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miércoles, 1 de noviembre de 2023

Los Quesada. 1850-1934

Por  Pablo buchbinder

Vicente y Ernesto Quesada. Padre e hijo formaron parte de la vida política y cultural de la Argentina desde mediados del siglo XIX hasta comienzos del XX. El padre fue político y diplomático, dirigió la Biblioteca Pública, fue ministro de Gobierno de la provincia de Buenos Aires y ocupó cargos en las Embajadas de Brasil y de Estados Unidos.
El hijo, Ernesto, fue juez, profesor universitario e historiador. El libro Los Quesada. Letra, ciencias y política en la Argentina, 1850-1934 aborda la vida de estos dos protagonistas de nuestra historia analizando las discusiones políticas de su tiempo, la vida social, la política internacional, etc. Quesada se convertiría en uno de los pioneros en la reivindicación y rehabilitación de Juan Manuel de Rosas a contrapelo de la corriente historiográfica de su época y se ocupó también de las críticas al papel político que la enseñanza de la historia cumplía en el proceso de construcción de la identidad nacional en los diferentes estados europeos.  La historia fue, sin duda alguna, uno de los ejes de las preocupaciones intelectuales de Ernesto Quesada. A lo largo de su vida publicó un número importante de trabajos de carácter histórico, los más significativos aparecieron durante la década de 1890.  En 1893 se editó, con formato de libro, La decapitación de Acha. Un año después publicó un trabajo sobre la batalla de Ituzaingó.  Una síntesis y recopilación de esos trabajos fue publicada bajo el título de La época de Rosas en 1898. Esta constituye, probablemente, su obra más importante. Ernesto había conocido personalmente al antiguo gobernador de la Provincia de Buenos Aires ya que durante el viaje llevado a cabo con su padre entre 1873 y 1875 ambos lo habían visitado en su residencia de exilio en Southampton. Una síntesis de esa entrevista publicó Ernesto cuando su libro fue reeditado 25 años después de su primera aparición. Es probable que no imaginara siquiera, el Quesada adolescente entonces, que iba a ser considerado, muchos años más tarde, como uno de los pioneros en el proceso de reivindicación y rehabilitación de la figura del caudillo. Tampoco era raro que existiesen vínculos personales o emocionales entre quienes escribían las primeras interpretaciones del pasado argentino y los actores en los que centraban sus obras. La temática central de esta historiografía era el período de la revolución y las guerras de la independencia. Los autores de estas obras eran, a menudo, familiares directos de quienes habían protagonizado los sucesos sobre los cuales escribían. Algunos de ellos fueron también, el caso paradigmático es por supuesto el de Mitre, protagonistas centrales de la política de su tiempo. Una parte importante de estos trabajos, sobre todo los que se aventuraron más allá del período de las guerras de la independencia y afrontaron el de las luchas civiles, estaban teñidos por una clara pasión de facción o partido. Era común también que los historiadores utilizasen archivos privados, a veces heredados, a veces cedidos por familiares y hasta en algunos casos por los mismos protagonistas de los sucesos estudiados. La historia se pensaba y escribía en el marco de una serie de círculos de notables nucleados en espacios por lo general inorgánicos e informales y fuera de las instituciones públicas que permanecían todavía en un nivel incipiente y rudimentario de organización, a pesar de los esfuerzos, protagonizados incluso por los mismos Quesada, por revertir esta situación. A partir de 1900, al iniciar una nuevo ciclo, La Biblioteca asumió como un objetivo central la publicación de documentos históricos, tarea que procuraba realizar siguiendo estrictamente las pautas del método crítico. Pero la aplicación de esta última exigía que los documentos fuesen libremente consultados y examinados y para esto debían concentrarse en repositorios públicos. Por eso reclamaba a los historiadores rioplatenses que, siguiendo el ejemplo de Mitre, cediesen sus archivos privados al ámbito público. 
Por su edad, Ernesto no vivió las complejas experiencias de mediados de siglo en carne propia. Pero es indudable que su matrimonio con Eleonora Pacheco influyó de manera decisiva en el desarrollo de su obra y en sus intereses como historiador. Eleonora era nieta de Ángel Pacheco, el principal general de los ejércitos rosistas y su archivo personal estaba en manos de su familia conformando uno de los más importantes repositorios documentales privados de aquella época. El primer interés por la historia en Quesada articulaba en forma estrecha entonces, la defensa de la memoria familiar y el acceso privilegiado a documentación privada con el ejercicio de la disciplina de acuerdo a las reglas que tendían a convertirla en una práctica científica y académica.  

sábado, 26 de junio de 2021

Angel Pacheco según Ernesto Quesada....

