshonor de dirigirme a quién para su propio castigo de CANALLA, de TRAIDOR, el destino ha querido investirlo de Vice-Presidente de la Nación Argentina, para ser juzgado en su oportunidad como usurpador de cargo por el pueblo de la Patria.
Extensa tendría que ser mi misiva para hacer conocer a Ud. que el pueblo de la patria conoce muy bien sus antecedentes y su catadura moral muy por debajo de la que cualquier hombre de honor debe poseer, pero me circunscribo a hacer resaltar los hechos más denigrantes de su carrera de marino. Poco antes de ingresar Ud. como aspirante a la que fuera gloriosa marina de guerra, en febrero de 1923, fue detenido y procesado por el Juez Dr. Malbrán por un robo cometido en el domicilio de la calle Peña propiedad del Dr. Julio Agote, procedimiento en el cual se le secuestraron a Ud. la suma de $1.200 y varias alhajas.
Es de hacer notar que valido en sus influencias familiares con el Dr. Malbrán, luego de restituir lo por Ud. robado y para no perder el ingreso a la Marina de Guerra, fue Ud. absuelto en dicho proceso, pero que constaba en su prontuario policial Nª 936.145 (prontuario éste desaparecido apenas Ud. asumiera el Gobierno, pero del que se tiene copia de la que le adjunto una con todos sus delitos).
Ingresó Ud. el 16 de febrero como aspirante a la Marina de Guerra, y en enero de 1924 se le inicia sumario por encontrársele en altas horas de la madrugada junto con otro aspirante en una situación RELAJANTE como hombre y como marino.
El 9 de abril de 1931 al recibirse Ud. de Teniente de Navío fue detenido en la calle Lavalle y Maipú a la salida del cabaret Imperio por hallarse en completo estado de ebriedad vistiendo el uniforme (este nuevo hecho fue callado otra vez merced a sus influyentes parientes).
En marzo de 1936, promovió un descomunal desorden en el TA-BA-RIS del cual dan cuenta los diarios de la fecha arriba indicada (Prensa y Crítica). En abril de 1950 siendo Capitán de Navío realizó el negociado más vergonzoso que conoce la Marina de Guerra, luego de haberse favorecido con $ 3.200.000 acusó Ud. ante el General Perón a otros compañeros de armas, salvando así su responsabilidad.
Siendo Agregado Naval ante el Gobierno de los Estados Unidos de Brasil, se le inicia a Ud. por intermedio del Tribunal de Guerra, un juicio por la presunta venta a dicho país de cartas marítimas con posiciones y bases secretas de nuestro país habiendo sido trasladado a ésta y quedando dicho juicio archivado (vaya a saber por qué causas extrañas) premiando su actuación en el Gobierno de Brasil condecorándolo con la Orden al Mérito Naval en Grado de Comendador, y para coronar su carrera de vergüenza y traición Ud. el 16 de setiembre de 1955, traiciona al hombre que le brindara la oportunidad de retomar la senda del bien, tanto en su triste carrera como en su vida privada por seguir las indicaciones del amante de su esposa el Capitán de Navío Arturo Rial, no vacila en traicionarlo.
Sé que al recibir esta carta verá con qué crudeza me expreso pero si aún le queda un poco de dignidad tendrá que aceptar todo lo expresado porque mientras ella no ha hecho más que recordarle sus delitos cometidos que son muchos, y Ud. sin derecho alguno ni autoridad ya que está ocupando un cargo que no le corresponde, se ensaña con ENLODAR la reputación de soldados, que como yo, no hemos cometido otro delito que defender, con honor, la Constitución Nacional y a las autoridades legítimamente constituidas y elegidas por el Pueblo.
Mi hombría de bien y mi dignidad de soldado me hace esperar con varonil serenidad sea ella cual fuere, la reacción que Ud. tenga al leer esta carta, pues ha sido mi intención llevar a la posteridad una prueba más de lo que es capaz la indignidad de un hombre que faltando a la ley sagrada de las armas y a la civilidad, guiado por su ambición, no dudó en complotarse contra los intereses de la Patria llegando para ello, a aceptar los inmerecidos halagos de una vicepresidencia que legal y moralmente no le corresponden.
Para concluir y haciéndome cargo de las consecuencias, hágole notar que copia textual de la presente haré llegar a los trabajadores de la Patria.
Fdo. Franklin Lucero
General en Jefe

 Ruben Gioannini Acto 4 de Junio 2018 by Tiempo Nacional (Programa ...

martes, 18 de marzo de 2014

La "Revolución Libertadora" 1955


Por Juan Domingo Perón
El día 16 de septiembre de 1955, a primera hora, se tuvo conocimiento de que en el interior se habían producido algunos levantamientos.
