Rosas

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viernes, 29 de agosto de 2014

YA SE FUE, YA SE FUE / EL BURRITO CORDOBÉS.



Por Juan Carlos Serqueiros


"Vengan cien mil suscripciones / y afuera las subvenciones." (Lema de la revista Don Quijote)



En 1890, al renunciar el presidente Juárez Celman, las gentes en las calles cantaban al ritmo del pan francés: "Ya se fue, ya se fue / el burrito cordobés".

El apodo (se lo había puesto en el semanario Don Quijote su director y propietario, Eduardo Sojo, y se agregaba al de farolero con el que previamente lo había "bautizado" el periódico El Mosquito a raíz de una manifestación nocturna que en apoyo a su candidatura había organizado Estanislao Zeballos, en la cual los concurrentes portaban faroles) fue popularmente festejado y todo el mundo (todo el mundo en Buenos Aires, quiero decir; porque había un para nada velado trasfondo porteño localista de rechazo y desdén hacia el provincianito) empezó a llamar "burrito cordobés" a Juárez Celman.  Y así lo dibujaban en Don Quijote, como podemos apreciar en estas imágenes en las que vemos al burrito cordobés con su recién nombrado jefe de policía, coronel Alberto Capdevila; con Roca (representado como un zorro) y montado por un mono con la cara de Ramón J. Cárcano, en sendas ilustraciones de Eduardo Sojo (que firmaba como Demócrito); y como estatua ecuestre en la otra, que es autoría de José María Cao (Demócrito II):  También solía aparecer como un monarca oriental, con un farol en la cabeza y orejas de burro: no sólo a Juárez Celman se caricaturizaba, criticaba, denigraba y ridiculizaba en Don Quijote; como podemos notar en esta ilustración (obra de Sojo en 1887) alusiva a la inicua entrega del Ferrocarril Central Norte a los capitales ingleses, en la cual aparece como payaso el ministro "Lata" (¿Eduardo Wilde?), hundiendo un enorme clavo en la República, a la cual se muestra encadenada y vestida con una túnica en la que puede leerse "vergüenza patria":   

Había más, como por ejemplo una alegórica a la Pasión cristina, en la que se mostraba a un Juárez Celman sádico azotando con un cilicio a una República que aparece no exenta de cierto erotismo, inerme, atada a una columna, desnuda, con medias, ligas y tacones.

 O esta otra en la que aparecía caricaturizado junto a diversos políticos del gobierno y del congreso, apoderándose del oro que lanzaba por la boca una figura femenina que representaba a Buenos Aires en tanto capital, a la cual torturaban con una prensa, todo en obvia alusión a los negociados con las obras públicas que se le achacaban al juarismo.




Esta última fue la que provocaría que en una reacción que tuvo todo de bárbara e inconstitucional, la cámara de diputados del Congreso de la Nación, a moción del inefable Lucio V. Mansilla (quien lo llamó "galleguito" y dijo que antes, él mismo había "comprado" su pluma para hacerla trabajar por la candidatura de Dardo Rocha), en setiembre de 1887 decretara que Sojo fuera preso hasta que finalizara el período de sesiones de ese año.

Fue un escándalo. ¡El poder legislativo avanzando sobre la libertad de prensa y atribuyéndose la potestad de hacer encarcelar a un periodista! ¡Inaudito e inadmisible! Sojo recurrió a la justicia y fue liberado; pero los ataques del juarismo sobre Don Quijote no se detuvieron.La prensa y la opinión pública se pusieron de parte del semanario, que aumentó su tirada de 15.000 ejemplares a 30.000. En los días posteriores a la Revolución del 90 llegaría a tirar 60.000, y se produjo frente a su redacción una manifestación multitudinaria vivando a su director.  Sin dudas Don Quijote fue un factor que contribuyó y no poco, al descrédito del juarismo (y la actitud de éste frente a la cuestión, fue lisa y llanamente demencial); pero sostener, como muchos lo han hecho, que el periódico (al que se le atribuyeron -y era cierto- simpatías por los cívicos) tuvo una influencia y un protagonismo decisivos en la caída del gobierno, es ir demasiado lejos en la simplificación de las cosas.

Juárez Celman no se vio obligado a renunciar -al menos, no sólo por eso- por la feroz crítica de un periódico, ni la corrupción generalizada en su administración, ni los abusos de poder en que incurrió; 

"En política, como en todas las cosas, no hay falta que tarde o temprano no se pague." (Julio A. Roca en carta a Agustín de Vedia, 1887)

 A fuerza de machacar con el apodo que le puso Don Quijote y la abundante iconografía del burrito cordobés, la imagen que ha llegado a nuestros días de Juárez Celman es la de un sujeto de escaso o nulo intelecto y carente de patriotismo. Pero hay un problema: no es la que se corresponde con la realidad.    Perteneciente a una linajuda familia cordobesa, había abrevado en las fuentes del positivismo liberal y abrazado esas ideas con ardor. No le faltaban ambición, empuje y habilidad, y había hecho en Córdoba una más que buena gobernación tras la cual fue designado senador por su provincia. Su aspiración -a todos inocultada, por otra parte- era presidir la Nación, para lo cual se valdría del por entonces primer mandatario: su concuñado Julio A. Roca (ambos estaban casados con mujeres de la familia de los Funes: con Elisa, Juárez Celman; y con Clara, el Zorro).

En su Soy Roca, Félix Luna hace aparecer a éste como no teniendo nada que ver, como resignándose a la candidatura de su hermano político porque no le quedaba otro remedio. Se trata de una mentirita piadosa, una gentileza del bueno de don Luna, tan acostumbrado él a no andar parándose en pelillos de exactitud histórica a la hora de las amabilidades o los denuestos (como cuando escribió, refiriéndose a la gira europea de Eva Perón, "se nota que ha peculiado mucho", ¿se acuerda, Félix?; yo no me olvido). En fin, son esas cositas de la "novela histórica" (?). Y de las miserias humanas. 