 Ernesto Quesada

Pacheco era el primer oficial de la confederación, y Rosas lo sabía muy bien: era el único tal vez a quien este manda­tario respetaba.  Pacheco era, ante todo, un oficial de escuela y de una dis­ciplina férrea; procedía según su conciencia y estaba convencido de que, en esas circunstancias, su deber era sostener la autoridad y la patria; era soldado hasta la médula de los huesos, y de una de esas lealtades rayanas en lo quijotesco; conocedor pro­fundo del país, anatematizó el crimen de los decembristas y la hoguera que encendiera el sacrificio inaudito de Dorrego; Rosas representaba a sus ojos el gobierno legal y constituido, aspiraba a la organización de la nación y veía que los continuos esfuerzos del bando unitario tendían a arruinar al país y que cometían actos de barbarie, fomentando represalias peores a su turno: sobre todo, a sus ojos tenían la mancha indeleble de la traición a la patria, por estar aliados a los franceses en su intervención militar al Río de la Plata y el bloqueo de sus puertos, aceptando su dinero y sus armas para combatir a los gobiernos argentinos existentes. Cuando la campaña de Cuyo, tenía el general Pacheco 49 años : se encontraba en todo el vigor de la edad. Era una figura singu­larmente severa, de estatura mediana, tieso el cuerpo, erguida la cabeza: siempre irreprochablemente vestido de uniforme, parecía como si éste hubiese sido cosido por el sastre sobre su persona mis­ma, tal era la absoluta corrección y la ideal falta del más mínimo pliegue. Educado en la rígida disciplina de los famosos grana­deros a caballo, oficial favorito de San Martín, había cimentado no tengo intervención alguna en las tropas del ejército ni en sus distri­buciones, me ha parecido oportuno hacerlo presente a V. E.”.  

Luchó en cien combates, en el Alto Perú, en Chile, en la inmortal jornada de Ituzaingó, en las márgenes del Río Negro, su pasión ferviente, dominante, absoluta, por la carrera militar; era la antítesis del caudillo y del jefe de milicianos: jamás habría descendido a la triste condición del desgraciado Lavalle, quien, habiendo sido un brillante oficial de línea, cometió el lastimoso' error de transformarse en cabecilla de montoneras de ciudadanos, como se lo reprocha con una amargura singular aquel severo general Paz, que presenta tantas analogías con el general Pacheco, por su acendrado amor a la carrera militar y por su austero culto por la disciplina. Pacheco con nadie ni por nada transigía en ese punto delicado: toda su vida, en los campamentos como en su retiro privado, se conservó cuadrado, de una pieza, como digno discípulo del gran capitán argentino. “Fué clarísimo e infatiga­ble en formar y mantener todas las clases del ejército fieles y es­crupulosas observadoras de las ordenanzas, castigando inflexible­mente toda contravención, sin que entibiasen su celo jamás ni la amistad, ni los respetos humanos, ni los demás secretos que debilitan la justicia, menos recta e imparcial que la suya. Este era el loable objeto de su vigilancia, de sus afanes y desvelos, y en virtud de él se le vió siempre incansable en el bufete, expi­diendo las órdenes concernientes, las más veces de su propio puño, para dar a los negocios el mayor impulso; corría como el relámpago a toda hora por los cuarteles, por el campo de ins­trucción, por los hospitales, por los laboratorios y por las demás oficinas del ejército, hasta mirar por sus ojos el rancho y comida de los soldados; en una palabra, trató y consiguió con su ejemplo y doctrina formar de todo su ejército un modelo de subordi­nación, disciplina militar, honor, valor y amor al orden, que le eternizarán en la memoria de los pueblos respeto y gratitud”  De una educación esmerada, era cultísimo en su trato, y es pro­verbial su galantería para con las damas: siendo conocido su profundo respeto por la mujer en general, calidad no muy común en aquellas épocas de campañas continuadas. Hombre de mundo en toda la acepción de la palabra, tenía el raro dón de que todos se sintieran bien con él, desde el más humilde hasta el más enco­petado personaje. Con Rosas, en sus mocedades, había estrechado una íntima y cordialísima amistad, tuteándose recíprocamente; pero así que Rosas subió al poder, Pacheco jamás volvió a tu­tearlo, ni en su correspondencia ni en su trato, y siempre lo lla­maba “señor gobernador”; era en esto de una exigencia tiránica — exageraba el respeto de los demás, para tener el derecho de ser a su vez respetado, — lo que explica el raro fenómeno de que, durante la época de Rosas, la personalidad de Pacheco haya sido quizá la única que no fuera manoseada. Tenía el general Pacheco una fisonomía simpática, si bien severa; jamás empleaba circun­loquios, iba recto a su objeto, mandaba para ser obedecido sin réplica y al instante, pero su espíritu era abierto y su corazón noble; Esclavo de su deber, entendió que no debía escusar sus servicios al gobierno de la patria; fué casi el único oficial superior de la independencia que puso en la balanza de las luchas civiles su espada, su lealtad y su saber, del lado de la confederación.  Siendo siempre el soldado caballe­resco y honrado como lo fuera en los tiempos de la independencia, a cuyos grandes y gloriosos recuerdos asoció su nombre. Esa es la característica de Pacheco; de ahí que fuera respetado por adversarios y correligionarios.  .. .Tal era el adversario con quien iba a medirse Lamadrid, y de cuyo encuentro dependía la suerte de la confederación, deci­diendo finalmente si nuestro país sería unitario o federal.

