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viernes, 17 de abril de 2026

sábado, 12 de octubre de 2019

Santiago de Liniers, de héroe a villano


Por Alberto Lettieri 
El 12 de agosto se conmemora la Reconquista de Buenos Aires, gesta en la que jugaron un papel destacadísimo un oscuro y controvertido oficial de origen francés, Santiago de Liniers, y el pueblo rioplatense movilizado. Pese a su importancia, esta lucha no se cuenta ya entre las más recordadas por las instituciones ni por la historia nacional, e incluso la figura de Liniers ha sido objeto de encarnizados cuestionamientos por parte de los unitarios primero, y el liberalismo oligárquico y su “historia oficial” más adelante.  Liniers, así, es otro de los “malditos” de la historia oficial, y recuperar su verdadera dimensión histórica y poner en valor sus méritos y sus debilidades constituye una tarea imprescindible, para reconciliarnos con nuestro pasado y comenzar a analizarlo con una mirada limpia, despojado de la parcialidad que ha caracterizado a la historiografía nacional.
Para eso, he decidido segmentar mi análisis sobre Liniers en dos entregas: la primera, referida a la etapa de ascenso y consagración de Liniers como héroe popular, y la segunda, a su vertiginosa declinación y al examen de los juicios históricos vertidos sobre su figura y desempeño.
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 Santiago de Liniers, episodio 1: De la nobleza provincial francesa a Conde de Buenos Aires 
 Santiago de Liniers nació en Niort, Francia, como Jacques de Liniers, en 1753, en el seno de una familia aristocrática provinicial, con cierto prestigio y casi sin fortuna. La carrera militar fue, pues, su única alternativa, según los estándares de la época, y así fue que aprovechando el Pacto de Familia entre los Borbones franceses y los españoles, ingresó en la Orden de San Juan, donde egresó con la cruz de Caballero de Malta. Si bien en un principio su arma fue la caballería, pronto descubrió su seducción por el mar. Así, prestando servicios en una y otra fuerza finalmente la necesidad de abrirse camino lo trajo al Río de la Plata en 1788 para prestar servicios a la corona española.  Para entonces, Liniers era un especialista en organización militar en condiciones en que debían combinarse  pocos recursos y mucho ingenio.  Su misión inicial fue organizar un sistema de lanchas portadoras de cañones, de rápido desplazamiento y gran efectividad, en previsión de una eventual invasión inglesa, y más adelante se le encomendó la fortificación de Montevideo. El Imperio español agonizaba mientras la destacada tarea de Liniers le propiciaban significativos ascensos, convirtiéndose en Capitán de Navío de la armada española en 1796.   En 1802, el Virrey Joaquín del Pino y Rozas lo designó Gobernador de las Misiones Guaraníes. Una zona estratégica debido a que, tras la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles en América, la logística se había resentido considerablemente, y los portugueses se habían apropiado de buena parte del territorio, y aspiraban a seguir avanzando. Sería tarea de dos malditos de la historia oficial, Liniers primero, y Andres Guazurarí más adelante, defender un territorio indómito, casi sin recursos, y valiéndose casi exclusivamente del esfuerzo poco reconocido de los indígenas de la zona. De este modo, poco a poco, Liniers fue consagrando su vida a combatir las pretensiones británicas y de sus aliados en el Río de la Plata.  La tarea organizativa de Liniers en las Misiones fue excelente. También sus relevamientos geográficos y científicos del territorio. Sin embargo, su condición de francés le jugaba en contra, y a menudo era desplazado en beneficio de oficiales españoles. Así fue que, una vez organizada la defensa de las Misiones, el Rey designó en 1804 un nuevo Gobernador en su reemplazo. Al momento de su regreso, Liniers había enviudado por segunda vez en el Río de la Plata, esta vez de la hija de Sarratea, Martina. l establecerse nuevamente en Buenos Aires, el nuevo Virrey, Rafael de  Sobremonte, lo designó al frente de la Estación Naval. Pero, una vez más, sería desplazado por los oficiales españoles, y trasladado a la Ensenada de Barragán, donde prestaba servicios al momento de la Primera Invasión Inglesa.   
Cambio de suerte: las Invasiones Inglesas y el ascenso de Liniers
Liniers comunicó al Virrey el avistaje de la flota británica, pero no recibió orden de presentar resistencia.  Sobremonte, siguiendo instrucciones, huyó a Córdoba con parte del tesoro real, que debía ser preservado para pagar armas y mercenarios en España, que experimentaba por entonces la invasión napoleónica. De este modo, la conquista de Buenos Aires fue prácticamente un paseo para los ingleses.   Se trataba, en realidad, de la crónica de una muerte anunciada. Desde hacía al menos 30 años que había comenzado a imaginarse la expedición, propiciada por exiliados americanos y el gobierno británico, con el amparo de la masonería. Para 1804, el venezolano Miranda y el comandante Popham, con la aprobación del canciller George Caning,  habían avanzado muchísimo en la elaboración de una estrategia para liquidar el dominio español en América, y el general escocés Thomas Maytland había acercado su "Plan para capturar Buenos Aires y Chile y luego emancipar Perú y Quito". Más aún, algunos historiadores han confirmado la existencia de alrededor de 50 agentes británicos reclutados entre la clase acomodada porteña que operaban a favor de la inclusión del Río de la Plata dentro de la órbita británca, algunos de ellos miembros destacados de la Primera Junta de Gobierno, que no dejarían de prestar sus servicios al monarca inglés en las décadas siguientes.   De este modo, con el visto bueno de una fracción considerable de comerciantes porteños, el gobernador británico de Buenos Aires, William Carr Beresford, se apropió del tesoro virreinal, enviándolo inmediatamente a Londres. Para 2008, el economista Néstor Forero estimó su monto en alrededor de U$D 87.000 millones de dólares actuales, que nunca serían recuperados. Liniers, mientras tanto, se ponía en contacto con Martín de Álzaga, quien se encontraba abocado a la tarea de organizar grupos armados para tratar de expulsar a los ingleses y, aprovechando su condición de francés, se trasladó a Montevideo, donde el  Gobernador Pascual Ruiz de Huidobro le proveyó de armas,  hombres y una flotilla de lanchas. En vistas de que el Cabildo de Buenos Aires había jurado su sujeción al monarca británico, inmediatamente el de Montevideo consagró a Ruiz de Huidobro como máxima autoridad española del Virreynato, y se ordenó reclutar un ejército de 1600 hombres.  Casi simultáneamente se avistaron naves inglesas aproximándose a Montevideo, por lo que se decidió que Huidobro permaneciera allí organizando la defensa, mientras que Liniers intentaría la hazaña en Buenos Aires.
