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sábado, 11 de noviembre de 2023

La Zoncera 8 sobre “La libre navegación de los ríos” y la Batalla de la Vuelta de Obligado del 20 de noviembre de 1845

Facundo Di Vincenzo
“El sable, que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América de Sur, le será entregado al general de la República Argentina don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarnos” (José de San Martín, Testamento, 1850).
Introducción a un problema historiográfico
Para historiadores e historiadoras como Marcela Ternavasio en su Historia de la Argentina 1806-1852 (2009), Raúl Fradkin y Jorge Gelman en Juan Manuel de Rosas. La construcción de un liderazgo político (2016) o Juan Pivel Devoto y Alcira Renieri de Pivel Devoto en Historia de la República Oriental del Uruguay (1945), la batalla se enmarca en la denominada “Guerra Grande” desarrollada entre marzo de 1839 y octubre de 1851. En los trabajos mencionados aparece como un enfrentamiento más en la secuencia de combates iniciados en la Banda Oriental entre dos facciones: “los blancos”, encabezados por Manuel Oribe (Montevideo, 1792-1857), y “los colorados” de Fructuoso Rivera (Durazno, 1784-1854).
La división entre los orientales surge en 1836 como desenlace de un conflicto latente entre las fuerzas comandadas por Fructuoso Rivera, comandante general de Campaña, y quienes promovían, como Manuel Oribe, una organización nacional integrada al acontecer de los vecinos federales del Río de la Plata, sin injerencias del Imperio del Brasil ni de las potencias imperiales extranjeras. Rivera, en cambio, se encontraba íntimamente vinculado a los unitarios que motorizaban la desvinculación entre Buenos Aires y las provincias, además de participar desde 1835 con los liberales brasileños que promovían la independencia como república de la Provincia de Rio Grande Do Sud –Guerra de los Farrapos o Revolución Farroupilha, desarrollada entre 1835 y 1845. En consecuencia, Rivera, aficionado a guerras de segmentación, mantuvo durante buena parte de su vida una relación estrecha con los enviados diplomáticos de Francia e Inglaterra, quienes veían en él un instrumento para romper cualquier iniciativa de unidad entre las provincias hermanas. Oribe no desconocía esta tensión, y en 1836 promovió el uso obligatorio de la divisa blanca que llevaba el título “amigos del orden” o “sostenedores de la legalidad”. En respuesta, Rivera distribuyó distintivos celestes, pero como se desteñían fácilmente por las lluvias y soleadas, lo cambió por el colorado del forro de los ponchos. Las divisas se estrenaron en la Batalla de Carpintería, en donde fue derrotado Rivera. Un dato de color de esta batalla es que Rivera en su fuga perdió todo su equipaje que, entre otras cosas, contaba con numerosas cartas enviadas a él por unitarios y diplomáticos ingleses y franceses. El historiador uruguayo Vivian Trías (Las Piedras, 1922-1980) señala que hasta contaba con una carta del mariscal Santa Cruz de Bolivia, en donde se le ofrecía una provincia argentina a cambio de su participación en un futuro conflicto contra Oribe y Rosas (Reyes Abadie, 1989; Trías, 1974).
Desde la perspectiva de los trabajos de Ternavasio, Gelman-Fradkin y Devoto-Renieri de Devoto, la batalla es leída como parte de un conflicto regional entre el presidente oriental de aquel entonces, Oribe, y quien lo quiere derrocar, Rivera, que termina involucrando a fuerzas “extranjeras”. Rivera acude a franceses, ingleses y hasta un grupo de italianos y mercenarios comandados por el caudillo liberal Giussepe Garibaldi. La alianza extranjera y estratégica diseñada por Rivera termina venciendo a Oribe, posibilitando el control del gobierno a los colorados. Tras la derrota, Oribe, en cambio, se alió con los federales de la Confederación para intentar volver al gobierno oriental.
