Rosas

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martes, 1 de mayo de 2018

Rivadavia: el más grande de todos los argentinos

Por Bartolomé Mitre (al recibir los restos de Bernardino, en 1857)

Henos aquí agrupados en torno de los huesos de un pobre peregrino, a quien la muerte sorprendió distante de sus hogares. He aquí, señores, un puñado de cenizas proscriptas que vuelven triunfantes del destierro; estos son los despojos mortales de don Bernardino Rivadavia, que vienen a recibir el apoteosis que el pueblo les consagra. Al saludarlos en nombre del ejército del Estado, yo me inclino con religioso respeto ante la urna que los encierra, porque esas banderas que flamean a su paso, esas armas que le tributan honores cual si su sombra recorriese las filas empuñando el bastón del mando,
estas espadas que rendimos ante esos átomos de polvo, simbolizan no sólo la fuerza que se humilla ante la idea sino también al homenaje debido al último representante de nuestra grandeza militar, en la última de nuestras guerras nacionales. 

Don Bernardino Rivadavia es el último representante de nuestra grandeza militar, porque él fue el último capitán general de los ejércitos de la nación argentina. Después de él, la espada que Balcarce desenvainó en Suipacha, la que Belgrano llevó hasta el alto Perú, la que San Martín hizo resplandecer en la cima de los Andes, la que Rondeau
esgrimió en lo alto del Cerrito, la que Alvear y Brown empuñaron en Ituzaingó y en el Juncal, no ha salido de la vaina para poner a raya a los enemigos exteriores. 