 En Colonia del Sacramento, Liniers fue recibido por el Capitán Juan Gutiérrez de la Concha, quien había reunido una flotilla, con la que se desplazarían hasta Buenos Aires. Hubo, sin embargo, una parada intermedia, el 4 de agosto, en el entonces Puerto de las Conchas –actualmente el Partido de Tigre-, donde se aprovisionarían de alimentos y engrosarían considerablemente sus efectivos. Esta etapa estratégica en la Reconquista ha quedado habitualmente fuera de los libros de texto.
Lo demás es historia conocida. El 12 de agosto Liniers inició las operaciones, y tras sostener encarnizados combates, obligó a Beresford a una rendición incondicional, apropiándose además de 26 cañones y de las banderas e insignias de su regimiento, que serían expuestas en la Basílica de Santo Domingo, con la leyenda:   ”Del escarmiento del inglés, memoria, y de Liniers en Buenos Aires, gloria”.   La Reconquista convirtió a Liniers en héroe porteño, y el Cabildo, sobrepasando sus atribuciones, inmediatamente lo designó Gobernador militar, en reemplazo de Sobremonte. También asumió funciones de administrador civil. El Virrey desplazado se trasladó a Montevideo, pretendiendo ejercer desde allí su autoridad, y ponerse a la cabeza de la defensa ante la inminente invasión por parte de la flotilla inglesa que acechaba la ciudad. Sin embargo, también el Cabildo local lo rechazó, y consiguió alejarlo rápidamente de su territorio.
Mientras tanto, Liniers decidió enviar a los prisioneros al interior. Simultáneamente se reunió con Beresford, y evaluando sus lamentos sobre el riesgo para su vida que significaba su derrota, más la inconveniencia de tomar una actitud más drástica con los oficiales británicos, con un Imperio Español en crisis, un posible intento de nueva invasión británica y la conspiración a favor del monarca inglés de buena parte de la clase acomodada porteña, decidió acordar una Capitulación honrosa al vencido, confinándolo a la localidad de Luján. Pocos días después, dos reconocidos referentes de la autodenominada “gente decente” porteña, con engaños y sobornos consiguieron liberar a Beresford, y conducirlo a la flota británica.
La tarea de Liniers era, por entonces, incansable. El contraataque inglés era inminente, y no había tiempo para perder.  Una vez más salieron a relucir sus dotes de gran organizador y estratega. Así, dispuso la organización de una decena de regimientos, organizados según su origen territorial, entre los que se destacaban el de Patricios, liderado por Cornelio Saavedra, y el conformado por nativos de las provincias del Noroeste, al que se denominó “Aribeños”. Las milicias sumaron casi 8000 efectivos.
En enero de 1807, los ingleses desembarcaron en Montevideo. Sobremonte fue derrotado el 20 en el Buceo y sus tropas se dispersaron. Liniers, que se había trasladado a Colonia con 1500 hombres, no llegó a intervenir. El 10 de febrero se reunió una Junta de Guerra que decidió destituir a Sobremonte, detenerlo bajo custodia, y pso las fuerzas militares a cargo de Liniers, en su condición de oficial de mayor rango en el Río de la Plata. El 30 de junio, la Real Audiencia lo invistió como Virrey interino, el primero designado en territorio americano.
Unos días después, se produjo la nueva y anunciada invasión inglesa, compuesta esta vez por 10000 hombres que desembarcaron en la zona de Qulmes. Los primeros combates fueron desfavorables para los defensores y, tras la derrota en los Corrales de Miserere, Liniers consideró capitular ante el General Whitelocke. La iniciativa fue desautorizada por el Alcalde de Primer Grado Martín de Álzaga, por lo que se descartó. Sin embargo, el retraso en iniciar la ofensiva final por parte del General Inglés, a la espera del arribo del resto de sus tropas, favoreció la organización de la Resistencia.
Llamativamente, la ofensiva inglesa fue bastante defectuosa, y ese 5 de julio el pueblo en armas consiguió infringirle una drástica derrota en pocas horas. Liniers entonces pudo imponer la rendición de los ingleses y, a instancias de Álzaga, la obligación de retirarse también de Montevideo, exigencias que fueron aceptadas sin dilación.   Para entonces Santiago de Liniers se había convertido en héroe. Al año siguiente, el monarca español lo confirmaba como Virrey, y un año y medio más tarde, una Real Cédula fechada el 11 de febrero de 1809 le adjudicó un título de nobleza, como Conde de Buenos Aires:  “Deseando la Junta Suprema Gubernativa del Reino premiar debidamente los sobresalientes méritos que ha contraído el mariscal de campo don Santiago Liniers, mientras ha estado en Buenos Aires de Virrey y Capitán General, se ha servido concederle, en nombre del Rey nuestro señor don Fernando VII, la gracia de título de Castilla, libre de lanzas para sus hijos, herederos y sucesiones.”
Sin embargo, una vez alcanzado el punto máximo de su fama, Liniers experimentó una caída tan vertiginosa como lo había sido su ascenso y en poco menos de dos años, el héroe de la Reconquista y la Defensa sería ejecutado, acusado de traición, en Cabeza de Tigre. La Revolución comenzaba así  a imponer destinos fatales a muchos de los actores que la habían propiciado.