En este relato no hay imperios, ni imperialismo, tampoco hay presiones ni influencias de Francia e Inglaterra; incluso, los federales de la Confederación, que en la gran mayoría de los casos habían luchado con los orientales (Rivera-Oribe) de un lado o de otro por más de tres décadas –todos participaron de las luchas de la emancipación, la Guerra del Brasil, las guerras entre Unitarios y Federales– son considerados tan extranjeros como las fuerzas anglo-francesas. Observo que estas omisiones y errores tienen efectos profundos al momento de narrar lo que ocurrió en la Batalla de la Vuelta de Obligado, incluso deja en suspenso –diría: “intacta”, sin criticar ni modificar– la versión “unitaria” y “liberal” –Bartolomé Mitre (1906), Domingo Faustino Sarmiento (1845), José Ingenieros (1918)– la historia de la Cuenca del Plata en donde los ingleses y los franceses actuaron contra las tropas de la Confederación para “liberar” los ríos. Un tema recurrente de ciertos académicos –liberales y eurocentristas– para quienes el elemento liberador en el Río de la Plata tuvo siempre que venir desde afuera –por nuestra incapacidad o barbarie. Desde esta concepción situada en algún lugar del Atlántico Norte, la Revolución de Mayo se produjo gracias al arribo de los ideales de la Revolución Francesa, el Estado Nación se consolidó por acción del modelo agroexportador promovido por Inglaterra y –en el caso analizado aquí– la invasión anglo-francesa al Río Paraná de 1845 fue caratulada como un avance del progreso y la libertad sobre la tiranía de un líder feudal como Juan Manuel de Rosas.
El pensador nacional Arturo Jauretche (Lincoln, 1901-1974) elige justamente las lecturas unitarias y liberales de esta batalla para explicar en su Manual de Zonceras Argentinas (1968: 77) la zoncera número 8 sobre “La libre navegación de los ríos”: “En la escuela primaria no era de los peores alumnos y contaba con cierta facilidad de palabra, motivos por los que frecuentemente fui orador de los festejos patrios. En uno de esos había bajado de la tarima, pero no de la vanidad provocada por los aplausos y felicitaciones, cuando mi satisfacción empezó a ser corroída por un gusanito. Entre las muchas glorias argentinas que había enumerado estaba esta de la libre navegación de los ríos, y en ella empezó a comer el tal gusanito. El muy canalla –tal lo creí entonces– me planteó su interrogante, tal vez aprovechando lo vermiforme del signo: ‘¿De quién libertamos los ríos?’. Y en seguida, como que ya estaba perplejo, agregó la respuesta: ‘De nosotros mismos. ¡Je, je, je!’, agregó burlonamente. ‘¿De manera que los ríos los libertamos de nuestro propio dominio?’, pensé yo de inmediato, ya puesto el disparadero por el gusano. Y continué ‘Pero entonces, si no eran ajenos sino nuestros, ¿se trata sencillamente de que los perdimos?’. Busqué entonces algunos datos y resultó que era así: la libertad de los ríos nos había sido impuesta después de una larga lucha en la intervinieron Francia, Inglaterra y el Imperio de los Braganza [Brasil]. Y lo que no se había podido imponer por las armas en Obligado, en Martín García [Combate de 1838 entre la Confederación y la flota de francesa aliada de Rivera], en Tonelero, por los imperios más poderosos de la Tierra, fue concedido –como parte del precio por la ayuda extranjera– por los libertadores argentinos que aliados con el Brasil vencieron en el campo de Caseros [Urquiza, Sarmiento, Mitre] y en los tratados subsiguientes”.
