Rosas
miércoles, 1 de noviembre de 2023
Los Quesada. 1850-1934
sábado, 26 de junio de 2021
Angel Pacheco según Ernesto Quesada....
Ernesto Quesada
Pacheco era el primer oficial de la confederación, y Rosas lo sabía muy bien: era el único tal vez a quien este mandatario respetaba. Pacheco era, ante todo, un oficial de escuela y de una disciplina férrea; procedía según su conciencia y estaba convencido de que, en esas circunstancias, su deber era sostener la autoridad y la patria; era soldado hasta la médula de los huesos, y de una de esas lealtades rayanas en lo quijotesco; conocedor profundo del país, anatematizó el crimen de los decembristas y la hoguera que encendiera el sacrificio inaudito de Dorrego; Rosas representaba a sus ojos el gobierno legal y constituido, aspiraba a la organización de la nación y veía que los continuos esfuerzos del bando unitario tendían a arruinar al país y que cometían actos de barbarie, fomentando represalias peores a su turno: sobre todo, a sus ojos tenían la mancha indeleble de la traición a la patria, por estar aliados a los franceses en su intervención militar al Río de la Plata y el bloqueo de sus puertos, aceptando su dinero y sus armas para combatir a los gobiernos argentinos existentes. Cuando la campaña de Cuyo, tenía el general Pacheco 49 años : se encontraba en todo el vigor de la edad. Era una figura singularmente severa, de estatura mediana, tieso el cuerpo, erguida la cabeza: siempre irreprochablemente vestido de uniforme, parecía como si éste hubiese sido cosido por el sastre sobre su persona misma, tal era la absoluta corrección y la ideal falta del más mínimo pliegue. Educado en la rígida disciplina de los famosos granaderos a caballo, oficial favorito de San Martín, había cimentado no tengo intervención alguna en las tropas del ejército ni en sus distribuciones, me ha parecido oportuno hacerlo presente a V. E.”.
Pacheco se dió perfecta cuenta de la importancia de su misión. “El general en jefe — le escribía a Rosas — me ha autorizado para obrar con absoluta libertad, atendiendo a la distancia que debe separarnos y a los peligros que corren las comunicaciones ; por primera vez me encuentro en esta campaña en actitud de responder a la confianza con que me honró Y. E.”. Llevaba a sus órdenes jefes prácticos : bastará citar, entre ellos, a Costa, Flores, Lasala, Granada, Rincón, Sosa y otros. En la división predominaba un pronunciado espíritu marcial, y las mismas canciones que se oían en el campamento, así lo demuestran. La marcha del ejército fué verdaderamente heroica. El camino de la provincia de Córdoba a la Rioja lo obligaba a cruzar serranías y esos característicos eriales llamados “travesías”. Era el desierto y los mil peligros de un país montañoso. Si hoy día son allí mismo desconocidas las carreteras, fácil es imaginarse lo que sería entonces, cuando no había caminos, sino senderos casi impracticables, que requerían “rastreadores” para no extraviarse y perecer por la falta absoluta de agua. “La celeridad de mis marchas—dice Pacheco a Rosas — está en razón de seis cuadras por hora, por las dificultades de los desfiladeros montuosos y escabrosos de este país, que es preciso allanar y abrir a hacha con trabajadores, para facilitar el paso a las carretas y artillería”. Y agrega: “Mi caballería, en su mayor parte, va tirando los caballos, habiéndose dado otra dirección por el general Oribe a los 800 caballos gordos con que contaba, de las remesas de Buenos Aires”.
Pacheco no se arredró ante tantos inconvenientes: la intuición de que Oribe deseaba íntimamente su fracaso, le estimuló aun más. Los medios de conducción eran inadecuados, malos e insuficientes los de movilidad, los caminos eran desconocidos y resultaban impracticables por lo fragosos: la “impedimenta” del ejército era grande. En una palabra, la marcha era lentísima y, para un oficial como Pacheco, aquello era cometer una falta militar grave. Se decide entonces a sacrificar todo a la, rapidez de su marcha, pues en acelerar ésta estribaba él la condición fundamental de la victoria: era sensible dejar a la tropa casi sin bagajes, pero las dificultades insuperables del transporte, por carretas de bueyes y arrias de mulas, imposibilitaban resolver el problema de otro modo, sobre todo en regiones que carecían en absoluto de caminos y, aun, de simples senderos... Esa actitud de Pacheco era diametralmente opuesta a la de Lamadrid en esos mismos días y, contra su costumbre, mientras Pacheco aligeraba su marcha, abandonando sin titubear lo pesado y llevando sólo lo indispensable, Lamadrid marchaba con una lentitud increíble, arreando a toda la población por delante y sin querer abandonar la carretas, los bagajes y mil cosas inútiles. El error de Lamadrid era evidente.
