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miércoles, 31 de marzo de 2021

Bernardino Rivadavia en su madurez....según Iriarte

 Por el Prof. Jbismarck

El señor Rivadavia está sumamente quebrantado después de un ataque apoplético que sufrió hace cuatro meses (1841). Delgado, sin barriga, enteramente calvo y la voz balbuciente. Su presencia me causó gran sorpresa. Es otro hombre, y hasta su cabeza se conoce que ha sufrido algún tanto. Nos dimos un abrazo afectuoso. Su esposa lo acompañaba y su hijo Martín, de diecinueve años. Me mostró dos piezas bien curiosas: el retrato de Francisco Pizarro y una campanilla de plata de la inquisición de Lima, cuyo sonido es verdaderamente lúgubre y sin duda calculado para inspirar horror a las desgraciadas víctimas de aquel tribunal opresor y sangriento. .. El general San Martín hizo estos presentes a Rivadavia e1 año veintitrés a su regreso de Lima...

Al separarme del señor Rivadavia nos volvimos a abrazar, y en ese momento le dije: “¡Que este abrazo se repita pronto en Buenos Aires!”. Me contestó con un tono de solemnidad: “¡A Buenos Aires ni mis cenizas volverán!”

Al despedirse de Río de Janeiro, don Bernardino Rivadavia, que ahora está establecido en Madrid, ha prevaricado de sus principios y abjura de su fe política como americano y colaborador de la independencia de su patria. Blasfemaba en público de su país y de los hombres de todos los partidos, quemó preciosos manuscritos que había substraído de los archivos públicos de Buenos Aires durante el período de sus dos administraciones, vendió a vil precio el retrato de su amigo el general Belgrano, héroe de la Independencia, a quien Rivadavia siempre había encomiado, citándolo como modelo de patriotismo y virtudes republicanas. En fin: nada ha llevado de América sino el retrato de Pizarro, conquistador del Perú, y la campanilla de plata de la inquisición de Lima que le regaló San Martín y que Rivadavia ha destinado para hacer un presente al Museo de Madrid. Esta apostasia política ha echado un negro borrón sobre la reputación del señor Rivadavia. Era un hombre respetable por sus antecedentes, venerado de los buenos argentinos, como fundador del sistema representativo y de instituciones liberales en esta parte de la América del Sur. Sus desgracias excitaban el más profundo interés. Si hubiera regresado a Buenos Aires después de la caída de Rosas, no necesitaba ocupar la silla del poder para ejercer las más sublimes funciones, la de un patriarcado político. Pero ha cerrado su larga carrera de un modo tan indigno, tan inconsecuente con su anterior conducta, que todo lo ha perdido en un día de extravío y de irritación. Su memoria quedará marcada de un lunar indeleble. No es pues el hombre que se creía. Su civismo y sus tareas como hombre de estado eran virtudes fingidas para satisfacer otro estímulo más dominante —-<el de una exagerada ambición y un amor propio desmesurado, un orgullo sin límites—. Es verdad que él siempre tendrá motivo para quejarse de la ingratitud con que han correspondido sus eminentes servicios, pero ni motivo al parecer tan fundado podría justificar su deshonrosa defección; porque ha debido, con un espíritu filosófico, hacerse superior a su propia desgracia, cuya causa no ha sido otra que las calamidades de la época que debía, si tiene un espíritu elevado, haberse resignado como lo han hecho muchos de sus compatriotas más desdichados que él todavía porque se ven reducidos a mendigar el sustento diario, situación espantosa y desesperante que el señor Rivadavia no ha conocido”.

Tomás de Iriarte. Memorias.

viernes, 21 de febrero de 2020

Las cuestionadas "Memorias de Tomás de Iriarte"

Por el Prof. Jbismarck
Tomás de Iriarte, activo protagonista de episodios memorables de la historia española y argentina, diplomático en Estados Unidos, luchó en Ituzaingó en la guerra argentino-brasileña, miembro de la Expedición “Libertadora” de Juan Lavalle, corredactor -con Bartolomé Mitre - del Código Militar, testigo, en fin, de innumerables hechos fundamentales. Descendientes de figuras argentinas sintieron que temblaba todo el edificio trabajosamente armado en un siglo de procerazgo. Historiadores que habían dedicado su vida a enaltecer un personaje determinado con multitud de libros, artículos y monografías, experimentaron la fría amenaza de ver destruidos de pronto sus frutos intelectuales. Las memorias aparecieron finalmente, ¡cien años después de escritas!  Obviamente son muy discutidas: Iriarte siempre integró el partido unitario….Algunos párrafos-
Disponible en Textos Cautivos las “Memorias del General Tomás de ...

