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miércoles, 11 de octubre de 2023

cuanto valía la cabeza de José Hernández para Sarmiento?

Por el Prof. Jbismarck
José Hernández (nacido como José Rafael Hernández y Pueyrredón el 10 de noviembre de 1834 fallecido el 21 de octubre de 1886) fue un militar, periodista, poeta y político. En su homenaje, el 10 de noviembre —aniversario de su nacimiento— se festeja en la Argentina el Día de la Tradición. Los Hernández militaban en el federalismo; uno de sus tíos Juan José moriría en Caseros vivando al Restaurador.  En 1843 falleció su madre. El niño padecía un problema en el pecho, que por prescripción médica debía ser tratado con un cambio de clima, lo que lo obligó en 1846 a abandonar sus estudios y trasladarse a las pampas de la provincia de Buenos Aires. Se fue con su padre, que era mayordomo de las estancias del gobernador Rosas en la zona de Camarones y laguna de los padres. Esto le permitió entrar en contacto con los Gauchos; aprendió a andar a caballo y a realizar todas las tareas que éstos realizaban. Además fue la base de sus profundos conocimientos de la vida rural y del cariño por el paisano que demostró en todos sus actos. En ese período tuvo una visión directa de la realidad del hombre de campo, donde pudo «captar el sistema de valores, lealtades y habilidades que cohesionaban a la sociedad rural»    Participó junto con su hermano Rafael en la carnicería de Cañada de Gómez en la que también fueron derrotados por los mitristas.  En Entre Ríos formó parte de la ultima rebelión gaucha que intentó defender la autonomía de esa provincia contra los embates del presidente Sarmiento. Fue liderada por Ricardo López Jordán, y su primer acto fue el homicidio de Urquiza. José Hernández mostró a lo largo de su vida una especial preocupación por los sectores menos favorecidos de la sociedad. Ya fuera como poeta, como periodista o volcándose de lleno a la arena política y militar, el autor del Martín Fierro consagró su vida a mejorar la situación de los gauchos y a la defensa de las ideas federales.  Domingo F. Sarmiento, quien pronto elevaría un proyecto de ley poniendo precio a las cabezas de los sublevados, entre ellas, la de Hernández, que fue valuada en mil pesos fuertes.
Sarmiento, luego del abrazo con Urquiza, y creyendo que contaría de ahí en más con el prestigio y las lanzas del caudillo entrerriano para fortalecer el poder central, inicia una ofensiva desde la prensa porteña contra la oposición mitrista. Pero Justo José de Urquiza ya no era respaldo; su entrega a la burguesía comercial de la ciudad puerto era harto evidente. El 11 de abril de 1870 las ilusiones del sanjuanino estallaban en el aire ante la conmoción de esta noticia: el caudillo entrerriano había sido muerto de un trabucazo en su palacio de San José. El ex gobernador de Córdoba, Simón Luengo, y un grupo de federales exaltados por su traición a la causa, son los que lo ultiman. Ante los críticos acontecimientos la Legislatura entrerriana nombra gobernador al general Ricardo López Jordán, hijo del hermanastro del caudillo Francisco Ramírez. El nuevo magistrado, de cuarenta y seis años, era un veterano de las lides guerreras: Arroyo Grande, Caseros, Cepeda y Pavón, atestiguaban su coraje y pericia. Diputado de su provincia, presidente de la Legislatura, todo menos gobernador del recelo de don Justo a su federalismo consecuente. En la proclama que dirigió a los entrerrianos afirmó que había hecho la revolución en la que desgraciadamente había muerto Urquiza, bajo las banderas de la libertad, el federalismo y la autonomía provincial. La mayoría del pueblo, que el sacrificio de San José no conmovió, respaldará desde el primer momento a López Jordán.  Sarmiento, presa de cólera y de los consejos de Mitre, interviene a Entre Ríos el 14 de abril: “El Gobierno Nacional estará entre vosotros con todo su poder, para evitar que el mal se agrave…No deis oídos a sugestiones de ambiciosos oscuros e ignorantes; para quienes el odio es un principio, el crimen un medio”.
Aunque resistido y mirado con desconfianza por la oligarquía porteña, Sarmiento llega a un acuerdo con ella frente a la cuestión de Entre Ríos; nombra al general Emilio Mitre jefe del Ejército de Observaciones, “que vigilará las costas del Uruguay”. Detrás de esta miserable fachada se pretendía ocultar el verdadero fin de la invasión militar a la provincia.
Desde las columnas de El Río de la Plata, Hernández alertará bajo una nueva faz sobre los peligros de la política iniciada: “Nos hemos pronunciado abiertamente contra el asesinato del general Urquiza, porque aparte del hecho mismo, no creemos que sobre la sangre pueda cimentarse jamás nada sólido ni duradero… Pero estamos también en contra de la intervención armada… Se cae en el error profundo de considerar el movimiento revolucionario de Entre Ríos, como un propósito de reacción contra el orden existente en la República, y se le coloca al Gobierno Nacional frente de uno de ellos para sofocar supuestas tentativas del otro… Para nosotros no se trata de una lucha interior, de partidos, sino de la desmembración o integración de la República. Y porque, desde que Entre Ríos no ha requerido la intervención del Gobierno Nacional, al verse amenazado y envuelto en una guerra desastrosa, no será extraño que en sus mismas plazas públicas firme el acta de su independencia… La muerte del general Urquiza, la segregación de esas provincias o su destrucción por la guerra, coloca al Brasil en posesión quieta, segura y perdurable de la asolada República Paraguaya, y si él no ha sido instigador… ¿habrá quién no reconozca que él va a cosechar espléndidos resultados de esos hechos?”  Fracasadas las gestiones de conciliación iniciadas por los jordanistas, la Legislatura entrerriana rechaza la arbitraria intervención, autorizando al gobernador López Jordán a repelerla con la fuerza provincial. Convocado el pueblo, 14 mil hombres se reunieron prontamente para enfrentar a los 16 mil de las fuerzas interventoras.  Gran parte de los recursos del gobierno central son destinados a financiar el aplastamiento de Entre Ríos. Mientras tanto, desde el interior del país, llegaban partes dando cuenta de la sublevación de batallones en solidaridad con la causa jordanista. Pero Buenos Aires estaba preparada. Ya la tacuara montonera debía enfrentarse a los remingstons adquiridos en el extranjero. Por gestión del general Gainza – “Don Ganza”, como lo llamara Martín Fierro – todo el ejército nacional es provisto del moderno armamento. Este hecho, inserto en el contexto histórico de la época, marcará la declinación final del paisanaje montonero. Las cargas triunfales de la caballería gaucha se volverán eco en la historia.