La verdad es que el "gran culpable" de que Juárez Celman haya llegado a la presidencia de la República no fue otro que Roca; quien ya por el 13 de junio de 1882 le escribía a su concuñado tranquilizándolo y dándole las más absolutas seguridades de que lo llevaría a la más alta magistratura del país:

 ... Cualquier cosa que suceda y cualquiera sea mi conducta, debe usted estar persuadido de que soy siempre su mejor amigo y que nunca he de hacer nada que pueda verdaderamente dañarlo en lo más mínimo...

 Clarísimo, ¿no? E ilevantable. Después de derribar, por medios más o menos sutiles, las candidaturas de Benjamín Victorica y Bernardo de Irigoyen; Roca dejó en pie la de Juárez. Los de la liga de gobernadores, con alguna que otra excepción, se apresuraron a ponerse al lado del caballo del comisario. 

Decía antes que Juárez Celman no era bruto ni carente de patriotismo; fallaba el político porque fallaba el hombre. Tan simple (e irremediable) como eso. Pero no fallaba por cuestiones relativas a su intelecto ni por no experimentar el sentimiento de nacencia y pertenencia en y a, este suelo argentino, no; la falla era -si cabe- mucho más grave, porque estaba en su índole: Juárez Celman era soberbio, envidioso e iracundo. Una cosita de nada: fácil presa de tres pecados capitales.
Se miraba en el espejo de su concuñado viendo sólo su exterior,  y en su debilidad intrínseca creía que bastaba con emularlo; porque después de todo, si el Zorro podía, ¿por qué no habría de poder él, que se sabía mucho mejor que su pariente? Creyó que Roca había llegado a la presidencia sólo por obra y gracia de la liga de gobernadores (en la cual él había tenido una capital importancia); sin percatarse de que ese factor era una simple herramienta que en caso de no servirle, el otro habría reemplazado por una distinta y a otra cosa. Se creyó un sol, cuando no era más que un satélite, o a lo sumo, un onambólico asteroide (Indio Solari dixit).    Evidenció su torpe soberbia creyendo que iba a comerse cruda a Buenos Aires, con el previsible resultado de que ésta se abroqueló en el rechazo al provincianito que venía con la pretensión de pisotearla y al cual en adelante llamaría burrito cordobés. Es sugerente (y sólo explicable por su altanería, que lo llevaba a tener cegada la aguda percepción que lo había caracterizado antes) que no haya reparado en que si Buenos Aires había terminado por aceptar a Roca (que asumió la presidencia luego de una guerra civil desatada precisamente por el localismo porteño y que a pesar de eso siempre se preocupó de no ofenderlo), ello se debía al hecho de que el Zorro se mantuvo -al menos, públicamente y en sus actos de gobierno- prescindente de esa división; si triunfó sobre el mitrismo y el tejedorismo, eso le era bastante a sus fines políticos ("sellaremos con sangre y fundiremos con el sable esta nacionalidad argentina" le había escrito por entonces, justamente a Juárez), lo demás no le interesaba y atinó a no caer en la  venganza siempre estéril, adoptando como norma inflexible el no participar -directamente- en la política de Buenos Aires. Juárez Celman, en cambio, se complacía en su soberbia, la cual para peor, era fogoneada más y más por un grupejo de obsecuentes. Y si al tener que vivir en Buenos Aires, Roca adquirió una casa a la cual amplió y modificó sin caer nunca en la ostentación ofensiva; su concuñado se hizo levantar para sí una babilónica residencia: un palazzo ubicado en el Paseo de Julio (la actual avenida Alem) N° 551, cuyo diseño encargó al arquitecto italiano Francisco Tamburini; porque si bien Juárez Celman rechazaba y despreciaba la "barbarie" del caudillismo, debe de haberse sentido en su altivez como Estanislao López y Pancho Ramírez cuando ataron sus caballos en la pirámide de la plaza de la Victoria.  

 Juárez era envidioso. El éxito y el prestigio que siempre alcanzaba el Zorro en todas y cada una de las cosas que encaraba, logrando salir invariablemente airoso; su psique los sentía como carencias suyas. Roca era plenamente consciente de sus atributos, pero también lo era de sus limitaciones. Por ejemplo, en ese tiempo de brillantes oradores y sabiendo que él mismo no poseía tal habilidad, sus discursos no perseguían el floreo personal, sino que estaban cuidadosamente preparados con frases bien cortadas, pero dirigidos exclusivamente al objeto del mismo, con sencillez y practicidad. En cambio, Juárez Celman, incapaz de admirar en otros las cualidades que a él le faltaban (no había sido tampoco, por cierto, favorecido con el don de la elocuencia precisamente) sufría eso, y a la vez, como defensa al estar privado de algo  que consideraba fundamental (como si la palabra gobierno fuese distinta según se pronunciara "en porteño" o "en cordobés"); se empeñaba en sentirse superior al mismísimo Demóstenes, achacándole la "culpa" de su propia carencia a su tonada cordobesa, la cual por más que lo intentara, no lograba esconder. ¡Pobre burrito cordobés, qué pequeño debe de haberse sentido en la cámara de senadores con semejante complejo de inferioridad! Y pobre el país, que debió soportar su gobierno.
Y era, además, un iracundo. Roca había edificado su poder sin humillar a las provincias exigiéndoles a los gobiernos de éstas una absoluto acatamiento a la voluntad presidencial, por lo contrario; sin necesidad de resignar fortaleza ni andar imponiendo procónsules, se abstuvo de caer en semejante aberración, y hasta en ocasiones, apoyó a decididos adversarios suyos, como hizo, por ejemplo, con Máximo Paz. En cambio, Juárez desató su ira presidencial sobre Tucumán haciendo derrocar en 1887 al gobernador Juan Posse por el "imperdonable delito" de que los electores de esa provincia habían votado en contra de su candidatura (cuando por entonces -1886-, Posse ni siquiera era gobernador todavía); descargó asimismo su cólera irreflexiva sobre el gobernador de Córdoba, Ambrosio Olmos, al cual hizo voltear a través de un proceso infame, para poner en lugar de él ¡a su propio hermano, Marcos Juárez!; y también terminó por hacer destituir al gobernador de Mendoza, Tiburcio Benegas.  Decididamente, la presidencia estaba así en manos de un botarate irresponsable, fatuo, resentido y colérico.



