Rosas

Rosas

viernes, 7 de febrero de 2020

El rencor unitario


Por Julio Irazusta
Las MEMORIAS de Paz es uno de los libros más atrayentes de la historiografía nacional. Está admirablemente escrito, pese a ligeros defectos de forma, muy explicables en quien no aspiraba a ser considerado experto en el oficio de literato, y sin duda no lo redactó pensando en la posteridad, sino en restablecer verdades que creyó desfiguradas por otros. Nadie escribió con más espontaneidad ni con menos preocupación por el estilo. De haber tenido conciencia de las dotes que tenía para la tarea que emprendió en sus MEMORIAS, y sospechado que el éxito le daría la fama que alcanzó su libro, no es improbable que antes de escribirlas habría producido algún trabajo notable sobre la cosa pública, en una época en que tantos incapaces se creían autorizados a fatigar las prensas con sus inepcias.
Pese a dicha espontaneidad, o tal vez a causa de ella, y sobre todo al inmenso talento que reveló el libro, sumado a la cultura recibida en los institutos educacionales de Córdoba, las MEMORIAS son de un interés prodigioso.  Es sabido que Paz fue sorprendido por el 25 de Mayo cuando estudiaba para recibirse de doctor y que su carrera militar debióse a la circunstancia histórica: la movilización general decretada por la Primera Junta, y la reiterada insistencia de Pueyrredón —enviado por el nuevo gobierno a la capital del interior, como el hombre de encargo para neutralizar la influencia de Liniers— en que abandonara los estudios civiles por la milicia; para que, según expresión mía, cambiara la instituta por la espada. Ciudadano hasta la médula, nada de lo que vio en las variadas regiones adonde lo llevaron las necesidades del servicio, según las vicisitudes de la guerra, escapó a su aguda observación.  Al punto de que sus observaciones parecen las de un campesino, cuando se refiere a las cosas de la campaña. Lo mismo ocurre cuando habla de la alta sociedad que agasajó a los vencedores, cuando lo fueron; y en muchos casos, aun después.  Una de las observaciones más agudas formuladas en las MEMORIAS del general Paz es la que atribuye el desapego permanente del Alto Perú hacia la metropoli que era capital de una gran parte de su país, al jacobinismo de Castelli, con sus aires de convencional en misión, quien miraba impasible a sus oficiales enlazar de los frentes de los templos, para arrastrarlas por las calles de la ciudad que atravesaban, las imágenes religiosas, en un estúpido despliegue de extemporáneo anticlericalismo.
Un extraño patriota - LA GACETA Tucumán
Otro pasaje de las MEMORIAS, aporte fundamental como el anterior a la hermenéutica de los sucesos, es lo que refiere sobre los prolegómenos de la revolución de diciembre de 1828: la injustificada jactancia de Lavalle, diciéndole a su colega cordobés en la Banda Oriental: “Con un escuadrón de coraceros, meteré a los caudillos en un zapato, y los taparé con otro". El autor del libro que comentamos dice no haber compartido tan descabellada ilusión. Y le podemos creer, puesto que él, con su soberana libertad de juicio, pese a su admiración por Belgrano y por todos los patriotas que habían contribuido a darnos primero libertad o gobierno propio, y luego una patria, no dejó de ver sus errores. Y había compartido el descontento de la oficialidad joven que se sublevó en Arequito en 1820, al ver que los dirigentes nacionales desguarnecían las fronteras del norte para meter a las fuerzas armadas en la guerra civil.  Movimiento parecido al de San Martín en su famosa desobediencia.
Para terminar, me permito citar una página que escribí sobre el general hace varias décadas: “Joven de veinte años al dejar sus estudios universitarios y tomar las armas en 1810, Paz fue contemporáneo de los hombres de la independencia y de las guerras civiles. Su inteligencia superior hace sumamente valioso el testimonio que nos da su libro sobre dos épocas decisivas de nuestra historia. El mérito artístico de su narración nos apasiona por los hechos del pasado, los revive en nosotros. Su ecuanimidad nos ofrece un hilo conductor para el laberinto de natural complicación. 
La narración es en las MEMORIAS amenísima. Se las lee como una novela. El escritor elige bien los detalles, reparte equitativamente el espacio entre los mayores, los medianos y los menores, y a todos los sitúa diestramente en la amplia perspectiva de reflexiones generales, pasando siempre a tiempo de la representación concreta de los hechos a su interpretación causal, y de ésta a aquélla, sin jamás perder el hilo de la narración. 
Las MEMORIAS es uno de los libros más desprovistos de egotismo (Afán de hablar una persona de sí misma). con que cuenta el género, egotista por excelencia. El autor apenas da noticias sobre su familia, su formación, sus gustos. Y los datos personales que no podían menos que aparecer en el libro no están destinados a explicar a Paz en cuanto tal, como personalidad de excepción, sino para explicar a Paz en cuanto protagonista de los sucesos que narra. 
Lo autobiográfico en las MEMORIAS es hermenéutica antes que panegírico".
Fue irreparable desgracia para su carrera, y para el porvenir nacional, que su participación en Arequito sellara su destino. Los directoriales, y sus herederos los unitarios, jamás se lo perdonaron
Habiéndose iniciado políticamente con los futuros caudillos, no supo perseverar en esa actitud. Los unitarios los arrastraron a la aventura de diciembre en 1828.  
Pero cuando Rosas, después de haber pensado que habría sido necesario ejecutarlo en 1831, y de tenerlo cinco años en la cárcel, lo dejó en libertad, lo incorporó a la plana mayor del Ejército, y después de su fuga, le mandó ofrecer una embajada cuando ya estaba refugiado en Montevideo; no supo aprovechar el momento estelar que se le ofrecía. Su alta estrategia, sumada a la política de Rosas, habría cambiado el destino de la nación. Tal vez Dios no lo quiso. Nosotros pagamos las consecuencias.
Clarín, Buenos Aires, 10 de marzo de 1977.

miércoles, 5 de febrero de 2020

1890: Pellegrini, Roca y la Economía Nacional...


