Por Rogelio Alaniz
Murió
el 19 de enero de 1845 después de una larga y dolorosa agonía que no
pudo ser atenuada ni siquiera por quien era considerado el mejor médico
de la Confederación, Miguel Rivera, cuñado de Juan Manuel de Rosas. Durante casi un año Rivera se
instaló en Mendoza para lidiar contra una enfermedad que hasta el día
de hoy es incurable. Las crónicas aseguran que Aldao sufrió horrores
con ese tumor que le salió a la altura de la frente. Sus enemigos dicen
que se merecía esos sufrimientos por los crímenes perpetrados y, sobre
todo, por los pecados cometidos por alguien que se había iniciado en la
vida pública como sacerdote y al momento de morir convivía con tres
mujeres y un pequeño regimiento de hijos. Quebrado por la enfermedad, nunca
perdió la lucidez y la capacidad para hacerse temer por sus
subordinados. Él mismo organizó su entierro y ordenó que su cuerpo
fuera vestido con los hábitos dominicos y el uniforme guerrero, uno
arriba del otro. El propio obispo de Mendoza le prestó los servicios
religiosos, y su cuerpo fue depositado en una de las bóvedas de la
Iglesia Matriz de Mendoza. Un terremoto en 1869 hizo desaparecer el
templo y todos los cadáveres que allí estaban enterrados, incluido el
de Aldao.
Durante casi veinte años fue el
caudillo fuerte de Cuyo. Su poder se extendía a San Juan y San Luis.
Ponía y sacaba gobernadores a su gusto y quienes intentaron discutir su
autoridad pagaron muy caro el atrevimiento. Para los historiadores y
para sus contemporáneos, Aldao fue un personaje controvertido e
incómodo. Los unitarios no lo querían porque los había perseguido,
expropiado y matado cuantas veces pudo. Pero tampoco los federales
estaban tranquilos con un caudillo demasiado independiente, demasiado
habituado a excesos injustificables. Por supuesto, la Iglesia Católica
no decía una palabra de quien se ordenara de sacerdote en 1806 y se
doctorara con todos los honores en Santiago de Chile unos años después.
Su afición por las mujeres no era
menos intensa que su afición por el juego y a la bebida. Eso, por lo
menos, era lo que decían sus enemigos y, muy en particular, su primer
biógrafo, un joven de apenas treinta que se llamaba Domingo Faustino
Sarmiento. El joven exiliado en Chile no tratará bien al fraile. Con su
prosa inflamada enumera todos sus vicios y patologías. Hasta el último
capítulo, la evaluación que hace de Aldao no es diferente a la que
luego hará de Facundo. Se trataba de caudillos bárbaros y primitivos.
Félix Esquivel y Aldao había nacido
en Mendoza en octubre de 1785. Se dice que su familia, los Aldao,
provenían de Santa Fe. Su padre era militar y sus
dos hermanos, José y Francisco, también siguieron la carrera de las
armas. El destino quiso que quien en el futuro habría de ser el más
guerrero, el más cruel y, seguramente, el más valiente de la familia,
fuera destinado a la carrera eclesiástica.
A partir de 1816, el fraile Aldao se
sumó al Ejército de los Andes. Lo hizo en su condición de capellán,
pero pronto el destino lo colocará ante el dilema de elegir entre la
Biblia y el sable y, por supuesto, elegirá el sable. Los hechos
ocurrieron en una pequeña escaramuza militar en Chile, conocida como el
combate de Guardia Vieja. No se saben bien los detalles de la refriega,
pero sí se sabe que en cierto momento el padrecito Aldao ocupó el
centro del combate repartiendo mandobles a diestra y siniestra. Era un
hombre alto, bien plantado, musculoso y la expresión de su rostro
estaba muy lejos de ser angelical. Con su túnica blanca, su figura se
distinguía en el campo de batalla como un espectro o como un enviado de
la muerte.
Cuando concluyó el combate, Aldao se
dedicó a atender a los heridos. Su sotana estaba manchada de sangre y
barro. El general Gregorio de las Heras, que miraba asombrado ese
espectáculo imponente, le dijo: “Padre, cada uno en su oficio; a Su
Paternidad el Breviario, a nosotros la espada”. La observación debe
haber sido una humorada, porque en el mismo campo de batalla, Aldao se
integró al cuerpo de Granaderos con el grado de teniente.
