Rosas

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viernes, 5 de mayo de 2017

Hace 35 años cesaba el fuego en Puerto Argentino

Por el Prof. Julio R. Otaño
Hace 35 años cesaba el fuego en Puerto Argentino:  El 14 de junio de 1982, después de 74 días, la guerra por Malvinas terminaba y los ingleses volvían a ocupar las islas, por la fuerza, tal como lo hicieron en el siglo XIX.   El General triunfador Jeremy Moore dijo “Los soldados argentinos combatieron con valor, defendiendo el terreno palmo a palmo. Cada metro de las islas nos costó el sacrificio y la sangre de nuestros hombres”.
Los treinta y cinco años transcurridos desde la guerra de Malvinas e islas del Atlántico Sur, no solo no han diluido con propaganda desmalvinizadora la memoria de los territorios australes, ni la sangre, que se vertió por ellos.   Los monumentos, estatuas y homenajes se diseminan hasta en los lugares más insignificantes del territorio continental, dan cuenta de ello.
Cuando Jeremy Moore, el jefe de las tropas inglesas, tuvo claro que la entrada de sus hombres a Puerto Argentino estaba asegurada, decidió que era el momento de pedirle la rendición al enemigo.
Los combates habían empezado el 1° de mayo y el 21 las tropas británicas habían desembarcado en la Bahía San Carlos. Desde entonces habían avanzado por tierra y con helicópteros hacia Puerto Argentino. En la noche del 13 al 14 no había habido un minuto de tregua: fuego de artillería, bombardeos aéreos, cañonazos desde barcos, enfrentamientos entre pelotones y hasta lucha cuerpo a cuerpo.  Desde Puerto Argentino, además de sentirse los estruendos del frente, se veían los fogonazos cada vez que explotaban misiles o bombas y las balas trasantes dejaban su surco luminoso en el cielo. Para la madrugada del 14, las líneas argentinas ubicadas en los montes que rodean la ciudad habían sido sobrepasadas, se encontraban sin municiones y sin plan ni posibilidades técnicas de hacer un contraataque para recuperar el terreno perdido.  Militarmente, el próximo paso para los ingleses era la toma de Puerto Argentino. Y los argentinos, que tenían 1.000 soldados allí, ya habían previsto un plan de evacuación de la población civil, que se refugiaría en la Catedral, adecuada por ser fácilmente reconocible —para que nadie la atacara— y tener paredes de ladrillo y piedra, resistentes a las esquirlas de bombas.  Por eso, el ofrecimiento inglés no fue una sorpresa para los mandos argentinos. A las 8:30, el general Menéndez había intentado comunicarse con el entonces presidente de facto, e impulsor de la Guerra de Malvinas, general Leopoldo Fortunato Galtieri, para decirle que la situación era irremediable. Al dirigirse hacia la casa del Gobernador le dijo al general Oscar Jofre, jefe de la X Brigada de Infantería Mecanizada, que iba a hablar con Galtieri. "Sí, porque esto no da para más", le respondió Jofre, sin que Menéndez le hubiera dicho qué le iba a decir a Galtieri. Y cuando la comunicación con Presidencia se acababa de establecer, los ingleses iniciaron fuego de artillería cortando las líneas eléctricas. 
Menéndez se fue entonces hasta el puesto de comando que estaba en el centro de la ciudad. Desde allí se comunicó con el general Iglesias, que era secretario general de la Presidencia, y le dijo que el único camino para evitar la derrota era "la aceptación de la R 502", una resolución de Naciones Unidas que consideraba a Argentina "agresora" pero implicaba el cese de hostilidades, el retiro de fuerzas y la obligación de negociar. Iglesias, que era compañero de promoción de Menéndez, le respondió: "Mirá, lo que pasa es que ésa es una decisión muy importante, no se toma así nomás", a lo que Menéndez replcó: "Bueno, yo creí que lo habían pensado. Pero hacé algo y apúrense porque no se cuánto tiempo más nos queda de resistencia acá".

Luego de eso, Menéndez escuchó la oferta de rendición de los ingleses. Y a las once de la mañana recibió el llamado de Galtieri, quien lo instó a lo contrario: "Hay que sacar a los soldados de los pozos, hay que contraatacar", ordenaba el general desde Buenos Aires. "Vea, creo que usted no me entiende, mi general. Lo que le dije al general Iglesias, le expliqué la situación. Señor, ya no tenemos los apoyos propios, no tenemos tampoco apoyo aéreo ni naval y ante esto tenemos que asumir una gran responsabilidad: no tengo espacio. Ya todo el esfuerzo que se podía hacer se hizo." Galtieri replicó terminante: "No puedo hacer lo que usted me pide" de aceptar la 502. Menéndez respondió: "Bueno, yo lo sugerí porque es lo único que nos queda antes de la derrota. Si no puedo esperar nada de usted, no sé qué va a ser de la guarnición Malvinas en la noche de hoy. Y ante eso estoy dispuesto a asumir todas las responsabilidades que me corresponden." Galtieri dijo entonces: "Actúe según su criterio", a lo que Menéndez replicó: "Mi general, si no tiene nada más para mí, corto y fuera."
Poco antes de que aterrizara por primera vez un helicóptero inglés en la ciudad desde el desembarco argentino el 2 de abril, llegó una "orientación" para Menéndez desde el continente: autorizaban a negociar la rendición pero le prohibían aceptar "cualquier condición que implique un compromiso político para el país, en particular la R 502".
El primer pedido que Menéndez hizo fue mantener las banderas. Cada pedido era consultado, vía la radio satelital, a Londres. Sobre ese punto no hubo problemas, aunque exigieron que las banderas se retiraran enfundadas de la isla. Los pedidos que siguieron, fueron:
Que no hubiera desfile de rendición. Que se mantendría el mando de las tropas hasta el embarque o la internación. Que los oficiales mantendrían su arma de puño hasta embarque o internación. Esta última condición es inédita en las rendiciones y habla tanto de la flexibilidad ingleses para acelerar la firma, como del miedo de la oficialidad argentina a la reacción de su propia tropa.
Por su parte, los ingleses plantearon tres pretensiones:
La evacuación de la ciudad, donde habían más de mil soldados y se iban agregando los que bajaban de los montes.  La entrega de armamento. (Para que no se destruyera afirmaron que sería devuelto, pero eso nunca sucedió). Un reaseguro de que la Fuerza Aérea no atacaría más.
Cuando la noche ya había caído llegó Moore.
En apenas una carilla tipeada a máquina estaba sellado el final de 74 días de control argentino sobre las islas, que concluían después de 44 días de combates, 649 muertos argentinos y 255 muertos británicos. Moore le extendió el acta de rendición a Menéndez.  El apuro de Moore seguía siendo el desalojo de la ciudad y su único temor era que la aviación argentina atacara a pesar de la rendición.  Luego Menéndez planteó que se debía tachar la palabra "incondicional" que figuraba junto a "rendición", argumentando que habían existido condiciones. Entonces Moore la tachó, le extendió el acta a Menéndez y preguntó: "¿Ahora firma?". Y Menéndez firmó. 
Volveremos a Malvinas, pero la soberanía no solo es el territorio, rememorar nos liga al pasado, pero en este presente pensemos qué nos dirían los que tuvieron el gesto de amor más grande que es ofrecer dar la vida por sus hermanos y por la Patria.   Seguramente nos pedirían la unidad nacional, ellos no murieron o lucharon representando a un sector o determinada idea, murieron y lucharon por nosotros y constituir la unión nacional sería el primer mandato que nos exigirían.   También nos pedirían que seamos mejores argentinos todos los días, no nos pedirían nuestros grandes héroes de Malvinas un sacrificio tan heroico como el de ellos, pero sí que seamos mejores trabajadores, mejores estudiantes, que nuestros hombres de armas continúen en esta tarea de defender al pueblo y a la Constitución, y que quienes tengan una representación pública lo haga con transparencia, con honestidad. 
Los argentinos tenemos un permanente compromiso con los que combatieron en las islas, porque conmemorar los 35 años de la guerra constituye un hecho cuya significación en el espíritu nacional requiere concretar el testimonio de gratitud y reconocimiento.   El dolor por todos nuestros hermanos que no regresaron de las islas, pero que se convirtieron en la llama viva del recuerdo de la Gesta, pero a su vez el orgullo de tener aquí con nosotros a nuestros héroes, nuestros patriotas con mayúsculas.
Les pido que asumamos el compromiso de mantener viva la llama de la Gesta de Malvinas como una causa Nacional. Mantengamos vivo el recuerdo de aquellos que lucharon con valor, coraje y entereza hasta agotar municiones y esfuerzos; Gloria y Honor por ustedes, nuestros queridos “Héroes de Malvinas”.