La batalla
El 20 de noviembre de 1845 en las aguas del rio Paraná, más precisamente a la altura de la localidad de San Pedro, provincia de Buenos Aires, en un lugar en donde el cauce se angosta y gira formando un dibujo sobre su margen derecha conocido como “Vuelta de Obligado”, las fuerzas de la Confederación Argentina lideradas por el brigadier general Juan Manuel de Rosas (Buenos Aires, 1793-1877) se enfrentaron a la escuadra invasora anglo-francesa integrada por 22 barcos de guerra y 92 buques mercantes de ingleses, franceses, norteamericanos, sardos, hamburgueses y daneses. Al mando se encontraban los almirantes Francois Thomas de Trehouart (Francia) y Sir Charles Hotham (Inglaterra) (Cady, 1945; Scalabrini Ortiz, 1950; Rosa, 1965; Halperin Donghi, 1972; Colli, 1978).
Vivian Trías (1974: 181), en su sustancioso libro sobre Juan Manuel de Rosas, escribe: “La política económica rosista, a partir de 1835, contrariaba los intereses ingleses y franceses. […] La prohibición de extraer oro y las incesantes emisiones de papel moneda perjudicaron ostensiblemente a los comerciantes británicos”. Luego agrega en relación al conflicto entre Oribe y Rivera: “La guerra es, evidentemente, perjudicial para la arquitectura económica que el imperialismo liberal venía edificando a escala mundial”. En sintonía con ese proyecto liberal de dimensión mundial, el 17 de Noviembre de 1845 zarpó de Montevideo la flota anglo-francesa que debía abrir el río Paraná para el comercio de las potencias imperialistas. Para impedir el paso de las naves, las tropas de la Confederación Argentina habían instalado en la Vuelta de Obligado baterías, cadenas y trincheras comandadas por el general Lucio Norberto Mansilla (Buenos Aires, 1792-1871). La defensa de los patriotas atravesaba el rio con 24 buques mercantes “arrasados”, unidos entre sí por tres gruesos y fuertes lienzos de cadenas de ancla. Además, se había dispuesto, como batería flotante y defensa, el bergatín “Republicano”. El general Mansilla en la ribera derecha del río montó cuatro baterías artilladas con 30 cañones, muchos de ellos de bronce, con calibres de 8, 10 y 12, siendo el mayor de 20, los que eran servidos por una dotación de 160 artilleros. La primera, denominada Restaurador Rosas, estaba al mando de Álvaro José de Alzogaray; la segunda, General Brown, al mando del teniente de marina Eduardo Brown, hijo del almirante; la tercera era la General Mansilla, comandada por el teniente de artillería Felipe Palacios; y la cuarta, de reserva y aguas arriba de las cadenas, se denominó Manuelita y estuvo al mando del teniente coronel Juan Bautista Thorne. En las trincheras había 2.000 hombres, la mayor parte gauchos asignados a la caballería, al mando del coronel Ramón Rodríguez, jefe del Regimiento de Patricios. También participaron tropas del Segundo Batallón de Patricios.  Al amanecer del 20 de noviembre, cuando la niebla se disipó, los oficiales franceses e ingleses ordenaron el ataque. Hacia las 18 horas del 20 de noviembre la lucha cesó. Las bajas argentinas sumaron 250 muertos y 400 heridos, mientras que la de los invasores, cerca de 30 muertos y 86 heridos. La lucha de los gauchos de la Confederación obligó a inmovilizar la flota invasora por más de 40 días en el lugar de la batalla. Además, en el viaje de regreso la escuadra imperialista fue atacada nuevamente.  Establecer el contexto sobre el que se ha desarrollado la “Batalla de la Vuelta de Obligado” supone, debido a una Historiografía argentina que ha estado históricamente signada por el interés de facción, la colonización cultural e ideológica y la anglofilia hasta hoy imperante en muchos de los espacios académicos (Di Vincenzo, 2018), tanto en una lectura sobre lo que se entiende por modernidad como una concepción sobre la idea de Nación, nacionalismo y nacionalidad. ¿Cómo es esto? Intentaré explicarlo brevísimamente.
