Rosas

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jueves, 27 de abril de 2017

Cuando Inglaterra quiso apoderarse de TODA América y de como un vasco cojo, manco y tuerto se lo impidió

La historia que los ingleses prohibieron contar

Hace casi 300 años un Rey inglés decidió quitarle a España todos sus dominios en América.
Desde México hasta Tierra del Fuego.  Y para hacer esto preparó la más formidable invasión que el mundo hubiera visto.  Tan enorme era la “Task Force” que solo fué superada en naves, hombres y armas 203 años después por la invasión a Normadía, (en 1944, cuando cruzaron el canal de la mancha para invadir Francia y llegar hasta Berlín).  Para vengar una intolerable ofensa que los españoles le habían hecho a un pirata y contrabandista y negrero inglés llamado Robert Jenkins.
¿Por que el Rey Jorge II se ofendió, cuando la pena internacionalmente aceptada para un pirata (o corsario, porque las patentes de corso solo eran respetadas por el país que las otorgaba), era la horca?.
Porque los españoles le habían cortado la oreja a Jenkins para que el Rey Jorge II escuche a través de ella, ya que no parecía comprender que la pirateria y el contrabando no se podían hacer en tiempos de paz.  Entonces declaró la guerra a España en 1739.
Pero España ya no era lo que fuese en el siglo anterior.  La débil España, despedazada desde principios de 1700 por una guerra de sucesión que terminó coronando reyes afrancesados, lejos de la grandeza de los Quijotes o la decisión de los Cortez o la tozuda lealtad de los Sarmiento de Gamboa.
No debieron ser silenciosos los preparativos de 196 buques de guerra y transporte y la formidable fuerza de invasión que se preparaba tanto en Inglaterra como en sus colonias.  Ni tampoco se le habrán escapado a los informantes al servicio de España cual era el objetivo: entrar a los “Reinos de indias” de la antigua España, ya disminuidos a “nuestras colonias de América” por los políticos liberales del menguado orgullo Español.
 Resultado de imagen para BLAS DE LEZO.
Tal vez en previsión de eso, se puso en la puerta de América del Sur, que era el puerto de Cartagena de Indias, en el caribe colombiano al mando militar de BLAS DE LEZO.
No se sabía cuantos iban a venir, pero se conocía la fiereza combativa del almirante Blas de Lezo, fiereza y coraje que no era a prueba de balas, ya que Blas habia perdido una pierna por un cañonazo inglés cuando tenía 17 años, y luego las esquirlas de otro cañon le habían vaciado un ojo y en otra oportunidad un tiro de mosquete le había dejado inútil un brazo. Tanto que se lo llamaba “medio hombre” (suponemos que en secreto, porque tal vez nadie se atrevía a verlo encolerizado).
Este formidable guerrero contendría la esperada invasión hasta que la flota española, situada en Cuba llegase a tomar combate.
Invasión de la que nadie imaginaba su gigantesco tamaño.
Una epidemia de cólera asoló a Cartagena de Indias y diezmó a sus defensores, quedando su guarnición reducida a 3000 militares auxiliados por 600 indios de arco y flechas,  Pero esos eran avatares esperables en aquellas épocas.
Blas hubo de planificar cuidadosamente la defensa, ya que solo para servir a los mil cañones propios (si es que todos esos cañones estuviesen operativos) hubiese necesitado 4500 artilleros (se requerían al menos cuatro servidores por cañón).
El 16 de marzo de 1741 apareció frente a Cartagena algo tan formidable que nadie podía creerlo.
El horizonte estaba erizado de mástiles. 196 buques con insignias inglesas, 32000 hombres, 3000 cañones iban a devorarse la ciudad pasando por encima de todo lo que quisiera oponerse.Al mando iba el almirante Edward Vernon, que ostentaba el más alto grado en la marina y era primo de Jorge II.