Por Ernesto Palacio
La renuncia de Juárez Celman ante la revolución del 90, consolida la alianza Pellegrini y Roca y permite al primero volver a ser dueño de la situación política.   El alivio con que la población de Buenos Aires_recibió la noticia de la asunción del mando por Pellegrini -como si ella anunciase la terminación de todos los males- se enfrió muy pronto. La crisis económica se hallaba apenas en sus comienzos y sus consecuencias se sentirían en todo el curso de la nueva administración. Diez años de imprevisión y despilfarro no podían compensarse en un día.   Contribuyó a ese enfriamiento de la opinión pública la orientación política del nuevo mandatario. Había formado sus ministerios con el doctor don Vicente Fidel López en la cartera de Hacienda, el doctor Eduardo Costa en Relaciones Exteriores y el doctor José M. Gutiérrez en Justicia e Instrucción Pública. Conservaba en Guerra v Marina al general Levalle, vencedor militar de la revolución reciente. Pero le había encomendado la cartera del Interior al general Roca, y esto bastaba para caracterizar al gabinete, no obstante la presencia en él de los dos mitristas v uno de los próceres civiles de la Unión Cívica y padre de un miembro de la Junta Revolucionaria. El ministerio de Roca significaba el control de las situaciones del Interior y el mantenimiento de la máquina eleccionaria, contra los propositos de regeneración nacional sobre la base del sufragio libre
La banda presidencial: los gobiernos de Carlos Pellegrini, Luis ...
No obstante la amplia amnistía que se votó para los revolucionarios, y las promesas de renovación contenidas en las declaraciones presidenciales, las posibilidades de pacificación real se fueron disipando ante la evidencia de una política en que los hechos contradecían a los discursos, puesto que los principales culpables aprovechaban la coyuntura para consolidar sus situaciones disfrazados de regeneradores.  Había caído el presidente; pero su “régimen” subsistía íntegro, previa una ligera conversión hacia la situación nueva. Esa subsistencia hacía ilusoria la posibilidad de que la Unión Cívica llegara al gobierno por los medios legales; por lo cual no es de extrañar que se mantuviese viva entre sus dirigentes la convicción de la necesidad de un nuevo movimiento revolucionario, a fin de eliminar las trabas que impedían la expresión genuina de la voluntad popular. El estado de conspiración siguió latente, en la medida en que la camarilla gubernativa mostraba su decisión de perpetuarse en el poder por los medios que el poder proporciona.     Pellegrini tuvo en sus manos la posibilidad de realizar una gran reforma: era un político idealista de la juventud pero se había sobrepuesto el oportunista que cuidaba su carrera, el abogado de éxito, el político práctico que buscaba la pendiente del menor esfuerzo. Alem debía resultarles “impresentable” en los cónclaves de banqueros internacionales que decidían sobre nuestro destino. “Parecía un comisario de suburbio endomingado”, diría de él más tarde el francés Groussac, uno de los mentores del grupo.  La situación en que Pellegrini recibió el gobierno parecía desesperada: el tesoro exhausto, los Bancos oficiales en estado de quiebra, multitud de deudas impagas “y un pueblo —dice Terry— que creía que con el cambio de gobierno volverían los tiempos pasados de especulación y derroche”.   La causa principal de la catástrofe económica y financiera era el abuso del crédito. La terapéutica razonable, la aconsejada por la tradición y el buen sentido (sin excluir el propio interés de los acreedores), habría sido la declaración de una suspensión de pagos hasta que, debidamente estudiada la situación, se encontrase la posibilidad de reanudarlos en la medida en que no estorbase la reposición del organismo nacional. La cuestión previa debía ser el restablecimiento de nuestra economía.   No se hizo así, sino todo lo contrario. Más que en el esfuerzo y la potencialidad propios para salvar la crisis, Pellegrini y su ministro López creían en la ayuda inglesa; y más que la preservación del patrimonio nacional les importó la conservación del crédito. En vez de declarar la moratoria que las circunstancias exigían, se propusieron capear la crisis proyectando nuevos empréstitos y emisiones. Los millones de que dispusieron por ley para salvar la situación de los bancos Nacional e Hipotecario en estado de quiebra, los convirtieron en oro, para, enviarlos a la casa baring. que pasaba por una situación difícil, en pago del servicio de nuestra deuda externa A eso lo llamaba Pellegrini “salvar el crédito y el honor nacional”: ¡como si el honor dependiera de esas contingencias financieras y como si el crédito se conservara pagando, cuando es notorio que se otorga al que tiene y no al que cumple! Todo eso no pasaba de una emocionada adhesión a los principios morales de los acreedores. Que no sirvió, por cierto, para salvar el crédito en peligro, ya que hubo que recurrir al empréstito Morgan, por 75 millones de pesos. Los ingleses, nos prestaban dinero para cobrarse su deuda, con lo cual, iban ganando el suculento bocado de los intereses acumulativos, descontados los honorarios de los negociadores.  El agente del gobierno argentino en Londres para ese arreglo fue el doctor Victorino de la Plaza, de cuya gestión habla así el propio doctor Pellegrini; “El doctor de la Plaza presentó los documentos y dijo que la República Argentina estaba dispuesta a hacer todo lo que se le exigiera para mantener su crédito, afectado por una situación extraordinaria.   “El capital inglés —escribe Raúl Scalabrini Ortiz— consiguió aumentar la deuda pública del Estado, que era de 115 millones de pesos oro en 427 millones en 1893. Los títulos radicaban casi exclusivamente en Inglaterra. Los de la deuda externa por aceptación directa; los de la deuda interna obtenidos en pago de cauciones. Consiguió, además, la posesión de 4.045 Km. de vías férreas.  Ferrocarril del Oeste. 1.150_Km, la linea Villa Mercedes a Villa -Dolores. 145 Km. y la línea de Villa Mercedes a Mendoza v San Juan, llamada el Andino. 660 Km.: el F.C. de la Provincia de Sante Fe, 800 Km. v el F.C. de la Provincia de Entre Ríos, 605 Km. Además consiguió el capital inglés la posesión de todas las cédulas hipotecarias a oro; la hipoteca de casi todas las tierras cedidas en garantía de préstamo v extensiones inconmensurables de tierra, adquiridas muchas veces a veinte centavos la hectárea.   El capital inglés ferroviario pasó de 93 millones oro en 1884ª 473 en 1893. En poder del Estado quedaron los ferrocarriles que atravesaban desiertos”.  Es decir, el despojo y la servidumbre, el patrimonio nacional trasladado a manos de los prestamistas. Tal era la política de los “proteccionistas” Pellegrini y López, que resultaban protegiendo exclusivamente a los acreedores extranjeros. La creación de la Caja de Conversión y del Banco de la Nación —simples medios de regulación monetaria interna— aprovechaba sobre todo a quienes de ese modo se convertían en dueños del país. Al mismo tiempo se lo exprimía a éste en toda forma con economías destruidas y con impuestos exorbitantes.  La evidencia de esa política antinacional, que amenazaba perpetuarse por medio del fraude instituido por la “liga de gobernadores” —al mismo tiempo que cerraban los Bancos y las actividades comerciales se paralizaban—, debía provocar una gran agitación, agravada por la defraudación de las esperanzas puestas en el cambio presidencial. La negativa de Pellegrini a intervenir las provincias para destruir la maquinaria electoralista, según la exigencia de Alem, había definido claramente las posiciones.    Era evidente que el régimen se preparaba a resistir, mediante el mantenimiento de los gobiernos del interior cohonestado con el argumento farisaico del “respeto a las autonomías” que le aseguraba la mayoría en los comicios electorales. El general Roca era el dueño de estas situaciones

lunes, 3 de febrero de 2020

Queso y dulce: el postre Nacional

POR Daniel Balmaceda
Esta es la historia de un vasco que decidió aventurarse en la ruta del Río de la Plata, cuando pocos elegían ese destino. Es verdad que el escenario no era el mejor. Montevideo y Buenos Aires se sacudían en la impiadosa guerra civil que enfrentaba a blancos y colorados o a unitarios y federales. Pero el viajero, Carlos Noel, tampoco venía del paraíso. Los vascos habían asumido la derrota en su intento independentista de España y muchos partieron en busca de otros horizontes.
