Rosas

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lunes, 24 de junio de 2019

Presentación de "Perón Intimo" de Ignacio Cloppet

Tengo el agrado de invitar a la presentación de mi nuevo libro: PERÓN INTIMO. HISTORIAS DESCONOCIDAS, con prólogo de Raanan Rein.
Me acompañarán Ricardo Roa y Rosendo Fraga.
El acto se realizará el jueves 11 de julio a las 19 horas, en el Salón Auditorio del Colegio Público de Abogados, Av. Corrientes 1441, 1º piso, CABA.


Se adjunta tarjeta de invitación.

Las "memorias" de Cornelio Saavedra

Por el Prof. Jbismarck
Cornelio Saavedra escribió sus Memorias en 1829, poco antes de morir, con el objetivo de legar a sus hijos una biografía de su vida política que les permitiera conocer su historia y poder defender su honor, en caso de que volviera a ser cuestionado después de su muerte.  Saavedra se presenta a sí mismo como un Líder que fue capaz de comprender y aprovechar las situaciones con el propósito de iniciar el movimiento emancipador. Respecto de la legitimidad de dicho movimiento, Saavedra la encuentra en la voluntad emancipatoria del pueblo de Buenos Aires (representado fundamentalmente por las milicias) así como en la idea, propia del lenguaje pactista, de la legítima reasunción de los derechos de los americanos posibilitada por la ausencia del monarca.  La otra cuestión que ocupa las Memorias es el intento de Saavedra de restaurar su honor y dignidad frente a las afrentas y persecuciones sufridas a lo largo de su vida por los gobiernos que le sucedieron en la dirección de la revolución. Con este objetivo, sostiene que no tuvo ningún vínculo con los acontecimientos del 5 y 6 de abril de 1811 y que, independientemente de las intenciones, éstos produjeron un gran daño a la revolución.  En la búsqueda de explicaciones a la difamación y persecución que debió padecer, Saavedra hace referencia a la lucha facciosa desatada a partir de la revolución. Sostiene que estas conductas facciosas no sólo afectaron a su persona, sino también desvirtuaron los verdaderos propósitos de la revolución, vinculados originariamente a la legítima lucha por la libertad de los americanos. Saavedra  y los problemas que produjo la solicitud de disolución de las milicias formadas durante de las invasiones inglesas
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"Este también fue el origen de los celos y rivalidades que asomaron entre patricios y europeos. Acostumbrados éstos a mirar a los hijos del país como a sus dependientes y tratarlos con el aire de conquistadores, les era desagradable verlos con las armas en la mano, y mucho más el que conque
:ellas se hacían respetables por sus buenos servidos y por su decisión a conservar el orden en la sociedad."  "Los franceses por aquella época, activaban con fuerzas muy respetables la ocupación y conquista de la España. Las gacetas nos anunciaban batallas ganadas todos los días por los españoles, mas ellas mismas confesaban que gradualmente las provincias enteras estaban ya subyugadas. A la .verdad, ¿quién era en aquel tiempo el que no juzgase que Napoleón triunfaría y realizaría sus planes con la España? '.Esto era lo que yo esperaba muy en breve, la oportunidad o tiempo que creía conveniente para dar el grito de libertad en estas partes. Esta la breva que decía era útil esperar que madurase. A la verdad, no era dudable que separándonos de la metrópoli cuando la viésemos dominada por sus invasores ¿quién justamente podía argüimos de infidencia o rebelión? En aquel caso nuestra decisión a no ser franceses, de consiguiente quedaba justificada ante todos los sensatos del mundo nuestra conducta."
Saavedra se refiere a la reunión celebrada el 19 de mayo entre los jefes de la fuerza armada y el virrey Cisneros, a propósito de la solicitud de convocatoria a un Cabildo Abierto, realizada por los criollos
"Viendo que mis compañeros callaban, yo fui el que dijo a S.E.: «Señor, son muy diversas las épocas del 1ro de enero del año 1809, y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquélla existía la España, aunque ya invadida por Napoleón, en ésta toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto sólo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E., en su proclama de ayer. ¿Y qué señor? —¿Cádiz y la isla de León son España? —¿Este territorio inmenso, sus millones de habitantes, han de reconocer soberanía en los comerciantes de Cádiz y en los pescadores de la isla de León? —¿Los derechos de la corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León que son parte de una de las provincias de Andalucía? —No, señor; no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses: hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservamos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos,, ya no existe; de consiguiente tampoco V.E. la tiene ya, asi es que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella». Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño concluyó diciendo: «Pues, señores, se hará el cabildo abierto que se solicita». 
"La destitución del virrey y creación consiguiente de un nuevo gobierno americano, fue a todas luces el golpe que derribó el dominio que los reyes de España,habían ejercido en cerca de 300 años en esta parte del mundo, por el injusto derecho de conquista y sin justicia: no se puede negar esta gloria a los que por libertarla del pasado yugo que la oprímía, hicimos un formal abandono de nuestras vidas, de Y.nuestras familias e intereses, arrostrando los riesgos a que Con aquel hecho quedamos expuestos. Nosotros solos, sin precedente combinación con los pueblos del interior, mandados por jefes españoles que tenían influjo decidido en ellos, confiados en nuestras pocas fuerzas y su bien acreditado valor y en que la misma justicia de la causa de la libertad americana, les acarrearía en todas partes prosélitos y defensores. Nosotros solos, digo, tuvimos la gloria de emprender tan abultada obra. Ella por descontado alarmó al cúmulo de españoles que había en Buenos Aires y en todo el resto de las provincias, a los gobernadores y jefes del interior, y a todos los empleados por el Rey, que preveían llegaba el término del predominio que ellos les daban entre los americanos. En el mismo Buenos Aires, no faltaron hijos suyos, que miraron con tedio nuestra empresa: unos le creían cable por el poder de los españoles: otros la graduaban de locura y delirio, de cabezas desorganizadas: otros en fin, y eran los más piadosos, nos miraban con compasión, no dudando que en breves días seríamos víctimas del poder y furor español, en castigo de nuestra rebelión e infidelidad contra el legitimó soberano, dueño y señor de la América, y de las vidas y haciendas de todos sus hijos y habitantes, pues hasta estas calidades atribuían al Rey en su fanatismo.
"La historia de este memorable suceso, arranca su origen de las anteriores: Que la América marchaba a pasos largos a su emancipación, era una verdad constante, aunque muy oculta en los corazones de todos. Las tentativas de Tupac-Amaru, de La Paz y de Charcas, que costaron no poca sangre, y fueron inmaduras, acreditan esta idea. No creíamos se aproximaría tan pronto tan deseada época; mas los sucesos la trajeron a las manos, y no quisimos dejarla pasar. Las dos invasiones inglesas nos pusieron las armas en la mano para defendernos. Esto ocasionó se avivasen los celos y las rivalidades entre americanos y españoles, y esto nos dio a conocer que los leones de Iberia devoraban corderos indefensos pero no hombres: esto finalmente fijó el 1ro de enero de 1809, la superioridad de las nuestras sobre las de aquéllos. La invasión de Napoleón a la España; la destitución del rey Fernando, sus abdicaciones a favor de su padre el rey Carlos IV, y las de éste en la dinastía del mismo Napoleón: el reconocimiento que se hizo del nuevo rey José, hermano de aquel en la misma Corte de Madrid, y obediencia que le tributaron los grandes y nobles del reino en la mayor parte; la ocupación de casi toda la Península, excepto Cádiz y la Isla de León: el abandono que experimentamos de aquella corte cuando se le pidieron auxilios de tropas y armas para repeler la segunda expedición inglesa, y su insultante contestación de «defiéndanse ustedes como puedan, etcétera, etcétera», ¿qué otro resultado habían de tener que el de desenrollar y hacer salir a luz el germen de nuestra libertad e independencia? Es indudable en mi opinión, que si se miran las cosas a buena luz, a la ambición de Napoleón y a la de los ingleses, en querer ser señores de esta América, se debe atribuir la revolución del 25 de Mayo de 1810... Si no hubieran sido repetidas éstas, si hubieran triunfado de nosotros, sí se hubieran hecho dueños de Buenos Aires: ¿qué sería de la causa de la patria, dónde estaría su libertad e independencia? Si el trastorno del trono español, por las armas o por las intrigas de Napoleón que causaron también el desorden y desorganización de todos los gobiernos de la citada Península, y rompió por consiguiente la cana de incorporación y pactos de la América con la corona de Castilla; si esto y mucho más que omito por consultar la brevedad no hubiese acaecido ni sucedido, ¿pudiera habérsenos venido a las manos otra oportunidad más análoga y lisonjera al verificativo de nuestras ideas, en punto a separarnos para siempre del dominio de España y reasumir nuestros derechos? Es preciso confesar que no, y que fue forzoso y oportuno aprovechar la que nos presentaban aquellos sucesos. Sí, a ellos es que debemos radicalmente atribuir el origen de nuestra revolución, y no a algunos presumidos de sabios y doctores que en las reuniones de los cafés y sobre la carpeta, hablaban de ella, mas no se decidieron hasta que nos vieron (hablo de mis compañeros y de mí mismo) con las armas en la mano resueltos ya a verificarla. Haré justicia en esta parte,y doy a cada uno lo que es suyo y así se conservarán los derechos de todos."
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Saavedra nació en Potosí en 1759. A los ocho años se trasladó a la ciudad de Buenos Aires junto, a su familia y a los catorce ingresó al Real Colegio de San Carlos.  Su camera militar comenzó durante las invasiones inglesas. En 1806 fue nombrado jefe del Regimiento de Patricios y a partir de entonces su figura adquirió una gravitación en el seno de los sectores criollos. Defendió al virrey Líniers en la jornada del 1ro de enero de 1809 y posteriormente alcanzó un papel decisivo en los acontecimientos revolucionarios, siendo elegido presidente de la Junta de gobierno instaurada el 25 de mayo de 1810.
Apenas establecido el nuevo gobierno surgieron tensiones acerca de la dirección que debía tomar la revolución, que cristalizaron en la formación de las tendencias saavedrista y morenista. Dichas tensiones alcanzaron su punto de ruptura con la formación de la Junta Grande que incorporaba a los diputados del interior, en su mayoría aliados a Saavedra, al gobierno provisional formado en Buenos Aires, Moreno se opuso a esta decisión, renunció a su cargo de secretario de la Junta y marchó en misión diplomática a Londres, en cuyo viaje falleció el 4 de marzo de 1811.
Aunque el alejamiento de Moreno fortaleció a los saavedristas, la figura de su líder fue muy cuestionada debido a su supuesta vinculación con la asonada del 5 y 6 de abril de 1811. En esas jornadas, grupos de habitantes de los suburbios movilizados por varios alcaldes de barrio y jefes militares produjeron un levantamiento y exigieron al gobierno una serie de medidas que fortalecieron a los saavedristas en detrimento de la Sociedad Patriótica compuesta por grupos morenistas. Ese mismo año Saavedra fue enviado al norte para reorganizar el ejército que había sido recientemente derrotado por los realistas. Allí permaneció hasta que, poco tiempo después, el Primer Triunvirato lo excluyó del gobierno acusándolo de haber liderado la asonada de abril.
En 1814, la Asamblea del año XIII, mediante un juicio de residencia, lo condenó a destierro perpetuo y pidió su captura pero Saavedra se fugó a Chile, donde las autoridades le dieron asilo. En 1818 el directorio declaró la nulidad de procedimientos del proceso realizado contra Saavedra y lo reincorporó al ejército con el grado de brigadier. Al año siguiente se desempeñó como delegado directorial en la campaña de Buenos Aires. En 1822 se acogió a la ley de retiro militar sancionada por el gobierno de Martín Rodríguez. Sus últimos años transcurrieron en su estancia de Zarate junto a su familia, donde escribió sus Memorias. Murió el 29 de marzo, de 1829.