Sauce, Concepción del Uruguay, Santa Rosa, Don Cristóbal, fueron campos de combate y de muerte. López Jordán “tenía conquistada la libertad de ir a donde quisiera, en una guerra de cansancio, lo que no impedía que la prensa porteña, aleccionada cuando el gobierno nacional no ganaba un combate, la sacara “empardada”, siendo el caso que en Sauce, Santa Rosa, y Don Cristóbal los ejércitos nacionales quedaron estáticos, petrificados, inmovilizados sin caballadas, formando cuadros irreductibles cañones Krupp, recientemente introducidos al país” (Aníbal S., Vázquez, José Hernández en los entreveros jordanistas). En esta lucha, como miliciano, se enrolará el más grande escritor de nuestra historia: José Hernández.   El 26 de enero de 1871 en laguna Ñaembé, Corrientes, tras una cruenta batalla, -en la que el paisanaje federal no pudo superar la efectividad de la artillería de Viejobueno y del 7 de línea al mando de Roca-, las fuerzas de Buenos Aires lograron un triunfo completo: las fuerzas jordanistas se dispersaron deshechas . “Junto a López Jordán estuvieron ese día Francisco F. Fernández, Pedro C. Reina, Evaristo López, José V. Díaz, Anastasio Cardáis, el “tigre” Villanueva, Pedro Ezeiza y José Hernández.” (Fermín Chávez, José Hernández- Periodista, político y poeta).    Cabalgando en fuga, con la derrota a su espalda, pasarán el río Uruguay por el Rincón de Santa Eloísa, buscando la frontera salvadora.   López Jordán, Hernández, y un puñado de hombres hallarán refugio en Santa Ana do Libramento, en Brasil. En el exilio político se gestará Martín Fierro.  Diez meses permaneció Hernández en Santa Ana do Libramento, desde abril de 1871 a enero del siguiente año, compartiendo con el caudillo entrerriano y otros federales los avatares del exilio.  
El primer día de mayo de 1873 el general Ricardo López Jordán, insistiendo en su lucha, pasó a Entre Ríos por el Alto Uruguay. Mientras esto ocurre, Hernández, ante una orden de prisión dictada contra él por el gobierno, se refugia en Montevideo. Hacia fines del mes señalado Sarmiento remite un proyecto de ley a la Legislatura poniendo precio a las cabezas dirigentes de la revolución entrerriana: 100 mil pesos fuertes para la de López Jordán, 10 mil para la de Mariano Querencio, y mil para las de los demás alzados principales, entre ellos se encuentra el autor del Martín Fierro.  A poco de concluir el gobierno de Sarmiento, el país se enfrentaba al dilema de la sucesión presidencial. Mitre ya había anticipado los trabajos de su candidatura, concitando el invariable apoyo de los comerciantes, importadores, burgueses del puerto y socios de la rubia Albión. La intelligentzia, en la antípoda hernandiana, se veía representada por él. Adolfo Alsina, gobernador de la provincia, cabeza del partido autonomista, de los “crudos” –prolongación de los “chupandinos” de hacía dos décadas- se constituirá en el adversario político del mitrismo. Describe Ramos: “Alsina, hijo del cerrado don Valentín, aquél prototipo del rivadaviano, encarna otras fuerzas y otras ideas de su padre Adolfo Alsina orador nato, de arrastre popular, tiene su base en los barrios pobres de la ciudad, en los grande ganaderos de tradición federal de la provincia y en el peonaje bonaerense”. Aristóbulo del Valle, Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen, abrazarán las banderas del autonomismo; más tarde lo hará Hernández.   Puestas en el tapete las postulaciones presidenciales, se vio que Avellaneda concitaba el apoyo de diez provincias; Alsina el de la provincia bonaerense, y Mitre, a su turno, el de la parte céntrica de la ciudad de Buenos Aires, su “tribuna de doctrina”, ciertos sectores de oficiales porteños del ejército y las provincias de San Juan, Santiago del Estero y Corrientes, en manos de su círculo. Es entonces que Alsina vuelca su apoyo a la fórmula Avellaneda-Acosta, hecho que resultará decisivo y constituirá al mismo tiempo el empalme del Partido Autonomista Nacional, esto es la fusión de la débil burguesía terrateniente provinciana con el pobrerío del puerto, las peonadas y ganaderos bonaerenses de tradición federal. Es por entonces que aparece en Buenos Aires la primera fábrica de tejidos de lana (en el sentido capitalista de la palabra). …el interior se empobrece cada vez más.
Con el apoyo mayoritario de las provincias triunfa la fórmula Nicolás Avellaneda-Mariano Acosta, con 146 lectores, contra 79 del binomio Mitre-Torrent. El fallo comicial no fue aceptado por el mitrismo, que acusó al autonomismo de fraude en complicidad con el gobierno. Es entonces que el candidato vencido proclama la revolución y se traslada a Montevideo. Desde La Patria, Hernández comentará los hechos.  Así las cosas, Mitre logra por fin desembarcar en el puerto del Tuyú, dirigiendo al país una de sus caracterizadas proclamas. Este documento merecerá el tratamiento hernandiano.   Sarmiento, con la ayuda de los coroneles José Inocencio Arias y Julio Argentino Roca vence rápidamente la revuelta mitrista. La plana mayor de los insurrectos es tomada prisionera. Mitre será condenado a muerte, pero Avellaneda, al asumir la presidencia de la República, conmutará la pena. Tan sólo cuatro meses estará preso el jefe de los sediciosos. Cabe sí, lo dicho por Hernández: “Mereció ser juzgado en Sierra Chica, mereció ser acusado y procesado por las fechorías que ordenó o consintió en el interior: mereció un consejo de guerra, en Curupayty, y alguna vez ha de llegar el día en que la Justicia Nacional se cumpla”.
Ya el comandante Arias había contenido con sólo 600 hombres al ejército encantado de Mitre, en la batalla de La Verde: el coronel Roca había deshecho las tropas de Arredondo en Santa Rosa; la revolución iniciada y epilogada en tal forma era la comidilla sarcástica de los hombres de entonces cuando Avellaneda se colocaba la banda presidencial.   Sarmiento, al entregarle el mando le manifestó: “Sois el primer presidente que no sabe manejar una pistola”. Seis años más tarde, en 1880, el apacible intelectual tucumano calzaba revólver. Había aprendido que a Buenos Aires no se le podía someter sólo con discursos.  Hernández publica a mediados del 75 la segunda edición de su Vida del Chacho, en momentos en que en la prensa y en el parlamento la discusión entre los defensores del federalismo y los del unitarismo alcanzaba un tono inusitado. Esta nueva edición no llevará el prólogo del 63, que comenzaba: “Los salvajes unitarios están de fiesta…”, seguramente por considerarlo anacrónico o impolítico por el momento que se vivía.  Puesto el “Chacho” nuevamente en la lucha, el diario de los Varela, La Tribuna, lo recibirá con un chispeante comentario en el que refulgía el odio de la facción porteña.   Tres días más tarde la misma Tribuna publicaba un suelto titulado “La reacción” en donde transcribía el prólogo suprimido de la edición del 63, y acusaba a Hernández de jordanista y partidario de la “situación”, esto es partidario de Avellaneda y del Partido Autonomista Nacional.
El imponente hombretón de cuarenta y un años utilizará entonces las columnas del diario La Libertad de Buenos Aires – dirigido por el chileno Manuel Bilbao – para enviarle un dardo de su estado al redactor de La Tribuna, que pensaba que era el ex presidente, bajo el título: “Señor Sarmiento: porque mataron1!    “Dice Ud., como un sarcasmo, que Avellaneda debería comprar una cantidad de folletos de la vida de Peñaloza y repartirlos en las oficinas y yo le digo que esa ironía no me hiere, porque recuerdo que bajo tres presidentes he vivido sin garantías, que bajo la presidencia de Sarmiento fui perseguido seis años y desde que soy hombre, el único gobierno bajo el que vivo tranquilo, con mis opiniones buenas o malas, es el del Dr. Avellaneda, y de ahí que soy partidario de la situación, como usted me llama.
“Cuando los que mataban, los que aplaudían la matanza y los que predicaban la justicia me llamaban a mí mazorquero porque condenaba aquellos excesos y defendía en tantos desgraciados el derecho de vivir, yo no podía ni debía quedarme sin retribuir el sangriento apóstrofe. Era una injuria recíproca. Recibía una y le devolvía otra que era correlativa.
“Pero los que mataron, Sr. Sarmiento, los que mataron son más culpables, cualquiera que sea la forma en que lo hicieron, que los que condenaron a los matadores, cualesquiera que sean los términos en que escribieron… Si no querían oír la condenación, señor Sarmiento, ¿por qué lo mataron…?”