En Córdoba, habían secuestrado al Director de la Escuela de infantería durante la noche. La Escuela de Artillería sublevada había emplazado los cañones en la tarde anterior con el pretexto de un ejercicio del día siguiente y, con las primeras luces, había abierto el fuego contra el casino de oficiales donde dormían los jefes y oficiales de la Escuela de Infantería.
Esto había producido una gran confusión, repuestos de la cual, se combatía en los alrededores del cuartel de esta última unidad contra efectivos rebeldes de la Escuela Militar de Aviación.-
En Río Santiago, unidades de la Escuela Naval sublevada habían pretendido salir de la base y atacar la ciudad de Eva Perón siendo detenidos por la policía de Buenos Aires, pero permaneciendo en posición en el linde de la base.
En Curuzú Cuatiá (Corrientes), habíase producido un conato de sublevación en la Escuela de Blindados siendo sofocada y dominada inmediatamente.
En Puerto Belgrano, base naval de Bahía Blanca, no había novedad, aunque se supo que la Aviación Naval estaba en movimiento.
La escuadra efectuaba ejercicios en la zona sud de la República (Golfo Nuevo, Chubut) y no se tenía noticias sobre su actitud. En la Capital federal como en las demás guarniciones militares la situación era tranquila.
Desde las primeras horas del día 16 permanecimos en el Comando en jefe de las fuerzas de represión en el edificio del Ministerio de Ejército, con el Ministro Lucero, el Comandante en Jefe del Ejército, General José Domingo Molina y el jefe de operaciones General Ymaz ( este nombre lo hallaremos más adelante).
Tanto el Ministro de Ejército como el Comandante en Jefe eran de opinión que se trataba de una acción descabellada que sería conjurada en pocas horas, pues fracaso el intento de Curuzú Cuatiá se luchaba en Río Santiago y en Córdoba en buenas condiciones, la concurrencia de otras tropas hacia esos focos, aseguraba el éxito para los días siguientes.
El día 17 de septiembre, la situación general era absolutamente favorable, si bien continuaba la lucha en Córdoba, en Río Santiago se había detenido. Durante ese día se tuvo noticia que la escuadra se había puesto en marcha saliendo de Puerto Madryn hacia el norte. La observación aérea era imposible debido a las condiciones climáticas.
Ya ese día se conoció también que en Puerto Belgrano (Bahía Blanca) se habían producido disturbios entre fuerzas de marinería y la población civil. En la base de submarinos de Mar del Plata se mantenía el orden y era leal al gobierno.
El día 18 a la noche la situación era clara para el comando de represión y lanzadas las unidades concéntricamente hacia los focos de la rebelión, no quedaba más que esperar su llegada para someter a los rebeldes. La enorme superioridad de fuerzas no deja dudas sobre el resultado. Este mismo día se tuvo conocimiento de la defección de los Destacamentos de Montaña de Mendoza y San Juan, pero ello se reduce a que sus jefes se han negado a marchar sobre Córdoba.
En Río Santiago la intervención de la Aviación de Bombardeo ha despejado la situación. La Escuela Naval derrotada por la policía de Buenos Aires y el Regimiento 7 de Infantería, se ha embarcado en un aviso y unos lanchones y ha huido. Allí no hay enemigo.
En Bahía Blanca, las Fuerzas de Infantería de Marina han ocupado la ciudad, pero avanzan hacia allí las fuerzas de la represión, muy obstaculizadas por las fuertes lluvias y hostigadas por la aviación rebelde. Sin embargo, todo es cuestión de tiempo.
La escuadra, según las noticias que se tienen, ha bombardeado la ciudad de Bahía Blanca, destruido las plantas compresoras de gas, las usinas y parte de la población. La ciudad está sin agua, sin gas y sin luz.
La ciudad de Mar del Plata también ha sufrido los efectos del bombardeo intenso de la escuadra y de la aviación rebelde.
El día 18 de septiembre a la noche la escuadra sublevada amenaza con el bombardeo a la ciudad de Buenos Aires y la destilería Eva Perón. Lo primero de una monstruosidad sin precedentes, y lo segundo, la destrucción de diez años de trabajo y la pérdida de cuatrocientos millones de dólares.
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La situación militar era ampliamente favorable, pues desplegadas las fuerzas solo era cuestión de tiempo y de lucha para someter a los focos rebeldes de Córdoba y Bahía Blanca. En la Capital Federal quedaban aún sin emplear la primera división de ejército motorizada, las fuerzas blindadas de Campo de Mayo, el Batallón Buenos Aires y, muchas otras fuerzas absolutamente leales.