Pacheco se dió perfecta cuenta de la importancia de su mi­sión. “El general en jefe — le escribía a Rosas — me ha auto­rizado para obrar con absoluta libertad, atendiendo a la distancia que debe separarnos y a los peligros que corren las comunica­ciones ; por primera vez me encuentro en esta campaña en actitud de responder a la confianza con que me honró Y. E.”.  Llevaba a sus órdenes jefes prácticos : bastará citar, entre ellos, a Costa, Flores, Lasala, Granada, Rincón, Sosa y otros. En la división predominaba un pronunciado espíritu marcial, y las mismas canciones que se oían en el campamento, así lo demues­tran. La marcha del ejército fué verdaderamente heroica.  El camino de la provincia de Córdoba a la Rioja lo obligaba a cruzar serranías y esos característicos eriales llamados “tra­vesías”. Era el desierto y los mil peligros de un país montañoso. Si hoy día son allí mismo desconocidas las carreteras, fácil es imaginarse lo que sería entonces, cuando no había caminos, sino senderos casi impracticables, que requerían “rastreadores” para no extraviarse y perecer por la falta absoluta de agua. “La celeridad de mis marchas—dice Pacheco a Rosas — está en razón de seis cuadras por hora, por las dificultades de los des­filaderos montuosos y escabrosos de este país, que es preciso allanar y abrir a hacha con trabajadores, para facilitar el paso a las carretas y artillería”. Y agrega: “Mi caballería, en su ma­yor parte, va tirando los caballos, habiéndose dado otra dirección por el general Oribe a los 800 caballos gordos con que contaba, de las remesas de Buenos Aires”.

Pacheco no se arredró ante tantos inconvenientes: la intui­ción de que Oribe deseaba íntimamente su fracaso, le estimuló aun más. Los medios de conducción eran inadecuados, malos e insuficientes los de movilidad, los caminos eran desconocidos y resultaban impracticables por lo fragosos: la “impedimenta” del ejército era grande. En una palabra, la marcha era lentí­sima y, para un oficial como Pacheco, aquello era cometer una falta militar grave. Se decide entonces a sacrificar todo a la, rapidez de su marcha, pues en acelerar ésta estribaba él la condición fundamental de la victoria: era sensible dejar a la tropa casi sin bagajes, pero las dificultades insuperables del transporte, por carretas de bueyes y arrias de mulas, imposibilitaban resol­ver el problema de otro modo, sobre todo en regiones que carecían en absoluto de caminos y, aun, de simples senderos... Esa actitud de Pacheco era diametralmente opuesta a la de Lamadrid en esos mismos días y, contra su costumbre, mientras Pacheco aligeraba su marcha, abandonando sin titubear lo pesado y llevando sólo lo indispensable, Lamadrid marchaba con una lentitud increíble, arreando a toda la población por de­lante y sin querer abandonar la carretas, los bagajes y mil cosas inútiles. El error de Lamadrid era evidente.

Aldao y Benavides, cerrando el paso de San Juan y Mendoza, al frente del ejército combinado de Cuyo ; Lagos y Maza, con una división, impedían el regreso por Catamarca y, por lo tanto, la salida al norte; Pacheco avanzaba a su encuentro en plena Rioja 

viernes, 14 de mayo de 2021

Semblanza de Lamadrid por uno de los "Padres del Revisionismo"