Belgrano

Por Carlos del Frade
 
Belgrano es un desconocido. Su muerte en la pobreza fue la consecuencia de sus ideas y hechos políticos y económicos que siempre estuvieron en contra de las minorías que mantuvieron las relaciones carnales con el imperio del siglo XIX, Gran Bretaña. Por eso lo dejaron aislado y en la miseria. Después inventaron un prócer subordinado a ese proyecto de país dependiente. Pero el verdadero Belgrano es un necesario compañero para estos tiempos. De allí la necesidad de ver y analizar sus banderas. Esas que sirven para transformar el presente y luchar por un futuro mejor para los que son más en estos arrabales del mundo.
El político de la revolución
“… El vestido de los héroes de la patria, siempre tirados y siempre en trabajos y poco menos que desnudos”, escribió don Manuel en una de sus 370 cartas reunidas en el llamado Epistolario Belgraniano, recientemente editado.
El párrafo hace mención a sus compañeros de armas. Los describe como héroes de la patria. Son anónimos. Pero ellos son los héroes. Los protagonistas de la historia.
Para Belgrano, entonces, el sujeto social son las masas anónimas, las que combaten en el interior en pos de una nación americana.
“Llora la guerra civil y destruidora en que infelizmente está envuelta la América”, se lamentaba el dirigente que había sido educado en España en medio de las privaciones económicas propias y las de toda su familia. Se recibió de abogado, volvió y a los 24 años ya era secretario del consulado en Buenos Aires.
Ya estaba “hecho”, según el malversado sentido común de estos tiempos.
Sin embargo repetirá una y otra vez un concepto político existencial desmesurado. Una infranqueable intransigencia contra toda forma de corrupción.
“Ofrezco a VE la mitad del sueldo que me corresponde, siéndome sensible no poder hacer demostración mayor, pues mis facultades son ningunas y mi subsistencia pende de aquel, pero en todo evento sabré también reducirme a la ración del soldado, si es necesario, para salvar la justa causa que con tanto honor sostiene VE”, dijo e hizo el abogado economista transformado en militar.
“No quiero pícaros a mi lado…Lo mismo es morir a los cuarenta que a los sesenta, no me importa y voy adelante, quiero volar, pero mis alas son chicas para tanto peso”.
¿Cuál era el vuelo que quería remontar Belgrano?
¿Qué cielo imaginaba para esas masas miserables que lo seguían?
¿Por qué le achicaron las alas al general?
Dice y repite que en las revoluciones “los que las intentan y ejecutan, trabajan las más de las veces para que se aprovechen los intrigantes…es la época de aprovecharse”. Pero él no se aprovechó. Estuvo siempre a la orden de los distintos gobiernos que se hicieron cargo de un país todavía enemigo de si mismo. De una colonia que quería cambiar de dueño y formar parte, relaciones carnales mediante, con la potencia hegemónica de entonces, Gran Bretaña.
“Entré a esta empresa con los ojos cerrados y pereceré en ella antes que volver la espalda…”, confesó y fue fiel a esas palabras.
Palabras refrendadas con hechos
Palabras de un político refrendadas con hechos.
Compromiso. Como así se le llamaba a la coherencia en los años setenta del siglo XX también en estas tierras de América latina.
Un compromiso que lo llevaba a la locura.
En Vilcapugio, Belgrano estaba “parado como un poste en la cima del morro, con la bandera en la mano, parecía una estatua”, narran los historiadores. Allí estaba, en medio del desbande, sosteniendo la bandera por la que había sido juzgado.
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¿Por qué ese hombre que había logrado un difícil, pesado y fatigoso ascenso social se exponía a la muerte en un sucio campo de batalla?
También sostienen los cronistas oficiales que Belgrano, en la retirada de Vilcapugio, se ubicó en la retaguardia y cargó un fusil y cartuchera de un herido.
Estaba cargado de ideas y proyectos. Enamorado de un país inventado en las mesas de cafés clandestinos antes de que estallara el 25 de mayo.
“Crea V que es una desgracia llegar a un país en clase de descubridor”, dijo en una clara demostración de inteligencia y modestia. Allí se juega el destino de sus sueños. Las ideas de un grupo de una incipiente clase media que tomó el cielo por asalto y que no entendía que allá lejos, a través de ríos y pampas, allá en el interior, se pensaba y se creía en otras cosas. Será un choque para Belgrano, Castelli y los otros revolucionarios. Eso es lo que connota esta primera impresión de Don Manuel cuando se entrevista con la gente de carne y hueso del país que tendrá que descubrir. “Esta gente son la misma apatía; estoy convencido de que han nacido para esclavos”, dijo.
Repitió en abril de 1818: “todo es país enemigo para nosotros, mientras no se logre infundir el espíritu de provincia, y sacar a los hombres del estado de ignorancia en que están, de las miras de los que se dicen sus libertadores, y de los que los mueven para satisfacer sus pasiones”.
Diez años de guerra continua en favor del proyecto de la revolución de Mayo lo llevaron a enfrentarse con Artigas aunque sostenía sus mismas ideas políticas y económicas.
La revolución belgraniana
Pero hay un momento de la transformación de la acción política en Belgrano.
El 15 de julio de 1810 escribió los nueve puntos básicos para la Primera Junta de Gobierno surgida del 25 de mayo.
Es necesario un plan que “rigiese por un orden político las operaciones de la grande obra de nuestra libertad”.
Allí describía el cuadro de situación heredado del Virreynato: “Inundado de tantos males y abusos, destruido su comercio, arruinada su agricultura, las ciencias y las artes abatidas, su navegación extenuada, sus minerales desquiciados, exhaustos sus erarios, los hombres de talento y mérito desconceptuados por la vil adulación, castigada la virtud y premiados los vicios”.
Ese documento se la base del Plan de Operaciones de Mariano Moreno, a la sazón nombrado como secretario de la Junta. Agosto de 1810. Moreno, entonces, a sugerencia de Belgrano, es el encargado de redactar el programa político y económico que le dará encarnadura al invento de 162 personas que el 25 de mayo decidieron hacer un nuevo país y separarse de España.
Moreno escribirá el “Plan de Operaciones. Que el gobierno provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata debe poner en práctica para consolidar la grande obra de nuestra libertad e independencia”.
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Para la junta era vital el proyecto, el horizonte hacia donde marchar.
La situación no podía ser peor: “En el estado de las mayores calamidades y conflictos de estas preciosas provincias; vacilante el gobierno; corrompido del despotismo por la ineptitud de sus providencias, le fue preciso sucumbir, transfiriendo las riendas de él en el nuevo gobierno provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, quien haciéndose cargo de la gran máquina de este estado, cuando se halla inundado de tantos males y abusos, destruido su comercio, arruinada su agricultura, las ciencias y las artes abatidas, su navegación extenuada, sus minerales desquiciados, exhaustos sus erarios, los hombres de talento y méritos desconceptuados por la vil adulación, castigada la virtud y premiados los vicios…”, describieron los integrantes del gobierno provisional el 18 de julio de 1810.
Moreno define la revolución como un proyecto sudamericano: “El sistema continental de nuestra gloriosa insurrección”.
Para el secretario es necesario modificar la estructura social: “tres millones de habitantes que la América del Sud abriga en sus entrañas han sido manejados y subyugados sin más fuerza que la del rigor y capricho de unos pocos hombres”. Moreno sabe que los privilegios deben ser suprimidos si en verdad se quiere crear “una nueva y gloriosa nación”, como dirá más tarde una de las estrofas mutiladas del Himno Nacional.
Es la misma idea de Belgrano cuando dice que “las tres quintas partes de la población y territorio del antiguo virreinato, escapan a nuestro control; la plata del Alto Perú, bloqueada por la insurrección del Mariscal Nieto, resulta vital para las finanzas; representan el 80 por ciento de las exportaciones de la capital. Además los españoles europeos siguen conspirando. Nuestro país es inmenso y despoblado; tal es su presente; sólo le queda acechar como un tigre, un futuro que sin duda será de grandeza”.
Por ello Moreno quiere insuflar de decisión política al nuevo estado para que sea herramienta de distribución de riquezas: “qué obstáculos deben impedir al gobierno, luego de consolidar el estado sobre bases fijas y estables, para no adoptar unas providencias que aún cuando parecen duras para una pequeña parte de individuos, por la extorsión que pueda causarse a cinco mil o seis mil mineros, aparecen después las ventajas públicas que resultan con la fomentación de las fábricas, artes, ingenios, y demás establecimientos en favor del estado y de los individuos que las ocupan en sus trabajos”.
Y agrega que “si bien eso descontentará a cinco mil o seis mil individuos, las ventajas habrán de recaer sobre 80 mil o 100 mil”.
Un estado que arbitre lo necesario para cumplir el objetivo de la política, según el propio Moreno, que es “hacer feliz al pueblo”. Un estado que vuelque su poder en favor de las mayorías y en contra de los intereses minoritarios.
Con un proyecto de desarrollo del mercado interno y proteccionista de su comercio y su industria: “se pondrá la máquina del estado en un orden de industrias lo que facilitará la subsistencia de miles de individuos”.
El futuro del país pensado por Moreno “será producir en pocos años un continente laborioso, instruido y virtuoso, sin necesidad de buscar exteriormente nada de lo que necesita para la conservación de sus habitantes”.
Durante una década no habrá interés particular por sobre las necesidades del estado revolucionario: “se prohíbe absolutamente que ningún particular trabaje minas de plata u oro, quedando al arbitrio de beneficiarla y sacar sus tesoros por cuenta de la nación, y esto por el término de diez años, imponiendo pena capital y confiscación de bienes con perjuicio de acreedores y de cualquier otro que infrigiese la citada determinación”.
Repite su cuestión de estado a favor de una igualdad garantizada desde el poder: “las fortunas agigantadas en pocos individuos, a proporción de lo grande de un estado, no solo son perniciosas, sino que sirven de ruina a la sociedad civil, cuando no solamente con su poder absorben el jugo de todos los ramos de un estado”.
No era solamente una advertencia sobre aquel presente, sino una profecía para los tiempos que vendrían.
El 4 de marzo de 1811 Moreno fue envenenado frente a las costas brasileñas y junto a su cuerpo también desapareció la voluntad política de generar y sostener un estado revolucionario.
La metáfora del cuerpo del revolucionario sumergido y desaparecido en el Atlántico es un macabro prólogo de lo que sucedería en los años setenta del siglo XX con aquellos que intentaban un cambio estructural en la sociedad argentina.
La cuestión educativa
“Ni la virtud ni los talentos tienen precio, ni pueden compensar con dinero sino degradarlos; cuando reflexiono que nada hay más despreciable para el hombre de bien, para el verdadero patriota que merece la confianza de sus conciudadanos en el manejo de los negocios públicos que el dinero o las riquezas, que estas son un escollo de la virtud que no llega a despreciarlas, y que adjudicarlas en premio, no sólo son capaces de excitar la avaricia de los demás, haciendo que por general objeto de sus acciones subroguen el bienestar particular al interés público, sino que también parecen dirigidas a lisonjear una pasión seguramente abominable en el agraciado…he creído propio de mi honor y de los deseos que me inflaman por la prosperidad de mi patria, destinar los expresados cuarenta mil pesos para la dotación de cuatro escuelas públicas de primeras letras”. Esas escuelas, aún en pleno año 2001, todavía no fueron construidas.