domingo, 23 de junio de 2019

Rosas recomienda a Facundo un remedio contra el reumatismo

Extraido del "Desvan de Clío" TEH Nro 1
Juan Facundo Quiroga -el temido y también admirado caudillo riojano- salia sufrir de ataques reumáticos, producto de su intensa vida en campaña a la intemperie.  El 25 de febrero de 1835. Juan Manuel de Rosas le envió una carta con una receta para curar el reumatismo, carta que el destinatario no llegó a recibir. pues fue asesinado en Barranca Yaco nueve dias antes, el 16 de febrero a eso de las once de la mañana.  De cualquier manera, la carta de Rosas, que conserva su interés, dice, incluso con sus particularidades ortográficas: 
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"Mi querido compañero, Señor Dn. ,Juan Facundo Quiroga - Haviendo mi primo el Señor Dn. Tomás Anchorena adquirido la noticia del remedio siguiente me ha parecido conveniente comunicarlo a V. S. por si de algo le sirve su conocimiento, pues en la clase de males que V. padece, generalmente, donde menós se piensa suele encontrarse el alivio de la Divina Providencia.  Pero yo sería de opinion q. V. Resolviera intentarlo. no debía ser hasta qe. regresace y gosace ya de un completo sosiego.  "Un griego qe. tiene Fonda en Sn. Isidro, muy hombre de bien me ha referido qe. siendo el joven cuando Napoleon fue al Egipto, su padre fue salvado con este remedio.
"Tomó una porción de ajos, los peló y colocó sobre un pedazo de lienzo de camisa de ilo usada: en seguida pulverizó aquellos ajos con polvo de mercurio dulce en una dosis como de dos narigadas de rape, y doblando el lienzo lo coció en forma de bolsa o saco cerrado por todos lados - Después tomó una olla de dos orejas en qe. cabrían como cinco o seis botellas de agua y colocó en ella la bolsa pendiente por unos ilos de las dos orejas de modo qe. estando dentro de la olla, se manitubiese el aire como en una maroma: Acto continuo le echó agua fría en la olla, pero cosa que la bolsa no tocase en la agua; la tapó con un plato y engrudó por las orillas para que qúedase ermeticamente cerrada la olla; puso un peso sobre el plato para qe. no se moviese, v colocó la olla asi tapada y cerrada con fuego de carbon fuerte en donde la tubo irviendo como hora y media, cuidando mucho de reponer y pegar el engrudo donde se desprendía para qe. no saliera ningún vapor de la olla.  "Después de esta operación separó la olla del fuego y cuando había aflojado el calor la destapó, sacó la bolsa, y cerrada y caliente cuanto podía sufrirse en las manos, las exprimió con las mismas manos sobre una fuente haciendole echar una especie de: aceite que lo acomodó despues en un frasco o botella.  Con la brosa de los ajos exprimidos le frotó los miembros enfermos para aprovechar el jugo o aceite qe. tenían dejando en ellos las brasas que se qedaban pegadas; y las envolvió después con unos lienzos usados -  Concluida la primera cura, lo despidió entregándole, el frasco del exprimido aceite para qe. se diese con él a mano caliente dos frotaciones al día, una al acostarse a la noche y otra al levantarse por la mañana, y le previno qe. cuando se acavase volviese por más - observó exactmte. la instruccion y a los tres días ya movía los miembros qe. se le habían
adormecido del todo, a los nueve días caminó por sus pies sin muleta, y sanó del todo hasta el presente, sin necesidad de repetir la confección del medicamento - No le quedó otro defecto que cierta desigualdad a la vista, y entre el nudo de una muñeca y el la otra qe. me lo hizo notar, y qe. cuando quiere hacer mucha fuerza, le flaquea al rato el brazo izqdo. qe. fue el enfermo. Siempre de Ud. affme Amigo.  Juan Manuel de Rosas

domingo, 16 de junio de 2019

La historia de Riquelme, antes de que fuera Román.

