Rosas

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jueves, 31 de diciembre de 2015

Roca caudillo del ejército

Por Arturo Jauretche

En la revolución del 74, el Ejército Nacional liquida definitivamente los restos del ejército de facción de (Bartolomé) Mitre y en la Revolución del 80, la oligarquía porteña es derrotada y el Ejército Nacional impone, conjuntamente con la capitalización de Buenos Aires, un concepto de unidad del país frente a la hegemonía porteña.
Con la presidencia de (Nicolás) Avellaneda se insinúa la formación de la oligarquía nacional que sustituirá a aquélla; ésta tendrá la misma adhesión que los vencedores de Caseros al liberalismo de importación, a las doctrinas económicas detrás de las cuales avanza el interés británico, y tal vez una mayor venalidad caracteriza su gestión.
Pero representando en cierta manera la unidad del país, no puede estar del todo ajena a los intereses del interior y a las tentativas industrialistas que comienzan a recobrarse, y de una manera imprecisa y discontinua comienzan a aparecer las primeras tentativas defensoras de un posible desarrollo nacional autónomo. (…)    La gravitación ejercida por el ejército trae de nuevo una preocupación de Política Nacional incompleta y parcial, pero que es ya algo: la preocupación de las fronteras. La conquista del desierto, la integración de la Patagonia, la formación de la marina, las contingencias limítrofes con Chile y la ocupación militar de los chacos y Formosa aseguran los límites a que nos ha reducido la “victoria” de Caseros.(…) En los esteros del Paraguay se hundió la conducción mitrista del ejército, con la estrategia y la táctica de las guerras policiales y punitivas de los generales brasileristas uruguayos, hechas al desprecio de la vida humana, que empieza por las del adversario y termina por las del propio cuadro.
 
Casi todos los “orientales” de Mitre fueron sacados del frente y pasaron a seguir las guerras interiores contra las provincias sublevadas; ¡eran sólo expertos en degollar gauchos desarmados! En esa desastrosa experiencia se aprendió de nuevo la ciencia de la guerra, y un nuevo ejército comenzó a surgir de entre las ruinas. La esterilidad del sacrificio y la convicción de haber servido a una política extranjera, en perjuicio de la nacional, se hizo carne en los nuevos jefes, y se perfiló una figura que habría de restaurar el sentido de la política nacional de la milicia.
Su constructor fue el general (Julio Argentino) Roca -que perdió allí a su padre, guerrero de la independencia, y a un hermano-, cuyas primeras armas se habían hecho en el ejército de la Confederación.
(…) La revolución del 74 es decisiva; enfrenta por fin al ejército de fracción con el nuevo ejército nacional. En Roca se define el Ejército Nacional que ya tiene un conductor y una Política Nacional que aún falta en el gobierno. La aventura revolucionaria de Buenos Aires termina ridículamente en La Verde con la rendición de Mitre, que agrega una más a la cadena de sus batallas perdidas. (La única que ganó fue Pavón y ya se sabe cómo).

