Rosas

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viernes, 27 de septiembre de 2013

Brigadier General Don Manuel Oribe

 


ORIBE: SOLDADO, GOBERNANTE Y HOMBRE  Vísperas de Ituzaingó. 
En los fogones del ejército de las Provincias Unidas se está cocinando algo más que el rancho de la tropa: el motín. El infatuado Lavalle, el adusto Paz, el alocado Lamadrid, quieren deponer a Alvear, ese arrogante General en Jefe que no ha obtenidos sus galones como ellos, a sacrificio y coraje en las duras luchas de la Independencia. Como a su cófrade logista Pueyrredón, bien pudo decirle el coronel Dorrego esa frase que le costó seis años de destierro: "No recuerdo en qué campo de batalla me he encontrado con el señor General".   Su poderosa influencia dentro de la logia Lautaro ha suplido con creces dichas carencias.  Pero su aire petulante, sus modales aristocráticos, su tono hiriente, le han granjeado la máxima impopularidad. Cocinado el manjar, sólo queda ofrecerle el mando del ejército al segundo Jefe, el general Lavalleja.  Su aceptación se descarta. Tiene éste muy duros agravios contra Alvear, enemigo de los orientales desde los tiempos de Artigas. En uno de sus últimos y frecuentes encontronazos, el oriental hizo sarcástica alusión a su potente largavistas. Frenético, Alvear se desboca y hasta amenaza con fusilarle. Ningún sacrificio ha de haber impuesto nuestra patria a su Liberador como tragarse ese agravio.  Imaginamos sus labios trincados, sus ojos llameantes, su mano crispada en la empuñadura del famoso "corvo".   Sin duda eligieron bien los cerebros del motín: el candidato estaba a punto.  Sólo un detalle olvidaron: que éste no daría un paso tan trascendental sin consultar antes con su gran amigo de jornadas de sacrificio y gloria, Manuel Oribe. Y aquí se desmorona el plan. Nos lo cuenta el diario del general Antonio Díaz, ferviente alvearista y poco simpatizante en aquel entonces de Oribe, como lo demuestra páginas después, al menospreciar el famoso episodio de las charreteras. 
Escribe el general Díaz:  "En estas críticas circunstancias, varios jefes de los cuerpos de caballería a cuya cabeza estaba el coronel Lavalle, concibieron el diabólico proyecto de deponer al General en Jefe y, reunidos al efecto, propusieron al general Lavalleja que se encargase del mando. Este general era de los que más criticaban la conducta del general Alvear y acaso se hubiera resuelto a aceptar tan peligroso honor, si el coronel Oribe no le hubiese aconsejado que no cometiese semejante imprudencia, haciéndole ver que la consecuencia inevitable era la ruina del ejército en aquellos momentos, así como la de su propio crédito...".  Al otro día Manuel Oribe demostraría una vez más su pericia y su coraje en la batalla que sellara nuestra Independencia y que, por su acendrado espíritu del orden y de la Ley, él había comenzado a ganar en la víspera.
Manuel Oribe, el Soldado.1845. Francia sigue sosteniendo con barcos, hombres y dinero (40.000 pesos mensuales), a esa cabeza sin cuerpo que es el Montevideo de la Defensa.  He ahí el secreto de su "homérica" resistencia. A Cagancha, Rivera pudo llevar hasta la policía de la capital, ya que los franceses le garantieron la seguridad de la misma.
"A fuerza de empeños y tramoyas", escribirá Manuel Herrera y Obes, "hemos conseguido que el Almirante francés baje a tierra cuatrocientos artilleros... Se les ha abandonado todo el servicio de artillería de la línea interior que ya han empezado a hacer...". Cada vez más audaces, los barcos del "Rey Ciudadano" Luis Felipe de Orleans atacan la ciudad de Colonia en apoyo a sus aliados. Ante tan desembozada hostilidad, el gobierno del Cerrito dispone internar en la ciudad de Durazno, como medida de seguridad y de represalia a la vez, a los ciudadanos de esa nación tan declaradamente enemiga. Época de penurias y escaseces de todo orden, producto de nuestro crónico estado de guerra, la vida de los internados se tornó realmente penosa. Un par de ellos mediante oportunas influencias consigue llegar hasta Oribe y le exhibe la cruda realidad de sus semblantes macilentos y sus harapos. 
Uno de ellos, Benjamín Poucel, le enrostra al gobernante con desusada rudeza ese rigor para con sus compatriotas. Su compañero teme por él ante la posible reacción de aquel sátrapa desalmado, como lo pintan sus amigos de la Defensa. Pero el rostro de Oribe en lugar de ira trasunta pena. Tomando a Poucel de ambas manos le invita a sentarse. Y, con los ojos transidos de dolor, contesta el airado reproche: "Desde hace once años sus gobernantes están trayendo sufrimiento y ruina a mi patria. Esto es para convencerlos de que no les temo.  Una veintena de años después, por similares motivos pero con mayor rigor, Benito Juárez tomaría la tremenda decisión de Querétaro, cercenando la vida de Maximiliano de Austria. También en aras de la dignidad y la soberanía de las noveles patrias americanas. 
Manuel Oribe, el Gobernante.  "Querido amigo: Recibí su carta y su magnífico obsequio. Le devuelvo ambas cosas. Lo uno, porque no merezco los conceptos con que me favorece y porque, como su amigo leal, creo que no conviene a usted para el porvenir dejar con su firma esa carta cortesana de los tiempos de Luis XIV, mal dirigida a un republicano; el regalo, porque es demasiado valioso y no conviene a mi decoro aceptarlo ni a usted el hacerlo, dadas nuestras posiciones respectivas. No debo ni quiero quedar obligado a persona alguna del modo que me obligaría la admisión del importante presente que usted tiene la amabilidad de hacerme en este día de mi cumpleaños. Lo saluda con afecto, su amigo MANUEL ORIBE".
Era don Norberto Larravide, uno de los más firmes sostenedores del gobernante del Cerrito. Pero a este "republicano exaltado" (al decir desdeñoso del ministro brasileño Sinimbú), le había chocado desagradablemente el gesto de aquel amigo, entonces en el apogeo de un inmenso poderío económico y no trepidó en hacérselo ver con su acostumbrada dura franqueza.
En 1851, golpea a las puertas del Cerrito la traición. Los "treinta dineros" (400.000 patacones) gestionados por nuestros compatriotas Andrés Lamas y Manuel Herrera y Obes al Imperio del Brasil y entregados personalmente a Urquiza por el catalán Cuyás y Sampere, habían lubricado el "pronunciamiento patriótico" del señor de "San José". Invadido y amenazado por todas las fronteras, el Gobierno del Cerrito se desmorona. Y con él la fortuna de don Norberto Larravide y su salud. Cuatro años después, fallece dejando esposa y diez hijos en la más absoluta ruina, porque don Norberto además, siempre "dio sin apuntar".
Escribe Luis Bonavita: "Sobre las diez cabezas de pocos años cayó la ingratitud. Demandaron a la viuda caseros y proveedores. Golpea todas las puertas. No hay un alma en la Unión que quiera garantizar la leche que toman sus hijos, los zapatos claveteados que gastan. Las propiedades caerán bajo hipotecas vencidas. En agosto de 1855 la justicia levanta la vara para dejarla caer ciegamente sobre la mujer enloquecida. Pero entonces, de un barco que llega de España, baja un hombre flaco, de piel terrosa, con la muerte dibujándose ya sobre el semblante triste. Llega a la Unión y sube las escaleras ya sin alfombras de la casa de Larravide. Digna, la viuda no quiere mostrar su miseria. El conoció sus días de esplendor. Ya en la puerta, ese viajero comprensivo y noble, deja caer ante la señora conmovida estas palabras últimas: "Disponga de mi nombre y de mis bienes como si fueran suyos".   No eran muchos ya, por cierto, los bienes de Manuel Oribe: apenas una casa en la Unión sobre la calle a la que él diera el nombre de "General Artigas" y que, apenas a dos semanas de concretada su derrota, el gobierno de Joaquín Suárez rebautizaría "8 de octubre". ¿Cómo aquel austero heredero de dos de las más poderosas familias terratenientes que conociera el país, los Viana y los Alzáibar, pudo llegar a esa situación?
Unos pocos párrafos de esta otra correspondencia desde Córdoba donde al frente de los Ejércitos de la Confederación Argentina en cuyas filas pululaban orientales que le siguieran en el destierro, acababa de derrotar al unitario Lavalle en Quebracho Herrado, nos da una clara pauta de ello. Va dirigida a su íntimo amigo Atanasio Aguirre, a su lejana Montevideo.
"Aquí en el ejército hay muchos orientales y, en sus necesidades, todos vienen a que yo los socorra. No me parece que yo debo usar de los fondos del ejército argentino para ayudar a mis compatriotas, pero no tengo más recursos particulares. Dígale a mi mujer que venda media legua de la estancia y usted me manda su importe para continuar aliviando a estos compatriotas".
Todo se había ido en aras de la patria y sus amigos. Pero cuidando de afectar jamás el más preciado de sus patrimonios: la Dignidad.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Castelli y Monteagudo ¿próceres malditos?