Eslava, Virrey de Nueva Granada, pensaba que toda resistencia sería inútil. Lo mismo seguramente pensaban las personas sensatas. Resistirse solo traería un infierno de fuego demolición y muerte sobre Cartagena y la matanza y saqueo serían inevitables.
Pero Blas no pensaba lo mismo. En su larga historia ya había salido triunfante de situaciones similares.  Blas era tenido y temido por loco; pero el mundo bienpensante también llama loco al genio, al que no es comprendido, al que actúa sin tener en cuenta la opinión generalizada.  Blas era valiente hasta la temeridad, imprudente tal vez; pero un genio; un hábil estratega. Por loco pensó como el Quijote frente a los molinos de viento, trastocados en aspaventosos gigantes.
De los 32.000 invasores 4000 eran norteamericanos.  Entre ellos estaba un hermano de Gorge Washington.  Había también negros jamaicanos armados de machete y destinados a ser la vanguardia de los prudentes y racionales blancos anglosajones.
Nada ha cambiado; a otros lados han llevado gurkas.
Luego seguramente se sumarían – pensaban ellos – los que siempre se adhieren a los triunfadores. Cipayos hubo siempre y más habrá cuando el resentimiento ancestral los entusiasme con la derrota de los arrogantes amos actuales, sin pensar que en esa voltereta se adquiririan nuevos y peores amos; nuevos amos que los despreciarían por su sangre mezclada; por su religión fuera esta la de los conquistadores o la de sus ancestros americanos o la mezcla de las dos; por su color; nuevos amos para los cuales solo cabría trabajar para ellos; que echarían al fuego a los primitivos telares, los talleres domésticos e industrias incipientes obligandolos solo a producir y malvender materias primas que alimenten las industrias que en Manchester y Londes crecerían al abrigo de la revolución industrial.  Blas ya había combatido y triufado contra fuerzas diez veces superiores aunque no en la escala que se le presentaba ahora.  Era temido y respetado; el Virrey le permite que pase por sobre su autoridad y se repliega a la espera que el devenir de los acontecimientos le empiezen a dar la razón y entonces mandaria emisarios para pactar la rendición.  Tampoco descartaba que la temeridad de Blas terminara con su vida, porque Blas de Lezo elegía siempre el lugar de mayor peligro para comandar.  Su pierna, brazo y ojo certificaban que así lo volvería a hacer.
Sobrepasa la intención de estas líneas el enumerar los distintos avatares de la batalla de Cartagena de Indias, que duró casi tres meses. Nos ceñiremos al plan general.
Blas, marino de profesión y heredero de la larga tradición de marinos vascos, comprendió que con sus seis buques no había posibilidad alguna contra los 196 buques ingleses.  Podría admirar a los ingleses con su valentía y audacia de marino, pero serían pocas horas, tal vez días y luego, gallarda, heróicamente, el último navío español se hundiría con su cargamento de muertos y heridos en las aguas que a partir de ese momento serían inglesas tal vez para siempre.
No; Blas sabía elegir el terreno.  Primero obligaría a los ingleses a desembarcar y tomar las baterías de la isla de “Tierra Bomba” que cerraba la bahia.  Sin esa llave no llegarían a situarse frente a las fortalezas que defendían el puerto. Blas contaba con la ayuda de las cenagosas tierras de la isla, pobladas con caimanes y sobre todo por mosquitos.  Calculaba que la mitad de las tropas que desembarcaran no conocían ese tipo de terreno.
