Rosas

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viernes, 28 de marzo de 2014

Yapeyú, en las Misiones Jesuíticas

 Por Guillermo Furlong S.J. (1889-1974)

Entendemos por "misiones jesuíticas" las diversas agrupaciones de pueblos estables, poblados por indígenas y gobernados espiritualmente por religiosos de la Compañía de Jesús. Tales fueron, en el virreinato del Río de la Plata, las misiones de lules, tobas, abipones, mocobíes, serranos y pampas, guaycurúes, chiquitos y guaraníes. Las primeras misiones que entablaron los jesuitas entre los sanavirones, matarás y tonocotes, fueron iniciadas por los padres Francisco Angulo y Alonso Barzana, en 1585. Fueron intestables, igual que las primeras que pocos años después iniciaron en las regiones del Guayrá los padres Tomás Fiels y José Ortega.  En 1605 llegó procedente del Perú el Padre Diego de Torres, y dos años más tarde quedó fundada la Provincia Jesuítica del Paraguay. Hallándose en la Asunción, conferenció con el gobernador Hernandarias y con el obispo Lizárraga sobre los mejores medios de realizar la conquista espiritual, y, con el beneplácito de ambas autoridades, emprendió tres misiones: la de los guaycurúes, al noroeste de la Asunción; la de los guaraníes, al sur y la de los tapes, al noreste, en la región del Guayrá.
A fines de 1609, el Padre Torres distribuyó sus misioneros, destinando a los guaycurúes a los padres Vicente Grifi y Roque González de Santa Cruz; a los tapes, a los padres José Cataldino y Simón Massetta; a los guaraníes, a los padres Marcial Lorenzana y Francisco de San Martín. El Padre Grifi cayó enfermo y el beato González, después de pasar dos años entre los guaycurúes, se unió con los misioneros de los tapes, quienes, desde el primer momento, comenzaron a fundar pueblos estables.
Los dos misioneros de guaraníes se entrevistaron en diciembre de 1609 con el cacique Arapizandú, y por su intermedio conquistaron las voluntades de otros jefes aborígenes, de suerte que pronto se pusieron los fundamentos de futuras reducciones. Como ya los padres franciscanos operaban en algunas regiones vecinas, pasaron a verles los padres Lorenzana y San Martín. Fray Luis Bolaños los recibió con cariño, les satisfizo sus dudas y les ofreció los apuntes de la lengua guaraní que él había confeccionado.  Como a unas veinte leguas al oriente de las reducciones franciscanas, comenzaron los dos jesuitas las suyas. A principios de 1610 fundaron la reducción de San Ignacio Guazú. En compañía del Padre Diego de Beroa, recorrió después el beato González toda la región existente entre los ríos Paraná y Uruguay y, en 1615, fundaron ambos la reducción de Itapúa o Villa Encarnación. Al beato González se debe la fundación posterior de Concepción, San Nicolás, San Javier y los primeros contactos para crear la reducción de Yapeyú. Fue él también quien entre 1626 y 1628 entabló los pueblos de Candelaria de Gazapaminí, Asunción de Iyuí y de Todos los Santos de Caaró. En esta población murió, el 15 de noviembre de 1628. Mientras estos pueblos surgían al sur, otros se creaban en el Guayrá. En 1610 ya estaban en formación los pueblos de San Ignacio y Loreto, sobre el río Paranapanema, y pocos años después se fundaron los de San Javier de Tayatí, Encarnación de Nantinqui, San José de Tucutí, Concepción y San Pedro de Gualacos, Siete Ángeles de Tayaoba, Santo Tomás y Jesús María.
Las irrupciones de los paulistas, que aprisionaban a los indígenas para venderlos como esclavos, arruinaron estos pueblos. Por tal razón, a mediados del siglo XVII, se concentraron los pueblos tapes y guaraníes en una misma región, aunque naturalmente divididos en dos grupos, pues unos pertenecían al gobierno del Paraguay y otros al del Río de la Plata. Al primero le correspondían los pueblos de San Ignacio Guazú, San Cosme, Itapúa, Candelaria, Santa Ana, San Ignacio Miní, Corpus, Santa María de Fe y Santiago.
 Pertenecían a la jurisdicción de Buenos Aires: San José, San Carlos, San Javier, Mártires, Santa María, Apóstoles, Concepción, Santo Tomé, La Cruz, Yapeyú, San Nicolás y San Miguel.
Fundaron los jesuitas 48 pueblos en cuarenta y dos años, y si la mitad de ellos desaparecieron, no fue por incuria de los misioneros, sino por los frecuentes asaltos de los bandeirantes, provistos de armas de fuego. Durante la segunda mitad del siglo XVII fueron en aumento las reducciones de guaraníes. Sabemos que en 1682, y en jurisdicción de Buenos Aires, había 15 pueblos con 48.491 almas; en 1690 la población ascendió a 77.646 y en 1702, a 114.599 almas.
Yapeyú, o Nuestra Señora de los Reyes Magos de Yapeyú, fue fundación del padre Pedro Romero, en 1627, aunque el beato González había hablado antes con los indígenas de esta región sobre establecer aquí un pueblo. Nada sabemos de las formalidades de su comienzo, pero sí que fue fundada el 4 de febrero de ese año y que, a los pocos meses, visitó esta reducción el provincial Padre Durán Mastrilli, quien informaba: "esta reducción está a orillas del río Uruguay y sobre otro que entra en él, llamado Yapeyú, distante treinta leguas río abajo de Concepción y ciento del puerto de Buenos Aires. De esta reducción comienza propiamente, río arriba, la nación de los indios del Uruguay, que aunque sus tierras corren con el río hasta el de la Plata, están habitadas por los indios charrúas, yaros y otras naciones. Por eso juzgué siempre de suma importancia - agrega el P. Mastrilli- que ocupara la Compañía de Jesús este puesto, porque aseguraba, por suya, la conversión de toda esta provincia y del río Ibicuytí, que también es parte de ella, y nos hacíamos señores del paso para subir o bajar a Buenos Aires."
En lo referente a su población, fue Yapeyú un caso único, ya que el aumento de la misma fue constante, a lo menos desde 1711 hasta 1768. Para esa época la población estable era de unos 8.000 indígenas y la alimentación que llegó a producir no solamente sirvió a este pueblo, sino también para los otros 29 pueblos de esta provincia religiosa. Yapeyú llegó a ser el mercado ganadero más grande que jamás se ha visto en estas tierras.
La Estancia Grande de Yapeyú comprendía, al oriente del río Uruguay, los actuales departamentos de Artigas, Salto, Paysandú, Río Negro y Tacuarembó. La Estancia Chica, próxima al pueblo de Yapeyú, al oeste del Uruguay, se medía por 50 y 150 kilómetros. Allí había en 1768, propiedad del pueblo, 48.116 vacunos, mientras el ganado de la inmensa estancia uruguaya ascendía a 800.000 cabezas de animales.
Siendo Yapeyú el más grande centro ganadero rioplatense, no todos los animales se faenaban en esa reducción ni en sus cercanías, pues se llevaban a pie a las diversas otras reducciones. Sabemos que la zapatería fue una de las dos grandes industrias yapeyuanas, exportándose sus hechuras hasta Chile y Perú. La otra industria, con tremenda pujanza cultural, fue la fabricación de toda clase de instrumentos musicales: órganos, arpas, violines, trompas, cornetas y chirimías, los que también se exportaban a las otras reducciones y a las ciudades españolas del virreinato. El Padre Antonio Sepp, gran músico, fue quien dio el mayor impulso a la fabricación de los instrumentos. No bien arribó este jesuita a Buenos Aires, fue destinado precisamente a Yapeyú y a los dos años de su arribo pudo escribir: "este año de 1692 he formado a los siguientes futuros maestros de música: 6 trompetas, 3 buenos diorbodistas, 4 organistas, 30 tocadores de chirimías, 18 de cornetas, 10 de fagote. No avanzan tanto, como yo deseo, los 8 discantistas, aunque progresan a lo menos algo cada día."
Cuando en 1768 fueron desterrados los misioneros jesuitas, hallábanse las misiones en un período de prosperidad. Reemplazados por religiosos de diversas órdenes, ignorantes del idioma guaraní todos ellos y contrarios a la labor misionera algunos, no es de extrañar que en poco tiempo se perdiera toda la labor anterior. A la par de los religiosos, envió el gobernador Bucarelli toda una legión de administradores, lo cierto es que la población indígena decreció sensiblemente. Al salir los jesuitas había 88.864 almas; en el año 1801, solamente 42.885; en 1814, ya en época independiente, la población indígena de los 23 pueblos no pasaba de 21.000.
El gobernador Bucarelli, confió a Juan de San Martín, padre del futuro Libertador, la ocupación de la estancia Calera de las Vacas - después conocida por Calera de las Huérfanas- que dependía del colegio de Belén, de Buenos Aires, y estaba ubicada en el suroeste del Uruguay. El 13 de diciembre de 1774, el ilustre hijo de Cérvatos de la Cueza fue nombrado Teniente Gobernador del departamento de Yapeyú.