Por Ernesto Quesada

La entrevista de Catamarca es el punto culminante de la cruzada unitaria de 1841. La estrella de Lavalle se undía ya en el ocaso: su brillo iba apagándose, se acercaba la hora fatídica de Jujuy. Lamadrid, por el contrario, se agiganta, llena el escenario, asombra a sus enemigos, y juega con el general Pacheco aquella terrible partida de ajedrez que terminó con el jaque mate de Rodeo del Medio.  Estaba entonces Lamadrid en su apogeo. Su nombre, que había tenido eco mágico en la historia de la revolución argentina, durante la épica lucha de la independencia, resonaba ahora en todos los ámbitos de la república como la trompa de Rolando en Roncesvalles, agigantando su figura en medio de aquella cruen­ta y apasionada guerra civil. Era Lamadrid una figura legenda­ria, y sus proezas de valor fabuloso durante las campañas del Alto Perú, como sus combates durante el período de las convul­siones internas, le habían conquistado con justicia la fama de un héroe. No puede decirse de él que fuera político de alcances, ni militar genial; era sólo un Murat criollo, hombre que jamás conoció el miedo, soldado de un arrojo fantástico, guerrillero incomparable, con su cuerpo acribillado de heridas y con su ánimo siempre fogoso, que lo lanzaba ciegamente al entrevero de un combate, sin calcular el número de sus enemigos y sin acordarse de las fuerzas que mandaba. Había nacido para la batalla, y sólo estaba en su elemento cuando peleaba cuerpo a cuerpo, como los semidioses mitológicos. Parecía un rezago de la edad media, un retoño de aquellos famosos varones del “reinado del puño”, que fiaban todo a su brazo y a su audacia; nada calculaba, ni jamás preveía la posibilidad de ser vencido: hasta se asombraba inge­nuamente de no resultar siempre vencedor; nada le arredraba, todo le parecía fácil, mientras blandiera una lanza y tuviera a su frente un adversario. En la batalla se transfiguraba: se olvidaba del mando, sólo veía la pelea, y se lanzaba bravio a derribar con su espada de sublime Quijote a los que osaban resistirle; mien­tras fué un simple oficial, nadie igualó sus méritos ni sobrepasó sus hazañas: era la encarnación misma del denuedo y del coraje; apenas tuvo mando, sus desaciertos fueron sin cuento, porque provenían de sus cualidades mismas: había nacido para combatir, no para dirigir. Cuando el andar del tiempo haya borrado el recuerdo de sus errores, su figura se agigantará y será, sin duda, el héroe por excelencia de las tradiciones populares, el paladín guerrero de una epopeya homérica, cuyas acciones parecerán in­creíbles, más exageradas todavía que las que puede inventar la exaltada fantasía de las leyendas nacionales ; ninguno de nues­tros guerreros puede comparársele, de ese punto de vista; ningu­no le disputará el primer puesto en la fama; las generaciones venideras lo aclamarán como el prototipo del valor argentino. Indomable era su energía, y su coraje no conoció límites: los años no hicieron mella en él; soldado a la edad en que los niños están aun en el regazo materno, era siempre el mismo soldado cuando el peso de los años pudo solo disputarle a la vida, entre­gando a la muerte un cráneo tan cubierto de cicatrices que pasará a la historia como un fenómeno singular. No había tenido escuela, ni sabía de la táctica sino lo que su larga experiencia le impedía ignorar: verdad es que no desconocía la eficacia de la artillería ni el poder de la infantería, pero para él el arma favorita era la lanza, y se arrojaba al frente de sus falanges históricas, arro­llando todo a su paso, levantando con las picas a los infantes, clavando de a caballo los cañones y penetrando en los cuadros enemigos como el huracán impetuoso, que hiende y destroza los tupidos cañaverales: el paso de sus lanzas lo marcaba el tendal de cadáveres y la nube de los fugitivos. Y abandonado a la carrera desenfrenada de los potros de la pampa, atravesaba las líneas enemigas, volvía y revolvía sus escuadrones sobre los ba­tallones más o menos disciplinados del contrario, y pasaba por sobre el campo de batalla como un Atila moderno, no dejando crecer pasto donde pisaban los cascos de sus corceles. Su fisono­mía misma era característica: nervioso hasta el extremo, ágil y vigoroso, poseía un físico de acero que desafiaba las fatigas y las privaciones: centauro incomparable, fatigaba a los gauchos más sufridos con sus marchas rápidas como el rayo, para sor­prender al enemigo, que miraba sus apariciones temibles como un azote del cielo. 

En los momentos en que dejaba a Catamarea para inter­narse en la Rio ja y emprender la ruidosa y última campaña de Cuyo,, era sin duda el mismo Lamadrid de la acción incomparable de Tambo Nuevo, pero quizá no era el Lamadrid que pasará a la leyenda, que ha de amar representárselo joven, fogoso, vi­brante, arremetiendo con un puñado de hombres á ejércitos en­teros — y saliendo victorioso. Se comprende, pues, sin esfuerzo que, al conocer el avance de Lamadrid, Aldao se sobrecogiera de temor y enviara a Oribe carta tras carta, solicitando ayuda, rogándole viniera él mismo y se lanzara a retaguardia del invasor 

El general Oribe se dio perfecta cuenta dé la extraordinaria gravedad de la situación. Pero ambicionada medirse con Lavalle, y perseguir a Lamadrid habría sido abandonar a aquél. Escogió entonces el mejor de sus jefes, y envió á Cuyo al general Pacheco.  El “presidente” Oribe nunca miró con buenos ojos al gene­ral Pacheco; los laureles que éste le arrebatara en el Quebracho Herrado, decidiendo la batalla con su caballería, lo llevaron a Oribe a incomodar a Pacheco con hostilidades míseras que lo indujeron a éste a renunciar a su mando (67). Pero Rosas no podía tolerar semejante cosa, y fué necesario someterse a las exigencias de la situación y soportar en silencio los efectos de la malevolencia y de la encubierta envidia del “presidente” Oribe. Porque Pacheco era el primer oficial de la confederación, y Rosas lo sabía muy bien: era el único tal vez a quien este manda­tario respetaba.

sábado, 15 de septiembre de 2018

ERNESTO QUESADA (1858-1934)