El ejército de Mitre termina como había vivido, matando indefensos; el asesinato del general (Teófilo) Ivanowski, por las fuerzas sublevadas de (José Miguel) Arredondo, representa la última demostración de una técnica. La campaña de Roca, ganando tiempo, ante las urgencias de Sarmiento que lo apremia, ignorante de que el general construye su ejercito sobre la marcha, disciplinándolo y acondicionándolo como un ejército moderno, termina en la batalla de Santa Rosa donde el ejército nacional entierra definitivamente al ejército de facción.
Hay ahora en el ejército un sentido elemental de la política nacional que se irá perfilando con la marcha de su conductor. También hay otro estilo que no es el de los degolladores. El general Francisco Vélez refiere cómo el general Roca hizo fusilar, bajo la presión de sus consejeros, a un supuesto espía, que después resultó que era verdaderamente agente de enlace de su amigo (Francisco) Civit.
Agrega Vélez: “Es fama que Roca sintió entonces profundo horror y que formo el propósito de no firmar otra pena de muerte, propósito cumplido religiosamente durante su larga actuación en la jefatura del ejército y del Estado… imputándose tal vez debilidad al haber cedido ante incitaciones de algunos de esos irresponsables que alardean energía aconsejando el sacrificio de seres humanos que otros han de ejecutar”.
(…) Sólo Avellaneda, con la modificación de la tarifa de avalúos, reinicia la política proteccionista. Allí están los dos Hernández, el autor de Martín Fierro y su hermano; Vicente Fidel López, Roque Sáenz Peña, Estanislao Zeballos, Nicasio Oroño, Carlos Pellegrini, Amancio Alcorta, Lucio V. Mansilla, según enumera (Jorge Abelardo) Ramos.
Es Pellegrini el que dice: “No hay en el mundo un solo estadista serio que sea librecambista, en el sentido que aquí entienden esta teoría. Hoy todas las naciones son proteccionistas y diré algo más, siempre lo han sido y tienen fatalmente que serlo para mantener su importancia económica y política. El proteccionismo industrial puede hacerse práctico de muchas maneras, de las cuales las leyes de aduana son sólo una, aunque sin duda, la más eficaz, la más generalizada y la más importante. Es necesario que en la República se trabaje y se produzca algo más que pasto”.
No es todavía política nacional en lo económico, pero es una rectificación, una atenuación del pensamiento de Caseros. Compárense esas palabras de Pellegrini con las que siguen de (Faustino) Sarmiento: “La grandeza del Estado está en la Pampa pastora, en las producciones del norte y en el gran sistema de los ríos navegables cuya aorta es el Plata”. (De paso perdieron la soberanía hasta en la aorta). “Por otra parte los españoles no somos ni industriales ni navegantes y la Europa nos proveerá por largos siglos de sus artefactos a cambio de nuestras materias primas”.
¿Ignoraba el señor Sarmiento eso que el señor (Raúl) Prebisch llama los términos del intercambio y que consiste en que año por año aumenta el valor de las manufacturas con relación a las materias primas y que en esa carrera hay que entregar cada vez más carne y más cereales por menos máquinas y menos artículos? ¿Ignoraba también que lo que aumenta el valor de la materia prima es la técnica y la mano de obra ante cuyo precio el valor de esta última representa un por ciento insignificante? ¿Sospechaba siquiera que la lana de un traje no representa ni el dos por ciento del valor del tejido? ¿Sospechaba acaso que sin industrias el mayor valor de la mercadería queda en el exterior, es poder de compra restado al propio país e incorporado al país importador?
(…) Martín de Moussy señalaba los electos de la libertad de comercio que Mitre había inscripto en las banderas del ejército según su arenga: “La industria disminuye día a día a consecuencia de la abundancia y baratura de los tejidos de origen extranjero que inundan el país y con los cuales la industria indígena, operando a mano y con útiles simples no puede luchar de manera alguna”.
Dice José María Rosa: “Los algodonales y arrozales del norte se extinguieron por completo. En 1869 el primer censo nacional revelaba que provincias enteras apenas si mal vivían madurando aceitunas o cambalacheando pelos de cabras” (Defensa y pérdida de nuestra Independencia Económica).
Ramos, de quien extraigo esta cita (Revolución y contrarrevolución), nos informa que en 1869 había 90.030 tejedores sobre una población de 1.769.000 habitantes y en 1895 sólo quedaban 30.380 tejedores en una población de 3.857.000. Lejos de importar máquinas de producción, el capitalismo europeo en expansión nos enviaba productos de consumo. No venía a contribuir, a nuestro desarrollo capitalista sino a frenarlo.
Primeros pasos hacia una economía nacional
Esa nueva promoción que tiene a Roca como conductor careció de una teoría nacional de la política y de la economía. Sólo le fueron dados atisbos parciales de la realidad; no así liberarse de las supersticiones ideológicas, pero con todo, su carácter nacional la hizo contrabalancear a los agiotistas y especuladores del puerto de Buenos Aires y posibilitar algún desarrollo industrial.
A ellos debemos la modernización y crecimiento de las industrias azucareras y vitivinícolas, a las que por cierto la metrópoli británica no opuso mayores dificultades, porque el azúcar significaba un golpe al comercio rival de carnes, el saladero, que abastecía a los mercados azucareros del Brasil y Cuba, y la industria vitivinícola contribuía a eliminar otro competidor del mercado de exportación: Francia, abastecedora de vinos.
Pero de todos modos se tonificaron las economías de dos centros fronterizos -Cuyo y el Norte-, y se paró la emigración de sus habitantes al litoral pastoril. Esta época y la de sus continuadores fue también de enajenación de los ferrocarriles nacionales y de concesiones leoninas al capital privado. Pero cumplió, en cambio, una política ferroviaria de sacrificio a cargo del Estado, que tuvo en cuenta las fronteras y estabilizó el norte argentino y la conexión con Bolivia.
(…) Pero lo fundamental es que con Roca vuelve al país el concepto de una política del espacio. Vuelve con un auténtico hombre de armas y vuelve porque ya hay un ejército nacional y la demanda mínima de este, la elemental, es la frontera.

Está la frontera con el indio, abandonada desde Caseros, cuando éste vuelve a rebalsar y hasta interviene en nuestras luchas civiles: Mitre ha traído a los indios a La Verde como los llevó a Pavón seguramente para replantear el dilema de Civilización y Barbarie a favor de la civilización, del mismo modo que Brasil llevó sus esclavos a la lucha por la libertad de los paraguayos.
La primera tarea que realiza el ejército nacional es la conquista del desierto. El plan de operaciones repite el de la Confederación, con medios más modernos pero con la misma visión nacional. Lleva implícita la ocupación de la Patagonia -que se realiza- y la definición de la frontera con Chile que obtiene solución favorable, salvo en el estrecho de Magallanes, y definitiva por la Política Nacional de las fuerzas armadas que representa el fundador del nuevo Ejército Nacional.
Ella no hubiera sido posible sin la construcción del mismo, por encima de las facciones y sometimiento al mitrismo; la extensión vuelve a formar parte de la Política Nacional que se irá complementando hacia el norte, con los expedicionarios del desierto que en Chaco y Formosa consolidan, con la ocupación hasta la frontera del Pilcomayo.
 