lunes, 24 de junio de 2019

Las "memorias" de Cornelio Saavedra

Por el Prof. Jbismarck
Cornelio Saavedra escribió sus Memorias en 1829, poco antes de morir, con el objetivo de legar a sus hijos una biografía de su vida política que les permitiera conocer su historia y poder defender su honor, en caso de que volviera a ser cuestionado después de su muerte.  Saavedra se presenta a sí mismo como un Líder que fue capaz de comprender y aprovechar las situaciones con el propósito de iniciar el movimiento emancipador. Respecto de la legitimidad de dicho movimiento, Saavedra la encuentra en la voluntad emancipatoria del pueblo de Buenos Aires (representado fundamentalmente por las milicias) así como en la idea, propia del lenguaje pactista, de la legítima reasunción de los derechos de los americanos posibilitada por la ausencia del monarca.  La otra cuestión que ocupa las Memorias es el intento de Saavedra de restaurar su honor y dignidad frente a las afrentas y persecuciones sufridas a lo largo de su vida por los gobiernos que le sucedieron en la dirección de la revolución. Con este objetivo, sostiene que no tuvo ningún vínculo con los acontecimientos del 5 y 6 de abril de 1811 y que, independientemente de las intenciones, éstos produjeron un gran daño a la revolución.  En la búsqueda de explicaciones a la difamación y persecución que debió padecer, Saavedra hace referencia a la lucha facciosa desatada a partir de la revolución. Sostiene que estas conductas facciosas no sólo afectaron a su persona, sino también desvirtuaron los verdaderos propósitos de la revolución, vinculados originariamente a la legítima lucha por la libertad de los americanos. Saavedra  y los problemas que produjo la solicitud de disolución de las milicias formadas durante de las invasiones inglesas
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"Este también fue el origen de los celos y rivalidades que asomaron entre patricios y europeos. Acostumbrados éstos a mirar a los hijos del país como a sus dependientes y tratarlos con el aire de conquistadores, les era desagradable verlos con las armas en la mano, y mucho más el que conque
:ellas se hacían respetables por sus buenos servidos y por su decisión a conservar el orden en la sociedad."  "Los franceses por aquella época, activaban con fuerzas muy respetables la ocupación y conquista de la España. Las gacetas nos anunciaban batallas ganadas todos los días por los españoles, mas ellas mismas confesaban que gradualmente las provincias enteras estaban ya subyugadas. A la .verdad, ¿quién era en aquel tiempo el que no juzgase que Napoleón triunfaría y realizaría sus planes con la España? '.Esto era lo que yo esperaba muy en breve, la oportunidad o tiempo que creía conveniente para dar el grito de libertad en estas partes. Esta la breva que decía era útil esperar que madurase. A la verdad, no era dudable que separándonos de la metrópoli cuando la viésemos dominada por sus invasores ¿quién justamente podía argüimos de infidencia o rebelión? En aquel caso nuestra decisión a no ser franceses, de consiguiente quedaba justificada ante todos los sensatos del mundo nuestra conducta."
Saavedra se refiere a la reunión celebrada el 19 de mayo entre los jefes de la fuerza armada y el virrey Cisneros, a propósito de la solicitud de convocatoria a un Cabildo Abierto, realizada por los criollos
"Viendo que mis compañeros callaban, yo fui el que dijo a S.E.: «Señor, son muy diversas las épocas del 1ro de enero del año 1809, y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquélla existía la España, aunque ya invadida por Napoleón, en ésta toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto sólo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E., en su proclama de ayer. ¿Y qué señor? —¿Cádiz y la isla de León son España? —¿Este territorio inmenso, sus millones de habitantes, han de reconocer soberanía en los comerciantes de Cádiz y en los pescadores de la isla de León? —¿Los derechos de la corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León que son parte de una de las provincias de Andalucía? —No, señor; no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses: hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservamos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos,, ya no existe; de consiguiente tampoco V.E. la tiene ya, asi es que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella». Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño concluyó diciendo: «Pues, señores, se hará el cabildo abierto que se solicita». 
"La destitución del virrey y creación consiguiente de un nuevo gobierno americano, fue a todas luces el golpe que derribó el dominio que los reyes de España,habían ejercido en cerca de 300 años en esta parte del mundo, por el injusto derecho de conquista y sin justicia: no se puede negar esta gloria a los que por libertarla del pasado yugo que la oprímía, hicimos un formal abandono de nuestras vidas, de Y.nuestras familias e intereses, arrostrando los riesgos a que Con aquel hecho quedamos expuestos. Nosotros solos, sin precedente combinación con los pueblos del interior, mandados por jefes españoles que tenían influjo decidido en ellos, confiados en nuestras pocas fuerzas y su bien acreditado valor y en que la misma justicia de la causa de la libertad americana, les acarrearía en todas partes prosélitos y defensores. Nosotros solos, digo, tuvimos la gloria de emprender tan abultada obra. Ella por descontado alarmó al cúmulo de españoles que había en Buenos Aires y en todo el resto de las provincias, a los gobernadores y jefes del interior, y a todos los empleados por el Rey, que preveían llegaba el término del predominio que ellos les daban entre los americanos. En el mismo Buenos Aires, no faltaron hijos suyos, que miraron con tedio nuestra empresa: unos le creían cable por el poder de los españoles: otros la graduaban de locura y delirio, de cabezas desorganizadas: otros en fin, y eran los más piadosos, nos miraban con compasión, no dudando que en breves días seríamos víctimas del poder y furor español, en castigo de nuestra rebelión e infidelidad contra el legitimó soberano, dueño y señor de la América, y de las vidas y haciendas de todos sus hijos y habitantes, pues hasta estas calidades atribuían al Rey en su fanatismo.