martes, 18 de marzo de 2014

Oración fúnebre en el sepelio de Hipólito Yrigoyen

Por Ricardo Rojas

Yo habría preferido no hablar ahora y perderme como uno más entre la muchedumbre, cuyo silencio de abismo y cuyo rumor de océano es superior, en casos tales, a todo empeño de elocuencia; pero traigo mandatos irrenunciables y he de saber cumplirlos con el laconismo forzoso de quien debe ceder la tribuna a tantos otros intérpretes de la emoción popular en la solemne ocasión que aquí nos congrega.
El azar ha querido que al morir Hipólito Yrigoyen me invistieran de su representación las diversas regiones del interior argentino, si como para hacer oír su voz en el ágora metropolitana del sepelio, buscaran el acorde de la patria común las varias tonadas de nuestro federalismo, que hallaron al fin en aquel gran caudillo porteño al forjador de la nueva unidad nacional, no como antes por pactos de Estados, sino por hermandad de corazones en la solidaria empresa de un mismo ideal político.
Digo esto porque me ha dado la misión de hablar en esta ceremonia la Universidad del Litoral, fundada para reunir a la juventud estudiosa de las tres provincias que baña el Paraná, y me la han dado también los radicales de Santiago, donde clarea entre la selva del centro, la más vieja ciudad argentina; y los de San Juan de Cuyo, donde al pie de los Andes está la casa de Sarmiento; y los de Jujuy, en la frontera del Norte, donde se custodia el estandarte que, al donarlo a Jujuy, Belgrano llamó “la bandera de nuestra libertad civil”.
Hay en esta simple enumeración de las gentes y lugares que envían por mi voz su mensaje, algo así como una visión total de la patria; panoramas de sus ríos, sus pampas y sus montes; evocación de las leyendas heroicas, milicia actual de la ciudadanía, presagios de la nueva esperanza y todo ello debe ser evocado en este momento para dar homenaje al ámbito espiritual que corresponde a su grandeza.
Porque no hemos venido aquí para llorar la inhumación de un anciano, sino para cantar la apoteosis de un patriarca. Estos son funerales de epopeya y todo aquí ha de tener el temple del prócer y de su pueblo. Si “la bandera de nuestra libertad civil” está enlutada, lo está por su muerte; pero también por la muerte de las libertades argentinas. Cese aquí el llanto, puesto que aún andamos, como antes andaba él, en la noble batalla.
Tampoco hemos venido aquí para argumentar el panegírico, ni para litigar con los que pretenden tasarle la fama en centímetros de necrología o en burocráticos distingos de honores. No se trata aquí de “honores”, sino de honor. Tramiten ellos su papelería, mientras él entra en la inmortalidad, que es el amor del pueblo a quien tanto sirvió. Han estado estos tres años mordiéndolo con saña para deshacerlo, y aún no saben que mordían un bronce.
Muchas veces en el curso de su larga existencia, lo coronó con sus palmas la victoria; pero faltábale a Yrigoyen la corona de zarzas del dolor injusto, y ésa llegó para su frente en la hora de la ancianidad, tornando más conmovedora su silueta de apóstol. Así ha entrado en la muerte, que para él es la inmortalidad, con su destino plenamente realizado. Y ahora, con más razón que antes, no podrá ser olvidado por la patria que amó.
Americano prototípico, amigo de la paz sentimental, asceta en la vida, rústico en el ensueño generoso, el secreto de la popularidad de Yrigoyen fue un sentimiento de amor, y éste era también el secreto de su gloria póstuma, que ya ha comenzado. Amó a la patria con un amor cristiano, y por eso la amó, no con símbolos ni abstracciones sino en la carne sufrida del pueblo.
Tal sentimiento, servido por un recio carácter y orientado por una certera intuición, explica las complejidades de su personalidad y el éxito de su empresa política. Por eso, ni el derrocamiento ni la calumnia pudieron vencerlo. Más alto que el odio y el poder, cerníase aquel ideal inmarcesible.
Este gran caudillo criollo –criollo cabal– ha prestado a la Argentina cosmopolita y mercantil de los últimos cuarenta años, un servicio de orden espiritual más valioso que dos presidencias, y es el de haber aglutinado en la Unión Cívica Radical a los argentinos de todas las regiones y de todas las clases, superando las desarmonías étnicas en una cohesión nacionalista, y soldando las generaciones nuevas en la tradición histórica de nuestra democracia.
Con ese galardón heroico ha entrado en la inmortalidad; y al trasponer el río de la muerte, que imaginaban los antiguos sobre la pradera de Asfódelos en que vagan los manes, se adelantarán los fundadores de la patria para recibirlo. El les dirá por qué la Argentina yace hoy cubierta de sombras; pero también les dirá que tras de su paso por la tierra nativa queda aquí un partido exultante de fervor religioso para continuar la hazaña de los fundadores.
Yo que no conocí a Yrigoyen en los tiempos de su fabuloso poderío, que no visité sus antesalas, que no recibí sus favores, que disentí con algunos de sus actos; yo que he dedicado mi vida al esclarecimiento de la argentinidad y que, inspirado por ella y por amor al pueblo despojado, ingresé en la milicia radical cuando sobrevino su caída, puedo decir a nuestros adversarios que no se engaña a un pueblo con gacetillas, porque los pueblos tienen una misteriosa manera de saber la verdad, y que no se defrauda la historia con decretos de honores, porque la historia rasga siempre las sombras del error, del interés o del odio contemporáneo, para decir a la posteridad: ¡Esto fue así!
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Ricardo Rojas, rector de la Universidad de Buenos Aires

El eternauta


El 4 de septiembre de 1957 la legendaria revista Hora Cero comenzó a publicar en entregas semanales durante dos años El Eternauta, la historieta más exitosa, famosa, gloriosa y espectacular que haya sido creada en la Argentina, que trascendió la ciencia ficción hasta convertirse en un verdadero ícono de la cultura nacional y en símbolo profético de nuestra historia reciente; y también en genial metáfora de nuestro tiempo, aleccionadora sobre los mecanismos de dominación y sobre la fuerza del espíritu de la solidaridad. El guionista Héctor Germán Oesterheld (1917-1977) escribió en el prólogo de su presentación: “El verdadero héroe de El Eternauta es un héroe colectivo, un grupo humano. Refleja así, aunque sin intención previa, mi sentir más íntimo: el único héroe válido es el héroe en grupo, nunca el héroe individual, el héroe solo”.
La historieta, dibujada por Francisco Solano López (1928), comenzaba en una casita de Vicente López en la que cuatro amigos jugaban al truco, cuando de pronto empieza a nevar y todos los que eran tocados por esos extraños copos fluorescentes morían de inmediato. El encierro salvó a los amigos, que se contaron entre los escasos sobrevivientes. Como dijo Favalli, el profesor de física, “la ley de la civilización quedó sepultada bajo la nevada mortal”. Pero para sorpresa de todos, la catástrofe apenas resultó el anuncio de una invasión extraterrestre que buscaba someter al planeta. Juan Salvo, un hombre común, se convierte en jefe de la resistencia contra el poder infame y tecnológicamente superior de los Ellos -que nunca muestran su rostro- y sus terribles ejércitos: los cascarudos, los gurbos, los hombres-robot manejados por los Manos, a quienes le inyectan al nacer la glándula del miedo para asegurarse su fidelidad. La ciudad de Buenos Aires, con todos sus detalles reconocibles -la rotonda de la General Paz, las barrancas de Belgrano, el Monumental, Plaza Italia, la avenida Santa Fe, la Plaza Congreso donde se había instalado el comando invasor-, terminó siendo escenario de tremendos enfrentamientos que dejaban muertos y desaparecidos, como ocurriría realmente dos décadas más tarde. El lenguaje poético de la historieta fue una oda al coraje y a los valores humanos.

En los ‘70 Oesterheld (con el nombre de Germán) y sus cuatro hijas mujeres ingresaron en la organización armada Montoneros.
Hasta que volvió a nevar en Buenos Aires.
Primero fue su hija Beatriz en junio de 1976: quince días después de su desaparición, su cadáver fue entregado por la policía. Inmediatamente, el resto de los miembros de la familia se ocultaron, salvo Elsa, la madre. Un mes más tarde, en Tucumán, desapareció su hija Diana junto a su marido Raúl; para más, estaba embarazada de seis o siete meses. En un acto de condescendencia, el niño no fue asesinado sino ingresado en el Hospital de Niños; luego sería recuperado por los abuelos paternos. El 27 de abril de 1977, un año después de haber desaparecido la primera hija, en La Plata, cayó el padre, Héctor Germán Oesterheld. Tenía casi 60 años y lo llamaban “El viejo”. Hay numerosos testigos que declararon que lo vieron con un grupo de intelectuales en el campo de concentración conocido como Vesubio y más tarde en el denominado Sheraton. En diciembre de ese mismo año un grupo de tareas ingresó en la casa de su hija mayor Estela; la asesinaron junto a su marido, a quemarropa, delante de su hijo de tres años. Y al mismo tiempo su última hija, Marina, la más joven, embarazada en el octavo mes, fue “desaparecida”. Este otro nieto también sobrevive.
Se cree que Oesterheld murió en Mercedes, población bonaerense cercana a la capital porteña, el primer trimestre de 1978. Se supo de las torturas que hasta entonces había sufrido y de su firmeza frente a los represores. Aún llevaba un brazo en cabestrillo, como secuela de una fractura. Se asegura que al igual que El Eternauta, quien rechazaba sin vacilar las propuestas de los Ellos (”ustedes, hombres, tienen una sola esperanza de salvación: si no quieren la aniquilación total pueden entregarse voluntariamente y haremos de ustedes hombres robot”), el genial guionista también supo resistir con dignidad, el día que por fin los Ellos le mostraron su rostro verdadero.
Claro que todavía queda en pie la pregunta de Juan Salvo de 1957: “Cuando venga la reflexión y se den cuenta cabal de lo que ha sucedido, ¿cómo haré para mitigarles la pena?”.
H.G.O.

Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López

Curupaytí

Por Agenda de Reflexión
El 22 de septiembre de 1866, Bartolomé Mitre, general en jefe de la Triple Alianza, ordenó el asalto a la formidable posición fortificada enemiga de Curupaytí con 9.000 soldados argentinos y 8.000 brasileños, la flor y nata del ejército, el apoyo del cañoneo de la escuadra imperial y la cooperación de las fuerzas orientales de Venancio Flores. De toda la guerra del Paraguay ésta es la primera batalla planeada por Mitre y también la primera (y única) dirigida directamente por él; después sus panegiristas tendrán que esmerarse mucho para equiparar sus capacidades como político y escritor a sus aptitudes militares. El mariscal Francisco Solano López destinó a su mejor hombre de guerra, el general Díaz, vencedor de Estero Bellaco y Boquerón, que preparó en poco tiempo la defensa del campo, cortando árboles (abatíes) dispuestos por sus enormes raíces para dentro, ocultando unas 50 bocas de fuego.
La orden de ataque se había demorado por una torrencial lluvia de varios días que dejó el terreno convertido en un pantano. Lo cierto es que cuando se lanzaron los 17.000 aliados a la carga a bayoneta sobre las fortificaciones, en avance franco y a pecho descubierto, los cañones paraguayos ocultos entre los abatíes hicieron estragos. Los infantes chapoteando barro resultaron un blanco servido para el fuego a boca de jarro de los paraguayos que ellos no veían. Cuando inexplicablemente tarde se dio el toque de retirada, el campo de batalla hecho un fangal frente a Curupaytí quedó sembrado con 10.000 cadáveres argentinos y brasileños tendidos. Las bajas paraguayas fueron 92.
El emperador debió gestionar amistosamente que Mitre volviese a su país porque en las provincias del Oeste se habían levantado nuevamente las montoneras. Nunca se supo si la insinuación de la licencia fue nada más que por alejarlo de los campos de batalla. Porque efectivamente por los llanos de La Rioja se volvía a galopar como en los tiempos de Facundo o los más recientes del Chacho Peñaloza: Felipe Varela, el Quijote de los Andes, había enarbolado su proclama revolucionaria.
En la sangrienta batalla de Curupaytí el impacto de un casco de granada le destrozó la mano derecha a un ciudadano argentino alistado hacía unos meses como voluntario. Evacuado a Corrientes, la amenaza de la gangrena obligó a amputarle el brazo por encima del codo. Se trataba de un joven dibujante y cronista de 26 años, teniente segundo del ejército, que se llamaba Cándido López y, al igual que Macedonio Fernández, es tradición citarlo por su nombre de pila. Menos de un año después cumplió su promesa de enviarle al médico que le amputó el brazo un óleo suyo fruto de una prodigiosa reeducación de su mano izquierda. Alrededor de 1870 empieza a pintar con su única mano inhábil los óleos sobre la guerra del Paraguay -según los apuntes y bocetos a lápiz que había tomado in situ-, que han de ocuparlo casi por entero hasta su muerte y que lo convertirán en el artista americano más original del siglo XIX.
Cándido nace en Buenos Aires en 1840 y aquí estudia con Carlos Descalzo y Baidasarre Verazzi. Viaja y reside en varios pueblos del interior bonaerense trabajando en retratos al daguerrotipo hasta que se alista en San Nicolás en el ejército. Al volver de la guerra se casa en Buenos Aires con Emilia Magallanes, con quien tuvo doce hijos. Muere en 1902 y es enterrado en el Panteón de los Guerreros del Paraguay, de cuyo círculo fue socio fundador.
El “manco de Curupaytí” se automarginó del circuito de arte de su época y sus debates, y su estilo, tildado tantas veces de naïf, nada tuvo en común con los preceptos de moda entonces, ejemplificados en las obras de Blanes, Sívori y Schiaffino. Las imágenes bélicas de Cándido obvian por completo la construcción de próceres (tan cercana a la narrativa mitrista) para poner en escena héroes anónimos, cientos de personajes cuyas identidades no se amparan en ningún prohombre, sino por el contrario desnudan las huellas de otra batalla, individual, en la cual la materia primera fue su memoria sensible. La guerra de Cándido es, ante todo, un combate que ocurrió dentro de su cerebro, y sus recuerdos responden invariablemente a la cosa mentale que tanto propugnara Leonardo da Vinci y los conceptualistas del siglo XX.
También, en Curupaytí perdió la vida Dominguito, hijo adoptivo de Domingo F. Sarmiento. En 1944 se estrenó la película Su mejor alumno, dirigida por Lucas Demare, guión de Ulises Petit de Murat y Homero Manzi, y protagonizada por Enrique Muiño y Angel Magaña. Demare fue uno de los directores más importantes de la cinematografía nacional, un referente en la historia del cine, autor de La guerra gaucha, Pampa bárbara, El viejo Hucha, Los isleros, El último perro, Hijo de hombre y treinta títulos más. Según los especialistas y críticos, la escena de la batalla donde en actitud heroica Dominguito pierde la vida -con 5.000 extras- no fue superada en la historia del cine épico nacional.

