Rosas

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viernes, 16 de diciembre de 2016

¿Que le dió? El Peronismo


Por Fermín Chávez
Más allá de toda interpretación sociológica y de cualquier visión ideológica, y antes que lo concerniente a sus realizaciones materiales, podemos decir que este hecho nuevo de nuestra historia que es el peronismo dio a la sociedad argentina una conciencia nueva, una nueva concepción del Estado y nuevos instrumentos orientados a generar poder nacional, a partir de la integración de componentes sociales heterogéneos. Lo hizo interesando de entrada a las masas en la cuestión nacional. Para dar respuesta precisa a la pregunta planteada cabe separar todo lo que atañe a los orígenes y a la formación del peronismo y de su doctrina, el justicialismo, pero resulta imposible prescindir de esta última. Precisamente, la definición del término Justizialismus que dio la enciclopedia alemana Der Grosse Brockhaus (1955) contiene sus aportes principales: conciliación de la Justicia Social, la Independencia Económica y la Soberanía Política en orden al bienestar general, con una relación armónica entre los derechos individuales y los de la comunidad. Resultado de imagen para el peronismo

Sin duda, el primer aporte del peronismo es de carácter social. En algún libro hemos hablado de su recuperación de lo social, esto es, de derechos que el Estado liberal-burgués negaba o reducía, especialmente en el ámbito de los trabajadores y de sectores de la comunidad no integrados al proyecto común. Digo lo social como valor anterior a lo político en su versión moderna. Y a esa recuperación el peronismo la realiza mediante el nuevo rol que otorga al Estado. En este sentido vuelvo a señalar, en forma muy condensada, que el peronismo, todavía naciente, vino a ser una sólida encarnadura de la idea del Estado subsidiario (principium subsidiaiioffcii), explícita en la encíclica Quadragesimo Anno, de 1931, en confluencia con otras propuestas doctrinarias locales (José Figuerola, Scalabrini Ortiz, Alejandro E. Bunge). La primera expresión de aquel principio cristiano fue la Secretaría de Trabajo y Previsión, pero no sería la única. Podríamos agregar simplemente la Secretaría de Salud Pública, creada a fines de mayo de 1946.

Resulta inomitible consignar que, en la señalada recuperación de lo social, opera un impulso nuevo como elemento inseparable: la colaboración de clases en lugar de la lucha de clases del socialismo, principio que se traduciría en numerosos decretos-leyes y luego leyes, durante el período constitucional, que abarcan el conjunto de la comunidad, de la ciudad al campo. Como mero ejemplo de esta nueva política social citaré el Estatuto del Peón, dictado en noviembre de 1944, un año después de creada la Secretaría de Trabajo y Previsión.

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La política sanitaria del peronismo, delineada y ejecutada por Ramón Carrillo, constituye un aporte innegable al progreso social y marca un camino que no puede ser abandonado; dicho ésto sin detenernos en las obras de infraestructura material que consumó.

 Tiene que ver con el proyecto social peronista lo realizado en el campo económico-financiero, donde hubo novedades que han sido reconocidas por observadores y estudiosos de prestigio. El peronismo estructuró un sistema económico que, a partir de la nacionalización del Banco Central y de los depósitos bancarios, respondió a la misma concepción del Estado subsidiario de la que venimos hablando. Recuerdo que Pierre Mendes-France y Gabriel Ardant, en La ciencia económica y la acción (1955), destacaron el valor de tales realizaciones en cuanto a la dirección del crédito por él Estado. Y Peter Waldmann, en un libro conocido, ha remarcado a su vez la importancia de los Planes Quinquenales y sus características novedosas en el proceso histórico de la Argentina moderna.   Los programas industrialistas desarrollados con el franco apoyo del Estado dieron resultados que no han podido ser omitidos ni siquiera por los estudiosos más críticos del peronismo. Así el norteamericano Arthur P. Whitaker acepta que hubo un considerable impulso industrial y logros en productos químicos, cemento, papel, acero y motores eléctricos. (Cfr. La Argentina y los Estados Unidos, 1956). Bastaría, por nuestra parte, señalar los notables avances logrados en el rubro de textiles, en automotores, en locomotoras y aviones. La conciencia industrialista que se generó constituye un aporte duradero, diríamos estratégico, de Juan Perón y su proyecto de país.

 En política internacional también el peronismo dejó aportes que no pueden ser negados, aún discutidos. La idea de la ‘‘tercera posición’’, otro de los componentes estratégicos del pensamiento peronista, está siendo hoy reivindicada, al contrario de lo que sucedía en la década de 1940. Volviendo al citado Waldmann, transcribo este párrafo suyo: “Su mérito consiste en que en una etapa muy temprana del proceso internacional de descolonización reconoció y formuló con bastante claridad los problemas más importantes y los principales objetivos de los países menos desarrollados”. Otro autor europeo, Rudolf Knoblauch, acota: “Perón se consideraba, en parte con razón, como el precursor del movimiento del tercer mundo...” (Der Peronismus, 1980). A su vez, el ya nombrado Whitaker concluye que la política exterior del peronismo “fue en esencia una política de manos libres”.

 En esta misma área internacional, la sociedad argentina visualizó un rumbo de integración con América Latina que tuvo diversas expresiones concretas: puente internacional de comunicación con el Brasil, convenios de aprovechamiento hidroeléctrico de Salto Grande (1947), terminación del ferrocarril trasandino del Norte (1948), actas de Santiago de Chile y posterior unión aduanera (1953), abierta a otros países del continente. Es bastante si se tienen en cuenta las condiciones adversas en el marco internacional de la década de 1940, en la posguerra, hasta aproximadamente 1953. Ese rumbo fue nuevamente visible durante tercer gobierno peronista, en 1973.

 En materia de educación y cultura, al margen de las limitaciones que puedan indicarse, el peronismo incorporó hasta donde pudo el concepto de cultura popular; abrió las puertas de la Universidad a los sectores no tradicionales mediante la supresión de aranceles (1949); renovó la infraestructura de escuelas existente y la acrecentó en toda la República; e impulsó la industria cultural mediante su política crediticia.

 En cuanto al desarrollo material del país, consignamos las siguientes realizaciones de larga duración: Plan Siderúrgico Argentino convertido en ley el 13 de junio de 1947; aprovechamiento del gas natural y en su variante de licuado (1949); creación de la Comisión Nacional de Energía Atómica: y obras diversas de aprovechamiento hidroeléctrico.