"La historia de este memorable suceso, arranca su origen de las anteriores: Que la América marchaba a pasos largos a su emancipación, era una verdad constante, aunque muy oculta en los corazones de todos. Las tentativas de Tupac-Amaru, de La Paz y de Charcas, que costaron no poca sangre, y fueron inmaduras, acreditan esta idea. No creíamos se aproximaría tan pronto tan deseada época; mas los sucesos la trajeron a las manos, y no quisimos dejarla pasar. Las dos invasiones inglesas nos pusieron las armas en la mano para defendernos. Esto ocasionó se avivasen los celos y las rivalidades entre americanos y españoles, y esto nos dio a conocer que los leones de Iberia devoraban corderos indefensos pero no hombres: esto finalmente fijó el 1ro de enero de 1809, la superioridad de las nuestras sobre las de aquéllos. La invasión de Napoleón a la España; la destitución del rey Fernando, sus abdicaciones a favor de su padre el rey Carlos IV, y las de éste en la dinastía del mismo Napoleón: el reconocimiento que se hizo del nuevo rey José, hermano de aquel en la misma Corte de Madrid, y obediencia que le tributaron los grandes y nobles del reino en la mayor parte; la ocupación de casi toda la Península, excepto Cádiz y la Isla de León: el abandono que experimentamos de aquella corte cuando se le pidieron auxilios de tropas y armas para repeler la segunda expedición inglesa, y su insultante contestación de «defiéndanse ustedes como puedan, etcétera, etcétera», ¿qué otro resultado habían de tener que el de desenrollar y hacer salir a luz el germen de nuestra libertad e independencia? Es indudable en mi opinión, que si se miran las cosas a buena luz, a la ambición de Napoleón y a la de los ingleses, en querer ser señores de esta América, se debe atribuir la revolución del 25 de Mayo de 1810... Si no hubieran sido repetidas éstas, si hubieran triunfado de nosotros, sí se hubieran hecho dueños de Buenos Aires: ¿qué sería de la causa de la patria, dónde estaría su libertad e independencia? Si el trastorno del trono español, por las armas o por las intrigas de Napoleón que causaron también el desorden y desorganización de todos los gobiernos de la citada Península, y rompió por consiguiente la cana de incorporación y pactos de la América con la corona de Castilla; si esto y mucho más que omito por consultar la brevedad no hubiese acaecido ni sucedido, ¿pudiera habérsenos venido a las manos otra oportunidad más análoga y lisonjera al verificativo de nuestras ideas, en punto a separarnos para siempre del dominio de España y reasumir nuestros derechos? Es preciso confesar que no, y que fue forzoso y oportuno aprovechar la que nos presentaban aquellos sucesos. Sí, a ellos es que debemos radicalmente atribuir el origen de nuestra revolución, y no a algunos presumidos de sabios y doctores que en las reuniones de los cafés y sobre la carpeta, hablaban de ella, mas no se decidieron hasta que nos vieron (hablo de mis compañeros y de mí mismo) con las armas en la mano resueltos ya a verificarla. Haré justicia en esta parte,y doy a cada uno lo que es suyo y así se conservarán los derechos de todos."
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Saavedra nació en Potosí en 1759. A los ocho años se trasladó a la ciudad de Buenos Aires junto, a su familia y a los catorce ingresó al Real Colegio de San Carlos.  Su camera militar comenzó durante las invasiones inglesas. En 1806 fue nombrado jefe del Regimiento de Patricios y a partir de entonces su figura adquirió una gravitación en el seno de los sectores criollos. Defendió al virrey Líniers en la jornada del 1ro de enero de 1809 y posteriormente alcanzó un papel decisivo en los acontecimientos revolucionarios, siendo elegido presidente de la Junta de gobierno instaurada el 25 de mayo de 1810.
Apenas establecido el nuevo gobierno surgieron tensiones acerca de la dirección que debía tomar la revolución, que cristalizaron en la formación de las tendencias saavedrista y morenista. Dichas tensiones alcanzaron su punto de ruptura con la formación de la Junta Grande que incorporaba a los diputados del interior, en su mayoría aliados a Saavedra, al gobierno provisional formado en Buenos Aires, Moreno se opuso a esta decisión, renunció a su cargo de secretario de la Junta y marchó en misión diplomática a Londres, en cuyo viaje falleció el 4 de marzo de 1811.
Aunque el alejamiento de Moreno fortaleció a los saavedristas, la figura de su líder fue muy cuestionada debido a su supuesta vinculación con la asonada del 5 y 6 de abril de 1811. En esas jornadas, grupos de habitantes de los suburbios movilizados por varios alcaldes de barrio y jefes militares produjeron un levantamiento y exigieron al gobierno una serie de medidas que fortalecieron a los saavedristas en detrimento de la Sociedad Patriótica compuesta por grupos morenistas. Ese mismo año Saavedra fue enviado al norte para reorganizar el ejército que había sido recientemente derrotado por los realistas. Allí permaneció hasta que, poco tiempo después, el Primer Triunvirato lo excluyó del gobierno acusándolo de haber liderado la asonada de abril.
En 1814, la Asamblea del año XIII, mediante un juicio de residencia, lo condenó a destierro perpetuo y pidió su captura pero Saavedra se fugó a Chile, donde las autoridades le dieron asilo. En 1818 el directorio declaró la nulidad de procedimientos del proceso realizado contra Saavedra y lo reincorporó al ejército con el grado de brigadier. Al año siguiente se desempeñó como delegado directorial en la campaña de Buenos Aires. En 1822 se acogió a la ley de retiro militar sancionada por el gobierno de Martín Rodríguez. Sus últimos años transcurrieron en su estancia de Zarate junto a su familia, donde escribió sus Memorias. Murió el 29 de marzo, de 1829.