La Reforma Universitaria

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En junio de 1918 irrumpió en la tradicional Universidad de Córdoba una protesta estudiantil que se extendió a las demás casas de altos estudios y que tuvo una notoria repercusión en otras naciones americanas. La Reforma Universitaria fue un detonante de gran magnitud intelectual cuyas esquirlas alcanzó al gobierno de Hipólito Yrigoyen, derrocó a la cúpula de la universidad mediterránea y destronó definitivamente un sistema de enseñanza superior en el que primaba el poder de decisión de una logia de profesores vinculada «fraternalmente» a «Corda Frates», una sociedad semi-secreta que imperaba en lo académico con el visto bueno de los jesuitas.
A grandes rasgos, la Reforma Universitaria del 18 propugnó:
* Autonomía universitaria, con el objeto de mantener la independencia ante regímenes de gobierno de cualquier signo.
* Gobierno universitario con participación de todos los sectores, profesores, estudiantes, personal no docente y graduados.
* Cátedras obtenidas en concursos periódicos y públicos de oposición.
* Libre asistencia a clases de acuerdo con el criterio de los estudiantes.
* Formación de centros únicos por facultad, con agremiación automática de los estudiantes. En el seno de estos centros pueden funcionar agrupaciones que en elecciones periódicas se disputan el gobierno de los mismos.
* En el campo político, la Reforma se definió como antiimperialista, antimilitarista, anticlerical y antioligárquica.
* El movimiento reformista levantó como bandera el ingreso irrestricto a la universidad, con igualdad de oportunidades para todos.
Esta primera reforma puede leerse como la antesala de la emergencia de grandes cambios sociales enmarcados en una etapa de transformaciones mundiales, resultado de la lucha imperialista de la primera guerra mundial. Asimiló procesos históricos anteriores, y con ello la mirada de lo latinoamericano, dado que esa chispa que se inició en la universidad de Córdoba, una de las más tradicionales y con mayor peso de la cúpula eclesiástica anquilosada, se generalizó en todas las universidades latinoamericanas y permitió que surgieran nuevos intelectuales orgánicos de ese proceso, como Mariátegui en Perú y Julio Mella en Cuba.
Hoy la Universidad necesita vivir una nueva reforma universitaria latinoamericana que profundice sus gritos de libertad de cátedra, de independencia y autonomía en lo teórico, que se expresan en la capacidad de desarrollar pensamiento propio, parados desde las necesidades y problemas emergentes de la nueva época.
La Universidad debe cumplir el rol de pensarse, de reconocerse en la historia de las luchas por mayor independencia y autonomía de la Nación, por ganar en capacidad de generar pensamiento propio y madurar siendo parte de un proyecto latinoamericanista. La nueva hora latinoamericana y universitaria requiere de la majestuosidad de las grandes hazañas y de las voluntades colectivas, enfrentando a los saqueadores de nuestras riquezas, y recuperando el valor por las epopeyas e ideas de grandeza como las plantearon San Martín y Bolívar.
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Hace noventa años se lanzó el siguiente manifiesto, atribuido al estudiante avanzado Deodoro Roca.
La Juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sudamérica [Manifiesto de Córdoba], 21 de junio de 1918
Hombres de una República libre, acabamos de romper la última cadena que, en pleno siglo XX, nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que quedan son las libertades que faltan. Creemos no equivocarnos, las resonancias del
corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana.
La rebeldía estalla ahora en Córdoba y es violenta porque aquí los tiranos se habían ensoberbecido y era necesario borrar para siempre el recuerdo de los contrarrevolucionarios de Mayo. Las universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos y —lo que es peor aún— el lugar donde todas las formas de tiranizar y de
insensibilizar hallaron la cátedra que las dictara. Las universidades han llegado a ser así fiel reflejo de estas sociedades decadentes que se empeñan en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil. Por eso es que la ciencia frente a estas casas mudas y cerradas, pasa silenciosa o entra mutilada y grotesca al servicio burocrático.
Cuando en un rapto fugaz abre sus puertas a los altos espíritus es para arrepentirse luego y hacerles imposible la vida en su recinto. Por eso es que, dentro de semejante régimen, las fuerzas naturales llevan a mediocrizar la enseñanza, y el ensanchamiento vital de organismos universitarios no es el fruto del desarrollo orgánico, sino el aliento de la periodicidad revolucionaria.
Nuestro régimen universitario —aún el más reciente— es anacrónico. Está fundado sobre una especie de derecho divino; el derecho divino del profesorado universitario. Se crea a sí mismo. En él nace y en él muere. Mantiene un alejamiento olímpico. La federación universitaria de Córdoba se alza para luchar contra este régimen y entiende que en ello le va la vida. Reclama un gobierno estrictamente democrático y sostiene que el demos universitario, la soberanía, el derecho a darse el gobierno propio radica principalmente en los estudiantes. El concepto de autoridad que corresponde y acompaña a un director o a un maestro en un hogar de estudiantes universitarios no puede apoyarse en la fuerza de disciplinas extrañas a la sustancia misma de los
estudios. La autoridad, en un hogar de estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo y amando: enseñando.
Si no existe una vinculación espiritual entre el que enseña y el que aprende, toda enseñanza es hostil y por consiguiente infecunda. Toda la educación es una larga obra de amor a los que aprenden. Fundar la garantía de una paz fecunda en el artículo conminatorio de un reglamento o de un estatuto es, en todo caso, amparar un régimen
cuartelario, pero no una labor de ciencia. Mantener la actual relación de gobernantes a gobernados es agitar el fermento de futuros trastornos. Las almas de los jóvenes deben ser movidas por fuerzas espirituales. Los gastados resortes de la autoridad que emana de la fuerza no se avienen con lo que reclaman el sentimiento y el concepto
moderno de las universidades. El chasquido del látigo sólo puede rubricar el silencio de los inconscientes o de los cobardes. La única actitud silenciosa, que cabe en un instituto de ciencia es la del que escucha una verdad o la del que experimenta para crearla o comprobarla.
Por eso queremos arrancar de raíz en el organismo universitario el arcaico y bárbaro concepto de autoridad que en estas casas de estudio es un baluarte de absurda tiranía y sólo sirve para proteger criminalmente la falsa dignidad y la falsa competencia. Ahora advertimos que la reciente reforma, sinceramente liberal, aportada a la Universidad de Córdoba por el doctor José Nicolás Matienzo no ha inaugurado una democracia universitaria; ha sancionado el predominio de una casta de profesores. Los intereses creados en torno de los mediocres han encontrado en ella un inesperado apoyo. Se nos acusa ahora de insurrectos en nombre de un orden que no discutimos, pero que nada tiene que hacer con nosotros. Si ello es así, si en nombre del orden se nos quiere seguir burlando y embruteciendo, proclamamos bien alto el derecho a la insurrección. Entonces la única puerta que nos queda abierta a la esperanza es el destino heroico de la juventud. El sacrificio es nuestro mejor estímulo; la redención
espiritual de las juventudes americanas nuestra única recompensa, pues sabemos que nuestras verdades lo son —y dolorosas— de todo el continente. ¿Que en nuestro país una ley —se dice—, la ley de Avellaneda, se opone a nuestros anhelos? Pues a reformar la ley, que nuestra salud moral lo está exigiendo.
La juventud vive siempre en trance de heroísmo. Es desinteresada, es pura. No ha tenido tiempo aún de contaminarse. No se equivoca nunca en la elección de sus propios maestros. Ante los jóvenes no se hace mérito adulando o comprando. Hay que dejar que ellos mismos elijan sus maestros y directores, seguros de que el acierto ha de coronar sus determinaciones. En adelante, sólo podrán ser maestros en la
república universitaria los verdaderos constructores de almas, los creadores de verdad, de belleza y de bien.
Los sucesos acaecidos recientemente en la Universidad de Córdoba, con motivo de la elección rectoral, aclaran singularmente nuestra razón en la manera de apreciar el conflicto universitario. La federación universitaria de Córdoba cree que debe hacer conocer al país y a América las circunstancias de orden moral y jurídico que invalidan el acto electoral verificado el 15 de junio. Al confesar los ideales y principios que mueven a la juventud en esta hora única de su vida, quiere referir los aspectos locales del conflicto y levantar bien alta la llama que está quemando el viejo reducto de la opresión clerical. En la Universidad Nacional de Córdoba y en esta ciudad no se han presenciado desórdenes; se ha contemplado y se contempla el nacimiento de una verdadera revolución que ha de agrupar bien pronto bajo su bandera a todos los hombres libres del continente. Referiremos los sucesos para que se vea cuánta razón nos asistía y cuánta vergüenza nos sacó a la cara la cobardía y la perfidia de los
reaccionarios. Los actos de violencia, de los cuales nos responsabilizamos íntegramente, se cumplían como en el ejercicio de puras ideas. Volteamos lo que representaba un alzamiento anacrónico y lo hicimos para poder levantar siquiera el corazón sobre esas ruinas. Aquéllos representan también la medida de nuestra indignación en presencia de la miseria moral, de la simulación y del engaño artero
que pretendía filtrarse con las apariencias de la legalidad. El sentido moral estaba obscurecido en las clases dirigentes por un fariseísmo tradicional y por una pavorosa indigencia de ideales.
El espectáculo que ofrecía la asamblea universitaria era repugnante. Grupos de amorales deseosos de captarse la buena voluntad del futuro rector exploraban los contornos en el primer escrutinio, para inclinarse luego al bando que parecía asegurar el triunfo, sin recordar la adhesión públicamente empeñada, el compromiso de honor
contraído por los intereses de la universidad. Otros —los más— en nombre del sentimiento religioso y bajo la advocación de la Compañía de Jesús, exhortaban a la traición y al pronunciamiento subalterno. (¡Curiosa religión que enseña a menospreciar el honor y deprimir la personalidad! ¡Religión para vencidos o para esclavos!). Se había obtenido una reforma liberal mediante el sacrificio heroico de una juventud. Se creía haber conquistado una garantía y de la garantía se apoderaban los únicos enemigos de la reforma. En la sombra los jesuitas habían preparado el triunfo de una profunda inmoralidad. Consentirla habría comportado otra traición. A la burla respondimos con la revolución. La mayoría representaba la suma de la represión, de la ignorancia y del vicio. Entonces dimos la única lección que cumplía y, espantamos para siempre la amenaza del dominio clerical.
La sanción moral es nuestra. El derecho también. Aquéllos pudieron obtener la sanción jurídica, empotrarse en la ley. No se lo permitimos. Antes de que la iniquidad fuera un acto jurídico, irrevocable y completo, nos apoderamos del salón de actos y arrojamos a la canalla, sólo entonces amedrentada, a la vera de los claustros. Que esto es cierto, lo patentiza el hecho de haber, a continuación, sesionado en el propio salón de actos la federación universitaria y de haber firmado mil estudiantes sobre el mismo pupitre rectoral, la declaración de huelga indefinida.
En efecto, los estatutos reformados disponen que la elección de rector terminará en una sola sesión, proclamándose inmediatamente el resultado, previa lectura de cada una de las boletas y aprobación del acta respectiva. Afirmamos, sin temor de ser rectificados, que las boletas no fueron leídas, que el acta no fue aprobada, que el rector no fue proclamado, y que, por consiguiente, para la ley, aún no existe rector de esta universidad.
La juventud universitaria de Córdoba afirma que jamás hizo cuestión de nombres ni de empleos. Se levantó contra un régimen administrativo, contra un método docente, contra un concepto de autoridad. Las funciones públicas se ejercitaban en beneficio de
determinadas camarillas. No se reformaban ni planes ni reglamentos por temor de que alguien en los cambios pudiera perder su empleo. La consigna de «hoy para ti, mañana para mí», corría de boca en boca y asumía la preeminencia de estatuto universitario. Los métodos docentes estaban viciados de un estrecho dogmatismo, contribuyendo a mantener a la universidad apartada de la ciencia y de las disciplinas
modernas. Las elecciones, encerradas en la repetición interminable de viejos textos, amparaban el espíritu de rutina y de sumisión. Los cuerpos universitarios, celosos guardianes de los dogmas, trataban de mantener en clausura a la juventud, creyendo que la conspiración del silencio puede ser ejercitada en contra de la ciencia. Fue entonces cuando la oscura universidad mediterránea cerró sus puertas a Ferri, a Ferrero, a Palacios y a otros, ante el temor de que fuera perturbada su plácida ignorancia. Hicimos entonces una santa revolución y el régimen cayó a nuestros golpes.
Creímos honradamente que nuestro esfuerzo había creado algo nuevo, que por lo menos la elevación de nuestros ideales merecía algún respeto. Asombrados, contemplamos entonces cómo se coaligaban para arrebatar nuestra conquista los más crudos reaccionarios.
No podemos dejar librada nuestra suerte a la tiranía de una secta religiosa, ni al juego de intereses egoístas. A ellos se nos quiere sacrificar. El que se titula rector de la Universidad de San Carlos ha dicho su primera palabra: «Prefiero antes de renunciar que quede el tendal de cadáveres de los estudiantes». Palabras llenas de piedad
y de amor, de respeto reverencioso a la disciplina; palabras dignas del jefe de una casa de altos estudios. No invoca ideales ni propósitos de acción cultural. Se siente custodiado por la fuerza y se alza soberbio y amenazador. ¡Armoniosa lección que acaba de dar a la juventud el primer ciudadano de una democracia universitaria! Recojamos la lección, compañeros de toda América; acaso tenga el sentido de un presagio glorioso, la virtud de un llamamiento a la lucha suprema por la libertad; ella nos muestra el verdadero carácter de la autoridad universitaria, tiránica y obcecada, que ve en cada petición un agravio y en cada pensamiento una semilla de rebelión.
La juventud ya no pide. Exige que se le reconozca el derecho a exteriorizar ese pensamiento propio en los cuerpos universitarios por medio de sus representantes. Está cansada de soportar a los tiranos. Si ha sido capaz de realizar una revolución en las conciencias, no puede desconocérsele la capacidad de intervenir en el gobierno de su propia casa.
La juventud universitaria de Córdoba, por intermedio de su federación, saluda a los compañeros de América toda y les incita a colaborar en la obra de libertad que inicia.
Enrique F. Barros, Horacio Valdés, Ismael C. Bordabehere, presidentes — Gumersindo Sayago — Alfredo Castellanos — Luis M. Méndez — Jorge L. Bazante — Ceferino Garzón Maceda — Julio Molina — Carlos Suárez Pinto — Emilio R. Biagosh — Angel J. Nigro — Natalio J. Saibene — Antonio Medina Allende — Ernesto Garzón
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La "Revolución Libertadora" 1955