Por Javier Garín

El interés por la Historia es un indicativo del renacer de la política y del sentido de Nación. Pero los que nos ocupamos de la Historia notamos algo más: un interés específico en ciertos personajes que hasta ayer eran malditos para la Historia oficial, y que hoy son vistos como héroes negados, silenciados, sobre los cuales el público desea saber más, porque intuye que el ocultamiento y la distorsión de estos personajes no es casual: que obedece a motivos profundos, y que ellos tambien fueron en cierto modo -y disculpenme la metáfora- "desaparecidos". Fueron los desaparecidos de la Historia oficial, la misma historia que hizo desaparecer de las crónicas a los indios, a los negros, a grupos sociales enteros que no encajaban con el relato que se nos quería transmitir. Fíjense que en ese desaparecer que ya viene de nuestros primeros historiadores, Vicente Fidel López consideraba que la historia no debía ocuparse de las luchas de los indios, pues formaban parte de una suerte de crónica menor. Joaquin V. González, cuando era joven y no estaba inficionado por la ideología de la oligarquía, criticaba a los historiadores oficiales por haber desconocido y silenciado la gran rebelión por la dignidad y la Independencia de Tupac Amarú, a la cual Mitre intentaba disminuir calificándola de simple "montonera", mientras Sarmiento consideraba a los grandes jefes de la resistencia indígena, Capoulicán y Lautaro, como "indios apestosos". Por eso me alegra enormemente que hoy volvamos a hablar de gente como Belgrano y empecemos a reconocerlo como el verdadero Padre de la Patria. Me alegra que hablemos de hombres como Castelli y Monteagudo y que haya personas que se agrupan y organizan para homenejearlos. El año pasado, los integrantes del Espacio Monteagudo, aquí presentes, promovieron la recordación del 222 aniversario del nacimiento del gran patriota tucumano (que no por casualidad nació el año de la revolución francesa), y yo tuve el honor de haber sido invitado a exponer sobre su pensamiento en la Casa Patria Grande Néstor Kirchner, la ex sede de la Secretaría General del Unasur, pues ciertamente este prócer fue el precursor ideológico de la unidad continental, como enseguida veremos. Y este año, ya se está organizando otro grupo de compañeros, tambien presentes, en torno al propósito de reivindicar a Juan José Castelli del silenciamiento al que fue sometido. Entre otras cosas, proponen que se haga un acto oficial de homenaje cuando el 12 de octubre de 2012 se cumplan doscientos años de su muerte, una muerte muy triste luego de una tremenda agonía, envenenada aún más por la ingratitud de sus contempóraneos; pues, como recuerda Manuel Moreno, Castelli, el gran orador de Mayo, el hombre que gestó y organizó la revolución desde las sombras, murió "pobre y perseguido" y su familia quedó en la ruina despues de haberlo dado todo por la patria; su casa fue rematada a precio vil y su viuda, en la miseria, debió esperar trece años a que le acordaran una pensión. Tambien piden que la estatua de Castelli, que se encuentra en Plaza Constitución, sea trasladada al lugar central que se merece, en Plaza de Mayo, frente al Cabildo que hace dos siglos lo vio caminar febril preparando en los rincones el gran movimiento que nos hizo nacer a una vida independiente, y que lo oyó rebatir con inexorable lógica y formidable valentía los argumentos de los defensores del Virrey: esos cipayos partidarios de la dependencia y la sumisión que por desgracia nunca faltaron en estas tierras. Castelli y Monteagudo tienen muchas cosas en común. Ambos fueron demonizados en vida y despues de muertos. Yo titulé mi libro sobre Monteagudo "El discípulo del Diablo" para aludir a esa demonización, pues era el discípulo de Castelli, a quien los oligarcas altoperuanos llamaban "Satanás". (Tambien lo llamaban -aludiendo a su segundo apellido, Salomón- "musulmán" y "judío"). Castelli inauguró una larga lista de patriotas demonizados, ya que su actuación había sido tan notoria que no se lo podía ocultar. Fue tan convincente su demonización que el general realista, Goyeneche -un repugnante verdugo que prefiguraba a los terroristas de Estado del presente-, cuando consiguió expulsar a los patriotas del Alto Perú, hizo exorcizar la residencia donde se alojaba el maléfico tribuno porteño, con procesiones de hachas encendidas y lluvias de agua bendita para espantar a los demonios. ¿Y qué decir de Monteagudo? En Bolivia, Argentina, Chile y Perú, fue constantemente perseguido por la calumnia, como bien señala Ricardo Rojas. Las mentiras que sobre él se escribieron parecen increíbles, invadiendo incluso su vida privada y adornándola con espantosas leyendas de depravación. José María Ramos Mejía llega a compararlo con Nerón y con otros ilustres pervertidos de la Antigüedad. Se le han adjudicado crímenes que otros cometieron u ordenaron. Se le han desconocido los méritos más evidentes, como el de haber redactado el acta de independencia de Chile, ya que los historiadores de la oligarquía chilena nunca perdonaron sus ínfulas continentalistas. Perú, donde fue el primer gobernante efectivo (pues el Protector San Martín delegaba en él la administración cotidiana del país), y donde produjo una increíble transformación en los pocos meses que duró su gobierno, no lo recuerda más que con una modesta placa en la Biblioteca Nacional de Lima que él fundó reuniendo sus innumerables libros con los de San Martín. La oligarquía degradada de Lima ("capital del imperio del egoísmo", la bautizó Monteagudo) le tenía un odio visceral por las políticas revolucionarias que adoptó contra los ricos españoles: odio luego transmitido a sus historiadores nacionales hasta el presente. Veamos cómo pensaban y actuaban estos dos grandes hombres y comprenderemos los motivos de tanta demonización.

Se conocieron a finales de 1810 en el Alto Perú, aunque ambos se conocían de mentas desde mucho antes. Castelli tenía cuarenta y seis años, y era un hombre mayor para la época -pues buena parte de los revolucionarios pertenecían a una generación más joven-. Llegaba al Alto Perú en calidad de representante de la Junta de Buenos Aires y comisario político del Ejército revolucionario. Lo precedía una fama temible ya que había sido el hombre que osó fusilar a un ex Virrey, a Liniers, por orden de la Junta. Tambien se lo recordaba allí por haber sido un brillante estudiante de leyes en la Universidad de San Francisco Javier de Chuquisaca, donde estudiaron Moreno y el propio Monteagudo. Posiblemente, integraba una logia secreta independentista chuquisaqueña con ramificaciones en Buenos Aires, de la cual era tal vez el cabecilla. Había preparado durante años, junto a su primo Belgrano, las condiciones políticas para llevar adelante un cambio de gobierno, difundiendo ideas por la prensa y conspirando en la sombra. Había sido gestor e ideólogo de Mayo y conformaba con Belgrano y Moreno el núcleo duro revolucionario. Los historiadores acostumbran a señalar a Moreno como el alma de la Revolución, olvidando el relevante papel de Castelli. Cisneros, que no era tonto y tenía mejores fuentes de información, lo sindica como "el principal interesado en la novedad", y Monteagudo lo llamará después de su muerte: "genio ilustre que dirigió los primeros pasos de la Junta y por cuyos extraordinarios esfuerzos hemos llegado al camino en que ahora nos hallamos". Inteligente, resuelto, de soberbia presencia, de gran formación intelectual, lector de Voltaire, Diderot y Rousseau, admirador de los jacobinos franceses, era ya una figura legendaria. Monteagudo lo definiría como "enemigo de todo término medio": no venía al Alto Perú para dejar las cosas como estaban. Traía el Plan de Operaciones y las órdenes de la Junta, y estaba dispuesto a arrasar con el orden colonial aunque le costase la vida, como efectivamente le costó. Su ejército acababa de obtener la gran victoria de Suipacha, que anonadó a los realistas y puso todo el Alto Perú en sus manos, sembrando el pánico entre los represores y asesinos del antiguo orden que temían la venganza de los pueblos.

 En aquel ejército triunfante se incorporaban por primera vez los sectores populares, los gauchos y los indios: Güemes hizo su glorioso debut en Suipacha y uno de los cañones llevaba como nombre "Tupac Amarú". Traía por misión incorporar a los indígenas a la revolución, reemplazar en la administración a los españoles por los criollos, expropiar a los realistas y fusilar a los jefes militares que cayeran en su poder. Las oligarquías y los racistas españoles (y tambien algunos criollos) se espantaban cuando oían relatar que les pagaba a los indios por colaborar con el ejército (cuando hasta entonces todo debían hacerlo gratis) y que se oponía a que estos se hincaran de rodillas frente a él, los hacía ponerse de pie y los abrazaba diciendo: "No, hermano, eso se terminó. A partir de ahora somos todos iguales". Ese era Castelli, a quien su biógrafo Chávez define como "un auténtico revolucionario porteño", y de quien el historiador aymará Reynaga dice: "Es un criollo extraño que insiste en restaurar el tawantinsuyo (...) y habla con franqueza de los derechos de los indios". Un día se presenta en su despacho el joven Monteagudo. Con apenas 21 años es ya una celebridad. Tambien abogado, aunque proveniente de una familia muy humilde y sospechado de mulato o de zambo por el oscuro color de su piel, abandonó las leyes por la revolución. A los 19 fue el redactor del famoso libelo protorrevolucionario "Diálogo del Inca Atahualpa y Fernando VII", donde impugnaba magistralmente los pretendidos derechos de España para dominar América. A los 20, fue uno de los cabecillas de la Revolución de Chuquisaca, que el 25 de mayo de 1809 dio "el primer grito de Libertad" en el continente americano y que fue el origen de la sublevación altoperuana, feroz y sangrientamente reprimida. Condenado a muerte, luego perdonado, habiendo perdido a casi todos sus amigos a manos de los realistas, acababa de fugarse de la Real Carcel de la Corte de Chuquisaca, donde lo tenían detenido como subversivo. Ambos hombres se reconocieron como afines y pasó a ser el secretario personal y asesor de Castelli. Castelli y Monteagudo, juntos, eran dinamita. Trastornaron todo. Convirtieron a la Universidad de Chuquisaca en un órgano de formación de cuadros revolucionarios. Echaron a los españoles y a sus amigos de todos los puestos. Fusilaron a los asesinos y represores Sanz, Nieto y Córdova frente al atrio de la Iglesia de Potosí. Confiscaron a los terratenientes y restituyeron tierras a los trabajadores y a los indios. Defendieron a rajatablas lo que Moreno y el propio Monteagudo llamaban el "santo dogma de la igualdad". Y ello en una de las regiones más atrasadas, sometidas y reaccionarias de América. Eran un huracán. No preguntaban si era posible. Lo hacían. Frenéticos de la Libertad, ambos sabían que no puede haber libertad sin justicia. "Ninguno es libre si es injusto", escribiría Monteagudo en sus famosas Observaciones Didácticas, "verdadero catecismo de la izquierda popular", como dirá Ingenieros. Y añadiría: “Solo el santo dogma de la igualdad puede indemnizar a los hombres de la diferencia muchas veces injuriosa que ha puesto entre ellos la naturaleza, la fortuna o una convención antisocial”. Se comprende que estos personajes fueran odiados por los poderosos y los conservadores.