Ella está colgada como las armas de Rolando, al lado de la banderas enemigas con que Rivadavia engalanó nuestros templos en la época memorable de su gobierno. ¿quién sino él templó su espada en el fuego sagrado de los principios al depositarla en las robustas manos de los campeones de la lucha con el Brasil? ¿Quién sino él inoculó su espíritu varonil en las legiones del ejército republicano? ¿Quién sino él empujó a nuestros soldados en el ancho camino de la gloria? ¿Quién sino él botó al agua las naves de la República, coronadas de cañones y adornadas de flámulas argentinas, que nos dieron el dominio de los ríos? ¿Quién sino él preparó nuestros espléndidos triunfos en la tierra y en los mares? ¿Quién sino él, por fin, laureó las armas vencedoras en Ituzaingó con la paz gloriosa, a cuya gloria sólo faltó su firma? Nadie sino él, señores; y después de él, desaparece el grande ejército nacional que había reorganizado en presencia de la hordas vandálicas del caudillaje; desaparece el antiguo espíritu militar; desaparece la vieja disciplina y el genio de la victoria deserta de nuestras banderas en presencia de los enemigos extraños. ¿Será porque después de Rivadavia hayamos sido menos valientes, porque nuestras lanzas hayan estado menos afiladas? No, es porque después del gran Presidente de la República Argentina hemos dejado de ser nación; porque el soplo de las malas pasiones ha apagado aquella luminosa antorcha de los principios, que él levantó en su mano; porque la tempestad nos ha dispersado, desmoralizándonos, y porque el nervio de la virtud militar no reside en la pujanza de los brazos, ni en el temple de las armas, sino en el espíritu sublime de que se penetra el guerrero cuando marcha al sacrificio en honor de su credo político, cuando los deberes austeros del soldado se armonizan con la dignidad humana y los más preciosos derechos del ciudadano.  Rivadavia encomendó al ejército la defensa del honor nacional, le constituyó en el guardián armado de las instituciones de un pueblo libre, le infundió una creencia y le envió a la muerte y a la gloria, en el interés y en el nombre de lo más sagrado que hay para el hombre sobre la tierra.  Por eso fue grande el Ejército Republicano, formado bajo la inspección de Rivadavia en el espacio de sesenta días. Por eso después del ejército republicano no se ven sino hordas feroces y genízaros que degüellan, o bandas populares que pelean y mueren heroicamente por la libertad, pero no ejércitos democráticos regularizados. Estos sólo se forman bajo los auspicios de un gobierno liberal y enérgico como el de Rivadavia, que imprima a las masas disciplinadas su poderosa voluntad, inoculándoles su espíritu entusiasta y metódico al mismo tiempo. Por eso, señores, para restablecer la antigua disciplina relajada por la tiranía; para levantar el espíritu militar, amortiguado por los infortunios de la guerra civil, tenemos que venir a pedir inspiraciones a las tumbas, tenemos que templar nuestros corazones en el noble ejemplo de ese ilustre muerto, que no mandó ejércitos ni ganó batallas, pero que poseyó el secreto de hacer invencibles las intrépidas falanges de la República Argentina.  Perdonadme vosotros los que no profesáis el culto de la gloria militar, si me he detenido en colocar sobre la frente pacífica de Rivadavia el lauro bélico que conquistaron nuestras tropas en la guerra del Brasil. He querido, al derramar una luz nueva sobre esta gran figura histórica, demostrar con la filosofía de los hechos, que no es un incienso grosero, producto de la falsificación de la historia, el que a nombre de mis compañeros de armas he quemado sobre su altar fúnebre.  Ahora debo deciros, señores, que no es aquel ejército con el que Rivadavia ha vencido a sus enemigos; no es con él con el que han triunfado sus grandes principios, ni se han salvado sus inmortales instituciones ¡no! El ejército con que Rivadavia ha vencido para honor y gloria de la humanidad vilipendiada por la fuerza brutal, son aquellos niños tiernos a quienes puso la cartilla en la mano en las escuelas primarias que fundó; son esas matronas, sacerdotisas de la beneficencia, a quienes sentó a la cabeza del enfermo, encomendándoles la educación de la mujer; son esos huérfanos desvalidos a quienes sirvió de padre; son aquellos inmigrantes inermes, a quienes él dio una segunda patria; son esas madres argentinas, émulas de la madre de los Gracos, que han mantenido en el altar de la familia el fuego sagrado de sus virtudes cívicas; son aquellas ideas, que él derramó como semillas fecundas en esta tierra clásica de la libertad americana, y que hoy brotan en torno de su urna cineraria, como un bosque de sagrados laureles, consagrados a la inmortalidad! He ahí el poderoso ejército que alza en sus escudos la urna de Rivadavia, y del que su sombra majestuosa es la intrépida cabeza de columna que avanza, según las palabras de la Escritura, rejuvenecidas por un gran orador (Lord Chatan), derramando con una
mano los largos días para la patria, con la otra la libertad y la riqueza, y marchando siempre por el sendero de la justicia y de la paz! Decidme, conciudadanos, si al elevar vuestra mente a las regiones serenas de las ideas del grande hombre, decidme, si al ver eslabonarse misteriosamente la cadena de