Por Juan Domingo Perón
El día 16 de septiembre de 1955, a primera hora, se tuvo conocimiento de que en el interior se habían producido algunos levantamientos.
En Córdoba, habían secuestrado al Director de la Escuela de infantería durante la noche. La Escuela de Artillería sublevada había emplazado los cañones en la tarde anterior con el pretexto de un ejercicio del día siguiente y, con las primeras luces, había abierto el fuego contra el casino de oficiales donde dormían los jefes y oficiales de la Escuela de Infantería.
Esto había producido una gran confusión, repuestos de la cual, se combatía en los alrededores del cuartel de esta última unidad contra efectivos rebeldes de la Escuela Militar de Aviación.-
En Río Santiago, unidades de la Escuela Naval sublevada habían pretendido salir de la base y atacar la ciudad de Eva Perón siendo detenidos por la policía de Buenos Aires, pero permaneciendo en posición en el linde de la base.
En Curuzú Cuatiá (Corrientes), habíase producido un conato de sublevación en la Escuela de Blindados siendo sofocada y dominada inmediatamente.
En Puerto Belgrano, base naval de Bahía Blanca, no había novedad, aunque se supo que la Aviación Naval estaba en movimiento.
La escuadra efectuaba ejercicios en la zona sud de la República (Golfo Nuevo, Chubut) y no se tenía noticias sobre su actitud. En la Capital federal como en las demás guarniciones militares la situación era tranquila.
Desde las primeras horas del día 16 permanecimos en el Comando en jefe de las fuerzas de represión en el edificio del Ministerio de Ejército, con el Ministro Lucero, el Comandante en Jefe del Ejército, General José Domingo Molina y el jefe de operaciones General Ymaz ( este nombre lo hallaremos más adelante).
Tanto el Ministro de Ejército como el Comandante en Jefe eran de opinión que se trataba de una acción descabellada que sería conjurada en pocas horas, pues fracaso el intento de Curuzú Cuatiá se luchaba en Río Santiago y en Córdoba en buenas condiciones, la concurrencia de otras tropas hacia esos focos, aseguraba el éxito para los días siguientes.
El día 17 de septiembre, la situación general era absolutamente favorable, si bien continuaba la lucha en Córdoba, en Río Santiago se había detenido. Durante ese día se tuvo noticia que la escuadra se había puesto en marcha saliendo de Puerto Madryn hacia el norte. La observación aérea era imposible debido a las condiciones climáticas.
Ya ese día se conoció también que en Puerto Belgrano (Bahía Blanca) se habían producido disturbios entre fuerzas de marinería y la población civil. En la base de submarinos de Mar del Plata se mantenía el orden y era leal al gobierno.
El día 18 a la noche la situación era clara para el comando de represión y lanzadas las unidades concéntricamente hacia los focos de la rebelión, no quedaba más que esperar su llegada para someter a los rebeldes. La enorme superioridad de fuerzas no deja dudas sobre el resultado. Este mismo día se tuvo conocimiento de la defección de los Destacamentos de Montaña de Mendoza y San Juan, pero ello se reduce a que sus jefes se han negado a marchar sobre Córdoba.
En Río Santiago la intervención de la Aviación de Bombardeo ha despejado la situación. La Escuela Naval derrotada por la policía de Buenos Aires y el Regimiento 7 de Infantería, se ha embarcado en un aviso y unos lanchones y ha huido. Allí no hay enemigo.
En Bahía Blanca, las Fuerzas de Infantería de Marina han ocupado la ciudad, pero avanzan hacia allí las fuerzas de la represión, muy obstaculizadas por las fuertes lluvias y hostigadas por la aviación rebelde. Sin embargo, todo es cuestión de tiempo.
La escuadra, según las noticias que se tienen, ha bombardeado la ciudad de Bahía Blanca, destruido las plantas compresoras de gas, las usinas y parte de la población. La ciudad está sin agua, sin gas y sin luz.
La ciudad de Mar del Plata también ha sufrido los efectos del bombardeo intenso de la escuadra y de la aviación rebelde.
El día 18 de septiembre a la noche la escuadra sublevada amenaza con el bombardeo a la ciudad de Buenos Aires y la destilería Eva Perón. Lo primero de una monstruosidad sin precedentes, y lo segundo, la destrucción de diez años de trabajo y la pérdida de cuatrocientos millones de dólares.
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La situación militar era ampliamente favorable, pues desplegadas las fuerzas solo era cuestión de tiempo y de lucha para someter a los focos rebeldes de Córdoba y Bahía Blanca. En la Capital Federal quedaban aún sin emplear la primera división de ejército motorizada, las fuerzas blindadas de Campo de Mayo, el Batallón Buenos Aires y, muchas otras fuerzas absolutamente leales.
Sin embargo me preocupaba la amenaza de bombardeo a la población civil en la que seguramente perderían la vida miles de inocentes que nada tenían que ver con la contienda. Ya había Buenos Aires presenciado la masacre del 16 de junio de 1955, cuando la aviación naval bombardeó la Plaza de Mayo y ametralló las calles atestadas de gente, matando o hiriendo a mansalva al pueblo indefenso. Era de pensar lo que ocurriría en un bombardeo indiscriminado, sobre una ciudad abierta, sometida a la acción combinada de los cañones navales y las bombas aéreas. Las condiciones climáticas eran desfavorables para toda acción defensiva, pues la intensa lluvia hacía imposible toda exploración y acción sobre los barcos.
Me preocupaba también la destrucción de la destilería de petróleo de Eva Perón, una obra de extraordinario valor para la economía nacional y que yo la consideraba como un hijo mío. Yo había puesto el primer ladrillo hacía casi nueve años y yo la había puesto en funcionamiento. Es indudable que, para los demás, no podía tener el mismo valor que para mí.
Influenciaba también mi espíritu la idea de una posible guerra civil de amplia destrucción y recordaba el panorama de una pobre España devastada que presencié en 1939. Muchos me aconsejaron abrir los arsenales y entregar armas y municiones a los obreros que estaban ansiosos de empuñarlas, pero eso hubiera representado una masacre y, probablemente, la destrucción de medio Buenos Aires. Esas cosas uno sabe cómo comienzan pero no en que terminan.
Siempre he pensado que la misión de un gobernante es la custodia de la nación misma. Su objetivo deberá ser siempre el bien de la Patria. Todos los demás objetivos son secundarios frente a éste. Se trataba entonces de elegir la resolución que mejor conformara a ese principio.
En nuestra doctrina habíamos establecido claramente que la escala de valores justicialista era: primero, la Patria; luego, el movimiento y después los hombres. Se trataba simplemente de cumplirlo.
Algunos generales y jefes amigos y leales, se empeñaron en convencerme para que continuara la lucha que, desde el punto de vista militar, era ampliamente favorable. Recuerdo que uno me dijo: “si yo fuera el presidente, continuaba”. “Yo también si fuera el general continuaría”, le contesté.
Otros ensayaron persuadirme con el argumento de salvar la Constitución y la ley afirmando el principio de su acatamiento. Argumento justo pero sofistico. La ley, la Constitución son para la República y no éstas para aquellas. Nada hay superior a la Nación misma. Lo que hay que salvar siempre es el país. Lo demás es secundario frente a él.
Después de una madura reflexión llamé al Ministro de Ejército, General Franklin Lucero, jefe de las fuerzas de represión, y le dije: “Estos bárbaros ya sabemos que no tendrán escrúpulos para hacerlo. Es menester evitar la masacre y la destrucción. Yo no deseo ser factor para que un salvajismo semejante se desate s0obre la ciudad inocente, y sobre las obras que tanto nos han costado levantar. Para sentir esto es necesario saber construir. Los parásitos difícilmente aman la obra de los demás”.
Es indudable que para resolver este difícil momento de la situación debí recurrir a mis últimas energías, pues era más fácil para mí dejar hacer a mis comandos, que oponerme a sus inclinaciones de lucha y a las mías propias. Ya una vez me había encontrado en situación similar, siendo Ministro de Guerra en 1945. En esa ocasión resolví lo mismo: renunciar. Los hechos posteriores me dieron la razón y los mismos camaradas que entonces me instaban a pelear debieron reconocer mi acierto. Espero que en esta ocasión suceda lo mismo. En ese concepto procedí a hacer efectiva mi resolución con la siguiente comunicación:
Nota pasada al Señor Ministro de Ejército, General de División Don Franklin Lucero, en su carácter de Jefe de las fuerzas de represión
Buenos Aires, 18 de septiembre de 1955.-
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Hemos llegado a los actuales acontecimientos guiados sólo por el cumplimiento del deber. Hemos tratado por todos los medios de respetar y hacer respetar la Constitución y la ley. Hemos servido y obedecido sólo los intereses del Pueblo y su voluntad.
Sin embargo, ni la Constitución ni la ley, pueden ser superiores a la Nación misma y sus sagrados intereses.
Si hemos enfrentado la lucha ha sido en contra de nuestra voluntad y obligados ‘por la reacción que la preparó y la desencadenó.
La responsabilidad cae exclusivamente sobre ellos deque que nosotros hemos cumplido el mandato de nuestro irrenunciable deber.
Hace pocos días intenté alejarme del Gobierno si ello era una solución para los actuales problemas políticos. Las circunstancias públicamente conocidas me lo impidieron, aunque sigo pensando e insisto en mi actitud de ofrecer esta solución.
La Decisión del Vice-Presidente y legisladores de seguir mi decisión con las suyas impide en cierta manera la solución constitucional directa. Por otra parte, pienso que es menester una intervención un tanto desapasionada y ecuánime para encarar el problema y resolverlo.
No existe un hombre en el país con suficiente predicamento para lograrlo, lo que me impulsa a pensar en que lo realice una institución que ha sido, es y será una garantía de honradez y patriotismo: el ejército.
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El ejército puede hacerse cargo de la situación, el orden y el gobierno, para construir una pacificación entre los argentinos, empleando para ello la forma más adecuada y más ecuánime.
Creo que ello se impone para defender los intereses superiores de la Nación. Estoy persuadido que el Pueblo y el Ejército aplastarán el levantamiento pero el precio será demasiado cruento y perjudicial para sus intereses permanentes.
Yo, que amo profundamente al Pueblo, sufro un tremendo desgarramiento en mi alma presenciando su lucha y su martirio. No quisiera morir sin hacer el último intento por su tranquilidad y felicidad.
Si mi espíritu de luchador me impulsa a la pelea, mi patriotismo y mi honradez ciudadana me inclinan a todo renunciamiento personal en holocausto a la Patria y al Pueblo.
Ante la amenaza de bombardeos a los bienes inestimables de la Nación y sus poblaciones inocentes, creo que nadie puede dejar de deponer otros intereses y pasiones.
Creo firmemente que esta debe ser mi conducta y no trepido en seguir ese camino. La historia dirá si había razón para hacerlo.
Juan Perón
Inmediatamente la remití al General Lucero quien la leyó por radio y la entregó a publicidad.
El día 19 de septiembre, de acuerdo con el contenido de la nota, el Ministro Lucero formó una junta de generales, encargándoles discutir con los rebeldes la forma de evitar la masacre y la destrucción, para lo cual, si ello era una solución, el Presidente ofrecía su retiro.
La Junta de Generales se reunió el día 19 de septiembre en una larga sesión, interpretando que la nota presidencial era su renuncia. Llamaron a algunos auditores y les solicitaron dictamen al respecto. Según me informaron luego, alguno de ellos interpretó que se trataba de una renuncia y la Junta intentó constituirse en gobierno y hasta expidió un decreto.
Al enterarme de semejante cosa llamé a la Presidencia a los generales de la Junta, el mismo día 19 en la noche, y les aclaré que la nota no era una renuncia sino un ofrecimiento que ellos podían usar en las negociaciones. Les aclaré que si fuera una renuncia estaría dirigida al Congreso de la Nación y no al Ministro de Ejército, que era un Secretario de Estado. Les reafirmé asimismo que el Presidente Constitucional lo era hasta tanto el Congreso le aceptara su renuncia, en caso de presentarla.
La misión de la Junta de Generales era sólo negociadora. Tratándose de un problema de las fuerzas, nadie mejor que ellos para considerarlo y resolverlo ya que, si se tratara de un asunto de opinión, yo lo resolvería en cinco minutos. Los generales aceptaron y salieron de la Presidencia dispuestos a cumplir su misión. Algunos de ellos me merecían confianza.
Llegados los generales al Comando de Ejército, según he sabido después, tuvieron una reunión tumultuosa en la que la opinión de los débiles e indecisos fue dominada por los que ya estaban inclinados a defeccionar por conveniencia.
Supimos luego que el Comando en Jefe del Ejército de represión, estaba dominado por enemigos. Su propio jefe de operaciones, el general Ymaz, fue nombrado jefe de las Fuerzas Motorizadas de Campo de Mayo por los rebeldes, inmediatamente después de la revolución.
Esa misma madrugada del 20 de septiembre fue llamado al Comando en Jefe mi ayudante, mayor Gustavo Renner, a quien el general Manni le comunicó en nombre de los demás que la junta constituída en gobierno había aceptado la renuncia (que no había presentado) y que debía abandonar el país.
La revolución quedaba con el país en sus manos. Me temo que no sepa que hacer con él. Los días dirán que una dictadura militar más se ha producido; los meses mostrarán un nuevo fracaso de este gobierno enemigo del Pueblo y los años condenarán la ambición, la incapacidad y la deshonestidad de un grupo de hombres de armas que no supo cumplir con su deber y que produjo tremendos males en el país”.
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Juan Domingo Perón, La fuerza es el derecho de las bestias (fragmento), Panamá, 1956