viernes, 3 de mayo de 2019

5 DE JULIO. ATAQUE A BUENOS AIRES 1807

Por Lancelot Holland («Diario del Teniente Coronel Lancelot Holland», en La Nación, julio 2 de 1937, Buenos Aires).


LANCELOT HOLLAND. — Distinguido oficial de las fuerzas que intentaron Ja segunda invasión inglesa. Este prestigioso militar se graduó de alférez de los Coldstreams Guards el 15 de mayo de 1795, fué trasladado a los Grenadier Guards en 1798 y obtuvo el grado de capitán en 1799. Luego, en 1804, se le designó ayudante permanente del intendente general del ejército en Irlanda y posteriormente fué ascendido a teniente coronel en el 134.º de Infantería. Prestaba servicio en el estado mayor del general Craufurd cuando fué incorporado a las fuerzas que se dirigían a Buenos Aires. (La Nación).
Las calles de Buenos Aires corren todas paralelas o en ángulos rectos entre sí. Como están a distancias iguales, la ciudad está dividida en un número de cuadrados. El lado de cada uno de ellos tiene 136 yardas. Al fondo de la ciudad, cerca del río, hay un fuerte poderoso. Se propuso hacer un falso ataque sobre las tres calles que llevan por el centro de la ciudad inmediatamente sobre el fuerte, con la artillería y el 6 de Dragones. Al mismo tiempo trece columnas debían penetrar en la ciudad y ocupar cualesquiera posiciones fuertes de que pudieran apoderarse cerca del río; el fuego de la artillería era la señal para que avanzaran estas columnas, cuyas cabezas habían sido colocadas por la noche en las cabeceras de las calles. El enemigo había situado su defensa principal dentro de unas cinco cuadras del Fuerte y las columnas que llegaron a esa distancia fueron severamente atacadas con fuego de mosquetería y granadas de mano desde las casas vecinas.
A las 6 las columnas empezaron a moverse. La brigada del general Craufurd fué dividida en dos; él dirigió la fracción derecha, consistente en cuatro compañías de infantería ligera y cuatro del 95, con un cañón para balas de tres libras. El coronel Pack dirigió la izquierda, consistente en cinco compañías de infantería ligera y cuatro del 95, con un cañón para balas de tres libras. Al pasar a través de la ciudad con el general Craufurd no se nos molestó mucho; se nos hizo poco fuego. Avanzamos hasta que llegamos al agua. Volvimos entonces a la izquierda y nos juntamos con el coronel Pack. Lo habían hostilizado duramente y se retiraba a un puesto llamado la Residencia, a cierta distancia a la derecha. El propio Pack tenía cinco balazos en sus ropas, dos de los cuales le habían herido levemente; había perdido gran número de oficiales y soldados, entre muertos y heridos. Algunos fueron abandonados en las calles y unos pocos estaban con él. Habían sido tiroteados desde las casas.
El regimiento 45.º había avanzado por nuestra derecha sin encontrar oposición y tomado posesión de la Residencia, un fuerte edificio de las afueras de la ciudad. Después que el coronel Guard hubo colocado a sus hombres en este puesto, con su compañía de Granaderos, se unió a nosotros.
SANTO DOMINGO
Había una gran catedral al extremo de la calle por la cual había avanzado el coronel Pack, y el general Craufurd dispuso que nos apoderásemos de ella y nos mantuviéramos allí hasta que supiésemos la suerte de las columnas de la izquierda. Destrozamos las puertas a cañonazos y apostamos nuestros fusileros por todo el techo del edificio para que pudieran desalojar a los españoles de las azoteas de las casas cercanas, desde donde mantenían un fuerte fuego muy vivo. Sin embargo, los fusileros no pudieron conseguir ese propósito. En la Catedral, que se llama Santo Domingo, hallamos los colores del 71.º, que Pack tuvo el placer de recobrar. Al entrar en la Catedral habíamos esperado encontrarla llena de soldados. Sin embargo, había muy pocos. Dos monjes estaban mal heridos, uno había perdido un brazo y otro estaba herido en el pecho. Reunimos a todos los monjes y frailes, que había muchos y estaban muy asustados, y los protegimos, así como a su altar, con centinelas. Fué difícil impedir el saqueo; la Catedral era rica y magnífica.
Entre tanto el enemigo hacía fuego contra nosotros a través de todos los orificios y ventanas y hería a muchos de nuestros hombres. Nada oímos de las otras fuerzas y el enemigo traía cañones para atacarnos. Entramos en la Catedral a eso de las 8; más o menos a las 12, Liniers envió un edecán para instarnos a la rendición, diciendo que el ejército estaba derrotado y hecho prisionero todo el 88’. Al ver que el enemigo se acercaba mucho a nosotros y nos apuntaba con más artillería, se decidió hacer una carga. El coronel Guard, con el 45.º de Granaderos y el mayor Trotter, con un poco de infantería ligera, salieron inmediatamente de la iglesia, calle abajo. Las dos secciones de primera fila quedaron destrozadas y todos sus hombres murieron o resultaron heridos. El capitán de Granaderos fué herido malamente en el pecho; la espada que Guard tenía en la mano fué atravesada por tres balas de mosquete. El mayor Trotter murió y la infantería ligera quedó disminuida. El enemigo, durante esta salida, perdió pocos hombres y se retiró dentro o detrás de las casas, desde donde hizo fuego fríamente y con precisión.
Las tropas recibieron orden de replegarse. El coronel Pack había dejado al coronel Cadogan con tres compañías de infantería ligera a cierta distancia de nosotros, en un puesto que no consideraba bueno. No oímos disparos por ese lado y supimos que habían caído prisioneros.
La Residencia, donde estaba apostado el 45.º, se hallaba muy distante de nosotros, seis cuadras, y no podíamos abrigar la esperanza de llegar hasta ella bajo el fuego a que nos expondríamos. Teníamos un centenar de soldados y oficiales heridos en la Catedral. El enemigo nos atacaba con metralla y cada vez traía más cañones. Esperábamos que pronto quedaría destruido el edificio. Nuestros soldados estaban alarmados y desalentados. A las 4 el general Craufurd consultó a los coroneles Guard y Pack y al mayor Mac Leod, con respecto a las medidas que podían adoptarse, y se acordó tener una comunicación con el enemigo. Se izó una bandera de parlamento. Esto hizo venir a un oficial español que dijo que nuestras tropas estaban prisioneras, muertas o en retirada; que el general Liniers estaba dispuesto a recibirnos como prisioneros de guerra, pero que no aceptaría otras condiciones. Después de algunas conferencias le enviamos de vuelta con ciertas proposiciones. Regresó y dijo que el general Elío estaba a la puerta y deseaba hablar con el general Craufurd, quien salió a verle. 
Apareció un hombre sucio y mal vestido que al presentarse a él dijo ser el general Elío. Estaba rodeado por una vociferante gentuza armada, que ululaba y chillaba y de la que esperábamos que en cualquier momento nos hiciera fuego. Como los coroneles Guard y Pack habían coincidido con el general Craufurd en que estábamos reducidos a la necesidad de la rendición, el general Craufurd arregló con ese Elío que nos entregábamos como prisioneros de guerra. Se ordenó que saliéramos sin armas. Fué un amargo deber; todos lo sentimos así. Los soldados estaban todos llorosos.  Se nos hizo marchar a través de la ciudad hasta los fuertes. Nada podía ser más mortificante que el paso a través de las calles entre la gentuza que nos había conquistado. Eran gentes de tez muy obscura, bajas y mal hechas, cubiertas con mantas, armadas con largos mosquetes y, algunos, una espada. No había orden ni uniformidad entre ellos.
Se nos llevó a la casa de Liniers, en el Fuerte, donde se nos introdujo en una sala llena de oficiales británicos. Hallamos a todos los del 88.º que se habían salvado de morir o de quedar heridos, y al coronel Cadogan con los oficiales a sus órdenes. Un general Barbiani, hombrecillo enojadizo, pero cortés, nos recibió y nos hizo firmar una promesa de no servir contra España o sus aliados hasta que se nos canjeare. Había en total 60 o 70 oficiales en dos grandes salas bien vigiladas. Nos trajeron algunos bizcochos y un trozo de carne, ahumada y horrible. No había nada más que ladrillos para tendernos encima. El general Barbiani nos dió al general Craufurd y a mí algo de comida en su propia mesa y también al general Craufurd un colchón para que se acostara. Yo me tendí en algunas tablas, a su lado.
Por la mañana, Barbiani nos dió a Craufurd y a mí un poco de chocolate como desayuno. Nada puede ser más cortés que su trato, así como el de los demás oficiales españoles. Parecen vivir de una manera sucia e incómoda. Barbiani es segundo jefe y además intendente general. Sin embargo, él mismo se hace la cama, se limpia la mesa, etcétera. Él y su estado mayor duermen todos en una sola pieza, sobre colchones, sin sacarse la ropa. Parecen considerar que el lavarse es una operación muy innecesaria y no se afeitan con frecuencia. Son grandes fumadores de cigarros. En general, parecen gentes corteses, analfabetas, mal educadas. Hay, sin embargo, algunas excepciones. Algunos de ellos han leído y conocen el mundo. Tienen a lo sumo algún conocimiento de francés y de latín. Sus ropas son diferentes y parecen estar regidas más por la fantasía que por la uniformidad. Entre esta gente, la mitad estaba formada por comerciantes del lugar que habían tomado las armas y recibido sus grados de Liniers.
Después del desayuno volvimos a nuestros compañeros de prisión, a quienes encontramos envueltos en humo. Se habían hecho más admiradores de los cigarros que los mismos españoles. Les habían llevado para el desayuno algunos bizcochos muy buenos, por los cuales hubo una avidez general. A las 3 el general Liniers invitó a todos los oficiales a comer. Nos recibió un número más o menos igual de españoles. La comida fue muy buena, sin ninguna pretensión de estilo o de lujo. Todo transcurrió muy bien. Liniers es un hombre de buen talante y muy conversador y no parece tener talento. Al terminar la comida, el general Gower llegó para tratar con Liniers, como consecuencia de una carta que Liniers le había enviado por la mañana con una bandera de parlamento. Estuvieron mucho tiempo encerrados juntos. Pasamos una noche muy semejante a la anterior, pero quizá sentimos más profundamente nuestro infortunio.