"Os entrego el poder con la República más rica, más fuerte, más vasta y con más crédito y amor a la estabilidad, con más serenos y halagüeños horizontes que cuando la recibí." (Julio A. Roca, discurso de transmisión de la presidencia de la Nación a Miguel Juárez Celman, 12 de octubre de 1886)

"No sé si hubiera sido preferible para el país y para quienes hemos sacrificado nuestro patriotismo y nuestros desvelos en sacarlo del abismo, que la ciega obcecación del gobierno anterior hubiese seguido su desborde hasta estrellarse contra la bancarrota exterior e interior que ya tenía encima, para que el gobierno que le sucediera no hubiese heredado esa sucesión ilíquida y desastrosa que pone a prueba la resignación, los sacrificios y hasta la reputación personal." (Vicente Fidel López)

Para 1886, la creación y consolidación del Estado nacional se habían llevado a cabo sobre la base del crédito proveniente del exterior, con el cual se financiaron tanto las obras de infraestructura y comunicaciones, como la burocracia administrativa, redundando en una crecida deuda externa que pendía sobre la nación como la consabida espada de Damocles; en un marcado déficit fiscal y en una balanza comercial que arrojaba un saldo negativo de 30 millones oro. En esas condiciones el país se hallaba, pues, en virtual estado de quiebra financiera. Y sin embargo, el crecimiento económico parecía no tener fin.
Era ese un statu quo que imprescindiblemente requería de un liderazgo fuerte e inteligente para su manejo y paulatina corrección. Pero Juárez Celman no era Roca.
Cuando el 12 de octubre de 1886 este último traspasó los atributos del poder a su concuñado, el peso estaba con respecto al oro en una relación de 110 centavos papel por 1 peso oro, es decir, prácticamente a la par. Tres meses después, se devaluaba hasta llegar a 144. Era un síntoma, al cual no se le prestó mayor atención.
En Europa la economía estaba en expansión y los activos financieros excedentes se volcaron a la Argentina. Había tal liberalidad para otorgar créditos por parte de los bancos, que la cultura de la especulación reemplazó a la del trabajo y el país se transformó en una timba. Todo el mundo jugaba a la Bolsa y compraba y vendía tierras. Todo el mundo se hacía construir residencias a cual más fastuosa. Todo el mundo ostentaba carruajes que envidiarían un lord inglés, un conde francés o un barón prusiano. ¡Rich as an argentine! ¡Riche comme un argentin! ¡Reich wie ein argentinischer! Todo el mundo se vestía con ropas cortadas por los más afamados sastres y las más cotizadas modistas, confeccionadas con los mejores casimires ingleses y las más finas sedas italianas. Aunque claro, todo el mundo... menos la masa esforzada del trabajo en las ciudades y los campos, criolla y gringa, con salarios misérrimos y condenada a malvivir hacinada en conventillos, que no olía a cologne inglesa o parfum francés, sino a sudor rancio de jornadas extenuantes y miedo al hambre que estaba siempre al acecho, siempre ahí.
La meritocracia característica del roquismo cedió paso a la obsecuencia y al amiguismo distintivos de los juaristas. La concentración del poder y el manejo discrecional del mismo por parte del presidente y su círculo de favoritos, las fortunas fáciles, la molicie y la ostentación, habían hecho mella en el alma argentina. La ciudadanía y los principales referentes de las distintas corrientes de opinión habían perdido el interés por la política. La abulia, la desgana y la desazón se generalizaron. Por esa época, Joaquín Castellanos escribía estos versos:
 
Ciudad de Mayo, que en un tiempo has sido, / La joya de la América latina, / Pueblo de Juan Chassaing y Adolfo Alsina, / No, tú no eres el que viendo estoy! / Tu brío se apagó; tus ciudadanos / Tienen menos valor que tus mujeres, / Y una turba ruin de mercaderes / Depositaria de tu suerte es hoy!

Tremenda viñeta ácida, desgarradora, del escritor y político salteño. Pero real, muy real. Espantosamente real. Con una porción de dirigentes irresponsables y envilecidos, y un pueblo claudicante en sus valores, la problemática del país, que era propia de su adolescencia; volvíase un drama existencial. El proverbial coraje argentino se replegaba ("tu brío se apagó; tus ciudadanos tienen menos valor que tus mujeres") ante la presencia decadente de los politicastros mercachifles ("una turba ruin de mercaderes") que lo manejaban a su antojo ("depositaria de tu suerte es hoy"), guiados sólo por su voluntad. Que encima, era impostada; porque lo suyo no era voluntad sino simple capricho de un badulaque sensible al halago y la adulación de un séquito que alimentaba su infatuado ego.
La imprudencia y el descontrol en todo lo atinente a obras públicas y la enajenación insensata de ferrocarriles y empresas estatales en aras de un dogmatismo excesivo hasta el absurdo, trajeron aparejada una inevitable secuela de corrupción; y la coima y el peculado tornáronse las reglas corrientes. La ley de bancos garantidos, sin los resguardos imprescindibles para que el destino de los fondos fuera la producción y no la especulación; sólo sirvió para triplicar el circulante de una moneda cada vez más depreciada. Y en ocasiones, el desmanejo administrativo llegó a ser lisa y llanamente delincuencia,  porque no de otro modo puede calificarse a las emisiones clandestinas hechas por el ex ministro de Hacienda y por entonces presidente del Banco Nacional, Wenceslao Pacheco; por más que después Juárez Celman lograra que el Congreso las aprobase.