Testigos del 17 de Octubre de 1945

Algunos testigos de la jornada histórica del 17 de octubre de 1945 la cuentan así:
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“Fue un Fuenteovejuna: nadie y todos lo hicieron. Se llenó la plaza, en una especie de fiesta, de columnas que recorrían la ciudad sin romper una vidriera y cuyo pecado más grande fue lavarse «las patas» en las fuentes porque habían caminado quince, veinte o treinta kilómetros” [Arturo Jauretche]
“A caballo unos, en bicicleta o camiones otros, a pie los más, aquella muchedumbre abigarrada marchaba como un sonámbulo invulnerable.
“La Argentina de los campos vacíos, siempre iguales a sí mismos, estaba paralizada. Todo el país había concentrado la energía del trabajo cotidiano en una gigantesca huelga general. Los obreros de los frigoríficos, del petróleo, del caucho, los portuarios, de la construcción, habían cruzado sus brazos sobre el pecho. Los trenes, inmóviles como largos animales dormidos, exhibían en la protesta desoladora y terrible de su mudez, esa voluntad nacional de un pueblo más tensa que los poderes entumecedores de una historia construida con millones de seres aplastados y levantada sobre un siglo de infamia. «¡Libertad para Perón! ¡Perón sí, otro no! ¡Muerte a los traidores!», se leía en los vagones ferroviarios. Desde Córdoba, Tucumán, San Juan, Mendoza, Jujuy, los parias anuales de las cosechas, los criollos a precios módicos, descendían en marejadas sombrías a la ciudad puerto como símbolos eternos de un pueblo eterno” [Juan José Hernández Arregui]
“El sol caía a plomo sobre la Plaza de Mayo, cuando inesperadamente enormes columnas de obreros comenzaron a llegar. Venían con su traje de fajina, porque acudían directamente de sus fábricas y talleres. Frente a mis ojos desfilaban rostros atezados, brazos membrudos, torsos fornidos, con las greñas al aire y las vestiduras escasas cubiertas de pringues, de restos de breas, grasas y aceites. Llegaban cantando y vociferando, unidos en una sola fe. Era la muchedumbre más heteróclita que la imaginación puede concebir. Los rastros de sus orígenes se traslucían en sus fisonomías. Descendiente de meridionales europeos, iba junto al rubio de trazos nórdicos y al trigueño de pelo duro en que la sangre de un indio lejano sobrevivía aún.
“Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanados en el mismo grito y en la misma fe, iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor, el mecánico de automóviles, la hilandera y el empleado de comercio. Era el subsuelo de la patria sublevado” [Raúl Scalabrini Ortiz]
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miércoles, 12 de marzo de 2014