La hicimos para Don Julio #1.
 Lo descubrieron en un torneo que jugaba su viejo. Un entrenador de baby se obnubiló y le ofreció jugar en su equipo. El niño, tímido, le dijo que no. Ésta es la historia de ese niño. 
José C. Paz, San Miguel, Polvorines, Villa de Mayo, Don Torcuato: cuatro horas pateando barrios, clubes, potreros y villas de la Provincia de Buenos Aires para encontrarse, ahora, ante un eterno descampado y una vía de tren que lo cruzaba con la naturalidad de una cicatriz. Un solo dato tenía el loco, tipo loco, y con ese dato había cerrado la puerta de su casa por última vez.
—Me habían dicho que el equipo se llamaba San Jorge. Y que al padre le decían Cacho. Cacho, o Piturro, le decían también.
San Jorge era un equipo que el fin de semana había jugado un torneo en el club 9 de Julio, a una cuadra de su casa, en José C. Paz. Un amigo le había dicho que se pegara una vuelta, para chusmear, y el loco, tipo loco, lo vio:

—Seis, siete años tenía. Estaba ahí, con unos amiguitos, pateando al arco. Me acuerdo de eso: cada tanto se ponía a hacer jueguitos, pero lo que más me acuerdo es que pateaba mucho al arco. Es más, fijate que un amigo me dijo: “¿Lo viste? Para mí es mejor que Juan Pablo y Estrellita”. Juan Pablo y Estrellita eran dos chicos que tenía yo. No me acerqué, no le pregunté el nombre, nada. Esto fue un domingo. Y el lunes lo salí a buscar.
Lunes, entonces, seis de la tarde. A un lado de la vía del tren, una villa. Al otro, árboles, matas, un mural de ligustrina y dos o tres casas alejadas que alguien, seguro, se olvidó de guardar. El Conurbano es así: un pibe vago, o despelotado, o colgado, que jamás ordena su habitación. El tipo se había acordado que ahí, a la espalda de Campo de Mayo, había una villa que se llamaba San Jorge, y fue. Como había hecho con decenas de barrios durante cuatro horas, se rascó el peinado y fue.
Más que la entrada, el tipo bordeó la vía calculando la salida: seis de la tarde, el sol que se ensombrecía, un océano verde custodiando el frente de la villa y otro, más grande todavía, detrás. El tipo cruzó la vía y se mandó por uno de los pasillos de la villa. Casas fraternales, casas apretadas, la sensación de que vaciaron un balde de juguetes y todo quedó así, como cayó. Y, por supuesto, la estrechez: el pasillo largo y angosto de los que tienen -muchas veces- un solo camino, nomás.
El tipo se frenó ante un grupito de pibes sentado en el cruce de dos pasillos.
Hola, disculpen: ¿hay acá un chiquito que juega muy bien? El padre tiene un equipo de fútbol, creo.
—El hijo de Cacho debe ser –le dijo uno de los pibes, cabeceando hacia atrás–. Sí, vive para allá.
—¿Para allá para dónde?
—Segundo pasillo. Al fondo.










—¿Uno chiquitito así es, no?