Durante casi siete años el fraile
Aldao acompañará a San Martín en sus campañas militares. Participará en
las batallas de Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú; en Perú, será
guerrillero. Las Heras y San Martín respetarán su coraje. El mismo
respeto le tenía Lavalle, quien lo había visto matar a un oficial
español en Maipú, un gigante que barría patriotas con su sable. Aldao
fue el único que se animó a enfrentarlo. Con agilidad y elegancia
esquivó un furioso sablazo de su enemigo y acto seguido lo atravesó con
la espada. No conforme con ello, bajó del caballo y lo decapitó. La
escena de Aldao exhibiendo a la soldadesca la cabeza del enemigo debe
de haber sido estremecedora, sobre todo porque quien se jactaba de esa
hazaña, unos meses antes había ingresado al ejército como capellán.
Todos sus ascensos militares Aldao
los ganó en el campo de batalla. Ese fue siempre su orgullo. Unos años
después, metido de lleno en las guerras civiles, fue tomado prisionero
por los tropas de Paz quien ordenó trasladarlo con otros oficiales a
Córdoba. Mientras los prisioneros desfilaban por la plaza, eran
insultados por la chusma. Los insultos más ofensivos eran contra Aldao.
“Has cubierto de luto a tu patria”, le gritó un hombre, tal vez
recordando la masacre de Pilar, el ajusticiamiento de los prisioneros y
la orden de degollar a Laprida. La respuesta de Aldao fue tan veloz
como su sable: “Y también le he dado días de gloria”.
En 1823 Aldao vivía en Lima. No se
ganaba la vida como militar sino como tahúr. Tahúr y mujeriego. Se dice
que en las mesas de juego acumuló una interesante fortuna y en algún
momento pidió autorización para regresar a su patria. Se la dieron,
pero de Perú se fue acompañado por una hermosa mujer que decidió
entregarse a él sabiendo que para la época se trataba de una unión
maldita.
Para 1825 Aldao ya estaba instalado
con su mujer y sus hijos en Mendoza. Se dedicaba a la actividad privada
y a su familia. Pero por poco tiempo, porque sus hermanos lo alentaron
para lanzarse a la política. Y él supuso que los tres unidos eran
invencibles. No estaban del todo equivocados. A partir de 1826 será el
hombre fuerte de la región. Curiosamente, el hombre que antes de morir
dirá “fui débil pero nunca unitario”, se inició en las guerras civiles
protegiendo al gobernador unitario de San Juan, Salvador María del
Carril, y a su Constitución liberal y anticlerical. Después, los
avatares de la política lo irán volcando hacia la causa federal de la
mano de Facundo Quiroga.
Cuando en 1829 Paz derrotó al Tigre
de los Llanos en Oncativo, uno de sus prisioneros fue Aldao. A pesar de
las presiones que recibió para fusilarlo, Paz se negó a hacerlo y
finalmente lo desterró a Bolivia. Regresó a Mendoza en 1832. En 1841
enfrentó a los ejércitos de Lavalle y Lamadrid. Participó en la batalla
de Angaco, considerada la batalla más sanguinaria de nuestras guerras
civiles y fue uno de los testigos de la victoria federal en Rodeo del
Medio, la batalla “donde tío Angel (Pacheco) le ganó a tío Goyo
(Lamadrid)”, como dirá consternada muchos años después Mariquita
Sánchez de Thompson.
La leyenda insistirá en remarcar los
vicios del fraile. Como toda leyenda, hay en ella algo de verdad y
mucho de mentira. Aldao no debe haber sido mejor ni peor que otros
caudillos que debieron asumir responsabilidades en un tiempo donde las
diferencias se resolvían con sangre. Sin embargo, Sarmiento, su enemigo
declarado, le reconoció virtudes que jamás les reconoció a Quiroga o a
Rosas: “ En medio de tantas cualidades malas, este hombre tenía algunas
virtudes recomendables. Ha tenido amigos que lo han estimado
entrañablemente y cuyo afecto lo ha sobrevivido a la distancia y a la
muerte. Sabía hacerse amar por sus soldados. Solía distribuir granos en
gran cantidad entre los pobres y muchos infelices le deben su
subsistencia. Personas que lo han conocido de cerca aseguran que tenía
un amor entrañable a sus hijos. Toda Mendoza acompañó su cadáver a la
iglesia...”.
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Rosas
miércoles, 9 de mayo de 2012
El Fraile Aldao
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