sábado, 10 de diciembre de 2022

Adolfo Alsina

Por el Prof. Jbismarck

Lo sorprende la muerte cuando se acercaba la hora de realizar todos sus proyectos ambicionados con ardor durante su inquietante y tormentosa vida. Este hombre se llamó Adolfo Alsina. Pocas figuras han sido tan poco estudiadas y fue durante años primer actor de la política argentina-  Hasta ahora, su figura permanece en el regazo de la tradición oral, tan propensa a la leyenda y no nos presenta a uno de los ejemplos más conmovedores de vocación política que se hayan conocido en el país. Era un hombre de recia y maciza contextura. Un poco menos alto que Pellegrini y casi tan robusto y grueso como Hernández.  Su valor añadido a su coraje era el de un héroe mitológico Y en este arrojo empecinado y temerario, que cuando presentía el riesgo no retaceaba la aventura, estriba el mayor atractivo de su carisma porteño y de su liderazgo popular.  Adolfo Alsina se hizo mozo en la "Nueva Troya" unitaria y cipaya, con los románticos y los mercenarios, donde a la sombra de las alianzas y bajo el sitio a fuego lento de Oribe tronaban las voces - tan próximas a él - de los viejos y nuevos unitarios, a la vuelta de pocos años logró concitar el fervor de ese otro Buenos Aires que se estiraba desde las parroquias bravas - Balvanera, Montserrat, San Telmo o Catedral del Sud - hasta allá lejos sobre el Arroyo del Medio, sin duda fue porque sus condiciones de piloto de tormenta, que previene los vientos y orienta la maniobra, se hallaban dostenidas por una capacidad para hacerse respetar y adorar por los criollos rosistas de buena cepa que a la caída del Restaurador se agitaban en la convulsionada Gran Aldea sin entender ni averiguar su suerte: tan huérfanos de patria y de tutela como los enganchados Martín Fierro del disperso gauchaje campesino. Esa fue la consecuencia de la muerte del gran Americano. Alsina fue un político entregado a la pasión del poder, un político de raza llamado por su temperamento y por los dones de su naturaleza a imponer a los demás la necesidad de aceptarlo o rechazarlo, exhibió celosamente una honradez y magnanimidad.  En esto, su intolerancia, que no aceptaba las explicaciones en claroscuro,  lo llevaba a desertar de los salones opulentos de la oligarquia y lo inducía a demorarse en los peringundines y barriadas de hacha y tiza donde acampaban su soberano desarreglo y su natural desenvoltura. Nace el 14 de enero de 1829 - apenas cumplido un mes del fusilamiento de Dorrego - y siendo niño, de seis años, se radica con sus padres en Montevideo, donde se exilia - unitario contumaz, fanático y exaltado - don Valentín. En ese pórtico de la ondulada pampa trasplatina, centro de la beligerancia antirrosista, el joven Alsina aprende en la escuela de la pasión política el duro oficio de la resistencia, la obstinada lealtad que se abraza a la derrota y que persiguiendo el triunfo convierte en aliado al enemigo del enemigo. Allí también, durante la primera juventud, en que se reflejarían las turbulencias de la época, aprende a confiar en sus propias fuerzas y su carácter adquiere esa perseverancia en la acción y esa consecuencia en la amistad personal que lo distinguieron para el resto de sus días. Empleado en una barraca mientras proseguía sus estudios (que luego completó en la Universidad de Buenos Aires) el triunfo de Caseros lo devolvería a su ciudad natal. En 1852 Alsina tiene veintitrés años. Flamante periodista, acribilla a Urquiza desde las columnas de Nueva Epoca y provoca, adrede, su destitución del cargo que ocupaba en el Ministerio de Gobierno. Simultáneamente, integra la logia “Juan Juan”, que decreta la muerte de Urquiza, en cuyo cometido debió de haber participado, a resultas de un sorteo, si no hubiese impedido el hecho la enérgica intervención de su padre. Participa febrilmente en la preparación y el estallido del levantamiento del 11 de setiembre, y cuando Urquiza se acerca a la ciudad acompaña a San Nicolás, en calidad de secretario, al general Paz quien se proponía organizar un cuerpo de ejército, fracasada su misión en el interior. Durante el sitio de Lagos se alista en la primera compañía de Guardias Nacionales.  Es el caudillo electoral más prestigioso entre los pandilleros que en las elecciones de representantes a la Legislatura se apoderan de las mesas y de los votos para impedir que los chupandinas -mucho más numerosos pero descabezados - desplacen a los separatistas del gobierno provincial y preparen con los jefes porteños desterrados las vías del entendimiento con Urquiza. En Cepeda carga a la bayoneta sosteniendo el avance del batallón Morales: se lo creyó muerto en combate. En Pavón defiende con éxito el parque de artillería. Después de la batalla cambia cartas con Mitre y no satisfecho con las explicaciones de éste, que no lo había citado en el parte, pide reiteradamente su separación del Ejército. Años después como miembro de la Cámara de Diputados de la Nación se estrena con el famoso discurso de rechazo a la federalización de la provincia y luego será el gobernador de Buenos Aires cuyas cordiales relaciones y afinidades de doctrina con don Marcos Paz, de relevantes antecedentes federales, en ejercicio entonces de la Presidencia, precipitan las renuncias de los ministros Rufino de Elizalde y Eduardo Costa. El nuevo ministerio al que se incorporan Marcelino Ugarte y José E. Uriburu traduce la concordancia política de Alsina y Paz, que sólo interrumpió la muerte de éste.  Vicepresidente de la Nación en 1869 y en 1874 Ministro de la Guerra, hasta su muerte. Inicia entonces la conquista del desierto que jalona con una cremallera de zanjas y fortines. Huelga añadir que en 1868 y 1874 arriesgó, al borde del éxito, por dos veces su candidatura a presidente. Faltó la ocasión de una tercera que hubiese sido la vencida.   Entre dos fuegos, los federales porteños, los rosistas a quienes la defección de Urquiza enerva, no pueden tampoco llamarse a engaño respecto de lo que significa el retomo de los emigrados. Si por una parte los empuja el sentimiento localista que es fuerte en las élites de la ciudad, donde los linajes federales tienen indiscutida alcurnia, por el otro, la inercia de las antinomias los lleva al campo de Urquiza.  El “cambio” de Alsina no entraña una conversión como la del camino de Damasco, ni modifica su cosmovisión acerca del país y de su tiempo. Es, sí, otra actitud y otra posición. Y es también su revelación como político. El joven energúmeno a quien ofusca la dominante tercería de Urquiza; el sargento que como un tigre acosa a los federales en Cepeda; el comandante que se bate en Pavón es el crudo que en 1862 le cercena a Mitre su hegemonía porteña; que en 1868 se atreve, ante el desconcierto de sus corifeos, a cartearse con el dueño de Entre Ríos y que en 1874 inicia con su apoyo, a medias táctico y a medias estratégico, a la candidatura de Avellaneda la marcha hacia la conformación de un gran partido nacional a partir del autonomismo.    El hijo único de don Valentín (UN RECALCITRANTE UNITARIO AFRANCESADO Y ANTIRROSISTA)  que por su madre llevaba - revuelta en las venas - la sangre y las tragedias federales de los Maza, guiado por su estrella, realizó un viaje entrañable, un viaje por dentro, alrededor de sí mismo y de circunvalación en torno al drama político argentino, con que duplicaría su imagen: por un lado, era el ciudadano cuya postura tribunicia sobresalía en las asambleas de la élite liberal; por el otro, el caudillo de genio arrebatado, tierno y atrevido, que LLEVABA sobre los hombros y los corazones de la plebe porteña.  Fue una especie de desdoblamiento fascinante o, si se quiere, de doble revelación de la personalidad: el Alsina Dr. Jekyll a quien admiraba el alto mundo de los liberales, ex unitarios afrancesados por sus genialidades y el Alsina Mr. Hyde cuya fuerza y carisma tan intempestiva, atraía la adhesión de las clientelas populares federales, los ex rosistas, perseguidos y hostilizados por el odio unitario. 

A ninguno de sus pares abatió, en plena marcha, el puño helado de la muerte a un paso de la última meta y casi en el momento de franquearla. Ningún argentino, con excepción de Avellaneda, ostenta una parábola tan breve y tan arrolladora, tan sostenida y perfecta en la comba del ascenso. Ningún argentino entregó su existencia tan pródigamente a la política, con una dación tan absoluta de su personalidad, de su intimidad, de su vida entera. Al margen de la política nada se había reservado Alsina para sí; de suerte que alguien dijo con notoria justicia que el único hogar a la medida de Adolfo Alsina era su Buenos Aires, todo Buenos Aires. Por eso, él hubiera podido hacer suyas las célebres rimas del bardo porteño “He nacido en Buenos Aires no me importan los desaires con que me trate la suerte; argentino hasta la muerte he nacido en Buenos Aires ” Carlos Guido y Spano.     Alsina, que era normal y culto, sin pretensiones de despotismo ilustrado - cuya simulación en otros aborrecía -, no dejó de pensar como le enseñara el pensamiento operante en su tiempo el odio al Restaurador pero su sensibilidad le permitirá sumar a casi todos los ex rosistas.  Esta organización marginaba obviamente a los vencidos: como empresa de los vencedores, hubiese sido una locura intentar la restauración de aquéllos. Alsina no cometió ese dislate. Y puesto que no padecía las inhibiciones de los ideólogos ni mortificaba el radio de su visión con anteojeras, en un momento dado advirtió, vio, que la operación política pendiente consistía en incorporar los federales porteños y los del interior al partido mediante un golpe de timón que operase la apertura hacia dichas fuerzas, cuya energía, redoblada en los sismos de la guerra civil, amenazaba cubrir otros tipos de subversión y otros protagonistas a la medida de las transformaciones del país.  NO SOY POSIBILISTA EN LA HISTORIA...LOS HECHOS QUE OCURRIERON, ASI LO HICIERON PERO TENGO TODAS LAS DUDAS DE QUE DE NO MORIR ALSINA A LOS 48 AÑOS...HOY ESTUDIARÍAMOS A JULIO A. ROCA COMO UN MILITAR DE MEDIOCRES CONDICIONES....Y SIN FUTURO POLÍTICO...ALSINA YA LO HABIA MEDIDO.

 

viernes, 18 de junio de 2021

Nicolás Avellaneda

 Por el Prof. Jbismarck

Segundo presidente argentino graduado en aulas universitarias (el primero fue Derqui). Llegó a la presidencia de la República en medio de una revolución —la mitrista—, y entregó el mando a su sucesor después de otro alzamiento, el de Tejedor. Era de físico pequeño, pero sus decisiones tenían grandeza de auténtico estadista. Como definición de lo primero, ha quedado la observación del famoso matrero entrerriano Calandria, gaucho jordanista que lo conoció allá por 1875; "¡Tan chiquito!, ¿no?, ¡y tan ladeadito!”. Sobre lo segundo, se conserva su frase de la proclama contra Tejedor: 'Voy a mover los hombres y las armas de la Nación a fin de hacer cumplir y respetar las leyes”   Nació en Tucumán el 3 de octubre de 1837, pero descendía de antigua progenie catamarqueña. El mismo día que cumplió cuatro años de edad, su padre, Marco Avellaneda, era ejecutado por el ejército federal, después de la victoria de Oribe en Famaillá. Conoció por eso el destierro desde muy pequeño, al establecerse su madre, Dolores Silva y Zavaleta, en Tupiza (Bolivia).

En 1850 regresó al país y estudió derecho en la Universidad de Córdoba y terminó en la de Buenos Aires, en 1858. Ejerció el periodismo, como redactor de El Nacional y El Pueblo, y trabajó en su profesión asociado al estudio del doctor José Roque Pérez, uno de los abogados más prestigiosos de esos tiempos. En 1862 casó con Carmen Nóbrega y ese mismo año fue elegido diputado para la Legislatura de la provincia de Buenos Aires. Posteriormente, en 1866, el gobernador Adolfo AIsina lo designó ministro de Gobierno, cargo que desempeñó hasta 1868, en que Sarmiento lo nombró para la cartera de Justicia e Instrucción Pública.