oro de los destinos de Rivadavia con los destinos del pueblo que le vio nacer, no sentís desprenderse de estas frías cenizas una chispa de inmortalidad que ilumina las profundidades de vuestra alma con súbito resplandor? ¿Decidme si el alma de Rivadavia no agita sus alas invisibles sobre vuestras cabezas? ¿Decidme, decidme, si no vivís de la vida de ese muerto? Sí, don Bernardino Rivadavia vive entre nosotros, de la vida inmortal de los espíritus, que se trasmite de generación en generación inoculándose como un perfume en el alma de los pueblos. El que fue carne de nuestra carne, huesos de nuestros huesos, es hoy alma de nuestra alma. Por eso gobierna hoy más que cuando era gobernante; por eso obedecemos hoy sus leyes, más que cuando era legislador; por eso derramamos todavía con afán la semilla en el surco que abrió a lo largo del camino de su vida. Es que sus mandatos están en nuestra conciencia: es que sus ideas forman hoy el fondo común del buen sentido del pueblo, como las ideas de Franklin vulgarizadas por el tiempo; es que su ser moral identificado con el nuestro, como los nervios a la carne, forma parte de nuestra propia esencia, es un elemento que obra en nosotros mismos con el poder irresistible de las inspiraciones íntimas. Así se forma, se mejora y perpetúa, señores, el alma de los pueblos, por la agregación de la virtudes y de las ideas de los grandes hombres. Ellos dotan a la humanidad de nuevos sentidos morales, de nuevos órganos de apreciación, de nuevas fuerzas intelectuales, que reaccionan poderosamente sobre las generaciones que se suceden hasta que llega un día en que la humanidad comprende que su vida es la vida póstuma de los muertos. Así lo comprenderéis vosotros también, si borráis por un momento el nombre de
Rivadavia del libro de nuestra historia; si apagáis por un momento la antorcha que él encendió para alumbrarnos el camino, y si veláis, para apartarla de vuestra vista, aquella noble figura del varón justo, que se alza majestuosa en el linde de dos campos ensangrentados.  Entonces sentiréis morir en vosotros una parte de vuestro ser moral, veréis oscurecerse una parte de vuestra alma, y hallaréis vacío de la imagen simbólica de vuestras creencias el altar de nuestra religión política. Sin Rivadavia, sin los materiales de reconstrucción que elaboró su vasto genio con la clara visión del porvenir, la resurrección de la República Argentina habría sido imposible, después de los veinte años de tiranía devastadora. Todo se había destruido, menos sus instituciones grabadas en granito, menos sus monumentos fundidos en bronce. En ellos volvimos a encontrar las tablas perdidas de nuestros derechos, nos levantamos del polvo como nuevos Lázaros, con los pies y las manos atadas, pero llenos del espíritu vital de los pueblos libres.  Así es como los pueblos se salvan bajo los auspicios de sus númenes tutelares; así es como Rivadavia nos ha salvado y nos gobierna por la fuerza de la idea que sobrevive a los trastornos violentos y a la materia perecedera. Y así es como colmados de sus
beneficios, rodeados de sus creaciones inmortales, obedeciendo a la impulsión que nos dio, ha cerca de medio siglo, el proscripto dormía aún el sueño de la eternidad en la tierra del extranjero!
¡No culpemos a la ingratitud de los pueblos! Ellos no pueden tener la revelación de sus grandes hombres sino después de cosechar sus beneficios.  Los hombres predestinados a recibir el culto de la posteridad, son superiores a esos mezquinos cálculos de los que trafican con la gratitud  contemporánea, dispensando beneficios con la obligación de que se les reconozca la deuda.
Rivadavia lo era. Esto dignifica su carácter y nos presenta su gran figura histórica rodeada con esa
aureola del estoicismo político, que es el signo de los verdaderos hombres de gobierno, según el evangelio de los pueblos libres. Rivadavia hizo el bien obedeciendo a las inspiraciones de su genio previsor y a los impulsos generosos de su naturaleza expansiva, y como aquel legislador de la antigüedad que hizo jurar a sus conciudadanos guardar sus leyes hasta que reuniesen todos los miembros de su cuerpo, y se hizo dividir en pedazos para hacerlas eternas, Rivadavia nos ha dejado un pedazo de su corazón en cada una de sus instituciones a fin de inmortalizar en ellas su amor a Buenos Aires. Su corazón ha sido siempre nuestro. Si en las melancólicas horas de la proscripción, pudo creer que sus instituciones habían sucumbido; si dudó por un momento de los altos destinos que esperaban a su patria, si pudo pensar por un instante que sus discípulos habían renegado de su excelsa doctrina, al verle perseguido como al Divino Maestro, bendigamos al cielo, porque a pesar de todo, vuelven al seno amoroso de la patria esas reliquias, cuya falta hubiéramos llorado por los siglos de los siglos, como lloramos las del inmortal Moreno que le precedió en el camino trillado por él, y que hoy yacen bajo las olas agitadas del océano! Bendigamos al cielo porque al fin la religión de las tumbas tiene un altar en esta tierra, donde el martirio no ha tenido coronas, donde el sacrificio no ha tenido estímulos, y donde hasta el mártir de los mártires, el noble campeón de la cruzada libertadora continúa su ostracismo en el sepulcro, que se prolonga hasta en sus huesos! Y ahora, a vosotras que miráis enternecidas esta urna cineraria, permitidme repetiros
aquellas palabras dirigidas a la mujeres de Jerusalem que venían a derramar aromas sobre el sepulcro de Jesús después de su resurrección: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No busquéis entre los muertos a don Bernardino Rivadavia; él vive en sus obras, vive en nosotros y vivirá inmortal en nuestros hijos mientras laten corazones argentinos, mientras en esta tierra se rinda culto a la inteligencia, al patriotismo y a la virtud.