Ese es el tamaño de la hipocresía de la historia oficial argentina.
La exacta dimensión de cuatro edificios escolares ausentes en el norte argentino.
A principios del siglo XIX, Belgrano periodista escribía que “uno de los principales medios que se deben adoptar a este fin, son las escuelas gratuitas adonde pudiesen los infelices mandar a sus hijos sin tener que pagar cosa alguna por su instrucción; allí se les podían dictar buenas máximas e inspirarles amor al trabajo, pues en un pueblo donde no reine este, decae el comercio y toma su lugar la miseria”. Es decir, educación y trabajo garantizados por el estado.
Ricardo Caillet Bois sostuvo que “Belgrano propuso combatir la ignorancia del labrador mediante la fundación de escuelas agrícolas” y criticó “la falta de un comercio activo y de buenas comunicaciones. Aconsejó la rotación y diversificación de los cultivos, y la extirpación de las malezas. De paso señaló la importancia de los abonos y la necesidad de impedir la tala forestal en forma irracional. Abogó por el cultivo del lino y del cáñamo, por el establecimiento de fábricas de curtiembres y como la polilla era el enemigo mortal de los cueros apilados, bregó para que la ciencia hallase la ansiada solución. Con el fin de lograr un mejor nivel de la población campesina se manifestó partidario de las explotaciones agrarias por cooperativas, y de la enfiteusis, adelantándose así en doce años a la realización rivadaviana”.
“Pónganse escuelas de campaña. Obliguen los jueces a los padres a que se mande sus hijos a la escuela. Y si hubiesen algunos que se resistiesen a su cumplimiento, tomen a su cargo los hijos y póngalos al cuidado de personas que los atiendan. Siempre he clamado por la educación. Sin educación, en balde es cansarse, nunca seremos más de lo que desgraciadamente somos”.
Lo económico
Un estado al servicio del mercado interno. Agil y capaz de generar educación y trabajo para todos. Dispuesto a introducir avances tecnológicos. Ese es el pensamiento de Belgrano, político economista.
“Los hornos del célebre Rumford, sólo se conocen aquí por Cerviño y Vieytes, que los han establecido para sus fábricas de jabón, y seguramente no debería haber casa donde no los hubiese mucho más notándose la falta de combustible, para lo cual no veo que se tomen disposiciones a pesar de nuestros recursos. Estos habitantes tienen todo su empeño en recoger lo que da la naturaleza espontáneamente, no quieren dejar al arte que establezca su imperio, y tratan de proyecto aéreo cuanto se intente con él”, escribió en septiembre de 1805.
Denunció como periodista del “Telégrafo Mercantil, Historiográfico, Rural y Político del Río de la Plata” a los estafadores del pequeño comerciante de la colonia. “Otro mal imponderable al labrador y a los pueblos, es el de los usureros, enemigos de todo viviente, a estos que tragan la sustancia del pobre y aniquilan al ciudadano, se les debe considerar por una de las causas principales de la infelicidad del labrador, y como mal tan grande, no hay voces con qué exagerarlo”, sostuvo entonces.
El desarrollo del mercado interno era la obsesión de Belgrano: “Es preciso no olvidar que el comercio es el alma que vivifica y da movimiento al Estado, por la importancia de cuanto necesita y la exportación de sus frutos y efectos de industria, proporcionando a los pueblos, la permutación de lo superfluo por lo que les es necesario, y facilitándoles recíprocamente, todas las especies de consumo a precios cómodos y equitativos, y que por este medio los derechos y contribuciones moderadas, ascienden a una cantidad considerable, que siendo suficiente para las atenciones públicas, la pagan insensiblemente todos los individuos del estado”, sintetizó en carta al gobernador de Salta, Feliciano Chiclana, el 5 de marzo de 1813.
Repudiaba la apertura indiscriminada de las fronteras porque “la importación de mercaderías que impiden el consumo de las del país o que perjudican al progreso de sus manufacturas y de su cultivo y lleva tras si necesariamente la ruina de la nación”. Agregó que “si el mercader introduce en su país mercancías extranjeras que perjudiquen el consumo de las manufacturas nacionales. El estado perderá primero el valor de lo que ellas han costado en el extranjero; segundo, los salarios que el empleo de las mercancías nacionales habría procurado a diversos obreros; tercero, el valor que la materia prima había producido a las tierras del país o de las colonias; cuarto, el beneficio de la circulación de todos esos valores, es decir, la seguridad que ella habría repartido por los consumos sobre diversos otros objetos; quinto, los recursos que el príncipe o la Nación tienen derecho a exigir de la seguridad de sus súbditos”, remarcó.
Analizó que los fenómenos de corrupción dentro del estado son proporcionales a la miseria que padecen las mayorías: “Desengañémonos: jamás han podido existir los estados, luego de que la corrupción ha llegado a pisar las leyes y faltar a todos los respectos. Es un principio que en tal situación todo es ruina y desolación, y si eso sucede a las grandes naciones, ¿qué no sucederá a cualquier ramo de los que contribuyen a su existencia?. Si los mismos comerciantes entran en el desorden y se agolpan al contrabando, ¿qué ha de resultar al comercio?; que se me diga, ¿qué es lo que hoy sucede al negociante que procede arreglado a la ley? Arruinarse, porque no puede entrar en concurrencia en las ventas con aquellos que han sabido burlarse de ella”.

Entiende la necesidad de la distribución de las riquezas cuando escribió que “la repartición de las riquezas hace la riqueza real y verdadera de un país, de un estado entero, elevándolo al mayor grado de felicidad, mal podría haberla en nuestras provincias, cuando existiendo el contrabando y con él el infernal monopolio, se reducirán las riquezas a unas cuantos manos que arrancan el jugo de la patria y la reducen a la miseria”.
Pero para lograrlo es fundamental la decisión política desde el estado.
“Nadie duda que un estado que posea con la mayor perfección el verdadero cultivo de su terreno, en el que las artes se hallen en manos de hombres industriosos con principios, y en el que el comercio por consiguiente se haga con frutos y géneros suyos, sea el verdadero país de la felicidad, pues en el se encontrará la verdadera riqueza, será bien poblado, y tendrá los medios de subsistencia y aún otros que le servirán de pura comodidad”, señalaba Belgrano.
Tampoco desconoció el dolor de la desocupación y su huella hacia el futuro: “He visto con dolor sin salir de esta capital una infinidad de hombres ociosos en quienes no se ve otra cosa que la miseria y desnudas; una infinidad de familias que solo deben su subsistencia a la feracidad del país, que está por todas partes denotando la riqueza que encierra, esto es, la abundancia; y apenas se encuentra alguna familia que esté destinada a un oficio útil, que ejerza un arte o que se emplee de modo que tenga alguna más comodidad en su vida. Esos miserables panchos donde ve uno la multitud de criaturas que llegan a la edad de pubertad sin haber ejercido otra cosa que la ociosidad, deben ser atendidos hasta el último punto”.
A Güemes le escribió en junio de 1819 una feroz comprobación: “atúrdase V., en la Aduana de Buenos Aires hay depositados efectos cuyo valor pasa de cuarenta millones de pesos; vea V. si lográsemos que se extrajeran para el Interior, como tendríamos los fondos del Estado por derechos cinco millones que todo lo alentarían”. Este párrafo es una profunda denuncia de la concentración de riquezas de parte del estado de Buenos Aires en contra del interior y a favor de un proyecto contrario por el que pelean los mejores hombres, “los héroes de la Patria”, al decir de Belgrano, las mayorías populares, en términos contemporáneos.
Lo cierto que Don Manuel hasta pensó en hacer navegable al río Bermejo, proyecto que hasta ahora, en el crepuscular inicio del tercer milenio sigue siendo una quimera para los argentinos.
En realidad, una clara descripción del movimiento de fuerzas productivas de un país pensado desde adentro en pleno ejercicio del desarrollo del mercado interno para que luego se extienda a otros rubros.
Es el mismo plan de Mariano Moreno, Artigas y San Martín.
El camino por el cual debería sostenerse “la nueva y gloriosa Nación” sobre “la faz de la Tierra”, como dicen los versos nunca cantados del Himno Nacional.
He allí el verdadero proyecto político económico inconcluso. El que todavía no se llevó adelante y que requiere una práctica autónoma y coherente con aquellos deseos incumplidos. En esas ideas fuerzas está la suerte de una Argentina para las mayorías.
De allí que Belgrano también sea parte de la necesaria historia política del futuro.
Urgencias, corrupción y compromiso existencial
“A Dios que el tiempo me apura”, le dijo en una carta a Moreno, el 8 de octubre de 1810. Confiaba convertir un ejército de gauchos en soldados para presentarlos como tales a sus “compañeros de fatigas por la Patria”.
Remató estancias y enfervorizado le indicaba al secretario de la Junta: “Nada, mi amigo. Ya este edificio no viene abajo, Usted como más joven, lo disfrutará tranquilamente, y cooperando con sus conocimientos a su decoración y grandeza”.
Atacó la corrupción y la describió.
“Mi amigo, todo se resiente de los vicios del antiguo sistema, y como en el era condición, sine qua non, el robar, todavía quieren continuar y es de necesidad que se abran mucho los ojos en todos los ramos de la administración, y se persiga a los pícaros por todas partes, porque de otro modo, nada nos bastará. Basta mi amado Moreno, desde las 4 de la mañana estoy trabajando y ya no puedo conmigo”, redactó el 20 de octubre de 1812.
Una y otra vez habla de la corrupción de los dirigentes que ocupan cargos en el naciente estado: “Tomando la máscara de patriotas no aspiran sino a su negocio particular y a desplegar sus pasiones contra quienes suponen enemigos del sistema acaso con injusticia, porque desprecian su conducta artificiosa y rastrera”. Repetía:”No veo más que pícaros y cobardes por todas partes y lo peor es que no vislumbro todavía el remedio de este mal”.
Es un apasionado. Siente bronca, impotencia, grita y sigue adelante.
Se siente empujado por una creencia y tiene ideas políticas y económicas para el futuro.
Por eso dice frases como estas: “En vano se quema uno la sangre”; “dinero y pólvora y vamos adelante”; “la tropa está toda desnuda, después de haber viajado más de 400 leguas, casi siempre con aguas, ni la falta de lienzos, porque estos pueblos se hallan en la mayor miseria”; “tengo al ejército falto de todo”; “que no se oiga ya que los ricos devoran a los pobres y que la justicia es para aquellos”; se queja, arde y exige Belgrano ya transformado en militar, lejos de Buenos Aires, de las comodidades que supo ganarse y a punto de comprobar que la revolución que impulsa lo dejará exiliado en sus propias tierras.
Habla de la “España Americana”, una idea que refuerza la interpretación de que la revolución tenía un concepto liberal contra la dominación napoleónica y que fue antimonárquica y antieuropea. Se funda en la identidad que dio el virreynato del Río de la Plata pero se proyecta continental y autónoma. Por eso insiste en su origen, habla de “los Americanos”.
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“Siempre me toca la desgracia de buscarme cuando el enfermo ha sido atendido por todos los médicos y lo han abandonado: es preciso empezar con el verdadero método para que sane, y ni aún para esto hay lugar; porque todo es apurado, todo es urgente y el que lleva la carga es quien no tuvo la culpa de que el enfermo moribundo acabase”, le dijo a Rivadavia el 30 de junio de 1812. Pero Belgrano seguirá adelante.
“La vida es nada si la libertad se pierde”, le escribió a Gaspar de Francia en enero de 1812, en cuyo texto subordina la suerte individual a la colectiva. “No me atrevo a decir que amo más que ninguno la tranquilidad, pero conociendo que si la Patria no la disfruta, mal la puedo disfrutar yo”, sostuvo Belgrano. Y era cierto.
El por qué de la bandera
“He dispuesto para entusiasmar las tropas y estos habitantes que se formen todas aquellas y hablé en los términos de la copia que acompaño. Siendo preciso enarbolar Bandera y no teniéndola la mandé hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional, espero que sea de la aprobación de VE”, remitió al gobierno desde Rosario el 27 de febrero de 1812.
“No había bandera y juzgué que sería la blanca y celeste la que nos distinguiese como la Escarapela y esto con mi deseo de que estas provincias se cuenten como una de las Naciones del globo, me estimuló a ponerla. Vengo a estos puntos, ignoro como he dicho, aquella determinación, los encuentro fríos, indiferentes y, tal vez, enemigos; tengo la ocasión del 25 de Mayo, y dispongo la bandera para acalorarlos, y entusiasmarlos, ¿y habré, por esto, cometido un delito?. Lo sería si a pesar de aquella orden, hubiese yo querido hacer frente a las disposiciones de VE, no así estando enteramente ignorante de ella, la cual se remitiría al Comandante del Rosario y la obedecería, como yo lo hubiera hecho si la hubiese recibido”, respondió Belgrano a la acusación en su contra por haber inventado la bandera.