 En fin: el peronismo de su primera década dio a Eva Perón con el voto femenino, y el de la década de 1970, al Modelo Argentino para el proyecto nacional, en el que el líder justicialista volcó toda su experiencia y toda su ciencia de veterano, a imitación de Martín Fierro en los consejos, al final del Libro.

martes, 13 de diciembre de 2016

Guardia de Hierro: historia de una mistificación

Por Aritz Recalde 
La designación del cardenal Jorge Bergoglio como el nuevo Papa, desató un profundo debate acerca de su ideología y de su trayectoria política. En este marco, uno de los argumentos más reiterados para definir su personalidad, se refiere a su vinculación con la agrupación política peronista Guardia de Hierro (GH). Buena parte del argumento de periodistas y de académicos, está centrado en reiterar que esa agrupación tiene una ideología de “derecha” peronista.  No me interesa opinar sobre Bergoglio, quién por otro lado, no militó orgánicamente en GH.
Simplemente, considero oportuno polemizar en pocas líneas el argumento que sostiene que Guardia de Hierro es de derecha. 
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Esa denominación es una simplificación. Por el contrario, los militantes de GH forman parte de una generación juvenil que se abocó masivamente a la política, articulando su proyecto personal, con los anhelos revolucionarios y de cambio social de los sectores populares de la Argentina y Latinoamérica.  La agrupación nació en el año 1962 vinculada al “gallego” Alejandro Álvarez y a Héctor Tristán. Éste último, era un dirigente de origen anarquista, había militado en ámbitos sindicales y participó activamente en la resistencia peronista junto a figuras como John W. Cooke y otros “duros” de la lucha popular contra las dictaduras. El “gallego” Álvarez, con una formación ideológica de izquierda, militó en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y también participó desde el llano, en la resistencia peronista.
Desde su origen, ambos dirigentes tuvieron una práctica intransigente, anti burocrática y promovieron el trabajo social y sindical con las bases. Desde su creación, los miembros de GH mantuvieron una línea política de enfrentamiento a las posiciones negociadoras de Vandor, de la dictadura de Onganía y del resto de los militares. Con el paso del tiempo, la agrupación sumó dirigentes políticos de izquierda universitaria, como fue el caso del socialista Roberto Grabois proveniente del Frente Estudiantil Nacional. En GH participaron intelectuales como Amelia Podetti, que formó parte de las Cátedras Nacionales y que dirigió la Revista Hechos e Ideas. Se sumaron dirigentes de procedencia juvenil católica, como fue el caso de Julio Bárbaro y también de origen judío, como el mencionado Grabois o el economista de Mendoza Roberto Roitman.  Las lecturas de sus miembros son una radiografía del intenso debate cultural de la época, que supo articular a Mao, con Perón y con el nacionalista y marxista Juan José Hernández Arregui. Tal cual documentó Humberto Cucchetti, GH debatió un amplio espectro de autores y de ideas, incluyendo aquellas ligadas con la renovación religiosa de Theillard de Chardin, con las tesis de la lucha armada de Ernesto Guevara o con el nacionalismo socialista de Frantz Fanon. Según Julio Bárbaro, leían además a Marechal, a Carl von Clausewitz o a Sun Tzu.
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Los años sesenta y setenta, fueron una etapa de lucha y de resistencia para los militantes de GH. Sus integrantes protagonizaron una empeñada resistencia contra la violencia institucional de las dictaduras, actuaron en barriadas humildes con los más necesitados y otros integraron la acción sindical en ámbitos como la CGT de los Argentinos. Fueron parte de una épica de lucha y de cambio social, conjuntamente a miles de jóvenes y de trabajadores de izquierda, católicos y nacionalistas.  
Entrados los años setenta, sus miembros promovieron la Organización Única del Trasvasamiento Generacional (OUTG)[1] que se avocó, centralmente, al trabajo barrial con el pueblo. Toda ésta etapa los vio lejos del poder, de los cargos de gobierno y de las diversas corporaciones.
En el año 1973 apoyaron la candidatura de Campora y luego la de Perón. En este contexto, reforzaron una posición sumamente crítica de la lucha armada, cuestión  que los distanció de la Tendencia y de la guerrilla de izquierda marxista. Se propusieron como “guardianes de Perón” y defendieron una línea política de apoyo al presidente, cuestión que los definió como “verticalistas” del primer mandatario. En este contexto, no mantuvieron vinculación orgánica con López Rega, ni con la CNU o con sectores del sindicalismo de derecha.   Toda esta etapa los distancia claramente de cualquier calificación de “derecha”. Por el contrario, formaron parte de una generación juvenil comprometida, incluso con sus propias vidas,  con el cambio social y político. Su articulación era con las bases y no participaron en las estructuras de poder partidario, empresarial y sindical. Incluso, gran parte de ellos no aceptaron cargos públicos en el año 1973.
Muerto Perón en julio de 1974, para gran parte de GH llegó la hora de disolver la agrupación.  Frente a ésta decisión, un sector controlado por Álvarez, continuó con las actividades políticas.  A partir de ésta fecha, no es del todo correcto hablar de GH, sino de un “desprendimiento” o por lo menos, de las actividades de una fractura política que no da cuenta del funcionamiento y de la historia de la agrupación.
En el año 1975  éste sector de GH inició un vínculo con Isabel Perón. Algunos de los ex miembros de GH, justifican su apoyo a Isabel en el intento de evitar el golpe de Estado, reiterando la iniciativa de otras expresiones políticas como fue el caso del Partido Comunista Revolucionario (PCR).
Tal cual menciona Alejandro Tarruella, Jorge Bergoglio se vinculó a los miembros de GH a partir de su participación en la Universidad del Salvador. Según este autor, en el año 1975 Bergoglio nombró en la universidad a dos miembros de GH: Francisco “cacho” Piñón y a Walter Romero. Piñón fue quién le entregó en el año 1977 la designación de Profesor Honoris Causa al almirante Emilio Eduardo Massera.  Bergoglio y muchos sobrevivientes de la dictadura ligados a GH, adujeron que estas acciones tuvieron que ver con un “pacto”, para salvar la vida a dirigentes políticos.
A partir de acá, el comportamiento de algunos de sus miembros fue abonando la tesis de GH de “derecha”. Una mistificación similar ocurrió con la Tendencia y las luchas políticas de los años setenta, que fueron caratuladas a la vuelta de la democracia como uno de los “dos demonios” que “condujeron a la dictadura”.