Padre de un pequeño llamado Benito y viudo de Micaela de Lecouna, aunque de inmediata reincidencia en el matrimonio, Noel arribó a Montevideo en 1841, junto con su segunda mujer, Victoria Iraola. Gracias a la gestión de los dominicos de Buenos Aires (ubicados en el convento de Belgrano y Defensa) obtuvo un salvoconducto firmado por Juan Manuel de Rosas para pasar a tierra argentina. Cruzó el Río de la Plata en junio de 1842. Embarazada, Victoria se quedó en Uruguay para evitar posibles trastornos en el viaje. Nació Emilia Noel Iraola, mientras su hermano Benito Noel Lecouna también navegaba desde España para unirse a la familia. En diciembre de 1842, los cuatro celebraron la Navidad en Buenos Aires.
Los Noel vivían en Defensa y Europa (hoy Carlos Calvo), en el corazón de San Telmo. Después de pasar cinco años intermediando entre la ciudad y el campo, Noel plantó bandera de un proyecto que venía madurando, como bien lo explican sus biógrafos María Susana Azzi y Ricardo de Titto: en la Confederación Argentina no había confiterías, todo lo que se comerciaba era importado. Es necesario aclarar que originalmente las confiterías eran los negocios que surtían de confituras, es decir, dulces. La evolución social y comercial las convertiría luego en “confitería con despacho de bebidas”, necesarias para acompañar la degustación de confituras en el local. Más adelante, les quedaría el genérico de confitería a los locales para consumo sin cubiertos (masas, sándwiches, facturas, etc.).
Noel se propuso instalar la primera fábrica de dulces y el primer despacho específico —la confitería—, ya que hasta entonces, la provisión se hacía en las tiendas, que por lo general ofrecían todo tipo de productos, desde ropa hasta cacerolas.
A partir del 9 de septiembre de 1847, en su casa (repetimos, Defensa 993, y Carlos Calvo) comenzó a venderles confituras a los porteños. Colocó en la puerta un cartel: “El Sol – Fábrica de confites – de Carlos Noel”.
El emprendedor vasco tuvo la inmensa fortuna de contar entre sus clientas iniciales a la golosa Manuelita Rosas, 30 años, hija del gobernador y de importante actuación en el campo protocolar, ya que cumplía funciones de primera dama debido a que su madre había muerto en 1838. 
Retrato de Manuelita Rosas by Carlos Morel
Para engalanar las actividades sociales que organizaba, Manuelita mandaba comprar las confituras de Noel. Esto lo llevó a contar, además de buenas ventas, con una promoción de primer nivel.
En 1850 surgió un competidor en la misma ciudad porteña. En las actuales Rivadavia y Rodríguez Peña, a cien metros del terreno donde se construiría el Palacio del Congreso, abrió sus puertas la Confitería del Centro, a partir de 1869, Confitería del Molino (que más tarde se mudaría a la esquina de Callao y Rivadavia). En 1852 sería el turno de la Confitería del Águila, en Florida, entre las actuales Bartolomé Mitre y Perón.
Mientras surgían los competidores, el hombre que endulzaba la mesa del Restaurador vendía bocaditos de mazapán, turrones, panales y nidos, yemas y alfeñiques, entre otras delicias. De Titto y Azzi han destacado el hecho de que Noel haya sido el precursor en cuestiones de envoltorio. A diferencia de los tenderos, que entregaban los dulces importados en cucuruchos de papel —a veces, papel de diario—, el vasco entendió que era más elegante e higiénico que contaran con una cubierta exclusiva. Llegó el final de Rosas en el poder y, ya sin Manuelita entre la clientela selecta, la empresa contaba con la solidez suficiente para seguir creciendo.
Los primeros diez años de El Sol fueron prolíficos. Hasta que 1857 planteó nuevos desafíos. No solo por la llegada de un serio competidor: Pascual Roverano instaló la Confitería del Gas —Suipacha y Federación, hoy Rivadavia—, con la novedad de que contaba con iluminación a gas. Fue un año de grandes cambios en Buenos Aires: llegó el ferrocarril, se inauguró el primer Teatro Colón se originaron nuevos nombres de calles, se estableció la red telegráfica y se expropiaron las tierras que habían pertenecido a Rosas. Ese año de grandes cambios, Noel se convenció de que había que incursionar en el mundo del chocolate. Se asoció con Martín Seminario, aumentaron el espacio, el personal y se lanzaron con barritas para taza y los clásicos confites.
Todo hacía presagiar que Noel se subiría al podio de los chocolateros. Sin embargo, eso no ocurrió. El socio Seminario murió un par de años después. La viuda resolvió seguir por su cuenta y producir sus propios chocolates. En 1862 instaló una fábrica en Avellaneda y un negocio en el centro de la Capital, en la actual Pellegrini y Viamonte. Caballero por sobre todas las cosas, Noel abandonó la producción chocolatera para permitir que la viuda y el hijo del socio pudieran abrirse camino. Se concentró en el resto de los dulces. Aunque no por mucho tiempo.
Al morir en 1865 dejó un sólido capital a sus hijos. Con 25 años de edad, Benito tomó las riendas del negocio y generó dos cambios importantes. Dejó de lado la marca El Sol a cambio de utilizar el apellido de la familia. También sumó un nuevo espacio. Además de la fábrica en San Telmo, compró un terreno en Barracas y lo proveyó con maquinaria moderna.
En esas inversiones estaba embarcado cuando un catalán, Francisco Rumbado, hizo su aparición en el mercado (valgan las rimas). En realidad, ya venía trabajando: administraba su fábrica a vapor de confites en México y Tacuarí. Pero hacia 1886 incorporó una novedad: el dulce de membrillo industrial. Lo preparaban en algunas casas quienes dominaban el arte, pero no era un plato habitual porque demandaba muchas horas de cocción. Rumbado no tendría la maquinaria de Noel, pero contaba con este apreciado postre. Advertido de la demanda que generaba el producto, Noel —y también otros competidores— se concentró en el dulce de membrillo.
En la década de 1880 el membrillo se ubicó entre los preferidos de los argentinos. En la del noventa integraba el menú de los restaurantes y fondas del país, en compañía del queso y con el mismo valor del café. Combinar queso con distintos dulces, como el de cayote, ha sido costumbre en el norte del país. Juan Bautista Alberdi era un entusiasta consumidor de queso con dulce, según registros de 1843.
En 1890, cuando al final de la comida se optaba entre café o postre, este último era, por lo general, queso y dulce. De membrillo. Siempre fue barato. Noel consiguió posicionarse en este rubro, sin abandonar las muy buenas ventas de frutas almibaradas, de caramelos y de pastillas con sabores frutados y mentas que ayudaban a combatir el mal aliento. Pero el membrillo de Noel era imbatible.
En 1910, hubo temporadas en las que la fábrica de San Telmo preparaba cuarenta mil kilos por día. Aun teniendo en cuenta que se trata de una producción estacional, el comercio de este dulce superaba todas las previsiones.
Noel supo avanzar sobre un terreno clave: el de la higiene. Antes dijimos que había decidido envolver sus caramelos y confituras. En el membrillo hizo algo similar. Pasó a venderlo en latas de un kilo y acompañó su estrategia con publicidades en las que contrastaba a un almacenero entregando la lata Noel y a otro, cortando una porción y tomándolo con la mano para envolverlo en papel.
Durante unos treinta años, entre 1890 y 1920, el dulce de membrillo con queso fue el campeón de las mesas argentinas (el dulce de batata, de confección más compleja, recién se sumaría en los años veinte). Jorge Luis Borges era consumidor fanático y constante del membrillo y queso. El segundo puesto en las preferencias de los consumidores lo ocupaban los duraznos en almíbar.
Una preparación casera aportada por Salomé Coronel Maldonado en el Almanaque del Ministerio de Agricultura para el año 1933 proponía:
 1) Se hierven los membrillos con cáscara.
2) Una vez cocidos, se pelan y pasan por un cedazo.
3) Este producto con una cantidad igual de azúcar o un poco menos (5 kg de pulpa de membrillo y 4,250 kg de azúcar) se coloca en el fuego en una paila, no dejando de remover el contenido con una cuchara de madera.
4) Se deja hervir de media hora a 45 minutos.
5) Se conoce que está apunto cuando la masa se separa fácilmente de la paila con una cuchara.
 La popularidad del queso y dulce lo llevó a ostentar el título de “postre nacional”. También se le decía “Martín Fierro” (nombre aportado por los uruguayos) o “Julieta y Romeo” (los tortolitos en ese orden), además del consabido “vigilante”, en un principio dedicado a esta combinación y luego ampliado al fresco y batata. Se ha generado diversas teorías acerca de este nombre. Una de las más difundidas sostiene que el postre comenzó a servirse en un bar de Palermo que frecuentaban policías de una comisaría cercana. Más allá del anacronismo de pretender que esta combinación se inventó recién en los años veinte, los filólogos sostienen que, en este caso, el término “vigilante” se relaciona con la pobreza. Se trataba de un postre ideal para los vigilantes, debido a su magro sueldo. Pedir un postre vigilante era apuntar a lo más económico del menú.