A mediados de 1889 la burbuja estalló: el oro subió, primero a 153, y después de alzas sucesivas, osciló entre 220 y 240 hasta fines de ese año. El incremento del costo de vida provocó huelgas y descontento, y las empresas debieron aumentar los salarios nominales. La oposición política pareció resurgir: después de un meeting  realizado el 1 de setiembre, Leandro Alem, Bernardo de Irigoyen, Aristóbulo del Valle, Bartolomé Mitre, Vicente Fidel López, Benjamín Gorostiaga, Pedro Goyena y otros, constituyeron la Unión Cívica, con la intención de presentarse a las próximas elecciones de diputados nacionales a realizarse el 2 de febrero de 1890.
Sorprendentemente (sorprendentemente para la oposición, quiero decir), ganó el oficialismo, en buena ley y sin fraude; porque la Unión Cívica, falta de adherentes, se vio obligada a la abstención. ¿Cómo fue posible que ello ocurriera? Séame permitido parafrasear al general Juan Domingo Perón, y comprobarán cuán sencilla es la respuesta: "La víscera que más nos duele a los argentinos es el bolsillo". Exactísimo.
El juarismo creía haber controlado la situación económica; pero era sólo una fantasía. En marzo, el oro alcanzó los 260; y en julio, los 310. La cosa no daba para más; el país era un polvorín y empezaron las conspiraciones para derrocar al gobierno. Inútil fue que en mayo, al inaugurar el período de sesiones del Congreso, el presidente Juárez Celman expresara su beneplácito por el nacimiento de la Unión Cívica, proclamara con bombos y platillos que se proponía impulsar una ley que otorgara representación a las minorías y anunciara el saldo favorable de la balanza comercial. Era tarde, muy tarde ya para todo.
Julio A. Roca, en un implícito reconocimiento de su "culpa" al haber impuesto a su concuñado; ideó, con fría precisión de consumado ajedrecista, el jaque mate al burrito cordobés. Es que entendía que si suya había sido la responsabilidad de llevarlo a la presidencia; suya debía ser también la de arrojarlo de ella. Pero debía hacerlo de modo de impedir, paralelamente, el encumbramiento de Alem, al cual tenía por un extremista. La operación (y nunca mejor aplicado el término) se desarrollaría tal cual la había planeado.
El 26 de julio ocurrió el suceso que pasaría a la historia como Revolución del 90 o Revolución del Parque, que fue rápidamente sofocada y vencida por las fuerzas legalistas. Pero pocos días después, el 6 de agosto, se produjo la renuncia de Juárez Celman. No debe verse en aquel hecho el factor determinante de su caída; porque su suerte ya estaba echada desde el momento en que el Zorro acordó con Pellegrini; sólo que el burrito cordobés y su corte de adulones no lo percibieron. 
Juárez Celman abandonó para siempre la política (o ésta lo abandonó a él; como usted lo prefiera, estimado lector) y se recluyó en su estancia La Elisa, rumiando su amargo despecho y un sordo rencor irreductible hacia el Zorro, a quien reputaba como culpable de su descenso, el cual era incapaz de explicarse a sí mismo. Murió a los 64 años, el 14 de abril de 1909.
En la dimensión a la que fuere que se haya dirigido al partir para siempre de esta vida, lo habrán estado esperando los manes de sus coetáneos para recibirlo al ritmo del pan francés con un: ¡Ya se fue, ya se fue / el burrito cordobés!

jueves, 28 de agosto de 2014

En torno a Camila...

 
En 1848 iba a ser fusilada Camila O´Gorman. Mientras la prensa unitaria de Montevideo pedía un "ejemplar castigo", sólo dos personas, que sepamos, intercedían ante Rosas en su favor: Manuelita y doña María Josefa de Ezcurra. El señor Taullard en su interesante trabajo titulado "Cartas privada de la familia de Rosas", ha publicado la carta de María Josefa que transcribimos a continuación:
"Mi querido hermano Juan Manuel:
Esta se dirige a pedirte en favor de Camila. Esta desgraciada es cierto ha cometido un crimen gravísimo contra Dios y la sociedad. Pero debes recordar que es una mujer y ha sido inducida por quien sabe más que ella, en el mal camino.
El gran descuido de su familia en permitirle esas relaciones, tiene mucha parte en lo que ha sucedido; ahora se desentienden de ella. Si quieres que entre recluida en la Santa Casa de Ejercicios, yo hablaré con doña Rufina Díaz y estoy segura que se hará cargo de ella y no se escapará de allí. Con mejores advertencias y ejemplos virtuosos entrará en sí y enmendará sus yerros, ya que los ha cometido por causa de quien debía ser un remedio para no hacerlos.
Espera una respuesta de favor, tu hermana afectísima.
María Josefa".
Las ideas, los sentimientos, el tono mismo en que está escrita esta carta, nos revelan que quien la escribió fue en vida exactamente lo contrario de lo que han dicho sus detractores.