—Sí, sí. La rompe.
—¿Y cómo se llama?
—Román.
Segundo pasillo, entonces, al fondo. Del maremoto de los juguetes a la pampa argentina: césped, tierra, más césped, más tierra y la insólita manera de darle otro nombre y otra historia al anonimato de esa forma.
Un arco acá.
El otro, allá.
—Estaba ahí, pateando. Eran tres. La forma en que se movía, lo fino que era, por Dios. Quedé eclipsado.
El loco, tipo loco -Jorge Rodríguez, 25 años, ex Cebollita, ex Combatiente de Malvinas-, se le acercó, se agachó, le sonrió, le preguntó:
—Chiquito, vení… ¿vos sos Román?
Román vestía, apenas, un pantaloncito de fútbol. Apenas, también, le asintió.
—Y escuchame… –insistió Jorge– ¿dónde vivís?
—Flaco, ¿a quién buscás?
Un tipo de unos 27, 28 años, estaba sentado con dos amigos, tomando una coca, en un cordón.
—No, digo… – se trabó Jorge – ¿la casa de este nene?
—¿Y para qué la buscás?
—Quería hablar con el padre del chico.
Ese chico que no se movía, que ni miraba, que seguía, los ojos bajos, quietito ahí.
—Soy delegado de Ferro. Busco chicos para llevarlos a jugar al baby –se destrabó Jorge, señalando al niño con el mentón–. ¿Román, no?
El tipo le pegó un sorbo a la coca.
—Sí.
—¿Y el padre?
—¿Qué?
—Cacho, me dijeron, ¿puede ser?
—Ernesto.
—Ernesto — repitió Jorge, dilatando el tiempo.
—¿Podré… digo… su casa… o sea, digo: hablar con él?
—Está hablando con él.
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Jorge Rodríguez no laburaba en Ferro : laburaba en un club de baby que se llama Bella Vista. Jorge Rodríguez había dicho Ferro por decir, para no demorar la explicación y que la noche aplastara todo. Ernesto Riquelme – o Cacho, o Piturro – desconfiaba de Jorge, de Bella Vista y del Ferro que nunca existió. La mañana del primer sábado, Jorge volvió a los pasillos de la villa y aplaudió a la puerta de la casa de Román.
Salió Ernesto. O Cacho. O Piturro.
—No quiere jugar, Jorge. No quiere ir.
Jorge sintió en las piernas el cansancio de José C. Paz, Malvinas Argentinas, San Miguel, Polvorines, Villa de Mayo, Don Torcuato.
—No quiere – se afirmó Cacho –. Le da vergüenza, es así.
Cacho le había preguntado a Román qué quería y Román no le había dicho nada. Cada tarde de cada sábado, Cacho jugaba en el equipo que Jorge había visto antes y después de haber visto, por primera vez, a Román. “San Jorge”, le habían dicho, equivocándose con el nombre de la villa, pero no: el equipo se llamaba El Ciclón.
Jorge no pudo verlo, aquella mañana, a Román: el niño de los Riquelme se había escondido en uno de los pasillos de su casa. Eso hizo entonces, y eso hizo cada vez que oía los aplausos del entrenador: refugiarse, fugarse, con el sigilo de un gurkha.
Al primer sábado, Román hizo lo que hacía todos los sábados: acompañar a su viejo a los torneos que jugaba El Ciclón.
—Convencelo, dale —le pidió Jorge a Cacho—. Traémelo a Bella Vista. Una vez, nada más.
El primer número que Román usó en Bella Vista fue el 5.
—Llegó con el padre, calladito, y no se movió de su lado hasta que le dije que había que ir al vestuario —recuerda Jorge—. Le había ofrecido una coca: nada. Un sánguche: nada. Y no habló nunca. Entramos al vestuario, lo presenté a los compañeritos y se cambió en una esquina, en silencio, solo. Jugó, volvió a cambiarse solo y se sentó al lado del padre, otra vez. Y tampoco me aceptó la coca.
Como tampoco aceptó jugar, definitivamente, en Bella Vista. En la villa ya se sabía que Román la pisaba, cada tanto, en un club. Y Román ya sabía que los sábados iría, cada tanto, a los potreros en los que barrenaba El Ciclón.
—Ocho, nueve, diez años y ya nos toreaba. Nos veía salir a todos en fila y nos decía: “¿Cómo van a perder con unos muertos así?”.
El que habla es Cacho, amigo de Cacho, el papá de Román. Cacho al cuadrado, digamos, porque los dos jugaban en el equipo y los dos laburaban de albañiles, también.
—Nos decía qué cagadas nos habíamos mandado, qué cosa habíamos hecho mal, el pendejo.
A los 13 años, Román les dijo de otra manera cómo hacerlo, qué hacer: empezó a jugar con ellos. Los rivales tenían 30 años y dos reflejos obvios: se le cagaban de risa, primero, y lo cagaban a patadas, después.
—Lo mataban —insiste Cacho—. Después aprendió a soltarla más rápido, y cuándo gambetear. Pero le daban, le daban mucho. Al principio lo buscaban, se reían, y después se daban cuenta de que era bueno en serio, el pendejo.
Cacho recuerda aquellas patadas justo al costado de la primera cancha en la que jugó Román, el campito lunar -pozo, piedra, piedra, pozo, ay- en el que su viejo gritó: “Flaco, ¿a quién buscás?”.
—Dejó de jugar con nosotros cuando ya estaba en Argentinos —precisa Cacho—, porque se tenía que cuidar. Pero antes, una bestia. Escuchame, pateaba los penales: 14 años y pateaba los penales. Con un fierro le daba, Román.
En Bella Vista, mientras tanto, algunos padres lo celaban. Bajito se decía que ahí viene el villero, mirá, hasta que a Jorge Rodríguez lo echaron del club y se fue a La Carpita, un club de baby que está a dos cuadras de la estación de tren de El Tropezón. Román no quiso ir más a Bella Vista. Nicolás Alfaro y Rafael Scandolo, dos compañeritos, tampoco. Una noche, Jorge se decidió: ya había convencido a Rafael, a Nico, y le faltaba Román.
La noche es un agujero de ozono en la villa. Jorge caminó por el ahogo del segundo pasillo y aplaudió a la puerta de la casa de Román.
Televisores gritando, cumbia al palo, algunos chicos tomando coca en una esquina. Y por primera vez, abrió Román:
—¡Papi, vino Jorge!
La última imagen hay que observarla desde arriba: Campo de Mayo, la noche, la vía y un desubicado cantando, saltando:
—¡La Carpita va a salir campeón, La Carpita va a salir campeón…!
El tipo estaba loco. Y el futuro -siempre canchero, enigmático – se asomó tras el telón: a la cancha de La Carpita le decían la Bombonerita.
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En La Carpita no hay fotos de Román. Afuera brilla el sol del mediodía, y entrar al club es como dejarse anochecer: lo primero que se siente es la pesadez de la sombra y lo primero que se ve es un buffet que tiene la inmensidad de un galpón y cinco o seis mesas, nomás. En una, dos viejos y una gaseosa; en otra, un hombre, sin gaseosa. Detrás del mostrador, una chica -la moza, hija o sobrina, seguro, del presidente del club- se evade con la hipnosis de un televisor. El escritor italiano Ermanno Cavazzoni tenía razón: son maquetas los mundos, y basta que nos vayamos de ahí para que los tipos levanten todo y se escondan nuevamente, satisfechos de su actuación.
La única pista de que Román jugó ahí se ve en la puerta de La Bombonerita. Arriba del marco quedó un pedazo de póster, pero justo el pedazo que no tenía que quedar: “(…) ídolo de La Carpita…”.
—Lo arrancaron los dirigentes que estaban antes. “Juan Román Riquelme, ídolo de La Carpita”, decía. Pero como Román se había peleado con esa dirigencia, los tipos sacaron todo lo que había de él. Hincha de River, el presidente, imaginate.
Daniel acomoda una mesa al lado de la puerta de La Bombonerita. En un rato acomodará su silla, una caja de cartón con las entradas y acomodará, también, las planillas con los nombres y los apellidos de los chicos que están por llegar.
—La foto de Román tocaba el techo, más o menos.
Daniel no se acuerda quién bautizó La Bombonerita a La Bombonerita, pero el arte nos acostumbró así: una obra más que trasciende al autor. La cancha de La Bombonerita es un océano de cerámica azul, todo un flash luego de la caverna del buffet. Un azul brillante cielo, con la canchita delimitada por líneas blancas y un balcón que aprieta uno de los laterales hasta la intimidación. Se ve la baranda, la platea detrás, y la imagen cae como piña: el Maradona de las cejas depiladas infla el pecho en su palco de La Boca.
—Acá… —dice Daniel, cerca de un córner— le tiró un caño tremendo a Mirko Saric, el chico que jugó en San Lorenzo. Se anunció durante semanas ese partido: Román contra Saric. La Carpita ya ganaba 3-0 y el partido terminó con un bochazo que Román durmió acá, contra este córner. Saric lo apretó, lo ahogó desde atrás, y mirá lo que hizo Román.
Daniel debe imaginarse los gritos de los padres, los nervios de los chicos, la pelota ahí:
—Román se la pisó, se la alejó y le tiró un caño de rabona. Y cuando Saric volvió a marcarlo, desesperado, se la pisó otra vez, volviendo al mismo lugar.
Lo dicho: ni el tiempo -ni la pelota- han avanzado. Caminar la cancha azul de La Carpita es caminar por un sendero de historias cuasi bíblicas. Una vuelta, cuentan, quedó mano a mano con el arquero: lo revolcó, la pisó, le amagó un globo, el arquero se recuperó, se la volvió a pisar, lo gambeteó y se metió al arco con pelota -y gloria- y todo.
Otra tarde, porfían, bailó tanto a Tradito, Martín Tradito, un chico de Parque, que Ramón Maddoni, el entrenador, lo sacó al pibe arrastrándolo de una oreja.
Un sábado, juran, no podía jugar una final por una hinchazón en el dedo gordo del pie derecho. El ex presidente del club entró al vestuario. Se preocupó, lo animó, lo mimó. Reservamos su nombre porque la historia concluye con el ex presidente haciéndole masajes y chupándole el dedo del pie.
Y La Carpita perdía 3-0, y entró Román, y en cinco minutos lo dio vuelta: 4-3.
Y amén.
***
Román silbaba: siempre silbaba. Silbaba acodado a la ventanilla del bondi, mientras volvía por la Ruta 202, sábados doce de la noche, desde La Carpita, y silbaba mientras desanudaba sus botines, seis y media de la mañana, antes de ir al entrenamiento de Argentinos. La vieja se los dejaba colgados en una soguita, en el patio delantero de la casa. Román los desanudaba, entraba otra vez y se sentaba a la mesa de la cocina, o en la cama de su habitación. Y empezaba: estiraba un cordón, le apuntaba al ojal de un botín, lo pasaba, lo miraba, lo volvía a estirar.
—La concha de tu madre, Román, que no llegamos —le susurraba Jorge, siempre a su lado. El mundo dormía. Y Román, silbando, se reía.
Luego, nueve cuadras, bondi, tren, bondi otra vez. Argentinos se entrenaba en su cancha o en la de Lamadrid, pero daba igual: el viaje era un Vía Crucís hasta Jerusalén. Estamos en 1990. Román todavía jugaba en La Carpita, así que el fútbol no gozaba del descanso del Señor, y su cuerpo tampoco: baby, once, baby, once, uf. En Argentinos detectaron que no recuperaba su peso. Román tenía 12 años y la delgadez de un wing.
—Nos sometieron a un plan alimenticio. A él y a mí. A los dos. Régimen estricto, vitaminas —avala Cristian Ezquerra, delantero de La Carpita y compañero de Román, también, en La Paternal. La vida es maravillosa: Ezquerra es, ahora, gerente general de un restorán. Un restorán que queda en Miami.
—Eramos flaquitos, súper flaquitos. Pero bueno, yo era wing, él jugaba en el medio o lo tiraban atrás, no tenía nada que ver.
Dato fácil de encontrar en cualquier biografía: al ídolo, de niño, no lo ponían. No jugaba. Lo cuidaban o lo subestimaban. El ídolo, de niño, era relegado por adultos que hoy se rascan su panza mientras manejan el remís.
—Ya te digo: lo movían fácil. Trababa la pelota y la perdía. Le costaba gambetear.
Ramón Maddoni es una foca blanca a la mesa de un café. Lo de blanca es porque viste una chomba de Boca – blanca – y lo de foca es por la actitud pesada, desparramada.
—No tenía continuidad de trabajo, Román —sentencia ante Don Julio—. Entraba, salía, no jugaba siempre, no.
Y no sólo no jugaba, sino que a veces ni se concentraba. Argentinos no lo había querido fichar. Los repeló lo flaquito que era, y algunos entrenadores hasta decían que no jugaba bien. En Infantiles, Pre-Novena y Novena había 17 chicos en la planilla y el 18 – casi siempre- era Román. Lo ponían de titular cuando Argentinos jugaba en Rosario, por ejemplo, porque otros compañeritos no podían, no querían o no los dejaban viajar. Y Cacho, su viejo, se empezó a fastidiar.
—¿Lo va a tener en cuenta, Ramón?
Riquelme Padre y Maddoni Entrenador, frente a frente en la práctica de Argentinos.
—El viejo sabía lo que tenía en sus manos –recuerda Ramón–. Caía a preguntarme y yo le decía que sí, obvio que sí, pero que había que esperar.
Cacho le retrucó de otra manera: intentó llevar a Román a Platense. Se lo dijo a Jorge. Jorge llamó a un técnico amigo suyo que laburaba en Platense y lo llevó a ver un Chacarita-Argentinos.
—Mirá, es ése.
Jorge cabeceaba y señalaba a un flaquito con cubana y piernas de garza.
—Si te gusta, mañana lo tenés practicando allá — le canchereó. El amigo le sonrió, se tiró hacia atrás:
—Si sabés, Jorge, que lo tengo a Rondinone, que es un crack.
Rondinone. Ron, di, no, ne.
Así que Román siguió jugando, o no jugando, en Argentinos. Fue 8, 5, 11, 10 y pseudo central, entre el medio y la zaga. Jugó con Esteban Cambiasso, Emanuel Ruiz, Mariano Herrón; le nació la voz: en La Carpita se la pasaba ordenando y aconsejando a los compañeros, y en Argentinos, finalmente, también. Con el tiempo y el talento se asentó, y entonces llegó lo inevitable, el viaje de egresados de todo niño jugador. El primer retiro. Un viaje inmóvil, sin la obviedad de viajar.
—Había como 200 personas, una locura –se entusiasma Cristian Ezquerra, el ex wing de La Carpita. Él también tenía 12 años cuando el club los despidió. Los homenajeó, en realidad, por tener que despedirlos. Las cartulinas, las pancartas, el fibrón: “Categoría 78. Hasta siempre”.
Doscientas personas, entonces. Repleta, luminosa, La Bombonerita. Jugaron todas las categorías, las siete categorías, y luego desenfundaron los tablones para armar las mesas en la canchita azul. Familiares, abrazos, comilona, un escenario (o tarima) del lado de la platea, y el animador. La entrega de premios. El mejor compañero. El goleador. El mejor jugador.
—Terminamos a las seis de la mañana. Cuando salimos era de día –recuerda Jorge Rodríguez, aún técnico de La Carpita y ex entrenador de las Inferiores de Argentinos, Platense, Acassuso, Boca y San Miguel –. Empezó como a la una y se estiró, se estiró. El último premio fue al mejor jugador.
El mundo se hipnotiza con el balón de bronce que alza el animador. Debajo del escenario, los padres y los niños erigen un silencio de fe. Sentaditos, anónimos a un costado, Cristian Ezquerra y Román:
—Es para vos.
—Mirá si va a ser para mí.
—Es para vos, boludo —le insiste Román—. Te digo que es para vos.
—No, Román, éste no.
—Haceme caso, te lo dan a vos.
El animador dice un nombre. El mundo lo mira a él, que llora; llora y se queda sentado, aturdido por los aplausos, sin querer pararse, sin saber qué hacer.