jueves, 30 de enero de 2020

EL GENERAL SAN MARTÍN EN 1843


Por Juan Bautista Alberdi
París, 14 de septiembre de 1843
El primero de septiembre, a eso de las 11 de la mañana, estaba yo en casa de mi amigo, el señor don M. J. de Guerrico, con quien debíamos asistir al entierro de una hija del señor Ochoa (poeta español) en el cementerio de Montmartre. Yo me ocupaba, en tanto que esperábamos la hora de la partida, de la lectura de una traducción de Lamartine, cuando Guerrico se levantó exclamando: «¡El general San Martín!».
Me paré lleno de agradable sorpresa, a ver la gran celebridad americana que tanto ansiaba conocer. Mis ojos, clavados en la puerta por donde debía entrar, esperaban con impaciencia el momento de su aparición. Entró, por fin, con su sombrero en la mano, con la modestia y apocamiento de un hombre común. ¡Qué diferente le hallé del tipo que yo me había formado, oyendo las descripciones hiperbólicas que me habían hecho de él sus admiradores en América! Por ejemplo: yo le esperaba más alto y no es sino un poco más alto que los hombres de mediana estatura. Yo le creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado; y no es más que un hombre de color moreno, de los temperamentos biliosos. Yo lo suponía grueso, y, sin embargo de que lo está más que cuando hacía la guerra en América, me ha parecido más bien delgado; yo creía que su aspecto y porte debían tener algo de grave y solemne, pero le hallé vivo y fácil en sus ademanes, y su marcha, aunque grave, desnuda de todo viso de afectación. Me llamó la atención su metal de voz, notablemente gruesa y varonil. Habla sin la menor afectación, con toda la llanura de un hombre común.
Al ver el modo cómo se considera él mismo, se diría que este hombre no había hecho nada de notable en el mundo, porque parece que él es el primero en creerlo así. Yo había oído que su salud padecía mucho, pero quedé sorprendido al verle más joven y más ágil, que todos cuantos generales he conocido de la guerra de nuestra independencia, sin excluir al general Alvear, el más joven de todos. El general San Martín padece en su salud, cuando está en inacción y se cura con sólo ponerse en movimiento. De aquí puede inferirse la fiebre de acción de que este hombre extraordinario debió estar poseído en los años de su tempestuosa juventud. Su bonita y bien proporcionada cabeza, que no es grande, conserva todos sus cabellos, blancos hoy casi totalmente; no usa patilla ni bigote a pesar de que hoy los llevan por moda hasta los más pacíficos ancianos. Su frente, que no anuncia un gran pensador, promete, sin embargo, una inteligencia clara y despejada, un espíritu deliberado y audaz. Sus grandes cejas negras suben hasta el medio de la frente, cada vez que se abren sus ojos, llenos aún del fuego de la juventud. La nariz es larga y aguileña, la boca pequeña y ricamente dentada es graciosa cuando sonríe; la barba es aguda.
Estaba vestido con sencillez y propiedad, corbata negra atada con negligencia, chaleco de seda negro, levita del mismo color, pantalón mezcla celeste, zapatos grandes. Cuando se paró para despedirse, acepté y cerré con mis dos manos la derecha del grande hombre que había hecho vibrar la espada libertadora de Chile y el Perú. En ese momento se despedía para uno de los largos viajes que hace en el interior de la Francia en la estación del verano.
No obstante su larga residencia en España, su acento es el mismo de nuestros hombres de América, coetáneos suyos. En su casa habla alternativamente el español y francés, y muchas veces mezcla palabras de los dos idiomas, lo que le hace decir, con mucha gracia, que llegará un día en que se verá privado de uno y otro, o tendrá que hablar un patois de su propia invención. Rara vez, o nunca, habla de política. Jamás trae a la conversación, con personas indiferentes, sus campañas de Sud América; sin embargo, en general le gusta hablar de empresas militares.
Yo había sido invitado por su excelente hijo político, el señor don Mariano Balcarce, a pasar un día en su casa de campo, en Grandbourg, como seis leguas y media de París. Este paseo debía ser para mí tanto más ameno cuanto que debía hacerlo por el camino de hierro en que nunca había andado. A las once del día señalado, nos trasladamos con mi amigo el señor Guerrico al establecimiento de carruajes de vapor de la línea de Orleans, detrás del Jardín de Plantas…
A eso de la una de la tarde, se detuvo el convoy en Ris; de allí a la casa del general San Martín hay una media hora, que anduvimos en un carruaje enviado en busca nuestra por el señor Balcarce. La casa del general San Martín está circundada de calles estériles y tristes, que forman los muros de las heredades vecinas. Se compone de un área de terreno igual, con poca diferencia, a una cuadra cuadrada nuestra. El edificio es de un solo cuerpo y dos pisos altos. Sus paredes blanqueadas con esmero, contrastan con el negro de la pizarra que cubre el techo, de forma irregular. Una hermosa acacia blanca da su sombra al alegre patio de la habitación. El terreno que forma el resto de la posesión está cultivado con esmero y gusto exquisito; no hay un punto donde no se alce una planta estimable o un árbol frutal. Dalias de mil colores, con una profusión extraordinaria llenan de alegría aquel recinto delicioso. Todo en el interior de la casa respira orden, conveniencia y buen tono. La digna hija del general San Martín, la señora Balcarce, cuya fisonomía recuerda con mucha vivacidad la del padre, es la que ha sabido dar a la distribución doméstica de aquella casa, el buen tono que distingue su esmerada educación. El general ocupa las habitaciones altas que miran al norte. He visitado su gabinete, lleno de la sencillez y método de un filósofo. Allí, en un ángulo de la habitación, descansaba impasible, colgada al muro la gloriosa espada que cambió un día la faz de la América occidental. Tuve el placer de tocarla y verla a mi gusto; es excesivamente curva, algo corta, el puño sin guarnición; en una palabra: de la forma denominada vulgarmente moruna. Está admirablemente conservada: sus grandes virolas son amarillas, labradas, y la vaina que la sostiene es de un cuero negro graneado semejante al del jabalí. La hoja es blanca enteramente, sin pavón ni ornamento alguno. A su lado estaban también las pistolas grandes, inglesas, con que nuestro guerrero hizo la campaña del Pacífico.
Vista la espada, se venía naturalmente el deseo de conocer el trofeo con ella conquistado. Tuve, pues, el gusto de examinar muy despacio el famoso estandarte de Pizarro que el Cabildo de Lima regaló al general San Martín, en remuneración de sus brillantes hechos. Abierto completamente sobre el piso del salón, lo vi en todas sus partes y dimensiones. Es como de nueve cuartas nuestras de largo; y su ancho como de siete cuartas. El fleco de seda y oro ha desaparecido casi totalmente. Se puede decir que del estandarte primitivo se conservan apenas algunos fragmentos adheridos con esmero a un fondo de seda amarillo. El pedazo más grande es el del centro, especie de chapón donde sin duda estaba el escudo de armas de España, y en que hoy no se ve sino un tejido azul confuso y sin idea ni pensamiento inteligibles. Sobre el fondo amarillo o caña del actual estandarte se ven diferentes letreros, hechos con tinta negra, en que se manifiestan las diferentes ocasiones en que ha sido sacado a las procesiones solemnes por los alféreces reales que allí mismo se mencionan.
¿Quién si no el general San Martín debía poseer este brillante gaje de una dominación que había abatido con su espada? Se puede decir con verdad que el general San Martín es el vencedor de Pizarro: ¿a quién, pues, mejor que al vencedor tocaba la bandera del vencido? La envolvió a su espada y se retiró a la vida oscura, dejando a su gran colega de Colombia la gloria de concluir la obra que él había casi llevado hasta su fin…
No hay ejemplo (que nosotros sepamos) de que el general San Martín haya facilitado datos ni notas para servir a redacciones que hubieran podido serle muy honrosas; y difícilmente tendremos hombre público que haya sido solicitado más que él para darlas… Se me ha dicho que cuando la aparición de la Memoria sobre el general Arenales, publicada por su hijo, un hombre público de nuestro país escribió al general San Martín solicitando de él algunos datos y su consentimiento para refutar al coronel Arenales en algunos puntos en que no se apreciaba con la bastante latitud los hechos esclarecidos del Libertador de Lima. El general San Martín rehusó los datos y hasta el permiso de refutar a nadie en provecho de su celebridad.
El actual Rey de Francia, que es conocedor de la historia americana, habiendo hecho reminiscencia del general San Martín, en presencia de un agente público de América, con quien hablaba a la sazón, supo que se hallaba en París desde largo tiempo. Y como el Rey aceptase la oferta que le fué hecha inmediatamente de presentar ante S. M. al general americano, no tardó en ser solicitado con el fin referido; pero el modesto general, que nada tiene que hacer con los reyes, y que no gusta de hacer la corte, ni de que se la hagan a él, que no aspira ni ambiciona a distinciones humanas, pues que está en Europa, se puede decir, huyendo de los homenajes de catorce repúblicas, libres en gran parte por su espada, que si no tiene corona regia, la lleva de frondosos laureles, en nada menos pensó que en aceptar el honor de ser recibido por S. M. y no seré yo el que diga que hubiese hecho mal en esto.
Antes que el señor marqués Aguado verificase en España el paseo que le acarreó su fin, hizo las más vehementes instancias a su amigo el general San Martín para que le acompañase al otro lado del Pirineo. El general se resistió, observándole que su calidad de general argentino le estorbaba entrar en un país con el cual el suyo había estado en guerra sin que hasta hoy tratado alguno de paz hubiese puesto fin al entredicho que había sucedido a las hostilidades: y que en calidad de simple ciudadano le era absolutamente imposible aparecer en España, por vivos que fuesen los deseos que tenía por acompañarle. El señor de Aguado, no considerando invencible este obstáculo, hizo la tentativa de hacer venir de la corte de Madrid el allanamiento de la dificultad. Pero fué en vano porque el gobierno español, al paso que manifestó absoluta deferencia por la entrada del general San Martín cómo hombre privado, se opuso a que lo verificase en su rango de general argentino. El Libertador de Chile y el Perú, que se dejaría tener por hombre oscuro en todos los pueblos de la tierra, se guardó bien de presentarse ante sus viejos rivales, de otro modo que con su casaca de Maipo y Callao: se abstuvo, pues, de acompañar a su antiguo camarada. El señor de Aguado marchó sin su amigo y fué la última vez que le vió en la vida. Nombrado testamentario y tutor de los hijos del rico banquero de París, ha tenido que dejar hasta cierto punto las habitudes de la vida inactiva que eran tan funestas a su salud. La confianza de la administración de una de las más notables fortunas de Francia, hecha a nuestro ilustre soldado por un hombre que le conocía desde la juventud, hace tanto honor a las prendas de su carácter privado, como sus hechos de armas ilustran su vida pública. El general San Martín habla a menudo de la América en sus conversaciones íntimas, con el más animado placer: hombres, sucesos, escenas públicas y personales, todo lo recuerda con admirable exactitud. Dudo, sin embargo, que alguna vez se resuelva a cambiar los placeres estériles del suelo extranjero por los peligros e inquietos goces de su peligroso país. Por otra parte, ¿será posible que sus adioses de 1829, hayan de ser los últimos que deba dirigir a la América, el país de su cuna y de sus grandes hazañas?
J. B. ALBERDI.

miércoles, 29 de enero de 2020

RETRATO DEL GENERAL BELGRANO


POR JOSÉ CELEDONIO BALBÍN.
El general Belgrano era de regular estatura, pelo rubio, cara y nariz fina, color muy blanco, algo rosado, sin barba; tenía una fístula bajo un ojo —que no lo desfiguraba porque era casi imperceptible—; su cara era más bien de alemán que de porteño.   No se le podía acompañar por la calle porque su andar era casi corriendo; no dormía más que tres o cuatro horas, montando a caballo a medianoche, que salía de ronda a observar el ejército, acompañado solamente de un ordenanza. Era tal la abnegación con que este hombre extraordinario se entregó a la libertad de su patria, que no tenía un momento de reposo, nunca buscaba su comodidad, con el mismo placer se acostaba en el suelo que en la mullida cama.
No es cierto que hiciese demasiada ostentación de los usos europeos hasta el grado de chocar las costumbres nacionales (como lo dice Paz), como no es cierto que se presentase en público con lujo ni con el esmero de un elegante refinado. Se presentaba aseado, como lo había conocido yo siempre, con una levita de paño azul, con alamares de seda negra, que se usaba entonces, su espada y gorra militar de paño. Su caballo no tenía más lujo que un gran mandil de paño azul, sin galón alguno, que cubría la silla y que estaba yo cansado de verlo usar en Buenos Aires a todos los jefes de caballería.
Todo el lujo que llevó al ejército fué una volanta inglesa de dos ruedas, que él manejaba, con un caballo y en la que paseaba algunas mañanas, acompañado de su segundo el general Cruz. Esto llamaba la atención porque era la primera vez que se veía en Tucumán. En los días clásicos, en que vestía uniforme, se presentaba con un sombrero ribeteado con un rico galón de oro que le había regalado el hoy general Tomás Iriarte… La casa que habitaba, y que el general mandó edificar en la Ciudadela, era de techo de paja, dos bancos de madera, una mesa ordinaria, un catre pequeño de campaña con delgado colchón que siempre estaba doblado, y la prueba de que su equipaje era muy modesto fue que, al año de haber llegado, me hizo presente se hallaba sin camisas, y me pidió le hiciese traer de Buenos Aires dos piezas de irlanda de hilo, lo que efectué. Se hallaba siempre en la mayor escasez, así es que muchas veces me mandó pedir cien o doscientos pesos para comer. Lo he visto tres o cuatro veces, en diferentes épocas con las botas remendadas, y no se parecía en esto a ningún elegante de París y Londres…
El general Belgrano era un hombre de talento cultivado, de maneras finas y elegantes, gustaba mucho del trato de las señoras; un día me dijo que, algo de lo que sabía, lo había aprendido en la sociedad con ellas. Otro día me dijo: «Me lleno de placer cuando voy de visita a una casa y encuentro en el estrado, en sociedad con las señoras, a los oficiales de mi ejército, en el trato con ellas los hombres se acostumbran a los modales finos y agradables, se hacen amables y sensibles; en fin, el hombre que gusta de la sociedad de ellas, nunca puede ser un malvado». Esta ocurrencia me hizo reír mucho.
El general era muy honrado, desinteresado, recto; perseguía el juego y el robo en su ejército; no permitía que se le robase un solo peso al Estado, ni que se le vendiese más caro que a los otros. Como yo le había hecho a él algunos servicios, y muy continuos al ejército, sin interés alguno, cuando necesitaba paños, lencería u alguna otra cosa para el ejército, me llamaba y me decía: «Amigo Balbín, necesito tal cantidad de efectos, tráigame las muestras y el último precio, en la inteligencia de que, a igual precio e igual calidad usted es preferido a todos, pero a igual calidad y un centavo menos, cualquier otro». Después llamaba a los demás comerciantes. Generalmente éstos no tenían las cantidades que necesitaba el general ni podían vender tan acomodado como yo, por ser más valioso el negocio a mi cargo; así es que, continuamente le hacía ventas.