sábado, 23 de agosto de 2014

LA ARGENTINA QUE SOÑÓ SARMIENTO

Por Marcelo Gullo.    Para cualquier persona, en cualquier parte del mundo que quiera comprender a la Argentina y su problemática, le sería muy útil conocer, aun hoy día, el pensamiento y los sueños del presidente Domingo Faustino Sarmiento pues su pensamiento y sus sueños son todavía, desgraciadamente, los de una parte muy importante de la sociedad argentina.
“Sarmiento el soñador, sigue soñándonos”, escribió en una ocasión Borges, quizás, porque el país que imaginó Sarmiento en el siglo XIX, era el mismo que Borges quería ver restaurado en pleno siglo XX, luego de la caída, en septiembre de 1955, del “segundo tirano”. Pero, con qué país soñó el ilustre sanjuanino. Dejemos, en lo posible, que el mismo Sarmiento nos lo relate.
Fue Domingo Faustino Sarmiento quien preguntándose qué cosa era “civilización” y qué “barbarie”, definió que “civilización” era el idioma inglés y, “barbarie” el castellano. “Barbarie” era, para “el Maestro de “América”, todo lo autóctono, por el solo hecho de serlo y, por supuesto - y he ahí el punto que más le interesaba a Inglaterra- “civilización” era la aceptación a rajatabla de la teoría del liberalismo económico salvaje y del libre cambio absoluto. Fue Sarmiento el más brillante propagandista argentino de la teoría del libre cambio y la división internacional del trabajo. Al respecto, Manuel Gálvez, en su biografía de Sarmiento, escribe: “Nadie escribió tanto como él a favor del comercio libre, y aun fue el primero en hacerlo. Cuando cayó Rosas y con él su ley de Aduanas, nuestras industrias se arruinaron. Ya he dicho que solamente en Buenos Aires había ciento seis fábricas y setecientos cuarenta y tres talleres y que la industria del tejido florecía asombrosamente en las provincias. El comercio libre significó la entrada, con insignificantes derechos aduaneros, de los productos manufacturados ingleses, con los que no podían competir los nuestros. Y la industria argentina murió.”   A tal punto llegó el desprecio por lo autóctono en la mentalidad de Sarmiento- conquistada por el imperialismo cultural anglosajón - que llegó a aconsejar, durante las guerras civiles desarrolladas en Argentina, que: “...no se ahorrara sangre de gaucho, porque era lo único que tenían de humano...” y que este, el gaucho, “... sólo servía para estiércol de la pampa”  Importa destacar que su desprecio por el gaucho solo fue superado por el que sentía hacia la población indígena. El 27 de septiembre de 1844 escribió en el diario “El Progreso”: “Por los salvajes de América sentimos una invencible repugnancia sin poderlo remediar; y para nosotros, Colocolo, Lautaro, Caupolicán, no son más que indios asquerosos a quienes habríamos hechos colgar y mandaríamos colgar ahora mismo si reapareciesen.” Años después escribía en “El Nacional”, del 19 de mayo de 1857: “Logramos exterminar a los indios? : Lautaro, Rengo, y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces del progreso. El exterminio de esa canalla es providencial y útil, sublime y grande... Se les debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño que tiene ya, el odio instintivo al hombre civilizado.”

Era seguramente el país con que soñó Sarmiento un país democrático: “Los gauchos que se resistieron a votar por nuestros candidatos -exclamó exultante Sarmiento el 17 de junio de 1857- fueron puestos en el cepo o enviados a las fronteras con los indios y quemados sus ranchos. Bandas de soldados armados recorrían las calles acuchillando y persiguiendo a los opositores. Tal fue el terror que sembramos que el día 29 triunfamos sin oposición”.
Era seguramente, también, el país con que soñó Sarmiento un país donde debía reinar la justicia social: “Las Cámaras no deben votar partidas para la caridad pública -sostuvo Sarmiento, el 13 de septiembre de 1859 en el Senado de la Provincia de Buenos Aires- porque la caridad cristiana no es del dominio del Estado. El Estado no tiene caridad, no tiene alma...Si los pobre se han de morir que se mueran...El mendigo es como la hormiga. Recoge los desperdicios. De manera que es útil sin necesidad que se le dé dinero...¿Qué importa que el Estado deje morir al que no puede vivir por causa de sus defectos? Los huérfanos son los últimos seres de la sociedad; no se les debe dar más de comer.”.
Artículo publicado en el suplemento Claves de la Historia - Miradas al Sur

miércoles, 20 de agosto de 2014

Museo Histórico Juan Manuel de Rosas de la Matanza

El Museo Histórico Municipal funciona en el casco de la Estancia El Pino o San Martín, como la llamara el mismo Juan Manuel de Rosas, en homenaje al Libertador Don José de San Martín. Desde 1942 es Monumento Histórico Nacional.
Su construcción comenzó a fines del Siglo XVIII, como parte del avance de la frontera durante los primeros años del Virreinato. En la primera mitad del Siglo XIX, se convirtió en uno de los establecimientos que dio inicio a la actividad económica de la zona. Su denominación original era la Estancia El Pino, en lo que hoy es la localidad de Virrey del Pino, y fue adquirida en 1820 por Juan Manuel de Rosas junto a Terrero y Luis Dorrego. Poco tiempo después, Rosas decidió cambiar su nombre por el de San Martín en homenaje al Libertador. Desde esta estancia, Rosas escribió la carta de renuncia a la Junta de Hacendados, en noviembre de 1826, para la que fuera designado un mes antes.   También, de acuerdo a la versión de algunos autores, Rosas se entrevistó con Lavalle en 1829, antes de la firma del tratado de Cañuelas. Asimismo, fue la sede de la firma de un tratado de paz con Cafulcurá, hermano del cacique ranquel Namuncurá, en el año 1836. Aquí vivió por varios años Mariano Rosas o Panguithruz Guor (hijo del cacique ranquel Painé) ahijado de Rosas y gran cacique él mismo, interlocutor de Lucio V. Mansilla, en su libro. Luego de la batalla de Caseros, en 1852, Rosas se exilia en Inglaterra. El gobierno porteño confisca todos sus bienes. La única propiedad que puede vender, durante el breve lapso en que se levanta la confiscación, fue la estancia San Martín. Esta propiedad es comprada por su cuñado, José María Ezcurra Arguibel. En 1970, el casco de la Estancia y, luego, el predio de casi dos hectáreas que lo rodea, fueron adquiridos por la Municipalidad de La Matanza. Posteriormente, en 1972 fue inaugurado el Museo Histórico que se reabrió en el año 2000 después de que fuera reconstruido el edificio. Hoy, en este edificio funciona también el Archivo Histórico Municipal, creado en octubre del año 2000.