“La bandera la he recogido y la desharé para que no haya ni memoria de ella y se harán las banderas del regimiento número seis, sin necesidad de que aquella se note por persona alguna, pues si acaso me preguntaren por ella, responderé que se reserva para el día de una gran victoria para el ejército, y como esta está lejos, todos la habrán olvidado y se contentarán con lo que se les presente” dijo con amargura y bronca.
“En esta parte VE tendrá su sistema al que me sujeto, pero diré también, con verdad, que como hasta los indios sufren por el Rey Fernando VII y les hacen padecer con los mismos aparatos que nosotros proclamamos la libertad, ni gustan oir el nombre de Rey, ni se complacen con las mismas insignias con que los tiranizan”, desafía Manuel.
“Puede VE hacer de mi lo que quiera, en el firme supuesto de que hallándose mi conciencia tranquila y no conduciéndome a esa, ni otras demostraciones de mis deseos por la felicidad y glorias de la Patria, otro interés que el de esta misma, recibiré con resignación cualesquier padecimiento, pues no será el primero que he tenido por proceder con honradez y entusiasmo patriótico”, remarcó.
“Mi corazón está lleno de sensibilidad, y quiera VE no extrañar mis expresiones, cuando veo mi inocencia y mi patriotismo apercibido en el supuesto de haber querido afrontar sus superiores órdenes, cuando no se hallará una sola de que se me pueda acusar, ni en el antiguo sistema de gobierno y mucho menos en el que estamos y que a VE no se le oculta…sacrificios he hecho por él”, terminaba aquella carta del 18 de julio de 1812.
A pesar de haber sido acusado de insubordinación, juzgado en dos oportunidades más por supuesta impericia y perseguido por la indiferencia de Buenos Aires, Belgrano siguió ocho año más bregando por el nuevo país imaginado y soñado en las febriles jornadas de mayo de 1810.
La osadía de haber creado la bandera lo exilió en forma definitiva de los intereses del puerto en relaciones carnales ya con Gran Bretaña.
Su ardiente pasión sería usada para terminar la guerra de la independencia pero sus ideas políticas económicas fueron sepultadas bajo la falsificación histórica y su suerte individual disuelta en la pobreza.
Mitre, sesenta años después, alzaría el pedestal de un Belgrano vacío de contenido, saqueado de sus proyectos y deseos.
Ese es el Belgrano que hay que continuar para que haya futuro en la Argentina.
De eso hablan estas líneas.

Soberanía y respeto para los vencidos
Con respecto a las relaciones con las potencias europeas, Belgrano sugería una posición política abierta pero firme en el concepto de la soberanía.
“Ellas (las naciones europeas) tendrán cuidado de traernos lo que necesitemos, y de buscar nuestra amistad por su propio interés…es preciso hacerse respetar y que se guarde el decoro debido al gobierno; lo demás nos traerá infinitos males: cuando se mande una cosa, o siquiera se diga, es preciso sostenerla aunque vengan rayos, lo demás se reirán de VS y los burlarán”, aconsejó.
No son pocas las cartas en las que Belgrano marca el trato que debe dársele a los prisioneros de guerra. Palabras que vienen bien contradecirlas con los dichos y hechos de los generales que dijeron continuarlo en los años setenta del siglo XX.
“No les falte el alimento precio, tomando las providencias al efecto, del lugar donde deberán parar; que asimismo ningún individuo los insulte sino que sean bien tratados en la carrera toda” , ordenó en la misma línea de pensamiento de San Martín y hasta del propio Chacho Peñaloza que luego sería ultimado de la manera más perversa.
Este Belgrano que no para de reclamar armas y dinero para los suyos, es un político metido a militar que tiene en claro que la soberanía y los gestos cotidianos hacen a la coherencia y al éxito de un proyecto colectivo y estatal.
Semejantes frases también fueron escamoteadas de la historia oficial y del Billiken.
“Soy de la opinión, mi amigo, que hasta las acciones felices en la milicia, deben juzgarse”, sostuvo. Con una concepción de la ética pública distante de los hechos practicados en los últimos treinta años de historia política argentina.
“El ganado no aparece y yo no lo he de arrebatar de los campos, tampoco los caballos que me dice el delegado directorial, y ni pienso tocar uno que no sea venido de ese modo…desengañémonos, nuestra milicia, en la mayor parte, ha sido la autora, con su conducta, de los terribles males que tratamos de cortar”. Era abril de 1819. Un anticipo del saqueo material y humano que se llevó adelante durante el terrorismo de estado entre 1976 y 1983.
El desprecio de Buenos Aires
Un Belgrano que puesto en “descubridor” del país y su gente real, critica los planes hechos desde los escritorios del puerto bonaerense siempre proclive a inclinarse ante lo extranjero y ningunear el interior.
“Para el tratado, que se criticará por los que viven tranquilos en sus casas y discurren con el buen café y botella por delante, mas he tenido en vista la unión de los Americanos y aun de los de Europa, que otra cosa; y si no me engaño me parece que la he de conseguir…Quisiera volar al Interior; pero es mucho lo que hemos sufrido y después de una acción tan reñida hay mucho que componer, mucho que arreglar; por otra parte, el tiempo de aguas nos es muy perjudicial y se me ha enfermado la gente del maldito chucho, bien que no es extraño pues se han padecido aguas, hambres, vigilias y cuanto es consiguiente para haber logrado lo que se logrado”, describió desde Salta, el 28 de febrero de 1813. Su lector era nada menos que Juan José Paso, otro de los 162 que se atrevieron a inventar un país aquel 25 de mayo de 1810.
“Siempre se divierten los que están lejos de las balas y no ven la sangre de sus hermanos, ni oyen los ayes de los infelices heridos; también son esos mismos los a propósito para criticar las determinaciones de los jefes; por fortuna dan conmigo que me río de todo y que hago lo que me dicta la razón, la justicia y la prudencia, que no busca glorias sino la unión de los Americanos y prosperidad de la Patria”, vuelve a desafiar Belgrano.
El puerto lo desprecia. “De Buenos Aires me apuran, según costumbre, y no quieren creer lo que cuesta cada movimiento del Ejército: ya se ve, están lejos, y no conocen el país, o no lo han estudiado”, escribía en mayo de 1813.
Exigió coherencia pero sabe que su voz será olvidada en un páramo político. Lo usarán pero no llevarán adelante sus ideas. “Si los encargados de la autoridad pública en todos los pueblos no ponen su conducta y los sentimientos de su corazón en concordancia con sus palabras, y si unos destruyen por una parte, al paso que otros edifican por otra, a costa de los mayores desvelos y sacrificios”, apuntó en septiembre de 1813.
Pero Belgrano ya sabía su condena.
Su manera de actuar y pensar, su adhesión permanente al proyecto de Mariano Moreno y su idea de hacer política desde las masas, lo sentencian.
“Nada puedo remediar, nada puedo hacer; y sólo me pongo en las manos de la Providencia por no caer en una desesperación espantosa”, escribió en octubre de 1816. Ya había sufrido un tercer consejo de guerra y comenzaba a ser perseguido por sus amores con Dolores Helguero.
Todavía sufriría cuatro años más de soledad.
“Es preciso revestirnos de paciencia y sufrir la pobreza”, le confesó a Güemes en enero de 1817.
Un año antes de morir, en marzo de 1819, le escribió al hacendado Cornelio Saavedra y se calificó de formar parte de un grupo de “pobres diablos” que andan “en trabajos”. Saavedra lo ignoró.
Su última carta, la del 9 de abril de 1820, es una confesión de derrotas.
Un descenso personal y colectivo. “Nada se de la familia desde que salí de esa, no he podido escribir, por mis males, y porque además, las incomodidades del camino no me lo han permitido…Me he encontrado con el país en revolución…”, dice el texto y luego se pierden las palabras de Belgrano por una rotura del papel.