Tomás de Iriarte, activo protagonista de episodios memorables de la historia española y argentina, diplomático en Estados Unidos, luchó en Ituzaingó en la guerra argentino-brasileña, miembro de la Expedición “Libertadora” de Juan Lavalle, corredactor -con Bartolomé Mitre - del Código Militar, testigo, en fin, de innumerables hechos fundamentales. Descendientes de figuras argentinas sintieron que temblaba todo el edificio trabajosamente armado en un siglo de procerazgo. Historiadores que habían dedicado su vida a enaltecer un personaje determinado con multitud de libros, artículos y monografías, experimentaron la fría amenaza de ver destruidos de pronto sus frutos intelectuales. Las memorias aparecieron finalmente, ¡cien años después de escritas!  Obviamente son muy discutidas: Iriarte siempre integró el partido unitario….Algunos párrafos-

 Guillermo Brown “había desertado, robándose uno de nuestros buques de guerra, con el que fue a piratear en el mar Pacífico hasta que lo tomaron los ingleses y hubieron de ahorcarlo. De regreso a Buenos Aires se le formó causa y quedó arrinconado sin destino gracias a la parcialidad de nuestros jueces, porque en un país constituido habría sido sentenciado al banquillo. Así, Brown vegetaba en la oscuridad y se moría de hambre cuando fue llamado para tomar el mando de la marina”.

Güemes “jamás expuso su pecho a las balas (...). Era un jefe ambicioso y anarquista“. . . la provincia de Salta, la única barrera de la República Argentina, estaba entonces muy mal guardada por las tropas montoneras del caudillo Güemes. Los españoles la invadían con facilidad, siempre que así convenía a sus intereses””.

Sobre el coronel Feliciano Antonio Chiclana, Iriarte revela entretelones poco conocidos, como delatar a los amigos claramente evidenciada inclusive en una trampa que le tendió el mismo Iriarte a pedido del gobierno: “Un día me cito a tener una entrevista en su casa, pretextando enfermedad y que no podía venir a la mía. Cuando entré en su alojamiento estaba en la cama, envuelto en una asquerosa frazada. Me dijo que tenía que comunicarme un asunto de la mayor gravedad, pero, entretanto, la mujer y las hijas rodeaban su cama, y yo no estaba en ánimo de entrar en materia delante de testigos”. Iriarte comprendió que los familiares estaban ex profeso para actuar como eventual testimonio de lo que allí se hablase, y se retiró, sospechando que “en alguna pieza vecina estuviesen ocultos algunos agentes”. Y apunta Iriarte: “ ¡Qué hombre el tal Chiclana! ¡Qué ser tan abyecto y degradado! ¡Y fue miembro de la primera Junta revolucionaria y después del poder ejecutivo en el año doce!”.

Artigas había iniciado la ruina de la Banda Oriental “con sus desórdenes y abso­lutismo”.  Fustiga la ineptitud de los militares de su época: “Balcarce, Montes de Oca, Viamonte y Rondeau se dejaron batir por dos miserables gauchos, Ramírez y López”. A veces, no obstante, trata de ser objetivo: “el directorio de Pueyrredón fue tiránico hasta el exceso. Se violaban todas las garantías, o por mejor decir, ninguna existía de hecho, pero aquel gobierno fue el más regularmente cimentado de cuantos se habían sucedido des­de el año diez”.  Sobre Francisco Ramírez, El Supremo Entrerriano, Iriarte Lo acusa de estar sometido a una prostituta a tal punto, que habría descui­dado sus deberes militares.

En cuanto a Bernardino Rivadavia, es uno de los perso­najes favoritos de Iriarte,  reseña con elocuencia su supuesta labor de estadista, pero simultáneamente lo acusa de haber importado el pedantismo en nuestro país. Enjuicia “sus maneras orgullosas, la intolerancia de su carácter”, su temperamento irritable, “su fatua hinchazón”, que cuando paseaba por las calles de Buenos Aires, como era corto de vista, preguntaba al edecán que llevaba a su lado: «Quién es ese hombre incivil que no ha saludado al presidente de la República»”.