Desempeñó este ministerio con gran eficacia y con una visión esclarecida, de tal suerte que dio un extraordinario impulso a la educación popular. Contó para ello con el apoyo del presidente Sarmiento, y gran parte de la obra que generalmente se atribuye a este último fue realización directa de Avellaneda.   En tres años diversas provincias duplicaron el número de sus escuelas. Durante su gestión como Ministro, se agregaron 800 escuelas a las 1000 ya existentes antes de 1868. La cantidad de alumnos pasó de 30 000 a 100 000 chicos en todo el país.Fomentó la formación de personal docente capacitado; otorgó subvenciones a las provincias y premios especiales a las que llegaron a tener un 10 por ciento de alumnos en aulas con relación a la población. Creó bibliotecas escolares y dotó a las escuelas de mobiliario adecuado.

Fue el primer presidente civil, no pertenecía a ninguna de las fuerzas armadas. Como le dice Sarmiento al entregarle la banda presidencial: "Es usted el primer presidente que no sabe usar una pistola".  Políticamente opuesto a las aspiraciones autonomistas de la provincia de Buenos Aires, asumió la presidencia el 12 de octubre de 1874, a la edad de 37 años.

Dijo en su primer mensaje: “Tendremos pronto, señores senadores, señores diputados, otro espectáculo: el espectáculo de la vida normal que proseguirá su curso, marcando cada día con un nuevo adelanto. Continuaremos contando los kilómetros de las vías férreas, los vapores y los millares de hombres que llegan a nuestros puertos; extenderemos las líneas telegráficas por las fronteras lejanas, que han podido encubrir motines de cuartel, porque las hemos dejado fuera de nuestra inspección cotidiana”.

Durante su mandato permitió que se reintegraran a la vida política del país miles de emigrados y perseguidos políticos, especialmente los jordanistas, gestión que aparece claramente reflejada en el poema La Vuelta de Martín Fierro de Hernández, aparecido en 1879. También en el curso de su mandato culminó la conquista del desierto, empezada por Adolfo Alsina y terminada por el general Julio A. Roca.

La política de conciliación nacional por él desarrollada, si bien debió superar difíciles tropiezos, fue constructiva para la Nación. Tuvo que enfrentar una crisis financiera singularmente grave desde los comienzos de su gobierno y en gran parte heredada. Y antes de finalizar su presidencia pudo todavía poner término a la cuestión capital, federalizando la ciudad de Buenos Aires.  Fue rector de la Universidad de Buenos Aires y senador nacional; en estas funciones proyectó una ley de educación e hizo mucho positivo. Se distinguió como hombre de letras, de gran cultura literaria, y como orador brillante, acaso el más completo que haya tenido el país. Fue autor de una importante obra sobre el régimen de la tierra pública, tema de su tesis de doctor en leyes.

Desde los días de su presidencia se lo notaba avejentado, frágil y endeble físicamente. Pero en sus últimos años su salud empezó a empeorar, fue diagnosticado con la enfermedad de Bright, mal que lo acarrearía hasta su muerte.  Con la esperanza de poder tratar para la nefritis que lo afectaba​, Avellaneda viajó a Francia a consultar a un grupo de médicos especialistas.

Sin embargo, el diagnóstico no era bueno, no había nada que pudieran hacer. Luego de tres meses, Avellaneda decidió volver para morir en su patria. Pero su último deseo no pudo ser cumplido, murió en alta mar, a los 48 años​, el 25 de noviembre de 1885 en los brazos de su compañera de toda la vida. a bordo del vapor Congo.

Fue bajado de la embarcación en un ataúd cubierto con la bandera argentina. El presidente Julio Argentino Roca decretó ocho días de duelo nacional, y sus restos fueron despedidos con todos los honores. Sus restos descansan en el Cementerio de la Recoleta.

viernes, 26 de febrero de 2021

LA ZANJA DE ALSINA

 Por el Profesor Jbismarck1

La zanja ideada por el doctor Adolfo Alsina para contener los malones indios debía cubrir la frontera desde Fortín Cuatreros, en Bahía Blanca, hasta la laguna La Amarga, en el sur de Córdoba. Fue proyectada para una extensión de más de 600 kilómetros, de los cuales llegaron a construirse 374. La zanja tenía un ancho de tres metros por dos de profundidad (medidas que variaban según la naturaleza del terreno) y estaba completada con un talud.

La construcción fué dirigida por el ingeniero francés Alfred Ebelot, cuyos recuerdos reunidos en sus libros La pampa y La guerra de fronteras son vivaces y valiosos documentos. Ebelot se manifiesta entusiasmado con su obra. Sus trabajadores y los de las compañías concesionarias de la obra —dice— trabajan alegremente, bien alimentados, confortablemente instalados y recibiendo puntualmente buena paga: “En un momento escaseó el dinero, ahora tenemos más del necesario; siempre gracias al gobierno de la provincia que no se cansa... La regularidad de las raciones y la paga les causaba (a los zapadores) una alegre sorpresa Estanislao Zeballos, adversario de la zanja, ve las cosas de otro modo. Para construirla, dice, Alsina se vio “obligado a movilizar centenares de vecinos (gauchos) de Buenos Aires para que trabajaran en el foso y la muralla, desnudos, mal alimentados y constantemente a la intemperie... La deserción de estos infelices era una consecuencia natural y cuando terminaban, después de largos meses de angustia, eran licenciados, mal remunerados y a pie en medio del desierto!... Obra tan costosa, empapada con el sudor de millares de parias argentinos resultó inútil".

La zanja fue vituperada por los partidarios de la política ofensiva y total contra el indio. La llamaron “muralla china”, con clara intención peyorativa, asimilándola al estéril esfuerzo de pueblos débiles y acobardados que se refugian para no combatir. Negaron que fuera una obra nacional, ya que solamente defendía a la provincia de Buenos Aires.

Si bien la zanja no impidió por completo el paso de los indios, fue un obstáculo tremendo para sus retiradas. Tratando de recruzarla, con la impedimenta de sus saqueos, los malones eran alcanzados por las fuerzas militares y allí perdían sus arreos de ganados robados. Los malones se volvieron infructuosos porque la clave de su éxito era la sorpresa en el ataque y la velocidad en la fuga. La zanja debilitó las posibilidades de resistencia de los indios, los desalentó y fue, además, base y punto de partida seguro para el avance sobre el desierto