La verguenza mitrista en "La Verde"

 Por el Prof. Jbismarck
La batalla de La Verde sucedió dentro de la denominada Revolución Mitrista de 1874. Esta revolución se originó a raíz del resultado de la elección presidencial en la que se impuso Nicolás Avellaneda como sucesor de Domingo Faustino Sarmiento. El escrutinio no fue aceptado por Bartolomé Mitre y sus lugartenientes golpistas quienes se levantaron en armas contra el gobierno nacional. Este alzamiento estalló en dos grandes teatros de operaciones:
1- Cuyo y Córdoba, en donde las fuerzas rebeldes al mando de José Miguel Arredondo, luego de sucesivos avances fue vencida por Julio Argentino Roca en la Batalla de Santa Rosa (7 de diciembre de 1874)
2- La provincia de Buenos Aires donde Mitre desembarco en la zona del Tuyú y fue recorriendo la zona de fortines comandados por sus seguidores (Ignacio Rivas, Francisco Borges y Benito Machado, entre otros) levando las tropas a su cargo, al gauderío local y a los guerreros pampas de Cipriano Catriel
Así Mitre logró poner en pie un ejército de 7000 hombres.  Cuando las fuerzas mitristas  se encontraron con exploradores de la vanguardia del ejercito leal al gobierno al mando del teniente coronel José Inocencio Arias. 
Sorprendido por la cercanía del ejército rebelde, Arias procedió a parapetarse con sus 800 hombres en la estancia de La Verde, donde se aprovechó las instalaciones rurales como un edificio con terraza y los extensos fosos de los corrales que según las fuentes podían albergar hasta 2000 caballos.
La gran desventaja numérica de Arias fue compensada por:
 la mejor capacidad de fuego de su infantería (armada exclusivamente de fusiles y carabinas Remington)
 la posición defensiva tomada
 el disciplinamiento de sus hombres.
El 26 de noviembre de 1874, a la madrugada Mitre supuso que la diferencia numérica era suficiente como para asegurarle la victoria, y ordenó cargas sucesivas de caballería por todos los flancos .
La batalla fue encarnizada, la infantería de Arias realizó fuego continuo en varias hileras (de pie y rodillas) llegando a detener las cargas de caballería a pie de trinchera. Tras tres horas de lucha, “el enemigo ha tenido bajas de 300 á 400 hombres entre muertos y heridos, ellos varios Gefes y oficiales” entre los cuales el más destacado fue el coronel Francisco Borges (abuelo de Jorge Luis Borges).
En definitiva, la importancia de este evento histórico reside en que su concreción produce un auténtico cambio en las estructuras de poder “blanco”: el paso de las jerarquías militares que respondían al General Bartolomé Mitre a las jerarquías militares que quedarían bajo el mando de Julio Argentino Roca  
 