Sin embargo me preocupaba la amenaza de bombardeo a la población civil en la que seguramente perderían la vida miles de inocentes que nada tenían que ver con la contienda. Ya había Buenos Aires presenciado la masacre del 16 de junio de 1955, cuando la aviación naval bombardeó la Plaza de Mayo y ametralló las calles atestadas de gente, matando o hiriendo a mansalva al pueblo indefenso. Era de pensar lo que ocurriría en un bombardeo indiscriminado, sobre una ciudad abierta, sometida a la acción combinada de los cañones navales y las bombas aéreas. Las condiciones climáticas eran desfavorables para toda acción defensiva, pues la intensa lluvia hacía imposible toda exploración y acción sobre los barcos.
Me preocupaba también la destrucción de la destilería de petróleo de Eva Perón, una obra de extraordinario valor para la economía nacional y que yo la consideraba como un hijo mío. Yo había puesto el primer ladrillo hacía casi nueve años y yo la había puesto en funcionamiento. Es indudable que, para los demás, no podía tener el mismo valor que para mí.
Influenciaba también mi espíritu la idea de una posible guerra civil de amplia destrucción y recordaba el panorama de una pobre España devastada que presencié en 1939. Muchos me aconsejaron abrir los arsenales y entregar armas y municiones a los obreros que estaban ansiosos de empuñarlas, pero eso hubiera representado una masacre y, probablemente, la destrucción de medio Buenos Aires. Esas cosas uno sabe cómo comienzan pero no en que terminan.
Siempre he pensado que la misión de un gobernante es la custodia de la nación misma. Su objetivo deberá ser siempre el bien de la Patria. Todos los demás objetivos son secundarios frente a éste. Se trataba entonces de elegir la resolución que mejor conformara a ese principio.
En nuestra doctrina habíamos establecido claramente que la escala de valores justicialista era: primero, la Patria; luego, el movimiento y después los hombres. Se trataba simplemente de cumplirlo.
Algunos generales y jefes amigos y leales, se empeñaron en convencerme para que continuara la lucha que, desde el punto de vista militar, era ampliamente favorable. Recuerdo que uno me dijo: “si yo fuera el presidente, continuaba”. “Yo también si fuera el general continuaría”, le contesté.
Otros ensayaron persuadirme con el argumento de salvar la Constitución y la ley afirmando el principio de su acatamiento. Argumento justo pero sofistico. La ley, la Constitución son para la República y no éstas para aquellas. Nada hay superior a la Nación misma. Lo que hay que salvar siempre es el país. Lo demás es secundario frente a él.
Después de una madura reflexión llamé al Ministro de Ejército, General Franklin Lucero, jefe de las fuerzas de represión, y le dije: “Estos bárbaros ya sabemos que no tendrán escrúpulos para hacerlo. Es menester evitar la masacre y la destrucción. Yo no deseo ser factor para que un salvajismo semejante se desate s0obre la ciudad inocente, y sobre las obras que tanto nos han costado levantar. Para sentir esto es necesario saber construir. Los parásitos difícilmente aman la obra de los demás”.
Es indudable que para resolver este difícil momento de la situación debí recurrir a mis últimas energías, pues era más fácil para mí dejar hacer a mis comandos, que oponerme a sus inclinaciones de lucha y a las mías propias. Ya una vez me había encontrado en situación similar, siendo Ministro de Guerra en 1945. En esa ocasión resolví lo mismo: renunciar. Los hechos posteriores me dieron la razón y los mismos camaradas que entonces me instaban a pelear debieron reconocer mi acierto. Espero que en esta ocasión suceda lo mismo. En ese concepto procedí a hacer efectiva mi resolución con la siguiente comunicación:
Nota pasada al Señor Ministro de Ejército, General de División Don Franklin Lucero, en su carácter de Jefe de las fuerzas de represión
Buenos Aires, 18 de septiembre de 1955.-
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Hemos llegado a los actuales acontecimientos guiados sólo por el cumplimiento del deber. Hemos tratado por todos los medios de respetar y hacer respetar la Constitución y la ley. Hemos servido y obedecido sólo los intereses del Pueblo y su voluntad.
Sin embargo, ni la Constitución ni la ley, pueden ser superiores a la Nación misma y sus sagrados intereses.
Si hemos enfrentado la lucha ha sido en contra de nuestra voluntad y obligados ‘por la reacción que la preparó y la desencadenó.
La responsabilidad cae exclusivamente sobre ellos deque que nosotros hemos cumplido el mandato de nuestro irrenunciable deber.