lunes, 30 de abril de 2018

Sarmiento: el Gran Maestre

En 1882, nuestro “prócer” asume el más alto grado de la Masonería en la Argentina.  Para Sarmiento –el “ídolo” escolar de mi infancia-, estimulado con semejante título directivo: “…ya la ambigüedad no cabe y por más que él se aferre a sostener que no es ni contrario ni enemigo de la Iglesia Católica, sus actos lo van a demostrar claramente como un enemigo encarnizado de la fe de sus mayores ¿Es la masonería la que exige esta actitud? ¿La asume él, Sarmiento, por obediencia a esta institución? Sarmiento, que jamás perteneció a ningún partido, porque él, como realmente lo ha sostenido siempre ha sido en todo momento DON YO, ¿ahora es carne y alma de la masonería y obedece como fiel hijo de ella a sus mandatos? ¿O es que ese sentimiento en contra de la iglesia católica ha venido incubando desde su juventud y ahora hace eclosión al mismo tiempo, que se lo ordena la logia? Sea lo que fuere, el caso es que ahora, sin cortapisa y sin reticencias, Sarmiento, a la luz del día es un encarnizado enemigo de la Iglesia Católica. Y es a partir de este año de 1882 en que él consagra los más de sus esfuerzos a esa lucha. Toda otra actividad suya hasta el día de su muerte carece de mayor relieve. Como ya lo hemos reseñado, desde “El nacional”, diario que él dirigía, atiza el fuego contra los católicos del Congreso Pedagógico presidido por el masón prominente Onesimo Leguizamón. Desligase (Sarmiento) de toda actividad política y personal, y se dedica exclusivamente a la campaña anti-católica; ya no está en “maestro” ni en político, ahora está en masón. Se da al cumplimiento de esa misión, su misión (yo diría que desde ese momento no es Sarmiento el gran “maestro” como se nos ha enseñado en el colegio, sino más bien el “EL GRAN MAESTRE”).
sarmiento
La masonería, institución internacional, tiene tentáculos en todos los países del mundo, así como los tiene en Uruguay, o los tenía; país que por ser fronterizo con el nuestro conviene unirlo en la campaña anti-católica. Por eso, la masonería organiza en Montevideo un acto con la invitación especial de Sarmiento, quien tendrá a su cargo el discurso central. Y así ocurre. Lo invita la escuela de artes y oficios de Montevideo para que presida los exámenes. Sarmiento pronuncia un discurso que quiere ser especializado y no lo logra, se deshace en vulgaridades y gestos un tanto grotescos; pero es que la masonería sabe lo que hace y tiene oculto el verdadero espectáculo, el que se da enseguida; y es una invitación a pronunciar una conferencia en la escuela Normal de mujeres. Este es el verdadero motivo de la invitación y Sarmiento la aprovecha, pues, para cumplir con su misión a saber: un bárbaro (porque bárbaro es) ataque a la enseñanza religiosa y a las hermanas religiosas educacionistas como las de la Santa Unión del Sagrado Corazón. Ahora bien, en 1883, año de esta conferencia de Sarmiento, es el año de la cúspide, de la parábola que el liberalismo traza en su lucha contra todo lo que formó la educación tradicional de la sociedad cristiana, católica por antonomasia. Al decir liberalismos decimos masonería. Pero es también la época en que la Iglesia Católica, acosada en todas partes por la masonería, retempla su vigor y sale a la palestra en defensa de sus principios evangélicos. Es época de misiones educacionales; de propagación de la fe por medio de las congregaciones de la Santa Unión, de las hermanas del Huerto, de la Misericordia, de los hermanos de las escuelas Cristianas, de los Salesianos, etc. Hombres y mujeres, hermanos y hermanas cuya misión inmediata en la vida de evangelización es la educación de la niñez y la juventud según la sagrada doctrina moral y divina de Cristo. De Francia, de España y de Italia sobre todo, salen continuamente estas misiones hacia todo el mundo, una de cuyas partes es nuestro país. La masonería argentina nota enseguida esta expansión de la educación religiosa y les sale al cruce.  Tal el verdadero motivo de Sarmiento en Montevideo. Da su conferencia en la escuela Normal de mujeres. ¿Y de que ha de hablar un maestro de maestros, el educador de América, en un acto de tal naturaleza? Pues, ¿De métodos pedagógicos, de didáctica, de metodología? Pues no, Sarmiento no ha de hablar de nada de eso. Primero porque de eso no entiende nada. Y segundo, porque su misión verdadera no es esa, sino la de combatir la enseñanza religiosa católica. Y como no es capaz de hacerlo en forma elevada, con sabiduría, lo hará como es su estilo: chabacanamente, en forma gruesa y hasta soez, concretándose a un ataque inconcebible por lo insultante contra las hermanas religiosas educacionistas. Y así dice que -ahora vienen las comillas, que es lo interesante-: “Se están introduciendo de Europa compañías de mujeres,(“compañías de mujeres” ¿Qué les parece?, como si se tratara de un negocio ilícito de tratantes de blancas), las hermanas de las congregaciones religiosas, para explotar comercialmente el ramo de la educación. Mi deber es indicar ese peligro que amenaza esterilizar las escuelas normales. Estas congregaciones docentes son la filoxera de la religión y el cardo negro de la pampa que es necesario extirpar. ¿Qué vienen a enseñar a nuestras niñas esas figuras desapacibles, hermanas de caras feas, aldeanas y labriegas en sus tierras? ¿Qué pueden enseñarles a nuestras niñas estas ignorantes? Así se mata la civilización.  Aquellas formas de mortajas no pueden servir para educar damas y señoritas. –Continua Sarmiento- vienen de todos los rincones de Europa donde están barriendo y echando a la calle las basuras. Las hermanas que van llegando han dejado de embrutecer chicuelas en las aldeas de Francia y vienen ahora a cumplir esta triste misión entre nosotros. (Bueno, este es el prócer argentino de los liberales, ahora el “gran” Sarmiento). Otra vez escribe: “¿Dónde está el criadero de estos enjambres de abejas machorras, las hermanas educacionistas que vienen a comerse la miel de la enseñanza? Y continúa: “…banda de mujeres emigrantes confabuladas que se apoderan de todas nuestras mujeres. En Francia les han quitado la enseñanza porque no valían nada fuera de bordar escapularios. Recuas de mujeres contratadas en Europa, hermandades de extranjeros, de machos y especuladores tonsurados y de hembras neutras. Todas estas comunidades deben ser desconocidas por el Congreso y alejadas de la educación, porque en diez años más estarán en su poder todas las escuelas del país. Hermanas y hermanos emigrantes, lavanderas y mozas de labor, enganchadas en Irlanda para venir a enseñar a nuestras hijas lo que no saben, en lugar de ser mucamas, para lo que tampoco sirven gran cosa. Las hermanas son intrusas, falsarias, mujeres colectadas en Europa a pretexto de religión, para ganar plata en América.”  Estas arremetidas de Sarmiento en contra de todo lo que fuese culto católico, no eran acciones aisladas y de francotiradores. Al contrario, obedecían a un PLAN MASÓNICO bien organizado y bien meditado. Era la preparación del clima psicológico para el gran ataque que bien pronto se llevaría contra la enseñanza religiosa, y el medio de probar cuanta era la fuerza católica con la que se iba a tener que combatir. Cada ataque de Sarmiento era contestado por el diario “La Unión” de los católicos: escribían en ese diario: Estrada, Goyena, Frias, Achaval, Lamarca, y otros de la misma altura intelectual. Frecuente se hacían reuniones católicas las que eran tenidas en cuenta por los liberales masones para calcular el caudal cualitativo y cuantitativo del adversario.