viernes, 7 de junio de 2019

Científicos del Conicet descubren que la primera bandera de Belgrano fue azul

En el día que se celebra el Día de la Bandera, investigadores del Conicet de La Plata dieron a conocer el color original de la denominada Bandera de Macha, una de las dos que dejó ocultas en el actual territorio de Bolivia el Ejército Auxiliar del Alto Perú al mando del general Manuel Belgrano luego de las derrotas en las batallas de Vilcapugio y Ayohuma de 1813.
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Los expertos analizaron la composición química determinaron el origen del colorante usado. Los resultados de los estudios espectroscópicos y químicos fueron publicados en la revista ACS Omega y concluyen que el pabellón que se conserva hoy en la Casa de la Libertad de la ciudad boliviana de Sucre –junto a los restos de Juana Azurduy– tenía dos franjas horizontales blancas y una central de color azul índigo. La historia relata que, respaldado por las victorias que había obtenido frente a las tropas realistas en las batallas de Tucumán y Salta en septiembre de 1812 y febrero de 1813 respectivamente, el Ejército de Belgrano emprendió camino hacia Potosí. Un año antes, a orillas del Río Paraná, el por entonces jefe del Regimiento de Patricios había enarbolado por primera vez la bandera argentina, a la que luego juraría fidelidad en Salta, a los márgenes del Río Pasaje (hoy denominado Juramento por ese singular acontecimiento). En la retirada tras las derrotas en Vilcapugio y Ayohuma, Belgrano le indicó al coronel Cornelio Zelaya que oculte las dos banderas que portaban para evitar que caigan en manos enemigas. Así, fueron guardadas con la colaboración del párroco local Juan de Dios Aranibar en una capilla del paraje Titiri, a 4.350 metros sobre el nivel del mar, cerca de Macha. Setenta años después, en 1883, fueron halladas: una, la de Macha, y la otra –se la conoce como la Bandera de Ayohuma– que está actualmente en el Museo Histórico Nacional ubicado en Buenos Aires. Carlos Della Védova, investigador superior del CONICET, director del CEQUINOR y primer autor del trabajo, aseguró que "este trabajo se enlaza con el estudio anterior sobre la bandera de Tucumán. Con esos resultados y sabiendo que la bandera preservada más antigua estaba en Sucre, comenzamos con las formalidades necesarias en la embajada de Bolivia para conseguir un fragmento que nos permitiera estudiarla. En 2018 viajamos a esa ciudad y obtuvimos unas pequeñas hebras que permanecían en los paños donde se la conservó en la Iglesia de Titiri”, “Nosotros teníamos algunas ideas iniciales respecto de cuáles podían ser los posibles colorantes con los que se había teñido la bandera, tomando en cuenta aquellos que eran más accesibles de conseguir en aquella época. De todas formas, lo que pudimos establecer es independiente de ese tipo de prejuicios. Fueron determinaciones científicas que precisaron la clase de planta de la que se extrajo el colorante. Podríamos haber encontrado pigmentos actuales y eso nos hubiera dado la pauta de que se intervino la tela para conservarla, por ejemplo”, comenta la también autora del estudio Rosana Romano, investigadora principal del CONICET y vicedirectora del CEQUINOR. Para el estudio de las hebras obtenidas, los expertos recurrieron a distintas metodologías que permitieron dar la pauta de color, composición y tipo de tela. "Uno de los problemas para determinar el colorante empleado es que la bandera no tiene actualmente su color original, como pasa con cualquier tela añeja. En este caso más aún porque hablamos de una que tiene más de 200 años", apuntó Romano. "Entonces tuvimos que combinar técnicas y equipamiento, desde lo más sencillo como análisis químicos hasta fluorescencia de rayos X y espectroscopía Raman", explicó. "Con estos análisis pudimos establecer que para teñirla se utilizó el índigo, un colorante natural. Dentro de él existe una relación de indigotina –un pigmento azul que se produce de forma natural en la savia de la planta Isatis tinctoria, de la que se lo extrajo– e indirubina, un compuesto químico que surge como subproducto del metabolismo bacteriano de la planta. Se sabe que la proporción de indigotina es mayor en los textiles coloreados europeos que extraen su colorante de la I. tinctoria. Esto significa que el índigo empleado proviene de la I. tinctoriaoriginaria de Europa y no de Sudamérica o de India. Todo esto lleva a afirmar que el paño con el que se confeccionó la bandera ingresó por el puerto de Buenos Aires”, resaltó Della Védova. 

Fuente:
https://www.perfil.com/noticias/sociedad/cientificos-conicet-descubren-la-primera-bandera-manuel-belgreno-azul-indigo.phtml

sábado, 1 de junio de 2019

Luis Elías Sojit “Queridos amigos….¡Hoy es un día peronista!”