Goyeneche los acusaba de emular a Robespíerre: curiosamente la misma acusación que les dirigían los timoratos Saavedra y Funes. Para estos últimos, eran dos terroristas, dos subversivos, "émulos del sistema robespierreano de la Revolución francesa". El mote de terrorista para descalificar a la izquierda tiene una larga tradición. La conjunción de Castelli y Monteagudo dio nacimiento a dos ideas fundamentales de la revolución sudamericana: dos ideas prohibidísimas y rechazadísimas por los historiadores de las oligarquías criollas en las nuevas repúblicas, fundadores de los "grandes mitos nacionales": la emancipación de los indios y la unidad continental. Ambas ideas tuvieron su primera ejecución y manifestación en un ámbito de leyenda: las ruinas de Tiwanacu, restos de una antiquísima civilización que floreció durante tres mil años, cuando América todavía no existía en los mapas. Fue en aquel paraje místico y sagrado donde Castelli decidió celebrar el primer aniversario del 25 de mayo, ordenando al ejército formar junto al impresionante Templo de las Piedras Paradas -el Kalassasaya- y convocando a los indios de la región de La Paz. En un acto de fuerte carga simbólica, enmarcada su silueta por el bloque de andesita bellamente labrada de la Puerta del Sol, Castelli habló a las tropas y a los indios, mientras los lenguaraces traducían sus palabras al quechua y al aymará. Rindió homenaje a los Incas por quienes hizo disparar una salva de artillería e invocó a Inti, el Sol de América, para anunciar la hermandad entre criollos e indígenas. Luego ordenó a Monteagudo leer el decreto que habían redactado "a cuatro manos" discípulo y maestro, en el que se prohibían todos los abusos sufridos por los indios, los tributos, la mita y la servidumbre, se los declaraba iguales a los blancos, se les reconocían derechos políticos y -cosa inconcebible- igualdad de acceso a los cargos públicos, se ordenaba establecer escuelas bilingües para ellos y repartirles tierras, se les permitiía elegir a sus propios caciques y designar representantes al Congreso. Nunca nadie se había atrevido a tanto, y menos allí, en una tierra en que los indios estaban obligados a trabajar gratis en las tareas domésticas de los blancos y a entregar la vida en las minas de Potosí, que se devoraron ocho millones de seres en un genocidio colosal. Si alguien no cree que estaban adelantados, piense que pasaron doscientos años antes de que un descendiente de aquellos indígenas llegara a la Presidencia de Bolivia, cumpliendo el sueño de Castelli y Monteagudo. La otra gran idea que surgió de esta conjunción de voluntades revolucionarias la expresó Castelli por aquella misma época, al ilusionarse con la posibilidad de un avance militar exitoso sobre Lima, la cuna de la reacción española: "Nuestro destino es ser libres o no existir -auguró-, y mi invariable resolución sacrificar la vida por nuestra Independencia. Toda la América española no formará en adelante sino una numerosa familia que por medio de la fraternidad pueda igualar a las respetadas naciones del mundo antiguo. Preveo que, allanado el camino de Lima, no hay motivo para que todo el Santa Fé de Bogotá no se una y pretenda que con los tres y Chile formen una asociación y cortes generales para forjar las normas de su gobierno." Castelli fue el primer intelectual en formular abiertamente la idea de una sola nación continental, allí, en el centro del continente, en inmediaciones del lago Titicaca, ese lago legendario de cuya Isla del Sol, según el inca Garcilaso, partieron los míticos Manco Capac y Mamma Ocllo para fundar el Tawantisuyo. Su acendrada vocación americanista lo hacía decir: "Amo todo lo americano y tengo consagrada mi existencia a la restauración de su inmunidad" (en abierto contraste con Rivadavia, que amaba todo lo europeo, preferentemente inglés). Y agregaba que moriría tranquilo cuando viera "asegurada para siempre la Libertad del Pueblo Americano". Este americanismo fue heredado por el discípulo. Monteagudo gustaba decir que no era peruano, chileno, argentino o colombiano sino americano. “Mi país es toda la extensión de América”, agregaba, desafiando a los localistas estrechos. Creía ardientemente que Sudamérica era la tierra del futuro: "Nosotros estamos en nuestra aurora, la Europa toca su occidente". La idea continental no pudo ser ni comenzada a ejecutar debido a la derrota de Huaqui que destrozó el ejército patriota. Pero Monteagudo la retomó, y llegó con los años a convertirse en su expositor más sistemático, mucho antes que Bolívar, a quien generalmente se le atribuye. Así lo reconoce Benjamín Vicuña Mackenna: “Un hombre grande y terrible concibió la colosal tentativa de la alianza entre las repúblicas recién nacidas y era el único capaz de encaminarla a su arduo fin. Monteagudo fue ese hombre”. Tornel y Mendivil agrega: “el primero en recomendar el proyecto verdaderamente grandioso fue el coronel Monteagudo”. El propio Bolívar le dice en carta, reconociendo la autoría de la idea: “Es un gran pensamiento el de usted … el convidar a los pueblos de América a reunir un Congreso federal.” Ya muerto Castelli, Monteagudo, en la Asamblea del año XIII, asumió abiertamente la bandera continental frente al localismo. El Gobierno encarga dos proyectos de Constitución: uno oficial para las Provincias Unidas, y otro confeccionado por la Sociedad Patriótica, que dirige Monteagudo, el cual establece en su artículo segundo que las Provincias americanas se unen en asociación para formar la Constitución de los Estados Unidos de América del Sur. En 1822, como ministro de San Martín en Perú, toca a Monteagudo redactar con Joaquin Mosquera los tratados peru-colombianos, consagrando la unión militar de ambos países y la intención de convocar al resto a una alianza superior. Retirado San Martín de la escena, Monteagudo arrima su proyecto continental, consistente ahora en la conformación de una gran confederación de estados, a quien aparecía como el único hombre capaz de llevarlo a cabo: Bolívar. Por pedido de éste escribe su famoso “Ensayo de una Federacion General de Estados hispanoamericanos y Plan para su organización”, que se encuentra inconcluso en su escritorio a su muerte, y en el cual proponía la unión de los pueblos hispanoamericanos en una alianza militar ofensiva-defensiva para resguardarse de toda invasión foránea, y una unidad política para establecer normas comunes, prevenir conflictos y reforzar la estabilidad de las nuevas repúblicas confederadas. Si este proyecto soñado por Castelli y sistematizado por Monteagudo se hubiera realizado hace dos siglos, hoy América del Sur sería una de las principales potencias del mundo en vez de haberse visto sometida al colonialismo inglés y luego yanqui, a las dictaduras cipayas y a la entrega y saqueo de nuestras riquezas. ¿Se comprende por qué el recuerdo de estos hombres era tan peligroso, y por qué los historiadores de las oligarquías cipayas, entregadas de pies y manos al imperialismo inglés, tenían que ningunerarlos y denostarlos? Estas ideas fueron reasumidas por todos los grandes pensadores políticos. El ejemplo clásico es Perón, quien promovió en su primer gobierno la la unión de Argentina, Brasil y Chile (el ABC) como base para una futura unidad del continente. Años después, Perón seguía insistiendo con que una America Latina desunida no se podrá defender: “nos van a quitar las cosas por teléfono”, auguraba.  Hay otras cuestiones en las cuales maestro y discípulo coincidieron. Ambos eran hombres decididos, que creían en la voluntad como motor de la historia. Castelli lo demostró con acciones y Monteagudo además lo proclamó con hermosas palabras que lo convirtieron -segun Ricardo Rojas- en "el mejor escritor político" de la Revolución, haciendo reiterados llamamientos a ser decididos y enérgicos desde las páginas de La Gaceta, de Mártir o Libre, o de cualquiera de la media docena de periódicos que publicó a lo largo de América. "La Patria está en peligro y sólo nuestra energía podrá salvarla", repetía. Como su maestro, Monteagudo creía que el miedo y la falta de confianza son peores que las armas de los tiranos. Un pueblo que quiere ser libre no puede ser temeroso, proclamaba. "Para una nación débil y cobarde su misma seguridad es peligrosa (...) mas para un pueblo intrépido y enérgico los más graves peligros son otros tantos medios de hacerse respetable". Para esto resultaba indispensable afianzar la autoconfianza popular. En aquella época, como hoy, pululaban los derrotistas, los que querían sembrar desaliento en el pueblo y hacerle perder la fe, para que aceptara con resignación las cadenas. Van der Koy y Morales Solá tuvieron muchos ancestros. Eran los que vivían presagiando desastres y todo lo encontraban imposible si no contaba con el visto bueno de Europa, o al menos de algun país europeo. A esos cobardes y derrotistas cipayos, Monteagudo los llamaba "apóstoles del miedo", frase que recuerda a la de otro intelectual argentino que habló de los "profetas del odio". Y con mayor dureza aún escribía estas palabras que parecen dirigidas a ciertos "comunicadores" de la actualidad: "Dudar o hacer dudar del buen éxito del sistema de un pueblo, mostrando en problema su suerte, es cobardía, es infamia, es una traición". Como tambien reviste extraña actualidad su caracterización de los medios opositores a San Martín en Perú, que publicaban mentiras sistemáticas contra el Libertador: "sólo creen que hay libertad de imprenta cuando puedan ejercitar la detracción". Y señalaba que el ataque infundado a los gobernantes legítimos es "una de las señales más precisas de la falta de un espíritu nacional". Castelli y Monteagudo conocían muy bien las estrategias de dominación, y sabían que estas comenzaban por las cabezas. Por eso su acción política fue siempre arrojada y hasta temeraria, pues querían romper con las cadenas del "no se puede", demostrando por los hechos que sí era posible. Monteagudo pensaba que había que librar una batalla cultural contra los “principios góticos”, es decir, las ideas inculcadas por los colonialistas, y se anticipaba a Jauretche al describir la dominación mental de América: “Los pueblos habían olvidado su dignidad y ya no juzgaban de si mismos sino por las ideas que les inspiraba el opresor”, decía. Fiel a Castelli, Monteagudo fue precursor de un pensamiento nacional latinoamericano. Sostuvo que los americanos del Sur debíamos reflexionar con nuestras cabezas y no con las de los europeos: algunos supuestos sabios de afuera "extienden su imprudencia hasta el extremo de dar planes de reformas para el nuevo mundo desde las márgenes del Támesis o del Sena", sin tener la menor idea de nuestra realidad e idiosincrasia, observaba. Como se ve, la costumbre de enviarnos fórmulas mágicas desde los centros de poder (y la de las elites nativas de aceptarlas como verdades reveladas) es de vieja data. Proponía el desarrollo de un pensamiento e instituciones propios, frente a los aplicadores de recetas al estilo Rivadavia. Monteagudo tenía claro que nunca había que confiar en las buenas intenciones de Europa. Desde Colón, recordaba, "empezó a hervir la codicia en el corazón avaro de los estúpidos españoles", pero esa codicia era común a todos los europeos. "Desengañémonos: todas las naciones de la Europa aspiran a subyugar la América", decía. Y recordaba que eran como "leones de Libia" al lanzarse sobre las riquezas de otros continentes. Pero mayor severidad le merecían los cipayos y traidores: "¿Quiénes son más culpables? Los europeos no, porque al fin es natural que sientan perder lo que creyeron poseer eternamente. ¡Pero los americanos! Yo no creo que tengan bastante sangre para expiar sus crímenes". Palabras que tienen tambien sus implicancias en la historia posterior... Castelli y Monteagudo eran inexorables con los contrarrevolucionarios. Compartían la visión de Moreno de que eran "las cabezas de ellos o las nuestras", y habían visto morir a muchos compañeros a manos de los colonialistas, en el patíbulo o en las infames prisiones. Sabían que si eran derrotados les esperaba la muerte precedida de torturas y humillaciones. Por eso no dudaban a la hora de perseguir sin tregua a los enemigos. El antiespañolismo de Monteagudo era proverbial: llamaba a los españoles "raza impía", fieras, asesinos, usurpadores, verdugos inhumanos, y hacía un constante llamamiento a combatirlos. Siendo gobernante del Perú, aplicó los mismos principios que Castelli en el Alto Perú: confiscó a los realistas ricos para "quitarles los medios de corromper al pueblo y hacernos oposición". Se vanagloriaba de que antes de su llegada al poder había en Lima diez mil españoles dueños de la mayor parte de las riquezas, y que al renunciar a su cargo, apenas si quedaban seiscientos: el resto se habían ido. "Esto es hacer Revolución", diría, "porque creer que se puede entablar un nuevo orden de cosas con los mismos elementos que se oponen a él es una quimera". Ambos acusados de crueles, no eran más que revolucionarios de su tiempo. Rodríguez Peña diría: "Castelli no era feroz ni cruel. Obraba de tal manera porque así estábamos comprometidos a obrar todos. (...) Lo habíamos jurado todos, y hombres de nuestro temple no podían echarse atrás.". Adviértase que los que acusaban a Castelli y Monteagudo de crueldad por las ejecuciones de jefes militares realistas que en la mayor parte de los casos eran criminales asesinos, nunca se quejaron por los miles y miles de asesinatos cometidos por los realistas contra los pueblos... Tal vez si estos próceres hubieran masacrado a los pobres, los gauchos y los indios, habrían merecido el aplauso de semejantes críticos... La lealtad entre maestro y discípulo fue ejemplar. Cuando Castelli cayó en desgracia, perseguido primero por los saavedristas y luego por los rivadavianos, fueron Monteagudo y Nicolás Rodríguez Peña quienes más firmemente lo defendieron. Mientras sus acusadores indagaban sobre la vida privada de Castelli, sobre si bebía o frecuentaba mujeres, en un juicio verdaderamente vergonzoso, el gran tribuno, enfermo de cáncer de lengua, apenas podía hablar para responder las acusaciones. Monteagudo se convirtió en su vocero, definiéndolo como un hombre "tan celoso de la felicidad general que hasta el más virtuoso espartano admiraría su conducta con emulación". Castelli, aún con la lengua amputada y privado de libertad, prosiguió haciendo política hasta el último día. Aconsejó a Monteagudo ingresar a la Logia Lautaro y tuvo la satisfacción de saber de la caída del Triunvirato y de su enemigo Rivadavia -organizada por Monteagudo junto a San Martín y Alvear- cuatro días antes de morir. Mientras en Buenos Aires lo defenestraban, su mensaje y su acción siguieron vivos, evocados con cariño y gratitud por las comunidades indígenas, que lo creían un Inca redivivo. Al tiempo que agonizaba, se produjo en la sierra peruana una sublevación de diez mil indígenas contra el dominio del hombre blanco, reclamando el regreso del "rey Castel" (así deformaban su apellido): único gobernante que en trescientos años de esclavitud había reconocido su dignidad como personas. Monteagudo fue fiel a su maestro hasta su propia muerte, acaecida en Lima, mientras procuraba instrumentar la idea grandiosa de Tiwanacu de una Confederación hispanoamericana al lado de Bolívar. Sabía perfectamente que la oligarquía limeña lo quería matar, pero tambien había aprendido que hay cosas por las que vale la pena dar la vida, y así fue cómo dos sicarios le hundieron una daga en el pecho. Quienes lo acusaban de haberse enriquecido con las expropiaciones a los españoles se llevaron un chasco: fuera de efectos personales y algunas joyas, el hombre que desde los veinte años estaba en el poder no tenía patrimonio alguno. Se cumplió, en la trágica muerte de ambos patriotas, lo que el propio Monteagudo había profetizado: "Los que sirven a la patria deben contarse satisfechos si antes de elevarles estatuas no les levantan cadalsos". Este repaso permite comprender cuánto de actual hay en el pensamiento y la acción de maestro y discípulo. Ellos lucharon contra injusticias sociales seculares, contra la explotación inhumana, contra el despotismo y el oscurantismo, contra el colonialismo europeo. Lucharon por la igualdad, la libertad, la independencia y la unidad de América del Sur. Y son todas luchas vigentes, luchas que debemos continuar. Los "apóstoles del miedo" los consideraban utopistas alejados de la realidad, cuando eran simplemente visionarios. Dado que las ideas que promovieron fueron sofocadas a manos de las oligarquías racistas asociadas al imperialismo inglés, durante mucho tiempo se pensó que habían sido derrotados. Sin embargo, como decía Cristina ayer en su discurso, la historia no es lineal, tiene avances y retrocesos, y al cabo de doscientos años aquellas ideas maravillosas esbozadas por estos dos hombres en inmediaciones del Titicaca resplendecen como uno de los más luminosos legados de la Revolución sudamericana. Un legado, no para admirar desde la soledad del erudito, sino para convertir en ardiente militancia y en inspiración combativa