La modernidad según los cultores del Atlántico Norte y nuestra modernidad   Desde otras lecturas, realizadas por autores situados en Iberoamérica, la batalla de la Vuelta de Obligado se inscribe como una expresión más del largo y violento proceso de expansión del capital mercantil motorizado por los sectores burgueses del Atlántico Norte. El filósofo nacional Alberto Buela (Buenos Aires, 1946) afirma que con la llegada de los europeos a las Américas en 1492 arribaron también dos cosmovisiones –formas de entender o comprender el mundo–: una mercantil, liberal, materialista, y otra cristiana, humanista y sincretista (Buela, 1990). En ese sentido, podemos afirmar que el acontecimiento inaugura el ciclo de acumulación de riquezas –recursos: metales preciosos, especies, minerales– que terminará por afianzar al sector comercial y mercantil –burgués– frente al sector “de la tierra”, reyes y nobles feudales de Europa del Norte. El poder económico de los burgueses termina por manifestarse en poder político desde 1688 con la Revolución Inglesa, dando inicio a otro ciclo, de consolidación y construcción del armazón político burgués: República moderna o Estado Liberal de Derecho, que podríamos dar por concluido con la Revolución Francesa de 1789. Con la represión de los franceses a los revolucionarios haitianos entre 1791 y 1804 podríamos afirmar que se inicia un nuevo periodo, marcado por las guerras de conquista de los grandes Estados-Nación imperiales del Atlántico Norte –Francia, Inglaterra, Holanda, Bélgica, y luego Estados Unidos– a los demás Estados y Naciones del planeta, motorizando las rencillas internas o inmiscuyéndose en las decisiones de “las periferias”, como ha ocurrido en el caso del Río de la Plata durante los tiempos de la Batalla de la Vuelta de Obligado. Esta fase de la expansión imperial bien podríamos extenderla hasta la Gran Guerra de 1914-1918. Como puede observarse, parafraseando a Jauretche, una cosa es pensar con la cronología y los acontecimientos trascendentales de otros –edades Antigua, Feudal, Moderna y Contemporánea– y otra distinta es pensar con una cronología que repase los acontecimientos que nos han afectado a nosotros.
En varias oportunidades el filósofo Alekxandr Dugin (Moscú, 1962) ha tratado el tema y lo ha asociado por ejemplo a la relación que tiene Argentina con el mar Atlántico y las islas sobre las que tiene soberanía: las Malvinas. Su compromiso por el tema y sus visitas al país lo han constituido como un pensador nacional en el sentido que lo entienden autores como Leopoldo Marechal (1966) o Manuel Ugarte (1978): es aquel que quiere y hace querer a nuestra tierra. En una conferencia dictada en la Escuela Superior de Guerra Conjunta de las Fuerzas Armadas Argentinas, Dugin (2018: 31) define al Atlantismo como la idea de Civilización que propusieron y proponen las potencias del Atlántico Norte, con centro en Gran Bretaña primero y en Estados Unidos después: “Es capitalismo puro porque el capitalismo aparece en la historia de Occidente junto con el periodo de los descubrimientos en las colonias y el descubrimiento más importante del mar. El mar deviene un destino para Occidente y, desde este momento, empieza el capitalismo; la modernidad; la ciencia moderna; la metafísica moderna con su sujeto racional, con su idea del progreso”.