jueves, 14 de agosto de 2014

UN SEDICENTE ROQUISTA CONFUNDE A DRAGO CON ESPERT

Por Julio Fernández Baraibar
El diputado del PRO de origen conservador Federico Pinedo se jacta de ser un heredero de la acción  del dos veces presidente argentino Julio Argentino Roca. En el día de hoy ha dado a conocer este punto de vista sobre el tema de la deuda y los fondos buitres: “Vos no aumentás tu soberanía incumpliendo tus obligaciones. Lo que hacés es darle la soberanía a los buitres y a los jueces extranjeros. Lo que están haciendo es disminuyendo soberanía, no aumentándola. El que crea que va a progresar en la vida incumpliendo su palabra no tiene mucho sentido”.

Como mi aprecio por el General Roca es que tengo en común con él, y con el General Juan Domingo Perón, por otra parte, quiero expresar que ese modo de pensar no fue nunca el del hombre que venció al mitrismo secesionista de Buenos Aires.

En el mes de diciembre del año 1902, cuatro años después de asumir por segunda vez la presidencia de la República, el canciller de “El Zorro”, como se lo llamaba a don Julio, se lanzó a una compaña mundial repudiando el ataque militar a los puertos de Venezuela por parte del Reino Unido y Alemania, entre otras potencias de la época, a raíz del “default” de su deuda externa por parte del presidente de aquel país latinoamericano, Cipriano Castro. Lejos de perorar moralmente sobre el incumplimiento de la palabra y zonceras similares, que en las relaciones internacionales tienen tanta importancia como las buenas maneras en un frente militar, Roca y su ministro se lanzaron a explicarle a la comunidad internacional la naturaleza específica de las deudas soberanas y de los estados deudores. Decía, entonces, el canciller Drago: “Entre los principios fundamentales del Derecho Público Internacional que la humanidad ha consagrado, es uno de los más preciosos el que determina que todos los Estados, cualquiera que sea la fuerza de que dispongan, son entidades de derecho, perfectamente iguales entre sí y recíprocamente acreedoras, por ello, a las mismas consideraciones y respeto.

El reconocimiento de la deuda, la liquidación de su importe, pueden y deben ser hechos por la nación, sin menoscabo de sus derechos primordiales como entidad soberana, pero el cobro compulsivo e inmediato, en un momento dado, por medio de la fuerza, no traería otra cosa que la ruina de las naciones más débiles y la absorción de su Gobierno con todas las facultades que le son inherentes por los fuertes de la tierra” (el subrayado es nuestro).

Y en su apoyo recurría al mismísimo Alejandro Hamilton, uno de los teóricos del estado norteamericano: “Otros son los principios proclamados en este Continente de América. 'Los contratos entre una nación y los individuos particulares son obligatorios, según la conciencia del soberano, y no pueden ser objeto de fuerza compulsiva' -decía el ilustre Hamilton-. No confieren derecho alguno de acción fuera de la voluntad soberana”.

Como se puede apreciar, ninguna monserga propia de un representante de los acreedores, como, por ejemplo, Espert, ensuciaba la prosa del ilustre conservador de aquellos años.