martes, 24 de septiembre de 2013

El Conscripto Bernardi

El Conscripto Bernardi, es un personaje desconocido en general, pero que se merece un recuerdo por su valentia.

Anacleto Bernardi nació en La Paz, Entre Ríos, el 13 de julio de 1906. Hijo de inmigrantes italianos oriundos de la región de Piamonte (Turín); criado en las costas del río, era un nadador de condiciones excepcionales.

Le tocó cumplir con el servicio militar en Marina, incorporándose a la base militar de Puerto Belgrano el 8 de enero de 1927. Por su buen comportamiento recibió el premio de ser destinado a integrar la dotación de la Fragata Sarmiento que anualmente realizaba el viaje alrededor del mundo con los cadetes que egresaban como oficiales de la Escuela Naval.

Cuando esta nave lleva a puerto en el Golfo de Génova, Anacleto Bernardi se encontraba convaleciente de una neumonía y dada la coincidencia que se hallaba en el lugar el buque Principessa Mafalda a punto de zarpar para Buenos Aires - con su pasaje cubierto por 1300 inmigrantes llamados por su familias ya instaladas en la Argentina - el capitán de la Sarmiento dispuso aprovechar esta circunstancia para embarcar a Bernardi de regreso a su base para su restablecimiento, haciéndolo acompañar por el cabo Juan Santoro.

Al llegar al noveno día de navegación, avanzada la tarde del 25 de octubre de 1927 y en momentos de finalizar el primer turno de cena, mientras el segundo esperaba en sus camarotes para ser llamado, sorpresivamente sonó el clarín llamando a cubierta.

Corrió la voz: "El buque se hunde". El pánico se generalizó. Bajaron los botes salvavidas que se llenaban de mujeres y niños. Muchos desesperados se arrojaban al agua y desaparecían. En ese momento, tanto el cabo Santoro como el conscripto Bernardi se arrojaron al agua salvando familias enteras nadando hasta la costa del sur de Brasil y regresando a buscar más, logrando salvar una increíble cantidad de gente.

De pronto Juan Santoro vio cómo su amigo era atrapado por las mandíbulas de un tiburón y desaparecía. El cabo Santoro murió exactamente el 25 de octubre de 1977, al cumplirse 50 años de aquella tragedia.

Muchos familiares de los sobrevivientes aún los recuerdan. Recordémos nosotros tambien a dos héroes casi anónimos.

