Andrés Kozel
No es excesivo sostener que La Argentina y el
imperialismo británico, libro publicado por Rodolfo y Julio Irazusta en 1934,
contribuyó de un modo decisivo a la fijación de una nueva clave para
interpretar la historia argentina. Afirmar esto significa reconocer el rol
fundamental de Rodolfo en la formación de las ideas de Julio; interrogarse
sobre cómo fue que ambos llegaron al “momento 1934” -para lo cual será
necesario considerar su origen social y su utillaje intelectual y cultural, así
como la cambiante coyuntura política en torno a 1930—; y entender la obra
posterior de Julio, mayormente historiográfica, como una extensa variación del
argumento expuesto en aquel libro liminar. Desde una perspectiva sociológica, es importante atender
al hecho de que, contrariamente a lo que los Irazusta podrían haber deseado en
su juventud, en cierto momento que cabe fijar justo en tomo a la coyuntura en
que fue concebido La Argentina y el imperialismo británico quedaron
descolocados en el campo político, y no les resultó posible recentrarse
después. Historia de un historiador a la fuerza es el subtítulo de las Memorias
dadas a conocer por Julio. Hay, desde luego, una pista importante en esa
fórmula. Quien por origen social, preparación intelectual y disposición
vocacional pudo haberse sentido preparado para ser, por ejemplo, canciller de
un gobierno “a la altura de las circunstancias”, debió aceptar como destino
personal la “condena” de volverse historiador. No cualquier historiador, sino
uno consagrado a mostrar a sus compatriotas el camino recto para un país que,
en una fase determinable de su pasado, había comenzado a recorrer la senda que
eventualmente lo llevaría a la grandeza y que luego, por razones que los
Irazusta buscaron desentrañar, extravió el camino. Este entramado hipotético no aspira a ser original ni
mucho menos definitivo. Se ha dicho, y es cierto, que la Argentina es un país
que está abundantemente “escrito”; desde luego, también lo está su historia
ideológico-cultural. Ocupando un lugar central en dicha historia, la figura de
Julio Irazusta, y las corrientes ideológico-intelectuales con las que usualmente se la asocia -el nacionalismo, el
revisionismo histórico-, han sido visitadas con recurrencia por analistas de
distinta orientación, varios de los cuales serán mencionados en lo que sigue.

Así, al “Irazusta histórico” se le han ido sobreponiendo otros, emergentes de
sucesivos asedios, que no necesariamente componen una figura única, ni siquiera
una galería armoniosa de retratos. En esa dinámica se han ido desplegando, como
una galería de espejos a la que periódicamente se le van agregando secciones,
renovados afanes de actualización, bajo los signos distintos de la admiración,
el rechazo, la recuperación parcial, a veces inconfesa. En tales condiciones,
sería ingenuo pretender ofrecer una imagen despojada de toda mediación, y ahora
sí “verdadera”, de un pensador como Irazusta.
Rodolfo y Julio Irazusta nacieron en Gualeguaychú, Entre
Ríos, en el seno de una familia ganadera tradicional. No por consabidas estas
coordenadas dejan de tener importancia, enseguida veremos por qué. Rodolfo
vivió entre 1897 y 1967; Julio, entre 1899 y 1982. En el tramo final de la
década del diez, ambos comenzaron estudios de derecho en Buenos Aires. Más
atraídos por la literatura, la filosofía y -sobre todo Rodolfo- por “la
política práctica”, ninguno llegó a concluir dichos estudios. En los años
veinte ambos estuvieron en Europa. Según deja saber Julio en sus Memorias, fue
Rodolfo quien lo puso en contacto con la obra de Charles Maurras. Además de
seducirlo estéticamente, la prosa de Maurras despertó en Julio “un interés
por las cosas de la práctica” que hasta ese momento no había experimentado.
Julio aclara, sin embargo, que su acuerdo con las ideas políticas de Maurras
nunca fue total. Siempre tendió a pensar que era más lo que les debía a las
enseñanzas de Benedetto Croce y de Jorge Santayana: desde temprano, estas
lecturas lo situaron en la tradición del realismo político, a distancia de la
ideología liberal.