Toca también al ejército nacional resolver la cuestión Capital que algo aliviará al gobierno argentino de la presión constante del círculo de la oligarquía porteña. Frente a Avellaneda vacilante ante la insolencia de (Carlos) Tejedor y los demás mitristas, Roca expresa la posición firme de lo nacional y la decisión del Ejército Nacional de no aceptar más retaceos a la República.
Este es el momento decisivo y es bueno señalar lo que destaca Ramos: al lado de Roca está Hipólito Yrigoyen, jefe del futuro gran movimiento nacional. En cambio, (Leandro) Alem, está del otro lado. Los clásicos al lado de los clásicos, los concretos al lado de los concretos, los realistas al lado de los realistas. Del otro lado los declamadores, románticos arrastrados por el influjo de las palabras huecas, y las ideologías.
Es confusa la historia como que es cosa de hombres. Digamos glosando a (Georges Louis Leclerc, conde de) Buffon que el estilo define las corrientes históricas mejor que las palabras.
Hasta 1916 el pueblo es ajeno a todo el drama histórico desde Caseros. Desde entonces hemos carecido de una verdadera política nacional; pero señalemos los grados: durante el período del mitrismo no fue carencia: hubo política antinacional consciente y deliberada, que se sostuvo en la inexistencia del Ejército Nacional, reemplazado por una milicia de facción.
Con Roca y la reconstrucción del Ejército Nacional empieza a definirse una Política Nacional, zigzagueante entre la comprensión parcial de los hechos y el adoctrinamiento antinacional de los ideólogos (…) hay por lo menos una Política Nacional, la del Ejército, expresada por su fundador, el general Roca, que tiene una Política Nacional de las fronteras y una política económica a la que falta mucho para ser nacional, pero ya retacea el librecambio impuesto por los vencedores de Caseros en obsequio de los “apóstoles del comercio libre”.
No llega con todo a constituir sino un mero atisbo de Política Nacional: ella sólo se integrará por la presencia del pueblo en el Estado.
Jauretche "Ejercito y Política"

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Juan Bautista Bustos (1779-1830)

Por el Profesor Jbismarck
Juan Bautista Bustos nació en Punilla, provincia de Córdoba, el 29 de agosto de 1779.   Llegó a Buenos Aires en clase de capitán de milicias, del contingente tercio de Arribeños, con el que contribuyó su provincia natal para rechazar la invasión inglesa de 1806.

A.jpg En 1809, el general Francisco Ortiz de Ocampo lo asciende a teniente coronel efectivo y entre los argumentos de tal mención hace referencia a lo actuado por Bustos en la campaña de reconquista de Buenos Aires y rechazo de la segunda invasión de 1807. Como ejemplo de su valor, Ortiz de Ocampo describe un enfrentamiento producido el 5 de julio de 1807 en el cual Bustos, al mando de 30 hombres del cuerpo de arribeños, enfrenta una columna inglesa de 240 efectivos a la que con valor y pericia logra rendirla y tomar prisioneros a 214 soldados y 13 oficiales.
Los historiadores le asignan haber participado en un discreto segundo plano en las jornadas revolucionarias de 1810. Se sabe que en las posteriores disputas internas de la Primera Junta estuvo al lado de Saavedra y que fue uno de los oficiales que se movilizó en aquella suerte de pueblada a favor del saavedrismo ocurrida durante las jornadas del 5 y el 6 de abril de 1811. Cuando Saavedra cayó en desgracia, él corrió su suerte, pero para 1815 lo vemos integrando -en su condición de coronel- el Ejército del Norte. En realidad, el Director Supremo, Ignacio Álvarez Thomas fue quien le otorgó ese destino.
En 1815, partió de Buenos Aires al mando de mil hombres para integrarse al Ejército del Norte que venía de sufrir la derrota de Sipe-Sipe. Rondeau fue reemplazado por Belgrano, quien restableció la disciplina en Tucumán donde contó con el invalorable apoyo de Bustos, que mandaba el cuerpo de soldados del 2 de Infantería Patricios.
Por orden de éste precisamente, se dirigió a Santiago del Estero con un destacamento de las tres armas, con la misión de sofocar la insurrección del teniente coronel Juan Francisco Borges en rebeldía contra la Junta de Buenos Aires.  En realidad no llegó a actuar, pues una vanguardia adelantada por Belgrano a las órdenes de Gregorio Aráoz de Lamadrid lo apresó y fusiló sin juicio previo, en diciembre de 1816.
 

Reintegrado al Ejército del Norte ocupó el cargo de Jefe de Estado Mayor siendo el tercero en el mando después de los generales Belgrano y Fernández de la Cruz.  En Arequito el 8 de Enero de 1820 sublevó los restos del Ejército del Alto Perú, conjuntamente con el coronel Alejandro Heredia y el comandante José María Paz.  Declaró entonces: “que no seguiría haciendo la guerra civil…”. 