jueves, 19 de septiembre de 2013

El comisario Evaristo Meneses

PorRogelio Alaniz
Si los norteamericanos cuentan con Elliott Ness, nosotros disponemos del comisario Evaristo Meneses. Fue nuestro héroe, nuestra leyenda y nuestro mito. Meneses era un tipo grandote que se peinaba a la gomina como Carlos Gardel, pero las pocas veces que se decidía a sonreír la cara parecía dolerle. Le decían el Pardo, porque era morocho y seguramente el apodo le agradaba porque se acomodaba con su figura robusta y con esas manos que parecían dos bloques de cemento. Curiosamente, esas manos hechas para empuñar la 45 o asestar trompadas, fueron también las de un aficionado a la pintura y a la escritura.
Nadie lo recuerda con uniforme. Siempre de traje, gris u oscuro. Funyi algo requintado sobre los ojos y el cigarrillo colgado en la boca. Las cejas eran espesas. Tenía los ojos pequeños, inquietos, movedizos y, en contraste con su piel trigueña, eran claros. Los delincuentes le temían, pero lo respetaban y las mujeres se enamoraban de su pinta de comisario guapo. Antes de ser policía fue boxeador y, según dicen los entendidos, era bueno. Libró más de ochenta peleas y sólo perdió cuatro. Podían derrotarlo en el ring, pero nadie se dio el gusto de noquearlo. “Nunca me voltearon; apretaba los dientes y aguantaba”. Estaba hablando de su experiencia en el ring, pero también de lo que fue su experiencia en la vida.
Evaristo Meneses nació en un pueblito cerca de Bahía Blanca, el 26 de octubre de 1907, que se llamaba Cuatreros. Vivió una temporada en Uruguay pero después su ciudad fue Buenos Aires. A la Policía ingresó en 1934. Lo hizo de una vez y para siempre. Meneses fue un policía con pinta de policía, orgulloso de su trabajo y de su valía. Durante treinta años ejerció su oficio con dignidad y coraje. En 1964, con cincuenta y siete años recién cumplidos lo mandaron a cuarteles de invierno. Como se dijo entonces, funcionarios de escritorio, funcionarios que en su vida habían visto a un delincuente armado de carne y hueso, lo sacaron de la calle y lo mandaron a armar expedientes en una oficina polvorienta.
Siempre se dijo que a ciertos intereses corporativos, Meneses los molestaba y sobre todo, les despertaba celos. Era demasiado recto y demasiado valiente para una institución que ya adolecía de vicios y corruptelas. Al momento de pasarlo a retiro, Meneses era el policía más popular de la Argentina. Un periodista de renombre dijo que el único hombre con autoridad en la Argentina se llama Meneses. Los correos de lectores y los oyentes de la radio reclamaban para que lo nombraran jefe de Policía. Lo que hicieron fue pasarlo a retiro sin siquiera darle las gracias. Él no dijo una palabra. Se las aguantó como se aguantaba los mamporros en el ring o como soportaba sin que se le moviera un músculo de la cara que algún delincuente lo apuntara con la pistola.
Meneses fue un policía duro, sus modales no eran delicados y cuando tenía que tirar a matar, tiraba. Siempre les aconsejaba a sus hombres que usaran la pistola en caso extremo, pero cuando la saquen no vacilen en hacer lo que se debe. Era duro como el que más, pero manejaba como nadie los códigos de la calle, las leyes no escritas pero efectivas del hampa y a cada una de ellas las cumplía al pie de la letra. Escéptico de la condición humana casi hasta el cinismo, creía sin embargo que en circunstancias especiales un delincuente podía recuperarse. Lo creía y lo hacía. Más de un ladrón que recuperaba la libertad sabía que podía contar con él para una recomendación laboral. Su conciencia social y política era mínima, pero su conciencia personal era alta. Nunca dejó de reconocer que los delincuentes más peligrosos eran los que se paseaban en auto, bien trajeados y exhibiendo relojes caros.
Los hampones más pesados de su tiempo sabían que Meneses era su enemigo y sin embargo lo respetaban porque él, a su manera, también los respetaba a ellos. Estamos hablando de un tiempo de ladrones y pistoleros bravos y no de rateros miserables o adictos al paco. Don Evaristo se enfrentó en su tiempo con los mejores del hampa. Sus enemigos fueron Jorge Villarino, Juan José Laginestra, el Loco Prieto, José María Hidalgo y Manuel Pardo. A todos los combatió y a todos los metió presos. Con algunos de ellos se tiroteó en la calle o en locales nocturnos. A veces estaba acompañado, a veces solo. “Me hice en la calle atropellando puertas, trepado a los techos, pateando primero pero no tirando primero”, dijo en una de las escasas entrevistas que otorgó al periodismo.
A los delincuentes los trataba con dureza pero con reglas claras. Alguna vez le preguntaron si usaba picana. Movió los labios como intentando sonreír y después tomando un lápiz del escritorio, dijo que su picana era el lápiz, les hacía cosquillas con el lápiz y temblaban “porque sabían que conmigo no había arreglo”. Verdad o no, nunca fue denunciado por apremios ilegales, en un oficio donde estos abusos se suelen cometer casi por inercia. Alguna vez se enteró de que estaban torturando en uno de los calabozos de su comisaría. Eran tres policías de civil que habían ingresado a la seccional con un detenido acusado de participar en la resistencia peronista. Se puso furioso y la emprendió a golpes con sus colegas. “En mi comisaría no se tortura, carajo”, les gritó a los torturadores mientras los echaba a patadas. El detenido le agradeció su intervención, pero con Meneses las amabilidades convencionales no tenían lugar- “Y vos quedate en el molde y no te hagás el santito que algo debés de haber hecho”, le dijo sin mirarlo.
La época de oro de Meneses se dio entre 1957 y 1962, cuando estuvo al frente de la brigada de Robos y Hurtos. También en aquellos años se hablaba de inseguridad, de robos callejeros, de hampones que andaban por al calle como panchos por su casa. Cinco años estuvo don Evaristo haciendo su trabajo; cinco años de andar más tiempo en la calle que en las oficinas. El balance, al concluir su tarea, fue elocuente: 1.117 robos esclarecidos. “Conmigo no hay arreglo”, decía, sin que el cigarrillo se le cayera de la boca.
Su barrio porteño fue Flores. Un amigo cuenta que en aquellos años caía todas las noches al London Grill de avenida del Trabajo y Varela. Era un bar donde se tomaba café, alguna que otra copa y se jugaba al billar y al tute. Meneses llegaba a la nochecita y se acomodaba en uno de los extremos de la barra. Ése era su lugar. Se sentía cómodo y seguro dando la espalda a la pared del baño. Pedía un vaso de leche tibio azucarado, porque decía que era una manera de contrarrestar los dos paquetes de puchos diarios que fumaba. De vez en cuando conversaba con los parroquianos o se sumaba a alguna partida de tute. Entonces sacaba la pistola de la sobaquera del saco, la ponía en la mesa y la tapaba con un diario.
La noche siempre le gustó. Él dice que la recorría por razones laborales y no hay motivos para no creerle. Alguna vez lo denunciaron por ser dueño de un cabaret de barrio Norte, ubicado en Santa Fe y Talcahuano. Los mozos del local cuando fueron consultados al respecto se murieron de risa, porque la imputación les pareció disparatada. También lo acusaron de ser dueño de una flota de taxis. Nunca se le pudo probar nada y el testimonio más efectivo de su decencia personal quedó a la vista cuando murió en mayo de 1992: era tan pobre como cuando había ingresado a la repartición.
Como todo hombre comprometido con un trabajo complicado y duro, Meneses fue un personaje controvertido, entre otras cosas porque cada una de las decisiones que debía tomar eran controvertidas. Recientemente algunos periodistas han hablado de un Meneses corrupto, torturador e ignorante. No es lo que piensan quienes lo conocieron, quienes compartieron su trabajo durante más de treinta años o quienes disfrutaron de su libro “Meneses contra el hampa”. Puede que efectivamente quede pendiente para el futuro contar la completa historia de Meneses. Mientras tanto, como dijera John Ford -que algo sabía de los mitos populares-, “cuando la leyenda es superior a la historia, lo que se debe imprimir es la leyenda”.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Situación del aborigen durante el período hispano.

Por el Dr. Julio R. Otaño
Al llegar de su primer viaje, Colón vendió a los indios que lo acompañaban como esclavos. Esto originó el disgusto de la reina Isabel quién ordenó la libertad de los indios y su reintegro al nuevo mundo.
La imposición del pueblo dominador al dominado se hizo con la prédica religiosa: el catolicismo era la base de la unidad española y debía ser también el factor de unidad con las Indias. El indígena adoctrinado en el cristianismo dejaba de ser un enemigo; la doctrina impedía el aniquilamiento de los vencidos haciéndoles aceptar resignada y voluntariamente el dominio de los vencedores; que de no ser ahí, habría ocurrido inexoradamente como pasó en la América Anglosajona, francesa y portuguesa es decir el exterminio casi total de la población primitiva. Los indios cristianados estaban considerados como "vasallos" de la corona al igual que los blancos. Pero necesitaban tutela........surgiendo así la encomienda.
Mediante ésta un grupo de caciques, tribus etc. era "encomendado" a la protección de un "encomendero". Variaron mucho con el tiempo las características y formalidades de la encomienda: en un principio fueron temporales, reintegrándose los indios a la corona vencido el plazo. Luego adquirieron carácter vitalicio, más tarde el carácter fue hereditario.
Las Casas enemigo de las encomiendas (pero partidario de la esclavitud de los africanos) criticaba los excesos de algunos encomenderos y los defensores de las mismas argumentaban con la imposibilidad de establecer otro régimen más apropiado al trabajo indígena y cuidado de los naturales.
Las Leyes Nuevas, dictadas en Barcelona en 1542, establecieron un conjunto de reformas dedicadas a la administración de un espacio que, tras las conquistas de México y Perú, había adquirido unas enormes dimensiones.
Uno de sus puntos más destacados fue el relacionado con el tratamiento del indígena: Las Leyes Nuevas dispusieron con respecto a la encomienda su desaparición en el paso de una generación y ello ocasionó muy fuertes enfrentamientos en Perú y en México entre los afectados y la Corona, ya que suponía al mismo tiempo un ataque directo al poder casi feudal adquirido por los conquistadores.
En 1543 fue nombrado primer virrey de Perú Blasco Núñez Vela y a él le correspondió hacer cumplir el contenido de estas leyes. Su llegada provocó el enfrentamiento con los encomenderos y con la mayoría de las autoridades o particulares que estaban vinculados a las encomiendas.
La autoridad real controló la situación pero el sistema de encomiendas no desapareció en su totalidad; Con esta actitud se dio paso a una fórmula, empleada de forma habitual por los funcionarios españoles en América, conocida como "obedecer y no cumplir", que suponía aceptar la orden pero no cumplirla hasta que no se dieran las condiciones adecuadas.
Después de 1609 las encomiendas personales se empezaron a abolir y quedaron extinguidas 100 años después. En el Perú los indios que cultivaban la tierra (los yanaconas) entregaban al encomendero una parte de lo producido como tributo al Rey. El trabajo aborigen en las minas se llamaba mita (significa turno) y los aborígenes trabajaban durante 8 hs rotando las 24 hs del día. El bien común era la finalidad última del Estado en la doctrina tomista. El bien común no era el bienestar de la mayoría, ni el beneficio de una clase, ni el predominio absoluto de la raza española. Si bien esto último fue un resultado notorio y querido;
El principio fundamental de la legislación fue considerar a los indios como seres libres, esta categórica declaración no excluía por cierto, los casos en que a raíz de una guerra justa se autorizaba el cautiverio de los prisioneros. Pero estos casos fueron excepcionales (caribes, araucanos). La libertad de los indios no podía desde luego ser total y absoluta. A ello se oponían los objetivos mismos de la conquista, que aspiraba a evangelizarlos y a procurar su gradual incorporación a la vida civilizada.
Para lograr ambos objetivos era fundamental reunirlos en pueblos y reducciones, obligarlos al trabajo y someterlos a una disciplina que les impidiera retornar a su primitiva vida selvática, a sus costumbres . El pago del tributo al Emperador podía ser hecho en dinero o en especies, pero generalmente lo hacían los indios trabajando en beneficio de su encomendero, lo cual significó una mayor limitación de su libertad. Su fundamento es preciso buscarlo en la teología católica, que al considerar a los indios como seres racionales, aptos para la vida política y para la fe católica se llegó a la conclusión que debían ser tratados con humanidad para lograr su paulatina incorporación a la vida civilizada.
Con la llegada de los borbones estos objetivos religiosos se perdieron; la justicia hacia el aborigen también y el buen tratamiento de los indios quedó subordinado a las conveniencias políticas y económicas El cambio fundamental de los objetivos se rebela en el tratado de 1750; allí se permutaba a los portugueses la Colonia del sacramento por 7 pueblos de las misiones guaraníes, ubicados al oriente del río Uruguay. Las necesidades estratégicas y mercantiles prevalecieron sobre la conveniencia de mantener esas misiones que funcionaban con tanto beneficio para los indígenas y éstos fueron obligados (después de una cruenta guerra) a trasladarse al occidente de aquel río, constituyendo un atentado al derecho natural despojando de sus tierras a quienes las habían adquirido y explotado. Además el convenio violaba una de las leyes fundamentales del sistema político, porque cedía territorios que al ser incorporados a la corona de Castilla habían sido declarados inalienables. Luego vendría la expulsión de los jesuitas originando el abandono o decadencia de las misiones. El estado ya no se preocupó por conservar la pureza de la fe ni por seguir difundiendo la religión y la cultura entre los indios

