Rosas

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lunes, 20 de enero de 2014

Bernardo de Irigoyen

Por José María Rosa 

Juventud

Bernardo de Irigoyen, hijo de familia patricia, nacido en 1822, en el hogar de don Fermín de Irigoyen y María Bustamante, pertenecía a una casa plegada al partido federal desde sus orígenes. Le tocó iniciarse en los años de gran entusiasmo patriótico que siguieron al tratado Mackau-Arana, el abandono del bloqueo francés y la victoria de Arroyo Grande. No quedará insensible a la emoción colectiva producida en toda la Confederación Argentina por la hábil defensa que Rosas había hecho de la causa nacional. Una noche – el 8 de febrero de 1848 – el joven Irigoyen lee en Palermo ante el Restaurador y su hija Manuela una “Canción Federal” que, en homenaje al primero y dedicada a la segunda, ha compuesto traduciendo el sentimiento popular imperante:
¿No habéis visto cual Rosas sereno
con naciones soberbias lidió,
y venciendo mostrar que al porteño
sin venganza ninguno insultó?
A los siglos trasmita la historia
cuanto importa llamarse argentino...
Siga el Plata su augusto destino
¡ Vivan siempre los libres del Sur!

A la afirmación de la naciente soberanía lograda contra la agresión
francesa sigue la condena de quienes, por rivalidades internas y un
menguado concepto de patriotismo, se unieron en calidad
de “auxiliares” al agresor extranjero:
¡Unitarios mancharon la historia!...
y el eco jubiloso del rechazo de la ofensiva de Rivera en Arroyo Grande:
Al oriente con bravas legiones
llevó Rosas su estrella de gloria.

Esta agresiva composición, dulcificada por la música de Esnaola, fue, tal vez, la primera y la última incursión poética del joven Irigoyen. Sus estudios de derecho y las altas funciones públicas que lo reclamaron inmediatamente, lo alejaron para siempre de las musas.

Misión a Chile

Recibido de Doctor en Leyes en la Universidad de Buenos Aires, el mismo año 1843, ha de iniciar la práctica forense – necesaria entonces para obtener el título de abogado y con él la licencia para ejercer la profesión – en la Academia de Jurisprudencia, de la cual llega a ser Secretario. Sin haber terminado esta práctica, que era de dos años, el gobierno de Rosas lo designa en 1845, Secretario de la Legación en Chile conferida al doctor Baldomero García. Dos funciones competían a esta misión: la cuestión del estrecho de Magallanes indebidamente ocupado por Chile, y la política inamistosa de los diarios oficiales que, por medio de expatriados argentinos que desempeñaban cargos públicos en la administración chilena, mantenían una constante prédica partidaria, inmiscuyéndose en política interna Argentina. La “cuestión del estrecho” no tuvo solución inmediata favorable, pero en cambio las gestiones de Irigoyen en el segundo aspecto, llevadas con moderación y prudencia y sin herir intereses creados, lograron amplio eco en las esferas oficiales chilenas. El mismo Sarmiento – que nunca negaría su aprecio a Irigoyen – lo reconocerá después en su periódico La Crónica: .“Irigoyen fue a Valparaíso – dice Sarmiento –... el agente de Rosas se retiró sin haber tocado ninguna cuestión que interese a chile, pero ¡qué cambiadas quedaron las cosas!...” narrando cómo la prensa chilena dio un vuelco respecto al gobierno argentino. Los diarios y periódicos que habían combatido a Rosas valiéndose de Sarmiento, se convirtieron, según éste en “acérrimos partidarios del Restaurador argentino”, obligando a Sarmiento a abandonar momentáneamente la lucha.  Rosas no se ha de satisfacer con el paliativo que le daba Chile mientras sus fuerzas mantenían la ocupación de’ Magallanes. No era, desde luego, la gestión oficiosa ante la prensa, gobernante el objeto primordial de la misión García. Y como el gobierno chileno aprovechando las dificultades diplomáticas del argentino – eran los tiempos de la intervención anglo-francesa – dilataba su respuesta, Irigoyen (García había regresado a Buenos Aires) recibió orden de trasladarse a Mendoza con el archivo de la Legación, previéndose una ruptura de relaciones. La precipitación de complicaciones internacionales al conflicto con Brasil en 1849, la declaración de guerra a este Imperio en 1861, y la caída de Rosas en 1852, hicieron inoperante la reclamación Argentina. Irigoyen permanecerá en Mendoza desde 1847 hasta 1860. Aunque simple Oficial de la Legación en chile su influencia será grande en las provincias cuyanas. Era el representante directo del poderoso señor de Palermo, Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación y Jefe virtual de la misma. Benavídez, gobernador de San Juan y el “hombre fuerte” de Cuyo se ha de guiar por los consejos del joven Irigoyen, lo mismo que los gobernadores Mallea de Mendoza y Lucero de San Luis.
En 1847 parecía indudable el triunfo de la política rosista. Los cañones de la Vuelta de Obligado y del Quebracho habían contestado como correspondía a la agresión anglo-francesa, y Lord Howden acababa de levantar el bloqueo en nombre de Inglaterra quebrando la alianza de las potencias interventoras. En Laguna Limpia,, Urquiza derrotaba al ejército “auxiliar” correntino, como poco antes lo había hecho en India Muerta con la invasión que Rivera preparó desde Río Grande. El fin de la intervención anglo-francesa significaba el cese del subsidio que mantenía la plaza de Montevideo haciendo inminente la entrada de Oribe en su capital. El triunfo final parecía cercano.  Se supone alejado el fantasma de una guerra civil complicándose con las dificultades exteriores de la Confederación. Es tiempo, por lo tanto, de olvido y de unión, necesarios para consolidar la Confederación y dar cima a la política rosista reincorporando las regiones separadas de las antiguas Provincias Unidas. En 1847 Rosas dicta sus disposiciones de amnistía, y los antiguos unitarios – no obstante sus participaciones recientes a favor de las agresiones europeas – empiezan a regresar al país sin ser molestados para nada. Esta política de unión nacional encontrará en Bernardo de Irigoyen un admirable colaborador, y su mesura y discreción logran en Cuyo el acercamiento de muchísimos adversarios del partido federal.

En 1850 Irigoyen regresa a Buenos Aires. Cuando Rosas parecía triunfante, e Inglaterra y Francia se retiraban del Plata reconociendo en los tratados de 1849 y 1850 la “soberanía de los ríos” y el libre derecho argentino a manejar su política exterior, el Brasil juega habilísimamente su última carta: “O Rosas o el Imperio” es la consigna del partido, saquarema al tomar el poder, y con ese programa llega al Ministerio de Relaciones Exteriores Paulino José Soarez de Souza, el futuro vizconde do Uruguai. Brasil prepara abiertamente la guerra: adquiere la escuadra del almirante Grenfell, y contrata las tropas que al mando de Caxias se sitúan en Río Grande. Paulino explica al Parlamento que se trata de medidas de precaución, pero es explícito con Andrés Lamas, el ministro de Montevideo en Río: si Rosas lograra afirmarse; la Banda Oriental y el mismo Paraguay volverán a la Confederación Argentina; Río Grande se independizará y tal vez hagan lo mismo las revoltosas provincias de Pernambuco y Bahía: la aristocracia brasileña recibirá un rudo golpe económico con la abolición de la esclavitud preconizada por Rosas y la monarquía se transformará en República como lo pedían los diarios brasileños evidentemente inspirados por el Restaurador argentino. Era el fin del Imperio. Por lo tanto la política brasileña se manejaría en adelante por el dilema: o Rosas o el Brasil. Ocurre la invasión del barón de Jacuhy, la ruptura de relaciones, el famoso pronunciamiento, la alianza de Urquiza con Brasil, la declaración de guerra al Imperio, y por fin Caseros. Sobrevivió el Brasil, y Rosas tuvo que marcharse a Southampton.

Misión Irigoyen al interior

Urquiza se encontraba mucho más cómodo entre los hombres prácticos del partido federal que entre los ideólogos unitarios. Ha dispuesto el uso obligatorio de la divisa punzó, y en el caserón de Palermo se siente el continuador de Rosas. Hasta se permite tratar en menos a Márquez de Souza, el vizconde de Porto Alegre, jefe de la división brasileña del ejército grande, y las banderas de Ituzaingó no son devueltas al Imperio. Es cierto que concede todo lo demás – renuncia a la soberanía Argentina de los ríos, a las Misiones Orientales, reconocimiento de la independencia del Paraguay, manos libres al Imperio en la Banda Oriental – pero eso estaba establecido en el tratado de alianza, y debe cumplirlo. Su último acto de deferencia a los brasileros fue permitirles entrar a Buenos Aires el 20 de febrero (el aniversario de Ituzaingó) con su bandera desplegada. Pero más no. Desde que el Libertador entró en Buenos Aires, se siente un nuevo Restaurador. Habla su lenguaje: califica a los del bando celeste como “díscolos que se pusieron en choque con el poder de la opinión pública y sucumbieron sin honor en la demanda”, dice que “todavía se empeñan en hacerse acreedores al renombre odioso de salvajes unitarios” y los acusa de haber perturbado “el sosiego de la patria” y “comprometido su independencia y sacrificado su libertad con su ambición”. ¿Pero Rosas está en el “Confliet” o sigue en Palermo?
Es que había que salvar a la Confederación, no obstante la caída de su Jefe de veinte años. “Hasta aquí” parece decir Urquiza a sus aliados de la víspera, al día siguiente de la entrada en Buenos Aires, de ahora en adelante cuidará los restos del naufragio evocando la figura del viajero que se embarcó para Inglaterra. El lenguaje de Rosas, las ideas de Rosas, los gobernadores de Rosas y los conserjes de Rosas: así gobierna el vencedor de Rosas. Torna hasta la casa de Rosas, y por tomarlo todo se hace hasta de los enemigos de Rosas.
Mandará a Bernardo de Irigoyen en misión ante los gobernadores del interior. Había que calmar sus recelos, y decirles que Buenos Aires no había cambiado. En Palermo seguían gobernando los Anchorena, Arana, Guido, Irigoyen, como el Jefe de la Confederación seguía usando la divisa punzó en su chaqueta. También había que consolidar la obra política de Rosas transformando la Confederación de estados semiindependientes del Pacto de 1831 en una República federal regida por una constitución nacional. Nada mejor para eso que enviarles a Irigoyen, uno de los más respetados hombres de Rosas.
Y así el 28 de febrero confiere “los más altos poderes” al joven Irigoyen para que “pase a las provincias del interior, y en representación mía y como comisionado convenga con todos los gobiernos de todas ellas y de cada una en particular, en adoptar todas las medidas y resoluciones que fueren necesarias a fin de garantir la estabilidad de los gobiernos provinciales, y acelerar el día en que la Nación se organice bajo el sistema representativo federal por el que los pueblos han combatido”. “Mi política necesita explicarse a los gobiernos – decían las instrucciones escritas que Urquiza dio a Irigoyen – porqué solamente de la fusión, del olvido y de la tolerancia que proclamemos, creo que deben esperarse los grandes bienes que anhelamos para el país”. Y la misión Irigoyen – cumplida personalmente por éste ante los gobiernos de Córdoba, San Luis, Mendoza y San Juan: y por sus delegados Dres. Pedro Uriburu y Nicolás Villanueva en las demás del interior (el litoral excluido) – logró ampliamente su propósito. El acuerdo de gobernadores del 31 de mayo en San Nicolás fue su fruto.

Persecuciones

Urquiza agradeció las gestiones de Irigoyen: “Doy mi aprobación a todos sus procedimientos oficiales, reconociendo el patriotismo con que usted ha desempeñado la misión que confié a su reconocida capacidad”, le escribe el 22 de junio de 1852.
A su regreso quiso obtener el título de abogado, pues sus distintas misiones fuera de Buenos Aires no le habían dejado completar la práctica de ordenanza en la Academia de Jurisprudencia. No aceptó ser diputado constituyente por Mendoza para contraerse a esta obligación, tanto más necesaria por cuanto el fallecimiento de su padre y haber contraído matrimonio, lo ponían en la obligación de ganarse la vida. La inscripción le fue negada. Gobernada Buenos Aires después de la revolución del 11 de septiembre por los hombres del viejo partido unitario (ahora llamado “liberal”), éstos no perdonaron a Irigoyen su militancia federal y que todavía se negara a hacer pública apostasía (como tantos) del caído Rastaurador. Se le aplicó una disposición de la Academia que exigía una residencia inmediata de dos años en Buenos Aires para inscribirse en la misma no obstante no poder aplicarse a un nativo de la provincia ni a quien se alejó de ella en funciones oficiales. Se fue entonces a trabajar al campo, poblando “La Choza” cerca de Luján. Y quedó durante algunos años alejado del movimiento político, dedicado a los trabajos rurales en ese y otros establecimientos de campo que fundó. Hizo en ellos una fortuna, una gran fortuna. Pero su verdadera vocación fue siempre el derecho y la política. Después de algunos años lograría su inscripción en la Academia y el título habilitante para litigar, compartiendo desde entonces las tareas campestres con la atención de su bufete profesional, que llegó a ser uno de los mejores de Buenos Aires.