sábado, 14 de marzo de 2020

La Fiebre Amarilla de 1871: actitud del Presidente Domingo Faustino Sarmiento

Por el Prof. Jbismarck
La fiebre amarilla había llegado anteriormente a Buenos Aires en los barcos que arribaban desde la costa del Brasil, donde era endémica. ​ No obstante, la epidemia de 1871 se cree que habría provenido de Asunción del Paraguay, portada por los soldados argentinos que regresaban de la Guerra de la Triple Alianza;​ ya que previamente se había propagado en la ciudad de Corrientes. ​ Algunas de las principales causas de propagación de esta enfermedad, transmitida por el mosquito Aedes aegypti,: la provisión insuficiente de agua potable; la contaminación de las napas de agua por los desechos humanos; el clima cálido y húmedo en el verano; el hacinamiento en que vivían en los conventillos los inmigrantes europeos, los saladeros que contaminaban el Riachuelo -límite sur de la ciudad-, el relleno de terrenos bajos con residuos y los riachos -denominados «zanjones»- que recorrían la urbe infectados por lo que la población arrojaba en ellos.  La plaga de 1871 hizo tomar conciencia a las autoridades de la urgente necesidad de mejorar las condiciones de higiene de la ciudad, de establecer una red de distribución de agua potable y de construir cloacas y desagües.  En 1871 convivían en la ciudad de Buenos Aires el Gobierno Nacional, presidido por Domingo Faustino Sarmiento, el de la Provincia de Buenos Aires, con el gobernador Emilio Castro, y el municipal, presidido por Narciso Martínez de Hoz.  Situada sobre una llanura, la ciudad no tenía sistema de drenaje, la situación era muy precaria en lo sanitario y existían muchos focos infecciosos como el Riachuelo convertido en sumidero de aguas servidas y de desperdicios arrojados por los saladeros y mataderos situados en sus costas. 
Un episodio de fiebre amarilla en Buenos Aires. Juan Manuel Blanes ...
Dado que se carecía de un sistema de cloacas, los desechos humanos acababan en los pozos negros, que contaminaban las napas de agua y en consecuencia los pozos, que constituían una de las dos principales fuentes del vital elemento para la mayoría de la población.​ La otra fuente era el Río de La Plata, de donde el agua se extraía cerca de la ribera contaminada y se distribuía por medio de carros aguateros, sin ningún saneamiento previo.  La ciudad crecía vertiginosamente debido principalmente a la gran inmigración extranjera: para esa época vivían tantos argentinos como extranjeros, y estos últimos sobrepasarían a los criollos pocos años más tarde. El primer censo argentino de 1869 registró en la Ciudad de Buenos Aires 177 787 habitantes, de los cuales 88126  eran extranjeros; de estos, 44 233 -la mitad de los extranjeros- eran italianos y 14 609 españoles.   Desde principios del año 1870 se había tenido noticias en Buenos Aires de un recrudecimiento de la fiebre amarilla en Río de Janeiro. En el mes de febrero —y nuevamente en marzo— se logró evitar el desembarco de pasajeros infectados que llegaron en dos vapores desde esa ciudad. No obstante, el presidente Sarmiento vetó el proyecto de extender la cuarentena a todos los buques procedentes de esa ciudad y en una oportunidad ordenó autorizar el desembarco de los pasajeros de dos buques provenientes de Río de Janeiro y la prisión del médico del puerto de Buenos Aires por haberlo impedido.  
Durante la guerra, la ciudad de Corrientes había sido el centro de comunicación y abastecimiento de las tropas aliadas, incluidas las brasileñas, de modo que no es seguro que la enfermedad haya llegado desde el Paraguay. En esta ciudad de 11 000 habitantes, murieron de fiebre amarilla alrededor de 2 000 personas entre diciembre de 1870 y junio del año siguiente.  Soldados que regresaron de la guerra transportaron el virus; se da como fecha de iniciación de la epidemia en Buenos Aires el 27 de enero de 1871 con tres casos identificados por el Consejo de Higiene Pública de San Telmo Las mismas tuvieron lugar en dos manzanas del barrio de San Telmo, lugar que agrupaba a numerosos conventillos. La epidemia prosperó en los conventillos humildes de los barrios del sur, muy poblados y poco higiénicos.  Recién el 2 de marzo de 1871, cuando el carnaval llegaba a su fin, las autoridades encabezadas por Martínez de Hoz prohibieron su festejo: la peste ahora azotaba también a los barrios aristocráticos. Se prohibieron los bailes y más de la tercera parte de los ciudadanos decidió abandonar la ciudad. 
Otra fiebre amarilla, la de 1871, tuvo al presidente Sarmiento en ...
Los hospitales no dieron abasto y se alquilaron otros privados.  El puerto fue puesto en cuarentena y las provincias limítrofes impidieron el ingreso de personas y mercaderías procedentes de Buenos Aires.  Miles de vecinos se congregaron, en la Plaza de la Victoria para designar una «Comisión Popular de Salud Pública». Al día siguiente, tal agrupación nombró como presidente al abogado José Roque Pérez y como vicepresidente al periodista Héctor Varela; además, la conformaron, entre otros, el vicepresidente de la Nación Adolfo Alsina, Adolfo Argerich, el poeta Carlos Guido y Spano, el sacerdote irlandés Patricio Dillon.   La población negra, vivir en condiciones miserables los transformó en uno de los grupos poblacionales con mayor tasa de contagio. Según crónicas de la época, el ejército cercó las zonas donde residían y no les permitió emigrar hacia el Barrio Norte, donde la población blanca se estableció y escapó de la calamidad. Murieron masivamente y fueron sepultados en fosas comunes.  Entre las víctimas, estuvieron Luis José de la Peña, el ex diputado Juan Agustín García, el doctor Ventura Bosch y también murieron los doctores Francisco Javier Muñiz, Carlos Keen y Adolfo Argerich. El 24 de marzo, falleció el presidente de la Comisión Popular, José Roque Pérez, quien ya había escrito su testamento cuando asumió el cargo ante la certidumbre de que moriría contagiado.  Mientras tanto Sarmiento decidió huir. No sólo eso, sino que además empezó a promulgar la necesidad del éxodo: no debía quedar alma en la Buenos Aires infectada, todo el mundo debía marcharse hasta que desapareciera la peste.
Para dar el ejemplo, se subió a un tren puesto especialmente para él y la comitiva oficial de 70 autoridades, tanto del Gobierno como del Poder Judicial y del Congreso, incluido el vicepresidente Adolfo Alsina. Y se fue a Mercedes, a poco más de 100 kilómetros del delirio de tanta mortandad.   Fue una decisión que al Maestro de América no sólo le costó tomar, sino que además a partir de entonces le acarreó un precio altísimo, y de la que se arrepintió poco tiempo después, cuando volvió a la ciudad infectada todavía en medio de las críticas, pero cuando el pico epidémico ya había pasado.   Los ecos de mayor resonancia por la partida de Sarmiento y de buena parte de la dirigencia nacional aparecieron en el diario La Prensa, propiedad de José C. Paz, un rico estanciero y encumbrado diplomático que enarbolaba a ultranza los valores del conservadurismo de la época. Los dardos al sanjuanino se volvieron muletilla. "Hay ciertos rasgos de cobardía que dan la medida de lo que es un magistrado y de lo que podrá dar de sí en adelante, en el alto ejercicio que le confiaron los pueblos", decía el diario en su edición del 21 de marzo de 1871.
Cuando la fiebre amarilla castigó a Buenos Aires y el presidente ...
El progreso de la epidemia, el abandono de la ciudad de unos 62.000 habitantes, que habían huido presas del terror, la feria declarada a las actividades administrativas, con excepción de los indispensables organismos del estado, la clausura de las escuelas y de las iglesias, el cierre del puerto, transformaron a Buenos Aires en una gran aldea silenciosa. Los médicos no sabían que el mosquito era el vector de la enfermedad, algo que no sería descubierto hasta una década más tarde.​  De modo que, aparte de expulsar a los habitantes de los conventillos, tarea de la que se encargaba la Comisión Popular, los médicos sólo podían actuar sobre los síntomas. ​ Estos se desarrollaban en dos períodos: en el primero el paciente tenía repentinos dolores de cabeza con escalofríos y decaimiento general. Luego seguía el calor y el sudor, la sed se intensificaba y el paciente se debilitaba,  sus miembros se agitaban fuertemente. En este punto la enfermedad a veces podía ser vencida naturalmente y el paciente se hallaba mejor al día siguiente con tan solo dolores de cabeza y debilidad en el cuerpo, y al poco tiempo se recuperaba. Pero si los síntomas y signos se agravaban, se llegaba entonces al segundo período de la enfermedad: la piel del paciente tomaba color amarillo, los vómitos se volvían sanguinolentos y finalmente negros. La orina disminuía hasta suprimirse completamente. Se producían hemorragias en las encías, lengua, nariz y ano. El paciente carecía de sed y a veces tenía hipo, su pulso se debilitaba. Llegaba entonces el delirio, seguido de la muerte.  El clero secular y regular permaneció en sus puestos, asistiendo en sus domicilios a enfermos y moribundos. Las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, también conocidas como Hermanitas de la Caridad, cerraron sus establecimientos de enseñanza para poder dedicarse a trabajar en los hospitales.  El cura Eduardo O'Gorman,​ párroco de San Nicolás de Bari, se preocupó por las necesidades de numerosos niños desamparados y huérfanos y en abril fundó el Asilo de Huérfanos, del que se hizo cargo personalmente.  Fallecieron durante la epidemia más de 50 sacerdotes y el propio arzobispo Federico Aneiros estuvo muy grave.  La ciudad contaba solamente 40 coches fúnebres, de modo que los ataúdes se apilaban en las esquinas a la espera de que coches con recorrido fijo los transportasen. Como eran cada vez más los muertos, y entre ellos se contaban los carpinteros, dejaron de fabricarse los ataúdes de madera para comenzar a envolverse los cadáveres en trapos. Por otra parte, los carros de basura se incorporaron al servicio fúnebre y se inauguraron fosas colectivas.  El gobierno municipal adquirió entonces siete hectáreas en la Chacarita de los Colegiales  y lo llamó Cementerio del Oeste. Los decesos disminuyeron en mayo, y a mediados de ese mes la ciudad recuperó su actividad normal; el día 20 la comisión dio por finalizada su misión. El 2 de junio, por primera vez, ya no se registró ningún caso. 
El diario inglés The Standard publicó una cifra de víctimas fatales por la fiebre que se consideró exagerada y provocó indignación a los porteños: 26 000 muertos. Es difícil establecer con exactitud la cantidad correcta, pero los datos de las fuentes más serias la cifran entre los 14000 y los 15000.  La mayor parte de las víctimas vivían en los barrios de San Telmo y Monserrat (el centro de Buenos Aires) y en los barrios situados en proximidades del Riachuelo, bajos y húmedos, aptos para la proliferación de mosquitos.​
 Del total de muertos, un 75 % del total fueron inmigrantes, especialmente italianos.
A partir de la epidemia, las autoridades y la población de la ciudad tomaron conciencia de la urgencia de establecer una solución integral al problema de la obtención y distribución de agua potable. El Ingeniero Bateman dirigió —a partir de 1874— la construcción de la red de aguas corrientes, que hacia 1880 proveyó de agua a la cuarta parte de la ciudad. En 1873 se inició la construcción de obras cloacales. En 1875 se centralizó la recolección de residuos al crear vaciaderos específicos para depositarlos.  En 1884, temiendo la aparición de un nuevo brote, los doctores José María Ramos Mejía, director de la asistencia pública, y José Penna, director de la Casa de Aislamiento (actual Hospital Muñiz), se decidieron por cremar el cuerpo de un tal Pedro Doime, que había sido afectado de fiebre amarilla. Esta se convirtió en la primera cremación realizada en Buenos Aires.  ​ La sociedad fue dejada a su suerte por sus dirigentes políticos encabezados por el Presidente de la Nación, quienes tenían la responsabilidad de sostener la función indelegable del Estado ante una emergencia como la de 1871. Quizás, no se hubiera logrado, por la ausencia del conocimiento científico de entonces, salvar más vidas. Pero sí, la tragedia hubiese tenido menos ribetes inhumanos.   Nunca tuvo tanta pertinencia el pensamiento del Dr. Ramón Carrillo al afirmar que “Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas.”