Las consecuencias de la Derrota Nacional en Caseros (3-2-1852)

Por José María Rosa

Con una parte del Ejército de Operaciones – 5 mil hombres – Urquiza cruza el Uruguay el 19 de julio. Los demás – alrededor de 10 mil – quedaron en la provincia para cuidar la retaguardia. El 4 de septiembre, los 16 mil soldados (13 mil brasileños y 3 mil alemanes) de Caxias atraviesan a su vez la frontera. Incapaz de resistir el doble embate, Oribe capitula el 8 de octubre.
Ya para entonces, Rosas, en su carácter de Encargado de los Negocios de Paz y Guerra de la Confederación Argentina, había declarado formalmente el estado de guerra con el Brasil, mediante dos notas remitidas a la Legación británica el 18 de agosto (de 1851) para que ésta las hiciera llegar al Imperio invasor: “La exquisita y original declaración de guerra que nos hace Rosas – ironiza ahora Paulino en carta a Pontes – nos permite tomar ante él una actitud más decidida y franca” (111). Y en virtud del tratado del 29 de mayo, los tres aliados – más Corrientes que había delegado sus atribuciones en Urquiza – firman en Montevideo el 21 de noviembre un nuevo convenio para “llevar la guerra al gobierno de la Confederación Argentina” (art. 1º).
Urquiza, comprometido a ayudar a Brasil contra todo quien se opusiera a la alianza (como decía el tratado del 29 de mayo) debe hacer firmar por su hijo Diógenes – ahora su representante, pues Cuyás se dedicaba a hacer negocios de proveeduria al ejército y escuadra imperiales por cuenta del general argentino – el monstruoso compromiso (si queda lugar para el adjetivo) de llevar la guerra contra su propia patria en alianza con el Imperio enemigo. Pide el precio de 400 mil patacones (algo más de 2 millones de francos oro) – por entregas de 100 mil mensuales – además de correr por cuenta del Imperio la provisión de las armas de los ejércitos que llevarán la ofensiva hasta Buenos Aires. Urquiza exige esos patacones como condición sine qua non, y Caxias aconseja que se los den:
“Urquiza es muy despechado y orgulloso – escribe el 20 de octubre Caxias al ministro de guerra, Souza é Mello – cualquier negativa de nuestra parte irritaríalo mucho, siendo él, como sabe V. Excia. Alguien a quien poco le falta para mudar de opinión de la noche a la mañana. Hallándose hoy con un ejército poderoso, por los refuerzos de las tropas argentinas que mandaba Oribe, no le sería tal vez muy difícil arreglarse con Rosas mediante alguna concesión que éste le hiciera, y ponerse en contra nuestra” (112).
La suma era muy grande para aquellos tiempos. Hubo reunión de gabinete en Río de Janeiro y se resolvió acceder; el 11 de noviembre informa Paulino a Honorio Hermeto Carneiro Leão, destacado por el Imperio para dirigir la guerra desde Montevideo :
'“En cuanto al auxilio pecuniario que Urquiza pretende, importa un mayor sacrificio que acrece aquellos que hemos hecho con el Estado Oriental. Ya son muy abultados.
”Habría que dárselo, si no hay otro remedio, y obtenidas de Urquiza todas las seguridades” (113).
Honorio Hermeto prepara el plan de guerra. No conviene “por las susceptibilidades del nacionalismo castellano” (114), que pase al oeste del Paraná un cuerpo brasileño. Urquiza con su Ejército de Operaciones, acrecido con los restos del Ejército de Vanguardia incorporados por la fuerza después de la capitulación de Oribe, debería caer por el norte sobre Buenos Aires con un total de 20 mil veteranos. Mientras Caxias y los 16 brasileños, serían transportados por la escuadra brasileña y desembarcarían al sur de Buenos Aires. Entre ambos ejércitos, Rosas sería hecho trizas. Es cierto que con esfuerzos multiplicados el Restaurador había conseguido reunir 24 mil hombres: pero eran bisoños, y fuera de la artillería y la División Escolta no valían de mucho en el campo de batalla. No obstante había que hacer lo imposible por resistir.
Urquiza no quiere atravesar el Paraná sin el auxilio de un cuerpo brasileño (115). Honorio se lo regatea: finalmente concede (y así se estipula en el tratado del 21 de noviembre) que la lª División Imperial, con algo más de 4 mil infantes y artilleros, y a más algunos cuerpos de caballería, irían con Urquiza. Mientras el resto del ejército brasileño – cerca de 12 mil – ejecutaría su movimiento por el sur de la capital Argentina.

Rosas se adelanta a combatir en Caseros – 3 de febrero de 1852 – antes de que desembarquen los brasileños de Caxias. Sufre, como era previsto, una completa derrota. Da el parte de la misma a la Junta de Representantes:
“Creo haber llenado mi deber – dice su último documento – como mis conciudadanos y compañeros. Si más no hemos hecho en el sostén sagrado de nuestra independencia, de nuestra integridad y de nuestro honor, es que más no hemos podido.

Brasil consigue todas las ventajas del triunfo. Por los cinco tratados de Montevideo del 12 de octubre (de 1851) el generoso Andrés Lamas le había dado los derechos uruguayos a las Misiones Orientales, la libre navegación de todos los ríos uruguayos, y sobre todo el completo dominio económico, comercial, financiero, político y militar sobre la República Oriental. La Cisplatina otra vez. Tan monstruosos eran esos tratados, que el gobierno oriental elegido constitucionalmente en marzo de 1852, no quiso ratificarlos y se preparó a resistir hasta con las armas. Urquiza pareció apoyarlo, y Honorio – encargado brasileño de cobrar en el Plata el premio de la guerra – se cree ante outro Rosas. Pero não era Rosas – como escribe Honorio a Río de Janeiro – y previo pedido de cien mil patacones (medio millón de francos oro) que el brasileño se apresura a librarle “por la conveniencia de darle en las circunstancias actuales otra prueba de generosidad” (117) Urquiza hace lo que Brasil le ordena. Se declara en los protocolos de Palermo, el 6 de abril “para alejar todo motivo de duda y ansiedad, dando garantías efectivas a los poderes extranjeros... que sus compromisos (de Urquiza) revisten un carácter obligatorio para la Confederación”. Y acto seguido ordena al nuevo presidente oriental Juan Francisco Giró (Garzón había muerto en diciembre de 1851) “deponer su actitud hostil contra nuestro amigo y aliado el Imperio de Brasil”, pues en caso contrario las armas argentinas se emplearían conjuntamente con las brasileñas' contra ellos (118).
Y en nombre de la Argentina reconoce el 15 de mayo por pluma de su diplomático Luis José de la Peña los “derechos adquiridos” por Brasil a las Misiones Orientales Argentinas.
Pero, sobre todo, el gran triunfo para el Imperio fue la caída de Rosas. La Argentina ya no volvió a hacerle sombra en el continente. Una factoría tranquila y adiposa (con una clase dirigente de gran bienestar y una popular famélica y sin conciencia de nacionalidad: como ocurre en toda colonia) sustituyó a la férrea Confederación Argentina de Juan Manuel de Rosas.
Un escritor que tuvo acceso a las confidencias de Honorio en Buenos Aires y Montevideo, y vivió luego dos meses en Brasil, se asombró mucho al tratar a los brasileños porque ignoraba muchas cosas del “pronunciamiento”. Era un enconado antirrosista y había tomado parte en la campaña del ejército Grande. Para él la “libertad” estaba antes que la “patria”, pero sinceramente Creía que Brasil era auxiliar de Urquiza (interesado desde luego, pero auxiliar al fin y al cabo), y llegaba a saber ahora que fue y era Urquiza el auxiliar, instrumentado y pagado del Imperio.
Vuelto a Chile, donde tenía su casa, tomó la pluma y en un rapto de patriotismo y sinceridad, desde su quinta de Yungay escribiría indignado a Urquiza el 13 de octubre de 1852, las palabras que he puesto de epígrafe a este trabajo.
Y a continuación :
”Tanta aberración he visto en estos años, como si dijeran que el emperador ha sentado plaza en el ejército de S. E. para corresponderle el servicio que le hizo S. E. conservándole la corona que lleva en la cabeza, como tuvo S. E. la petulancia de decirlo en barbas del Sr. Carneiro Leão, Enviado Extraordinario del emperador.
”Se me caía la cara de vergüenza al oírle a aquel Enviado referir la irritante escena y los comentarios: ¡Sí, los millones con que hemos tenido que comprarlo para derrocar a Rosas! Todavía, después de entrar en Buenos Aires, quería que le diese cien mil duros mensuales.”
Se llamaba Domingo Faustino Sarmiento