JOSÉ CELEDONIO BALBÍN.
El señor Balbín era comerciante y conoció muy de cerca al general Belgrano en Tucumán y Buenos Aires. En 1860, escribió al general Mitre —entonces coronel— dos interesantes cartas sobre la personalidad de Belgrano

martes, 28 de enero de 2020

Domingo Faustino Sarmiento...1ra parte

Por el Prof. Jbismarck
Fue un tremendo y constante extravertido, es decir, un hombre que vivió siempre hacia afuera. Para él la vida interior no existía. No le preocuparon sino las cosas exteriores y objetivas: las obras de progreso, las leyes, la política. Moverse, escribir, pelear, gritar, planear obras prácticas, proponer a montones ideas útiles, eso fue su vida. Su voluntad era poderosa e indomable.  Sin embargo, cuando quería algo, no paraba hasta conseguirlo. Sarmiento procedía por impulsos espontáneos e incontenibles y que se renovaban sin cesar, sobre todo cuando algo los obstaculizaba. Su egolatría anormal, que le llevó hasta decir que sus hechos militares “bastarían a embellecer la foja de servicios de los más acreditados generales”; su vanidad pueril, que le empujaba a autoelogiarse y a no tolerar el menor disentimiento con sus ideas; Necesitaba de otros que lo exaltasen, que propagaran sus talentos y méritos. Rivadavia, Mitre, Roca, Hipólito Yrigoyen, contaron con fervientes y casi fanáticos fieles que los veneraban y vivían elogiándolos. Sarmiento no los tuvo. De sus amigos de la infancia y adolescencia, uno, Rawson, fue su adversario. Otro, Aberastain, verdadero admirador suyo, vivía muy lejos, allá en San Juan, y murió pronto. Los demás, como Laspiur y Cortínez, no le hicieron propaganda. No teniendo quien lo dijera, lo dijo él mismo, y no una sino diez mil veces. 
Resultado de imagen para sarmiento
 Su costumbre de mentir la había heredado.  El dijo que los Sarmiento eran mentirosos y pintó como tal a su padre. Más de una vez reconoció tener ese vicio, como en su carta del 28 de Octubre de 1868 a Manuel Rafael García: “Si miento lo hago como don de familia, con la naturalidad y la sencillez de la verdad”.  
De un hombre que miente puede esperarse todo, hasta el calumniar. Pero Sarmiento no faltaba a la verdad sino cuando hablaba de sí o cuando se refería a sus contrarios. Exageraba tremendamente la maldad o los defectos de quienes le atacaban. No tenía escrúpulos para dejar mal a un enemigo, como cuando le escribió a García que Mitre había ido tres veces borracho al Senado. Y sin embargo, y en lo que le era extraño, amaba la verdad.  
Sublevábale que se tergiversasen loa hechos pasados. Y quería que la Historia presentase a los hombres como hablan sido, con sus virtudes y sus vicios.  Muchas de sus mentiras fueron creídas por otros, hasta por la posteridad, lo que es grave.
Casi al mismo tiempo que, escribiéndole a Mary Mánn, reconocía no haber fundado sino veinte escuelas, de las cuales dos en la ciudad de Buenos Aires, decía a sus amigos de la Argentina que había “sembrado” de escuelas el país...Sus virtudes fueron la honradez y el desinterés en materia de dinero; la generosidad, cien veces evidenciada, como cuando ascendió a un jefe que no le había querido ascender a él; y la ausencia de rencor, que le permitía, por ejemplo, en un artículo sobre Frías, que acababa de morir, elogiar al amigo que pocos años atrás recordádole lo de Magallanes. 
Era optimista, excusaba o comprendía los defectos de los otros; afectuoso en el trato social, y simpático cuando quería; sincero casi siempre; amigo de los niños; nada figurón, como es común en nuestros hombres importantes, sino sencillo y accesible; y enemigo de chismes y envidias. Sus odios no fueron eternos, como se ha visto en el abrazo a Alberdi;   
Era ingenuo, como todo hombre demasiado franco: ingenuo es el que no esconde ni disimula su carácter. Dejaba ver, sin intento de impedirlo, su monstruoso orgullo y vanidad.   Incurrió en numerosas y grandes maldades; calumniar gravemente, ridiculizar en público, ofender de palabra, alegrarse de la muerte de otros. El general Roca dijo que Sarmiento amaba a la humanidad y no al hombre. Pero si no era permanentemente bueno, debe reconocerse que tenía momentos de bondad.  
Lo más interesante en él era su temperamento, con sus virtudes y defectos.   Su “saber”, era periodístico. No era, en realidad, saber, sino información. Desde los treinta años escribió sobre todo. Debía creer que el periódico equivale a la escuela, y por eso imaginaba saberlo todo y poder enseñar y gobernar.  Lo que caracteriza al periodista es la improvisación. El improvisó sus libros como había improvisado sus artículos y su cultura. Leyó mucho en su juventud y en Chile.  Después, no gran cosa, según asevera Mansilla, que le trató intimamente.
Resultado de imagen para sarmiento
 Como gobernante, lo que no imitó de los Estados Unidos fué improvisado.   Gobernó como periodista, dando excesivo lugar a la polémica y pelear con los diarios adversos. Tan mal lo hizo en ocasiones que Posse, el más íntimo de sus amigos, vióse obligado a combatirle en un diario de Tucumán. En cuanto al gobierno propiamente dicho, procedió siempre con desorden. Su literatura tiene origen periodístico y polémico y fué improvisada, y el arte no es obra de la improvisación. Habituado, como redactor de diarios, a manejar realidades, a moverse en la realidad y a adaptarse, fué “oportunista” en política. De ahí sus contradicciones. Por oportunismo estuvo en contra de las intervenciones en las provincias cuando era gobernador, y en favor de las intervenciones cuando era Presidente.   Fue la encarnación de la inestabilidad. Jamás un hombre se ha contradecido tanto. El contradecirse es propio del periodista. 
Se objetará que Mitre fué periodista, y sin embargo... No, Mitre no fue periodista en la exacta acepción del término. Era dueño de un diario, pero no escribía cotidianamente. Sus artículos aparecían de tarde en tarde, y eran siempre meditados.  
¿Fué Sarmiento un genio? ¿Tuvo el talento que se le atribuye? Su inteligencia, ¿era clara, comprensiva, penetrante? Conviene recordar que inteligencia, talento y genio no son grados de la capacidad mental. Además, quien tiene el genio literario o musical puede no tener la menor inteligencia en pintura o filosofía.   Sarmiento fué hombre de intuiciones. Por algunas que hay en el Facunda y en otras obras suyas, pudiérasele creer, por lo menos un “genialoide”.  Tenía imágenes e ideas de las que solemos considerar como geniales: el exceso de caballos en el Uruguay dió origen al caudillismo; para terminar con las guerras civiles hay que alambrar los campos; el Paraná se desfleca —refiérese al delta— en el Plata. Pero estas frases, que no son raras en los escritores de talento, aun en los nada más que ingeniosos, no bastan para manifestar la genialidad. Ni tampoco las bellezas del Facundo, pues este libro no constituye una creación sino una interpretación de personas y sucesos históricos
Como gobernante, Sarmiento no creó nada ni demostró genialidad en ninguna de sus obras: no la hay en construir puentes y caminos ni en mandar intervenciones a las provincias. Y no fué tampoco un pedagogo genial, pues no se precisa genio para difundir ideas educacionales conocidas ni menos para aplicarlas. 
Y si el genio es, “una muy grande aptitud para la paciencia”, Sarmiento no lo tenía.  Por sus adivinaciones considérasele un vidente. Pero esas adivinaciones, que él cacareó durante su vida entera, como el haber previsto la revolución del 48 en Francia, fueron pocas. 
Para adivinar la grandeza de la Argentina no hacía falta ser vidente. Muchos la previeron. En cambio él se equivocó mil veces. Anunció cosas que no ocurrieron. No vió otras muy importantes: el futuro valer de la Patagónia, el marxismo, la genialidad del Martín Fierro, las luchas por la soberanía, y el peligro del yanqui, del que nos advirtió Pellegrini.  ¿Tendría una profunda y aguda inteligencia Sarmiento? De ningún modo. Jamás interpretó o repitió con exactitud lo que sus enemigos habían dicho. Indudablemente había en él mala fe. Pero en ocasiones no entendía y lo confundía todo, principalmente en materia religiosa. 
No comprendía porque no meditaba. Jamás, antes de escribir, trató pacientemente de aclarar sus ideas. lo que tenía, en alto grado, era talento de escritor, no de gobernante, ni de política Groussac dice que poseía el don “de suplir el análisis de los fenómenos con un admirable poder de síntesis”. Y esto es el talento: la aptitud para la síntesis
Por desgracia, Sarmiento no supo administrar su don. Además, su talento era raro, desorbitado, algo incoherente. Pero la personalidad, que va siempre anexa al talento, él  la tenía poderosa, como escritor y como hombre.  Para su posteridad Sarmiento fue liberal, en política y en religión.  
Y hasta abundan quienes le consideran el padre del liberalismo argentino.    Un liberal en política, un demócrata, no es partidario del autoritarismo, ni en la teoría ni en la práctica. No es tampoco un espíritu dogmático» y lo era en grado superlativo».   
Desde los treinta hasta los cuarenta años sirvió en Chile a gobiernos autoritarios y aun despóticos. En el Estado de Buenos Aires aprobó todas las atrocidades cometidas por los sucesores de Rosas, desde la matanza de Villamayor hasta la confinación de tal cual enemigo. 
En San Juan, según él mismo lo contó, imponía personalmente contribuciones en dinero, con amenazas de cárcel. En Estados Unidos encontró buenos los atropellos del Presidente Johnson, que practicaba el gobierno fuerte; como había aplaudido los golpes dictatoriales de Lincoln. Era contrario al sufragio universal: deseaba prohibir el voto a los menores de edad, a los analfabetos y a los negros. 
Durante su Presidencia fueron fusiladas unas treinta personas. Puso a precio la cabeza de López Jordán y de otros. Clausuro diarios, entre ellos La Nación y La Prensa. Elogió en Argirópolis a todos los imperialismos, inclusive al prusiano.  Un liberal cree en la igualdad de los hombres: para Sarmiento los negros, los indios, los gauchos, apenas eran seres humanos y los odiaba. 
El liberal niega al Estado el derecho de matar, y Sarmiento defendió en Chile la pena de muerte. Ningún liberal acepta los castigos corporales en las escuelas, y él, aunque no los estableció, los consideraba necesarios. No es demócrata el que quiere el máximo de gobierno, y Sarmiento declaraba el estado de sitio a dos por tres.  
La fórmula del liberalismo político es: un policía para guardar el orden, y nada más; y él quería “más educación y más gobierno”. Jamás negó sus principios autoritarios, aunque, a la par, por una contradicción entre sus ideales y su temperamento, declarábase liberal. Pero como lo que vale no es tanto lo que un hombre dice como lo que hace practicó el autoritarismo más violento.