Ya ni siquiera tiene la bandera de Vilcapugio.
No tiene dinero ni honores. El país que descubrió se hace a imagen y semejanza de los pocos que disfrutaron mientras sus vísceras se enfermaban al conjuro del desprecio de sus ideas políticas y económicas.
Se murió el 20 de junio de 1820. Le pagó a su médico de cabecera con una incrustación de oro que tenía en su dentadura.
El estado nacional conformado después de los años setenta del siglo XIX lo convertiría en un héroe de la abnegación y nada más que eso. Al servicio de la imagen de un político sumiso frente a los militares. Le otorgarán el rango de creador de la bandera pero jamás contarán que era un símbolo para enfrentar la indiferencia. Un símbolo para movilizar a los anónimos en pos de un proyecto nuevo, distinto. Tampoco se dirá que semejante invención mereció la desaprobación y su primer consejo de guerra.
Belgrano fue un político que pensó un país para las mayorías desde un estado que fomentara una economía basada en el mercado interno, la educación, el empleo y la soberanía política en relación íntima con los demás países de América del Sur.
El sujeto histórico para Belgrano eran las masas del interior del país.
Creía en la honestidad y en la ética pública como concepto preliminar para exigir morales individuales. Donó, permanentemente, la mitad de su sueldo.
Nunca renunció a la lucha iniciada en los días de mayo de 1810.
Este Belgrano desconocido, desfigurado por tantas avenidas, bronces, parques y monumentos, es el que necesariamente les habla a los contaminados por la indiferencia que el sistema esparce entre los que son más en estos arrabales del mundo.
No solamente su proyecto es indispensable para modificar el presente, sino también su pasión por transformar las individualidades a partir de la ética y la coherencia de los dirigentes.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Acho Manzi nos habla de su padre el Gran Homero.

Homero Luis Manzione, tal su nombre completo, había nacido el 6 de marzo de 1933 en Boedo, fruto del matrimonio entre el autor de Malena y Casilda Iñíguez Vildósola. Heredó la vocación poética de su padre y ya a los 15 años había escrito junto a él la letra de El último organito.   “Mi composición inicial se tituló Rey del bosque, un fox trot que me lo grabó la Jazz Santa Anita. Le siguió otro fox trot, Ceniza al viento que, como el anterior, también hice en letra y música. Poco después, en 1948, me pasé a las filas del tango y compuse El último organito, que firmé simplemente como Acho, como a todas mis piezas iniciales. Luego de la muerte de mi padre, comencé a usar el Manzi”. Acho Manzi falleció en el año 2013 a los 80 años y nos dejó recuerdos de ese gran intelectual Argentino a quién llamaba Papá:
Homero murió cuando su hijo tenía 17 años, y desde entonces Acho dedicó sus esfuerzos a mantener viva la memoria de su padre. En 1954 le compuso un poema que años más tarde, con música de su amigo el Tata Cedrón, se convertiría en un tango, titulado justamente Padre: Si ayer tan sólo fuiste, un gigante bueno y triste.../Qué garras despiadadas te arrancaron de mí./ Te fuiste en un instante que mi alma te alcanzaba.../ Y te necesitaba para poder seguir./ Recuerdo el día triste, más triste que ninguno.../ Me llamaste a tu lado para decirme adiós./ Pusiste en mis manos, tu nombre con mi nombre.../ Me hablaste de hombre a hombre, detrás de un lagrimón./Padre que me ha abandonado/ Y que el tiempo ha llevado/Muy lejos de mí.../ Te necesito a mi lado,/ Preciso el consejo/ Que nunca te oí.../ Sé que serías mi amigo,/ Y más dulce testigo/ De lo que viví.../ Sé que preciso tu mano,/ En el largo camino/ Que se abre ante mí.../ Tus manos se hacen largas, tus ojos se hacen sombra.../ Y nunca claudicaste tu forma de vivir./ A veces me sorprende la gente que te nombra.../ Nunca te resignaste por tener que partir./ Tus horas son mis horas, son parte del destino.../ Tu lucha sin banderas me ha dejado un confín,/ De gente que te escucha, de juventud, de amigos/ De un mundo sin olvido, de un mundo para mí...
Poeta, tuerca, inventor, sobreviviente de un cáncer y radioaficionado nacido en Boedo, vivió en el barrio de Sur, calle Garay 3471 y luego se mudó  dos cuadras, a la calle Oro, para estar cerca del hipódromo de Palermo...
Homero Luis Manzione pasó mas de tres lustros en los Estados Unidos, aligerado del titulo de "Acho Manzi, el hijo de Homero Manzi, el autor de Sur" con el que todo porteño que se precie siente la necesidad de identificarlo en la vida publica, en el café o en el banco.
Cuando era un fornido jovencito de bachillerato, escoltó más de una vez a su padre -debilitado por el cáncer- a estudios de filmación y salas de conferencia. Actividades que el poeta parecía multiplicar desesperadamente, apremiado por el acecho de la muerte. Tenía diecisiete años aquel día de 1951 en que Homero, el robusto Barbeta, demacrado hasta lo irreconocible, dejó de vivir.
La primera y única colaboración de Acho como músico con su padre es el tango El último organito (cuya autoría, repetidamente discutida y atribuida alternativamente a Nelly Omar y a Aníbal Troilo, ratifica)
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Algunos años más tarde, en los '60, pleno imperio del Club del Clan, Manzi hijo logró asomar como autor de tangos, de los que solían destacarse sus rasgos “de actualidad”, en especial con una serie de obras como letrista en colaboración con el músico Roberto Pansera. Después, huyéndole al peso de ser el hijo de Homero Manzi, prefirió el anonimato de una vida aventurera en los Estados Unidos. Lejos, se guardó los recuerdos de la vida y de la época del viejo - que en su memoria tienen el encanto y también la vaguedad de la infancia -, y el sueño  de ser poeta.

Pero la experiencia de enfrentar él mismo un diagnóstico de cáncer cambió definitivamente sus planes. Ahora se reparte entre la recopilación de la obra integral de Homero, el desarrollo de su propia obra como letrista en colaboración con el músico Juan Tata  Cederrón, y la organización de su regreso.  Acho revivió paso por paso, mentalmente, todo  el proceso de la enfermedad de su padre, que empezó a sus 14 años. Eso fue muy doloroso para él. Aunque durante buena parte de ese tiempo estuvo pupilo en el colegio San José, los fines de semana se quedaba en su casa. Él veía salir a su madre en silencio del dormitorio, con las bandejas de las curaciones, y a él, seguramente esas imágenes no se le borran.

Cuando le dieron su diagnostico, lo tomó de tal manera que decidió irse a curar solo. Unos amigos que se iban a España le dejaron una casa enorme en California, en medio del campo. Se llevó sus muebles y su computadora y se puso a pasar los poemas del viejo. Entró en un espinal descendente, buscando un lugar donde hacer pié. Empezó a sentir síntomas físicos que no le gustaban nada.  Pero no estaba en absoluto decidido a tratarse hasta que conoció a Silvia, una licenciada en letras radicada allá, que estaba investigando sobre temas de tango. Se hicieron amigos, y para él fue un encuentro mágico. Ella lo convenció de la necesidad de hacerlo entender

Sobre los vidrios de las ventanas del bar que ocupa la esquina de San Juan y Boedo, luce cuidadosamente pintado el nombre Homero Manzi. El más clásico retrato del autor de Sur, a gran escala, sonríe desde la pared. La búsqueda de parecidos no ofrece obstáculos: Acho tiene la misma barba, su mirada, su nariz. Y la misma sonrisa de la foto cuando sentencia: "Tengo claro que elegí el camino más tortuoso. El camino de escribir siendo el hijo de un monstruo de los tangos".
En algunos de los reportajes hechos a Acho Manzi, él ha narrado anécdotas vividas junto a su padre; a continuación destacaremos algunas de las mismas:
-"En los primeros tiempos escribía sus trabajos en una vieja máquina Royal que luego cambió por una Underwood, relativamente portátil, con su caja negra. Pero en sus viajes usaba una portátil marca Hermes. En esquina, frente a la florería de Pablito, que quedaba en la esquina de avenida Alvear, lo esperaba el taxi de Manolo, un doble faetón Plymouth".
 -"El viejo siempre tenía buen humor y en el barrio todo el mundo lo conocía; era una época en que muy pocos porteños  gastaban barba y su estampa se había hecho popular porque hablaba con todo el mundo desde el balcón. Al diariero le gritaba '¡Señor periodista! Traeme tal o cual revista'. Le hacía bromas al fiambrero, Manuel Fiorito, a quien él llamaba Manuel Guapí, porque le había contado que había viajado a Bariloche y en lugar de mencionar el lago Nahuel Huapi decía que le había impresionado el lago Manuel Guapí. Era amigo de Luis Angiorama, el tintorero, al que también le hablaba desde el balcón. Tampoco le gustaba ir a la peluquería, al principio se hacía cortar el pelo por nuestro portero y después venía una vez por semana Ricardo, que era un peluquero que tenía el negocio, con venta de lotería. El Viejo era Genial."
-"Le gustaba ir al Hipódromo. En las carreras a veces perdía todo: un día volvió sin el auto".
Existe una anécdota narrada por Acho, relativa a los versos para una payada dedicada a Perón, que Homero redactó a pedido de Hugo del Carril, quien cantaría en un almuerzo que se llevó a cabo en la residencia presidencial. -"Hugo le preguntó por teléfono qué podía cantar y el viejo le preparó una letra de payada. Una hora después me pidió que se la alcanzara a Hugo hasta su casa, que quedaba en la esquina de la nuestra".
-"Al mismo almuerzo, pero más tarde llegó Evita. Enterada de la payada le preguntó a Hugo quien la había escrito. Al enterarse de que había sido 'El Barba', le dijo sonriente: ¡Dígale a Manzi que si no me escribe una a mí, me voy a enojar!. Así nació la segunda payada, esta vez dedicada a Eva Duarte".
-"Mi padre ingresó al Instituto del Diagnóstico para ser operado por segunda vez por el doctor Abel Canínico. Estaba en el primer piso del edificio, en plena recuperación. En esos días entró Eva Duarte para ser atendida, alojándose en el segundo piso del mismo sanatorio. Homero hizo comprar una cadena de oro con una medalla de la Virgen y escribió una nota donde decía que se la enviaban las enfermeras del primer piso. Las enfermeras le pidieron a mi abuela Ángela que ella se la entregase a Eva. Evita no creyó que fuera un regalo de las enfermeras, y le dijo a mi abuela '¡Dígale a su hijo que muchas gracias!'".
El hijo de Manzi, Acho, contó que un día había sorprendido a su padre, mirando en el espejo su rostro demacrado mientras decía: "¡Y pensar, Barbeta, que te vas a morir!
-"En la última operación de médula espinal, realizada a propuesta de Matera para quitarle los dolores, Manzi pidió que retrasaran su paso al quirófano, porque tenía un dato en la segunda carrera de San Isidro y no se lo quería perder".
-"Tenía unos dolores espantosos y cuando estaba en casa, alguna vez tuve que ponerle yo mismo una inyección de calmantes, porque no se podía esperar a que llegara la enfermera. Pero en cuanto le hacía un poco de efecto se ponía a trabajar de nuevo”