jueves, 12 de septiembre de 2013

El Asesinato de Alejandro Heredia

Por Leonardo Castagnino

Doctor en Derecho de la Universidad de Córdoba, Alejandro Heredia fue uno de los gobernadores federales mas cultos. Conocía literatura clásica y hablaba el latín, y fue quien le enseñó los primeros conocimientos del latín a su protegido Juan Bautista Alberdi.
Las provincias de Salta, Jujuy y Catamarca condecoraron a Heredia con el título de “Protector”. En mayo de 1837 Rosas lo designa comandante del Ejercito Confederado que entraba en guerra con el dictador Santa Cruz de la Confederación Peruano-boliviana. Con su sagacidad para conocer las actitudes de las personas y su habitual capacidad deductiva para anticipar los hechos, Rosas en cierta forma intuyó el fin de Heredia. Comentando la situación de las provincias del interior, en carta a Estanislao López el 1° de octubre de 1835 le decía: “…deduzco de toda esta cadena de sucesos que el señor Heredia ha estado y está rodeado de Unitarios que no cesan en asecharlo, que al fin le han de dar el pago con la perfidia y ferocidad que acostumbran , entre tanto que él creía haber hecho, como me dijo en una carta, una fusión de partidos, para darme a entender que lejos de tener que temer, debía esperar mucho de ellos porque no hay quien les quite de la cabeza a algunos de nuestros federales el sistema de cortesías y miramientos indebidos y perjudiciales con que esa clase de hombres hipócritas en sus palabras y modales, mientras no pueden obrar a cara descubierta, y sin ninguna decencia, porque en su corazón son la quintaesencia de la inmoralidad”.(Irazusta, Julio, Vida política de Juan Manuel de Rosas.t.II.p351 - Archivo Gral de la Nacion.Sección Farini.Leg 18)
Con cierto idealismo, Heredia pretendió pacificar las provincias del norte fusionando los partidos unitario y federal. Rosas, más intuitivo y conocedor del proceder de los unitarios, le advierte de su error, y el 16 de julio de 1837 le escribe: “…en fuerza de su índole y de los sentimientos suaves y generosos que le imprimieron en su educación (…) no llega a penetrar ni persuadirse bien a fondo de toda la perversidad y acedía de los unitarios”, y le advertía que podría sucederle lo mismo que a Dorrego y Quiroga; los hechos le darían la razón a Rosas.
El general Alejandro Heredia fue asesinado el 12 de noviembre de 1838, en un punto llamado Los Lules, distante 3 leguas de Tucumán, en circunstancias que iba en carruaje acompañado de su hijo, con dirección a su casa de campo. Fue atacado por una partida armada encabezada por el comandante Gabino Robles, Vicente Neirot, Lucio Casas y Gregorio Uriarte. Heredia recibió un pistoletazo en la cabeza. Los asesinos se apoderaron del coche y dejaron en el lugar el cuerpo de Heredia, que aún respiraba, en compañía de su hijo. El cadáver fue desdichado, el Gobernador permaneció allí dos días, durante los cuales las aves de rapiña lo mutilaron horriblemente.
Entre los complotados por la muerte de Heredia estaba uno de sus protegidos, el unitario Marco Avellaneda, que fue llevado a juicio en Metan, en el año 1841. En su inverosímil defensa, Avellaneda aceptó haber prestado sus caballos a los asesinos sin conocer sus propósitos, hallarse en el lugar del crimen de casualidad porque cabalgaba a Lules a visitar un pariente que no identificó. Explica que entró a Tucumán con los asesinos gritando “¡ha muerto del tirano!” porque lo obligaron a seguirlos y tuvo miedo, que reunió esa noche a la Legislatura para elegir nuevo gobernador presionado por los asesinos, y que ni entonces ni nunca denunció ni persiguió a Robles por estar atemorizado.
Marco Avellaneda se declaraba inocente y cobarde. Fue declarado culpable y condenado a muerte como “instigador y principal culpable de la muerte de Heredia”. Su cabeza fue exhibida en una pica en la plaza de Tucumán.

Fuentes:
- Chavez, Fermin. Diccionario histórico argentino.Ediciones Fabro. Bs.As.2005
- O´Donnell, Pacho. Juan Manuel de Rosas.Planeta 2002

miércoles, 11 de septiembre de 2013

FRIEDRICH NIETZSCHE

por el Profesor Jbismarck

El 25 de agosto de 1900 murió Friedrich Nietzsche, el pensador que retó a duelo a 2500 años de filosofía occidental y anunció la crisis de la razón. Cien años después, su obra apasionada sigue detonando polémicas y hechizando a nuevos lectores.
Friedrich Wilhelm Nietzsche nació en Turingia, Prusia, el 15 de octubre de 1844. Su padre, fallecido cuando él tenía cinco años, era un pastor luterano. Aunque desde pequeño se destacó por sus composiciones para piano, y aunque se apasionó de adolescente por el pensamiento de Schopenhauer, no estudió ni música ni filosofía (ni teología, como su padre), sino "filología". Hoy diríamos: Letras. no se trata de un dato menor, porque en la mayor parte de sus obras se hará sentir la presencia de esta disciplina..
Lo cierto es que en 1869 Nietzsche será nombrado profesor de filología en basilea, lo que le permitirá frecuentar, en Lucerna, a Richard Wagner y a su esposa Cósima, hija del gran músico Franz Liszt. Había conocido a esa pareja durante sus estudios universitarios en Leipzig. Pero de sus encuentros en Suiza nacerá su pasión efímera por la ópera wagneriana, en la que veía un gran retorno de la tragedia clásica, así como su amor, decididamente más duradero, por la joven Cósima. En Así hablaba Zaratustra ésta se convertirá en Ariadna, figura de la mitología griega, amada primero por Teseo (Wagner) y luego por Dioniso (Nietzsche). Este pensaba que a través de Cósima lograría sacar a Wagner del laberinto para convertirlo en el maestro-poeta de la ciudad moderna. Este propósito inspiró sobre todo su primer libro, El nacimiento de la tragedia, de 1871.
Años más tarde, Nietzsche intentará repetir un esquema semejante con el médico Paul Ree y la noble rusa Lou-Andreas Salomé, a quien incluso le propondrá matrimonio. Al fin ésta preferirá al médico, pero a cambio publicará en 1895 una de las más célebres biografías del filósofo. Mientras tanto, se declara en Nietzsche la enfermedad que le infligirá terribles horrores durante sus años más productivos, lo que explica tanto su afición por el opio (casi un lugar común del siglo) como su jubilación prematura de la universidad de Basilea.
Esta dolencia será la misma que lo llevará primero a la locura, luego a la parálisis y finalmente a la muerte. ¿la consecuencia de una sífilis contraída en un prostíbulo frecuentado durante sus años de estudiante? Los biógrafos no se ponen de acuerdo al respecto. Hasta su muerte, el 25 de agosto de 1900, será cuidado por su madre y su hermana menor, las mismas de las que había necesitado huir la mayor parte de su vida. Es gracias a Elizabeth que se conservaron las notas inéditas que compondrán más tarde La voluntad de poder. Pero que es también de manos de Elizabeth -unida a un antisemita con quien partió a Paraguay para fundar una colonia de arios puros- que Hitler recibirá en 1933 el bastón que perteneció al autor de Más allá del bien y del mal.
¿Nietzsche fue un precursor del nazismo? Algunos de sus conceptos fueron interpretados así, sobre todo los de "voluntad de poder" y "superhombre", así como sus diatribas contra la religión "judaica" y su "espíritu de venganza". Pero hay casi tantos Nietzsches como intérpretes tuvo: el de Heidegger, el de Jaspers, el de Deleuze, el de Vattimo, por citar a algunos de los más notables.
Según como se lo haya leído, Nietzsche anunció el fin de la metafísica, inspiró el método genealógico en historia, fue un continuador de Martín Lutero, sentó las bases del pensamiento hermenéutico contemporáneo o se erigió en profeta del escepticismo posmoderno. Por todo esto el fantasma de Nietzsche está presente en todo lo que se produjo en filosofía a lo largo del siglo XX.
Pero esto no implicaba, al menos en un primer momento, desterrar a los filósofos, como había hecho Platón con los poetas, sino mostrar que la filosofía -como en la época de los presocráticos- había sido una variante más o menos enmascarada del arte poético. El filósofo no descubre las verdades: las crea. Y por eso es un artista.
Por eso Nietzsche considera que Sócrates y Platón habrían preparado el triunfo de la religión judeo-cristiana: no bastaba con decir que los seres vivos eran imperfectos- La filosofía griega representaba el momento de la venganza: "Es por tu culpa que me pasa esto". La religión judeo-cristiana la interioriza: "íEs por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa!". El hombre en el que piensan los filósofos y los sacerdotes es el esclavo: el esclavo que somos cada uno de nosotros desde que debemos satisfacer nuestras necesidades básicas, sobrevivir o conservarnos. Y si Zaratustra es el profeta del "superhombre" y del "eterno retorno" se debe, justamente, a que no anuncia un hombre nuevo sino el retorno del hombre de siempre pero desde el punto de vista de la superioridad, la nobleza y la creación.