viernes, 8 de agosto de 2014

PERÓN EDUCADOR



Por Enrique Manson.
Es usual, en el día del Maestro, recordar al Gran Sanjuanino que aconsejaba no ahorrar sangre de gauchos. Sin embargo, corremos el riesgo de terminar festejando su deceso, como harán seguramente los niños de la Patria que lo creen el culpable de la existencia de las escuelas.  Sin embargo, creemos que nuestra Patria ha tenido otros maestros. Y no por casualidad, preferimos recordar a uno que se fue hace cuatro décadas y que nos dejó no pocas enseñanzas.  Durante un homenaje al doctor Ramón Carrillo, el hombre que personifica la política y la obra de Salud del Movimiento Nacional, una compañera de destacada y consecuente trayectoria, maestra ella, se lamentaba desde nuestro lugar de educadores decía que, así como tenemos en el sanitarista santiagueño el paradigma del Gran Médico, no teníamos el del Gran Educador. Es que olvidaba que ese paradigma en el peronismo está representado –ni más ni menos- por el propio fundador y conductor de la revolución justicialista. Éste recordaba, irónicamente, que por tradición familiar pudo haber tenido un destino de galeno, pero que por no haber estudiado en la Facultad de Medicina y haberlo hecho en el Colegio Militar, nunca había matado a nadie. Pero, si Perón no fue médico, si fue un educador. Más precisamente, el Gran Educador, que nuestra compañera añoraba. Y lo de menos fue, en ese terreno, su paso formal por las aulas de la Escuela de Guerra, donde nacieron sus Apuntes de Historia Militar, que algún joven ex peronista arrepentido utiliza para atribuirle responsabilidad en los crímenes de la dictadura de 1976, por haber utilizado en ellos el término castrenseaniquilar. A pesar de su sobresaliente relato de las vidas de los grandes generales de la historia y su minuciosa descripción de sus principales batallas, Perón diría, años después, que sólo se trataba, precisamente, de apuntes, para facilitar el estudio de los jóvenes oficiales.
PERÓN EDUCADOR
El General tenía la condición innata del maestro. Esto se infiere de la lectura de muchos de sus discursos y de un sinnúmero de publicaciones. Su claridad literaria es tan notable como su valor didáctico. Ya en un discurso clásico, pronunciado el 10 de junio de 1944 en la Universidad Nacional de La Plata, bajo el título de Significado de la Defensa Nacional desde el punto de vista militar,iba más allá de establecer la doctrina que habría de guiar a nuestras fuerzas armadas hasta una década después de su derrocamiento en 1955, cuando se instaló la Doctrina de Seguridad Nacional, bajada del Pentágono para la cruel represión de los pueblos iberoamericanos. En aquella pieza se refería a la guerra moderna, que había dejado de ser enfrentamiento entre militares para dar participación a toda la población. Se basaba en la tesis del mariscal von der Goltz; La nación en armas. Por eso mismo, era imprescindible asumir “el terrible flagelo que(la guerra)representa para una nación (y que) debe ser en lo posible evitada y solo recurrir a ella en casos extremos. Un país en lucha puede representarse por un arco con su correspondiente flecha,…y apuntando hacia un solo objetivo: ganar la guerra.  Sus fuerzas armadas están representadas por la piedra o el metal que constituye la punta de la flecha, pero el resto de esta, la cuerda y el arco, son la nación toda, hasta la última expresión de su energía y poderío.”  De ahí que la defensa nacional sólo es posible con una comunidad integrada, desarrollada y con relaciones internas armónicas. Por ello, “una gran obra social debe ser realizada en el país; tenemos una excelente materia prima, pero para bien moldearla es indispensable el esfuerzo común de todos los argentinos…
La defensa nacional es así un argumento más, que debe incitarnos para asegurar la felicidad de nuestro pueblo.”  En el plano económico “La defensa nacional exige una poderosa industria propia, y no cualquiera, una industria pesada.”   Dejaba atrás la concepción del país exclusivamente agrario.” El obrero argentino, cuando se le ha dado oportunidad para aprender, se ha revelado tanto o más capaz que el extranjero.” Eso permitió que se desarrollara espontáneamente una industria durante la primera guerra mundial, pero la indolencia del Estado, dominado por la ideología agrarista tradicional, permitió que desapareciera.  Ya en 1944, y en el marco de una exposición referida a la defensa de la nación aparecía su visión de la justicia social y de la independencia económica a través del desarrollo industrial.  El 11 de noviembre de 1953, siendo presidente de la Nación, expuso en la Escuela Nacional de Guerra una conferencia reservada, por el carácter de algunos de sus contenidos. Efectivamente, su divulgación podía afectar negativamente nuestras relaciones con países vecinos en sectores influidos por la propaganda anti argentina del departamento de Estado, enemigo de toda integración de los países del Sur.
En ella exponía magistralmente la prioridad de esa integración que no habían logrado San Martín y Bolívar y cuyo fracaso parecía condenarnos a ser eternos enemigos de Brasil y de Chile.
Convencido de que el mundo marchaba hacia la superación de los estados nacionales por conglomerados continentales, Perón decía: “Yo no querría pasar a la historia sin haber demostrado, por lo menos fehacientemente, que poseemos toda nuestra voluntad real, efectiva, leal y sincera para que esta unión pueda realizarse en el continente.
perón educadorPienso yo que el año 2000 nos va a sorprender o unidos o dominados: pienso también que es de gente inteligente no esperar que el año 2000 llegue a nosotros, sino hacer un poquito de esfuerzo para llegar un poco antes del año 2000, y llegar en mejores condiciones que aquella que nos podrá deparar el destino.
La República Argentina sola, no tiene unidad económica; Brasil solo, no tiene unidad económica; Chile solo, tampoco tiene unidad económica; pero estos tres países unidos conforman quizá en el momento actual la unidad económica más extraordinaria del mundo entero, sobre todo para el futuro, porque esta inmensa disponibilidad constituye su reserva. Estos son países reserva del mundo. Esto es lo que ordena, imprescindiblemente, la necesidad de la unión de Chile, Brasil y Argentina. Es indudable que, realizada esta unión, caerán en su órbita los demás países sudamericanos, que no serán favorecidos ni por la formación de un nuevo agrupamiento y probablemente no lo podrán realizar en manera alguna, separados o juntos, sino en pequeñas unidades.”  Ya en el exilio, y produciendo el fenómeno único en la historia universal de conducir desde 15.000 kilómetros de distancia a un pueblo que se identificaba fielmente con sus ideales de Soberanía, Libertad y Justicia, para concluir con su glorioso regreso, tras diecisiete años de ostracismo, siguió ejerciendo la docencia. La correspondencia con que orientaba a sus seguidores alcanza una de sus mayores cumbres en las cartas destinadas a un hombre que, como él, provenía de las filas del Ejército y que, a su juicio, necesitaba de consejos que le permitieran pasar del mando militar a la conducción política; el mayor Bernardo Alberte.  El yorma, como lo llamaban cariñosamente los militantes, tenía la difícil misión de buscar la reconciliación entre dos bandos sindicales ferozmente enfrentados, y el general lo aconsejaba:“Nosotros hemos sido educados para el mando, mandar es obligar, conducir políticamente, es persuadir. Al hombre es mejor persuadirlo que obligarlo. También media un abismo entre las formas de mando militar y las de la conducción política. Es preciso entonces que nos pongamos en la nueva técnica, ya que la teoría de la conducción contiene, tanto para la lucha activa como para la política, los mismos principios con los cambios impuestos en los medios de la acción. La lucha de dos voluntades contrapuestas, sigue siendo lo mismo.”  Para refirmar los buenos consejos, el General abrevaba, como viejo gaucho sureño, a su libro de cabecera por excelencia, el Martín Fierro “Viene el hombre con la astucia que ha de servirle de guía; sin ella sucumbiría, pero según mi experencia, se vuelve en unos prudencia y en los otros picardía.´ Nosotros, para esta lucha, necesitamos de los prudentes y de los pícaros’.”
Y a Martín Fierro recurrió Perón, en uno de sus discursos finales dirigido a la turbulenta juventud de los ’70.  Y les doy estos consejos,
que me ha costao alquirirlos,
porque deseo dirigirlos.
Pero no alcanza mi cenciahasta
darles la prudencia
que precisan pa' seguirlos.