lunes, 5 de diciembre de 2016

UN GRAN OLVIDADO: RAMÓN CARRILLO

Por Alejandro Olmos Gaona
'Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas.” Repetía insistentemente Ramón Carrillo, el insigne médico argentino, muerto en la miseria el 20 de diciembre de 1956, en Belem do Pará, Brasil, a quienes hoy pocos recuerdan, y muchos literatos y escritores peronistas, que aburren con citas y elogios a otros de la época y posteriores, tienen archivado vaya a saber por qué razón.  
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Las primeras historias sobre Carrillo, las oí de mi padre, de quien era amigo, y después leí algunos textos fundamentales sobre política sanitaria que escribiera, y publicara EUDEBA, en la década del 70.
Descendiente de viejas estirpes provincianas, nació en Santiago del Estero el 7 de marzo de 1906, y desde adolescente se dio a escribir sobre algunos temas sociales que le interesaban.
Llegado a Buenos Aires, ingresó en la Facultad de Medicina, siendo un practicante destacado en el viejo Hospital de Clinicas, siendo redactor a su vez de la Revista del Círculo Médico Argentino y el Centro de Estudiantes de Medicina. Comenzaba a madurar en el la preocupación por los problemas sociales, la deficiente estructura sanitaria, criticando esa obsesión por la ideas extranjerizantes que impregnaban a los sectores académicos.
Se recibió de médico en 1930, a los 22 años, viajando a Holanda, Francia y Alemania para perfeccionarse, gracias a una beca que le otorgó la Universidad de Buenos Aires. Participó en Congresos en Europa a pesar de su juventud y al regresar al país, el espectáculo de la Década infame lo lleno de preocupaciones. No solo la medicina era una de sus preocupaciones, sino la situación social y sanitaria, que entendía afectaba a los más necesitados y era necesario cambiar. Se cuenta que conoció a Perón después de la revolución de 1943, y le propuso un proyecto que abarcaba la Salud Pública y la Educación. A los treinta y seis años de edad (1942) ganó por concurso el cargo de Profesor Titular de Neurocirugía de la Universidad de Buenos Aires. No obstante, en brusco viraje profesional, abandonó su brillantísima carrera como neurobiólogo y neurocirujano y renunció al prestigio y la tranquilidad que le podía brindar tal carrera para dedicarse al desarrollo de la medicina social (sanitarismo), desde donde podía realizar y concretar sus ideas sobre salud. Se cuenta que conoció a Perón después de la revolución de 1943, y le propuso un proyecto que abarcaba la Salud Pública y la Educación.
mancuso: RAMÓN CARRILLO: MEDICINA Y POLÍTICA
Siendo un destacado Neurocirujano, fue designado jefe del servicio del Hospital Militar, donde se volvió a encontrar con Perón el 17 de octubre de 1945, y al asumir este la presidencia lo designó Secretario de Salud Pública de la Nación.
La tarea que tenía por delante era enorme y en ella pondría no solo sus conocimientos médicos, sino esa profunda visión de sanitarista que lo acompañaría toda la vida. Las precariedades de los hospitales, la deficiente atención, la falta de insumos y equipamientos, lo llevaría a trabajar sin descanso para revertir una situación, obteniendo cambios notables, poniendo especial énfasis en la medicina preventiva, la medicina social y la atención materno infantil.

TRANSCRIBO MUCHAS DE SUS REFLEXIONES:
"La medicina moderna tiende a ocuparse de la salud y de los sanos y el objetivo principal es ya no curar al enfermo sino evitar estar enfermo".

"La medicina no sólo debe curar enfermos sino enseñar al pueblo a vivir, a vivir en salud y tratar que la vida se prolongue y sea digna de ser vivida."

"Las tareas de los higienistas no rendirán frutos si previamente no se consolidan las leyes obreras destinadas a dignificar la tarea en fábricas y oficinas, a mejorar sueldos y salarios y lograr los beneficios de jubilaciones y pensiones."
"A los fines de la Salud Pública, es más importante proporcionarle a la madre los medios para que, una vez que tenga al hijo, pueda defenderse de las contingencias posibles, o bien otorgar al padre los medios materiales para atender al nuevo hijo."

Su plan de modernización hospitalaria de 4000 páginas, intentaba una reforma integral del sistema, con una minuciosa descripción de problemas y las soluciones que debían implementarse. Como debía ser la atención médica, la infraestructura hospitalaria. Como se sintetizó en un trabajo sobre su vida:” Como parte de su estrategia para mejorar la estructura sanitaria, Carrillo dividió el país en zonas sanitarias y planificó para cada una de ellas la atención especifica de sus problemas, procurando lo que denominó -centralización normativa y descentralización ejecutiva, es decir que todos en la órbita de la Secretaría de Salud se regirían con las mismas normas y criterios, pero las decisiones y la atención directa quedaban bajo la decisión de cada uno de los centros de salud, aun en el caso de los más pequeños. Como ejemplo del buen funcionamiento de su estrategia puede mencionarse la llegada de la vacunación antivariólica y antidiftérica hasta los pueblos más aislados y distantes.
Creo la primera fábrica nacional de medicamentos, para no depender de los laboratorios extranjeros y fue pionero en el mundo en erradicar el paludismo. Los ancianos no estuvieron ausentes de sus desvelos estableciendo los Hogares para la Ancianidad con la Fundación Eva Perón, y también se ocupó de los niños, cuando se instalaron los Hogares escuela. Tuvo enfrentamientos con varios miembros del gabinete de Perón durante la segunda presidencia. Muchos obsecuentes con rasgo ministerial no podían tolerar el talento de Carrillo, su dedicación, sus esfuerzos.
Durante su gestión se inauguraron casi quinientos nuevos establecimientos sanitarios y hospitales (lista incompleta, cubriendo sólo el periodo 1946-1952), como el Hospital de Roque Sáenz Peña, Chaco, Hospital de Jobson-Vera, Santa Fe, Hospital de Pinto, Santiago del Estero; Hospital de Chos Malal, Hospital de Valcheta, Río Negro, el Hospital de Cruz del Eje y el Instituto de Gastroenterología, Hemoterapia y de Dermatología de Capital Federal.
Como padecía de una grave enfermedad viajó a tratarse a los estados Unidos, donde lo encontró el golpe militar que derrocó a Perón en 1955. El régimen militar declaró la interdicción de todos sus bienes y lo despojó de ellos a pesar de haberlos justificado minuciosamente.
Un empleo que consiguió en los Estados Unidos lo llevó a Belem do Pará donde colaboró en el Hospital del lugar, con total desinterés, hasta que un accidente cardiovascular el 28 de noviembre, lo llevaría a la muerte semanas después.
Sus notables investigaciones neurológicas fueron comentadas en todo el mundo, su talento como cirujano, fue siempre celebrado por sus pares, pero su trabajo social y su labor sanitaria merecen el reconocimiento de todos los argentinos. Fue uno de los grandes de nuestra historia, y hoy pocos lo recuerdan, mostrando ese olvido tan característico que nos aqueja a los argentinos, siempre exhibiendo el exitismo del triunfo superficial y de circunstancias."

jueves, 1 de diciembre de 2016

Alejandro "El Indio" Heredia (1788-1838) Brigadier General y Doctor.