Regreso a la política

El proyecto de Mitre, presidente de la República después de Pavón, nacionalizando a Buenos Aires con los límites de la antigua Ley de Capital de Rivadavia, quiebra al partido liberal en dos grupos antagónicos – nacionalistas y autonomistas – encabezados respectivamente por el Presidente Mitre y el gobernador de Buenos Aires, Adolfo Alsina.
Adolfo Alsina fue un caudillo popular; fue el gran caudillo popular porteño de la segunda mitad del XIX, y también fue algo más: un hábil político que supo, desde la penumbra, manejar realmente el país desde 1868 hasta su muerte en 1877. No pudo ser Presidente, pero eligió a los presidentes, a los ministros, a los senadores y a los gobernadores. Hombre de multitudes, de gesto fácil y vocabulario de pueblo, este hijo de un prócer unitario habría de continuar la línea de los grandes caudillos populares de Buenos Aires: Soler, Dorrego, Rosas. En todo distinto a su padre, don Valentín, personajón estirado, de pocas y buscadas palabras, de hondos rencores, de suficiencia rivadaviana, Adolfo era en sus maneras, en su coraje y en su viveza criolla el típico hombre de los arrabales de Buenos Aires: el “compadre”, como le decían los mitristas, de la misma manera que Rosas había sido el “gaucho”, no obstante pertenecer ambos a la clase superior y poseer talento y cultura. Era “el compadrito” porque supo hacerse intérprete del alma popular y sentía hondo el espíritu de la argentinidad. En su voz y en su gesto se expresaron los arrabales de la gran ciudad, como los actos de Rosas tradujeron el sentimiento de los campos porteños.
Por eso, bajo la jefatura de Alsina, asistimos en 1868 a un verdadero renacimiento del viejo partido federal porteño, que alguna que otra vez había intentado levantar cabeza (los chupandinos de 1856, los, crudos de 1860), contra el liberalismo dominante después de la revolución del 11 de septiembre. En las filas del autonomismo alsinista forman Leandro Alem y Bernardo de Irigoyen, y junto a ellos los Pinedo Lahitte, Unzué, Anchorena, Torres, Terrero, Sáenz Peña y tantos otros que, como dice D’Amico en su libro “Buenos Aires: sus hombres y sus cosas”, “Habían sido federales o de filiación federal, que no eran nada en esos momentos sino perseguidos por el mitrismo, y que se hicieron alsinistas por salvarse de las persecuciones”.
Irigoyen era la figura intelectual más destacada del grupo (Leandro Alem la más popular), y debió retornar inmediatamente a las altas posiciones públicas que por derecho de talento y patriotismo le correspondían. Pero el ascenso le cuesta, porque su lealtad no le permite tirar el pesado lastre del rosismo, y sus enemigos son capaces de perdonar todo (hasta el peculado), pero no se olvidarán nunca del papel desairado que hicieron en tiempos de Rosas.
Ser rosista había significado simplemente ser argentino en 1846, cuando los enemigos del Restaurador anduvieron confabulados con el extranjero. Había significado ser buen argentino en 1852, al día siguiente de Caseros, cuando Urquiza los prefería para consolidar la unión nacional. Pero poco a poco (sobre todo después de Pavón), se había ido creando la “leyenda de Rosas”, con su cortejo de sonoras palabras: tiranía, terror mazorquero, barbarie. La prensa, las novelas por entregas, los libros de texto, hicieron esta curiosa obra de tergiversación contra la cual fueron inútiles las protestas de uno que otro historiador veraz e imparcial. Todo se puso al servicio de la “leyenda de Rosas”. indispensable para que los antiguos auxiliares de Francia, Inglaterra o el Brasil justificaran su actitud de tomar armas contra la Patria: solamente el gobierno de un monstruo, de un tirano, hacía admisible la intervención extranjera y la posición que tomaron los proscriptos unitarios. Y por eso en 1874, haber sido rosista era para el común de la gente, un crimen imperdonable contra la civilización y la humanidad. Muchos habían sucumbido a ese estado de la conciencia colectiva, y renegaron públicamente de Rosas: contribuyeron más a la leyenda, porque para demostrar su ardiente fe de conversos se encargaron de enlodar peor que nadie al proscripto de Southampton. Pocos, muy pocos (es necesaria mucha fortaleza moral), prefirieron callarse porque hablar era inútil, pero guardando para la intimidad sus convicciones. Bernardo de Irigoyen fue de éstos.

Alsina y Sarmiento

Adolfo Alsina será el Gran Elector desde 1868. No pudo ser presidente porque era porteño, y en las provincias ser “porteño” recordaba demasiado las ocupaciones militares que hizo Mitre, después de Pavón. Pero si no pudo ser presidente elegirá a los presidentes: a Sarmiento en 1868, a Avellaneda en 1874. La dirección política del Partido Autonomista Nacional (el famoso P.A.N., resultado de la coalición de los autonomistas porteños con los federales – ahora nacionales – del interior), quedará en sus manos exclusivas. Sarmiento gobernará con los ministros que tenía Alsina en la provincia y éste – desde la Vicepresidencia – ha de mover los hilos con habilidad suma, porque es un buen conocedor de hombres, y Sarmiento no es muy difícil de conocer y contentar, pese a su apariencia adusta. En la presidencia de Avellaneda, después de una tentativa inútil por quebrar el antiporteñismo con su propia candidatura – eliminada a tiempo – Adolfo Alsina desde el ministerio de Guerra y con los resortes del ejército nacional en sus manos, será el solo árbitro de las situaciones provinciales. Avellaneda es un estadista, pero el político es Alsina. Irigoyen será llamado por Sarmiento a indicación de Alsina, para desempeñar la Procuración General del Tesoro. "Se necesitaba un abogado capaz y honesto para ese cargo” dirá el antiguo redactor de El Progreso explicando la designación del secretario de Baldomero García. Es que Sarmiento no es hombre de rencores: capaz de tirar con artillería gruesa, al día siguiente olvida todo y tiende la mano. Es periodista de polémicas, gobernante de arrebatos, atacante de circunstancias; por eso no tuvo enemigos pese a que lastimó a muchos y muchas veces injustamente. Sus explosiones son pasajeras, tormentas de verano que todos perdonan al “loco”. Nadie queda enojado con él: salvo Alberdi, pero éste sí que no sabe olvidar resentimientos. Y Sarmiento presidente es la antítesis del Sarmiento escritor: el autor de “Facundo” fue llevado al gobierno por la barbarie de la campaña, mientras la civilización de las ciudades votaba en masa por su opositor Elizalde: En la presidencia sus ministros (excelentes ministros: Vélez Sársfield, Avellaneda, Gorostiaga), lo dejan escribir todos los días su editorial “para despuntar el vicio”, mientras el vicepresidente Alsina maneja realmente las riendas. Mediante concesiones de forma a su enorme vanidad, este niño grande que desde la oposición aconsejaba todo y proponía todo, deja que otros hagan la Presidencia Sarmiento. A veces se enoja con “ese compadrito” de Alsina, pero a la larga hace lo que Alsina quiere. Solamente una vez impuso uno de sus arrebatos: fue cuando mandó la escuadra a la Patagonia a expulsar a los chilenos que se habían entrado por el río Santa Cruz. Como les había aconsejado el mismo Sarmiento en sus tiempos de periodista proscripto.

Ministro de Avellaneda

Avellaneda presidente quiere hacer de Irigoyen su ministro de Relaciones Exteriores. ¿Podrán admitir al antiguo rosista (que no ha dejado nunca de ser rosista), los muchos enemigos que tiene ahora el Restaurador?
“Tribuna”, el diario de los Varela (pero que ya ha pasado a otras manos), se lanza en 1874 a una formidable campaña contra “el mazorquero”, y su artículo Pan y agua o agua y pan alborota los medios políticos oficialistas. A este primer artículo siguen muchos en idéntico tono. Por supuesto son los ex-rosistas los más indignados con la candidatura, ¿cómo puede Irigoyen, que nunca ha abjurado del Restaurador pretender un ministerio?, ¿por qué a ellos solamente se les ha exigido el baño en las aguas del Jordán?
Por supuesto los argumentos sentimentales son de rigor: “¿Puede el hijo del mártir de Metán llevar a su lado a un hombre de Rosas? ¿Puede el yerno de Nóbrega gobernar con un cómplice de sus asesinos?” Es la nota llorosa, ramplona, que se usará contra toda una política y contra los que sirvieron a esa política. Es curioso que quienes atacan a Irigoyen no sean “los hijos de los mártires”, sino, precisamente, antiguos federales.
En cambio es el hijo de Marco Avellaneda el que quiere hacer del “mazorquero” su ministro de Relaciones Exteriores. Es Héctor Varela, el hijo de Florencio, quien sale desde Milán a defender a Irigoyen y a los ex-rosistas contra los ataques del diario que el mismo fundara, en un magnífico folleto (magnífico por la cordura y por la verdad): “Los hombres de Rosas y Don Bernardo de Irigoyen”.
Irigoyen no acepta el ministerio que le ofrece insistentemente Avellaneda, ya que ha sido mucha la agitación que provocó la sola mención de su nombre. Pero si no lo acepta en 1874, no puede negarse a integrar el gabinete en 1875. Será ministro de Avellaneda, de Relaciones Exteriores primero, del Interior después; el “hombre de Rosas” se sienta en el viejo despacho de don Felipe Arana; el “mazorquero” será un ministro amable, señorial, habilísimo. Político de la palabra “justa”, de la manera fina; sabrá el arte de negar sin decir no, que es el arte político por excelencia. Y será el primer gran ministro del Exterior del período siguiente a Caseros.

La "Conciliación” de 1877

El año 1877 se debate en una formidable crisis económica y financiera. Los errores del “libre cambio” posterior a Caseros han obligado a volver a la política “proteccionista” de Rosas y Avellaneda dicta la ley de Aduanas de 1876 que torna en parte a la defensa industrial de la ley de Aduana dictada por Rosas en 1835. Pero sobre todo la política monetaria precipita la crisis, y el país se encuentra más empobrecido que nunca y teniendo que responder a una enorme deuda exterior. La crisis económica amenaza (como siempre sucede) por traducirse en una crisis política: se cree generalmente que ha llegado otra vez la hora de los mitristas no obstante su derrota militar en la revolución de 1874. El partido Autonomista Nacional parece gastado por nueve años de oficialismo.
Alsina, perspicaz siempre, comprende antes que nadie que la situación se le va de las manos, y con ella la Presidencia de la República su sueño largamente acariciado, y que según sus cálculos debería obtener en 1880 al terminar el período de Avellaneda. Busca a Mitre – previamente ha perdonado a éste y a sus oficiales la calaverada de 1874 – y le propone una conciliación: los mitristas entrarán al gobierno con uno o dos ministros y algunas bancas y situaciones provinciales, pero Alsina será Presidente por unanimidad. Mitre, que tal vez no comprende que puede lograrlo todo, renuncia a ser opositor y acepta la conciliación. Es el 17 de julio de 1877.
En marzo de ese año había muerto Rosas en su retiro de Southampton y sus deudos y amigos de Buenos Aires han querido hacerle un funeral. La simple invitación a esta ceremonia privada levanta la fobia antirrosista y el gobierno de la provincia prohíbe el servicio religioso. En cambio se hará un funeral desafiante a “las víctimas de la tiranía”. No sería extraña la mano de Alsina en este manejo, pues de este último funeral es que surgirá la “conciliación” y los prolegómenos del 17 de julio: ante la tumba de Rosas se reconcilian los antiguos integrantes del partido liberal y Alsina y Mitre se dan un abrazo histórico. Alsina es un político, y así como en 1868 le convinieron los rosistas, ahora en 1877 le convienen los mitristas. Se deshace el gabinete de Avellaneda y entran en él representantes de Mitre: entre ellos Eduardo Costa, aunque también fue rosista en sus años mozos, pero ha asistido al funeral por las víctimas de la tiranía, junto a sus antiguos correligionarios, Elizalde, Rawson y muchos que usaron en su tiempo la divisa punzó. Bernardo de Irigoyen no asiste al funeral y tiene que irse del ministerio: Avellaneda lo despide con un decreto honrosísimo.
En diciembre muere Alsina y Avellaneda queda sin su gran apoyo. La muerte del candidato de la “conciliación” tiene la virtud de unir más a ésta: la desaparición del “Gran Elector” ha dejado huérfano al P.A.N., y el gobierno falto de apoyo, se adhiere con fuerza a la unión de opuestos pactada el 17 de julio. Carlos Tejedor será elegido en 1878 gobernador de Buenos Aires por la “conciliación”, como paso previo a la indudable presidencia de 1880. El nombre del antiguo unitario, que allá en su juventud conspirara con Maza cuando el bloqueo francés, satisface ampliamente a los concurrentes al funeral “por las víctimas de la tiranía”. ¿Ampliamente? Tejedor no tiene oposición en el Club del Progreso, es cierto. Pero ¿acaso el Club del Progreso es la República? ¿Es siquiera Buenos Aires? La pluma de Sarmiento ataca esta candidatura. “Las ideas no se concilian: las conciliaciones alrededor del poder público no tienen más resultado que suprimir la voluntad de los que mandan” escribe el arrebatado sanjuanino desde El Nacional al mismo tiempo que se ofrece como única solución: the right man in the right place. Tampoco Irigoyen ni Alem ni los antiguos federales aceptan la solución nacida en el funeral de las víctimas de la tiranía: surge el grupo “republicano” que se opone decididamente a los conciliados.
La “conciliación” fracasa como solución política. Aunque el valor intelectual y moral de Carlos Tejedor es grande, su nombre no arrastra al país como se creyera ingenuamente desde los salones del Club del Progreso. Ni las provincias quieren a un porteño ni la masa porteña (que fuera alsinista y ahora sigue a Leandro Alem) acepta al capacitado pero rencoroso unitario. Todavía los gauchos del sur de la Provincia siguen gritando ¡viva Rosas!, y el nombre de Tejedor solamente cuaja entre la gente “decente” de Buenos Aires y Corrientes.
Es entonces que un joven militar, sucesor de Alsina en el Ministerio de Guerra, toma con hábiles manos los hilos de la trama política. Es Roca, que solamente por ser provinciano y oponerse a Tejedor, tiene ya la mitad de la carrera ganada. Pero además es en político (el más hábil de nuestros políticos tal vez después de Rosas), y con eso gana la otra mitad. Y salvo Buenos Aires y Corrientes, logra unir tras su nombre los otros gobiernos provinciales, mientras en Buenos Aires la mayor parte de la juventud: Dardo Rocha, Carlos Pellegrini, se pliegan a su nombre. También los “republicanos” con Alem, Irigoyen, y con ellos – mejor dicho contra Tejedor y los mitristas – la masa popular porteña. El gobierno nacional un tiempo dudoso es arrastrado por la candidatura Roca: salen del gabinete los mitristas “conciliados”, y Pellegrini (ya “piloto de tormentas”) toma la cartera de Guerra y adelanta los regimientos nacionales contra el gobierno provincial. Tejedor es expulsado, y Roca triunfante en los comicios y en el campo de batalla asume la presidencia.