Aldao y Benavides, cerrando el paso de San Juan y Mendoza, al frente del ejército combinado de Cuyo ; Lagos y Maza, con una división, impedían el regreso por Catamarca y, por lo tanto, la salida al norte; Pacheco avanzaba a su encuentro en plena Rioja
viernes, 14 de mayo de 2021
Semblanza de Lamadrid por uno de los "Padres del Revisionismo"
Por Ernesto Quesada
La entrevista de Catamarca es el punto culminante de la cruzada unitaria de 1841. La estrella de Lavalle se undía ya en el ocaso: su brillo iba apagándose, se acercaba la hora fatídica de Jujuy. Lamadrid, por el contrario, se agiganta, llena el escenario, asombra a sus enemigos, y juega con el general Pacheco aquella terrible partida de ajedrez que terminó con el jaque mate de Rodeo del Medio. Estaba entonces Lamadrid en su apogeo. Su nombre, que había tenido eco mágico en la historia de la revolución argentina, durante la épica lucha de la independencia, resonaba ahora en todos los ámbitos de la república como la trompa de Rolando en Roncesvalles, agigantando su figura en medio de aquella cruenta y apasionada guerra civil. Era Lamadrid una figura legendaria, y sus proezas de valor fabuloso durante las campañas del Alto Perú, como sus combates durante el período de las convulsiones internas, le habían conquistado con justicia la fama de un héroe. No puede decirse de él que fuera político de alcances, ni militar genial; era sólo un Murat criollo, hombre que jamás conoció el miedo, soldado de un arrojo fantástico, guerrillero incomparable, con su cuerpo acribillado de heridas y con su ánimo siempre fogoso, que lo lanzaba ciegamente al entrevero de un combate, sin calcular el número de sus enemigos y sin acordarse de las fuerzas que mandaba. Había nacido para la batalla, y sólo estaba en su elemento cuando peleaba cuerpo a cuerpo, como los semidioses mitológicos. Parecía un rezago de la edad media, un retoño de aquellos famosos varones del “reinado del puño”, que fiaban todo a su brazo y a su audacia; nada calculaba, ni jamás preveía la posibilidad de ser vencido: hasta se asombraba ingenuamente de no resultar siempre vencedor; nada le arredraba, todo le parecía fácil, mientras blandiera una lanza y tuviera a su frente un adversario. En la batalla se transfiguraba: se olvidaba del mando, sólo veía la pelea, y se lanzaba bravio a derribar con su espada de sublime Quijote a los que osaban resistirle; mientras fué un simple oficial, nadie igualó sus méritos ni sobrepasó sus hazañas: era la encarnación misma del denuedo y del coraje; apenas tuvo mando, sus desaciertos fueron sin cuento, porque provenían de sus cualidades mismas: había nacido para combatir, no para dirigir. Cuando el andar del tiempo haya borrado el recuerdo de sus errores, su figura se agigantará y será, sin duda, el héroe por excelencia de las tradiciones populares, el paladín guerrero de una epopeya homérica, cuyas acciones parecerán increíbles, más exageradas todavía que las que puede inventar la exaltada fantasía de las leyendas nacionales ; ninguno de nuestros guerreros puede comparársele, de ese punto de vista; ninguno le disputará el primer puesto en la fama; las generaciones venideras lo aclamarán como el prototipo del valor argentino. Indomable era su energía, y su coraje no conoció límites: los años no hicieron mella en él; soldado a la edad en que los niños están aun en el regazo materno, era siempre el mismo soldado cuando el peso de los años pudo solo disputarle a la vida, entregando a la muerte un cráneo tan cubierto de cicatrices que pasará a la historia como un fenómeno singular. No había tenido escuela, ni sabía de la táctica sino lo que su larga experiencia le impedía ignorar: verdad es que no desconocía la eficacia de la artillería ni el poder de la infantería, pero para él el arma favorita era la lanza, y se arrojaba al frente de sus falanges históricas, arrollando todo a su paso, levantando con las picas a los infantes, clavando de a caballo los cañones y penetrando en los cuadros enemigos como el huracán impetuoso, que hiende y destroza los tupidos cañaverales: el paso de sus lanzas lo marcaba el tendal de cadáveres y la nube de los fugitivos. Y abandonado a la carrera desenfrenada de los potros de la pampa, atravesaba las líneas enemigas, volvía y revolvía sus escuadrones sobre los batallones más o menos disciplinados del contrario, y pasaba por sobre el campo de batalla como un Atila moderno, no dejando crecer pasto donde pisaban los cascos de sus corceles. Su fisonomía misma era característica: nervioso hasta el extremo, ágil y vigoroso, poseía un físico de acero que desafiaba las fatigas y las privaciones: centauro incomparable, fatigaba a los gauchos más sufridos con sus marchas rápidas como el rayo, para sorprender al enemigo, que miraba sus apariciones temibles como un azote del cielo.
El general Oribe se dio perfecta cuenta dé la extraordinaria gravedad de la situación. Pero ambicionada medirse con Lavalle, y perseguir a Lamadrid habría sido abandonar a aquél. Escogió entonces el mejor de sus jefes, y envió á Cuyo al general Pacheco. El “presidente” Oribe nunca miró con buenos ojos al general Pacheco; los laureles que éste le arrebatara en el Quebracho Herrado, decidiendo la batalla con su caballería, lo llevaron a Oribe a incomodar a Pacheco con hostilidades míseras que lo indujeron a éste a renunciar a su mando (67). Pero Rosas no podía tolerar semejante cosa, y fué necesario someterse a las exigencias de la situación y soportar en silencio los efectos de la malevolencia y de la encubierta envidia del “presidente” Oribe. Porque Pacheco era el primer oficial de la confederación, y Rosas lo sabía muy bien: era el único tal vez a quien este mandatario respetaba.