Por el prof. Jbismarck


No era malo el indio Heredia 
Que sabía perdonar: 
Que lo diga si no Alberdi,
Que lo diga Marcos Paz 
Y hasta el mismo Avellaneda 
Lo podría atestiguar
Doctorcitos unitarios
Lo mandaron a matar, 
Mal hicieron los doctores
Y caro lo pagarán.
Era el 12 de noviembre del año 1838, cuando fue asesinado Alejandro Heredia, héroe de la Independencia y Gobernador de Tucumán.   Había nacido en 1788 en San miguel de Tucumán; Doctor en Teología y Leyes, General de la Independencia, diputado y gobernador de la provincia de Tucumán; protector por las provincias de Salta, Catamarca y Jujuy; fundador de pueblos y escuelas; autor de reglamentos y leyes a la vanguardia de la justicia de la época; fue sin duda Alejandro Heredia uno de los hombres más pre claros que diera la Patria en esos tiempos difíciles.  Al no contar por entonces Tucumán con un centro de estudios avanzados, sus padres lo enviaron a Córdoba donde primero ingresa al colegio Nuestra Señora de Loreto, revelando un talento sin igual entre sus pares.   Al poco tiempo se presenta en concurso abierto en la Universidad de Córdoba y obtiene la cátedra de Latín, corre el año 1806. El 14 de Julio de 1808 se gradúa de Doctor en Derecho y Teología.  Luego de 1810, Heredia, será soldado de la patria.  Hay dudas acerca de en cual batalla fue su bautismo de guerra, si Suipacha o Huaqui, es el mismo Balcarce quien el 12 de Marzo de 1811 lo designa como teniente del Cuerpo de Dragones Ligeros, también llamado Dragones de línea.  Integró el ejercito de Belgrano y luego será uno de los jefes en la que se conoce como la “Sublevación de Arequito”, comandada principalmente por el General Bustos y Paz, quienes se niegan a sofocar el avance de los federales del litoral.  Bustos le da una parte de la tropa y Heredia se dirige al Norte, justamente a Salta, con el claro objetivo de apoyar a Güemes en su desigual lucha contra los realistas. Al llegar el año 1824, y luego de contraer matrimonio con doña María Josefa Cornejos Medeiros en su provincia natal; participa como diputado del Congreso Constituyente.  Al producirse el Golpe de estado y asesinato del Encargado de las Relaciones Exteriores Manuel Dorrego, Heredia se incorpora a las tropas federales.  Luego de la batalla de La Ciudadela, en que Quiroga derrota a Lamadrid y a lo que quedaba del ejército Unitario, Heredia es nombrado “libre y espontáneamente”, gobernador propietario de Tucumán.  Toda su administración se caarcterizará por llamadas a la Conciliación y medidas progresistas. En 1834 hay un complot unitario contra su vida que fracasa y en lugar de una dura represión Heredia los indulta….otorgándole  a dos jóvenes adversarios políticos la autorización para ejercer su profesión en la Provincia, estos jóvenes eran los abogados don Marcos Avellaneda y don Juan Bautista Alberdi.                                 Resultado de imagen para alejandroheredia Fascio, teniente gobernador de Jujuy, deseoso de separarse de Salta, la invade el 13 de Diciembre y derrota completamente a Latorre en el Campo de Castañares, haciéndolo prisionero.  En el acto Fascio le comunica a Heredia, quién tenía apostado su ejército de 4000 hombres en la frontera con Salta, el resultado de la contienda y la detención de Latorre.  Acto seguido, Heredia le ordena la entrega de Latorre y le rememora los méritos de este en la guerra de la Independencia y los múltiples servicios prestados a la causa federal, solicitándole el respeto por sus bienes, su familia y su persona. Es en vano Latorre será asesinado en la cárcel. A principios de 1836 se produjo la última invasión de Javier López y su sobrino Ángel, acompañados por Segundo Roca Heredia los venció en Monte Grande, cerca de Famaillá y los tomó prisioneros; al día siguiente escribía a su ministro  "acabo de fusilar al general López y a su sobrino don Ángel, porque no he encontrado un punto seguro en la tierra para que en lo sucesivo no continúen haciendo males."   Fue la única vez que usó sus facultades extraordinarias para ejecutar a alguien. El coronel Roca fue indultado a pedido de la hija de su ministro, que se casaría con él y serían los padres del futuro presidente Julio Argentino Roca.  A mediados de 1836, las cinco provincias del noroeste (excepto Santiago del Estero) lo nombraron su protector.  En realidad era una especie de dictador sin título alguno para esa región.  En Setiembre de 1836 soldados bolivianos incursionan reiteradamente en suelo argentino.  Ante esta situación límite Alejandro Heredia ordena reforzar las posiciones de La Quiaca y otras zonas fronterizas en previsión de nuevos ataques. Informa a los otros gobernadores y comienza a prepararse para la guerra.  El 13 de Febrero de 1837 la Confederación declara oficialmente la guerra, dejando claro que esta no era “contra el pueblo boliviano”, sino contra el tirano Santa Cruz.   En carta enviada por Rosas, el 8 de Mayo de 1837, en su carácter de Encargado de las Relaciones Exteriores, nombra jefe de operaciones al Exmo. Señor Brigadier General Don Alejandro Heredia, gobernador de la provincia de Tucumán y protector de las provincias de Salta, Jujuy y Catamarca y lo declara JEFE DEL EJÉRCITO CONFEDERADO DE OPERACIONES CONTRA EL TIRANO SANTA CRUZ.   El peso humano y económico de la contienda recae fundamentalmente sobre las provincias del Norte.  Heredia organiza hasta los más mínimos detalles y vence al general Braun en Santa Bárbara y Rincón de la Casilla.  Decide pasar unos días junto a su hijo en su estancia de La Arcadia, al sur de la provincia de Tucumán.  Corría el 12 de Noviembre de 1838, hacía solo cinco días que Alejandro Heredia había sido reelecto por tercera vez gobernador de Tucumán y en ese acto uno de los más elogiosos discursos, fue precisamente pronunciado por Marcos Avellaneda, el instigador de su muerte.   Mientras Heredia se dirigía en coche a su casa de campo, fue asaltado en Los Lules por una partida al mando del comandante Gabino Robles,  y Heredia, que en cierta ocasión había insultado de hecho a Robles, comprendió sus intenciones, y se dice que ofreció cuanto pidiese, contestándole Robles que sólo quería su vida y descerrajándole tres tiros.  ¿Se trataba, como se ha dicho, de una simple venganza personal, o fue un crimen político? La “vox populi” sindicó como instigador del hecho al doctor Marco Avellaneda, y esta creencia se perpetuó  en romances populares que Juan Alfonso Carrizo ha recopilado en su Cancionero de Tucumán.  El acta del consejo de guerra que se le formó a Avellaneda en 1841, cuando cayó prisionero de Oribe y fue condenado a muerte. Los dos incisos referentes a su participación en el hecho dicen así:
Preguntado: Con qué objeto le prestó su caballo rosillo al teniente Casas, asesino del finado General Heredia, el día que se perpetró el hecho dijo: que el día antes del asesinato le pidió el referido asesino Casas el mencionado caballo al que declara para ir a dar un paseo al punto de Los Tules y que en éste cometió el hecho. 
“Preguntado: Con qué objeto salió el mismo día que se asesinó al General Heredia y se vio con uno de los asesinos llamado Robles en circunstancias que éstos entraban al pueblo, dijo: que su hermano político don Lucas Zabaleta lo había invitado para que lo acompañase a pasar el día en su chacra del Manantial: que en su camino a esta chacra y a muy poca distancia de la Capital, se encontró con los asesinos que tenían una partida de quince a veinte hombres: que al verlo desde alguna distancia lo mandaron hacer alto: que el declarante obedeció y que al instante se adelantaron tres o cuatro de los asesinos, entre ellos, el mencionado Robles: que éste último, ya completamente ebrio, le alargó la mano gritando “ya sucumbió el tirano”, cuyo grito fue repetido por los otros dos o tres que lo acompañaban: que el declarante atemorizado por esta escena, no atinaba con lo que significaba ella, hasta que el mismo Robles le dijo que él con sus propias manos había asesinado al gobernador Heredia: que el declarante más atemorizado entonces procuró balbucir algunas palabras aplaudiendo su conducta y concluyó pidiéndole permiso para continuar su camino. Que Robles preguntó entonces al declarante si él no era Presidente de la Honorable Cámara de Representantes:  que a la contestación afirmativa del declarante replicó Robles: “hoy no es día de pasear, sino de trabajar por la patria: vuelva usted a la ciudad y reúna la Sala de Representantes: que nosotros por nuestra parte no queremos nada”: que el declarante se separó entonces a galope largo y que, sin embargo de haber andado a éste a la ciudad, no consiguió llegar sino tres o cuatro minutos antes que ellos.    De esta declaración se deducen varios hechos: que Avellaneda prestó su caballo a uno de los asesinos, que se encontró con ellos después del crimen y que les aprobó su conducta. Las coincidencias…. Por otra parte, sobre el asesinato de Heredia se levantó la Coalición del Norte, de la cual Avellaneda es el alma. A la semana de haber sido asesinado Heredia, fue nombrado gobernador Bernabé Piedrabuena, que se pronunció contra Rosas, y de quien fue ministro general en 1840 el propio Avellaneda, para sucederle luego en 1841.                El 21 de Diciembre de 1838, Rosas organiza imponentes exequias en la Catedral, imponiendo dos días de luto para civiles y militares y la inscripción del nombre del Caudillo en la Pirámide de Mayo.  Por eso Rosas, en carta a Ibarra, comenta su muerte con palabras duras y amargas, pero que revelan, una vez más, su clarividencia política.  El general finado  abrigaba muchos disparates en su cabeza, pero no era un malvado. Antes su candor y demasiada credulidad, es preciso repetirlo, lo precipitaban en juicios erróneos, lo inducían a ser indulgente con los unitarios, quienes lo hacían enredarse a cada paso con los lazos que le tendían, porque se había empeñado en esa maldita idea de la fusión de partidos, que ha puesto al país en el fatal estado en que lo vemos. Esa credulidad, no me cansaré de repetirlo, esa indulgencia excesiva con los unitarios y esa idea de fusión de partidos sobre que tanto le predicaba yo en mis cartas (y como le dije usted  en 1835, para que también lo advirtiese, “que era preciso consagrar el principio de que estaba contra nosotros el que no estaba del todo con nosotros”), han sido las verdaderas causas de su desgracia”