Más acá del autodeslinde con respecto a Maurras, no deja
de ser cierto que el “sentido” de la empresa historiográfica de Julio guarda
una profunda relación de analogía con la orientación general de la empresa
maurrasiana. En la sección que sigue veremos en qué sentido y cuán hondamente.
Los autores mencionados no agotan las lecturas juveniles de Julio. En su
evocación de aquella etapa nombra a “los clásicos”, a Walter Pater y a Charles
Gide; también, a los “hispanistas extranjeros” Francisco García Calderón y
Carlos Pereyra. Habiendo sido, al igual que su padre, simpatizantes de la
Unión Cívica Radical, en el tercio final de la década de 1920 los Irazusta
fueron animadores de la campaña favorable al derrocamiento del presidente
Hipólito Yrigoyen, caudillo de aquella agrupación política. Esta paradójica
disposición se vehiculizó en las páginas de La Nueva República, periódico
publicado entre fines de 1927 y principios de 1932. Según refiere Julio, su
participación en aquella aventura tuvo algo de inesperado; hasta entonces, daba
la impresión de que sus inquietudes lo llevarían a transitar terrenos más
relacionados con la cultura que con la política. La Nueva República cultivó una prédica tradicionalista,
conservadora e incipientemente nacionalista. Como ha establecido Enrique Zuleta
Alvarez, las principales referencias del periódico eran varios pensadores
clásicos y modernos leídos en clave tradicionalista y contrarrevolucionaria,
los conservadores españoles decimonónicos, la también española generación del
98 y Maurras y sus seguidores. Dentro de la experiencia neorrepublicana, cabe distinguir
dos grandes etapas, separadas entre sí por una breve fase transicional ubicable
en torno al golpe de Estado de septiembre de 1930. Tal como ha indicado
Fernando Devoto, si hasta mediados del año 1930 la prédica incipientemente
nacionalista parecía una variante específica dentro de la más amplia
sensibilidad conservadora antiyrigoyenista, a partir de ese momento se constata
su radicalización, consonante con la creciente efervescencia del campo
político, aunque con particularidades.6 Consideremos esto con algún detalle. Antes del golpe, los neorrepublicanos reivindicaban la
tradición liberal y la Constitución de 1853. Sin embargo, no sucedía lo mismo
con la democracia; de hecho, exigían la reforma de la Ley Sáenz Peña. El matiz
liberalizante distinguía al grupo de prédicas afines aunque más exaltadas, como
las de Leopoldo Lugones y Benjamín Villafañe.

Después del golpe, los neorrepublicanos no sólo
intensificaron su antiyrigoyenismo -disposición pronto rectificada-, sino
también la ruptura con el mundo liberal-conservador. Si esta propensión era
clara en el momento del golpe, se profundizó poco después, al tomarse evidente
que el gobierno de José Félix Uriburu no estaba dispuesto a enfrentarse a aquel
mundo -el mundo de la oligarquía- con la radicalidad solicitada por los
neorrepublicanos. Sobre ese telón de fondo ha de situarse el “viraje” de
Rodolfo Irazusta, protagonista central de la experiencia neorrepublicana.
Oportunamente destacado por Zuleta, dicho viraje es clave para comprender la
gestación y el sentido del libro de 1934. El hito puede fijarse en octubre de 1931, cuando en las
páginas de La Nueva República apareció el artículo titulado “La filiación
histórica”. Todo aparece ahí “patas arriba”. Llaman la atención el encono con
Uriburu, la recuperación de la figura de Yrigoyen, la condena del liberalismo y
de la Constitución de 1853. Sobresale asimismo la incitación dirigida a los
dirigentes radicales para que asuman frontalmente su verdadera tradición
política. Zuleta tuvo razón en destacar la hondura del viraje, aun si quizá
-como lo advirtió Cristian Buchrucker- tendió a sobreestimar su significación
desde el punto de vista de la historia ideológico- cultural general. Como
sea, antes del viraje de Rodolfo, y más allá de alguna excepción específica
recordada por Zuleta, no se aprecia en la prédica neorrepublicana huella alguna
de que se estuviera fraguando una reivindicación de la figura de Juan Manuel de
Rosas ni, todavía menos, una nueva mirada sobre el pasado nacional. Todo sería
diferente después de “La filiación histórica”.