bibliografía:
De Paoli, Pedro "Sarmiento y su gravitación en el Desarrollo Nacional"
Furlong Guillermo "En defensa de Sarmiento"
Gálvez Manuel "Vida de Sarmiento"
Lugones Leopoldo "Sarmiento"
Pérez AMuchástegui A. J.  "Crónica Argentina"

viernes, 24 de enero de 2020

José Figueroa Alcorta o la muerte política de Roca


Por el Prof. JBismarck
Ante la muerte de Sir Manuel Quintana, José Figueroa Alcorta asumió la efectividad del poder, que desempeñaba provisoriamente desde diciembre por enfermedad del titular.
Figueroa Alcorta, nacido en Córdoba en 1860, había estudiado leyes en su ciudad natal. Al año de recibirse integraba como senador la legislatura de su provincia: eran tiempos de juarismo y el joven político frecuentó “El Panal”, que prestigiaba al unicato y apoyaba la candidatura méritos oficialistas en “El Interior”.   En 1892 será diputado nacional roquista, y tres años más tarde asciende a la gobernación de Córdoba, donde sostiene en 1898 la candidatura presidencial de su jefe Julio A. Roca. Ese año, terminado su período de gobernador, será senador nacional por nueve años.  Fue elegido por Roca para integrar la fórmula presidencial con Manuel Quintana.  El episodio que le tocó vivir en la revolución del 4 de febrero de 1905 (capturado por los Radicales)  lo distanció de Quintana. 
 Figueroa guardó prudente silencio, pero se le atribuyó debilidad de carácter y se movió una campaña para eliminarlo del cargo. El resentimiento de Quintana y el juego político de Ugarte (temeroso que por el estado de salud del Presidente ocupase el puesto un roquista) preanunciaron un juicio político. 
Emilio Mitre empezó el ataque en La Nación, sólo acallado por el estado de sitio. No se llegó a nada porque Pellegrini desde Europa tomó su defensa, y porque Quintana moriría antes de madurar el complot.   Contra lo supuesto por sus detractores, Figueroa reveló condiciones de carácter y energía. Sin capital político propio y sin prestigio personal, supo conducirse como un jefe “único” y mostró rasgos de habilidad y astucia que le permitieron contender victoriosamente contra todos. 
Lo ayudó su valoración realista de los hombres y un conocimiento acertado del medio y la hora. En esto llevaba ventajas a su coterráneo y antiguo jefe Juárez Celman.  No era indudablemente un estadista. Pero consiguió cumplir un agitado período de gobierno sin dejarse manejar por otros. Nombro sus propios ministros, eran amigos de Pellegrini (Federico Pinedo en instrucción pública y Ezequiel Ramos Mexía en agricultura); dos republicanos (el ingeniero Miguel Tedín en Obras Públicas y Norberto Piñero en hacienda), y a Manuel Augusto Montes de Oca en relaciones exteriores. 
A los ministros militares (Luis María Campos en guerra y Onofre Betbeder en marina) que acompañaron a Roca en su segunda presidencia podía tenérselos como puentes abiertos al ausente Zorro.  
Roca había madurado una enemistad tenaz contra Pellegrini, semejante a la que tuvo antes con Dardo Rocha (factor primordial de su candidatura en 1880 como Pellegrini lo había sido en 1898).  Pellegrini y sus hombres fueron los elementos de consulta del Presidente.  Lamentablemente el "Gringo" falleceria en 1905.
El congreso (fuera de algunos ex-pellegrinistas o bernardistas) estaba totalmente contra el presidente. No sólo se negaba a votar el presupuesto, sino que intentó iniciarle juicio político.   Figueroa arremetió contra el congreso. Con la firma de sus ministros lo clausuró por el medio simple de retirar los asuntos sometidos a las sesiones extraordinarias, y puso en vigencia para 1908 por simple decreto, el presupuesto de 1907.  
Sin embargo era constitucionalmente defendible. Si el ejecutivo tenía facultad para convocar a sesiones extraordinarias sometiendo los asuntos a tratarse, estaba dentro de la lógica que podía retirarlos.  Los bomberos ocuparon el congreso impidiendo el acceso a los legisladores, la policía cuidó que no se reuniesen en otro sitio. 
Se planeó una sesión en territorio de la provincia pero Figueroa y Avellaneda circularon a los gobernadores —“como agentes naturales del P.E. nacional”— que impidiesen las reuniones en sus jurisdicciones.   La Nación clamó contra “el atropello constitucional”, así como casi toda la prensa. Hubo juntas revolucionarias en casa de amigos de Ugarte (Roca, más perspicaz, se llamó a silencio). Se habló de movilizar a las fuerzas bonaerenses (policía y guardiacárceles), también de movilizaciones en las provincias.  
Algunos optimistas esperaron un levantamiento popular “en defensa de la constitución”.   Los gobernadores desconcertados quedaron a la expectativa (menos Adaro de San Luis, que, reconocio a Figueroa, lo aplaudió públicamente).  
No pasó nada pese a los inflamados editoriales de El Diario y los artículos condenatorios de La Nación (La Prensa, influida por el ministro Zeballos, se limitó a un solo editorial para salvar los principios). No se produjo la “efervescencia popular” ni se conspiró con posibilidad de cuartel. Por el contrario, el público que acudió el 25 para ver la llegada de los congresales al clausurado congreso, los abucheaba.
El presidente mostró una decisión que asombró a quienes lo tenían —desde el episodio de la revolución radical de 1905— por timorato y vacilante.  Logrando imponer su propio candidato en las elecciones de 1910: el Embajador Argentino en Italia Roque Sáenz Peña

miércoles, 22 de enero de 2020

Almirante Guillermo Brown y el Chocolate patrio....