miércoles, 30 de noviembre de 2016

LOS PARADIGMAS DE LA GENERACIÓN DEL “80” Y EL PRIMER CENTENARIO

Por José Luis Muñoz Azpiri (h) *

Contrariamente a la América morena que se extiende desde el sur del Río Bravo hasta el Cabo de Hornos, desde 1870 el predominio de la burguesía en Europa y Norteamérica era absoluto. La Gran Nación latinoamericana, que en los albores de la emancipación pretendía proyectarse como un sueño colectivo, constituía a mediados del siglo XIX una anfictionía de pequeños estados que rivalizaban entre si y que apenas superaban la categoría de feudos familiares. En Europa y los Estados Unidos, la clase social surgida de los escombros del antiguo Régimen, impondrá sus criterios en todos los aspectos de la vida por más de tres generaciones. La razón de su éxito no se apoya únicamente en la prosperidad de los negocios, sino también en la conciencia de ser una clase social benéfica, defensora de la libertad individual dentro de un orden: positivo en Europa y puritano en los Estados Unidos. Esta burguesía, que se enriquece de un modo extraordinario y defiende el capitalismo como único sistema económico que permite el progreso dentro de la libertad individual, construirá una falsa teoría antropológica para legitimar su dominación sobre el Tercer Mundo: el evolucionismo spenceriano y un edificio teórico que formule una “ciencia social” para justificar la defensa del capitalismo de libre competencia: el positivismo.
Fue precisamente en Francia, con Augusto Comte (1798-1857) donde se funda esta corriente filosófica y se da comienzo al desarrollo de la sociología, pero fundamentada como una ciencia exacta, fuertemente influenciada por el sistema de Newton, que intentaría formular las leyes tendientes a conservar el orden social, gravemente cuestionado por sucesos como la Comuna de París. El núcleo de esta filosofía lo constituye la ley de los tres estados en el desarrollo de la Humanidad: el teológico, el metafísico y el positivo. Comte procuró desarrollar un sistema de ideas generales de caracteres definitivos, que basó en esta ley de los tres estadios sucesivos, concebida a través de la experiencia histórica y de observaciones realizadas en el terreno de los procesos biológicos del hombre. Intentó asimismo sistematizar el desarrollo social con el aporte de todos los conocimientos científicos de la época, concibiendo de esta forma a la sociología como una ciencia “dura”, colocándola en el estadio supremo del saber y elaboró la doctrina del orden y el progreso. Revisionistas de Gral San Martín: REUNIÓN ANUAL DE CAMARADERIA ...  

Augusto Comte.  Alejandro Korn, positivista en sus primeros años pero más tarde crítico severo de esta corriente, fue quién mejor definió el credo que intentó convertirse en una religión laica. Consideraba que esta orientación filosófica había nacido y se había definido bajo el imperio de la situación histórica dada en Europa desde mediados del siglo XIX y que reemplazaba al clima de ideas propio del romanticismo. Constituía una teoría del saber y una doctrina de la ciencia. Esta corriente, más consagrada a los problemas científicos y sociales que a la especulación metafísica pura, nutrió a la generación que gobernó al país entre 1880 y 1900 así como también a las clases dominantes del resto del subcontinente. En el marco de la balcanización mencionada al comienzo, se modelan los Estados o mejor dicho los fallidos estados Nacionales de la década del 80: Rafael Núñez en Colombia, el general Roca en la Argentina, el coronel Latorre en el Uruguay, Porfirio Díaz en México, Santa María en Chile, Alfaro en el Ecuador, Guzmán Blanco en Venezuela y Ruy Barbosa en el Brasil instauran el reinado de la prosperidad agraria o minera y la hegemonía del positivismo.
Pero también la otra orilla del Canal de la Mancha nutrió con maestros al positivismo, tales como Herbert Spencer (1820-1903) y John Stuart Mill (1806-1873), cuya preocupación, basada en la tradición utilitarista del pensamiento británico, fue realizar la síntesis del pensamiento evolucionista. Ambos aplicaron las teorías de Carlos Darwin quién elaboró su famosa doctrina tras su conocido viaje por nuestro país y otras zonas del mundo a bordo de la fragata “Beagle”. Sería en la Argentina donde Darwin habría observado por primera vez el proceso de selección artificial de las razas ovinas – paradójicamente no lo había advertido en Inglaterra, uno de los países pioneros en el tema, ya que en esa época no estaba interesado en tales problemas. Según Sarmiento, “los inteligentes criadores de ovejas son unos darwinistas consumados y sin rivales en el arte de variar las especies. De ellos tomó Darwin sus primeras nociones, aquí mismo, en nuestros campos, nociones que perfeccionó dándose a la cría de palomas (…). (1)
Spencer se interesó particularmente por transportar a la sociología las categorías biológicas del concepto darwiniano de la evolución, tal como el de la “lucha por la supervivencia”, y no tardó en ser entusiastamente adoptado por Sarmiento. Al respecto hay que destacar que este clima de ideas favoreció la expansión imperialista europea en Asia y África y estadounidense en el Pacífico y el Caribe. En el caso de las repúblicas latinoamericanas donde los positivistas tuvieron larga influencia, sirvió asimismo para justificar el desarrollo desigual de las regiones del continente y el sistema político de gobierno no precisamente burgués, sino de castas parasitarias embebidas en veleidades aristocráticas.
El positivismo fue en la Argentina la expresión filosófica de un modelo de vida concebido para usufructo de sus sectores dirigentes, políticos e intelectuales; dado que hacia fines del siglo XIX las bases estructurales de la formación económico-social de nuestro país estaban prácticamente delineadas. Las mismas se asentaban en el atraso y la dependencia nacional que, a su vez, conformaban los fundamentos de un original “bloque histórico” comúnmente conocido como “factoría agro-exportadora”.
En lo esencial, ese modelo de nación ideado por los integrantes de la llamada “Generación del 80” sólidamente se asentaba en dos clases de pilares. Por un lado, la importación de capitales, de mano de obra barata y de productos industriales europeos mientras, por otra parte, en el plano interno se reforzaba el régimen latifundista de inspiración semi-feudal con el monopolio de grandes extensiones de tierra y de la renta agraria, por parte de una clase social hegemónica asociada estrechamente al imperialismo inglés: la oligarquía terrateniente.
Ahora bien: la conformación de una Argentina terrateniente y dependiente de las potencias imperialistas también suponía – y de manera especialmente significativa – la necesidad de proponer al conjunto de la sociedad nacional una ideología legitimizadora del “nuevo orden” impuesto. Y a tal fin, la doctrina positivista venía como anillo al dedo.   Era “la” ideología “para” el momento; que servía para justificar tanto el colonialismo interno con la llamada consolidación de las fronteras interiores, como legitimar el orden interno que comenzaba a ser cuestionado por las expresiones ideológicas que también desembarcaban de Europa, pero con los contingentes de los desahuciados del Viejo Mundo.   El positivismo, como “orden contrapuesto a la anarquía”; de aquí el lema del gobierno de Roca: “Paz y administración” y el lema de la bandera de la república del Brasil: “Orden y progreso”, y la idea de un “progreso indefinido” habían servido, no solo para liquidar las últimas resistencias populares, sino también para justificar de allí en más, el dominio oligárquico como necesario y expresivo de toda la sociedad. “En esa tarea de conformar la nación y consolidar la modernidad del Estado, la filosofía positivista resultó una poderosa herramienta ideológica. Sirvió para explicar las consecuencias del proyecto, señalar los obstáculos, delimitar el campo de lo moderno y disciplinar a los sectores renuentes – por atrasados o contestatarios – a incorporarse al proceso. Acorde con el espíritu positivista, a la ciencia se le acometió un contenido central…” (2).