Marchó hacia Córdoba, donde el 21 de marzo de 1820 será elegido gobernador. Se reconcilia con López y culmina el enfrentamiento con los santafesinos y se alinean ambos con Buenos Aires.
Sostuvo el cargo de gobernador de Córdoba por 9 años y se puede afirmar que su gobierno fue fecundo, sin exagerar, el mejor gobernador de Córdoba de todo el siglo XIX: organizó la política y la Justicia. Se ocupó del progreso de la educación; renovó los planes de estudios universitarios y de la instrucción pública en general, creó la Junta Protectora de Escuelas; desarrolló la imprenta y la libertad de prensa. El 20 de febrero de 1821 promulgó la primera Constitución cordobesa, adelantándose al resto del país. Propendió, en lo económico, a la libertad de comercio interior, pero protegiendo las industrias nacionales. Estableció un plan de administración de correos; fijó impuestos y tasas de Aduana; construyó obras de defensa y desagüe sobre el río Primero;
En el ámbito nacional en destacada participación cultivó la amistad y el afecto de San Martín y de Güemes, a los que apoyó con hombres, armas, caballada y dinero. Incluso, trató de interceder ante Buenos Aires para que le procuren al Libertador apoyo económico para su magna empresa. Pero su empeño naufragó ante el pérfido Rivadavia, dueño de la situación porteña. Bustos fue un acendrado defensor del federalismo y de la religión católica: su reconciliación con Estanislao López fue muy productiva, cuando éste pacifica la relación con Buenos Aires mediante el Pacto de Benegas, Bustos ofreció la garantía política del acuerdo proponiendo llamar a Congreso General Constituyente en nuestra provincia, cosa que se suscribe.

Este plan naufraga por imperio de la mano negra de Rivadavia quien posteriormente citará en Buenos Aires a firmar el Tratado del Cuadrilátero con las provincias del Litoral, acción que devendrá en la frustrada Constitución unitaria de 1826 que fue rechazada por todo el Interior. Para colmo, el sector rivadaviano aprovechó la contingencia y sancionó la ley presidencial, su "portaestandarte" volvía de Europa de recibir las instrucciones de sus mandantes y lo entronizaron en el sillón de Rivadavia, que desde ese momento será mal llamado "Primer presidente".
El despropósito incoado por Rivadavia de firmar la paz a cualquier costo con Brasil (para proteger el comercio de ultramar con Gran Bretaña) luego que hubimos derrotado a los ejércitos imperiales en las gloriosas batallas de Ituzaingó y Juncal, provocaron el motín unitario del 1º de diciembre de 1828, cuyas funestas consecuencias fueron el inexplicable fusilamiento de Dorrego y el avance de Paz sobre Córdoba, que el 22 de abril de 1829 bate a Bustos en la batalla de San Roque, derrocando el gobierno federal y entronizándose de facto en dicho cargo.
Bustos y el resto de sus hombres se sumaron a las tropas de Quiroga y lo acompañaron en su derrota de La Tablada. Según se dice, allí peleó con valentía y arrojo y recibió heridas que un año después habrían de provocarle la muerte. Facundo Quiroga acude a apoyar al gobernador depuesto, pero ambos son derrotados por el eximio estratega militar que fue José María Paz, en las batallas de La Tablada y en Oncativo.
Luego de las derrotas sufridas, y con varias heridas, trata de alejarse camino a Santa Fe en busca de refugio. Lo sorprendió la noche cerca del río Primero. Próximo al Molino de las Huérfanas, lo avista y persigue una patrulla enemiga que le intima la rendición, trató de resistirse pero su brazo herido no pudo blandir su espada. Para colmo, era una zona en que la barranca del río se alza a bastante altura, cortándose casi verticalmente. Pero ese valeroso criollo no se entrega, vuelve grupas, le cubre a su caballo los ojos con un poncho, clavó espuelas, lanzando el animal a la carrera, y saltó desde el abrupto barranco hasta el lecho del río.
El animal terminó horriblemente fracturado por el golpe y Bustos también sufrió graves consecuencias ante el impacto de su pecho contra la cabeza del equino. A pesar de sus heridas, Bustos gana la orilla y se refugia en una de las quintas de la costa donde atenuaron sus dolores. Luego marchó a pie y hasta en carretilla hacia su destino final, Santa Fe, adonde arribó el 10 de julio siendo recibido por López, su otrora adversario, con el rango que Bustos merecía y dándole asilo como a toda su familia, que llegó después, desterrada por el insensible Paz que los persiguió y sumió en la pobreza confiscándoles todos sus bienes.
Poco después, el 18 de setiembre de 1830, muere a los 51 años de edad a consecuencia de las considerables heridas sufridas. Sus restos fueron inhumados en predios del convento de Santo Domingo.

LA MUERTE DE PANCHO RAMÍREZ

Por Jorge Pelfort
"Junto al ceibal florecido, /
cara al cielo y solitario, /
riega con sangre caliente /
la rosa azul de su canto; /
el grito muerde las carnes:
/Delfina!, Delfina! ... Pancho! /
y el hombre se vuelve tigre /
y el tigre vuelve matando.../
silencio, montes y ríos, /
los pumas están llorando".