viernes, 27 de julio de 2018

Julio A. Roca según Alfredo Terzaga

Por Francisco Taiana
Este autor de origen cordobés y de temprana influencia marxista, se estructura su trabajo a partir de 1940 con el teórico trotskista antinacional Héctor Raurich, cuyas enseñanzas tiempo después abandona. Más tarde, Terzaga acompañará críticamente al gobierno de Perón,afiliándose al partido oficialista, sin ser ideológicamente peronista. Este gesto no resultaparticularmente excepcional al considerarse que dos corrientes de la naciente Izquierda Nacional –el grupo “Frente Obrero” de Aurelio Narvaja y el grupo “Octubre” de Ramos- habían brindadosu apoyo al peronismo. 
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A pesar de ello y manteniendo su independencia teórica, Terzaga funda en 1947 la revista Crisis  Debido a su larga relación con Ramos y a través de éste, Terzaga seliga aún más estrechamente a la militancia de la izquierda nacional y al PSIN (Partido Socialista de la Izquierda Nacional), en la década de 1960 Después del golpe de estado de Juan Carlos Onganía en 1966, este autor comienza a interesarse cada vez más en la época del roquismo ycomienza el extenso trabajo encaminado a la elaboración de una biografía del general tucumano. Además de ser, probablemente, la producción más extensa y específica sobre Roca del revisionismo histórico, el texto tiene además la peculiaridad de adentrarse en la geopolítica, permitida por la visión dialéctica que el materialismo histórico le proporciona a la visión de Terzaga.  Lastimosamente, la obra de Terzaga quedaría inconclusa al fallecer en 1974, al igual que Jauretche, Hernández Arregui y el General. Perón  Terzaga realiza un recuento de las complejas relaciones familiares de Roca, en particular de su línea materna, los Paz. En el mismo, se destaca a Juan Bautista de Paz Concebat yFigueroa, presidente del Cabildo tucumano de 1810 y amigo del caudillo federal Alejandro Heredia, y de sus hijos, Gregorio, general de Rosas y Marcos, quien sufriría una “conversión de Ferrero, federal tucumano a rosista bonaerense” antes de desembocar finalmente en vicepresidente de Mitre. Este recuento es utilizado por Terzaga para argumentar el carácter federal de la familia Paz a la cual se integraría el “unitario” (las comillas son del autor) José Segundo Roca al contraer matrimonio con Agustina Paz. En su narración acerca de la vida del padre del futuro presidente, Terzaga se detiene especialmente en el episodio del desplazamiento del traslado de José Segundo hacia fines de la década de 1830 a la provincia de Buenos Aires. Sobre este punto, el autor rebate la afirmación de Leopoldo Lugones en su Historia de Roca que califica el destino de Roca padre en Buenos Aires como “confinamiento” o “prisión”. Según Terzaga, esto constituye un mito, que sostiene que fue la voluntad del gobernador de Buenos Aires la principal causa de la salida de Roca de Tucumán. Por el contrario, el autor liga la relocalización de Roca padre a Buenos Aires más bien al asesinato de su protector Alejandro Heredia en noviembre de 1838 y presenta el nacimiento de algunos de los hijos de Roca, como Celedonio y Marcos, por esos años como muestra de la falta de rigor impuesto por el supuesto “destierro” (este argumento se vería reforzado por el hecho de que Tucumán pasaría rápidamente a manos del bando liberal opositor a Heredia que acabaría por integrar a la provincia a la alianza antirrosista conocida como la Coalición del Norte en 1840.  En función de ilustrar la relación de José Segundo con Rosas, el autor cita una carta del primero a su cuñado Gregorio Paz de enero de 1843 en la que no solo hace referencia al gobernador como “nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes” sino que además hace muestras de su devoción almismo, afirmando su voluntad de combatir al Gral. Ángel Vicente Peñaloza, al cual se refiere como el “salvaje unitario Chacho”. 
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En la visión del autor, la argentina post-Caseros estaría marcada por el enfrentamiento del interior, federal por naturaleza a pesar militancias ocasionales en el bando “unitario” (comillas del autor), en oposición a la provincia de Buenos Aires que continuaría siendo, en su esencia, unitaria. Los provincianos, en consecuencia,  se alinearían detrás del caudillo entrerriano Justo José de Urquiza, al ver en él la oportunidad de llevar a cabo el postergado programa federal. Eneste esquema, José segundo vería ligados a la Confederación la causa de su provincia y el destino de sus hijos. En base a ello, Terzaga encuentra la explicación del envió de tres de los hijos (entre los que se destaca Julio Argentino) de José Segundo al Colegio de Concepción del Uruguay, en Entre Ríos, donde gobernaba el vencedor de Caseros   El Colegio de Concepción del Uruguay, al concentrar jóvenes de distintos y variados rincones del país bajo un mismo techo y sometiéndolos a una misma formación, habría establecido los cimientos de una incipiente conciencia nacional, contrarrestando los efectos de años de aislamiento provinciano. Según la visión del autor, de entre esta generación de alumnos es que saldría un elenco que, años más tarde, llevaría a cabo la “revancha de Pavón” contra el centralismo porteño. Otro punto destacado de la influencia del Colegio sería el hecho de haber sido un ambiente en el cual los alumnos se familiarizaron con las obras de Alberdi. Otro hecho que Terzaga destaca como prueba del carácter nacional es la exitosa participación que tuvieron algunos alumnos en 1852 como milicias comandadas por el caudillo federal Ricardo López Jordán contra las fuerzas invasivas del correntino Madariaga, al servicio de Buenos Aires. El valor que el autor le adjudica al periodo que el joven Roca pasó en Entre Ríos deriva también de las experiencias a las que pudo acceder el futuro presidente por fuera de los claustros escolares. Terzaga hace especial mención a las guardias que rutinariamente debía realizar en el Palacio San José, la residencia de Urquiza. Difiriendo nuevamente con respecto al relato de Lugones, el autor sitúa el primer encuentro del joven Roca con el indio dentro del contexto de una embajada presidida por Manuel Namuncura, en 1859. En cuanto a la Batalla de Cepeda, el autor no sólo destaca la participación del joven oficial sino que además se detiene en un acontecimiento bibliográficamente obscuro ocurrido en esa contienda: la captura por parte de las fuerzas porteñas del joven Roca. Si bien afirma que ningún autor anterior que haya tratado el tema lo menciona, por otro lado señala la falta de evidencia documental del suceso. La certeza del autor acerca de la veracidad del suceso parte de dos pilares centrales. El primero consiste en la réplica que le haría el oficial uruguayo José Miguel Arredondo en las vísperas de la batalla de Santa Rosa, en el contexto de la así llamada Revolución de l874. El 4 de diciembre de ese año, el entonces coronel Roca le haría llegar a su antiguo jefe una notificación de la rendición de Mitre junto con una exhortación para deponer las armas. Frente a este mensaje, Arredondo contesta “no recibo consejos de un prisionero de Cepeda”. La segunda evidencia presentada se halla en una carta pública de Sarmiento del año1886 en la que recuerda que Roca fue hecho prisionero en la batalla de Pavón, equivocándose, según el autor en el nombre de la batalla pero no en lo “sustancial. En función de reforzar la idea del compromiso partidario del joven Roca, el autor hace especial mención de una sanción disciplinaria impuesta al mismo por Urquiza en marzo de 1860. La impermeabilidad de la conducta del joven oficial frente a este hecho, al que se le suma la posterior prisión de su tío en Córdoba, es presentada por Terzaga como muestra de su “fidelidad federal”, en su accionar posterior en la Batalla de Pavón. La derrota sufrida por la Confederación Argentina tuvo, entre sus muchas repercusiones, la consecuencia de enviar al por entonces teniente Roca a reconstruir su vida en Buenos Aires. Frente a las críticas de diversos autores que ven en esta mudanza de Roca una defección, Terzaga relativiza el accionar del oficial que tantas veces había catalogado como federal. En primer lugar, el autor no interpreta aquellos eventos como los de un oficial abandonando sus filas sino, más bien, el de un observador