Luego le dejarían la isla a los invasores no sin haberles causado muchas bajas y hundido algún navío. Antes que lograsen pasar habría tendido una cadena entre barcos artillados, que los ingleses no querrían hundir porque cerrarían con naufragios la entrtada al objetivo.
Finalmente y paso a paso Blas se iria retirando hasta el amparo del castillo de San Felipe y fortaleza del Cerro de la Popa.
Contaba el genial marino también con que en el atropellado apuro por obtener la que creían segura victoria los ingleses no enterrasen ni a sus muertos ni a los muertos españoles.  El clima tropical se encargaría de que esos muertos siguieran combatiendo diseminando hedor y cultivando pestes; que no tardaron en estallar.
Otro que siguió combatiendo luego de ser prisionero y muerto fué el navío insignia de la flota española, el Galicia, llevado para ser hundido y obstaculizar el paso de Bocachica no llegó a hundirse y cayó en manos de los ingleses, que lo llevan a Jamaica como prueba que Cartagena ya había caído en sus manos.  Tanto entusiasmo hubo en Londres por la noticia que las campanas de las iglesias se echaro a vuelo, se dispararon salvas desde la torre de Londres, hubo fuegos artificiales y el parlamento hizo acuñar monedas conmemorativas representando a Lezo arrodillado frente a Vernon (Lezo con sus dos piernas y brazos, pues se disminuiría la gloria obtenida si el vencido fuese un tullido), con la inscripcción: “el orgullo español humillado por Vernon”.
Pero el Galicia volvió a Cartagena y en la batalla final, frente a la castillo de San Felipe terminó desarbolado comenzando a incendiarse y llevado por el viento contagió su fuego a otras naves inglesas.  En la estrategia mutua de desgastar al enemigo, los ingleses por el contínuo cañoneo de sus 3000 cañones y Blas de Lezo con su planificada retirada, dejando a los ingleses en un terreno cenagosos, pestilente y demoralizante.  Las fiebres y el trópico terminó convenciendo a los ingleses a dar la batalla final asaltando la poderosa fortaleza del castillo de San Felipe, ultimo valuarte a conquistar.  Para ello fabricaron escaleras con las que treparían por los inclinados muros y valiéndose de su abrumadora superioridad numérica alcanzarían la victoria final.
El asalto se efectuó el 20 de abril por todos los muros del fuerte.
Llegaron al pie del muro, situaron las escalas pero...¡eran cortas!.  Lezo había ordenado cavar un foso alrededor del fuerte y las escalas, cuidadosamente hechas quedaron cortas.  En el parte de la batalla, los españoles dicen: “…rechazados al fusil por mas de una hora y después de salido el Sol en un fuego continuo y biendo los enemigos la ninguna esperanza de su intento (…) se pusieron en bergonzosa fuga al berse fatigados de los Nuestros los que cansados de escopetearles se abanzaron a bayoneta calada siguiendolos hasta quasi su campo…”.
Hoy, en esos gloriosos muros de la castillo de San Felipe de Barajas hay una placa que dice:
“Ante estas murallas fueron humilladas Inglaterra y sus colonias”
Un mes más permaneció Vernon con sus buques frente a Cartagena de Indias.
Tal vez ese tiempo hubiese podido ser aprovechado para atenazar a los navíos ingleses si la escuadra española surta en Cuba hubiese actuado.
Finalmente el 20 de mayo de 1741 se fueron.  Por cincuenta años, hasta Trafalgar en 1805 los ingleses no tuvieron el dominio del mar.
La leyenda recoje esta frase de Blas de Lezo:
“TODO BUEN ESPAÑOL DEBE MEAR SIEMPRE EN DIRECCIÓN A INGLATERRA”.
Y esta del resentido Vernon:
«God damn you, Lezo!» (¡Que Dios te maldiga Lezo!)
La historia inglesa aún obedece la órden dada por el rey Jorge II de nunca más hablar de la batalla de Cartagena de Indias.