por Daniel Balmaceda

La conducta de Guillermo Brown en la mesa era inal­terable. Su asistente Gonzálvez, quien pasó años junto al almirante, contó que era “un hombre sobrio, metódico en sus manjares”. Esas cualidades lo han convertido en una de las figuras de nuestra historia con costumbres arraigadas y un menú estricto.
Siempre se levantaba antes de la salida del sol, aunque el barco estuviera detenido en el puerto. Para despabilarse, en la mesa de su camarote lo aguardaba la tetera con dos tazas y media de agua hirviendo. El propio despensero se encargaba de verter dos cucharas soperas de té (que previamente había medido el propio marino), lo que equivalía a unos ocho o diez saquitos actuales. Semejante cantidad hacía que el té fuera bien fuerte, como le gustaba al irlandés. Así lo tomaba cuando estaba fondeado. Pero si se encontraba navegando, le agregaba dos cucharadas soperas de leche caliente, pero jamás hervida.
Mientras el marino disfrutaba del té, el despensero se mantenía de pie a un costado. Cuando terminaba su taza, Brown le ordenaba que se sirviera y tomara. Una vez que el despensero había consumido su té, debía lavar la tetera hasta que quedara reluciente. Estas manías del almirante tenían que ver con su temor a ser envenenado. Al convidar al sirviente solo pretendía dejar en claro que si el hombre le ponía algún tipo de veneno, también él debería tomarlo. En cuanto a la limpieza de la tetera, perseguía el mismo fin.
Ya puedo cambiar de puerto”La muerte de Guillermo Brown (1777 ...
Concluidas las dos tazas subía a la cubierta para controlar los trabajos e informarse de novedades. La actividad se suspendía a las ocho de la mañana, lloviera o tronara, porque llegaba el tiempo de un primer almuerzo que, como vemos, no era precisamente al mediodía ni mucho menos.
A la mesa del almirante llegaba un bife a la inglesa —más bien crudo— con papas que él mismo pelaba. Para aderezar, en otro plato tenía su tarro de mostaza inglesa estirada con vinagre más un poco de sal que él mismo había separado previamente para no padecer alteraciones peligrosas. En caso de que dispusiera de huevos, comía tres pasados por agua, muy blandos, que estaban contenidos en un vaso. Recordemos que estamos hablando de su almuerzo a las ocho de la mañana. Después del bife y los huevos era el turno de las galletas, o rebanadas de pan, con manteca; más un vaso de vino de oporto.
Este menú fijo podía llegar a variar durante las travesías por falta de ingredientes. Las alternativas eran el jamón o la panceta de Holanda, fritos, con pickles que llevaban en tarros.
A las doce del mediodía volvía a comer. Por lo general, carne al horno muy jugosa, con papas embebidas en el propio jugo, y acompañada por una sopa de cebada o arvejas. De Manual de la criada económica copiamos un potaje de guisantes que nos permitirá acercarnos al menú del marino:
 1) Se echarán los guisantes en un puchero con sal, cebollas, zanahorias, unos puerros, apio, y si fuese para día de carne, un pedazo de tocino.
2) Cuando los guisantes están ya bien cocidos, se espachurran con un cucharón, se ponen en un colador y se pasan, quedándose en el colador los hollejos o pieles de la legumbre.
3) Se dispone el potaje, y se le añade caldo de carne, de pescado, o agua y encima se sirve el puré.
 Arribamos al postre. Brown tenía predilección por el budín con pasas de uva, con una pizca de coñac, grasa de vaca y un poco de azúcar, que se servía caliente y se sazonaba con oporto o jerez. Siempre sobraba budín y se guardaba para la tarde, cuando lo cortaba en tajadas que freía hasta tostarlas y acompañaban el religioso té. Esta era la última comida del día (a las cinco en invierno o a las siete en verano), salvo que tuviera que mantenerse despierto durante la noche por cuestiones de marinería. En esos casos, tomaba “una taza de café de cebada inglesa tostada, que suple e imita al café de Habana o Brasil”, contaba su asistente Gonzálvez, quien además aseguraba que Brown no quería saber nada con el café clásico porque estaba convencido de que cierta vez que fue tomado prisionero en las Antillas, los ingleses quisieron matarlo con venenos que le pusieron en su café.
Ya retirado, el gran almirante Guillermo Brown murió el 3 de marzo de 1857, a semanas de cumplir los 80 años. ¿Qué nos legó el irlandés del menú fijo? Además de los valores y su ejemplo como tenaz conductor de nuestra flota, Brown nos dejó el entrañable y simbólico chocolate de la Patria.
Nos trasladamos al 25 de mayo de 1826, en tiempos en que la Confederación Argentina se encontraba en guerra contra Brasil y el escenario de la contienda era el Río de la Plata. Durante la tarde, los porteños asistieron a un espectáculo único: el enfrentamiento de las fuerzas navales patriotas comandadas por Guillermo Brown. En realidad, fue una demostración de cañoneo a las naves brasileñas, que no respondieron sino que se retiraron, ante la algarabía general. Fue uno de los tantos combates de los Pozos que se llevaron a cabo en la zona de los Pozos, actual Puerto Madero. En las naves se celebró el 25 de Mayo con un chocolate caliente que templó los ánimos y combatió el frío.
A partir de esa mañana, gracias a Brown, surgió la tradición del chocolate caliente como bebida oficial de los días patrios.


sábado, 11 de enero de 2020

Bernardino González Rivadavia

Por el Prof. Jbismarck
Muchas veces al recorrer nuestro hermoso Boulevar “Ayacucho” en General San Martín, observamos el busto de uno de los personajes más polémicos y discutidos de nuestra historia nacional: Don Bernardino González….a quien conocemos por Rivadavia….(apellido de su madre…). Los primeros e interesados historiadores argentinos: Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López lo convirtieron (intentando autojustificarse…sobre todo Mitre) en el GRAN PRÓCER DE LOS ARGENTINOS DEL SIGLO XIX…..De ahí que la gran avenida argentina se llamara Rivadavia….que los paseos públicos lo recordasen permanentemente, que sus estatuas y bustos atiborren el país…… Al promediar el siglo XX con el llamado “Revisionismo Histórico” basado en la búsqueda permanente de documentos, testimonios, relatos, periódicos extranjeros. Convirtieron al “Padre de las luces” en un personaje mediocre, envidioso, enemigo de San Martín, lacayo de la corona británica etc.
Resultado de imagen para bernardino rivadavia
En esta nota narraremos los acontecimientos que originaron la llamado “deuda externa Argentina” y la “Primera Guerra contra el Brasil”con su consecuencia inmediata: La declaración de la Independencia del Uruguay.
Alrededor de 1820 asume la Gobernación de Buenos Aires un personaje mediocre: el Gral. Martín Rodríguez; militar que habia tenido una actuación secundaria en las primeras campañas militares por la independencia y sufrido derrotas humillantes contra las tribus aborígenes de la provincia de Buenos Aires y cuyo principal mérito consistía en haber fundado un fortín que dio origen a la ciudad de Tandil (“Piedra que se mueve”); el mediocre Gobernador necesita de un ministro trabajador e innovador….Nombra entonces a Bernardino González (quién firmaba Rivadavia…para diferenciarse del 10% de la población de ese entonces quien tenía su mismo apellido…) Rivadavia se apropió de los recursos de la ADUANA que eran Nacionales y los provincializó……Rivadavia se dedicó a procurar a su Estado provincial la ma­yor prosperidad, aprovechando las ventajas subsis­tentes de la organización virreinal. Le parecía más fácil consumar la independencia con una com­pra que por las armas. Y ABANDONÓ AL GENERAL SAN MARTÍN EN GUAYAQUIL comprometiendose a pagar 20 millones a los li­berales españoles; A consecuencia de tales desfallecimientos en la conducción de la república naciente, se perdieron dos opulentas provincias. Del Alto Perú, (actual Bolivia) Rivadavia había dicho, en un decreto del Triunvirato, que las minas de oro y plata eran “fruto más precioso de nuestro Suelo". Sin embargo dejó per­derlo para no financiar el ejército de provincianos que pedía San Martín. 
Cuando Sucre ganó la batalla de Ayacucho, convocó una asamblea cons­tituyente en el territorio que nos pertenecía  y decretó el nacimiento de Bolivia como nación independiente. 
La gestión financiera del grupo rivadaviano ha­bría de repercutir desastrosamente en el resultado de la guerra. Pese a que Buenos Aires, por no financiar ninguna causa nacional, era próspera, contrató un empréstito con la Banca Baring Brothers de Londres, operación que el Deán Funes calificó como desatino, pues implicaba contraer deudas cuando se tiene dinero propio. 
Negociado deplorablemente, contratado por un inglés comisionado por la Argentina, la operación endeudó al país en un millón de libras, de las que se re­cibieron 570 mil, pero no en metálico (para lo que se contrató el empréstito) sino en letras de co­merciantes ingleses de plaza. Se creó un banco emisor, ma­nejado por extranjeros que se quedaron con la mayoría de sus acciones.   LA GARANTÍA DE ESTE PRÉSTAMO ERA LA TIERRA PÚBLICA…ES DECIR SE HIPOTECÓ EL PAÍS…..ESTE ES EL ANTECEDENTE DE LA MONSTRUOSA DEUDA EXTERNA QUE NOS OPRIME……POR LO QUE SI SEGUIMOS IGNORANDO NUESTRA HISTORIA….EN EL SIGLO XXII LAS ESTATUAS Y BUSTOS DE DOMINGO CAVALLO, MAURICIO MACRI O DUJOVNE INUNDARÁN NUESTRO PAÍS……
En la Banda Oriental (URUGUAY) , mientras tanto, se busca la unidad con las provincias unidas y rechazar a los brasileños. Entre otros argentinos, colabora con los emigrados uruguayos el futuro caudillo Juan Manuel de Rosas, quien, so pretexto de revisar campos allende el río Uruguay, contribuye a los preparativos de una invasión a la provincia usurpada. La expedición de los 33 Orientales, desembarcados en la Agraciada en 1825, provoca el levantamiento unánime de la población; Lavalleja y Oribe los jefes patriotas orientales organizan el congreso de la Florida. que decreta la incorpora­ción de la revolucionada provincia a la nación argentina.
Para entonces, en ésta se había reunido un congreso, convocado por los liberales como siempre que querían excusar sus medidas dilato­rias de toda acción exterior. 
Y este cuerpo no tuvo más remedio que aceptar aquella reincorporación, a riesgo de un conflicto con el Brasil, que el gobierno  porteño había tratado de evitar durante años por todos los medios. Ante un insultante ulti­matum del EMPERADOR DEL BRASIL, la guerra estalló, bajo la presión de la opinión pública, la que desde la ba­talla de Ayacucho mostrábase exaltada contra la pusilanimidad de gobernantes.
 Este sentimiento queda registrado en la correspondencia del Deán Funes con Bolívar, cuando le confiesa su indigna­ción ante la obsecuencia de RIVADAVIA para con el agente inglés (Recuerdan al gobierno de Menem?.,,al funcionario Di Tella con el gobierno de EEUU), quien se oponía a toda posibi­lidad de que la Argentina recuperase la provincia oriental y quedara dueña de arribas márgenes del Plata. Los hechos justificaron aquel optimismo.   Mientras el Congreso General Constituyente reunido en Buenos Aires proclama a Bernardino Rivadavia Presidente de la Argentina…..AQUI HAY QUE ACLARAR QUE RIVADAVIA FUE RECHAZADO POR EL PUEBLO, POR LAS PROVINCIAS, NO FUE AVALADO POR NINGUN DOCUMENTO LEGAL E DECIR CONSTITUCIONAL Y SALVO ESTE MINUSCULO GRUPO DE DIPUTADOS NADIE LO RESPALDÓ…..POR LO QUE ES UN GRAVE ERROR SEGUIR CONSIDERANDO COMO LO HACEN ALGUNOS ….A RIVADAVIA COMO PRIMER PRESIDENTE DE LOS ARGENTINOS……EL REPUDIO GENERALIZADO A RIVADAVIA ORIGINA LA GUERRA CIVIL EN MEDIO DE LA GUERRA EXTRANJERA.. Sus estragos se sienten primero en el norte y en el centro de la república. El pre­sidente apoyó con armas y dinero a la Liga del Norte, formada por Lamadrid. Las amenazas con­tra los caudillos intercambiadas entre Lamadrid y Rivadavia, e interceptadas, hicieron arder al país.  
Pero la lucha exterior Contra el Brasil, en agua y tierra era en general favorable a las armas argentinas. Brown repitió sus hazañas de la guerra emancipadora en las aguas del Plata, anulando a la fuerza marítima en la que Brasil confiaba más que en su ejército, derrotado, tras sucesivos encuentros parciales, en la decisiva batalla de Ituzaingó, el 20 de febrero de 1827. 
Pero el gobierno de Rivadavia no podía proporcionarle los medios de explotar la victoria.  El presidente, aislado del resto del país, pensaba en la paz y coincidía sin duda con su canciller García, quien siempre creyó que a la Argentina no le convenía la reincorporación de la Banda Orien­tal, según nos lo refiere Vicente Fidel López.
Las sugestiones de Lord Ponsonby en el mismo sentido obedecían a instrucciones de su gobierno. A In­glaterra 'le interesaba debilitar al Estado poseedor de la cuenca del Plata. Explotar a dos Estados débiles es más fácil que hacerlo con uno solo. 
EL "SAPO DEL DILUVIO" TUVO QUE RENUNCIAR....pero seguirá conspirando.....