domingo, 29 de abril de 2018

Nacionalismo y peronismo

Por el Profesor Jbismarck
No podemos evitar comenzar por una invocación de lo que significó Perón para los nacionalistas que entusiastamente habían creído en el proyecto de restauración nacional de la revolución del ‘43 y que adhirieron al peronismo, tal como lo relata Mario Amadeo, como una opción con una buena dosis de disgusto y mucho de oportunismo político, pues pretendían encarnar sus ideas en un liderazgo que para sorpresa de muchos, crecía en una popularidad inédita hasta el momento.  En este sentido, los relatos que dan cuenta del entusiasmo que despertó el golpe del ‘43 y posteriormente la candidatura de Juan Domingo Perón en el heterogéneo conglomerado católico nacional, convocados tanto por la campaña de enseñanza religiosa iniciada por el famoso decreto del gobierno de facto, como por de la capacidad del líder militar de impregnar en las masas obreras los contenidos de la doctrina social de la Iglesia que la alejaban del peligro de la izquierda; pretendían dar una imagen de adhesión unívoca no del todo cierta. En efecto, la convergencia coyuntural traía en germen futuros conflictos que ya entonces parecían advertirse, más allá de las proyecciones que el conocido desenlace puede hacer atribuir a los inicios.  Se percibía por el lado católico el peligro de que la Iglesia quedara amañada a un orden cristiano conducido por Perón, marginando a los católicos democráticos con tendencias pluralistas y laicas de filiaciones conservadoras o radicales, muy vinculados a la jerarquía eclesiástica representada entonces por Monseñor De Andrea.  A pesar de estos incipientes indicios de conflicto, nada parecía poder detenerlos frente a la inevitable inercia política provocada por veinte años de prédica en búsqueda de la nación católica, y ante la evidencia arrolladora de que un conductor no esperado usara en sus discursos de campaña el mito de la restauración argentinista fundada en una doctrina revolucionaria. Esto evidenciaba hasta qué punto los presupuestos del nacionalismo y del catolicismo popular se habían desligado, en alguna medida de sus propios productores y constituían parte de un imaginario político que encontraba múltiples y variadas resonancias contra la denominada argentina liberal. 
 Resultado de imagen para nacionalismo y peronismo Más allá del potencial comprensivo que puede aportar esta imagen mítica de la nación católica, ha sido una constante de los estudios sobre el tema, subrayar los nutrientes nacionalistas que configuraron gran parte de la doctrina peronista, haciendo hincapié más en los componentes discursivos y en las estrategias de los actores que en los procesos sociales que lo configuraron.  Así lo aseguraban protagonistas y autores de distinto signo. Bonifacio del Carril señalaba la utilización que Perón haría del nacionalismo como el ingrediente intelectual… que nutriría a su movimiento de una vibración nacional, criolla y tradicionalista . Enrique Zuleta Álvarez iba mucho más allá cuando afirmaba que el programa nacionalista- sobre todo el nacionalista
republicano- pasó casi sin variaciones a convertirse en el del movimiento que luego sería el
peronismo. Carlos Altamirano más moderadamente sostiene que Perón extrajo de la cantera del
nacionalismo varios de sus temas y consignas.   Por otro lado, desde el punto de vista historiográfico mientras que Tulio Halperín Donghi destacaba que la visión revisionista de la historia acuñada por los nacionalistas no fue recogida por Perón durante su mandato, Diana Quattrocchi Woisson asevera que el peronismo constituyó finalmente la sede o domicilio del revisionismo a partir de 1957 cuando Perón impugne la línea Mayo - Caseros de los denominados Libertadores, dando un nuevo aliento a aquellos que pretendían rescatar la línea nacional, que luego del peronismo sería irremediablemente popular, y después del ‘55 dudosamente democrática.  Evidentemente, las relaciones entre peronismo y nacionalismo no fueron unívocas. Así lo manifiestan también las publicaciones nacionalistas de la época. Mientras que algunas mostraban los lazos que vinculaban al peronismo con sectores nacionalistas como Tribuna dirigida por L.Durañona y Vedia, Política dirigida por Ernesto Palacio y El Pueblo de orientación católica; otras líneas evidenciaban un fuerte tono opositor.  En efecto la reacción intelectual más fuerte contra el peronismo provino de los sectores liderados por Julio Meinvielle, identificados con un catolicismo integrista y reaccionario que se expresaba en publicaciones como Nuestro Tiempo, Balcón, Presencia, desde donde sostuvieron un fuerte cuestionamiento tanto del peronismo como de los sectores liberales democráticos, al mismo tiempo que iniciaban los combates contra el progresismo.  