El saldo de la batalla fué:

Pérdidas Inglesas
3500 muertos en combate.
2500 muertos por enfermedades.
7500 heridos en combate.

6 navíos de tres puentes.

1 3 navíos de dos puentes.
4 fragatas.
27 transportes.
Alguno de estos barcos fueron hundidos por los mismos ingleses por falta de tripulación para que no caigan en manos de los españoles.
1500 cañones capturados o destruidos por los españoles.

Pérdidas españolas:
800 soldados.
1200 heridos.

6 navíos de dos puentes.
5 fuertes.
3 baterías.
395 cañones.

jueves, 20 de abril de 2017

El tango como reflejo social

Por Juan josé Hernández Arregui
En 1930, la música popular de Buenos Aires, el tango, acentúa su tristeza. Es la época de “Yira, yira”. Como en nuestros días el tango ha sufrido un retroceso en su popularidad, este fenómeno colectivo exige una explicación.   Los viejos tangos pertenecen a otra espiritualidad. A un período concluido. Por eso están en decadencia sus temas. Las letras lunfardas son ya ininteligibles o artificiales, del mismo modo que el arrabal en que crecieron, hoy se ha transformado en barrio, en parte orgánica de la ciudad, unido a ella por medios de transporte que han quebrado la separación de los aledaños sórdidos fomentadores de imágenes siniestras. Y con frecuencia bellas, cuando son expresadas por buenos poetas populares.  El empobrecimiento del lunfardo, su existencia raquítica que lo toma tan convencional en los tangos posteriores a 1940 –que han sufrido además un simultáneo cambio rítmico y melódico– testimonia la modificación de aquellas relaciones sociales y culturales que le dieron origen a comienzos de este siglo junto a un proletariado de los contornos, aliado este fenómeno social a la resaca inmigrante, particularmente genovesa, y proclives ambos elementos humanos al delito por su no asimilación económica al mercado del trabajo. 
 