Hace pocos días intenté alejarme del Gobierno si ello era una solución para los actuales problemas políticos. Las circunstancias públicamente conocidas me lo impidieron, aunque sigo pensando e insisto en mi actitud de ofrecer esta solución.
La Decisión del Vice-Presidente y legisladores de seguir mi decisión con las suyas impide en cierta manera la solución constitucional directa. Por otra parte, pienso que es menester una intervención un tanto desapasionada y ecuánime para encarar el problema y resolverlo.
No existe un hombre en el país con suficiente predicamento para lograrlo, lo que me impulsa a pensar en que lo realice una institución que ha sido, es y será una garantía de honradez y patriotismo: el ejército.
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El ejército puede hacerse cargo de la situación, el orden y el gobierno, para construir una pacificación entre los argentinos, empleando para ello la forma más adecuada y más ecuánime.
Creo que ello se impone para defender los intereses superiores de la Nación. Estoy persuadido que el Pueblo y el Ejército aplastarán el levantamiento pero el precio será demasiado cruento y perjudicial para sus intereses permanentes.
Yo, que amo profundamente al Pueblo, sufro un tremendo desgarramiento en mi alma presenciando su lucha y su martirio. No quisiera morir sin hacer el último intento por su tranquilidad y felicidad.
Si mi espíritu de luchador me impulsa a la pelea, mi patriotismo y mi honradez ciudadana me inclinan a todo renunciamiento personal en holocausto a la Patria y al Pueblo.
Ante la amenaza de bombardeos a los bienes inestimables de la Nación y sus poblaciones inocentes, creo que nadie puede dejar de deponer otros intereses y pasiones.
Creo firmemente que esta debe ser mi conducta y no trepido en seguir ese camino. La historia dirá si había razón para hacerlo.
Juan Perón
Inmediatamente la remití al General Lucero quien la leyó por radio y la entregó a publicidad.
El día 19 de septiembre, de acuerdo con el contenido de la nota, el Ministro Lucero formó una junta de generales, encargándoles discutir con los rebeldes la forma de evitar la masacre y la destrucción, para lo cual, si ello era una solución, el Presidente ofrecía su retiro.
La Junta de Generales se reunió el día 19 de septiembre en una larga sesión, interpretando que la nota presidencial era su renuncia. Llamaron a algunos auditores y les solicitaron dictamen al respecto. Según me informaron luego, alguno de ellos interpretó que se trataba de una renuncia y la Junta intentó constituirse en gobierno y hasta expidió un decreto.
Al enterarme de semejante cosa llamé a la Presidencia a los generales de la Junta, el mismo día 19 en la noche, y les aclaré que la nota no era una renuncia sino un ofrecimiento que ellos podían usar en las negociaciones. Les aclaré que si fuera una renuncia estaría dirigida al Congreso de la Nación y no al Ministro de Ejército, que era un Secretario de Estado. Les reafirmé asimismo que el Presidente Constitucional lo era hasta tanto el Congreso le aceptara su renuncia, en caso de presentarla.
La misión de la Junta de Generales era sólo negociadora. Tratándose de un problema de las fuerzas, nadie mejor que ellos para considerarlo y resolverlo ya que, si se tratara de un asunto de opinión, yo lo resolvería en cinco minutos. Los generales aceptaron y salieron de la Presidencia dispuestos a cumplir su misión. Algunos de ellos me merecían confianza.
Llegados los generales al Comando de Ejército, según he sabido después, tuvieron una reunión tumultuosa en la que la opinión de los débiles e indecisos fue dominada por los que ya estaban inclinados a defeccionar por conveniencia.
Supimos luego que el Comando en Jefe del Ejército de represión, estaba dominado por enemigos. Su propio jefe de operaciones, el general Ymaz, fue nombrado jefe de las Fuerzas Motorizadas de Campo de Mayo por los rebeldes, inmediatamente después de la revolución.
Esa misma madrugada del 20 de septiembre fue llamado al Comando en Jefe mi ayudante, mayor Gustavo Renner, a quien el general Manni le comunicó en nombre de los demás que la junta constituída en gobierno había aceptado la renuncia (que no había presentado) y que debía abandonar el país.
La revolución quedaba con el país en sus manos. Me temo que no sepa que hacer con él. Los días dirán que una dictadura militar más se ha producido; los meses mostrarán un nuevo fracaso de este gobierno enemigo del Pueblo y los años condenarán la ambición, la incapacidad y la deshonestidad de un grupo de hombres de armas que no supo cumplir con su deber y que produjo tremendos males en el país”.
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Juan Domingo Perón, La fuerza es el derecho de las bestias (fragmento), Panamá, 1956