Pero además el grupo de los Irazusta, conocidos como republicanos o neorrepublicanos manifestaron su fuerte antiperonismo a través de la expansión de su tesis sobre la dependencia de la Argentina del imperialismo británico, encontrando en Perón al más lúcido ejecutor de esa política de sumisión bajo lo que entendían como una perversa apropiación de las ideas nacionalistas.  La polémica no quedó en el marco de las publicaciones sino que se extendió a la arena política. Los hermanos Rodolfo y Julio Irazusta fundaron en Córdoba el 11 de octubre de 1942 el Partido Libertador desde el cual cuestionaron el golpe militar de junio del ‘43, postulando su vocación democrática y su escepticismo frente a las contradicciones entre los postulados y las políticas del gobierno golpista, denunciando el continuismo en materia económica y la demagogia en materia social. Luego emprendieron una confrontación más abierta con el peronismo, al que cuestionaban no sólo por su política económica sino por su institucionalidad antirrepublicana.  Mientras tanto otras expresiones partidarias reflejaron el acercamiento entre nacionalismo y peronismo, como por ejemplo Alianza Libertadora Nacionalista cuando a partir de 1953 bajo la dirección Patricio Kelly dió un giro a la conducción antiperonista de Juan Queraltó. Otros partidos más pequeños como el Partido Patriótico 4 de junio, o los de orientación católica Unión Popular Cristiana y el Partido Laborista Popular parecían evidenciar más sinceramente su adhesión al peronismo.  La inclusión de personalidades de trayectoria nacionalista dentro del escenario político peronista completa esta imagen variopinta. No sólo un sector del nacionalismo católico e hispanista oriundo del interior como Joaquín Díaz de Vivar o Raúl Bustos Fierro, sino personajes militantes del nacionalismo de décadas anteriores como Bonifacio Lastra, Juan Pablo Oliver, Basilio Serrano, Carlos y Federico Ibarguren formaban parte del entorno, del que incluso salieron candidaturas destacadas como la del historiador Ernesto Palacio, quien en las elecciones de 1946 fue candidato a diputado nacional por el Partido Laborista de Capital Federal, y el jesuita Leonardo Castellani, Julio Meinvielle fue uno de los organizadores en 1934 de la Acción Católica. Formó parte de la sociedad Tomista Argentina con Tomás Casares, Octavio Derisi, Nimio de Anquín, y se constituyó en los años ’60 en el adalidad espiritual del grupo Tacuara. Además,
algunas personalidades del nacionalismo como Jordán Bruno Genta o Rómulo Etcheverry Boneo
que no se identificaban con el peronismo apoyaron las candidaturas peronistas o manifestaran su
adhesión electoral, buscando evitar su propia marginación sin dejar de expresar sus dudas, en una
actitud de apoyo crítico. Esta muestra difusa en sus contornos que requiere de un estudio pormenorizado de las trayectorias individuales y grupales, nos revela un espectro muy variado que complejiza la idea de la capacidad de absorción y homogeneización del peronismo frente a las distintas posiciones del nacionalismo.  Por otra parte la experiencia de gobierno dio lugar a que muchos de los más incautos adherentes padecieron sucesivas decepciones. Las primeras, asociadas al giro que en política internacional significó la ruptura de relaciones y la declaración de la guerra al Eje. Las siguientes vinculadas a las imágenes de oportunismo, incapacidad y corrupción del grupo gobernante, así como el personalismo del líder, junto con la desconfianza que despertaron las políticas de apertura hacia los Estados Unidos. Las terceras vinculadas a la decepción por el lugar marginal que ocuparon los nacionalistas en el ámbito estatal y en el complejo cultural, tanto en lo que refiere a la ocupación de cargos públicos como a la escasa inclusión de la versión revisionista de la historia que no fue incluida en la liturgia peronista. Todas ellas abonaron el marco de decepción y alejamiento que cristalizó en un proceso de ruptura tras los intentos de Perón de sujetar a la Iglesia, imponiendo por sobre la armonía social el odio de clases.  En efecto cada una de estas situaciones y percepciones venía despojando de liderazgo al promisorio caudillo de la revolución del 4 de junio, y promovía por parte del nacionalismo católico un nuevo abandono de la expectativa de realización del mito lugoniano, el de la posibilidad de encontrar el líder al estilo Salazar o Primo de Rivera, que tanto admiraban. Con el trascurso del tiempo, el desprecio que la figura de Perón iría despertando en los