La décima que leemos al pie del monumento al general Francisco Ramírez en la entrerriana ciudad de Gualeguaychú, es, sin duda, muy bonita, aunque dista de reflejar la verdad histórica por más que ha sido tácitamente aceptada por la mayoría de los historiadores argentinos. Cuenta dicha leyenda, a la que el propio Mitre dio su espaldarazo de su "Historia de Belgrano" que, perseguido Ramírez muy de cerca por las fuerzas del gobernador cordobés Francisco Bedoya, fue boleado el caballo de su amante la brasileña Delfina Menchaca, al quedar algo rezagada del grupo perseguido. Al sentir sus desesperados gritos, presa del enemigo, Ramírez habría dado "vuelta cara"  para, cargando enfurecido sobre sus captores, caer muerto de un balazo en el corazón, según algunos, en el cuello según otros. Hasta aquí la leyenda. Porque Doña Delfina no fue capturada. Volvió a Entre Ríos con el resto de las fuerzas de Ramírez, ahora al mando de su lugarteniente el oriental Anacleto Medina, luego de una penosa odisea de 19 días por tierra santiagueña y correntina.
Creímos también nosotros durante mucho tiempo en la leyenda la cual a más de hermosa dentro de lo trágico del episodio, parecía veraz dada la unanimidad con que es aceptada por los estudiosos del tema en el país hermano. Solo un aspecto de la versión nos rechinaba: ¿Pudo el valiente entrerriano haberse adelantado en la huida a su amante dejándola a tiro de boleadoras del enemigo el, que como nuestro Lavalleja, ha de haber sido siempre "el primero en las cargas y el último en las retiradas" ? Por suerte, como no siempre sucede en el terreno histórico, la duda es fácil de disipar. Porque aquel oriental Anacleto Medina quien, desde un primer momento ayudó a Ramírez a organizar las luchas independentistas en Entre Ríos, dejó escritas unas breves memorias de la referida campaña, que pueden ser consultadas en nuestra Biblioteca Nacional.

Trágico personaje también este descendiente de indios charrúas que llegó a ostentar el grado de Brigadier General de nuestro ejército, veterano de múltiples jornadas bélicas en el escenario platense; bravo coracero en Ituzaingó, donde es ascendido a coronel, factor decisivo de la victoria unitario-colorada en Cagancha, comandante de la caballería urquicista en Caseros. Fiel a Ramírez conspirará con el medio hermano de éste, López Jordan, contra el nuevo gobernador de Entre Ríos impuesto por Buenos Aires, el porteño Lucio Mansilla, futuro héroe de la Vuelta de Obligado y cuñado de Rosas. Descubierto y apresado es inquirido por Mansilla acerca de qué pena cree merecer. "¡La muerte!, le espeta airado y altivo al rostro de su captor.
Protagonista principalísimo del controvertido drama de Quinteros, hallará terrible e inhumano fin, octogenario ya, a manos de sus ex - correligionarios tras el combate de Manantiales, en su nativo departamento de Colonia (A. Saldías lo considera erróneamente como misionero). Analfabeto, en uno de sus destierros en suelo entrerriano, donde gozaba de distinguida consideración de Urquiza, dictó a su secretario Gregorio Machado las referidas "memorias" o "apuntes" con el largo título de: "Muerte del General Francisco Ramírez llevando la guerra con 700 hombres a las provincias de Buenos Aires, Santa Fe  Córdoba, 1821".
Pasemos a ellas en lo que concretamente motiva este tema:

Respecto a lo que se dijo que la muerte del General Ramírez fue por salvar a la mujer que lo acompañaba, es incierto, porque después de  ese hecho, cuando se retiraba con 6 u 8 hombres buscando mi incorporación, lo persiguió una mitad de tiradores al mando del oficial porteño que, siendo su ayudante lo había traicionado pasándose al enemigo: Conociéndole al General, le dijo a los pocos hombres que le acompañaban: 'Volvamos cara y carguemos a ese pícaro traidor que nos viene persiguiendo'. Así fue pero en la carga que les dio, los perseguidores hicieron una descarga, resultando él solo herido y como a las 2 cuadras de distancia cayó del caballo. Esta fue la declaración de los soldados del piquete que lo acompañaban y que resultó exacta".

Como en tantos episodios del pasado, la historia documentada y la leyenda hablan lenguajes diferentes. No fue, pues el sublime sentimiento del amor, sino el más pedestre de la venganza, el que precipitó a la muerte a Pancho Ramírez. Su cabeza embalsamada ($42 costó la operación) fue enviada en una jaulita a su rival, el santafecino Estanislao López. Es que eran los tiempos de aquella "barbarie" por la que, años después, anatematizaría duramente Sarmiento a los caudillos y sus drásticos procedimientos... lo cual no obstaría para que él aplaudiera alborozado la decapitación del noble patriarca riojano Angel Vicente Peñaloza, el famoso Chacho.
Que si la leyenda se ha nutrido siempre del vuelo imaginativo, su hermana bastarda, la pseudo - historia, supo hacerle, además, de bien orquestados  silencios.

¿CÓMO, CUÁNDO Y DÓNDE MURIÓ SOLÍS?