Iriarte, señala que el Libertador José de San Martín “era muy impopular en los pueblos del Perú, como prácticamente quedaba probado con la deposición de su ministro Monteagudo”. En Alvear obraba un sentimiento de envidia por el nombre glorioso de su adversario. En San Martín tenía otro origen el encono que profesaba a Alvear: era el conocimiento que de él tenía”. Tal era el odio —curioso odio entre quienes habían llegado juntos desde España en 1812.
Claro que en torno de Carlos de Alvear también el memorialista Iriarte levanta una cerrada malla de juicios aterradores: era mentiroso, incapaz de redactar una nota hasta que finalmente se trastornó “con el mando del ejér­cito. Había tomado un tono enfático y petulante que a todos chocaba y lo hacía aparecer como un farsante”. Otras revelaciones asombrosas lo pintan a Alvear proyec­tando, poco antes de la batalla de Ituzaingó, alzarse con caudales ajenos, según una proposición que le hizo al mismo Iriarte: “¿Ve usted esta galera cuán grande capacidad tiene? Pues bien: pienso llenarla de oro y plata, y si la suerte nos es adversa, nos embarcaremos en el río Grande y haremos un corte de manga al ejército y a la república. Todos son unos botarates y el primero y más clásico es don Bernardino Rivadavia. No tenga usted cuidado, de esta hecha lo he de enriquecer a usted”. El comentario de Iriarte tampoco tiene desperdicio: “Tales fueron, poco más o menos, sus palabras. Tal el discurso extravagante e inmoral de aquel hombre que pasa en el concepto de algunos por una cabeza privilegiada”.  Y por cierto que Alvear no se quedaría en meros proyec­tos. Al extinguirse la gloriosa batalla de Ituzaingó, el general en jefe “se apoderó de la vajilla de plata del marqués de Barbacena. Era hombre que no se descuidaba. El general Soler participó del botín aligerando los baúles del marqués. Después repartió algunos trapos entre los jefes del cuerpo de ejército que él mandaba. A mí no me tocó nada, no sé por qué. Pero habría desdeñado admitir una sola prenda, a no ser que hubieran sido libros o cartas topo­gráficas. Para nada de esto se acordó Soler de mí”. Por lo visto, Alvear tampoco se acordó de sus promesas de enri­quecer a Iriarte.

Juan Manuel de Rosas: “este picaro siempre ha sido cobarde (...). Era una especie de señor feudal. Estableció reglamentos extravagantes y crueles, a que él mismo quiso sujetarse, y así, gradualmente, fue ascendiendo en consideración y prestigio entre los habitantes de la campaña del Sur: eran éstos los criminales, ladrones, salteadores de caminos, asesinos, hombres inmorales y delincuentes, a quienes perseguía la justicia de las leyes y que, por evitar un merecido e infalible castigo, se refugiaban en los campos de Rosas . . .”.

Obviamente son muy discutidas: Iriarte siempre integró el partido unitario….

jueves, 29 de agosto de 2019

HÁBITOS MILITARES DEL GENERAL BELGRANO 1818

Por Tomás de Iriarte
En el año 1818, cuando el general Belgrano, general en jefe del ejército del Perú estaba estacionado en la ciudad de Tucumán, su vida era tan activa y vigilante como si estuviese en campaña al frente del enemigo: una parte del día la destinaba al descanso, la otra al estudio: durante la noche no dormía, montaba a caballo acompañado de un ordenanza, recorría los cuarteles y patrullaba por las calles de la ciudad. Si encontraba un individuo del ejército la corrección era infalible, porque todas las clases estaban obligadas a dormir en sus cuarteles de la ciudadela, y en la de oficiales uno por compañía —el de semana.   Muchas veces lo acompañé en estas excursiones nocturnas.
Retrato de Belgrano - César H. Bacle (1794-1838)
Se retiraba a descansar al amanecer. Durante el almuerzo el general Cruz, mayor general,  se presentaba a recibir órdenes. Después de almorzar despachaba, leía y se acostaba hasta que servían la comida. Los edecanes de servicio se sentaban a la mesa, que era bastante frugal. Después de comer iba a recrearse a su pequeño jardín y yo sólo lo acompañaba. Hablábamos del país, de su situación, del estado de la guerra; y era en estas ocasiones cuando me favorecía con confidencias que mucho lisonjeaban mi amor propio —joven como era yo entonces— sobre asuntos importantes conexionados con la causa pública.
Era tan estricto el sistema de economía establecido por el general, y su escrupulosidad para que el erario no fuese defraudado, que hasta para las datas de la Tesorería de tres y cuatro pesos, él mismo firmaba las órdenes. El ejército estaba mal pagado, pero el general señaló una porción de terreno a
cada regimiento para su cultivo: todos los cuerpos tenían una huerta abundante de hortalizas y legumbres, y de este modo, y estableciendo la mesa común entre los jefes y oficiales por cuerpos, todos llenaban su necesidad y entretenían su equipo, porque los frutos que sobraban se vendían en beneficio de los individuos de todos los cuerpos del ejército. Este sistema geodésico es excelente y debería establecerse en los cuerpos acantonados en la campaña, pues no sólo produce el beneficio de mejorar la condición material del soldado, sino que lo preserva de los fatales efectos del ocio y de la disipación, que es su infalible consecuencia.