nacionalistas, tanto por su relación con Eva y un entorno de escaso prestigio social y moral, como por lo que consideraban un estilo de liderazgo personalista y demagógico que subvertía el sentidode la igualdad de la dignidad humana, pues oponía la jerarquía y el prestigio social a un igualitarismo que suponía la supremacía de las mayorías convertidas en masas irracionales y manipulables. Sumado a ello, el temor que una inflamante retórica populista despertara la posibilidad de un conflicto de clases, cuando ya en términos de Julio Irazusta las tradiciones republicanas, los principios morales y el respeto por los derechos individuales habían sido socavados.  para sintetizar, dentro de este proceso de ilusión / desencanto no todos reaccionaron igual. Mientras algunos permanecieron dentro de las filas del peronismo sin mucho nivel de exposición como Ernesto Palacio, otros como Patricio Kelly a través de la Alianza Libertadora, cobraron un perfil más combativo en la lucha contra los sectores antiperonistas. Los sectores más moderados como Marcelo Sánchez Sorondo o Mario Amadeo, retirados de la escena pública, sólo reaccionaron en la medida que el conflicto con la Iglesia se desataba., mientras que los antiperonistas de la primera hora no variaron su animadversión por Perón.
Más allá de los diversos itinerarios y momentos de la relación entre el nacionalismo y el peronismo, el golpe del ‘55 si bien encontró en principio gran parte del espectro nacionalista aglutinado dentro del arco antiperonista a raíz del efecto catalizador producido por el enfrentamiento con la Iglesia en el año ‘54, no tardó en reeditar ese sentimiento de decepción que les provocara la institucionalización de los regímenes resultantes de los golpes militares. En efecto, así como la experiencia militar del ‘30 dio paso a la restauración de gobiernos considerados oligárquicos y pro británicos, y las expectativas del ‘43 desembocaron en la emergencia de un liderazgo dictatorial y demagógico; el golpe del ‘55 continuó con la política antinacional propia del liberalismo confirmando una constante en los grupos nacionalistas, nunca refutada sino expresamente reconocida por ellos mismos: la admirable capacidad para inspirar golpes de estado que después serían capitalizados por otros, debido a su dificultad para crear y conservar espacios de poder propios. La recurrente frustración en la expectativa de que los liderazgos castrenses se harían eco de su prédica y que se les reconocería su auto adjudicado rol político como maîtres à penser del proyecto nacional; así como la dificultad parar crear entidades con arraigo social, más allá del pulular de numerosas aunque efímeras y circunstanciales agrupaciones que carecerían de un sostén basado en redes sociales de intereses que no fueran más allá de la comunión de ciertos ideales; parecían disolver al nacionalismo en un espacio público poblado de voces y de la ausencia de instituciones. Cabe entonces preguntarnos ¿qué quedaba del nacionalismo luego de los sucesivos fracasos recortados tras las imágenes fallidas de Uriburu, Ramírez, Perón, y Lonardi? El contraste entre las expectativas revolucionarias de la hora de la espada del ‘30, la revolución restauradora del ‘43 y la revolución libertadora del ‘55 con los resultados de las salidas electorales: la década infame, la dictadura demagógica y el autoritarismo liberal, daban cuenta de los sucesivos fracasos que parecían provocar la disolución del proyecto nacionalista. Sin embargo, una serie de creencias, valores y actitudes dispersas en distintos ámbitos nos permiten negar esa disolución y dar cuenta de una sobrevivencia que formuló una agenda de debate político y que logró engrosar una lista de demandas públicas formuladas como proyectos alternativos, que por momentos alcanzaron a constituirse en identidades culturales, políticas e incluso partidarias con una escasa llegada al escenario estatal. Adelantando conclusiones se trataba de una pervivencia que siguió siendo minoritaria a pesar de los esfuerzos por encontrarse con lo popular. Con un ecléctico abanico de proposiciones y actitudes políticas e ideológicas de difícil reductibilidad, aunque siempre cruzadas con el catolicismo y cierto tradicionalismo, y con una retórica de moral militante que pretendía permear los poros de una sociedad en la convocatoria a una lucha por la nación, contra los excesos del liberalismo y contra los peligros del comunismo, abrieron la discusión política, dando lugar a una
interpretación compleja del fenómeno peronista