Por José Luis Muñoz Azpiri (H)
El 1° de junio de 1858, hace ya 160 años, nacía en Buenos Aires, Ernesto Ángel Quesada –conocido como Ernesto Quesada– hijo del escritor y diplomático Vicente Gaspar Quesada, de quien recibió notable influencia en su amplia y rica formación intelectual, convirtiéndose así en uno de los más brillantes intelectuales de su época, la llamada generación del 80.  En 1872, su padre por entonces Director de la Biblioteca Pública de Buenos Aires –antecesora de la Biblioteca Nacional– pidió licencia a fin de poder viajar a Europa con su hijo para ocuparse de su educación.
En este primer viaje al viejo continente, en los años 1873 y 1874, Ernesto estudió en un instituto en Sajonia, regresando a Buenos Aires en 1875 donde continuó su formación en el Colegio Nacional de Buenos Aires, recibiéndose de Bachiller.  En los años siguientes fue ayudante de bibliotecario en la biblioteca del cual su padre era director y participó en círculos literarios. Siendo muy joven, en 1878 escribió su primer libro “La sociedad romana en el primer siglo de nuestra era” y en ese año ingresó en la Facultad de Humanidades y Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires.
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Al año siguiente, suspendió sus estudios y volvió a Europa donde ingresó en las prestigiosas universidades de Leipzig, Berlín y París y a su regreso, continuó sus estudios en la Universidad de Buenos Aires, graduándose de abogado en 1882, con una tesis sobre el Régimen de Quiebras.
Al año siguiente se casó con Eleonora Pacheco Bunge, nieta del general Ángel Pacheco.
Fue una persona de una vasta cultura habiendo escrito más de 600 libros, artículos, novelas, publicaciones periodísticas, que versan sobre distintos temas: sociales, políticos, jurídicos, históricos, entre otros.
Fue abogado, Juez y Fiscal de la Cámara de Apelaciones de la Capital. En 1880 fue designado profesor de Literatura extranjera en el Colegio Nacional de Buenos Aires, donde dictó clases durante cuatro años.
Se desempeñó como profesor de Economía Política de la Universidad de la Plata, además de ser el iniciador de los cursos de la primera cátedra de sociología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, por lo que se lo considera como principal promotor y primer titular, siendo gran defensor de esta disciplina como ciencia autónoma, también fue presidente de la Academia de Filosofía y Letras; en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires fue profesor de Legislación y Tratados Internacionales, llegando a ser Decano e integrante del cuerpo Académico.
Fue cofundador de la Academia Argentina de la Lengua y miembro Correspondiente de la Real Academia Española.
Integró asimismo diversas Instituciones y Academias de historia, lengua, jurídicas, de España, Chile, Brasil, Uruguay, Estados Unidos, Alemania.
También se desempeñó en la diplomacia en diversos cargos y destinos. Se destacó también como viajero incansable.
Fue intendente en el Partido de General Sarmiento.
En España recibió la Orden de Isabel la Católica, como así también distinciones en otros países.
Intervino en diversos Congresos que se desarrollaron en diversos países.
Desengañado, por la poca consideración que se le tenía en su propio país, decidió retirarse a Europa con su segunda esposa, una periodista y escritora alemana, radicándose en Suiza en 1928 o 1929, donde falleció el 7 de febrero de 1934.
Llegó a poseer una biblioteca de más de 60.000 volúmenes propios y heredados de su padre y cerca de 18.000 manuscritos. Después de ofrecer tan valioso material a la Universidad de Buenos Aires para que tomara a su cargo la “Biblioteca y el Museo Quesada” y no encontrando en las autoridades de nuestro país un real interés en todo ese rico material, decidió donarlo a la Universidad de Berlín, la que creó en 1930 el “Ibero-Amerikanische Institut”, para contener tan importante acervo cultural. Parte de esa colección se perdió durante la segunda guerra mundial.
Una revista muy importante de aquella época “Caras y Caretas”, en su edición N° 1846 del 17 de febrero de 1834, así recordaba a Ernesto Quesada, con motivo de su fallecimiento ocurrido pocos días antes:
“Ha muerto el doctor Ernesto Quesada, una vida dedicada por entero a la pluma, al libro y a la cátedra. Hijo de don Vicente Quesada, heredó de su progenitor su amor por las letras y, después de la obtención del título de doctor en derecho y ciencias sociales, preocupóse en acrecentar el material de cultura que había recibido con orgullo de bibliófilo…Entre nosotros su figura era bien conocida en los círculos universitarios e intelectuales, por su actividad incansable, y en las aulas estudiantiles y en los salones de conferencias, los más variados auditorios supieron estimar su erudición, su tenacidad laboriosa y su sentido crítico. Su biblioteca, que donara hace algunos años a Alemania, era la más rica de las particulares del país y la prueba más elocuente de su personalidad de estudioso y de escritor infatigable”.