El “Zorro”

Roca será ahora el gran jefe del P.A.N., el jefe “único” indiscutido e indiscutible. Pero no es un “caudillo” como lo fueran Rosas o Alsina: no es conductor de muchedumbres, no es gancho ni compadrito. Este hombre que manejó la República ininterrumpidamente desde 1877 hasta poco antes de su muerte, es terriblemente impopular: cuando sale a la calle es recibido a silbidos cuando no a pedradas. Pero es habilísimo. Ninguno como el Zorro para tejer la urdimbre complicada de los intereses políticos, para satisfacer caudillejos de parroquia, para contentar intereses lugareños. No le importan las multitudes, ni hace nada por comprenderlas: en cambio conoce a los hombres, con sus virtudes y sus debilidades; a quienes pueden servirle electoralmente, y a quienes, por sus condiciones, pueden dar lustre y eficacia a su gobierno. Mucho más que Álsina será el Gran Elector en los treinta años que corren entre 1880 y 1910: su clásica “media palabra" hará los presidentes, los gobernadores, los congresales. Su no menos clásica “patada” los destruirá cuando ya no le sirvan para sus fines. Pero también Roca es un hombre de Estado; su fina habilidad electoral se trueca en sensatez y sentido común en las tareas de gobernar; su exacto conocimiento de los hombres, lo lleva a elegir como ministros a los más capaces de cada ramo. Es un escéptico que no cree en nada ni en nadie; pero esto es una ventaja para sus tiempos: no se dejará arrastrar por prejuicios ambientes ni alucinar por valores consagrados. Por eso, administrativamente considerados sus gobiernos fueron buenos, y “la época de Roca” hizo adelantar materialmente al país. Pero políticamente, careció, de sentido popular, y los treinta años del roquismo consolidarían la fisonomía de esa Argentina minoritaria que había empezado a cuajar después de Pavón. Su gobierno – tal vez por no ver esa otra Argentina de Rosas, de Urquiza, de Alsina – no siempre hizo su obra de progreso material en exclusivo beneficio de los argentinos.
Roca lleva a Irigoyen al Ministerio de Relaciones Exteriores donde el antiguo secretario de la misión de Baldomero García concluye los pactos de 1881 sobre límites con Chile. Después ocupa el Ministerio del Interior. Y en el 85 – cuando empiezan a barajarse nombres para la sucesión presidencial – será el de Irigoyen el primero en lanzarse al ruedo: lo proclaman Santa Fe, Mendoza y Catamarca en actos casi simultáneos que encuentran eco fácil en Buenos Aires, Tucumán y Salta. Solamente Córdoba, gobernada por el otro candidato – Miguel Juárez Celman, hermano político de Roca – no se une al concierto de las demás.
¿Será Irigoyen el próximo Presidente? Acaba de renunciar al ministerio del Interior para ponerse al frente de los trabajos políticos de su candidatura. Ha sido el gran ministro de Roca, y su nombre es recogido jubilosamente por la opinión.
Tampoco es hombre de multitudes, pero su figura aristocrática y serena no despierta en la tribuna o la plaza la animadversión que la de Roca. No es caudillo, pero instintivamente lo seguirán las masas. Roca mismo parece prestigiar su nombre: con fina sonrisa el Zorro lo ha incitado a renunciar el ministerio y presentarse a la lucha. Es decir: presentarse a la victoria. Todo el país, menos Córdoba, parece estar con él. Y aunque el Presidente, el Gran Elector, no ha dicho la “media palabra” sus íntimos descuentan que la pronunciará a favor de su ex-ministro.
¿Será el antiguo rosista el próximo Presidente? Eso no pueden permitirlo, si en sus manos estuviera, los antirrosistas de viejo y de nuevo cuño. Mitre escribe a sus amigos impugnando la candidatura: Irigoyen “el mazorquero” no puede ser Presidente, porque todavía no ha renegado de Rosas; es preferible Juárez Celman, aunque sea cuñado de Roca, aunque no tenga la experiencia ni alcance las condiciones de hombre de estado de Irigoyen. Todo antes que un rosista. Y los mitistas con Quirno Costa a la cabeza – de los Costa federales – se pliegan en masa a Juárez. Cuando llega el momento oportuno el Zorro dice su media palabra: y Juárez Celman será Presidente. Aunque el país demuestre, en una gira política triunfal que hace Irigoyen, que si pudiera votar libremente lo hubiera hecho “por don Bernardo”-.

El 90

Los cuatro años de la presidencia Juárez los pasa Irigoyen en el retiro de su estudio profesional y de sus establecimientos de campo. Creyó ingenuamente (no sería el primero ni el último) en el desinterés político de Roca, y no supo darse cuenta que entre Juárez Celman y él, la elección no era dudosa para el Zorro.
Se equivocó Roca con Juárez. No resultó fácil manejar a un Presidente que contaba con los enormes resortes políticos que había acumulado en el cargo, y esta vez la “patada histórica” la recibiría el Zorro. Pero se equivocó también Juárez al creer que podía prescindir de Roca y ser el “jefe único” del P. A. N.
La crisis del 89 – crisis económica y política como la del 77 – conmueve profundamente al país: en el Jardín Florida se reúne la juventud que quiere terminar con el régimen impuesto por Roca y seguido por Juárez, que alejaba al pueblo del gobierno. El P. A. N. que había empezado con Alsina como el partido popular contra la oligarquía mitrista ahora se ha convertido en un círculo de intereses obediente a jefes que no creen ni sienten al pueblo. Por eso surge la Unión Cívica, y en el mitin del frontón se pliegan al nuevo partido todos los opositores: algunos mitristas (sin Mitre que está en Europa), los viejos alsinistas, los antiguos federales como Alem y don Bernardo, los católicos con su magnífico estado mayor (Estrada, Goyena, Gorostiaga), y algunas personalidades aisladas que estuvieran con Roca, pero que las contingencias políticas alejaron de su lado, como del Valle, Juan José Romero y otros. En la Unión Cívica alienta esa “emoción de pueblo”, que estaba hacía largo tiempo ausente de la política argentina. Esto no lo comprendieron bien muchos “cívicos” – especialmente los mitristas – y de allí que no supieron estar a la altura del movimiento.
Se pierde la revolución del 26 de julio, pero – caso extraordinario - el pueblo sale a la calle a vitorear a los vencidos, y el presidente Juárez, sin pueblo, sin partido y sin Roca, tiene que irse y se va.

La Unión Cívica Radical

Nadie duda en esos primeros días de agosto, cuando Pellegrini se hace cargo del gobierno, que la Unión Cívica es dueña del país. No solamente es la inmensa mayoría, sino que su enemigo el P. A. N. carece de espíritu y de moral para oponerse al indudable triunfo en las próximas elecciones presidenciales. Después de la sangre vertida en el Parque no puede pensarse en las consabidas triquiñuelas electorales; un fraude es posible en un estado de inercia opositora pero ¿cómo hacerlo con esas vibrantes masas “cívicas” que recorren entusiastas y decididas las calles de Buenos Aires, Rosario o Córdoba? La Unión Cívica reúne su Convención (la primera en nuestra historia política), en Rosario, y elige su fórmula presidencial el 17 de enero de 1891: Bartolomé Mitre para Presidente, Bernardo de Irigoyen para Vicepresidente.
¡Curiosa fórmula la del Rosario uniendo dos personalidades tan opuestas como Mitre e Irigoyen! Es cierto que el general ya no es el hombre de Pavón y de la ocupación militar en las provincias. Ya aquello pasó: es ahora el Patriarca, el hombre de gabinete y de consejo, la figura consular de la calle San Martín: su prestigio político está intacto, no obstante que muchos de sus amigos han colaborado con Juárez. Tal vez su viaje a Europa es una muestra de habilidad política: si Juárez quedaba, los mitristas seguirían con sus carteras; si Juárez caía, el general sería el nuevo Presidente. El prestigio del “argentino que vuelve de Europa” seguía siendo irresistible para cierta clase de gente. Y el nombre de Mitre, la bandera más alta del antirrosismo, es unido por la fórmula del Rosario al de Irigoyen, el antiguo colaborador de Rosas que el propio Mitre vetara en su famosa carta apenas un lustro atrás. Pero en el Jardín Florida y en el Parque se entiende que ha nacido algo nuevo, algo que precisamente debe borrar esas antiguas banderías. Contra el “régimen” debe lograrse la unión de todos los argentinos: de allí que el unitario Mitre y el federal Irigoyen compartan la fórmula cívica. El primero trae su innegable gravitación social e intelectual; el otro su capacidad de estadista. Y, tal vez, la garantía para las masas cívicas de que Mitre “no hará mitrismo”.
Es lo que Mitre no entiende. Su obra de estudioso lo ha alejado en esos últimos años de la realidad contemporónea; su ausencia del país no le ha permitido, tampoco, conocer y comprender a la Unión Cívica. Sus consejeros, además, siguen siendo más mitristas que cívicos: de allí que el general cuando ese 18 de marzo en que regresa al país ve la impresionante multitud que se ha juntado en el puerto a recibirlo es el que es una manifestación exclusivamente por su persona. Mitre sigue siendo mitrista: otra vez se cree en Pavón y se siente el árbitro único del destino.
Elegir a Mitre había sido el grave error de los cívicos en Rosario. Pues hay alguien que conoce a Mitre mejor que sus mismos correligionarios, y sabrá valerse del propio candidato para deshacer al partido: es Roca, ahora ministro del Interior de Pellegrini. El Zorro, puntal de una situación perdida ha de salvarla con uno de sus grandes golpes de habilidad. Un golpe muy sencillo, pero mortal para la Unión Cívica. Irá a visitarlo a Mitre y ofrecerle el apoyo del gobierno. Mitre halagado acepta...
La bomba del acuerdo Mitre-Roca produce el efecto esperado. La Unión Cívica no es Mitre. No era para hacerlo presidente a Mitre que se había ido al Jardín Florida en 1889 y a la revolución en el 90: era para eliminar “de raíz” a todo el régimen político basado exclusivamente en el predominio de una minoría, o en la habilidad de Roca. Era una revolución la que había que hacer, una revolución profunda; “radical”, que Mitre no había entendido. Se rompe la Unión Cívica y se forma la Unión Cívica Radical, con Leandro Alem, con Bernardo de Irigoyen – que renuncia a su candidatura y da las bases de la nueva política “radical" en su polémica con Mitre del 5 y 6 de junio de 1891 –, con Hipólito Yrigoyen, con toda la juventud del Jardín Florida, y sobre todo con la masa popular que lo había hecho caer a Juarez. El partido “radical” proclama a Bernardo de Irigoyen su candidato a presidente.
Pero ahora el Zorro está fuerte. Mitre renuncia y ante el desbarajuste total de los cívicos cobran fuerza los jóvenes del P. A. N. y es lanzada la candidatura de Roque Sáenz Peña, joven ministro de Relaciones Exteriores de Juárez. No es, desde luego candidatura popular, pero la apoyan algunos gobiernos provinciales, entre ellos Buenos Aires (gobernada por otro joven: Julio Costa). Roque Sáenz Peña tiene prestigio intelectual y no se lo puede considerar envuelto en los manejos políticos del unicato. Además es enemigo de Roca. Su candidatura significa una revisión modernista del antiguo P. A. N.: de allí el nombre de modernismo que toma su movimiento.
Otro golpe de habilidad del Zorro elimina a Roque Sáenz Peña. El P.A.N. elige como candidato a Luis Sáenz Peña, incoloro ministro de la Corte, y Roque renuncia ante la candidatura de su padre. El modernismo se quiebra y Luis es impuesto como Presidente. Los "radicales”. desconcertados, débiles, son corridos de las elecciones. La habilidad de Roca, la serenidad de Pellegrini, la ingenuidad de Mitre, la caballerosidad de Roque Sáenz Peña, todo ha contribuído para que el roquismo siga, más o menos disimulado, manejando los hilos de la política.