El odio "libertador": Eva Perón. Un cadáver secuestrado, ultrajado y desterrado

Por Sergio Rubín

El cuerpo de Eva Perón, robado de la CGT por la Revolución Libertadora, estuvo casi 16 años oculto. Catorce, en un cementerio de Milán con un nombre falso. En 1971 le fue devuelto a Perón.
Fue uno de los secretos mejor guardados de la historia argentina. En torno a él se creó una macabra leyenda que mezcló realidad con ficción. Durante casi 16 años los argentinos se preguntaron adónde estaba el cuerpo de Eva Perón.
La historia arrancó la noche del 23 de noviembre de 1955, dos meses después de la Revolución Libertadora, cuando un perturbado teniente coronel Carlos Moori Koenig, por entonces jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), al frente de un comando, irrumpió en la sede de la CGT. Presuroso, se dirigió al segundo piso, donde estaba depositado el cuerpo. Y, en presencia de un aterrado Pedro Ara, el célebre embalsamador del cadáver, que temía por la integridad de su obra maestra, retiró los restos y se perdió en la oscuridad. Desde entonces poco se sabría del destino del cuerpo hasta su devolución a Perón, en 1971, en Madrid.
Con todo, algunos sorprendentes avatares del destino del cadáver trascendieron. Porque Moori Koenig, desoyendo la instrucción del presidente Pedro Eugenio Aramburu de darle cristiana sepultura (léase enterrarlo clandestinamente), sometió en los primeros meses al cuerpo a un insólito "paseo" por media ciudad de Buenos Aires en el furgón de una florería. Insólitamente intentó sin éxito dejarlo en una unidad de la Marina —la fuerza más antiperonista— y lo depositó en el altillo de la casa de su segundo, el mayor Arandía. En una noche de horror, creyendo que la resistencia peronista había entrado a su casa para llevarse el cuerpo, Arandía mató a tiros a su mujer embarazada.
Moori Koenig tenía locura con el cadáver. Llegó a parar el féretro en su despacho y manosearlo, entre otras bajezas. Se dedicó, incluso, a mostrárselo a sus visitantes. Hasta que uno de ellos, la recordada cineasta María Luisa Bemberg, corrió espantada a comentarle el hecho a su amigo, jefe de la Casa Militar, el capitán de navío Francisco "Paco" Manrique.
El dato llegó a oídos de Aramburu quien, consternado, dispuso el relevo de Moori Koenig y colocó en su lugar al coronel Héctor Cabanillas, que debía cumplir con la orden de darle cristiana sepultura. Pero nadie en el Gobierno tenía un buen plan.
Para colmo, cerca de donde estaba el féretro, aparecían fotos de Evita y velas, que confirmaba que los peronistas conocían su paradero. Consciente del problema, el jefe del regimiento de Granaderos a Caballo, el teniente coronel Alejandro Agustín Lanusse, con la ayuda del capellán de la unidad y amigo, Francisco "Paco" Rotger, diseñó un plan para ocultar el cuerpo con la colaboración de la Iglesia. Lanusse, un militar osado y ambicioso, deseaba complacer a Aramburu, a quien admiraba. Y, de paso, sacar de circulación el principal emblema peronista. Rotger diría que quería salvar el cuerpo ante la amenaza de su destrucción.
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El plan —revelado con minuciosidad por una investigación de Clarín de 1997— consistía en el sigiloso traslado del cuerpo a Italia y su entierro en un cementerio de Milán con un nombre falso. La clave era la participación de la Compañía de San Pablo —comunidad religiosa de Rotger—, que custodiaría la tumba. Su intervención tenía la ventaja de cortar prácticamente todos los caminos que condujeran al cuerpo. Pero tenía un doble desafío para Rotger: que el superior general de los paulinos, el padre Giovanni Penco, ayudara; y que el papa Pío XII no se opusiera.
En pos de estos objetivos, Rotger viajó especialmente a Italia. Luego de largos conciliábulos, que estuvieron al borde del fracaso, el sacerdote obtuvo luz verde. A su regreso al país, Cabanillas puso en marcha el llamado Operativo Traslado. Cabanillas sabía que los peronistas andaban cerca y también se dedicó, aunque respetuosamente, a cambiar permanentemente de lugar el féretro hasta que fue embarcado en el buque "Conte Biancamano" con destino a Génova.
El féretro fue llevado por el oficial Hamilton Díaz y el suboficial Manuel Sorrolla. En el puerto italiano, lo esperaba el propio Penco. El cadáver —bajo el nombre de María Maggi de Magistri— fue enterrado en el cementerio Mayor de Milán (equivalente a Chacarita). Penco le encargó a una laica consagrada, Giussepina Airoldi, que le llevara flores, según le dijo, a "una bondadosa mujer italiana que había muerto en la Argentina a raíz de un accidente automovilístico y deseaba ser enterrada en su tierra natal". Airoldi cumplió puntillosamente con el cometido durante 14 años.
En aquellos casi tres lustros, sólo Cabanillas sabía exactamente dónde estaba el féretro. La cuestión del cadáver volvió a tomar vigencia a mediados de 1970 cuando los Montoneros, en su sangriento debut, secuestraron a Aramburu y exigieron la aparición del cuerpo de Evita. Cabanilas se movilizó para devolverlo, pero no llegó a tiempo: el ex presidente fue asesinado. Al año siguiente, siendo ya Lanusse presidente, inició el deshielo con el peronismo y, como gesto, devolvió el cuerpo a Perón.  Rotger debió entonces viajar a Milán para conseguir la colaboración del nuevo superior general de los paulinos, el padre Giulio Madurini —Penco había muerto en 1965—, lo que obtuvo. Prontamente, Cabanillas y Sorolla viajaron a Italia —ahora los Montoneros y el secretario general de la CGT José Ignacio Rucci estaban cerca de dar con la tumba— para cumplir con el denominado Operativo Devolución. El cuerpo fue exhumado el 1° de setiembre de 1971, llevado en un furgón a España y entregado a Perón en Puerta de Hierro dos días después en presencia de su tercera esposa Isabel Martínez.
La operación eclesiástico-militar había sido un éxito. Pero no hubo acuerdo sobre el estado del cuerpo. Para Ara, que lo vio 24 horas después, estaba casi intacto. Para las hermanas de Evita y el doctor Tellechea, que lo restauró en 1974, estaba muy deteriorado. Perón regresó al país, pero sin el cadáver de Evita. Persistentes, los Montoneros secuestraron entonces el cadáver de Aramburu y dijeron que lo devolverían cuando fueran repatriados los restos de "la compañera Evita". Pero sería Isabelita, ya muerto Perón, la que dispondría traerlos al país.   Con el golpe militar de 1976, el cuerpo —que estaba en la quinta de Olivos— fue entregado a la familia Duarte y depositado en el panteón familiar del cementerio de Recoleta, bajo dos gruesas planchas de acero. Nadie se anima a asegurar que sea el final de una agitada inmortalidad.
*Sergio Rubin es autor de "Eva Perón: Secreto de Confesión, cómo y por qué la Iglesia ocultó 16 años su cuerpo". Editorial Lolé Lumen. Julio 2002. 

martes, 2 de mayo de 2017

Los Uriburu, "La Familia Afortunada"