7 de julio
Por la mañana un emprendedor irlandés, un capitán Carroll, del 88.º, que habla español y por ello consiguió intimar con los españoles, al verme en un estado sucio e incómodo ofreció procurarme una camisa limpia y una navaja. No era ésta una proposición para pasarla por alto. Le seguí, sin saber a dónde me llevaba. Con gran asombro mío me condujo a una habitación, en la que Liniers, que acababa de dejar el lecho, se estaba vistiendo. Muy fríamente le dijo para qué me había llevado y Liniers me buscó inmediatamente en persona una navaja, una camisa, etc., después de lo cual estuvo media hora buscando un nuevo cepillo de dientes para mí. Hablaba continuamente y con poco sentido. Mientras estuve con él, no menos de diez españoles mal entrazados, algunos militares y otros civiles, entraron en su cuarto sin ceremonias para proferir fuertes quejas contra los ingleses. Sus modales eran los de personas que tratan de igual a igual.

martes, 30 de agosto de 2016

COMBATE DE PERDRIEL: 1RO DE AGOSTO DE 1806

Por el Prof. Julio R. Otaño


Al promediar 1805 el Mundo se encontraba dividido entre las dos grandes potencias enemigas; Francia a través del Emperador Napoleón queda dueña de Europa y Gran Bretaña dueña de los Océanos y Mares, con manos libres para conquistar mercados donde colocar su gran producción industrial.  España, aliada de Francia sería a través de sus colonias una de sus víctimas. 

El 24 de junio de 1806 tropas británicas de elite, desembarcan en Quilmes al mando de William Carr Beresford ocupando la ciudad de Buenos Aires al día siguiente. 

Prácticamente sin combatir,  1560 ingleses se apoderaron de una ciudad de 50.000 habitantes. Como señalan crónicas de la época en los 46 días de dominación inglesa hubo complacientes que agasajaron a los invasores con sus tertulias, sus dulces y sus valses y unos cuantos espías. 
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Pero muchos otros como Santiago de Liniers, Martín de Álzaga  y Juan Martín de Pueyrredón  buscaban reunir tropas e iniciar la reconquista.   

El primero se dirige a Montevideo a pedir ayuda al Gobernador Ruiz Huidobro mientras que Álzaga financia y organiza la resistencia dentro de la ciudad de Buenos Aires y Pueyrredón comenzó a agrupar gauchos y paisanos en los “Santos Lugares” (Gral San Martín).  

Para ello se arrendó los llamados “Caseríos de Perdriel”, propiedad situada a 4 leguas de Buenos Aires (Villa Ballester). Había tomado el nombre de su antiguo dueño, el francés Julián Perdriel, y después perteneció a Domingo Belgrano. 

Estaban cercados con espinillos, ombúes y Talas que bordeaban un foso, y tenía un edificio de dos cuerpos y azotea, cuyas habitaciones daban a un patio central, cerrado con una reja.   

Pueyrredón había reunido el contingente de gauchos, con los blandengues que el comandante Antonio Olavarría había recogido en la frontera. En ese histórico lugar, el 31 de julio de 1806 se encuentran reunidos aproximadamente 800 hombres con sus correspondientes caballadas.  

Enterado Beresford dispuso de inmediato que parte de las fuerzas quedaran acuarteladas en estado de alerta y otras, al mando del coronel Denis Pack, jefe del regimiento 71 Highlanders, se aprestaran a marchar, oficiando de guía el criollo Francisco González.    

En la mañana del 1 de agosto,  Martin Rodriguez desde la torre de la iglesia de “Los Santos Lugares” (Plaza principal de Gral. San Martín), divisó la llegada de los invasores y se dirigió rápidamente a Perdriel donde comunicó la novedad a Pueyrredón.  A la altura de las actuales instalaciones del Liceo Militar General San Martin y el Tiro Federal,  los británicos hicieron alto para organizar su despliegue.     Beresford dividió la infantería en dos alas, a derecha e izquierda de la artillería. La reserva permaneció a retaguardia al mando del Coronel Pack, cubriendo la artillería y al cuerpo de oficiales encabezado por Beresford.    A las 08.30, ambas fuerzas se enfrentaron y no tardaron mucho las experimentadas tropas inglesas en producir la dispersión de las fuerzas rioplatenses.

Sólo un centenar de hombres permanecía en el campo, Juan Martín de Pueyrredón se lanzó entonces en una carga sobre el flanco derecho para silenciar los cañones; mientras sus hombres se adueñaban de un carro de municiones, su caballo fue muerto por una bala rasa de cañón, quedando de pie y rodeado por la oficialidad británica, pero fue rescatado por la valiente intervención del Alcalde de Pilar, capitán Lorenzo Lopez;  Pueyrredón de un salto montó en ancas y ante el asombro de los ingleses, que no atinaron ni a tirotearlos, dado lo instantáneo de la acción, desaparecieron tras la loma.  Posteriormente se dirigió a la chacra de Márquez (actuales tierras de los talleres militares de Boulogne Sur Mer) para reagruparse y esperar a Liniers para avanzar sobre Buenos Aires. 