El debate de 1894

Nada consiguen los radicales yendo en 1893 a la revolución en La Plata Rosario o Córdoba: los regimientos de línea bastan para dominar a los rebeldes; el pueblo es instintivamente radical, pero el famoso acuerdo ha sembrado confusión y restado entusiasmo. Bernardo de Irigoyen será elegido senador por la Capital en 1894 en reemplazo de Alem, cuyo diploma ha sido objetado por tener pendiente un proceso como revolucionario. Apenas llegado a la banca presenta un proyecto de ley de amnistía que lo hará chocar en un debate – célebre debate – con Manuel Quintana, mitrista y ministro del Interior de Luis Sáenz Peña.
Dicen que la mañana de ese debate Quintana dijo: “Hoy concluiré con Irigoyen”. Tenía el ministro un arma temible contra el senador radical, que le hacía sonreír por anticipado su triunfo. -“Quintana era arrogante – lo describe Amadeo – mimado de la fortuna y seguro de sí mismo. Su rica clientela respetaba sus levitas de Poole que vestía con sobria elegancia, y sus cuadros que apreciaba con igual pericia que del Valle. Era, desordenado y pródigo pero tan sereno en la mesa de tresillo del Club del Progreso como en su banca de ministro”. Irigoyen, pasados los setenta, era ya el Great Old Man de la política argentina, respetado y respetable como Gladstone. Su palabra valía como un documento y la austeridad de su vida privada y pública era coraza contra la cual se estrellaba cualquier malevolencia, ¿ qué arma sería esa que tenía Quintana en su contra?
Joaquín de Vedia testigo del famoso debate, cuenta que don Bernardo (ya era “don Bernardo” para todos) “revelaba una serenidad imperturbable, por la plácida expresión de su semblante, el ritmo reposado de sus ademanes, la quietud de su mirada, la sonrisa casi imperceptible de sus labios finos”, mientras Quintana “procediendo con mesurada teatralidad lo escuchaba echando la cabeza hacia atrás y entornando los párpados”.
Don Bernardo habló durante varias sesiones: denunció el proceder de los interventores federales en las provincias y la presión electoral dirigida por el ministro del Interior. Explicó que esa presión del gobierno, era la sola causa de los movimientos revolucionarios, y que la solución para evitarlo consistía en otorgar garantías de libre emisión del voto, y terminó solicitando la aprobación de su proyecto de amnistía a Alem y los demás procesados. Al concluir su largo discurso una verdades ovación se oyó en el viejo recinto del Senado: nunca don Bernardo había estado tan elocuente, nunca su oratoria, de frases sencillas y razonamiento encadenado – más propia de una Academia que de un cuerpo político – había conmovido tanto a la barra y hasta a sus propios adversarios. El mismo Mitre se levantó de su banca para felicitarlo. Quintana oyó este elogio de su jefe político a su adversario. Cuenta Vedia que con sonrisa desdeñosa, y siempre con estudiada teatralidad, se “puso de pie procediendo con lentos ademanes a sacarse el sobretodo que arrojó sobre el respaldo del asiento; se sentó de nuevo, rectificó la posición de sus lentes de oro, paseó una mirada segura sobre las bancas y la barra, y empezó a hablar...”
¿ Qué gran secreto tenía contra don Bernardo? Amadeo nos dice “que le iba a tirar al alma”, que en ese debate no habría cuartel para el senador opositor, que “como en el envite criollo, a ley de juego está todo dicho”. ¿Qué era eso, tan grave y que tan confiado tenía de su triunfo al elegante ministro?
¿ Qué era eso? Pues que Irigoyen había sido rosista... Empezó Quintana: “Jamás he defendido la cáusa de ninguna tiranía. Jamás me he ensañado contra partido alguno. Jamás he propuesto la confiscación disfrazada de los bienes de mis adversarios políticos... La cabeza de Castelli en la punta de una pica, en el centro de la plaza principal de la ciudad de Dolores, es el recuerdo más antiguo que tengo de mi existencia. La tristeza suprema de mi vida fue la despedida angustiosa del autor de mis días que se condenaba voluntariamente al ostracismo para salvar, con la seguridad de su persona su dignidad de ciudadano en las horas aciagas de 1840...”. Comenta Amadeo que “la frase era dramática, pero no produjo efecto: los aplausos tardaban y eran fríos”. Y mientras traía en sus bien cortadas frases esos recuerdos juveniles de la tiranía, pasados por el tamiz de una leyenda de medio siglo, acaso pensó el gran orador que el ataque estaba frustrado. 1894 no era 1877. La frase, la frase sonora y dramática – la gran arma antirrosiata – ya no gobernaba al Congreso. Ese anciano, de mas de setenta años, que no hacia oratoria, era ahora el más fuerte. Y era nada menos que el amigo y consejero de Rosas: el diplomático de la tiranía, el redactor de la Gaceta Mercantil. Sus sólidas razones podían más que la retórica; era tiempo de estadistas, como en 1840, justamente.
Quintana se fue apagando poco a poco. “¿Qué dice ese hombre?”, Exclamó don Bernardo en la banca vecina haciendo esfuerzos evidentes para oír (la edad lo había dejado algo sordo). Un papel hizo llegar hasta la banca del ministro: “Me piden que hable más alto, pero no puedo”, dijo éste mientras baja la mirada, apagada la voz, encogido el ademán, seguía hilvanando recuerdos de la tiranía... Acabó apagándose del todo; y con una excusa por su estado de salud abandonó el recinto.
“Hubiera querido decirle al señor ministro – tomó la palabra don Bernardo para aclarar las alusiones a La tiranía – que soy un hombre que puede afrontar perfectamente el debate de sus actos políticos por mucho que los quiera él hacer retroceder... Cuando vuelva a su banca tendré el honor de aclararle esto y muchas cosas. Pero en su ausencia quiero decirle al Senado que este propósito, esta insinuación, este sistema diría ya ha sido puesto en práctica, pero que no me ha estorbado ni me ha cerrado el camino para que yo siga mereciendo la consideración, el aprecio de una gran parte de mis compatriotas, y si no obtengo la simpatía de la otra, debe reconocerse que me deben todos la más perfecta, consideración y el mas distinguido respeto... Y esos errores a que él ha aludido, que yo no acepto pero que podría tener que reconocer, son la causa de que yo haya venido a quedar alejado del movimiento político y administrativo del país... Y suponiendo que yo hubiera sido adicto a gobiernos despóticos, no puede negar el señor ministro que siempre me ha conocido partidario de las libertades públicas. En cambio él, que asegura haber comenzado su vida combatiendo por la libertad, hoy sostiene el más pleno absolutismo político, absolutismo administrativo”. Irigoyen bien sabía que él en nada había cambiado, que en 1895, como medio siglo atrás seguía defendiendo la causa del pueblo. Tampoco Quintana había cambiado, estaba en la vereda de enfrente antes como ahora.

The “Great Old Man”

Quintana no volvió al recinto. Fue a la Casa de Gobierno y de allí mandaría su renuncia al presidente Sáenz Peña. Con esta renuncia cayó el gabinete y poco después el presidente. El vice Uriburu toma el gobierno bajo el doble tutelaje de Roca y de Pellegrini. El Zorro siguió su obra de zapa en el partido radical. Tampoco Alem se entendía con su sobrino Hipólito Yrigoyen, y la noche del lº de julio de 1896 el caudillo desengañado, sintiéndose incapaz de llevar a la victoria sus huestes acaba su vida con un pistoletazo frente al Club del Progreso. Hipólito Yrigoyen toma la dirección del partido, pero los viejos radicales poco quieren saber con la jefatura de quien, hasta ese momento, no ha demostrado otras condiciones que la de consumado político de Comité. Se retira Lisandro de la Torre con su grupo de jóvenes del Jardín Florida; se aleja don Bernardo, seguido Por sus viejos amigos del alsinismo que han lanzado, una vez más, su candidatura presidencial.
La vida política de don Bernardo parece terminada sin duda alguna. Su última actuación debió ser el debate con Quintana y el derrumbe de la presidencia Luis Sáenz Peña. Nunca había tenido pasta de hombre de comité o de barricada. Es un estadista, nada menos, pero nada más. Su vida pública parecía terminada, mejor dicho, debió quedar terminada con su actuación en el Senado.
Pero... también the great old man cae (en ese melancólico final de su existencia) en la trampa dorada y bien urdida del Zorro y el Gringo. Y a los setenta y seis años comete la grave falta de aceptar la gobernación de Buenos Aires que Pellegrini le ofrece en bandeja de plata. Sus amigos se desbandan, y hasta alguno se suicida por el desconcierto. Y el diplomático de Rosas, el enviado de Urquiza, el ministro de Avellaneda y de Roca, el candidato a la presidencia acepta esa gobernación ingobernable: ese sillón que ya no es el de Don Juan Manuel, ni siquiera el de Carlos Tejedor, donde solamente se podía gobernar transigiendo con los pequeños intereses de los ciento seis caudillejos de comunas, dueños constitucionales de todo el poder, y árbitros de la Legislatura y del partido. Y transigiendo también (y sobre todo) con el Presidente de la República.
¿Acaso no sabía don Bernardo la realidad que tenía que enfrentar como gobernador de Buenos Aires ? Debió saberla tal vez; pero creyó que su fuerte prestigio podía permitirle navegar entre tan encontradas corrientes No tenía la habilidad ni las dotes politiqueras de Dardo Rocha, ni de Máximo Paz, ni de Julio Costa. Pero tampoco a los setenta y seis años, tenía la cabeza firme de Guillermo Udaondo que le hubiera permitido sobrellevar con relativo éxito su gestión.
Fracasó... Poco antes de dejar el gobierno escribía a José Bianco su secretario: “Estoy al final de la jornada. En obsequio del país cometí el error de aceptar la gobernación. Procedimientos que no quiero calificar han malogrado todas mis iniciativas y han nulificado todos mis esfuerzos. Termino mi mandato sin las satisfacciones del éxito, pero con la plena aprobación de mi conciencia”. Y de la Casa de los gobernadores se volvió casi solo a su vieja residencia de la calle Florida, de la cual no debió salir para hacer el Quijote en La Plata.
No ocupó ya ningún cargo público, pero ¡qué difícil de dejar es ese veneno de la política, cuando se ha gustado mucho tiempo su agridulce sabor! Roca llegaba por segunda vez a la presidencia cuando don Bernardo ocupaba el sillón de Buenos Aires. Si no obstaculizó abiertamente a su antiguo ministro, no es menos cierto que nada hizo por apoyarlo. Y don Bernardo emplearía sus últimos alientos en combatir al roquismo como en el 90, como en el 95.
En 1901 se quiebra la larga amistad de Roca y Pellegrini: en apariencia fue una cuestión financiera, en realidad (tal vez) la resistencia del Zorro para apoyar al Gringo en sus pretensiones presidenciales. Pero Pellegrini es la “gran muñeca” como le dicen sus amigos del Jockey Club: Roca debe “emplearse a fondo” contra tan potente enemigo que no solamente posee las viejas mañas aprendidas a su lado sino que es excelente parlamentario, gran estadista, y hombre “de amigos”, ya que no popular. Con Pellegrini se va el octogenario don Bernardo y el grupo de jóvenes que lo siguen: Rómulo Naón, Manuel Iriondo. Mientras otros – Vicente Gallo, José Bianco – vuelven a las filas del radicalismo sin romper su vinculación personal con su antiguo jefe.
En 1904 Roca lo hace presidente a Quintana después de haber alentado (como con don Bernardo en el 86), las aspiraciones de su ministro Marco Avellaneda. Nuevos valores han llegado a la política, y el “hombre fuerte” de la presidencia Quintana será el sucesor de don Bernardo en la gobernación de Buenos Aires: Marcelino Ugarte. Pero contra Quintana y Ugarte estrechan filas la Coalición Popular de Pellegrini y Emilio Mitre donde también toma lugar Irigoyen. Triunfante contra la revolución radical de 1905, el presidente Quintana será derrotado por la coalición en las elecciones de la Capital de 1906, que llevan a Pellegrini y sus aliados al Congreso.
Ese mismo 1906 muere Mitre; a poco Quintana después Pellegrini: un ciclo se cierra en la historia Argentina. Y casi al terminarse el año fatídico - el 27 de diciembre – muere también don Bernardo. “Su largo día – comenta Amadeo – terminó en una puesta de sol maravillosa, y las sombras cayeron de repente. Se quedó dormido: fue necesario tocarlo muchas veces para saber que estaba muerto”. Tenía ochenta y cuatro años. Y por la calle Florida, ya asfaltada y de letreros luminosos y donde ponían su nota estridente los primeros automóviles, pasó el entierro del gran viejo rumbo a la Recoleta: Por esa misma calle entonces empedrada, entre casas pintadas de punzó y jinete en un caballo enjaezado con el mismo color, el Joven Irigoyen había ido cincuenta y cuatro años atrás a Palermo, para ofrecerle a Manuelita Rosas sus primeros y únicos versos. Entre uno y otro viaje estaba casi toda la historia Argentina.
“He ocupado altos puestos públicos – leían sus hijos poco después su testamento – he tenido influencia política durante muchos años, y quiero declarar en este momento, en que pensando en una vida futura no es permitido apartarse de la verdad, que no he tenido directa ni indirectamente participación en ningún negocio con los gobiernos: que no he favorecido a mis deudos ni a mis amigos con negocios ni beneficios administrativos. Hago esta declaración para satisfacción de mis hijos. Declaro también que ni en la vida pública ni en la vida privada he abrigado odio o malas pasiones para nadie. Si; en las actuaciones políticas he tenido alguna vez resentimientos, éstos nunca llegaron a perjudicar a mis adversarios ni opositores, ni en sus personas ni en sus bienes”.
Se fue sonriente, afable, tolerante. Había vivido en una época de pasiones enconadas, y no supo de rencores aunque el odio lo manchara muchas veces y detuviera otras tantas su carrera. Pero subió firme, honestamente, con la mirada adelante, sin claudicar una sola de sus convicciones. Sereno y fuerte poseedor de la verdad que no cambió jamás por las clásicas migajas del banquete. Se vio, obligado a hacer de esa verdad un culto íntimo porque los tiempos suyos no eran propicios para gritarla en la calle. Y en su salón punzó de la casa solariega de la calle Florida, se quedó dormido para siempre el 27 de diciembre de 1906 don Bernardo de Irigoyen.

San Martín no fue masón

Por Mario Meneghini

El propósito de este artículo es difundir tres Documentos, publicados en una revista especializada [1], cuyo director, Patricio Mac Guirre, ha realizado un aporte extraordinario a la historia argentina, demostrando lo que afirmamos en el título. Desde mediados del siglo pasado algunos historiadores han sostenido que el General San Martín fue masón, e incluso, interpretan su retiro del Perú como resultado de una decisión masónica disponiendo que Bolívar se hiciera cargo del mando en la gesta libertadora.  Recientemente, con motivo de cumplirse el aniversario de las batallas de San Lorenzo y de Caseros, la “Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones” publicó una carta en La Nación (26/1/98), manifestando que la masonería argentina “desea expresar, con serena unción, que San Martín y Urquiza han integrado el rol de sus miembros más conspicuos”.
Lo más triste es que hasta autores católicos han aceptado la hipótesis como válida. Por ejemplo, Carlos Steffens Soler afirma que nuestro héroe máximo “comienza su aventura americana con un juramento formal en las logias inglesas” [2].  Sorprende este tipo de aseveraciones, ya que, como lo admite uno de sus biógrafos más conocidos “no existe ningún documento para probar que San Martín haya sido masón” [3].  Cabe agregar el testimonio de dos ex-presidentes de la República, que desempeñaron, además, el cargo de Gran Maestre de la Masonería Argentina.
Bartolomé Mitre escribió:
“La Logia Lautaro no formaba parte de la masonería y su objetivo era sólo político” [4].
Es importante destacar que para esta cuestión Mitre consultó al General Matías Zapiola, quien había integrado la Logia. Por su parte, Domingo Faustino Sarmiento opinó: “Cuatrocientos hispanoamericanos diseminados en la península, en los colegios, en el comercio o en los ejércitos se entendieron desde temprano para formar una sociedad secreta, conocida en América con el nombre de Lautaro. Para guardar secreto tan comprometedor, se revistió de las fórmulas, signos, juramentos y grados de las sociedades masónicas, pero no eran una masonería como generalmente se ha creído...” [5].
La Revista Masónica Americana, en su Nº 485 del 15 de junio de 1873, publicó la nómina de las logias que existieron en todo el mundo hasta 1872, y en ella no figura la Lautaro [6].
Así, el único antecedente que pueden exhibir quienes defienden la hipótesis comentada, es una medalla acuñada por la logia “La Parfaite Amitié”, de Bruselas, en 1825.
Al respecto puede señalarse que la medalla sólo contiene la efigie del General y la inscripción “Au General San Martín”, sin dársele el tratamiento de “hermano” (H..). Como la Masonería no limita los homenajes a sus propios miembros, y la figura del Libertador era suficientemente conocida en Europa, dicho elemento no aporta ninguna evidencia [7].
Además, se ha llegado a determinar que en 1825 el rey de Bélgica, Guillermo I, dispuso acuñar diez medallas diseñadas por el grabador oficial del reino, Juan Henri Simeón, con la efigie de otras tantas personalidades de la época.
Aparentemente, debido a las necesidades políticas internas, el rey concedió a la logia citada la acuñación de la medalla destinada a San Martín. Hay que añadir que eso ocurrió en 1825, y en los siguientes veinticinco años que vivió San Martín en el viejo continente, no se produjo ningún hecho ni documento que lo vinculara a la organización.
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Masonería Irlandesa
Sobre la posición de San Martín en materia religiosa, ha investigado especialmente el P. Guillermo Furlong, quien llega a esta conclusión: “Hemos de aseverar que San Martín no sólo fue un católico práctico o militante, sin que fue además, un católico ferviente y hasta apostólico” [8].
Pero hay un testimonio curioso, que viene a confirmar lo dicho, con ocasión de una misión pontificia en Buenos Aires, presidida por Mons. Muzi, en 1824, estando San Martín ya alejado de toda función oficial. En esa oportunidad, el Gobernador Rivadavia no recibió al Vicario Apostólico, y tuvo actitudes sumamente descorteses.
Pues bien, el testimonio corresponde a un integrante de esta misión, el P. Mastai Ferreti; quien sería luego el Papa Pío IX, apuntó en su Diario de Viaje: “San Martín(...)recibido por el Vicario, le hizo las más cordiales manifestaciones” [9].
La Masonería fue condenada por el Papa Clemente XII mediante la Bula In Eminenti, del 4 de mayo de 1738, donde se prohibe “muy expresamente(...)a todos los fieles, sean laicos o clérigos (...) que entren por cualquier causa y bajo ningún pretexto en tales centros(...)bajo pena de excomunión...”.
Esta condenación fue confirmada por el Papa Benedicto XIV en la Constitución Apostólica Providas del 15 de abril de 1751, y como consecuencia, fue también prohibida la Masonería en España, ese año, por una pragmática de Fernando VI. Por ello es importante esclarecer este punto, pues “el catolicismo profesado por San Martín establece una incompatibilidad con la Masonería, a menos que fuera infiel a uno o a la otra” [10]. Consta en las Memorias de Tomás de Iriarte, que Belgrano rechazó la posibilidad de ingresar en la organización, “aduciendo, precisamente, la condenación eclesiástica que pesaba sobre la secta” [11].
Consideramos que los documentos obtenidos por Maguire aclaran definitivamente esta cuestión. El primero, responde a un cuestionario solicitando informes sobre logias: Lautaro, Caballeros Racionales Nº 7 y Gran Reunión Americana.
Las personas siguientes: Francisco Miranda, Carlos María de Alvear, Simón Bolívar [12], José de San Martín, Matías Zapiola, Vicente Chilabert, Bernardo O’Higgins, Luis López Méndez y Andrés Bello.
El segundo documento es la respuesta de la Gran Logia de Escocia, y el tercero, la correspondiente a la Gran Logia de Irlanda. Transcribimos a continuación la traducción de los tres documentos, y luego las copias de los originales en inglés.
En conclusión, si no existe ningún documento que contradiga el contenido de estas cartas de las propias autoridades masónicas, y, además, el análisis de su obra demuestra que el Gran Capitán “hizo lo contrario de lo que la Masonería procuraba, y fue hostigado por ésta” [13], el veredicto no merece ninguna duda: San Martín no fue Masón.