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Dentro de ese contexto ideológico, el “europeísmo” y el “racismo” fueron elementos permanentes del pensamiento “oficial” y los instrumentos más adecuados para justificar la dominación imperialista como forma de integración de la Argentina al “progreso” (ahora, en estos tiempos globalizados cambiamos el término “progreso” por “mundo”, es decir, un nuevo artilugio semántico con que disimular el sometimiento) y a la “prosperidad capitalista”, a través de su integración al mercado mundial. La ideología cientificista y la utopía del progreso indefinido estaban presentes en el conjunto de la vida intelectual y política argentina; en los cuadros intelectuales del régimen conservador y en los profesionales que integraban los equipos con que los gobiernos finiseculares buscaban modernizar la acción del estado en la sociedad civil. También en las vanguardias obreras (socialismo, anarquismo) influenciadas por las tendencias racionalistas de la izquierda europea y que comulgaban con un cierto cientificismo crítico en su lectura de la realidad, pero con un criterio transformador: “La izquierda en la Argentina –escribió David Viñas – aparece como resultado mediato del impacto inmigratorio: con la entrada masiva de obreros europeos, y el proceso correlativo de concentración urbana, se darán las condiciones para la formación de partidos que a través de sus voceros formulen la necesidad de modificar la estructura social en su totalidad”.(3) Tanto más cuanto que a esta semejanza infraestructural se une el que los inmigrantes traían ya las ideas proletarias de Europa, siendo no pocas veces ellos líderes obreros voluntaria o forzosamente exiliados.
Concretamente, existe una relación ineludible entre la dominación cultural y el racismo, siempre – claro está – en perjuicio de los sojuzgados. Así, enmascaradas por el prestigio de las ciencias naturales; que a partir de las grandes clasificaciones y del reordenamiento del saber efectuado en el siglo XVIII habían perfeccionado sus métodos hasta alcanzar resultados notables, las potencias imperiales construyen el sofisma de “la pesada carga del hombre blanco” quién asume voluntariamente la “sagrada misión” de elevar a los pueblos colonizados de la “infancia de la humanidad a la cima del progreso social y tecnológico”. Cuando, en realidad, este falso “progreso” se reproduce gracias a la super explotación de las masas oprimidas y al irracional saqueo de los recursos naturales, que son las materias primas indispensables para asegurar la continuidad de la expansión imperialista.
A partir del siglo XIX y de la mano con la generalización del colonialismo europeo en todo el mundo, la cultura occidental desarrolló una ideología abiertamente racista y ampliamente aceptada, a la que Ernst Nolte llegó a definir como una «rama del pensamiento europeo», y George Mosse como “el lado oscuro de la Ilustración“. A mediados del siglo XX, L’Encyclopedia Universalis incluyó un artículo denominado “Razas”, escrito por De Coppet que finaliza con la siguiente conclusión:
“A fines del siglo XIX, la Europa ilustrada es consciente que el género humano se divide en razas superiores e inferiores.”
El racismo europeo recurrió a la ciencia y en especial a la biología para jusificar la superioridad de los propios europeos, o de algunas de sus etnias, germanos, anglosajones, celtas, etc. sobre el resto de los seres humanos, así como la necesidad de que éstos fueran gobernados por aquellos. Este modelo de racismo seudocientífico fue luego repetido también en algunos países extraeuropeos como Estados Unidos para imponer el dominio anglosajón, Japón para colonizar Corea, China y otros pueblos del sudeste asiático, Australia para impedir la inmigración asiática, y en América Latina con las políticas implementadas para “reducir el factor negro“, a través del mestizaje y otros mecanismos de “limpieza” étnica…
Más clara aún es la adopción del racismo como defensa de su clase por la oligarquía más tradicional de la Argentina, es decir, la terrateniente y dentro de ella a la que menos mano de obra necesitaba, la ganadera. La inmigración, en afecto, servia para fortalecer a sus competidores de clase y amenazaba con crear una nuava clase proletaria que la derrocara.
Contra esta inmigración se adujeron, pues, múltiples argumentos y se estrellaron las protestas de los grupos más tradicionalistas que denunciaban “las hordas apátridas” o las “masas iletradas” que “ya no saben servir”. Ya antes, incluso, los conservadores se replegaron en clanes, ofreciendo un sistema endogámico rígido como defensa de sus intereses económicos. Nadie lo dijo más claro que Cané: “Nuestro deber sagrado, primero, arriba de todos, es defender nuestras mujeres contra la invasión tosca del mundo heterogéneo, cosmopolita, híbrido, cómodo y peligroso…. Salvemos nuestro predominio legítimo, no solo desenvolviendo y nutriendo nuestro espíritu cuando es posible, sino colocando a nuestras mujeres a una altura a que no lleguen las bajas aspiraciones de la turba”. Santiago Calzadilla recuerda nostálgico “aquellos lindos cuerpos de mujeres… productos de la raza española sin mezcla de gringo, o gringa. Eran criollas pur sang, como se dice hoy” y Julián Martel, indignado y decepcionado, anota: “da pena ver la facilidad con que estos aventureros encuentran aceptación entre las muchachas porteñas… Ellas posponen a cualquier hijo del país cuando se les presenta uno de esos caballeros de la industria que al venir a nuestra tierra se creen con los mismos derechos que los españoles de tiempos de la conquista”. (4)
Para intentar clarificar este panorama, Oscar Bosetti, en un artículo publicado en los albores del período democrático iniciado en 1983, remarca que este “corpus” de ideas y conceptos que él denomina “el concreto de pensamiento” se dio, efectivamente, en el plano de la realidad objetiva (el concreto real): la oligarquía terrateniente y sus más ilustres “intelectuales orgánicos” (abogados, dirigentes políticos de la partidocracia demo-liberal, escritores y, en fin, el grueso de los cuadros superiores de las Fuerzas Armadas) se sintieron social y culturalmente identificados con las élites metropolitanas y transfirieron, por ejemplo, el “racismo” de éstas a las poblaciones indígenas, mestizas y criollas del Interior y, más tarde, a los españoles, italianos y centroeuropeos que conformaban la mayor parte de la ola inmigratoria producida entre 1870 y 1890. (5) 