Escribe: Juan Carlos Serqueiros

¿Se acuerdan cuando en la primaria, allá por quinto o sexto grado, la maestra nos “enseñaba” quién “descubrió” el río de la Plata, y cómo murió? Bueno, yo como buen jovato, sí me acuerdo: “aprendíamos” historia según algunos manuales homologados para la sacrosanta escuela pública sarmientina en la cual supuestamente todos éramos “iguales”; porque el “gran maestro sanjuanino” así lo había dispuesto con ese corazón tan noble de “padre del aula Sarmiento inmortal” que tenía. Pero claro, eso sí: algunos eran más “iguales” que otros… por ejemplo, mi compañerito de banco, el Angelito Pelusso (flor de hijo de puta, dicho sea de paso, cómo sería de turro el muy guacho, que un día tanto me hinchó las guindas, que en la clase de “Trabajo Manual” le pasé papel de lija por la cara… le quedó la trompa hecha un primor jejeje), era más “igual” que yo, sencillamente porque él tenía –entre otras muchas cosas que yo no- el consabido (y caro) Manual del Alumno Santafesino: un libraco de tapas duras color rosa pálido e ilustrado con unos dibujos que daban envidia, mire vea… Mientras que yo tenía que andar peludeando con el popular, barato y democrático Manual Graf: un mamotreto de tapas blandas, con páginas encuadernadas como el orto, ilustradas con dibujos y fotos en colores, una berretada total.

Pero me estoy yendo por las ramas; mejor vayamos a los bifes: con esos “textos”, la seño nos daba Historia, y así nos metían en la marota que el ilustrísimo y arrojado marino Juan Díaz de Solís llegó a las costas del “Mar Dulce”, que en una isla enterró a un marinero que se llamaba Martín García, que pobre, se le ocurrió morirse (qué tipo inoportuno ese García, che, mirá que venir a morirse justo en ese momento tan trascendental), y que como Solís era tan valiente como caritativo; bautizó a esa isla pedorra con el nombre del tipo que había palmado. Y la completaba informándonos que después de eso, el Juancito Díaz de Solís desembarcó en algún lugar -que por más preguntas que le hicimos a la seño, nunca pudimos saber dónde carajo quedaba-, y que allí los indios charrúas (que parece ser que eran una gente de lo peor, che; atendían como el culo a visitantes tan distinguidos), los cagaron a flechazos y después, pa’ completarla, se los lastraron, dejando vivo a uno solo (qué sé yo… sería pa’ usarlo de muestra, ¿no?).
Claro, uno terminaba de “aprender” todo eso, salía de ese templo del saber que era la escuela, y después del paso obligado por el campito pa’ jugar un rato a la pelota, llegaba a su casa, donde nos esperaba nuestra abnegada madre, que después de cagarnos convenientemente a cintazos por venir con el guardapolvo hecho un desastre; nos mandaba a bañar (ufa, mamá, si ayer me bañé) como preliminar de la consabida cena familiar. Y mientras comía, uno pensaba en la suerte que tenía, al contar con ese morfi tan rico que nos había hecho la vieja; mientras que los charrúas, pobres, se ve que no tenían mamás que les cocinaran; porque si se los habían morfado a Solís y sus muchachos, seguramente sería porque tenían hambre, qué joder…
Y uno se dormía pensando en el chabón que había quedado vivo entre los charrúas, pobre... y encima, sin siquiera tener al vigilante de la esquina como pa’ preguntarle qué bondi había que tomar para ir “hasta el barrio La Guardia, Pasaje Turín al 46, diga” (porque los rosarinos no decimos "al cuatro mil seiscientos", no, ni en pedo; decimos “al cuarenta y seis”, como debe ser).
Después, uno ya se iba haciendo más grande, y si por esas putas casualidades de la vida descubría que después de todo, la historia le gustaba; aprendía que si era cierto que los indios se habían comido a Solís y sus compinches, no debían haber sido los charrúas, porque hete aquí que los charrúas no eran antropófagos, entonces entrabas a buscar brolis y más brolis, y así te enterabas por el Pepe Rosa, por ejemplo, que los guachos que se habían manducado a Solís no eran los charrúas, sino los guaraníes, que también eran terribles y que practicaban la antropofagia ritual; pero que después, educados por los jesuitas, aprendieron modales, dejaron de morfar yoyegas y se volvieron tan buenitos, que hasta ayudaron a San Martín, Belgrano y Artigas a sacarnos de encima a los realistas (que a esas alturas, ya no eran más valientes y emprendedores como sus antepasados conquistadores; sino que se habían vuelto unos redomados hijos de puta de la mano de un reyezuelo cretino y medio maricón que no había caso que quisiera entender que nosotros ya éramos lo suficientemente creciditos como para valernos por nuestros propios medios).
 