TEMA PRINCIPAL. EN EL NOMBRE DEL PADRE En sus Memorias, Julio Irazusta inscribe la aparición de La
Argentina y el imperialismo británico en un clima más amplio, “especie de
eclosión de conciencia nueva sobre la realidad nacional”. Se creaba la comisión
para repatriar los restos de Rosas; Ernesto Palacio daba a conocer Catilina. La
revolución contra la plutocracia en Roma; se gestaba la Fuerza de Orientación
Radical de la Joven Argentina (FORJA); tenía lugar la investigación sobre el
comercio de carnes que acabaría en la tragedia de julio de 1935. Así, junto
con otras fuentes, el testimonio retrospectivo de Julio ha alimentado una
imagen generalmente aceptada por los especialistas, según la cual la emergencia del revisionismo histórico
argentino ha de inscribirse en el clima de desazón e incertidumbre que siguió a
la crisis económica y política de 1929-1932. Julio recuerda que el proceso concreto de gestación del
libro se inició en el Café Royal de Gualeguaychú, en una de cuyas mesas, la
noche del 3 de mayo de 1933, Luis Doello Jurado, Rodolfo y él mismo conversaron
animadamente sobre las estipulaciones del acuerdo angloargentino conocido como
“Pacto Roca-Runciman”. Había transcurrido apenas un año y medio entre el viraje
de Rodolfo y la ideación del libro. Varias cosas se movieron en ese lapso. Una
tiene que ver con los avatares del Frigorífico Gualeguaychú. Esa experiencia,
vivida con intensidad dado el origen social de los Irazusta, les permitió
advertir que, si “los dos radicalismos” -el de Alvear y el de Yrigoyen- habían
favorecido a aquella entidad con el crédito oficial, los conservadores no
hicieron lo mismo: enemigos del monopolio extranjero cuando eran oposición,
terminaron sirviéndolo abyectamente desde el gobierno. Los nombres de Mariano
Fragueiro y Raúl Scalabrini Ortiz se daban cita en esos pasajes: “A la luz de
estas comprobaciones se nos aclaró el pasado local y nacional”.
Otro cambio alude a lecturas y ajustes interpretativos.
Al parecer, fue en ese mismo lapso que los Irazusta tomaron contacto con la
obra de Adolfo Saldías sobre Rosas, así como con la correspondencia de José de
San Martín. Enriquecidos por la experiencia del frigorífico y provistos de este
instrumental interpretativo, pudieron ajustar su apropiación de las ideas de
Charles Maurras, tomándola más consistente. No porque se volviesen monárquicos
como el ideólogo de la Action Frangaise, sino porque, aplicando el criterio
maurrasiano de la “grandeza nacional” para juzgar la experiencia histórica, quedaron “listos” para identificar el tramo histórico en el cual el país había
estado más cerca de realizarse cabalmente: la “experiencia feliz” de la
Argentina había sido la época de Rosas. Otros temas clásicamente maurrasianos
pasaron a integrar el ensamblaje: destacan entre ellos el rechazo de la
plutocracia y el énfasis en la soberanía del Estado.
La Argentina y el imperialismo británico recibió elogios
de Manuel Gálvez, Ramón Dolí, Enrique Larreta, Eduardo Mallea y Emilio
Ravignani. Ramiro de Maeztu le dedicó un comentario en España. Según Julio
Irazusta, no alcanzó a obtener el premio municipal de 1934 debido a la
intervención directa del intendente Mariano de Vedia y Mitre, quien lo
consideró “potencialmente subversivo”.