jueves, 9 de enero de 2020

Los últimos días del "General" Sarmiento....


Por el Prof. Jbismarck
Año 1874…Sarmiento entrega la Banda Presidencial a Nicolás Avellaneda.  Sarmiento es ahora un ciudadano como cualquier otro.  Su espíritu se mantiene joven y enérgico. ¿En qué ocupará su actividad tremenda?   Dicen sus biógrafos que está pobre. No tanto. Con su sueldo de coronel, un hombre solo, habituado a una existencia austera, puede vivir. Pero Avellaneda, creyéndole pobre él también, dícele que le pida sigo. Sarmiento le contesta que le conceda un edecán y el poder mandar cartas y telegramas sin pagarlos.  Al Presidente le parece poco, y le ruega solicitarle algo más.  Sarmiento le pide que lo haga general.   Ser general es su sueño. Además, el sueldo de general constituirá para él la holgura.  Avellaneda desea complacerlo porque es su amigo, lo admira y a él le debe la Presidencia, redacta y envía al Senado un mensaje sobrio y serio, sin elogios ni exaltación de las virtudes militares de Sarmiento, solicitando acuerdo para el ascenso a coronel mayor. Y no dice, como debiera, del coronel Sarmiento, sino del “señor” Sarmiento.   
Resultado de imagen para general domingo sarmiento
El 15 de febrero de 1888, nuevo homenaje. Ese día cumple Sarmiento setenta y siete años. Agradece, por rara excepción, con muy breves palabras: “Agradezco a Buenos Aires esta manifestación como el primer eco de la posteridad que me alcanza antes de bajar a la tumba”.  Al poco tiempo y enfermo decide dirigirse a Asunción del Paraguay acompañado por su hija y su nieta María Luisa. 
Presintiendo su muerte, junto a la borda, poco antes de partir, le dice a Augusto Belín (su nieto), mirando a la ciudad: “Será Buenos Aires lo que he dicho tantas veces, la ciudad reina del Sur; pero no estaré yo para ver realizados mis pronósticos. No paso de este año, hijo. Me voy a morir...-   Al llegar a Corrientes, estudiantes, maestros y algunos hombres públicos suben a saludarle. Los recibe sentado, tan enfermo está. Olvidándose de que es sordo, le obligan a aguantar sus discursos. El trata de oírles mediante su trompetilla.  
En Asunción se aloja en un hotel de las afueras, situado a dos kilómetros del centro y en una altura, en el lugar llamado con el extraño nombre de Cancha Sociedad. Pero él no vive precisamente en el hotel, sino en una casita muy próxima: un anexo de cuatro cuartos de madera. El cuerpo principal del edificio es de la época de Carlos Antonio López, y allí vivió durante un tiempo madama Lynch, la esposa del mariscal Francisco Solano.  
A pesar de que le saben enfermo, la noticia de su regreso alborotó a un núcleo de hombres cultos. Uno de ellos es Martín García Mérou, el ministro argentino, que, sin éxito, quiso alojarle en su casa   Su poca actividad externa se limita a su correspondencia.   Van pasando los días del invierno. Es visitado por mucha gente. Hasta resulta un programa dominguero para los paraguayos ir a verle. El tranvía llega hasta la puerta de su morada.  El convida a sus visitantes con sidra de San Juan.   Su ocupación principal es arreglar el pequeño terreno que, le han regalado.   Sarmiento hace cercar el terreno con pilares de palma y enrejado de cañas de tacuara. García Mérou ha referido su cotidiana visita de las tardes, en ese sitio. El y su mujer llevan un lunch. Están siempre Sarmiento y su nieta. 
Dedica las noches a escribir. Muy pocos paseos. El mal tiempo impide realizar una importante excursión que él había preparado con entusiasmo. En agosto espera a Aurelia Vélez, y a su nieto. Julio Belin.   En Septiembre de 1888. Ya está armada la casita y arreglado el terreno. Sólo falta el agua, y a fin de obtenerla se está perforando la tierra. Brota el 4, a treinta varas de profundidad, con gran alegría de Sarmiento, que, para festejar el suceso, enarbola dos banderas, la paraguaya y la argentina. 
La agitación le hace daño, y a la noche siente fatiga y malestar.    El 5, tormenta terrible, que, naturalmente, perjudica al enfermo. Los médicos se manifiestan pesimistas. El 6 sufre un síncope. Su médico, Andreuzzi, pide consulta con el doctor Hassler.  
El corazón funciona mal. No le permiten recibir visitas. A García Mérou, no obstante, le dejan entrar uno de esos días. Lo describe en su sillón, con la cabeza apoyada en el respaldo. La señora de Alcorta le da aire con una pantalla. Su nieta le descose la camiseta, que le molesta   Su nieto Augusto, refiere cómo Sarmiento, expulsa a un sacerdote, llama a su hija y le dice: “Devuélvanlo, Que no haya sacerdote junto a mi lecho”.   Cada día está peor. Varios médicos lo han examinado y ninguno da esperanzas. El 10 por la noche —refiere alguien-- pide papel y ruega a quienes le acompañan que le dibujen un triángulo. Esto no puede ser sino un mensaje a los masones. Equivale a decirles: '‘estoy con ustedes, no claudicaré, seré fiel a nuestras ideas".  Ha pasado casi toda la enfermedad en un sillón, construido o arreglado para él, y en donde puede leer y escribir con comodidad. Ese mismo día 10, alta la noche, ruega que lo transporten al lecho. Duerme un rato. A eso de las dos de la madrugada del 11, un criado, advirtiéndole inquieto, avisa a la familia. Llega su hija. Pide él que pongan la cama con la cabecera junto a la ventana que da al campo. Cierra los párpados. Luego hace una profunda y larga aspiración y se queda pálido e inmóvil. Inmóvil para siempre. Son las dos y quince minutos.    
Estaba con el enfermo el médico de cabecera, liberal y masón.  Sus restos llegan a Bs As y el mismo día es enterrado en el cementerio de la Recoleta;  Juárez Celman, tan maltratado por él, le ha decretado honores de Capitán general, o sea de presidente de la República, pues el Presidente es el único capitán general entre nosotros.  
Cuando el convoy se pone en marcha, desde el muelle hacia la plaza de la Victoria, a la una, hace tres horas que el gentío espera bajo una garúa fina y helada. Poco después, la garúa se convierte en lluvia copiosa.  El coche fúnebre es gigantesco, lo mismo que uno de los carros para las coronas, pagado por el Club Social de Córdoba.  Los faroles de las calles, hasta llegar a la Recoleta, están encendidos y envueltos por crespones negros. 
El presidente de la República, en el carruaje de gala, forma en el cortejo.  Con la muerte comienza para Sarmiento la gloria que tanto ambicionaba. Al principio, con todo, es muy relativa, pues sus libros no son reeditados ni leídos. Pero en los treinta discursos pronunciados en sus exequias se le ha incensado con los más grandes elogios imaginables. Y así, más o menos, hablaron todos los diarios, aun aquellos que más lo habían combatido.