Documento I

Gran Logia Unida de Inglaterra Londres, 21 de agosto de 1979
Estimado Señor, Su carta del 7 de agosto de 1979, dirigida al Gran Maestre, me ha sido derivada para su contestación.
1. La Logia Lautaro era una sociedad secreta política, fundada en Buenos Aires en 1812, y no tenía relación alguna con la Francmasonería regular.
2. La tres Logias que Ud. menciona en su carta, jamás aparecieron anotadas en el registro o en los Archivos ni de los Antiguos ni de los Modernos ni de la Gran Logia Unida de Inglaterra: no hubieran sido reconocidas como masónicas en este país entonces o posteriormente.
3. Las seis personas mencionadas en su carta, de acuerdo a nuestros archivos, nunca fueron miembros de Logias bajo la jurisdicción de la Gran Logia Unida de Inglaterra.
4. La Gran Logia de Inglaterra no era el único organismo masónico existente durante el período en el cual Ud. está interesado. Existían Grandes Logias independientes en Irlanda, Escocia, Francia, Holanda y Estados Unidos de América, todas las cuales autorizaban la instalación de logias propias.
5. Nunca han existido medios legales para prohibir que extranjeros en Inglaterra crearan sus propias Logias, pero tal acción siempre ha sido considerada por la Gran Logia de Inglaterra como una invasión de su soberanía territorial, y las logias así creadas no serían reconocidas como regulares, ni se permitiría a sus miembros concurrir a las Logias inglesas, o que los masones ingleses concurrieran a aquellas.
Sinceramente suyo, James William Stubbs, Gran Secretario
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San Martín y O’Higgins

Documento II

Gran Logia de Escocia Edimburgo, 30 de junio de 1980
Estimado Señor, Con eferencia a su carta del 17 de junio concerniente a las seis personas mencionadas en su comunicación, le informo que las conexiones que la Gran Logia de Escocia tuvo con Sudamérica fueron establecidas en fecha muy posterior a las de la Gran Logia Unida de Inglaterra, ya que la primera Logia Escocesa no fue autorizada hasta 1867.
Lamento no poder ayudarle en su investigación. Afectuosamente suyo, Gran Secretario

Documento III

Gran Logia de Irlanda Dublin, 24 de junio de 1980
Estimado Señor, Gracias por su carta del 17 de junio y por la copia de las cartas que Ud. recibió de la Gran Logia Unida de Inglaterra.
La Gran Logia de Irlanda nunca estuvo activa en Sud América y no hemos tenido relación alguna con los organismos que Ud. menciona.
La respuesta a las preguntas que Ud. específicamente formula son:
1. No hemos emitido patentes (Cartas de Instalación) a ninguna de las Logias arriba mencionadas y no existe registro alguno de ninguno de los nombres que menciona, como miembros de logias irlandesas.
2. No existe posibilidad alguna de que una logia nuestra haya emitido patentes o iniciado a ninguna de las personas mencionadas, por cuanto no estaban activas en sus áreas.
3. Desde el establecimiento de la Gran Logia de Irlanda en 1725 se estableció que temas de Política o Religión no podían ser considerados en ninguna de nuestras logias, ni éstas tampoco debían comprometerse en actividad política alguna. Este principio permanece vigente hasta el presente día.
Sinceramente suyo, J.O. Harte Gran Secretario

El testamento de San Martín

.....Quien es considerado, con justicia, el Padre de la Patria, San Martín, fue combatido y obligado al exilio por aquellos que no aceptaban que el alma de la patria fuese cristiana. Que renegaban de la tradición hispánica, pues preferían los postulados masónicos de la Revolución Francesa. Aún desde Europa, San Martín continuó hasta su muerte preocupándose por el cuerpo y el alma de la Argentina. En varias de sus cartas aboga por una mano firme que ponga orden en la patria. Cuando esa mano firme enfrenta al invasor extranjero, en la Vuelta de Obligado, San Martín redacta su testamento, disponiendo:
“El sable que me ha acompañado en la independencia de América del Sur, le será entregado al general de la República Argentina don Juan Manuel de Rosas, como prueba de la satisfacción que como argentino he tenido de ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla.” . . .

NOTAS:
[1] Revista Masonería y otras sociedades secretas, Buenos Aires, Nº 2, noviembre de 1981, págs. 20-25; Nº 3, diciembre de 1981, págs. 15-20; Nº 5, febrero de 1982, págs 30-35.
[2] Carlos Steffens Soler: San Martín en su conflicto con los liberales, Librería Huemul, Buenos Aires, 1983, pág 27.
[3] Ricardo Rojas :El Santo de la Espada, Buenos Aires, 1983, pág. 71.
[4] Cit. por Héctor Piccinali: Testimonios católicos del General San Martín, Revista Mikael, Buenos Aires Nº 16, 1978, pág. 90.
[5] El General San Martín, cit. por H. Piccinali, op.cit. pág. 90
[6] Armando Tonelli: El General San Martín y la Masonería, Buenos Aires, 1944, págs 23-24.
[7] Roque Raúl Aragón: La Política de San Martín, Córdoba, Universidad Nacional de Entre Ríos, 1982, pág. 18-19; Cayetano Bruno: La religiosidad del General San Martín, Ed. Don Bosco, Boulogne, Buenos Aires, 1978, págs 21-22. A. J. Pérez Amuchástegui, sin prestar ninguna evidencia, opina que “es obvio que el General, como dice Le Belge, tenía que estar vinculado a esa hermandad para que le honrase” (Ideología y Acción de San Martín, Buenos Aires, Eudeba, 1966, pág. 88).
[8] Guillermo Furlong: El General San Martín, ¿Masón - Católico - Deísta?, Buenos Aires, Theoría, 1963, pág 136.
[9] P. Cayetano Bruno: Historia de la Iglesia en la Argentina, cit. por Héctor Piccinali en San Martín y el Liberalismo, Revista Gladius, Buenos Aires, Nº 19, 25/12/90, pág. 116.
[10] Roque Raúl Aragón, op.cit., pág.19.
[11] Tomás de Iriarte: Memorias. Tomo I, cit. por Aragón, op.cit., nota 8, pág.19.
[12] Existe documentación probatoria de que Bolívar perteneció a una logia de París, dependiente de la Masonería Francesa, por eso no figura registrado en la rama anglosajona.
[13] Aragón, op. cit., pág. 21.

miércoles, 8 de enero de 2014

Juan Domingo Perón

Nació un 8 de octubre de 1895 en Lobos, Buenos Aires, y pasó su infancia entre la geografía dura e inclemente de la pampa y la patagonia del Centenario.
Entró a los dieciséis años al Colegio Militar, se convirtió en un estudioso y brillante oficial de Estado Mayor, y como tal conoció el dramático escenario de la política europea entre las dos grandes guerras.

Se conjuró con otros coroneles del ejército para clausurar el 4 de junio de 1943 la década infame y para redimir la patria y salvar de la humillación a los trabajadores y los desposeídos.
Fue tomado por el pueblo por un hombre providencial, un intermediario con el cielo, un profeta que, como Moisés, lo guiara por el desierto hacia la tierra prometida, le diera de comer cuando tenía hambre y lo protegiera del enemigo interior y exterior.
Dotó a los humildes de dignidad, de doctrina y de organización. Los hizo pueblo, y los consideró lo mejor que tenemos. Hasta que en la jornada del 17 de octubre de 1945 su nombre se hizo bandera y se desató, inconmensurable, todopoderosa, incontenible, jubilosa, imparable, la esperanza popular.
Pronto unió su destino al de una mujer de un carisma inigualado que se iba a constituir en el nervio de su liderazgo, en la llama ardiente de la revolución, en puente insobornable con los débiles y postergados, los desamparados y marginales, los niños, los trabajadores, los humildes, las mujeres, los ancianos.
Desde entonces fue sin discusión, ininterrumpidamente, la primera figura política, excluyente y hegemónica, a lo largo de tres décadas. Presidente de la nación elegido tres veces en forma constitucional, siempre con más de la mitad de los votos, y en la última oportunidad con más de dos tercios de ellos.
Gobernó durante nueve años recibiendo un país colonial, sojuzgado, postergado, devastado, sometido, de rodillas, y lo puso de pie y a la cabeza preeminente de América latina, hasta convertirlo en ejemplo luminoso para todos los pueblos del planeta.
Fundó la tercera posición internacional, y el continentalismo y el universalismo iberoamericano con proyección al siglo XXI. Señaló el camino concreto para impulsar la integración continental y propuso a Brasil y Chile echar las bases de una unidad que se denominaría ABC.
Para construir una patria justa, libre y soberana, logró la dignificación del trabajo, la humanización del capital, la protección al desvalido, una prodigiosa multiplicación de escuelas y hospitales, la avasallante potencialidad industrial de tantas fábricas levantadas y las mejoras al obrero y al peón rural.
Argentina quedó entonces a la vanguardia de la investigación de la fisión nuclear, exportaba heladeras y tornos a los Estados Unidos, fabricaba locomotoras de diseño propio y aviones a reacción cuando sólo otros cinco países del mundo lo hacían, construía automóviles, puentes y muchos miles de kilómetros de rutas.
Promovió el deporte como nunca antes ni después, levantó establecimientos educacionales de todo tipo (más que en el resto de nuestra historia), miles de centros de salud (bajando en solo dos años los casos de paludismo de 23.000 a 500), los actuales cuarteles del ejército, hoteles de turismo todavía no superados, fenomenales complejos de esparcimiento y piletas y balnearios populares, barrios extraordinarios de un estilo perpetuo e inextinguible, y nada menos que quinientas mil viviendas.
Una flota fluvial de última generación que llegó a ser la primera del subcontinente y la cuarta del orbe; de los astilleros argentinos se botó el barco mercante de mayor tonelaje de América latina; se construyó el aeropuerto internacional más grande y seguro del mundo. El país produjo tolueno sintético y contó con una planta petroquímica de avanzada.
La clase trabajadora participaba en más de la mitad de la renta nacional (hoy apenas supera el 20%) y gozaba de pleno empleo y de las mejores y más avanzadas leyes sociales de la historia. Se instituyó la jubilación, el aguinaldo, las vacaciones pagas, la indemnización.
El país produjo todo el carbón, el aluminio, el gas y el petróleo que consumía. Se construyó una planta y un plan nacional de energía atómica modelo. Siderurgia y altos hornos. Se redujo a cero la deuda externa. Se duplicó la renta nacional hasta alcanzar la mitad del producto bruto sudamericano. Se redistribuyó la riqueza en forma espectacular.
Se nacionalizó el patrimonio de los argentinos, el comercio exterior, la banca y los servicios públicos, de infraestructura y transporte, y se promovió un fantástico plan de obra pública. Se reformó la Constitución y se incorporaron a la misma derechos sociales de vanguardia.
En resumen: se produjo una fenomenal revolución, inmensa, que alumbró el siglo, y que finalmente hizo realidad la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación.
Pero la barbarie oligárquica e imperial puso al país al borde de la guerra civil y desterró su imagen en la impiadosa conjura de los odios y mentiras. Perseguido, difamado, proscrito y peregrino de diez suelos extraños, siguió siempre conduciendo en forma sublime y magistral las inclaudicables luchas de su pueblo fiel.
Concretó el sueño añorado por millones cuando después de dieciocho largos años de exilio regresó desencarnado, victorioso y en paz a la patria, en la plenitud de la primavera del 72, y pronto al poder por varios meses más, para dar por consumado el milagro del retorno. Eran los días de un optimismo inexpugnable: la historia parecía abrazar el futuro.
Pero el 20, el día más oscuro de junio del 73, sellaría el paradigma del futuro nacional, a modo de una fotografía del desenvolvimiento de la historia durante los tiempos siguientes. Más de tres millones de personas querían participar de la fiesta ese día, pero la fiesta no pudo ser.
Cumplida cabalmente su misión en la tierra, un día como hoy hace treinta y un años, el 1º de julio de 1974, el águila emprendió su vuelo. Y ascendió al lugar donde los hombres no sufren las pequeñeces de los hombres.
Murió viejo, en la cama, sin las botas puestas, pero derrotando como glorioso general el ancestral estigma del destino hasta entonces inexorable que había condenado a expirar en el ingrato destierro a José Gervasio Artigas, a José de San Martín, a Juan Manuel de Rosas, a tantos otros.
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Y apenas a meses de haber tocado el cielo con las manos, pronto se sabría lo que es morder el polvo hasta la asfixia. El odio y la infamia lo persiguieron a él mismo, incluso mucho después de entonces, hasta profanar su morada en la ciudad de los muertos, como antes se había profanado vilmente a su compañera.
Sin embargo, todavía hoy la magia de su signo alienta a quienes levantan su bandera, y estremece a quienes siguen conmovidos el eco de su historia.
Los que lo conocieron y lo oyeron, los que lo amaron y lo siguieron, más de tres décadas después lo llevan, vivo, vibrante, siempre presente en el corazón. Es que quien ha visto la esperanza no la olvida: la busca. Siempre. Bajo todos los cielos y en toda la gente.
Se llamaba Juan Domingo Perón… Y en la lucha que emprendiera por la justicia y la dignidad de su pueblo, por siglos se seguirán ganando batallas al conjuro de su nombre.