El sentido práctico del nuevo hombre americano praxis actual

Por el Escribano Néstor Güichal

Aquel que inicia su carrera política y observa la verdadera dimensión de su heredad con intenciones de servir, se recibe inevitablemente de político. ¿Que es ser político? Es comprender la verdadera dimensión humana, es identificarse con una función que conlleva un compromiso gregario; es decir, un pensamiento dirigido a los otros, es una vocación de servicio. Pero es necesario que se den varias condiciones, saber: 1) Apego a la letra de la ley. 2) Suministrar el orden legal. 3) Tener disciplina para incluir al soberano en dicho ordenamiento. 4) Crear un concepto unificado del orden normológico. Estos ítems, son los que debe seguir el gobernante y luego debe aplicarlos a través de un método político filosófico que implique un criterio para juzgar la verdad, y creando una doctrina que se ha de fundar en sus resultados prácticos. Estos enunciados manejó Don Juan Manuel de Rosas cuando se
inclinó a la vida política, especialmente cuando llegó a la ciudad después de actuar durante años en la campaña bonaerense como general de milicias. Tenía bien claro el concepto del orden y de la disciplina, era un poderoso GERENTE (esta palabra
de acuerdo a su raíz etimológica, significa dirigir o el que dirige los negocios).
Desde la campaña había formado, con apenas 20 años, una empresa con Terrero y Anchorena dedicada a la explotación de estancias bonaerenses y, con gran éxito, aquí estaba su destino gerenciador. Cuando llegó a la ciudad aplicó estos conceptos,
buscando proyectar una imagen pública de sumisión a la ley: 1) Apego a la letra de la ley: Era un régimen identificado con la legalidad. LA FALTA DE RESPETO A LA LEY ES LA RAIZ DE NUESTROS MALES, Rosas era hasta ese momento estanciero, formaba parte del movimiento de estancieros, había logrado a fuerza de control, eliminar el
robo de ganado, especialmente en la campaña bonaerense -actualmente uno de los mayores estigmas de la vida rural es el abigeato-. Dictó e impuso numerosas reglas que debían respetar los propietarios de haciendas, creó el registro de Marcas
Ganaderas en la provincia de Buenos Aires. Una de las ideas más claras de Don Juan Manuel, fue la de lograr el acercamiento de las clases populares a la religión, el lenguaje, la nacionalidad, crecen de abajo hacia arriba, esta es efectivamente la
mejor receta y explica su permanencia en el poder. 2) Suministrar el orden legal: trató por todos los medios, cuando llegó al gobierno de mantener el orden legal, que frágilmente existía. Estaba dispuesto a dejar al que estaba en su ministerio, sin
alterar su jerarquía, pero como era necesario que se mantuviera su organización, requirió las facultades extraordinarias para poder controlar desde arriba y a través de la Junta de Representantes, integrada por notables federales y estancieros. Dentro
del esquema de esta segunda premisa es necesario que se produzca la integración, esta comenzará con la celebración de pactos con los representantes del poder político popular, LOS CAUDILLOS, que regenteaban las provincias mas próximas, como
Santa Fe con López, Corrientes con Ferre, Entre Ríos con López Jordán. Pues además era necesario tener una presencia coherente para enfrentar el poder militar sustentado por el General Paz desde Córdoba, los pactos sirvieron originalmente para
asentar estipulaciones, para concertar negocios, obligándose cada interviniente a su mutua observancia. Así nació el primer ordenamiento legal ensamblado, el Pacto Federal del 4 de enero de 1831, inicialmente integrado y rubricado por 3 provincias
y al que luego se fueron adhiriendo el resto de las otras provincias argentinas.
Para cumplir con el propósito del suministro del orden legal debió organizar la milicia institucional para que a fuerza de presencia se logre enfrentar política y militarmente al General Paz, quien representaba el poder unitario, así que amparado en las facultades extraordinarias estableció la conscripción obligatoria. Hasta ahora, la vida política argentina se iba desarrollando a través de pautas de planificación, poco común en aquellos tiempos. 3) Tener disciplina para incluir al soberano en dicho ordenamiento: Juan Manuel de Rosas trató de formular una política dirigida a incluir al soberano en forma organizada para que el pueblo ejerciera sus
derechos, pero a la vez tuviesen obligaciones como gobernados. Ya venía de organizar la Campaña, recorriendo sus senderos, interesándose en las mejoras que se necesitaran dentro de la región bonaerense y organizando administrativamente a esta. Incentivó el trabajo en la campaña, con la creación de más y mejores saladeros, allí los animales eran carneados, se les extraía el cebo, se salaba y secaba la carne,
se preparaban los cueros para exportación, estos eran remojados en salmuera, se lavaban y apilaban empapados en capas de sal. Los países europeos como Inglaterra, Alemania y aún Estados Unidos, que estaban en un proceso incipiente de industrialización,solicitaban cueros para realizar tapizados y calzado. Este esquema laboral que se había fomentado en la campaña se trasladó a la ciudad, las actividades
fueron cada vez más especificas, por ejemplo se cimentó la industria de los peinetones, abriéndose muchos comercios de venta de estos artículos nacionales y de los importados, que cada vez eran mas numerosos, organizados por una gran red de comerciantes ingleses. Relacionado con la industria de los peinetones, se comercializó durante el primer gobierno de Rosas,el peinetón realizado en el país con astas de ganado. El soberano había logrado ser respetado por su aptitud para el trabajo, y había encontrado un arquetipo que hasta ese momento no existía. Don
Juan Manuel de Rosas llegó al poder a los 35 años, era el gerente joven que necesitaba el país y laúnica fuerza política capaz de dominar la anarquía, en la historia de Buenos Aires fue el primer gobernador querido por todos los sectores
populares, como un hábil pragmático pensó en que necesitaba tierras para incorporarlas al proceso productivo y así, planificó y organizó la expedición al desierto (Volveremos sobre esto). D) Crear un concepto unificado del orden nomológico. Es necesario vincular una acción de gobierno de antaño, como esta de Rosas que hoy analizamos, con conceptos actuales, ciertamente los estudios
realizados por el que suscribe esta nota, incorpora un concepto de la filosofía del derecho de Werner Goldschmidt, en donde habla del régimen de los repartos, en el que encontramos a los repartidores, hombres de gobierno,a los recipiendarios, el pueblo, los objetos a repartir, salud, educación, libertad, seguridad, independencia económica, política y cultural. Las formas del reparto, aquí se llega típicamente a la aplicación de la norma. Y por ultimo, las razones del reparto, favorecer la
conducta social y que dicho reparto sea justo. Dentro del enunciado del profesor
Goldschmidt y en el esquema que el propone se encuentra el PLAN DE GOBIERNO EN MARCHA, ese es justamente el deseo de Rosas. Dentro de este plan, él pretende lograr la unificación de las fuerzas federales y formar un criterio nacional, basado en esta expresión "creen que soy federal, no señor, no soy de partido alguno, sino de la patria". Quería Juan Manuel de Rosas formular ese plan de gobierno en marcha, entonces, diseña el orden normativo. Firma inicialmente con tres provincias el Pacto Federal de enero de l831, a través de José Maria Roxas y Patrón por Buenos Aires, Domingo Cullen por Santa Fe, y Antonio Crespo por Entre Ríos. Hacia el año 1832 se habían adherido a este pacto 14 provincias argentinas, y este pacto fue la base
del proyecto constitucional sustentado por Don Pedro de Angelis, que esencialmente
decía "La Constitución de un estado, para que sea sólida, debe provenir de la creación progresiva de instituciones análogas, de las costumbres radicadas en los pueblos, de la acción, lenta pero segura del orden y de las leyes especiales de cada provincia". Este proyecto junto con el de Alberdi, fueron utilizados para dictar finalmente la constitución de l853. La base Normológica estaba dada, y el plan de gobierno en marcha, estaba diseñado por un hábil gerente, Don Juan Manuel de Rosas, el iniciador de la república.

viernes, 28 de febrero de 2014

ROSAS Y LOS TREINTA Y TRES ORIENTALES

Escribe: Juan Carlos Serqueiros
El suceso histórico conocido como la Revolución o Cruzada Libertadora de los Treinta y Tres Orientales, se originó en Buenos Aires, cuando corría el año 1825.
En apretadísima síntesis, el contexto era el siguiente: Había un marcado desapego (y en algunos casos deplorables, algo peor que el desapego: la traición lisa y llana) por parte de los sucesivos gobiernos porteños a la hora de ocuparse del asunto (por entonces urgente y estratégico) de la Provincia Oriental (a la sazón invadida por las fuerzas imperialistas del Brasil, al mando del general portugués Carlos Lecor).
No es el objeto de estas líneas el puntualizar y analizar las causas por las cuales ese cuadro de situación se producía, ni de quiénes eran los responsables de que las cosas se dieran de ese modo; baste por ahora con fijar a grandes rasgos el escenario general en el cual se estaba por desarrollar el acontecimiento.
Residía en Buenos Aires un grupo de emigrados orientales, que no cejaba en su empeño de cambiar ese status quo, para poder liberar su tierra, tan cara a los sentimientos de todos los patriotas, expulsando al invasor luso-brasilero. Todo lo tenían en contra: el general Artigas, después de las muchas traiciones e ingratitudes que había sufrido (Rondeau, Hereñú, Ramírez, Rivera, y una larguísima lista de lamentables etcéteras más); ya se encontraba asilado en el Paraguay del doctor Francia. Del Comandante Andresito, nada se sabía (ni se sabría nunca), desaparecido misteriosamente (con fuertes indicios en el sentido de que lo habrían asesinado por envenenamiento) luego de la terrible prisión que soportó en Ilha das Cobras (y dicho sea de paso y ya que estamos, señor Canciller, si lee esto, en medio del fárrago de su actividad y sus altas responsabilidades, por lo que más quiera encuentre un tiempito para indagar respecto del pedido de informes que nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores cursó oportunamente -tengo entendido que van para 4 años o algo así; si la información que manejo es inexacta en cuanto al tiempo transcurrido, sepa disculpar, soy un ciudadano común y corriente nomás-; a su similar brasilero de Itamaraty, acerca de qué ocurrió con el general indio Andrés Guacurarí y Artigas, en qué circunstancias se ocasionó su muerte, y dónde se hallan sus restos).
 