El libro se divide en tres partes. Una está dedicada a la
misión Roca; otra, al tratado; la última, a la oligarquía argentina vista en
perspectiva histórica. De acuerdo con los Irazusta, el resultado de
la misión Roca había sido reforzar la dependencia del país respecto de Gran
Bretaña. Varias eran las razones por las cuales los autores diferían del
criterio seguido por los enviados argentinos en la negociación. En primer
lugar, consideraban que el país podía haber negociado no como lo hizo, sino
desde una posición de relativa fortaleza. En segundo, intuían que Gran Bretaña
no estaba en condiciones de prescindir de las carnes argentinas. Finalmente,
juzgaban innecesarias las concesiones discursivas que se realizaron (ejemplo
conspicuo fue el de la sobrevaloración del papel desempeñado por Gran Bretaña
en la independencia hispanoamericana) . Para los Irazusta, el acuerdo obturaba
el único camino disponible para contrarrestar la dependencia. Ese camino era la
industrialización, un motivo que venían cultivando, desde la década anterior,
entre otros, Alejandro Bunge y Leopoldo Lugones. De este modo, el pacto resultó
ser un arreglo contrario al interés nacional.
A los ojos de los Irazusta, las causas de los errores,
del miedo y de la frustración de los enviados debían buscarse no en alguna
deficiencia personal, sino en la historia de la oligarquía argentina. ¿Qué
enseña la versión irazustiana de esa historia, concebida, en lo primordial, por
Rodolfo? Ante todo, tematiza el carácter antinacional de la oligarquía
argentina. Sin embargo, esto no se vincula a un cuestionamiento a la dominación
oligárquica en tanto tal. Para los Irazusta hay, conviene recordarlo,
“oligarquías benéficas”. La objeción es de carácter histórico: el problema es esta
oligarquía en particular, tal como quedó conformada a lo largo de un proceso
concreto. De acuerdo con los Irazusta, la oligarquía argentina se constituyó
‘como tal” tras el triunfo de una de las facciones del viejo partido de la
independencia sobre la otra. Si en el origen ese triunfo fue provisional
(1826), un cuarto de siglo después resultó definitivo (1852):
[Rivadavia] pertenecía [...] a la facción que podría
llamarse del progreso, en oposición a la que podría llamarse de la
independencia. El principio de esta era “patriotismo sobre todo”; el de
aquella, “habilidad o riqueza”. Admitamos que motivos personales movieron a
López (el del “Himno”), que llega a hablar de revolución y contrarrevolución, a
establecer aquella nomenclatura de los partidos argentinos de 1810 a 1830. Los
hechos la confirman. Este crucial pasaje muestra de qué manera los Irazusta se
apropiaron de la interpretación del siglo XIX argentino que late en una carta
de Vicente López y Planes a San Martín, fechada el 4 de
enero de 1831. La tributación es evidente; también lo es que los
corresponsales de 1831 concordaban en que la causa del partido del patriotismo
era cualitativamente superior a la de la riqueza. Más allá, la puesta de
relieve de la disposición favorable del Libertador hacia Rosas formaría parte
del corazón de la economía discursiva del Julio Irazusta historiador; en esta
línea, la cuestión de la cesión testamentaria del sable jugaría un papel
central. Toda la empresa de revisión de la experiencia nacional quedó fundada,
así, bajo la mirada aprobatoria del Padre de la Patria.
“Complicidad en el error”, “complicidad en el crimen”,
“traición a la patria”, tales los cargos que los Irazusta le dirigen a la
oligarquía. La era de Rosas fue, a su juicio, un paréntesis afortunado. Sus
triunfos delinearon el espectro, insoportable para Inglaterra, de “una gran
potencia sudamericana”, y dejaron al país en una situación auspiciosa. Sin
embargo, todo se perdió con la caída del dictador. El desenlace de 1852 fue
trágico, pero no definitivo: “Nos quedaría lo suficiente para libertarnos del
todo cuando lo queramos”.