que, al contemplar la disolución de la Confederación, ve una dirigencia que al claudica y abandona a aquellos individuos que habían luchado y militado por ella. En segundo lugar, señala que el ingreso de Roca a las filas del ejército comandado por Wenceslao Paunero, ocurrido un año después de Pavón, coincide con la asunción de Marcos Paz como vicepresidente de Mitre. Esto ocurría al tiempo que el coronel José Segundo Roca, con un acentuado resentimiento contra Urquiza, retiraba a sus hijos del Colegio de Concepción y se incorporaba al Estado Mayor de Paunero. Esta contextualización de la situación familiar cuando se contempla, además, con los apenas dieciocho años del teniente Roca en el momento, le sirve a Terzaga para relativizar la capacidad de decisión autónoma del joven oficial frente a las disposiciones patriarcales  A pesar de hacer un extenso y detallado retrato de las campañas mitristas contra las montoneras federales en las que participo Roca, el autor hace una importante diferencia entre el por entonces joven oficial tucumano cuyas demostraciones de coraje resalta y las actitudes y costumbres de sus jefes de “cínica extraversión y gusto por la sangre” Terzaga argumenta además que, si bien Roca habría cumplido su papel dentro de la maquinaria militar a la que pertenecía, ésta no podría ni destacarse particularmente ni ser juzgada en sentido político, a diferencia del caso de sus jefes, como Arredondo o Paunero  En cuanto se refiere a la Guerra del Paraguay, el autor hace hincapié en el efecto transformador de esta guerra tanto en los soldados como individuos como en el ejército en tanto un todo. A la vez que Terzaga argumenta en contra de las tesis que ven en el Ejército Argentino una continuidad desde su independencia hasta la contemporaneidad, subraya la heterogeneidad de clase, ideología y procedencia tanto de oficiales como de soldados durante la contienda, la cual resume al emplear la definición de ese ejército como “la expresión “organizada” (comillas del autor) de la disolución de la vieja sociedad argentina”. Si bien la experiencia común y uniformada de la guerra le habría aportado a esa estructura militar cierta dirección común, esta de ninguna manera habría desactivado los conflictos de la sociedad argentina, que en ese entonces incubarían dentro de las propias fuerzas armadas. Este proceso acabaría por expresarse con un ejército que no solo se tornaría en contra de sus antiguos líderes (principalmente Mitre) sino que también, ante la situación de los partidos políticos nacionales, buscaría suplantarlos, convirtiéndose a sí mismo en partido político con sentido nacional. La imposición de Sarmiento como candidato a la presidencia habría sido su debut en el escenario político nacional  En consecuencia, la posterior participación de Roca en la represión de Felipe Varela en el Norte y el Oeste es vista por el autor como la de un oficial actuando desde la plataforma militar de una organización que se estructuraba como nacional por su constitución, sus mandos y sus funciones. De manera similar es entendida la expedición encabezada por Roca contra Ricardo López Jordán, a pesar de ser descripto como “el último gran caudillo gaucho de la Argentina”  Terzaga traza sus orígenes de la Liga de Gobernadores en lo que define como el “no domeñado sentimiento federal” de las provincias en conjunto con algunos trabajos de Urquiza y sus aliados que posteriormente serian retomados por Avellaneda y luego Roca. La tesis de la participación de viejos federales en el roquismo es reforzada por el autor con ejemplos tales como las buenas relaciones que tejió con los Saa de San Luis cuando era todavía coronel, incorporando al hijo del General Juan Saa a su ejército  El autor también intenta relativizar las teorías que le adjudican la exitosa carrera de Roca a los caprichos del azar, al argumentar que desde temprana edad mostraba “gran previsión y buen sentido”, como lo demostraría en su rechazo a la candidatura de Ministro de Guerra en 1874, cuando contaba con 30 años Respecto de la fracasada revolución mitrista del año 1874, el autor critica el tratamiento del suceso en la historiografía argentina, tanto liberal como revisionista, a las cuales acusa de quitarle la importancia que merece. Frente a definiciones como las de Ernesto Palacio que describen los años entre Caseros y 1874 como los de la “Republica liberal y mercantil”, Terzaga ve en el triunfo del Ejército Nacional (y en las sucesivas derrotas mitristas en el ’80 y en el ’90) la prueba de que la corriente nacional representada por el viejo liberalismo habría encontrado un nuevo camino en el cual afianzarse, a pesar de haber sufrido algunas alteraciones determinadas por las nuevas condiciones político-económicas del país  El autor también hace mención a la anécdota de Carlos D’Amico respeto de la batalla de Santa Rosa, citado anteriormente en el texto de Rosa. Sostiene que, aun concediendo que Roca pudo haber dicho que esté empleó sus cañones contra los combatientes mitristas en retirada para aumentar el número de bajas y la importancia de la batalla, esa actitud no condice con lo que se conoce acerca del personaje. Por otro lado, aduce que de haberlo hecho realmente, no lo habría contado y presenta la posibilidad de que Roca haya querido “hacer gala de cinismo” durante la conversación como una explicación a su parecer viable En el tema de la Conquista del Desierto, Terzaga hace una descripción detallada tanto del plan roquista, como el de su rival, el por entonces Ministro de Guerra Adolfo Alsina. En lo referente al plan de Roca, hace referencia a la percepción del mismo de la comandancia de fronteras como sus “Galias”, es decir, como un paso necesario en su carrera antes de cruzar el Rubicon que supondría el salto a la presidencia. La concepción de Roca del problema es presentada como de una coherente acerca de la expansión y la articulación del espacio nacional, diferente de la bonaerense. Asimismo, Roca habría entendido a la cuestión del indio y la del desierto como un mismo problema, distanciándose de la visión de Alsina, que veía en ambas temas opuestos. En cuanto a las tribus en sí, el autor destaca la exportación de ganado robado a Chile como su principal sustento económico. A su vez describe la cultura indígena en un proceso de significante regresión, a causa de dos elementos que en principio habrían visto como salvadores: el uso del caballo y la posesión de ganado vacuno, los cuales los habrían llevado al saqueo y al nomadismo casi permanente. A esto se le sumaria, además del carácter chileno de los propios araucanos, la protección de importantes sectores de la sociedad chilena que, según el autor, habrían organizado malones y comercio clandestino, otorgado protección oficial y provisto armamento. La política de alianzas entre el gobierno chileno y los jefes tribales encontraría su explicación en las pretensiones de expansión oriental del país vecino, demostrada en declaraciones tales como una fechada de 1876 por la cual buscarían llevar su límite hasta la línea del Rio Negro. Los argumentos anteriores son presentados de manera explícita en el texto en función de enfatizar la problemática de la Conquista del Desierto alrededor de cuestiones de soberanía nacional amenazada  Al llevar a cabo la estrategia de conquista, Roca habría dado un viraje a los supuestos geopolíticos de la época, dándole continuidad real al espacio geográfico y suprimiendo una frontera en la que convivían la disolución de la antigua sociedad criolla y tribus nómades agonizantes y volcadas a la mera depredación. A esto se le agrega el hecho de que habría acabado con el juego triangular de Buenos Aires, el Litoral y el Interior que hasta entonces había dominado la política argentina. Esto le habría permitido la convergencia del Ejército Nacional,la juventud política provinciana y un reducido pero decisivo grupo de autonomistas alsinistas porteños convergiesen, en la fuerza inicial al PAN. Finalmente, el autor vuelve a intentar refutar el papel de la buena fortuna en la consagración de Roca como caudillo nacional al afirmar que fueron las condiciones objetivas de la historia nacional las que lograron formar el carácter político y militar de Roca como una simbiosis que adquiriría una dimensión nacional, un carácter superlativo y una graduación refinadamente equilibrada.