VÍCTOR F. LUPO
Fue un periodista deportivo, creador de la frase que quedó en la historia para describir un día de sol.  Fue quien bautizó como “El león de Wembley” al arquero Miguel Rugilo, por su gran actuación en el seleccionado de fútbol argentino que enfrentaba por primera vez a Inglaterra en su país, en el mítico estadio de Wembley. Este partido, Argentina lo comenzó ganando con un gol de Mario Boyé a los 17’ de la primera etapa. Los ingleses, a partir de ese momento, se fueron al ataque desesperadamente, pero una y otra vez chocaron contra la “barrera” del número uno. Recién pudieron vencer la resistencia del arquero en los últimos 9 minutos cuando convirtieron dos goles, para ganar por 2 a 1; pero Rugilo fue la figura de la cancha.  Luis Elías, junto a su hermano Manuel “Córner” Sojit, se hicieron conocidos a partir de fines de la década de 1930 por sus transmisiones radiofónicas de los Grandes Premios de automovilismo, en el programa “Coche a la Vista”, creado por ellos mismos en Radio Splendid. Allí nació la leyenda de los hermanos Sojit dentro de la radiofonía argentina. Algunos lo consideran a Luis Elías Sojit como "el inventor del automovilismo deportivo".
Luis Elias Sojit con Juan Manuel Fangio y Eva Peron
En 1934 encabeza un equipo que viaja al transmitir el Mundial de fútbol en Italia, donde sólo puede hacerlo en un partido ya que Argentina al perder con Suecia, por 3 a 2, quedó eliminada.  A mediados de 1940, sin los grandes premios de automovilismo a causa de la Segunda Guerra Mundial, Luis Elías hizo público su deseo de organizar un raid Buenos Aires con Nueva York, a través de la carretera Panamericana, con el objetivo fundamental de unir los países de América. Este tema ya lo había tratado la Comisión Directiva del Automóvil Club Argentino (ACA) años antes sin llegar a concretarlo.
Pero el 19 de julio de 1945, con la adhesión de la Asociación Argentina de Volantes, la Federación Argentina de Transporte Automotriz, la Revista “Ahora” y con la difusión de Radio Belgrano, tres coches salieron desde la Plaza del Congreso rumbo a Estados Unidos.  El auto denominado “José de San Martín”, tripulado por Daniel Musso y Diego Marti; el “George Washington” a cargo de Alberto Torrientes y Manuel Sojit (Córner) y el “Simón Bolívar” conducido por Luis Elías Sojit y Juan José Plini iniciaron la “Embajada de la Buena Vecindad” como ellos mismo denominaron a este singular raid.  En 49 días de viaje (11 menos de lo planeado) y luego de atravesar 16 países cumplieron con el objetivo de tributar un homenaje floral al ex presidente de EE.UU. Franklin D. Roosevelt en el Hyde Park de Nueva York. Luego de unos días en el País del Norte dos de los coches, junto a su tripulación, se embarcaron vía marítima rumbo a Buenos Aires, pero Palacios y “Córner” Sojit decidieron regresar por el mismo camino, llegando nuevamente a Buenos Aires, el 30 de abril de 1946.
En 1948, en la carrera “Buenos Aires – Caracas” ganada por Domingo Marimón, los Sojit transmitieron la carrera desde un avión, que además servia para llevar los repuestos para los autos de los intrépidos corredores de la más larga aventura automovilística. Allí nacían los clichés en las transmisiones de los Sojit: “Torres mágicas” y “Llamando al avión, llamando al avión”, que los hicieron famosos.   
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En la década del ‘50 los hermanos Sojit, además de ser las figuras radiofónicas de la época, (Manuel, era la voz oficial del boxeo del Luna Park y Luis seguía con el automovilismo) se hicieron cargo de la “Agencia Latina”, una agencia de noticias creada por el gobierno peronista en 1953. Allí, los Sojit le dieron trabajo como redactor deportivo corresponsal en México a un joven aventurero fotógrafo que estaba viviendo en la capital azteca. Ese joven era Ernesto “Che” Guevara, quien tuvo la responsabilidad de cubrir la última hazaña colectiva del deporte argentino, en los Segundos Juegos Deportivos Panamericanos de México 1955.  Durante los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952, Luis Elías fue el relator oficial de la actuación de los deportistas argentinos para la “Oral Deportiva” de Radio Rivadavia. “Uno de sus compañeros de trabajo era un joven periodista llamado José María Muñoz.  Sojit sabía que los remeros argentinos podían obtener la medalla dorada, pero con su bonhomía de maestro, le dejó la satisfacción de relatar el triunfo de Tranquilo Capozzo y Eduardo Guerrero, donde Argentina obtuvo su última medalla olímpica dorada, a ese novel periodista”.
Fue también Luis Elías Sojit quien inmortalizó desde la radio aquella frase que, a más de 60 años de su creación, aún se puede escuchar en los medios de comunicación: “Hoy es un día peronista”, se usa cuando un día soleado alegra la vida de los ciudadanos.
Luis fue muy amigo de Alberto J. Armando, de quien era jefe de prensa, en su escudería de automóviles.   Luis Elías Sojit participó, además, en el cine con las películas “Fangio, el demonio de las pistas”, interpretada por Armando Bó, Miguel Gómez Bao, Eva Dongé, Maruja Roig, Fernando Labat, Ernesto Bianco y el mismo Juan Manuel Fangio, bajo la dirección de Román Viñoly Barreto y estrenada el 27 de octubre de 1950. Pero anteriormente había participado en la película dirigida por Chas de Cruz y Alberto Etchebehere, estrenada el 4 de agosto de 1937, “Segundos afuera”, donde actuaban grandes actores de nuestro cine nacional como Pedro Quartucci (también medalla de bronce de boxeo, en la categoría pluma, de los Juegos Olímpicos de 1924, al vencer en la última pelea a Julio Mocoroa), Luis Sandrini, Amanda Varela, Pepe Arias, Delia Garcés, Pablo Palitos y Fernando Campos, entre otros. En este film tuvieron una pequeña participación el subcampeón olímpico de boxeo, Raúl Landini y una joven llamada Eva Duarte, que con el tiempo se convertiría en la mujer del siglo de nuestro país.
El 26 de noviembre de 1954, Manuel “Córner” Sojit transmitió, por radio desde Tokio, Japón, para todos los argentinos, la obtención del primer título del mundo profesional de boxeo conseguido por Pascual Pérez frente al local Yoshio Shirai.  
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Los hermanos Sojit habían adherido fervientemente a la causa del general Perón, siendo grandes difusores de las obras de su Gobierno, por lo que luego del Golpe Militar de 1955 tuvieron que exiliarse.   El 23 de febrero 1958 en el último año como corredor del quíntuple campeón mundial, Juan Manuel Fangio, un día antes del Gran Prix de Cuba, en el Hotel Hilton de La Habana, fue secuestrado durante 29 horas, por el grupo revolucionario “26 de Julio” liderado por Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara, por lo que no pudo competir en el circuito de “El Malecón”, donde había ganado el año anterior. Esta carrera, suspendida a causa de un terrible accidente en la que murieron seis personas y más de cuarenta heridos, fue transmitida por “Córner” para la emisora cubana “Unión Radio”.
“Córner” vivió exiliado en La Habana, Cuba, entre 1957 y 1962. Allí, luego del triunfo de la Revolución se reencontró con aquel joven al que le había dado trabajo en Agencia Latina, el “Che” Guevara.
Ya vuelto del exilio, el 3 de marzo de 1963 mientras se disputaba la “Vuelta de Olavarría”, Luis Elías Sojit demostró el espíritu solidario que lo acompañó en toda su vida. Juan Gálvez “punteaba” la competencia y en una curva tuvo un accidente tremendo. Luis Elías no titubeó: hizo aterrizar al avión desde donde transmitía la carrera, en la misma ruta, para auxiliarlo, aunque ya era tarde: el ídolo había muerto y sólo pudo trasladar hacía la Capital Federal el cuerpo sin vida de “Juancito”.
El 17 de noviembre de 1972, después de la 11 de la mañana, cuando el avión de Alitalia aterrizaba en el aeropuerto Pistarini de Ezeiza y bajaba el general Perón abriendo sus grandes brazos, para saludar a su Pueblo y protegido de la fuerte lluvia por el paraguas de José Ignacio Rucci, seguramente Luis Elías Sojit, aunque era un día lluvioso, con algunas lagrimas de alegría rodando sobre sus mejillas, gritó con toda su voz: “Hoy es un día Peronista”.   Con un nuevo gobierno peronista en la Argentina, en 1974, “Córner” junto al periodista Hernán Santos Nicolini, por radio El Mundo, transmitieron desde el Zaire para nuestro país, la reconquista del título del mundo de boxeo en la categoría de los peso pesados por Mohamad Ali (a quién se le había quitado el título por ser condenado a 3 años de prisión por negarse a ir a la guerra de Vietnam) frente a George Foreman, mientras desde Buenos Aires Luis Elías ejercía la dirección de la transmisión.
Luis Elías Sojit también dejó escrita para la posteridad la “Enciclopedia de Oro del Automovilismo”, que, en suma, es una historia de su propia vida.   “Don Luis Elías, fue director nacional de emisoras comerciales del Estado durante las gestiones de Emilio Abras y Rubén Villone, como secretario de Prensa de la Nación en los gobiernos de Perón e Isabel Perón (1973-1976). En esas funciones lo conocí y me pareció un hombre estupendo. Conocí su aspecto de militante político de la causa nacional y popular que era el peronismo entonces. Bajo su gestión se administraron 35 emisoras comerciales del Estado de manera proba y concienzuda. Yo mismo fui interventor en varias de esas radios, luego privatizadas, que en ese entonces daban ganancia y eran fuentes genuinas de trabajo. Eso es todo lo que tengo que contarle de un hombre, para mi y en el poco tiempo que lo traté, correcto y patriota”, define, de modo terminante, Alberto Buela.
En un muy frío día de julio de 1982, con una Argentina gobernada por una Dictadura Militar y con una guerra perdida en las Malvinas, los restos mortales de un gran periodista, Luis Elías Sojit, fueron velados en la sede del Círculo de Periodistas Deportivos, institución que había presidido entre 1950 y 1951, acompañado en la Comisión directiva por los periodistas Aitor Aramburo y Luis Benecdito.