Sobre el período post-Rosas, el libro perfila una valoración
global negativa. Sin embargo, dentro de lo ominoso del cuadro despuntan
matices, algunos importantes: Urquiza, Mitre, Roca no salen tan mal parados del
juicio. La crisis de 1890 y los gobiernos radicales son vistos como reacciones
de la sociedad o como pasos espontáneos hacia la liberación. El golpe de Estado
de 1930, al que ellos habían apoyado y promovido poco antes, es redefinido
ahora como “lo más parecido que darse pudiera a una restauración de la
oligarquía” —que, habría que agregar, es, en el caso argentino, una oligarquía
antinacional—. Así fue como, del procesamiento franco de una decepción política
-con Uriburu, con lo que le siguió, con la experiencia del frigorífico- y de la
incorporación de nuevas referencias y de los ajustes interpretativos derivados,
surgió, un par de años después del “viraje” de Rodolfo, una clave nueva para
interpretar la historia del país. Se
trata además, como vemos, de una clave que se “sobrelegitima” al hallar
respaldo en la voz y en los gestos del Libertador.
En 1935 Julio Irazusta dio a conocer su Ensayo sobre
Rosas y la suma del poder. Prolongación directa de aristas ya comentadas, el Ensayo
presenta tres ideas principales.

La primera señala que la dictadura de Rosas no fue una
aberración, sino una consecuencia de las circunstancias. La segunda consigna
que, en su tiempo, Rosas vino a llenar el ideal del buen gobierno: su política
restauradora y empírica habría asegurado la unidad del país en un trance
delicadísimo. La tercera sostiene que la caída de Rosas acarreó consecuencias
nefastas para el país, sumiéndolo en una concatenación de desgracias que
evitaron que se convirtiera en potencia mundial. El punto de fuga abierto por
la tematización explícita de lo contrafáctico desempeña un papel crucial aquí.
Aunque objetable, esta propensión, sumada a la no menos objetable disposición a
enjuiciar a todos los actores históricos en clave moral, otorga a los
desarrollos irazustianos un vuelo interpretativo que es a la vez singular y
clásico. Señala Irazusta que la caída de Rosas se explica
primordialmente por la “soledad intelectual” del dictador. La imagen empalma
con la del carácter antinacional de la prédica de dos generaciones de
intelectuales emigrados. Argumentalmente se combina con otros motivos, como el
de la falta de genio militar del dictador y el del carácter desfavorable del
espíritu del siglo -nacionalista en Europa, extranjerizante en Sudamérica,
liberal en todas partes—. No todo es completamente nuevo aquí. Varios de los
elementos mencionados habían aparecido en las obras de Adolfo Saldías y de
Ernesto Quesada, así como en las elaboraciones de Carlos Ibarguren y Emilio
Ravignani. Por lo demás, zonas fundamentales de la argumentación enlazan con el
“Discurso sobre la dictadura”, de Juan Donoso Cortés, lectura irazustiana
predilecta.
Recuerda Julio que, tras leer su Ensayo sobre Rosas,
Manuel Gálvez lo instó a escribir una obra de mayor aliento sobre Rosas y su
época.19 En 1938 Julio participó, junto a Ernesto Palacio, Ramón Dolí, Manuel
Gálvez, José María Rosa, Vicente Sierra y otros, de la fundación del Instituto
de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas (IIHJMR), que acabaría
siendo, por largos años, el “cuartel general” del revisionismo histórico
argentino. El caso de un país con dos grandes versiones de la historia, cada
una con variantes y subvariantes, quedó así formalizado institucionalmente: ¿es
excesivo pensar que se expresa allí un imaginario escindido, fracturado?
En los primeros números de la Revista del IIHJMR se
publicó el ensayo de Julio Irazusta sobre Alberdi. En sus páginas se profundiza
el tratamiento asignado en 1934 y 1935 a la coyuntura de 1838, en particular,
al papel jugado en ella por los jóvenes intelectuales. Para Irazusta, el
viraje alberdiano de 1838 prefiguró la coalición definitiva de 1851-1852.
Noriko Mutsuki puso de relieve que, en algunas
contribuciones breves dadas a conocer por Julio iniciada la Segunda Guerra
Mundial, aparecen dos elementos novedosos. El primero es la idea según la cual
había que ver en el eventual colapso británico una oportunidad emancipatoria.