viernes, 27 de abril de 2018

Reflexiones sobre Rosas

 Por Alberto Ezcurra Medrano
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reo que Rosas fue el prócer más grande de la Argentina. Y digo esto sin desmedro de San Martín, que fue, junto con Bolívar uno de los grandes próceres de América. Pero creo que Rosas fue más netamente un prócer argentino. Es un error suponer que cuando Rosas asumió el gobierno existía una República Argentina, al menos tal como la conocemos ahora. Ya se había desmembrado bastante el  Antiguo Virreynato. Y en lo que quedaba no había unión. Las ‘Provincias Unidas de Sud América’ estaban en realidad profundamente desunidas. Tal es así que en el Congreso que declaró su independencia faltaron cuatro de ellas.  Los Caudillos, con sentimientos más localistas que nacionales, lucharon entre sí. Y no faltaron más adelante quienes quisieron  que San Juan y Mendoza se incorporaran a Chile; Salta, Jujuy, Tucumán y Catamarca a Bolivia; y que Entre Ríos, y Corrientes, junto con el Uruguay, formaran una república independiente. Esa era la realidad. El Poder Ejecutivo de Rivadavia no fue más que una ficción. Rivadavia sólo gobernó en Buenos Aires, donde pretendió implantar la civilización europea, y desconoció en absoluto la realidad del interior, que naturalmente lo rechazó.  En tales condiciones Rosas recibió el gobierno. Sobre la base del Pacto Federal de 1831 y la delegación del manejo de las relaciones exteriores que le hicieron las provincias, organizó la Confederación Argentina. Rechazando la obsesión constitucionalista de los teorizadores se tuvo a la realidad y emprendió una larga lucha por la ‘restauración’ de la unidad y de la autoridad. “No se sabe bien –dice Julio Irazusta- hasta que punto esa maniobra es admirable en su mezcla  de inteligencia, fuerza y derecho”. La reconoce el propio Sarmiento cuando dice, en carta íntima al doctor García, que Rosas ‘reincorporó la Nación’. Cuando cayó el país estaba naturalmente constituido y por eso fue posible darle una constitución escrita, y quizás porque se la dio demasiado pronto y no del todo adecuada  a su constitución natural, hubo de soportar aun varios años de división y de guerra civil.
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ero no sólo logro Rosas la unión y la autoridad. Un país en plena disolución como era el que recibió al asumir el gobierno, no podía dejar de tentar a las grandes potencias imperialistas de Europa, entonces en pleno tren de expansión. A esto se debieron los conflictos con Francia primero y luego con Francia e Inglaterra. La forma admirable –extraordinaria combinación de diplomacia y de fuerza con que Rosas supo defender  y hacer triunfar la soberanía nacional, quizás aun no ha sido suficientemente valorada en todo su alcance, como no lo fue en su tiempo, aun para muchos de sus amigos y partidarios.
N
aturalmente Rosas, para consumar tan titanica obra no pudo usar siempre guantes blancos, como no lo hizo ningún forjador de naciones. Hubo rebeldes, y muchos de ellos fueron además traidores a la patria naciente. No hay porqué hacer de Rosas el ‘chivo emisario’ de una época en que todos empleaban los mismos métodos, salvo la traición a la patria, que fue obra exclusiva de sus adversarios. San Martín, con profética  clarividencia preció y justificó a Rosas, aun antes de que este asumiera su segundo gobierno. En carta a Tomás Guido, de fecha 1º de febrero 1834, cuyos subrayados son del propio San Martín, expresa lo siguiente: 
“Maldita sea la tal libertad, no será hijo de mi madre el que vaya a gozar de los beneficios que ella proporciona. Hasta que no sea establecido un gobierno que los demagogo llaman tirano y que me proteja contra los bienes que brinda la actual libertad… el hombre que establezca el orden en nuestra patria, sean cuales sean los métodos que para ello emplea, es él sólo que merecerá el noble título de Libertador”.
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e aquí como San Martín previó a Rosas, supo que le llamarían tirano, le cedió en cuanto a la Argentina respecta su título de Libertador, y lo confirmó más tarde con el legado de su sable. ¡Qué admirable lección para los antirrosistas de todos los tiempos!+