martes, 7 de enero de 2014

Las armas aéreas y submarinas de la Revolución de Mayo

Por Paulo Antonio Zappia
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Los hombres de Mayo acariciaron el sueño de contar con un sumergible en la guerra contra los realistas.
Al hablar de los antecedentes de la Revolución de Mayo normalmente se mencionan las revoluciones estadounidense y francesa. Y sobre estas últimas es necesario señalar que, además de las novedades políticas que ambas introdujeron, una trajo aparejado el primer ataque de un submarino a un buque enemigo y la otra el estreno de una nave aérea durante un combate.
Efectivamente, el 7 de septiembre de 1776, un submarino estadounidense atacó un buque británico en el puerto de Nueva York, y el 26 de junio de 1794 la utilización de un globo en tareas de reconocimiento permitió a los franceses obtener la victoria frente a los austríacos en la batalla de Fleurus. Por ello, resulta significativo que la Primera Junta Provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata, mejor conocida como la Primera Junta, y cuya constitución fue la consecuencia directa de los sucesos de mayo de 1810, entendiera tanto en lo relativo a un proyecto de aeróstato como al de un sumergible.
Ya en 1809, el relojero holandés Miguel Colombise había dirigido al entonces virrey Santiago de Liniers una solicitud de cuatro mil pesos para “fabricar un Aérostat, en el cual me ofrezco ir adonde se me mande, no siendo a una distancia para la cual se necesite instrumento de pilotaje, porque no es mi arte”. El artífice afirmaba haber construido dos prototipos de tamaño reducido y agregaba que el aeróstato se desplazaría a una velocidad de por lo menos “un cuarto de legua por minuto”.
Sin haber obtenido lo solicitado, Colombise marchó a Santiago de Chile a fin de intentar, ejerciendo su oficio, ahorrar la suma necesaria para construir su máquina voladora. Una vez producida la Revolución de Mayo, el holandés solicitó a la Junta desde Mendoza, el 6 de agosto de 1810, permiso para regresar a Buenos Aires sin despertar sospechas por su condición de forastero. Cuando llegara a la capital porteña, Colombise dedicaría al gobierno patrio “su persona y servicios” para realizar el proyecto. Sin embargo, la petición recibió una negativa con la manifestación gubernamental de que, en su tenor, “se descubre un proyectista, que para calificarlo de la calidad de muy malo, no se necesita más prueba que la de que el señor Liniers le despreció el proyecto”, y fue a dar al archivo.
Esta decisión ha motivado su consiguiente divergencia historiográfica. Antonio Biedma Recalde señaló al secretario Mariano Moreno como su responsable, en tanto que Ernesto Fitte atribuyó la misma a “un anónimo funcionario subalterno”. No obstante, el texto de la decisión es precedido por la expresión “Nota de la Mesa” y el expediente –custodiado en el Archivo General de la Nación (AGN)- se encuentra reunido con una extensa serie de resoluciones de la Junta, lo que sugiere que su plenario estuvo de acuerdo. En cualquier caso, el juicio no es sorprendente para la época, especialmente si se tiene en cuenta que el innovador Napoleón Bonaparte había disuelto la Compagnie d´Aéronautiers en 1799.
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El bloqueo del Plata
Entretanto, los realistas de Montevideo habían aprovechado su superioridad naval para establecer el bloqueo de la margen occidental del Plata. En esas circunstancias, el estadounidense Samuel William Taber llegó a Buenos Aires en diciembre de 1810 y presentó a la Junta la propuesta de construir una “máquina submarina” con la cual destruir los buques realistas que asediaban el puerto de Buenos Aires.
La Junta, que por entonces pasaba a ser la Junta Grande, designó una comisión, integrada por el presidente Cornelio Saavedra y el vocal Miguel de Azcuénaga para evaluar el proyecto. El dictamen fue favorable y se ofreció a Taber un anticipo con el que financiar los primeros pasos para la construcción de la máquina submarina, pero que el estadounidense se rehusó a aceptar, prefiriendo hacer frente a los gastos con su peculio. En enero de 1811 el último virrey del Río de la Plata, Francisco Javier de Elío, llegó a Montevideo. El bloqueo se interrumpió brevemente y la Junta decidió enviar a Taber para que informara –en secreto y con exactitud- sobre el estado de la plaza realista.
El estadounidense cumplió su misión, pero luego del restablecimiento del bloqueo recibió la instrucción de regresar a Buenos Aires y continuar la construcción de la máquina submarina. Con autorización de la Junta, aprovechó la ocasión para contratar los servicios del ingeniero Angel de Monasterio, matemático de profesión, a fin de aplicarlos en la construcción del sumergible. Sin embargo, cuando retornaba en un bote con el ingeniero y otros cuatro oficiales, fue capturado por marinos realistas el 8 de marzo de 1811. Así fue a dar a un calabozo, acusado de alentar la deserción de los oficiales que lo acompañaban. Tras cuatro meses de prisión, Taber fue condenado a pagar una fianza de dos mil pesos fuertes y fue liberado con la condición de que saliera de la Banda Oriental hacia los Estados Unidos en un plazo de veinticuatro horas. Taber llegó a Río de Janeiro, pero luego volvió a Buenos Aires.
Plan de ataque
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En julio y agosto de 1811 la escuadra realista bombardeó infructuosamente Buenos Aires siguiendo órdenes del virrey Elío. Poco después, el 10 de septiembre de 1811, Taber dirigió a la Junta un memorial en el que ofrecía “de nuevo trasladarme a la Banda Oriental y echar a pique con la enunciada máquina la fragata de guerra y el bergantín que sirve de depósito para la pólvora” y “presentar un plan de ataque que al paso que asegure la posesión de la plaza, consulte la menor efusión de sangre, empeñando mi palabra de que seré el primero que me presentaré entre los bravos que deben ejecutarlo”. En octubre, la Junta libró el despacho de capitán de artillería del ejército de la Banda Oriental, que Taber aceptó ad honorem.
La construcción del arma submarina progresó desde el regreso de Taber a Buenos Aires y el 11 de octubre de 1811 solicitó permiso para conducirla por agua hasta la ensenada de Barragán, “encerrada en una caja tosca de pino, marcada con la letra T”, para efectuar las pruebas correspondientes y volver por la misma ruta sin que nadie pudiera impedírselo ni tomar conocimiento del asunto.
La Junta accedió a conceder el permiso solicitado, aunque estipuló que previamente Pedro Pablo Torres debía reconocer la máquina. Desde entonces, y aunque la documentación originalmente estudiada por el historiador Angel Carranza –hoy en el AGN- omite ofrecer más datos acerca del proyecto secreto, se han hecho coloridas conjeturas sobre el mismo.
Si bien es cierto que ninguno de los proyectos anteriores ofreció resultados prácticos, el
ingenio no se agotó. Por el contrario, poco después llegaba a Buenos Aires José de San Martín, quien pondría en marcha el plan más importante de la guerra de la independencia: conducir un ejército a través de una cadena montañosa como Aníbal y Napoleón en los Alpes, pero atravesando la segunda cordillera más alta del mundo para luego llegar al Perú por el mar.
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lunes, 6 de enero de 2014

El Pacto Federal

Por Oscar Denovi

Si, no se trata de un error. El 4 de enero de 1831 firmaban en la ciudad de Santa Fe los representantes de las provincias de Buenos Aires (José Maria Rojas y Patrón), Santa Fe (Domingo Cullen) y Entre Ríos (Antonio Crespo), el Pacto Federal. Ley fundamental de la Nación, según la designación – por demás justa – que se le dio en mayo de 1852 en el Acuerdo de San Nicolás. (1)
Nos proponemos demostrar, contra la disminución de la importancia que le han asignado los seguidores de la escuela liberal a este pacto, la trascendencia que en realidad tuvo, así como desterrar la falsa periodización histórica que posterga hasta 1853 el inicio de la organización nacional, cuando es este instrumento de 1831 el que verdaderamente da impulso al proceso organizativo, fundando la Confederación Argentina, que posibilitó luego la organización a la que alude la historiografía oficial, imperfectamente adaptada a la realidad política de la Nación por la Constitución de 1853. (2)
Las palabras de Mitre que transcribimos en la cita uno, son suficientemente elocuentes en cuanto que este Pacto Federal significó mucho para la Nación. En ese año de 1831, estaban enfrentadas la Liga Litoral, constituida por Corrientes (que adhirió al Pacto treinta días después, por no acordar con la posición de Buenos Aires), Entre Ríos, Santa Fe y Buenos Aires, provincias federales, y la Liga del Interior, constituida por Córdoba, Tucumán, La Rioja, Catamarca, Santiago del Estero, San Juan, Mendoza, San Luis y Salta, provincias unitarias. (3)
En mayo José Maria Paz cae prisionero de las tropas de Estanislao López, gobernador de Santa Fe, y la Liga queda reducida a Tucumán, que cae en noviembre después de la derrota de Lamadrid por Facundo Quiroga en la Ciudadela. En el entretanto el Pacto Federal irá siendo suscripto por las provincias liberadas por Quiroga antes de la caída en prisión de Paz – acontecimiento estratégico que obligó a Paz a mover sus tropas hacia la frontera con Santa Fe – que en circunstancias fortuitas lo hacen ser prisionero del Patriarca de la Federación, al ser boleado su caballo al confundir una patrulla amiga con una enemiga.
Es decir, hacia principios de 1832, cuando ya el gobierno de la provincia de Buenos Aires había pasado de manos de Rosas a su sucesor González Balcarce, la totalidad de las provincias se acogían a la invitación que se había formalizado para que todas se adhirieran al pacto, bajo las condiciones establecidas en el art. 8 del mismo, que exigía la aceptación de la adhesión por todas las signatarias, y la forma Federal de gobierno.
La significación política institucional
Desde 1810 diversos instrumentos provisionales establecieron una forma transitoria de gobierno que, salvo la Primera Junta en su transformación en la Junta Grande, significaron la sujeción a los dictados de Buenos Aires, para ese territorio indefinido que primero fueron las Provincias Unidas del Sud y luego las Provincias Unidas del Río de la Plata. Reemplazada la Junta Grande por el Primer Triunvirato y disuelta la Junta Conservadora por dicho gobierno, se retoman las formas unitarias de gobierno, propias de la monarquía borbónica y el pensamiento del despotismo ilustrado, estructura que se mantiene en cuanto al gobierno de Buenos Aires hasta la batalla de Cepeda, que termina con la ficción más profunda o menos según los gobiernos y la situación internacional, del gobierno central de la patria. En 1819 una constitución unitaria provoca la guerra a Buenos Aires y poco después Cepeda, la batalla de un minuto, que derrota a los directoriales y promueve el Pacto del Pilar, que define la forma federal como “la forma adoptada por los pueblos de la República”. (4)
A partir de 1820 las provincias se rigen por sus propias instituciones, algunas sancionando constituciones, Santa Fe 1819, Corrientes 1821, Entre Ríos 1822, Córdoba 1821, otras lo harán más tarde y bastante imperfectamente, pero todas en la forma más perfecta o más simple adoptan disposiciones referidas a sus poderes públicos. En 1826 Rivadavia y sus seguidores promoverán otro intento “constitucional” que culmina en el proyecto unitario de 1826. Otra vez la guerra civil, que además provoca la pérdida diplomática de la guerra con Brasil, y la Provincia Oriental, que pasa a ser independiente.
Toda esta situación desquiciante, que culmina con el crimen de Dorrego, deja de ser de esta naturaleza a partir de la liquidación de la Liga del Interior a fines de 1831, y el país se encamina por un régimen de progreso (ver la última carta de San Martín a Rosas de 1850) bajo la Confederación Argentina, salvo los años 1833 y 1834 como consecuencia de los desaciertos de Balcarce y Viamonte y las conspiraciones unitarias que se extenderán, dentro del territorio nacional hasta 1835.
Asumido Rosas, hasta su caída, y hasta el 11 de septiembre de dicho año en que se produce la revolución que segregó hasta 1860 la provincia de Buenos Aires, la regulación prevista por el Pacto Federal cumple la función por la que tanto se había bregado infructuosamente desde el inicio de la revolución de Mayo. La Organización Nacional, estaba dando sus primeros pasos, a la luz de jóvenes instituciones que se iban adaptando y perfeccionando al compás de la maduración política que permitía, un país que no dejaba de ser hostilizado desde el exterior, y apoyada esa acción destructora por poderosos países europeos.
Además, el Pacto recogió la forma institucional mayoritariamente querida por el pueblo de la patria, y que fuera combatida por quienes ciegos en su ideología y en sus sentimientos clasistas, veían en el pueblo de su tierra, la barbarie, el atraso y el oscurantismo.
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(1) Además de decirlo textualmente el Pacto de San Nicolás, Bartolomé Mitre en 1862 reconocerá: “Ese tratado es la única Ley Fundamental de la República, el único vínculo que ata las provincias argentinas, el único fanal que ha ardido constantemente en medio de la horrible borrasca en que nos hemos agitado, azotados por el viento furibundo y nadando en un mar de sangre. Todas las constituciones nacionales, todos los tratados interprovinciales, todo ha naufragado, menos esa ley, ese pacto social federativo que es la piedra angular sobre la cual se quiere hoy construir el edificio de la organización nacional”. Párrafos que suscribimos, sólo que atribuimos los aspectos negativos a los compañeros ideológicos de Mitre.
(2) La constitución de 1853 fue inspirada en muchos aspectos, y aun copiada de la constitución norteamericana. (Al respecto el diputado Juan María Gutierrez dijo en el recinto: “la Constitución es eminentemente federal; esta vaciada en el molde de la de los Estados Unidos, única federación que existe en el mundo, digna de ser copiada”. No obstante, a pesar del sesgo económico liberal que rompía con la práctica económica argentina de entonces, protectora de los sectores sociales más expuestos, la constitución de 1853 no ha sido totalmente la promotora de todos los males argentinos. Fue en cambio la reforma “ad hoc” de 1860, que rigió gran parte de la vida argentina, y que modificó las autonomías federales de las provincias, proporcionando herramientas que permitirían el abuso de las concepciones capitalistas y su secuela de miserias. Este punto es un tema que debe tratarse con la debida extensión, no apropiada a este artículo.
(3) No se corresponde a la realidad la calificación de unitarias a estas provincias, ni el jefe de ellas encuadra por ese tiempo, totalmente como un jefe unitario. José María Paz que de él hablamos, se comportó como un unitario en ésta y en épocas posteriores, pero anteriormente compartió con Bustos y Heredia, jefes federales, el comando de la sublevación de Arequito, obviamente contra los directoriales de Buenos Aires. Tomó Córdoba derrocando a Bustos, y constituyó a partir de esta provincia dicha Liga en alianza con Gregorio Araoz de Lamadrid. El resto de las provincias fueron derrotadas militarmente y sus gobiernos fueron removidos por esa vía.
(4) La forma Federal tiene muchos antecedentes, en su mayoría absoluta promovida por las provincias litorales. 1°) La capitulación de Manuel Belgrano en su fallida expedición al Paraguay, incluye en los párrafos finales, la posibilidad de establecer una Confederación para unir aquel territorio, a lo que hasta ese momento era el territorio del Virreinato. 2°) Art. 6° del Acta de Reconocimiento de la Asamblea de 1813, Banda Oriental 5 de abril de 1813 dice:”Será reconocida y garantida la confederación ofensiva y defensiva de esta Banda con el resto de las Provincias Unidas, renunciando cualquiera de ellas a la subyugación a que se ha dado lugar por la conducta del anterior gobierno” (Primer Triunvirato). 3°) Instrucciones para la Asamblea Constituyente, 13 de abril de 1813 Art.2° “No admitirá otro sistema que el de la confederación para el pacto recíproco con las Provincias que forman nuestro Estado”. 4°) Acuerdo Rondeau - Artigas del 19 de abril de 1813 art1° de la Provincia Oriental del Uruguay de la misma fecha: ”La Provincia Oriental entra en el rol de las demás Provincias unidas. Ella es una parte integrante del Estado denominado Provincias Unidas del Río de la Plata. Su pacto con las demás Provincias es de una estrecha, e indisoluble confederación ofensiva y defensiva. Todas las provincias tienen igual dignidad, iguales privilegios y derechos, y cada una de ellas renunciará al proyecto de subyugar a otra”. 5°) Proyecto de Constitución (sin fecha) art. 1°) “El título de esta confederación, será: Provincias Unidas de América del Sud” .Del segundo al 5º punto de esta cita ver “La Provincia Oriental”, Alberto Gonzalez Arzac, Colección Estrella Federal, Edit. Inst. Nacional de Inv. Hist. Juan Manuel de Rosas, pag 50 a 54.
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Oscar Denovi es Miembro de Número del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas. Profesor de Historia Política Argentina en la Universidad Católica de La Plata en la subsede San Martín.