jueves, 7 de agosto de 2014

LAS AULAS DE LA DEMOCRACIA MERECEN OTRO PADRE

por Alberto Lettieri. Cada 11 de septiembre, junto con el merecido reconocimiento a la tarea de nuestr@s querid@s maestr@s, se reinstala la misma pregunta: ¿hasta cuándo deberemos seguir asociando esta celebración con la figura de Domingo Faustino Sarmiento? ¿Cuál es el modelo cultural que contribuimos tácitamente a difundir, al presentar a Sarmiento como paradigma de la educación popular y de la nacionalidad argentina?

Un ejercicio útil y didáctico consiste en dar la palabra al propio Sarmiento a partir de sus juicios y consejos, sobre aspectos esenciales de un programa democrático elemental.

Comencemos por su opinión sobre los argentinos, “una dañosa amalgama de razas incapaces e inadecuada para la civilización –afirmaba–. Los argentinos somos pobres hombres llenos de pretensiones y de inepcia, miserables pueblos, ignorantes, inmorales y apenas en la infancia. Somos una raza bastarda que no ocupa, sino que embaraza la tierra”. (El Progreso, Chile, 27/9/1844). “En las provincias (argentinas) viven animales bípedos de tan perversa condición que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor” (Informe a Mitre, 1863).

Para los pueblos originarios su receta era el genocidio: “¿Lograremos exterminar los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar” (El Progreso, 27/9/1844).

La misma recomendación se aplicaba al mestizo, el gaucho: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esta chusma criolla incivil, bárbara y ruda, es lo único que tienen de seres humanos” (Carta a Mitre del 20/9/1861).

Algunos años después presentó “El plan definitivo: asegurar los principales puntos de la República con batallones de línea, o lo que es lo mismo, apoyar a las clases cultas con soldados contra el levantamiento del paisanaje. Si mata gente, cállense la boca. Son animales bípedos de tan perversa condición que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor” (Carta a Mitre, 18/11/1863).

La identidad americana sólo le merecía repudio: “Dicen que somos amigos de los europeos y traidores a la causa americana. ¡Cierto!, decimos nosotros ¡somos traidores a la causa americana, española, absolutista, bárbara. ¿No han visto revolotear por ahí, sobre nuestras cabezas, la palabra salvaje?” (Facundo. Civilización y Barbarie, 1845). Para él, los paraguayos serían “descendientes de razas guaraníes, indios salvajes y esclavos que obran por instinto a falta de razón. En ellos se perpetúa la barbarie primitiva y colonial. Son unos perros ignorantes. Era preciso purgar la tierra de toda esa excrecencia humana: raza perdida de cuyo contagio hay que librarse” (Carta a Mitre, 1872).

Sus campañas desembozadas para incrementar el patrimonio territorial chileno a costas del argentino llegaron a merecer el juicio de “traidor a la patria” de alguien que no era precisamente un modelo de patriotismo: su compadre Bartolomé Mitre. (La Nación Argentina, 6/10/1868): “He contribuido con mis escritos –reconocía Sarmiento– aconsejando con tesón al gobierno chileno a dar aquel paso. Magallanes pertenece a Chile y quizás toda la Patagonia. Ni sombra, ni pretexto de controversia queda” (El Progreso, 28/11/1842).

Tampoco los judíos escapaban a su repudio: “El pueblo judío, esparcido por toda la tierra, ejerce la usura y acumula millones, rechazando la patria en que nace y muere por una patria ideal que baña escasamente el Jordán y a la que no piensa volver jamás. Este sueño, que se perpetúa hace veinte o treinta siglos, pues viene del origen de la raza, continúa hasta hoy perturbando la economía de las sociedades en que viven pero que no forman parte” (“Condición del extranjero en América”, 1884).

Lo más grave de todo esto es que no se trata de juicios aislados, sino de la reflexión madura y persistente de un cultor de la intolerancia y del extermino de todo aquello que no oliera a afrancesado. Un programa que no dudó en implementar en acciones y en políticas efectivas cada vez que tuvo oportunidad.

Como cierre, me permito recordar una anécdota que me refiriera hace poco un Director de Escuela riojano, respecto de las dificultades de las maestras para responder la pregunta insistente de los alumnos de primaria: “Seño, ¿por que está colgada en las paredes de las escuelas el retrato del asesino del Chacho?”. Luego de 30 años de democracia ininterrumpida, creo que esos niños nos están señalando el camino.
Artículo publicado en el suplemento Claves de la Historia - Miradas al Sur