El segundo es el perfilamiento de la contraposición entre los orbes protestante
y católico, motivo que, üempo después, le sería útil para asignarle mayor
densidad a la reivindicación de la figura de Rosas. Poco después, elementos
tomados de la obra de Amold J. Toynbee se integrarían a la trama hispanizante.
Julio Irazusta se detuvo en el tratamiento de estos temas en su ensayo sobre
Tomás Manuel de Anchorena, pieza clave. Frente al golpe de Estado de 1943, la
actitud de los Irazusta fue análoga a la que manifestaron en 1930 y a la que
desplegarían en 1955: transcurrido un tiempo, su entusiasmo inicial se trocó en
decepción. Enseguida, y a diferencia de varios de sus compañeros revisionistas,
no se sintieron atraídos por el peronismo.
La obra mayor de Julio Irazusta es Vida política de Juan
Manuel de Rosas a través de su correspondencia, compuesta por ocho volúmenes
publicados entre 1941 y 1969. Desconozco si Vida política colmó las
expectativas de Gálvez, aunque es, sin duda y por múltiples razones, una obra
notable. En términos generales, puede caracterizarse como un largo contrapunteo
polémico con la “leyenda roja antirrosista”. Según Irazusta, dicha leyenda fue
foijada por los antirrosistas contemporáneos del dictador (Florencio Varela,
Sarmiento, Alberdi, Echeverría, Rivera Indarte, Lamas, etc.), para ser
desarrollada luego por la “historiografía oficial subvencionada de cuño liberal”
(en parte, Vicente Fidel López; más nítidamente, José María Ramos Mejía y Paul
Groussac; más cerca, el doctor Celesia). A lo largo de miles de páginas,
Irazusta dispone rigurosamente, enhebrándolas con lúcidos comentarios,
incontables voces rescatadas de los archivos. El coro es numeroso, y varios
“solistas” van alternándose para acompañar la voz principal, que es,
obviamente, la del propio Rosas. Pero en el ensamblado es crucial el papel
desempeñado por San Martín. El constante apoyo que el dictador recibiera del
Padre de la Patria, en aquellos años radicado en Francia, es ilustrado y puesto
de relieve con resolución. Sin ser demasiadas, las intervenciones de San Martín
poseen un “peso específico” muy considerable desde el punto de vista retórico.
Se aprecia en ello, sin duda, un explícito afán de
robustecimiento del gesto de invocación al Padre que habíamos detectado al
analizar el libro de 1934. La voz del Libertador es una “carta” de valor
especialísimo; esgrimiéndola, parece que el autor puede sobreponerse a las
vacilaciones, puede superar las escabrosidades, puede, en suma, salir
victorioso en todos los contrapunteos polémicos. Vida política es el aporte mayor de Julio Irazusta,
aunque no es el único. En estudios de menor extensión abordó otras figuras y
momentos de la historia del país. Ya mencionamos la importancia de su ensayo
sobre Anchorena. Insistamos en que, vistos de cerca, sus juicios sobre las
etapas que siguieron a la caída de Rosas no constituyen una “condena en
bloque”, sino que dejan apreciar matices.
En 1950 Julio dejó de pertenecer al IIHJMR. De acuerdo
con Quattrocchi, el paso se explica por su disgusto frente a la “creciente
peronización” de la entidad, así como por su desacuerdo con la adopción de
ciertos “métodos de divulgación popular” del conocimiento. En 1956, Julio dio
a conocer Perón y la crisis argentina, áspero enjuiciamiento de la década y del
caudillo.
La mirada de Julio Irazusta sobre la historia del país
desarrolla en múltiples planos el boceto delineado por su hermano Rodolfo a
fines de 1931 y reafirmado por ambos en el libro seminal de 1934. Sus ejes
vertebradores son el de la “condición antinacional de la oligarquía”
(condición debida, a sus ojos, al triunfo de una facción sobre otra y, en
última instancia, a la deficiencia cultural de la facción triunfante), y el de
la época de Rosas como “edad feliz” de la historia argentina.
Un razonamiento simple aunque atendible indicaría que, al
ser la deficiencia de índole cultural, asociada, en particular, a un déficit de
comprensión histórica, es natural que la propuesta de remediación busque
situarse precisamente en ese registro, el de la (re) escritura de la historia.