por Diego Cornejo Castellanos
 Los orígenes de esta familia se remontan a las tierras situadas en el Señorío de Vizcaya (Reino de España), y más precisamente de Mendata, de donde fueron oriundos los primeros Uruburu. Allí contrajeron matrimonio don Francisco de Uruburu y Ajuria Auxocoa con María Cruz de Lamiquiz Beterrechea y Goira, cuoyo primer vástago se llamó Joseph, quien vino al mundo en septiembre de 1757, y a partir de él se trocará la denominación del apellido de Uruburu en Uriburu.
Aquél joven junto a su connacional, don José Ignacio Benguria, emprendieron su viaje a América, como muchos en busca de perspectivas más favorables de índole  económicas, y en medio del esplendor del siglo XVIII, arribaron a Salta, que por entonces gozaba de gran predicamento entre las ciudades del Virreinato, no sólo por su desarrollo comercial, sino social y cultural.
Tanto Uriburu como Benguria, a medida que se integraron y  construyeron sus incipientes patrimonios, de manera gradual, procuraron entablar vínculos con damas pertenecientes a las viejas familias salteñas, y ambos hechos serán determinantes -- en particular para el joven Joseph -- para fundar, quizás sin pensarlo una familia que hizo historia y tuvo profunda gravitación en la vida de Salta y de nuestra República.
Joseph contrajo matrimonio con doña Manuela de Hoyos y Aguirre, y tuvieron por hijos a: Manuela, Dámaso, Evaristo, Vicente, Pedro, Juan Nepomuceno, Casimiro, Camilo, José María, y Juana.
A medida que evolucionaron favorablemente sus ingresos pecuniarios, y presencia social, don Joshep, adquirió su hogar. Como describe el historiador salteño, doctor Bernardo Frías “levantó su morada con el lujo de entonces, que era colocarle el altillo con grande balcón sobre la calle, defendido por baranda de hierro vizcaíno y alero sostenido por férreas columnas para resguardo de la lluvias, a pocos pasos del convento de San Francisco, donde acomodó tienda y familia”. Por entonces, a fines del siglo XVIII, Salta, contaba con una población de aproximadamente cinco mil habitantes.
¿Por qué se la denominó como "la familia afortunada"? Fue el doctor Frías, quien le acordó ese apelativo, porque a su juicio, no se hacía referencia sólo a sus logros pecuniarios, “Redondeando, redondeando se ha ido esta familia, hasta llegar a la cumbre de la perfección de la Fortuna” y concluyó a modo de definición: "Y agarraderas vienen para sostenerla en las alturas a que ha trepado, no diremos por años y años, sino por siglos; cosa que la caprichosa Fortuna no lo ha realizado tan grande ni tan sólidamente con ninguna otra familia que sepamos. Habrá pues, razón para llamarla: “La Familia Afortunada”."
En enero de 1831, falleció don Joseph Uriburu, contando tan sólo con 64 años de edad, y al momento de su partida iba acrecentándose su numerosa familia, cuya mayor gravitación la alcanzaría, durante un extenso período del siglo XX.
Los Uriburu, fueron actores de procesos político-militares, que dejaron su impronta hasta nuestros días, participaron en ambos grupos, unos apoyaron la Revolución de Mayo en Salta, y otros miembros de la familia, encabezados por don Joshep, se unieron al grupo que respondía al depuesto Rey de España, luego se enfrentaron con el estilo político implementado por el General don Martín Miguel de Güemes, primordialmente cuestionaron medidas implementadas por su gobierno.
Durante la etapa de confrontación con la gestión gubernamental del Gral. Güemes como gobernador de Salta, el mayor de los Uriburu, fue un tenaz opositor al héroe gaucho, y por esa causa decidió formar una nuevo partido político denominado la Patria Nueva. Entre sus miembros se contaron el doctor Facundo de Zuviría (izquierda)y José Marcos Zorrilla. La disparidad de criterio con el caudillo, se basó por haber establecido un aporte pecuniario a toda la población, dado que Güemes, careció de ayuda alguna del gobierno nacional, para hacer frente a las tropas realistas, y proveer de sustento a sus tropas. Tales demandas eran legítimas, pero sectores intolerantes y con solvencia económica interpretaron, que ya no podían continuar aceptando tales requerimientos.
En mayo de 1821, encontrándose ausente el Gral. Martín Miguel de Güemes, la oposición depuso al mandatario mediante una mera disposición del Cabildo, rubricada por todos los  miembros del grupo opositor. En junio de 1821, fallece el caudillo salteño, y sus contendientes deciden dar término a las hostilidades, entre ellos se destacó el novel abogado Facundo de Zuviría, don Baltasar Usandivaras, Juan F. Valdez, y Dámaso Uriburu. Entre medio de estas escaramuzas, Dámaso contrajo matrimonio con doña Teresa de Póveda e Isasmendi, de cuyo retoño nació su hijo José.
Cuando arriba a Bolivia, exiliado por primera vez, se abocó a formalizar una sociedad minera, y viudo de Teresa Póveda, y en virtud de los numerosos vínculos sociales, casó nuevamente con doña María Rita Cabero, hija de una tradicional familia de La Paz. Al tiempo, que conformó con don Gregorio Beeche y Máximo Zamudio, una sociedad para la explotación minera. Frías, los describe risueñamente: “Ahora los de la Patria Nueva llamábanse Unitarios. Seguían a Rivadavia como la modista al patrón para cortar sus trapos.” Fueron recurrentes ausencias de don Dámaso de Salta, en virtud de luchas políticas locales, y llegó o¿a permanecer exiliado por un lapso de nueve años, residiendo en Bolivia. Desde allí, y en virtud de de sus dotes diplomáticas, el presidente del vecino país, el Mariscal Sucre, lo envío como representante de Bolivia para oficiar como negociador ante el gobierno chileno, para poner término a un diferendo entre ambas naciones.
Luego de sus incruentos intentos por el ambiente comercial, la fecunda y controvertida existencia de don Dámaso, se extinguió en la localidad de Cinti, Bolivia, el 1º de mayo de 1857.
Al abordar a los hermanos Evaristo y Juan de Uriburu, se aprecia en ambos, una afinidad sobre las motivaciones a las que fueron afectos, vale el acrecentamiento de su poder político y económico. Don Evaristo, se volcó al bando unitario, al parecer, tal postura la adoptó, por ser yerno del Brigadier General don José Antonio Álvarez de Arenales, su mujer fue doña Josefa Arenales, más conocida por su apodo, doña Pepa.
Pese a la influencia de su cónyuge, don Evaristo, nunca disimuló sus simpatías por el bando federal, dicho en buenos términos, mantuvo al principio una posición ambivalente desde 1830, (Rosas, accedió al poder en 1829), pero cuando recién se comenzaban las contiendas, hasta que llegó la ocasión de manifestarse como federal de pura cepa.
Evaristo Uriburu (izquierda), se inició militarmente, primero en el ejército del Norte, bajo las órdenes del general Manuel Belgrano, y actuó en batallas como las de Salta, Tucumán, Vilcapujio y Ayohuma, y luego formó parte de las tropas del general don José de San Martín, en su campaña para el cruce de los Andes. En Salta provincia prestó servicios junto a unidades militares “Decididos”, ”Dragones”, “Cívicos del Orden”, "Patricios" e "Infernales" comandados por el general Güemes.
Fue gobernador interino de Salta en 1837. Fue en aquella  ocasión en que designó, según lo expresó el historiador Frías, “que el Señor y la Virgen del Milagro serían, de ahí en adelante, patronos de la Santa Causa de la Federación”, por entonces se desarrollaba la guerra peruano-boliviana, y su rango militar le fue reconocido primero por el brigadier don Juan Manuel de Rosas y luego por el general Justo José de Urquiza.
Entre exilios, intrigas y luchas por mantener intacta la hegemonía uriburista en Salta, el coronel Evaristo Uriburu, se mostró decidido a derrocar al gobernador salteño don Manuel Antonio Saravia, a quien su antecesor don Miguel Otero, le hizo entrega del mando, hasta su regreso, pero como don Miguel no regresó, y la Sala de Representantes, hubo de  renovarle su confianza para un nuevo período, “así seguidito, sin intervalo ni para respirar” afirmó irónicamente Frías.
El coronel Uriburu, por su temperamento severo, si bien aliado de Rosas, en más de una oportunidad, produjo importantes divisiones en el seno de partido federal, y cuando esto ocurría, Rosas no trepidaba en retacearle su apoyo, así lo atestigua la correspondencia entre ambos. En la fracción unitaria, la figura de mayor predicamento, fue el general don Manuel Solá, hombre respetado por su trayectoria militar, como también, por  la seriedad con que desarrolló sus actividades comerciales
Ya sexagenario el don Evaristo, que hubo de servir a los generales Belgrano y San Martín, tomó parte de la llamada “Revolución de los Uriburu”, que se inició por 1864, junto a hijos, nietos y sobrinos y a sus hermanos, particularmente don Juan Nepomuceno, para luego radicarse en Buenos Aires, junto a doña Pepa Arenales. Falleció el 28 de julio de 1885.
Pero no menos prolífica y recordada, fue la personalidad de don Juan Nepomuceno Uriburu (derecha), que le tocó vivir cuando un nuevo orden político reinaba la Argentina, a partir del derrocamiento de Rosas, tras triunfo del general Justo José de Urquiza, la sanción de la Constitución Nacional, y el advenimiento de las presidencias de Santiago Derqui, y a quien sucedió el general don Bartolomé Mitre.
La acción de gobierno de Uriburu, se basó por la adopción de medidas administrativas que propendieron al crecimiento de la provincia de Salta, y por otro lado, en 1864, próximo a concluir con su mandato, su sobrino José Uriburu, se levantó en armas con miras a derrocarlo y así llegar a la primera magistratura salteña. Esta lucha político-familiar, generó un sinfín de contiendas en donde hubo muertos y heridos. Lo cierto es que la llamada “farsa de los Uriburu”, diezmó el poder y presencia de la Diosa Fortuna, que en pocos años más, los volvería a acompañar. Por entonces, se comunicó a Salta, que el doctor José Evaristo Uriburu, había sido electo como diputado nacional. 
Don José Evaristo Uriburu, comenzó sus lides parlamentarias con un proyecto sobre la federalización de Buenos Aires. En 1867, es convocado por el Presidente Mitre, para desempañarse como Ministro de Justicia e Instrucción Pública, con el presidente Sarmiento, colaboró como Procurador del Tesoro de la Nación, luego fue Juez Federal de Salta, hasta que es designado Ministro Plenipotenciario en Bolivia.
De la vecina República fue comisionado a Chile en análogas funciones, y al culminar la guerra del Pacífico, ambas naciones en disputa, le solicitaron su arbitraje, el fallo del doctor Uriburu, fue acatado por las naciones en litigio. También representó a nuestra nación, ante el gobierno del Perú, en donde residió viudo, de su primera mujer Virginia Uriburu Cabero, para luego contraer matrimonio con la peruana Leonor de Tezanos Pinto y Segovia.
Proclamada la fórmula presidencial Luis Sáenz Peña- José Evaristo Uriburu, en Asamblea legislativa, y reunidos los colegios electorales, el flamante Presidente, presentó su dimisión, como prenda de paz, por las múltiples luchas que estallaban en diferentes lugares del país, y ello dio lugar a que lo sucediera su Vicepresidente. 
A lo largo de sus cuatro años en el ejercicio de la Presidencia, don José Evaristo (izquierda), mostró un carácter mesurado pero fuerte, a la hora de tomar decisiones en horas decisivas, y su extensa obra de gobierno, no es pasible de enumerarse en estas líneas. A fines de la década de 1880, el país crecía en lo económico, pero existían grupos que requerían imperiosamente su participación a nivel popular, mediante el sufragio popular con el objeto de   ese fue motivo central de la Revolución del 90, entre los salteños, que participaron de la contienda, figuró el subteniente José Félix Uriburu.
Su persona continúa siendo hasta el presente, motivo de opiniones controvertidas, a tal punto, que su sola mención se transformó en un estigma, para gran parte de los historiadores, por haber sido él, quien rompió con casi sesenta años de vida institucional argentina, al derrocar en connivencia con grupos civiles, al presidente constitucional don Hipólito Yrigoyen el 6 de septiembre de 1930. Pero este episodio que marca un antes y un después en la vida de los argentinos, no es materia de estas líneas.
Es de justicia evocar la estampas, de otros Uriburu, que descollaron en diferentes ámbitos de la vida argentina, como a don Pío Uriburu, senador nacional y gobernador de Salta, a los doctores Francisco Uriburu Gómez, legislador y defensor del petróleo en la Argentina,  otro homónimo Francisco Uriburu, hombre de gran fortuna que  residió en Buenos Aires, a toda su existencia, quien junto a su mujer Dolores Uriburu, donaron el dinero necesario para la construcción del viejo Hospital de Niños de Salta. Al doctor Carlos Ibarguren Uriburu, político, escritor, jurista, académico, Francisco “Pancho” Uriburu, periodista y escritor de fuste, cuyo periódico La Fronda, signó una etapa en la prensa nacional, a Oliverio Girondo Uriburu, poeta y escritor, al doctor Julio Cornejo Uriburu, legislador y gobernador salteño, la lista sería interminable, y al enumerarla, sin duda se incurría en omisiones no deseadas.