martes, 31 de diciembre de 2013

El Libertador y González Rivadabia

Por el Profesor Jbismarck

"Rivadavia era incapaz de lealtad, honestidad o siquiera buenas maneras en sus relaciones con los hombres que lo rodeaban con quienes estaba obligado a llevar los negocios de la comunidad. Odiaba a los hombres que eran más notables o tenían más éxito que él. No encontraba nada demasiado maligno que decir sobre San Martín y Bolívar." (Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX. H.S.Ferns. p.178)
Bernardo González Rivadabia (con "b" larga), que era su verdadero nombre, aunque el pretendía que lo llamasen como Bernardino Rivadavia o simplemente como "Don Bernardino", sus enemigos que no eran pocos lo llamaban el "Sapo del diluvio". Fue un gobernante nefasto para el Libertador José de San Martín. Éste llega al país en marzo de 1812 y ofrece sus servicios al Primer Triunvirato cuya principal figura era la de Bernardino. Este primer Triunvirato fue cuestionado por la Logia Lautaro (Dirigida por San Martín) y la Sociedad Patriótica (dirigida por Monteagudo).
El 8 de octubre de 1812 un golpe de Estado dirigido por estos Jefes terminará con el “tibio” (por lo patriótico) gobierno de Rivadavia….el encono y la envidia de éste hacia San Martín serán de por vida.
Rivadavia le negará todo recurso a San Martín para la guerra de emancipación. El Libertador formó un ejercito "a pulmón", con mano de obra mendocina que hizo desde los uniformes y la bandera del ejército hasta los cañones en la fragua de Fray Luis Beltrán. El plan libertador de San Martín consistía básicamente en un movimiento de pinzas sobre los españoles, haciéndolo él por mar y que al mismo tiempo un ejercito auxiliar que avance por el norte. Con ese propósito mandó a Gutiérrez de la Fuente para que ofreciera la jefatura a Bustos (de Córdoba) para que forme un ejército con gente de las provincias del interior, y con la ayuda económica de Bs.As (del puerto). Pero Rivadavia estaba más interesado por las reformas burocráticas y las mejoras edilicias que en la suerte del país y del ejercito Libertador, de manera que Gutiérrez de la Fuente se volvió con las manos vacías.
"La guerra la tenemos que hacer del modo que podamos. Si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos han de faltar. Cuando se acaben los vestuarios nos vestiremos con las bayetitas que trabajan nuestras mujeres, y sino andaremos en pelotas como nuestros paisanos los indios. Seamos libres, que los demás no importan" (José de San Martín, al negársele los recursos para la Campaña Libertadora por parte de Rivadavia y Cía.).
Finalmente San Martín no tuvo más remedio que ceder su lugar a Bolívar en Guayaquil para que concluyera la gesta libertadora. Bolívar no era partidario de la segregación del Alto Perú, pero Sucre al mando de Bolívar, formó la "República de Bolivar" (Bolivia) "liberando de argentina" ese territorio.
San Martín dejó Perú, cruzó la cordillera y se recluyó en retiro en su chacra de Coria (Mendoza). Pero ni con eso se conformó Rivadavia, y temeroso de que se designara jefe supremo a San Martín, lo hostilizó de todas maneras El propio San Martín se lo confiesa a O´Higgins en carta del 2º de octubre de 1827:
“...Mi separación voluntaria del Perú parecía me ponía al cubierto de toda sospecha de ambicionar nada sobre las desunidas Provincias del Plata. Confinado en mi hacienda de Mendoza, y sin más relaciones que algunos vecinos que venían a visitarme, nada de esto bastó para tranquilizar la desconfiada administración de Buenos Aires; ella me cercó de espías; mi correspondencia era abierta con grosería...”
San Martín decide trasladarse a Buenos Aires a darle el último adiós a su esposa que agonizante reclamaba su asistencia. Pero San Martín debe postergar su viaje ante la certeza de un complot para interceptar su viaje para prenderlo o asesinarlo, y en carta a Guido del 27 de abril de 1828, da cuenta de ello:
“¿Ignora Ud por ventura que en el 23, cuando por ceder a las instancias de mi mujer de venir a Buenos Aires a darle el último adiós, resolví en mayo venir a Buenos Aires, se apostaron en le camino para prenderme como a un facineroso, lo que no realizaron por el piadoso aviso que se me dio por un individuo de la misma administración”.
No obstante la advertencia, San Martín pasa por Bs.As. para irse finalmente el 10 de febrero de 1824 rumbo a Europa. (Remedios habia fallecido en agosto de 1823)
San Martín, le escribe a O´Higgins el 20 de octubre de 1827:
“Me dice Ud. no haber recibido más carta mías; se han extraviado, o mejor dicho se han escamoteado ocho o diez cartas mías que le tengo escritas desde mi salida de América; esto no me sorprende, pues me consta que en todo el tiempo de la administración de Rivadavia mi correspondencia ha sufrido una revista inquisitorial la más completa. Yo he mirado esta conducta con el desprecio que merecen sus autores....ya habrá sabido la renuncia de Rivadavia. Su administración ha sido desastrosa y solo ha contribuido a dividir los ánimos. Yo he rechazado tanto sus groseras imposturas como su innoble persona. Con un hombre como este al frente de la administración no creí necesario ofrecer mis servicios en la actual guerra con el Brasil por el convencimiento en que estaba, de que hubieran sido despreciados” San Martín le envía a O´Higgins el 19 de abril de 1829 otra carta, donde le refería el ofrecimiento que le hicieron los unitarios para evitar la guerra civil que ellos mismos provocaron con el salvaje asesinato de Manuel Dorrego:
“...su objeto era que yo me encargase del mando del ejercito y provincia de Buenos Aires y transase con las demás provincias a fin de garantir por mi parte y el de los demás gobernadores a los autores del 1° de diciembre (asesinato de Dorrego) ...por otra parte los autores del movimiento del 1° de diciembre son Rivadavia y sus satélites y a Ud. le consta los inmensos males que estos hombres han hecho no solo a este país sino al resto a América con su infernal conducta. Si mi alma fuese tan despreciable como las suyas, yo aprovecharía esta ocasión para vengarme de las persecuciones que mi honor ha sufrido de estos hombres; pero es necesario señalarles la diferencia que hay de un hombre de bien, a un malvado...Digo a Ud. en la mía del 5 que para le próximo paquete (paquebote) de mayo me marcharía a Europa, pero lo certificaré en el que sale a fines de éste. Adiós otra vez, por siempre su invariable San Martín”
He aquí el “misterio” del abandono de la Campaña Emancipadora y del Exilio del Libertador….y pensar que Bartolomé Mitre pretendió convertir a Rivadavia en el “Padre de la Patria”….
Bibliografía:
Altamira, Luis Roberto: “San Martín. Sus relaciones con don Bernardino Rivadavia”
Piccinali, Héctor Juan. “San Martín y Rosas”.
Soler Cañas, Luis: “San Martín, Rosas y la falsificación de la Historia”
Sulé Jorge: “La coherencia política de San Martin"
www.lagazeta.com.ar

Pozo de Vargas

Por José María Rosa
El 10 de abril de 1867, en torno al jagüel de Vargas, en el camino apenas saliendo de La Rioja a Catamarca, durante siete horas desde el mediodía hasta el anochecer, se libró la batalla más sangrienta de nuestras guerras civiles.
Los primeros días de abril el ejército “nacional” (mitrista) del Noroeste –reforzado con los veteranos del Paraguay y su brillante oficialidad y con los cañones Krupp y fusiles Albion y Brodlin que los buques ingleses habían descargado poco antes en el puerto de Buenos Aires- al mando del general liberal Antonio Taboada (del clan familiar unitario de ese apellido que dominó Santiago del Estero durante casi todo el siglo XIX), entró a la ciudad capital de La Rioja aprovechando la ausencia de su caudillo y obligó al coronel Felipe Varela a volver al sur para liberarla. Al frente de los batallones de su montonera iban los famosos capitanes Santos Guayama, Severo Chumbita, Estanislao Medina y Sebastián Elizondo. En plena marcha, el día 9 el caudillo invitó caballerescamente a Taboada “a decidir la suerte y el derecho de ambos ejércitos” en un combate fuera de la ciudad “a fin de evitar que esa sociedad infeliz sea víctima de los horrores consiguientes a la guerra y el teatro de excesos que ni yo ni V.S. podremos evitar”. Pero el general no era ningún caballero y no respondió. Ubicó sus fuerzas en el Pozo de Vargas, una hondonada de donde se sacaba barro para ladrillos, en el camino por donde venían las montoneras. El sitio fue elegido con habilidad porque Varela llegaría con sus gauchos al mediodía del 10, fatigados y sedientos por una marcha extenuante, a todo galope y sin descanso. Mientras, los “nacionales” habían destruido los jagüeles del camino, dejando solamente al de Vargas, a la entrada misma de la ciudad, a un par de kilómetros del centro. Taboada les dejará el pozo de agua como cebo, disimulando en su torno los cañones y rifles; sus soldados eran menos que los guerrilleros, pero la superioridad de armamento y posición era enorme.
En efecto, la montonera se arrojó sedienta sobre el pozo (“tres soldados sofocados por el calor, por el polvo y el cansancio expiraron de sed en el camino”), y fue recibida por el fuego del ejército de línea. Una tras otra durante siete horas se sucedieron las cargas de los gauchos a lanza seca contra la imbatible posición parapetada de los cañones y rifles de Taboada. En una de esas Varela, siempre el primero en cargar, cayó con su caballo muerto junto al pozo. Una de las tantas mujeres que seguían a su ejército –que hacían de enfermeras, cocineras del rancho y amantes, pero que también empuñaban la lanza con brazo fuerte y ánimo templado cuando las cosas apretaban- se arrojó con su caballo en medio de la refriega para salvar a su jefe. Se llamaba Dolores Díaz pero todos la conocían como “la Tigra”. En ancas de la Tigra el caudillo escapó a la muerte.
Al atardecer de ese trágico día de otoño se dieron las últimas y desesperadas cargas, y con ellas se terminaron de hundir todas las esperanzas de un levantamiento federal del interior en favor de la nación paraguaya de Francisco Solano López y la “guerra de la Unión Americana”. Con un puñado de sobrevivientes apenas, Felipe Varela dio la orden de retirada, diciendo –despechado- al volver las bridas: “¡Otra cosa sería / armas iguales!”. La retirada se hizo en orden: Taboada no estaba tampoco en condiciones de perseguir a los vencidos. Pero del aguerrido y heroico ejército de 5.000 gauchos que llegaron sedientos al Pozo de Vargas al mediodía, apenas quedaban 180 hombres la noche de ese dramático 10 de abril de 1867. Los demás han muerto, fueron heridos o escaparon para juntarse con el caudillo en el lugar que los citase, que resultó ser la villa de Jáchal. Pero Taboada también había pagado su precio: “La posición del ejército nacional –informa a Mitre- es muy crítica, después de haber perdido sus caballerías, o la mayor parte de ellas, y gastado sus municiones, pues en La Rioja no se encontrará quien facilite cómo reponer sus pérdidas”. En efecto, como nadie le facilitaba alimentos ni caballos voluntariamente, saqueó la ciudad durante tres días.