Pero si bien ya no estaba Don José Artigas, la pródiga tierra charrúa, fecunda y siempre generosa en héroes, proveería otro jefe: Juan Antonio Lavalleja (que también había estado prisionero de los portugueses en Ilha das Cobras, junto a Leonardo Olivera, su hermano Manuel Artigas, Bernabé Rivera y otros; y que había logrado su liberación, cometido este para el cual no escasa importancia habían tenido esos últimos 4.000 pesos que el general José Artigas llevaba en sus alforjas hasta el último instante previo a su ingreso al Paraguay; y que con su habitual magnanimidad, ordenó le fueran enviados a Lavalleja por medio del soldado Francisco de los Santos, para paliar en parte la desgraciada situación de sus compañeros presos ¡Oh, Artigas, qué grande eras y cuánta nobleza había en tu alma! Cuando se dan, en nuestra riquísima historia latinoamericana, hechos como ese; uno no puede menos que preguntarse: ¿Habrá tenido Don José, además de su genio inmenso, una percepción extraordinaria de lo que vendría, y que lo llevó a mandarle esos 4.000 pesos a Lavalleja?).
Ahora lo tenemos a Juan Antonio Lavalleja reunido en Buenos Aires con otros oficiales orientales emigrados: su propio hermano Manuel Lavalleja; Pablo Zufriategui, Manuel Oribe, Simón del Pino, y Manuel Meléndez. Todos ellos, más el comerciante Luis Ceferino de la Torre, fueron los iniciadores de la empresa que culminaría en la gesta heroica de la Cruzada Libertadora de los Treinta y Tres Orientales, firmando un juramento escrito de sacrificar sus vidas, por lograr la libertad de su patria.
Si bien los sucesivos gobiernos se habían desentendido de la cuestión oriental, entre otros motivos, por oposición a lo que consideraban la “infección” del artiguismo; sí había en los sectores populares de la población (las capas bajas de la sociedad: orilleros, quinteros, etc.; los afectos al partido del coronel Manuel Dorrego) una marcada adhesión a la idea de recuperar la Banda Oriental para las Provincias Unidas del Río de la Plata. Asimismo, los ganaderos y los industriales saladeros, apoyaban dicha idea. En ese contexto, a principios de enero de 1825, llegó a Buenos Aires la noticia de la gran victoria patriota del mariscal Sucre en la batalla de Ayacucho, ocurrida el 9 de diciembre de 1824; que marcaría el fin de las guerras independentistas hispanoamericanas. La ciudad fue una apoteosis, y el entusiasmo popular alcanzó el climax. Los festejos públicos fueron grandiosos, y se producían entre vivas a Sucre y a Bolívar. Lavalleja y los suyos, adoptaron entonces la firme decisión de invadir la Provincia Oriental, contasen o no con el apoyo del gobierno porteño.
Una añeja amistad unía a Lavalleja con Don Juan Manuel de Rosas, que ya figuraba entre los hombres más influyentes de Buenos Aires, y que después alcanzaría la gobernación de su provincia, y con ella, la primera magistratura del país, al crear la Confederación Argentina y encargarse de sus relaciones exteriores. Los dos amigos convinieron en reunirse en la casa de Nicolás de Anchorena, con una serie de ganaderos y saladeristas, y allí se resolvió llevar adelante el plan; aportando Rosas la mayor parte del dinero necesario, y sus amigos el resto. Ahora bien ¿en qué consistía dicho plan? A grandes rasgos, lo que se perseguía era la intención de poner al gobierno del general Las Heras frente a un hecho consumado, que lo forzara a decidirse por la guerra contra el Imperio del Brasil. Por ello, la empresa debía aparecer como una iniciativa exclusivamente particular, y de ninguna manera oficial. Y así se hizo, en efecto.
Pero restaba aún una dificultad por vencer: alguien debía trasladarse a la Banda Oriental, para recabar la opinión de los patriotas que allí habían quedado, para calibrar el número y estado de las tropas brasileras y para movilizar a la campaña en favor de los emigrados, de tal modo que cuando éstos desembarcasen, encontraran apoyo. Ese alguien, debía tener una excepcional templanza de carácter, un coraje a toda prueba y óptimas condiciones en cuanto a tacto y prudencia; es decir, debía ser un agente secreto consumado, un espía. Y obviamente, ese alguien no podía salir de entre Lavalleja y los suyos, ya que todos eran vastamente conocidos en su tierra. Todas las miradas se volvieron entonces hacia el futuro Restaurador de las Leyes: ese alguien no podía ser otro que él. Y de esa manera, allá fue Don Juan Manuel de Rosas. Con la astucia criolla que lo caracterizaba, Rosas declaró públicamente y por distintos conductos, que se disponía a emprender un viaje por las provincias de Santa Fé, Entre Ríos y la Banda Oriental, con el propósito de adquirir campos; despejando con ese ardid, cualquier sospecha que pudiera abrigar el invasor brasilero (que tenía espías en Buenos Aires, el principal de ellos, de nombre –falso, por supuesto- Guillermo Gil), originada en el hecho de que se dirigiese a tierra charrúa, lo cual se disimulaba con la incursión por Santa Fé y Entre Ríos. Llegado a la Banda Oriental, Rosas se entrevistó en Durazno con Fructuoso Rivera, a quien le entregó una carta procedente de Lavalleja (algunos historiadores uruguayos afirman –erróneamente, en mi humilde opinión- que en realidad, con quien se entrevistó Rosas fue con la esposa de Rivera, Doña Bernardina Fragoso).
 
El propio Rosas, de su puño y letra, redactaría en 1868, en su exilio de Southampton, un manuscrito que añadiría a su archivo, y que luego reproduciría Adolfo Saldías en su Historia de la Confederación Argentina. El mismo rezaba:

“Recuerdo, al fijarme en los sucesos de la República Oriental, la parte que tuve en la empresa de los 33 patriotas ... Ello creó una trampa armada a las autoridades brasileras en esa Provincia, para que no sospecharan el verdadero importante objeto de mi viaje, que era conocer personalmente la opinión de los patriotas, comprometerlos a que apoyasen la empresa, y a ver el estado y numero de las fuerzas brasileras. Así procedí de acuerdo en un todo con el ilustre general Don Juan Antonio Lavalleja; y fui también quien facilitó una gran parte del dinero necesario para la empresa de los 33...".

Tal fue la activa, arriesgada, patriótica y desinteresada participación que en ese acontecimiento histórico le cupo a Don Juan Manuel de Rosas.
En la medianoche del 15 de abril de 1825, Lavalleja y los suyos, se embarcaron en un alejado paraje de la costa de San Isidro, conocido como Puerto Sánchez, en razón del apellido del propietario de las tierras de esa zona, Cecilio Sánchez (punto situado en lo que es hoy el Club Naútico San Isidro). Desde allí partieron los gloriosos cruzados, los Treinta y Tres Orientales (que no eran 33, ni tampoco eran todos orientales; pero esa es otra parte de la historia).