jueves, 30 de mayo de 2019

Manuel Dorrego: El Ronco de Nazareno (Salta)

Por el Prof. Bismarck
Luego de la derrota de Huaqui (junio de 1811) el ejercito del Norte pudo recomponerse en Jujuy y bastante más en Salta. Pueyrredon, quien había tomado el mando, envió fuerzas al Alto Perú al mando de Eustoquio Díaz Vélez con ochocientos hombres, entre ellos su ayudante de campo, el joven porteño de 23 años Manuel Dorrego.  La vanguardia al mando de Dorrego se posesiona del pueblo de Nazareno, a orillas de dicho río, tras un tiroteo con el destacamento enemigo que lo ocupa.  En esta ocasión Dorrego recibe un balazo en el brazo derecho y un golpe en el pie izquierdo.  
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Al dia siguiente 12 de enero de 1812,  se produjo un gran combate  en condiciones críticas: Se largó a llover,  y originó una gran crecida del río y las cabezas de los hombres que envió Díaz Vélez se transformaron en una especie de tiro al blanco para que las huestes de Francisco Picoaga (a cargo de las tropas del Rey) se entretuvieran.  El rengo y manco Dorrego quedó tendido en la playa.  Jóvenes promesas perdieron la vida en ese contraataque irracional. Los primos Francisco y Lucas Balcarce, pertenecientes a una de las principales familias porteñas, murieron ese domingo.  El parte de guerra de Díaz Vélez anunció veintiséis muertos y ciento siete heridos. El de Picoaga hablaba de ochocientos muertos y setecientos tomados prisioneros.
Dorrego recibió un balazo en la garganta y le rompió el esófago, cayendo sin sentido.  Los soldados lo creen muerto, más él, reaccionando, les pide que no lo abandonen, y lo transportan en la creencia de que con esto están complaciendo el deseo de un moribundo.   Su conducta en la batalla y la gravedad de su herida provocan elogiosos comentarios de sus compañeros.  Los médicos del ejército lo curaron. Pero había un problema. Era imposible alimentarlo porque, como explicó en una carta Tomás de Anchorena, “se halla gravemente herido en la garganta, pues se le salía por la herida el alimento que tomaba”. ¿No murió en Nazareno y se iba a morir de hambre? Los médicos le colocaron un tubo de plomo en la herida, desde donde le pasaban el alimento al estómago.  
Recuperó la voz, aunque quedó ronco (tres años más tarde se burlaría de la voz aflautada de Belgrano). Pero lo más notorio era el cuello, que le había quedado bandeado y esto hacía que la cabeza estuviera torcida.     Pero los cuidados y su juventud le permiten por fin recobrarse    Manuel Dorrego disimulaba un poco su cabeza torcida, portando un latiguillo bajo su brazo e inclinándose hacia el costado. De todas maneras, las cicatrices estaban a la vista. Esas fueron sus principales condecoraciones. 
El gobierno del primer Triunvirato, sensible seguramente a los informes que le llegan sobre su comportamiento, expide un decreto, con fecha 10 de marzo de 1812, por el que le confiere, el grado militar ganado con su sangre.  Por dicho decreto lo designa teniente coronel, “con abono de los sueldos de capitán, desde que está en el servicio, cuyo desempeño ha sido de la entera satisfacción de esta superioridad”.  Gracias a esta medida Dorrego pasa a revistar regularmente en el escalafón.  

miércoles, 29 de mayo de 2019

Belgrano y la Bandera Nacional

Por el Prof. Jbismarck
El Triunvirato decidió establecer dos baterías a la altura de Rosario para protección contra esas incursiones. Y nombró a Belgrano para hacerse cargo de ellas.  En esas circunstancias, Belgrano solicitó permiso del gobierno para que sus soldados llevasen un distintivo que los diferenciara de los enemigos y logró que un decreto del Triunvirato, del 18 de febrero de 1812, autorice la creación de la escarapela, «de dos colores, blanco y azul celeste», siguiendo el diseño propuesto por Belgrano.  El Triunvirato y, en especial, su secretario Bernardino Rivadavia estaban más interesados en las relaciones con Gran Bretaña (aliada de España contra Napoleón: el embajador inglés en Río de Janeiro, lord Strangford, no aceptaría ninguna nueva independencia)
 
Belgrano el 27 de febrero de 1812 hizo enarbolar en ella una bandera, cosida por doña María Catalina Echeverría, una vecina de Rosario, con los mismos colores de la escarapela. 
Todo parece indicar que la primera bandera tenía dos franjas verticales, una blanca y una azul celeste, como tendría luego la del Ejército de los Andes, que usará San Martín en sus campañas libertadoras. En Buenos Aires y el Litoral, a partir de 1813, la bandera cambiará su forma y su color.   Comenzará a usarse una con tres franjas horizontales: celeste, blanca y celeste. Estos eran los colores de la casa de Borbón, a la que pertenecía Fernando VII, y su adopción parecía una demostración de fidelidad al «rey cautivo», pero también, el celeste era el color de los morenistas y de la Sociedad Patriótica. Le comunicaba al gobierno: En este momento que son las seis y media de la tarde se ha hecho salva en la Batería de la Independencia y queda con la dotación competente para los tres cañones que se han colocado, las municiones y la guarnición.Siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola la mandé hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional, espero que sea de la aprobación de V.E. Cuando la noticia llegó a Buenos Aires, Rivadavia se puso furioso y le escribió:  "Ha dispuesto este gobierno que haga pasar como un rasgo de entusiasmo el enarbolamiento de la bandera blanca y celeste, ocultándola disimuladamente y sustituyéndola con la que se le envía, que es la que hasta ahora se usa en esta fortaleza; procurando en adelante no prevenir las deliberaciones del gobierno en materia de tanta importancia. El gobierno deja a la prudencia de V. S. mismo la reparación de tamaño desorden, pero debe prevenirle que esta será la última vez que sacrificará hasta tan alto punto los respetos de su autoridad y los intereses de la nación que preside y forma, los que jamás podrán estar en oposición a la uniformidad y orden. V. S. a vuelta de correo dará cuenta exacta de lo que haya hecho en cumplimiento de esta superior resolución. 
La bandera que acompañaba esta «misiva» no era otra que la española, que el Triunvirato seguía izando en el fuerte de Buenos Aires, sede del gobierno.
Belgrano no llegó a enterarse de esta resolución rivadaviana hasta varios meses después y siguió usando la bandera nacional.