sábado, 23 de octubre de 2010

Adolfo Alsina y Leandro Alem

Por René Orsi
Hacia 1868 se reunieron el cálido domingo dos de febrero, cerca de mil quinientos vecinos, convocados por los directivos del Club Libertad y por los editores de La Tribuna, de los hermanos Héctor, Mariano y Rufino Varela. principal medio periodístico, en la época, del partido Autonomista. En tal acto se consagraron los nombres de Domingo F. Sarmiento y Adolfo Alsina, como candidatos a la presidencia y vice de la República. Días más tarde, el Club Argentino, también de filiación alsinista, se pronunció en favor de esa fórmula, que asociaba inteligentemente a un destacado hombre del interior y al más genuino representante del pueblo de Buenos Aires. Un mes después, el estudiante de Derecho Leandro Alem, se apersonó al doctor Alsina, para hacerle saber que había decidido incorporarse orgánicamente al partido Autonomista, y con él un grupo de amigos de la parroquia de Balvanera. El gran caudillo porteño acogió calurosamente la espontánea adhesión del joven héroe de la guerra del Paraguay, pues sabía que, habiéndose alistado en clase de voluntario en uno de los regimientos que accionaría adelante del grueso del ejército, había peleado con denuedo y coraje reconocidos en Estero Bellaco, Tuyutí, Yataytí Corá y Boquerón, hasta que, ya con el grado de capitán, cayó malherido en Curupaytí. A poco andar, Alem fundó un comité de activistas, el Club Igualdad quienes, para fijar la idea principista que los nucleaba, dieron a conocer un manifiesto, a través del cual expresaban “la voluntad incontrastable de defender una hermosísima causa, la causa de la Patria” Al promediar el año 1869, Alem rindió en la Facultad Mayor de Jurisprudencia, de la Universidad de Buenos Aires, la tesis para graduarse de Doctor en Leyes. En las mismas horas, el presidente Sarmiento, por decreto del cinco de junio, lo nombraba Secretario de nuestra Legación en Río de Janeiro. La actuación de Alem en la capital del Imperio se extendió escasamente cuatro meses al ofrecer su renuncia aduciendo razones de salud y urgentes asuntos de familia, “que soy el único que puedo atenderlos”. En la postrimería de 1869 ya estaba de regreso en su tierra pero, al poco tiempo, requerido por el Subsecretario de Relaciones Exteriores, su amigo Norberto Quirno Costa - señalo que la vinculación afectuosa que unía a ambos tenía raíces muy hondas pues este último era sobrino carnal del héroe de Martín García, general Jerónimo Costa, federal neto como el padre de Alem - le pidió que aceptase el cargo de vicecónsul en Asunción del Paraguay, aunque su paso allí también fue breve. Todo hace suponer que Alem no era hombre para estar fuera de la patria. En mayo de 1870 se instaló en Buenos Aires la Convención Constituyente que llevaría a cabo la revisión total del instrumento constitucional que había consagrado a la provincia como un Estado, con el libre ejercicio de su soberanía interior y exterior. Las dos principales divisas políticas, alsinismo y mitrismo, escogieron en todas las secciones electorales a las personalidades más relevantes, siendo tanta la importancia asignada a la asamblea reformadora que los dos conductores partidarios resolvieron intervenir personalmente en la gestación de la nueva carta. Fueron convencionales, pues, Adolfo Alsina, vicepresidente de la república, y Bartolomé Mitre, que dos años antes había dejado la primera magistratura de la nación. Como resultado de los comicios realizados para elegir representantes, el partido Autonomista, que había triunfado fácilmente, obtuvo el doble en cantidad de bancas que las alcanzadas por el mitrismo, debiéndose poner de relieve con palabras de Saldías, que Alsina “con una ecuanimidad digna de un político de alto vuelo, había cavado la fosa en que enterró el pervertido principio del ostracismo y del olvido a que los gobiernos condenaban a sus adversarios, pues se había atraído a las filas del partido autonomista a los hombres principales del partido federal, llevándolos a las bancas legislativas por la fuerza del voto que contaba por entonces”.
El doctor Adolfo Alsina, conductor de una agrupación de definido corte popular - que asentaba su poderío mayoritario en las gentes de los barrios porteños, en los ganaderos de antigua raigambre federal y en el peonaje de la campaña - dio un ejemplo de civismo al llevar como convencionales reformadores, entre otros, a Luis Sáenz Peña, futuro presidente de la república e hijo de uno de los integrantes del alto tribunal de justicia durante los gobiernos de la Confederación hasta Caseros; a Bernardo de Irigoyen, enviado por Rosas como secretario de la legación cerca del gobierno de Chile y elegido después por Urquiza para invitar a los jefes de provincia a suscribir el Acuerdo de San Nicolás; a Lorenzo Torres, antiguo rosista de predicamente y luego hombre de Urquiza; a Adolfo Insiarte, con apellido de larga resonancia federal; a Aristóbulo del Valle, hijo de un coronel de los ejércitos de Rosas, a la sazón diputado nacional, brillante orador y profesor de Derecho Constitucional; a Emilio de Alvear, ex diputado al congreso de Paraná y más tarde ministro del presidente Derquil, a José Tomás Guido, el primer historiador de la vida del coronel Dorrego; a Carlos D*Amico, futuro ministro y enseguida gobernador de Buenos Aires; a Miguel Navarro viola que después escribió una biografía del propio Alsina; a Dardo Rocha, diputado y senador nacional, presidenciable como Bernardo de Irigoyen, progresista gobernador de la provincia y fundador de La Plata; a Octavio Garrigós, diputado naciónal ese mismo año y presidente de la Cámara baja; a Norberto Quirno Costa, más tarde vicepresidente de la república; a Ezequiel N. Paz, que, a poco andar fundaría el diario La Pampa; a Antonio E. Malaver, uno de los más destacados juristas de la época. ministro político, por entonces, del gobierno alsinista de Buenos Aires y profesor más adelante en la cátedra de Procedimientos Judiciales en lo Civil y Comercial; a Vicente Fidel López, el “hermano” del Himno, de tan conocida actuación. como político e historiador y al constitucionalista Luis V. Varela, autor después del Código en lo Contencioso Administrativo. (Acaso Alem no estuvo entre la pléyade de hombres que compusieron la histórica Convención por cuanto en los días de las nominaciones cubría su cargo en el servicio exterior de la nación). Los hombres llevados por Alsina a conformar la asamblea, juntamente con los representantes de la minoría, iniciaron un proceso de modificación institucional en Buenos Aires que se convirtió en la piedra angular de las reformas sustantivas normatizadas en la Constitución de 1873. Alsina (n. 1829) era trece años mayor que Alem (n.1842). Longilíneos ambos, de estatura superior a la normal, aunque no tan altos como Pellegrini. De vigorosa constitución era Alsina y con soltura de movimientos; tenía la tez morena, la cabeza recia, frente despejada, nariz grande, un tanto cyranesca, barba tupida y pelo copioso tirado hacia la nuca; “algo desprolijo en su vestir externo - al decir de Octavio Amadeo -, pero lujoso y pulcro en su ropa blanca”. Alem, como queda dicho, era alto, pero enjuto, y su cabeza, con la cabellera suelta y luenga barba, conferíanle, ya en la madurez, un cierto aire trascendental; sus grandes ojos negros resplandecían de bondad aunque a veces los encendía una furia justa. Como habitualmente, en los avanzados años, vestía de oscuro, con cuidada pulcritud, parecía uno de aquellos gentilhombres pintados por el Greco. A pesar de esa apariencia, no era un solemne al uso; por el contrario, era afable y bromista según el testimonio de Barroetaveña, uno de los seis amigos a quienes convocó a su casa la noche de la muerte; ratificando, además, “que momentos antes de la tragedia nos entretenía con burlas amistosas y familiar conversación”.
Reiterando la tesitura sustentada para la selección de los candidatos a convencionales, Alsina incluyó a Leandro Alem, en 1872, en la nómina de aspirantes a una banca en la Legislatura de Buenos Aires, y, habiendo resultado electo diputado, prestó juramento en abril del mismo año.  Durante su mandato, que expiró en diciembre de 1873, intervino en forma destacada en el recinto y en las comisiones, presentando además varios proyectos de interés general. Refiriéndome a una sola de esas iniciativas, debe saberse que Alem fue el creador de la Cátedra de Procedimientos Judiciales que luego se adicionaría al plan de estudios de la Facultad Mayor de Jurisprudencia, de la Universidad de Buenos Aires (téngase presente que esta alta casa de estudios pertenecía a la provincia de Buenos Aires). La nueva asignatura venía a sustituir a la Academia Teórico-Práctica de Jurisprudencia, nacida en 1814 por decreto del director Posadas.
No pretendo atribuirle a la fundación de esa cátedra de Derecho Procesal una importancia desmesurada; pero tampoco puede entregarse al silencio una propuesta que patentiza la seriedad con que ese legislador, de treinta años de edad, encaraba su vida parlamentaria. El proyecto convirtióse en ley en octubre de 1872.  En marzo de 1873, Alem fue uno de los dirigentes del autonomismo que levantó y sostuvo la candidatura presidencial de Adolfo Alsina. Desde el Electoral que encabezaba, y en coincidencia con los comités conducidos por Carlos Casares y Emilio Conesa se organizó un gran acto de proclamación que se llevó a cabo en el Teatro Variedades, ante la sala repleta. Hablaron Vicente Fidel López, Aristóbulo del Valle, Bernardo de Irigoyen, Carlos Pellegrini y el propio Alem. Aparecían enfrentados Mitre y Alsina. Empero, promediando ese año, la mayoría de los gobernadores de las provincias del interior comenzaron a postular a Nicolás Avellaneda, ministro de Sarmiento, asignándole a la proposición el rimbombante título de candidatura nacional. En medio del clima de agresividad creado por los partidarios de aquellas figuras, efectuaron, el domingo Io de febrero de 1874, los comicios convocados para renovar la mitad de la Cámara de Diputados de la Nación. En la provincia de Buenos Aires (cuyo ámbito territorial comprendía la ciudad capital) ganó el alsinismo, componiendo la nómina vencedora Monseñor Federico León Aneiros, arzobispo de Buenos Aires y los doctores Bernardo de Irigoyen, Ezequiel Pereyra, Leandro Alem, Santiago Alcorta y Carlos Salas.
Frente al resultado electoral producido en las restantes provincias, que al parecer consagrarían más tarde la candidatura de Avellaneda, con excepción de La Rioja y Catamarca donde triunfó el autonomismo, Alsina renunció a la postulación presidencial un mes y medio después, anunciando que el Partido Autonomista sustentaría el nombre del abogado tucumano, dando así el primer paso hacia lo que se conocería como la conciliación.  
Avellaneda fue elegido, pues, primer magistrado de la nación, llevando al ministerio de Guerra al doctor Alsina. A partir de ese instante, y sin embargo de un desacuerdo momentáneo por parte de Rocha, del Valle, Alem y otros opositores a la coalición con el avellanedismo, los autonomistas puros cerraron filas en el partido actuando armónicamente.
Así, el flamente gobernador de Buenos Aires, Carlos Casares, nombró ministro de Gobierno a del Valle. A su vez, Alem desde su banca de diputado nacional, acompañó con la palabra y el voto la histórica gestión de Alsina, interviniendo en los debates importantes en tomo a cuestiones relativas al área militar y a temas presupuestarios o de la legislación general.