El número de bajas en ambos bandos fue bajo: veinte ingleses muertos y diez heridos, y sólo tres muertos y cuatro heridos entre los defensores.

Finalmente Liniers desembarcó el 6 de agosto en inmediaciones de la desembocadura del Río Reconquista y  Pueyrredón se incorporó a sus fuerzas con sus hombres.

El 12 de agosto se produciría finalmente el ataque y reconquista de la ciudad.

El combate de “Perdriel”, permitió que el Pago de Santos Lugares, hoy día Gral. San Martín comenzara a insertarse en la historia grande de la Patria. La importancia de este encuentro fue ratificado por el Cabildo de Buenos Aires, al otorgar, con autorización del Virrey, un escudo conmemorativo de la acción librada, entrega formalizada el 23 de diciembre de 1806.

viernes, 25 de marzo de 2011

INGLATERRA Y EL RÍO DE LA PLATA (1806-1807)

Por el Dr. Julio R. Otaño

Los políticos de Inglaterra, dueña de los mares alentaban el proposito de apro¬vechar la decadencia y la depresión de España para apoderarse de sus colonias. Con paciencia y prolijidad de araña, la diplomacia inglesa había dispuesto los hilos para capturar la presa codiciada: primero, la paulatina penetración comercial; luego, la penetración ideológica, mediante la difusión de principios liberales y revolucionarios. El más activo de sus agentes era el venezolano francisco de Miranda, inquieto personaje que había actuado en la revolución francesa, y en Rusia (había sido amante de la Zarina Catalina) se había acercado al ministro inglés Pitt para ofrecerle sus servicios “revolucionarios” (en realidad quería cambiar de dueño). Miranda inició en 1806 gestiones ante Home Popham con el objetivo específico de atacar el Río de la Plata específicamente Buenos Aires y Montevideo.
El virrey marqués de Sobremonte era Virrey desde 1804 su fuerza de combate estaba constituida por 1.403 veteranos de infantería y dragones, la mitad de los cuales se hallaba en puestos alejados: provincias interiores, costa patagonica; Entre los fuertes de Montevideo, Maldonado y Buenos Aires se repartían un centenar de artilleros en mal estado y escasa munición..Las fuerzas navales consistían en una corbeta, un bergantín y algunas lanchas cañoneras. El 9 de junio el vigía de Maldonado advirtió la presencia de una escuadra inglesa próxima a la costa y compuesta de ocho buques. Era la que en abril había partido del cabo de Buena Esperanza a las órdenes de Sir Home Popham con el propósito de conquistar a la indefensa Buenos Aires. Traía 1.200 hombres de desem¬barco, comandados por el Coronel Guillermo Carr Beresford.
El 25 recibió con el consiguiente estupor la noticia de que los ingleses habían desembarcado en Quilmes y se dirigían sobre la ciudad. Rápidamente envió para detenerlos cuatrocientos milicianos y cien blandengues mal armados, que fueron dispersos por el fuego excelente de las baterías inglesas y de su disciplinada infantería. Despejado el camino, el jefe inglés Beresford intimó la rendición de la ciudad. El jefe militar de mayor graduación, brigadier Hilarión de la Quintana, a cargo de la defensa, vio la inutilidad de resistir y entregó la ciudad y el Fuerte. El virrey Sobremonte se había retirado entre tanto a la ciudad de Córdoba con los caudales del tesoro, a fin de organizar desde allí el rescate.
El general Beresford tomó posesión del gobierno a nombre de Jorge III (Rey de Inglaterra) y obligó al juramento de fidelidad. Dio una proclarna a la población prometiendo respeto a la religión católica y a la propiedad privada y autorizando el comercio libre con las colonias inglesas. Al mismo tiempo pedía a Inglaterra refuerzos militares y envío de pobladores y mercaderías para iniciar un intercambio en gran escala.
Los habitantes de Buenos Aires se sintieron consternados y humillados por la derrota, según lo revelan las memorias de la época aunque no faltó por cierto, la facción que trató de congraciarse con el invasor y se ligó a su suerte. Pasados los primeros días de estupor, empezó a conspirarse contra los ocupantes. Las circunstancias apremiaban porque convenía actuar antes de que llegaran los refuerzos pedidos por Beresford. Sobremonte reunía milicias en Córdoba para acudir a libertar la ciudad y lo mismo hacía Ruiz Huidobro en Montevideo, al mismo tiempo que don Juan Martín de Pueyrredón y otros más reclutaban gente en la campaña.
Se necesitaba sólo el jefe que coordinara estos esfuerzos dispersos y los organizara para la acción. En esta circunstancia aparece un francés al servicio del rey de España el capitán de navío don Santiago de Liniers y Brémond. Liniers pasó a Montevideo y obtuvo del gobernador de la plaza un contingente de seiscientos hombres, todos voluntarios, con los que se embarcó el 3 de agosto en la Colonia, venciendo a favor de una neblina propicia la dificultad de cruzar el río vigilado por los ingleses..
Desembarcó en las Conchas (Río reconquista) al siguiente día. En las proximidades de San Isidro se le unieron los dispersos del contingente de Puey¬rredón, que pocos días antes había sufrido un revés en la chacra de Perdriel. El 10 de agosto acampó en los Corrales de Miserere y desde allí se dirigió con su tropa al Retiro, en cuya plaza de toros se había fortificado el enemigo. Se combatió todo el día 11, y los ingleses se replegaron hacia la plaza Mayor y el Fuerte. Al día siguiente ordenó el ataque, acometiendo la plaza por cuatro puntos. En pocas horas la defensa inglesa cedió. Beresford dispuso el repliegue hacia el interior de la fortaleza, contra la cual hizo abrir Liniers intenso fuego con los mismos cañones abandonados por el enemigo. Al atardecer, se levantó bandera de parlamento.
Liniers exigió una rendición incondicional. Los enemigos sobrevivientes depusieron las armas y desfilaron ante nuestras milicias bisoñas y triunfantes. El botín de guerra consistió en treinta y cinco cañones de muralla, veintinueve de campaña, mil seiscientos fusiles y las banderas del regimiento 71.
El júbilo de Buenos Aires fue inmenso así como su entusiasmo por Liniers, quién aparecía a los ojos de todos como el caudillo natural. Sin embargo la escuadra inglesa continuaba dueña del rio, esperando refuerzos para intentar el desquite. El 14 de agosto, un Cabildo abierto bajo presion popular se pronunció contra el Virrey y designó jefe militar a Liniers. Ëste desplegó una extraordinaria actividad, dando muestras de sus grandes dotes de organizador. En once meses convirtió a una población de comerciantes en una república militar. Formó distintos cuerpos, agrupándolos por sus orígenes locales o raciales: andaluces, gallegos, catalanes, patricios, arribeños, cazadores correntinos, negros, mulatos, pardos, etc. Organizó ademas seis escuadrones de caballería y un cuerpo de artilleros. Se ocupó de la instrucción, a menudo per¬sonalmente. Los cuerpos debieron elegirse por votación sus pro¬pios oficiales, y éste es el origen de los grados de casi toda la ofi¬cialidad de la Independencia.
La mayor dificultad era el armamento. El enemigo fondeado en la boca del estuario había seguido recibiendo refuerzos de Inglaterra. A principios de 1807 contaba ya con un ejército de doce mil hombres al mando del general Whitelocke. Este decidió ocupar en primer término la Banda Oriental y establecer allí la base para su ulterior operación sobre la capital del Virreinato. Una brigada al mando del general Auchmuty desembarcó en Maldonado y se dirigió hacia Montevideo conquistándola (Sobremonte huyó nuevamente). Buenos Aires debía hacer frente a una flota compuesta de veinte barcos de guerra y noventa transportes y a un ejército de desembarco de doce mil hombres a quienes no faltaba caballería ni artillería. Para oponérsele, sólo contaba Liniers con ocho mil combatientes, de los que sólo la décima parte eran veteranos.
El general Whitelocke ordenó finalmente la invasión. El 28 de junio de 1807 desembarcaron los ingleses en la ensenada de Barragán y el 2 de julio su vanguardia llegaba a la orilla derecha del Riachuelo. Las fuerzas que llevó Liniers para contenerlos sufrieron una terrible derrota, esto consternó a la población que se juzgó perdida. Salvó la situación el Cabildo, por la decisión de su alcalde don Martín de Alzaga. Con la colaboración de todos los habitantes útIles, se puso rápidamente la ciudad en estado de defensa, cavandose trincheras en las calles, con baterías estratégicamente colocadas, y convirtiendo las casas en fortalezas. Al atardecer llegó Liniers, que había logrado reunir a la mayor parte de los dispensos. El 5 atacó Whitelocke, con ocho mil quinientos hombres divididos en columnas que debían avanzar por calles parale¬las hacia la plaza Mayor. Los recibieron una lluvia de proyectiles desde todas las casas. El enemigo había perdido entre muertos y prisioneros la mitad de su fuerza.
Liniers propuso negociaciones, el jefe británico debió ceder. El 7 de julio se firmó el convenio de paz. Por él los ingleses se comprometían a evacuar Montevideo y todos los puntos que ocupaban en el Río de la Plata.