Y esto se inserta en uno de los puntos difíciles del nacimiento de la Antropología Argentina, con hombres preocupados por la cultura material de los pueblos originarios pero no tan preocupados por el aniquilamiento de los portadores de esa cultura. Así, algunos epígonos del “progreso” saludaron al alcoholismo y las enfermedades, como una forma “incruenta” de despejar los territorios que serían ocupados por los brazos laboriosos de una inmigración que, suponían, estaría compuesta por los arquetipos idealizados del conde de Gobineau. Al respecto, de una verdad insoslayable nos parecen las palabras de Miguel Cané, pronunciadas el 29 de agosto de 1899 en ocasión de debatirse la concesión fiscal a los salesianos de aquella misión, expresando: “Yo no tengo, señor Presidente, gran confianza en el porvenir de la raza fueguina. Creo que la dura ley que condena los organismos inferiores ha de cumplirse allí, como se cumple y se está cumpliendo en toda la superficie del globo…”
Aunque hay que reconocer que este período también produjo voces disidentes, aunque no lo suficientemente reconocidas. Tal, la de un gran argentino, un olvidado, Adán Quiroga (1863-1904) quién, desde una actitud apegada a lo telúrico y empeñada en la revalorización de las razas que poblaban nuestro territorio en el momento de la conquista, advertía sobre los peligros de un exagerado cosmopolitismo. Dice Quiroga en su obra “Calchaquí”: “los acontecimientos históricos han de hacer resaltar la virilidad de la nación calchaquí y la importancia del suelo catamarcano (sic) por sus recuerdos clásicos en la lucha de las dos civilizaciones y de las dos madres razas” Y agrega: “Apartar al indio de nuestra historia es desdeñar nuestra tradición, renegar de nuestro nombre de americanos.”
Hay que recordar que en ese momento histórico el pensamiento positivo había alcanzado una validez universal y sus concepciones abarcaban todas las disciplinas. A partir de 1860 las ciencias biológicas ganaron terreno sobre los estudios físicos y matemáticos: parecía que, de algún modo, los biólogos estaban en posesión de las leyes que rigen la vida, así como los sociólogos aparentaban señorear el desarrollo del cuerpo social. Así lo creyeron, al menos, hombres como Sarmiento quién, a lo largo de su obra plantea el modelo biocultural spenceriano de la irredimibilidad de las razas criollas hispanoamericanas para alcanzar el progreso, tal como está de manifiesto en el contexto de la teoría del hombre blanco, o en los textos de Carlos Octavio Bunge y José María Ramos Mejía.
Para la “oligarquía paternalista”, expresión que pertenece a Pérez Amuchástegui, son tiempos de optimismo, de fe profunda en el progreso indefinido. Y a medida que la naturaleza va dejándose arrancar sus secretos y la clave de su evolución, va creciendo en forma paralela el intento fáustico de llegar al estadio positivo de Comte, donde el poder espiritual pasa a manos de los sabios y el poder temporal a manos de los industriales. De ahí el afán fundacional de Museos, que oficiarían como “catedrales profanas” del saber y el científico ejercería la función de sumo sacerdote.
En la Argentina había honrosos antecedentes en este campo. En 1872 se constituyó la Sociedad Científica Argentina en el Departamento de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, por inspiración del entonces estudiante Estanislao S. Zeballos. Zeballos había expuesto la necesidad de “fundar una sociedad que sirviera de centro de unión y de trabajo para las personas que desearan servir al desarrollo de las ciencias y sus aplicaciones. Fue, como lo recuerda el matemático e historiador de la ciencia José Babini, la única tribuna científica argentina y el único centro de consultas sobre cuestiones de este tipo para los gobiernos de la Nación y de la provincia de Buenos Aires. La Sociedad Científica creó un Museo, organizó cursos y conferencias, promovió expediciones y viajes a territorios a un no sometidos al Estado nacional – Como los de Francisco P. Moreno y Ramón Lista a la Patagonia – y desde 1876 publicó sus Anales, que continúan apareciendo en la actualidad.
Pero, ya que de paradigmas hablamos, estos estudios se realizaron en el marco de un acentuado etnocentrismo, anterior aún al desembarco del positivismo en nuestras playas. Las terribles palabras de Alberdi son la prueba elocuente: “El salvaje del Chaco, apoyado en el arco de su flecha, contemplará con tristeza el curso de la formidable máquina que le intima el abandono de aquellas márgenes. Resto infeliz de la criatura primitiva: decid adiós al dominio de vuestros antepasados. La razón despliega hoy sus banderas sagradas en el país que no protegerá ya con asilo inmerecido la bestialidad de las razas” (6) Este párrafo, escrito en los años 50 se arraigará con fuera en el escenario político argentino de treinta años después. Ante la imagen didáctica de un indígena que observa pasar un ferrocarril, Alberdi desarrolla magistralmente toda la teoría cientificista desarrollada en 1880, cuyos máximos exponente fueron los intelectuales positivistas ya nombrados y en el campo de la literatura los representantes de otro paradigma de la época: el naturalismo.
Este género literario, cuyas fórmulas lograron la mayor precisión en las novelas y los ensayos teóricos de Emilio Zola, se introdujo en la Argentina en los mismos ambientes en que pudo prosperar el liberalismo librepensador, anti-clerical y cientificista, que alcanzaba en esos años una difusión considerable en las grandes ciudades. Más que una corriente política clásica el librepensamiento criollo fue un movimiento intelectual y cultural. Una verdadera subcultura que abarcó a gran cantidad de hombres y mujeres en la Argentina cosmopolita y devota del progreso de la transición entre dos siglos. En esta subcultura convivían distintos grupos con una identidad doctrinaria propia (masones, espiritistas, positivistas comtianos, teósofos, etc.) pero que encontraban un punto de convergencia alrededor de algunas ideas eje: laicismo anticlerical, la aplicación de criterios científicos para la solución de todos los problemas de la sociedad y una ingenua fe en una reforma racionalista de la conducta humana. (7). No por casualidad Antonio Argerich (1862-1924) fue quién llevó más lejos los supuestos del naturalismo zoliano al convertir a su novela “¿Inocentes o culpables?” (1881) en una verdadera novela de tesis, con la exposición de un diagnóstico y la elaborada descripción de pretendidos morbos sociales. Médico como el naturalista Holmberg y Ramos Mejía, Argerich acepta algunos conceptos polémicos de la ciencia de su tiempo, sobre la presunta superioridad o inferioridad de las diversas razas, y pasa a demostrar en su novela que la inmigración de procedencia europea, que por entonces empieza a romper el equilibrio demográfico del país, será desastrosa para la sociedad argentina.