La desaparición gradual del lunfardo y de sus tipos propios, porteños o extranjeros, es el efecto de una ley sociológica determinable, y si algunos vocablos se conservan, es porque como productos colectivos, en algunos casos han enriquecido efectivamente el idioma. También Homero Manzi evoca la ciudad ida para siempre:
“Un pedazo de barrio allá en Pompeya
durmiéndose al costado del terraplén.
Un farol balanceando en la barrera
y el misterio del adiós que siembra el tren.”
La decadencia del tango se acentúa en las proximidades de 1936. Justamente cuando el país sale de la gran crisis mundial. El carácter no nacional –lo cual no quiere decir antinacional– del tango que fue la música más popular de Buenos Aires, no es ajeno al aislamiento de la ciudad capital del resto del país. El provinciano baila el tango pero ni se emociona ni abusa de él. Para el interior el tango es casi un producto de importación. La música nativa, en cambio, que ha penetrado no sin resistencias comerciales, se ha impuesto no sólo por la presencia de nuevos grupos humanos, el proletariado industrial de cercano origen rural, sino por su resonancia nacional que yacía adormecida en el hombre del puerto, sin relaciones con el país apenas entrevisto como totalidad. Nuestra música campesina ha sido asimilada en un proceso psicológico inconsciente que verifica un cambio en la conciencia del porteño frente al país.   El tango es un producto social. En él se afirma confusamente una diferenciación del hombre bajo de la ciudad que se siente perseguido en todas partes. En uno de sus polos es un sufrimiento y una resistencia frente al inmigrante que canta canzonetas. Refleja, en sus orígenes, la pérdida de la personalidad anterior vencida por la civilización europea entronizada y cuyo símbolo antipopular es el orden policial. Se ha señalado también el carácter erótico del tango. Este contenido existe. El tango se baila en silencio, es sexo reconcentrado y agresivo. El hecho no puede extrañar ni debe ser exagerado. El origen de la música popular es el ritmo y no la melodía, y Freud piensa, que psicológicamente, a la música, fundamento del baile –y el tango es danza– inquieta y subyuga “porque determina un goce irracional, el cumplimiento alucinatorio de la libido”. Pero no debe olvidarse que aun las expresiones más oscuras de la vida instintiva están condicionadas por pautas sociales y culturales. En tal sentido, el tango reproduce en forma musical –y las letras sobre el tema lo atestiguan– ese proceso de racionalización de los instintos elementales que la Cultura organizada opera sobre los grupos marginales de la sociedad. Sexo y  creciente opresión cultural bajo la forma de protesta difusa frente a la vida solitaria en un medio degradado por la pobreza y la inseguridad social. El tango nace a fines del siglo pasado cuando la población extranjera supera a la nativa. Vivir entre extranjeros que no hablan o hablan poco abismados en sus propios problemas, crea una atmósfera poco propicia a la alegría y cierta conciencia rencorosa de ser extraño en el propio medio: “Cuando escucho 'O solé mío'... 'Senza mamma e senza amore'...Siento un frío aquí en el cuore, que me llena de ansiedad...Será el alma de mi mamma, que dejé cuando bambino. Llora... llora 'O solé mío', yo también quiero llorar.”
El gaucho y el compadrito –en el caso de que en ambos coincida la misma raíz– son seres antinómicos, pues diversas circunstancias culturales los determinan. El compadrito es el ser intersticial de las áreas de la cultura en su zona más oscura de contacto –la urbana y la rural–, un tipo mixto, cuando más degenerativo, pero no un gaucho. Buenos Aires, a medida que crece, a partir de 1880, como toda gran ciudad, va incorporando a su núcleo en círculos concéntricos, espacios periféricos de miseria y de vicio. El gaucho y el compadre representan dos momentos distintos de la proletarización de las masas campesinas y urbanas.  El gaucho es el nativo despojado de la tierra filiado a una cultura arcaica. El compadrito es el ser excéntrico del campo, o de la misma ciudad, que denuncia un desarraigo social en la caricatura de su personalidad. El compadrito es la urbanización de un mito, de cuyos antecedentes –el gaucho– sólo le queda la apariencia de libertad y coraje. El compadrito, aunque no lo sepa, es ya europeo, en el vestir, en el andar, en sus objetivos concretos y la mujer lo civiliza definitivamente haciéndolo rufián, categoría desconocida en el campo. Es el delincuente virtual producto del mercado del trabajo restringido. Un hecho social con visajes psicológicos. El compadrito no tiene significado fuera del que ocupa en la esfera intermedia del delito y la poesía culta que se inspira en él. Ni siquiera es un elemento conservador de tradiciones. Antes bien, es el desecho de tradiciones muertas. Es el terreno negativo sobre el cual se injerta la barbarie europea y la proscripción social. Es el tenorio acometido por la fábrica. Pero al mismo tiempo un residuo cultural nuevo. Una excrecencia de la ciudad europea. O la europeización del nativo en un momento dado, temporal, condenado al fracaso por la clase dominante.
“Tango flaco tranqueando en la tarde. Sin aliento al chirlazo cansao.
Fracasado en el último alarde bajo el sol de la calle Callao.
Despuntando el alón del sombrero
ya ni silba la vieja canción,
pues no quedan amor ni viajeros
para el coche de su corazón.”
HOMERO MANZI