Quesada y la historia
En su primer viaje a Europa, los Quesada tuvieron la oportunidad de visitar en su chacra en Swathling, cerca de Southampton a Juan Manuel de Rosas en febrero de 1873 y tambiéna la hija de José de San Martín, radicada en París.
En esa visita al exiliado exgobernante argentino, el joven Quesada contaba solo con 14 años y presenció la conversación que su padre mantuvo con el “tirano” Rosas, tomando apuntes sobre lo hablado, que años más tarde le permitió reconstruir todo lo allí dialogado y las interesantes opiniones de Rosas, sobre su persona y su actuación al frente de su gobierno (ER N° 44). Los Quesada provenían de familia unitaria, no obstante y por encontrarse cerca de donde residía Rosas decidieron visitarlo, aclarando también que éste en su exilio, recibía a todos aquellos que quisieran conocerlo, no haciendo distinción por su pertenencia política.
Años después, fallecido Rosas en el exilio el 14 de marzo de 1877, sus familiares anoticiados de ese deceso, quisieron hacerle un funeral en su memoria en Buenos Aires, el que fue prohibido por las autoridades de la ciudad, suscribiendo Vicente G. Quesada como ministro de gobierno, el decreto respectivo.
Diez años después de haber presenciado la charla entre Rosas y su padre, su casamiento en 1883 con la nieta del general Ángel Pacheco, personaje éste importantísimo en la historia, ya que fue oficial del ejército sanmartiniano y uno de los principales generales de la Confederación Argentina, le permitió a Quesada acceder a los archivos historiográficos atesorados por esa familia, que incluían no solo todo lo referente al ámbito familiar y al General Pacheco en lo que hacía a su actuación como militar, sino también los archivos de Juan Lavalle y Gregorio Aráoz de Lamadrid, que se les habían tomado a estos generales unitarios después de ser vencidos en las batallas de Quebracho Herrado y Rodeo del Medio respectivamente.
Aquella charla que había presenciado en su juventud y la documentación que llegó a sus manos a través de su esposa años después, evidentemente influyeron en el pensamiento de Ernesto Quesada, diferenciándose del que su padre tenía sobre el exgobernante porteño. El estudio de esa documentación fehaciente, le permitió tener una visión más objetiva de la historia pasada.
Así en el año 1898, publicó su libro “La época de Rosas: su verdadero carácter histórico”, que es considerada su obra más importante y reconocida como tal. Fue un libro revolucionario y también transgresor para la época. En ese momento era difícil defender y justificar la actuación y el gobierno de Rosas, pues era ir contra la corriente, por lo que se necesitaba mucha valentía y convicción para defender esa posición. Por ello, es considerado como uno de los padres de la corriente revisionista en la historia argentina y muchos intelectuales de aquella época lo consideraron un historiador “federal”.
Su obra, producto de una tarea patriótica y de honestidad intelectual, tiene bases sólidas, sin embargo en su tiempo fue ignorado y dejado de lado por “rosista”. En ella hizo un estudio de éste hombre público, del medio y de la época en la que le tocó gobernar, comparándola y haciendo un paralelo con la del rey francés Luis XI –artífice de la unidad de Francia y del fortalecimiento de la corona– y de Felipe II de España.
Para Quesada, la época y la sociedad lo hicieron a Rosas y también lo explicaron. Así, Rosas es el producto de la sociedad y de una época. El libro como años antes había sucedido con la obra publicada por Adolfo Saldías “Historia de Rozas y su época“, hirió la sensibilidad de gran parte por no decir la casi totalidad de la intelectualidad de aquél entonces que seguía considerando a Rosas como un tirano y opresor.
Retrato literario de Rosas.
Del Rosas octogenario tenemos también una breve descripción, escrita por Ernesto Quesada, quien, junto con su padre Vicente G. Quesada, visitó al desterrado en febrero de 1873. Tenía Ernesto apenas catorce años de edad y conservó de la entrevista un apunte juvenil que dio a conocer medio siglo después de conocer a Rosas.