sábado, 11 de diciembre de 2010

CONVENTO DE SANTO DOMINGO, TESTIGO DE LA HERÓICA DEFENSA DE UN PUEBLO UNIDO.

Por Claudia Alejandra Heredia

5 de julio de 1807. Segundo intento de ocupación inglesa. 9000 hombres habían desembarcado en la Ensenada de Barragán al mando de John Whitelocke, un General inglés muchísimo más experimentado que su antecesor Carr Beresford. Luego de varios días de marcha, las tropas de la infantería inglesa llegaron a los corrales de Miserere, eludiendo a las tropas de Santiago de Liniers que esperaban presentar batalla a campo abierto. La ciudad habría quedado descubierta si no hubiese sido por el rápido accionar del alcalde de primer voto, Martín de Álzaga, que planeó un combate dentro de la ciudad en el que participó todo el pueblo.

El 5 de julio, Whitelocke ordenó el avance de sus tropas, divididas en 12 columnas desde el norte y el sur, en una maniobra envolvente sobre la Plaza Mayor. No conocía la ciudad y el meterse por las callejuelas fue su perdición. El pueblo de Buenos Aires resistió heroicamente, cada casa se convirtió en un frente de combate arrojando todo tipo de objetos desde las azoteas.

Las tropas británicas se atrincheraron en el Convento de Santo Domingo y la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario fue saqueada. El Templo aún conserva las banderas británicas que el capitán Santiago de Liniers había entregado a los dominicos tras la primera invasión en 1806.

Con Liniers al mando, los defensores ocuparon la casa de Francisco de Telechea, en la intersección de las calles Defensa y Moreno, desde donde disparaban hacia la única torre que en ese momento tenía la iglesia, en el lado este.

En la torre aún pueden verse una serie de tachas de madera que fueron colocadas en los agujeros que dejaron los cañonazos. Las pusieron en 1836 para preservar el campanario y recordar la histórica defensa de la ciudad. El Comandante inglés rechazó la intimación de rendición, pero al ver que ya tenían muchas bajas y escasas posibilidades de salir victoriosos el 7 de julio, se produjo la rendición.


Cientos de soldados británicos y argentinos fueron enterrados bajo el empedrado de lo que hoy es el Pasaje 5 de Julio, que en ese entonces era la huerta de los dominicos. Siempre se habló de entre 2500 y 3000 cuerpos pero la cifra sería menor


La huerta fue expropiada en 1822 tras la reforma eclesiástica de Bernardino Rivadavia, el entonces f Ministro de Gobierno de Martín Rodríguez. Se levantó un pasaje, que primero se llamó Sarandí y luego fue rebautizado 5 de julio. Durante las excavaciones los cuerpos fueron llevados a distintos cementerios de la ciudad... aunque resulta imposible caminar sobre el empedrado sin imaginarlos allí debajo en un sueño eterno, ya desprovistos de codicias y rivalidades.






miércoles, 29 de septiembre de 2010

El Combate del Cordón o Combate del Cardal

Por Adrián Martínez 

El Combate del Cordón o Combate del Cardal, librado el 20 de enero de 1807, fue el principal enfrentamiento entre las fuerzas de defensa de Montevideo y las tropas británicas en ocasión de iniciarse el sitio de Montevideo de 1807, durante la segunda invasión inglesa al Río de la Plata. La epica garra charrua otra vez puesta a prueba. Aqui va una version del enorme don Alfredo rememorando aquellos hechos heroicos de las armas orientales.