El propósito último de la empresa sería no tanto ganar voluntades mayoritarias (para que se movilicen o sufraguen de una determinada manera) cuanto
crear las condiciones de aparición, ascenso y perduración de un gran estadista
de visión preclara. Se trataría, en suma, de producir algo así como un nuevo
Rosas.
De inspiración primordialmente maurrasiana, la labor de
reescritura emprendida por Julio Irazusta sólo en principio quedó circunscripta
al ámbito de la historia nacional. Pronto, el tópico del fracaso argentino se
expandió y pasó a abarcar nuevas esferas. Interpretado desde una clave
hispanista, no desprovista de algún matiz toynbeeano incorporado más tarde, el
fracaso del país pasó a ser pensado como la causa eventual de un fracaso
civilizatorio global que, conceptuado de manera algo borrosa, es punto de fuga
y, a la vez, non plus ultra de sus planteamientos. Por esta vía, las
deficiencias de la oligarquía argentina figurarían entre las razones de los
desbalances geopolíticos del mundo de mediados del siglo XX. En virtud de este
tipo de remisiones, autores como Irazusta, o como el mencionado Carlos Pereyra,
pueden ser leídos, no sólo como prototípicos o ilustrativos de una
sensibilidad iberoamericanista derechizante, sino además en clave
“civilizacional”.
La figura retórica que tal vez mejor condensa la
“naturaleza última” de la ecuación irazustiana es la de la proliferación de
encrucijadas mal resueltas en el pasado. En efecto, en la obra de Julio, los
dirigentes argentinos desaprovechan, vez tras vez, las oportunidades doradas
que se les presentan, optando ineludiblemente por seguir las alternativas más
distantes del verdadero interés nacional. El acento en la proliferación y en
los matices no debe conducir a perder de vista que, para Irazusta, el fracaso
argentino es, en lo fundamental, consecuencia de las resoluciones desfavorables
de las encrucijadas de 1838 y 1852.
Intelectuales más o menos contemporáneos a los Irazusta,
como Benjamín Villafañe o Leopoldo Lugones, también cultivaron la figura de la
encrucijada. Sin embargo, las disyunciones tematizadas en sus elaboraciones no
se situaban en el pasado, sino en el presente de la enunciación e, incluso, en
ese momento, tan difícil de apresar, en que el presente se desgrana para
tomarse futuro. La disposición de Julio Irazusta a hacer visibles encrucijadas
mal resueltas en el pasado singulariza sus elaboraciones, dotándolas de una
definida coloración decadentista y melancólica
Es, como mínimo, tentador postular una conexión entre la
experiencia de descentramiento político y la disposición
decadentista/melancólica. Sin embargo, y pese a ostentar tan marcadas
disposiciones pesimistas, Julio Irazusta no permitió que su pluma se deslizase
hacia planteamientos fatalistas. Lejos de ello, en ningún momento dejó de
concebir el futuro como algo dependiente de la voluntad y de la actividad
humanas y, en consecuencia, como algo abierto. Tampoco llegó a abandonar del
todo la imagen del “destino de grandeza” que supuestamente le aguardaría a la
Argentina. Esto obliga a matizar, o a pensar más a fondo, la conexión postulada, así como las imputaciones de inhistoricidad y
de clausura que hemos insinuado.
En casos como este, el sentido de evocar una imagen como
la del destino de grandeza es ambivalente: por una parte, permite que discurran
ciertas filtraciones optimistas en un cuerpo de pensamiento que es
característicamente de signo contrario; por la otra, al operar más como un
“deber ser” de muy difícil acceso que como un desenlace necesario y tranquilizador,
contribuye a poner de relieve, por la vía del doble contraste -con la época
valorada y con el futuro deseable (que, pese a todo, no es descartado como
posibilidad)-, las tremendas insuficiencias del presente. Establecer los
efectos que una operación así puede tener sobre unos lectores más o menos
empáticos es difícil y rebasa los alcances de este aporte; no deja de
constituir, sin embargo, un fascinante horizonte de indagación.