Nación, nacionalismo, nacionalidad
Sobre el tema de la nacionalidad, los seres humanos tenemos un viejo dilema, asociado generalmente al llamado “problema de nuestros orígenes”. El filósofo Carlos Astrada (Córdoba, 1894-1970) resuelve el enigma-problema rápidamente. Afirma que un pueblo es soberano cuando trabaja la tierra en la que vive: de allí el origen de la nacionalidad argentina. Desde su visión, es a partir del trabajo que los seres humanos asimilan un territorio y lo convierten en suyo. En las tierras del sur del continente americano Carlos Astrada considera que este derecho le corresponde inicialmente a los gauchos y los indios. Desde su lectura, ellos fueron quienes trabajaron las tierras, y a partir de ese trabajo lograron una relación particular, emotiva y sentimental con el paisaje, ese escenario infinito, inmenso y profundo, comúnmente llamado “las pampas” o “la pampa gaucha”. Astrada (1964: 58) la define como: “La extensión ilimitada, como paisaje originario y, a la vez, como escenario y elemento constitutivo del mito, he aquí nuestra Esfinge, la Esfinge frente a la cual está el hombre argentino, el gaucho”. Para Astrada, si uno se propone divisar una imagen humana en las tierras australes, esa imagen es la del gaucho y la del indio: son los habitantes naturales de un lugar que –parafraseando al poeta Rainer Maria Rilke (1980)– parece limitar con la eternidad. Escribe Astrada (1964: 59): “La Pampa, con sus horizontes en fuga, nos está diciendo, en diversas formas inarticuladas, que se refunden en una sola nota obsesionante: ¡O descifras mi secreto o te devoro!”. Ese plano metafísico del paisaje en el continente y en el mar e islas argentinas dan una dimensión espiritual que se encuentra ligada indisolublemente con los seres que mejor lo interpretaron y respetaron con su errático ambular: el gaucho y el indio.  Otra condición relacionada con el pensamiento geopolítico y existencial de los autores del Pensamiento Nacional es su lectura sobre la naturaleza pacífica de la cosmovisión nacional, diferente a la liberal: belicista, mercantil y usurpadora. Dugin, Buela y Astrada rescatan al poema fundacional de la nacionalidad argentina, El Martín Fierro de José Hernández. En ese texto, su personaje principal, el gaucho Martín Fierro, dice: “El trabajar es la ley / porque es preciso alquirir / no se espongan a sufrir / una triste situación: / sangra mucho el corazón / del que tiene que pedir” (Hernández, 1872: 235). Para Dugin, Buela y Astrada, los gauchos asumen la acción del trabajo como parte de la naturaleza humana, que Hernández valoriza una y otra vez en su poema. En otro pasaje escribe: “debe trabajar el hombre / para ganarse el pan”. En otras palabras: la adquisición de bienes se logra por el trabajo, que al mismo tiempo tiene que ser justo y reconocido por el patrón. Para Hernández, la paz entre las personas se rompe cuando el gaucho sufre injusticias, como le ha ocurrido a Martín Fierro, de ahí la desconfianza por la ley: “La ley es para todos / pero sólo al pobre la rige”. La lucha de los pueblos se expresa con un halo de justicia y es enunciada generalmente como “lucha por la liberación nacional”.  El pacifismo económico de la Cosmovisión Liberal desconoce todo esto, porque para las potencias del Atlántico Norte (OTAN) recién cesarán todas las guerras cuando se inaugure la era del perfecto libre cambio. De allí que filósofos como Astrada (1964, 2007) y Dugin (2018, 2019) aludan a un tipo de pacifismo imperialista y mercantil, en donde se pasa de una guerra por necesidades –guerra como medio de alimentación– a otro modo de guerra: por poder político y con motivación económica, es decir, no hay necesidades, sino búsqueda de mayores ganancias. Para la Cosmovisión Liberal de la OTAN la guerra es un medio para adquirir más mercancías, no es fundamental para adquirir bienes el trabajo, como señalaba Martín Fierro, sino que en esta cosmovisión el robo y la ocupación de lo ajeno son acciones naturalizadas. Escribe Astrada: “La forma particular del imperialismo mercantilista anglosajón, ya perimido, cuya garra predatoria, que se hizo sentir durante el siglo XIX, alcanzó también hasta nosotros, arrebatándonos las Malvinas y dejándonos esa herida, hasta ahora abierta, en el flanco Atlántico de la Patria” (Astrada, 1948: 133).  Siguiendo esta lectura, no es casual ni anecdótico que el héroe máximo del panteón nacional, José de San Martin, tras la batalla de la Vuelta de Obligado y a raíz de la defensa de “las aguas nuestras”, le envió a Juan Manuel de Rosas el sable curvo que usó en las guerras de la emancipación.
Bibliografía
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