Todo liso entonces, ya podíamos dormir tranquilos y ser felices por siempre jamás. Estaba clarísimo: a Solís no lo habían matado los charrúas, sino los guaraníes, y se lo habían morfado ritualmente “para apropiarse de su fuerza e inteligencia”.
El lugar preciso donde había desembarcado el valiente marino seguía sin saberse dónde mierda quedaba; pero bueno, después de todo, kilómetro más, kilómetro menos ¿a quién le importa? Una última cosita, don Pepe: el marinero que dejaron vivo los guaraníes, ¿qué pasó con ese? Ah bueno, sí, se llamaba Francisco del Puerto el hombre, y vivió entre los indios, que lo habían adoptado, hasta que once años después, llegó Sebastián Gaboto y lo rescató. ¡Qué bueno, qué suerte tuvo el hombre! Y dígame, don Pepe, ¿por qué fue que los guaraníes lo dejaron vivo? ¿No era que practicaban la antropofagia ritual “para apropiarse de la fuerza e inteligencia” de los enemigos? Y que yo sepa, el Francisco del Puerto ese, era enemigo –y mal agradecido además, porque en cuanto pudo, los dejó de garpe a los indios, se fue con Gaboto, le alcahueteó todo, y también se mandó unas cuantas cagadas, ¿no, don Pepe? ¡Ufa, Juank! Dejate de joder ¿Qué sos, Juan el Preguntón? ¡Qué plomazo viejo, qué plomazo! Y se levantó y se tomó el espiante. Pero no hay drama, don Pepe, después de todo, como bien decía el General, para un peronista no hay nada mejor que otro peronista; así que vaya nomás, que los fecas y los ginebrones los garpo yo.
En eso, cayó el inefable Georgie ¿Eh? ¿Cómo “qué Georgie”? El único Georgie que tenemos por estos pagos de Dios: el Georgie Borges, ¿o qué otro Georgie va a ser? Hay gente que pregunta cada huevada, mirá (no Georgie, lo de “mirá” no lo dije por vos; como buen peroncho, soy mersún y grasa, pero no tanto como para llegar a ser tan maleducado, viste). Se sentó parsimoniosamente, colocó el bastón entre las gambas, apoyó ambas manos en la empuñadura, y mientras la Kodama pedía un agua sin gas para él y un té chino con scons para ella; el Georgie impertérrito, me recitó su Fundación mítica de Buenos Aires:
Pensando bien la cosa, supondremos que el río
era azulejo entonces como oriundo del cielo
con su estrellita roja para marcar el sitio
en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron

Bárbaro Georgie, una lírica sublime; ahora, vos que sabés de todo, ¿dónde joraca queda el sitio en que “ayunó” Solís, y cuáles eran los indios que “comieron”? Sin perder su británica flema, como con lástima, me dijo: “Usted es peronista, ergo; es incorregible. Vamos, María”. Y se rajaron también... ‘ta que lo tiró ‘e las patas.
Y bueno, como don Pepe se chivó conmigo y perdió la paciencia, y el Georgie y la ponja no me dieron ni la hora; recurrí a don Jorgito Caldas, que me dijo: “Mirá Juank, a Solís y los suyos los mataron los guaraníes; pero no es cierto que después se los comieron. Yo disiento con los que afirman eso, porque ya establecí fehacientemente que los guaraníes no eran antropófagos”. OK, don Jorge, pero ¿y los cómpli… digo, los otros que venían con Solís y que vieron todo desde el barco y afirmaron unánimemente que sí se los comieron, ¿qué pasó con esos, sufrieron una alucinación colectiva, que todos dijeron lo mismo? Esteee… Juank, no es que yo sea materialista, viste, pero la hora de la sesión de hoy ya se terminó; te doy un turno para la semana que viene y charlamos, ¿sí?
Y así, se piró por la tangente don Jorgito también, de modo que no me quedó otra que rumbear para la zona guaranítica, pa’l litoral que le dicen: Misiones, Corrientes y el Chaco; a ver cómo había venido la mano con ese asunto de la antropofagia ritual, Solís y toda la bola…
En Resistencia, me junté a tomar un feca en La Biela con el Ertivio Acosta, que de cultura guaranítica la sabe lunga, y que cuando le saqué el tema de la antropofagia me miró entre espantado y horrorizado, y que luego de darme una sesuda charla sobre el Payé, el Pombero, San la Muerte y la receta para hacer chipá; me despachó, quedando yo más en bolas todavía que antes.
Pero como siempre fui un tipo de múltiples recursos, se me prendió la lamparita y me dije: “Ah, ya sé, me pego una vuelta por El Fogón de los Arrieros, que ahí en la biblioteca seguro que tienen info sobre el tema". Llegué, y resulta que era Jueves de Tango en el Fogón, así que me agarraron unos amigotes que me dijeron “¿Eh, cuál Solís, el que cantaba boleros? Dejate de joder, boludo, vení tomate unos vinos con nosotros y cantate unos tanguitos”. Conclusión: salí de allí a las 2 de la matina, con un pedo cósmico y sin poder recordar muy bien a qué cuernos había ido.
Me crucé a Corrientes y me tragué todo el plomazo de Crónica histórica de la Provincia de Corrientes, de Manuel Florencio Mantilla, que como buen mitrista, cada vez que en sus páginas mencionaba a un guaraní, su elitista prosapia correntina lo llevaba a tener que andar buscando en el diccionario términos insultantes nuevos para endilgarles a los pobres indios, porque los que sabía de memoria, se ve que los había agotado. En fin…
 