Artigas y la "Junta de Mayo"

Por Alberto Umpiérrez
Un problema de interpretación histórica de hechos y documentos probados
Convengamos en que la Historia es una Ciencia y como tal debe basarse en hechos y documentos probados. Pero también, como todas las Ciencias sin excepción, tiene algo de Arte, de Filosofía y de Política, en tanto los hechos se relacionan y se interpretan en función de determinados criterios o paradigmas cuya “objetividad”, en el mejor de los casos, radica en un consenso entre varios historiadores que en principio configuran al menos una corriente de opinión.
Mucho se discutió y se sigue discutiendo sobre la relación entre José Artigas y la Junta Gubernativa establecida en Buenos Aires a partir del 25 de Mayo de 1810. Uno de los elementos centrales que sirven de prueba para demostrar su adhesión y subordinación a esa Junta es el famoso “Plan de Operaciones” cuya redacción se atribuye a su Secretario Mariano Moreno. No es el único elemento de juicio, pero nos focalizaremos en él asumiendo, junto con la mayoría de los historiadores, que efectivamente fue obra de Mariano Moreno y expresa una tendencia “jacobina” (revolucionaria republicana).
En el mencionado Plan se establece como principal objetivo estratégico promover una insurrección popular en la Banda Oriental que, al cabo de seis meses, habría de terminar con el poderío español en Montevideo. Luego se pensaba seguir adelante en la guerra revolucionaria insurreccional en la Provincia de Rio Grande, hasta liquidar al Imperio Portugués, independizando al Brasil y logrando en definitiva la liberación de toda América del Sur. Para ejercer el liderazgo y comando militar de dicha insurrección popular en la Banda Oriental, se define expresamente a dos personas: José Rondeau y José Artigas.
¿Fue aprobado este Plan por la Junta? Algunos dicen que fue aprobado secretamente… tan en secreto que no hay ninguna referencia a este Plan en ningún otro documento de la época, ni oficial ni privado. Tal fue el secreto que su texto recién fue descubierto por casualidad en 1896 en los Archivos de Indias, en España, y generó discusiones que llegan hasta el presente sobre su autenticidad.
El historiador argentino Norberto Galasso afirma que “…el 17 de junio, le encomiendan al Secretario Mariano Moreno que redacte un Plan de Operaciones. Este Plan se presenta a la Junta el 31 de agosto…” (“La Revolución de Mayo y Mariano Moreno”, 2004). ¿Qué pasó después?...
Veamos los hechos. El 4 de setiembre la Junta designa a uno de sus vocales, Manuel Belgrano, como comandante del Ejército destinado a la Banda Oriental, pero el 22 de setiembre se le asignan nuevas instrucciones que destinan ese ejército al Paraguay. Los hechos fríos y probados parecen indicar que el “Plan de Operaciones” fue rechazado por la Junta en aquella oportunidad, en la medida que se rechaza el ofrecimiento de Rondeau y Artigas para encabezar el Ejército, y luego también se rechaza a la Banda Oriental como principal objetivo de la Expedición.
Poco después, en noviembre y diciembre de ese año 1810, los referidos capitanes Rondeau y Artigas, todavía al servicio del gobierno de Montevideo, encabezan una invasión a Entre Ríos, logrando en pocos días expulsar a todos los partidarios de la Junta porteña. ¿Tendrá esta acción militar alguna relación con la decisión de la Junta? ¿Acaso Rondeau y Artigas no sabían que sus nombres estaban siendo ofrecidos por Mariano Moreno, nada menos que para comandar la insurrección de la Banda Oriental?
Tal vez cabría como mínimo una duda razonable respecto a la posibilidad de que Rondeau y Artigas estuvieran negociando con Mariano Moreno y con la Junta, a través de voceros. Si esto fuera así, entonces quedarían más claras sus actitudes en una secuencia lógica: primero ofrecen sus servicios y ponen condiciones (Plan de Operaciones); luego son rechazados por la Junta y por lo tanto demoran su adhesión a la misma; tercero procuran presionar a la Junta haciendo una demostración de poder en Entre Ríos.
Quizá aprovechando la invasión de Entre Ríos, Mariano Moreno vuelve a intentar en la Junta la aprobación de su “Plan de Operaciones”, pero al ser rechazado finalmente decide renunciar y pedir su designación para realizar la misión en Londres, embarcándose el 14 de enero de 1811 y falleciendo durante el viaje el 4 de marzo.
Ahora bien, Artigas y Rondeau resuelven simultáneamente marchar a Buenos Aires el 15 de febrero de 1811. ¿Por qué cambian de opinión? Seguramente en esta decisión pesó fundamentalmente la derrota de Manuel Belgrano en Paraguay, en la batalla de Paraguarí, el 19 de enero. En tal caso también se explica que vayan con ellos el Teniente Rafael Hortiguera y el sacerdote párroco de Colonia José María Enríquez de la Peña, que seguramente eran los intermediarios entre Artigas y la Junta, como lo fueron también después durante el conflicto con Manuel de Sarratea en 1812.
Pero cuando llegan a Buenos Aires, el nuevo Secretario de la Junta Gubernativa es Hipólito Vieytes, viejo amigo y correligionario de Manuel Belgrano en el Partido “Carlotista”, al igual Juan José Castelli (primo de Belgrano y jefe del Ejército del Norte) y varios otros integrantes porteños de la Junta.
Seguramente Hipólito Vieytes, presionado por las circunstancias, accede de muy mala gana a designar a José Artigas como Teniente Coronel y Jefe de las Milicias Patrióticas de la Banda Oriental, el 9 de marzo. Pero el comando del Ejército se mantiene en manos de Belgrano, quien además había sido ascendido a Brigadier General el mismo día de su primera derrota en Paraguay.
Paradójicamente, el mismo día 9 de marzo, el Ejército de Belgrano sufre una segunda derrota en Tacuarí, a raíz de la cual se le obliga a retirarse del territorio paraguayo. Este desastre total en Paraguay termina desencadenando la reacción popular de la noche del 5-6 de Abril que se ha denominado “Revolución de los Orilleros”, provocando la caída del Secretario Hipólito Vieytes e imponiendo en su lugar a un nuevo Secretario de Gobierno, el Oriental Joaquín Campana. Poco después, el 22 de abril, es destituido y sometido a juicio militar el Brigadier Manuel Belgrano, designándose en el cargo de Comandante del Ejército en la Banda Oriental al Coronel José Rondeau. Entonces sí, finalmente es bajo el gobierno de Joaquín Campana que comienza a ejecutarse el “Plan de Operaciones” elaborado meses atrás por Mariano Moreno y rechazado en su momento por una Junta mayoritariamente de origen “Carlotista”, o sea monárquica legitimista borbónica, oligárquica en el más estricto sentido de la palabra y conservadora del Orden social de estamentos privilegiados.
Si esto es así, entonces cabría preguntarse hasta qué punto el propio Joaquín Campana estaba involucrado desde el principio en la negociación y redacción del “Plan de Operaciones”. Se sabe que Campana y Moreno se conocían desde antes: ambos eran abogados de los hermanos Gregorio y Ambrosio Funes, el primero de los cuales fue diputado por Córdoba en la Junta Gubernativa. El Plan se focaliza en la Banda Oriental e incluye sobre ella y su gente una cantidad de información que Moreno no podía conocer directamente porque nunca la visitó, forzosamente algún oriental debió aportar esa información y asesoramiento. ¿Por qué no Joaquín Campana?
En definitiva, esta interpretación de los hechos establece clara y nítidamente una fuerte contradicción ideológica y de intereses entre una oligarquía comercial monopolista porteñista-monarquista, representada por los viejos cortesanos “Carlotistas” (Belgrano, Castelli, Vieytes), desde el principio al menos implícitamente partidaria de abandonar a la Banda Oriental en manos de los portugueses. Y otra tendencia, americanista-republicana, que busca su base de sustentación en la insurrección de los Pueblos de las Provincias (Moreno, Campana, Artigas). La confrontación entre ambas tendencias radicalmente antagónicas tuvo su epicentro geográfico en la Provincia Oriental, pero en el fondo y desde el principio, es el reflejo político de la contradicción Oligarquía-Pueblo, Imperio-Nación.
Pero la eventual identificación de José Artigas con el “Plan de Operaciones” amerita una salvedad, como mínimo: “Clemencia para los vencidos”. La revolución de Artigas no sigue los lineamientos de Moreno en lo referente a la implantación del “Terror Revolucionario”, en cambio si lo hace la Junta de Buenos Aires, luego los Triunviratos y Directorios, hasta llegar al terrible baño de sangre que fue la Guerra del Paraguay. Resulta paradójico que el gran monumento ecuestre de Manuel Belgrano en la Plaza de Mayo de Buenos Aires, se inaugurara en 1873, después de haberse completado tres años antes la destrucción del Paraguay, última Patria de Artigas. Tal vez para el Presidente Sarmiento y para el exPresidente Bartolomé Mitre, ellos completaron la misión que la Junta de Mayo le asignara a Belgrano en 1810… Vaya a saber.

martes, 10 de septiembre de 2013

Presentación de la novela EL '43

Presentación de la novela EL '43

                         Arturo Pellet Lastra
Disertarán en esta oportunidad el Dr. Alberto Gelly Cantilo, quien  presentará el libro y el autor de la obra, el Dr. Arturo Pellet Lastra  
           MIÉRCOLES 18 DE SEPTIEMBRE DE  2013   18.30 HS.
                                         MONTEVIDEO 641
                      CIUDAD AUTÓNOMA DE BUENOS AIRES
 La novela tiene como escenario a la Argentina neutral en la Segunda Guerra Mundial. En el contexto histórico de uno de los años más críticos y convulsionados de la historia de nuestro país, entre junio de 1943 y marzo de 1944, se suceden cuatro golpes de Estado: la denominada “Revolución del 4 de junio”, que llevó tres días al poder al general Arturo Rawson; el golpe del 7 de junio, que lo derrocó y reemplazó por el general Pedro Pablo Ramírez; un poco recordado y mal investigado contragolpe ocurrido el 12 de octubre del mismo año, que colocó cien días en el poder al nacionalismo católico y, en fin, tras la ruptura de relaciones exteriores con los países del Eje -Alemania y Japón-, un cuarto y último golpe de Estado, que el 25 de febrero de 1944 llevó a la presidencia al general Edelmiro J. Farrell e instaló en el poder, primero “de facto” y luego constitucional a Juan Domingo Perón.
Es decir, que en las páginas de este libro se desenvuelven dos historias ubicadas en los últimos meses del último país latinoamericano que se mantuvo neutral hasta enero de 1944 en esa contienda bélica en que se vieron involucrados decenas de países de los cinco continentes.
En fin, esta es la historia de las intrigas, el espionaje y el contraespionaje generado en el interior de las embajadas de las grandes potencias representadas en nuestro país y la pequeña historia de los amores visibles y clandestinos de nuestros protagonistas. 
Arturo Pellet Lastra tiene una prolífica producción bibliográfica, tanto como jurista, ensayista político, historiador y periodista. Entre sus obras más importantes se encuentran El Estado y la realidad histórica, El Congreso por dentro, desde 1930 hasta nuestros días, El poder parlamentario, su origen, apogeo y conflictos y Teoría del Estado. Con su libro La libertad de expresión obtuvo el Tercer Premio Nacional de Ensayo, otorgado por el Ministerio de Educación  y Cultura de la Nación a la producción 1972-75, y con el poemario Y vendrá el hombre nuevo, el premio Publicación del Fondo Nacional de las Artes, en 1964. Ha ejercido el periodismo en el diario La Prensa, en la desaparecida LS 1 Radio Municipal y en revistas de la Edición Abril, de la que también fue asesor legal.         

     

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