La última protesta, en fin, frente a la proletarización sin horizontes. Es el sentimiento de menorvalía lo que lo torna agresivo, resistente a la socialización en un medio que le niega esa oportunidad. Planteada la lucha social en escala de oposición de clases, el compadrito desaparece –o está en vías de desaparición definitiva– mediante su incorporación al sindicato, en donde aprende lo que la sociedad le prohíbe saber: la conciencia de su miseria que es colectiva y no individual. El desarrollo de la clase obrera terminó con el compadre. Sus luchas no son “lujos de valientes”, como los llama Borges, sino competencia comercial por la mujer y al mismo tiempo conciencia exasperada del propio aplastamiento social. Este hombre mata o muere por rabia a la vida. Se trata, pues, de un mundo irremisible y sin belleza, inspirador de una poesía pútrida. El tango, en sus orígenes, es la música de los grupos sociales aislados económicamente de los cuales sale el compadrito. Martínez Estrada ha pretendido que el tango tiene un antecedente negro y lo imagina naciendo de la esclavitud en los tabacales. Su origen urbano desautoriza la tesis.  El elemento negro antimelódico, espontáneo y estridente, o bien, plañidero y religioso, no existe o está totalmente desfigurado por influencias múltiples y enrevesadas, españolas, paraguayas, italianas. El tango es el espectro triste del cosmopolitismo. Por eso carece de plena raigambre nacional. Es enteramente local, hijo de un momento de la redistribución de las antiguas capas sociales en desintegración y conversión en proletariado. De allí que en el tango late la ciudad tanto como el disgusto por la vida. La “galleguita”, “la cabeza frapée del italiano”, la “francesita”, la “costurerita” alientan sus letras humanas.  Nunca el personaje es provinciano. Tampoco hay tangos provincianos. El porteño posterior a 1920 no siente al país. La mentalidad colonial de la clase conservadora le inyecta a cada porteño medio la idea del estanciero, del “niño bien que fuma tabaco inglés”, del “pisito que puso  Maple”, de la “voiturette copera”, en una fantasía primaria donde la cultura agropecuaria se corporiza en la estampa con smoking de Gardel en París. Si el tango conserva su sugestión emocional, tal hecho no es inexplicable. Las clases altas aceptan estas cualidades porque en algún modo se reconocen en ellas, tanto por contemporaneidad con su expresión popular como por el hecho de que tocaba ese sentimiento de frustración espiritual propio de las clases en estado de consunción cultural. El tango, como producto colectivo, interpretó bien tanto la soledad de los de abajo como la de los de arriba. En todo arte popular auténtico –y el tango pese a su ambiente reducido lo es– hay siempre un matiz nacional o local. Con frecuencia ambos elementos se presentan unidos.   Este sentimiento propio es particularmente perceptible en la música, la más abstracta, impersonal y genérica de las artes, y por eso mismo hundida en lo colectivo y próxima a las regiones irracionales de la vida cuya expresión es el baile. El músico norteamericano Aron Copland ha rastreado esta espiritualidad hasta en la interpretación técnica de una obra musical y  relaciona los valores sociales dominantes en la sociedad norteamericana actual con el “sonido exaltado” de sus orquestas “que tocan con un resplandor áureo que refleja bien su bienestar material”. Y este carácter social de arte entronca con la tradición tanto como con la sociedad contemporánea en que surge. Del mismo modo, en el tango, que nace no del bienestar de la sociedad, sino de la penuria social, el “sonido exaltado” de los cobres se convierte en el rezongo lastimero de los bandoneones.   Discépolo, en “Cafetín de Buenos Aires”, compendia esa tristeza:
“En tu mezcla milagrosa
de sabihondos y suicidas
yo aprendí filosofía dados,
timba y la poesía
cruel de no pensar más en mí.”
En donde la soledad del hombre –que no es patrimonio de la hermandad gomosa de los literatos–, la inutilidad de la cultura frente a la muerte, se envuelve con palabras humildes en el vacío demoníaco de un existencialismo concreto, sumido en el “envolvente” de Jaspers, la  “nada” de Sartre y en el dolor sustancial, más real que cualquier filosofía, que viene, como dice Colin Clark, “de la despiadada impersonalidad de la gran ciudad moderna”. Además, en el tango, hay una derrota popular que se refugia impotente en la fantasía del cuchillo, en el regazo materno o en la súplica a la mujer amada. Es la música lánguida de un pueblo humillado. Tulio Carella ha señalado que “el orillero vivía en perpetuo sobresalto económico”. En las épocas sucesivas los héroes de los tangos no varían su situación. Y tal condición explica al tango tanto como a sus tipos. En este orden, el compadrito es un infeliz en el doble sentido del término. El patotero, que sale de las clases acomodadas, no refleja una situación específicamente económica, pero sí la inferioridad cultural disimulada en palacios y palabras francesas que el dinero no anula. En 1930 el tango se ensombrece. Los extranjeros que visitan Buenos Aires hablan de la tristeza de los argentinos. Es seguro que esa tristeza no era mayor que la de cualquier ciudad del mundo. La música popular norteamericana, francesa, de la época, entre millones de desocupados que vagan por las carreteras del mundo, abunda en el tema de la tristeza de las grandes ciudades:  “the big city blues”. La literatura norteamericana recoge ese estado en Faulkner, Steimbeck,  Waldo Frank. Chaplin la lleva al cine y Borzage produce “Fueros Humanos”. Una larga serie de películas similares la siguen. El porteño que vive en los tangos es triste porque el país no controla su destino.