Llegué a Posadas y ahí me enteré de que los rituales que implicaban antropofagia no eran práctica habitual entre los guaraníes; pero que algunos historiadores, allá por el siglo XVII, habían mencionado algo al respecto, consignando que habían presenciado hechos de esa naturaleza y que la cosa era así: durante cierto tiempo, engordaban al quía que iban a sacrificar con ricos manjares, le daban doncellas para que el tipo se solazara, y por último, lo despachaban y se lo manducaban. Como puede apreciarse, nada que ver con el caso de Solís, al que inmediatamente después de haberlo cosido a flechazos, se lo lastraron sin más; nada de tiempo, nada de engorde y nada de doncellas para que se las garchara.
En eso estaba, leyendo el tomo Nº 25 de Obras Completas de Félix de Azara, cuando de pronto aparecieron cuatro paraguayos que me espetaron: “Che, curepí, ¿qué ta é lo que te pasa a vos con los guaraníes? Te manda a decir el general Stroessner que si seguís jodiendo, vas a aparecer flotando en el río. Coiná”, y que como primer aviso nomás, me dejaron mormoso a palos.
Y como nunca falta un roto para un descosido, encima, para agrandarme el bolonqui que tenía en el balero; se me agregó el irlandés… Sí, el irlandés, ya saben: un tipo de esos colorados como culo de pacaá, de ojos celestes y que se chupan hasta el agua de los floreros, bueno, uno de esos. Lucas Marton se llamaba el ñato, que era un jesuita que había aparecido por los pueblos de las Misiones allá por mediados del siglo XVIII y que la sabía lunga de todo: era historiador, políglota, arquitecto, botánico, geólogo, geógrafo, médico, astrónomo, filósofo y no sé cuántos títulos y maestrías más tenía encima… Aparentemente, por lo que pude enterarme, el tipo se había acollarado con una guaraní que se llamaba Maymboré, con la cual había tenido un hijo, que le decían el Antoñito (sic) Lazo; y en 1751, se declaró en rebeldía contra la Compañía de Jesús, largó los hábitos de jesuita, se internó en la selva con un puñado de guaraníes que lo idolatraban y lo llamaban Pay Guazú, y fundó un pueblo que se llamó Nazareno donde vivió unos años. Siendo ya de muy avanzada edad, se fue a vivir a Paso de las Toscas, junto al arroyo Solís Chico, en la Banda Oriental, donde falleció.
Pero resulta que el tipo guardaba celosamente una punta de documentos y un par de códices antiquísimos a los cuales parece que quería más que a su propia vida; así que le había encargado a sus guaraníes la fabricación de un arca primorosamente labrada, en la cual guardó todo eso, y que no ha podido ser encontrada. Pero sí se halló un libro de su autoría, titulado Yumaranei, en el cual sostiene una muy peculiar versión de lo que pasó con Solís: según Marton, Solís llegó a una isla, pero no desembarcó porque estaba enfermo; y en su lugar, lo hizo Martín García con otros seis marineros. Como en esa isla no encontraron alimentos, Solís les ordenó que se dirigieran a la tierra firme que se avistaba desde la isla (que era la costa de Colonia). Llegaron en un bote a tierra, y los guaraníes los recibieron amablemente y los agasajaron, pero Martín García y los otros mataron al grupo de guaraníes y violaron a sus mujeres, ante lo cual llegaron más guaraníes y los hicieron percha a todos, alcanzando sólo Martín García, malherido, a llegar al bote y remar hasta la isla donde esperaba Solís, muriendo a las pocas horas. Solís lo hizo sepultar allí y llamó a la isla con el nombre del muerto, es decir, Martín García, y decidió volver a España. Pero Solís había estafado a la corona española en favor de la corona portuguesa, de la cual era informante; y en una borrachera, su cuñado, Francisco de Torres, se fue de boca y le contó eso a la tripulación, de resultas de lo cual hubo un motín a bordo, que Solís consiguió sofocar, cediendo todo lo que había ganado a sus marineros (mirá vos de dónde viene la coima, che). Éstos lo dejaron en la costa y volvieron a España, donde inventaron la historieta de que Solís había sido muerto y devorado por los indios. Y terminaba Marton afirmando que Solís, que estaba en connivencia con Portugal y que por eso había traicionado a España, vivió treinta y cinco años más, durante los cuales se casó con una charrúa y tuvo un hijo, muriendo de muerte natural en 1552, con más de ochenta años, cerca del cerro Cono. ¿Qué tal te queda el moño? Pavadita de historia se mandó Lucas Marton, ¿no?
Conocí en Uruguay el arroyo Solís Chico, el cerro Cono y el Paso de las Toscas; pero nada más pude averiguar acerca de la muerte de Solís y las circunstancias de la misma.
Por supuesto, todo lo que escribí sobre los encuentros con Pepe Rosa, Borges y Caldas Villar es joda; sí es cierto que leí y releí hasta el cansancio todo lo que pude encontrar sobre el asunto de Solís, y sí es cierto que hurgué y rebusqué todo lo que había en Misiones, en Corrientes, en el Chaco y en el Uruguay.
Y como da la casualidad que estoy preparando un material sobre Andrés Guacurarí (que era bisnieto de Lucas Marton), pintó el recuerdo de la duda que en aquel momento (hacen ya de todo esto más de 30 años) me surgió respecto de la suerte que habían corrido Solís y sus hombres; duda esta que aún tengo.
Por eso pregunto: ¿alguien sabe en verdad cómo, dónde y cuándo murió Solís?