lunes, 1 de mayo de 2017

"La Divisa Punzó" reportaje al Profesor Julio R. Otaño

Reportaje realizado a Julio R. Otaño, profesor de Historia y Abogado en relación al tema "la divisa Punzó".
LA DIVISA PUNZÓ
Reportaje al Dr. Julio R. Otaño (abogado)
1-¿Qué es específicamente la divisa punzó?
También llamado cintillo o escarapela federal, fue durante varios años el símbolo de la lealtad al sistema federal de gobierno, con la curiosidad de que su empleo trascendió los días de la Confederación Argentina con su Jefe, el Brigadier Gral. Juan Manuel de Rosas (Gobernador de Bs As y Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación), que era donde se había originado.  Urquiza continuó utilizándola e incluso en 1880, con el intento secesionista de Carlos Tejedor muchos soldados del presidente Avellaneda lucían orgullosos su cinta punzó, especialmente los provincianos. Era una identificación plena con una argentina Nacionalista y popular y también de una genuina definición política
 2-¿era un símbolo partidario y autoritario?
Los argentinos tenemos un desconocimiento enorme de la historia Argentina: hay muchos que piensan que la famosa “grieta” es un proceso reciente descubierto por el periodista Lanata y no es así.  Desde antes de la revolución de mayo que conviven dos argentinas muy distintas y con enfrentamientos frecuentes: en las invasiones inglesas había muchos partidarios del dominio inglés, que aceptaron plácidamente la situación y la mayoría la rechazaba; ¿cuantos saben que el primer hito de la nacionalidad se desarrolló en nuestro partido de Gral. San Martín? Y que fue el combate de Perdriel (en donde hoy se ubica la fábrica Siemens sobre Ruta 8) donde gauchos y milicias fueron vencidas por los ingleses; años después vendrían el enfrentamiento entre saavedristas y morenistas; Directoriales y artiguistas; federales y unitarios; conservadores y radicales; peronistas y antiperonistas y asi siguen hasta hoy. En el período donde surge la Divisa punzó existía una guerra civil entre unitarios y federales…los primeros tenían como distintivo el color celeste y los federales el rojo punzó. Esa guerra civil se extiende entre 1828 y prácticamente 1870 y termina con la victoria final del proyecto unitario, también llamado “Liberal”.  No había “buenos y malos” sino dos proyectos enfrentados y todo comienza con el fusilamiento, sin juicio previo y de manera criminal del líder Federal Dorrego por el Jefe militar unitario Juan Lavalle.  Después de ello surgen grandes represiones de AMBOS LADOS.  La época era así…EL PARTIDISMO Y EL AUTORITARISMO ERA PRACTICADO POR AMBAS TENDENCIAS POLÍTICAS: hubo grandes represiones y actos autoritarios del bando unitario o liberal como los del Gral. Lavalle. El Gral. Paz, e incluso de Mitre y del mismísimo Presidente Domingo Faustino Sarmiento quien sostenía “no ahorre sangre de gauchos (federales) que es lo único que tienen de seres humanos. 
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3-¿Todos nombres de calles, avenidas y plazas?
Exacto y eso demuestra claramente esa verdad que sostiene que la “Historia la escriben los vencedores” y que existe por lo tanto OTRA U OTRAS HISTORIAS.  Los unitarios o liberales vencieron y Sarmiento, Mitre y Vicente F. López hicieron la “Historia Oficial”, desde 1882 hasta quizás hoy día.  Sin embargo desde hace más de 100 años surgieron movimientos culturales nacionalistas que “revisaron” la Historia y la profundizaron y ampliaron; aportando documentación y nuevas interpretaciones. Por ejemplo los historiadores nacionalistas y los del grupo FORJA.  Quienes manifestaron la importancia de la Historia y de interpretarla con un sentido Nacional,  Popular y democrático.
4-¿cómo se escribe entonces la Historia?
La historia es el relato de los sucesos, así como de su encadenamiento, ocurridos en el pasado.  La reconstrucción histórica se sostiene en dos artes o métodos: Heurística: el conjunto, acumulación y ordenamiento de testimonios que prueban la veracidad de los hechos que se relatan. Los documentos o  pruebas pueden ser: 1. Públicos: leyes, manifiestos, diarios; 2. Privados: correspondencia, contratos, objetos (casas, ropas, armas, etc.). el 2do método es la Hermenéutica: es la interpretación de ese cúmulo informativo.  Y aquí pesa la ideología, el juicio, la escala de valores del historiador.  Detrás de su relato, aun descartando su honestidad intelectual, está presente su cosmovisión ideológica
5- ¿la Historia Oficial entonces es solamente una visión o interpretación?
EXACTO.  No existe el historiador 100% imparcial y desinteresado.  Por eso existen y a Dios Gracias (sino estaríamos en una Dictadura) aún los grandes debates. Estos debates permitieron por ejemplo la revalorización de los Caudillos Federales, de los grandes intelectuales nacionalistas como José Hernández; de la lucha por el sufragio universal e incluso la valorización del radicalismo y del peronismo. En grandes momentos de nuestra historia del siglo XX, donde gobernaban Tiranías militares, esos temas o estaban prohibidos o sólo se los podía mencionar para denigrarlos y desacreditarlos
6-¿la Divisa Punzó por ejemplo?
EXACTO. Cuando yo estaba en la escuela primaria y en la secundaria en la última Dictadura Militar sólo se hablaba al mencionar la “Época de Rosas” de brutalidad, asesinatos y autoritarismo y el ÍCONO ERA LA FAMOSA “Divisa Punzó”.  Claro estaba prohibido a los docentes explicarnos que los enemigos de Rosas eran exactamente iguales o peores que el Restaurador.  JUSTAMENTE ERA IMPUESTA ESTA VISIÓN, POR LA PEOR DICTADURA MILITAR ARGENTINA DE LA HISTORIA (1976-1983).  Incluso estuvieron a punto de echarme de la Escuela Secundaria por defender la política exterior de Juan Manuel de Rosas.
7-¿Por qué se eligió ese color?
No fue Don Juan Manuel quien lo estableció sino el Padre del Federalismo, el gran prócer Oriental José Gervasio de Artigas y fundamentalmente estaba relacionado con la sangre derramada por la libertad ante España, Portugal y Brasil y por la lucha para lograr las autonomías federales de las provincias.  Además tenía su propia flor la llamada “estrella federal”.  Cuando la divisa Punzó (un rojo intenso, vivo) apareció en escena por disposición de Don Juan Manuel el color rojo aumentaba al punto de introducirse en las calles, las viviendas y en las mismas personas. Los uniformes de los escolares, los moños que lucían las damas porteñas y el chaleco de los hombres –el “chaleco federal”- eran todos de aquél color. También los carros fúnebres, la mayoría de los uniformes de los regimientos y las plumas de los caballos que trotaban por las calles.  La divisa surgió específicamente en 1832, cuando ya Rosas había vencido a las tropas unitarias y consolidado la UNIDAD NACIONAL a través del pacto federal.  Se colocaban las cintas en el pecho y hacia el lado izquierdo.  El decreto firmado por Rosas establecía “consagrar del mismo modo que los colores nacionales el distintivo federal y constituirlo, no en una señal de división y de odio, sino de fidelidad a la causa del orden y de paz y unión entre sus hijos bajo el sistema federal”. Debían usarlo, todos los empleados públicos;  Más adelante, el decreto indicaba que los militares y milicianos deberán llevar la inscripción “Federación o Muerte”, mientras que el resto solamente la palabra “Federación” en sus divisas.  Aclaremos que los unitarios se prendían un cintillo celeste y blanco en el pecho. Por ende, los federales y sus enemigos abordaban una lucha a muerte en la que las divisas cumplían, sin lugar a dudas, un rol fundamental para identificar ambos bandos en pugna.
8-¿no podemos entonces analizar el tema de la “Divisa punzó” textualmente…?
Muy bien..es así. He visto manuales de texto donde  se mostraban fotos de las divisas que se conservan y la consigna de “¿Qué opinan de ellas?” Si vemos solamente lo transcripto en las cintas o divisas y no conocemos la coyuntura política nacional e internacional o la mentalidad de la época, caeríamos en graves errores. Reitero era una guerra civil, donde “prisionero capturado era prisionero fusilado” por AMBOS BANDOS y si le añadimos el avance del Imperialismo Anglosajón y francés sobre territorios argentinos y que encima contaban con el apoyo de muchos jefes unitarios….
9-¿jefes unitarios?
Así es Lavalle, Paz, Lamadrid contaban con el respaldo del Rey Francés…cuando la increíble Flota Anglo francesa se enfrenta a los Argentinos en “La Vuelta de Obligado”, en “San Lorenzo” o en “Quebracho”, hay argentinos en los barcos invasores.  Por eso el General San Martín desde su exilio ante el patriotismo de Rosas, en su testamento legará a Don Juan Manuel “el sable” con el que liberó a Argentina, Chile y Perú…y que hoy día gracias a la hija de Rosas, los argentinos podemos admirar en el Museo Histórico Nacional
10-Evidentemente Ud. Tampoco es “neutral” y objetivo en el debate historiográfico. ¿Qué opina de Rosas?

Hace 35 años que estudio y analizo la Historia Argentina; No creo en la “neutralidad” de los historiadores, sí en la honestidad intelectual de muchos de ellos; Esa es mi consigna: permanentemente me capacito, investigo, elaboro proyectos y sobre todo leo a autores de todas las tendencias ideológicas. No creo en los hombres “Buenos” o “malos”; el maniqueísmo no es bueno.  Juan Manuel de Rosas fue un hombre de su época y producto de una sociedad rígida, inflexible.  Un Estadista con grandes virtudes y defectos y que sin embargo dejó cosas muy positivas para el país: fue el gran líder popular del siglo XIX, el gran Defensor de la Soberanía Nacional, el protector de las industrias nacionales y el forjador de la unidad territorial.  Creo que éstos fueron sus aportes y sin dudas lo ubica entre los grandes políticos de la historia.  

Susana Valle: somos Memoria

La AGRUPACIÓN JUAN JOSÉ VALLE de San Martín tiene el privilegio de ofrecer a la comunidad la excepcional obra de Mario Cura "Susana Valle. Somos memoria", unipersonal con la genial interpretación de María Barrena. La historia real del coraje, la entereza y el Patriotismo del Gral. Valle y su hija Susana en su último encuentro. Viernes 16 de Junio a las 17hs. en el Auditorio Hugo del Carril, Saénz Peña 4151 ent. San Ramón y 9 de Julio, José León Suárez.
ENTRADA LIBRE Y GRATUÍTA.
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