"Rosas residía todo el año - escribe - en su chacra, que tenia una treintena de cuadras y en la que cuidaba animales, viviendo del producto de la modesta explotación granjera; su casa se componía de unos ranchos criollos grandes, con su alero típico; y el aspecto de todo era el de una pequeña estancia argentina."
Viene luego el recuerdo del personaje:
"La única criada inglesa que le atendía nos introdujo a una pieza donde tenía estantes atiborrados de papeles y una mesa grande; allí acostumbraba a trabajar después de recorrer la chacra a caballo.
Era entonces aquel octogenario un hombre todavía hermoso y de aspecto imponente; cultísimo en sus maneras; el ambiente modesto de la casa en nada amenguaba su aire de gran señor, heredado de sus mayores. La conversación fue animada e interesantísima, y, como era de esperar, concluyó por referirse a su largo gobierno”.
Ernesto Quesada redactó sus apuntes al regreso al hotel de Southampton, a pedido de su padre...
Rosas y el cuadernito de la Constitucion
Tanto en su época como posteriormente, y por distintos historiadores, a Rosas se le recriminó “no haber querido constituir el país” y haberse negado a dictar una constitución. Rosas si embargo pensaba antes debía organizarse bajo el “Pacto Federal” y recién cuando el país este libre de conflictos internos y dictadas las leyes provinciales, recién entonces dictar la Constitución Nacional. Sin esas condiciones previas, de nada serviría dictar “un cuadernito”. Para muchos eso solo era “una excusa del dictador”.
En febrero de 1873, Vicente G. Quesada y su hijo Ernesto visitan a Rosas en su destierro inglés. En la ocasión, esto es, veintiún años después de la batalla de Caseros, Rosas pasa revista a su gestión de gobierno y reitera su concepción del gobierno autocrático, de fuerza y paternal.
“Señor –le dijo de repente mi padre-, celebro muy especial esta visita y no desearía retirarme sin pedirle que satisfaga una natural curiosidad respecto de algo que nunca pude explicarme con acierto. Mi pregunta es esta; desde que usted, en su largo gobierno dominó al país por completo, ¿Por qué no lo constituyó usted cuando eso le hubiera sido tan fácil, y sea dentro o afuera del territorio, habría podido entonces contemplar satisfecho su obra con el aplauso de amigos y enemigos?
-Ah!- replico Rosas, poniéndose súbitamente grave y dejando de sonreír- lo he explicado ya en mi carta a Quiroga.
Esa fue mi ambición, pero gasté mi vida y mi energía sin poderla realizar. Subí al gobierno encontrándose el país anarquizado, dividido en cacicazgos hoscos y hostiles entre si, desmembrado ya en parte y en otras en vías de desmembrarse, sin política estable en lo internacional, sin organización interna nacional, sin tesoro ni finanzas organizadas, sin hábitos de gobierno, convertido en un verdadero caos, con la subversión mas completa en ideas y propósitos, odiándose furiosamente los partidos políticos; un infierno en miniatura.
La provincia de Buenos Aires tenia, con todo, un sedimento serio de personal de gobierno y de hábitos ordenados, me propuse reorganizar la administración, consolidar la situación económica, y poco a poco, ver que las demás provincias hicieran lo mismo. Si el partido unitario me hubiera dejado respirar, no dudo de que, en poco tiempo, hubiera llevado el país hasta su completa normalización; pero no fue ello posible, porque la conspiración era permanente y en los países limítrofes los emigrados organizaban constantemente invasiones. Fue así como todo mi gobierno se pasó en defenderme de esas conspiraciones, de esas invasiones y de las intervenciones navales extranjeras; eso insumido los recursos y me impidió reducir los caudillos del interior a un papel más normal y tranquilo. Además, los hábitos de anarquía, desarrollados en veinte años de verdadero desquicio gubernamental, no podían modificarse en un día.
Todas las constituciones que se habían dictado eran de carácter unitario. Pero el reproche de no haber dado al país una constitución, me pareció siempre fútil porque no basta dictar “un cuadernito”, como decía Quiroga, para que se aplique y resuelva todas las dificultades; es preciso antes preparar al pueblo para ello, creando hábitos de orden y de gobierno, porque una constitución no debe ser el producto de un iluso sino el reflejo exacto de la situación del país.
Nunca pude comprender ese fetichismo por el texto escrito de una constitución, que no se requiere buscar en la vida práctica sino en el gabinete de los doctrinarios; si tal constitución no responde a la vida real de un pueblo, será siempre inútil lo que sancione cualquier asamblea o decrete cualquier gobierno. El grito de “constitución”, prescindiendo del estado del país, es una palabra hueca”. (JM Rosas)