Alto, enjuto, de mirada penetrante y severa prestancia, Felipe Varela conservaba el tipo del antiguo hidalgo castellano, tan común entre los estancieros del noroeste argentino. Pero este catamarqueño se parecía a Don Quijote en algo más que la apariencia física. Era capaz de dejar todo: la estancia, el ama, la sobrina, los consejos prudentes del cura y los razonamientos cuerdos del barbero, para echarse al campo con el lanzón en la mano y el yelmo de Mabrino en la cabeza, por una causa que considerase justa. Aunque fuera una locura. Fue lo que hizo en 1866, frisando en los cincuenta años, edad de ensueños y caballerías. Pero a diferencia de su tatarabuelo manchego, el Quijote de los Andes no tendría la sola ayuda de su escudero Sancho en la empresa de resolver entuertos y redimir causas nobles. Todo un pueblo lo seguiría por los llanos. Varela era estanciero en Guandacol y coronel de la nación con despachos firmados por Urquiza. Por quedarse con el Chacho Peñaloza (también general de la nación) se lo había borrado del cuadro de jefes. No le importó: siguió con la causa que entendía nacional, aunque los periódicos mitristas lo llamaran “bandolero”, igual que a Peñaloza.
La muerte del Chacho lo arrojó al exilio en Chile. Allí leyó dolido sobre la iniciación de la impopular guerra al Paraguay. Además, presenció el bombardeo de Valparaíso por el almirante español Méndez Núñez, y se enteró con indignación que Mitre se negaba a apoyar a Chile y Perú en el ataque de la escuadra. Si no le bastara la evidencia de la guerra contra Paraguay, ahí estaba la prueba del antiamericanismo del gobierno de su país. Pero cuando conoció en 1866 el texto infame del Tratado de la Triple Alianza (revelado desde Londres), no lo pensó dos veces. Dio orden que vendieran su estancia y con el producto compró unos fusiles Enfield y dos cañoncitos (los “bocones” los llamará) del deshecho militar chileno. Equipó con ellos a unos cuantos exiliados argentinos y esperaron el buen tiempo para atravesar la cordillera. Cuando se hizo practicable, al principio del verano, retornó a la patria mientras la noticia de Curupaytí con sus 10.000 bajas sacudía a todo el país. Como la plata no le daba para contratar artilleros, los bocones apuntarían al tanteo, pero Varela no reparaba en esas cosas. En lo que sí gastó su dinero fue también en ¡una banda de músicos!, para amenizar el cruce de la cordillera y alentar las cargas futuras de su “ejército”. Esa banda crearía la zamba, la canción épica de la “Unión Americana” en sus entreveros, la más popular de las músicas del Noroeste argentino.
A mediados de enero está en Jáchal, San Juan, que será el centro de sus operaciones. La noticia del arribo del coronel con dos batallones de cien plazas, sus dos bocones y su banda de música corrió como el rayo por los contrafuertes andinos. Cientos, y luego miles de gauchos de San Juan, La Rioja, Catamarca, Mendoza, San Luis y Córdoba sacaron de su escondite la lanza de los tiempos del Chacho, custodiada como una reliquia, ensillaron el mejor caballo y, con otro de la brida, galoparon hacia el estandarte de enganche. A los quince días el coronel contaba más de 4.000 plazas con apenas 100 carabinas. No hay uniformes, ni falta que hacen: la camiseta de frisa colorada es distintivo suficiente; un sombrero de panza de burro adornado con ancha divisa roja (“¡Viva la Unión Americana! ¡Mueran los negreros traidores a la patria!”) protege del sol de la precordillera. A veces la divisa se ciñe como una vincha sobre la frente, evitando que la tupida melena caiga sobre los ojos. Y, ¡cosa notable!, hay una disciplina inflexible: un soldado de la Unión Americana debe ser ejemplo de humanidad, buen comportamiento y obediencia. Por las tardes, Varela les leía la Proclama que había ordenado repartir por toda la República:
“¡Argentinos! El pabellón de Mayo, que radiante de gloria flameó victorioso desde los Andes hasta Ayacucho, y que en la desgraciada jornada de Pavón cayó fatalmente en las manos ineptas y febrinas del caudillo Mitre, ha sido cobardemente arrastrado por los fangales de Estero Bellaco, Tuyutí. Curuzú y Curupaytí. Nuestra nación, tan grande en poder, tan feliz en antecedentes, tan rica en porvenir, tan engalanada en gloria, ha sido humillada como una esclava quedando empeñada en más de cien millones y comprometido su alto nombre y sus grandes destinos por el bárbaro capricho de aquel mismo porteño que después de la derrota de Cepeda, lagrimeando juró respetarla.
“Tal es el odio que aquellos fratricidas porteños tienen a los provincianos, que muchos de nuestros pueblos han sido desolados, saqueados y asesinados por los aleves puñales de los degolladores de oficio: Sarmiento, Sandes, Paunero, Campos, Irrazával y otros varios dignos de Mitre.
“¡Basta de víctimas inmoladas al capricho de mandones sin ley, sin corazón, sin conciencia! ¡Cincuenta mil víctimas inmoladas sin causa justificada dan testimonio flagrante de la triste e insoportable situación que atravesamos y es tiempo de contener!
“¡Abajo los infractores de la ley! ¡Abajo los traidores de la patria! ¡Abajo los mercaderes de las cruces de Uruguayana, al precio del oro, las lágrimas y la sangre paraguaya, argentina y oriental!
“Nuestro programa es la práctica estricta de la constitución, la paz y la amistad con el Paraguay y la unión con las demás repúblicas americanas.
“¡Compatriotas nacionalistas! El campo de la lid nos mostrará el enemigo. Allí os invita a recoger los laureles del triunfo o la muerte vuestro jefe y amigo, el coronel Felipe Varela”.
Un día llega a los fogones de Jáchal donde se preparaba el ejército nada menos que Francisco Clavero, a quien se tenía por muerto desde las guerras del Chacho cuatro años atrás. Antiguo granadero de San Martín en Chile y el Perú, era sargento al concluir la guerra de la Independencia. Integrará bajo Rosas las guarniciones de fronteras donde su coraje y comportamiento lo hacen mayor. Don Juan Manuel lo llevará mas tarde al regimiento escolta con el grado de teniente coronel. Asiste a la batalla de Caseros –del lado argentino- y será con el coronel Chilavert el último en batirse contra la división brasileña del marqués de Souza. Urquiza, que prefería rodearse de federales antes que de unitarios, después de Caseros no admite su solicitud de baja y en 1853 estará a su lado en el sitio de Buenos Aires. Con las charreteras de coronel otorgadas por Urquiza combate en el Pocito contra los “salvajes unitarios” y fusila al gobernador Aberastain después de la batalla. Cuando llegan las horas tristes de Pavón debe escapar a Chile perseguido por la ira de Sarmiento, pero vuelve para ponerse a las órdenes del Chacho. Herido gravemente en Caucete, cae en poder de los “nacionales” que lo han condenado a muerte y tienen pregonada su cabeza. Sarmiento, director de la guerra, ordena su fusilamiento, que no llega a cumplirse por uno de esos imponderables del destino: un jefe “nacional” cuyo nombre no se ha conservado, compadecido del pobre Clavero, lo remite con nombre supuesto entre los heridos nacionales al hospital de hombres de Buenos Aires e informa al implacable director de la guerra que la sentencia “debe haberse ejecutado” porque el coronel “no se encuentra entre los prisioneros”.
Un milagro de su físico y de la incipiente ciencia quirúrgica le salva la vida en el hospital. No obstante faltarle un brazo y tener un parche de gutapercha en la bóveda craneana, abandona el hospital cuando llegan a Buenos Aires las noticias del levantamiento del norte. El viejo sargento de San Martín consigue llegar al campamento de Varela, donde todos lo tenían por muerto; se dice que, sin darse a conocer entre la tropa –donde su nombre tenía repercusión de leyenda- se acercó a un fogón, tomó una guitarra y punteando con su única mano cantó
“Dicen que Clavero ha muerto,
y en San Juan es sepultado.
No lo lloren a Clavero,
Clavero ha resucitado”
El entusiasmo de los gauchos fue estruendoso, tanto que sus ecos retumbaron en Buenos Aires, donde los diarios se preguntaban por qué no se cumplió la sentencia contra el coronel federal, y quién era responsable por no haberlo hecho. La noticia de la resurrección de Clavero llegó hasta Inglaterra, donde Rosas, viejo y pobre pero nunca amargado ni ausente de lo que ocurría en su patria, seguía con atención la “guerra de los salvajes unitarios contra el Paraguay” y llegó a esperar que fuera realidad la unión de los pueblos hispánicos “contra los enemigos de la causa americana”. El 7 de marzo de 1867 escribe a su corresponsal y amiga Josefa Gómez (otra ferviente paraguayista), en una carta que se guarda en el Archivo General de la Nación: “Al coronel Clavero, si lo ve V., dígale que no lo he olvidado ni lo olvidaré jamás. Que Dios ha de premiar la virtud de su fidelidad”.
Pero volvamos al Quijote de los Andes, que después del desastre de Pozo de Vargas no se siente vencido. Entra a Jáchal entre el repique de las campanas y el júbilo del pueblo entero. A los pocos días sus fuerzas aumentan con los dispersos que llegan de todos los puntos cardinales y se dispone a marchar por los llanos. En los altos de la marcha, los sobrevivientes cantan la letra original de la zamba de Vargas.
Los “nacionales” vienen
¡Pozo de Vargas!
tienen cañones y tienen
las uñas largas.
¡A la carga muchachos,
tengamos fama!
¡Lanzas contra fusiles!
Pobre Varela,
qué bien pelean sus tropas
en la humareda.
¡Otra cosa sería
armas iguales!
Luego el ejército mitrista se apropiaría de esa música (como se apropiaría de tantas cosas) y le cambiaría la letra a la zamba de Vargas.

El coronel es baqueano de la cordillera. Deja la villa y por escondidos senderos se interna en las montañas para caer por sorpresa en los lugares más inesperados. Es una guerra de recursos, difícil, pero la única posible cuando no se tienen armas y se sabe que la inmensa mayoría de la población le apoyará y seguirá. Como un puma se desliza entre sus perseguidores. No se sabe donde está. Diríase que está en todas partes al mismo tiempo. No es posible arrearse maneado un contingente de “voluntarios” para la guerra del Paraguay, porque los jefes “nacionales” siempre temen que Varela se descuelgue de los cerros y ponga en libertad a los forzados como hizo el otro Quijote, el de la Mancha, con los galeotes. Pero estos no le pagarán a pedrada limpia, sino que se le unen para seguir la lucha imposible por la alianza con las repúblicas de la misma sangre. Cuerpeando las divisiones nacionales, Varela se desliza por los pasos misteriosos de la cordillera. En octubre, mientras se lo supone en San Juan y se lo espera en Catamarca, Varela baja de la cordillera con mil guerrilleros, esquiva a los “nacionales” que han corrido a cerrarle el paso, y al galope va a Salta donde espera proveerse de armas y alimentos. Toma la ciudad por una hora escasa (aunque los defensores contaban con 225 entre escopetas y rifles contra 40 de las montoneras). De allí siguió a Jujuy y por la quebrada de Humahuaca llegó a Bolivia, donde Melgarejo –en ese momento simpatizante del Paraguay- le dio asilo. En Potosí, Varela publicará un manifiesto explicando su conducta y prometiendo el regreso.
Cuando Mitre terminó su presidencia y lo reemplaza el candidato opositor Sarmiento (si bien era el máximo culpable de la muerte del Chacho –o tal vez por eso- con el apoyo electoral de Urquiza), se esperó por un momento que terminase la guerra con Paraguay. No hubo tal cosa, y eso decide el regreso de Varela. (También que Melgarejo ha cambiado de opinión y ahora está muy amigo de Brasil). El coronel, con escasos seguidores y sin armas de fuego, toma el camino de Antofagasta. Su hueste no alcanza a cien gauchos. La “invasión” amedrenta en Buenos Aires, que manda al general Rivas, al coronel Julio A. Roca y a Navarro a acabar definitivamente con el ejército gaucho. No tremolará mucho tiempo el estandarte de la Unión Americana en la puna de Atacama. Basta un piquete de línea para abatirlo en Pastos Grandes el 12 de enero de 1869. Los dispersos intentan volver a Bolivia, pero Melgarejo lo impide.

Toman entonces el camino de Chile. Dada la fama del caudillo, el gobierno chileno manda un buque de guerra para desarmar al “ejército”. Encuentran un enfermo de tuberculosis avanzada y dos docenas de gauchos desarrapados y famélicos. Les quitan las mulas y los facones y los tienen internados un tiempo. Después los sueltan, vista su absoluta falta de peligro. Varela se instala en Copiapó, donde morirá el 4 de junio de ese año. “Muere en la miseria –informará el embajador Félix Frías al gobierno argentino- legando a su familia que vive en Guandacol, La Rioja, sólo sus fatales antecedentes”.
Pero también debemos decir que Felipe Varela nos dejó a los argentinos –además de su magistral legado de hombría de bien, dignidad y coraje- una creación esencial de nuestro patrimonio cultural, al traer la zamacueca chilena que tocaban los músicos para distraer los ocios y entonar el combate de sus montoneras. Tal vez la tierra argentina y el acento del canto de los gauchos hizo mucho más lánguidos sus compases. Lo cierto es que en los fogones de Jáchal y en los llanos riojanos nacerá la zamba, que rápidamente se extenderá por toda la región.