Sarmiento & Aurelia Vélez: contra viento y marea

Por Juan Sasturain
Una mañana del verano de 1865, mientras descifraba laboriosa-mente la desas-trosa letra de supadre, Aurelia Vé-lez, La Petisa, se sacó con gesto rápido los bucles oscuros de la cara, mojó otra vez la pluma en el tintero, y suspiró con leve sonrisa. A los 28 años, Aurelia no sólo era la hija menor y preferida de Dalmacio Vélez Sarsfield, sino su secretaria, su mano derecha. Aunque no era jurista, como el hombre que en la habitación contigua escribía los principios que regirían las relaciones entre los argentinos de los próximos siglos, la interesada copista comprendió que el artículo del Código Civil que reescribía de algún modo la implicaba. Así, La Petisa fue hasta el atestado escritorio paterno para confirmar lo que entendía. Y había entendido bien: "Pérdida de la vocación hereditaria por separación de hecho sin vocación de unirse", el inciso agregado por Tatita a los artículos referidos al matrimonio civil liberaba a Aurelia de la tutela de su fugaz marido de una década atrás e inhibía al desgraciado médico Pedro Ortiz de heredar algo de la hija de aquél. Una vez más, su padre no la había abandonado. Antes de volver a su trabajo salió a la galería de la quinta de Almagro donde estaban recluidos desde hacía meses -trabajando en ese texto él, lidiando con su letra ella- y repasó una vez más la nueva carta de Nueva York que conservaba en el bolsillo, perturbadora, pero mucho más fácil de leer. La letra de Sarmiento era decidida como sus ideas, clara como sus deseos. Le hablaba de Brooklyn, de Broadway, del juicio a los asesinos de Lin­coln, de las mujeres yanquis que viajaban solas; jugaba con sus celos, la invitaba a embarcarse, a convencer al "doctor cordobés a darse un paseo de cuatro meses por este país encantado". Esa misma tarde le contestaría: le haría saber que no deseaba otra cosa que estar con él, claro que sí, pero que el Código la retenía en Buenos Aires.
Venían de tiempos, lugares y mundos diferentes. Domingo Faustino Sarmiento había nacido en San Juan en 1811, apenas un año después de la Revolución. Aurelia Vélez, en el corazón de Buenos Aires, en 1836. En ese cuarto de siglo habían pasado muchas cosas -las guerras de la independencia, las luchas entre unitarios y federales-, pero al final había quedado uno solo, alguien alrededor de quien giraba todo: Rosas.
Sarmiento, desde su juventud, iba y venía de Chile empujado por la política. El doctor Vélez Sarsfield, un cordobés ya famoso, unitario de corazón y sin embargo abogado de la familia del muerto de Barranca Yaco, había quedado demasiado cerca del poder para estar cómodo. Cuando Lavalle se levantó en el cuarenta, todos pensaron que ganaba. La derrota los uniformó en las rutinas del exilio mientras Rosas seguía ahí, imperturbable. En 1845, Sarmiento venía de Chile y, camino de Europa, quiso juntarse con los que se iban amontonando en la cercada Montevideo: Echeverría, Mitre, también Vélez Sarsfield. Y fue entonces cuando se cruzaron por primera vez: él tenía 34 años, pelo, barba y un libro reciente que lo haría famoso, aunque aún no lo era: el Facundo. Aurelia tenía nueve y asistía a las reuniones de su padre con otros señores, sin soltarle la mano y con los ojos así. Siempre recordaría a ese hombre algo tosco y menos elegante que los otros, pero enfático y persuasivo: el ruido y la furia. El 3 de febrero de 1852, la batalla de Caseros partió el siglo. Todo sería antes y después de Rosas. Los perseguidos y postergados de antes eran los protagonistas de lo que se venía. Pero tras la euforia, las diferencias volvieron, y llegó la ruptura: Buenos Aires y la Confederación, Urquiza y Mitre.
En ese clima, en el invierno de 1855, Domingo Faustino Sarmiento arribó a la ciudad de los sueños y las pesadillas. Esta vez venía a quedarse y a trabajar, a hacer política en El Nacional, el diario de Vélez Sarsfield.
Una fría tarde de julio llegó a la casa del director del periódico, y al entrar en el escritorio de su viejo amigo la vio. Tardó un instante en darse cuenta. Habían pasado diez años y la pequeña Aurelia que lo saludaba con leve sonrisa ya era una mujer. Y le gustó esa mujer como le gustaban en general las mujeres. El tenía cuarenta y cuatro años; ella, diecinueve. Y todo empieza ahí.Cuando se conocieron y convirtieron en amantes -tal vez ese mismo invierno del 55- ninguno de los dos era libre.
El ya era el Sarmiento escritor y periodista acabado, pero no aún el político que sería. Estaba casado, y a disgusto con la amenazante Benita Martínez Pastoriza, pero había un hijo de diez años entre ambos, aquel famoso Dominguito, adoptado y propio a la vez. A la joven Aurelia Vélez le faltaba casi todo. Apenas salida de la adolescencia y ya (mal) casada, era la hija mayor y secretaria del doctor Vélez Sarsfield, político de primera plana, funcionario habitual de gobierno, autoridad jurídica y moral. Aurelia vivía y trabajaba con su padre de regreso de una historia reciente, escandalosa y sórdida, que incluía casamiento fugaz con desenlace trágico y vuelta de ella a casa, sola. Demasiado para la hija mimada de un hombre público.
En esas circunstancias personales se encontraron: los dos se sentían observados y en los límites de la baja tolerancia de la sociedad porteña.
Aurelia Vélez era la hija mayor de la segunda mujer de un hombre grande y luchó desde la adolescencia para no quedar atrapada en esa sombra o para hacerse un lugar reconocible allí. Que la jovencita se enamorara o le apuntara a los amigos, a los preferidos de su padre, no parece raro. Pero sí de qué manera lo hizo. Lo desafió a los límites de lo socialmente aceptable y hasta los traspasó para conseguir su atención, su cuidado, su dedicación absoluta.
No de otra manera se puede leer el episodio de su fugaz matrimonio con el primo Pedro Ortiz Vélez, médico brillante, sobrino predilecto de Vélez Sarsfield, diputado como él y compañero en la Legislatura. ¿Fue Aurelia una víctima de la intolerancia de su tiempo? No lo parece. A los diecisiete -con permiso o sin él- se había casado, acaso enamorada y sin duda embarazada; pero abortó, no se sabe si espontáneamente. Poco después, el atribulado Pedro Ortiz la sorprendió con su secretario, Cayetano Echenique, y pese a que el joven se escondió dentro de un ropero, lo mató de un pistoletazo. A continuación, el marido tomó a su mujer del brazo y la llevó de vuelta a casa de su padre. Se arguyó estado de demencia del asesino -que salvó la vida, pero perdió su cargo, su reputación-, pero se confinaron los sucesos a una tradición maledicente. Aurelia convivió desde entonces con ese estigma; su relación con Sarmiento -ese mujeriego, ese otro amigo cercano de su padre- no haría sino confirmar las certezas del escarnio público.Cuando Sarmiento llegó a Buenos Aires, en principio solo, la relación con Benita Martínez Pastoriza tras siete años de matrimonio no daba para más.
La apasionada y vehemente Benita era una celosa feroz, y muchas veces con motivo. Diez años menor, siempre peleó por él: por retenerlo primero; para destruirlo después. Los acontecimientos se precipitaron cuando, a principios de 1857, Benita también desembarcó en Buenos Aires, con su hijo. No es raro que, tras poner casa y familia ­reunida en la misma cuadra y vereda que los Vélez Sarsfield, en seguida descubriera las complicidades, los pretextos, las argucias de los amantes para estar juntos con cualquier motivo. Y no se calló: "¿Recuerda usted haber oído un suceso muy sonado que ocurrió aquí (de la hija de uno de los hombres que figuran en este momento) que se casó embarazada de cuatro o cinco meses con un médico y que éste mató a los dos meses de casada al que creyó autor de semejante infamia? -le cuenta en una carta a un amigo santiaguino, Hilarión Moreno-. Pues bien, mi amigo, ésta es la escoria que ocasiona mi desgracia. No puedo contar a usted detalles, pero bástele decir que empecé por sospechar y concluí con las pruebas. ¿A qué tiempo cree usted que las obtuve? A los tres meses dos días de llegada". Y agrega pormenores: "Para que se forme idea de lo exquisito de mi vida. Vivo una casa de por medio de la de mi rival y viendo las señas que esa infame hace a mi marido y viéndolo a él entrar a la casa de ella; sólo viene a mi casa en el momento de comer".
Con semejantes evidencias, no vaciló en enfrentar la situación: apartar a su marido de la escoria. Acosado, Sarmiento en principio negó todo, luego admitió a medias y pidió evitar el escándalo. Finalmente, terminó también él fuera de sí: "Primero quiso persuadirme de que todo se había concluido, pero que era preciso guardar ciertas apariencias por la amistad del Papá (se refiere a Dalmacio) -cuenta Benita en la misma carta a Hilarión Moreno- pero como se pasa de amistad porque más interés tiene en esa casa que por la suya propia, ha concluido por hacerse el guapo y decirme que irá aunque me muera, aunque nuestro matrimonio se rompa, después que se ha cansado de intentar que me vuelva a Chile". Ella está a punto entonces de desatar el escándalo público, pero las razones de interés público -y personal, claro- hacen que en principio los hechos queden en el ámbito privado, espacio de la extorsión. Así, Benita no denuncia a su marido, pero sí presiona a Aurelia, el eslabón más débil y expuesto al escándalo. Se teje entonces toda una sorda historia de amenazas que obliga a los amantes a optar, en principio, por el renunciamiento:
"He debido meditar mucho antes de responder a su sentida carta de usted, como he necesitado tenerme el corazón a dos manos para no ceder a sus impulsos -dice un Sarmiento retórico pero elocuente en respuesta a una carta de Aurelia que no se ha conservado-. No obedecerlo era decir adiós para siempre a los afectos tiernos y cerrar la última página de un libro que sólo contiene dos historias interesantes. La que a usted se liga era la más fresca y es la última de mi vida. Desde hoy soy viejo (.) Acepto de todo corazón su amistad que será más feliz que no pudo serlo nunca un amor contra el cual han pugnado la más inexplicables contrariedades -continúa, con evidente alivio- (...) Los que tanto la aman no me perdonarían haberla expuesto a males que no me es dado reparar. Ante esta responsabilidad, todo sentimiento egoísta debe enmudecer de mi parte, y con orgullo puedo decírselo, han enmudecido."
Parecía un asunto concluido. Pero no lo estaba.
En la relación de Aurelia y Sarmiento se alternan períodos de cercanía e intimidad con largos lapsos de separación. Así, vivieron los múltiples sobresaltos de la pasión en esos primeros y accidentados seis años de Sarmiento en Buenos Aires. Cuando se separaron por primera vez, él ya tenía cincuenta y ella, veinticinco; y con ese primer desgarrón saltó el escándalo.
En 1861, Sarmiento fue designado por Mitre interventor en San Juan y partió solo. Para alivio paradójico de Benita, para angustia de Aurelia. Las cartas que se conservan de ese momento son las más reveladoras de hasta dónde había llegado esa relación honda y contrariada a la vez: "Estoy pasando días horribles con tu retiro, es preciso que esto acabe -dice Aurelia en una carta de fines de ese año, y tras otras consideraciones sigue la declaración de amor más explícita y hermosa que se ha conservado-. Te amo con todas las timideces de una niña, y con toda la pasión de que es capaz una mujer. Te amo como no he amado nunca, como no creí que era posible amar. He aceptado tu amor porque estoy segura de merecerlo. Sólo tengo en mi vista una falta, y es mi amor por ti. ¿Serás tú el encargado de cas- tigarla? Te he dicho la verdadÛ en todo. ¿Me perdonarás mi tonta timidez? Perdóname, encanto mío, pero no puedo vivir sin tu amor. Escríbeme, dime que me amas, que no estás enojado con tu amiga que tanto te quiere. ¿Me escribirás, no es cierto?". Y él le escribió, claro. Y muchas cartas fueron y vinieron por canales cada vez más oblicuos y menos confiables, usando a terceros como destinatarios: "He recibido tu recelosa carta extrañando mi silencio y recordándome posición y deberes que no he olvidado -le dice él desde Mendoza, en el verano del 62-. Tus reproches inmotivados me han consolado, sin embargo; como tú, padezco por la ausencia y el olvido posible, la tibieza de las afecciones me alarman. Tanto, tanto hemos comprometido que temo que una nube, una preocupación, un error momentáneo haga inútiles tantos sacrificios (...) La verdad es que tu amiga me alarmó con las prevenciones que me hicieron temer un accidente, pues ella anda muy cerca de las personas en cuyas manos una carta a ti, o tuya, sería una prenda tomada". Y luego, como en ningún otro testimonio que se conserve, Sarmiento le abre su orgulloso corazón y le muestra el lugar que ocupa en él: "No te olvidaré porque eres parte de mi existencia; porque cuento contigo ahora y siempre. Mi vida futura está basada exclusivamente sobre tu solemne promesa de amarme y pertenecerme a despecho de todo; y yo te agrego, a pesar de mi ausencia, aunque se prolongue, a pesar de la falta de cartas cuando no las reciba (...) Necesito tus cariños, tus ideas, tus sentimientos blandos para vivir... Atravieso una gran crisis en mi vida. Créemelo. Padezco horriblemente y tú envenenas heridas que debieras curar. Al partir para San Juan, te envío mil besos y te prometo eterna constancia. Tuyo."
En mayo de ese mismo año, una de esas cartas de amor cayó en las manos no debidas, y de la peor manera. Dominguito fue a buscar correspondencia de su padre y encontró una carta dirigida a una de ésas destinatarias falsas, una vieja -dicen- que apenas si sabía leer: es que era para Aurelia, claro.
Benita, que era amiga personal y confidente de las mujeres de Mitre, de Avellaneda, desató una tormenta que, aunque no llegó a la prensa, sí alcanzó a San Juan. Sarmiento se sintió traicionado, definitivamente herido, y el escándalo acabó con un matrimonio muerto hacía rato.
Lo que siguió fue un largo período de más de una década en que el vínculo se afirmó sobre otras bases. Primero fueron seis largos años de separación, pero denso contacto epistolar. Sarmiento, concluido su gobierno en San Juan, partía de embajador a Estados Unidos, país del que sólo regresaría en 1868 para asumir la presidencia.
A partir de ese momento -él tiene 57 años y Aurelia treinta y dos-, Sarmiento podrá vivir y compartir a pleno con ella la tan demorada apoteosis del poder. Aurelia estará en todo junto a él y a su padre -será el primer ministro del Interior de Sarmiento- como ayudante, consejera, y como posibilidad de reposo para el hombre que, de regreso a su hogar, pasa cada noche por su casa tras la jornada de gobierno.
Cuando termina su mandato Sarmiento tiene sesenta y tres años y su carrera política está de algún modo acabada.
En los años siguientes fue Aurelia la que, por primera vez, necesitó que él la acompañara. En 1875 murió el viejo Vélez, y en pocos meses de 1880, en Córdoba y mientras las cuidaba, su hermana y su madre. Siempre estuvo Sarmiento con ella. Hay en esos últimos años compartidos gestos conmovedores, como cuando él, ya al borde del retiro, la incita a escribir y le publica sus excelentes notas de viaje desde Europa, primero en El Nacional y después en El Censor, su propio diario.
Por eso, cuando Sarmiento muere, familiero, entre nietos, discutido, y prócer en Paraguay, a los 77 años, Aurelia, la compañera de siempre que había llegado a visitarlo una semana antes -y que no lo vio morir acaso porque ya había enterrado a toda su familia- se quedó definitivamente sola. Asistió, oscura y lateral, a las consabidas, populosas, reparadoras exequias, y comprendió que ya nada tenía que hacer allí. Aurelia Vélez quedó sola y rica. Entonces se fue a Europa, y no volvió definitivamente hasta veinte años después. Es probable que, de regreso, haya visitado y mirado de soslayo, no sin ironía, la estatua de Sarmiento en Palermo, y es seguro que habrá hojeado la biografía de Lugones, en la que brilla por su ausencia. No le habrá importado demasiado. Había vivido mucho, y acaso apostara más al olvido que a una memoria torpe o malintencionada. Murió a los 88 años, en 1924. Como hubiera especulado Borges, con esa vieja dama indigna que pese a todo recibió la típica, adocenada necrológica de la dama patricia, morían muchas cosas más. Esa mujer había nacido y crecido en una aldea con calles de barro y moría en otra ciudad, en otro mundo: la Buenos Aires de Marcelo T. de Alvear, ya con subte, cines y fútbol para "los últimos porteños felices". Llegó demasiado temprano para los duros códigos de la primera; demasiado tarde para aprovechar la segunda.
Como el del hombre del que se llevaba las últimas imágenes íntimas, el suyo había sido también, a su manera, un raro destino sudamericano.
Escritor, periodista y guionista de historietas
Domingo Faustino Sarmiento (1881-1888). Presidente de la República Argentina de 1868 a 1874. Escritor, historiador, estadista, diplomático y educador.
Aurelia Vélez Sarsfield (1836-1924). Hija del jurista Dalmacio Vélez Sarsfield -autor del Código Civil- y de Manuela Velásquez. .