viernes, 31 de marzo de 2017

El Realismo de Rosas

Por Héctor B. Petrocelli

¿Pueblo para una constitución o constitución para un pueblo?
El realismo de Rosas
La personalidad que surgiría en medio del caos de aquellos años, Juan Manuel de Rosas, hombre de lecturas, sin duda, como la moderna historiografía lo ha dejado sentado, pero por sobre todo, atento y frío observador de la realidad circundante que fue su maestra, dejó estampados juicios sorprendentes en su profuso epistolario respecto a la materia que abordamos. Como dichas apreciaciones las sostuvo a todo lo largo de la vida, incluso en el exilio, no es extraño que al final de ella, en 1873, hiciera estas reflexiones a Vicente G. Quesada y a su hijo Ernesto que ocasionalmente lo visitaron: “. . . una constitución no debe ser el producto de un iluso soñador sino el reflejo exacto de la situación de un país. Siempre repugné a la farsa de las leyes pomposas en el papel y que no podían llevarse a la práctica. . .”. “Nunca pude comprender ese fetichismo por el texto escrito de una constitución, que no se quiere buscar en la vida práctica sino en el gabinete de los doctrinarios: si tal constitución no responde a la vida rea! de un pueblo, será siempre inútil lo que sancione cualquier asamblea o decrete cualquier gobierno. El grito de constitución, prescindiendo del estado del país, es una palabra hueca”.  El realismo de Rosas, patente en toda su correspondencia, merece algunas otras transcripciones. Así, en la carta del 16 de diciembre de 1832 escrita al gobernador santiagueño Felipe I barra, le dice: “Si me dejara arrastrar por las inspiraciones de mi corazón sería el primero en clamar por una asamblea que, ocupándose de nuestros destinos y necesidades comunes, estableciese un sistema conforme a las opiniones de la mayoría de la República y centralizase la acción del poder. Pero la experiencia y los repetidos desengaños me han mostrado los peligros de una resolución dictada solamente por el entusiasmo, sin estar antes aconsejada por la razón y por el estudio práctico de las cosas” . . . “la prudencia prescribe marchar con las circunstancias y con los sucesos, para no perdernos en ensayos precipitados”. Atenderá la experiencia, los desengaños, la razón y la prudencia, estudio práctico de las cosas, marchar con las circunstancias y con los sucesos, son presupuestos permanentes en la concepción del pragmático caudillo en materia organizativa. A Quiroga, en carta del 4 de octubre de 1831, le explica: “lo que principalmente importa es que cada provincia se arregle, se tranquilice interiormente y se presente marchando de un modo propio hacia el término que le indique la naturaleza de sus elementos, y recursos de prosperidad. Son muchísimos y absolutamente indispensables los embarazos actuales para entrar ya en una organización general”. “Lo que haya de hacerse después, lo indicará el tiempo, la marcha de los sucesos, y la posición que vayan tomando los pueblos por su buena organización, y verdadero patriotismo”. Y en la carta del 28 de febrero de 1832: . 
Señalo: la naturaleza de sus elementos, el tiempo, la marcha de los sucesos, la posición que vayan tomando los pueblos, la Federación como voluntad de los pueblos, el voto expreso de los pueblos, los deseos de éstos, el gradualismo como método. La contemplación de todos estos aspectos no figura generalmente en el bagaje de los ideólogos, sino en las alforjas de los estadistas fundadores. A los apuros constitucionales de Estanislao López contesta en misiva del 6 de marzo de 1836 instándolo a “guardar el orden lento, progresivo y gradual con que obra la naturaleza, ciñéndose para cada cosa a las oportunidades que presentan las diversas estaciones del tiempo y el concurso más o menos eficaz de las demás causas influyentes”. 
Respecto del método para el logro de una organización que responda al ser y a la voluntad de la Nación, Rosas expresa en carta al mismo López, anterior, del 2 de setiembre de 1830: “Los Congresos no deben ser el principio sino la consecuencia y último resultado de la organización general”. Y a Quiroga el 3 de febrero de 1831: “Primero es saber conservar la paz y afianzar el reposo; esperar la calma e inspirar recíprocas confianzas antes que aventurar la quietud pública. Negociando por medio de tratados el acomodamiento sobre lo que importe el interés de las provincias todas, fijaría gradualmente nuestra suerte; lo que no sucedería por medio de un congreso, en que al fin prevalecería en las circunstancias la obra de las intrigas a que son expuestos. El bien sería más gradual, es verdad, pero más seguro. Las materias por el arbitrio de negociaciones se discutirían con serenidad; y el resultado sería el más análogo al voto de los pueblos y nos precavería del terrible azote de la división y de las turbulencias que hasta ahora han traído los congresos, por haber sido formados antes de tiempo. El mismo progreso de los negocios así manejados, enseñaría cuando fuese el tiempo de reunir el congreso; y para entonces ya las bases y io principal estaría con ven i do y pacíficamente nos veríamos constituidos”. 
Ideas que reafirma en la famosa carta del 20 de diciembre de 1834 al mismo Quiroga escrita en la Hacienda de Figueroa: “entre nosotros no hay otro arbitrio que el de dar tiempo a que se destruyan en los pueblos los elementos de discordia, promoviendo y alentando cada gobierno por sí el espíritu de paz y tranquilidad. Cuando éste se haga visible por todas partes, entonces los cimientos empezarán por valernos de misiones pacíficas y amistosas por medio de las cuales sin bullas, ni alboroto, se negocia amigablemente entre' los gobiernos, hoy esta base, mañana la otra hasta colocar las cosas en tal estado que cuando se forme el Congreso lo encuentre hecho casi todo, y no tenga más que marchar llanamente por el camino que se le haya designado. Esto es lento a la verdad, pero es preciso que así sea, y es lo único que creo posible entre nosotros después de haberlo destruido todo, y tener que formarnos del seno de la nada” .
Los pactos como medio de alcanzar una sólida unidad nacional que salvase lo que había quedado de la primitiva herencia territorial, algo más que diezmada por la pérdida de casi la mitad de su superficie, teniendo en cuenta que ese saldo estaba a punto de llegar al paroxismo de la disolución en catorce republiquetas independientes. El Congreso como coronación del proceso organizativo y no como prefacio, pues varios congresos y asambleas ya habían fracasado estrepitosamente desde 1810 en esa misión. Obra lenta, en que el tiempo debía hacer su parte, serenando los espíritus, brindando la posibilidad a la inteligencia argentina de captar la índole y la voluntad de un pueblo en la tarea de darle organismos políticos. Obra que a veces es tan lenta, que insume siglos. Acomodamiento de los intereses de todas las partes involucradas, esto es, las provincias. La paz como elemento primordial; paz nacida de la concordia, del acuerdo de los corazones de los argentinos, factor esencial para el logro del consenso político que importa la organización de un país.
El párrafo final transcripto: “es lo único que creo posible entre nosotros después de haberlo destruido todo, y tener que formarnos del seno de la nada”, merece una breve consideración. ¿Qué era lo que en el concepto de Rosas se había destruido totalmente, a punto tal que ahora darse instituciones significaba “formarnos del seno de la nada”? Evidentemente se refiere a las instituciones españolas, implantadas durante más de doscientos años de ensayos que importaban otros muchos siglos de experiencia Ibérica-europea, y que el vendaval del iluminismo había arrasado de cuajo dejándonos a la intemperie de la que hablaba Sarratea en carta ya glosada.