Prevenciones similares encontramos, tras la crisis del 90, en el llamado “Ciclo de la Bolsa” y su incipiente antisemitismo en el libro de Julián Miró. Eugenio Cambaceres, Segundo Villafañe y Carlos María Ocantos son los otros exponentes de este período literario. En realidad, la obra de estos autores reflejaba la desilusión del ideario forjado por Sarmiento, Julio A. Roca o José Ingenieros dado el escaso aporte cultural y científico de los obreros, artesanos y campesinos inmigrantes que no se compadecía con los técnicos e ingenieros que no llegaron a estos puertos, o que vinieron solo como gerentes o especialistas de las empresas europeas y, ciertamente, poco contribuyeron para la imperiosa transformación social y cultural del pueblo.
De ahí que la glorificación liberal del extranjero manifestada por Alberdi, que la burguesía asumía contra el conservatismo xenófobo, se pase después, cuando la burguesía esté en el gobierno, a un antiliberalismo contra la inmigración y los movimientos contestatarios ligados a ella. El tránsito de Leopoldo Lugones del mayor radicalismo a la extrema derecha no es sino otra manifestación de esta evolución de la élite burguesa; y lo mismo, en sentido parcialmente contrario, la de Ingenieros.
Dado que la población exigía cada vez más su participación en el manejo de los asuntos de gobierno y no quería ya una democracia cosmética sino real, la burguesía renegó – como la francesa de principios del XIX – de tan peligrosa doctrina y se fue entregando a las dictaduras militares, en un ejército ya blanco, como diría orgulloso Ingenieros, que la libre de la “chusma” que rodeaba a Yrigoyen. Cuando a partir de 1916, los sectores dominantes advirtieron el fracaso del liberalismo y se asustaron ante la corporización de la participación popular, volvieron a equivocar el camino, “en lugar de replegarse hacia la tierra y reivindicar la nacionalidad junto al pueblo, buscó la adopción de modelos europeos: renegaron de Rousseau y admiraron a Maurras, denostaron el plebeyismo de Yrigoyen y se embelesaron ante la rusticidad de Mussolini, denigraron a Marx y aceptaron a Goebbels”. (8)
Coherentemente, el esquema liberal positivista adoptado por la oligarquía terrateniente nativa es la base misma de la elaboración histórico-cultural argentina, que afirma el principio de dependencia como ineludible camino para “transitar el desarrollo hacia el progreso” y, en ese intrincado recorrido, ayer la industria inglesa y la cultura francesa y en nuestros días el poderío y la “modernización” de las transnacionales de la globalización; aparecen, según algunas corporaciones, como las metas a alcanzar mientras se mantengan abiertas las puertas del país a las corrientes económicas, políticas y culturales provenientes de estos nuevos “centros de civilización”.
No obstante, en el 80 se concreta para la Nación un proyecto que a muchos puede no gustarle, aunque en su momento pudo ser aceptable. Un proyecto cuyos representantes no fueron un grupo homogéneo sino un conjunto que el historiador Jorge E, Sulé definió como “Los heterodoxos del 80” caracterizado por sus contradicciones y, a la vez, por la riqueza de sus expresiones. Si bien se definió por su tendencia europeizante, albergó al mismo tiempo un entrañable amor por el terruño (Lucio V. Mansilla). Existió, como dijimos, adhesión al naturalismo de Zola, pero sus expresiones en el Plata (Cambaceres, Martel, Sicardi) no fueron dóciles remedos de postulados científicos ni de la ley de la herencia. Cierto es que muchos fueron injustos con el gauchismo y con su desdén al Martín Fierro, pero otros como el nombrado Quiroga, también censuraron la inmigración masiva que menoscababa las esencias nacionales. Se habla de un descreimiento religioso, por haberse entonces sancionado la educación laica y el registro y matrimonio civil. Pero existía en muchos un deísmo, quizá no ajustado a dogmas, pero sincero y vivencial. En Wilde y Cané se advierte cierta nostalgia de Dios, así como en Estrada y Goyena hay fervorosa adhesión a la libertad de la mente.
La Argentina que nace en el 80, se proyecta en el siglo XX y XXI, se renueva en 1916, entra en crisis en el 30, estalla en la década del 40 (tiene una fecha liminar en el 17 de octubre de 1945), se empantana en el 55, sufre su hecatombe en el 76 y eclosiona en el 2001. En suma, hemos recorrido un tortuoso camino para llegar al Bicentenario, pero los acontecimientos que se avecinan auguran ser venturosos, con una Argentina tajantemente insertada en Hispanoindoamérica, que rompa definitivamente con la colonización cultural y la dependencia económica. Solidaria con el dolor y la esperanza de todas las naciones de la América morena “que aún reza a Jesucristo y aún habla el español.”
Notas:
(1) Orione, Julio y Rocchi, Fernando A. “El Darwinismo en la Argentina”. En: “Todo es Historia” N° 228. Bs. As. 1986
(2) Pérez Gollán, José A. “Mr. Ward en Buenos Aires”. En: “Ciencia Hoy” V. 5 N° 28 Bs. As. 1995
(3) Viñas, David “Literatura argentina y realidad política” Jorge Álvarez. Bs. As. 1964
(4) Onega, Gladys “La inmigración en la literatura argentina: 1880-1890” Ed. Galerna Bs. As. 1969.
(5) Bosetti, Oscar “Las variables del pensamiento dependiente”. En “Crear en la Cultura Nacional” Nº 15 Bs. As. 1983
(6) Alberdi, J.B. “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina” En: Alberdi, J.B. “Organización política y económica de la Confederación Argentina”. Bezanzon, 1856, p.54
(7) De Lucía, Daniel Omar “Buenos Aires 1900. Imaginario cientificista y utopía de progreso”. En: “Desmemoria” Año 7 Nº26 Bs. As. 2.000
(8) D´Atri, Norberto “Del 80 al 90 en la Argentina”. A. Peña Lillo Editor. Bs. As. 1973.
(*) Prosecretario y Académico de Número del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”
(**) Comunicación para el Segundo Encuentro de Historia Revisionista “José
Gervasio de Artigas” realizado en la Universidad Nacional de Lanús el 12 de noviembre de 2011.